Francisco Umbral

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Francisco Umbral

Mortal y rosa
PRÓLOGO DE FÉLIX GRANDE
Colección Millenium las 100 joyas del milenio Una colección publicada por EL MUNDO, UNIDAD EDITORIAL, S.A. c/ Pradillo, 42 28002 Madrid Mortal y rosa Licencia editorial para BIBLIOTEX, S. L @ Francisco Umbral © 1999 UNIDAD EDITORIAL, por acuerdo con Bibliotex, S. L para esta edición Diseño cubierta e interiores: ZAC diseño gráfico Ilustración: Eugenio Ampudia Impresión y encuadernación: Printer, Industria Gráfica, S. A. ISBN: 84-8130-169-8 Dep. Legal: B. 30.792-1999 De venta conjunta e inseparable con EL MUNDO MILLENIUM las 100 joyas del milenio

.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 4 Francisco Umbral Mortal y rosa En Mortal y rosa el poeta Francisco Umbral gira y gira en la trituradora de una impotencia y de una pena descabelladas: está mirando la lenta muerte de su hijo [.] El escritor. a quién hablo. Mortal y rosa es su libro más escalofriante y más conmovedor... qué escribo. quién eras... rebotando contra los paredones de un destino completamente despiadado. FÉLIX GRANDE . tambaleándose en los territorios de la calamidad. descifrando con los ojos desamparados el abecedario de lo absolutamente indescifrable. Estaba tan aturdido de dolor que no se daba cuenta de que escribía un monumento a la literatura. le dice a la ausencia de un niño: ". Francisco Umbral es uno de los más grandes escritores españoles de nuestro tiempo.". el poeta.. quién eres. habitante ya para siempre en el abismo al que abrazó cuando resolvió convertir en palabras su humillación y su pena de nacido en este planeta desalmado.

como último reducto de la libertad humana». cargado de inminencia. Es difícil hallar en la literatura que no provenga de los poetas trágicos una lágrima tan testaruda. Y aquí hay que proclama que la palabra poética es el acontecimiento más compasivo de la historia de nuestra especie. pero no sólo para hacerse «un nombre». escribía en su homenaje y epitafio a Larra. Porque Mortal y rosa es el poema del infierno y es el retrato del infierno. sino también porque traía desde su infancia una voracidad maldita.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 5 Prólogo FÉLIX GRANDE Cuando Francisco Umbral llegó a Madrid procedente de Valladolid. perfumados de pena y enaltecidos por el resentimiento. acorazado tras una sinceridad brutal a la que las gentes amedrentadas solían llamar cinismo. pero en el fondo parturienta de «animales inconsolables» (el vertiginoso acierto poético es un regalo de José Saramago): pues esa lágrima universal y piadosa y diminutiva. su primera novela. Su bulimia de justicia y sosiego. en las redacciones de las revistas de literatura a donde íbamos a cobrar sesenta duros mensuales. y es a la vez una humedad verbal. por los colchones de elocuentes muelles en donde adolescentes vigiladas por la ruina y matronas desbaratadas por las ilusiones tardías le regalaban sus cuerpos libertarios y anónimos. corrigiendo con todo descaro a su maestro Jean-Paul Sartre. escribiría Umbral en el año 1974. «Todo está negro. una denuncia tan augusta contra la exactitud de la desgracia. en medio del infierno. una humedad poética a la que ni siquiera el infierno consiguió evaporar. nacidos en una conciencia viajera por los farallones del abismo y experta en la cartografía de la fatalidad. por los arrabales en donde dolorosos gamberros departían con agrado en el idioma de esa pequeña delincuencia cuyo nombre es sobrevivir. Umbral era poco más que un muchacho. y anunciando un estilo en el que las opiniones se producen a una velocidad fulminante: «Todo suicidio es un asesinato». esa lágrima empujada por el pudor. Pero sabíamos que Paco Umbral desparramaba su fiebre de triunfo y de solidaridad (su desgarrón de desconsuelo y su afán de consuelo) por las pensiones con olor a gato lumpen... escribió en Travesía de Madrid. pero aliviada con los ungüentos de una especie de ternura devastadora. apuesto de esqueleto y vestido con una altanera elegancia. recién casado. es la noticia del infierno. en el Aula Pequeña que dirigía Pepe Hierro en un rincón del Ateneo. hijo». esta especie presuntuosa. La lágrima a la vez imprecatoria y clandestina que se arrastra por las páginas de este libro como la baba colosal de un caracol irreparablemente huérfano. obcecado de fatalidad». pero ya sabía (son sus palabras) que «todo está negro. y ocultando bajo su juventud arrogante una decepción irreparable. lo empujaban todos los días a acariciar las tetas y las nalgas de las oraciones gramaticales y a untar con su saliva a las palabras después de haberlas excitado con las dentelladas del deseo. con los músculos todavía desafiantes a la carcoma de los calendarios y a las crueles astucias de la vida. Celebrábamos con él los resplandores y las convalecencias que florecen en la complicidad literaria y alimentábamos con risas y café y confidencias a nuestra camaradería en la tertulia del Café Gijón. un hambre clamorosa de poesía y de venganza y unos colmillos jadeantes como los de un poeta barroco flagelado por el romanticismo. «El sexo. Venía a comerse el mundo. en las lecturas poéticas de la cueva de Montesinos. su glotonería de amistad y de carne de mujeres. que es . involucrando así en el pistoletazo de Fígaro a toda la podredumbre social del siglo XIX. su desazonado apetito de belleza y de fraternidad. a coles cocidas y a fracaso de emigrantes de provincia. En los años sesenta. todos supimos que acababa de irrumpir en la capital un escritor de raza.

quién eres. sólo a un esclavo de la misericordia del lenguaje en que se calma el terror de la tribu. Cualquiera puede conocer el dolor.. le dice a la ausencia de un niño: «. qué escribo. En Mortal y rosa el poeta Francisco Umbral gira y gira en la trituradora de una impotencia y de una pena descabelladas: está mirando la lenta muerte de su hijo («Estoy oyendo crecer a mi hijo». rebotando contra los paredones de un destino completamente despiadado. le es ofrecido el don expiatorio de transformar el sufrimiento más ininteligible del mundo en una ensangrentada explosión de «belleza convulsa» y en un resuello de pasmosa piedad. Francisco Umbral Mortal y rosa .. Estaba tan aturdido de dolor que no se daba cuenta de que escribía un monumento a la literatura. Mortal y rosa es su libro más escalofriante y más conmovedor. y muchos seres tatuados por el suplicio como las reses por la marca de pego pueden resistir un irresistible martirio. se derrama sobre el libro y lo tizna de angustia. el poeta. sino también y sobre todo de la servidumbre de un artista de las palabras. le dice el narrador a un niño que «duerme como en el vientre de la ballena de la noche». y lo tizna finalmente con la negrura nocturna de la sabiduría: «Todo está negro.. hijo». quién eras. habitante ya para siempre en el abismo al que abrazó cuando resolvió convertir en palabras su humillación y su pena de nacido en este planeta desalmado. Francisco Umbral es uno de los más grandes escritores españoles de nuestro tiempo. a un niño que vive y duerme y muere «con debilísimo denuedo». y lo tizna a la vez de abundancia poética. El escritor.». no procede tan sólo del dolor. dice. a quién hablo. tambaleándose en los territorios de la calamidad. Y esa injusticia. descifrando con los ojos desamparados el abecedario de lo absolutamente indescifrable.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 6 el protagonista de este libro sobre la muerte. a la que nadie en su sano juicio intentaría encontrarle sentido.. mientras lo ve apagarse). Pero sólo a un sirviente de la palabra poética.

pero todavía nos queda la imaginación imprescindible para inventar la realidad .. recojo porciones de realidad que yacen tristes por la habitación. gimen dulcemente. Cómo negar la mitad en sombra de la vida. Todo lo que somos. un revés caótico. casi. si están ahí los sueños. constatarlo. ese cimiento o esa escombrera turbia. sí. A Breton y a Freud seguro que no se les ocurría nada. De la prosa de la vida hago en sueños poemas surrealistas. y sobre el pasado sólo proyecta sombras confusas. Más vale la lucidez mediocre que el delirio. el neurótico y el psicoanalista. A la mierda con Freud. y he perdido la fascinación de mis propias heces. y los miles de escaleras que debía subir. bultos y versiones equívocas de lo que estaba claro. Ya es bastante surrealista que se le muera a uno la madre mientras tiene que subir miles y miles de escaleras como recadero. pero con sombra. de cosas.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 7 . cargados de pasado y de licores. por nuestro rigor. Casi siempre tiene uno malos sueños. de objetos. me doblo por la mitad y mis riñones. Breton vive de mí y sale por la noche a comerme en porciones. un clasicismo —a cualquier edad de la vida— en que optamos por nuestra razón. por los sueños de Kant. porque en cuanto formulo una imagen coherente «ya estoy despierto». a la selva oscura del dormir. Sí. y el surrealismo es una adolescencia en cuanto que quiere alimentarse de sueños. de Descartes. Mis sueños sólo me dan una versión embrollada de lo que tengo muy claro. La linterna sorda del soñar no alumbra ni un adarme de futuro. tiene ese revés de sueño. sin secreto. Ya estoy en pie. que le niega al sueño todo significado y le atribuye la imposibilidad de formular una sola imagen coherente. pero me aburre. de Hegel. Qué más da. Porque he dejado de interesarme por mis sueños. en tiempos de José. de «proyectos líricos». No me interesan mis sueños como no me interesa ya. una putrefacción. El sueño le pone a mi vida un comentario ocioso y oscuro. y tarda uno en aprender a vivir de realidades. de la selva pantanosa de los sueños y me resumo como puedo. me voy lentamente completando. Tan primitivo es interpretar los sueños hacia el pasado como era interpretarlos hacia el futuro. y alguien se preguntaba.. Cuando sueño soy el exégeta confuso de mí mismo. Tan pueril es vivir de sueños como vivir de silogismos. Hay una madurez. A la mierda con Breton. El hombre es un ser de lejanías. ¿Qué clase de sueños no tendrían esos monstruos de razón? Toda la represión mental de sus sistemas había de tener. y me cobro a mí mismo. a los terrores convencionales de la pesadilla. ya. en una película mala y con los rollos cambiados. una vida que no deseo recordar. ¿Qué surrealismo le puede añadir el sueño a una realidad tan poco real? Me arranco. el amanuense indescifrable y pelmazo que quiere anotarlo todo y todo lo embarulla. sin duda. mi pasado. Claro que se vive de lo que se puede. pastor de lo inmediato. dijo el otro. un légamo. Estoy en esto con monsieur Sartre. El hombre tiene que aprender a ser criatura de cercanías. Hay una época de la existencia en que uno decide ser sólo sus sueños. irónico. Sólo necesita recurrir a sus sueños la gente sin imaginación. Sé que consisto en una cloaca. no es sino repetir tediosamente. de distancias. pues. esta corporeidad mortal y rosa donde el amor inventa su infinito PEDRO SALINAS Cuando me arranco al bosque de los sueños. doliente y atribulado. nunca. el hombre es un ser de utopías. que es una fascinación infantil perpetuada en el poeta. La primera felicidad del día es haber escapado a los peligros pueriles del sueño. por nuestra estatura. como viven los seres naturales. Soñar con mi madre muerta o con calefacciones que debía encender de pequeño.

y se me filtraba la brisa morada de la tarde por la cabeza desnuda. se cae. y . enmelenado. agresiva y ostentosa que padece uno después de varias horas de cama. en los veranos tórridos. como los héroes infantiles. Mas todavía me doy lacas. bocas. El pelo se va. vano fantasma becqueriano de niebla y luz. locionarse. Con un jardín salvaje por cabeza es como más libre se va por la vida. y se tarda en llegar al saludable abandono de la peluquería y la jardinería. y a medida que tenemos menos imaginación vamos teniendo menos pelo. y es cuando hay que volver al dermatólogo. sobre la frente. o frotarse. cargadas de pelo. y se ve lo mal hechos que estábamos. y así me va. y quizá también el otro. Marx. alejandrinos. y nada me ha pasado al cerebro. Porque uno empieza queriéndose hacer un peinado ideológico irreprochable.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 8 machadianamente. pero se cae. y sólo en muy raros días se siente uno la cabeza poblada. y he jugado a hacerme una peluca con el propio pelo. a los ojos. cuando me ha dado la gana. algunas temporadas. roturado. todo marrón corriente. con patillas o sin patillas. que es a lo que juega todo el que se hace una cabeza. Todo lo que antes hacía nido en mi pelo —sueños. he cambiado de peinado como de sistema mental y de concepción del mundo. una barbaridad. ponerse turbantes de espuma. Me duele el ojo derecho. y hoy sólo pasan peines tristes. refregarse. lociones. y la filosofía oriental es pelona. ciudadano. de máquina y de antropoide. sino que un libro entero se me ha quedado bajo el párpado y me presiona el trigémino. La filosofía occidental —Hegel. Este alarde eréctil va dirigido contra la nada. pero la abuela me pelaba al cero. Es la prepotencia sin deseo. la realidad borra en mí al antropoide como la lucidez borra los sueños. Ya no soy Breton ni un mono desnudo. como si yo pensase más que antes. dejándome aterida la imaginación. Canas. de cabeza rapada. Eso es bueno. como un fakir de los espejos del baño. y que hoy me va dejando la cabeza como un campo sembrado. a este juego de palancas le hemos puesto literatura. de modo que un lavado de cerebro no es una metáfora soviético-germánica. El pelo era el penacho de la imaginación. hilvanes blancos por donde nos vamos deshilvanando. la pura mecánica del sexo que descubre en mí lo que tengo de émbolo. sino que efectivamente se tienen las ideas más claras o más escasas el día en que se ha lavado uno la cabeza. Yo. pues la prosa leída la noche anterior está ahí. dice el poeta. Así. que no soy filósofo. porque el pelo se cae de todas maneras. peinado hacia adelante. contra una mujer inexistente de sombra y sueño. Otro accidente diario es la erección innecesaria. correcto y discretamente perfumado. Mi rostro en el espejo. que un día me alborotó la cabellera de metáforas. el estofado de oro con que nos decoró la vida en un principio. colonias. El pelo duda hasta quedar en un castaño mediocre. Me gustaba llevarlo en melena rebelde. razonable. deshilachando. champúes. pero se acelera el riego periférico del cerebro. urbano. no es sino un último alarde innecesario de la selva que me habita. ráfagas. Luego lo he llevado como me ha dado la gana. habitada. hacia atrás. fuegos— pasa ahora de largo. hasta que vuelva a ser jardín salvaje. como todas las mañanas. pero los peines salen cargados como carretas de heno. del mismo modo que los calvos juegan a hacerse un pelo propio con el peluquín. eso que se llamaba antes «hacerse una cabeza». que es el color de los que no vamos a llegar nunca a nada. aunque la verdad es que pienso menos. una naturaleza descalabrante. vientos de primavera. No habría en el mundo destinataria digna de tales erecciones. Se pierde lo rubio del pelo como se pierde lo rubio del alma. cuando niño. cielos. correcto. enconada en el ojo. Justamente entre ambos estoy yo mismo. en ese ojo que trabaja y sufre. me sobrevuela. A este mecanismo que responde solo. El pelo deshecho. todo sería de dimensiones humanas. ¿Qué es el amor cuando ningún amor podrá conseguir una demostración como la que consigue la presión del paquete intestinal y las féculas contra la espina dorsal? Afortunadamente. aves. Era mi pelo rubio trigal por donde pasaban palomas femeninas como manos. La frente entra profundamente en la cabeza. Con una mujer delante. se irá. El tiempo subió sus hilos a tu pelo. poco o mucho. matices. lo de prisa que nos cosieron las costureras. cuajada. Descartes— es una filosofía de raya al medio. y el rastrillado de las ideas. eficaz y razonable. aunque con menos moscas y menos mugre que la realidad inventada por el poeta arábigosoriano-andaluz.

Y no hay a quién conocer. ¿Hay algo más falso que una calavera? Es lo que mejor nos disfraza. Sólo que se cierra la carpeta de apuntes de la vida y tu rostro deja de ser tu rostro. Bueno. El pelo era antorcha que lucía en la noche lírica de mi adolescencia. quizás porque le ha asustado la máquina de escribir con su caligrafía de ametralladora. el patio desconchado—. la carne. en un cambio de párrafo. escribe Rilke. escuela pobre. los pómulos. Por mi pelo han pasado mareas y épocas. La calavera es máscara de nadie bajo tantas máscaras. en la litografía amarillenta del pasado. que ya no está. Todo yo me convierto en un guardapelo. en un cambio de folio. la bola del mundo. Y a esperar que venga otra vez el pájaro. No es cierto que nada se detenga con la muerte. O sea. del que soy. Por dentro de la calavera está el personaje mirando el mundo. un pájaro de vuelo e idea. que ha dormido en mí toda la pesadilla y que por la mañana está callado y no rompe a cantar. a solas. sino la máscara última. sino realmente eso. Ahora es una antorcha apagada que queda triste y estoposa en la claridad diurna de la lucidez adulta. cambiando de idea. el pájaro carpintero quiere construir algo. que me ha dejado aquí. el pelo. Da miedo mirarse al espejo. niños tatuados por el salvajismo de la miseria. El pelo. la boca amarga. Que no me conoces. hasta que de pronto. y será el momento de darse el tiro en la sien limpia. ni tampoco el Espíritu Santo. la mirada rota. en la prematura avaricia de la muerte. río en el que no se bañarán dos veces las manos desnudas de la mujer. Hay que cuidarse el pelo. de la cosa. moldeando mi expresión. frío. el pelo que huye. en un guardabosques del bosque raleado de mi pelo. Lo que nos aterra de la calavera es descubrir que es también una máscara. en aquella foto escolar —posguerra. porque cuando la vida nos retira el pelo de la cabeza. pues uno teme quedarse sin pelo y quedarse sin pájaro para siempre. porque no somos sino una sucesión de esbozos. un hombre miope. el rostro pentagonal. porque la calavera no es la verdad de un rostro. y la máscara por dentro. convertido en un mecanógrafo. del que seré. él se vuela. con el más estúpido. Ahora. «Rosa. la sombra de la barba. Es como si la vida hubiese querido tener primero un niño chino. o lo rompo. hasta quedar hecho un dandy de hueso o un sapo de tierra. y lo perpetuará para siempre. La calavera se ha utilizado mucho como máscara en el carnaval y en la pintura. y ahora salen del peine largos hilos de cabellos dejando en el aire un arpa deshilachada. el disfraz con que nos mira nadie. que no es la inspiración. Al final. una cabellera es un océano. Que ya no hay pájaro o nunca lo hubo. y la calavera nos mira con ojos de antifaz. y tras el último esbozo viene la máscara. la nariz que se va redondeando y alargando al mismo tiempo. sueño de nadie bajo tantos párpados». comprende uno que el pájaro ha volado. veo un adolescente presuntuoso. peinarse. El pelo era música. que no me conoces. y después. torcido y loco. porque el pájaro picapinos me picotea en la prosa como yo picoteo en la máquina. no se sabe qué. la máscara que se pone la nada. silencioso y feo. porque hay una mano de sombra que va remodelando mi cara. Un pelo es como un mar. ¿Cómo he llegado a tener esta cara? Veo un niño rubio y ceñudo. aunque esto es un decir. haciendo y borrando bocetos sucesivos del que fui. pues en cuanto te entierran la vida sigue su tarea por dentro de la muerte. como la muerte tiene mal gusto. desde luego. Inútil seguir tecleando. la calavera. amargo y duro. una melena es agua que pasa. porque no se vaya el pájaro raro de la idea. Llevamos la verdad por fuera. y luego un adolescente pálido.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 9 piensa que algún pájaro raro ha hecho nido en ella con mimbres de pelo y de amor. Algo raro que se posó en mi frente la noche anterior. de pelo alto y ojos tristes. como no queriendo dar la cara en el . Es el momento de ponerse a escribir. cuando me asomé al tempero. porque espera a que rompa yo. Tapo la máquina y leo lo escrito. Veo un colegial de rostro blanco y como plano. se quedará con mi peor gesto. Y cuando yo voy y canto. y te pueblas de otras vidas menores. que estoy escribiendo solo. siquiera sea con los dedos. todavía altos. y evolucionas hacia la esbeltez del esqueleto o la peguntosidad del légamo. parece que nos invita a darnos el tiro limpiamente. Pero el pelo se irá y tendré que convivir con un calvo desconocido.

Eso da cáncer. Gracias a eso vivimos. Esto no es una manera de consolarse. la ha ritualizado a los ojos de la familia y de los habituales. digo. La vida es opaca para la muerte. En todo caso. Una nariz deforme. Mi cara. Lo que persiste se perfecciona. blanco de leche. de momento. Los rasgos físicos se sacralizan por la repetición. le dicen al niño estas cosas crudas que no sirven para nada sino para destruirle la urdimbre afectiva. Una mujer muy blanca está más desnuda. perderá densidad esta ausencia de color. aristocratizan. algo general y anónimo. un disfraz. Es sacral. en amor. al anciano que querrá creerse glorioso. la mujer. Luego. la carne se cierra y sonríe. y llegan incluso a individualizarnos. menos lírica. cruza como un pequeño esquife los mares de la herencia. El esqueleto tiene cara de ladrón. Lo que he puesto en las alcobas del amor ha sido una sombra pálida. no es esquelética. Los años estilizan. de mi cara. si la cogemos distraída. de lirio. característica de una familia. Los muertos no son de fiar. porque su propia repetición. pero ya no lo encuentro. se armoniza la figura. Las mujeres se decepcionan de . cuando menos lo esperas. te encuentras cadáver en los espejos de un salón o descubres en las grandes damas la descarnadura del futuro. el poco tiempo. usa antifaz y por eso no nos inspira ninguna confianza.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 10 más allá. No por mero azacaneo sexual. La carne es ya como el alma. hay como una autodefensa del hoy. No sé lo que las mujeres pensarán de esta cara. Mal hecho. Pero si hacemos esto con premeditación y miramos de reojo nuestra carne o la de otro hombre o mujer. un ser humano. y lo que más siento. se hace compacta y presente. Blanco. Mi cuerpo blanco y desnudo. sin duda. Es inútil forzar el destino. La carne no se deja literaturizar. su manera mágica de reencarnar la ha salvado de la vulgaridad. se busca el esplendor de la especie. La juventud es una divina vulgaridad. No es posible encontrar a la mujer bajo el brillo de sus pocos años. Lo que antes no me gustaba de él. de blancura incurable. prefiere un rostro legible —como lo es ya el mío a esta edad. Esa majadería de que a cierta edad todo hombre es responsable de su rostro. Pero eso ya nos interesa menos a los grandes egoístas líricos. A mi abuela le gustaba yo por blanco. Decía que mi blancura me salvaba de mi fealdad. Yo no estoy descontento de mi rostro. ¿Por qué tan blanco? El vello es sobre todo él un bosque nevado. más civilizada en el amor. el milagro de la edad. Los años dan nobleza. Todo joven es un parvenu de la fisiología. El bronceado es un vestido. Busco al muerto que seré. de niño. se cierran filas. sino porque uno cree más en la lírica que en la psicología. A veces. nuestro cuerpo ignora su mañana y asume actitud de rosa cuando queremos hacer metafísica con él. es transparente y permite ver el hueso y la nada. prefiere leer un rostro. En la mujer joven se ama y se busca el tiempo. pero si trata uno de hacer eso metódicamente. reviste. es que se me irá la blancura. Ahora la gente blanca se pone al sol para teñirse. La mujer hecha es un abismo humano al que no nos apetece arrojarnos. pero una abuela recia y castellanoleonesa suele ser todo lo contrario de una urdimbre afectiva. de mi muerte. El pigmento. el brillo decae y aparece una señora. Pero preferíamos la democracia gloriosa de la juventud a estas distinciones y medallas de edad que nos pone la vida. prefiere deslumbrarse a comprender. ya lo he asumido y se ha prestigiado por su propia permanencia. dignifican un poco. A veces. se disipará este conglomerado de nada. Las abuelas nos crean estos traumas. maestro Rof. y ya no es fea ni bonita. violentar los catalejos del tiempo. una vida. viste. Uno ve lo que ve y nada más. y busco en ella al niño que pasó por aquí. va pasando de padres a hijos. Todo cementerio es una reunión de enmascarados. verdeamarilla en la cara y lechal en el cuerpo. No hay nada como la juventud. y los esqueletos son muy de temer. la carne blanca. La ninfa es un remolino de luz y carne. natural o adquirido. a voluntad. se espesan los colores. y tampoco lo veo.

El antropoide. pese a todo. Pero hay que pasar por todos los colores. Lo blanco es lo negro. en simbología ideológica. Lo blanco y lo negro son absolutos. el corazón. Atendamos a los últimos signos naturales de nuestro cuerpo. y que yo muera todavía en sombra. Por eso se asfixian los místicos. ¡ah!. de la nube. una recuperación de los orígenes. No estoy en blanco por ser muy blanco. de lucha contra la gravedad de la Historia y del mundo. ante todo. Cuando el jeroglífico haya sido descifrado por completo. Me salvo por el vello. La manigua. lo blanco sería el comienzo del proceso. y esos cuerpos desnaturalizados por un exceso de cuidado y artificio han borrado de sí la selva. Lo rubio es menos pecado. dejar de ser blanco al dejar de ser yo. el lirismo de lo azul. degenera hacia el rojo. el movimiento de lo amarillo. pensar que se perderá esta blancura. Sin vello sería insoportable. se . Si la mayor luz es la menor sombra. Estamos ya casi completamente descifrados. en el despertar. Ya no son nada. pues lo blanco captura más que lo oscuro. es otro cuerpo. No hay quien pueda con lo blanco. Lo negro es lo blanco. fragmentado y sugestivo. Un antropoide vive y se despereza cada mañana en mi genitalidad. Nuestro futuro es nuestro enigma. Einstein descubrió que la luz. a favor de la corriente. ¿Significa eso mi blancura? Contra ello he luchado. la luz sin esfuerzo. la vida. el sexo. demasiado explícita. ¡Ah!. Lo que no se soporta es el absoluto. No morir completamente en limpio. Cuidado conmigo. mi cuerpo blanco y desnudo. Enigmas de la nieve. digo yo. Se soporta mejor la amenidad de lo verde —el verde ameno. la pituitaria. Lo que nos queda de bosquimanos es lo que nos queda de futuro. Así. Lo blanco no es lo claro ni lo simple. Lo blanco es tan enigmático. tránsfuga del arco iris. pero luego se acostumbran y aman lo blanco. completamente descifrado. un códice cartesiano que la civilización va leyendo. La morenez estraga. Me da pena. una degeneración o una transformación. que nos angustia y nos ciega. al principio. es una abstracción mental que nos ahoga. para el cuerpo. para el hombre civilizado. Me duele perder lo blanco. La mujer oscura siempre es más pecadora. ¿Es esto que digo un racismo de los colores? Qué difícil no caer en alguna clase de racismo. porque el sexo es. es una tragedia. boscosidad. Así debe ser. Y a la inversa. Que la blancura de mi piel no sea explícita. La mujer blanca es siempre el cristal que atraviesa el rayo de luz sin romperlo ni mancharlo. Que la humanidad se aclare definitivamente. expandiéndose a contra corriente de la gravedad. está como teñida de pecado original. las piernas. Incluso simbólicamente.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 11 tanta blancura. Soy el que soy. Hace falta mucha simplicidad para tomar por claro lo blanco. digo. La rubia es menos pecado. las oscuridades de la luz. La mujer quiere un poco de selva. La selva. pues. Formas de lo blanco. el hombre no tendrá ningún futuro. No estamos hechos para el absoluto. No me duele perder los brazos. se diluirá en el aire de mi muerte. Me duele más la muerte de mi blancura que mi propia muerte. es más íntimo y cansa menos. Y lo blanco ya no es pecado en absoluto. peatón del espectro solar. porque todavía funciona el mito del macho moreno. Lo que nos horroriza es el absoluto. la mayor blancura es la menor tiniebla. Somos un jeroglífico. Lo blanco como punto de partida. La carne es el último paraíso perdido e imposible. dijo alguien. es una mujer. La desnudez es la selva que llevamos aún en nosotros. Tiene que haber naturaleza en el cuerpo. galerías interiores de un cuerpo claro. la renta que vamos consumiendo. incompleto. lo rojo es sinónimo de transformación dialéctica. En el sueño. Los seres blancos nos conservamos virginales y liliales después de todas las aberraciones. de la espuma. Lo rojo es dinámico. y nada más. como un humo muy blanco. Lo rojo. al despertar. inexplicable e inmutable como lo negro. Quedar como un códice a medias. decían los clásicos—. los enigmas de lo blanco. hacia la claridad. necesariamente. quizá por la sencilla razón de que el absoluto no existe. quizá sin saberlo. según Einstein. Pero se camina. la vida de lo rojo. en el amor.

en el teatro. supone. y el antropoide no está para estilizaciones. con una mujer. El antropoide. y cuando lo tienes casi completamente urbanizado. Hubo un tiempo en que el antropoide quiso ser poeta. aséptico. aunque no lo digan. pero todo es en vano. citas y títulos de libros. He conseguido que aprenda muchas cosas. Lo mismo que debe sentir el domador. quedará un poco postizo. que siempre anda buscando ocasiones de reproducirse.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 12 las promete muy felices. o hacen como que les asusta. no se sabe bien de qué. si es sensible. tan resignado. La mano del antropoide es la misma que escribió los sonetos de Shakespeare. y puede transformar una cópula en un poema. . pero generalmente se está quieto y melancólico. Al fin y al cabo. taxímetros y conversaciones crepusculares. Uno siempre queda un poco monosabio. se torna filosófico y melancólico. que goce a Proust y recite a Quevedo. olfateando la llamada de la selva. Está aprendiendo a no arrojarse inmediatamente sobre las señoritas que le caen al lado en el cine. cuando la ocasión se presenta huye por donde puede y me deja solo con la dama. porque el antropoide usa libremente de mi pituitaria y olfatea mujeres por doquier. aunque en realidad siempre le encuentran a uno poco antropoidal. ya. A las damas les asusta el antropoide. es una estilización de algo. urbanizar al noble león. por la inercia del eterno retorno. porque ellas ponen en evidencia al mono. se va civilizando. con los años. expurgando mis libros para una tesina. en el concierto o en la cena. educando a una bestia. que es lo mejor de ti lo que empieza a fallar. llegada la hora de la verdad. Se pasa uno la vida tratando de educar al antropoide. Come correctamente. el antropoide se va humanizando. pero lo que más tememos. lo mejor es que se comporte como tal. a fuerza de espuma y alejandrinos. Las mujeres vienen buscando al antropoide. a rebelarse. El día que se me muera mi antropoide me habré convertido en un bibliotecario y estaré definitivamente acabado. tés ni fríos ni calientes. falso. o no se da cuenta. es una jornada de teléfonos. El antropoide se rebela. y se pone a mirar para otro lado. humanizando a un mono. pero la música. como ciudadano. sin duda. verle tan bien educado. es que se nos muera. Me da pena. No pude hacer de él un amanuense. y una vez el mono en escena. y de nada vale que uno esté leyendo o escribiendo. Al antropoide le aburre que yo lea periódicos. Lo que nos da inseguridad frente a la mujer es que su sola presencia suscita al antropoide y uno se da cuenta de eso. Tememos al antropoide. Luego abandonó definitivamente sus actividades espirituales y se ha pasado la vida queriendo volver al bosque. y ya no soy más que un escritor cansado y miope. si sabe cosas. cuando ha conseguido someter al viejo tigre. en el fondo. es cierto. como hombre. la literatura y la pintura —también le gusta la pintura— son artes selváticas. y sólo una perversión de la cultura les ha hecho preferir al antropoide que sabe versos. de que las cosas van a ser de otra forma. en principio. Alguna vez trata de forzar a la miss que se ha quedado dormida en mi biblioteca. Está impaciente por arrojarse al cuello de alguna mujer. pero comprende que todo lo que diga y haga como escritor. lo hacen aparecer. porque lo que le espera. aunque Nietzsche la sienta tan dionisíaca. una masturbación en un ensayo y un grito en una sonrisa. a selvatizarse. resulta que eres tú mismo. pantalones. pero no he conseguido que le guste la música. La melancolía del hombre adulto es una melancolía de domador. o le corta la yugular con el filo de una hoja de papel biblia. pero echaba muchos borrones. y toda la cultura es un ejercicio circense en el sentido de que se obtiene domesticando a una fiera. que le espera una jornada de selva y fornicaciones. o se rebelaba. que lea a Nietzsche —que tampoco era mal antropoide— y a Juan Ramón. aunque no siempre. tan correcto. A medida que yo me voy haciendo un poco antropoidal. como intelectual. Hay que ir persuadiéndole gradualmente. como amigo. maniguas de palabras y colores. realmente. El antropoide me traiciona mucho por la nariz. pasearlo por la vida. porque hay quien consigue mayores domesticaciones con su antropoide. Hay que llevar el antropoide como el domador lleva su tigre.

La mano ha escrito ondulantes alejandrinos. vamos detrás de nuestra mano. el que escribe. Melancólicos. momificada. que quizás es la mayor y mejor paz que el hombre puede conseguir en sí mismo. fueron como garras que la madre. la estructura de la mano asesina y depredadora del antropoide.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 13 circense. La garra de la selva ha conseguido tensar los arcos de la música. un antropoide que va y viene. el que habla. y las manos van pasando lentamente de la luz a la sombra. la caza y el crimen. una mano más oscura y la otra más clara. Yo. La cultura no ha conformado la mano como la guerra. que no ofenden. amortajada de blancura. milagrosos pentagramas. hablan en el amor. Hemos hecho toda la cultura con manos de asesino. Hemos tenido épocas de cuidarnos mucho las manos y épocas de olvidarlas casi por completo. y actúan. cuando redacta leyes. Mi mano izquierda es más femenina. recortar. o se cierra con violencia. o de la sombra a la luz. Tiene el molde de la violencia. tenía que lavar. Tenemos las manos sucias de sangre. Es que se ha ido el antropoide. y cuando redacta poemas suelen salirle mentiras. más violenta. son aves. al amigo. Por eso. la mujer y el hombre vuelven a verse como ciudadanos. el desnivel de nuestra alma. Las manos. tiene una mano pública. empezamos o qué». Eso revela el desequilibrio de nuestra vida. desasistidos ya de toda boscosidad. limar. Son importantes. posa y vuela. su humanidad. y los pies son piedras. al ademán de la conversación. en la infancia. que nos arrastra y quiere cumplir su destino. Realmente. secretamente. mis manos. cada cierto tiempo. De modo que no hay manos inocentes. Es la mano de un primate haciendo pendolismo. Porque ellas tampoco pueden dejar de ver y mirar al antropoide. Manos blancas. del último homínido. tiene como mayor biografía. La mano se hace ladrona por sí misma. pero más tristes. Marta y María. se impacienta e interrumpe de vez en cuando: «Bueno. ¿Cómo superar eso? Hay que llegar a un mundo de ambidextros. el que vive por sus manos es más fiel a la estructura y el destino de la mano. suelen salirle violentas. parece un académico». convertidas en libros todas las manzanas del árbol de la ciencia. las manos. activa. Los obreros trabajan con las dos manos. han conseguido la paz y la reconciliación entre sus manos. ha vivido más. Una mano es siempre más aristocrática que la otra. Las manos. Toda situación entre hombre y mujer es siempre tensa y falsa porque hay un tercero entre ellos. Los latinistas lo llaman tristeza post coitum. Y la otra mano es más laboral. más sufrida. en la garganta caliente y roja del hermano o del carnero. de la selva al salón. porque el antropoide ya está ahí y no hace sino recitar su papel o el nuestro. posada. La guerra y el crimen no son sino un volver a lavarse las manos en la sangre primera de las destrucciones prehistóricas. Sólo cuando se ha dado suelta al antropoide y él ha liberado lo poco que le queda de tal. para devolverles su calidad de manos. aunque vengan buscando de buena fe al escritor. más sensible. que he reducido mis manos al picoteo del teclado. Quizá son las que más ofenden. Es muy fácil que la mano se torne garra sobre el cuerpo de una mujer. No hay igualdad en la vida. laboriosa. al desconocido. El que trabaja con las manos. de la cacería a la cultura. en el amor. arrojados del paraíso. Las manos. Ahora estamos más a gusto. a la mano le sobran dedos y al hombre le sobran manos. Las manos tienen todavía el molde de la mano cainita. es lo más que pueden pensar ellas. desvalidos en la cultura. las manos del hombre han matado mucho. Nuestra mano es una herramienta y un arma. el burócrata. Mi mano derecha está más trabajada. o se afemina. y la otra mano —generalmente la izquierda— como muerta. La discriminación la llevamos en nosotros. del crimen al poema. «Pues lo hace muy bien este antropoide. Las manos tienen un código. del primer hombre. al secreto de la caricia. se dice. Ir a la mujer con manos de pianista mejor que con manos de . pero su forma se la ha dado la violencia. Las manos juegan en el amor. como si yo hubiera tenido un abuelo marqués y otro metalúrgico. pulir. El intelectual. Para coger la pluma. Manos de pianista. tengo las manos atrofiadas.

como las manos de una mujer. Despierta el que estaba dormido. que es como el alma del hueso. arma y herramienta. Al hueso no llega nada. por borrarles la sangre de no sé qué crimen remoto o futuro de la especie. nobles y humildes oficios tienen su modelo y origen en la naturaleza misma. colegiales y con olor a aula.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 14 ladrón. mi mano. que es cuando la escondo. Lírica bisutería de las uñas. pues el esqueleto es el gran desconocido. con las uñas claras como joyas. Las manos de la mujer nos fascinan. Ella no tenía conciencia de sí hasta que yo la he acariciado. lo definen. En cuanto me observo un poco —hay que partir del cuerpo. Somos una albañilería inspirada. diría el místico o el lírico. sino templada. Ebanistas de fina gubia modelaron mis pies. y que el hombre. el barro se hace persona. El cuerpo flota y unas manos de mujer le dan realidad. y parece que diversos gremios han trabajado en nosotros. yo hago amanecer un ser distinto. aconsejaba Nietzsche—. dijo el poeta. Envidiamos al hombre que realmente crea con sus manos. ¿Pero y el esqueleto. el contorno de mi mente. Que la mujer no se sienta saqueada. son creadoras. El propio cuerpo es una nebulosa hasta que las manos de una mujer lo crean. y aun así no lo conozco nada. ese individuo duro y feo en que consisto? El hueso. crearlo con sus manos. Una albañilería divina. No se trata de vestir a Dios de albañil. fresadores. entrevé un poeta español. «Qué vocación de muerto en mi esqueleto». vigorosa. ni el pensamiento ni la emoción. La mano asesina se hace mano creadora y liberadora cuando un cuerpo se revuelve y despierta bajo ella. y por eso han acertado más. una chapuza cósmica. escribió un poeta francés. hacha. si no es la medida de todas las cosas. pulsada. lo crea. Nada descubre nuestro cuerpo. la dimensión de mi pecho. lo inventa. Todavía puedo seguir el rastro de esa tropa laboral y alegre que me hizo. en el amor. el resto del hueso. yo puedo ir creando un ser con mis manos. Asimismo. cuando un hombre crea a una mujer o una mujer a un hombre. que es el que mejor conozco. más que del alma. bíblico y genésico de la creación manual y alfarera de la vida por Dios. La mano. afinada. sino de comprender que los más viejos. se repite continuamente (o cobra su única realidad histórica. Unas manos de mujer me dan la medida de mi vida. lo modelan. lo concretan. El acto mítico. o las manos de la niña. tiene días de paloma. para reflexionar. la médula o medula. Manos oscuras de mujer. Hablemos del esqueleto. La calavera. «deseado y deseante». los poetas han preferido hablar del cuerpo. ese personaje de cal y fósforo que me habita. El alma es la paloma loca que vuela por los ramajes del esqueleto. autónoma. modelo la forma de su anhelo. con mis caricias. de la que ha nacido el mito) cuando un ser crea a otro ser con sus manos. caigo en la cuenta de que unos albañiles. de mi esqueleto. Somos una obra de albañilería. Manos donde ella se hace masculina. días de mano de Dios y días de garra. pintores. Las manos. la realidad de mi cuerpo. Si los filósofos nos han hablado siempre del alma. cuando las escondo y me las lavo mucho. con mis manos. es al menos una maqueta bien intencionada del Universo. en el sexo. Por dentro del hueso. El incurable protagonismo masculino ha hecho un tópico y un mito de la mano del hombre poseyendo el cuerpo de la mujer. que va de un palo a otro. el cable eléctrico que va forrado de cal. Al hueso sólo llegan los golpes. Leñadores expertos me hicieron las uñas y escayolistas delicados me compusieron el esqueleto. Peritos electricistas de mono azul terminaron todos los empalmes de mi cerebro. Medulas que han gloriosamente ardido. de la ninfa. Dentro del légamo cotidiano de una vida. Pero eso ya es pasarse. adonde el amor no llega. Pero la mujer también sabe y puede y quiere descubrir al hombre. Estarnos alicatados y barnizados como una imagen antigua o un piso moderno. electricistas y carpinteros han trabajado en mí. Ni el amor. y la única creatividad de nuestras manos mentalizadas está en el amor. «El muerto que seré se asombra de estar vivo». ni la belleza. . en el contacto. mecánicos.

