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El duplicador

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El duplicador

El Duplicador de Materia es un relato de ciencia ficción escrito por Ralph Williams. Es uno de los pocos cuentos de ciencia ficción que aborda una problemática estrictamente económica. El cuento analiza el impacto que sobre nuestro sistema económico tiene la súbita aparición de un "duplicador de materia" capaz de crear una réplica exacta de cualquier objeto. Realmente, semejante artefacto dislocaría de manera inmediata toda la estructura económica del planeta. El autor lo refleja y analiza con gran clarividencia. Dejaría obsoletas nuestras fábricas y talleres, obligaría a reformar los mecanismos de pagos (los billetes también se pueden duplicar), alteraría los precios de prácticamente cualquier cosa (los diamantes perderían todo su valor). Este aparato, en consecuencia, supondría una revolución económica y social sin precedentes...¿o no? Lo cierto es que históricamente hemos tenido unos cuantos procesos que han transformado la sociedad de un modo tan radical como el hipotético duplicador. El descubrimiento de la agricultura supuso un salto inmenso en lo que se refiere a la disponibilidad de alimentos con los que dar de comer a la población. La revolución industrial supone una "revolución" al incrementar espectacularmente la cantidad de energia que podíamos utilizar en los procesos productivos y, por consiguiente, al abaratar sustancialmente el precio de cualquier bien. Son solamente dos ejemplos de transformaciones históricas que se asemejan a la hipotética aparición del "duplicador". Si nos fijamos en la revolución industrial, vemos claramente que supuso una alteración radical de nuestras estructuras sociales y económicas. Las innovaciones tecnológicas que se produjeron entonces permitieron el nacimiento de las grandes ciudades, crearon los problemas de contaminación, dieron origen a nuevas clases sociales... Pero, sobre todo, la revolución industrial supuso la modificación de los hábitos de consumo. Nos introdujo en la era de la abundancia que ahora vivimos en los paises desarrollados. Es la responsable de que tengamos mucho de todo, gracias al abaratamiento que se experimentó en los costes de producción de cualquier bien. Hizo posible que la mayoría de la población tuviera uno (o varios) pares de zapatos, docenas de camisas, jerseys, pantalones. Ha permitido generalizar el uso del automóvil (primero uno por familia, ahora dos o tres), los ordenadores, electrodomésticos... En realidad, todo ello se corresponde con una ley bastante lógica de la economía. El precio de un artículo tiende a ser igual al coste de producir una unidad adicional del mismo, lo que se llama el coste marginal. A medida que esos costes se reducen, el precio se hace menor y el artículo en cuestión se vuelve más asequible para el público en general. Por supuesto, esta reducción del precio hace aumentar exponencialmente el número de unidades vendidas de ese bien. Hoy vivimos otro de estos procesos de cambio tecnológico que seguramente altere radicalmente la sociedad. Lo tenemos todos delante de nuestras narices. Es la llamada "revolución de la información" y este mismo blog es una muestra de ello. En teoría, lo que aquí escribo se encuentra disponible para millones de personas en todo el mundo. Esto es algo que no tiene precedentes históricos. Hace apenas unos años, la difusión masiva de ideas requería utilizar procedimientos sumamente costosos y únicamente estaba al alcance de unos pocos afortunados. Estoy convencido que esta tercera revolución abre posibilidades insospechadas y que, al igual que el duplicador de materia de la ficción, va a alterar nuestra sociedad hasta hacerla irreconocible. Pero, por supuesto, toda revolución se lleva por delante lo viejo. La agricultura provocó la desaparición de las tribus de cazadores-recolectores, que se vieron arrollados por el empuje demográfico que la abundancia de alimentos proporcionaba a las tribus que sembraban y cosechaban. La revolución idustrial acabó (salvo presencias más o menos testimoniales) con los artesanos y los gremios. La revolución de la información empieza a dar señales de reclamar sus primeras victimas. Y esas victimas son aquellos que hasta ahora han prosperado gracias a los costosos procesos de difusión de información que antes indicaba. Los más afectados son, probablemente, las editoriales y las discográficas. En los tiempos (anteayer, prácticamente) en que las palabras necesitaban de un soporte de papel y la música de un vinilo o una cinta magnetofónica, estas industrias podían ser prósperas. Hasta ahora vivíamos en un mundo de escasez en lo que se refiere a producción intelectual. Si queríamos una copia de calidad de una obra literaria o musical (todavía recuerdo las infames copias en cassette que mis padres hacían de los vinilos para escucharlas fuera de casa) teníamos que recurrir a imprentas o a procesos industriales costosos. Pero hoy, cuando puedo almacenar centenares de canciones o miles de páginas escritas en un CD que puedo duplicar a mi antojo, está claro que el negocio debe redefinirse. Para estas industrias, el duplicador de materia (realmente, el duplicador de bits) ya es una realidad.

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