L o s RELATOS D E VIAJEROS por Claudia Torre

Toda relación de viaje descansa en un debate —inicial y constitutivo del género— entre aquello que el viajero trae, su expectativa acerca de lo que va a encontrar, y lo que realmente encuentra, su experiencia singular; a ello se añade, desde luego, su mayor o menor saber literario y sus personales impulsos a escribir En el cruce de estas instancias y en los textos producidos durante el siglo XIX respecto de la Argentina tal debate se manifiesta de un modo particular, diferente, acaso, del que asume en los del siglo XX, en una tensión única: sus autores, atraídos o fascinados por lo que advierten, parecen dominados por una parte por la fuerza del documento (histórico, diplomático, comercial, científico, etnográfico) que podrían producir, entendido como intención dirigida, pero, por otra parte, no pueden resistirse, en la medida en que relatan, a la irrupción incontrolada de la ficción. De modo que, puesto que intentan transmitir una experiencia a lectores dispuestos, tal como lo determina el modo de la lectura de la época, a ver en sus relatos una verdad, no pueden sino entregarse, involuntariamente, a las mediaciones que todo acto de representación entraña respecto de la realidad representada. Podría decirse, inclusive, que cuando cestos textos se publican generan modelos de lectura que operan en la mencionada tensión, lo cual explica, quizás, su particular atractivo y la recepción de que fueron objeto. Además, esta circunstancia permite entender que gran parte de la historiografía posterior, sólo sensible al aspecto documental de estos textos, haya dejado muy naturalmente de lado los otros alcances que se pueden ver en su escritura, no sólo lo autobiográfico sino también lo posible o probable literario; es que desde ese punto de vista lo literario no podría ser más que un déficit, lo superfluo y, por lo tanto, prescindible; por la misma razón, se comprende que hayan suscitado, en el 517

campo literario y cultural, una curiosidad para la cual lo documental no era un límite ni una satisfacción. El ingrediente principal de esa inevitable ficcionalización no es sólo un conjunto de artificios retóricos sino y sobre todo la puesta en juego de una subjetividad que al introducirse en el deseo d o c u m e n t a l i s t a lo frena y lo desvía; en suma, lo lleva a lo que podemos reconocer como literatura. De ahí la incidencia que han tenido en textos como La cautiva, cuyas imágenes centrales, al menos, parecen rescatar algo de lo que vieron o imaginaron en lo que llamaban el "desierto" algunos viajeros ingleses y, por otro lado, pintores arrobados por sus colores y su metafísico y a veces aterrador encanto. Esta dialéctica se registra quizá más que en ninguna en la obra culminante de D o m i n g o F. Sarmiento el Facundo, hasta alcanzar el estatuto de teoría, aunque tampoco sea arbitrario afirmar que el juego "ida/vuelta" que estructura el Martín Fierro está determinado por ese movimiento. Se trata, entonces, de una narrativa cuyas vinculaciones con el expansionismo europeo del siglo XIX son por otra parte innegables; puede, en ocasiones, estar incluso a su servicio. Dicho proceso, que tiene como fundamento la apropiación de materias primas para alimentar la incipiente industrialización, hace que se multipliquen los viajes marítimos con el consecuente reforzamiento de las armadas. Y si cierto desarrollo tecnológico convierte traslados rudimentarios en expediciones provechosas, también estimula la competencia entre países lo cual convierte a los océanos en escenarios de gestas de nuevo signo, no del todo ajeno al pasado de conquista y colonización aunque tampoco subordinado a él: barcos de diversas banderas pueblan los mares y casi todos tienen puestas sus proas hacia América del Sur que, de este modo, será objeto de miradas de nuevo tipo, así como los textos que resulten constituirán en algunos casos una nueva versión de la conquista. Pero, además del ansia de poder sobre el que la escritura de viajeros del siglo XIX se recorta, los países que recorren atraviesan procesos independentistas, revoluciones constantes y un orden, o un desorden, posrevolucioiiario que hace del continente un espacio de disputa entre viejas y nuevas estructuras, en el que tanto las ciudades c o m o las áreas rurales cambian sin cesar.1 Pero sin ser homólogos, también se registran viajes y viajeros en un sentido diferente; son viajes "tierra adentro", que realizan miembros, por lo general destacados, de las élites americanas locales, para descu-

' José Luis Romero, Lucmoaméricu. Las andada y las ideas, Buenos Au'es, Siglo XXI, 1976, triza una historia de América desde la fundación de ciudades, consider.indo la relación y la tensión entre ciudades y campo.

brir el secreto de su aislamiento y, de ahí, la intención de anexarla a la "nación". 2 Ese viaje, que supone atravesar una frontera tanto simbólica como real, es también, a su modo, un viaje "exótico" puesto que ese viajero "nacional" desconoce el desierto tanto como el viajero extranjero desconoce el país en su conjunto. Respecto de ese espacio está igualmente marcado por la "extranjería" aunque en términos más complejos porque en él coexisten el sueño civilizatono de extracción europea y la experiencia de la periferia propia de la cultura a la que pertenece.3 Ese viaje al interior padecerá de las certezas y contradicciones que caracterizan los procesos de constitución de las naciones y de hecho se dará en ese contexto. Los viajeros extranjeros, que casi por norma intentan definir o a falta de ello otorgar identidad a la cultura a la que se acercan, modifican, quizás, a causa del relato que los está acechando, los modos mismos de viajar: instauran una epistemología y una estrategia cognitiva que sale de la experiencia vivida, siempre de extrañamiento. Ello permite designar los diferentes viajes y caracterizarlos; así, p o dríamos decir que hay un viaje "inglés", un viaje "científico", un viaje de aventura, que incluye el de "tierra adentro"; un viaje de placer, más bien " m o d e r n o " ; un viaje de "mujeres", que puede ser de exilio o de regreso; un viaje comercial, de espionaje o de reconocimiento; uno "fundacional". Lo que no quiere decir que sean los únicos tipos ni que sean puros; el viaje inglés suele estar emparentado con el científico —es el caso de la travesía de Charles Darwin, modelo de viaje que incluye también el de Alexander von H u m b o l d t , el de Félix de Azara y el de Paolo Mantegazza, ninguno de los cuales es inglés—; a su vez, el viaje científico se desliza en el que tiene inicialmente un sentido militar y tiñe sus crónicas pero se diferencia de la expedición de conocimiento, para la cual hay metas bien precisas; el viaje es hacia lo conocido y en ocasiones se hace romántico, más del descubrimiento de un yo y de un origen que de un territorio o una cultura. En fin, todos los tipos de viajes, cada uno de los cuales posee una "forma",