que no entiendo de música. y querría saberlo para darle gusto de vez en cuando. y cuando vemos una radiografía de nuestro esqueleto pensamos en cómo se parece al abuelo. dorado de sí mismo. pero es. diría Cioran). un contemplativo. pues del abuelo sólo recordamos el día que le cambiaron de sepultura y hubo de trasladar sus restos. No somos una unidad. ése que ya no soy yo. se retrepa en los divanes. la intransigencia. Se dobla por aquí o por allá. resortes de payaso. El esqueleto es un poco militar. ¿Es deportista. ni siquiera una unidad política. un tío integrista que está siempre firme. El cuerpo despierta al beso y la caricia. una cultura circense y elemental. tan firme. El antepasado. tan terco fisiológicamente. ni mucho menos. la época que perdemos de nuestra vida. el esqueleto ha aprendido a posar y uno sale de la clínica con la tranquilidad de saber que tiene un esqueleto. un místico sin tentaciones. tolerante. fugaz e inverosímil como una manzana en el mar. el antepasado. pura huesa. La carne es actualidad y el hueso es eternidad. Sé lo que le gusta a mi cuerpo. ¿Qué es la eternidad? Cal y fosfato. evidentemente.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 15 perseguida por los metafísicos bujarrones. y él es quien se avergüenza de nuestras fornicaciones. y lo hemos convertido en un militar retirado que toma café. viendo el revés de todo. escribió Beethoven.) Más amo a un cuerpo que a un alma. un poco panteísta (un pagano mutilado. tan inflexible. esta frase es lo único que entiendo de Beethoven. Se vaporará mi carne y quedará el esqueleto. Pero el niño está ahí. Dice Pitigrilli que la elegancia es una cuestión de esqueleto. no sabemos nada. pero no le pida usted que se doble por otro sitio. Más amo a un árbol que a un hombre. los hombres. con él vuelve a vivirse. pues para eso es tan duro. siempre. El alma es una diadema que nunca vemos (quizá porque la llevamos en la frente) y el cuerpo es uno mismo. Quisiera ir a la guerra. sin tiempo por detrás ni por delante. Llevamos dentro al antepasado. cuando me mire a mí mismo en su llanto boca abajo. en un primer esbozo de psicología esquelética. pacifista y terrenal. que vive su vida y no está muerto. un armazón. (Yo. su vida breve. reciente todavía de aquel parto a última hora de la tarde. La primera niñez. asomado al culo de la vida. la intolerancia. Pero parejo al cuerpo hay otro señor. haciendo hablar a las cosas. a nuestro propio nacimiento y yo miraba aquellos ojos cerrados. mediante un mecanismo de locomotora. el oro de su pelo. es el no dar su brazo de hueso a torcer. El esqueleto es algún antepasado nuestro que llevamos dentro. El niño. Pero yo —¿quién?— me alegro. que se pasa el día rezando entre dientes (para eso tiene dientes) lo que nosotros no rezamos. es intelectual. Gracias al hijo podemos asistir a nuestra propia infancia. le gusta leer o jugar a la gallina ciega? Del cuerpo sabemos poco. y me . Luego los huesos también se deshacen o se pierden. sino la conciencia repentina de ser uno tan duro. Desde que se hacen radiografías. Cierto. pues siempre nos habíamos sospechado desmedulados y desvertebrados. sino también en el cuerpo. epicureísta. Sólo así se redime un poco. quiere esqueletos de mujer adolescente. gozoso de la locuacidad de los objetos y las esquinas. aquel llanto rosáceo. en cambio. de la que nunca sabemos nada. Lo que caracteriza al esqueleto. pero no sé lo que le gusta a mi esqueleto. vivo. comprensivo. encontrándole al mundo púas musicales. físicamente. sólo se recupera con el hijo. un solitario. como individuo. como han visto ya los pensadores. porque se rompe. no puede soportar que se le pierda un hueso. y lo que más desconcierta de los golpes no es la contusión. porque la carne tolerante lleva por dentro un esqueleto intransigente. Y el antepasado se aburre. El esqueleto sólo despierta al golpe. nuestro esqueleto seguramente es un tío asceta y antipático. pero del esqueleto. Al momento de darte un golpe comprendes que llevas por dentro una dureza inhumana. La función más noble del esqueleto es la de percha. y no toma alcohol ni lee el periódico. Sólo los contorsionistas han conseguido una cultura de su esqueleto. que era muy ordenado. en todo caso. amenazado. algo sólido por dentro. lo que nos hace sospechar si nuestro cuerpo es hedonista. no sólo en el alma. el esqueleto. lee libros y pierde el tiempo con mujeres. mirado desde los rincones por todos los gastos de la muerte. un ermitaño.

en el revés del tiempo. y el dormir le sorprende siempre yendo a hacer algo. y sus pasos menudos van tomando posesión del planeta con levedad y amor. esta ráfaga de animalidad que le ha robado al hombre retazos de lenguaje. la reflexión. su carne que huele a calle. sólo le interesa un botón determinado. confiarse a su mano. Por la noche. viajeros ya por los aires convencionales de la reflexión y el miedo. el clavo solitario y la piedra rodadora. y aparto el dolor de que el niño haya nacido. Nosotros nos hemos distanciado con el pensamiento. es la medida de mi exilio. fe total en la vida. como creación momentánea del tiempo. Imposible. entra en el sueño como en una gruta viva. y nosotros ya no. Y como todavía participa de las corrientes generales de que ha sido hecho. parece deberse a un encuentro. los cambios de tiempo. su rostro simple a la mirada. lo cual nosotros no hacemos nunca. el sol y la sombra. un frutal o un regato. los . y puede mirar a los perros y a los gatos frente a frente. compendiar el mundo y entenderse con lo inmenso mediante lo pequeño. pueda morir. los prodigios de la basura y la minuciosidad del campo. como dijo el poeta que los líquidos sonríen a los niños. al estallido de la hora. Inútil intentar hacerse como uno de estos pequeñuelos. sin ruptura. del gato y del hombre. porque el niño. el fondo de las vasijas y el revés de los objetos. La reunión de días y electricidades. porque él sí pertenece a los cielos viajeros. este amago de humanidad que todavía se asoma a las cuevas húmedas de las otras especies y conversa con ellas. Lo que palpo en el niño son fuerzas heterogéneas y hermosas que en él se armonizan indeciblemente. Toco su pelo de luz. nos trae. Siempre nos lleva él a nosotros. Ir con él por la calle. loto que emerge en los estanques de la infancia. nos mete por el sendero más estrecho. a la luz del día. Qué torpe para lo sencillo. No verle. Todas las fuerzas de la vida pasan por él y con esta misma materia que se ha hecho un niño podría haberse hecho un tigre. Ansía tanto la vida y no sabe que está dentro de la vida. de que en él se han logrado y detenido corrientes de siglos y que le habita la actualidad. Es un cruce de individuo. El niño pasa del sueño a la vigilia dentro de una misma palabra. tomando palabras.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 16 veía a mí mismo. habitante del alfabeto. la sansanica. una descarga o un puma. sin trauma. El niño. Aprender a dejarse llevar por el niño. porque aunque el niño apenas si le pesa a la tierra. de vez en cuando. Cualquier postura es buena. se incorpora inmediatamente al clima. sino como milagro de las cosechas. qué hábil para lo inesperado. como hijo. una cosecha. no ya con afán de pureza moral. pero minucioso al tacto. sino con afán de elementalidad natural. cómo ha ido abriendo frondas. presente completo. Más que a un proyecto. venido de la manigua que nos separaba. igual podría liberarse y producir un crepúsculo. su crueldad rosa. su piel de queso que ama. y está ya de este lado. entra a formar parte de la meteorología. es natural en la naturaleza. hasta que él llegó: los picaportes. Sólo quiero sentir en mí este cuajarón de existencia. Hay una dimensión del hogar que sólo descubre el niño. a actualidad furiosa. la impaciencia y el orden. De la persona descomunal que le toma en brazos. reconoce en seguida la hermandad de las cáscaras. y va por la casa despertando a lo que siempre estuvo dormido. y llega ya hasta mí. por fin. y cómo se ha ido abriendo paso a través del idioma. es más de la tierra que nosotros. acude a nuestra propia infancia dormida. manzana y felino. a frío. de energías y semillas que ha producido un niño. y todo le sonríe. y destripa el mundo porque lo ama. en ademán de tirarle a la luz de su túnica o apresar el agua por la garganta. Crueldad y ternura son en él una misma cosa. Y nos da la medida de nuestro exilio. ya digo. Nunca llevamos a un niño de la mano. Todo le recibe como si le esperase desde siempre. Del mar sólo le interesa una concha. los cierres de los armarios. El niño. Sabe reducir lo enorme a su medida. del bosque de los nombres y las letras. El niño nos lleva hasta los reinos de lo pequeño. transitado sólo por la hormiga. sin pasado ni futuro. por el campo. que no tiene programas. El niño participa de la fruta. su debilísimo denuedo. y mi hijo ha nacido de mí para vivir todo lo que ya no puedo vivir yo.

Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 17 pescados y el légamo. . Es una pulpa salvaje en la que se han hincado suavemente los peines lentos del idioma.

El niño es compacto. sentados. los colores. sólo periódicos. Altares de sol. esa anchura fresca que la humanidad ha dejado en torno. flores de anís pobre y artillería de chocolate triste. Es una mañana de exterioridades. sigue el rabo de un perro como la oscilación secreta del universo. En redes de luz y cielo coletean las verdades primeras. me simplifica. de la nada catacumbal a la totalidad del día. En la mañana inmensa. Se dispersan en pastelerías. quizá. visitadores de todos los rincones. tipografía menuda. Hacia el norte podemos pisar hierba de suburbio. lo escrito y lo pensado se me reducen a un quiosco de semillas. la dicha lenta que traen entre todos. frutos secos. Mi hijo y yo paseamos por un mundo más extenso. Y ahora. se dejan coger por la realidad. Todo está fuera. tan amenazado. y yo. en un mundo vacío. Nadie ensombrece los montes con su magnificencia. palabras. para mayor unción. Nada hay adentro. Han muerto durante media hora. Yo soy confuso. porque ninguno ha captado nada. la repetición y la oclusión. comercios. Lo que el mundo es. deidades de roca. el poeta conversaba con su burro. Los secretos del universo. tan solas. se fríe. la ciencia. El quiosco es la Historia Universal del niño. muertos que se sientan o se arrodillan. se cuece. provisional. santificados y apetitosos. sus claves pueriles y últimas tiemblan en el aire fino de la mañana. no hay dioses del domingo que nos vigilen. El niño va al encuentro de las cosas. venimos. en la hondura sin misterio del día. difuso. palabras. el quiosquillo de la cultura. los flecos sucios y pobres de la sierra lejana y cercana. Los perros y mi hijo. por unas calles que dan directamente al mar azul del cielo. palabras. el hilo del caracol humano. la velocidad y la risa. a cuyos ojos se asoma un borrico de inocencia y obstinación. Somos el hombre y el niño que están en el mundo. es la cultura. en la profundidad de la mañana. encerrándose en la iglesia. quizá. triángulos de pobreza. pero el aire de la mañana me aclara. armas. nada entre el mundo y nosotros. seres hozadores y puros. No hemos encontrado a nadie a nuestro paso. se sufre. han ejercido sus esqueletos. Las iglesias tienen en torno un cerco de silencio. se asa. el relato. se encara con la musaraña de paso. en la lentitud ligera de la hora. ahí está. las gentes que vuelven de la iglesia. mientras la humanidad conversaba con Dios. Qué holgados. nadie oscurece la nieve. I Los perros nos miran y nos ven. arrodillados. hablando. asociaciones madrepóricas de familias. Y toda mi Historia Universal. en las barriadas del cielo. sus vidas los esperaban a la puerta de la iglesia y se hunden precipitadamente en el día. el sol. la cultura. breve.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 18 Es domingo y la gente ha desaparecido dentro de la iglesia. De regreso. con el niño de la mano. acuerdan sus dudas y crean una fe. Me adentro. Un vaho de algo que se guisa. Ni siquiera a Dios. Converso con mi hijo. la guerra. la guerra. con una biografía de fruta y una cultura de ave. cosas. un sol de costumbre y rebaño. todo el arsenal de las guerras y la filosofía. como perros. neblinoso. los sueños. toda la cultura. El niño toma cosas del suelo. realidades. Yo llevo periódicos. Yo voy por la calle llevando a mi hijo de la mano. En una mañana así. objetos. las semillas. de juguetes. huyen sin saberlo del hueco que los ha . pasando de la unción y la penumbra al aura de las cocinas. firmamentos vacíos y sucesivos. pero entre todos reúnen sus nadas y crean algo. me fortalece. El niño lleva en las manos raíces. para el niño. Letra impresa. de periódicos. al reencuentro. El quiosco de los latones brillantes. el haz apretado de las posibilidades. portales. Vamos. el día. criaturas sin Dios. los juguetes. pero procurando siempre ser muertos que hablan. en silencio. me afina. No hay presencias implacables que nos amenacen. El quiosco. han estado de pie. involuntariamente. Nada nos mira desde ningún sitio y todo nos ve sin mirarnos. el niño y yo.

hemos vagabundeado por las calles. . y nuestro tiempo no tiene velos de penumbra. este contener la respiración de la vida les permite luego sumergirse gozosamente en la luz.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 19 tenido presos. Somos un hombre y un niño que se adentran naturalmente en lo más escarpado de la luz. Nosotros. La mañana perdió su anchura. Llenan la calle. hemos perreado directamente. de cara a la pared de los sepulcros. Todavía paseamos despacio. en la sombra. y los cuatro puntos cardinales nos tocan. y que nosotros hemos vivido fuera. y este retener el aliento durante minutos. Se ponen de espaldas a la vida. como los perros. Lo miro entre los niños. al aire libre. El milagro que las gentes buscaban en el interior. sin esos ejercicios de gimnasia espiritual. de cara al campo. en las calles. Mi niño ya no es único. pero el milagro ha cesado.

terminar el fregado. suavemente hombruna. hija mía. el pueblo. de un rojo oscuro. se dibujan con fuerza en toda esa vaguedad. perdida en la salud de su cuerpo. Las manos grandes. en cada tazón. lavar. los vasos con bordecillo de oro. seca. se mira las falanges oscurecidas. de una manera geométrica y caprichosa. silenciosa. de rosa. tierna en unas zonas. El baile del pueblo. la camioneta. pesadas. rosa por la yema del dedo. Pero ahora está sentada. rota la laca de las uñas. Llegar a tiempo al autobús. planchado. duras. como si se les cayese un diente. siempre rompe usted algún plato. como la pintura de las uñas. reunido sin forma en su propio regazo. impecable. Ahora está quieta. y el bordecito de puntilla en la manga. mellada. las manos cruzadas. cinco yemas. El cuerpo está perdido. y la pintura rota en picos. de bordes anchos. dura en otras. Las manos. Fregar. Los pies torcidos en el bienestar. lo de todas las semanas. lavar. de morado. inmóvil. Los platos de rebordes ilustrados. las falangetas. cinco pétalos quebrados y duros. y recuerda estos nombres raros. . cinco uñas. la sopera como todo un día de caza. estas palabras divertidas. las tazas con reborde de maleza. barrer. o abrazadas a ella misma. es el resumen. o caídas sobre el halda. quieta. insensible en algún punto. el lavado. los platos rotos. fregar la vajilla. disperso. Los platos con bordes de selva y cacería. un esmalte morado sobre la uña pálida y filamentosa. Su cuerpo es una confusión rosa que sólo se siente a sí mismo en las manos. rosa por el otro lado. en la banqueta. y algún trecho de puntilla blanco. Las manos. pensativa. Llegar a tiempo al autobús. la uña chata. los ojos suaves de sueño. dormido. con tanto jabón y tanta sosa. pesadas. por mitad del brazo. debajo la uña pálida y fija. se les desprende fácilmente un triangulito del borde. y la yema del dedo. una insistencia de grifo mal cerrado. ese hormigueo agazapado. Él dijo que no le gustaban las uñas coloradas. la cascarilla descascarillada. la nariz carnosa. Lavar la ropa. ese deseo. una atmósfera de barredura. Y yo qué culpa tengo. llegar a tiempo. No siente el cuerpo. a los hombros de percal. como las uñas de la muchacha. confundida con el calor de la cocina. Hundida en su cuerpo. No deja usted una taza sana. El autobús espera con un temblor irregular de su viejo motor. Así. limpiar la alfombra. el barrido. la porcelana con escenas de caza y pastoreo. en cada pocillo. y llegar a tiempo al autobús. cinco en cada mano. las falanginas. saltado también en algún punto. esa inquietud errante. a las tazas. A los platos. en picos. la pintura saltada. como todas las semanas. La gran sopera. limpiar. las tazas y los tazones. de la escuela. tengo que hacerme las uñas. con las uñas pintadas de malva. debajo la carne blanca. concretas. que a él no le había gustado nada—. viajar hasta el pueblo cercano. Tengo que hacerme las uñas. escenas dispersas de la gran cacería general. la infancia. y la pintura rosa o malva o morada o violeta —nunca más aquel encarnado de cuando la fiesta. ahora. Mueve un poco las manos. en cada plato. Fregar. limpiar. Pero inmóvil. con el cuerpo dormido. limpio. la boca grande y resignada. de un rosa prieto y sucio. La moza grande. barrer el pasillo. Ahora está inmóvil. la apoteosis cinegética de todo lo que ha ido pasando en cada taza.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 20 Rotas las uñas. La puntilla con picos doblados con picos arrugados. Los antebrazos con pelo. Se mira las uñas rotas. sí. entumecida. adolescente. con picos como mínimas bolas sucias. todavía un poco infantil. la vajilla pintada. densa. la yema abultada. llegar a tiempo y salir para el pueblo. el pelo rico y tirante. quizá despierto allá en lo hondo. Un calor de cocina. barrer.

Mirando de nuevo una carne profunda. sonrisas de sangre. un calor seco y áspero. y diciéndome palabras de légamo. el esmalte saltado. Sabor de matadero y secretos eréctiles que me vuelven a dar. La vaguedad rosa del cuerpo va despertando. duro. .Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 21 atender a la madre. la ropa del padre. se vaginiza en el diálogo pútrido con esa ciega herida tornada a su vez en boca. la llaga secreta. acre y herido que es un cuerpo de mujer. el párrafo oscuro. Las uñas rotas —tengo que hacerme las uñas—. horriblemente. la respiración submarina de los sexos. ex alegre. las uñas de un color malva. lava la ropa de tu padre. el calor de él. silencios de pelo. triste avidez en que mi boca genital se deshumaniza. agrio. por un momento.

quieto. Ya no hay música ni coros ni viaje. cuajadas de un vistazo. una barca. sino que desaparezco: soy la mirada ciudadana y cansada que no puede 1 coger en su red débil el pez inmenso y coleteante del mundo. un regato.) Rías. verde. los bosques cantan como orfeones. mares. lluvias. Luego tristemente. Puedo escribirlo todo. montes. Pero si nos paramos. rutas cambiantes a través del mundo. un niño en el barro. como antaño —ay— una manera de posesión y fornicación con el mundo. bosques donde nunca fui ni soy ni seré libre. qué rincones de luz. La eternidad se hace lentísima. los cielos viajan como rías. de tiempo. Ahora ya no soy el señor fugaz de vidas y haciendas. Un pescador. cielos. (La literatura ya no es para mí. . Respiro hondamente y el mundo me traspasa. Sólo la perpetuidad oscura de un cielo devorado por los altos bosques y las crudas montañas. musical. tan leída. I aros y quietos. una mujer por un camino. se retira de mí. solemne.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 22 Vengo del noroeste. completas dentro de una cabaña. Los montes pasan como música. Es el paisaje quien viaja. en la carrera. pero la literatura es la distancia definitiva que perpetuamos entre nosotros y las cosas. Pasamos de un tiempo a otro tiempo. sólo me da. Hubiera querido ser una de esas pequeñas vidas. vidas. Vengo del agua extensa y el infinito nublado. tan soñada de lejos. la dimensión de mi soledad. para quedarse eternamente. horas verdes paradas sobre el bosque. entrevistos al paso. el mundo es inmenso. qué orbes pequeños. monstruoso. La mar o el mar. si echo pie a tierra. sino la secularización de mi aislamiento. Mas no pertenezco a esto. La naturaleza. Volver. de agua. Toda una vida vista en un momento. Estoy oyendo crecer a mi hijo. Es del tamaño de lo que no soy. Biografías redondas. aquí.

digo.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 23 (El caballo blanco y heráldico lo presidía todo. damas. hombres y mujeres. y era como estar viendo al mismo tiempo el pasado brillante de las cosas. sin limitaciones de espectador ni de crítico. No sabía el niño atento quién podía haber pintado aquello. he vuelto yo a mirar un cuadro. de blancura y plata. de historia. en la iglesia de verdad estaba el Cristo yacente de Gregorio Fernández. ennobleciendo y bestializando al mismo tiempo todo aquel conjunto armonioso y caótico. de cielo. verdadera y prometedora al mismo tiempo. dioses azules y fulgurantes. y el piso a grandes losas blancas y negras. con ojos de espectador nuevo y atónito. Nunca más este monaguillo que os habla y que hoy sigue oficiando no más que de monaguillo en las misas del arte y de la cultura. de misa. como una prolongación del cuadro. su moverse en torno mío con ritmo de olores y rapidez de música. joven. Yo. al arte como espectáculo. niña y eterna. iluminando las sombras del pecado. entre la cúpula menor de aquella nave. roja. entero. vestido de monaguillo de lujo. en la gran sacristía de la parroquia. instaurada su blancura y su poder en aquella confusión de bufones. lo que uno perdía de liturgia. niño espectador. sino que lo asumía como una realidad fascinante. nada. aunque lo supiese. los restos de altares y la ruina de las Vírgenes poblaban la sacristía de una suerte de desorden y hermosura que eran como el caos de todo lo que en el gran cuadro estaba armonizado. un cuerpo de brillo . blanca. pisando los ropones. y me veía. Espectador sin límites ni limitaciones. solemne y callejero. tan presente. su toma de posesión de la sacristía. pasando por la algarada del Renacimiento. de harina musculada. y su presente ruinoso. hasta el costado de aquel caballo de yeso vivo. Los dorados. pero todo estaba ya como vencido y cubierto por una pátina de pasado que en el cuadro se tornaba actualidad y color. porque entonces volveríamos a los límites. calzas. entre el cielo y la tierra. cuando la iglesia estaba fría. profetas grises y aventados. Lo que uno perdía del culto. músicos dorados y verdes. erudición. tan pasado. santos. como no he vuelto a serlo nunca. recuerdo. niño atónito. caliente. varadero de nubes santas. me permitía entrar con alas de hopalanda en el cuadro enorme. ha vuelto uno. de la iglesia y del mundo. viviendo su grandeza de caballo blanco y su alegría de músicos borrachos y reinas semidesnudas. En el invierno. y habríamos perdido aquella facultad mágica y silvestre. como de otra vida más armoniosa. de tierra poblada. vírgenes. El caballo estaba allí. Miraba yo. de monaguillo. pagana y católica. de historia del arte. entonces. los candelabros. de clérigos. como un cine natural y mágico. hacían iglesias de la gran sacristía y entonces podía uno pasarse misas enteras [que eran in misas perdidas] mirando para el cuadro. dueñas. ni siquiera se planteaba el que alguien lo hubiese pintado. humana y divina. ha vuelto él. la plenitud de un mundo que en torno mío era ruina. vigente y tonante. Porque en la iglesia grande. lo ganaba de arte. ni ahora os lo diría. La realidad en torno también se componía de libros de oro y vasijas ilustres. uno más entre aquellos personajes que vivían su fiesta renacentista. remiendo. a las distancias. catálogo. como aquel cuadro. capitanes del cielo y arcángeles del barro. de salvación. en las penumbras de la sacristía. diablos rojos y amarillos. contemplación. No sabía entonces el nombre del artista. lo miraba todo desde mi paño rojo y blanco. o bien disfrutador único del descenso de todas aquellas pinturas a la realidad. tomado por el cuadro en su remolino de dioses. de participar del arte como de la vida. nunca. Mi vestidura larga. los hachones. a vivir un cuadro como entonces.

en un clavillo. desde el útero materno. El hombre de la pensión estaba en la cocina. el alma pobre de la ciudad. pobre abuelo. a vivir en un clima de muela picada y pasar por todo y salir en los periódicos. flores de plástico. corredores. con armario en la habitación. como en el Cristo. Y el Cristo tenía la llaga del costado. y en otra habitación estaba el seminarista huido leyendo a San Agustín y masturbándose. en el retrete. baudelerianamente. y me quedaba muy lejos. con habitación . duelo literario. ni parecido. nunca nos falta el cielo azul. sus hermanas. a respirar la halitosis de los grandes maestros. se miraba las rodillas duras y un poco en punta. por lo me nos. aquello no fue. y en una habitación había un pianista tísico que tocaba en una boite afrocubana. escribiendo mentalmente el libro que escribe uno durante toda la vida. andaban azacaneando por la casa. y las hojas de los periódicos de la semana. o el borde de los zapatos —estos zapatos están ya escoñados— y por la ventanilla alta. que es como miran los muertos. no era lo mío. el arte de Gregorio Fernández y etcétera. coloreado. una estampita de cielo azul — aquí. antes de sucumbir. volverte del revés y dejar por el mundo todo el saco de tipografía que traías en los riñones desde siempre. sin duda. una barba dura. entiendo un cuadro y lo penetro y traspaso sus límites cuando vuelve a ser el cuadro de mi infancia. piorrea. hablando por teléfono con la tienda de comestibles porque era un solterón haragán.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 24 y realidad. y luego he leído que Goya pintaba con amarillos de tortilla de patata. nicotina. volver a la vida de aquella pintura que no era vida pintada sino pintura vivible. no miraban. formando un nuevo periódico. que daba a un laberinto de patios entelarañados y gatos y tejados. música con alas y caballos casi maternales. en aquel Renacimiento de colores con pies. miraba con lo blanco de los ojos. mesas inseguras. hay colores así. oratoria y amancebamiento que tiene la política y la literatura. A pesar de que enterramos al abuelo y de que yo podía seguir viéndole en el Cristo yacente de Gregorio Fernández. y parecía que respiraba con dificultad en su hornacina. de mis tiempos de monaguillo. y tan cerca. un diario insólito que nunca hubiera previsto el redactor-jefe. dando de comer al canario. del cuadro de la sacristía. el Berruguete del museo o de San Benito. porque habías venido a eso. como el abuelo. unas mujeres y unos santos con las formas violentadas por el pecado o por el amor de Dios. pero mis límites de espectador estaban entonces entre el cuadro de la sacristía y el Cristo de Gregorio Fernández. y en cuya elaboración y maduración nos cogerá la muerte. Pero yo quería volver al cuadro. sin escribirlo. No sé si el adiós a la juventud perdida o el retrato del joven malvado o la crónica de la vida airada. que el arte real y verdadero. Amo un cuadro. con las neuronas. con lágrimas duras y pies labrados. horas perdidas. viendo entre los párpados una zona que no es del cielo ni de la tierra. ese fondo de re-rete. cuidadosamente cortadas e igualadas. con batas de flores sobre sus rebecas negras. a hundirte en el légamo caliente de la vida. aquel Renacimiento de sacristía. espejos pentagonales con un trébol grabado en cada ángulo. pero mi vida. y que se podía ir hojeando mientras uno apretaba el intestino. aquel barroco para el que las beatas. y ya supe entonces. tan pronto y para siempre. habla doras y menudas. Había que ganar la lucha por la vida. y en otra habitación estaba yo mismo. pero aquel Cristo sólo se me hizo humano la noche en que al abuelo le vino fuerte la bronquitis y las mujeres de la casa le tenían desnudo y le ponían ventosas en el pecho grande y viejo. yendo a mear de vez en cuando. desde entonces. y miraba con los ojos entornados. penumbra. o gritar horrorizado. En Goya y en Picasso hay caballos así. mi futuro estaba en aquel mundo complicado. el mensaje oloriento de la cocina. sobre el que se clavaba. que es una alegría y una bendición de Dios— y la música de las radios y el lenguaje didáctico y suficiente de las televisiones. y lo siento por el abuelo. nunca. entraba el rumor de la ciudad. sillones de cuero sintético en el recibidor. a lo mejor. y las mujeres de la pensión. con dolor de estómago o de corazón. O bien las pensiones con espejo en el armario. como lo del cuadro.) Pensiones de sombra. haciendo los crucigramas del periódico. pero que tenían un caballo blanco y virginal que triunfaba de todas las beatas. pero en las pensiones se adensaba la verdad de la capital. oleaje de los coches. unos hombres. también solteronas.

su irregularidad y su insolidaridad. las lagrimas pueriles. Camas con historia. como hijas de notario. camas que nos expulsaban hacia la calle con su dureza. y fue la gran potencia orinadora que podía calentar las manos. íntima. que fue alcanzando frondosidades de placer. nunca querían huéspedes camastrones El sexo. en el ir y venir de los huéspedes. Un árbol nunca visto de deseo proliferación apuntaba en el alma. urgencias de dolor. y fue cobrando agresividad y fuego. y el historiador de derechas estaba paredaño del historiador de izquierdas. Parece que la vida va a ir por un camino y el sexo por otro. arropado con las sábanas y los edredones que la señora viuda no había tenido más remedio que poner en alquiler. Empezó a torturarse a sí mismo. manipularlo. Digamos que el medio siglo corría ya por su segunda mitad y el espejo de la pensión reflejaba a un muchacho borroso. la corbata fatigada. cuando lo que había que hacer era echarse a la calle a ganar unas pesetas. que el engaño se prolongase. sino que era lo secreto. y una vergüenza de salitre nos abrasaba la ropa. Eras el intruso de una vida. estrechos. la boca delicada. aquel interior de flor que cantaba apenas. donde uno dormía mal. irónicamente. conseguida.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 25 individual que una noche había que compartir con el opositor de paso y otra noche con el carcelario recién salido de la cárcel.. y dormías en una cama grande. Camas de buena familia. literarios y teatrales de la ciudad. fueron primero compañeros de pensión. que no hay más que un camino. que la mentira se hiciese verdad. pues las patronas. reguerillo de vida en que más tarde se anegaría la vida toda. antes de echarnos descalzos al frío del pasillo. violado de alpacas y hopalandas. Habríamos querido ser el vástago perezoso y dormilón de una dinastía burguesa. y hubiéramos querido por un momento. Se habían quedado frías de tantos muertos. o demasiado bien. el pelo apaisado. El sexo. la cosa. las últimas lágrimas y el último temblor de chopo intelectual azotado por el viento primaveral del futuro. la planta tímida que gemía de amor contra las tipografías austeras del catecismo.ira noche al señor de provincias. De modo que le quitábamos sarros con la uña. alumbrar. aquella cosa dulce que gemía en la infancia. el traje desvaído. que llegó a proliferar. aquella cosa. deshojarlo. clandestinos. O las camas escuetas y mortuorias de otras pensiones. Nunca una cama propia. y las lágrimas. el usurpador de una intimidad burguesa que las tornas habían convertido en hospedaje. y que ahora se veían prostituidas. en el patio—. familiar. entregadas una noche al extranjero del cine y . los catres con bultos. que es otra . camas sobredoradas y barrocas donde habían dormido y engendrado los mejores matrimonios del barrio. N nos habían dicho que había que lavarlo. en la escuela fría de posguerra. camas cuarteleras que nos disponían mejor a la pelea. lo callado. por otra parte. y los que luego. amaneciendo con dosel y estucados. vecinos de alcoba. contra la severidad de las familias y la legión de los pecados. de modo que estábamos poco tiempo en la cama. a desearse a sí mismo. Se tarda en aprender que el sexo es el camino. tan borroso como en la fotografía del colegio —aquella mañana de enero. quemar como un verano o una primavera. quizá. suspiro de la carne que luego sería la carne entera. Las pensiones son los viveros políticos. a la lucha por la vida. Clave del tiempo. doncel de retrete y mujeronas de vacío. aquellas sábanas. Aquello. cuidarlo. su inocencia de ameba. cruzar la calle y asustar a las niñas. coinciden en la Academia o en el Parlamento. aquel secreto vegetal y pequeño. desde que perdió la grao primera de la infancia. Aquello. y te movías entre muebles rococó y finas columnatas. fornicador de vírgenes de lienzo. sintiéndose primogénito de una gran familia. y él se miraba allí las gafas insuficientes. de modo que nos daban más escalofrío que intimidad. con los colchones rellenos de patatas. en las pensiones céntricas y ahogadas escribieron los que escribieron la Historia del país. compañeros de retrete. y llevan dentro todo el resentimiento de café malo y meretrices crueles que los marcó en su juventud. como exhibición. y de eso se pasa al sexo como agresión. pasados los años.

en el espejo. La culpa. Debe desbordar las laderas de la carne. esa herencia literaria y atemorizada que traemos de los siempres La vida es demasiado buena o demasiado mala. y pasan de contrabando un nido de víboras. por llevar oculto un monstruo o por llevar erguida una flor. No cuesta nada porque no sirve para nada. urgirlo. los ojos por los que he visto el mundo. sino sólo iluminar el mundo. qué silencio varón emana de él. los ojos que me miro y que me miran. No era un enemigo que llevabas en la carne. heroico de pieles. justificarla con miedo o recaudarla en actos. y por eso queremos domarlo. ninfas y reptiles. que ya no es una moneda ni un arma. Luz a los rosales. ni un mal. me viene cuando trabajo. clandestino. con heredada sensación de deuda. vegetal y lírico en la penumbra del futuro. El exterior me conforma a través de los ojos estoy lleno de lo que he visto. por mujeres oscuras. que tiene vocación de flor. sufre mucho con su encarnadura de monstruo. metafísica. De modo que fue pasando. Pero el sexo. Nos han enseñado a decidir que sea reptil. Pero los ojos. el perdón. ni un secreto. en préstamo. que es la vida. su plenitud. seguros y luminosos. El sexo es una flor o un monstruo. pespunteó el mundo. Se puede optar. Pero el sexo. de lo que he mirado. sufre con estas fragmentaciones. Casi todo el mundo opta por el monstruo. lo hostiga. Un rosal o un reptil. que es uno. en seguida. Es lo más caro que tenemos. Era la fuente cegada que habrías de convertir en fuente serena. es la manera de cobrarse en sexo la vida. Luchar contra él es hostigarlo. lleno de recuerdos. ha perdido su calidad de arma y su rubor de planta. Tardaría en ser la flor violenta de las primaveras interiores. Hizo su biografía. Luce inocente en la carne con su salud de émbolo o de tigre. y florece maduro. sino de dejar que los manantiales del ser corran libres y coloreen el mundo. iluminarme. somos nosotros. sitiarlo. pleno. La vida hay que pagarla. manos de sangre. Pero se nace con conciencia de débito. una orquídea alegre. la inmortalidad. .Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 26 forma de sufrirlo. en la vida. qué paz. Renunciar al sexo. ¿Por qué no dejar que sea rosal? La gente vive con su reptil. con sentido de culpa. lo hemos convertido en rehén. Miro mi sexo. la vida misma. lo esconde. y cuando ha bañado plácidamente el mundo nos deja serenos. lo alimenta o lo mata. mis ojos. Qué seguridad. negociadora. mas hoy está dueño de sí. se haga alma. No sabe que la Historia conspira contra él. sangres. el silencio de toda una tarde. Dejar que la invasión del cuerpo se consuma. por los que el mundo se ha asomado a mí. Tardaría en navegar dulcemente las aguas rosa. noches. o mortificarlo. la invasión pacífica y placentera. Qué difícil y qué tarde la asunción del sexo. para que todo el sexo. Que no quiere comprar la vida ni la muerte. que el sexo no es una moneda. Hemos amonedado el sexo. que soy yo. Podrían pasear por la vida un lirio vivo. enfurecerlo. agotarlo. La vida es gratuita y eso es todo. No hay que pagarla con sangre. que sirva para comprar algo. ni forzar nada. con su cloaca. Podemos nosotros decidir su naturaleza. el mal. Hay que prestarse a ella y dejar que se haga con nosotros. Gratuita en todos los sentidos. es la manera de pagar la vida con el sexo. su verdad. o llenarlo de culpabilidad. El sexo es la moneda con que hemos decidido pagar y cobrar la vida. por la floración temblorosa de las enfermedades y el percal eucarístico de las novias. que no se trata de una contraprestación. poner claridades dentro de la sombra femenina. Un rosal vergonzante en seguida se queda en sólo sus espinas. Pero eso no lo enseñaban. que todo el cuerpo se haga sexo. liberado ya de su condición mercantil. y eso les sale a los ojos en la cara. Utilizar el sexo. Algo va a crecernos en el cuerpo. el tiempo de tina mujer. Nunca aprenderemos que la vida es sexo. Miro mi sexo. la aceptación. dentaduras. cuerpos velados. acarrear luz a la luz y noche a la noche. No hemos aprendido la gratuidad de la vida. es el Nilo que llevamos en el alma. Cuando aprendamos que la vida es gratuita le perderemos el miedo sexo.

