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GARRIDO El paradigma del “desistimiento sus implicaciones para la acción

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‘El paradigma del “desistimiento”: sus implicaciones para la acción’

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Vicente Garrido

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Vicente Garrido Genovés Universidad de Valencia

EL PARADIGMA DEL “DESISTIMIENTO”: SUS IMPLICACIONES PARA LA ACCIÓN

Resumen El abandono de la carrera delictiva (“desistance”, en español mejor traducido por desistimiento) constituye un fenómeno recurrente y universal en las carreras delictivas de jóvenes y adultos que merece ser investigado con mayor interés del que ha obtenido hasta ahora. En efecto, sólo en los últimos años, a raíz de la importancia concedida a los factores protectores o de “resiliencia” al delito (en inglés, resiliency), los investigadores han empezado a comprender que las causas o procesos que explican por qué un joven en riesgo social se aleja del delito, o lo abandona al poco tiempo de iniciarse, es de especial trascendencia. En esta ponencia vemos las implicaciones para la acción, en el marco de la prevención y tratamiento de la delincuencia juvenil, de los estudios surgidos bajo este modelo, particularmente sus relaciones con la justicia de la restauración, y reflexionamos finalmente sobre el caso de España, comparando dichas implicaciones para la intervención con el camino actual emprendido por la Ley Orgánica de Responsabilidad del Menor.

Conocimiento científico y política criminal: el eterno desencuentro. En un reciente artículo encabezado por Marianne Junger junto con investigadores pertenecientes a siete países (Estados Unidos, Gran Bretaña, Holanda, España, Australia, Canadá y Alemania) publicado en la revista European Journal on Criminological Policy Research, los autores se preguntaban si los gobiernos de esos

contaban con la mejor evidencia científica disponible en cuanto a su efectividad. Los hallazgos fueron sorprendentemente semejantes en todos los casos: si bien en esas naciones se observaban claros esfuerzos por desplazarse hacia una política criminal

camino. Junto a las propias limitaciones del conocimiento científico —en forma de

escasos estudios sólidamente establecidos que permitieran conclusiones específicas— 1

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basada en la evidencia (Farrington y Petrosino, 2001), existían muchos obstáculos en el

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países apoyaban de modo habitual las medidas para prevenir la delincuencia que

se puso de relieve en este análisis de criminología comparada la fuerte dependencia que tiene la política criminal de los sucesos alarmantes que generan una crisis de confianza en el público para con el sistema. También se comprobó la dificultad que los científicos tenían para ser escuchados por la sociedad y los políticos, fuera de los círculos de la Academia. Si hablamos de “buenas prácticas” en el marco de la intervención con la delincuencia juvenil, debemos de ser conscientes de esta realidad, a saber, que muchas de las buenas ideas que ya se acumulan en el acervo de la comunidad científica, en el sentido de empíricamente eficaces, no podrán ser implementadas a menos que seamos capaces de llegar a informar adecuadamente a la opinión pública sobre dichos hallazgos, y tengamos la capacidad de influir sobre los responsables políticos de diseñar la política criminal. Abundemos un poco en esta cuestión, para mí de una gran importancia. ¿Por qué los criminológos tenemos tantas dificultades en ser escuchados en la escena pública de la política social de la prevención y tratamiento del delito? En un interesante artículo de 2007 titulado Against Marginality: Arguments for a public criminology, Elliot Currie ha intentado explicar las razones por las que las que el conocimiento científico criminológico todavía se halla en los márgenes de influencia en la toma de decisiones políticas, a pesar de los notables avances acaecidos en los últimos años en forma de teorías y conocimientos empíricos. Por ejemplo, como nos recuerda el trabajo de revisión de la evidencia científica acumulada por el Grupo Campbell en Crimen y Justicia, hoy en día sabemos que programas tan populares como Scared Straight1 o Boot Camps2 resultan poco convincentes como estrategias de prevención del delito o que, como Sherman se ha cansado de explicar, las tendencias a incrementar el castigo en los delincuentes como estrategia esencial de prevención especial arroja, como mínimo, pobres dividendos. Sin embargo, la paradoja es que, como criminólogos y educadores, tenemos muchas cosas que decir acerca de cómo prevenir la delincuencia

las opciones de que un programa de tratamiento en la cárcel o en la comunidad disminuya la tasa de reincidencia entre los delincuentes juveniles y adultos (ver, por
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Estrategia que consiste en que jóvenes delincuentes visiten una cárcel y allí experimenten de primera mano, en entrevistas con presos, lo que puede depararles el futuro si persisten en su conducta antisocial. 2 Campos de disciplina militar en los que los delincuentes juveniles condenados a penas de prisión pueden acortar su sentencia si participan con éxito en actividades de gran exigencia física, y aprenden a obedecer como es habitual en el régimen militar.

