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Ver-Las-Estrellas-Dentro-de-Ti

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Una manera de ver la Via Láctea, según el Capitulo 47 del Tao Te Ching.
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Published by: Daniel Medvedov - ELKENOS ABE on Oct 04, 2011
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03/24/2012

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Daniel Medvedov

VER LAS ESTRELLAS DENTRO DE TI
MADRID 2009 Viena 2011

Los profesores Yo tenía un profesor de estrellas, un profesor de números, un profesor de cuerpo, un profesor de combate, un profesor de ajedrez, un profesor de libros, un profesor de comida, un profesor de dinero, un profesor de juego y un profesor de Dios. Cada uno me enseñaba, sólo si yo preguntaba o me interesaba, cosas relativas a sus conocimientos. Podía preguntar cualquier cosa. Siempre había un profesor que me respondía. Sin embargo, ellos estaban todos en sus casas y yo tenía que visitarlos según el interés que me embargaba en el día respectivo. A veces tenía ganas de hablar y de oír cosas sobre números y visitaba al profesor Vermont. Sabía tanto de números y de sus historias, que me impresionaba. -¿Cómo es posible saber tanto? ¡Eso es conocer! -me decían cuando yo comentaba mi asombro- Saber es otra cosa.
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-¿Qué es saber? -preguntaba yo. -Saber es tener la capacidad de ser NADIE. Es poder retornar a sí mismo cada vez que tú quieras. Es estar en paz y ser modesto secretamente. Esta era la respuesta del señor Hassan, el profesor de ajedrez. Era bueno el que yo decidiera cada día qué cosa quería estudiar. Esa es la verdadera educación: el placer del conocimiento. Estudiaba las estrellas de noche y de mañana. A ratos esperaba salir al lucero de la tarde al lado del profesor ARDAN. El conocía todo de las estrellas. No sólo su nombre y sus colores, sus constelaciones o sus historias, conocía el secreto de las estrellas. Es decir, sabía ¡qué cosas eran las estrellas! El profesor ARDAN me enseñó ver en el cielo estrellado durante la luz del día. Me decía: Nadiel, el cuerpo es como un alto biombo que corta la luz difusa que te impide ver a las estrellas. Cierra los ojos y aguanta así un rato. En pocos instantes serás capaz de ver las estrellas dentro de ti mismo.
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El profesor de libros, Don BERG, no sólo me enseñaba a leer sino también a escribir. Aprendí a "poetizar" como el decía, a construir poemas ejemplares con motivo de los más triviales momentos del día. Estos poemas eran como pastillas de inmortalidad para la tristeza y el desatino. No se trataba de construir alguna historia en versos o contar rimado. Era otra cosa. Un gesto desapercibido, un instante de quietud, una rana esperando la lluvia, todos esos momentos sin importancia formaban el arsenal poético de la escritura. Aprendí a curar mis sentimientos con la poesía. Esa medicina del alma ungía la tristeza con el aceite sagrado de la creación. Ellos decían que son "hermanos", no "profesores". Me enseñaron la diferencia entre los instructores y los maestros, entre los guías y los baquianos. El profesor BERNA, experto culinario, era un individuo curioso. Casi nunca comía y cuando lo hacía, su menú era menos que escaso. Abría una lata de sardinas y con un pedazo de pan viejo compartía con sus gatos el contenido de la lata.
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-"Comer poco, esto es el secreto"comentaba el profesor BERNA. Ser austero en la comida es el arte de la longevidad. La sensación de tener siempre hambre es una bendición de Dios. A ñ o s después descubrí que todos esos profesores me des-enseñaron lo que ellos conocían. Aprendí a no contar el dinero y todo lo demás, es decir a no contar nada. Me enseñaron a mirar las estrellas de día, a no comer, a no jugar ajedrez o mejor dicho a jugar sin piezas en el tablero, y a buscar a Dios en el silencio. Este es el gran misterio. Dios es el silencio. Allí encontramos todo lo que deseamos saber y todo lo que debemos saber. Busca el silencio. En el Gabinete fantástico del Doctor M. , había un rincón del lenguaje, un rincón de los mitos, un rincón de las artes marciales, un rincón de los signos, un rincón de los nombres de personas, un rincón de los juegos infantiles, un rincón del sonido y un rincón de la nada.
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Eran como ocho estaciones de un laberíntico peregrinaje por el camino del conocimiento. A veces me quedaba sosegado en el rincón de los mitos y en la pantalla de mi memoria repasaba, uno por uno, todos los grandes mitos de la humanidad. Otras veces me escondía en el rincón de la nada y me abrigaba con mi propia ignorancia. La sentía como un manto pesado y lleno de flecos, que al menos aquí, en el rincón de la nada, tenía uso. Cuando frecuentaba el rincón del lenguaje, días enteros me quedaba sin habla como opacado por los sonidos articulados de la torre de Babel. Era el gabinete fantástico del Doctor M., al cual tenía acceso y permiso de estadía. Ese privilegio me formó y moldeó, de modo suave y accidental, una figura intelectual respetable cuya aura de autosuficiencia empezó a molestar a mis tutores desde el primer día de ese cambio fundamental. Me gustaba. Para los prepotentes yo adoptaba una faz insoportable y con frecuencia horadaba en la memoria de los individuos los orificios hondos de la ignorancia.

