NUESTRO PERIODISMO

Si por un orgullo mal entendido y risible no reclamamos la formación de una policía internacional que reprima los golpes de estado y finalice con las dictaduras de Bajo Imperio1, deberíamos trabajar porque los escritores -y de modo singular los diaristas2- organizaran una corporación higiénica para desinfectar el aire saturado con el miasma político. Mas los grafómanos sin convicciones definidas, los inverosímiles tipos de oscilación mental, ¿poseen la médula suficiente para iniciar una obra de tamaño alcance? Para sólo concebir la institución de esa nueva junta de sanidad3, habrían de ser honrados, entendiéndose aquí por honradez la adhesión a una doctrina, o cuando menos, la fidelidad al hombre de su partido. Rechazando la afirmación absoluta de que el ingenio se deprime con las bajezas del corazón, se ha dicho que una obra de arte no lleva necesariamente el sello moral del autor. En el dombo de San Pedro, en la estatua de Moisés y en los frescos de la Capilla Sixtina, vemos la poliforme grandeza creadora de Miguel Angel; pero en el Cristo del Escorial, en el martirio de San Bartolomé y en la partitura de El Barbero no descubrimos la fiereza de un Benvenuto Cellini, la tortuosidad de un Españoleto ni la avara parsimonia de un Rossini. Se ha dicho también que la excelencia de una verdad científica y la bondad de un método filosófico no desmerecen por lo indigno y bajo de sus enunciadores; y efectivamente: aunque Darwin y Comte, en vez de figurar como tipos de elevación moral, fueron citados como ejemplos de criminalidad y vileza, el Darwinismo no sería una hipótesis menos probable ni el Positivismo encerraría menor número de verdades.El artista y el sabio se crean un medio ficticio, se abisman en una atmósfera interior de belleza o de verdad, en una palabra, se autosugestionan al concebir y ejecutar sus obras. Merced al entusiasmo de un hombre con alma y corazón igualmente negros puede salir una producción buena y hermosa, como de dos carbones atravesados por la electricidad brota la espléndida luz de arco. No sucede lo mismo en el orden político. Ahí la obra lleva irremediablemente el sello del autor, ahí el hombre se revela en el acto como la causa en el efecto: el corazón insidioso y sanguinario de un Thiers1 se delata en la represión de la Comuna, así como el alma undívaga y fofa de un Castelar se deja ver en su efímera presidencia de la República Española. Nadie niega lo mucho que un principio se realza con el carácter de su defensor. Mientras algunas reformas útiles y de fácil implantación suelen escollar en el descrédito de sus iniciadores, otras muchas transformaciones difíciles y al parecer irrealizables, se logran consumar llanamente, gracias al buen nombre de sus apóstoles. Los bienes mismos, al venir de los malos, nos inspiran desconfianza y miedo. Si no, ¿por qué todos los hombres públicos blasonan de honrados? ¿Por qué ni los sorprendidos con la mano en el tesoro y la prevaricación en los labios se resignan a confesar el robo y la perfidia? Entre los hombres públicos debemos incluir también el diarista, que si no desempeña cargos administrativos y ejerce funciones políticas, influye directamente en la generación y marcha de los acontecimientos. En el campo de las ideas y aun de los hechos, no hay tal vez una acción tan eficaz ni tan rápida como la del periodista: mientras el autor de libros se dirige a reducido número de lectores, y quizá de refinados, el publicista vive en comunicación incesante con la muchedumbre. El lanza hoy una idea, insiste mañana, continúa insistiendo, y concluye por introducirla en el cerebro de su público: trepana los cráneos más duros y más gruesos. ¿Qué abusos, qué supersticiones no acaban por ceder a una embestida de todas las horas y de todas las plumas? ¡Cuántas obras no realizadas con el discurso de un parlamentario, con el decreto de un ministro ni con la sublevación de un militar, se efectuaron con el simple artículo de un periodista! Para la multitud que no puede o no quiere