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L o s RELATOS D E VIAJEROS

por Claudia Torre

Toda relación de viaje descansa en un debate —inicial y constitutivo del


género— entre aquello que el viajero trae, su expectativa acerca de lo
que va a encontrar, y lo que realmente encuentra, su experiencia singu-
lar; a ello se añade, desde luego, su mayor o menor saber literario y sus
personales impulsos a escribir
En el cruce de estas instancias y en los textos producidos durante el
siglo XIX respecto de la Argentina tal debate se manifiesta de un modo
particular, diferente, acaso, del que asume en los del siglo XX, en una ten-
sión única: sus autores, atraídos o fascinados por lo que advierten, pare-
cen dominados por una parte por la fuerza del documento (histórico, di-
plomático, comercial, científico, etnográfico) que podrían producir,
entendido como intención dirigida, pero, por otra parte, no pueden re-
sistirse, en la medida en que relatan, a la irrupción incontrolada de la fic-
ción. De modo que, puesto que intentan transmitir una experiencia a lec-
tores dispuestos, tal como lo determina el modo de la lectura de la época,
a ver en sus relatos una verdad, no pueden sino entregarse, involuntaria-
mente, a las mediaciones que todo acto de representación entraña res-
pecto de la realidad representada. Podría decirse, inclusive, que cuando
cestos textos se publican generan modelos de lectura que operan en la
mencionada tensión, lo cual explica, quizás, su particular atractivo y la
recepción de que fueron objeto.
Además, esta circunstancia permite entender que gran parte de la
historiografía posterior, sólo sensible al aspecto documental de estos
textos, haya dejado muy naturalmente de lado los otros alcances que se
pueden ver en su escritura, no sólo lo autobiográfico sino también lo
posible o probable literario; es que desde ese punto de vista lo literario
no podría ser más que un déficit, lo superfluo y, por lo tanto, prescin-
dible; por la misma razón, se comprende que hayan suscitado, en el

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campo literario y cultural, una curiosidad para la cual lo documental no
era un límite ni una satisfacción.
El ingrediente principal de esa inevitable ficcionalización no es só-
lo un conjunto de artificios retóricos sino y sobre todo la puesta en jue-
go de una subjetividad que al introducirse en el deseo d o c u m e n t a l i s t a -
lo frena y lo desvía; en suma, lo lleva a lo que podemos reconocer co-
mo literatura. De ahí la incidencia que han tenido en textos como La
cautiva, cuyas imágenes centrales, al menos, parecen rescatar algo de lo
que vieron o imaginaron en lo que llamaban el "desierto" algunos via-
jeros ingleses y, por otro lado, pintores arrobados por sus colores y su
metafísico y a veces aterrador encanto. Esta dialéctica se registra quizá
más que en ninguna en la obra culminante de D o m i n g o F. Sarmiento
el Facundo, hasta alcanzar el estatuto de teoría, aunque tampoco sea ar-
bitrario afirmar que el juego "ida/vuelta" que estructura el Martín Fie-
rro está determinado por ese movimiento.
Se trata, entonces, de una narrativa cuyas vinculaciones con el ex-
pansionismo europeo del siglo XIX son por otra parte innegables; pue-
de, en ocasiones, estar incluso a su servicio. Dicho proceso, que tiene
como fundamento la apropiación de materias primas para alimentar la
incipiente industrialización, hace que se multipliquen los viajes maríti-
mos con el consecuente reforzamiento de las armadas. Y si cierto desa-
rrollo tecnológico convierte traslados rudimentarios en expediciones
provechosas, también estimula la competencia entre países lo cual con-
vierte a los océanos en escenarios de gestas de nuevo signo, no del to-
do ajeno al pasado de conquista y colonización aunque tampoco subor-
dinado a él: barcos de diversas banderas pueblan los mares y casi todos
tienen puestas sus proas hacia América del Sur que, de este modo, será
objeto de miradas de nuevo tipo, así como los textos que resulten cons-
tituirán en algunos casos una nueva versión de la conquista. Pero, ade-
más del ansia de poder sobre el que la escritura de viajeros del siglo XIX
se recorta, los países que recorren atraviesan procesos independentis-
tas, revoluciones constantes y un orden, o un desorden, posrevolucio-
iiario que hace del continente un espacio de disputa entre viejas y nue-
vas estructuras, en el que tanto las ciudades c o m o las áreas rurales
cambian sin cesar.1
Pero sin ser homólogos, también se registran viajes y viajeros en un
sentido diferente; son viajes "tierra adentro", que realizan miembros,
por lo general destacados, de las élites americanas locales, para descu-

