El hijo del diablo por Sofía Camacho Padilla No había visto nunca unos ojos similares.

Sólo con mirarlos se había apoderado de ella un calor que le hacía olvidarse de sí misma. Esos grandes ojos fijos no le dejaron escapatoria. Lo vio por primera vez en una cantina. De mayor, la mujer pocas veces se acercaba ahí, era un lugar ajeno, un misterio con olor a tabaco y orina. Cuando era niña, miraba aquel lugar como hipnotizada; repasaba sus espejos humeados y en sus pupilas dilatadas se reflejaban los colores brillantes de los anuncios de neón. Aún tirada por el brazo firme de su madre, sus ojos infantiles se aferraban a aquella puerta desafiante y siniestra. Aquella noche, tanto tiempo después una fuerza desde la tierra le había enredado los pies para arrastrarla, por el camino polvoso, hacia la luz roja del bar. Dentro había mujeres como nunca había visto, fumaban con largas boquillas y sus cortas faldas presagiaban pudores ahuyentados hacía ya mucho tiempo. Al fondo, recargado en el extremo de la barra y bañado con una luz amarilla, se encontraba él. Parecía estar viendo sus botas de piel de serpiente y por momentos escupía humo, llamarada blanca, que rebasaba luego las alas negras de su sombrero. Su camisa dejaba entrever un pecho lleno de pelo, donde se incrustaban un rosario sin cruz y una placa sin nombre. Desde que lo vio, la mujer permaneció parada y con la mueca cuajada. El corazón desbocado le hacía temblar los labios y por debajo del vestido parecían revolotear mil mariposas calladas. Del ruido de la noche explotó de repente un silencio luctuoso. La gente de alrededor se redujo a sombras. Al suelo cayó la mitad de un cigarro encendido y la suela de su bota se aseguró de inhumarlo. Por debajo del sombrero, él levantó la vista hacia ella. La mujer sintió una mano invisible en la cintura y luego por dentro del vestido. El pecho y el vientre comenzaron a quemarle cada vez más fuerte; el ardor se le pasó a la garganta. La mujer se llevó las manos al cuello, cerró los ojos y soltó algo parecido a un gemido ahogado. Al abrir los ojos, los hombres y las mujeres del bar la miraban, pero ella lo ignoraba todo. Con la respiración agitada y las manos todavía en el cuello, a través del cuarto, miró directamente al hombre, quien le respondió con una sonrisa. Las calles nunca le habían parecido tan largas. Las banquetas estaban alumbradas por resecas luces de farol. Con los pies arrastrándose en el polvo la mujer recorrió la noche hasta llegar a su casa. Dentro se cambió la ropa, se metió en la cama y se tranquilizó finalmente. Con las luces encendidas, repasando las grietas del techo de la habitación y el constante arrullo del silencio fijo, poco a poco se fue quedando dormida. La noche comenzó a acumularse entre sus senos. La luz blanca de la habitación después de un tiempo comenzó a tintarse amarilla y finalmente a desvanecerse hasta que el foco se fundió en silencio. De estar dormida, la mujer se despertó con la exaltación de un jadeo acelerado y ruidoso. Sus ropas de dormir se fueron consumiendo a pedazos por un fuego invisible. Unas manos grandes la repasaron toda, mientras un aliento de calor la envolvía. Se agitó y al moverse para intentar escapar, únicamente consiguió que él le sometiera de las muñecas y le lamiera el rostro. Unas uñas se le encajaron en la cintura y un rasguño largo le abrió las piernas. Un ardor la

él no estaba. La mujer alcanzó a vislumbrar unos ojos amarillos. Cuando despertó. . Se había ido dejando un olor a macho y a azufre.sofocó. mientras unas garras en su interior labraron su alma. hasta conseguir que ella se entregara totalmente. Nueve meses después un grito desgarró un grupo de nubes rojas que anunciaban el atardecer. antes de perderse en un delirio de amor y de fantasmas.

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