Agresiones a docentes. Hace más de veinte años, que desarrollo mi profesión de educador.

Una profesión no exenta de cruces y espinas. Con dolor llevo heridas profundas que aún no cierran; fruto de calumnias, injurias e incomprensiones. Intentando llevar una vida ireprochable, no he podido escapar a las presiones, difamaciones o comentarios fuera de lugar. Es que el docente siempre está siendo observado y suele ser el culpable de numerosos males. Víctimas a la mano o chivos expiatorios de miles de insatisfacciones que viven algunas familias. Somos como el pararrayo ocasional, sobre el que algunos descargan sus inseguridades. Una especie de puching ball humano, sobre el que algunos proyectan sus frustraciones. Son ellos quienes reprimen a los niños, les acortan sus vacaciones, corrigen sus malos actos o les exigen estudiar alguna materia. Por ello nos amenazan con abogados, nos invitan a conciliaciones, nos tildan de incompetentes o nos proponen psicoanalizarnos. Como un resabio del antiguo orden, somos un de los pocos de los baluartes que colocamos algún límite a las desbordadas ambiciones adolescentes. Entonces se cuestiona nuestra educación como intolerante, autoritaria o fuera de moda. Pero buscando algo nuevo, nos olvidamos del orden y el respeto. Buscando una nueva cultura, le abrimos la puerta a la violencia. Inventamos un nuevo mundo, que se convirtió en un engendro donde todo da lo mismo y el otro se transforma en un enemigo. Así el maestro se ha convertido en un sirviente, el padre en un amigo y la adolescencia en un objeto de culto. Pero la nueva escuela comprensiva, amistosa, abierta y sin sanciones, dio lugar a estas pasiones irracionales. Si afuera nos roban, abusan y matan en cualquier esquina, ¿por qué la escuela ha de ser distinta? Acaso la escuela no debería ser un reflejo de lo que sucede en la sociedad. ¿Será que con esta escuela permisiva estamos fomentando un extraño perfil de futuros delincuentes? Hoy permanecemos atónitos y respondemos con un paro. Pero más allá de este gesto simbólico, la patria requiere un mayor compromiso de nuestra parte. Aún quedan buenas familias y millones de alumnos respetuosos, que esperan algo de nosotros. Pude parecer que tiramos margaritas a los chanchos o que sembramos sin sentido. Pero si no cumpliéramos con esa actividad para la que hemos nacido; un futuro aún más oscuro nos espera.

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