2 Entendemos aquí por "nación" una construcción simbólica secular. Para Benedict Anderson {Comunidades Imaginadas. Reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo, México, Fondo de Cultura Económica, 1993) la nación es un "artefacto cultural de una clase particular" que remite a "una comunidad política imaginada como inherentemente ilimitada y soberana". 3 De lo cual el más claro ejemplo puede ser el clásico Una excursión a los indios ranqueles, de Lucio V. Mansilla. Ver en este volumen Cristina Iglesia, "Manslla, la aventura del relato". 4 Aníbal Ford, Navegaciones. Comunicación, cultura y cnsis, Buenos Aires, Amorrortu, 1994.

se entrecruzan, se sobreimprimen y configuran una red; acercarse a ella acerca, a la vez, al proceso de conformación de una identidad que podemos considerar cultural o nacional.

Océanos de tierra
Durante el extenso gobierno de Rosas llegaron a la Argentina, casi sm restricciones, numerosos ciudadanos ingleses cuyos fines eran esencialmente mercantiles; algunos, comerciantes o agentes enviados para obtener un mayor conocimiento del país, dejaron testimonio no sólo de sus indagaciones sino también de una experiencia personal y cultural importante. El viaje que emprendieron tiene, en general, el carácter de la aventura y el descubrimiento, puesto que el continente al que llegaron les era físicamente desconocido aunque no debían estar al margen de un imaginario de doble fuente referencial: por un lado, el impacto producido en Europa por el descubrimiento, la conquista, la colonización y la profusa literatura que circuló al respecto; y, por el otro, el reguero científico o seudocientífico que se esparció en Francia con Buffon y en Alemania con el jesuíta De Pauw, según quien América, a raíz de una terrible inundación de la que nunca se había repuesto, era un continente malsano e inferior; en contraste con tales fantasías, habría que considerar la imagen del "buen salvaje" que acuñó Rousseau. 5 A ello hay que añadir la influencia que ejerció la monumental obra de Alexander von Humboldt, cuyas descripciones y narraciones alimentaron gran parte del saber en uso sobre el continente americano. 6 No es extraño que los viajeros hayan depositado en él utopías diversas, mitos no muy fundados, prejuicios y sueños paternalistas de poder, reforzados por la lectura de poetas y novelistas románticos, Byron, Walter Scott, Chateaubriand, Víctor H u g o , entre otros, a quienes el primitivismo americano había inspirado. 7 El encuentro de los viajeros con estas tierras no sólo pone a prueba el presunto saber con el que desembarcan sino que desconcierta ese inia-

5 Ver Amonello Gerbi, La disputa del Nuevo Mundo, México, Fondo de Cultura Económica, 1982, Curiosamente, Hegel se hizo eco de las fantasías de De Pauw. 6 Mary Louise Pratt, en Imperial Eyes: Travel Writing and Transculturation, London, Rutledge, 1992, señala que la obra de Humboldt proveyó de imágenes tanto a los letrados europeos como a los mdependentistas americanos. 7 Adolfo Prieto, en Los viajeros ingleses y la emergencia de la literatura argentina (1820-IS50), Buenos Aires, Sudamericana, 1996, señala que "el tratamiento estético de los temas que tr.aía la historia natural" nutre esta narrativa.

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ginario cultural; el sistema de las miradas de que se valen para canalizar 1a experiencia se altera y, en consecuencia, se redefine el discurso que previamente podía entenderlo todo, incluso lo desconocido. Emergen, por lo tanto, nuevos modos de mirar y nuevas retóricas, la experiencia concreta corroe la ideología y la desbarata y el relato surge como respuesta, como única posibilidad de transmitir y elaborar. 8 En la mayor parte de los casos, las empresas comerciales que modvaban el viaje se frustran; algunos de los que regresan recuperan el viaje en la escritura; 9 sin ser escritores a la manera de los que en Europa poseen ya un perfil profesional —hay que recordar que la literatura d o mina la escena con sus grandes construcciones realistas, Dickens, Balzac, H u g o , etcétera— narran sus experiencias con el propósito de informar acerca de tierras lejanas a lectores qué, probablemente, nunca las visitarán y porque no son escritores escribir puede ser la compensación de un fracaso, comercial e incluso vital, que les depara otra e inesperada clase de éxito, el intelectual y literario. 10 De ese sentimiento dan cuenta los prólogos que aparecen a modo de autojustificación, ya porque defienden su relato frente al de otros viajeros ejemplares, ya porque su práctica de escritura es reciente, ya porque hay que disipar dudas acerca de la veracidad de un testimonio. 11 Las primeras ediciones en inglés de los libros de viajeros aparecen en Londres a partir de 1820 y coinciden con el éxito de ventas (más de 100.000 lectores) del Edinburgh Review —liberal— y del Quartely Review —conservador—, que hacen de la narrativa de viajes su estrategia editorial. La obra de H u m b o l d t , síntesis entre información y entretenimiento, es el modelo de ambas publicaciones. 12 Es tal el interés de estos relatos que muchas de las primeras ediciones inglesas circulan casi simultáneamente en Londres y en el Río de la

8 Carlos lleal de Azúa, "Los lúcidos británicos: Parish y Mackinnon", en Marcha, XX, 919, Montevideo, 11 de junio de 1958. 9 No son sólo escritores; su obra se complementa con ilustraciones científicas, acuarelas, litografías, óleos, etcétera, que profusamente produjeron dibujantes y pintores como Emeric Essex Vidal, Johan Moritz Rugendas y Carlos Pellegrini. 10 Josefina Iriarte, Miriam Maggiolo y Claudia Torre, "Los viajeros ingleses en el Río de la Plata (1810-1860). El j uego de las otredades", Filología, Año XXIV, 1-2, Buenos Aires, 1989, Homenaje a Enrique Pezzoni: "La voz del otro". 11 John y William Parish Robertson escriben en el "Prólogo" a Cartas de Sud-Amé"ca, Buenos Aires, Nova, 1946; "... el propósito que nos mueve es hacer alguna luz sobre las antiguas colonias españolas de América del Sur. Cualquier otro tema de que se trate, lo será con el único propósito de mantener la unidad del relato". 12 Ricardo Cicerchia, "Journey, Rediscovery and Narrative: BntishTravel Account of Argentina (1800-1850)", London, Institute of Latin American Studies (University of London), 1998.

