EL NEGRO JÓVITO

I -Bendición, papaíto. -Que Dios te bendiga, dijo don Ezequiel Malpica al tiempo que daba a su hija un beso de despedida. Momentos después Blanca y yo fuimos absorbidos por la vorágine de la calle principal de la Guaira, en la que un gentío multicolor se agitaba en todas direcciones produciendo un ruido de cacharrería entre las bocinas de los coches, las canciones de las radios de los viandantes y los gritos de las conversaciones que querían sobresalir por encima del tumulto. Las mujeres lucían vestidos de colores chillones con movimientos llenos de cadencias caribeñas, desganados y rítmicos al mismo tiempo. Muchos hombres mostraban sus torsos desnudos, blancos o negros, pero todos sudorosos. Sobre aquel río humano reinaba un sol grande difuminado por el polvo y la neblina. Sobre la calle una maraña de cables entrecruzados llevaban y traían conversaciones telefónicas datos de internet y pulsos de luz en todas direcciones y sentidos. Los cables se anudaban entre sí, se cortaban y pendían próximos al suelo con el consiguiente peligro que los viandantes parecían ignorar. Una sola mirada sobre aquel lío de cables me bastó para compadecer a los trabajadores de las compañías eléctricas y telefónicas. Arrastrados por la muchedumbre nos tropezamos con un negro grandullón al que Blanca saludó con un par de besos y pasó a presentármelo como “Jóvito, un vecino y gran amigo”. Al saludarlo mi mano se perdió dentro de la manaza de Jóvito que apretó la suya efusivamente. Mis huesos crujieron, pero aguanté el dolor. Jóvito comentó a Blanca que su mujer estaba en cama. Padecía una fibromialgia y los fuertes dolores no la permitían moverse “así, mi niña, que este negro tiene que hacer todas las tareas de la casa”. La cara del negro era grande, dulce y triste. “¿Y usted viene de España? Sea bienvenido, pero ahora este no es país para usted. Ahora no es país para nadie, pero nosotros estamos más acostumbrados”, me dijo con tono amable y una sonrisa acogedora en sus ojos grandes. Permanecimos un rato hablando con el negro en uno de los meandros de aquel río humano, pero cada vez teníamos que alzar más la voz para entendernos, por lo que quedamos en vernos para charlar en mejor ocasión. Empleamos una horas en hacer distintas compras y gestiones y sería pasado el mediodía cuando Blanca recordó que su padre le había encargado comprar unos tornillos para reparar un cajón de su mesa de despacho. A tal menester buscamos una ferretería. Encontramos una al final de la calle. La Ferretería Cifuentes se componía de un local bastante grande rodeado de estanterías en las que se alojaban numerosas cajas con rótulos que indicaban su contenido. A aquella hora del día se encontraba atestada de gente en busca de herramientas con las que reparar sus enseres domésticos dado que nunca se consideraba un objeto suficientemente viejo coma para tirarlo. Se reparaba sobre lo ya tantas veces reparado. El dependiente se encontraba en lo alto de una escalera buscando nuestros tornillos cuando a nuestras espaldas gritó una voz atronadora: “¡Este establecimiento queda incautado para la Revolución!” No menos rotunda debió ser la voz de Dios al expulsar a Adán y Eva del Paraíso: “¡Salgan todos en nombre del Comandante!” La abundante clientela se arremolinó hacia las puertas del establecimiento dominada por el pánico. Reconozco que yo también corrí hacia la puerta más próxima tirando de Blanca, mejor templada que yo. Fue entonces cuando sonó de nuevo la voz del negro Jóvito: “¡Cobardes!”, dijo antes de romper en sonoras carcajadas que estremecían su voluminoso vientre. “Yo no le tengo miedo al dichoso comandante ni a su revolución de pacotilla”. Y reía… Y reía… II

Apoyadas en la acera de la Ferretería Cifuentes se encontraban seis motocicletas de la Guardia Nacional. Los guardias habían acudido para apaciguar una reyerta que se había producido en la proximidad. Al parecer dos jóvenes se habían enzarzado a golpes en una licorería tras una discusión política. Poco a poco se habían ido agregando contendientes en apoyo de uno y otro, sumando sus argumentos a puñetazos. Los numerosos curiosos que acudían se iban involucrando en la pelea que, al poco tiempo, se había convertido en una batalla campal. La policía disparó repetidamente. El ardor guerrero de los combatientes fue disipado por las pistolas. Al rato la marea humana volvió a su lento caminar de río cerca de la desembocadura. Una ambulancia recogió a unos cuantos contusionados. En el suelo quedó el negro Jóvito. Una bala accidental había atravesado su cabeza. “¡Cobardes!”, parecían decir sus labios gordezuelos. ©Rafael Úbeda Márquez Tabaiba, marzo, 2011.

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