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mediante programas de intervención temprana en escuelas y familias, o cómo mejorar

ejemplo, el influyente libro editado por Sherman et al., 2002, Evidence-Based Crime Prevention). Currie retrata con pesimismo la falta de interés de la política americana por apoyarse en la investigación criminológica, pero a mi juicio de modo certero extiende esa preocupación a otros muchos países:

En demasiadas naciones alrededor del mundo persiste un patrón en la política criminal basado en aumentar el poder de un sistema de justicia cada vez más punitivo, así como en el crecimiento de la encarcelación como formas de hacer frente a las consecuencias de una destrucción global de las comunidades y sus formas de vida, tomando el ejemplo a partir del modelo de Estados Unidos, como si éste fuera recomendable. Dada esta situación, la presencia pública de una criminología influyente nunca ha sido tan crítica. Sin embargo, cuando más se precisa del conocimiento de la criminología, ésta como disciplina ha llegado a convertirse en algo marginal en la discusión general acerca del delito y del sistema de justicia, cada vez menos capaz de influir sobre la política criminal.

¿Por qué se ha llegado a esa situación? ¿Por qué no tenemos voz en la plaza pública de la política cuando tenemos tantas cosas que decir? Para Currie el problema central se halla en que “tenemos que ganar mentes y corazones” (p. 179), es decir, tenemos que educar a la gente, al público, sobre los auténticos conocimientos que están detrás de los delitos y sus soluciones, y de este modo poder ofrecer a los políticos recomendaciones que sean más realistas de implementar sin provocar el rechazo de los votantes. Esa educación del público requiere ganar el terreno a los que hablan en los medios sin conocimiento, ocupar espacios donde podamos formar a la opinión pública. Ahora bien, ¿estamos bien preparados para hacer esto? Su respuesta es que no, y pone la

divulgadora: “Gastamos mucho tiempo en generar ‘hallazgos’, pero muy poco en hablar entre nosotros y con audiencias más numerosas acerca de lo que significan esos hallazgos” (p. 180).

consecuencia indeseada, de acuerdo a Currie: mantenernos alejados de los temas

candentes y relevantes en la sociedad, mientras nos ocupamos con frecuencia de asuntos 3

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Esa renuncia al espacio público de la toma de decisiones ha tenido otra

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carga de la culpa en el modo en que las universidades desincentivan esa labor

de dudosa trascendencia por su pequeñez o reiteración. Asuntos como el terrorismo, el tráfico de personas, las bandas organizadas, la prevención de la violencia juvenil en los barrios o la atención a los jóvenes que presentan una carrera delictiva intensa pueden necesitar nuestro esfuerzo mucho más del que ahora parece que estamos dispuestos a dedicarles. ¿Cómo puede una política criminal justa y eficaz luchar contra la preferencia del público por las medidas ‘sencillas’ y ‘rápidas’? Mi reflexión es que tendríamos que tener en cuenta el valor simbólico de las propuestas en las sociedades donde éstas aspiren a integrarse, al tiempo que utilizamos mecanismos de difusión y de representación que puedan ofrecer elementos de reflexión compartidos por esa audiencia y que, a la postre, faciliten su aceptación.

El paradigma del desistimiento, la política basada en la evidencia y la justicia de la restauración No cabe duda de que uno de los grandes paradigmas en la investigación actual es lo que se conoce como la perspectiva basada en la evidencia (evidence-based approach), esto es, el esfuerzo desarrollado en los últimos años para generar conocimientos a través de la investigación mediante revisiones sistemáticas promovidas por la Colaboración Campbell (Campbell Group in Crime & Justice) en la búsqueda de programas efectivos. Mediante un estudio exhaustivo de la metodología disponible acerca de un tópico cualquiera de la prevención del delito, se llega a derivar una serie de conclusiones cuyo alcance depende de la calidad de las investigaciones originales que componen la revisión final. Como convención, se llega a decidir si un método de intervención determinado ha alcanzado un estatus de “efectivo”, “prometedor” o “no efectivo” en la consecución de sus objetivos de prevención, de acuerdo a los datos disponibles en el momento de la revisión (ver Sherman, Farrington, Walsh & MacKenzie, 2002). Bajo el planteamiento de la evidencia, se considera que la prevención del delito

un tratamiento recomendable o, al menos, uno preferible en comparación con los otros. Las intervenciones tienen que ajustarse a los factores de riesgo y de protección que presentan las personas o los escenarios que van a ser objeto de las mismas.