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Ojos castaños, un poco achinados, antaño, ojos cansados, hoy reducidos detrás de las gafas, ojo izquierdo con menos luz, que matiza y precisa mejor lo pequeño, el hormiguero de las letras, en un libro, ojo derecho, más activo, agresivo, más cansado y congestionado, por el que ha ido pasando, doliente, toda la cultura del mundo y se ha quedado en él, embotada, escociéndome, como otras veces he dicho. Hilvano el mundo con los ojos. Ojos que imaginan cuando leen que ven lo que crean con su lectura, que ven incluso lo no visible y le dan precisión plástica a los conceptos, a los pensamientos leídos. Los ojos pastan en el libro y a veces, al cerrar el libro, los ojos se quedan dentro, como hojas frescas, y ando ciego por la vida, sin ojos, sin ver el mundo, porque los ojos siguen mirando lo que han leído, se han enterrado en letra impresa. Luego, cuando soy dueño de mis ojos, miro con ellos el mundo, y los paisajes vienen a los ojos en remolino. Cuando uno es consciente de sus ojos, es como el mar mirando el mundo. Los ojos son lo más acuático que nos queda de haber nacido del agua, y cuando (un hombre mira la tierra firme, la montaña, es siempre una criatura del mar, es el mar-criatura quien contempla la sequedad mortal del Maneta. En mis ojos vive siempre una mujer. La mirada es la única forma de posesión completa, total. Ver vivir a la mujer, verla moverse, dentro de una armonía que la circunda, tenerla apresada en la retina, en la pupila, sin que ella lo sepa. Cae el cuerpo de mujer desconocida en el círculo del ojo, y vive en él, sin dolor, lo habita dulcemente. Mirar a la mujer. El tacto es ciego, el olfato es galopante. La boca es frenética. El oído es torpe. Sólo el ojo alcanza la totalidad. Reconstruir una mujer a partir de su voz, de su contacto, de su sabor, de su olor. Eso es la imaginación. La imaginación es el vuelo de un sentido a través de todos los otros. La imaginación es la sinestesia, el olfato que quiere ser tacto, el tacto que quiere ser mirada. La imaginación nace de una limitación. La mirada, quizás, es menos imaginativa porque posee más. Pero la mirada necesita imaginar lo que ve, redondear y colorear el cuerpo de la mujer, acercar lo que está lejos, alejar lo que está cerca. No basta con mirar. Hay que sobremirar, sobrever. Hay que interiorizar lo que está afuera y verlo hacia adentro. Mirar a otros ojos da miedo. Los ojos queman los ojos. El mal de ojo, decían los antiguos. ¿Y qué es el mal de ojo sino los ojos del mal? Los ojos se refrescan mirando el mundo y se queman mirando otros ojos. Nada nos abrasa como una mirada. La mirada del odio, la mirada del amor, la mirada de la pregunta. Sé que mis ojos pueden incendiar el mundo. Sé que otros ojos pueden incendiarme. Sólo otros ojos. Unos ojos de mujer. Los ojos son espadas. Espadas en alto. En el amor, los ojos son lagos que se comunican, que se trasvasan. Ojos de mujer y de hombre. Pero en la vida vamos agrediendo y sangrando con los ojos, por los ojos. Fósforo de ojos, mirada fosfórica, el brillo de los ojos en la oscuridad del cuerpo, ojos fluviales en la sequedad de la carne. Peces, los ojos, que navegan por la luz o me navegan el cuerpo. ¡Ah!, la agresividad de los ojos. Los ojos, arma blanca. Aprender a mirar los ojos, a mirar lentamente, profundamente, aprender a escuchar con los ojos. Nadie puede soportar la interrogación del silencio, se ha escrito. Nadie puede soportar la interrogación de los ojos. Los ojos nos descubren y nos encubren. Cuánto tiempo tarda un hombre en ser dueño de sus ojos, cuánto tiempo he tardado yo en habitar mis ojos, vivir en ellos, poblarlos. Porque generalmente huimos la región de los ojos, demasiado clara, y nos agazapamos en los sótanos del cuerpo. Hay que irse a vivir a los ojos como a lo alto de la claraboya, a las claras buhardillas de la casa, a los cielos del cuerpo. Estar en mis ojos para que se me vea y para ver. Instalarse en los ojos como en las estancias más soleadas del cuerpo. Mis ojos, que han visto el mundo, reposan en una carne de mujer, de mujer desconocida. Bajo el

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sol, entre la sombra, lejos o cerca, ese cuerpo de mujer cuyo espesor deducen los ojos, esos miembros que hay que mirar hasta que pierden coherencia, sentido, convencionalidad —como lo pierde una palabra muy repetida—, y son ya sólo forma libre, volumen gratuito, pulpa de vida, existencia cuajada, materia involuntaria, alimento para el ojo. Desencantado de lo profundo, resido en mis ojos. Ha venido el verano y se ha llevado al niño hacia otros soles, hacia otros veranos, arboledas de sombra en que se me pierde, tan amenazado siempre, playas desvariantes, mares que le acogen en su gran barba blanca, en su vejez clamorosa como una eternidad. Niño mío, hijo, fruta fugaz, manzana en el mar, siempre lo he dicho, milagro instantáneo, doblemente imposible, estoy aquí, en el desorden de tu ausencia, entre los colores, animales, objetos, hierros, ruedas y seres de tu mundo, tan muertos sin ti, juguetes de un sol solo que apenas los roza, y me mira tu ausencia desde todas I paredes, encarnas en fotografías cuando halago el tacto de la nada. No estás. Si algún día no estuvieras del todo, niño, cómo sería eso, cómo sería el mundo, todo él cuarto de juegos abandonado, planeta infantil vacío, el universo reducido a la ausencia de un niño. Voy y vengo ahora, con mis tropelías de adulto, entre la quietud de toda tu actividad. Tropiezo cosas que dejaste caídas, deshago con los pies, involuntariamente, un resto de tu juego interrumpido, y la pizarra me mira con su negror, pero tomar una tiza y escribir en ella una letra o dibujar un lobo, sería convocarte, estremecer el mundo de ondulaciones, y no me atrevo a hacerlo. Qué callada la casa, sin ti, qué madre la casa, qué útero sombrío recordándote. Tu ausencia queda dibujada en un orden que es un desorden, y el flash de otros veranos fija en las paredes tu brevísima biografía de osos, playas, disfraces, mares y desayunos. Los leones más fieros, los pájaros más metálicos remiten ya a ti dulcemente. Tu secreto emparentamiento con la selva llena de ternura las fieras de las revistas, y te recuerdo más violentamente cuando un animal pasa a mi lado, aparece en una página o se escribe en letra impresa. Con eso basta. Los animales, para la infancia, son signos, un leopardo vale por una letra y una jirafa por una palabra. El lenguaje para entenderse contigo son los bichos, y yo hablo gustoso ese lenguaje por que tú me entiendas, por entenderte. Ni mimos ni enseñanzas ni diminutivos. Es natural el niño porque maneja cosas, mejor que ideas, porque para él no existen las ideas. Las cosas mejores y más vivas son los bichos, de modo que tu lenguaje está hecho de ellos. Eres puro porque jamás has formulado una idea, aún, y discurres con objetos, te mueves entre realidades y te expresas mediante patos salvajes y lobos amigos. Fauna convencional que hemos acuñado para ti y para mí. Con la presencia de un perro en la calle me viene lo que tienes de perro, hijo, lo que tienes de bestia natural y directa, de ser errátil, y no hay nada como el parentesco de los niños con los animales, ese niño secreto de los ojos del gato, esa fiera rosada de tu cuerpo. Estoy aquí, transitando la ausencia de un niño, pulsando la soledad, y me siento gigantesco y melancólico en el mundo menudo que él ha dejado. La melancolía de los gigantes, sí, me invade a los pies de lo pequeño, y quiero que el niño vuelva para que le vaya dando cuerda, desordenadamente, al reloj-búho y a todas las cosas que, a su paso, se llenan de ojos y reojos, le miran y hacen tic-tac. El mundo hace tic-tac cuando juega un niño. El universo es un tic-tac de luz y sombra. Tengo miedo, ahora, de tocar el desorden frágil y abandonado de tus juegos, hijo, porque no se me desmorone el alma y por no rectificar el azar sagrado de tu vida.

Francisco Umbral

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El olfato, los olores, ese mundo complejo que se aleja y se acerca, todo lo que yo he disfrutado con la pituitaria, mi entendimiento del mundo como olor. Con los ojos cansados, con el tacto seco, con el gusto saturado, con el oído torpe, se me aguza siempre el olfato, porque un sentido puede suplir a todos los otros, interpretarlos, poetizarlos, y digo ahora el olor de un pelo de mujer puesto a secar al sol. Cuando no tengas fe ni yerba de ayer secándose al sol. Fe, no me queda demasiada. Cuando no tengas un cabello de mujer secándose al sol. ¡Ay! Cambiar mucho de colonias, para que el olfato no se sature. No es un lujo el perfume, el agua de colonia. Oler es una actividad poética. El olfato es quizá el sentido más lírico. «Perro como yo», titula Malaparte un poema en prosa sobre los olores y las capacidades olfativas del perro. Todo lo que nos perdemos por no ser perros. Hay que dar los olores en lo que se escribe. Antes, cuando era; un escritor joven y responsable, quería describir minuciosamente las situaciones, los lugares. Luego comprende uno que basta con dar un olor o un color. Al lector le basta. Al lector le sirve esto mucho más. Dice Baroja de una calle que era larga y olía a pan. Ya está. Un largo olor a pan. Para qué más. El arte descriptivo, minucioso, es pueril y pesado. El arte expresivo, expresionista, aísla rasgos y gana, no sólo en economía, sino en eficacia, porque arte es reducir las cosas a uno solo de sus rasgos, enriquecer el universo empobreciéndole, quitarle precisión para otorgarle sugerencia. El olor de mi hijo, el olor tierno y callejero de los niños. El olor de un libro, el olor de cada libro, ese enjambre de abejas tipográficas que nos marea y nos fascina cuando hundimos en él la nariz. El olor de una mujer, cada una con su olor. Los seres tienen aura, que es el olor. Por el olor somos mágicos. El olor es lo único que no puede poseerse, es la fragancia de una personalidad, y por eso desasosiega trastorna. Drogarse de olor. Nada me excita y me predispone a escribir como un olor nuevo, profundo, grato, sugerente, punzante. El drogadicto es un incapaz. El mundo es la gran droga. Todo estimula, todo alucina. Los alucinógenos son una falta de imaginación. Los que sufrimos la alucinación constante de la realidad no necesitamos alucinógenos. Adónde puede llevarme un olor, hasta dónde. Schiller olía una manzana para ponerse a escribir, dicen. El otro ojeaba el Código Civil. ¿No sería olerlo, lo que hacía? ¿No sería que se drogaba del olor de la letra impresa y apretada del Código? La literatura y la pintura son vertiginosas porque huelen. El olor a vinagre de la tinta de la infancia. El olor acre y selvático de los libros. El perfume fresco y denso de la pintura, la fragancia de los colores, que deben mirarse con los ojos cerrados. ¿Qué es lo que le falta a la pintura de los museos? ¿Le falta intimidad, actualidad, autenticidad? Le falta el olor. La pintura muerta ya no huele, ha perdido una de sus dimensiones, porque la pintura tiene tres dimensiones, y la tercera es la olfativa. La música no huele. Por eso, quizá, no me dice nada. El olor y el sabor, tan unidos, son las claves más íntimas de la vida. Hay que gustar todo eso con los ojos cerrados. Mirar una cosa es exteriorizarla, pienso ahora. Hay que ver sin mirar. Hay que oler. El olfato, quizás, es la mirada del alma. Escribo este libro en verano, cruzado de mares y viajes, pero quisiera entrar con él en el invierno, quisiera que se crease de climas y fríos; que la vida pase por su fondo, que sea un libro practicable, no hermético, no cerrado, no completo, sino disponible y meteorológico. Escribo este libro en verano, con huidas al mar, con caídas jubilosas en la naturaleza. El verano es lírico porque tiene un tiempo más grande, es «la estación total», y la duración de sus días es como un amago de eternidad que nos glorifica un poco. El verano es el único trasunto posible del

Caigo a veces sobre mi propio pecho. todavía erguido. Pecho todavía fuerte. Escribo este libro en verano y le dan todas las luces del día. y tengo en los ojos un brillo de hachas venideras que lo van a talar en el bosque del porvenir. un faenar con el presente. que se ha adensado de nombres. El clima y sus variaciones son la única biografía universal posible. . pozo inverso en cuyo fondo canta un corazón que antes arreglaba relojes y ahora colecciona guijarros. mi libro. como el verano. Sucesivas iluminaciones concéntricas. Se ha ensanchado el pecho. la hospitalidad de mi pecho. hélice de palabras y pelos.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 30 paraíso perdido. si es posible —cruzando túneles— hasta otro verano. Me exilio de la cultura en el buen tiempo. curado de alusiones literarias. el único en quien ella vive. que espera la muerte como la esperan las maderas. y gimo. mapa de mi vida. porque un libro debe ser un cuajarón de tiempo. escritores con pipa y horas laboriosas. con el cansancio de mi cultura y la de los demás. a dormitar un cuento o narrar un sueño. Cada verano. se nos replantean los viejos mitos. enorme. Dejo la mano en mi pecho y hago amistad conmigo mismo. La novela es fruta de invierno. la humilla con su esfuerzo y su sudor. y corren por su musgo las lagartijas de los días. como en un enlosado viejo y tibio. El libro. El poeta la envilece de metáforas y el cazador. La naturaleza se la han repartido los poetas y los cazadores. y me dejan una pesantez de flor en lo que tengo de tumba. de años. se vuelve sobre sí mismo y lo olvido. soportará en sí el girar del tiempo y las palabras en torno suyo. No tenemos otra referencia. o una boca. abandonado todo a la inocencia de sus colores. una concentración de vida. y donde ahora se hunden los aceros del tiempo. Presiento su decadencia. Ahora. Luego. la libertad de un cuerpo. sometido al eterno retorno de las estaciones. No hay otra resurrección de la carne que el verano. En el verano vuelve a ser el pecho una proa a la que acuden mares del cielo. Qué difícil rescatar la naturaleza de la cultura. Estío es eternidad razonable. la rotación del libro y del mundo. como finas raíces. Caigo a veces sobre mi propio pecho. Pecho adonde viene mi hijo con su cabeza leve. con los años. Verano es duración. mi hondura de tronco vivo. fiebres ni interpretaciones. es el único que la vive. me rueda la cabeza por la batana de raíces que es el torso. como al principio de nuestra vida. descubro que esto no es un final. Tampoco la anotación puntual de los diarios. Ahora. sino un principio. claro y limpio. Al principio. el vuelo asustado de las aves que lo habitan. que es el hijo. sin mitos. las puertas abiertas. con la vuelta a la naturaleza —siquiera sea una vuelta amagada y tímida—. o las aguas oscuras y verdes de la sangre. y debe hacer mucha vida en la calle. un vaso sencillo y hondo. se desvae la erudición. Ni creador ni hombre de presa. es cuando el mundo se me abre solo. Sólo el contemplador lo consigue. el mar era mar y el cielo era cielo. sino en el tiempo. Pasa el tiempo. ignorándola. la caída de sus hojas. Va uno pasando de los libros a la meteorología. debe tener las ventanas abiertas. pero en invierno se cierra. lo fuimos poblando de referencias ajenas y fiebres personales. el deportista. como todos los exiliados. humo lento y crudo que me puebla. el que ha llegado a contemplador puro. con la cultura. y donde han dormido despiertas las mujeres que querían escuchar mi interior de árbol. caen en él. lucha quieta y eterna. de habitaciones cerradas. conflicto de mi torso. hasta agotarlo. el pequeño pivote. No. nos baja a nosotros la fiebre creadora y la naturaleza vuelve a ser. Y el pivote del libro. Todas las teologías están hechas a imagen y semejanza del calendario. La anchura de un hombre. Qué difícil la contemplación. esa burocracia del sentimiento a que se someten algunos escritores. que se ha hecho hondo con la vida. y a veces una mano de mujer. ¿Por qué no una novela? La novela es un compromiso burgués. rueda de instantes. el que se ha licenciado de roca o tronco de árbol. Llegar. El pecho. pero habrá que exponerle también a otros temperos. Pero es bueno retardar el regreso. monsieur. armonioso y tosco. llenándose de pupitres interiores. llamas y ramas que combaten en mí. Claro que sueño con volver. El paraíso perdido no está en el espacio. que en la adolescencia fue tenue y pasajero.

Pies delgados. las arritmias. Marfil. los ojos que duelen. ascendiendo siempre. el vientre que sufre. Nos vive ella a nosotros. su polvo. como el ciclismo. adónde nos lleva. Decirlo una vez más. las amueblas. pero eso sólo de vez en cuando. Pies de pianista. con frío y sombra. los oídos que pitan. La cabeza que suena. modela sus lechos. vidrios del día. esto que he escrito alguna vez a propósito de las manos y escribo ahora a propósito de los pies. pared maestra. el vacío encallado. hielo sagrado del hogar. al pie. peldaños. los cuadros. las habitas. ascendiendo. sombras y claraboyas. pies que viajaron tanto. en mis manos hay un escritor cansado. tosían las madres. entregada a qué corrientes submarinas. sí. lo cual ya debiera hacernos sospechar de Juan Sebastián Bach. telas de la costumbre. y de la que ya no vas a salir nunca. hélice polar del barco helado. muro de letra impresa que ha modificado la estructura de la casa. Sería otra prosa. oscuros y perdidos. engrosa sus paredes. cartero. navío encallado. buque fantasma en los mares del norte. los vértigos. los enfisemas. viajes. que subieron escaleras de sombra hasta el crepúsculo. el barco bacaladero en que nos hemos quedado para siempre. tu casa. más lento y terreno. novedad y silencio. la tos. Viaja la casa. pies de pianista. la rueda caminante que me lleva. concluyo de esa manera repartida y minuciosa. la casa. Entras y sales en ellas. las caries. nos habla con su boca de fuego. los libros. llegando matizadas y enriquecidas. carcomas. libando muerte. efectivamente. el miedo. cerámica del pasado. y podría escribir con más pureza. Estamos vivos de milagro. y ese hormigón con que se pegan las páginas de algunos libros . secos y polvorientos. ocioso. Apenas los veo ahora entre el farallón de los libros. desplazándose cuando dormimos. a través de noches. los fogoneros de ese submarino astral. como esos inválidos que traen las revistas? La mano ha matado. La salud es un delicado equilibrio de deflagraciones. la garganta que escuece. Porque vives otras casas. las paredes. el rumor de la nevera. el insomnio. Que las ideas pasasen por todo el cuerpo. noches. Escribirlo una vez más. pero en mis pies duerme un escritor inédito y original. maderas de la constancia. se nutre de nuestra presencia. sus sombras. ahora. Cómo se adensa la casa. cómo proliferaron. otro ritmo de escritura. tan lenta. va pareciéndose a nosotros mismos. mi casa. como se dice manos de pianista. porque también los pianistas tienen pies y los usan y la música es una cosa que funciona a pedal. ésa que teje en seguida en torno de ti su silencio. flor de cemento y música en que vivimos. cómo crecen los libros en la casa. en realidad. Pero un día encuentras la casa. las infiltraciones hiliares. Lo científico sería morirse en seguida.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 31 Y termino en mis pies. los pies del niño viajero. La casa que empieza a cerrarse como una tumba en torno de ti. nos cuenta el tiempo en relojes. ¿Por qué no escribir con los pies. la que te esperaba. orientada siempre hacia el Norte. La casa. y ese cabeceo de planta o de barco que tiene a veces. ¿Adónde va la casa? Los libros. porque diariamente crece. y algo te dice que no son tu casa. que me han acompañado por pensiones. escaleras interminables por donde iba mi infancia mientras los parientes morían. maderamen. años. nevaba la vida y florecían libros en mi ignorancia. un día da su proa a soles vivos y otro día a mares del cielo. El pie es virginal. caminos. carabela varada. está maleada y fatigada. palidez y cansancio de mis pies. otro estilo. La casa. por qué no decir pies de pianista. se cierra. recadero. Adónde va la casa. aquellos primeros libros de la madre. es la bodega altísima de un barco que va por el cielo y somos la tripulación oscura. no se está quieta. motor de la vida. su tiempo. en la chimenea. a la que volverás siempre. mis retratos.

una naranja me devora por dentro. dónde está cada uno. los desordeno. su olor a engrudo y memoria. . Todo canibalismo es una asunción. puede venirse abajo toda la construcción y demolernos. Necesita de mí para transformarse en otra cosa. o puedo mirar y olvidar mis propios libros. su silencio en la noche. Comer una naranja. creo en la naranja. naranja otra vez. porque el paso de la vida es el irse convirtiendo uno de poeta en bibliotecario.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 32 que no volvemos a leer jamás. y cuelga ya. Puedo abrir un libro y encontrarme dentro de él. Cómo escapar a los libros. que estaban empaquetados en la naranja. Me olvido de su distribución. rectángulos de ignorancia y obstinación. La naranja me ha iluminado los interiores como un sol en gajos. Para no verlos. que la habían hecho posible. y crecen. y sé. esa sustancia de celulosa y oro que rodea y limita ya mi vida. y ha quedado ahí la ese rosa y blanca de su cáscara. Me como una naranja y tengo un día anaranjado. y siglos de experiencia. para no sentirlos. Nos amparamos. en una pared de tipografía que nos resguarda de los vientos de la vida. al final de los tiempos. En rigor. Se reparte su sabor. Qué nalga breve y pugnaz del mundo acaricio en la naranja. Si hay que creer en algo. ya. porque uno no es sino la señal de lector puesta entre las páginas de la novela de la propia vida. descortezar el mundo. desvendar el seno de una momia adolescente. pero los cuido. por todo mi cuerpo. del mundo. celda de papel en la que uno va siendo el monje de sus propias religiones heterodoxas. Toda depredación es una redención. Son el enladrillado de mi alma. y aprendo más de la vida. Llevo ya dentro un fanal anaranjado. Los libros respiran. La marea de los libros. desvendar el seno dorado y egipcio de una adolescente. los ordeno. que en todos los libros de Kant y Platón. como las flores. su química. los que yo he escrito. gracias a la naranja. decantación. cajas de puros sin puros. sabiduría. Pelar una naranja. del tiempo. su olor. Tomar un libro es como quitarle un ladrillo a la muralla. azúcares metafísicos y veranos líricos. Voy a comerme otra naranja. nos van secando el aire. del árbol dorado de mi vida. licores. abro un libro y leo. para sobrevivir. pero ellos solos se barajan y vuelven a su geometría lógica de biblioteca. sin querer saberlo. y nos van matando.

gritos y gambas. el escándalo de la barra. como un reptil dormido que respira o hace la digestión. directa. con los órganos genitales. En la puerta hay inscripciones. en el ataúd vertical y acondicionado del retrete hasta que la palabra water se disuelva en el aire. mi vida. trabajando la madera de la puerta. tan servicial. cada mañana. porque escribir . me aísla. y afuera el rumor de la ciudad. o la conversación de dos parroquianos. pero todo eso ha quedado fuera. la vida. tan soso. en un inodoro conocido o desconocido. y todo el torrente del idioma pasa a través de algo. una pe demasiado grande. por lo espontáneo. dejo que fluidos oscuros. el uno o el otro encarnados en mí. que no cierra ni abre nada. aquí sólo es una puerta de verdad. como un carpintero o un antropólogo. se llena uno de beatitud y de pronto comprende que no está oyendo nada. Petri. y las cañerías. salir cargado con ella. la emoción que tiene el tiempo fragmentario de la gente. sentado en la taza. silencio y rumor. sintiendo cómo la vida se detiene. instaura una individualidad que no tengo. Qué poco dura el amor. todos juegan a imitar la casualidad de la vida. un grifo cerca del suelo. por donde asoma la crudeza de la construcción. ya es bastante haber visto. la cultura. terminadas de cualquier manera. el rastro de toda la tribu defecadora que ha pasado por aquí. en un clima de nalga. el tipo empezó con entusiasmo. el polvo y la puerta. de alguien. el gusto decadente por lo popular. quemaduras pequeñas. qué exquisitez. vamos a ver si nos dan de comer. y yo aquí. mirando la bombilla negra. haber sabido ver el arte que hace la vida. de gente. una catástrofe de cisterna que todo se lo lleva y echa de nuevo sobre mí la actualidad. y al final se ha liado a dibujar ligeramente las letras con la punta del arma. ahí fuera. aseos los llaman en algunos sitios. la torpeza de unos órganos genitales que parecen pintados. buscando más huecos. llevarse la puerta. Petri. un aglomerado de realidad. tres cuadraditos de cal y yeso y pared y tiempo. marcas de bolígrafo. estos relieves. Klee y Mondrian sentados en la taza. efectivamente. Y escribo. me siento a la máquina. pero también se ha cansado y se ha ido. sin ahondar. pero a lo mejor perdura el rumor del bar. me entierra. tan maltratado. madera artificial sintética contrachapeada que me separa del mundo. divide el tiempo. la catarata ruidosa. transportar el tablón por las calles. con grandiosidad que luego desfallece en las otras letras. quieto. que constituye mi soledad. alguna alusión política. Hay que quedarse así.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 33 Algunas veces me quedo dentro de unos servicios públicos. orín. uno quisiera llevarse estas puertas de retrete. de mediodía. manchas marrones. Puedo desencadenar la caída de las aguas. el rollo de papel higiénico. las tuberías que tragan agua de vez en cuando. tres huecos de una simetría casual y natural. en el baño de casa o en los servicios de una cafetería. nombres. luminosidades de la noche asciendan a mí. y que llevo un hambre que no veas. mirando el juego de cuadraditos. que ya no existe. Una sexualidad elemental. confusa. si le pones una firma puede valer mucho dinero en una sala de exposiciones. la geometría deficiente. que la ciudad se apaga. gris y vivida de la pared. mientras dan suelta a su ácido úrico. ese buche de agua negra que pasa por la garganta de la tubería cada cierto tiempo. crueldades. de distancia. por lo enigmático. más cuadraditos caídos. aseos pone encima de la flecha indicadora. o de pie. tres azulejos caídos en algún sitio. un nombre de mujer. Paredes de azulejo muy menudo. mientras el mundo desaparece afuera y sólo me envía olores de guiso. O hubo algo más urgente. Alguien ha querido perfeccionar la tarea grabando otro nombre a navaja. roturas. ese arte que ahora se ha puesto de moda.

luego. un bosque. cuando leo me es nítidamente evidente el que escribió. habré trabajado. ¿Qué hago yo con un libro en la mano ¿Qué es un libro? Un objeto rectangular. como los ilusionistas del cabaret. Dicen los modernos lingüistas que no hablamos una lengua. el sol sobre la escritura. porque tienen voluntad de poder y porque les parece más lucido. entra ya en la mera profesionalidad. una sucesión de signos monótonamente ordenados. hace su lino de ideas. la transparencia. El libro es sólo el pentagrama del aria que ha de cantar el lector. pedía el poeta— para que el mundo pase a través de tuno configurado como discurso. y todo el resto del mundo es incógnito. El mundo y la escritura se intercambian reflejos. la sombra del tío que está encima. entre dos fuegos. extenso en círculo de sombra y nada. Es mi forma de transparencia. Escribir es una prestidigitación en cuanto que consiste en desaparecerse. habré disecado el mundo y la palabra. Hay días en que se levanta uno transparente. Sólo que no es algo externo. El hombre. Sobre todo. Si no tiene sombras es poesía. contra lo que se cree. echan su sombra de sombrones encima de la prosa. Puedo tratar de dominarla. una idea. cuando el mundo se reduce al redondel de luz de la lámpara. El mundo se hace lenguaje en ti. la levitación. El éxtasis. esa ninfa de luna que revolotea en torno de los poetas profanos. Sólo una cuestión de trance. El espectáculo de su laboriosidad está siempre detrás de lo que hace. Sólo somos dueños de aquellas sensaciones que no tratamos de racionalizar. se encuentra opaco. el que . empieza a trabajar para mí. Casi todos optan por el pendolista. Hay que hacerse transparente —la transparencia. Si no se encuentra usted transparente. como vemos funcionar a los teletipos. Hay días en que el ilusionista no está en forma. el prosista. que la lengua universal hable por mí. tiene que elegirse transparente o pendolista. Pues claro que existe la inspiración. pero nada más. respirando un aire suyo. no escriba. de esa tipografía hormigueante y seca. Leer es crear. el acertar a desaparecer entre la escritura y el mundo. Escribo por el placer de desaparecer. Váyase a la compra y hágale los recados a su esposa. De esos signos. Los surrealistas. abro un libro y quedo ah preso en la luz. Peor que echar borrones es echar sombras. así como leer es algo activo. de modificarla. la transparencia. como la curva que adopta el agua en una jarra. un mundo suyo. receptiva. leyendo. sino que la lengua habla a través de nosotros. y yo estoy en medio. Todo lo pongo yo. La inspiración es la comunicatividad. Escribir es perder peso. se queda en el sitio. El escritor tiene que dejar pasar la luz del mundo sobre la cuartilla. Puede haber un trabajo de amanuense. Y entonces habré construido algo. La noche es un mal músico que afina y desafina su instrumento. no hicieron sino exasperar la única escritura posible. Qué insoportables. intentando la escritura automática.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 34 es tuna cosa pasiva. un hombre. voluntarista. Escribir ausentarse. una caja practicable. de ordenarla. desaparecido. No hay más que pasar de vez en cuando y arrancar la hoja. En la noche. no escribir. no echar sombra. mi hijo duerme cerca. En el libro no hay nada. El mundo se describe a sí mismo. en mí. a los mares fríos de la mañana. Es el río del idioma lo que se pone en movimiento cuando me siento a la máquina. Si no hay transparencia no hay escritura. ¿Y el estilo? El estilo es la modulación: que toma el lenguaje al pasar por nosotros. Me es ya muy difícil leer sin estar viendo constantemente al obrero que pone ladrillos estilísticos ante mí. creativo. lo creativo. mis setenta u ochenta kilos. el escritor. El que luego le reconozcan a uno por lo que escribe es otra cosa. La inspiración. Todos hemos querido ser invisibles alguna vez. Así como cuando escribo desaparezco. duerme como en el vientre de la ballena de la noche. esperando a ser devuelto por la boca. y entonces conviene aprovecharlos para escribir. es leer. Casi todos los escritores estorban a su obra. luces. en la anécdota cultural. Lo activo. Un adelgazamiento súbito. El mundo se expresa a través de mí. ordena su telar. mi imaginación levanta un mundo. ese rayo de luz que baja del cielo en los cuadros místicos. sin peso. Yo leo. y continuamente salen volando pájaros de entre las páginas del libro. Que el curso de las cosas me lleve. La prosa es prosa porque tiene sombra. intacto. el pensador. de astros y fábricas. Dios. de palabras. están delante de ella. Abro el libro y mundos dóciles vienen a mis ojos. devorado y resguardado.

el espectáculo del hombre trabajador. una tuerca o un surco. vemos más al hombre. paraíso menor con estrellas altas. A cierta edad. Me he parado a ver trabajar a un hombre. moviendo su linterna. y todo el silencio que me envía el campo. la soledad de un hombre. del cielo en la tierra. siempre a contracorriente de mi vida.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 35 escribe. y debajo. las ninfas. sino la posibilidad de asistir al espectáculo único de un hombre trabajando. El lector también tiene algo de mirón. Ninfas que han pasado . Toda lectura tiene. lo que quiere es ver trabajar. sus vueltas atrás. noches barajadas. No hay unidad. con su descuido de muchacho y su belleza venidera. al ser leído. poeta de mis años de oro. el sexo y el miedo. está el autor. callado. de espaldas a la ciudad. poesía sola. sola. veo venir los nortes y los astros. la pureza. a punto siempre de caer. Hay un hombre que ha querido hacerse su verdad y comunicárnosla. Desaparecer en la escritura y reaparecer. cuando caiga. La ciudad es un chaqué devorado. seria. Ahora. la obra en marcha hacia ninguna parte. y la ninfa de cada atardecer. lo esencial conseguido. se fatiga el lector y le sustituye un mirón que llevamos dentro y que. La gente se para a ver a los obreros que trabajan en la calle. no es lo que se lee. de la lectura. Sólo una paz de barrio y ya es bastante. importan sus caídas. Las ideas pierden rigor. haciéndose una luz que se le oscurece por un lado cuando la ensancha por otro. gloriosamente. cuerpos resignados. más que nada. una copa de angustia. por amor a la verdad. sí. ya. De espaldas a todo. como una figura inmovilizada dentro del hielo. náufrago en el propio mar que él ha creado. De espalda. dulce. su ejemplo de laboriosidad. Sólo el paso minucioso de la muerte por la vida. Hay un hombre que necesita afirmarse modificando el mundo. tiestos regados. ¿Por qué se escribe un libro? Por vanidad. sus olvidos. Las ninfas. la luz se curva en ellas. poeta. el día canta en la estopa adolescente de su pelo. por satisfacción. con sus ojos ligeros y sus bocas de agua. de noche. el ideal. Esa gota. A medida que somos más escépticos sobre lo que leemos. asomado al cielo. efébica y sonriente. Yo era el violinista adolescente que prodigaba su música por las calles cuando ya todo el mundo había cerrado sus puertas y dormía o fornicaba. por pasión ciega y creadora. Las ninfas. Un solo goterón de tiempo. y esta transparencia o debilitación de la prosa nos permite contemplar detrás al que trabaja. que también —ay— es siempre la de uno. mi corazón de viento. De pie en la noche. Hay una superficie de prosa. nada glorioso. las palabras pierden color. Yo le di a la ciudad mis ojos primeros. este doble fondo. Lo apasionante. Está abriendo una zanja de ideas. tengo la raíz de cada estrella. creando con palabras su cesto de mimbres bien trabados. aviones ciegos. Importa —y es lo más moral de un libro—. sus levitaciones. y hay la ninfa de cada mañana. Por amor a la belleza. un libro que he encolado esta tarde. por lo menos. pero no. pasan. pasan. Ya no creemos en las abstracciones. Las barriadas del cielo. la dimensión caída del mundo. Una inminencia sin prisa. Quizá la literatura sea eso. Para no entorpecer la resurrección de la carne que glorifica al autor cuando es leído. porque se estaba deshojando. Por eso no hay que hacer demasiado evidente el esfuerzo del pensamiento al escribir. la que uno puede ver. obsesión de tu vida. Era lirismo adolescente. de silencio. dura. y el gotear lento. quizá. por inseguridad. de espaldas a la osamenta desguazada y luciente de la ciudad. Hay un hombre que vive y muere en su libro. que necesita explicarse el mundo para explicarse a sí mismo. un guante en el barro. será ya el día. se nos transparenta más el faenar del autor. de ideas. el sueño de un niño. este abandono vecinal. Nada acendrado. la incertidumbre del hijo. que siempre es la verdad de uno. a la ciudad. está levantando una tapia de palabras. su ir y venir por el taller de las palabras. no hay bellezas esenciales. Es apasionante un hombre haciendo cualquier cosa: un libro o un tonel.

Sólo quiero esto. la luz dorada que traía en la tarde. se le apaga lentamente. y sólo por eso valdría el amor. la llama rubia que me incendió el tiempo para siempre. niños del atardecer en la ciudad. películas en sus ojos y el gemido salvaje. La vida se me vacía y veo muy claro el libro que nunca escribiré. a pedir medio kilo de algo. un rumor de barrio muy habitado. siquiera sea a intervalos. retirado. profundo. Recuerda a Serena. y las palabras viejas que venían de sus bocas. existo. Lo cuida en sí misma. cuando una mujer. a este estado —la única beatitud posible— de no desear. esperando que yo me ponga en pie para invadirme y llenarme de armas. pienso. en mi existencia. un amor fuerte y solo. tendido. esa paz del atardecer. en atardeceres adúlteros. oigo cantar a los niños en la calle. un perfume de hogar. caído el vuelo. amarlas en altas buhardillas con hedor de patio. esta ocasión humilde en que. el que yo fui. una hermosa disponibilidad. su boca de tragedia y sus manos precisas. que te daban aún su tristeza. la marea alta del atardecer me sorprende. guerrilleros en las paredes. los huecos de mí que voy dejando. náufrago. de clara luz. antes de que los cuerpos sean sacos abultados y mal cerrados. agazapado. alumbrar en su carne de oro y fidelidad. Sólo hay un poco de paz. y saber que una mujer vieja está entrando en una tienda con luces cansadas y legumbres dormidas. tan fieles. y el mundo todo acude a llenarme. El poema se escribe solo en mí y nunca he querido escribirlo. cinta dulce . aparta el espejo en que ella vivía. tenía el cuerpo lleno de hogueras que he ido apagando. el cristal en que me he simplificado. de la tarde. Qué hora de silencio. tristes entre las luces. ser el que desde la sombra acecha sus juegos dispersos de última hora. el silencio y la lucidez del post-coito. antes de que los corazones sean piedras en el fondo del sueño. libros. Los proyectos. mientras demoro mi vida y abandono mi cuerpo. a la mujer. medito. pero ahora. de honda disponibilidad. siempre en una red de medias cosidas. a esa hora del atardecer. rota la tensión. Es un momento de suprema apertura. a cruzar. Cómo creer en nada. cuando todos se han desceñido sus armas y. A mí. por fin. flores de papel. ido el deseo. apenas existo y la tarde viene a llenar. espero. por haber llegado a este puerto de sombra donde nada me anda. mientras yo no existo sobre esta cama fría. estoy entre la inmensidad del cielo y el cuerpo apagado de una mujer que espera. su frecuencia. y podemos escuchar. tan cuajada de desencanto. el clima verde de su cuerpo. escribe su nombre. y levito en la paz. la luminotecnia del cielo y la respiración de los enfermos. de no ser. La mujer. una armonía de vasija. salvo cuando era niño y torpe. escuchar a los niños. El amor. lo restaña. lo mima. su fidelidad. viejos niños de siempre. O las viejas amantes. anda por los fondos últimos de la casa. el ruido de sables. no espero. Las viejas amantes. como un agua sin prisa. al fin. duplicidades tristes. el mundo vuelve a hacer sonar la música lentísima de sus ejes. Cuántas veces. me deja el pecho abierto y los ojos inmensos. cuántas veces repetida. sin romperlo ni mancharlo. el hueco. no sé qué mujer. su costumbre. bulto de vida. Estiro el instante. única punzada entre los latidos de mi corazón. una ropa con sudor de mujer que se enfría en la memoria y huele. la soledad de sus cuartos. ensombrecida o inexistente. una cita de estrellas. y esa línea fina en que se convierte el mundo. no existo ni medito. la melancolía semanal de sus cuerpos. y me acuna. de no estar. que conseguiste. y veo el tiempo. tendido por la enfermedad o el sexo. ardida ya. y ahora. en esta tregua morada del anochecer.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 36 por tu vida. ninfas por las que has pasado. como se apaga un monte. vagamente. ha dejado de ser ella y se mueve como bulto o rumor por la casa. después del amor. la niña lírica con su aura de colegio. Ah. y veo al hijo. todo eso está ahí. el amor me deja una gran oquedad.

la humanidad toda que atiende a su juego. y son éstos los mismos anocheceres de la infancia con miedo y caballos. . y no soy el observador sonriente. salvado en el espacio. sin deseo ni futuro. el tiempo nos va desnudando. los mismos de la adolescencia con enfermedades y versos. Hay una supresión de espacios.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 37 que se desanuda infinitamente. amarras. porque escribir es jugar y jugar es ser niño esencial. soy todo el anochecer tibio y la tiniebla azul en que los niños juegan. el cielo y la tierra. La muerte nos toma niños. A la delicia de no tener nada sobreviene en seguida el espanto de estar disponibles. Pero me quedo así. solos. qué torpeza. sólo quiero el juego. entre el pasado y la muerte. Todo es un ir retornando a la niñez. estéticamente purificado por el sexo (gran purificador de belleza) escucho mi vida reducida a su mínima y última posibilidad. sencillez. una caída de perspectivas. Acumulamos cosas levantando un baluarte contra la muerte. el girar del planeta por toda aventura. la ciudad y las luces. a los juegos de esos niños de la calle. entre el niño y la nada. prestos para la partida. indefenso. y pienso que es en estos momentos cuando puedo morir. soy lo menos posible y. Por eso escribo. la mía y la del mundo. Asisto. puros. Más que irnos barroquizando. la de mi hijo y la de todos los hijos. Salvado del deseo por la fogata reciente. sino el ámbito humano en que ellos juegan. Cómo me rejuvenece todo para la muerte. Sólo quiero la infancia. Alguien ha visto la literatura como la infancia recuperada. salvado del tiempo por unos momentos. a la. sin verlos. anudarse desesperadamente a la vida. porque la muerte no crece en nuestras condecoraciones de vida y dolor. condescendiente. Hay que echar anclas.

Somos el interior de una lentísima manzana cayendo silenciosamente en el tiempo. . El bosque juega con mi hijo como un tigre verde con un jilguero. Se perfecciona la redondez del mundo. Los árboles son violines cuya música es el azul del cielo.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 38 Octubre.

la luz adolescente que se seca en las copas. el relieve del tiempo granado en las muchachas y el milagro de todo que cuaja sin ser visto. . el color de la música y el aire de la vida. Miro el oro caliente que queda abandonado cuando los niños pierden su inocencia en la tarde.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 39 Miro a veces los días que pasan como huecos. con manos de mendigo. y recojo despacio.