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Plata; p r o n t o , también, hay traducciones francesas, como la del texto de Francis Bond Head, Las pampas y Los Andes, que leyeran Echeverría y Sarmiento. 13 Alberdi, en cambio, conoció el libro de Joseph Andrews gracias a un amigo que se lo leía durante un viaje a Tucumán. 14 El Nacional, de Montevideo, anuncia una traducción de Letters on Paraguay, de los hermanos Robertson, en 1841, texto del cual Bartolomé. Mitre traduce algunos fragmentos para narrar la batalla de San Lorenzo en su Historia de San Martn.15 La versión madrileña de Cosmos de H u m b o l d t , circulaba en Buenos Aires hacia la década del sesenta.16 Pero hay más en este aspecto: el interés que suscitan en la Buenos Aires rosista los diarios y memorias de viajeros puede verificarse en la Colección de obras y documentos relativos a la historia antigua y modenia de las Provincias del Río de la Plata (1736-1S37) que organiza Pedro de Angelis y que los incluye. Por su lado, Echeverría y Sarmiento en especial, pero no los únicos, depositaron en la mirada de esos extranjeros una capacidad específica, la de capturar lo que no era percibido a simple vista p o r las miradas locales, lo cual se vinculaba a sus propias búsquedas, misionales por cierto, de desciframiento de los enigmas de la identidad nacional; creyeron encontrar en estos textos lo propio y, a partir de sus signos, la posibilidad de articular, quizás románticamente, una literatura también propia. 17 P o r su trascendencia científica y filosófica no podría dejar de mencionarse el extraordinario y heterodoxo viaje de Charles Darwin, desde el Canal de Beagle, recogiendo restos y señales de todo tipo, hasta Buenos Aires, en pleno rosismo. Inglés como los otros, no lo motiva el coniercio y sus promesas sino una curiosidad que califica todo el gesto de los naturalistas de los siglos XViil y XIX p e r o que, en la medida en que no se atiene, como aquéllos, a denigrar una naturaleza incomprensible, sino que va dando forma a una teoría decisiva, es la culminación de una ruptura epistemológica o, mejor dicho es una ruptura epistemo-

13 Fue publicado en Londres en 1826 con el título de Rough notes / taken ditring / somc rapid journeys / across / the Pampas /and among / the Andes / by Captain F.B. Head.. Carlos Aldao tradujo y prologó el texto, publicado en 1920 en Buenos Aires, bajo el título de Las pampas y los Andes, por La Cultura Argentina. 14 Ver Adolfo Prieto, op. cit. 15 José Luis Busaniche, "Prólogo del traductor", en John y William Parish Robertson, op. cit. 16 Graciela Silvestri, "El imaginario paisajístico en el Litoral y el Sur argentinos", en Mlarta Bonaudo, Liberalismo, Estado y orden burgués (1852-1S80), Nueva Historia Argentina, IV, Buenos.Aires, Sudamericana, 1999. 17 Noé Jitrik, "Soledad y urbanidad. Ensayo sobre la adaptación del romanticismo en la Argentina", en Ensayos y estudios de literatura argentina, Buenos Aires, Galerna, 1970.

lógica que saca algunos de sus nutrientes de estas tierras. Su viaje, y su correlativo diario, establecen una serie con los de Humboldt, Félix de Azara, Bonpland y Mantegazza, pero tienen el sabor particular de una gestación: son el fundamento de su articulado pensamiento posterior que modifica la idea que los seres humanos tienen sobre sí mismos. 18 C o m o lo hemos señalado, la presencia de estos textos en la Argentina, fundante en el siglo XIX, fue recuperada con gran fuerza en el XX; la labor editorial de Carlos A. Aldao y José Luis Busaniche, que culmina con la obra sistemática de Gregorio Weinberg en su colección "El pasado argentino", abrió las puertas a lo que más tarde sería una inclusión interpretativa en los trabajos de Ezequiel Martínez Estrada, quien considera la de los viajeros ingleses "una gran literatura marginal", concepto que inspira, probablemente, su gran obra sobre Hudson, argendno por nacimiento y nostalgia, inglés por lengua, adopción y horizonte cultural pero nada comerciante, como aquellos de los que, según Martínez Estrada, procede. 19 Jorge Luis Borges, a su turno, al referirse a Hudson menciona también a los viajeros ingleses, en especial a Miller, los Robertson, Burton, al anónimo " U n inglés" y a Cunninghame Graham, cuya obra es más tardía y de un carácter diferente, no comerciante ni científico, aventurero y gustador de lo salvaje primitivo que todavía podía hallar en los paisajes argentinos. 20 Adolfo Prieto rastrea de modo más minucioso la "emergencia de los viajeros ingleses" en la literatura canónica argentina del siglo XIX; señala imágenes del territorio, procedimientos y modos de las miradas en las obras de Alberdi, Echeverría, Mármol y Sarmiento que, según lo reconocen y lo ejecutan ellos mismos, provienen de la lectura de esos libros tan singulares. Así, en esta línea de análisis, Prieto sugiere que el océano, invocado por H u m b o l d t , es el "trajinado océano del imaginario romántico contemporáneo" y que la fisonomía del desierto "vaciada todavía de significación, pasará desde entonces a formar parte de ese imaginario". Esta afirmación tiene, por su lado, un efectivo asidero histórico: en 1815, veinte mil navios ingleses, haciendo gala del poderío de la Inglaterra del siglo Xix, se encontraban recorriendo los mares en busca de regiones tan disímiles como Persia, China, el Lejano y el Cercano Oriente, así como la América Central

Charles Darwin, Viaje de un naturalista, Buenos Aires, El Ateneo, 1951. Ezequiel Martinez Estrada, Muerte y transfiguración de Martin Fierro, México, Fondo de Cultura Económica, 1948, y El mundo maravilloso de Guillermo Enrique Hudson, Buenos Aires, Norma, 2001. 20 Jorges Luis Borges, "Sobre The Purple Land", Otras inquisiciones. Obras Completas, Buenos Afires, Emecé, 1974.
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y hasta las costas del continente ártico. La inmensidad oceánica aparece, así, atravesada por una paradoja mayor, una extensión ilimitada y solitaria asistida, al mismo tiempo, por una multitud naval, anticipo de lo que a fines del siglo XX será la marca de un sistema mundial aunque, con otro signo.

