Julio Carreras (h

)

Abelardo

Novela
1983

Santiago del Estero, 1990

Editorial Dimensión
Gilda Roldán de Santucho La Plata 314 Tel.: 421 0103

Me vino esta palabra del Señor: -Hijo de Adán, ponte mirando al sur, vaticina al mediodía, profetiza así al bosque austral: ¡Bosque Austral, escucha la palabra del Señor! Esto dice el Señor: Voy a prenderte fuego que devore tus árboles verdes, tus árboles secos. No se apagará la ardiente llamarada que abrazará todos los terrenos, desde el sur hasta el norte. Y verá todo mortal que yo, el Señor, lo encendí y no se apagará. Yo entonces repliqué: -¡Ay Señor! Van diciendo de mí: “Es un recitador de fábulas!” Ezequiel, 21, 1-5.

Cada semana, solemne y distinta, la rosa en el barro se agrieta y desgasta; cada mirada que cruza su forma se desintegra en colores que no tocan la tierra. Cada nido de cóndor será un trono antiguo y presente para las voces que quieran coronarla como emblema de pelea, para los truenos que quieran sacarla de ese húmedo infierno. Daniel Rubén Mourelle (Almarmira)

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uando conocí a Abelardo él era todavía un niño. Yo militaba en las bases de la por entonces “gloriosa” JP y mi compañera aún vivía. En realidad era ella quien participaba con fogosidad en la lucha. Mi adhesión a ese sector que no terminaba de digerir se debía sólo a que por causa de ello podía estar casi todo el día a su lado. Abelardo, era un changuito como de diez años que aparecía frecuentemente por la unidad básica de Alta Córdoba, serio y reflexivo, ojos profundos, siempre bien dispuesto a cebar mate para los compañeros. Mi verdadero acercamiento a él se produjo cuando Perón nos echó de la Plaza. Después de aquella tarde dramática, mezclado entre los que regresaban del acto entristecidos y sudorosos, no sé qué expresión de mis facciones me traicionó, dejando entrever que me importaban un bledo aquellos sentimientos. O, mejor dicho, que en mi corazón no había sino indiferencia. Tal vez fuera -según lo pienso ahora-, que la energía vital de mi cuerpo se manifestaba tan diferente de la general, que todos los que me rodeaban parecieron notarlo enseguida. Lo cierto es que a partir de ese momento empezaron a apartarse de mí, dejándome aislado. Me observaban a hurtadillas y hasta mi propia compañera se alejaba con un pretexto cualquiera. Una tarde estaba sentado en la cocina de la UB, sintiendo esa sensación, mezcla de tristeza y culpabilidad tan común en los despreciados, meditando sobre no recuerdo qué cosa en soledad, cuando me sobresaltó un pequeño ruido a mi lado. No había advertido su llegada. -¿Quieres tomar unos mates? -me dijo. Y esa pregunta, hecha con amabilidad rutinaria, fue para mí como una puerta. Siempre he tenido problemas para integrarme a los grupos. Con más razón si estos tenían alguna motivación en contra de mí -como ocurría ahora. Posiblemente a causa de ello me aferraba tanto al cultivo de la relación individual, cuando podía. Tomando mate con él me enteré de que Abelardo era hijo de un empleado de la Fiat y una maestra, separados. Vivía ahora con su padre y sus abuelos, aunque veía a su mamá de vez en cuando. El padre mantenía

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una querida, con dos hijos más, pero no se había atrevido a reincidir en el matrimonio. Nuestro barrio era el típico de la clase media provinciana: un lugar con casitas parecidas, madreselvas y jardines al frente. No olvido que me impresionó la serena madurez de aquel niño de ojos grandes, con quien coincidimos acerca del fin político de la organización que mi compañera y yo integrábamos. -No puede haber un peronismo en contra de Perón -recuerdo que dijo-. Esto se terminó, en el acto del primero. A partir de aquí, habrá que contar para atrás. Desde un buen tiempo antes yo venía presintiendo este desenlace, menos por perspicacia política que por la distancia de que dota a un observador la condición de participante desapasionado que había asumido, de un principio. Abelardo, aunque por diferentes causas, compartía esa condición. Él concurría a la UB del mismo modo en que podía haber ido a un club. No tenía en el fondo una posición política, ni le interesaba cuestionarse sobre ello. Hijo de peronistas, consideraba natural frecuentar esos ámbitos. Si hubiese sido un niño con facultades deportivas, hubiera aplicado su tiempo libre a la práctica del fútbol o el básquet, como la mayoría de los niños de su edad. Pero sus inclinaciones no iban en ese sentido. De carácter introvertido, sumamente sensible, poseía una afección a las artes y lo espiritual poco común. Su familia paterna se preocupaba por ello, tomándolo como una especie de enfermedad, cuya causa achacaban a la madre ausente. Una vez, teniendo sólo cinco años los había sorprendido al predecir la muerte de un pariente lejano, cosa que, efectivamente, al poco tiempo se cumplió. Esa tarde se suscitó entre nosotros un tipo de comunicación extraordinaria, consistente no en el mero intercambio de palabras sino de energía, transmitida a través de algo que, por indefinido, llamaré sentimientos. Por encima de lo que dijéramos y callásemos sentíamos, entre aquel niño y yo, un fluir constante de corrientes energéticas, que nos dotaban por su intermedio de un entendimiento mutuo, distinto del racional. No se trataba de la sensación de tranquilidad y plenitud que embarga a los padres al estar con sus hijos, o algunas veces a los amantes; ni siquiera podía comparársela a la sentida por los amigos. Vivíamos, de algún modo enigmático para mí, el fenómeno de percibir y transmitir un

clima espiritual, con sus innumerables matices, y lo que era aún más extraordinario, con perfecta consciencia de lo que estábamos viviendo. Sentados en silencio el uno frente al otro, con el único nexo exterior del mate, comprendíamos que quizá fuéramos los únicos en percibir de un modo nítido, aunque no del todo definible, esa sensación tremenda como de que una gran tragedia se cernía. Los hombres y sus dirigentes se habían sumido en una danza orgiástica que recién comenzaba: no había en aquel tiempo quien notara, al parecer, los terribles nubarrones que se armaban. Impelía a los jóvenes de mi edad un espíritu de severo triunfalismo, que llevaba a la creencia de que estábamos en un camino en el que no había sino avanzar, hasta llegar a los grandes triunfos que se deseaban. Y súbitamente, en medio de aquella algarabía, me encontré con ese niño de ojos hondos, contemplando ambos una escena de movimientos psíquicos y fantasmas de la imaginación que no entendíamos del todo, pero que nos acongojó hasta las lágrimas.

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l país se fue hundiendo en una espiral de endemoniada violencia. Lo que antaño hubiera parecido horrible, alcanzó en esos tiempos el carácter de lo cotidiano. No me olvido la tremenda impresión que sentí una mañana, al mirar en el diario la noticia del asesinato de un dirigente sindical. Mas el horror no fue tanto por el hecho en sí mismo como por la repentina consciencia de la manera en que habíamos estado aceptando cada día en lo más íntimo estos sucesos, sin que ya se modificara demasiado nuestro ánimo. Estaba yo mirando ahí en una gran fotografía impresa el cadáver destrozado a impactos de un hombre -un hombre como usted y yo-, con tantas y más ideas, sentimientos, aspiraciones, esperanzas, pensamientos complicados y simples, afectos, una finísima organización de células, tejidos, linfa y cartílagos milagrosamente equilibrados, milagrosamente combinados unos con otros, gestores de acciones y movimientos eficaces y transformadores a su vez de otras materias, organizadores multifacéticos y constantes de millones de sensaciones distintas e innombrables, de

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relaciones infinitamente ricas, que de pronto había sido desquiciado, desintegrado bárbaramente por cuarenta o cincuenta balazos; y lo terrible y desolador de todo eso era -me daba cuenta ahora-, que ya no me conmovía. Me anegó el entendimiento como un horror pasmado de comprender que colectivamente habíamos aceptado la violencia criminal, por acostumbramiento. Coexistíamos cotidianamente con la muerte. No aquel pacífico llegar a término del anciano o el enfermo, ni el de los accidentes comunes en toda la sociedad, sino el brutal tronchamiento de vidas, destruidas, por bandas que merodeaban cada noche; y esas vidas en la mayoría de los casos no superaban los veinticinco años. Jamás me pareció tan apropiada y gráfica la remanida metáfora de la calavera y la guadaña. Se pensará que ésos fueron los momentos más trágicos de nuestra historia. Mas no es así. Sobrevinieron otros aún peores.

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belardo me visitaba de vez en cuando en mi habitación. Yo hacía el papel de joven precozmente maduro que narra anécdotas con moraleja. Le contaba también historias de mi vida, que él escuchaba con cortesía. Nunca había sabido con certeza lo que fue mi padre. Una tía solterona me crió desde la segunda infancia, luego del fallecimiento de mi madre y me dotó de afecto y un hogar a medias, hasta que pude terminar con mis estudios. Cuando egresé como licenciado en Artes Plásticas de la Academia decidí abandonar su casa e instalarme por mi cuenta. Desde entonces habité una pieza lúgubre y alta que me alquiló la dueña de un caserón antiguo transformado en “residencial” para estudiantes. Mi vida había adquirido un nuevo tono cuando creí hallar a la mujer amada. Era una muchacha linda e impetuosa. Tal vez, si se buscara un ser que simbolizara en sí, por su carácter y aspecto, el sentido de la palabra “juventud” -pensaba yo- mi muchacha debía ser elegida sin vacilaciones.

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La atraje como ella a mí. Mi complexión psíquica, meditativa, cautelosa, ofrecía un misterioso atractivo para su temperamento, similar al que en mi ánimo imprimían su extraversión restallante, su belleza física y su eficacia para la acción práctica. A poco de andar juntos nos sentíamos como hermanos y ella no dudó en venirse a vivir conmigo. Pero antes, me había confiado que era militante activa de una organización guerrillera nacional. Acepté aquello con serenidad, pues aunque no compartía sus razones del todo, tampoco tenía demasiadas para ponerme en contra. En realidad, por una especie de abulia o inhibición de mi carácter, no deseaba tomar posición definida en este tema. Inconscientemente quizás tenía miedo: miedo a la muerte, miedo a que la reflexión me llevara fatalmente a aprobar esa lucha tan apasionada y al parecerme justa, comprometerme indefectiblemente con ella... qué sé yo. De momento, yo quería amarla y amar a todo lo que ella hiciera. Pese a esa apatía política, acepté colaborar en el campo “legal” como simple afiliado del partido, eludiendo con cuidado toda tarea que pudiera resultarme peligrosa. En la intimidad del lecho (eran los únicos momentos en que estábamos realmente solos) descubrí que era una mujer rica y de hermosos sentimientos, medio conservadora en lo moral y anticuada en ciertos casos. Nuestro amor parecía acrecentarse con cada día que pasaba. La amaba y la quería en toda circunstancia: cuando entraba, acalorada y presurosa, a la unidad básica, daba dos o tres órdenes precisas a los compañeros y me obsequiaba un beso antes de salir; en las manifestaciones, donde se me antojaba que florecía como un ceibo en primavera y su voz se elevaba por encima de todas, o en mi oscura habitación, que ella había llenado de afiches de Perón, Evita y el Ché Guevara, cuando en las noches frías su cuerpo suave se apretaba contra mí bajo las colchas y su boca susurraba palabras sencillas en mi oído. Estaba cierto, eso sí, de que jamás había conocido una muchacha como ella ni antes había sido tan feliz. Una mañana de un mes helado me despertó el teléfono con la noticia de su muerte. La voz impersonal de “un compañero” me comunicó que la habían matado en un enfrentamiento. Me pareció que no era a mí a quien hablaban y estúpidamente tuve ganas de reír. Me pareció que aquél que me miraba en el espejo de la perfumada pieza de la dueña

no era yo, sino algún extraño y desagradable intruso con expresión de loco en su mirada. Nada de esto ocurría -me pareció-, era sólo una maldita mala jugada de los servicios, que nos habían detectado. La voz continuó inexorable, diciéndome que debía ir a retirar su cadáver, pues corría peligro de que los canas la vejaran, aún después de muerta. Nadie había podido avisar a su familia, que vivía en una ciudad muy distante. ¿Cómo narraré aquella mañana? El sol brillaba en medio de las nubes pálidas y el contorno de los objetos aparecía sólidamente definido, tan insoportablemente real, que me pareció que la naturaleza y la ciudad se habían unido en una conspiración para quitarme el recurso de imaginar que soñaba. Percibía los momentos como en una película muda; los edificios me impresionaban como demasiado altos, los automóviles terroríficamente veloces; todas las cosas que veía padecían por excesos de contrastes; no podía oír sino un cierto zumbido informe y las conversaciones me resultaban un murmullo ininteligible. Contra lo que esperaba desde que llegué a la seccional no me detuvieron, pero tampoco me entregaron el cuerpo. Ni siquiera me la dejaron ver; sólo ahondaron la certeza de mi pena al decirme que sí, estaba allí. Estaba muerta. Mi corazón era una bola de carne viva que rodaba sobre un desierto de pedregullo. Cuando por fin pude ubicar a un primo-hermano suyo, que trabajaba como médico en una ciudad vecina, la vi. Tenía un solo balazo: un pequeño agujerito redondo, casi escondido entre su pelo rubio. Ese orificio que le atravesaba el cerebro la había matado. Acompañé al gran cortejo que con carteles y cánticos llevó su féretro al cementerio, luego del largo velatorio en el sindicato de Luz y Fuerza. Fueron dos días agotadores en los que la multitud se apropió de mi amada, venerándola como a un icono milagroso. No me fue difícil pasar desapercibido, pues casi nadie se acordaba de mí, aparte de los formales pésames de quienes me conocían. Esa misma noche decidí irme para siempre de esa ciudad. Ya no tenía sentido para mí seguir viviendo allí...