Reflexivo (Knepper, 2005) o Cultural, vástago de la orientación crítica en Criminología, cuyo fin no es tanto buscar referentes cuantitativos de ‘lo que funciona’ (what works), 4

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Ahora bien, otros criminólogos en la actualidad abogan por un Modelo

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podría ubicarse dentro del modelo de salud pública, en el que para cada dolencia existe

sino, en palabras de Stephanie Kane, “documentar, descifrar y desplegar las estructuras interpretativas, las imágenes y los sentidos a través de los cuales el delito es aprehendido y realizado” (2004: 303). Creo que ambos planteamientos investigativos son necesarios, como lo demuestra en la actualidad el estudio del fenómeno conocido como ‘desistencia’ (desistance), que en español traduciremos como desistimiento, y sus obvias relaciones con la denominada justicia de la restauración (Restorative Justice). En efecto, mientras que el tratamiento de los delincuentes tiene que enfrentarse a un ambiente político inhóspito y a los problemas derivados de la implementación, la atención reciente a los temas de discusión que plantea el concepto de desistimiento de la carrera delictiva ha promovido un interés renovado en los modelos de intervención de prestación de servicios en la comunidad y en los ingredientes de los programas efectivos. Un desarrollo importante es la idea de que la desistimiento es un proceso que mueve a alguien desde la conducta delictiva hasta la abstinencia en el delito, y que tal conducta de ausencia del delito (o, en otras palabras, el hecho de “desistir”) nunca termina. Así, en lugar de esta cesación abrupta se produce un cambio tanto en la tasa como en la frecuencia de la conducta delictiva, y de este modo podemos decir que el cambio gradual constituye el proceso de desistimiento. En su libro Crime in the Making, Sampson y Laub (1993) desarrollan la teoría del control social informal para explicar la conducta delictiva como parte de un trayecto vital (life course). ¿Qué es, en concreto el control social informal? Para entender bien este

concepto hemos de ver primero el más moderno de “capital social”. Este último, aunque definido de diversos modos, puede entenderse en lo esencial como el recurso que se deriva y es facilitado por los vínculos sociales (Coleman, 1988). Esto es, el capital social es la información y ayuda que se prestan entre sí los residentes de un lugar. En este tipo de comunidades existe una estabilidad económica, los niños suelen ser estrechamente supervisados y las calles son más seguras (Putnam, 2001), todo lo

económico va parejo al social. Este conocimiento recíproco entre los residentes de una comunidad , esta interacción fluida, permite una supervisión y control de las conductas desviadas. En definitiva, hay un control social informal (no de la policía).

en el delito guarda una profunda relación con el acceso a un trabajo digno y con la

relación frecuente con familiares y amigos que les apoyan en ese esfuerzo por 5

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Los estudios de rehabilitación de ex delincuentes muestran que el desistimiento

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contrario de los lugares donde hay déficit en capital social, donde el deterioro

abandonar unos valores y hábitos antisociales, todo lo cual implica que están a su alcance oportunidades para vivir sin recurrir a los modos tradicionales del delito. En esta misma línea, Sampson y Laub (1993) mostraron cómo transiciones tan relevantes en el desarrollo vital como obtener un empleo, entrar en el ejército o contraer matrimonio afectaron para bien el curso del delito, incluso en el caso de los