La acción de la mirada
U n a constante en los relatos de viajeros es un movimiento "hac ia", de aproximación a lo particular a partir de una mirada paulatina y colectora; de este m o d o , la mirada suele posarse, siguiendo el m o v i m i e n t o del barco, sobre una costa cada vez más precisa hasta distinguir los bordes de una ciudad; define su objetivo al divisar el puerto, o lo que hace de tal cosa y, luego, se torna detallista y objetiva al penetrar en la ciudad a cuyos rincones más secretos llega; cuando la abandona, la inmensidad pampeana, donde va a producirse la radical experiencia de lo otro, la desconcierta y disipa: en la ciudad el viajero ve, de un m o d o u otro, el reflejo de lo propio, puede asociar y reconocer los intentos que hacen, o se hacen, para parecerse a las que ha dejado atrás y que conoce; en cambio, cuando el caballo lo introduce en el territorio de la pampa se p r o d u c e un cambio de piano, empieza la experiencia decisiva y los modos de decir trastabillan, el viajero debe crearse otros nuevos extremando los procedimientos narrativos y literarios que puede conocer más o menos. 2 1 La analogía será el recurso privilegiado, incluso en H u m b o l d t y en viajeros del siglo XVIII como Carlos Gervasoni y Florlan Paucke. Ante esa extraña naturaleza, absolutamente desconocida en E u r o p a como experiencia de paisaje y aun de espacialización, sólo la cultura, mediante ejemplos, permitirá establecer comparaciones de las que resultaranatisbos, descripciones y aun inferencias que p o d e m o s considerar "gnoseológicas". El océano es u n o de los principales referentes para establecer las analogías con el desierto, la llanura y la pampa pero, de todos modos, la percepción de eso que se ve como p u r o horizonte es contradictoria; por un lado, remite al horror de la intemperie: geografía sin caminos, desolada y confusa, hace que el ingeniero militar Francis Bond

21 Ese cambio de plano sobreviene, por ejemplo, cuando se llega al territorio que los indios ocupan entre 1828 y 1852, desde los Andes Centrales hasta la provincia de Buenos Aires, trazando una "imprecisa y porosa frontera". Ver Graciela Silves-

tri, op. cit.

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Head escriba: "El país es tan desierto que es imposible obtener alguna información sobre él" y, por el otro, recorrerla a caballo ofrece una fascinante sensación de plenitud y de libertad. 22 Los pequeños accidentes del terreno —vizcacheras, arroyos, lagunas— son registrados gozosamente pero no en desmedro de una infinitud, de un lugar sin hmites: "Pasábamos por lugares que en Europa, cualquier militar, creo, sin hesitación calificaría como infranqueables" escribe Bond Head, destacando, implícitamente, que los ha franqueado, como si respondiera a ese mandato imperial de vencer t o d o obstáculo aun reconociendo su extrema dureza y que parecía m u y propio de los conquistadores del siglo XVI. Samuel Haigh escribió en 1829; "El país llamado las Pampas es completamente plano y sin atractivos. Parece, si puede usarse la expresión y se tolera el disparate, un mar de tierra". 23 Así como en el suyo, en todos los textos el problema parece ser si la pampa, en su "vaciedad" p o día ser considerada "paisaje", en el sentido de naturaleza formalizada y, por lo tanto, paisaje literario ajustado a las concepciones epocales de finitud. 24 Sin embargo, el capitán Joseph Andrews señala, con romántica sensibilidad, que "aquí se habría podido inspirar Scott" y, en oposición a lo aborrecible y homogéneo que halla Haigh, que en estas tierras se encuentra "grandiosidad, belleza y variedad". En Haigh la analogía es directa, casi sin elaboración; en Andrews pasa por la cita literaria que le siiwe de sostén, lo que también se puede verificar en otras narraciones de viajeros.25 William Mac Cann, algunos años más tarde, propone una fórmula para el viaje; adquirir una tropilla de caballos permitirá que "el propio viajero se trace su itinerario". Esa receta, aunque no su contenido, se generaliza: la mayoría de los viajeros incorpora a sus relatos, entre las a veces profusas descripciones de lugares y personajes, indicaciones prácticas acerca del modo en que se debe realizar la travesía, o sea que se po-

22 Francis Bond Head fue n o m b r a d o en 1825 gerente de la "Rio de la Plata Mining C o m p a n y " , empresa que se p r o p o n í a explotar los minerales del cerro Famatina. 23 Samuel H a i g h llegó a la Argentina en 1817 como agente de intereses comerciales británicos; en el curso de los diez años siguientes hizo dos viajes más por Chile y algunos lugares de la costa del Pacífico. En 1829 publicó en Londres Sketches of Buenos Aires and Chile. 24 Rodolfo Borello, " N o t a s a La. Ciintiva", en Logos 13 y 14, Buenos Aires, Facultad de Filosofía y Letras (U.B.A.), 1977-78. 25 El capitán Joseph A n d r e w s — e n c u y o s textos se a p o y a n las descripciones de A l berdl de la naturaleza tropical t u c u m a n a — llegó a Buenos Aires en 1825, c o m o c o m i sionado para informar sobre las posibilidades de explotación de oro y plata en la Argentina y en Chile. En 1827 publicó en hondres Journey from Buenos Aires, through the Provinces of Cordova, Tucuman and Salta to Potosí.
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ne en juego una cultura del viaje, un modo de la itinerancia con connotaciones utilitarias y modernas, que remiten al universo del trabajo y al aprovechamiento del tiempo. 26 Una particularidad curiosa, por la tradición que tiene en el camno argentino, es que varios narradores viajeros, en ese paso al detalle se detienen en la figura del baqueano; aunque imprescindible por su función, no siempre es confiable; suele ser taciturno y retacea información o, si la proporciona, lo hace con indolencia y sin premura, al menos desde la percepción inglesa del tiempo. La exposición narrativa de esta situación acentúa un choque cultural y, por lo tanto, en el baqueano como personaje, se concentra tanto el modo de percibir la cultura del otro como sus movimientos, su relación con la naturaleza y, en definitiva su idiosincrasia rural, acaso primitiva: "Apenas me había dormido cuando fui despertado p o r mi baquiano. Me dijo que los indios se habían acercado otra vez y que no estábamos seguros, por lo que se hacía preciso ensillar las muías y preparar la partida con otro baquiano del lugar. Acto seguido se puso a comer con una pachorra que acabó por acotar mi paciencia". 27 Obviamente, esta descripción está en la línea de la consolidación de los estereotipos pero también hay que reconocer que esa mirada anticipa la visión más rica y profunda que animará uno de los capítulos fundamentales del Facundo.