4 e acuerdo como entre sueños que Abelardo me ayudaba a preparar mis maletas. Luego de eso, ya no la vi. Me marché decidido a empezar un periodo distinto de mi vida, aunque mis sentimientos me impulsaban en ese momento sólo a suicidarme. Me hice un proyecto de existencia, en el que solamente aspiraría a encontrar el aislamiento, que me permitiría -según pensabacicatrizar el hueco que había dejado en mí la muerte de Alejandra. No quería olvidarla; por el contrario, me había propuesto atesorar en el recuerdo y revivir con la memoria cada gesto suyo, cada olor, cada detalle de su cuerpo, de su voz, de sus diálogos conmigo, durante el tiempo que me quedara viviendo en este mundo. Pronto encontré trabajo como diagramador en una revista de frivolidades. Alquilé un pequeño departamento en Once y procuré no iniciar amistad con nadie. Buenos Aires, por suerte, es una ciudad apropiada para habitarla así. De esa manera pues, pasé algunos años, trabajando, leyendo, visitando cines y escribiendo versos monotemáticos, siempre solitario como un perro apestado. Mientras tanto se había abatido sobre la nación el proceso. Los enfrentamientos armados, pese a ser cada vez más feroces, se habían ido reduciendo y se practicaba un nuevo tipo de violencia, institucionalizada. Las ciudades habían sido tomadas por la policía y el ejército, que secuestraban a miles de personas, las torturaban y luego las hacían aparecer -si morían- como participando en un enfrentamiento. Los oficiales del ejército muchas veces se hacían acompañar por soplones, “quebrados” en la tortura, que señalaban gente por la calle para que ellos la “levantaran”. Patrullas de individuos siniestros recorrían la ciudad de punta a punta, a toda hora. Con frecuencia se podía sorprender el paso de alguno de estos forfalcons de la muerte, tripulados por inconfundibles sujetos de bigotes, anteojos negros, gorras colorinches y armas oscuras asomando los cañones por entre sus brazos. Las sirenas eran el hábito que ya no impedía un mal sueño por las noches. Muchas veces se escuchaba el chirriar de unas gomas y descendían vertiginosamente ocho o diez de estos sujetos armados, con rapidez rodeaban a un hombre, una mujer o una pareja y tomándolos de los pelos, golpeándolos, los metían a la rastra en sus automóviles, sin que nadie se

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atreviera a intervenir. Luego de estos “operativos” todo aparecía unos minutos como congelado. Los que teníamos la desgracia de presenciarlos, nos quedábamos si saber qué hacer, azorados, con expresión de incomodidad, vergüenza y miedo en los rostros, indignados, pero también paralizados por la idea de que el próximo bien podría ser uno de nosotros. No faltaba alguno que hiciera el gastado comentario: “Y bueno... algo habrán hecho...”, aunque los otros lo miraran con asco. Enseguida nos poníamos en movimiento, en actividad febril de nuevo: la cuestión era olvidar, rápido, como quiera que sea, lo que había sucedido. Yo tenía pánico por mi pequeño compromiso político del pasado. Aunque procuraba vencerlo, aquel sentimiento denigrante era superior a mí, me envolvía desde adentro y me llevaba a encerrarme cada vez más, tanto externa como interiormente. Mi horror no consistía en la posibilidad de la muerte, sino en caer preso y ser torturado. Se conocían por filtraciones los terribles tormentos a que eran sometidos los prisioneros y todo mi cuerpo se estremecía ante la idea de llegar a las manos de aquellos monstruos devastadores. Sabía que por menor grado de participación política que yo había caído mucha gente. Así que me dediqué escrupulosamente a evitar el contacto con la gente, salvo el imprescindible y pasé aquellos primeros tres años del proceso sin hacer amistad, ni cercana ni lejana con nadie. Vivía en ese tiempo con el mayor de los pavores: siempre esperando que me vinieran a buscar, siempre con el temor de que me levantaran en la calle.

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ero el individuo humano puede adaptarse a las situaciones más aberrantes. Hasta aquellos tiempos de dolor y de miseria poseían algún lugar, un rinconcito en el que nosotros, los perseguidos, podíamos finalmente refugiarnos. El sufrimiento intenso no puede ser soportado por el cerebro del hombre de un modo permanente. Sucede pues que nuestro espíritu halla sustitutos de la felicidad, o, aunque más no fuera, de lo que en tiempos anteriores conociéramos con “normalidad”. Mi mente agotada no podía soportar por mucho más aquel horrible

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sentimiento del peligro acechante, esa oscura sensación de una captura imprevisible, pero inminente. Entonces llega un momento en que, como un estallido silencioso, uno se libera; se levanta una mañana y se da cuenta de que no quiere ya pensar en eso y el terror se evapora. Me llegó a mí también ese momento, después de que la más aguda paranoia me mantuvo dos noches sin dormir. Luego de ello caí en un sopor agónico, que al final se convirtió en un sueño pesado. Cuando desperté, me sentía muy tranquilo. Y ya no tenía miedo. Ya no me preocupaba la posibilidad de que me siguieran en las calles y subía a los colectivos o al subterráneo sin fijarme antes si encontraba un rostro sospechoso o alguna mirada. Sin embargo, en mi temperamento se imprimió un sello monstruoso, una apatía especial, nunca antes vivida de ese modo. De tanto eludir a las personas, repentinamente perdí todo interés por ellas. No es que sintiera rechazo, sencillamente no me interesaban, me resultaban al pasar a mi lado o hablarme, tan extrañas a mis sentimientos, como podrían serlo una maceta o un ganso. Por el contrario, se desarrolló en mí una especial predilección hacia los libros y el cine. Especialmente en los primeros hallaba un gusto y una identificación que me seducía y no precisaba de otra cosa cuando ponía una buena obra literaria en mis manos. Esperaba con impaciencia que llegara la hora de salida para zambullirme en las librerías de Corrientes, quedándome allí a veces durante horas hasta encontrar un título que me convenciera. Sentía un placer especial en deambular sin rumbo, investigando las fachadas de los edificios para hallar algún indicio de que allí hubiera una de esas “librerías de viejo”. Y cuando la hallaba festejaba esto como un triunfo personal. Leí en ese periodo las obras completas de Borges, Aldous Huxley, André Gide y Marcel Proust. Por primera vez empecé a hallar gusto en la poesía. Vivía, pues, en esa deforme condición de animal letrado cuando sucedió mi segundo encuentro con Abelardo.

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ue para el Mundial de Fútbol. Era la tarde de un día gris y se jugaba un partido final. Caminaba yo por las veredas desiertas cuando, al cruzar una plaza, me pareció oír que alguien me llamaba. Me pareció que alguien pronunciaba mi nombre, llamándome. Miré hacia atrás y al costado, pero no vi a nadie conocido. Había un muchacho de espaldas a mí en el otro extremo de la plaza y una anciana, sentada con un tejido sobre sus piernas al lado de la rotonda. La voz parecía provenir del otro lado, pero era imposible, pues la única persona presente allí no se había dado vuelta ni una sola vez. De cualquier modo me acerqué, rodeando los canteros pintados de verde sapo, prietos de flores descoloridas y yuyos. Apenas verlo, lo reconocí: era Abelardo. Había cambiado. Estaba más alto -casi de mi altura, calculé-; los rasgos de su rostro se habían afilado y pese a que era todavía un adolescente, producía cierta impresión de indefinida madurez. El cabello ondulado, oscuro, cortado casi al rape en los costados y libre sobre su amplia frente cuadrada dotaba de una notable luminosidad por contraste a su rostro pálido. Le hablé y él se sorprendió sinceramente de verme. -¡Quería hallarte! - me dijo-, pero no me imaginaba que iba a ser tan pronto. Me contó que se había ido de su casa hacía unos tres meses y vivía con su madre en Buenos Aires. Su padre se había aficionado a la bebida, volviéndose con el tiempo insoportable. Estuvimos un rato contándonos algunos detalles de nuestras existencias personales; luego, él me invitó a conocer su nuevo hogar y a su madre. Fijamos una fecha próxima para la visita y nos separamos, gratificados por aquel encuentro. La ciudad producía la impresión de un gigante borracho. Me pareció sentirla resollar y se me representó la figura de un inmenso cíclope tendido sobre un lodazal de sangre, mientras millones de gusanos se agolpaban en los recovecos de sus vísceras, apretujándose en torno de un televisor. Mi tendencia a la melancolía y los placeres espirituales no tenían razón sin embargo para proyectarse con desdén hacia una sociedad que canalizaba sus energías reprimidas a través del fanatismo deportivo pensé como por reflejo. Mi afición a las “bellas letras” era igualmente

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una forma de evadirme de una realidad inaguantable, de no mirar alrededor, por miedo a comprometerme, por miedo a indignarme y cometer algún desliz, por miedo al miedo... éramos una sociedad enferma de miedos. Miedos y frustraciones. El Mundial de Fútbol propagandizado hasta el hartazgo por los militares, tal vez venía a satisfacer una genuina necesidad colectiva de no ver, de autoengañarnos y de intentar engañar a todo el mundo, en una estúpida identificación masoquista con el opresor bajo la fachada de un patético triunfalismo. ¡Oh, Dios mío, mi Argentina me dolía, me dolía hasta los tuétanos, pero no quería, no quería seguir observando lo que sucedía! Tenía miedo y el miedo me llevaba a reflexionar sobre las peripecias de las tertulias en casa de Swan, antes de que mi Patria estaba siendo entregada al extranjero. Sólo eso meditaba aquella tarde, lo recuerdo, pero no quise continuar profundizando el tema. Preferí volver a sumirme en estados vagamente contemplativos, más gratificantes que el razonamiento, pues mi ser se negaba a estropear el agradable momento vivido un rato antes. En aquellos tiempos nadie quería profundizar demasiado sobre lo que se veía o escuchaba. Nos replegábamos por instinto sobre nosotros mismos, cuando cualquier situación exterior impresionaba nuestros sentidos de un modo que presentíamos podía llevarnos a algún tipo de rebeldía. Habíamos hecho propia la censura y la tabla de valores del sistema; un superyó gigantesco se había aposentado compulsivamente en el lugar rector de nuestros cerebros. Todos nos sentíamos culpables de un modo indefinido y compelidos a demostrar a cada momento que no lo éramos. Los actos terroristas del gobierno obtenían el fin buscado: muy pocos se animaban a pensar críticamente sobre cuestiones que no fueran muy distantes de lo que sucedía aquí y los que se animaban no abrían la boca (y mucho menos lo escribían). Nuestro país se había convertido en un gran ratón apabullado. Sobre él, los milicos, pletóricos, erigían símbolos fálicos por todas partes. Aquella semana transcurrida entre mi reencuentro con Abelardo y la cita establecida constituyó un periodo muy especial de mi existencia. Quién sabe si la extrema soledad de tanto tiempo, luego de arrancarme sin transiciones de mi ámbito natural, no me había cargado con excesivo sentimentalismo, que sobrevaluaba la presencia de aquel amigo, sólo por traer redivivas en mi espíritu las presencias de seres y situaciones queridas ya arrumbadas hacía rato en algún recóndito lugar de mis

recuerdos. Eso pensé. El transcurrir de esta nueva etapa de nuestras vidas iba a encargarse de modificar aquella primera idea, pues los sucesos extraordinarios que se produjeron en el lapso siguiente sólo podían haberse dado una sola vez y únicamente con esa persona. Me sentía pues, luego del encuentro, con una sensación de levedad y despreocupación que no conocía desde hacía mucho. Estaba contento. No eufórico; era algo parecido a la satisfacción que sigue al cumplimiento de una tarea que nos importa especialmente y que ha salido bien. Percibía el movimiento de la ciudad y su devenir en tonos moderados, sin estridencias ni conflictos. Esperaba el día en que habíamos fijado nuestra cita sin ansiedad, con la secreta convicción de que naturalmente llegaría. Me encaminé hacia la casa de su madre en medio de una tarde plúmbea y fría. Una rara luminosidad se desprendía del cielo y parecía adherirse como una aureola a los sucios edificios. El lugar se hallaba más o menos a tres kilómetros de donde yo vivía. Como aún era temprano decidí emprenderlos caminando. No me olvidaré las sensaciones que suscitó en mi espíritu el encuentro de aquella tarde. Abelardo salió a atenderme cuando llamé y me llevó enseguida a presencia de su madre. Estaba sentada sobre un gran sillón cubierto por la piel de algún animal que en aquel momento no reconocí y su rostro resplandecía en la penumbra del aposento. A pesar de que la sala era amplia, la cantidad de objetos colocados aquí y allá, en orden sobre los muebles elegidos con gusto o en las paredes sobre repisas y molduras, producía cierta impresión de abigarramiento que la empequeñecía. Digo que el rostro de la madre resplandecía sin proponerme usar una metáfora. Ella era una de esas mujeres mestizas que resultaban a veces de la cruza de tres sangres al parecer muy afines, la aborigen, la española y la árabe, mezcla que con frecuencia produce bellezas misteriosas, nobles, de un carácter tal vez incomprensible para los cánones modernos. De edad indefinible, aquella mujer daba la impresión de ser al mismo tiempo joven y muy anciana. Su piel blanquísima contrastaba de un modo intenso con el cabello negro y su ropaje; en la tersa superficie de su rostro se percibían sombras marrones y violáceas, tan tenues que hubiesen deleitado el criterio de Da Vinci. Ostentaba un libro sobre su regazo, pero no tenía aspecto de haberlo estado leyendo. Más bien impresionaba como si saliera de una