delincuentes juveniles. Otros trabajos posteriores contribuyeron al conocimiento del proceso de desistimiento como un fenómeno gradual, y reafirmaron la importancia de los vínculos sociales. Este énfasis en los controles sociales informales por parte de esta corriente de la investigación —es decir, sobre las instituciones sociales que unen al individuo a la conducta prosocial— ha contrastado con muchas de las políticas contemporáneas focalizadas en la potenciación del control formal y la línea dura de la “ley y orden”. Es aquí donde entra en relación el estudio del desistimiento con los principios de la justicia de la restauración. Como han sugerido autores como Bazemore y Erbe (2004), la intervención basada en ella pretende, por encima de todo, acelerar el proceso natural del desistimiento mediante la creación de nuevas conexiones que construyen el capital humano en los delincuentes y el capital social en las comunidades donde éstos hayan de reintegrarse. El resultado final es el cambio del individuo mediante la asunción de una nueva identidad, pasando de verse de un ‘delincuente’ a alguien prosocial (Maruna, Immarigeon y Lebel, 2004). Este interés sobre el desistimiento se ha visto indirectamente apoyado por la también moderna investigación sobre los factores de protección (hay una nueva palabra en español: la ‘resiliencia’, traducción del inglés resiliency). Esta línea de trabajo se dedica a investigar por qué, en determinadas circunstancias negativas de desarrollo de la infancia y la juventud, determinados individuos son capaces de llegar a la edad adulta con una buena competencia social, es decir, mostrando una adecuada vinculación con sus coetáneos, y con metas y actividades que les confieren un estatus de plena

sociedad. Desde luego, la investigación habla de un buen desarrollo “a pesar de” las dificultades que tuvieron que arrostrar, pero no niega que no tuvieran que soportar ciertas secuelas o dificultades en su vida como consecuencia de los problemas a los que se enfrentaron (hogar roto, estrecheces económicas, abundantes modelos antisociales en su barrio, etcétera).

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integración. Son, en resumen, adultos capaces de contribuir con su esfuerzo a la

La experiencia acumulada hasta la fecha con los programas de prevención primaria avalan la importancia de trabajar los factores de protección, incrementándolos, al tiempo que se minimizan los factores de riesgo. Los programas de prevención primaria de la delincuencia son aquellas actividades planificadas que buscan, en una edad temprana, reducir el impacto de las condiciones negativas del ambiente y personalidad del individuo que puedan predisponerle a la delincuencia, y de modo complementario se busca desarrollar en ellos sus potencialidades como individuos en el marco de su ambiente de crecimiento. Los más relevantes se llevan a cabo en la familia y la escuela, suelen durar un tiempo prolongado (al menos dos años en la mayoría de los casos de la intervención familiar) y normalmente implican tanto a los profesores como a los padres, en cualquiera de esas dos modalidades (familia y escuela) (Sherman et al., 2002). De igual manera, el estudio de la resiliencia tiene repecursiones claras en el proceso de desistimiento de la carrera delictiva. Es obvio que los jóvenes pueden situarse en un contínuo por lo que respecta a sus comportamientos delictivos: muchos cometerán delitos leves, otros lo harán de modo más frecuente y grave, y así hasta los jóvenes multirreincidentes que extienden su carrera delictiva hasta bien entrada la edad adulta. Aquellos jóvenes que dispongan de mayores recursos personales y sociales (factores de protección), como una buena inteligencia, una mayor empatía y habilidades sociales, o un grupo familiar o de adultos sustitutos prosociales, tenderán a abandonar en mayor medida la actividad delictiva. Mi punto de vista es que el planteamiento de los factores de riesgo y de protección, y la búsqueda del programa eficaz de acuerdo con la evidencia puede beneficiarse de la investigación cualitativa que ilustra el análisis del desistimiento y el conocimiento de los efectos en las víctimas, delincuentes y comunidades de los modelos de trabajo de la justicia de la restauración. Esa investigación cualitativa pretende ilustrar el conocimiento que el individuo va desarrollando de su propio crecimiento como

esencial para abandonar la delincuencia.

lecciones derivadas de la investigación actual. La pregunta clave de la intervención ha

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Cometemos un error si, en estos comienzos del siglo XXI, olvidamos todas estas

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Implicaciones para la prevención e intervención en la delincuencia juvenil

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persona, señalando cuáles son los puntos decisivos que determinan el cambio de actitud

de ser ésta: ¿de qué modo podemos ayudar a que el joven abandone cuanto antes la actividad delictiva? Es una cuestión de tiempo, en realidad, dejar el delito. Sabemos muy bien que la delincuencia es, ante todo, una cuestión de edad: la mayor parte de ésta se comete entre los 16 y los 25 años. Nuestra tarea consiste precisamente en acelerar lo que podamos ese proceso. La Ley Orgánica de Responsabilidad del Menor no está yendo en la dirección esperada. Preocupadas las autoridades públicas por la amenazante irrupción de jóvenes provinientes de las cárceles, ha habido un esfuerzo por crear centros de internamiento, pero un escaso desarrollo de los programas de tratamiento en la comunidad. Justo hemos hecho lo contrario de lo que, en atención a la investigación, deberíamos hacer: crear una red fuerte de atención comunitaria que eduque —pero que también controle— a los jóvenes en el cumplimiento de una medida judicial. “Intervenir en la comunidad” es algo más que realizar unas horas de prestación en beneficio de la comunidad, del mismo modo que la justicia de la restauración es más que realizar una conciliación entre un joven y su víctima. Si la clave del desistimiento es disponer de un autoconcepto prosocial, entonces deberíamos hacer un esfuerzo por seguir las siguientes líneas de acción:

1. La aproximación basada en la evidencia revela que los programas más efectivos enseñan nuevas formas de interpretar la realidad, una mayor capacidad para la recepción y expresión de emociones, y nuevas habilidades y capacidades de actuación prosocial. Tales aprendizajes tienen una mayor impacto si se ven acompañados por estrategias que influyen sobre otros escenarios de socialización, como la familia, la escuela y el grupo de pares. 2. La investigación sobre factores de protección (resiliencia) nos enseña que los jóvenes que se ven potenciados en sus recursos personales y sociales son

desprovistos de tales factores, les llevaría a cometer delitos o a proseguir una carrera delictiva con mayor intensidad. 3. Los estudios sobre desistimiento nos enseñan que un factor clave en ese proceso es el desarrollo de un autoconcepto prosocial. Es decir, cuando estos jóvenesadultos son entrevistados y hablan de su pasado refieren que antes “pensaban y

sentían de otra manera”, y que ahora que ya no cometen delitos son “ellos 8

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capaces de manejar situaciones de alto riesgo que, en otros muchos chicos

mismos” en verdad, son y actúan de modo que se corresponde con su auténtica personalidad. 4. Este proceso de cambio supone la plena integración en la sociedad convencional, es decir, el reconocimiento íntimo de que pueden contribuir a las metas y valores prosociales con su esfuerzo o, dicho con otras palabras, llevar una vida útil y participar en la vida social con dignidad. En los términos empleados en esta ponencia, ello supone participar de pleno derecho como miembros activos del capital social de la comunidad, donde la fuerza para permanecer al lado de la ley es el resultado de la acción de las fuerzas del control social informal, y no tanto de la amenaza de las sanciones penales. 5. La justicia de la restauración, al poner el énfasis en la vinculación del joven con ese capital social, refuerza ese proceso de cambio interno, ya que busca vías para que el delincuente juvenil se sienta partícipe de esa comunidad, y no un elemento estigmatizado y ajeno al mismo. En efecto, el elemento clave de la justicia de la restauración es el enfrentamiento del joven con los efectos negativos de sus hechos, al conocer y abrirse ante sus víctimas, en el marco de un proceso que le reconoce su dignididad y que espera de él un reconocimiento del mal realizado y un cambio de actitud sincero. Por ello, los programas de tratamiento que enseñan habilidades y capacidades para que ese reconocimiento y vinculación tengan éxito alcanzan las mayores cotas de éxito en la disminución de la reincidencia (Sherman, 2003).

Ahora bien, para que esta política criminal prospere es necesario que se produzca una diseminación eficaz entre el público y los responsables políticos de los beneficios de la misma. Frente a los movimientos populares que exigen más “mano dura” al hilo de hechos especialmente cruentos, y que fuerzan a los políticos a apretar las clavijas de la retribución, el conocimiento científico ha de enseñar que, para la inmensa mayoría de

datos lo demuestran. Por supuesto, algunos jóvenes son realmente violentos, y merecen —y necesitan— de una fuerte contención. Igualmente, todavía queda mucho por hacer para que sepamos mejorar los mecanismos de integración que permitan que los programas comunitarios sean cada vez más eficientes. Pero esta minoría no puede dictar

la política global para la mayoría. Los investigadores y académicos tenemos una clara

responsabilidad en este sentido. Hemos de ser capaces de “vender” nuestros hallazgos: 9

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los delincuentes juveniles, la educación es la respuesta más ajustada. Y es así porque los

el público puede entender que un programa de intervención con jóvenes delincuentes orientado en el sentido expuesto no supone tratarlos con mano de terciopelo, ni evitarles asumir su responsabilidad. La clave de todo esto es que la responsabilidad y el esfuerzo por cambiar puede facilitarse por una política integradora para el capital social, y no por el mero ejercicio de la retribución penal.

Referencias

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