El punto de partida
La obra y el proyecto político de Sarmiento ofrecen un modo de mirar el espacio a partir del cual la representación del país viejo —colonial, salvaje, indefinido— y del país nuevo —la nueva nación aún no configurada en el espacio físico del territorio— se articulan en relación con un esquema que, a pesar de, o debido a su esquematismo, resultó efectivo para pensar los problemas que planteaba el proceso de modernización.

26 William Mac C a n n era un comerciante británico que recorrió entre 1847 y 1848 la campaña bonaerense, el sur del Litoral y C ó r d o b a . En 1853 publicó en Londres Two Thousand Miles Ride Through the Argentine Provinces, en la casa Smith, Eider and C°. José Luis Busaniche tradujo el libro con el título de Viaje a caballo por las provincias argentinas. La segunda edición, de la Imprenta Ferrari H n o s . , en Buenos Aires, es de 1939. 27 Ale.xander Caldcleugh, Travels in South America during the years 1819-20-21 containmg an account of the prescnt state of Brazil, Buenos Ayres and Chde, London, J. M u r r a y , 1825.

Hay un aspecto particular de la trayectoria pública de Sarmiento, que no siempre ha sido tenido en cuenta; sus estrategias en relación con la importación de saberes culturales, en el marco de la exploración del territorio. Se trata de un proyecto definido y sistemático. 28 Lo que en Rivadavia y Rosas se configuraba como un ingreso no planificado de los viajeros que arribaban a la Argentina, en Sarmiento constituye fundamentalmente un programa. Pero lo que es aún más interesante es que si el nombre y la obra de Sarmiento son ineludibles para cualquier consideración acerca de la conformación de la Argentina como nación, por añadidura moderna, también lo es en relación con la literatura. El Facmido, que al mismo tiempo es programa político y literario, pone en escena la escritura de un viaje que sin haberse realizado, a diferencia de los textos de los viajeros, emprende una descripción del territorio físico del país de grandes proyecciones: es un modo de mirar el territorio y de proponer itinerarios en el diseño de una nación futura. Tal descripción mucho le debe a los textos de los viajeros que le proveen imágenes, modos de narrar, estrategias; en suma, constituyen una biblioteca activa del escritor, le brindan el saber de quienes se aventuraron "tierra adentro" y de diverso modo escribieron sus experiencias. En particular, es a través de la cita, como modo de interacción y apropiación, como Sarmiento da cuenta en el Facundo de la marca que han producido sus lecturas de los viajeros; fragmentaria, imprecisa, ambiguamente traducida la cita —como epígrafe o en bastardilla en el cuerpo del texto— dialoga con su propia prosa, se diría que hace contrapunto. 2 9 Más aún, este modo de ver permite reconstruir la compleja red de textos que circulan por el Facundo, en cuya trama los textos de los viajeros son el sostén de la imagen que proporciona del territorio argentino. En 1852, cuando se integra al Ejército Grande para combatir a Rosas, tal como lo declara en Camparía en el Ejército Grande, verá por primera vez con sus propios ojos esa pampa cuya forma previamente intuía.30 Y lo que ve es un espacio sin marcas o vacío que lleva a Buenos Aires como única dirección posible, camino inverso al que habían seguido los viajeros clásicos. Tal vaciedad no es la misma que la que per-

28 Marcelo Montserrat ha estudiado este perfil de la obra política y cultural de Sarmiento en Ciencia., historia y sociedad en la Argentina del siglo XIX, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1993. 29 Ricardo Piglia, "Notas sobre Facundo", en Punto de vista, III, 8, Buenos Aires, marzo-junio de 19S0. 30 Domingo F. Sarmiento, Campaña en el Ejército Grande, México, Fondo de Cultura Económica, 19S8.

cibieron stis "precursores"; es en realidad la apertura a una construcción, la de un país, una sociedad, una nación.31 La pampa, en Campaña en el Ejército Grande, aparece como una gran masa de hombres de uniformes harapientos en simbiosis con la naturaleza, ahora atravesada por la historia y por un ejército que se desplaza por un territorio que debe ser pensado como nacional. Así como el océano fue para los viajeros ingleses un término fuerte para configurar sus analogías, el desierto lo será para quienes, siguiendo la dirección de la mirada sarmientina, empiezan a recorrer el territorio y escriben sus experiencias; algunos son argentinos, como Lucio V. Manslla, Francisco P. Moreno, Manuel Prado, Estanislao Zeballos: difieren en sus motivaciones y expectativas de las que actuaron sobre ios ingleses; otros son extranjeros, como Alfred Ébelot: el tiempo de su viaje también es otro, así como los rasgos de su escritura. 32

El ojo de Álsacia
Cuando después de mediados del siglo XIX poblar la frontera deja de ser el enunciado de un programa utópico y comienza a convertirse en una práctica real, se instalan las primeras colonias agrícolas, creadas a partir de acuerdos hechos entre el gobierno y compañías colonizadoras europeas. 33 En este marco se inscribe el libro de Lina Beck-Bernard (1824-1888), Cinco años en la Confederación argentina (1857-1862), que narra la estadía de una alsaciana y su familia en una colonia de la provincia de Santa Fe.34 Relato también de viaje, no lo es, sin embargo, como los de los otros viajeros, que observan un mundo desconocido; se trata, y seguramente no es el único caso, de una inmigrante, lo cual cambia sin duda el punto de vista, aunque aquélla haya sido una condición sólo temporaria. 35

31 Jens A n d e r m a n n , en Mapas de poder. Una arqueología literaria del espacio argentino, Rosario, Beatriz Viterbo, 2000, sostiene que la primera operación autorizadora del proyecto ideológico y estético de la Generación del 37 es imaginar el desierto como primer contenido, antes que imaginar la nación que ese desierto albergaría. 32 Ver, en este volumen, Jens Andermann, " C r ó n i c a de un genocidio: últimas instantáneas de la frontera". 33 Ver T u l i o Halperín Donghi, "¿Para qué la inmigración? Ideología y política inmigratoria en la Argentina (1810-1914)", El espejo de la historia. Problemas argentinos y perspectivas latinoamericanas, Buenos Aires, Sudamericana, 19S7. 34 José Luis Busaniche hizo la traducción (Buenos Aires, El Ateneo, 1935) del original francés. Le Rio Paraná. Cinq années de séjour dans la République Argentine. 35 Charles Beck, su padre, era m i e m b r o de la "Sociedad Beck, H e r z o g 8c C o m p a n y " , empresa c o l o n i z a d o r a radicada en la provincia de Santa Fe después de la batalla de Caseros. 5i8