profunda meditación. No sonrió cuando Abelardo me presentó, pero sentí una ola de simpatía que se desprendió de su figura toda y al rozar su mano, brevemente, me transmitió una corriente de tranquilidad. Las palabras de los cortos diálogos que entablamos con esa mujer extraña no tienen en sí mismas importancia para este relato. Por encima de ellas, se fue desarrollando una medulosa ensamblación de sentimientos, sensaciones e imágenes inauditas, que trataré de describir. Todo lo que aconteció parecía integrarse dentro de un orden armónico y significativo, aunque aún hoy no he logrado descifrar si poseía algún mensaje. Quizá lo haya vivido después sin entenderlo. Primeramente me sentí posesionado de una gran calma. Sentado frente a ella observé los sutilísimos cambios de luz en su rostro, cual si provinieran de alguna fuente interior. No sé en qué momento empezó la transformación de sus facciones, que semejaron disolverse con lentitud, tomando formas abiertas, estirándose y volatilizándose como si fuesen de algún material alígero, modelable con los impulsos de las corrientes que el fuego del hogar insuflaba en el aire de la habitación, para tomar después, sucesivamente y poco a poco aspecto de seres inesperados, pero reconocibles. En calidoscópico despliegue la mujer se convirtió ante mis ojos a serpiente, jaguar, caracol y cóndor. Al llegar a esta última mutación extendió en el aire sus inmensas alas y se lanzó a evolucionar en círculos sobre mi cabeza. Su figura atravesaba los objetos, como si se tratara de dos tipos diferentes de materia, vigentes en planos dimensionales que no se interferían. Con sus amplísimas alas abiertas se posó en el respaldo labrado de un sillón y me miró unos instantes. Confieso que no había visto en mi vida una bestia tan magnífica. Sentí un fluir de sensaciones cálidas en mi corazón y me di cuenta de que me encontraba muy bien allí. Bajo la tibia luz del quinqué contemplaba serenamente la hermosura del pájaro acerado y su contemplación me prodigaba sensaciones hondas y deleitosas. Estuvimos así un largo tiempo, sin que nada turbara nuestra paz. Se desmenuzó luego suavemente en largas volutas de humo azulado y con una belleza inenarrable fue entrando por el cuello del vestido, que hasta el momento había permanecido rígido sobre el sillón, para formar de nuevo el rostro y el cuerpo de la Madre. Abelardo dijo algo y recién noté su presencia. Pero no comprendí lo que dijo. Alcancé a fijar algunas palabras, que según mi memoria sonaron más o menos así:

Apura nocka suni corpu Su paruna muchi fin Gura runa ber soninqui Socka, socka anaspasonku. Mientras él pronunciaba lentamente estas palabras, de la Madre parecía emanar una especia de música vocal sin lenguaje, que no la llevaba en absoluto a mover los labios. Al fin, una sirvienta silenciosa trajo en bandeja masitas secas y una gabeta de palosanto. Y nos pusimos a tomar mate dulce en un bello recipiente labrado, con bombilla de plata.

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ólo después de haber llegado a casa me interrogué sobre la verosimilitud de lo vivido. Eran sucesos sin duda extraordinarios, explicables -para mi criterio de entonces-, únicamente apelando a la idea de la alucinación. En efecto, la manera en que se habían combinado las figuras, el carácter de los sonidos escuchados y el modo paulatino de imbricarse una en otra las sensaciones, hacía pensar en el mecanismo de los sueños. Me dije que debíamos de haber tomado alguna droga alucinógena de un modo insensible, tal vez por inhalación del ambiente. Cuando recordé, luego de un esfuerzo de memoria, que me había llamado la atención, hacia un extremo de la sala, la presencia de una especie de incensario en el que titilaba por ratos un chisperío rojo - violáceo, despidiendo apenas un suave humo transparente, la necesidad de mi razón se tranquilizó. No dejó de impresionarme que la mujer aquella -y por ende su hijo-, fueran adictos a esas hierbas. Pero en el mundo en que vivíamos, en el país trágico en que vivíamos, esto era comprensible y hasta tentaba a imitarlo.

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Satisfecho por esos pensamientos y con el recuerdo grato de los momentos vividos, me dormí.

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belardo estaba pasando en aquellos tiempos por esa etapa de la adolescencia en que se viven los sucesos con una intensidad extrema. A los quince años, era un muchacho solitario e introvertido; adoptaba algunos de los modos exteriores de su generación, pero llevaba en su vida personal una consciencia tan precisa de su tiempo, que lo convertía obligadamente en un marginal. Gustaba de la música contemporánea; solía pasar horas escuchando casetes de Sui Géneris, León Gieco, Spinetta, Litto Nebbia o Mirtha Defilpo. Le agradaba sobremanera conversar conmigo sobre las épocas “heroicas” de esa música. Yo había sido uno de los jóvenes que, desde el interior, seguía con pasión los primeros tanteos de aquella generación que trataba de crear una expresión propia, con todo el desgarramiento de haber crecido entre dos culturas; una expresión que los manifestara en sus conflictivos y conflictuados sentimientos de chicos y muchachas atrapados en un cepo, en el que forcejeaban, tironeados por dos poderes inmensos. Estábamos ahora lo entiendo-, presos de unos moldes limitados que habían impuesto a nuestro pensamiento los modelos extranjeros, pero, al mismo tiempo, angustiados por esos sordos llamados que percibíamos salir desde lo más íntimo de nosotros mismos, provenientes de la fortaleza atávica de nuestra cultura mítica. Habíamos modelado toda una especie de conductas, pensamientos y ropaje al compás de Los Beatles, Los Rolling Stones; ellos pautaban nuestras vidas, desde una cultura “superior”, que hasta para canalizar nuestras energías nos indicaba cómo hacerlo. Pero cuando su pelo creció más allá de lo aceptable, cuando peregrinaron hacia La India, cuando John Lennon y George Harrison comenzaron a llamar la atención del mundo sobre los changuitos hambrientos de Bangladesh -que no eran muy diferentes de los de nuestras villas miseria- se le escaparon de las manos al imperio y nosotros nos dimos cuenta de que nuestro afecto hacia ellos comenzaba a sonar más verdadero. Entonces lo que

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había sido nuestro peor cepo se convirtió en piedra de toque para la reflexión. Nuestra mente se fue librando poquito a poco de algunos moldes prejuiciosos que nos impedían mirar con ojos claros. Jimi Hendrix fue un salto hacia adelante. Negro, borracho y drogadicto, le faltaba nomás que fuera comunista para encarnar la total antítesis de lo que el sistema había pretendido crear. Abominación del establishment, éste intentaba absorberlo sin embargo. A nosotros nos sirvió sentirlo como un hermano. En ese contexto confuso se incorporó en nuestras vidas la revolución. Y nuestra savia profunda, la que llevamos en la sangre quienes hemos nacido en América Latina, le dio sustento, le dio pasión. Por tras de ella nos embarcamos, mal o bien, pero con la seguridad de que estábamos en el camino correcto, con toda nuestra generación. Por tras de ella vino el amor, la alegría, el sentimiento de ser algo importante, de estar haciendo la historia con nuestras manos. Y también el fracaso. Y esta incertidumbre de ahora, esta confusión de no acertar a discernir si existe en el mundo algo por lo que valga realmente la pena vivir. Trataba de explicar estas cosas que yo tampoco entendía del todo y Abelardo me escuchaba, silencioso. Él era un buscador insaciable. En eso coincidíamos. No dejábamos de notar con cierto asombro que los músicos preferidos por las generaciones de hoy -hablo, naturalmente, de músicos verdaderos- eran en su mayoría, de mi generación (es decir, rondaban los treinta años). La juventud del proceso no había producido artistas importantes. Una noche en que habíamos ido al cine nos sucedió algo terrible. Repentinamente se cortó la película y se encendieron unas luces mortecinas. En esa semipenumbra grisácea se escuchó la voz de un militar gritando que no se moviera nadie de su butaca. Como fantasmas de un mal sueño se desplegaron por los pasillos del salón hombres de civil armados y mujeres de azul con pistolas en las manos. Notamos que, en la última butaca de la misma fila donde estábamos, una muchacha muy joven comenzó a encogerse lentamente y poniéndose en cuclillas se acurrucó hasta quedar oculta entre los asientos. Los policías o militares de civil continuaban entretanto su despliegue, ocupando en forma de círculo toda la superficie de la sala. No hablaban y parecían estar muy tranquilos, mientras en el público se extendía una tensión insoportable.

La muchacha reptó un poco hacia la puerta. Al parecer alguno de los cazadores notó este movimiento, pues como un solo cuerpo comenzaron a estrecharse hacia ese lugar. La muchacha optó entonces por arrastrarse abiertamente por debajo de los asientos, lo más rápido que podía y se internó nuevamente entre las filas de espectadores, a la altura de sus piernas. Se podía determinar fácilmente el lugar por donde andaba, pues, aunque todos tratábamos de estar rígidos, se producía como un temblor en la concurrencia cada vez que la muchacha pasaba. Hasta que la apresaron y terminó el juego. La sacaron, sin forcejeos, casi amablemente, de entre las primeras filas de los asientos. Por debajo de los ademanes lentos, seguros, de los apresadores, se percibía sin embargo una violencia demencial, inenarrable; algo demoníaco emanaba de ellos, como un halo de perversión extrema que los rodeara y congelaba el alma. Creo que la mayoría imaginábamos las vejaciones y tormentos que aguardaban a esa muchacha. La vimos salir, hermosa adolescente de ojos zarcos, trémula, como una orquídea en la bocaza de un cerdo. Y se me antojó el rostro de las mujeres que la escoltaban igual al de las horribles máscaras con figuras de animales abominables que usaban en sus ritos paganos los antiguos. No pudimos concentrarnos más en la película y apenas estuvimos seguros de que se habían ido, salimos. En la puerta, un vahído con náuseas y un acceso de llanto me derrumbó contra una pared. Abelardo llamó un auto de alquiler y me llevó a mi casa.

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belardo se había convertido en un muchacho inteligentísimo, que conocía gran cantidad de datos sobre diferentes campos de las ciencias, pero por lo general los callaba. Si no se le consultaba sobre sus conocimientos, él no los manifestaba. A veces me sobrecogía verlo allí, frente a mí, callado, con esa su tan frecuente manera de mirar fijamente, si expresión alguna y percibir que en su interior rebullía un extraordinario universo oculto. Me daba un poco de miedo este joven que al parecer había aprendido a ser indiferente a todo y hasta en sus únicos

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gustos conocidos —la música y el cine—, era parco, cual si hubiera sido educado en las catacumbas. Mi carácter era también introvertido, es cierto; pero poseía otro tipo de introversión, no tan densa, no tan total como la de este muchacho. Aunque hube buscado la soledad durante toda mi vida, era consciente de que mis actos siempre tuvieron como destinatarios —aunque fuera en última instancia— a otros seres humanos, o (pese a la apariencia abstracta de este concepto), a la comunidad, sin cuya constatación y reflejo me hubieran dejado la impresión de haber sido desperdiciados en el vacío. Mi soledad material no era o necesitaba convencerse de ser sólo una manera de tomar impulso, para proyectarse finalmente hacia alguien, otra vez. Una retirada táctica de la escena, para volver tras un período a obstinarme en esa especie de artesanía social en la que consideraba que hallaría una razón de existir para mi vida. En Abelardo, por el contrario, la soledad adquiría una presencia tan tremenda, un patetismo tal a través de sus actitudes que al mirarlo, al mirar sus ojos, se sentía la impresión como de contemplar a través de un ventanal la amarilla extensión sin límites de un páramo calcinado. Se me ocurría que en su alma se alojaba una tristeza semejante a la de un mundo al que ha arrasado una explosión nuclear y cuyos habitantes transitan hieráticos y deformes el paisaje sin matices, con la íntima convicción de que ninguna actividad humana tiene importancia real, salvo la de esperar el momento de la muerte. Sus actividades en esos tiempos se desenvolvían únicamente en el plano de lo individual. En lo exterior era un adolescente “normal”, que cumplía con casi todos los requisitos de la sociedad contemporánea. Precisamente, el patetismo de su actitud radicaba, según mi personal percepción, en esa absoluta falta de resistencia a lo establecido, esa aceptación de todas las reglas del juego, sin discusión alguna y en esa falta de iniciativas personales en un grado que rozaba lo patológico. Me enteré de que había venido a Buenos Aires solamente porque su madre fue a buscarlo. De otro modo, hubiese seguido aceptando la voluntad de su tiránico padre, que lo había sacado de la escuela secundaria para ponerlo a trabajar como cadete en un supermercado. Aquí reinició sus estudios, pero —otra vez—, sólo por disposición de su madre y aceptaba sin oposición toda norma que ella considerara necesario establecer sobre su comportamiento. Afortunadamente su madre era una mujer que no lo oprimía.

Sin embargo, su verdadero carácter, que quizás en aquel momento apenas se llegaba a vislumbrar parcialmente, se me figuraba tan infinitamente sensitivo, complicado e intenso, que en la comparación de los dos aspectos de aquella vida joven asumía una incongruencia monstruosa, como la que pudiera presentar un felino viviendo dentro de su propia piel embalsamada. ¿Qué había sucedido en esa vida, para marcar de tal modo el psiquismo de este muchacho, que poseyendo una complexión espiritual digna del mayor artista, se refugiaba en una pasividad indiferente, sin la intención más mínima de crear algún hecho que denunciara la infinitud de su sensibilidad? Tal vez en la obligada simplificación que implica el tratar de contar ordenadamente estos datos, deje la impresión de que Abelardo era una especie de autómata en aquellos tiempos. Es que he dado prevalencia al relato de los aspectos interiores de su personalidad, detectados a veces trabajosamente a través de su conducta durante largo tiempo. Por lo exterior, a una mirada inadvertida él hubiera pasado como un adolescente fácilmente encasillable en la noción general de lo vigente como “normalidad”. Sabía sonreír con gracia cuando era oportuno, ser amable con sus profesores y era un compañero apreciado en su colegio. No me resulta fácil expresar el modo como yo percibía que todo eso era falso. Por lo común sólo se trataba de intuiciones o indicios muy tenues, antes de que se desencadenaran los sucesos que me demostraron definitivamente la magnitud tremenda de esa diferencia que yo notaba en su ser y que había sido, en definitiva, el factor que me hiciera aproximarme a él desde la infancia.