En tu boca destrozada habla la tristeza del martes y en tus dedos minuciosos arden páginas de luz. hacen un poco más alegre el destrozo del amor y el abandono azul de la cocina. El cesto de frutas de tu vida se renueva por sí solo todos los días. y comprendo que los muertos.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 40 59 Tu cuerpo es un hermoso fragmento de no sé qué grandeza rota. busco en tu sexo un mar desalentado. Busco en tu alma un tabaco de infancia. has enterrado todos los clarinetes. Has oxidado el aire con tu cansancio. realquilando tu casa. tienes senos destruidos como la antigüedad y muslos de cosecha que le pesan al día. Le abultas al mundo como una planta excesiva y dejas magnitudes de olor por donde nadie pasa. .

en el interior fresco de la fruta que es tu vida. todo hierro y vino. entre los fuegos quietos de la fruta. todo gira en torno a ti. con momentos de hortaliza y momentos de exquisita fruta tropical. hermano de los tomates. el naufragio azteca de los pescados y. El niño corre entre las frutas. cuando lejos. en la soledad de la casa. mujeres. vive. . de risa y juego. sintiendo y sin saber un mundo natural. No importa que imites al mundo en tus juegos. a tus ojos que luchan contra la noche. Él. El mundo. fruta que habla. muy recóndito. entre el crimen matinal de las carnes. toca. detrás de todo lo que siento. y grita. como un loto en la superficie del agua de la vida. el bosque podado en que se encuentra. cielos caídos. y te encuentro aquí. te vivo. entre los primos. en la entraña tierna. sobre todo.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 41 Vuelvo de los viajes. rotar en torno a un interior que nos reclama. inverso a cada uno de los latidos de tu estatua hacia la luz. detrás de todo lo que vivo. iluminado por todos los olores del campo. hijo. Viajar es andarse por las ramas. Todo cae inmensamente mientras tú subes muy poco a poco. Como cuando se reencuentra con la hueste ruidosa de los primos. a tu voz que se abre naturalmente. el niño duerme. a un hogar con muchos niños. en la levedad del dormir infantil. entre los albaricoques. ríe. exiliarse del centro. que eres el interior dulce y pajaril de la vida. ahora lo sé. Qué fragor de colores en el mercado de fruta. Ciudades. siento que he recobrado el centro tibio del planeta. días. Cuando vuelvo a ti. Es el juego y el milagro lo que te hace surtidor secreto. qué desolación de ciudades de piedra. y basta que me aleje en un país extraño para que te conviertas en el centro débil y cálido del mundo que gira. de rojos. con mucho más sentido y música que todos los sistemas leídos y debatidos. está ahora entre los dos fuegos. y las batallas de la prosa que leo se enzarzan sobre la inocencia doble de un niño dormido. de amarillos. trenes. frutas. esa consecuencia de bosque que es un cesto de fruta. El mundo es un derrumbe poderoso y triste. primo de los melocotones. mira. en el que tú habitas. que le abrasa de verdes. Qué frío afuera. tan caído y pesado. una frutería. Es su sueño el rumor del mundo. Mi hijo en el mercado. en el silencio de la noche o en la blancura absorta de la tarde. Y escucho tu voz. lleno de pronto de parientes naturales. gentes vegetales y días de mineral y ruido. Cómo se apoya el mundo. chilla. Cuando leo. Es como si le hubiéramos traído de visita a una casa de mucha familia. La fruta —ay— le contagia por un momento su salud. máquinas vivas. entre los mil fuegos fríos de la fruta. y todo reposa en su sueño. y el niño ríe. la levedad última de la vida. tiempos deshechos. corre. Basta con que me aleje un poco para que te conviertas en el centro del cielo y de la tierra. entre los niños. hijo. tiene un adentro de lana y conversación. Qué bien aquí. Mi hijo en el mercado. te siento siempre. Porque. la incoherencia volátil de lo que dices. entre el fragor de la fruta. y el discurso del libro corre por sobre ese lecho cándido del sueño de un niño. vuelvo del mundo. ropajes. de malvas. calabaza que vive. quemado por todas las hogueras de lo fresco. aceros.

desmontes. alegría. a la vuelta de la fiesta triste. de la mano de la madre. Vienes de la hortaliza y vas al concepto. Salta. rescatándole de no sé qué lejanías de muertos y campos. Cómo le veía yo. Cada letra es una losa que pisas. tú por prematuro y yo por tardío. dolorido y consternado. a la sombra de la madre. canto. vive. pesado de sueño. el mundo de los hombres. el niño. Tu a es una nota de luz en tu paladar. bus-ando caminos entre los escombros. cómo cantó. hacia el Este. Estás empezando a pulsar las letras. Pero los signos y las palabras. las teclas de un piano que resuena en cinco o diez mil años de historia. autobuses. quizá. inmenso. Es un largo camino de vuelta el que inicias ahora. hijo. me entristece. Me alegra. escombros. Estás jugando en el cementerio. volver a reconquistar las cosas. piedras entre las flores. hijo. embalsamamientos de cosas. sin saberlo. como cantando dentro de una catacumba. porque las palabras son cadáveres. que eres todavía del reino fresco de las cosas. Aquella tarde de primavera o de otoño —qué primavera otoñal. me desconcierta verte jugar con fuego. luego. locura. regresando a casa. en los brazos. la e. un cementerio al fondo. Las letras. entre las gentes ociosas. con el fuego apagado v triste de las palabras. . gentes merendadoras y solitarias. hijo. y el alivio vago que sentí al tomar al niño de la mano y volver con él a la ciudad. vuelve a saltar. qué otoño abrileño—. Mi a es lúgubre y sabia. dioses griegos. trigos del suburbio. te internas ahora. se equivoca de rama. en el reino sombrío de las palabras. quemazón. Cada letra tiene un eco de lenguajes pasados. porque estás saludable de realidad. Así tantas veces. Qué juego de luces y sombras. No sabes. Mi a no es tu a. que en tus manos y en tu voz vuelve a ser resplandor. y el eslabón de la ciudad por el otro lado. panojas y panochas. dice la a. y juegas con las letras como con insectos o guijarros. Me siento —ay. con el niño enarbolado. llama. juegan contigo como hormigas difíciles. Un cielo morado que pronto se hizo nocturno. en la alegría de las primeras horas. Por ahí empieza la historia. estatuas etruscas. pero asisto. tu pajareo alegre por sobre las losas del pasado. insectos simpáticos y tenaces. por trenes. Vienes del pájaro y vas a la catacumba. vertical. y no diccionario. ¿Vas a tener tiempo de recorrerlo? Quisiera hacer yo contigo ese camino. metiendo ya los muertos en el campo. para ti. No vamos a sobrevivir ninguno de los dos. viene. va. sobre el fondo irreal y preciso del cementerio. seguramente. el alfabeto. y el niño en la luz del domingo. a ese cruce de fronteras. ese juego largo que hemos inventado para aplazar la muerte. cada palabra es una tumba. A veces el idioma se cierne sobre ti y me asusto. fruta. empieza la cultura. pájaro ligero por el árbol de la gramática. dialectos nubios. como a la ida. Se me incorpora una cultura de siglos que contempla impávida. hijo. descubrimiento. con su avanzada de cementerio. cómo jugó. cuando estábamos en la linde del campo y la ciudad. Somos tus antepasados remotos. un barrio grande y feo que terminaba allí. también son cosas. de los signos. tranvías. que tú despiertas inocentemente. Eres el paleontólogo ingenuo de nuestro mundo de jeroglíficos. Tú. No sé si vale la pena arrancarte del mundo de las cosas. verte aprender las letras. Cómo corrió el niño. llevando contra el pecho el bulto de su cansancio. en el paladar claro del mundo.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 42 Las letras. como los niños de aquella película. enterramientos. ríe con la i. la escala de las vocales. que el idioma sea otra vez voluptuosidad. me duele. cuánto cuesta. flores entre las piedras. qué alegría. a esa confluencia de atrios que atraviesas alegremente. qué susto. de idiomas milenarios. valle de muertos y cipreses. A veces echas tú sobre él un desconcierto alegre de juego. No podremos ni tú ni yo. No sé si vas a perdurar en el mundo de las ideas ni en ningún mundo. grande. Qué miedo. náufrago entre amapolas. esfinges egipcias. qué tristeza. se asusta con la u.más del lado de la Antigüedad que del lado de tu vida reciente. fósil. en la fiesta pobre.

Cómo le marchita un domingo.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 43 había llevado el haz de sus risas y sus luces. . que se me iban por todas partes. Cómo envejece un niño en un día de fiesta.

como trabado. Pimpirincoja. zapateta. salvas la zanja. claro en tu agua. y vuelve el día a correr.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 44 Hijo. . y todo está en suspenso. saltas tú a pies juntillas. Por ti van las semanas a patacoja. pingaleta en el aire hacia otro aire. El que pisa raya pisa medalla. Cuando no sabe el mundo qué paso dar. salto que da el día hacia otro día. sin pisar raya.

Espero que una mujer desnuda me llame por teléfono para invitarme a la vernisage de sus pechos. bajo la luz de los eclipses. Sea como fuere.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 45 El tiempo es un caballo que llora como una máquina sentimental. o sentarme a leer en el parque. . No sé qué voy a hacer esta tarde. Escribo en la copa del árbol de los días poemas en prosa y libros de colores. pero me gustaría amar a una muchacha que no tuviera un empleo fijo. Mi hijo se ha dormido en lo más profundo de sus zapatos y hay un reloj de pulsera fornicando en algún sitio con la eternidad. Octubre es lúcido como un matemático y extenso como la actualidad. enjabono mi cuerpo y me siento a esperar que la teoría de la relatividad llame a mi puerta.

el rostro rejuvenecido por el frío. yo te conozco. No se puede persuadir a la flecha en el aire de que cambie de orientación. en una de las mañanas más frías y dolorosas de mi vida. Te conozco. ese goteo rojo de la vida. recuerdo. yo te conozco. reduciéndola a arenisca de realidad. un tiburón de miedo me corre por el cuerpo. te conozco. ese quejido mudo de mi cuerpo. una hogueraperro ardiendo en la mañana helada. yo te conozco. Era una mujer agreste en el corazón helado de la ciudad. De momento. decía vagamente en la niebla. haber deshecho la imagen. tan distraída. decía la muchacha. la fiebre. qué flojo por todas partes el saco de mi vida. para que todo se borre y yo me reduzca a mi dolor. el miedo. mineral de espanto nace. la Historia. Y estaba en su matorral de bruma. Qué presto a desanudarme en la nada. ¿Y el suicidio? Hace falta mucha fe en la vida para suicidarse. rehuida por la muchacha. mi incertidumbre. y tenía el pelo fuerte y partido. la fe en el hombre. Pero qué lejana era. ¿Qué otra cosa. la sangre. Y las enfermedades no son sino treguas de la muerte. y había en la arboleda emboscadas de niebla. y yo. Si alguna vez me suicido. me detuve ante ella. una precisión de estatua adolescente. Resido hasta que una gota de sangre. una repugnancia apasionada. Soy un intestino que sangra o un corazón que enrojece de fiebre. eso eres. Pero en el remolino de horror. yo te conozco. sin peso. decía el poeta. El suicidio es la máxima afirmación de la vida. y nos separamos. El cuerpo no tiene más que una dirección. Sólo hay suicidios apasionados. Estoy aquí con mi miedo. acechada por el perro. El cuerpo es una máquina de vivir y resulta inútil advertirle continua mente que la muerte no importa. el arte. resido en el escepticismo. Te conozco. Te conozco. Pero mi mano quedó en el aire. de verdad. que es la imaginación. Yo no soy mi dolor. la literatura. el dolor vagando por el cuerpo como un murciélago gris y ciego. tan lejana. era un fuego en forma de perro. la justicia. el miedo. Miro mi gota de sangre. la estética. Pero basta esa gota de sangre. La filosofía. de la muerte en la vida. ¡ni deseo por aquella criatura emparentada a su odioso perro. mi soledad. como una flor en la roca. llamando por los ojos y la boca. una borrosidad de lenguaje y de niebla. Soy agua en una cesta. Se contrae el ser como el gusano amenazado. y me miraba. si no? Llegamos a generar una sustancia de consistencia variable. fardo de lluvia que gotea muerte por todas partes. lleno de un deseo pálido y súbito. eso soy yo. con un amor sórdido de animal por su. Pude haber dado un paso adelante. la imaginación. a su lado. enredada de brumas. la fiebre. y observo con. en la mañana fría. la efusión de la vida en la muerte. yo te conozco. no será por falta de fe. era una arcilla con más salud que hermosura. Siempre habrá quedado por realizar mi amor. haber tocado con mi mano la ausencia de aquel rostro. las ideas y la belleza no son sino treguas entre enfermedad y enfermedad. la metáfora .Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 46 Te conozco. sino todo lo contrario. ahuyentan en un momento todos los pájaros de la cabeza. la miseria que doy de mí. el miedo. El dolor. cuando sólo eres piedra de dolor y miedo. La sangre de la herida. el lirismo. la libertad. más bien mediocre. muy fría. animalidad. con gruesos labios de vacío. junto al perro ardiente. decía. Recojo mi sangre con amor y desprecio. Ya lo creo que sí. los ojos negros y duros. con mi dolor. El perro. mi miedo. el bien. los heraldos negros de la muerte.

El pensamiento no es sino una continuación de las necesidades de la selva. Ahí está hombre. Y la distancia es estética. en la emoción lírica.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 47 metaforizando sobre la enfermedad. quién soy? Tanta fisiología ha originado lo inefable. aunque sea esto la evidencia de la muerte. la visión distanciada de uno mismo. entonces? Toco mi sangre dura. Pero la emoción lírica se sale de todas las necesidades. La estética es distancia. Tanto fruto de muerte ha dado una flor de sueño la imaginación. ¿El espanto puede dar lirios? Ya lo creo. . ¿Esta sangre. toco mi cuerpo herido. y me reconforto de evidencias. en el sentimiento lírico. entonces. ¿Qué soy. la belleza siniestra del mundo mirado por mí.

un globo. inmortal por un momento. Mi hijo. rubio de mediodía. en la fogarada densa del domingo. ciego de luz. del aire. Fuimos felices. una chifla. una gloria de carne quemada y un techo de aviones de plata y velocidad. los tres. del mundo. multitudes sentadas a comer. por entre las fogatas blancas del otoño. un momento. el mediodía. con un pito. del agua. bloques de cielo. a través del campo. del humo. algo. por los pueblos en fiesta. por los merenderos en llamas. viendo al niño marchar. qué domingo de humo y aviones.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 48 Qué hoguera de sol. . Qué domingo de noviembre. en la nube gorda y grande de la carne quemada. pasando veladuras de humo. claro y frío.

No había llegado a ninguna parte. seguía intacto. Quise recontar las pecas de tu cuerpo. Quiero que después del primer lengüetazo de la muerte sobre mi carne. Profundicé más que antaño. Algunos filósofos lo llaman individuación. en su cuerpo. a flor de piel.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 49 Éramos líricos y blancos. dos almas esbeltas en una primavera de papel —recuerda—. A qué responde la identidad de un ser. pone banderas negras la experiencia. después de mi retirada. en ella. dabas la misma agua de tu voz fresca. otras bocas vengan a santificarla de vida. hasta que volvíamos al tiempo recobrado. Éramos aquellos que acrecentaban la luz. O que vuelve sobre todo ello asiduamente. de pronto. para comprobar con estupefacción que vive preso de su voz. al mismo fondo fresco de entonces. Quiero probar los cuerpos que ha probado ya la muerte con una primera glotonería que aún —ay — no anuncia nada. que me reconoció. Algunos dirían que eso es el alma. sin saberlo. aquello sólo iniciado. adolescente. uno de esos días que transcurren en la sombra. Mil mujeres que eras o habías sido se interponían entre tú y yo pero las íbamos asesinando con disparos de alcohol y cuchillos de voz. verde y vivo. sus movimientos y su risa. En un universo insensato y cambiante. Qué obstinadamente somos nosotros mismos. un día. Cada vez es uno más sí mismo. qué manera de consumar. conseguimos. sazonados de muerte. amores habían pasad por tu cuerpo. con olvido de todas las demás. pero. Los grandes cambios en nosotros mismos son ondulaciones leves a flor de agua. que son siempre iguales en la caverna del ser. Explicación que no explica nada. tardíamente. El tiempo te había madurado para mí. hay un agua estremecida de donde nace la risa. el que una voz siga cayendo de las mismas cataratas de espuma. Nos redondeamos a diario. luces. Cambian los sentimientos. Pude asomarme a la caverna verde de su ser ella. fascinante. tan definidos como una piedra. igual que entonces. el espectáculo íntimo de una fijeza. Otro nombre para el misterio. cuyas células. cuya vida. en su vivir. de una mujer. viviendo. reencontrarlo en el tiempo. Somos la piedra y el mar que la pule. Hombres. pero hay una piedra luminosa de donde nace la mirada. como el mar reconocería la primera embarcación —madera y sueño— que lo surcó en los albores. . pero asistí en tus ojos cansados al espectáculo de la perpetuidad de ciertas cosas leves. en un día lejano. No sé. su fondo claro y oscuro. y. la vida con la muerte. Eso encontré en ti. como la pardosidad de cierto verdor o la lentitud de ciertas miradas. fui mucho más adentro. amorosamente. abrasados ya de días. Piedra un poco más dolorida. cuando nos encontramos y venías no sé si de pasado o del futuro. cuyo corazón se mueven cada día. Basta dejar de ver a un ser. Había llegado yo a lo que no muda. la vida nos reunió. pese a todo. Otro nombre para el alma. El pasado se nos enredaba con el presente. Qué encontronazo de almas. Qué piedra de fidelidad es ésa. El sol que forjó tus pecas como un florecimiento sin motivo. y ahora la vida nos ha reunido. que fueses la misma. la misma claridad de tu sonido líquido. miedos. el que uno ojos sigan recogiendo las mismas luces doradas y ámbar. pero conseguí. había apagado tus ojos y recontado tu pelo. Estamos tan fijos como un árbol.

. zarza de pecas. Era un verdor de días. tan lejana. como abrevadero loco de mi vida. besos. Y la pesada gloria de tu cuerpo. tu cuerpo. tina tierra caliente y trabajada de la que vuelan pájaros de voz. el grito roto de tu vida. fiesta dorada. en una devoración larga y profunda que te deshace en nombres. al fin. loca pecosidad. que ahora recuerdo. ayes.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 50 Rebanada intensa. tan cercana. Haber mordido. el hilo dulce de tu alma. blanca y roja. una boca de luz. una manzana.

Viajar en Metro con un papel en el bolsillo. entre tú y yo. antes entrar dejen salir. el sol de las profundidades en un pelo de mujer o el agua quieta y cómplice de las miradas.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 51 El Metro. paredes human el descenso al Metro. mayoría silenciosa de allá arriba. Todo un panel de ciudad. qué inmersión en la catacumba rauda de los tiempos. consérvese a disposición de cualquier empleado de la compañía. te prometo que me quedan cinco duros. lo repetían las ruedas del Metro. el que tiene u moneda la cambia. recuerda. soles provincianos. con huertos y talleres. algo. inmenso útero latiente de multitud. Cuando una ciudad tiene acacias. de modo que cuidado con los hombres de mirada verde que miran al hombre. los escapes. toda la charcutería de las manos aferradas a alta barra despintada. te lo decías en la conciencia. en la niña planchadora. usted verá. qué hacemos con él si en el Seguro no le dan la baja y el corazón lo tiene cada día más hinchado. un cartoncito. y la mirada negra de empleado. entonces el Metro valía una peseta. con un giro leve del perfil. de pelo. oficiala. macho. era cuando entrabas en el Metro batiendo fuerte las puertas de hierro. abriendo y cerrando las compuertas como una guillotina horizontal para el monstruo humano de mil cabezas. Un bloque de silencio entre tú y yo. o aquélla adonde tú te bajabas. las filtraciones. muecas. cuando una ciudad ignora el intestino férreo que le corre por el alma. de carteles. fracasado es el que a los cuarenta años viaja en Metro. prohibido vender en los coches. y me . como leíste una vez. a un barrio grande y poblado. dicen. y la catástrofe rauda del Metro. todo un mural de caras en el vagón. la arcilla de la vida repartida en caras. hasta la estación final. y sálvate en esa cara obrera. pero yo me iba detrás y salíamos a una plaza con jubilados. ya sabes. de sufrimiento. la vida. estoy volcado. de olores. y dabas la peseta. y qué difícil romper el acero de silencio que se había forjado entre nosotros. el hombre de la calle. Macerados de profundidad herméticos de velocidad. farallones de sombra. los funcionarios. éste siempre corto de pasta. y tus piernas de andar y bailar. bajo la gorra metropolitana y descosida. Te acercabas a ella cuando se removía la humanidad del Metro. Viene de todo al Metro. aprendiza. y el orín secreto de los años. dando suelta al gas. Volver al Metro. cada cabeza con su aureola de olor. estupefacciones y bocas. que no sé si era una invitación o una despedida. prohibido subir y bajar en marcha. Era tu barrio. y el aluvión de las madres. color bombilla. el cuerpo como un saco muy usado. humanidad al temple. con muchos camiones escorados y muchos toneles de vino desguazados en mitad de la calle. y vuestro silencio comunicante sonaba ya más que todas las conversaciones del vagón a ése que le den por donde le gusta. al pitido. el alma como una colonia pobre. en la muchacha sin empleo lijo que tiene el perfil estremecido por los reflejos subterráneos y los ojos llenos de anuncios. Amor en el Metro. la noche rápida y fulgente. ya sabes. obstinadamente desconocidos. y el bajorrelieve de los rostros. en ese zarzal de pecas. el traqueteo. hasta la sonrisa inesperada de la muchacha pobre. después de haberte visto subir las escaleras del Metro con prisa de gacela obrera. el que tiene una moneda la cambia. nocturnidad de aquí abajo. el hombre de debajo de la calle. de vendedoras. con la carta de recomendación o la factura del mueble. recadera. y te daban un billetito. doña Águeda. y un paraíso suburbial. su torpeza de hierros contra hierros. consérvese a disposición de cualquier empleado de la compañía. cerveza. y las flores profundas de la axila. risas. con el recado de vida. Pero no es verdad que me dieras la mano áspera y niña. una barra de silencio en torno de la cual saltaban las conversaciones intermitentes y desdentadas del Metro. cansancios. la juventud y los mendigos.

no tomamos café. Sólo nos sueña. como otro embarazo. . y el de los recados silbando en el Metro y el sembrado de cabezas que tengo de bajo de mí. limbo húmedo. del que va en el Metro. yo. No. la ciudad una locura. otro tiempo más claro. y el maíz violento de un pelo de muchacha. No existimos. una calva con mapas. La sueña desde allá abajo los que van en Metro. otra vez en el Metro. desde lo profundo. catacumba veloz. las madres terribles con la bolsa de la compra abultada. todos caballeros mutilados. tú. El hombre del Metro sueña una ciudad de sol y ocio a la que nunca sale. una esperanza. un hombre silencioso que va en Metro. sino que estoy aquí para siempre. el que tiene una moneda la cambia. como una ceniza en olas tenues de resignación. cebada adolescente que perfuma e ilumina. la ciudad no existe. ánimas del purgatorio en túnel. el que tiene una moneda la cambia. la huella de las tenacillas en un pelo gris de mujer. no hacemos el amor. como no es verdad que otra vida pase a través de mí. los cuatro pelos sobre un cráneo blanco y lechoso. de los que imaginan un allá arriba con niños y buen tiempo. siempre en el Metro. una invención. asiento reservado para caballeros mutilados.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 52 salvases para siempre entre tus soles y tus girasoles de barrio. una mentira. y la chica leyendo un libro gordo. justos en multitud. del viajero hundido. la ciudad de las estatuas y los bares es una pesadilla del hombre de allá abajo. la vida sólo es el sueño alto y soleado de los que vamos en el Metro. una pelambrera con brillos.

la destrucción como coito. a la luz de sus quinqués burgueses. ya no tu pelo partido y oscuro. No sé quién digo qué desdoblamiento. iluminándote. una risa que todavía ilumina tu carne optimista y cansada. y yo en silencio. Tu pelo de costumbre. silenciosamente. O eras el zarzal de pecas —quién eras. puro como una piedra. cercándote la vida. breve y ágil. y un cuerpo recobrado. pesado. en aquella vida. la boca rota y grande. o el bar con bocadillos antiguos. y mientras se consumaba la novela de las palabras. vagos y flotantes. los amores. y subía a tu casa. entre una multitud de ojos luminosos. viva y concreta. arcángel aguerrido. la historia triste del amor. otra vez solo en la n che de los faros. un olor a óleo y vecindad. y la luz de un cuerpo se iba apagando en mi pensamiento. un amor con muchos espejos. Serena. siempre un claro coro de mujeres en tu vida. era en aquel momento tu pie desnudo. el desnudo descarnado de las bombillas. peinado por la soledad. lento. los juegos del corazón. o eras la violinista pálida. muñecos. cuando yo salía por la ciudad. sino un derramamiento de oro y música. llegaba entre panaderías y discotecas. manos duras y tibias. escueto. mira pasar el tiempo. la ruina de una arquitectura joven. algo con belleza de recipiente y eco de cansancio. partido en dos. niebla en la niebla. la arcilla apasionada de tu rostro. viajando por mi cuerpo. ya en la noche. espada de fuego. de los reproches. Todo el cansancio de las viejas psicologías. iba en un ascensor viejo. hasta que la hoguera de la noche es un rescoldo y a sus ojos quietos no llega el . blando y enfermo. con el cuerpo vivo de latigazos. y así hasta el silencio de una alcoba verde con señores de barba impresa. Pero recuerdo los regresos. Son cosas que pasan. fuma en silencio.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 53 En atardeceres con niebla. oscuro. y enamorado realmente de tu pie. siempre la mujer. una gloria a punto de arder. verdadero. que pasaba patios hondos. Eras la ciega vasija. la manzana caída. peces colgados del techo. cuerpo desnudo. y un libro abierto y sangrante. qué poliformismo. Renovado fuego natural donde ibas poniendo a arder los días. y tus ojos de alcohol. casas sin pared. la mirada seca y pueril de cualquier adorno. el viento en la terraza. seguro como un pequeño animal. mucho más blanca que tú misma. los besos. de qué batalla. como viejos leños crepitantes y marcados. a quién hablo qué escribo—. y su perfil de vasija se ilumina con las luces de la fiesta y del alcohol. sin atreverme a decir que la vida da igual. Regresabas de qué mujer. historias de amor. muebles ahogantes. eso que estudiaban con minuciosidad y aplicación los novelistas del pasado. un cuerpo largo. los ojos quemados de la cercanía de la carne y la nariz ebria de mezclados perfumes y sangres. talando el hondo bosque que tú eras. de los sueños. Todo arde en torno de ella y el fuego apenas roza el granito de su tristeza. un tabaco profundo y cansado. sin otra belleza que su esquematismo. Reconociéndote. las manos. o monologando contigo. envigados al aire. recuerdos de recuerdos. yo me enamoraba de tu pie breve. o aquella melena rubia que tenías. práctico. y me hacía opaco. pensando en tu pie. mirado por todas las máquinas de la ciudad. los tactos de una boca sabia. qué oscura fiesta de sangre y luz. el amor en habitaciones asimétricas. tendederos inmensos. el agua fría que venía a nuestro encuentro en las cocinas deshabitadas. las luces. que los sentimientos son reversibles y que la única realidad reclamante. un cuerpo lleno de sexo y resentimiento. que tenía. quién eres. Serena. mira pasar la noche con ojos quietos. una cesta con fruta podrida. dorado como un verano.

con un satanismo fácil y pequeño que me llena de humillación. los apaga. se pelea. profundiza el naranja. con herramientas de albañil. siempre el mismo ser reencarnado en cuerpos sucesivos. una madurez en fervor. lo hincha como una vela. cómico y lírico. reventón de vino y medicinas. vende cosas. toma la gran copa de coñac. en lo alto de una escalera antigua y bamboleante. y le da al lienzo un viento de alta mar. sale a la calle. enciende el rojo. esa trascendencia de la que yo debería participar o mejor dicho. despeinada. ríe o canta en la catarata de los automóviles. vuelve. una ducha de juventud y libertad. se desnuda en los probadores. de sidra y risa. limpio de mujer. algo que me redima de tales amores. y no todo el lamentable ceremonial del sentimiento. y el encuentro. Serena íntima. ojos de tiempo. más aún. mientras le cantan los espejos de los grandes almacenes en una confusión hebillas y maniquíes. plena y sola. roja. Uñas negras de pintura. y luego sigue pintando. . Serena. olas salvajes sobre una roca ignorada. a la erosión de la luz decantando o consumiendo unos cuerpos. El pintor. Serena rubia. Serena grita en el ataque o en el amor. Serena. mientras extiende lociones. la capacidad de aventura. de patios lamentables. pieles. El pintor tiene la cabeza gris. sueña el azul. este fuego de colores. El pintor está ante mis ojos. el mensaje pálido de una criatura solitaria y mediocre que un día se hace presencia. malo. rubia. Sombras que retornan a su provincia. se duerme de costado. Serena consume un tabaco amargo o deja arder su cuerpo desnudo en el espejo del probador. y. unos pasos de mujer por la ciudad. está desnuda al piano. paredes enfermas. vacío de lujuria. habla en la entraña de los trenes. ríe. o la desprecia. las sube con pereza. pensaba. con los dedos. sin pasado y sin futuro. inventa el negro. o se masturba con el agua de la ducha. terca. matiza el verde. cremas y luces por su cuerpo blanco. con papeles viejos. Serena. lee periódicos. iluminado y feo. ni alegre ni triste. repite nombres de mujeres. Serena oscura. ve visiones. larga. o se calienta un té en el pequeño hornillo. blanca. o ultrajado de úlceras. mientras la ciudad se ilumina de paraguas. la vuelve a dejar. me hacen sentirme cómicamente terrible. revuelta. y este canto a la criatura solitaria. cocinas vacías. Grifos goteantes. mi infinita desgana y lejanía. motivo tan sólo. que yo debiera presidir. y Beethoven la mira en silencio. fuegos tristes que nunca debiste despertar. ama a la humanidad. recargada de viejas elegancias. y sólo este calor de pintura. ahogada. breve y ágil. bloque de tiempo. Serena densa. la trascendencia de lo que está viviendo. estas admiraciones que ya de nada me sirven. heme aquí paseando por la soledad con el cuerpo ausente. de casas derruidas. se queja. con el día claro de invierno. O esa mujer que venía de su provincia. gordo y cruel. rea el amarillo. entregado al remolino del cuadro. Serena. El pintor está ahí. poderosa. quizá. Serena ligera. Una mujer mediocre es como un libro malo: hacen dudar de la literatura entera. enriquece el gris. como única y total liberación. pintando. serena alta. ese desconcertante parecido de la vida consigo misma. el canto invernal de los retretes. a lo femenino eréctil. alta. todo ya. amores tristes. con el color directamente. la solemnidad pueril que lo reviste todo. cristal en bruto. El pensamiento de una ninfa. Convive con unos gorriones que duermen en el piano y entierra lámparas debajo de la cama. habla por teléfonos desportillados. pintando. visita las tiendas del atardecer. peinado. no sé. Serena. activo y duro. de lo femenino universal. bebe el alcohol de la culpabilidad y duerme entre muñeco y celuloide. caligrafías femeninas de madrugada. bebe coñac. el pintor trabaja con las uñas. cuándo seremos libres. canta. visita la nieve de las alturas o llora un llanto verde y silencioso. domingo helado. se pone y se quita lencerías rojas o blancas. un ser que ha nacido. estás perdiendo el gusto por la mujer. alma de aguarrás.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 54 sueño ni el amor. y tiene en torno un coro de galerías vecinales. compra cosas. baja las escaleras. en la acumulación ferviente del óleo. El pintor enciende puros. corre en los grandes circuitos vertiginosos. y da suelta a unas notas como mirlos. para el encrespamiento del frío y la momentánea ondulación de lo inmóvil. ocre y pecosa. el pintor enciende puros. de mediocridad y cansancio.

falsamente. el tiempo— de un libro. habla y habla. Cuando yo termino un libro. luces. La materia que lo devora es la materia con que él pinta. entre la lluvia. más acosado por volúmenes y formas. cono mejor la fisonomía de la vida. despierta colores y ademanes. Los viejos mitos del escritor. el amigo. ¿Qué busca. La mujer. El escritor está haciendo su largo libro. amores y siestas. una mujer. que alargan toda la vida un mismo libro. ¿Adónde vamos? El escritor no termina nunca su libro. ante mí. Una vida en combustión. porque son los seres más encarnizados con la vida. Sigue fluyendo. su largo libro. los viajes. no sé qué. entre la niebla. le duelen las manos al volante. Reina en un mundo de periódicos arrugados. una playa inglesa. de las ciudades. el espectáculo de un hombre ardiendo en los mil fuegos. perdido. no quedarse a la intemperie. mira a las mujeres.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 55 revoltijo de vida. Darle unas dimensiones convencionales a la existencia. su libro. baja la escalera. día a día. ese largo libro interminable que hacen algunos escritores. sobre la propia vida. Luego. dolores y palabras. una ciudad lejana e incorrecta. ante mis ojos. ¿Asisten ellos al . qué sin sentido. Eso es escribir. Eso será el arte. no quedarse sin proyecto. su interminable libro. El pintor. mujeres y enfermedades. El pintor está más rodeado de cosas que los otros hombres. de un proyecto. los amigos. Vamos entre la nieve. medicinas. de un viaje. amigos. o un pantalón de pana para seguir pintando. atormentado de luces y gestos? El escritor hiende la noche con su máquina. piensa en el suicidio y en los fantasmas. amor. para que sangre sangre negra y heridas verdes. el escritor busca algo. cómo se consuma y se consume su vida. Hay otro tipo de escritores. en la torrentada de los días. El pintor ve más mundo que nosotros. contra las luces y las lluvias. Se le enciende el pelo de chispas grises. El libro. sufre. palabras en latín. Una mujer. dentro de su coche. hecho con el propio tiempo de la propia vida. qué loca la búsqueda de los demás. del amor. adónde va. con la plasticidad directa del pintor. habla con desconocidos. ¿Y nuestra propia búsqueda? ¿Me ve él a mí como lo veo a él. El tiempo corre cuando se le deja libre. y deja una estela de patios. los que están en el reino de las cosas. por miedo. No quedarse sin libro. Se le crispa la boca. el amigo. orina tristemente y se compra un pincel que no va a usar. la mujer. Y el tiempo se escapa. El escritor conduce el coche entre la niebla. todo le hace gestos en todo ve fuegos. El libro. sale a la calle. conduce con manos rotas. ventanas. hasta que de su soledad alumbra una persona El pintor. y me habla de su libro. la ciudad en quien se detiene el tiempo. él tampoco lo sabe. secretamente. El empleo del tiempo. quizá: este fuego mortal. heridas. apaga las luces. El escritor. Hay que cazarlo en la ratonera —ratón. Hasta las ideas se les corporeízan y les habitan como molduras. domesticado por una mano que lo fija y lo realiza. tiempo que se consume y corre. El pintor va solitario por calles iluminadas. El escritor conduce de prisa. como éste. El escritor sueña un libro. Se le agudiza la nariz. una ciudad. lee cosas del siglo diecinueve. se toca la nariz. La sangre del pintor es luz. No se terminan los libros por cobardía. deshaciendo hielos y luces. tomarle medidas al tiempo. conduce despacio. Vidas que arden ante mi vida. conduce con manos que le duelen. hijos. cree ciegamente en los contornos y azota el lienzo. inquieto. El escritor. solo? Meter la vida en un libro. un libro. y he procurado siempre vivir cerca de algún pintor. Cestas para el agua del tiempo. palabras. el proyecto. sin caer en el reino gris y condescendiente de las ideas. un paseo por el bosque. un fuego alimentado de tabaco. de la vida. y tiene corazón bueno y una lucha de colores en la cabeza que va dejando en el cuarto. toma cosas en las barras de los bares. cómo el fuego que mata es el fuego que crea. colores. vendadas. pintura. lo castiga para que esté vivo. Así quisiera uno escribir siempre. los ojos. vuelve a encender una para mirar el cuadro por última vez. El escritor o la insatisfacción. Pero el tiempo se escapa de los libros de las mujeres. el pintor. cierra la puerta. La sangre del escritor es tiempo. Se manipula el tiempo a efectos artísticos y se reina así. contra qué se debate el perfil de este hombre. Qué clara. No se puede permitir la sangría del tiempo. para que no se le muera. empiezo otro en seguida.

por no asustarnos.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 56 espectáculo de mi tiempo. hacia no sé dónde. . el miedo. dentro del coche. soñando. que sólo ven los demás. Vamos entre luces. Pero cómo nos ven arder. y nadie nos avisa del incendio. Nieva otra vez. la sombra. lentamente. entre noches. contra el hielo. hablando. por la ciudad. multitudes. al amigo. Como yo veo arder al escritor. pasando huecos inmensos de tiempo. al extinguirnos. calles dormidas. Nosotros no la vemos. Vamos en llamas por la vida. a la hoguera de mi vida? Damos una luz.

con un gesto. El niño. la popularidad es una agresión. siniestro. ni embriagante. con una palabra. con algo amenazante en el aire. cómo responder a esa expectación. cómo pulsar el cuerpo inmenso y múltiple. Es más bien tétrico. un día. a una magnitud superior. Has conseguido que miles de cabezas se vuelvan hacia ti y no tienes nada que decirles. a nuestro pequeño rincón de sinrazones. La creación. se le ahuesan las manos. y de eso se envanece. y en todo este juego de fuerzas ociosas hay siempre un niño que sufre. La atención con que soñabas. noche humana. esperando. lo traen en amas duras y sonoras. violentarlo. hondonada de pechos. como en los sueños. una multitud que te espera. el dolor de las plantas. Todo éxito es agresivo. doliendo en la carne de un niño. el niño. El universo. la creación. La ciencia ha racionalizado el dolor en una medida discreta. Bosque shakesperiano. El público. lubricado de sangre niña y fresca. La clínica es un corredor verde donde el dolor se hace razonable por n momento. aunque venga a beber en ti. pinchado. El sueño de ideal que portaba el niño. El encarnizamiento inútil de la vida contra la vida. el niño entre los niños que sufren. como el del domesticador de serpientes o . Qué tres dolores insufribles. cuando el niño sufre. y lo llevan en alas blancas y sucias. La gloria es un homicidio. cuando adolescente. Imponer un yo a otro yo. esta expectación para sí. lejos del gran absurdo organizado. la fama es una violencia. para que ondule toda la superficie estremecida y poderosa del monstruo. Ya tienes la atención. mirado de cerca por la muerte. perplejo de frío. Triunfar. esa masa humana maleable. es sojuzgar. Funciona con el dolor y la muerte de los niños. sombrío. ni hermoso. y lo recuerdo siempre. que se cumple ciegamente. manipulado. esperando qué. y empieza a poner orden —su orden cálido y anárquico— en las cosas. mi niño. El universo es una geometría inútil. soñaba este silencio para su palabra. siniestra y mayúscula. y no es grandioso. enfrentado a un miedo. prodigiosa máquina de errores. y resulta que una multitud es siempre siniestra. no es sino una sucia necesidad de dominio. el silencio o el rumor de mar. que se demuestra a sí misma vanamente. sistema perfecto y cerrado de equivocaciones. Soñaba esta atención. Cogido en las fauces del dolor. es un gran absurdo que equivale a una gran razón. en un momento. los inmensos vacíos y las altas montañas que puede generar la multitud. y lo repito. las mil cabezas y los miles de ojos que querías tener sobre ti. al cubil de la ternura. Dando vagidos y perfume. el muchacho. hacer que él se torne en mí. El niño sufre como las bestias y como las plantas. la expectación. esperando. sufriente. y que luego se ha repetido tanto: una sala inmensa. una matemática obstinada y loca. Han entrado en la vida por el túnel amarillo de la enfermedad. al niño se le rompen los ojos en cristales. en manos del dolor. Todo se ha cumplido como en sueños. rebosante. repetidamente. el dolor de las bestias. dolorido.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 57 El niño en la prisión blanca de la clínica. El dolor de los niños. Es como si fueran a hacer presa de ti. está ahí. lo que dicen triunfar. torcerlo. la gente. iracundos por el engaño. y que efectivamente están ahí. De pronto. perdida su calidad de flores. Me resisto a amar una creación donde los niños son torturados. y le viene la blancura inhumana del terror. Cómo hundirse en ellos. escribió el francés. aquello que soñabas siempre. Funciona. dolorido y lánguido. Me llevo al niño. una víctima. esa altamar de seres. y a destrozarte. Viene aterido de miedo. entrar en él. fronda de cabezas juveniles. Extraño oficio el del domesticador de multitudes. Qué puedo yo decirles. otro.

a beber en mis ojos como águilas. Entonces. Hay una angustia de inminencia.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 58 elefantes. Cómo les amo ahora. La relación que establece la fama es falsa. Su vida durará lo que dure la antorcha. amor y destrucción. Veo cabezas rubias. pulsaré el agua estancada en que los he convertido. una sonrisa. se le asesina en masa. saludando sólo a los amigos. Se comprende por un momento el vértigo de los políticos. la expectación tiene su manifestación pequeña. Yo me afirmo a costa de ellos y ellos se nutren de mí. a cebarse en mí. cuando son otra vez personas. La tragedia griega de la multitud degenera en comedia de costumbres: el escritor leído y su público. I Ha venido el monstruo. monstruosa. Qué vértigo. Pero yo estoy muy en lo hondo. ha sido como un sueño y. a agotar una mirada. cotidiana. liberados de la acumulación y el bloque. a atrapar mis palabras como el pez inmenso atrapa pececillos. Qué tentadora. devorar al domador. una anciana. Qué añoranza del incógnito. se ha quebrado el hechizo y ellos vuelven a ser personas. por fin. de verle despierto. Esa relación sería cordial. quieren alimentarse de mi alma y mis intestinos. la multitud. Se ha roto el encanto. cabezas grises. Como no tengo con qué responder a la expectación que he provocado con paciencia de años. natural. Y consigo hipnotizarla por un momento. Se asombra la Historia de que la multitud que adora a un líder lo lapide tiempo más tarde. latente y plural. luego. Necesidad de despertarle y terror. Toda veneración duradera necesita una levadura de culpa. Hay una fuerza que está ahí. Provocar el delirio de la multitud es defenderse de ella. una mano. la forma alabeada de la juventud y la ceniza pulcra de la madurez. y la posesión sólo se consuma en la destrucción. la expectación. sólo comparable a . luego. a la guerra. destrucciones no consumadas. ¿Es eso el éxito. Luego necesitarán devorar esa fascinación. Es la misma cosa. O bien se destruye a un hombre. No hay ninguna incoherencia en esto. amable. una mujer hermosa. sino el miedo hondo que tiene el niño cuando ha despertado al perro dormido. la mía. Vienen a succionar un alma. Qué sosiego. seré agresivo. un saludo. Nunca me acostumbro a esta multitud ante mí. de los psicoanalistas. Seré otro. más pura? No el miedo pueril de los conferenciantes tímidos. Sólo podemos adorar aquello que hemos destruido. una firma. unas palabras. se ha desvanecido. de espiritismo o de circo. de multitud. y ya se le puede venerar durante toda la Historia. a un Dios. Porque ellos vienen a destruirme y yo vengo a hechizarles. de monstruo. Las admiraciones colectivas son odios sublimados. La relación del hombre público con sus seguidores es de este orden. me buscan sus ojos y sus bocas como pulpa humana. que habíamos provocado entre todos. frente a mí. ante el cuerpo inmenso de la multitud. que les lleva a la cumbre. una hipnosis? Seguramente sí. Se mata a un hombre. Han venido a escucharme en multitud. Una cosa urbana. asusta do. verdadera. Puedo entenderme con ellos. Pero ese fenómeno de ilusionismo. sucia. El domador entra con una antorcha en la jaula de las fletas. sí. les haré unas luminarias y que salgan del encantamiento antes de que despierte su conciencia de furia. es siempre el comienzo de una religión. El fuego fascina a los leones. y en multitud podrían lapidarme porque hay un apetito humano por lo humano que sólo se sacia con el delirio o con la sangre. Amor y muerte. en que los he hechizado. hasta que el lago profundo cante o ría conmigo. Convertir a una multitud en un estanque de ojos es humillar al ser humano. un caballero. del anónimo. Cuando cese el delirio. al final de mis palabras y me llegan los seres aislados. ¿Y este amor de mil hombres por un hombre? La admiración. porque la admiración también es destrucción. amor y odio. entre ellos y yo. y tiempo más tarde se glorifica su recuerdo. En la multitud hay muchachos que podrían ser mis amigos. un libro. El cristiano tiene una clave de culpabilidad que es su mejor explicación. serán ellos. No es nada ni sirve para nada. Hay un sojuzgamiento. ir por la vida en silencio. Es la forma pequeñoburguesa e inocente de la popularidad. a la muerte. agredir a la especie. humana. culpable. El asesinato del padre. correcta. qué peligrosa esa multitud a merced de uno. cuando tienen rostro y voz. a la caída. La adoración es una forma de posesión. un estudiante. Cesará el encanto y serán libres. me matarán. más sencilla. Este gran bloque de expectación se deshilacha. triste. No saben que les une una clave destructiva. muchachas que podrían ser mis amantes. ¿Podría ser más clara.