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Con los modestos yo era humilde. No me gustaba ironizar a la gente ingenua. Tal vez lo hacía con los eruditos, tan sólo para demostrarles que sus conocimientos tenían un límite cercano que yo conocía. Una cosa es cierta: jamás utilicé mis dones para rebajar a la gente ni para provecho propio. Pero debo decirlo aquí, no hay cosa más agradable que la erudición indomable de los misterios del lenguaje y su uso en las contiendas de conocimiento. En realidad el mundo es como un gabinete. Ese es el gabinete fantástico del Doctor M.: el mundo con sus barrancos. Luego vienen las montañas y los bosques, los rincones oscuros del mundo animal. Agua cae, lluvia viene, fuentes brotan, he aquí el rincón del lenguaje natural de los fluidos del cosmos. Después el viento con sus ráfagas benignas, El trueno y el relámpago hacen lo suyo en el rincón de los brillos secretos. El fuego consume el polvo de la memoria y el mar ocupa la esquina de los juegos infantiles.
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No hay sitio más prodigioso que el rincón del cielo donde todo cambia para convertirse en algo que jamás se ha visto: lo nuevo, lo otro, "aquello"... Yo vivo encerrado en ese gabinete fantástico y memorizo todos esos detalles para que algún día pueda usarlos. Se que tendré necesidad de su presencia y potencia, de sus fuerzas y de su autenticidad. Prefiero quedarme así, encerrado en ese gabinete, en vez de salir a la calle a bambolearme por las esquinas de los mercados de la ciudad. Mi gabinete me enseña y me da de comer cuando mi alimento se acaba. Pero nunca escasea la comida: como silencio con sonido picado, palabras a la plancha, luces doradas con champiñones de energía acuática, ráfagas temporales y brotes de vacío para mis momentos de tranquilidad. Una dietética secreta. Debería dar a conocer ese gabinete fantástico a otros amigos míos para que ellos también disfruten de este privilegio del destino.
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Por ello escribo estas líneas, ocupándome en construir un libro sobre los rincones que me han fabricado. Me siento como un robot natural de la sabiduría. No advierto ninguna prepotencia en esa auto-imagen y por ello continuo con mi tarea hasta realizar la verdadera educación de los niños, en el arte de los rincones. No son rincones cualesquiera: son los rincones del cosmos, el GABINETE fantástico del DOCTOR M. ¿Por qué lo llamo así? Pues por lo mismo que le pertenece a ese Doctor, según tengo entendido. El posee la capacidad de transmitir por herencia todos sus rincones a todos los que desean investigarlos. Cada quien con sus intereses y cada cual con sus dones. Si hay alguien que desea recibir en herencia al rincón de la nada, debo advertirle que está reservado para éste quien escribe, por el privilegio de quien reparte. El rincón de la nada es mío y no lo comparto con nadie, puesto que no hay nada que compartir. Sin embargo esa "Nada" es benigna y substancial.
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Puede ser percibida y palpada aunque carece de forma. Es como una niebla inasible que te invade los huesos y luego comienzas a sentir su humedad y frescura. Hay que apurarse y salir de ese rincón antes de que la NADA te invada por completo. Es bueno conocerla, pero no se debe uno identificar con ella para no caer en la trampa del nihilismo y de lo caótico preternatural. Yo conozco la NADA pero nada quiero con ella, ni que me toque, ni que me invada, ni que me abrigue, ni nada. Antes de esa NADA había la NO-NADA y aún antes de ella, la NADA anterior a la NONADA. A través de ella conocí el VACIO: la NADA con límite. Cuando a la NADA se le encierra en un círculo o en un cuadrado o en cualquier forma, he allí el vacío. Para el sabio no hay cosa más preciosa que el VACIO. Sólo por el vacío se comprende la PLENITUD, así como por la NADA se conoció el VACÍO. Esas cosas aprendí yo en el Gabinete fantástico del Doctor M.

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Aprendí a ver aprendí a oír, aprendí a contemplar los detalles y el mundo de las hormigas. Ahora soy el rey de la nada, el único país cuya monarquía no es reclamada por nadie. Soy nadie, el rey del país de la nada y no hay individuo que pueda pretender usurpar mi trono invisible. En medio del gran Gabinete hay una silla. Está sentado allí calladamente, el propio Doctor M., el dueño del Gabinete fantástico que describí antes. Voy callado hacia él y, al pasar por el frente de la silla, lo saludo. Igual de callado me responde con un gesto y después de un rato de inalcanzable silencio, me dirige la palabra y dice: -¡Hola!, ¿has podido disfrutar plenamente de todos los rincones del Gabinete fantástico, que he preparado para tu disfrute y entendimiento? -Si señor, he estado en todos los rincones y he adquirido lo que estuvo a mi alcance...

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-Muy bien. Ahora siéntate aquí, y contempla un rato esas esquinas sin moverte hasta que algún buscador alcance relevarte de esa tarea, así como tu me has liberado, aunque es un decir, puesto que no hubo para mi más dulce reposo y gozo que el que recibí estando allí en esa silla donde ahora tú estás sentado. No te angusties. El que venga alguien es más que seguro. Esto no ofrece dudas. Pero no llames a nadie, ni mires para atrás, ni te levantes. No tendrás necesidad de necesidades. Todo está hondamente calculado. En menos de un siglo serás relevado del cargo de Rey del VACÍO, el país más curioso de la geografía humana. Adiós, hermano y recuerda: tu nombre es el Doctor M., dueño absoluto del Gabinete fantástico de los ocho rincones... Esa es la breve historia del sitio que fue mi escuela durante más de cuarenta años. Ahora me parece más pequeño, es obvio, tal vez porque he crecido. Pero he crecido tanto que mi cabeza toca el techo y mis pies se hunden casi un metro en el suelo. Es un asunto de madurez intelectual y natural. Necesito de un otro lugar, más amplio y más hondo.
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El único que puede informarme, lo se, es el Doctor M., actualmente rey del país del vacío en la Galaxia Silenciosa número cero. . . cero . . . cero . . . Hasta pronto, y tengan cuidado con los rincones del Gran Gabinete. Suyo, El Rey. *

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