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e desarrolló entre nosotros una entrañable amistad. Aunque yo casi doblaba sus años, todas nuestras conversaciones solían resultar, para mi gusto, serias y profundas. No habíamos sucumbido a esa posesividad que suele llegar a enervar generalmente las relaciones sentimentales o amistosas y muchas de sus actividades personales o diversiones, naturalmente, no siempre coincidían con las mías, sin que

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ello produjera ningún inconveniente. Antes bien, esa libertad absoluta y aquel respeto mutuo, parecían ser los factores esenciales que hacían de la nuestra una relación perfecta. Podía distinguirse con nitidez lo inusual de nuestra amistad en el modo que teníamos de comunicarnos. Jamás fijábamos citas o nos llamábamos. Los encuentros eran totalmente espontáneos: sucedían cuando tenían que ser. A veces pasaban semanas enteras sin que nos viésemos ni supiéramos nada del otro. Pero, bastaba que alguno de los dos necesitara realmente transmitir algo, o simplemente quisiera con sinceridad verlo, para que nos encontráramos. En la calle, en un cine, en mi casa, o en un bar. Una vez, sólo con la intención de probar si esta idea sobre nuestra comunicación era cierta, decidí cambiar de departamento sin avisarle. No lo llamé por teléfono ni lo visité por cerca de dos meses. Una mañana de un día domingo, apareció en la puerta. Sin explicarnos nada, nos pusimos a conversar sobre el tema que necesitaba comunicarme: un conflicto muy grave que había generado su padre contra su madre, presentándose imprevistamente en la casa e intentando llevarse por la fuerza a Abelardo.

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n mendigo desarrapado yacía, en una madrugada helada, tiritando sobre el pavimento húmedo. Por simple humanidad traté de levantarlo, aunque más no fuera para reubicarlo en algún lugar menos expuesto. Al darlo vuelta, casi me desmayo al ver que era Abelardo. Estaba ojeroso, la barba rala crecida, y tenía el aspecto de haber sido golpeado. No respondió a mis llamadas; se había desvanecido por el frío. Lo abracé con fuerza, tratando de transmitirle el calor de mi cuerpo. Lo envolví en mi sobretodo y lo trasladé en brazos hasta una parada de taxis. Subí atrás, con él y lo acomodé lo mejor que pude entre mis brazos. Con su cabeza apoyada en mi hombro hicimos el trayecto hasta mi casa. Pero al bajar del vehículo me llevé una sorpresa mayor, pues el individuo que me acompañaba ya no era Abelardo. Era, realmente, un mendigo viejo, muy delgado y mustio, desconocido para

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mí. Seguía desvanecido, así que lo llevé de cualquier modo a mi departamento, donde con tragos de café caliente y la estufa lo ayudé a volver en sí. Luego de recobrar el sentido el hombre me dijo que el hambre y el frío lo habían puesto en ese estado. Después que le hube dado de comer, le regalé mi sobretodo y unos pesos para que se mantuviera algunos días. El mendigo se despidió sin poder hallar palabras para agradecerme y yo me quedé muy triste. Cuando le narré a mi amigo el suceso, luego de un breve silencio, él me contó que aquella noche había estado rezando y meditando sobre el trágico destino de nuestra patria. Y había entrado en un grado de postración tal, que no pudo levantarse del suelo, donde cayó de rodillas, hasta que terminó de amanecer. En un momento dado, el pensamiento se le iluminó con cuatro letras, en caracteres claros, pero desconocidos, que aunque no supo descifrar tuvo la certeza de que designaban el nombre de Jesús, que le fue benéfico en alto grado y lo llenó de calor. Entonces sintió que su cuerpo se revigorizaba, los miembros comenzaron a desentumecérsele y volvió a caminar.

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ue alrededor de aquel período que Abelardo empezó a salir con Anahí. Ella tenía catorce años cuando se conocieron. Venían, ambos, de sus respectivos colegios. Como estaban muy cerca uno del otro, solían tomar el subterráneo en el mismo lugar y se veían con frecuencia. Una de esas veces ella se sentó al lado de Abelardo. No cambiaron siquiera una mirada en el transcurso del viaje y no hubieran llegado entablar relación posiblemente sin que mediase un acontecimiento fortuito. La muchacha, al levantarse, tomó por equivocación la valija de Abelardo y se la llevó a su casa. Las habían dejado entre los dos, sobre el asiento de madera. Lo particular del asunto es que ni siquiera se parecían: Abelardo usaba una valija de cuero marrón, mientras que la de Anahí era azul, del tipo mochila, con dos largas tiras que le salían por los costados. Pese a ello, la muchacha se equivocó y Abelardo no se dio cuenta.

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Al día siguiente él la vio subir con su valija en la mano y los ojos buscándolo. Esperó sin moverse a que ella llegara y se sentara a su lado. Luego se miraron, se rieron con risas jóvenes y se devolvieron mutuamente las valijas, divertidos. —Yo me llamo Anahí—, dijo ella. —Yo Abelardo. Aquellos adolescentes parecían haber sido creados el uno para el otro. Los recibía en mi casa alborozado cada vez, pues era tal su amor, había tanto encantamiento, tanto respeto mutuo en su relación, que transmitían a quien los observaba un sentimiento de limpia paz. Ellos salían por las tardes y los fines de semana —aunque aprovechaban, por cierto, cualquier oportunidad adicional para estar juntos. La madre de Abelardo aceptó de buen grado el noviazgo. El tipo de afecto que se tenían me impresionaba en especial por su madurez. Pese a que para ambos era éste su primer noviazgo, el modo como se trataban y la ausencia absoluta de las urgencias que suelen caracterizar habitualmente a las relaciones de adolescentes, me hacían pensar que bien podrían haber sido un matrimonio que llevara transitando un armónico camino de muchos años. A diferencia de lo que pudiera pensarse, esta modificación en la vida sentimental de Abelardo no perjudicó nuestra amistad. Por el contrario, pareció consolidarla. Como Anahí tenía una personalidad que llegó a integrarse tanto con la de Abelardo, la sensación vivida por los tres era la de que este afecto inestable conocido antes venía a completarse con la presencia de un elemento aparecido justamente para llenar un aspecto faltante, como la pieza final de un juego para armar. El tiempo pasó, de tal manera, dulcemente, satisfecho yo como un hermano mayor por la nueva situación que llenaba de dicha la vida de Abelardo. Tal vez por ello me pareció poco el período transcurrido hasta el momento en que me tocó participar, con ellos, de una ceremonia muy hermosa y extraña. Abelardo me anticipó que iban a ser iniciados y unidos; y para ello nos habían elegido como padrinos a mí y a su madre. Fue un tibio domingo de septiembre. Después de atravesar el pasillo de una vetusta casa de departamentos, entré a un lugar que, al parecer, había sido usado como salón de baile, con una claraboya que dejaba pasar

la luz del sol proyectándola, precisamente, en el centro de una pequeña piscina. A un costado del agua, esperaba en actitud introspectiva un hombre anciano, vestido con casulla blanca y colgando del cuello una estola verde con dibujos incaicos. Tenía lo que parecía ser una gran Biblia entre sus manos; de en medio de sus hojas colgaba un rosario hecho con frutos secos de chañar. Al otro lado estaban, desnudos, Abelardo y Anahí. Nos ubicamos con la madre en el lugar que nos indicó el anciano. Entonces comenzó la ceremonia. Anahí con Abelardo tomados de la mano entraron en el agua despaciosamente, descendiendo la escalinata de piedra peldaño por peldaño y al llegar al centro de la pequeña pileta, se arrodillaron. El sacerdote pronunciaba oraciones en un idioma desconocido para mí, levantando y moviendo suavemente la mano. Con ella trazaba signos en el aire, o marcaba algún pausado ritmo similar al de la respiración, que le llevaba, en su concentración, cada vez más adentro de sí mismo. Su rostro estaba impávido, pero se desprendía de todo su cuerpo una sugestión como la del murmullo de un arroyo subterráneo que rumorea bajo la piedra. Este rito duró unos instantes. Después, el oficiante invitó a los padrinos a tomarse de las manos, cosa que hicimos prestamente con la madre, que seguía la ceremonia como en trance. Agachándose, el sacerdote derramó sobre las cabezas de los novios unas gotas de agua. Les ordenó levantarse y continuó rezando, mientras los jóvenes miraban conmovidos hacia el cielo. Un raro resplandor blanco atravesó la luz por un momento, encima de ellos; yo contemplé sus cuerpos. Eran ambos hermosos; dos jóvenes morenos y perfectos, la tersa piel cuajada de gotas brillantes y los labios sin rastros de tensión. Anahí tenía el aspecto de un ángel moreno, cabello negro, piel trigueña, muslos combados y ojos calmos de un verde increíble. Finalmente se abrazaron y se besaron mutuamente las manos.

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urante un período que duró cerca de un año, salimos juntos muchas veces, fuimos a recitales, visitamos las ferias de libros viejos y paseamos en las tardes soleadas del invierno conversando sobre temas amables. Hasta que repentinamente, de la manera imprevista como solían sucedernos los más importantes hechos, dejé de verlos, por un lapso que se prolongaría hasta alcanzar los dos años. O, mejor dicho, las vi otra vez, pasando un tiempo, a la madre y Anahí. Pero no estoy muy seguro de que en verdad fueran ellas. Empecé a intuir que se avecinaba algo triste unos tres meses antes de la desaparición de mis amigos. Pero, humano al fin, no quise dar mayor trascendencia a las señales y continué como si no hubiera nada. Una tarde apacible del verano, me hallaba yo sentado en el pequeño patio de mi departamento leyendo Sombras suele vestir de José Bianco, cuando sentí que entraba en mí sin aparente razón un confuso sentimiento de congoja, asomando por ratos y escapando a los sentidos, como el resplandor mortecino de un farol de querosén en la carretera nocturna. Un dolor, una molestia emocional imposible de situar se adueñó de mí. Dejé de leer entonces y decidí aceptar lo que sucedía. Enseguida entendí de lo que se trataba. En el fondo de mi conciencia, había estado realmente esperando que esto se produjera. El momento de la separación había llegado. Y pese a que sus causas eran para mí incomprensibles, acepté esta nueva circunstancia como algo necesario, con grave serenidad.

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ejé de verlos por dos años, repito. En ese período no me sucedieron cosas novedosas en lo referido a relaciones

sociales; más bien volví al pasar rutinario y limitado que había llevado en los anteriores años. Los verdaderos acontecimientos se iban a desarrollar en el plano… ¿cómo llamarlo?... ¿espiritual?... ¿suprarreal? La soledad me trajo a la conciencia de nuevo ese profundo desaliento que parecía haberse adueñado en la ciudad de las gentes, los animales y hasta los edificios. Percibía tal sentimiento al caminar por las calles atestadas, al viajar en subterráneo o colectivo y cada vez que concurría en un fin de semana a algún lugar de supuestas diversiones. Retornaba de mi trabajo, en las tardes, a eso de las seis, tranquilamente me bañaba y salía a caminar, eligiendo para la cena alguna pizzería o restaurante distinto del de la noche anterior, entre los que se me presentaban por los lugares donde me llevaba el azar. Trataba con estos hábitos de volver a aquel estado de semiindiferencia en que vivía antes del encuentro con Abelardo, a salvo de sentimientos perturbadores. Mas no lo conseguí: lo sucedido había activado de nuevo mi psiquismo adormecido y mis sentidos palpitaban abiertos a todas las sensaciones, impulsos y estímulos del mundo que me rodeaba. Empezó a aposentarse en mi alma un sentimiento de dolorosa melancolía, cual si una congoja milenaria hubiese yacido en el fondo más oculto de los objetos y de pronto mi corazón la descubriese sin poder evitar hacerla suya. Me abrumaba el intenso movimiento de la ciudad, me pesaba su oscuro clima onírico. Tenía unos pocos pesos ahorrados, así que decidí invertirlos en darme unas vacaciones en Jujuy, con la intención de que me sirvieran al mismo tiempo como retiro espiritual. Por suerte no era tiempo de turismo. De tal manera, pude disfrutar allí un mes de numinosa tranquilidad. Aquellas casas de edificación chata y antigua, aquel silencio de la tierra, la majestuosa inmensidad de las montañas, el cielo limpio como un espejo celeste, están poblados con una multitud de presencias energéticas, que se manifiestan en el aire o en los sueños nocturnos, a poco de permanecer en esta región central de Sudamérica. Del mismo modo en que una música puede dar paz a unos y crispar los nervios de otros, el espíritu de Jujuy es bondadoso o temible según el tipo de conformación somática o psíquica que se posea. Personalmente, más que por elementos formales distingo las regiones a través del tipo de magnetismo o combinación e intensidad de vibraciones que presentan. Llegando a un lugar me doy cuenta por instinto si ha de ser favorable, opresivo o indiferente.