En realidad, su relato comienza antes de la vida en Santa Fe; escribe ya en el barco, conciente del cambio que implica el viaje: " N o sin emoción saludamos la costa del Nuevo Mundo, nuevo también para nosotros" registra al divisar la costa de Pernambuco en 1857. El "Nuevo m u n d o " deja así de ser una hipótesis y adquiere presencia, propone experiencia y promete escritura a quien ya escribe, lejos de las comodidades convencionales de una casa burguesa alsaciana en el Alto Rhin. Ya no se trata sólo de leer sino de ver, de confrontar y de ser protagonista, al internarse en un terreno en el que se produce una lejanía que, sin embargo, no es sentida como pérdida. Así, su escritura no tiene el tinte melancólico qUe se suele atribuir, como estigma, a la narrativa de mujeres; por el contrario, la extranjería es un privilegio que se suma a otros —la clase y la raza— y que permite ver más y mejor, con dispositivos múltiples y alternados. Eso marca una diferencia respecto de la escritura de los viajeros precedentes, en general hombres, y forma parte de la libertad de expresión que otorga el diario de viaje por su carácter privado. El relato de Beck-Bernard evita con frecuencia el panorama y se centra en el detalle, lo cual, paradójicamente, rinde más en relación con la distancia, cuya experiencia se transmite fuera de toda pretensión de totalidades: Algunas mujeres viejas, sentadas bajo el corredor, lían hojas de tabaco sobre sus rodillas, hacen con ellas enormes cigarros y se ponen a fuman A pocos pasos una indiecita pone a hervir agua en una pava y tiene en su mano, preparado, un mate de plata. Espera que hierva el agua para cebarlo y servirlo a las fumadoras. Bajo el mismo corredor algunas jovencitas bordan y hacen encajes. Es en realidad su principal ocupación porque son de inteligencia muy poco cultivada. En este fragmento, además del aspecto de estampa, la mirada que se tiende se disocia; en un momento describe, casi etnográficamente, lo peculiar y lo exótico; en otro juzga lo unirversal y semejante, la inteligencia. El exotismo, se diría que romántico, acerca; el juicio, casi moral, aleja. Además, este juego de acercamiento y lejanía tiene su asidero en lo que la mirada percibe: no "ve" en el panorama porque no lo mira, pero cuando el panorama —la pampa— se impone, tampoco ve el detalle: "¿Cómo y por qué se encontraba allí? No sabíamos explicarlo. H u b i é rase dicho surgido de la tierra. Andábamos en una playa muy llana, sin depresiones ni eminencias, sin embargo ese hombre había encontrado la manera de ocultarse a nuestras miradas y surgir como una estampa en el lugar y momento que quiso".

Pero esta discrepancia, que puede indicar un choque cultural, no impide la narración; por el contrario, al narrar lo que puede ser considerado c o m o una incapacidad, deja e n t r a r u n a subjetividad que contrasta notablemente con la intención de objetividad de que habían hecho gala los viajeros precedentes. Ellos, en apariencia, movían sus ojos con facilidad entre lo amplio incognoscible y lo peq u e ñ o peculiar.

La pampa en francés
A partir de 1852, y en consonancia con los nuevos ritmos políticos y económicos, esencialmente rurales, el relato de viaje no sólo se inviste de cales ritmos sino que transforma lo esencial del viaje, ficcíonalizando, sobre la base de lo que los relatos de viajeros habían estereotipado, tanto el paisaje pampeano como los personajes y las costumbres. La nueva retórica es narrativa, se separa de los rigores de la crónica, de modo que el p u n t o de vista se tecnifica. Ya no es la exclusiva mirada de quien ve y escribe sino que está mediatizada segtin códigos literarios en curso. Esa vanante aparece años después en la obra evocativa y narrativa, de Guillermo E n r i q u e H u d s o n (1844-1922): tanto en The Purple Land (La tierra purpúrea), de 1885, como en los cuentos de El ombú, de 1902 y en Far Away and Long Ago (Allá lejos y hace tiempo, de 1918), lo que queda de los relatos de viajeros tiene resonancias, pese a lo excepcionalmente literario de estos textos, quizás no pueda percibirse del todo su densidad fuera de la red que trazan los relatos. Hay, desde luego, diferencias: lo que en los viajeros es imagen directa en H u d s o n resulta trabajo de un inconsciente n u t r i d o en la primera infancia, o de una memoria de correrías que las lecturas podían ayudar a entender. Sea como fuere, se relaciona con ellos en la medida en que, como señala Martínez Estrada en El mundo maravilloso de Guillermo Enrique Hudson, quiere "descubrirles Inglaterra a los ingleses después de habernos descubierto la Argentina a los argentinos". Algo similar puede decirse de las novelas de Eduarda Mansilla (1838-1892), El médico de San Luis (1857) y Pablo ou la vie dans les Pampas (1869). El tributo a los nuevos tiempos se advierte en la articulación que hacen esas novelas entre pampa y familia, concepto este último que va a ser central en el proceso de modernización de las sociedades americanas. En El médico de San Luis concepciones patriarcales y republicanas de la vida triunfarán por sobre el salvajismo del desierto que, en esos años, parece estar a punto de ser controlado y domesticado. En la trama misma lo doméstico es presentado como un verdade-