alimentarse con el libro, el diario encierra la única nutrición cerebral: miles y miles de hombres tienen su diario que aguardan todos los días, como el buen amigo, portador de la noticia y del consejo. Donde no logra penetrar el volumen, se desliza suavemente la hoja, y donde no resuena la austera palabra del sabio, repercute el eco insinuante del vulgarizador. Más que el sacerdote, el periodista ejerce hoy la dirección espiritual de las muchedumbres. Como dice Tarde5, una pluma basta para dar movimiento a mil lenguas. También basta para enardecer a muchos cerebros y armar a muchos brazos. Nadie medirá todo el alcance de un pensamiento divulgado en las columnas de un periódico: es la piedra lanzada en medio del Océano, y no sabemos a qué profundidades puede bajar. El periodismo encauza los arroyos difusos de las opiniones individuales, les unifica y forma el irresistible río de la opinión pública. Según el mismo Tarde, si las literaturas sirven para testificar la existencia de una nación, los diarios aguzan la vida nacional, provocan los movimientos globales de espíritus y voluntades en sus cotidianas fluctuaciones grandiosas. El periodismo tiende, no sólo a formar el alma colectiva de un pueblo, sino la conciencia de la Humanidad. Hoy, merced al telégrafo y al diario, las grandes acciones y los grandes crímenes reciben simultáneamente la glorificación o el vituperio en el orbe civilizado. A cada momento escuchamos latir el corazón del Planeta. Con vivir la vida de todos los hombres, vamos dejando de ser los egoístas vecinos de una ciudad para convertirnos en los generosos habitantes del Universo. En un diario se condensan el Agora de Atenas y el Foro de Roma, la arena de un torneo y el campo de una batalla, el ambiente de un jardín y el vaho de un pantano, la luz de una apoteosis y el bisturí de una vivisección. Como resumen de la vida, encierra un abigarramiento de bienes y males, de justicias e injusticias, de tragedias y sainetes. Debemos mirar en él una fuerza superior al soberano, al parlamento, a la magistratura y a la misma nación. Para estimar el valor del periodismo, imaginémonos la sociedad moderna sin el diario, el wagón sin locomotora. Aunque se juzgue vulgar la comparación, el periodismo guarda semejanza con el alumbrado público: suprimamos el petróleo, el gas o la luz eléctrica, y las ciudades más civilizadas se transformarán en bosques de bandidos; eliminemos los diarios, y en las naciones más libres surgirán los tiranos más inicuos y más abominables. De ahí que el primer deseo de los autócratas, llámense Napoleón o Francia6, es imponer el gran silencio cesarianoSin embargo, el periodismo no deja de producir enormes daños. Difunde una literatura de clichés o fórmulas estereotipadas, favorece la pereza intelectual de las muchedumbres y mata o adormece las iniciativas individuales. Abundan cerebros que no funcionan hasta que su diario les imprime la sacudida: especie de lámparas eléctricas, sólo se inflaman cuando la corriente parte de la oficina central. Los lectores de un diario, a más de contaminarse con el espíritu y el lenguaje, se apegan a las dimensiones del pliego, al ancho de las columnas, a la forma de los tipos.Naturalmente, se granjean mayor público los histriones que más hablan de honradez y menos la observan, que se empinan muy alto y piensan muy bajo, que gritan mucho y razonan poco. El mundo se alucina con las palabras, y desgraciadamente, con las palabras más vacías: la Humanidad, lo mismo que el niño, sigue al tambor mayor. De ahí la enorme circulación de los grandes cotidianos.Desde Le Figaro de París hasta The Times de Londres, y desde The New York Herald hasta la Gaceta de Colonia, algunos de ellos merecen llamarse tenduchos de compra y venta, covachas de embustes por mayor y menor. En las grandes potencias, así como en los pequeños estados, los presupuestos consignan sumas destinadas a los periodistas oficiales y oficiosos, lo que se llama el fondo de los reptiles. Cavour y Bismarck no vacilaron en confesar lo mucho gastado por Italia y Alemania con el fin de ganarse las simpatías o el silencio de la prensa internacional. Si en cuarenta o cincuenta diarios leemos hoy la narración de algún hecho acaecido ayer, difícilmente sacaremos en limpio la verdad cuando el hecho se relaciona con los intereses de la banca o la política del gobierno. Muy pobre muestra