La inmensa soledad externa de Jujuy me resultaba sin embargo tan llena de inasibles matices sensoriales que mi mente no tenía tiempo de distraerse en pensamientos autocompasivos. Bastaba con despertarme en aquel ámbito, mirar por la ventana de mi habitación —desde donde se contemplaban los cerros hasta perderse en la lejanía— para que mi imaginación se elevara hacia el descubrimiento de un sinfín de tonalidades emocionales y escalas de sensaciones sublimes, con que testimoniaba mi alma la presencia de factores activos, benéficos, en todo el clima de la región, ingredientes de una clase de vivencias casi imposibles de transmitir bajo algún método racional. Así es que me hallé en Jujuy, a pocos días de llegar, en un estado de perfecta tranquilidad que me pareció cercano al que recomendaban los primeros padres hesicastas como el más apropiado para orar. Con esta disposición del ánimo paseaba una tarde opaca por las callecitas empedradas, cuando en una de las repentinas visiones a que uno se acostumbra en esa antigua ciudad por las subidas y bajadas del nivel del suelo, se presentó ante mí, en el cercano horizonte, por encima de las casas y sobre la ladera de un cerro, una pequeña capillita blanca, de hermosa construcción románica. Inmediatamente percibí, como si brotara de ese lugar, una música tenue, parecida a la del sihkus. Una música preciosa, que alcanzaba a los sentidos internos rectamente, sin franquear los órganos físicos, para deleitar con sus sonidos el alma. Decidí acudir, a ver quién lo tocaba. Por una calleja lateral, luego de rodear esa manzana, escalé la montaña en el breve trecho que me separaba de la capilla. No tuve dudas ya de que los sonidos provenían de allí, pues a medida que me iba acercando distinguía con cada vez mayor acierto la modulación de sus melodías y la combinación de sus acordes. Al entrar a la capilla, me sobrecogió la sencilla belleza del oratorio. Los bancos eran de troncos bastos, oscuros y de las paredes irregulares, blanqueadas con cal, pendían pequeñas lámparas de aceite, que difundían un claror parpadeante por todo el recinto. Tras del altar, cubierto con un mantel tejido de ricos colores en el estilo de la región, a la altura de los brazos levantados, empotrado en la pared, estaba el cofre de madera labrado con esquemáticas figuras de quetzal que contenía el cáliz. Presidiendo el conjunto, una simple cruz de quebracho. A la izquierda de la cruz, en una silla igualmente fabricada de un tronco de quebracho, un monje, sentado, meditaba. Llevaba el hábito

áspero y marrón de los franciscanos; estaba descalzo. La capucha le cubría enteramente la cabeza gacha. Esa música que se oía parecía provenir de aquel sector. Sin embargo, no había ningún instrumento a la vista. Súbitamente caí en la cuenta de que esa música emanaba, de algún modo, del monje mismo, quien parecía orar. Acostumbrado a las maneras torpes de los hombres de ciudad, me acerqué impulsivamente hasta el lugar en que se hallaba aquel ser, con el propósito de comprobar si realmente se producía el fenómeno que mis sentidos percibían. No pude llegar hasta él: una fuerza suave, pero poderosa, me fue obligando a arrodillarme lentamente, hasta quedar postrado ante sus pies. El monje ni siquiera se movió. Así estuve largo rato, embelesado por la música que me envolvía por dentro, gratificándome, en tanto aquel hombre no cesaba en su oración. Luego, con lentitud, él levantó la cabeza. Y me di cuenta de que no veía con los ojos. Hoy no podría describir su rostro, de tal modo me absorbieron en el acto las cavernas de sus cuencas vacías. Sin mover los labios, recitó una estrofa, que sonaba aproximadamente así: Viejo seibo de la tierra, Bajo tu sombra murmura el manantial. Seibo antiguo, ramas nobles Brotando desde el fondo de la historia. Después, bajó la cabeza nuevamente y supe que debía retirarme. La fuerza que sujetaba mi cuerpo cesó y por un instante pareció disminuir la intensidad de la iluminación.

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o encontré en Jujuy algún indicio que me explicara la intención de aquel mensaje. De todos modos, terminé mis vacaciones serenamente, pues el encuentro en la capilla se me antojó algo preestablecido, sobre lo cual no tenía yo influencia alguna; estaba seguro

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de que llegado el momento, se me presentaría su sentido naturalmente, sin que tuviera que buscarlo. Así que solamente grabé en mi memoria lo que me había sucedido y las palabras del monje; con la única prevención de guardar una actitud expectante, regresé a Buenos Aires, cuando terminó el lapso que se me había otorgado. Los compañeros de la revista y mis actividades de diagramación me ocuparon nuevamente, pareciéndome por primera vez interesantes. Me encontré, sorprendido, con la constatación de que había crecido en mí, a lo largo de estos años, un cierto afecto hacia ellos, oculto hasta entonces a mi conciencia tal vez por la cercanía latente de las dolorosas circunstancias personales que ya narré. El retiro en la montaña había ubicado mi espíritu en una condición de serenidad, desde la cual podía contemplar con mayor comprensión a esos seres grises, ínfimos tornillos humanos de las grandes maquinarias sociales, como éramos, pero a la vez dotados de relieves bellísimos y únicos, aun dentro de nuestra humilde condición. Me di cuenta de que ningún hombre está perdido mientras vive, por degradante que fuese su circunstancia y hasta el más insignificante individuo humano, atesora en algún lugar oculto de su ser, un rasgo de genialidad. Sobre ese tenor de pensamientos me interesé en aquel entonces y por un año me dediqué a observar los comportamientos de quienes me rodeaban, anotando en un diario cualquier elemento fuera de lo común que encontraba. Cada día detectaba algo que me llamaba la atención. Alguna frase que le salía como respuesta a un taxista ante una agresión. El modo en que determinada señora tomaba entre sus dedos gordos la boquilla. Los ojos color heliotropo de una muchacha que viajaba en colectivo; una voz. De las personas fui ampliando paulatinamente mi campo de observación hacia el paisaje y los objetos. Poco a poco fueron ingresando al mundo de mis anotaciones la descripción de una vieja puerta con herrajes mohosos, un árbol calcinado por algún rayo, o los dibujos coloreados de antiguas propagandas. De ese modo fue que, una mañana cálida, caminando por una vereda de San Telmo, me llamó la atención sobre una pared amarillenta un colorido cartelito de madera. Entre fragmentos de hileras de ladrillos desmoronados que asomaban en los lugares donde se había caído el revoque, al lado de una puerta angosta y alta, destacándose del conjunto vetusto por su aspecto de haber sido pintado recientemente, pendía el cartel, que sobre un fondo blanco anunciaba: “Almacén de Ramos

Generales El Ceibo”. Había sido fileteado, al estilo antiguo, con guardas anaranjadas, verdes y doradas. En cada una de sus esquinas, lucía una reproducción de la roja, pintoresca flor. Ese era el lugar: lo había encontrado. Me puse a golpear, con el llamador de la puerta, pues aunque no sabía lo que debía hacer allí, estaba seguro de hallar una misión para mí en ese lugar. Llamé con mucha insistencia, pero nadie salió. Pensé en probar el picaporte y mi mano obedeciendo de un modo automático lo hizo; pero no se abrió. La puerta estaba atrancada por dentro. Pregunté entonces al guardián de un edificio de departamentos, que me observaba mientras barría. Me manifestó no haber visto a nadie en esa casa desde que trabajaba allí, o sea, desde hacía varios años. Cuando le llamé la atención acerca del cartel recién pintado, observó un momento a donde le indicaba y luego, mirándome con curiosidad me preguntó: —¿Usted ve un cartel ahí? Entonces, cautamente me disculpé y regresé a mi departamento, bastante desalentado. No supe qué más hacer y decidí esperar, alerta. Pasaron algunos días. Por las dudas, pasé en diferentes horarios por frente a la casa y en tres oportunidades, llamé. No logré respuesta alguna. Por lo inusual del asunto, no quise hacer más averiguaciones. Sabía que el momento del desencadenamiento de los hechos iba a llegar, pero no podía evitar que mi espera se tiñera, a medida que pasaba el tiempo, con una cada vez más dolorosa ansiedad. La idea de que allí me encontraría con Anahí y Abelardo contribuía con fuerza a generar este sentimiento. Cada día se acrecentaban mis expectativas, y en la convicción de que estaba en los prolegómenos de sucesos vitales para mi existencia, comía poco y me mantenía al margen de placeres carnales, como preparación a ellos. Por ratos me aquejaba la duda de si no habría dejado pasar tal vez, por alguna falla o falta de sensibilidad de mis sentidos la oportunidad que me indicara una señal, para mí imperceptible aún. Pero me tranquilizaba, repitiéndome que hasta ahora, todos los hechos verdaderamente importantes de mi vida, se habían anunciado siempre de un modo lo suficientemente nítido como para reconocerlos. De tal forma mi espíritu había adquirido —por así decirlo—, una cierta gimnasia en lo sobrenatural, que le permitía hallar pistas allí donde los talantes comunes ven sólo datos de lo cotidiano, o más frecuentemente no ven nada.

Meditaba sobre cuestiones como ésta y su infinidad de derivaciones, cuando llegó la invitación. Me la entregó un adolescente de guantes blancos, que golpeó mi puerta cerca de la oración. La tarjeta decía así: Se invita a usted a participar del gran Baile de Gala a celebrarse esta noche, desde las 21.30 en nuestro local, Almacén de Ramos Generales El Ceibo. Por tratarse de una representación cerrada se ruega puntualidad. Miré el reloj: las 20:30. Levanté la vista para agradecer al muchacho, pero ya se había ido. Después de cavilar un momento, decidí ponerme en acción. Me perfumé un poco y sin bañarme para no perder tiempo me puse el traje azul y una corbata negra. Vestido de tal modo, salí. El colectivo demoró unos minutos, aumentando mi angustia, pero pese a ello llegué a horario. Desde la esquina —el lugar quedaba a mitad de cuadra— pude ver ya a las parejas, hombres jóvenes y mujeres, de gala, entrando. Al llegar, coincidí justamente con uno de los pocos grupos de gente mayor que ingresaban. Eran dos parejas que aparentaban edades de entre 50 y 60 años. Les cedí el paso y entré detrás de ellos. La calle estaba desierta. Un detalle que me llamó la atención aquella noche fue advertir el paso de un transeúnte, por la vereda de enfrente, para quien, al parecer, no existíamos, pues ni siquiera una vez dio vuelta la cabeza hacia donde estábamos. Antes de la puerta cancel una pareja de jóvenes recibía las invitaciones. La muchacha tenía cabello negro echado hacia atrás y recuerdo que me impresionó la exagerada amplitud de su frente. Ambos vestían negros trajes de varón y moños blancos. Tenían el rostro —menos un óvalo alrededor de los ojos—, enteramente pintado de blanco. Tomaron la invitación y me dieron un número a cambio. Me dijeron que correspondía a la sala donde debía aguardar hasta que llegara mi guía. El número que me tocaba era el 9. Luego de atravesar una cortina dorada ingresé en un pasillo largo, a cuyos costados se enfilaban puertas negras que tenían adosados a sus marcos superiores los números. Al fondo, había un letrero luminoso que decía: “ESPERA”. Busqué la puerta que me correspondía y entré. Recién al cerrar la puerta me di cuenta de que únicamente podía abrirse desde el exterior. Era una sala muy pequeña y lúgubre, como una celda de prisión,

totalmente forrada en una tela violeta de textura similar al terciopelo y mal iluminada. Empotrado en la estructura, sobresalía un banco que ocupaba toda la pared del fondo, también forrado. Esperé, sobrecogido, unos minutos, hasta que se volvió a abrir la puerta. Y mi alegría fue grande cuando vi entrar por ella a mi amiga Anahí. Llevaba un vestido muy largo de una tela verde y tenue, con una especie de cola, que arrastraba. Iba descalza. Como no sabía qué actitud tomar, me quedé allí sentado sin proferir palabra, viéndola acercarse lentamente y sólo me incorporé cuando la tuve frente a mí. Ella me miró un momento y luego depositó un suave beso encima de mis labios. Después, tomándome de la mano me guió. Anduvimos por el pasillo hasta la puerta final, bajo el cartel de ESPERA. Nuevamente la palabra cárcel pasó fugazmente por mi pensamiento. Entramos. El salón estaba oscuro; se advertía el bullir de una multitud alrededor mientras pasábamos. Desde el techo abovedado y las paredes, complicados sistemas metálicos con luces de colores prendían y apagaban formando toda clase de dibujos combinados. Una mariposa parecía superponerse a un auto, un caballo a un hombre y este último a un avión, perfilándose en líneas y puntos de luces rojas, verdes, azules, anaranjadas… en fin, de todos los colores del espectro cromático. Al parecer poseían un repertorio inacabable, pues pude contar decenas de figuras nuevas sin que se repitiera ninguna. Se oía una fuerte música de rock que atronaba el recinto saliendo al parecer de todas partes. Nos sentamos en un lugar distante, desde el cual podía observarse cómodamente a la concurrencia y el tablado. Se acercó un joven silencioso, vestido de la misma forma que los de la entrada y con el rostro pintado de blanco y depositó sobre el mantel rojo un botellón de arcilla conteniendo aloja, dos vasos del mismo material y cuatro cestillas, con aceitunas, fruta seca, harina de maíz con azúcar y chipaco. De súbito empezó a sonar desde los parlantes un tema de Piazzola. Anahí me tomó de la mano y se levantó. Caminamos de ese modo, por entre las mesas. A nuestro paso las parejas se iban levantando y poco a poco comenzaban a poblar la pista. Pensé al principio que ella iba a bailar conmigo, pero solamente me guió, hasta un lugar que al parecer estaba predeterminado. No decía nada y yo tampoco quise hablarla, pues daba la impresión de estar en trance. Al fin llegamos a una mesa donde formaban rueda varias personas: como obedeciendo a una señal se levantó de allí una mujer,

