Su vida ha sido una lucha constante, incluso hoy, a sus 64 años, se encuentra enfrentando a uno de sus más fuertes

enemigos: el cáncer. Le cuesta expresarse, se emociona con facilidad y evidentemente, la silla de rueda aún no la termina por convencer. Menos le acomoda la imagen de ‘Gladys Marín’ que representa hoy. Su cabeza calva, tapada por un gorro color rojo intenso, esconde dolorosas sesiones de quimioterapia que hoy y, muy a su pesar, son pan de cada día. Su debilitada figura dista mucho de la mujer revolucionaria que acostumbrábamos ver en cuanta marcha por el centro de Santiago había. Gladys se encuentra de visita en nuestro país, tras varios meses de arduo tratamiento en la Habana. Vino a Chile a pasar las fiestas de fin de año con los suyos. “Quería respirar un poquito de aire chileno que extrañaba tanto”, afirma con el escaso entusiasmo que su enfermedad le permite. A su partida de Cuba, los médicos fueron estrictos en indicar que su reposo debía ser absoluto, y que por ningún motivo se sometiera a la presión de la prensa. Fue ella quien decidió darse la licencia de conversar hoy, mientras queda algo de la emblemática ‘dama de hierro’. CABRA DE MONTE Se emociona al recordar su infancia en Curepto. “Mi madre…Una de las mujeres que más admiro, pero mi padre era un chusco, igual siempre lo quise mucho”, afirma sonriente. Su nebuloso recuerdo no deja de provocarle simpatía. “Nunca tuve vergüenza de que nos haya dejado, ni siquiera una gotita de rencor”, relata mientras compara la situación de su hermana quien sí tenía reparos con el tema. “Supongo que no le gustaba que el papá no estuviera en la casa”. A pesar de la imagen dura y doctrinaria que muestra en cada una de sus declaraciones políticas, su persona irradia una acogedora calidez, que deja a un lado su faceta más conocida: ‘La cabra de monte’, como alguna vez la llamó su desaparecido esposo, el detenido Jorge Muñoz. “Él me puso así por mi rebeldía y mi origen campesino”, cuenta entre risas y algo emocionada. “Sueño mucho. Lo veo que vuelve. A veces bien joven, otras como sería ahora…Es algo muy doloroso que uno nunca termina de asumir. Sólo me gustaría saber qué pasó. Quisiera poder estar presente en esos momentos que él vivió, cuando lo torturaron, cuando se dio cuenta que lo iban a matar”,

afirma enfática y sigue. el otro profesor de Educación Física. Al cruzar la frontera ella me pregunto qué sentía: “Nada”. Las sospechas surgieron cuando dejó de hablar por radio desde Moscú. Me siento feliz. Aquí dice: “Para que se te refresque el corazón”. sabía que la buscaban. admite entre lagrimas. debe haber sido dos años después de que regresé. No se disculpa ni justifica. De las cosas que más le dolieron. mientras en sus manos mantiene firme una carpeta con cartas y recuerdos que el difunto le enviaba a Moscú. simplemente llora. “Entré con una identidad española. “Me la mandó para un cumpleaños mío. Es que amo a mi patria como diablo”. porque era como que nunca hubiera salido de Chile. Como una reina”. Ya en la clandestinidad. Nos encontramos en Argentina.declara con evidente dolor. . EXILIO Los fríos días en Moscú son los más oscuros de su vida. le contesté. Nos escribíamos mucho. “Esos horribles tres años de exilio”. Su regreso a Chile fue de forma clandestina el año 1978. Vi pasar a Rodrigo. ¡Casi me muero! Lo seguí varias cuadras. De un sobre plástico. pero estoy orgullosa porque salieron adelante. Sufrimos mucho. pero no podía arriesgarlo. Uno es médico. se movía con mucho cuidado por las calles de Santiago. mientras permanecía en el exilio. “Me vine de Mendoza en un bus común y corriente con una amiga argentina de la que nunca supe el nombre. No las había vuelto a leer hasta ahora”. incluso los dichos típicos”. me aprendí un montón de cosas sobre España. saca una foto de alerces recortada de alguna revista. “Una vez. Recién en 1986 me decidí a verlos. y como era tan grande mi deseo de volver. mi hijo mayor. fue dejar a sus hijos.

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