hasta cabe afirmar que la ignorancia con humos de suficiencia vive inseparablemente unida a la improbidad: un espíritu honrado aprende antes de enseñar y no enseña lo que ignora. Procedimiento juicioso y agradable. mañana en la de un líquido. en divulgar una ciencia que no se posee y llevar el engaño a los ignorantes y los sencillos. y Zola8. de oposicionistas y gobiernistas Antiguamente. La falta de sinceridad y honradez se juntan casi siempre al exceso de ignorancia. Solamente los Gobiernos escuchan con majestuosa gravedad el ruido de las alabanzas repetidas en las hojas mercenarias. representan en nuestra sociedad al bravo de la Edad Media: el bravo clavaba un puñal. Si un pueblo se figura por un individuo. quién sabe mayor. denunciando la lucha entre la muerte que les inclina hacia el suelo y la tierra que siente asco de recibirles. nuestros seis o siete diarios. dándose las mismas costaladas y sacándose del estómago el mismo cintajo policromo y chillón. y ¿por qué no ha de pedirse lo mismo al escritor público? Se ha dicho ya: Médico. El Buda. si aparece un caso de lepra o sobreviene un terremoto. empresas de ferrocarriles. ni ellos mismos lo notarían al mirarse en el espejo. y nadie se acuerda de sus escritos. valen muchísimo menos que La Nación o La Prensa de Buenos Aires. declara llanamente que sólo teme a Le Figaro de París. El diarista posee su verdad. voceros de bancos. por el contrario. viven desde hace treinta o cuarenta años repitiendo la misma ensalada de chistes vulgares. el ultramontano en la revolucionaria. Si hay delito en alquilar su pluma y vender sus opiniones. empina su copa de aguardiente. Si en plena calle un fanfarrón vulgar o un beodo consuetudinario nos endilga una insolencia. pero si el beodo y el fanfarrón nos agravian en las columnas de un diario. siente la misma impresión del dilettante que al salir de escuchar una magnífica ópera oyera los chirridos de una música china. apañadores de los más odiosos negociados fiscales. A nadie sorprende que un radical masón salga colaborando en El Pan del Alma o en El Amigo del Clero. El anónimo hace que las vociferaciones de un zaragate o caballero de industria nos. pasado mañana en la de un gas. . Arequipa es el soldado varonil que empuña el rifle. cuando una vieja daba un tropezón y se rompía el abutismo. El diario puede revelar la sicología de un pueblo.¿Qué diarista limeño representa la encarnación de un principio? Mientras uno se acuesta montañés y se levanta girondino. Tal vez por muchos años conservamos un temor divino a lo impreso en los diarios. Algo semejante pasa con los individuos: hay sujetos de fisonomía tan común o impersonal que si al uno le pusiéramos la cabeza del otro. que pasaban por los causadores de todo mal terrestre. no sería malo ver las cosas con alguna seriedad. Vendedores de la misma droga. se cuelga el detente. La Ley de Santiago no halla competidores en Lima.El hombre que después de revisar algunos diarios europeos. nosotros no perdemos la serenidad y continuamos nuestro camino como si nada hubiéramos escuchado. que no vale la pena de afanarse por escribir. sin modificaciones en el fondo. sánate a ti mismo. por voz de un paladín. si le ofrecían una bolsa. o hablando con deliciosos eufemismos. Tan sucede así que en la época de los gordos negociados o de las grandes conmociones políticas.Los males causados por la falta de sinceridad y honradez resaltan en los diarios de Lima. repiten el mismo reclamo. sale al campo de batalla y regresa teñido en sangre a la vez que rodeado por un tufo de chicha y pólvora. Temor general. Nos parece que ni los mismos redactores notarían el cambio.Fouillée7 se duele de la supersticiosa