toda de negro, que acercándose a mí me tomó del brazo y me invitó a bailar. Anahí se retiró dejándome solo con ella. Era en exceso alta y rubia, su cabello lacio se derramaba como en láminas de oro fulgente sobre su ancha espalda, tenía los ojos celestes, transparentes y rasgos bellos, pero demasiado regulares, como las estatuas de Praxiteles. Creí notar en las palabras que pronunció al invitarme a bailar, un leve acento alemán. Me daba cierta vergüenza bailar con ella pues era muy alta. Pese a que no soy petiso, su estatura me superaba por más de una cabeza. Me tomó decididamente en sus brazos, apretándome como si quisiera estrujarme y me obligó a seguirla en mil giros y cortes. En cada uno de ellos lucía fugaz o plenamente sus musculosas piernas color leche, que escapaban del vestido por dos largos tajos en los costados. Desde algún lugar del público se oyeron tímidos aplausos —tal vez no para nosotros, pues la pista estaba repleta—. Me percaté entonces de que todas las mujeres que bailaban eran rubias y más altas que sus compañeros, hasta donde se veía. Me mareaba el perfume ácido, como de toronja, que emanaba de todo el cuerpo de la mujer y no podía aventar en sus brazos el sentir un raro temor. De repente empezó a besarme en los labios y su aliento era como el ajenjo. Trataba de evitarla corriendo la cara, pero no podía, pues su fortaleza era extraordinaria y con un brazo me mantenía inmóvil, mientras con la otra mano me apretaba los testículos. Me sentía terriblemente incómodo y asustado. Por suerte enseguida el tango terminó. Anahí esperaba a un costado de la pista y me condujo hasta mi mesa. Por los parlantes difundían una vacua música instrumental, al estilo de los intermedios en los bailes populares. Apenas tuve tiempo de tomar un vaso de la aloja —que por otra parte siempre me había parecido una bebida desagradable—, cuando me tocó el turno nuevamente de bailar. Anahí volvió a guiarme de la mano, esta vez a otro lugar. Resonaban en el aire los acordes de un vals. Mi compañera fue ahora una muchacha morena, bellísima, vestida con un solero de fina batista verde, con festones color naranja. No era tan alta por fortuna, debido a lo cual su cara pequeña quedaba agradablemente a la altura de mi mentón y su mejilla se apoyaba, al agacharme, suavemente sobre la mía. Sus cabellos, castaño oscuros y ondulados difundían sobre mí un delicado aroma a madreselvas; sus

manos tenían una textura tan fina que me daba temor apretarlas y me avergonzaba de que las mías transpiraran. Entusiasmado con la muchacha y alentado por el recuerdo de la experiencia anterior, quise besarla. Pero la joven apartó con tranquila firmeza el rostro; no volví a intentarlo, por temor a arruinar el momento. Bailó con su cuerpo grácil pegado al mío hasta que terminó el vals. Había sido tan dulce y deleitable el rato pasado junto a ella que le pedí por favor que continuáramos. Pero ya estaba Anahí al lado de nosotros y la muchacha se volvió en silencio a su lugar. Dándome la espalda, se perdió entre la multitud. Después bailé rock con una brasileña pelirroja, que tenía el pelo cortado por partes, formando penachos teñidos de azul, violeta, verde y negro; una rumba, con una gorda norteamericana y una bazucada, con una sueca de tetas monumentales. No me explicaba qué pretendía Anahí al hacerme practicar ese estúpido popurrí, pero le seguí el curso, cada vez más contento, pues el vaivén, la música atronadora, el alcohol y la sensualidad de las mujeres actuaban en mí como un psicoanaléptico. Hasta que llegó el momento del espectáculo. Se levantó un telón, a la altura de la mitad del tablado, develando ante nosotros un bloque de pesados equipos amplificadores, llenos de botoneras y luces, con parlantes muy anchos que se discernían por tras de la tela negra de los baffles y columnas muy altas para las voces. Iban y venían los plomos que controlaban el sonido, la afinación de los instrumentos y el volumen, mientras cuatro operadores se ubicaban tras las consolas de sonido y de luces, situadas sobre una plataforma elevada detrás del público, de tal forma que les permitía mirar por sobre de él. Subieron al escenario los integrantes del grupo, cuatro varones adolescentes y una muchacha. Los chicos tenían cabellos largos y barbas, a excepción de uno, que llevaba su pelo rojizo cortado al rape en los costados con un gran jopo armado con gel. Escondía su mirada tras anteojos pequeños y muy negros. La muchacha, cuyos cabellos llegaban hasta su cintura cayendo por la espalda, vestía como una gitana y también iba descalza. Tomaron sus instrumentos y comenzó el recital. La gente los escuchó en silencio al principio y luego empezó a seguirlos con palmas en los temas rápidos y meneos del cuerpo en los más lentos. El mismo mesero silencioso nos cambiaba la botella de aloja por otra llena cuando se acababa y alternaba en las renovadas cestillas el chipaco y la harina de maíz azucarada con mistol, cuaresmillos en almíbar y hojas de

coca. El recital se puso delicioso. El cantante del grupo y la muchacha lograban dúos muy dulces y complejos, su afinación con los instrumentos era perfecta. La música que hacían poseía ingredientes de tango, chamamé, baguala y zamba, adaptados para instrumentos electrónicos y cohesionados por el planteo ingenioso de los arreglos. Los operadores de sonidos y de luces armonizaban los efectos con la proyección de diapositivas con paisajes y figuras humanas, escenas de la Guerra del Chaco, daguerrotipos de familias antiguas y figuras de Mitre, de Sarmiento, de los caudillos… Las cabezas y los cuerpos de los jóvenes que se habían sentado en el suelo llenando las pistas frente al escenario, al moverse al unísono, semejaban las olas de un lago mecido por el viento sur. Fue un momento agradable; pero también terminó. En el intermedio se oyó música de guitarras españolas y nadie se movió de su lugar. Los meseros con sus rostros pintados iban y venían trayendo chicha, aloja, y ramilletes de coca. Había alrededor de las mesas con manteles rojos muchos hombres de frac y mujeres con vestidos largos, cargadas de joyas resplandecientes; en el suelo, los jóvenes, de vaqueros, polleras húngaras y todo tipo de ropajes muy variados fumaban, llenando el aire con interesantes volutas coloreadas por los reflectores. Las luces en las paredes giraban formando espirales. Se cortó la música y supimos que el nuevo número iba a comenzar. Luego de un breve silencio, subió una anciana de cabellos muy largos. Comenzó a recitar un poema, que resultó desoladoramente triste. No sé en qué idioma hablaba, pues no se entendían sus palabras, pero la transmisión de sus sentimientos resultaba tan eficaz que todos llorábamos. Por al lado de mí pasó uno de los meseros y noté que las lágrimas habían marcado un surco en la pintura de su rostro. Luego de un final muy intenso se retiró en medio de los aplausos. Después de un nuevo intermedio, noté que alguien pasando entre la multitud producía en ella agitación y curiosidad. Enseguida estallaron los aplausos, y apareció Sixto Palavecino. Grave, se ubicó en el centro del escenario y preparó su violín, esperando el silencio. Una sola luz, azulada, se concentró sobre él. Atrás, formaba el conjunto, integrado por dos guitarras, un bombo y un bandoneón. Comenzó a tocar y la gente salió a la pista. No pude resistir el embrujo de aquella música agreste y

me levanté buscando a la muchacha con quien había bailado el vals. Recorrí las hileras de mesas, tropezando con la gente que se desplazaba y reunía en medio de ellas, muchos tratando de llegar a la pista. No la encontré en el primer intento y esto suscitó en mí un aguijonazo de desesperación; los músicos habían terminado el tema inicial y ahora comenzaba otro; el entusiasmo del público y los bailarines estaba llegando al paroxismo. Cuando ya desfallecía de angustia, la hallé: estaba, sentada frente a una mesa, conversando animadamente con un bello joven de su edad. Pero apenas verme se incorporó y vino a mi encuentro. El muchacho se quedó mirándonos, con aire melancólico. Como en un sueño, rebosante de felicidad, la tomé del brazo y la llevé hasta la pista. La orquesta tocaba un escondido. Nos metimos en el centro y nos lanzamos con entusiasmo al baile. Pero a poco de empezar me percaté de que no sabía bailar el escondido. No me habían enseñado nunca las danzas argentinas, y no tenía la menor idea de qué pasos debía hacer. Mi compañera en cambio parecía volar sobre sus pequeños pies, calzados con sandalias de plata; el vestido de seda al flotar revelaba las bellísimas formas de sus pantorrillas, en cada giro. Me sentí como un gorila en fiesta de embajada; la gente me empezaba a mirar. La muchacha se dio cuenta de mi embarazo y trató de ayudarme, dándome ánimo con señas de sus brazos, sonriendo y tomándome de la mano para tratar de ponerme en movimiento. Fue peor. Traté de zapatear, pero me enredé en mis propios pies y caí sobre una rodilla, lastimándome; aunque me levanté de un salto y traté de sonreír, me sentía cada vez más torpe. Me di cuenta que el rubor me subía al rostro en vaharadas y los brazos, como si fuera un muñeco de trapo se me caían a los costados, sin que pudiera gobernarlos. Las piernas se me ponían cada vez más duras, y los pies me pesaban, doliéndome como si los pincharan mil agujas. Hasta que, completamente crispado, no pude moverme más. La gente se había detenido formando un numeroso círculo a nuestro alrededor. Nos observaban, entre asombrados y reprobatorios. Mi compañera intentaba aún reanimarme con sus giros y una sonrisa que resultaba patética en su rostro. Entonces me oriné. Sentí el líquido caliente cayendo por la entrepierna y mojándome el pantalón de mi único traje, pero no pude evitarlo. A mis pies, bajo mis zapatos lustrosos se formó un charco, que reflejaba los cambios de los faroles pintados.

En ese momento apareció Anahí, y tomándome suavemente del brazo, me guió hasta el baño. Allí me habían preparado calzoncillos limpios, pantalones de color gris, medias y un par de zapatos negros nuevecitos, así que, luego de lavarme bien cambié mi ropa y salí. Anahí me esperaba en la puerta, y cuando volvimos a la mesa habló por primera vez. —No tendrías que haberlo hecho —me dijo. No contesté nada. Me limité a tomarme otro vaso de aloja y me senté a esperar la continuación del espectáculo. —¿Dónde está Abelardo? —, me atreví a preguntar luego de un rato, cuando atronaban de nuevo los parlantes. —Ya lo verás —oí que me decía. Se reanudó la función. Esta vez se presentó en el escenario una compañía de saltimbanquis. Un grupo de flacos bailarines vestidos de polichinelas giraban alrededor del escenario, deteniéndose a tramos para ser bien vistos por cada sector del público mientras hacían todo tipo de saltos, monerías y caídas ensayadas, simulando peleas. Los malabaristas se habían ubicado a la izquierda, formando figuras maravillosas con sus clavas; a su lado, el hombre fuerte doblaba con las manos una gruesa barra de acero. El lanzador iba rodeando el cuerpo de la muchacha de dagas cada vez más largas, con lentitud deliberada. En el centro se levantaba la pirámide humana, formada por musculosos hombres y mujeres de cuerpos relucientes. A un costado del escenario un individuo gordo, de frac, acariciaba con lascividad a una niña adolescente, levantándole hasta el vientre la breve pollera: era la única nota incongruente del conjunto. Delante de la pirámide humana los armadores habían colocado el taburete negro —con una estrella blanca en el medio— de la mujer araña. Cuando comenzó su actuación, la luz de los reflectores se concentró en ella y los demás números se detuvieron. El tambor inició un redoble que luego se resolvió en insinuante gemido de saxo y la artista, que había estado quieta, con los brazos alrededor de las piernas y la cabeza baja, comenzó a desenvolverse. Sus piernas blancas y sus brazos producían un notable contraste con la ajustada malla negra, cuya parte trasera se introducía perfectamente entre sus nalgas. Con lenta pericia fue formando en el aire figuras asombrosas, torciendo la cintura, sacando repentinamente la cabeza por entre los brazos hasta poner su rostro sobre la espalda; con las piernas arriba, tocando el taburete con la

punta de uno de sus pies, mientras con los dedos del otro mantenía en lo alto una flor, separando los muslos hasta quedar literalmente abierta y volviendo a juntarlos, no sin antes hacer pasar entre ellos su hermosa cabeza de ojos sombreados con violeta. La magia de la contorsionista cautivó al público, que la seguía en silencio, con la respiración suspendida, y al finalizar el número, todos la aplaudieron por un muy largo rato. Con esto terminó esa noche la actuación de los saltimbanquis. Cada vez el ritmo de la fiesta se fue haciendo más intenso. El alcohol de la dulce aloja hacía su efecto, y reinaba por todo el recinto esa alegría sospechosa que suele expandirse en proporción directa con el grado de ebriedad. Jóvenes y viejos bailaban desordenadamente, en la pista o entre las mesas, tomados o a la distancia, y las parejas avanzaban con mayor atrevimiento en la prodigación de mutuas caricias. Junto a la pared de mi derecha, un hombre pugnaba por bajarle la pequeña bombacha a una jovencita que se resistía sonriendo. Por fin, fueron deslizándose los dos con suavidad hasta el suelo, y no los vi más, por la oscuridad. Apareció un individuo vestido con uniforme militar, recorriendo el salón con aire arrogante, tal vez buscando una ubicación. Lo seguía una corte de muchachas rubias y petimetres con traza de abogados. Una muchacha de prominentes pechos amamantaba en un rincón a un anciano muy bien vestido, como si se tratara de un bebé. Entonces fue que irrumpieron esos jóvenes desaliñados, calzando vaqueros y zapatillas, que con cadenas y palos intentaron poner orden… mejor dicho, intentaron imponer su orden… Levantaron del suelo a los que se estaban amando, separaron a las parejas que bailaban demasiado juntas, y arrancaron violentamente de su lugar al viejecito que reposaba succionando los pezones como moras maduras de la joven mujer. Eran un grupo pequeño, pero vertiginosamente activo de chicos y chicas de unos veintidós años, con aspecto universitario. Los jóvenes ostentaban pelo corto y bigotitos, las mujeres vestían como varones, la mayoría de ellos usaban camperas oscuras de loneta. Siguieron reorganizando por la fuerza la reunión, hasta que aparecieron en número muy grande los hombres y mujeres de caras pintadas, y con precisión extraordinaria los arrinconaron rápidamente; luego de reducirlos, los expulsaron a empujones del local. Al pasar frente a mí arrastrado por sus captores, uno de ellos me escupió en la cara. Yo