ro espacio regulador de poder. 36 Correlativamente, la naturaleza se domestica por medio de imágenes: "regularidad y elevación de los álamos" que están "alineados como soldados prusianos" y las plantas y flores se combinan con "las hortalizas necesarias para la mesa: el trigo y el maíz" cosechados para el consumo familiar. La naturaleza, jardín arcádlco en el que habita el "campesino hospitalario" (no más el baqueano torvo y silencioso), remite, por contraposición, ai dominado desierto: Sentado bajo los árboles que planté con mis manos, rodeado de las flores aromáticas y vistosas que tanto amo, mi pensamiento huye al inmenso y desnudo llano que se abre ante mis ojos... U n o a uno van pasando ante mí esos años de afanes y zozobras, hasta llegar al momento terrible en que se me aparece en medio del desierto, sin más amparo ni guía que los seres más abyectos y desgraciados en pugna con la sociedad y sus leyes. En la otra novela, escrita en francés y para un público francés. Mansilla narra en términos ya consagrados: "Une plaine large et ouvertc se déroule en vaste savane de part et d'autre. Le regard embrasse partout un immense horizon, dont la ligne bleuátre va se confondre avec celle du ciel". ("Una llanura ancha y abierta se extiende como una vasta sabana por todas partes. La mirada abarca por doquier un horizonte inmenso, cuya línea azulada se confunde con la del cielo.") En el mismo tono va exhibiendo tipos rústicos, indios, gauchos, estancieros, soldados, caudillos y desertores, en suma el vasto repertorio que los viajeros foráneos fueron componiendo a lo largo de sus relatos y que, por esta incidencia en imaginarios otros, no podrían ser desestimados, así como las obras que los continúan en una historia de la textuahdad argentina. 37

Patagonia:

la patria pendiente

La mirada del que se adentra en el territorio se vuelve utilitaria cuando confluye con la canrpaña al desierto emprendida por el gobierno argentino. En el informe militar y científico y en la crónica periodística

36 Francine Masiello considera que el espacio de la familia, en esta novela, funciona como "sitio que puede tornarse inaugural para las reformas del Estado" [Between Civilsation & Barbanism, Women, Nation and Literacy Culture in Modern Argencina, Nebraska, University of Nebraska Press, 1992). 37 Su h e r m a n o Lucio V. Mansilla tradujo esta novela al español, publicada inicialmente en el periódico La Tribuna, en 1S70.

se hallan las narraciones viajeras anexas a esa empresa; son sobre todo argentinos quienes hacen esos relatos (Francisco Pascasio Moreno —el "Perito"—, Estanislao Zeballos, Manuel José Olascoaga, Francisco Muñíz, Ramón Lista, Manuel Prado y Alvaro Barros, entre otros) que poseen rasgos en común y que habría que poner en diapasón con ficciones como las mencionadas de Mansilla precisamente p o r q u e siguen retóricas diferentes. En todos ellos se implica la experiencia del viaje a Europa, con itinerarios recurrentes que sólo algunos viajeros modificaron parcialmente. El modo de mirar cuando se pasa la frontera debe ser confrontado con la experiencia del viaje y la vida en Europa. Pensar desde la experiencia europea la geografía americana supone proyectar un ideario de nación cuya conceptualización, si bien está atravesada por los procesos revolucionarios americanos, está regulada por los debates parlamentarios de los países europeos y por los lincamientos de las políticas imperiales. La densidad del paisaje se construye a partir de parámetros de culturas modélicas, y al mismo tiempo se centra en el diseño de un proyecto político de características propias, en las que la impronta de la mirada periférica está presente. Desde el escuetamente referido viaje de Echeverría, aquel que los manuales escolares consagraron como el que le permitió "introducir el Romanticismo en el Río de la Plata" hasta el frondoso volumen de los Viajes de Sarmiento —cuyas decepciones europeas abren paso a su fascinación por el nuevo modelo norteamericano—; desde las miradas —entre humanísticas y escépticas—, de Wilde, Cañé y López, cuyos viajes los "resguardan" de la propia ciudad de origen atravesada por el impacto inmigratorio, el viaje a Europa los hará sentir a todos verdaderos ciudadanos del mundo, "habitantes absolutos" como señala David Viñas.38 Sin embargo a diferencia de los extranjeros, estos autores son parte activa del entramado de aquello que quieren narrar, que ciebe ser interpretado, confrontado o aun invalidado. Experimentar la realidad americana más allá de la frontera oceánica implica una mirada hacia sí mismos porque con el viaje a Europa (y esto es extensible para otros Itinerarios complementarios de este viaje, tales como el viaje a Estados Unidos o el viaje a África o a algunas de las colonias europeas en Orien-

38 En Literatura argent'ma y realidad política, Buenos Aires, Jorge Álvarez, 1964, David Viñas p r o p o n e una lectura en relación con los via)es de los intelectuales argentinos a E u r o p a durante el siglo XIX, a través de una tipología que va del viaje colonial al viaje estético. En De Sarmiento a Dios. Viajeros argentinos a USA, Buenos Aires, Sudamericana, 1998, define, en un recorrido que va desde Sarrmiento a Victoria Ocampo, la i m p r o n t a que el viaje a Estados U n i d o s ha dejado en la cultura argentina. N o é Jitrik ("Prólogo", Los viajeros, Buenos Aires, Jorge Álvarez, 1969) reúne, por primera vez en u n a antología, diversos relatos de viajeros argentinos al exterior. 532

te), se complejizan las identidades. En las páginas del viaje europeo formular el "nosotros" supone algunas veces la inclusión de quienes en las páginas del viaje "tierra adentro" están excluidos. O, por el contrario, supone convalidar esa exclusión, erigir una identidad en consonancia con los viaieros metropolitanos, razón por la cual cuando se escribe sobre el propio territorio, ese gesto deviene mirada colonial y conquistadora y lleva la impronta de una extranjería rigurosamente construida. En todos ellos se implica, además, un imaginario de nación a partir de la noción de "la línea del futuro", como llamó el ingeniero francés Alfred Ébélot (1839-1920) al Río Negro, autor de Relatos de la frontera, recogidos por la Revue des deux Mondes entre 1876 y 1880. Antes de colaborar con la expedición al desierto del general Roca, Ébélot había sido convocado por Adolfo Alsina para trazar y cavar la zanja que protegería, en una extensión de 400 kilómetros, los campos porteños de las invasiones de los indios. Y si semejante idea, que se empezó a ejecutar, configuraba una nueva frontera, los relatos de Ébélot se guían por esa figura: la frontera aparece en ellos como una demarcación concreta y definida. Hay, pues, una relación entre cartografía —el mapa de ese remedo de Muralla china— y escritura, pero también una inflexión personal que hace del informe implacable un texto con mucho de literario: "A pesar de las victorias obtenidas, allí estaban las rumas, humeantes, y las ruinas gritan más que los boletines". Escritos estos textos por encargo, implícito o explícito, ponen en movimiento, sin embargo, fuerzas de escritura que dejan atrás el punto de partida; si los de los primeros viajeros del siglo XIX ayudaron a constituir un imaginario territorial y social, instalando perdurables tópicos descriptivos que regresan en los textos ulteriores de argentinos, los de éstos, el de Ébélot inclusive, giran ea torno a la idea de una nación posible que debe ser ganada al desierto. Eso se puede advertir cuando Zeballos recuerda en 1878 el encargo del Ministro de Guerra: "tuvo a bien invitarme a redactar algunos apuntes sobre los antecedentes de la ocupación del Río Negro y sobre otros datos históricos y científicos convenientes para demostrar al país la practicabilidad de aquella empresa". 39 A su vez, el general Roca recibe con beneplácito la obra: "Va a ser una especie de revelación para la mayoría del pueblo argentino, que tendría que ir a buscar en cien volúmenes distintos los antecedentes que Ud. presenta en pocas páginas, narrados en un estilo fácil y ameno, acompañado de observaciones y razonamientos muy exactos". Llegar a ese punto implicó innumerables lecturas, desde las primeras crónicas de la conquista hasta los relatos orales de cautivos recupera-