Enseñar Historia o grandes monumentos es enseñar crímenes. se limita a hacer una conferencia. Han movido el mundo. O ni siquiera eso. El ocio. El error. porque sin esas columnas de esfuerzo. nuestro hermano. Demasiado propicio. Pasan inviernos por la calle. la esclavitud romana. Todo se ha fundado sobre un equívoco. como escribió alguien. entre los libros. Todo ha sido escrito sobre la piel del pueblo. O bien el error aspira a la verdad. Dejaremos de ser provisionales cuando seamos justos. Batallas. Han hilvanado en su pecho desnudo los fríos prehistóricos. Hemos reducido al pueblo a un sueño. en su frente. sino un vacío. Mira a un obrero. Todo se hace a costa de alguien. como dijo alguien de otra cosa. pero no creo yo que sea otro malestar que el de nuestra provisionalidad. Y la consecuencia es que pisamos sueños. La historia de las enfermedades y la historia de los monumentos. Todo lo más. con latigazos de sangre y gritos de odio. Son un bosque. el maretazo oscuro de la política. embolados. Pero cada obrero es una mina que estalla. Puedes elegir entre la esclavitud y la muerte. De modo que nada se ha fundado verdaderamente. hijo. trata de consumarse. No sé de qué me hablo. Hay un malestar en la cultura. la conciencia de un gran equívoco. sobre un malentendido. Quiere realizarse como error o redimirse en certeza. Eligen por ti. El mundo descansa en el explotado o avanza sobre cadáveres. no sólo por la justicia misma. Ellos no son los que creen que son. qué siglos de Historia taraceados en sus manos. El tiempo y la cultura sólo son un error. las luces venideras del futuro. las hambres medievales. esos cientos de personas. por darle un firme verdadero al mundo. La cultura luce sobre un campo de minas. y hay grumos humanos. El hombre sólo ha sabido erigir escaleras de peldaños humanos. una apoteosis. viene del fondo revuelto y gremial de los oficios. Hacer con todo una manifestación. los silencios y el hijo. a veces. Qué genealogía de pestes. sobre un engaño. en línea recta. la belleza. El mundo reposa en la explotación y se desplaza por la guerra. . Nada existe. ¿Avanzamos en círculo. Yo no quería este destino de hechicero. el ensanchamiento de la humanidad. pisamos las arenas movedizas de inmensas extensiones de sufrientes. no sólo por el hombre. hijo. de sombra en la sombra. hijo. nobiliarios. en mi soledad. Hay tras él generaciones de esfuerzo. Todo está en el cuerpo de un obrero. A días veo muy claro el progreso dialéctico del mundo. borran el pasado. el esfuerzo gótico. queriendo romper el hechizo en que está encantado. Sueño que me admiran. a traspiés. en zigzag? ¿Avanzamos siquiera? Mira a un obrero de cerca. Así camina la Historia. En quienes está escrita la Historia es en los pobres. obcecado de fatalidad. Vivimos sobre el terreno pantanoso de los explotados. La escritura musical de Beethoven y los sonetos miniados de Shakespeare. La Historia no ha empezado. un himno. Un malentendido mediocre. Algo está pasando. la cultura. Yo no soy el que creen que soy. la realidad que se le niega. A golpes. sufrimientos. no son trofeos de gloria lo que encuentro en mis manos. El escritor. como un objeto demasiado nuevo.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 59 la que se produce ante el cuerpo desnudo de la mujer. Así. como sueño o sombra. canta la sangre y el dolor. Le negamos su realidad. hijo. Todo puede leerse en ellos. el político hace un motín. y pasa otra vez el ala nocturna del miedo. sobre una falsedad. No sé de qué te hablo. carecen realmente de tradición. una bandera. Luego. una guerra. de historia. presiento otra vez el aliento del pueblo queriendo cobrar realidad. sino por abolir la provisionalidad de la Historia. Pero a días todo está negro. Landas de sangre iluminan nuestro paisaje. atropellos de luz en la luz. una conjunción de sueños. con la multitud. todo es provisional. Habría que hacer justicia. Nos sentimos provisionales porque pisamos víctimas. las epidemias y el hambre. y el pirómano secreto que llevamos en la sangre quisiera prender fuego al bosque. Sueñan que me admiran. nada se habría mantenido en pie. Iba diciendo que hay violencia en la calle. Mas la violencia está en la calle. cargado de inminencia. sin ese subsuelo de sangre. «Es tan persona que asusta». de un malentendido ni siquiera trágico. de una vez para siempre. trabajos. Nada puede fundarse sobre las aguas del sueño. la hoguera cursiva de las revoluciones y la geometría negra de las cárceles. Los que se quieren insignes.

pues ya ves que el tiempo es expeditivo y la vida aligera trámites para quedarse de brazos cruzados. de un cielo bajo y descielado. los que vienen detrás. Una muchacha. y viceversa. la mujer delgada que azota como un látigo de amor. ¿Cómo accederemos. busco una y otra vez el cuerpo blanco y lírico. por otra parte. Pasan carnavales de sangre y comparsas de miedo. las calles malogradas y los vendedores de pobreza. puedes morir en cualquier momento con grandiosa futilidad. por cavidades húmedas. fiestas en las que arde un árbol inocente y ficheros de mil bocas. En la media tarde. y pasará entre los calendarios. como otras veces. con el pelo marrón corriente. Mi interior se alimenta de mi exterior. Por galerías innecesarias. días enlocados. . bajo la sombra de mi vello adusto. y esa angustia no excesiva de que todo está al alcance de la mano. De lo que se trata es de seguir sus pasos. Al principio.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 60 como masa o tierra. no sé lo que te atrae. Esa aglomeración de la ele y la u acentuada compone bien la elasticidad. solitario por la ciudad. la complacencia indiferente con que se cumplen los sueños. al mediodía? Por galerías innecesarias. que se somete en el amor con la docilidad primaveral de las ciervas o las yeguas enfermas. por cavidades húmedas. La muchacha se ha puesto un leotardo de humo porque tiene frío de sótanos en su esqueleto malva. y es entonces cuando los milagros del cielo. cuando desespero sonriente en camas de hojalata. reparamos en ella varias veces. A la mujer que llevamos a nuestro lado no la vemos bien. y experimento en el vaivén de una mecedora la facilidad desconcertante con que se va la vida. Estoy viendo vivir a una esfericidad. pero no profundos. devorando la perpetuidad del papel y la gomaespuma de la costumbre. La ven mejor los que van por la calle. como blandos suicidas. Muchacha. o en el vértigo de los patios donde un niño ha vomitado y una anciana ha secado la sangre del gato que acababa de asesinar. los que se cruzan con nosotros. por otra parte. reclamada por mi soledad. sólo con la curva tenue. de grupa musical. pálida y joven. se realizan en la tierra. Sería un mal negocio. cuando caigo desalentado en cubos de madrugada. Puesto que todo es así. la criatura de senos invisibles. y ni siquiera es necesario verle la cara para saber que la tiene adorablemente vulgar. los ojos grandes. tu cuerpo era como un solo día de primavera tibia. Ella va con su pantalón ceñido. sólo con la claridad de alma que a veces tiene la piel. la dureza de lo que se quiere sugerir. surge. en tardes embalsamadas de dolor. que es lo que más le gusta. entre la manigua caduca de los viernes. esa manera de combarse y de vivir que tiene el cuerpo de la mujer. Nada. Esa aglomeración de eles y des. no sé lo que la trae. hijo. páginas donde ha dejado su huella dactilar el tiempo o el polvo. de ver cómo va y viene eso. sobre todo los que vienen detrás. No sé si es el amor o la fuerza de mi soledad apremiante. claro y dócil. La triste comprobación de que estas cosas también ocurren en la vida. generalmente rojo. que los sueños doloridos del muchacho no eran sino pequeñas realidades extrasemanales a las que volver de vez en cuando. esa elasticidad. abrigos que se caen solos de las perchas. delgado e indiferente. cómo salta un poco dentro del pantalón. por domingos sin suerte. Hasta que decidimos seguirla. de un seno no logrado o un muslo desvanecido. no pienso acercarme a la muchacha. estoy viendo vivir a una esfericidad. Estoy viendo vivir a una esferecidad. Por lo demás. en las grutas altas con claraboya marina. porque la lámpara muda de tu carne es ignorada por los días de lluvia. pero seguimos con nuestros pensamientos. rincones donde viven periódicos atrasados y animales heridos. la nariz pequeña y la boca descarada. y a veces. A veces ocurre que vas por la calle y la esfericidad se te pone delante. ni hablarle. Naturalmente. y ese desnudo de mujer que alumbra. por domingos sin suerte vuelvo a mi lámpara de siglos. la esfericidad camina delante de nosotros. Glúteo y culo son palabras que le van bien. sin demasiada luz. un hombre que ha consumado todos sus sueños con extraña precisión de sonámbulo. lucirá un poco más bajo la palidez sombría de mi cuerpo. Pasaron aquellos tiempos. como dragones cuadriculados.

Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 61 De modo que decido ser el que viene detrás. en invierno. que siga a esa esfericidad. O sea. A lo mejor me compro un cucurucho de castañas. Vivo dentro de un cuadro de Magritte y soy el vecino que pasa. viendo vivir a una esfericidad. y todo ello me huele a tinta impresa. el picoteo malicioso de la popularidad. nunca con más entidad que una caja de puros llena. perturbadora por gratuita. Como castañas como otras veces voy con una barra de pan en la mano. A la mierda con todo. metros. . un duro de castañas y el ver vivir a esa esfericidad. de la niña. y más alta aún cuando salta un poco en los andares. y le envidiaba. y esto no iba a entenderlo. parabienes. que no contribuye a la marcha de las especies ni al comercio de las mercancías. mirar por mirar. aquello a lo que tengo derecho. la barra dorada en el día azul. pintaba barras de pan voladoras por el cielo azul. dijo el poeta. La esfericidad es esférica. ni alta ni baja. en todo caso. Es la hora de la media tarde. que tampoco iba a entenderlo. apresurarse en los pasos de peatones. unos artículos. esa curvatura ociosa. que es mi única verdad. lejos de la dorada y lamentable galaxia que le corresponde. que tiene de pronto la criatura. almacenes. belga e iluminado. unas cosas. lo que me corresponde. más bien alta. la vida nerviosa y dura. y atravesamos. Me siento un Magritte. En lugar de la gloria literaria del mediodía. uno detrás del otro —procuro que ella ni siquiera me advierta—. Uno está aquí. Sólo quiero ver una vez más el prodigio de una adolescencia que se redondea y canta. recibiendo sonrisas. cuando cae la tarde en la ciudad. Uno podría ir ahora por la vida repartiendo y recibiendo puros. el beso húmedo y falso de la gloria. porque la barra de pan es el periódico doblado. no alargada. ha hecho unos libros. Uno ha tenido constancia. de copas y risas. el señor que pasa. en mitad de la calle. Magritte. no abombada. gozando de lo que llamaremos mi pequeña gloria literaria. un asa de la naturaleza que no sirve para nada. la hora en que yo debiera estar viajando en ese cometa quieto que es el cóctel de cada atardecer. calles. sino porque yo soy el hombre de la calle. que es al fin y al cabo el olor de mi vida. seguir por seguir. ir a comprar el pan y pasearlo por la calle. la muchacha y yo. Como castañas y voy detrás de la esfericidad. con relación a la cintura. y el papel de periódico se calienta en mis manos con el calor de las castañas. me fisgo a mí mismo en los escaparates y el pan que llevo en la mano me emparenta con el pan que iba a comprar en la infancia. Uno ha sido tan estúpidamente paciente como para perder el tiempo y la vida en fabricar rectángulos impresos de grosor variable. tiendas. con su cola de luces y damas. como con una lanza de oro obrero para arremeter contra los gules del cielo. que la vea subir escaleras mecánicas de grandes almacenes. La esfericidad es perfecta. doblarse por la mitad modelando el pantalón. no porque yo haya renunciado a nada. ese lujo innecesario de la vida que es el cuerpo de la mujer. ni porque hubiese nada a lo que renunciar. un adorno. de mi trabajo. la copa venenosa de la fama. y vuelvo a ser aquel chico que hacía recados. Uno ha trabajado. De niño. No tendría nada que decirle a la muchacha. en el atardecer. El desinterés. el platonismo. Dos frescas mitades de manzana. Quizá llamaría a un guardia. como debe ser. y la tipografía atrasada y mentirosa se recrudece. En lugar de la gloria literaria del atardecer. que era un surrealista modesto y genial. ése que yo veía pasar de niño. la gracia de todo esto es que yo la siga un rato. Uno debiera estar ahora recaudando todo eso. un cuadro de Magritte cuando voy con mi barra de pan a través del mediodía. salvo algunas imágenes literarias sobre sus esfericidades posteriores. Pero que va siendo una de las pocas verdades diarias y ciertas que atisbo en el disparate de vivir. porque la barra de pan es el periódico de la panadería y trae las últimas noticias de lo que pasa en la tahona. como se pasea un periódico doblado. paciencia. dueño de sí. felicitaciones. un personaje de Magritte. Llevo el cucurucho de castañas en alto como algunos mediodías llevo el pan. yo veía pasar a un señor tranquilo. sin prisa. y está más cerca de la manzana que de la pera. escaleras. Esto es el arte por el arte. porque el pan siempre es el mismo. cafeterías. Como castañas y me alegro cuando no me salen podridas o locas. y las castañas asadas me huelen a infancia. aparecer y desaparecer entre la gente.

lejos de la astronomía convencional de las fiestas literarias. un dedo efébico. del que conocen. Lo he leído o lo he imaginado. con algo del torso desnudo de no sé qué adolescente. parejas. Con una barra de pan en la mano. Acariciar el pie. o con un oscuro revoltijo de castañas en la noche. Pintarlas. esa facundia. pero tampoco es por eso. Cruzamos luces. el pequeño animal. altura. juventud. y que ella haya salido a cuerpo. según los momentos. Aunque la chica fuera genial. echando humo. o esfericidad partida por dos. optimismo y alegría. esa esfericidad. esquinas. armónicas. me libero del gran error literario y estoy viendo vivir a esa esfericidad. hacer algo con aquellas uñas. Qué lejos del que creen que soy. No sé. cantando en rojo. apenas. sin cansancio ni razón para ello.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 62 y quería llegar a ser aquel señor. En fin. Un dedo que se quiere más adulto y agresivo. gentes. la alimaña graciosa con sus cinco armas breves. Es conveniente que el pantalón sea rojo. de ése en el que torpemente me he convertido. Nada más que eso. imprevisibles. Los surrealistas creían en el vagar por la ciudad y en el encuentro mágico de la mujer. lo demás lo hace la locomoción. Qué bien lejos de mí. Y me pregunto si alguna vez le he hecho las uñas de los pies a una mujer. Sólo quiero ver vivir dos masas de vida que cantan en libertad. del que odian. cortarlas. en algún momento. No quisiera hablar con la muchacha. O sea. nerviosismo. y el movimiento selvático que le imagino cuando se detiene y reposa. y esa doble esfericidad. Sólo eso. poniendo oro en el escudo del mediodía. Lo he vivido o lo he soñado. no sé. Sólo el perfil. Ni siquiera le he visto la cara. agilidad. gemelas. su prisa. Y la coraza de la uña. el momento en que desaparecerá de mi vista. ya digo. ajustado. y creo que ya he llegado o estoy llegando. le haría a la niña las uñas de los pies. viviente y pugnaz. Qué bien. Qué pena si fuera genial. Y la inmovilidad escultórica abundancia correcta y graciosa de la vida. la bestia muda y breve. de una materia pueril y saludable. a ver qué pasa. tiene gracia. Ni siquiera he necesitado verla de frente. ese dejarse llevar por el oleaje manso de la ciudad en el anochecer. o el momento en que dejaré de seguirla. Los pies de una muchacha. que todo consiste en lograr esa despreocupación. del que aman. esa indiferencia. Un pie de muchacha. Lo que le imagino cuando anda. el ojo bosquimano en el rabillo pintado. a pesar del frío. del que esperan. Seguramente iba a decepcionarme. . cuatro dedos como cuatro niños dormidos. esa grupa de muchacha. Tomar sus pies blancos. Todo lo más. y que el pantalón le esté ceñido. noches. para siempre. Cómo se aleja. A mí me basta con la mujer de espalda. Cómo se aleja. Esta muchacha.

sucias. conjuros. lo que no recuerdo de mí es él. con flores sucias. ella en mí. entre dos seres que no se encontraron nunca. y reencarnar yo en el hijo. padre. Estamos él y ella. reducidas de nuevo a la realidad rosa y razonable del hogar. distantes en el tiempo.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 63 Mi madre me cortaba las uñas. se las aprieto. la tarea íntima y delicada de recortarme las uñas. Oficio de ternura. Lo que no viví en mí lo vivo en él. No hay otro medimnismo. La gramática es cómplice del alma. no sólo por cortárselas. iba yo creciendo en ella. Ya no sirven. esa sucesión. que soy ella. de reducir mis garras infantiles. soy la mirada misma del hogar. Como yo ya no soy yo. que quieren ser bosque. ritual en la sombra. así. quizá. sino porque cuando lo hago despierta ella en mí. reunidos. Estoy oyendo crecer a mi hijo. Se las tomo de vez en cuando. esa intimidad diatrófica. se las corto y recorto. que es el mío. quién era ella cuando me las hacía a mí. El alma sabe mucha gramática. la pieza suelta del rompecabezas. ella y yo. Están ella y yo. a mi hijo. soy lo que mira. Eso es la vida. Están frente a frente. directamente. Soy el que mira. sus manos llenas de raspones. hacerle vivir dentro de nosotros. homenaje a un niño. la conciencia de la familia. Hay actos. picos y flecos. tapando su vida. entonces. en un rincón del hogar. mediante este ritual sencillo de cortarle las uñas a un niño he conseguido que ella reencarne en mí. el muerto nos posee. quién soy. ese manicurado familiar. a la curva limpia y breve de una uña humana. siendo otros. no sé. eclipsando la media luna blanca de su alma. y la paternidad o la maternidad perfecta han de participar también de lo otro) quien recorta las uñas al hijo. dijo alguien. tomaba a veces. negruras. Imitando al muerto. Él es el trozo que me faltaba de mi vida. de tarde en tarde. Soy el médium que sabe desaparecer cuando ha reunido dos espíritus. ritos pequeños y secretos que pueden resucitar a un muerto. desaparecido yo. mi hijo es ya el suyo. . madre (hay momentos en que el padre es también madre. quien se las hace al niño. Como les ven los muebles y los libros que. se las lavo del humus del mundo. Aparte el fetichismo de los objetos. Un hijo es la propia infancia recuperada. feroces. El lento crecer de la cutícula. como si tomase dos sapos amigos. y cómo es ella ahora. Toda imitación es una posesión. y las manos de un niño. Guardo en algún sitio las tijeras pequeñas y melladas con que ella me hacía las uñas. Como el lento crecer de la cutícula. Yo. Soy enlace. cuidada. son los mismos. como la madre es también padre. Están ella y yo. rotas en pico. Les veo como les ven las cosas. Pero no importa. Le corto las uñas al niño. Puedo decirlo de mil maneras. ese cartílago de bosque que horra las uñas de mi hijo. Es la única manera de que vuelva al mundo. Quién le hacía las uñas a aquella niña de pueblo que fue mi madre. qué soy. una ternura que viene del fondo de los tiempos. Mi madre en mí hace las uñas a su hijo. También me recortaba la cutícula. y ahora soy yo. Yo soy el trozo que me faltaba de mi madre.

El cuatro para el niño. es una silla o una escalera. pone el alma y la vida. un primer afán de interpretación y entendimiento. Todo niño. como el hombre primitivo en cada ciervo. que es el más puro de los estilos. infantil. Él cree que está aprendiendo los números. puro—. En él hay un alma común que se expresa. que está realizando el esfuerzo cultural gigantesco. en puridad el pensamiento abstracto. en cada letra. El cuatro. su alfabeto. sus fieras. es una recreación del mundo desde sus supuestos salvajes. adulto. y de ninguna manera es un naif. no tiene firma. señas de identidad. que es el primer barro del alma humana. se reclama en cada número. como la cerámica. de meter en nuestras estrechas abstracciones toda la vastedad de imágenes y formas que es el alma misma de la especie. no puede ser un valor abstracto. sino una misma cosa. se afirma. con sus manos torpes y obstinadas. entrando así en el animismo primitivo. No es esto contradictorio con la idea de anonimato y primitivismo. un primitivo. de adaptar un código a otro. dándoles alma a las medicinas y quitándosela a sí mismo. El arte primitivo afirma colectivamente. su escritura natural con imágenes. . hace sus primeras letras. sus primeras figuras. Se parecen todos los niños como se parecen todos los folklores y todas las culturas primitivas. no sólo por juego y plasticidad.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 64 Dibuja. Su caligrafía salvaje (en todo niño hay un salvaje perdido) y sus dibujos tienen el temblor de una primera delineación del mundo. se hace por algo y para algo. datos de su presente. pertenece al gran gremio de la infancia y nada más. mientras que los cuatros no existen. el niño no hace signos por los signos. en la pizarra. Bien sabemos que la individualidad es una conquista o una perversión de la cultura. escribe. O desea «que las medicinas no se confundan de niño». El adulto hace un cuatro cuando tiene que contar cuatro. sino la afirmación de una óptica. ese rastro de líneas. Para el niño no existe lo abstracto (ni para el hombre: lo abstracto es una ilusión filosófica de la que ya estamos cayendo). El niño. y toda la infancia vuelve a mirarse en su pizarra. y nuestro alfabeto y nuestra numeración abstractas toman aire de jeroglífico en el cuaderno del niño. y esas señales que va dejando mi hijo en el papel. lo que hace el niño no tiene nombre propio. y es como cuando el hombre primitivo comenzó a miniar la roca de la caverna. con la tozudez de un nombre recién conquistado. Lo que está haciendo. muy implacablemente. precisamente por moverse en el reino del anonimato. en realidad. en su cuatro. posterior. Todo niño es un anónimo. de la especie. el niño. más que un mimetismo de la cultura adulta. Una cosa egipcia y etrusca y salvaje y sensible. Porque. no sólo porque su personalidad no está hecha. sino por la sencilla razón de que las sillas y las escaleras existen. sino que los hace por sí mismo. sí. sino porque el niño vive en el fondo común y feliz de la especie. lo que yace en el fondo del hombre es el jeroglífico. Ceramista. de lo primitivo y comunitario. El niño se mueve todavía en el légamo anónimo. números y letras. Mi hijo hace su cuatro. el código importa más que el mensaje. sino porque su arte y su escritura nacen todavía del fondo común. sin saberlo. arcádico. indiferenciado. está ya ahí. no porque lo que hace lo haga ingenuamente. cultura. una fe de vida. Sólo en el arte culto. el niño. Todos los niños dibujan igual. es dejar huella de sí —de un sí mismo que es aún colectivo. como Rousseau no lo era ni pensó nunca serlo. de la humanidad. aunque el niño lo firme muy claramente. Como la artesanía. Tiene el estilo párvulo. o quizá ni siquiera lo cree. Haciendo surrealismo vallejiano. Se lo juega todo en cada cuatro. artesano anónimo. para el niño. que se ha perdido en la jungla de los adultos. El cuatro que dibuja mi hijo no es un cuatro. Como no existe. es un salvaje que echa de menos su tribu.

el hueco de un vagón de mercancías que estuvo mucho tiempo ahí varado y ha dejado un vacío rectangular y soso. en las ciudades de allá arriba. alargan la vida. y un día es igual al otro. Esto se acaba. El pudridero literario está lleno de ellos. sus ojos de chino intelectual. fijo. fuera de mi luz. sus sucias alas de volar en las bodegas. le veo marchar. Una congoja que dan los grandes días de sol. y la luz es siempre una recaída. y lo que destila es odio y halago. no hay arrastre hacia la muerte. El sol es la gran enfermedad del mundo. y entonces se tiene la angustia de la circunferencia. lejos de mi luz. viene de su garita literaria con moho en los dientes y piedrecillas en el pelo. El sol es como una enfermedad. aparece a veces el escritor. dentro siempre del proceso de su frustración. y así estoy de incómodo. Quizás. leo. que no es luz todo lo que alumbra. Durante unos días consigo ir en sus aguas. Es cuando los días se desprenden de mi cuerpo como la carne de los leprosos. en la que se ha quemado las alas un momento. Inútilmente eternos. Trae su alma de tabaco infecto. una hilacha de esa vida literaria que está lejos y cerca. Y viene uno cualquiera. geografías de mi cuerpo que entierro para siempre. A veces se consigue la sensación óptica de que el tiempo está quieto. el tiempo se deshiela. y esto no se consigue así como así. neurasténicos. La herida del tiempo. Es uno. no ir ni más de prisa ni más despacio que él. Viene de su fondo de erudiciones húmedas y amores homosexuales. lo escucho. Locos fijos. las innumerables formas de la frustración. el tiempo vuelve a cerrarse en torno de mí. cavando sus propios túneles. El tiempo es una herida. a sentir el tiempo como una celeridad. a ver la vida de principio a fin. llevado. Luego. Y entonces es cuando salen las cosas y mejor se ve el mundo. paseo. toda clase de tipos. Pero en cuanto asoma la dicha. en el túnel lluvioso del invierno.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 65 Los días se desprenden de mi cuerpo como la carne de los leprosos. su fracaso. tontos. sí. estática y completa. de prisa. su untuosidad. envidiosos. su ir devorando la vida y la costa con una paciencia de agua. pero siempre se está acabando el tiempo. mientras escribo. su sonrisa de niño viejo. volviendo al tronco de árbol podrido del que salió un momento para hacerme esta visita sonriente y enferma. Miro los caminos del campo que van hacia el crepúsculo. durante siglos. en un manoteo inútil. los que dan a su tumba. mediocre. voluntarioso y feo. y me deja sobre la mesa su charco de erudición y baba. en una aventura por el campo. viajo. amor y fracaso. desde el cielo sin nubes. hace no sé cuánto. y nuestra inutilidad nos hace eternos. Duermo mal y también en la noche sé que el tiempo pasa. Nada. Porque el tiempo tiene un ritmo. He empezado. perfumados. el pesimismo y la humedad retienen el tiempo. No quiero nada con él. tranquilo. Tullidos intelectuales. y no hay que perder el compás. Ser un contemplador de orillas. Pero ese estatismo coincide paradójicamente con la sensación de celeridad. Tengo la conciencia clara de que el tiempo pasa. placentero. vetas enteras de mi vida. digamos. Tenemos entonces conciencia de ser desgraciados. por la que se ve que en el sol no todo es luz. porque la frustración puede tomar incluso la forma de un triunfo mate. canta la luz o rueda el sol. En un viaje a provincias. pero no hay transcurrir. Pero el sol me arranca los días de la piel. la labor pastoral y feroz de la espuma. sonrío. un deleznable compañero que no nos ha acompañado nunca en nada. Lo que hay que conseguir —a veces lo consigo— es acompasarse con el tiempo. el gran iceberg se desliza y se deslíe. porque el mundo hay que mirarlo como la orilla del tiempo. desvalido y pretencioso. largo y grandioso. Miro el campo llano al que le cae una sombra de no se sabe dónde. homosexuales de la sabiduría. son miles. resentimiento y melancolía. miro la . una sombra como una mancha del sol. Hay de todo. catarrosos de alma. enanos con miopía. una fruta que madura en veinticuatro horas y cae podrida a los valles del tiempo. hablo con mi hijo y voy pasando las hojas de este libro. como un anillo. esa roca que estampa su gesto contra el cielo. y se va hacia la noche de los tiempos. El sol es como una enfermedad. una agresividad rancia y una adulación innecesaria y mojada. hago el amor. Y son pústulas de oro. Miro el mar del invierno. un compás. miro esos espacios muertos de las estaciones. su elegancia sobada y pobre. en una salida al mundo. o de ser inútiles. y se da con el fenómeno o el espejismo de lo circular. En una de esas glorietas de tiempo quieto.

a través del cual ve mi infancia. miro los libros que se adensan de polvo y entornan sus letras en las librerías donde no voy a comprar nada. Y nada de eso es el tiempo. llenas de papeles y cintas de máquinas viejas. las formas imprevistas de mi pelo. donde la cena de la noche anterior ha tomado ya aspecto de crimen. por el que pasan peces de sol y aguas de atmósfera. y nada de eso es el tiempo. que ha dejado sus dientes tristes en mis botas. sino sólo el paso del tiempo. cuando un viejo está matando a una vieja sin que nadie lo sepa hasta el día siguiente. . Miro el descenso de los ascensores visto desde dentro. la serpiente marrón de nuestras interminables defecaciones.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 66 soledad del mar. que mi hijo ni alcanza a ver y que nunca pedirá. o esa primera inutilidad de la ropa de invierno en un inesperado día de sol. miro mi edad en los espejos de las tiendas. el domingo de las oficinas. con unos ojos de paz y egoísmo. la agonía de las ciudades en el anochecer. mate de estrellas. los pueblos solitarios. la lluvia sobre los faros olvidados de un automóvil. con un palacio abandonado. la serpiente de grasa dormida en las traseras. el color de tela triste que tienen las cuatro de la tarde. los quioscos fragantes de actualidad. el color azul de algunos zócalos. nunca igualado por nadie. el abandono húmedo con que nos espera. miro el pan partido con una víctima. el despertar de las cocinas. las papeleras con la satisfacción del deber cumplido. como un barco hundido hacia arriba. los juguetes de lo alto del armario. la docilidad de las puertas. la torrentera de mis muslos. la hierba que crece a ojos vistas por la mañana. como un armonium desguazado. el silencio de las rotativas en los periódicos dormidos. en los aires. el alón cansado y polvoriento de los aviones. el sueño de mi hijo. ese gesto vacío que tienen las mujeres cuando toman conciencia de un hueco en su carne. el humo de la comida del mediodía. las teclas de mi máquina. los perros que me miran mientras defecan en la vía pública. el campo. el desayuno oscuro de las viejas.

en medio de la noche. comprar una lámpara. el miedo. la llama quieta que crece por la sangre. con el mal. La fiebre y el horror. ahora. Comprar una lámpara. Y la lámpara. en la casa. se va a las grandes tiendas. incendiando pacíficamente la vida. Ya está ahí la lámpara. el miedo. el niño. sólo soy una mirada sobre el tiempo. También el horror puede llegar a ser de alguna manera confortable. a mí me los matan. El hogar tiene una dimensión nueva con la nueva luz. con el miedo. tendido. Así lo contemplo todo. el abismo rojo donde le pierdo. La muerte en torno. a veces. la hoguera inexistente en que se quema. precio fijo y sonrisa menstrual de la cajera. de dónde. Parece que esa luz distinta. Niños de luz en el redondel de la lámpara. y se vuelve a casa con la fiebre. ese quemarse el cuerpo y la vida en un incendio lento y mudo. La lámpara apagada luce encendida en mi desvelo. como un día de sol. como luego me lo buscaba yo mismo. ese fuego secreto que mi madre buscaba en sí. El insomne sorprende su propia vida. con los ojos en la tiniebla. La sombra y la vida. los niños. Pero la vida va oscureciendo lámparas. en el fuego de la fiebre. Lo glorioso y lo espantoso es que todos son ya mis hijos. Todos son mis hijos. libre de todos los peligros. Reponer la lámpara es como reponer el aceite de la lámpara.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 67 La fiebre. Los niños son lámparas de la vida. asiste al curso subterráneo de su existencia. comprar una lámpara. gentes. la fiebre del hijo. desciende a las bodegas secretas del ser. clara. Todo eso que veo ahora. Mi casa es una lámpara nueva y el hijo con fiebre. Luz de niño. el aceite de su risa. todo lo que nos pasa. el miedo. eso que hacían los antiguos. falta una lámpara. con la sonrisa desentrañada por la lámpara demasiado nueva y refulgente. Lamparilla. Un niño es una lámpara de vida. se busca la lámpara entre las lámparas. La fiebre. Sufre uno. Cómo se puede vivir en el horror. por las catedrales confusas de los bazares. Mi vida es la luz y la muerte. Se puede. como lo busco ahora en mi hijo. El niño. La fiebre. nos salva de algo. y se vuelve a casa con la lámpara. me los abrasan. La fiebre del hijo. y sus crepúsculos internos agrandándose hasta los ojos. un día se sale a comprar una lámpara. que todos son torturados por la vida bajo mi paternidad. se habla con dependientas. veo mi . pero en seguida iremos poblando esas zonas inéditas de la lámpara. mira la luz del vivir desde la cámara oscura de la vigilia. Hemos puesto una lámpara en el corazón del terror. sufren todos. carne de lámpara. fijo. La lámpara. de otro color. el insomnio. mira la vida desde la muerte. se desenmaraña el lío de músico. ambientadores. el niño. como una estrella. Cambiar la lámpara. a salvo. Cómo arde y chisporrotea y muere la candela de su vida. torturando las sienes haciendo restallar las manos. Tener a un ser en la muerte es tenerlo ya seguro. me los quitan. más allá de todas las riadas de la vida. y mi vida desaparece en la horizontalidad. nueva. yo soy padre de todos los hijos. el terror. la confortabilidad del horror. la fiebre ondeando sus fatigadas banderas. comprar una lámpara. tenemos que comprar una lámpara. creando un engaño de luz fácil. despierto. Y el fuego. por qué la fiebre. Así como mi hijo es hijo de la humanidad. nos vemos todos de otra luz. el fuego en que me arde. y se sale. ve los días desde la noche. que buscaba en mí. ese miedo que me asusta como nada. Tendido en la oscuridad. tersa. Dar un paseo. La casa luce de otra forma. Haber sido padre una vez es haberlo sido y seguirlo siendo por los siglos de los siglos. matando resplandores. Pero se puede vivir —y esto es lo atroz en la entrada misma del horror. Un niño es un aceite inextinguible. encargados. solo. La luz es el cuerpo de la lámpara. Todos los niños son el mismo niño. Esas cosas de que se hace la vida. la fiebre.

hablo solo por la calle. Cuando el mundo se me nubla de dolor. al chico que voceaba su miedo y su rabia en los anocheceres lóbregos de la infancia. hielo alegre del domingo. Leer o escribir es ya la misma cosa. Aprenden de mí y cobran nueva dimensión con mi lectura. es continuidad. siempre mi alma abierta. lo iluminan. converso en voz alta con mi vida. lo interpretan. escupe. el viento matinal que todavía busca algo por el mundo. juramentos. Leen al hombre que soy ahora. blasfemias. con sol frío. sino para sacar a pasear al pobre patán. y el que habla desde mí no es el yo convencional de todos los días. Salvación única. palpitantes. Si me levanto. repugnante. pero el dolor arde en su centro.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 68 vida como una historia de nubes. sino que en ese diálogo de loco aflora un golfo malhablado que llevo dentro. digo cosas. dice tacos. Tengo un alma lustral que va en ellos. Cuando ya nada. de la continuidad. si profano la luz. se quitan la palabra. más sencillamente. y el día resplandece. un obrero anónimo en los telares del idioma. Es entrar en la rueda que se torna manantial. Ellos son sus personajes. Toda la torrentera de una lengua ha pasado a través de mí. sino también la patria. La sangre en la boca. muy anterior a mí. del trabajo. el círculo que es la costumbre del infinito. a la tarde. y luego vuelvo a casa. Se puede. No ser nadie en la cultura. el niño. cuando leo o escribo. Es el frescor germinal de una historia. ríe y llora. Habito. siempre mi mirada abierta. la literatura. en tarea. Se puede vivir indefinidamente en el terror. el miedo. porque la muerte no se merece la vida y no hay que reservársela. La eternidad del idioma es funcional. Los inmensos telares de la literatura. Algo mira desde mí cuando ya no miro nada. en el paisaje que se torna libro. y que seguirá fluyendo después que yo muera. se libera el callejeador anónimo. sus primitivos. Leo a los clásicos en la misma medida en que ellos leen en mí. Trabajo en el idioma y el idioma trabaja en mí. El idioma. extendidos ante mí. si bebo agua. Por debajo de mis ojos cerrados. Apago la lámpara y. Trabajar en literatura es trabajar en un molino inmortal. No hablar solo para decir sentenciosas verdades. nunca morirán. Mejor no ser nadie. La noche. Nada existe. siempre mis ojos abiertos. la continuidad de la cultura. Nadie se baña dos veces en el mismo río de palabras. La literatura. y el presente es una hoja nueva de árbol. O salgo a la calle. abiertos. y que luego. nada ha existido. cansado y vencido. así. lo que escribo y lo que leo. heladas de noche. No es una ilusión de eternidad. sino. sino por esa moral más profunda de la estructura. El torrente del pensamiento. duele en su entraña. no son inmortales por su sentido moral. Está siempre haciéndose y deshaciéndose. a la tarde. en oficio. sus anónimos y sus poetas. si enciendo la lámpara. un compromiso con la continuidad. en mí mira. en el manantial que se torna paisaje. La literatura es el reino de la salud perenne. por debajo de mis párpados cerrados. Todo en él está vivo porque todo está muerto. Mis «multitudes interiores» hablan en mí. en el día quieto. cuando yo los estoy leyendo. En ellos me refresco y canto. presagio de primavera. La literatura es al mismo tiempo el reino de la gran actividad. Sus personajes tampoco. liberado y . si miro en torno. Las sábanas. el pensamiento. luego. tarea febril. el ojo que mira y la mano que teje. ya no buscará. en que puedo ahogarme para salvarme. Hacer de la vida un tapiz. o en el anochecer puro y lúcido. con sus clásicos. ahora lo sabemos. Hoja tierna del cielo. lo que me escribe y lo que me lee. Los idiomas están fluyendo siempre. Una abeja más en la inmensa colmena de las palabras. el idioma no es sólo el oficio. vida mortal y rosa. y lo escribo todo para que de alguna manera exista. tibias de mí. la lámpara. Ser la lanzadera y el hilo. es un río en que puedo hundirme a capricho. Quedar convertido en instrumento. El agua en la boca. al loco que uno es. Como yo mismo. Tomar contacto con el filo deslumbrante de lo eterno. A ellos vuelvo cuando la vida abrasa. por sus pretenciosas verdades pretenciosamente enunciadas. Por debajo de mi mirada cerrada. asisto a la demolición nocturna y secreta de las cosas. canta un paria. Como nunca han sido. Algo que viene de muy lejos. Hay tantos mares como idiomas. Cervantes y Proust no van a fallecer nunca. la fiebre. de la cultura. voy y vengo.

en lo más hondo. silbar. a primera hora de la noche. Lo hago como abriendo desvanes. Una cosa que he hecho muchas veces en mi vida. Un paria con las manos en los bolsillos y los bolsillos vacíos. ni porque diga Dios. Hablar solo.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 69 silencioso. llorar. Bandas de golfos. que siempre está callado. pasear en la mano un feldespato de subconsciente. aireando baúles. sacar afuera trozos de mis ruinas interiores. como si hubiera dejado atrás a toda esa turba callejera que soy yo mismo. con palabras gordas y elementales. vocablos mineralizados y trozos de madera verbal. Y otra vez a casa. ni por buscar a Dios entre la niebla. sino el paseo que se da el barrio alrededor de sí mismo. Y no lo hago porque espere hablar a Dios un día. No una soledad metafísica. Raíces y musgos. cantar. gritones callejeros afloran en mí cuando hablo solo. . por las calles negras de una ciudad. dejando correr todo ese légamo de obscenidades y rencores que es la propia vida. Hablar solo.