veneración a lo escrito. la culpa era de Voltaire y de Rousseau. que entonces se hallaba joven y tenía el humor de hacer milagros. habiendo tenido la imprudencia de afirmar que el periodismo no es una cátedra sino una empresa industrial. Algunos de ellos infunden conmiseración y repugnancia. El daño inferido a nuestra honra se nos antoja mayor cuando los tiros vienen de manos ocultas o invisibles. Lima es la zamba vieja que chupa su cigarro. si les decretan la subvención fiscal o les arrojan las propinas individuales. Todo el mundo se divierte en esa batalla de migajones. ellos hincan la pluma. recorre una hoja de esta ciudad. Para los gobiernistas. A todo cirujano se le exige una limpieza absoluta. que si todos los dioses del Olimpo han muerto ya. arrastra sus chancletas fangosas y ejerce el triple oficio de madre acomodadiza. Especie de moléculas errantes. Sin embargo. mercachifles de la misma baratija. nuestros famosos publicistas entran hoy en la combinación de un sólido. Sin obedecer a un pesimismo exagerado y hasta de mal gusto. ejecutando las mismas cabriolas. también le hay. tomando por sinfonía nacional a toda orquesta la empalagosa tonada del organito callejero que ellos mismos buscan y pagan. posee mayores facilidades para hacer el mal. no atenúan la virulencia de su ponzoña. entonces no guardamos la tranquilidad y nos creemos perdidos en la estimación de las gentes honradas. machacan el mismo boniment. El liberal escribe en la hoja conservadora. fundidos en uno solo. compañías de vapores y sociedades en que imperan el agio y el monopolio. Tomamos por Caballero de la Blanca Luna al Bachiller Sansón Carrasco. si los arrozales de Lambayeque auguran pingüe cosecha o los carneros de Puno se duplican en la parición de San Juan. Sócrates y Jesús no escribieron. el Gobierno produce tales beneficios12. mas rarísima vez servirá de testimonio fidedigno para juzgar a los hombres públicos. si su periódico saliera a luz con el nombre del ajeno. Miles de hombres lo han hecho. y uno de La Opinión a El Bien Social. Un artículo de El Diario puede trasladarse a El Comercio. el otro se duerme autocrático y se despierta anarquista. parezcan fallos de la opinión pública. el ruido de un ratón en una armadura. nos parece que el diario limeño no da esperanzas de evolucionar. Van donde el negocio les llama. A más del clown.daría de su criterio el historiador que para sondear el fondo de un personaje acudiera únicamente a las informaciones de las hojas cotidianas. si no surgiera entre ellos la marcada diferencia de ayunos y ahítos. Como el diarista influye de preferencia en cerebros maleables y primitivos. viven y reinan el Dios-Alcohol y la Diosa-Imprenta. sin que el público dé señales de conocer el trasiego.No siempre las palabras vuelan y los escritos quedan. En el terreno de las ideas. si el primer esgrimidor de pluma dirá seguramente lo mismo que se le puede ocurrir a uno. Atraviesan las calles. zurcidora de voluntades y mandadera de convento13. que no siempre es la verdadera. Pasan de civilistas9 a demócratas10 y de opositores a gobiernistas. las gentes no acaban de saber que la mentira y la necedad impresas valen tanto como la mentira y la necedad habladas. Y ¿para qué alejamos hasta el Viejo Mundo? En materia de información. como lleva entre las manos una arcilla que amasar y modelar a su antojo. Rara vez el buen ejemplo salió de nuestra Capital. con simples cambios en la superficie: mudan de piel como las víboras. el Gobierno tiene la culpa. que nunca dio señales de bonachón ni de tímido. Sin embargo. la honra le tocaba a Dios. En concepto de los escritores oposicionistas. defensores sucesivos del pro y del contra. algunos diarios viven de sólo reproducir los editoriales de sus colegas. Tendríamos derecho de aplicarles el verso de Campoamor11: Todo es uno y todo igual. si algo bueno sucedía. Clowns gibosos y encorvados. casi todos sin opiniones fijas ni claras. no se igualan ni con los de Chile.

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