miré a Anahí, sin saber qué hacer. Ella me extendió un pañuelo verde claro. Me embargó una indefinible congoja. Si poder precisar este sentimiento, empecé a percibir una oscura aura de fatalidad en todo lo que estaba sucediendo. La fiesta adquiría aceleradamente signos de descomposición. Ya no se sentía en el ambiente ese clima de brillante alegría que campeaba al principio. Noté asomando amenazantes en los lugares más disimulados, rostros pintados que no había visto antes. Empezó la actuación del conjunto de metal pesado. Siete u ocho músicos vestidos de cuero y hierro acompañaban a dos cantantes, un hombre y una mujer. Gritaban en inglés. La mujer, albina, llevaba toda su ropa de cuero negro erizada de agudas tachas, los pechos blancos al aire fajados por debajo con tiras de cuero, y entre el short, que le mordía las carnes, y las botas medievales, colgaban desde su cinto un par de arañas titilantes de metal bruñido. El pelo del joven cantante estaba cortado al rape en los costados y presentaba arriba el aspecto de un puercoespín. Los demás músicos vestían por el estilo y creaban unos sonidos tan violentos que empecé a sentirme mal. La pista se había poblado de jóvenes que meneaban cadenas, escupían y gritaban insultos hacia los costados, mientras las muchachas bailaban realizando movimientos obscenos y riendo a carcajadas. Entre la concurrencia se había desatado una especie de catarsis colectiva; todo el mundo cometía algún tipo de exceso, algunos desnudando y violando a las mujeres en la sala, otros tomándose a bofetadas, o derramando licor en las cabezas de los vecinos de mesa. Un hombre delgado con aire distraído se ocupaba de cortar con una gran tijera las corbatas de quienes, al parecer bajo algún criterio sistemático, seleccionaba. Yo me sentí enfermo y le dije a Anahí que me quería ir. Pero ella me contestó: —Aún debemos pasar por el momento final. Inquieto, me volví a sentar de mala gana. En ese instante el conjunto dejó de tocar. Y lo hizo tan bruscamente que el silencio engendró algo como un estampido al revés, haciendo callar a todos. Las luces se aquietaron; los seres y las cosas parecieron haberse congelado. Solamente un reflector, potente, se encendió, alumbrando la puerta roja, que apenas se distinguía en el final del salón. De allí, después de unos segundos, emergió una figura. Vestía una túnica celeste como único ropaje, llevaba el cabello recogido. Con gran lentitud,

imponente en su elevada estatura, la Madre avanzó hacia el centro del salón mientras la multitud, respetuosamente, le abría paso. Al principio se formó un círculo muy ancho alrededor de ella, pero luego los jóvenes y las muchachas fueron retornando a sus lugares. En un momento dado nadie se movía y reinaba un silencio de santuario. Únicamente la luz azul del reflector arrancaba parpadeos de una diadema de plata, muy delgada, que la mujer llevaba sobre su reluciente pelo color azabache. Más que nunca su rostro me pareció pálido y violáceo. Los ojos, grandes, estaban fijos, y la boca apretada en un ademán resuelto. Con lentitud empezó a levantar los brazos y mientras lo hacía pronunciaba ensalmos en un idioma para mí desconocido, que sonaba aproximadamente así: Túcuy ruraj, soncoj tutallapi, kusi nawillaykin paqarichum, paqarichum qqoñisamyñishquin, mayrarichum, khúyaj makillajkin mastlakuchum wiñay atiykiykin hikakuchun. Y en la medida en que articulaba esos versos, su cuerpo se iba como iluminando, con una luz que parecía venir de adentro, y las largas mangas de su túnica agitadas hacia arriba y hacia abajo iban tomando el aspecto de alas. Recordé entonces su transformación de la primera noche que la visité. Un fervor desconocido recorrió el alma de todos los que allí estábamos, y sin proponérnoslo, empezamos a cantar. No con voces o melodías de nuestras gargantas: sin abrir la boca brotaba algo así como un tarareo, que iba creciendo y se asemejaba al sonido escuchado al acercar a la oreja un caracol de mar. Comenzó a oírse como un redoble de atabales, elevándose, elevándose, acompañando la canción de todas las gargantas, y conmoviéndonos hasta la médula.

Nos sentíamos conmovidos con un sentimiento que no sabría cómo definir, pero nos hacía sentir a todos hermanados por un lazo cálido, reconciliante, haciéndonos olvidar por un momento la separatidad de nuestros cuerpos. La voz de la Madre acrecía por sobre esa música murmurada que salía de todos lados, y se elevaba nítida por sobre las cabezas del público; parecía penetrar en todos los rincones. La Madre llegó a un momento apoteósico de su recitado y levantó los brazos: la sala se iluminó por relámpagos un instante, y de la multitud se oyó como un sollozo, como un gemido profundo. Entonces sucedió algo terrible. Del oscuro techo apareció volando un animal inmenso, un águila rojiza, y se lanzó en picada hacia la Madre; casi al llegar a ella se detuvo bruscamente, y empezó a girar profiriendo chillidos estremecedores sobre su cabeza. Contra lo que yo esperaba, una favorable agitación pareció extenderse entre la mayor parte del público. La mujer intentó defenderse, y emprendió la retirada, paso a paso, cautelosamente, levantando los brazos cubiertos de largas mangas azulinas, que al agitarse suscitaban la sensación óptica de ser las olas de un mar. El animal agresor se acercaba peligrosamente a ella, y se alejaba nuevamente cuando se agitaban las mangas. El público se animó; algunos cruzaron apuestas y otros alentaban al águila con gritos, apretando y levantando los puños. El animal parecía reconocer la simpatía que lo rodeaba. Miraba a veces a la gente con sus ojos terribles, como agradeciendo; la mujer se había puesto lívida, y seguía retrocediendo y agitando los brazos sin dejar de recitar con labios temblorosos los mismos versos: Wiñay tai ki y kin, hikakuchun, hikakuchun… Hasta que el águila atacó. Tras un movimiento alucinante llegó a la mujer como una flecha y con certero picotazo le arrancó un ojo. Sólo alcancé a ver el rostro que manaba sangre de su lado derecho y escuché a la mujer que seguía recitando a los gritos, mientras el público ovacionaba al águila: Wiñay atiykiykin! Ttikakuchun!

El águila con el pico goteando sangre sobrevoló a la multitud que volvió a prodigarle un gran aplauso. Yo estaba temblando y quería hacer algo, pero no podía mover los miembros ni los ojos; solamente atinaba a mirar la escena horrible que se desarrollaba en el centro del salón. La Madre ofrecía un aspecto espantoso, con un ojo desmesuradamente abierto y el otro convertido en un agujero oscuro de donde se derramaba sangre sobre su rostro y su pecho, que subía y bajaba, trémulo. El águila atacó de nuevo, y en otra entrada fatal, le arrancó el otro ojo. La mujer que estaba retrocediendo vaciló, se detuvo, dejó de agitar los brazos. La alegría de la multitud llegó al paroxismo. Aclamaban al águila. Un grupo de jóvenes con el pelo corto, jopos altos y caras pintadas, vestidos con camperas de cuero y muñequeras con púas plateadas, estaban rindiendo culto al águila y elevaban sus loas en voz muy alta. Algunos de estos jóvenes golpeaban con sus penes endurecidos sobre mesas de madera mientras otros orinaban sobre la gente. Varias muchachas vestidas como ellos se bajaron los pantalones negros y comenzaron a restregar reproducciones de águilas de metal entre sus piernas desnudas, hasta hacerse brotar sangre. Un grupo de hombres y mujeres elegantes, de modales finos, en un discreto rincón de las sala asentían con sus cabezas, en muestra de aprobación. Me agarró un acceso de angustia y como si me hubieran golpeado con una masa caí al suelo de rodillas, sollozando. Entonces la Madre habló. Lo hizo de una manera tan serena, con tanta dulzura, pero al mismo tiempo con tanta seguridad, que provocó el silencio en el salón. Algo parecía haberse estabilizado en su espíritu, y su voz había cobrado un magnetismo poderoso. El águila no se atrevió a volver a atacar. Se quedó girando en torno, amenazante, jadeando. No alcancé a entender lo que la Madre decía, pero sus palabras me llegaron al corazón. Sentí en mí la tibieza de su voz; percibí el hondo encantamiento que había sobrevenido. Mas no pude dejar de sollozar. Sentí que un hombre muy grande de tamaño me tomaba por las axilas, y sin poderme enderezar, me arrastraba hacia el otro extremo del salón. Me desvanecí. Cuando desperté, no había nadie. El salón estaba a oscuras; las viejas sillas y mesas yacían desparramadas por doquier, cubiertas de

polvo. Parecían no haber sido usadas en muchos años. Por las ventanas se filtraba la luz de la luna, arrancando destellos plateados a una extendida red de telarañas. Salí de allí, atravesando una flaca puerta de madera, y me fui a casa caminando.

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uchos días anduve pensando sobre mi extraordinaria experiencia en aquella reunión. Sin embargo, los tiempos que vivíamos eran en sí tan fuera de lo común, que mi razón, aunque parezca inverosímil, no se había asombrado en exceso por lo sucedido, sino que se preocupaba en primer lugar por el destino de Abelardo y Anahí, a quienes no volví a ver hasta mucho después. En nuestro país habíamos adquirido como una adecuación a lo desmesurado; todo parecía posible en la Argentina del proceso, que adoraba un balón sobre un río subterráneo de cadáveres. Estábamos enajenados por un suceder fantástico: lo terrible sobrenatural había sido desencadenado por el permanente ejercicio de llevar hasta sus límites la percepción de la conciencia, y la constante deformación de sus resultados exteriores. Esto había formado en nuestras psiquis un grueso nudo de figuraciones ocultas, que al acumularse, hacían insostenible su permanencia en la sombra, desdoblándose finalmente en imaginerías extravagantes, como las de un calidoscopio loco. La intensa gimnasia del dolor había abierto un panorama desconocido a nuestra percepción: la realidad había adquirido matices de onirismo. ¡Con cuánta frecuencia veíamos, bajo de ella, páramos poblados de espectros nocturnos, tristeza, desolación! Era el tiempo del duelo. Sólo que nosotros lo sobrellevábamos vistiéndonos de payasos.

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Me sentí solo como nunca hube imaginado. Tenía en el interior una tan profunda conciencia de mi incomunicación, de la absoluta hermeticidad de mis sentimientos, de la imposibilidad total de compartir nada de lo que sucedía dentro de mí, que no podía casi encontrar justificación para algún gesto de mi cuerpo, sin chance alguna de comunicar el tipo de vida existente allí. Decidí, luego de un tiempo breve en ese estado, renunciar a mi trabajo y aislarme en el departamento. El murmullo de la ciudad y los hábitos de la gente se me habían vuelto insoportables. Adelgacé nuevamente muchos kilos. Pedía por teléfono los envíos de comestibles, y padecía una angustia mortal en la espera, por el terror de tener ante mí al empleado que los entregaba. Sólo veía televisión y dormía. La barba me creció hasta el cuello.

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ue en ese tiempo que estalló la guerra. La infantería argentina desembarcó en Malvinas, y empecé a ver en la pantalla imágenes de bombardeos y batallas aéreas, aunque con más frecuencia aparecía el escudo junto a las temidas marchas militares, acompañando los comunicados del Comando Conjunto, que nos sumían aún más, si cabía, en la incertidumbre y la zozobra. Asistí a través de la pantalla al intento de autoperonización de Galtieri, y sufrí conmociones y náuseas con la idea de que mi amigo había sido movilizado. Soñé —o imaginé— una historia que me hundió más profundamente en mi psicastenia. Caminaba en medio de un campo calcinado por los bombardeos, esquivando humeantes cráteres, para llevar ayuda a los heridos. Antes de llegar al cuerpo de un soldado, que yacía boca abajo, tuve en el pecho una aguda sensación de dolor que me dejó sin aliento. Lo di vuelta con una mano y me encontré con la cara embarrada, pálida, de Abelardo. Tenía el cuerpo, desde el estómago hacia abajo, empastado por el barro que se había formado con su propia sangre, y sus piernas eran un montón de carne informe, destrozada. Lo di vuelta con una mano y me encontré con la cara pálida y embarrada de Abelardo. ¿Estaba muerto? Lo di vuelta con una mano, mientras con la otra sostenía

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el botiquín que llevaba colgado en mi hombro, y me di cuenta de que era Abelardo. Entré en el peor período de mi vida. El cuerpo se me empezó a sacudir por los temblores; ya no pude levantarme del sofá. Dormía de a ratos, con tres almohadones bajo mis espaldas, frente al televisor encendido; veía o soñaba escenas catastróficas, donde se mezclaban Nina Hagen, el Papa, Videla y batallas y campos humeantes con sonidos de ráfagas de metralla. Una noche me dormí más hondamente que las anteriores y desperté en el hospital de policía. Un vecino había denunciado que en mi departamento sucedía algo sospechoso, y los policías, rompiendo la puerta, se habían hallado con el caos que era mi hogar de entonces, y conmigo tirado, con aspecto de muerto, ante el televisor encendido con la pantalla en blanco.