Casi todos los movimientos del universo son estúpidos. La vida es suicida y necia cuando se encarniza contra el niño. se niega a sí misma. Por el mal de los niños descubrimos que «la vida no es noble. abolida toda posibilidad de ascensión del hombre a sí mismo. una aglomeración de tiempo y presente en el cuerpo desnudo del niño. ni buena. La biología es blasfematoria. una decantación de la luz y de la palabra. Hay una acumulación de pureza. más que un crimen. ni sagrada». y el atentado contra la vida del niño es una destrucción de la única sacralidad de la existencia. tiene su instante celeste y único en la carne dorada del hijo. La sacralidad del niño es algo que alumbra milagrosamente en el universo. y el mal de los niños tiene todo el horror de una profanación. una profanación.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 70 Pero el niño es sagrado. La vida se sacraliza en los niños. Un niño enfermo es una blasfemia que profiere la vida. de cebarse en sí misma. pero el légamo original acaba siempre por decir su palabra horrible contra la vida. y después de esto sólo queda la mera rutina vegetativa. . Un niño enfermo es la visualización del suicidio incesante de la especie. cuando atenta contra él. en su vida desnuda. es. y por eso la vida es sacrílega cuando profana al niño. Descubrimos lo que la vida tiene de alimaña ciega.

Porque en la cima del horror. pero una de estas treguas. El niño es la creación sin angustia. Mi hijo se pone ante el papel ignorando que hay siglos de pintura detrás de él. en la irrealidad que ha marginado el tiempo. valientes. sin vaivén». moja el pincel aquí y allá. Es cierto que vivimos de treguas y que sólo tenemos treguas. escribo. «de tan alto. por encima de su consabida gracia: la ausencia de angustia. pero todo en un espejo. con un papel sujeto a una pizarra. se vive en un regato sin horas. nos codicia.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 71 Más allá está el horror. su saber lo que quiere. Acaba de inventar la pintura. Se ha dicho esto muchas veces. ese sosiego neutro que he conocido yo. Es asombrosa su serenidad. Sólo por el dolor supremo y por el placer supremo se sale del tiempo. sin prisa y sin pausa (el niño sí que no tiene prisas ni pausas. encendidos. falsos. en el pabellón de las sombras por donde un pequeño saltamontes humano. pinta. escribió Blake. vivo como todos los días. desde algún sitio. y esto es lo que nos fascina en las obras de los niños. compro pan. se enlaguna monstruosamente. la frescura. su falta de dubitación. esa plenitud inversa donde ya nada se mueve. esa manera de pintar. No importa lo que hace ni si lo hace bien o mal. vivirlo. voy dando el largo rodeo de la costumbre. es una forma de actualidad espantable. vida plena. Hago la vida de siempre. para ignorarlo. Pinta y ya está. El niño y los colores. Del otro lado de las cosas. Acaba de inventar ese ademán. y estuve mirando la naturalidad. dibuja. El niño pinta como hace música o cuenta. salvo que es una vida mirada por el horror. y es la vida toda. hay quietud. Pinta. nos vigila. que no es lo uno ni lo otro— se prolonga indefinidamente y nos da esta única eternidad posible. o una niña destrozada por un automóvil. intemporalidad. de tan alto. crece. niño roto e inquieto. Algo. la ligereza mental que le permite apoderarse del mundo sin esfuerzo. Así hay que crear. ese gesto. colorea. sin la angustia del creador. «Si el sol dudase un momento se apagaría». sino que el corazón es una piedra desnuda y el pensamiento es una cinta muda. sin atmósfera. me muevo. la novedad con que el niño obtiene los colores. en tanto que el horror —ámbito de lo uno y de lo otro. movimientos sin música y palabras sin perfume. dibuja. pero es como cuando nos comportamos con cautelosa naturalidad delante de un animal que nos acecha. pero es maravilloso comprobarlo. y es preciso haber llegado a lo más alto del horror para conocer esa quietud mortal. y procuro que hagamos como siempre para distraerlo. Sólo se es eterno en el horror. Sólo él crea. para que nos ignore. hablo al hijo. vivos. Actualidad total. auténticos. lo mueve sobre el papel con ligereza y libertad. Ahora tengo al niño entre los niños enfermos. de una precisión zurbaranesca. Los niños son pequeños soles porque no dudan un momento. Importa esa maravillosa libertad del niño. No experimenta el peso inhibitorio de la cultura. Los colores que son colores industriales de droguería. como el dolor. y la vida. Nuestra vida es la de siempre. Pero el placer es insostenible. le quedan brillantes. nada canta. paseo. sino un ritmo natural). para no sobresaltarle. nada duda. con su . de pronto. despojada de su levadura de días. Sólo haciéndose como uno de esos pequeñuelos se entra en el reino de la creación artística. como en todas las cimas. El otro día se sentó a pintar. No hay inhibiciones para el artista infantil.

el hondón de la existencia. de esa gota de suero. en una inmensa clínica de hierro donde los platos humeantes de muerte van solos. los enjabona de contigüidad. De muy pequeño la literatura fue para mí lo que luego he sabido que se ha llamado la novela familiar de los neuróticos. por el contrario. Su risa triunfa de la muerte. una configuración ideal del mundo. Niños que sufren. El sueño del niño expósito. sino haber consumado la novela familiar. el loto infantil y breve que pinta el día con luces nuevas. con mi media vida consumada en la literatura. Cuando el niño ríe. Ahora compruebo complacidamente que no he vivido. a medida que la literatura se realizó en mi vida y yo me realicé en ella. provocarla o compartirla. no he tomado jamás contacto con los mercaderes y los carniceros. Nada puede pasarme porque no estoy en el mundo. he salvado mi sueño y por eso mi vida no se ha perdido ni se ha frustrado. en la infancia. Esto. funde a los seres unos con otros. La gran realización no es haber llegado a una cierta profesionalidad en el oficio —por donde podría volver a caer en el mundo—. hombres como pájaros hambrientos. el débil varillaje humano pinchando las esquinas de un lienzo pobre. creí que era. La mano pura que sabe crear colores de la nada. conectar con su risa. sus compraventas y sus transferencias. la vida se aligera y el sol se enciende. el dolor del pueblo. Gracias a la literatura he podido mantenerme al margen de los mercados del hombre. riza la luz. Moriré sin haber pasado por el mundo. cae ahora herido. Ahora lo siento lúcidamente como algo conseguido. con una aguja en su vena más fina. bullen y mueren. La risa del niño. la verdad pueril y desoladora de la vida. madres con los ojos pardos como lobas del pueblo. En torno de su silencio. Tengo al hijo pendiente de esa salud que gotea. madres jóvenes y oscuras como montes calcinados. con el hijo en los brazos. El niño y la risa. mi repugnancia hacia la sociedad de los adultos. un alejamiento de la realidad. a escucharla de lejos y de cerca. de graznido triste. orinan los niños su tristeza y huele el mundo a herida infectada. alegra el día y establece una continuidad sencilla entre los seres que no puede ser destruida por nada. lo cual no tiene nada que ver con la torre de marfil. en el mundo cerrado que es la literatura. Me quedan los colores que ha creado el niño. La risa siempre es comunicativa. algo que gotea vida o muerte. Zumba el dolor en patios interiores. y su gloria es el dolor de otros niños. Ahora. la espada de mis conquistas. y sólo aspiro ya a encontrar la risa de mi hijo. por ascensores lentos.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 72 sueño de manzana pisada. en multitud. es la risa. pasan mujeres con palanganas en la mano. pero con los adultos hay otros lenguajes. oros enigmáticos de un Universo que se ignora a sí mismo. a hacerla correr. El máximo lenguaje. se ha hecho verdad. el fondo del mundo. anónima y sagrada. sueña formas de serpiente debajo de las lágrimas crueles. de luz. llevados de la velocidad. mirando por la muerte. Llegar a su risa. la epopeya del niño expósito o del bastardo. el mundo se espuma. para con el niño. enfermo siempre. estoy salvado y lejano en el mero arte de escribir. He prolongado mi infancia a lo largo de toda la vida. Y nada más. el primero y el más profundo. Luego. En la cripta que es un niño sólo se entra por la celosía de su risa. y la sangre que ya no es de nadie. el sueño expósito. ésta vuelve a ser para mí lo que fue en la infancia y lo que realmente ha sido siempre: mi manera de no estar en el mundo. He ido. haber abolido para siempre esa realidad de segundo grado que es el comercio y la calle. la novela familiar se ha realizado en mí. Pasa su risa como un agua ligera por encima de las cosas. en lo más niño de la infancia. es haber entrado en lo más infante del niño. niños que mueren. La risa es su gran lenguaje. No he vivido. e incluso cuando más de cerca parece que toco el mundo con mi prosa. era sólo un proyecto. He vivido el . Ahora lo tengo aquí. hacia sus trámites. Era como la visualización de nuestro destino. Jamás he salido del ámbito mágico de la literatura. de vida. hasta estrellarnos contra el fondo del silencio. mi instrumento de posesión del mundo.

. Escribir es sólo la exteriorización de una actitud y de una óptica. pero literariamente. El escritor va por dentro.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 73 mundo intensamente.

en el cielo sin día. hay todavía un invierno muerto en la terraza. El niño está lejos. una cuerda de tender que baila en el aire. libros. torpemente. que en las tardes y en las noches del estío me sentaba ahí fuera con un libro o con mi diálogo interior. Un sillón de mimbre pintado de rosa. buscándome. con espuma en el alma. lámparas. La terraza es un ataúd abierto. en el día sin horas. La terraza pequeño espacio extradoméstico.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 74 La terraza en esta primavera inverniza. Esto. Y entre todo el desorden miro las fotos del hijo. y la desesperanza de la chaqueta en una silla. tanta vida. que cruza el paisaje. Todavía jugamos. sillas. blancos sin sol. soplado por una boca oscura. Me mira por encima de la taza. en una gran foto. con algo roto. un hogar encallado. en la chamarilería atroz a la que todos venimos a parar antes o después. abrigos como víctimas. las habitaciones solas. de mí mismo. como una alta cofa al norte del cielo. hierro. en la terraza. yo estoy aquí. esperando la herrumbre del olvido. en la luz sin sol. el niño con un tazón en la mano. como un verano muerto y esquelético. pero tampoco estoy. Una cuerda insegura. como un pájaro grisáceo caído del cielo inhóspito. ventanas blancas. ladrillo y cristal. y que espera al final de toda existencia. cuajada de invierno. un mueble incoherente. solos y mudos. el niño serio. . tanta esperanza y tanta letra menuda han venido a parar en esto. El niño y yo somos irreales. esa foto de una mañana en la sierra. detrás del cristal. La terraza. en la compraventa secreta de la derrota. de lo que querías huir siempre. fantasmales. pisando humedades secretas. con la risa adivinada. como en la almoneda de mi vida. más allá de su muerte y de mi vida. La casa fría. como más allá de la vida y de la muerte. habitaciones blancas. aquel día entre los días. Me sirvo un vaso de agua y espero. con unos ojos grandes y lentos donde se cuaja la vida. estrellado contra los vidrios de la felicidad. quieto. un reducto de libros y muerte por el que me muevo hablando solo. por debajo del flequillo. a contraluz. porcelanas. Se han retirado las aguas de la catástrofe y estoy aquí. una línea dudosa que empequeñece el mundo. quietos en lo fatal. temblorosos al viento de marzo. unos tiestos secos. Porque tanto esfuerzo. aquel desayuno. Una bicicleta o un triciclo del niño. entre cuadros. un precipicio de los días. el hueco de mí mismo. una soledad como un naufragio. Jugamos a juegos blancos. descolorida. Han pasado noches sobre todo ello. con pecho de mimbre y sin cabeza. ropas tristes. filtraciones letales. El niño desnudo en veranos blancos. Y piedras. vistiendo el respaldo con una inútil adecuación. torcido. en la ropavejería que acaba siendo siempre un hogar. o esa otra imagen suya. en habitaciones blancas. sólo de tierra. cosas caídas del techo o del cielo. el hueco de un verano. un tenedor en la mano. Los tiestos. cosas olvidadas. tibios. un sobrante de hogar que festonea de abandono y polvo el fracaso de nuestra vida. como el remedo de una persona. El niño y yo jugamos por pasillos blancos. La terraza es vida arrinconada. El sillón de mimbre tiene un almohadón de pana verde. desvalido y grave. algo que le brilla. mirando. en días blancos sin luz. El verdor ha huido de los tiestos. el apretado resumen de vida y gozo que es. eriales breves y redondos. mide precariamente el vacío y le da una dimensión doméstica al firmamento. jugando por pasillos blancos. buscando algo.

Ahora palpo carne dolorida en mi alma y toda mi existencia transcurre dentro de una llaga. dijo alguien. fotos con animales. de pronto. Al hijo lo perderemos siempre. en la vida o en la muerte. Al hilo de las fotos. los momentos dichosos. la primavera. ¿Qué queda de una infancia? Quedan fotografías. rastros. la suya tiene para mí un doble fondo de tristeza. el niño alegre. sus imágenes. se subsume en la deteriorada realidad y deviene hombre. Sabemos que tenemos perdidas por algún sitio unas monedas de felicidad. este ser que ha nacido y ha cambiado ante mis ojos. Mas nadie podrá quitarme el turbión de frescura. bloque razonable y estéril. sucesión de niños que son el niño. si destilo en la memoria lo que ha sido mi vida. una angostura. una aglomeración. Y veo un cuerpo de mujer. un quiebro de debilidad. El niño serio. Por él. Un niño acaba por perderse siempre en el bosque de los adultos. una cabeza muy tierna. culebreo de la alegría que ahora cesa. El hijo es un relámpago de futuro que nos deslumbra un momento. Entre todas las risas infantiles. El niño desaparece un día en el hombre. en un cuerpo de mujer. colores y luces. He profundizado hasta donde me ha sido posible la dimensión nueva que él abría en la vida. En la quietud de las fotos se ve mejor la movilidad de su vida. Momentos del niño. el niño en el lodo gozoso de la vida. ¿Y yo. La niñez está perpetuamente amenazada. He enterrado muy profundo un tesoro que sólo lo es por eso. los grandes picos. una llama que se sopla a sí misma. el niño triste. Hijo. El niño es sucesivo. la luz que ha dado. violenta. instantes de su vida. la dimensión desgarradora y clara que él le dio al mundo. en el esquife loco de una mañana adolescente. Pero seguramente tampoco fue así. el brillo del día. la gracia sin pasado de su alma. La única posibilidad inaudita de la existencia es un niño. una energía incipiente en sus mejillas banales. a uno distinto cada día. alambres. He dibujado en sueños. El hombre empieza siendo sólo perfume. destinada a desaparecer para siempre en un horizonte poblado. pero la niñez es fragancia que desaparece al aspirarla. Cada cinco o seis meses el niño es otro. repaso la vida del hijo. el niño disfrazado de otra cosa. más adentro y más lejos. una luz. Creía amar a un solo niño y he amado a muchos. en algunas fotos. el resumen de mi felicidad? Si hago ahora recuento. por estar enterrado. ¿Adónde han ido las infancias de todos nosotros? El niño es una luz que se extingue en su propio humo. los hocicos amigos. Con dolor sordo. La brisa. digo. El aroma. algo tiene de pronto el olor y el recuerdo de no sé qué paraísos. El hijo en una ventana. por mi hijo. adulto y oscuro. he visto más allá. La vida se inicia como aroma. El fondo neutro y sabido de la vida acaba por absorber al niño. la infancia es una multitud.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 75 que era todo él. Quizá sea ése el significado de los cuentos infantiles. y quizás — ay— eso basta. Nada. La música nos inventa un pasado que no conocemos. las nubes también nos llevan de pronto a un pasado que no conocemos. la fulguración del cielo en el metal de su infancia. Regato de vida desmandada escapándosele a la vida. desde siempre. En una tarde que no sé. las bengalas que de su existir brotaban a cada paso. como un boquete fresco de verde música. cintas. moviéndome siempre dentro de los límites de la herida. con el tiempo. los ojos mortecinos. Basta aspirar profundamente para que . con luz de mañana o de tarde. pero vuelta otra vez al oro triste. Él mismo. cómo los moldes del sueño se henchían de certeza. cierta majestad que a veces tienen los niños a esa edad. En cuanto lo saque a la luz no será nada. la ráfaga. Y su adhesión incondicional a la vida. He sido feliz. un recuerdo. quizás un año de vida. La infancia se disuelve en sí misma y desaparece. Algo le brillaba al niño: un tenedor o el alma. algo que me la hace estremecedora y querida. la cabeza erguida. y he ido viendo luego. ráfagas de hijo. todo es una gota de sol melancólica. día a día. una instantánea de mar. En el reposo de la cartulina fulgura la prisa que es la infancia. de qué fondo le viene esa seriedad a un niño. que nos resta una calderilla de luz. y me dio a mí. las pesadas pezuñas. instantáneas de una vida erizada de instantes. exasperada a veces.

Ay. útil o mejor. y comprendo que ya nunca llegaré a solemne. a mis colegas. En cuanto salgo a unos kilómetros del centro ya estoy perdido. a la ropa vieja. la fama. en el mejor de los casos. elegir sombreros de fino orillo. La dicha es inasequible precisamente porque la estamos recordando. Que la palabra felicidad remite al futuro. como dentro de todo escritor. Eso es. Hay en mí. he repartido mi firma por todas partes. frente al mar. el viaje de un tren de cercanías. de envarar el cuerpo y sustentar la voz. aquella vez. Y creo que alguna vez lo fui porque entonces. para recobrarme. Otros llegan a ella mucho antes. Se ha dicho que la literatura de ciencia-ficción está llena de añoranzas prehistóricas. Antes de tiempo. Me imagino ante el espejo del armario. pero ellos. y mi aura. La recordamos tan intensa y lejanamente que sin duda pertenece al pasado de la especie. Lugares. del que la extrapolamos al futuro remoto con un movimiento mecánico de autodefensa. también. el renombre.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 76 suba del fondo de la tierra o del fondo de la memoria un tiempo que no está en el tiempo. Hay que llegar a otro término para reencontrarla. al cuero. la popularidad. He escrito unos libros. llevamos su imagen en la memoria. de viaje. He renunciado a la solemnidad. Me siento importante en la ciudad. Todo instante de felicidad no es sino la confirmación de que tenemos un pasado. Luego. los finos bastones inquisitivos de la edad. Algunas mañanas lo intento. dominar la situación. Parece instintivamente que la felicidad está por venir. De la dicha sólo tenemos el recuerdo: nunca hemos tenido la experiencia. Se desea llegar a otra ciudad para recobrar todo lo que hemos ido perdiendo por los campos inmensos. Pero se ha retirado a tiempo. otras gentes. Pero remite realmente a un pasado remoto. Sería llegado el momento de la solemnidad. que empiezan por la solemnidad. He de llegar a otra ciudad para recobrarla.. La felicidad es algo que ocurrió una vez. La gloria no va más allá del término municipal. gentes. Confío en que seré feliz porque alguna vez lo fui. otros espejos me reflejen. porque la tomamos siempre del recuerdo.. a las camisas abiertas. Veo en torno a los solemnes. los guantes hipotéticos de la gala. . si uno ha trabajado y no ha hecho demasiadas locuras. Eso no suena a nada entre los montes. Tengo derecho. verdaderos y ajenos. una felicidad irrecordable. de todo intelectual. verídico. y decirlo en voz alta: «Soy escritor. el simple prestigio se acaban a la vuelta de la esquina. ¿Y mi nombre. de todo político. un golfo callejero que le ha silbado. soy importante. Fue. No lucha uno por llegar a ser profundo. La solemnidad. de momento. La perdemos en el campo. Sólo se puede soñar el pasado. soy. Un pasado que actúa como futuro. para que otros periódicos. Y ahora que puedo. a las botas. vestir el prestigio. El futuro es un pasado actuante. no quiero. debe salir al campo.». Yo nunca supe. Uno es importante a condición de no moverse del sitio. Pero luego vuelvo a la pana. vestido solemnemente. La gloria. En cuanto cruzas la calle estás perdido. A los cuarenta años. si uno ha perdido su vida por delicadeza —como lamentaba Rimbaud—. se han conferido a sí mismos la solemnidad. con que tiene derecho a la solemnidad. No creo que pueda terminar. entre las cuatro cosas de siempre. Nunca creí en mi propia solemnidad. cosas que me devuelven mi imagen. He perdido mi imagen. eso es lo cierto. saliendo a la calle con los monóculos de la impertinencia. Solemne. escriben los libros o no los escriben. las chisteras de la reverencia. Por eso los escritores salen poco al campo. Se lucha por llegar a ser solemne. envejecidos por la solemnidad. he impuesto un nombre. como presidentes de sí mismos. satisfechos e inseguros. a la naturaleza. El hombre conoce la felicidad de referencias. ya se puede ser solemne. Pero eso se confunde de manera automática y lo que sólo es un vago recuerdo lo trasladamos a un hipotético futuro. No soportan un trayecto de autobús del extrarradio. Les hay que nacen solemnes. De oscuras referencias interiores. El hombre solemne ha querido hacer su aparición en algún momento. La felicidad no puede estar en el futuro. que nunca sabré eso que se llama vestir el cargo. les dan honores o no se los dan. Todo el que vive confortablemente dentro de su renombre. periódicos. y lo que he creado en torno de mí? Un nombre de escritor. Sería el momento de componer el rostro y la ropa. Sólo la memoria goza. Sé que dentro de mí hay un hombre solemne. creía asimismo haberlo sido en otro tiempo. pero de pronto se encuentra uno con que sí. a la lana. vestir el nombre.

el saber que una mujer está haciendo su dobladillo. pero entendido al revés. su tarea de agujas. que diría Nietzsche. algo. Y la muchacha trabaja en lo mío. Me deleito en la idea de saber que vivo en su intimidad. No. es reasumido en una posteridad inmediata. que trata de una manera respetuosa e inquisitiva. Hay que resistirse a ser una lección de provecho. una cierta gracia absurda y consabida. Al final te vacían en bronce. Quizás me ha elegido precisamente por desconocido. Lo que en su día fue subversivo con el tiempo se torna instructivo. Quedar para siempre en la cripta enigmática de un nombre poco frecuentado. Siempre hay una muchacha. como pensé a veces. una injusticia panteónica. Un descubrimiento pequeño que le lleve a ella a decir. Dios sí que es un problema. con lo que yo he escrito. sobre nuestros libros. no como una estatua o una farola de la cultura. Su fe le ha salvado. Lástima». Las tesis. La cultura es un círculo cerrado. sospechosamente claro. con la muchacha que viene a verme para hacer una tesis. Quedar. su fe la ha salvado. Eso es otra forma de gloria. Casi todo el que escribe quiere quedar como estatua municipal. un anónimo. por muy maldito y escandaloso que haya sido. Que crea efectivamente que dejé poca obra. claro. La chica de la tesis es siempre como un jardinero que viene a cuidarnos y remozarnos un jardín olvidado. con mi vida y mi obra. por raro. seguramente demasiado claro. sino un olvido pequeño. Por eso es mejor el olvido. como rotonda pública. seguramente. una tesina. Importa eso. No un olvido panteónico. caprichosa e irreflexiva. Se le positiviza y ya sirve para aprender métrica o moral. que está escribiendo una cosa sobre nosotros. mientras se aparta el flequillo de los ojos para leer lo que ahora estoy escribiendo: «No estaba mal este señor. La transvaloración de todos los valores. Dice Sartre que Dios es la . Ni siquiera un olvido injusto. Que pase la hoja y nada más. Toda la historia de la cultura. Me ha elegido al azar. que deja sobre mis páginas el aliento de su vida y el cansancio de su desvelo. importa. un raro. como salvador de la Patria. con lo que yo he vivido. es eso. No sé cómo se las arreglarán. Eso es lo que yo quisiera ser. los trabajos que quieren hacer de uno un sistema cerrado y ejemplar. haber llegado a esa forma de intimidad casta con la muchacha que trabaja sobre mis libros. como un nombre que suena no se sabe dónde ni de qué. descubre un día en bibliotecas amarillas. Al final te aprovechan. y que me olvide. en realidad. el no hablar nunca de Dios. Me gusta. un olvido grandioso. La cosa no tiene ningún valor cultural. no sirve de nada defenderse con el escándalo o la rebeldía. Y para eso lo mejor es el escándalo. en su libro. su labor de vainica. Ser el día de mañana un muerto sin señas de identidad. Hay grandes ejemplos de esto. No. en algún lugar del mundo. como digo. Seguramente huelen ya a ella. el artista. es aprovechado. Como alguien a quien nadie ha leído de verdad. taxidermizado. La cultura es una domesticación. Espero que las traducciones. que a mí me parece casual. Lo demás no importa. que nunca leo. un ejemplar difícil de encontrar. en los cajones revueltos. Y qué le digo yo a esta señorita. Esto lo he vivido.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 77 Por el contrario. que es lo que quieren. sin que ella misma sepa muy bien por qué. una estudiante. Pero tampoco se trata de que eso sea el descubrimiento de su vida ni de que se enamore del muerto. No. un incunable. Tiene un pequeño valor humano. Cómo decirle que por ese jardín ya no paseamos nunca. y que su fe convierte en algo sistematizado. me obliga a plantearme mi propia obra. me hace preguntas insaciables. quisiera conquistar el olvido. y que una muchacha. Pero tampoco. que da igual. para mí. Ni yo puedo añadirle nada a ella ni ella puede añadirme nada a mí. por muy inconveniente que resulte a sus contemporáneos. coherente. evolutivo y responsable. esporádica. eso no significa nada. en cambio. Y nada más. estén llenas de confusiones y aporten cierto surrealismo y dadaísmo a lo que yo he escrito. Era interesante lo que decía. Dios no me ha tomado nunca en serio. El escritor. que mezcla mis libros a su lencería. un trabajo. Por carta o personalmente. Un olvido pequeño. un más allá del que se vuelve un día con la solemnidad y el laurel de los muertos. Debió dejar poca obra. de alguna manera. Quiere saber de mí cosas que yo no sé. Pero a nosotros no hay quien nos salve. las traducciones. Una señorita de ésas me reprocha. quién sabe por qué. ya digo. sino como un enigma. a su perfume. a su pelo.

A mi pluma no le va el tema trascendente. Qué se le va a hacer. y ahí está el de Hita. más o menos. El propio Quevedo se rebela contra su pluma barroca y escatológica. como escribe Julio Verne de la luna. Es un problema de pluma. ¿Un vacío en mi vida? Vivimos en el vacío. Todo lo que me pasa le pasa a cualquiera. de momento. ni una aparición. escribirá de las mozas. quién no ha respirado el olor de la muerte en la bodega de su casa? Yo nada. aunque no crea ni profese. ni una premonición. Larra se rebelaba contra su pluma satírica. de Unamuno y de otros pelmas. señorita? Mi obra está hecha de vacíos. Eso lo sabe bien cualquiera que haya escrito cinco folios. Escribe lo que quiere su pluma. se puede probar. que le salían muy mal. Dios no sería tan necesario como consuelo. y sobre todo como indignación. La pluma no tiene mucho que ver con el hombre. A mí nunca. porque ni así. Resulta ilegible. en los entrecruces de caminos secretos. Soy insoportablemente terrestre. pues. La mía no. Dos temas que no me van. Lo mismo pasa con lo social. a lo largo de toda una vida. es una cuestión de estilo. A la pluma no se la puede disgustar. necesita de los teólogos como el imperativo categórico necesita de Kant. miro en todas las habitaciones. A la gente. No pienso tocarlos. Si usted tiene pluma mística. Yo debo ser más solitario que los demás. como se puede escribir de la India sin haber estado. Es una cuestión de pluma. Aparte la falta de fe. Pero eso sería otra forma de fe. Dios y el imperativo categórico existen en cuanto que se habla de ellos y sobre todo mientras se habla de ellos. He procurado siempre ponerme en las corrientes de aire mágico. El dolor humano parece una negación de Dios. con un buen estilo. Y el que se rebela contra su pluma está perdido. porque tiene pluma para eso. me asomo debajo de las camas. Con un estilo literario adecuado se puede defender la existencia de Dios. los tramperos. Hay plumas que se encandilan con el tema. quevedesca. nunca una sombra del pasado ni una música del más allá. Si tiene usted pluma política. El que no me vaya tampoco a mí es pura coincidencia. ¿Para cuándo el misterio? . con un estilo literario adecuado. y a mí. A veces necesitaría a Dios para culparle de lo que me pasa. asumida. hay que tirar de él. aunque sea arcipreste. del dolor de mi hijo. Pero no por eso escribe en falso. sin vivirlo. Ni un fantasma. Dios o los cazadores de Arkansas. pero en realidad es su más firme sustento. La indignación superada. Ni Dios ni la sobrenaturalidad. y quiere hacer clasicismo y moral. Es el caso de Dostoiewski. sublimada. ya digo. creo que se puede escribir de Dios sin fe.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 78 soledad de los hombres. espero por todas las esquinas a la fantasma. la verdad es que se puede probar y desmentir todo lo que haga falta. Hay quien se pasa la vida escribiendo de lo social sin sentirlo. Hay plumas eróticas. Yo. nos va. no he necesitado a Dios para desesperarme. Sin el dolor. ¿Un vacío en mi obra. Darle gusto a la pluma. Aunque sea a la fuerza. nada. Nunca escribirá nada que lo valga. dispuesto al milagro. porque le va como tema. Dios. Sí. quién no ha visto sombras en una noche de lluvia. en eso. ¿Quién no ha tenido un golpe de corazón. Nunca se sabe. plumas místicas. presto a la levitación. como Kierkegaard o Pascal. No es una cuestión de fe o de falta de fe. Los dioses viven en gran medida de la indignación de los hombres. Las teologías —tantas a través de los tiempos— ¿son una explicación o una construcción de Dios? Dios. De eso que se han librado ustedes. es ya la fe. la pluma le arrastrará a la política. yo me habría pasado la vida haciendo trascendencia. escribirá de Dios toda su vida. dice el pueblo de la tarea de escribir. y quería hacer teatro y novela. Pero nunca me ha cogido al vuelo ningún viento misterioso. Si a mi pluma le hubiese ido. Otro instrumento es quien tira de la pluma. Si un tema nos sale. Hay que darle gusto a la pluma. Nunca un muerto vivo ni un aparecido. Dios es un problema de estilo. Si no tiene usted pluma mística. En todo caso. Bueno. me ha fallado el estilo. cortejo al misterio en largos pasillos. No los he tocado nunca. No es un problema de conocimiento. Hay que dejarse llevar. Hay quien se ha pasado la vida escribiendo de Dios. plumas líricas. Eso sería un mezquino empleo de Dios. la literatura. En algo tenía que fallarme. Estoy siempre propicio al trance. Pero la humanidad no conoce otro. acaba por ocurrirle algo sobrenatural.

esas órbitas. a veces terribles. para que diera otras luces. Ni siquiera la parapsicología. ¿Cómo no voy a ser un escritor realista? Un crítico decía una vez que el realismo. Estoy negado para la trascendencia y la sobrenaturalidad. Nada preparado para lo ignoto. hoja y fruto al mismo tiempo. como es el del Proust. está la ratificación ociosa que nos dan Galdós o Balzac. Ni la leo ni la escribo. muebles. con imaginación. porque para añadirle certeza no se debe escribir. No sé si esto basta para haber tenido una experiencia de sobrenaturalidad. viviendo así una vida en la que no hay nada angustioso. tiempo. a veces muy dulces. quiero decir que no se parecía nada al otro. Por eso ya casi no soporto las novelas realistas. Ni sueños ni visiones. me quedo también a veces. Estoy rodeado de la cinta aislante de mi pequeño escepticismo. Por esa vía se puede conseguir algo. Sólo me han pasado en la vida cosas reales. Pero el milagro. Viéndolas a diario no tiene mérito ser lo que ellos fueron. Pero eso no basta. a veces. palabras. de este naufragio donde nadie se ahoga. O hago una vez más. El irracionalismo también yo puedo conseguirlo. Bueno. nunca desmiente la imaginación. en mí. no sé si porque eso ocurrió efectivamente una vez o porque es como si no hubiera ocurrido nunca. Por el lado izquierdo no se parecía nada a sí mismo. la novela tradicional. en el sublime cotilleo de sus salones. por su perfume. No digo ya el misticismo. una mala novela sin premio donde todo vuelve y se confirma y se repite a sí mismo hasta anularse. días. gustosamente. Sobre la ratificación aburrida de sí misma que es la vida. yo eso no lo he visto nunca. y la he forzado lo que he podido líricamente. no la desgracia. sino también por unas historias que están pasando siempre y que nunca van a dejar de pasar. Dejadme hacerlo aquí. a veces sangrientas. a esa vida posible e inexistente. Pero el lirismo tampoco es. Las cosas no me salen solas. luz de dubitación. con su halo profundo de tristeza o algo peor. su nariz de gato niño. a veces inconfesables. los ojos. de su cabeza ligera. de este desorden de cuadros que hay que clavar. y sin embargo estaba aquí tomando cerveza. y puedo deleitarme en lo que pasa. Así y todo. condenado a la verdad. y quizás es lo que más desearía conseguir a la hora de crear. y la muerte pasando a través de todo. y no sólo por el encanto único de Proust. la chistera no se me llena por sí misma. y tiene sobre la vida real la certeza y la belleza de que conozco esas vidas definitivas. a veces me refugio en un orbe novelesco completo y cerrado. pues la angustia la da la incertidumbre. libros que hay que leer. demasiado artístico. Era en un bar y remoloneé entre las mesas arriesgadamente para descubrir la doble identidad del tipo que tenía que estar en América. Puedo sacar lo que quiera de la chistera de mi vida y de mi obra. a ese mundo quieto y ficticio. Por el contrario. pero siempre sé lo que va a salir. débil y ya masculina. precisamente porque no pasan nunca. pétalos de una flor oscura. y el esfuerzo banal de la boca. Soy un piso interior que sólo da a traspatios cotidianos. esas cosas que han visto Poe o Dostoiewski. luces. Pero no lo soy precisamente por no haber visto tales cosas. Claro que yo no soy Poe ni Dostoiewski. la vida me ha parecido siempre una novela mediocre. Esto era por su lado derecho. ¿Por qué no puedo llegar yo adonde han llegado simples pastorcillos y aldeanas ignorantes? Estoy anclado en la realidad. ¿Y para qué tanta certeza? Lo que hay que ponerle a la vida es duda. Por eso mismo me tientan los grandes irracionalistas de la poesía y del arte. Aparte los trasfondos que le da Proust a la vida. . o de eso que Koestler llama las raíces del azar. Huyo. queriendo salvar algo. hijo. en la historia. ensartando la vida silenciosamente. en lo inmediato. Soy una calamidad. que tanto me estremece. en una luz quieta y permanente. dibujar con palabras fáciles el desorden inocente y artístico. bien lo sé. Aquel tiempo perdido es un tiempo que está ya salvado para siempre. sí. dones. indispensable para mí. pero los verdaderos contactos con el más allá son otra cosa. Mi vida ha sido siempre opaca. la visión. escapando de mi propia vida. La imaginación ejercida es un hecho cultural. Pero nunca me ha pasado nada de eso que le pasa a la gente. aislado. cosas que habría que escribir.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 79 Se ve que no soy buen conductor de la electricidad cósmica. Una vez vi a un señor que se parecía asombrosamente a otro que yo conocía. lo que se dice el milagro. sujeto a la vida. cerradas. No recibo luces mágicas por ningún sitio. Certeza mostrenca ya tiene bastante la vida. dibujada primorosamente. el retrato del niño. y que a veces se riza en palabras íntimas y a veces se abulta.

sólo dibujo. o los pies. . como todos los niños. que tomo en alto para apretar su gracia simple. el niño. las manos.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 80 en palabras violentas de espuma sola. tan breves. Muy terminado por unas partes y muy en embrión por otras. naciendo esa minuciosidad del borrón tierno que es el cuerpo. el cuerpo espeso y reciente. Esas mejillas como una fruta excesiva que no pertenece a ninguna cosecha.

de niña orinando. propaga una sola tinta. pájaro claro que se envenena de lirios en los charcos del cielo. pozo verde lleno de doncellas ahogadas que tejen el lino de las profundidades y suspiran a la luna en las noches de coito. crece. como una lanza. mano infantil que se abre de golpe. afile sus filos la naturaleza. Abril. Abril. toca un violín apagado. espuma verde bajo los pies breves de mi hijo. callejón de la lluvia de donde viene un perfume oscuro y fino de jardín que ya no está. sosiego leve de las caderas. Sencillo como una barca. un mar errático por el cielo. La muchacha nunca sabrá que . De dónde vienen las muchachas. verdor a pesar de todo. Página sólo escrita por el perfume silvestre del papel. Algo que la humanidad no ha conocido. llena de cosas claras. ni me cierra. con espejos de nube. ¿Qué es lo que abre abril? A mí —ay— ya no me abre nada. Abril. Abril. Abril es una huella encharcada en la hierba. Abril. una sola palabra indescifrable y verde. costado pálido. Mueble en el tejado.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 81 Abril. palabra de lluvia y flauta que también en otros idiomas —april— suena llena de atriles. No es posible que sólo para la reproducción y la fecundidad disponga así sus armas la especie. pisa. Abril canta. raíz pura del cabello. las huestes femeninas y ligeras. caligrafía torrencial que deja dicho en el aire el secreto simple del universo. ciprés alegre con un esqueleto dentro. adónde van. De dónde vienen. velocidad de las largas piernas. lenguaje de todas las primaveras. La cintura escueta de las muchachas remite a no sé qué mundo de esbeltez. desnuda. se mece entre las frondas de la muerte. cada abril. en la corriente helada del pavor. se sube a todas las tapias. álamo de la cintura. esfuerzo de la luz hacia la dicha. cosecha par de los senos. muerde una fruta verde y se baña desnudo. añiles. cadera femenina del mundo. abril ignora mi dolor. perejiles. Sauce vivo. Abril. de mano cortada. Un automóvil abandonado tiene hierba entre las ruedas. mi queja. idioma salvaje de la lluvia. Abril le opone su único color verde a la muerte. ciudadanas de una música. y no escucha. Abril. (Tres variaciones) Abril. Abril es una niña devorada por los tallos. Cuerpos forjados para algo más. Una esbeltez perdida y errante por el universo. porque no tiene oídos. qué paraíso traen entre todas. La revista hojeada huele a lluvia confortable. se recuerda en ellas. como un hijo. oros del alba y volutas tiernas. descuelga cosas del cielo.