39 Estanislao Zeballos, La conquista de las quince mil leguas, Buenos Aires, Solar, 1986. 533

dos, pasando por textos de Tomás Falkner y diversas memorias e informes. C o m o libro de viaje su finalidad es específica y particular: carece del hálito primigenio de los relatos de extranjeros pero, en cambio tie lie una finalidad precisa y de consecuencias políticas y económicas trascendentes. Cuando en 1875 la Comisión del Interior del Senado de la Nación despachaba un proyecto de ley autorizando al Poder Ejecutivo para "proceder a la exploración científica de los territorios nacionales" condensaba en su dictamen observaciones vinculadas a precisar los aspectos de la mformación indispensable para cumplir sus objetivos. Entonces, cómo y en qué dirección corren los ríos, las rutas principales, los grandes bosques, las cadenas montañosas son datos que se vuelven insuficientes. H a y que saber ya no cuál es el río sino la naturaleza de su corriente de agua con respecto a la navegación, si puede recibir puertos o canalizarse y aplicarse para el regadío. Asimismo la información geológica, cara a los trabajos de campo de los naturalistas es insuficiente si no da cuenta de su relación con industrias rurales, labranza y ganadería y de su aptitud para recibir población. No importa la distancia matemática entre dos ciudades sino su distancia material, la que se anda, el tiempo que se emplea en recorrerla y los obstáculos que la naturaleza ofrece al tránsito. El dato se resignifica para que el texto pueda ser leído como un manual de instrucciones precisas. Para "suprimir el desierto y anonadcir la barbarie" la narrativa de los viajeros del 80 debe ahora traspasar el registro del saber específico.40 Es entonces cuando la distancia entre dos ciudades no es una cifra, un p u n t o cardinal o un paralelo sino el relato del viajero, sus peripecias, sus andanzas como héroe narrador y aventurero como quiere el género desde sus orígenes en la historia de los viajes de Occidente. En esa zona donde se fisura el rígido registro de los geógrafos militares es donde se validan los relatos ranqueles de Mariano Rosas quien ha abandonado su vida de indio para estudiar en el Colegio Nacional de Buenos Aires y sus "informes", así llamados p o r Zeballos, "armonizan m u y bien" con otros de origen letrado. Las precisiones de sus relatos —transcriptas, mediadas por Zebaiios— se concentran en una pura adjetivación imprecisa: "senda antigua y estrecha". Pero quizás sea la zona más literaria del texto, la que corresponde a los relatos transcriptos de los cautivos blancos que retornaron a la "civilización". El francés Guinard y el registro humillado de Santiago Avendano pueden narrar "gritos de alegría" o "una sed que impide la respiración". El mismo tex-

40 La cita pertenece a Estanislao Zeballos, op. cit.

to de Zeballos se contamina con esta expansión sentimental que no le brindan los informes cartográficos y se cruza con la mirada de un ranquel arrepentido. Estos nuevos viajeros, agrupados por intereses y saberes específicos podrían constituir un conjunto de relativa autonomía en la literatura araentina; textos que organizan biografías del territorio que proponen una manera de mirar y una manera de narrar eje territorio: están todavía a la espera de una lectura equivalente a la que se hizo, en la Argentina misma, de los viajeros ingleses.

Una metafísica perdurable
El desierto, en sus diversas representaciones, fue el objeto privileoiado de la mirada de viajero del siglo XIX. Para describirlo, esos a veces improvisados escritores debieron ajustarse a retóricas, perfilar los enfoques y justificar, directa o indirectamente, las ideologías que organizaban esa mirada. Pocos son los que se resistieron a su misterio y no sucumbieron a la tentación de develarlo mediante palabras y, correlativamente, fueron muchos los que, décadas después, retomaron esa tradición. Entre ellos, Roberto J. Payró que, a fin del siglo XIX, observa con ojo crítico los reveses que se produjeron a causa de una modernización incompleta o mal articulada y Roberto Arlt que, en los años treinta del siglo XX, sobreimprime en sus aguafuertes patagónicas un desierto-asfalto de geométricas perspectivas. 41 Con posterioridad a las dos Guerras Mundiales nuevos viajeros ingleses, así como inmigrantes colonos recorrieron el sur en su nuevo aspecto y sus nuevas posibilidades: quedan libros de Richard Burton, Ella Brunswig de Bamberg y Bruce Chatwin; este último recupera la antigua reverencia frente a las soledades y a las melancólicas magnificencias patagónicas. Mutando en cada percepción, mostrando una fisonomía pródiga en cada representación, el desierto argentino —núcleo principal del asombro de los antiguos viajeros europeos—, cuya frontera llega casi a la ciudad de Buenos Aires y se va desplazando a lo largo del siglo hacia la Patagoma, se configura como una entidad difusa y errátil, prodiga fisonomías poéticas que

41 Ver Roberto J. Payró, Lu Australia Argentina, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1982 y Gustavo Generini, "Roberto J. Payró. El realismo como política", en María T. Gramuglio (directora). El imperio realista, vol. VI de la Historia critica de la literatura argentina, Buenos Aires, Emecé, 2002. Roberto Arlt, En el pais del viento, Buenos Aires, Simurg, 1997 y Roberto Recamoso, "Roberto Arlt. un cronista infatigable de la ciudad", en María Teresa Gramuglio, ídem. 535

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