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e mandaron por un período a un hospital neuropsiquiátrico, donde me hallé con individuos monstruosos y geniales, y por primera vez en mucho tiempo me sentí acompañado por gente con quienes podía dialogar. Me entristecía hasta las lágrimas por la miseria en que se vivía, pero sentí que en aquel lugar flotaba un cierto halo de santidad. Lo dejé con bastante desconsuelo, cuando me dieron de alta. Cuando volví a mi departamento la guerra había terminado, y mi contrato de alquiler también. Al mirarme en el espejo tomé conciencia repentinamente del estado en que había caído. —Me estoy destruyendo —pensé—. O me pego un tiro, para acabar, o empiezo a tratar de vivir de nuevo con cierta dignidad. No me pegué un tiro: decidí, con toda deliberación, “ocuparme seriamente de mi persona”, en el sentido en que la gente común entiende esto. Me corté el pelo y afeité la barba, dejándome sólo un elegante bigotito, me puse “presentable”, y empecé a buscar trabajo, vivienda y mujer. Por una especial fortuna de que me había dotado la Providencia,

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nunca había tenido demasiadas dificultades para adquirir esas tres cosas. Esta vez tampoco las tuve. Conseguí una muchacha francesa que deambulaba sucia y malvestida por Buenos Aires, huyendo de La Bomba, y me fui a vivir con ella en una casa sencilla del barrio Mataderos. Apenas hablaba el castellano, pero servía muy bien al fin que me había propuesto respecto de ella: obtener cariño y compañía. Una imprenta me concedió el armado y diagramación de sus trabajos comerciales y con eso y otros trabajos independientes que conseguía en otras imprentas de la zona, pude llevar una módica suma a mi nuevo hogar. La francesa aportó la idea de cultivar una pequeña huerta en el patio de la casa. Esto resultó muy bien gracias a su dedicación, y no nos faltaron hortalizas y legumbres para mondar. Así vivimos un buen tiempo, yo haciendo feos afiches, talonarios de recibos o estúpidas tarjetas de bodas para ganar dinero, y mi mujer cultivando la tierra, cocinando comidas macrobióticas y dándome su callada compañía y su cariño. No me sentía tan mal.

20 ntonces fue que reapareció Abelardo. Me impresioné muchísimo al encontrarlo una tarde en casa, sentado sobre una silla de ruedas. Conversaba con mi amante; a su lado estaba, hermosa como una princesa azteca, Anahí. Abelardo estaba muy cambiado. Las mejillas se le habían hundido destacando sus pómulos y las cejas; una cruel arruga partía en dos su frente, y sus cabellos cortos estaban llenos de salpicaduras de canas. Una manta escocesa le tapaba el cuerpo desde la cintura para abajo. Al verlo en aquel estado, mi primer impulso fue avanzar para abrazarlo y ponerme a llorar. Pero una mirada brillante de sus ojos me detuvo, y al observarlo nuevamente comprendí que a pesar de su mutilación estaba fuerte y alegre en su interior. Ninguna preocupación turbaba la limpieza de sus ojos. —Aún estoy en el camino—, me dijo, y noté que su acento se había hecho más pausado. —Aún debo llegar hasta el final.

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Por narración de Anahí me enteré que un obús lo había dejado entrampado en una casamata, y habían tenido que cortarle las piernas para sacarlo. Pero él no daba mayor importancia a ese asunto. Parecía empeñado en conversar, aquella tarde, sobre el carácter perfecto de la música como arte, y la posibilidad de equivalencias entre ella y las otras disciplinas. Se le había ocurrido que se podía establecer un método de interpretación musical del universo, en el cual se determinara el sentido de los sucesos por medio de claves sonoras, ritmos, melodías centrales, acordes laterales y contrapuntos. Otra vez una tranquilidad perfecta pareció establecerse en mi devenir. Los encuentros con Abelardo y Anahí se volvieron cotidianos. Por días, ellos se quedaban a vivir en nuestra casa. Salíamos los cuatro a caminar sin rumbo, a cualquier hora, y nos quedábamos casi siempre por las noches en bares y pizzerías de toda calaña que encontrábamos por ahí; muchas veces entrábamos a algún cine. Mi mujer quedó embarazada. Una noche fuimos a un recital de Baglietto y de allí a una zappada de unos amigos recientes. Nos sucedió un hecho destacable. Era en el sótano de un gran caserón que alguna vez debía de haber sido el depósito de una tienda o algo así, pues las paredes estaban llenas de estanterías metálicas, sin nada. Todos fumaban yerba, y las luces amarillas atravesaban degradando en raras formas las volutas suspendidas en el aire junto al techo. Los músicos tocaban y se alternaban en el uso de los instrumentos; una música densa, una música con alma. Cantaba una muchacha, como de diecinueve años. Las chicas y los jóvenes se paseaban, en un movimiento lento e incesante, o se meneaban sentados al ritmo de la música. Algunos hablaban, otros escuchaban en tensión. De pronto una bella chica, de largos cabellos, se puso a bailar en medio del salón con mucha gracia, mientras se desnudaba. Movía sus caderas y sus brazos en un ritmo sensual y cadencioso; su melena enrulada se echaba hacia delante cuando se inclinaba para dejar suavemente en el suelo cada una de sus prendas. Por fin quedó completamente desnuda: les aseguro que fue un espectáculo digno de ver. Su ritmo resultaba contagiante, y su cuerpo volando entre volutas tenía el mismo embrujo genial que los pasteles de Degas. Paulatinamente la música y la alegría fueron compenetrándose con nuestras almas y sin saber bien cómo, de a uno primero, enseguida

colectivamente empezamos a desnudarnos. Pronto no había nadie con ropas en la habitación y danzábamos felices al ritmo de la música. Nos tomábamos de las manos, corríamos, saltábamos, formábamos ronda, nuestros pies se rozaban en los pasajes, nuestros muslos, y no sentíamos pasión sexual sino una sensación indefinible que llamaré sentimiento de amabilidad. Mi pecho cubierto de vello, se tocó con los rosados pezones de una muchacha hermosa, y ella me sonrió. Yo la besé en la frente. Ella me contestó acercándome sus labios. Cuando terminó la fiesta regresamos a nuestras casas con el ánimo feliz y sosegado. Abelardo pareció rejuvenecer en ese tiempo, a partir del momento en que se encontró con nosotros. Se ocupaba más de su vestimenta, y su rostro había recobrado los colores. Se había hecho cortar el pelo a la moda, y las canas que le plateaban los costados, sobre las orejas, parecían aumentar su aspecto juvenil en lugar de envejecerlo; Anahí no lo abandonaba en ningún momento; jamás había entre ellos alguna diferencia.

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ero el dolor parecía ser el sino de aquel joven. ¿A eso se refería él cuando dijo “aún debo llegar hasta el final”? Ocurrió una tarde como cualquiera de Buenos Aires, con bullicio de voces y bocinas, calurosa y llena de smog, a la hora en que se desdibujan los contornos. Caminábamos sin rumbo fijo por el centro de la ciudad. El tránsito estaba endemoniado. Como presagiando la situación habíamos venido inusualmente callados desde hacía mucho rato. Anahí apoyaba sus dedos largos sobre los manubrios de la silla de ruedas; parecía meditar. El semáforo dio luz verde y empezamos a cruzar. Recuerdo aquel momento terrible como si fuera hoy. De una callecita lateral apareció chirriando velocísimo un automóvil negro. No hubo tiempo para pensar. El automóvil se dirigió rectamente hacia el lugar donde estaba Abelardo. No sé cómo pegué un tirón a la silla y lo saqué de en medio. Se oyó un golpe

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sordo y una exclamación de la gente que miraba. Luego el rugido del auto que huía, gente que se acercaba corriendo, una sirena. Anahí ya estaba muerta. Yacía sobre un charco de sangre, con un manchón rojo, como una flor salvaje sobre su pelo oscuro. Abelardo pareció caer en un ataque de locura; comenzó a gritar terriblemente, agarrándome de las ropas y llorando: —¿Por qué no la salvaste, idiota? ¿Por qué no la salvaste? — Me gritaba, con una voz que parecía el lamento de un animal al que arrancaran vivo las entrañas. Yo estaba paralizado. Como una película vi a mi amiga que en su medialengua respondía al interrogatorio de la policía. Dos sombras blancas levantaron el cadáver, lo pusieron en una camilla y lo llevaron en una ambulancia. Todo estaba terminado. Nuestra felicidad había saltado en pedazos.

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esde aquella tarde triste no volví a ver a Abelardo. No fue al velorio, que hicimos en mi casa. Tampoco fue su Madre, ni algún familiar de ella. Anahí no llevaba documentos encima, así que no tuvimos forma de saber su apellido para avisar a algún pariente. Sólo estuvimos mi mujer, yo, y un sacerdote viejo que rutinariamente dijo el responso, no quiso cobrar nada por ello y se fue presuroso a cumplir con otro compromiso. La enterramos allí nomás, al fondo, entre las lechugas y los alcauciles, bajo la morera. Habíamos logrado comprar esa casa en cuotas, así que no había peligro de que otros profanaran el lugar. Hicimos un pequeño túmulo sobre su tumba, y con mis manos fabriqué una hermosa cruz de nogal. Pasó un tiempo largo sin que se hablara, en casa, de Abelardo. Teníamos miedo de nombrarlo: por no sufrir. Los meses mitigaron la tristeza, y nuestra vida volvió a adquirir una apariencia normal. Una vez recibimos la visita de unos músicos, que nos contaron lo que se hablaba de él. Dijeron que alguien lo había visto dirigiendo una secta en Brasil. Más tarde alguien nos contó que —se pensaba— vivía en

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los Valles Calchaquíes, en una casita de piedra entre las montañas más elevadas, construida con ayuda de los lugareños, quienes lo amaban como a un profeta. Las versiones arreciaron con el pasar del tiempo, y por no sé qué causa, hablaban mucho de él entre los grupos marginales, hinduistas, vegetarianos, ecologistas; en fin, quienes de un modo u otro intentaban huir o crear alternativas para la civilización del consumismo. Pronto me di cuenta de que, verdaderamente, no se conocía nada de él. Se había inventado otra leyenda; según ella, había formado una comunidad esenia en Colalao del Valle, en la cual, los que tenían la suerte de ser aceptados, hallaban para siempre cura a las dolencias de sus almas. Nos tomábamos el trabajo de recorrer los cerros de aquella zona, pero no la encontramos, ni nadie conocía, allí, esa secta. Desistimos completamente, entonces, de buscarlo. Mi amiga francesa, con el tiempo se cansó de mí y volvió a sus pagos dejándome una niña de dos años, que hoy es una de mis mayores alegrías. Afortunadamente no me pidió nada por la casa; pude seguir viviendo en ella. Con Faustino —tal el nombre de mi hija—, convivimos desde entonces. Es una niña muy tranquila, y yo la llevo donde voy. Nada más de extraordinario ha sucedido en mi vida. Trabajo, tengo hábitos moderados, y conocí a una chica de veinticinco años; no es linda, pero sí sumamente bondadosa. Tal vez me case con ella. Tal vez, también, me afilie a algún partido político.

Santiago del Estero, mayo a agosto de 1985.

Nota Un pintor que se sintió impelido a representar obsesivamente rostros a los que faltaba un ojo, perdió el propio, accidentalmente, en una refriega (ésta es un hecho famoso de la época de oro del surrealismo). Conocí a alguien que empezó a pintar aviones y escenas de bombardeos sin saber la causa. Era a comienzos de 1982. A poco de eso sucedió la guerra de Las Malvinas. Se ha hablado mucho acerca de la facultad de auscultar lo desconocido por medio del arte. Pese a ello, no creo ocioso dar a conocer un ejemplo más. El argumento del pasaje en que Abelardo es hallado por su amigo en la calle, casi muerto de frío, me sobrevino de repente, durante una noche de junio. Lo dejé terminado en borrador y me fui a dormir. Al día siguiente, hojeando el diario antes de ponerme a trabajar, quedé conmovido al hallar la noticia que reprodujimos en la página anterior. Escribía este relato en una agenda nueva, demasiado voluminosa para usarla como tal, que me había regalado una monja italiana. No pude menos que recortar esa impresionante noticia y pegarla sobre las letras de mi relato, como un testimonio más de los misterios del mundo y la pequeñez de la razón humana.

Agradecimientos: A María de los Ángeles, a Juan Carlos Baglietto, Litto Nebbia y Silvina Garré.

Los versos en quechua que se transcriben en el capítulo 15, pertenecen al poema incaico “Poderoso Wiracocha”. Recopilación de Sebastián Salazar Bondy, Poesía Quechua, Edit. Arca/Galerna, Buenos Aires, 1978.

El autor

Julio Carreras (h) nació en Guasayán, Santiago, en agosto de 1949. Estudió música (1953-1962) y Artes Plásticas (1961-64). Desde 1970 escribió para el suplemento de Cultura del diario El Liberal. Creó y dirigió la revista SER y el movimiento de música contemporánea y arte del mismo nombre, durante los años 1971-72. Desde 1972 publica en revistas de Córdoba y Buenos Aires. Obtuvo, entre otros, el primer premio en Relato del certamen “María Adela Agudo”, el premio “Hugo Díaz” y el premio latinoamericano “Jorge Luis Borges” de la Fundación Givré. Sus poemas y cuentos fueron publicados en Brasil, Colombia, España, Italia y Estados Unidos. Hasta el momento se hicieron ediciones limitadas de tres de sus obras (dos ensayos históricos y un poemario). Colaborador de “Puro Cuento”, “Clepsidra”, “Mester” (Universidad de Los Ángeles, EE.UU.), “Albatros” (París, Francia), etc. Dirige la revista Quipu de Cultura.

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