de belleza cerrada y tensa. mínima y sonriente como una pequeña tristeza. El niño entre las niñas. sólo por azar primaveral. . Mariona impenetrable como una fruta. con las palabras del diccionario. Carolina. El niño entre las niñas.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 82 la clave de su belleza está en ese quiebro de la luz que hunde su espalda y levanta su grupa. María José. feliz. y yo nunca sabré que mi pelo cambia de color a medida que hablo. esponjosa en su sonrisa y en sus ojos. Yolanda. a medida que escribo. flor sin nombre ni color. y que los incendios se suceden en mi cabeza mientras pienso en una chica desnuda o construyo palabras que coinciden.

cobarde. voz de nadie llenando el mundo. en no sé qué abril secreto. El hijo. nos miramos vivir desde el vivir. y la primavera. dejando que sus pisadas pequeñas aprendan el mundo y sus declives. El olor funeral de todas las flores nos penetra y a veces tomo a mi hijo en brazos. hogueras.) El viento. por el que cruzaban días. porque ella misma está amenazada de muerte. Ni el rayo. él con su pie sin peso. Prendemos fuegos. que hace resumen sombrío de la vida. ni el fuego. Registrando la casa en una revolución que cesará al alba. barco que naufraga en la noche. ese hendimiento de muerte en que las pone. mi hijo y yo. zarandeándola. que llama a una catástrofe general que es él mismo.) El viento. El viento. tendido bajo el viento. el viento. y vuelta. Caen cielos. creando una suntuosidad y un paraíso que — hoy lo he comprendido— no goza absolutamente nadie en el planeta. preguntándole cosas a la casa. de la muerte a la vida. o bordeamos la multitud de las flores en busca de un día eterno que no es sino la suma de los días y que no está —ay— a nuestro alcance. se disocia. el hijo. como dos vagabundos solitarios por los vertederos de la ciudad. Todavía el viento. dibujando el mundo con un perfil duro. recuerdo. y se quedaba quieta en el amor. ni siquiera lejana: inexistente. que no sabe responderlas. Pasamos del sol a la sombra. ya digo. en el pelo verde de la pubertad del mundo. El viento. como en los miedos de niño. No el perfil puro de mi madre. qué agobio de belleza no respirada. el perfil inmenso y adusto del viento. (Caen ruedas. y vamos entre la primavera. soles. como un alfanje. El hijo y yo. desesperadamente. Qué doloroso mes de hogueras naturales. penas. sufría ausencias. No. soplando en mi sueño como en un lago quieto. penas. trayéndome otra vez aquellos miedos y aquel niño. Toda mi biografía desmantelada por el viento. o le llevo de la mano. ese más allá a que empuja a todas las cosas. (La muchacha. esa desgracia que va arrastrando por el mundo. Prendemos fuego. lleno de madres que gimen. y yo. fiebres. y entramos en la intimidad de un pino como en una gruta religiosa. abril y mayo son flores en la cabeza de una adolescente. abultando el mundo como un globo negro. con los ojos en ningún sitio. bandera mala llenando todas las ausencias. Pasamos de la vida a la muerte. sacamos llamas sin vida del vertedero negro del mundo. ni el trueno. y pisando la llama alegremente. y este juego es vivir. en verdes. se quedaba ausente en el amor. desnudo. en noches de soledad. en malvas. paseando por el incendio ciego de la muerte. hace su refriega de colores. dolor tan profundo me divide en dos. miedos. envueltos en un humo de estercolero final. del presente y del pasado. la vida se separa de sí misma. arrodillada. en torno. en mi vida. desnuda. ausente. niños. El viento. dulcísimo. (La muchacha. que enseguida la coge otra vez y la pierde en un temblor mayor. y se despide ululante para volver enseguida. y la primavera salvadora no nos salva de nada. náufrago de la tormenta seca de los vientos. como del sol a la sombra. se expresa en amarillos. La primavera es una corona de novia. solo. bajo un cielo de otro tiempo más feliz. yo . Se queda la casa temblando.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 83 El viento. sin el viento. horas. como de la vida a la muerte. Sólo me ha asustado el viento. el viento. ese mar hueco que precipita en nosotros. a los residuos oscuros del invierno. espinas. luces. de la muerte.

un día y una noche arden allá arriba.) He llevado al niño al mar. tesoros de arena. el niño trae erizos de mar. un mar joven. extranjero en la vida. enseguida es adoptado por el mar. circular. Hay que entrar en él con confianza. Émbolos silenciosos que han movido mi vida incansablemente. Luna belleza ahogante. un crimen. muy a la altura de su infancia. una concha que brilla. por ese borde del mundo adonde ya apenas llegan las punzadas del vivir. inverosímil y realísima. la experiencia sexual. como el niño. la pizarra donde él escribe con tiza de inocencia números como escaleras y letras como mariposas violentadas. sólo se le da al niño. algo. Un cielo adulto. La experiencia interior. El hijo. Hendir la vida. amigo del mar. El mar es un monumento a la libertad. la asfixia de vivir. pongo una manzana de sombra en los boquetes de la luz y miro la silla de mi hijo. Y el compás de mis muslos corriendo por la arena. tiene todas las mañanas su menudo intercambio con el monstruo. El pequeño elefante rojo y blando. Si él no estuviera —ay— para sentarse en ella. para que se contagie de su salud de hierro y sol. como hacen los pescadores y los marinos. cómo le . De modo que vuelvo a lo oscuro. La pizarra. El viento y el agua crean una criatura nueva y desconocida que me viene al rostro y me recorre el cuerpo. una tierra de luz. con un hijo dormido en los brazos o una mujer incrustada en el pecho. conchas como senos de sirena. La silla sería sagrada. y amaría una silla como amo a un niño. El niño. El cielo es tierra quemada. El niño coge una piña y se la guarda. y estamos los terrestres aquí. bajo el incendio. lanza en ristre. raíces. más seguro del mar que de los hombres. Dejo a mi hijo a la orilla del mar. mucho tiempo para sacar algo del mar. a sexo y fuego. El mar es una estatua derribada. cómo entra en su mundo. No conseguimos entre los dos el término medio salvador. El mar nunca defrauda. El niño mete la mano en el agua y saca un pequeño cangrejo. sí. Y se lo lleva. y adonde empieza la vaguedad de los tiempos. por el agua. estoy parado con el dolor de mi hijo. La silla sería él. Al mar no hay que desafiarle. pero eso ya es cosa mía. silba en la noche y luce en el día sus escamas de acero. y veo la inmensa desgarradura azul del firmamento. Somos lo muy grande y lo muy pequeño. el erotismo de vivir. para llevar y traer su ausencia. el pequeño elefante de trompa erecta y vientre amarillo. un dolor. oro y plata de la tierra y del agua. infinitamente suya. si él me faltase. Miedo de mí mismo. morir y matar. a la medida de su cansancio. El mar es la tierra firme de los niños. con bordes de hoguera. Ese miligramo de plata que hay en la ola. como otras veces. Quiero que el mar se lleve de un solo maretazo todo mi dolor y todo mi tiempo. El mar se abre a los niños. Sería él mismo. La mano del hombre necesita mucho esfuerzo. un placer. cierro la puerta a los perfumes sutiles de la primavera. la iluminación. cómo sería esa silla. esa pulpa de luz que hay en el aire. una catástrofe. que es una inmensa y serena llaga de luz inextinguible. y sólo me quedaría su silla. negro. serpiente que se desliza en torno del planeta. Luego. Cómo se hace suyo todo lo suyo. ese ser cruel y lírico. De ese comercio con el mar. una iluminación erótica por el cielo y por la tierra. mucho dolor. extremos mortales de la vida. el dolor y el tiempo vuelven. entrar en mayo como en una ola alta. escuela azul y verde de toda infancia. cansado. consumar una mujer. con seguridad. la única estatua de la libertad posible. los almirantes y los balleneros. la silla. la pequeña silla de paja. mayo es una pulpa de sangre y sol donde la horda primitiva que me constituye quiere entrar a sangre y fuego.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 84 con mi pie enorme. un vago canibalismo que despierta en el hombre con la primavera. implacable y violento que asoma a los espejos cuando los espejos tienen detrás la luz negra del día. Enseguida se han reconocido. El mar. Pero bajo el cielo. y el hueco de su ausencia tendría ese alabeado de bambú que tiene ahora. He corrido a lo largo de una playa que iba hasta el alba.

Voy tras sus oscuras pezuñas y de vez en cuando. y sólo resta. pira de cadáveres cuyas llamas chamuscan el cielo. Pero aquí está. sí. el hombre muere rodeado de belleza. hace el mundo a su imagen. La silla de mi hijo. Afuera está la libertad de mayo. Bebo y bebo. El dolor es un laberinto con angustia de perderse. Me fulminará el veneno o lo agotaré. la loza simple de la vida. La muerte embellece el mundo. no en pequeños sorbos. el mundo de mi hijo. Sólo el niño tiene la capacidad de la posesión. La alegría nos lleva en línea recta y eso vale más que la alegría misma. como se bebe de las férreas fuentes. Hay que baldear hasta el fin el ciego enlagunamiento de la sangre. pirámide bellísima. la propiedad. el estupro. la muerte toca la altura inmensa con su luz y la pequeñez de mi hijo con su temblor. bebo a borbotones sangre de niño. por nadie— una suntuosa masacre. rebaño de oro con formas que se crean a sí mismas. El niño. A morro. el coleccionismo. la catástrofe luminosa del cielo. quieto y vivo. por fin. de adultos. No huyo mi dolor. Se nos ha preparado — ¿por quién?. con sabor a hierro y a muerte. un elefante de trapo. Nada me atormenta tanto como la belleza del mundo. Miro sus cosas sin él como miraría el mundo sin el hombre. La infancia es la edad taumatúrgica en que todo cuanto tocamos empieza a parecérsenos. el sufrimiento. como Dios. y más lo que enseguida se torna a su imagen y semejanza. como el suicida precavido o la dama sin sueño. Vamos en una lujosa calamidad. el mundo. Que esta carne de luz empape toda la sombra. la sucesión cambiante de la mujer. no en tragos cobardes. son nuestras por los groseros trámites del dinero. Cada estrella es la punta de una llama. que es un delito. una nada. en una primavera mortal. muerte de niño.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 85 pertenece. Luego. sola. vuelve atrás. no me lo dosifico. la hemorragia necia y dulce del mundo. que ha dejado su huella en el firmamento. Hay que agotar el mal. Cómo se le parece una pizarra. Hay que beber a morro del dolor. sacio una sed de sufrimiento que estaba en mí y yo no conocía. Panteón vivo. El dintel de una paz vacía. la conservación. hacia la muerte. No quiero cucharaditas de plata para sufrir. Pero el dolor duda continuamente. Voy hasta el final de mi dolor. La alegría es un camino más corto. bebo de mí mismo. directamente. como una bestia sombría que no acaba de aprenderse el viejo camino. se nos incorpora de inmediato. de una neutralidad de clima y carne que es toda la imparcialidad desoladora de la naturaleza. sino seguido y hasta lo hondo. La saciedad del dolor es como la saciedad del placer. . entre el esplendor del verano o los palacios fríos del invierno. El hombre es sólo el testigo momentáneo de tanta belleza sin motivo. una sillita de paja. que luego queda un fuego neutro. lo que enseguida se le parece. Entre dos fuegos de hermosura nacemos y morimos. de un cielo plano y soso. Pero al niño le pertenece todo naturalmente. la posesión. hago todo el recorrido. infinitamente delicado y doloroso. las cosas se nos despegan. bebo en las fuentes amargas y densas.

Oro de las mañanas empobreciendo el cielo. cuando el mapa del aire se me quedaba en blanco. el arte. Calle de tanta noche. el retorno a cuando nada había ocurrido. Qué vía de luz para volver a la simplicidad. y sin embargo he optado o estoy optando por el engaño. sus aventuras infantiles. con la resignación de haber pasado ya por todo. Y escribía yo luego. la filosofía. el pensamiento. los fantasmas existen. Y luego la bala queda al pie de la cama. subir de nuevo al cielo viejo del campanario: era un desván el cielo en las tardes de mayo. con una sábana blanca en que la envuelven. con ese lapidarismo de los malos momentos: el suicidio es la única respuesta válida. la política. Leía yo. en un papel sucio. Pero el hijo ha tenido una pequeña. Sombra dura del ciprés de la muerte a la cabecera del que va a morir. Estoy velando un niño que soy yo mismo. sus historietas con dibujos. velero desguazado. y así me salían cosas como esta otra. No creáis nada de lo que diga. de lo lejano. buscando la consoladora asonancia de una prosa o un verso simples. incapaz de toda actualidad. volviendo así a oler la rosa acre y eterna de mi propia infancia. como arrastrando cadenas fantasmales. alabardero siniestro. mientras el niño respiraba un viento escaso y negro. buscando la simplicidad consoladora y aclaratoria de mi vida primera: calle de tantos astros. El fantasma es esa bala de oxígeno que le traen al moribundo. cuando escribo. la dimensión del mundo me la daba un vencejo. y respiraba yo el olor a bosque de la tinta impresa. que es el presupuesto para seguir viviendo. nada de lo que escriba. por el autoengaño. Barrio de luces pobres. que es la que vivo en estos momentos. sobre las rodillas. a la luz de la noche. Los fantasmas. al pie de mi hijo enfermo. El romance y el romancillo son un camino de regreso que sólo pueden llevarnos a lo más simple y guardado de nuestra vida. mínima. que doy precisamente por su falta de valor literario. en este diario. por los pasillos nocturnos de la clínica. al principio de mi vida. he sentido el tirón hondo de la infancia. El solo hecho de seguir vivos nos constituye en farsantes. suicidios diferidos. y me basta con el poco de ternura que todavía podemos darnos él y yo. morir hacia mi barrio. ya de otro mundo. He escrito a la luz de una linterna. soles de cada tarde en un ladrillo eterno. a la luz de una gota de agua. mitología del miedo. De los países del alba venían los buhoneros y en sus pregones altos flotaba un hombre muerto.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 86 En noches de ahogo. He conocido la única verdad posible: la vida y la muerte —tan vivida previamente— de mi hijo. a través del hijo. relatos de tramperos y tahures. esa bala que viene ya sonando a hierro. Todo lo demás. y que están en los papeles originales rodeadas de los dibujos simples e inflados que le tengo hechos a la cara de mi hijo: volver de nuevo al niño que fuiste no sé cuándo. extático. La vida es mala porque está hecha sobre una farsa fundamental. Consoladora cadencia del romancillo castellano. huyendo a esos mundos mal coloreados del tebeo. a la luz de una linterna. Sonaban las iglesias enormes de silencio y pasaba la yegua inmensa de los tiempos. rinconada del tiempo. No haber vivido nada de lo que me ha pasado. No haber dado el inútil rodeo autobiográfico para volver difunto al tiempo del milagro. sino. historias de grumetes y pieles-rojas. y se le ve por debajo el borde negro de hierro. madres de los difuntos en las tapias de enero. la cultura. dulce y suave resurrección de la carne. de modo que seré inauténtico para siempre. El hombre más remoto era sólo un lechero y el Dios de los espacios era sólo mi abuelo. no son sino falsas respuestas. y he escrito cosas tan sencillas como éstas. Soy un farsante. velando su navegación agónica hacia la muerte. yo los he visto. porque sé que la vida está dentro de la muerte como el hueso . por donde erraban soles y agonizaban pájaros. la religión.

una criatura de oro. en una felicidad pequeña. Lo imprescindible para no morir. Por eso. un niño que no pesa. porque la cercanía de la muerte afemina al hombre —más al niño—. La risa de mi hijo. que a la cripta que es un niño sólo se llega por la celosía de su risa. un ser sagrado. de lo que hace uno con su caligrafía más honrada. caliente. es espantosamente casta. de sueño y muerte ve este mundo cruel de sol. que la muerte no sabe de sexos. desfallecidos? Pueriles Camus y Dostoiewski. con ese agujero saludable de los buenos quesos. flores y gatos. corredores. destrozados. quisiera que tuviese la sencillez directa del diario íntimo. hambrientos. Muy lejos de todo eso. He perdido la risa de mi hijo. siendo él muy pequeño. perdida. lunas como hoces. sonrisas amarillas de enfermos incurables. que la vida no es noble. en relámpago de la sacralidad que no se ha dado jamás en todo el universo. escribí un cuento titulado «La mecedora». esta manera de ser adulto que le da la enfermedad a un niño. ¿Cuánto hace que no sonríe? En este mismo diario tengo escrito. una sonrisa blanca. de intestinos. descomunal de sangre? Cómo me ve a mí. como el de la mecedora. de pastilla para la tos. a través de villorrios del dieciocho. Y beso su vientre todavía abultado. sesgados por el cansancio y el recelo. paseo a mi hijo en la silla de ruedas. en el resplandor de lo inexistente. y que durase nuestro viaje. Leedme sencillamente. Ahora está esto de la silla de ruedas. pero también para no vivir. todo lo que escriba. qué mundo ve él. En estos días se beatifica a alguien porque hizo el milagro de salvar a una niña. manantial de ojos? ¿Qué ve el niño. y no hallo nada que respetar ni venerar en el cielo ni en la tierra. Llevo al niño en una silla de ruedas. una vida que no suena. ¿Cómo nos ven sus ojos. como sabía el poeta. en mi mecedora de leer y charlar. desde hace mucho tiempo. y beso ahí un bulto de vida. a través de qué filtros de noche y miedo. Los ojos de mi hijo. un dulce fardel de sangre. Keats. como a veces masculiniza a la mujer. pero gracias a este hijo tenido y perdido habrá ya siempre para mí. duda del mundo por el hecho de que las mujeres tengan cáncer. Quisiera esto para siempre. ni sagrada. Sólo la escritura de un hombre que hace interminablemente su diario. Albert Camus —no sé si lo he anotado otras veces en este diario—dice: «Me resisto a amar una creación donde los niños son torturados». y tenerte siquiera así. Es otro viaje quieto. viéndote desde arriba. y hoy son rendijas tristes. Mi hijo no ha vuelto a reír ni a sonreír. Ni el gran espectáculo de la filosofía ni el convencionalismo de la narración. y esa fruta total que es el universo es lo que pone ahora su luz de huerto en nuestras últimas horas. duplicada siempre por la farsa de escribir. por pasillos negros. en lo más puro de la luz. cancerosos. cómo a su madre. La silla de ruedas. y las salva. de este diario. ni un solo ser. seguir cruzando puertas. ¿está también al pie de los millones de niños agredidos. que vamos a no sé qué despeñadero. Pueriles procesos a un Dios que necesita de ellos y de sus dudas para existir. hijo. Y ese Dios que está al pie de las niñas que sufren. cordillera de ternura. de frente. y esto por reducir al mínimo la farsa del vivir. es sagrado. viendo tu cabeza rizada y tus manos mínimas y enfermas. ya. y robamos flores de difuntos. el último reducto poderoso y tierno de sus palpitaciones. que soy un cadáver deambulando detrás de una silla de ruedas. A Dostoiewski le hace dudar de su fe el sufrimiento de los niños. o que llevo en la silla de ruedas una porción mínima de muerte. vegetal casi. ni buena. donde hablaba de cómo dormía yo al niño todas las noches. me parece. nieves alpinas. como las manos de esas momias infantiles que a veces aparecen en el alto Nilo. sus ojos que ayer eran flores abiertas. que el niño tira de mí. Sé. ya. que es el ombligo. anulando entre escritura y lectura todo protocolo falsario. capullos de noche. El niño. Hasta que comprendo que la silla me lleva a mí. de digestiones. y le dicen niña. geranios dóciles. Su seriedad banal de otras veces resulta que presagiaba esta seriedad definitiva. de respiración. y vamos por pasillos blancos. y seres vagos le dejan una sonrisa al pasar. antes de llevarle a la cama o a la cuna. de modo que el hijo se constituye en criatura aparte de la creación. ni un solo hombre merecen mi devoción. hijo. otro viaje sin viaje. Una vez.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 87 dentro de la fruta. más banal quizá. qué .

donde algo pulsa infinitamente. Lo más sensible y doliente de lo vivo. que rosa abierta miraba antaño en el aire. . dentro de ese sufrimiento.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 88 mundo ve. de hombre que sufre. Es ya un sufrimiento como vegetal. un miedo anterior al hombre. qué pasillo triste ve hoy en la noche? Sufro como hombre. un dolor no humano. muy por debajo de mi dolor racional. pero dentro de mí. a la medida del hombre. mediocre. sin otra conciencia que el dolor. hay algo más sufriente. que no me atrevo a tocar. el gemido de la flor rota ya se sabe que las plantas gimen—. un fondo último y retráctil de dolor al que temo descender. una pulpa casi submarina de sollozo. el cartílago marino y vegetal. una medusa de espanto. no sé. con mis recursos y mi mecánica de hombre.

algo como un planeta. terso como el futuro. Quiero decir con esto que la verdad del ave no es el cristal quebrado de su llamada pura. con luz entre los ojos. Debes cuidar entonces. su obstinación de ola. mira el volver de todo con fósforo en los dientes. sino la gota ciega. con que la muerte pulsa páginas de silencio.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 89 Mira el pasado lento. mira el verano negro. y desflorar despacio. cuando el puñal del pecho canta sin esperanza. quieta como un pronombre. Porque ha pasado el tiempo húmedo y misterioso de venerar el fondo sagrado de los vasos y ha llegado el momento de proclamar con odio la eternidad de un cuerpo claro entre las espadas. cuando el espejo gime. a la criatura agreste de garras y de llanto. la perfección del aire. .

hemos venido fraguando un hijo para la muerte. en contacto con el temblor intestinal del mundo. te escribo cartas vacías para hablarte de todo lo que hemos perdido. el mecanismo sencillo e ingenioso de una familia. por qué vuelvo a la cerca espinosa del idioma. al vacío de sol y tiempo que se abre entre los dos. pasamos una y otra vez por el hueco incoloro de la nada. ¿Y ahora? Nos hemos quedado aquí para asistir a una posteridad de cielo y verano que nadie habita. asistimos a nuestra ausencia. viendo pasar la estela de la muerte. Ni tú ni yo. algo tembloroso que nacía de ti y de mí. no para que ella la lea. . Entramos y salimos. por fin. la identidad nacida de nuestros desvíos. Nadie tan solo como yo. Mira cómo nos movemos ahora por el licor vacío de la tarde. estela clara de espuma silenciosa. silenciosa. forzando el idioma para que el papel vuelva a ser un papel en blanco. las dulces manchas de la casa. mira nuestra vida eterna. como un pozo que llega al cielo. en ciudades mojadas de una transpiración pecaminosa. y justamente por eso estamos muertos. hasta su final de cometa. una impaciencia asomada a mi papel. sentado yo en el pódium excremental con gloria de retretes. tramado en noches de lluvia y días de labor. vano de cabeza. por qué te escribo esta carta. en que la pequeña ciudad conducía sus ocasos a una apoteosis mediocre. sino para meterla aquí. o escribo en una máquina de hierro. en este diario. velo de años sobre los libros y su multitud de letras. De muerte a muerte. y van cayendo mis palabras. de estación o de agua. y eso hasta siempre. a este rectángulo de intimidad. de laberintos desalojados. Te juro que no. trabado de piernas. que es donde moramos ahora los dos: Desde aquellas tardes. insegura mi vida sobre un supuesto de heces. como un testamento donde nada se testa. polvo de muertos sobre las grandes flores de papel marchito. hasta la soledad amarilla. hasta volver. me he puesto frente al mar y el mar era un insecto verde y maligno que movía dos alas de crueldad. Me he sumido. el hijo sagrado y muerto. una claridad implícita en tu alma. mis papeles. hasta la luz de esta tarde. No sé por qué escribo. infinitamente reacia. No nos hemos matado. traslúcidas. de nadie a nadie qué somos ahora—. eso que la muerte desmonta dejando los elementos por el suelo. desde la adolescencia con perros y portales. Cruzamos puertas y ventanas que no nos conciernen. en catedrales modernistas. para que no la leas nunca. así. como una correspondencia más allá de la muerte. recuerda. que nos llena de corredores internos. luz de agua y más allá. he agonizado junto a viejos perversos y cobrizos. como en una mudanza inacabada. al sol de un verano sórdido. Y entonces es cuando le he escrito una carta a mi mujer. y te escribo esta carta que voy a enterrar entre mis papeles. postestival.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 90 Reducido a mi condición fecal. Ninguna tan nadie como tú. de ropa caída. extenuado y solo. encaminado en la dirección diarreica de la muerte.

diciéndote. heridos de blancura. Y nosotros aquí. mortalmente vivos. Ha sido un apagarse de luz en la luz.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 91 Tu muerte. no ha ensombrecido el mundo. . ensordecidos de tragedia. hijo.

asqueado de mis queridos hermanos los hombres. de abrazos. y vuelvo a los viejos libros. Vayamos por orden. Cómo está el mundo. Las campañas humanitarias nos dicen que cada minuto --o cada segundo. claro. Lo que no tenemos es ganas de alimentarles. la gran frustración de haberse realizado. No por falta de fuerzas. si me lo traen. no de ida. Pero exactamente esto. Lo nuestro no tiene arreglo. por falta de todo. de triunfo. para llamar miserable al hombre con mil variantes. Tarde lo he descubierto. Mueren de hambre. y los leo de vuelta. el espectáculo bochornoso que la humanidad viene dando desde el principio de los siglos. de actividad. Y dejo que la blancura del folio ponga en blanco mi vida. Escritores que. No hemos conseguido erradicar la miseria. de saludo. a los ojos de la vida vegetativa de Marte. porque el mundo está progresando tanto que ya tenemos estadísticas exactas sobre los niños que se mueren. Tampoco iba a ser nunca como Emmanuel Kant. De modo que leo a los que fueron mis modelos. Por falta de ganas. Qué horror. a los autores que más elementalmente me han acompañado desde la adolescencia. con todo el dinero que cuesta el aparato burocrático de contabilizar la miseria. No pido el periódico. quería ser como ellos. no sé— muere un niño. un estar de baja. un volver a la vida para echar una mirada vacía en torno. y me sorprendo a veces haciendo proyectos literarios. Este braceo externo. controlado y explicado. el vacío de la plenitud. y vive en huelga de brazos caídos sin que nadie lo sepa. A lo mejor. salgo todas las mañanas de un sueño que no sé si es desvanecimiento. y terminar de una vez. pero la hemos contabilizado. lo más digno que puede hacer la humanidad es suicidarse colectivamente. Pero ya da igual. El oficio funciona. quedaríamos como unos tíos si supiéramos morir a tiempo y todos juntos. globalmente. Ni mucho ni poco. Es casi un resucitar. de enfermedades. Pero un resucitar sin júbilo. claro. sino que leo libros que ya sé de memoria. en el fondo. crueldad y obstinación. matanzas. no lo busco. para comprobar que todo está en orden —en desorden— y que puede uno volver a morirse tranquilamente. el objetivo está cumplido. ni nos lo hemos propuesto. se podía dar de comer a unos cuantos hambrientos. Francia ensaya ahora sus bombas atómicas. Cuando empecé a leerlos. un ocio. como cosas que no saben a nada. que están ya superados con . de abandono. pruebo medicinas que no van a curarme. ese tipo de escritor. inexorablemente. hablo poco. orino minuciosamente. de progreso. la muerte. le echo una ojeada como quien se toma una purga. de trabajo. claro. De modo que dejo los periódicos. pero llevamos su muerte muy bien contabilizada. He sido o soy el que quería ser. Todavía le quedan recursos al idioma. como entonces. Poca cosa. Algo es algo. braceo de labor. de trabajo. éste. y no hago nada. por falta de fe. sí. Mueren de progreso. a mi idioma personal. para insultar a la vida con mil modalidades nuevas. Sigue la sangre. oculta un interior cruzamiento de brazos. Un folio en blanco es mucho más hermoso que un folio escrito. el estar de brazos cruzados. cuando uno ya se ha dado de baja a sí mismo. Nada nuevo. ni más ni menos. recuerdo cosas que no vale la pena recordar. pero si me llega. después de tantos siglos de sangre. El hombre es decididamente mediocre y nunca hará carrera. Como siempre. ¿Por qué? Yo creo que. codificado. A la gente le asusta mucho esto de la bomba atómica. me suenan ya a mí mismo. y siento ya lo que ellos sintieron. pero no hago. Ahora ya soy como ellos e incluso a veces tengo que ponerles de mi parte lo que noto que les falta. aunque exteriormente mueva uno mucho los brazos. Más bien poco.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 92 Posterior a mí mismo. Y para qué hablar de los periódicos. pero como era lo que me había propuesto. Mi despertar tiene algo de resurrección. de tan leídos. para que no se me caigan en la lectura. Parece que hago. Pero lo primero es la estadística. de miseria. enfermo. A los ojos del ferromagnetal. ¿Y qué? Se trataba de ser eso.

Todos sabemos. escribo algo. la inercia del éxito. Si esto no se arregla es porque al hombre no le da la gana. más aventura y más política? Yo he llegado ya donde tenía que llegar. Así que pido otro vaso de leche. Hoy se mantiene por las buenas. Todo está montado sobre la explotación. Qué pereza volver. más pelea ideológica. Qué pereza. leo a mis clásicos. más sorpresas. y me parece que también el mundo— a esa edad en que todo está tan claro que ya no cabe seguir engañándose. vivo en conversación con los difuntos. y veo mi vida como una novela lejana. El hombre explota al hombre y eso es todo. sigue uno maquinando. Si no fuese así el mundo no se sostendría. que tiran más bien a románticos. Se ha pasado uno la vida dando la batalla. como el barroco. intentando cosas. Sé que no tengo talento para más. . El vaivén inocente de mi mecedora de enfermo supone una tensión de músculos escasos en miles de hombres poco alimentados. más viajes. Hemos llegado —he llegado yo. abro el viejo libro por la página más conocida. Lo más digno sería morir en una guerrilla sabiendo que tampoco sirve para nada. Repetirse puede ser perjudicial. pues. tópica. dónde está el bien y cómo tendría que ser el inundo para resultar menos indigno y menos injusto. La injusticia ha perdido ya todas sus coartadas y su patrística. miro los restos del verano como un sobreviviente. unos y otros. En cuanto al mundo. como en el pasado. como tal injusticia y nada más. La muerte y la enfermedad me han apartado de él con mano negra y leve. escucho con mis ojos a los muertos. No he llegado a ningún sitio. y cuando todo está intentado y resuelto. saboreo mis medicinas no sé si como licores de la vida o de la muerte. más fotos.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 93 mucho por mí mismo. vieja y todavía querida. ni los demás tampoco. incorporarse a ese mundo cínico y duro. Sí. y me asombra que la máquina me responda con su coherencia de chisme. ¿Y para qué más libros. paseo por la casa como un anciano de asilo. Ni siquiera necesita de los códices del pasado. Ya no hay de por medio ideologías confusas ni teologías complicantes. Estamos todos cara a cara con la verdad. sin darse cuenta. digamos. está claro que yo no lo voy a arreglar. desde mi convalecencia humilde a los cruceros de placer en yates millonarios. pero es lo suficiente. Es la inercia de la lucha. Ni vivo ni muerto. sólo por probar el estado de mi musculatura.

por lo menos en la misma medida. y porque el ocio es delito y crimen cuando el trabajo de los demás no es placentero. a liberarme del puritanismo del trabajo. no es que la obra bien hecha exija todas nuestras virtudes y entregas. con el tiempo. sino porque un hombre trabajando está más digno que tomando vermuts o bailando tangos. El trabajo como juego. En otro momento de este diario me parece que lo digo: uno. como quiere Rubert de Ventós. históricamente ociosas. Uno es más listo cuando trabaja. me paraba a ver trabajar a los poceros. Hay que ser muy importante para tener un ocio digno. me parece a mí. siempre superior a la estética del juego. Sin prisa y sin pausa. ella las concita. son. pero no porque con el trabajo se enriquece la sociedad y engorden los niños. No sé si Goethe. y no digamos a la estética del ocio. de pequeño. las despierta. como en la calle. Porque no se trata. pone argumento a los días. Qué le vamos a hacer. sí.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 94 He estado mucho tiempo sin escribir en este diario. quería decir lo que dice. Se trata. Los demás quedamos hechos unos piernas. y mucho menos en lo sagrado del arte que hace uno. Quiero decir con todo esto que creo en la estética del trabajo. las catedrales líricas de Gaudí. Lo de menos. como antes era voyeur de amantes. En cuanto interrumpimos el trabajo durante un tiempo. sí. para sobrellevar el ocio con dignidad. No creo tanto en el trabajo para algo como en el trabaje) por el trabajo. la continuidad que pone en mi vida. ¿Por qué. Una obra en marcha. nos enerva. como decía antes. En busca del tiempo perdido. que no es sólo un método de trabajo. nos aguza. de que la obra en marcha le da a la vida un ritmo sin prisa y sin pausa. y ahora me pregunto por qué lo empecé. más bien. quizá. va siendo voyeur de trabajadores. con su programa. Me gusta pararme a ver trabajar a Zurbarán. y eso me fascina. Pero he llegado. ¿Hay que consagrar la vida a una obra? Más claro veo yo el que se deba consagrar la obra a la vida. han llegado a la decadencia y el ridículo porque raramente supieron hacer del ocio una obra de arte. nos mejora. Hay que trabajar sin prisa y sin pausa. Se piensa que el buen escritor hace una buena novela. a Proust. la buena novela hace al buen escritor. No cree uno ya gran cosa en lo sagrado del arte. Estos otros grandes poceros de la humanidad. antes que unos genios. para qué? La razón última de una obra en marcha es su continuidad. La razón última de este libro es la disciplina que a mí me da. unos grandes trabajadores. como un ejemplo de disciplina. según la caduca moral de enciclopedia. La obra en marcha tira de nosotros. Le pone un eje al existir. articula un destino. que el quehacer nos ha mantenido en la vida sin prisa y sin pausa. Ahí hay un tipo que ha trabajado de firme. el cuadro velazqueño de las lanzas. a Cervantes. según la vieja fórmula goethiana. ya que . Estructura una conciencia. La Comedia Humana. antes que nada. Porque. Proust o Cervantes. con todas las obras. se plantea la naturaleza misma de lo que estamos haciendo. que no son la posteridad ni la gloria ni los lectores ni la curiosidad ni el interés. nos afila. de que la falta de prisa y la falta de pausa sean buenas para la obra que se está haciendo. como Marx. sino la razón misma de la tarea. todas las otras justificaciones fallan. las inventa. sea la obra. con acicate y sin impaciencia. sino que esas entregas y virtudes nacen de la obra bien hecha. El trabajo ennoblece al hombre. Las clases superiores. todo eso vale. con todo lo que se emprende. eje a las horas. al final. Sin prisa y sin pausa. Lo importante en eso. De modo que este libro interrumpido —como cualquier otro--pierde su sentido y su razón últimos. que se ha organizado. Sólo los niños quedan puros y naturales en el ocio. ayuda a vivir. Yo creo que. Creo mucho en el trabajo. Es lo que pasa con todos los libros. la escultura griega. Rota la continuidad.

como dijo el otro. es lo inmediato. y usted cómo lo hace? Mira. Y que al final tampoco se está en posesión de ninguna verdad. bajita. Así las cosas. con su prisa. No tienen paciencia para esperar a ver qué pasa. y digo yo que toda fama es un malentendido. Ten paciencia. Lo que pasa luego —y ésta es la gran enseñanza de los diarios íntimos— es que no somos capaces ya de sencillez. doméstica y monótona. esquemática. ¿Se acuesta usted pronto. y se apela al diario íntimo. y ahora. Parece que no eran lobos. sino urgente. la fórmula del triunfo. Sin llegar a comerse a los niños crudos. de lucimientos. las televisiones. ya. Confunden los títulos de todos mis libros y sólo quieren que reincida uno en sus propios tópicos. sino que hay que descubrir la piedra filosofal todos los días. de una estudiante curiosa. estamos maleados por la cultura. asilvestrarse un poco. como al principio se dijo. cuando quisiéramos un poco de retiro y soledad. y llena un espacio. Hemos perdido el paraíso. efectos de poema. Ten paz. tengo que resignarme a hacer literatura en mi diario íntimo. cae uno en la cuenta del mercado. sino por buscar la sencillez última. el triunfo. a intentar arrancarme en tres cuartos de hora el secreto del éxito. sino perros asilvestrados. pero no dejes a nadie en paz. ¿Por qué se escribe un diario íntimo? No por vanidad. niño. la naturalidad. la confesión no sólo sincera. Una mierda. El diario íntimo. Uno se ha pasado la vida corriendo detrás de las cosas. Bueno. O la estudiante de gafas. los periódicos. la vida. volver a estados más naturales. o bien. Pero las memorias aún están embellecidas por la niebla del recuerdo. Y probar a beber en la fuente de la eterna juventud. las cosas. Los entrevistadores. las entrevistadoras. de improvisaciones muy preparadas. como a las memorias. trampas del oficio. aunque sea oro falso o calderilla de oro. incondicional. a estas alturas y en mi caso. en la anotación banal. No saben que todo es una larga paciencia. o la novela de un mal novelista. ni por vedetismo. y encontrarla entre las piedras grises y torpes. Pero una suerte de paciencia impaciente. que son las que más abundan. ni por egocentrismo. ayuda a ganar unos duros. Aprende y espabila. cubre unos minutos. las radios. el presente exasperado. por huir de ese artificio que en último extremo suponen todos los géneros literarios. ¿Qué quieren de uno? Seguramente nada. . si se opta por el prosaísmo más directo. pero no dejes de impacientarte todos los días. por supuesto. Resulta que se confiesa más Shakespeare a través de toda su retórica. a medida que me alejo de todo. la calle. De modo que. todo viene a mí en la figura de un reportero impaciente. y cómo se hace una novela?» Siempre preguntan esas cosas. «¿Y cómo se escribe un artículo. un cara. en madrugar mucho para que Dios ayude —pues están frescos— o en trasnochar mucho para que ayude el diablo. en la cultura. sí. como dice Bataille a otros efectos. y a que vaya resultando un poco el poema en prosa de unos graves meses de mi vida. las claves del oficio. Estamos presos. Habla estos días la prensa de los perros asilvestrados que se comen a los niños por Galicia. Se puede decir que sí y se puede decir que no a tanta solicitación. en cambio. Baudelaire a través de toda su música. no hay fórmulas. pero lo que no se puede hacer de ninguna manera es creerse que eso es la gloria. no podemos hacernos como uno de esos pequeñuelos. sonriente. de elementalidad. y resulta que el diario íntimo se llena de lirismos. el triunfo.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 95 todos somos discontinuos. hemos perdido la frescura. realmente eso es la gloria. Decía Larra que todo aniversario es un error de fechas. sí. Sólo que uno es ya una cara. No existen los géneros directos. Todos hemos hecho eso y hemos explotado al famoso. no hay recetas. Quevedo a través de todo su barroquismo. se levanta usted tarde? Piensan que el secreto está en alguna fórmula vital. que a lo mejor mana por el grifo de la cocina. de un delfín de las calles que viene con su olor a intemperie. ordeñándole un poco de popularidad y de calderilla. Quieren robarle a uno el secreto en media hora. salir de aquí con la fórmula y la alquimia para fabricar oro por las noches. Pues eso necesitaría el hombre y eso quisiera uno. Lo más directo sería no escribir. —¿Y usted cómo lo hizo. toman la forma intrusa de un entrevistador cualquiera. No quiere uno que entre el lector y él haya trucos de novela.

como pudiera ser el caso de uno en determinado momento. historias o imágenes. por detrás de los cristales. Mueve más una mentira firme que una verdad pensativa. sin llegar a tanto. torvo. Hombres y mujeres se observan de reojo. se busca a una persona. Otoño. como el sol. Picasso era comestible. tranquiliza y difunde seguridad si él la tiene o la aparenta. El hombre necesita del hombre. que uno haga su papel. Fallecimientos y resurrecciones de cada día. mujeres hermosas. de teatro a alcoba. pues decía William Blake que si el sol dudase un momento. de dandy. continuo. tan sin destino. de los decididos. de revolucionario. Y lo que la gente quiere es eso: soles humanos. Hay que saber a algo. Hay una crueldad. Avergonzados de la elementalidad de todo esto. un vampirismo implícito. ni falta que hace. se espían. digerible. No estoy bien. leer. Si no. escuchar siempre el mismo cuento. Procuro. nutritivo. Las masas devoran seres vivos. No basta con los miles de cuadros de Picasso. las vitrinas. Las masas no devoran libros. Los adoradores ele Dios. artistas. das de comer a cuatro periodistas hambrientos y cuatro universitarias asténicas. escuchar. se tienden puentes sobre el mar o se levantan escaleras hasta la cúpula del aire. El sexo es un crimen sin víctima o con víctima. Interesa el autor. Van al cine. Estamos todos aquí tan perdidos. a comerme por un pie en la modesta medida en que yo soy comestible. Y esto porque la gente necesita creer en sí misma. que siempre me ha preocupado. mirando hacia adentro. mi sabor será para la tierra». de cada hora. Y el escritor. Y eso es lo que quieren. decía Rimbaud. se apagaría. Lo que más fascina a esta humanidad indecisa es la decisión. aunque tampoco lo tengan. Detrás de la política. también le dan figura humana. cuando vienen a verme o me llevan a que me vean. precipitan y retrasan el momento de la captura. Astenia. que no . no tendría gracia. la humanidad está tan desempleada que necesita el ejemplo de los grandes. tocar. La humanidad tiene sed de humanidad. Así triunfan los políticos y los conductores de masas. a un actor o una actriz. el sabor de uno tiene que ser para los mass-media. canciones. devorar a Picasso en calzoncillos. Siempre ha sido así. ya te puedes morir de hambre. animal adorador. personajes que no duden. no a seguir una historia. una cara blanca asomada a las tapias del cementerio del vivir. Por eso. de los gloriosos. la misma historia. hacia el corral de muertos que dijo el otro con otra intención. del arte. Se dejaba masticar bien. las ropas y los parques. sino a devorar a una persona. Ése es el secreto. Entretanto. de la cultura. Una realidad zoológica y apestosa. Algo de esto decía Baudelaire. La humanidad deglute políticos. Imposible abolir el culto a la personalidad. Todo paisaje ha de ser paisaje con figuras. procuro dar sensación de seguridad. Para comer de esto hay que dejar primero que te coman. como los niños. de los triunfadores. genios. La antropofagia intelectual —y no sólo intelectual— es un hecho. algo torvo y cínico en la lucha de los sexos. con muebles y oficinas de por medio. tocarlo. Demasiado bien estoy. Ni los paisajes ni las geografías ni las historias son nada si no les ponemos un condimento humano. Si eres glorioso das de comer a multitudes. Hay una especie de antropofagia intelectual. héroes. comérselo. Hoy. Hay que verlo. con muy buen sentido y muy poco éxito. teniendo en cuenta que solamente soy un espectador fantasmal del mundo. El hombre no está para abstracciones. Si no eres comestible. nada más. de canibalismo cultural. Hay que ver. Pues no.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 96 ¿De qué he posado yo en la vida? de quinqui. oír. «Si yo sé a algo. desde el fondo de las sombras. La humanidad se alimenta de sí misma. Pero lo único cierto es la cloaca sexual que cada noche inunda el mundo. de los que parece que tienen destino. Los socialismos han tratado de hacerlo. ¿Y la vida? Un acecho sexual. El hombre necesita comerse al hombre. El hombre. para las multitudes. No basta con los libros. de golfo. de todo. aunque sea fingida. no dudar un momento. Y a eso vienen. con Blake. hombres y mujeres se buscan y desencuentran en el juego cruel. Necesitamos adorar a otro hombre. por ejemplo. De tienda a taxi. seres seguros de su destino. Un cielo vacío. entreluces y entremuertes. Si eres sólo modestamente popular. aunque realmente viva en la luna. Quieren. monótono y eterno del crimen sexual. de gran seguridad. aunque ahora esté eso más favorecido.

la trampa de ramas y hojas de la muerte. me dice médico. El niño que fui es el niño que he perdido. la inmersión profunda y prolongada en la infancia. que seré. otro libro sobre mi infancia. astenia. Porque de tiempo metafísico y el tiempo climatológico van más confundido: de lo que parece. en algo que está fresco y matinal dentro de uno. En cuanto retiramos nuestra adhesión a las grandes abstracciones. Decía Péguy: «Homero es joven cada mañana y el periódico de ayer es ya terriblemente viejo». novela o no —eso qué importa—. lo crea nuestra impaciencia. tira de mí la idea de ese libro. Pero el Tiempo sin hombre se queda en meteorología. mientras que el uno de ahora mismo está terriblemente remoto y enterrado. pero a los cadáveres no conviene afeitarlos porque es peor. esperando. sólo queda el movimiento mediocre y elemental de la vida. se disuelven en el aire. filosofía. en esta astenia otoñal. este niño. que soy. otoño. ahora. Los brazos se me lastran de sombras. De ese tiempo hemos hecho una categoría convirtiéndolo en Tiempo con mayúscula. Aquel niño huérfano de mi infancia. Sin anhelos por mi parte. Decía Homero. Soy una ropa vacía que pisa con miedo la falsa vegetación del mundo. Sin impaciencia. su mecanismo torpe y repetido. va no hay tiempo: sólo hay clima. «Tiene usted una astenia». Ese hijo también se pierde. el tiempo ya no existe. La cabeza se me decapita sola. aquel niño que fui. Puede ser que sólo exista el tiempo climatológico. aquel niño. es nuevo cada mañana. Y me meto en casa para hacer el viaje de regreso al pasado. no es una evocación ni un poema. Astenia. el de los anticiclones y Has borrascas. el tiempo se ha quedado hueco de días. En las escaleras mecánicas de las tiendas dialogo con mi hijo muerto. sino una cosa cotidiana que me está pasando. El tiempo de los hombres del tiempo. en el pasado primero. Lo he repetido más de una vez: toda la cultura no es sino el esfuerzo desesperado del hombre por dignificarse a sí mismo. Si uno dimite de la vida. porque son el mismo niño. que estoy siendo. cuando menos. de cosa caída. como todos.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 97 es sino una dinámica de rebaño. Se es padre de uno mismo. de trasto viejo. La vida se ha quedado hueca de tiempo. Ante los quioscos de periódicos soy una página rasgada que se lleva el viento. Pero somos opacos y desnudos. . Tiempo. En mi infancia soy mi propio hijo. Cuando no existe el tiempo. del légamo dorado y tierno que fui. Y quizás ni siquiera clima. Y ese niño muerto se me confunde con este otro niño muerto. ni siquiera hay que viajar. como todas las rosas son la rosa—. Yo creo que es el mundo el que tiene una astenia. La religión quiere darnos un alma y la cultura quiere darnos un traje. Otoño. Los muslos se me espesan de sueño. del núcleo esencial de infancia en que consisto. avanzando. por estofarse de trascendencia. El tiempo lo creamos nosotros viviendo. tiene su padre. que soy yo. categoría y aura de todas las cosas. Cuando nada espero ni busco ni pretendo. El tiempo. el más remoto niño —todos los niños son el mismo niño. El pasado está aquí mismo y por eso es posible que yo escriba un libro sobre mi infancia. o la infancia de la cultura. En este otoño asténico. el niño. sí. Quería decir la infancia de la humanidad. pero el yo de ahora mismo es ya terriblemente viejo. como a Dios lo crea nuestra soledad. Me afeito la barba por ver si rejuvenezco un poco. mi niño. hemos hecho lirismo. El tiempo es nuestra impaciencia. Pero el tiempo. y escribiendo de uno o del otro estoy escribiendo del niño. complicación y metafísica. las esferas se paran y el mundo descubre su inanidad de chisme inútil. pero ahora le tengo muy vivo. porque mi infancia. que he sido. ha sido abolido.

quizás. Pero lo que quisiera es este suicidio del artículo. o varias direcciones. dejándolo todo incompleto. mi estilete. miles de artículos. Y haré algunos más. Y así. voy desarticulando pieza a pieza el armazón trabajoso e inútil de mi vida. Me arranco artículos como el que se arranca la piel a tiras. son una autodestrucción. un ensayo. Con cada artículo desanudo un nudo de la trama de mi existencia. voy a destruir mi obra. paso a paso. con frío. Con miedo. en cada artículo entierro y amortajo para siempre una dirección de mi vida. con fe arquitectónica. con luz o sin luz. lo que quiere es eso. por esa concentración de vacío que es un libro. con calores. de desaparecer. maltrecho y malogrado. porque hacer libros es construir con voluntad de pervivencia. la espada corta y segura con que conquistar y construir un pequeño imperio personal. atraído por el vértigo de la inutilidad. Eran una construcción piedra a piedra. y me voy quedando suelto.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 98 Artículos. a fragmentar en artículos dispersos lo que pudiera haber sido un todo completo y edificado. Con cada artículo que escribo pierdo la posibilidad de hacer un poema. aterido. los lectores. Ahora. con rabia. y contemplo el cristal suntuoso que pude fraguar. a esta voluptuosidad negativa del artículo de periódico como sacrificio. He descubierto que el artículo es una brillante forma de fracasar. las gentes dicen que el escritor puede quemarse con tantos artículos. el arma que me dio la vida para entrar a saco y vencer. palabra a palabra. Estoy llegando. Los artículos. No quiero hacer una obra. quebrado. no muchos. me fragmento. fueron mi procedimiento para irme autoestructurando. sí. doliente. con inseguridad. roto en los mil añicos de los artículos. El artículo fue mi hacha de guerra. vacío de posibilidades. Ya que no he tenido valor para destruir mi vida. y ha encontrado en el artículo una forma de arder. un relato. consumado todo. como el leproso que se arranca la carne en pellas. artículos. huérfano de todo. pero el escritor. solo. sino deshacerla. deslogrado para siempre. Cientos. Y ahora lo vuelvo contra mí. Una forma de autodestrucción. ligero. algo más resistente y continuo. insinuado. y eso me resulta ya siniestro. un hombre y una vida día a día. contrito. deshago mi obra en artículos. el hacerse un nombre. . irrealizado. y con cada artículo voy quitando un soporte a mi vida. roto. He vuelto a hacer artículos. artículos. demasiados en todo caso. con temblor. me disperso. a mi obra. con sudor. escribo artículos todos los días y así hago el revés de mi obra. más que nada. He hecho algunos libros. como amortajamiento de criaturas que pudieron crecer y vivir. primero. como inmolación. Los críticos. una labor inútil y fragmentaria en la que deshojarse y morir.

Si no. te perdí para siempre. No tiene otra ley que la persistencia. a través de todo lo cual vago solamente porque desconozco el gesto que hay que hacer para morirse. Tu pelo doraba la calidad del día. sin consistencia. y eras tú. alumbra de puro vacío. y en el cabeceo del mundo bajo un viento banal sólo veo la obcecación vegetal de la vida. de tiempo y muerte. una vaguedad nauseabunda de veranos e inviernos. este mediodía con risas? ¿Para quién se ha urdido esta inmensa mentira de meses soleados y campos verdes? ¿Por qué este vano rodeo de la muerte por las costas de la primavera? el sol es sórdido y el día resplandece de puro inútil. Soldadito rubio que mandaba en el mundo. hijo. su torpeza de planta ciega. ¿A quién engaña este cielo azul. Sólo el tedio mueve las nubes en el cielo y las olas en el mar. Vivo de llorarte en la noche con lágrimas que queman la oscuridad. El universo se rige siempre por la persistencia. Sólo encontré una verdad en la vida y la he perdido. es un universo fluctuante. nunca por la inteligencia. haría ese gesto y nada más. una promiscuidad de sol y sexo. . Lo que queda después de ti. hijo. Tus ojos cuajaban el azul del cielo. como dicen que es Júpiter. Qué estúpida la plenitud del día.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 99 Sólo encontré una verdad en la vida.

organizo despierto las pesadillas que el sueño me desorganiza luego y cuento contigo para el amanecer. se preguntan por ti. qué solos. entre dos costillas. entre biombos. graves mecedoras. con su atentado contra ti. en que sería posible que te hicieras de yeso crudo o de luz remota ante nuestros ojos. para comulgar tu carne. entre el epigastrio y el sentimiento. el universo. La vida. pues el pájaro en la rama y el reloj en la torre no hacen otra cosa que esperar el desmoronamiento final. y el mundo ha perdido. la vida ha durado ya excesivamente y los políticos consuman sus traiciones cada mañana sin convicción ni arte. y hay en el mundo un rastro de mujeres que mueren hacia su sexo. y sabor a vino que ya nadie degusta. pronunciamos tu nombre como si estuvieras muy ausente. de manera maquinal. ha perdido su sentido y paga su crimen en tardes de sol en las que nadie cree y anocheceres de niebla donde nadie es feliz. Vamos en viajes lúgubres por ciudades antiguas. el crédito del material humano. entre cocinas apagadas. y de vez en cuando me refugio en el cristal de una ventana. hijo. asesinándote. el suspiro de la galaxia que nos libere a todos de las leyes de la herencia y nos devuelva a la relatividad y la nada. toso. Viene un tiempo de degradaciones. hijo. Soy el único cadáver que ha escrito un libro en la historia de todos los tiempos. y miro hacia el Este lo que no quiero ver. Escribo. todo es póstumo. la consecuencia feliz y lograda de la especie. tu madre y yo. . en ese espacio de duda que hay entre el vidrio y la realidad. su última oportunidad de tener sentido y derecho a las estrellas de cada noche. Por las noches. y me veo en los espejos de los grandes almacenes y sólo hay una imagen en un espejo porque vives en el útero que me ha nacido para ti. se ha dado muerte a sí misma. escupo. lloro. y el universo. caballos de crin celeste me preguntan por ti. entre anuncios. que fracasa nuevamente y revela la condición irreversible y caediza de la sangre. qué sin juntura. hijo. nos enhebramos en voces blancas o rojas que quieren saber de la eternidad. y pienso en la calidad de tu pelo. la textura de tus ojos. tiemblo. y has de saber que subimos a los últimos pisos de las casas en obras y desde allí miramos ese momento del atardecer. letra menuda y medicinas. con humo y tiempo. que eran el resultado de milenios de generaciones. que organizaba sus mayúsculas en torno de ti. el espacio sagrado. el borde fresco de tu corazón pequeño. la cripta donde te llevo. y ahora es como el resto disperso de un naufragio. Sillas de paja infantil. De modo que me crece la pirámide en el alma. una ceniza sagrada que el sol ignora cada mañana.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 100 Aquí. hijo.

Retretes. un oficio nuevo. el ello. el muerto que seré y que ya voy siendo. todavía se mueven los cuerpos rosa de los niños. que la verdad es que no le hacen ninguna falta ni ninguna ilusión. las almas culonas de las mujeres. y ese olor a inocencia y uremia que es el resumen del alma y lo único que va a quedar de nosotros a la muerte. donde la mujer ha comprobado con espanto el desdoblamiento de su cuerpo en loba y estatua. llega como un intruso. Pero ahora la huyo y la odio. ademanes. por lo menos. excusados. lavabos. esto es morir (no sé si ya he tomado la medicina a su hora). Dulces enfermedades acuden a mi cuerpo como aves migratorias al tronco de la noche. El muerto vive. ni se notaba. y allí comprendo mejor que sólo es verdad la luz de la ventana del patio. esos sitios blancos y turbios. Sólo existe el muerto. el muerto se va posesionando de mi vida. el cimiento mate de nuestro ser. entonces te mueres. donde el hombre ha mirado con vergüenza el crecimiento de una selva exigua y enferma por las raíces de su gloria civil. pantalones rosa y estropajo donde va quedando el fruto ocre de nuestra vida. Freud habla. una luz gris que no engaña. Esto es cosa del muerto. renunciaciones de difunto. los servicios. una especial atención por esos sitios sórdidos. Mi cercándome el invierno con sus tropas dolientes. cada día más espesa y respetable. como un amigo triste. los excusados. de ceniza. donde me refugio y retorno a mi textura cúprica. el revés de una vida. el superyó. cuando el vientre me llora. los servicios. baños. un empleo. Los retretes. pues en el resto de la casa o del hotel hay una dignidad de tela de saco y una gravedad de maderas respetables. Pero estoy abocado a tomar medicinas y contar a los muertos las noticias del día. La ciudad es un piano incendiado y prostituido que sólo yo supe hacer sonar. sin el artificio vespertino del sol ni la bisutería moral de la noche. antes. y se extraña a sí mismo. azules y sonoros. Estallidos de rojo y luz hacen fogata en torno y el reloj de la pleura me duele como un secreto. inodoros. Creías en las mujeres y un día encontraste su revés de retretes y espejos. Sólo el espejo del retrete conoce tu biografía y el poco sol que te queda de vida. y se desdobla en dos. como cuando a uno le dan un cargo. de tres: el yo. y la literatura ya no engaña a nadie. aunque hayamos escrito tratados y construido diques. «Esto es cosa del muerto». me digo. pero que las codicia. de polveras y residuos. cuando pienso en una mujer conocida como en un enser o en un apero. mientras la prosa fluye debajo de la almohada. No existe la muerte. soy un desagüe triste de pestes y de penas y lloro hasta el domingo tu ausencia diminuta. el revés de una casa. esto es ir teniendo una mitad de sombra. todas las palabras sosas y feas que se han empleado para decir lo indecible. Me moriré escribiendo páginas ilegibles. con luz de patio. Esto es vivir. caídas. el id. En el espejo blanco del retrete te miras el hueco donde debía estar la conciencia y te suenas el alma. que se desdobla en diversas personalidades. el revés del mundo. El muerto. y revuelve mis cosas sin interés ni gana. pero por el retrete. servicios. El campo es un instrumento pastoril algo analfabeto e irritante. con uves dobles y un cadáver blanco y mojado en el fondo de la bañera. porque el muerto me crece. Dicen que el hombre es muchos hombres. entre sus espejos pálidos y olorientos. Hay un pájaro de frío picando en la ventana y un caballo celeste que me mira como un niño. y de pronto me sorprendo gestos de muerto. los inodoros.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 101 Los retretes. A . Cuando el muerto se ha posesionado de todas tus cosas. wáteres. no sé. los excusados. Me refugio en los retretes como para morir. nos visita. cuando olvido un papel en un tejado. Yo ya lo sé y lo pienso.

El frío me amortaja con cintas de fiebre y vuelvo de los viajes con una urgencia postal y póstuma. Al muerto le gusta que vayamos a ver pisos que no vamos a alquilar. Es incómodo pero a todo se hace uno. el muerto y yo estamos ahora. Uno se va acostumbrando a convivir con su cadáver. demasiado alegre. que seré. y ya se queda para siempre. digo: «Esto es cosa del muerto». como un familiar incómodo. y sobreviene el horror. que peor sería tener una joroba o una enfermedad molesta. en un momento de relaciones estables. que ya eres sólo muerto. Fui una estatua violenta que desafiaba a las constelaciones y ahora mi cuerpo es un asilo donde multitud de ancianos quieren oler una rosa. resulta que un día descubres. cuando cojo un libro que no me interesa. En todo caso. cuando no me pongo la camisa que me gusta. Piensas que bueno. Aparece un día. que acabando conmigo acaba con los dos. conviviendo con él. pero sin esperanza. Antes tenía temporadas de muerto. que más vale haya desaparecido para siempre. Cree que me voy a escapar por la escritura. como una ventana alta. el muy estúpido.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 102 mí me parece que somos dos: el vivo y el muerto. pues a lo único que no ha aprendido todavía mi muerto es a escribir. huyendo siempre de algo. que el muerto te ha suplantado. Y escribo mucho por huir de él. como si la máquina fuese un bólido o una bicicleta. Creo que no aprenderá nunca. para embeber el cielo y morder no sé qué manzana desconocida. Creíamos que se había ido. El muerto va mandando en mi vida y no sabe. como un amigo enlutado. todo muerto. . Pero al muerto. Sólo me queda la cabeza. Al muerto no le gusta que yo escriba. cuando ya todo el mundo sabe que eres tú y tu muerto. Cuando se me pierde un pañuelo. El muerto que soy. que eres tu mitad muerta y tu mitad viva. Ahora vive conmigo como realquilado. Y la verdad es que yo escribo como si pedalease. no le gusta el cine ni que yo escriba. pues el muerto es un caballero estable que se ha quedado a vivir en mis habitaciones interiores. sino un muerto que se acuerda de aquel vivo como de un amigo lejano y alegre. que nos pongamos la ropa nauseabunda de hace tres inviernos. que vayamos a casa del médico. piden los anuncios de pensiones. quizás. porque ya no soy un vivo soportando a un muerto. Bueno. con motivo de una enfermedad o de un pésame. a mi muerto. «Caballero estable». en el retrete o en un taxi. Un domingo se vacía como un mar desahuciado. pero vuelve. temo que me pongan con el cementerio. como un matrimonio aburrido. Ya sé que no se irá definitivamente. No sé si he llegado a eso. Cuando ya has presentado el cadáver en sociedad. estúpido e irremediable. Mas resulta que la cosa no para ahí. Lo que pasa es que el muerto no hace acto de presencia hasta cierta edad. cuando lo llevas a todas partes. Si cojo el teléfono. Mi vida ha sido tan larga que puedo meter la mano en cualquier bolsillo y sacar un diente perdido de la primera infancia.

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Ella ha madrugado, inquieta, movida por un secreto, por una alegría pequeña —qué triste picardía la suya— y se ha movido por la casa con más vivacidad, como criando tú vivías, y ha traído de la calle dos rosas rojas, dos flores forradas de verde, que eran la clave de su secreto, el centro de su pequeña y tierna conspiración, porque algo había que hacer, hijo, y las dos rosas estuvieron ahí, lumbre de una alegría remota en lo gris del hogar. Diría yo, sí, que fue ella a lo más remoto de nuestra dicha, al fondo de los días, al bajorrelieve de la memoria, allí donde aún ríes entre conchas doradas, para cortar esas dos flores —que en realidad son del mercado— y hacer que por última vez prenda en esta casa la luz de un tiempo en que éramos alegres. A la tarde, escucha, fuimos apresurados, silenciosos, sonámbulos, en el fondo de un coche, hacia el hueco doloroso, lejano, y el otoño estaba rojo, dorado, lento, espeso, como si tú existieras, y cruzamos tantas arboledas, hijo, tanto espesor de muertos, tanta luz acumulada en las márgenes de la tarde, para sumirnos en el túnel azul e inexistente en que no nos esperas, y llevábamos las dos rosas, como un reclamo para tu sangre, una llamada de lo rojo a lo rojo, de la vida a la vida, de la vida —ay— a la muerte.

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151 El frío, hijo, el frío, compañero helado de la infancia pobre, gato sucio y arañador que fue mi única amistad durante tantos años, el frío, que toda la vida ha ido haciendo crecer su yedra por mi cuerpo invernal, y que ahora, más vencido yo hacia la sombra, me atenaza la garganta con una fijeza triste, o canta en mis bronquios con el metal turbio de la noche, o ciñe mi vientre, lo traspasa como un filo invisible, como un frígido cuchillo de pescado, hasta dejarme doblado, encogido, indefenso. Ropas lentas, fuegos, estufas, calores con que arropo mi soledad, y el frío dentro de mí, como un jarrón venenoso, como la entraña inhóspita de mí mismo. El frío es más que el frío, el frío es lo que de enemistad tiene la vida para conmigo, el gesto hosco que me pone, una agresión repetida a lo largo de los años, serpiente de cristal, hoguera helada que me consume. Para el frío tomo cosas, bebidas calientes, medicinas de media tarde, pero noto cómo el frío me va sustituyendo el alma, cómo voy teniendo una conciencia de frío y sólo frío. Ya no es que me enfríe por dentro, sino que mis adentros son de frío, y un corazón de témpano que va pesando como no debiera. Esto debe ser, hijo, el ir viviendo, un pasar del sol a la sombra, del calor al frío, del verano al invierno, un irse quedando del lado del invierno, una residencia en noviembre que antes creíamos transitoria y que ahora se va haciendo definitiva. El frío era una visita inoportuna. Ahora viene a quedarse o, peor aún, el frío soy yo. Antes pasábamos por noviembre como por una estación de transbordo. Ahora me veo condenado a vivir para siempre en el frío ferroviario de las estaciones. El frío va siendo mi manera de experimentar el tiempo, mi vivencia más metafísica, mi único comercio con lo otro. También hay frío fuera, en las calles, una bruma de inactualidad, o ese sol zarandeado por un viento norte, que es el de mi infancia, la desolación iluminada que encontraba en las mañanas remotas, al salir temprano a la calle. Es lo mismo que encuentro ahora. Quisiera explicarte, hijo, lo que tú ya no ves, lo que ya no te ve, quisiera explicarte la luz de este otoño, o el olor salvaje de este viento frío, todo lo que contigo hubiera sido la estructura del presente, y que sin ti ni siquiera existe, sólo es una alusión indeseable y obstinada a cosas ya vividas. En la penumbra del mundo, en el reino del frío, ilumino ámbitos de tu vida, aquella escuela con sol y sombra adonde fuiste por poco tiempo, aquella tarde de marzo en que eras un niño entre los niños, y temí perderte entre ellos, cuando me angustió la evidencia de que tu voz y tu grito pudieran equivocárseme con otras voces y otros gritos. Niño confundido con el bosque de la infancia. Pudiera ahora alumbrar tantos instantes de tu vida —¿de tu vida?—, pero me asusta el vértigo del corazón, lo insondable de la memoria, la capacidad del llanto, y no llego a tocar la carne dorada y sagrada de tu recuerdo, sino que me quedo en el alrededor tibio, y veo una escuela con jardín, o una canción matinal, o unos animales sonrosados y locuaces, todas las dulces metamorfosis de que el mundo era capaz por ti. Exiliado de tu reino de luz y voz, vago por los países del frío, y seré ya para siempre el apátrida, el que pasa, en la tarde, con el cuello del abrigo subido, mirando luces y escaparates, porque te has ido a algún sitio y me has dejado fuera, porque sólo tú acertabas con el centro tibio de la vida, y yo no acertaré jamás, y tengo conciencia de expatriado, y todo a mi paso es arrabal, suburbio, alejamiento del secreto rubio del mundo. He dicho a alguien que eras la única verdad que encontré en la vida. Eras, eres, la única verdad que encuentro en mí. Sólo me queda tu recuerdo, esa foto en

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que me miras serio por encima del tazón del desayuno, para no serme totalmente despreciable a mí mismo. Este libro, hijo, que nació no sé cómo, que creció en torno a ti, sin saberlo, se ha convertido en el lugar secreto de nuestras citas, en el refugio solo de mi conversación, de mi monólogo contigo, aunque ya toda mi vida es ese monólogo y no hacemos otra cosa que conversar, tú y yo, sin que nadie nos oiga. La otra tarde vi un cerdo pequeño, una cría, colgado del morro a la puerta de una charcutería, y todavía el rabo se le rizaba con alguna gracia. Cómo hubiéramos conversado tú y yo con este personaje. Pero es tu alma, ahora, la que cuelga inocente de un gancho frío. Si no fueses un niño te leería esto que acabo de ver en un libro: «Estamos todos en el fondo de un infierno cada uno de cuyos instantes es un milagro». Pero un milagro sórdido, añadiría yo. El universo no tiene otro argumento que la crueldad ni otra lógica que la estupidez. En los oscuros huertos del frío, un niño me mira, de pronto, eleva sus ojos lentos hacia mí, y he descubierto con estremecimiento, hijo, que me miras desde el fondo de todos los niños. No eres tú, no eres tú, pero el fondo común de la infancia, el agua oscura y limpia de la niñez transcurre llena de ojos puros, y hay un abrirse de pupilas sucesivas, las del niño tímido, las del niño alegre, las del niño triste, las del niño hostil, las del niño desconocido, las de la nieta, y al final de esa sucesión me miran tus ojos, como desde el fondo de un río claro y profundo. Sólo en la mirada de un niño me vienes un poco, de pronto, de abajo arriba, pero tiembla mi mano al tocar a ese niño, me ahogo de saber que eres y no eres, respiro con miedo su aroma montaraz, que es el aroma de la infancia, por terror de que seas y de que no seas. Y huyo para siempre del continente cálido, del fragor de los niños, de ese jardín secreto donde todavía —ay— huele a ti, porque no eres tú, no eres tú, y prefiero la imagen intacta y sagrada a la confusión de las dulces ovejas párvulas. Qué dentro del frío me has abandonado, qué perdida mi mano grande en la vaguedad del mundo, sin la firmeza breve de tu mano. Qué frío, hijo, en esta mañana fría, el rincón quieto, blanco y desolado de tus juguetes. (Y estaba quieta, allí, en el centro de un verano trágico, con su mirada de susto breve, iluminada de tiempo y noticias, venida de una tarde lejana y fracasada, redimida de unos oscuros muebles, esfinge otra vez adolescente, alimentada por las fuentes sombrías de la memoria, liberada de algo, no sé de qué, salvada de aquella otra que quedaba de perfil y a contraluz de todas las peñas. y tenía una camisa abierta, un pantalón rozado por los aletazos de aquel verano negro, recibiendo en sus ojos de susto quieto, de drama inmóvil, de luz oblicua, el resplandor de los licores del presente, oscura luminaria adolescente en la luz de julio, y la perdí de nuevo, como en los domingos dolientes, hasta que la velocidad de los colores me la devolvió cafés enormes con vacíos ferroviarios y mujeres enlutadas por el transcurrir de la tarde. De su mano niña caí en colegios indescifrables, visité atrios desesperados y transcurrí jardines indeseables, de su mano niña y grande descendí calles que naufragaban en un fuego humilde y seco, y visitamos tiendas inestables en las que un tiempo de barro crecía como el vientre excesivo y barnizado de las más sinceras vasijas. Hasta renacer en tabernas negras y pasillos de vino por cuya trastienda agonizaba un torero a la hora dudosa en que los ciegos del barrio abrían sus ojos al milagro de la sangre. Dijimos palabras antiguas y luego puse mi mano en su pelo como en el vuelo quieto de un pájaro sin memoria, y encendí su fuego oscuro despertando el pesar de las mejillas. Nos encontramos, más tarde, en plazas pobladas como la vida, en parques releídos por el sol, y ella tenía toda la negrura del tiempo acumulada en su pelo, todo el dramatismo de la edad en los ojos, una osada nariz de cachorro, boca de niña ávida, manos de muchacho, senos que adiviné cuajados de sombra, muslos gloriosos como batallas, algo de loba niña y morena, y siempre el manar oscuro de su vida afluyendo a la carne como un fuego.)

Tu prodigiosa capacidad de decir. con un entusiasmo que nació quizás a la mañana. compraventas. Toda la locuacidad del mundo me habla en tu silencio. justo has llegado a tiempo de dormirle. ea mi niño. «Ya se nos estaba durmiendo. que se ha mantenido voluntariosamente a través del día. de entusiasmo a propósito. los autobuses. como las ballestas de un coche. a proyecto. de arriba abajo. la mecedora en la sombra. de tanto como en mí habitaste. Eaminiñoea. en lo que tú vives. las cicatrices de ceniza y humo. vida total. empalideciendo. un fleco corto y simpático. Para mí también. el anochecer. Ea ea ea. Desde mi muerte. o quizá fue un capricho. herido. Sólo vivo. en el agua. y el pato estaba allí. calles oscuras.» Esa tarde triste de salir de compras. pero toma la forma de flor de tu boca. este oasis de sombra y hogar. al atardecer. sigue diciéndose solo. a cosa que hay que cumplir. sólo distancia. pies semicirculares de mecedora. las manos curtidas de otras manos. al sol. La velocidad de las gestiones. Ea. no sé. Desvelado. Luego. con una lista en el centro. estábamos en el campo. la oficina. los coches. Todo el silencio del mundo habla eternamente en tu adorable locuacidad. como una barca en el agua. mecanografía. con brazos de mullido y bamboleo de la madera sobre el parquet. Era blanco y no muy grande. no puede callar para siempre. la calle. . el vaivén oscuro de la mecedora. en la muerte ya no hay muerte. ea. La muerte es distancia. desde otra muerte que no es la tuya. las señales de la calle. hijo. La mecedora. Las gentes. tarde. al pasar por aquella calle. y que nada significa y sólo es como un inmenso estorbo entre tú y yo. monomanía. madera sobre madera. sin ti. hijo. estando muerto. porque seguimos dialogando noche y día. Quería habértelo contado. porque la muerte hay que vivirla en la vida. Doy para cerrar este diario. a costumbre. Dormir al niño. Sólo está vivo de mí lo que está vivo de ti: el recuerdo. como no llegabas. que sigue eternamente abierto. en cuanto llega a casa. ea. curtidas de dinero. carne sagrada. tiendas polvorientas. Estoy viviendo muerte. cansado. ¿sabes? Nada más eso. Si supieras. estando vivo. el niño en los brazos. el olor de la oficina en las manos. Hacía sol. El vaivén de la mecedora. hijo. como un trineo. enfermo. horrorizado del sol que hoy ha salido en el cielo. pasando de propósito a penoso trámite. solo. brazos mullidos y con flecos. Te escribo. todo lo que habrías dicho. la herida de la telefonía. estoy entre tus cosas. Y sólo de ti puedo vivir. dormir al niño en la mecedora. mi niño. y la sustancia de mi vida no es ya otra cosa que este diálogo. ni vivo ni muerto. ea. teléfonos. desde qué confusión de lágrimas y ropas.» La calle. «Mira qué bonita mecedora. Hubo que comprar un día la mecedora. raudal. de nombrar. desde qué páramo te escribo. pasando a propósito. con el niño en los brazos. sino que queda eternamente abierto entre tú y yo. Cada cual se queda en su muerte. Ea mi niño ea. hijo. justo a tiempo de dormir al niño. La mecedora. un día vi un pato en el agua. sin decidirme por ninguna de las soledades que me esperan. hijo: Dormir al niño. Porque lo más desolador es que ni en la muerte nos encontraremos. saludos. rutina. cobarde. dudoso entre tantas ausencias. Y por fin este sosiego balanceado. dolorido. ea. posibilidad. Sé que es importante para ti. hijo. este vaivén de la mecedora. forrada de cretona verde. la mecedora en el escaparate. Y sólo de mí puedes vivir ahora. lo primero que escribí sobre el niño que entonces era niño: promesa. la prisa. para siempre. y este libro no se cierra. desde qué revuelta desgana. Un ser tan oral. tan dotado de palabra.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 106 Hijo. Y por eso sigues hablándome siempre. dejando de ser entusiasmo y sin saberlo. como el deslizamiento de un trineo.

qué raro es el público. Ea. ea. La luz va muriendo en los ojos del niño. por azar. Para sentarse por la mañana. pasan zonas de luz y de sombra. aburrida. la mecedora quedó varada. El vaivén de la mecedora. el teléfono. ni en el mar ajetreado ni en el sol punzante de la huida. a la compañía. el hogar ahogado. Los ojos del niño. quién sabe. Ea. al amor y a la soledad. bulto de olor. las conciliaciones. dolor de cabeza y embrutecimiento de la cena del sábado. un sitio más donde sentarse. para qué? Para la siesta. La mecedora. con sueño. en la calle larga y pina. todo se va borrando. Un día. más abiertos que durante todo el día. de libidinosidad abultada y quieta. la máquina de escribir. compraron la mecedora. el viaje hacia el sueño del hijo. Sencillos actos encadenados con la lógica inmediata de lo elemental. se va quedando lejos. que va tomando la forma de la familia. para verse en una pausa de luz viendo desde las escaleras de sombra del trabajo. ea. Hacia la paz se viaja en una mecedora desconocida. la penumbra. la calle enemiga. mi niño. El vendedor ya no se esperaba aquella venta de cierta importancia. penoso y no querido. La voz humana vuelve. las tardes de siesta. todo el desconcierto de una vida. sin oleaje. ni en los veranos frenéticos. Mecerse en la mecedora poniéndole una ligereza falsa a la vida. un acelerón. A veces hay un recrudecimiento. Quitándole importancia a la vida con su movimiento. el volante. las mañanas de los domingos. el parloteo desde el sueño. el niño en los brazos. sin lucha. en la garganta del niño. los contratos. El niño se mueve levemente. de lectura a golpes. cuando la tienda iba a cerrar. ¿por qué una mecedora. con su juego. Sí. un vaivén de ir bien las cosas.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 107 necesidad borrosa. Y las tardes de siesta. Entonces empezó a tener sentido y destino la mecedora. El viaje igual con un niño en los brazos. todavía la cartera de los . la voz soleada del niño diciendo palabras de solo sonido. contorno de calor. quitándole gravedad a las cosas. sílabas inéditas. el viaje. el vuelo silencioso. sin sueño. peso sin peso. las tardes tranquilas de sentarse al fresco. diario y pesado de los papeles. en la mecedora. Y las palabras del niño van quedando perdidas en la sombra. Por la mañana era un alegre proyecto. en las mañanas de ocio. La voz clara puntea con pinchos de sonido cada vez más espaciados y perdidos el campo crecido y oscuro de la otra voz. Pero no hay mañanas de ocio ni tardes de siesta. frases sin palabras. la mecedora estival. La calle. sin esperanza. dan su luz máxima antes de cerrarse. de las tardes estivales. cumplen distancias. de resolverse todo entre unas bebidas. que son tardes de deseo frustrado. niño. La voz oscura y la voz clara se alejan. al azar. la cartera. ea. con su alegría de vaivén y cretona. meciendo el aire. tras una noche diminuta. Por la tarde. Entre dos luces. La mecedora poniendo vaivén a la vida. ni en el resignado lecho cotidiano. meciendo el mundo. ea. mi niño. mi niño. es para pensar en el fracaso de la vida. confortable y ligera al mismo tiempo. En casa. la prisa. a leer el periódico. para ver del revés las semanas. Hasta la vuelta al hogar. un despertar alegre del niño. se había sentado con el niño en la mecedora. habla con frases de pájaro. de compras ya. con dulce terquedad. los coches. sin hambre. encallada en las arenas grises del hogar. más nocturnos. se entre-duerme. Duérmete. a su condición de gorjeo. Ea. como si fuese ya la mañana. echado contra el pecho. como los guijarros olvidados y blancos con que él ha jugado. Al anochecer. tiene los ojos abiertos en la sombra. Pero vuelve el rumor. entre la sombra de la tienda y la sombra de la calle. ea. Estaba allí. Hasta que nació el niño. Salir de compras. más profundos. una silla con alma de barco que no había navegado nunca entre el sol y la sombra de las mañanas alegres. Sin sueños. Eaminiñoea. un vago deber. La mañana del domingo. Comprar una mecedora. cerca del sol y de la sombra. hacia la luz doliente de la calle. La oficina ávida. mi niño. La paz no estaba en el sillón de cuero de gerente ni en el lecho espacioso y hambriento de otra mujer. olvidado en el viaje de la mecedora. o con un destino único. sin destino. La voz del padre y el oleaje de la mecedora se van haciendo más lentos. manos de pétalo. el rumor navegante de la mecedora. con el optimismo industrial del frío del refrigerador. la costumbre. a última hora. Era un mueble más. El ronroneo oscuro del padre. la cabeza en el hombro. el autobús. le habían puesto al niño en los brazos y él. Ea.

La paz era viajar en una mecedora cabalgado por un niño que habla dormido. La abnegación viene llena de dulzura y el niño. junto a la mecedora. Quién nos lo iba a decir. Ea. una vez dormido. los siempre tienes que ponerte así. indescifrable y balanceada. ea. Ea.Francisco Umbral M o r t a l y r o s a 108 papeles de pie en el suelo. Ea. Un dulce y mágico mueble. . La paz no era una cosa para leerla en los libros. la memoria. una cobardía. cuando compramos la mecedora. una resignación. La mecedora es un mueble para renunciar. un fracaso. La mecedora está hecha para renunciar. Pero el viaje dura todavía. un amor. la ceremonia mínima y triste de la cena. Es un viaje corto que terminará cuando el niño se haya dormido completamente y se lo lleven a la cuna. Mira qué bien nos ha venido la mecedora. es un olvido blanco y simple. mi niño. mi niño. para empequeñecer el mundo y empequeñecerse reduciéndolo todo al viaje breve y reiterado de atrás adelante. mi niño. Luego se vuelve a los ademanes. con la última palabra musical y sin letras temblándole en los labios. da todo su perfume. una soledad. Un balanceo inocente y abnegado. una distancia. de adelante atrás. Toda la imposible gratitud de la vida —ea. ea. Un hipnótico e insospechado mueble. En el vaivén de la mecedora se va trazando una vida. un miedo. ea. Habían sido unos minutos de viaje y huida. Qué manera tan dulce e insospechada de renunciar. mi niño. ea— en la voz clara.