' José Luis Romero, Lucmoaméricu. Las andada y las ideas, Buenos Au'es, Siglo
XXI, 1976, triza una historia de América desde la fundación de ciudades, consider.in-
do la relación y la tensión entre ciudades y campo.
brir el secreto de su aislamiento y, de ahí, la intención de anexarla a la
"nación". 2 Ese viaje, que supone atravesar una frontera tanto simbóli-
ca como real, es también, a su modo, un viaje "exótico" puesto que ese
viajero "nacional" desconoce el desierto tanto como el viajero extran-
jero desconoce el país en su conjunto. Respecto de ese espacio está
igualmente marcado por la "extranjería" aunque en términos más com-
plejos porque en él coexisten el sueño civilizatono de extracción euro-
pea y la experiencia de la periferia propia de la cultura a la que pertene-
ce.3 Ese viaje al interior padecerá de las certezas y contradicciones que
caracterizan los procesos de constitución de las naciones y de hecho se
dará en ese contexto.
Los viajeros extranjeros, que casi por norma intentan definir o a
falta de ello otorgar identidad a la cultura a la que se acercan, modi-
fican, quizás, a causa del relato que los está acechando, los modos
mismos de viajar: instauran una epistemología y una estrategia cog-
nitiva que sale de la experiencia vivida, siempre de extrañamiento.
Ello permite designar los diferentes viajes y caracterizarlos; así, p o -
dríamos decir que hay un viaje "inglés", un viaje "científico", un via-
je de aventura, que incluye el de "tierra adentro"; un viaje de placer,
más bien " m o d e r n o " ; un viaje de "mujeres", que puede ser de exilio
o de regreso; un viaje comercial, de espionaje o de reconocimiento;
uno "fundacional". Lo que no quiere decir que sean los únicos tipos
ni que sean puros; el viaje inglés suele estar emparentado con el cien-
tífico —es el caso de la travesía de Charles Darwin, modelo de viaje
que incluye también el de Alexander von H u m b o l d t , el de Félix de
Azara y el de Paolo Mantegazza, ninguno de los cuales es inglés—; a
su vez, el viaje científico se desliza en el que tiene inicialmente un sen-
tido militar y tiñe sus crónicas pero se diferencia de la expedición de
conocimiento, para la cual hay metas bien precisas; el viaje es hacia
lo conocido y en ocasiones se hace romántico, más del descubrimien-
to de un yo y de un origen que de un territorio o una cultura. En fin,
todos los tipos de viajes, cada uno de los cuales posee una "forma",

2 Entendemos aquí por "nación" una construcción simbólica secular. Para Bene-
dict Anderson {Comunidades Imaginadas. Reflexiones sobre el origen y la difusión del
nacionalismo, México, Fondo de Cultura Económica, 1993) la nación es un "artefacto
cultural de una clase particular" que remite a "una comunidad política imaginada co-
mo inherentemente ilimitada y soberana".
3 De lo cual el más claro ejemplo puede ser el clásico Una excursión a los indios
ranqueles, de Lucio V. Mansilla. Ver en este volumen Cristina Iglesia, "Manslla, la
aventura del relato".
4 Aníbal Ford, Navegaciones. Comunicación, cultura y cnsis, Buenos Aires, Amo-
rrortu, 1994.
se entrecruzan, se sobreimprimen y configuran una red; acercarse a
ella acerca, a la vez, al proceso de conformación de una identidad que
podemos considerar cultural o nacional.

Océanos de tierra

Durante el extenso gobierno de Rosas llegaron a la Argentina, casi


sm restricciones, numerosos ciudadanos ingleses cuyos fines eran esen-
cialmente mercantiles; algunos, comerciantes o agentes enviados para
obtener un mayor conocimiento del país, dejaron testimonio no sólo
de sus indagaciones sino también de una experiencia personal y cultu-
ral importante.
El viaje que emprendieron tiene, en general, el carácter de la aven-
tura y el descubrimiento, puesto que el continente al que llegaron les
era físicamente desconocido aunque no debían estar al margen de un
imaginario de doble fuente referencial: por un lado, el impacto produ-
cido en Europa por el descubrimiento, la conquista, la colonización y
la profusa literatura que circuló al respecto; y, por el otro, el reguero
científico o seudocientífico que se esparció en Francia con Buffon y en
Alemania con el jesuíta De Pauw, según quien América, a raíz de una
terrible inundación de la que nunca se había repuesto, era un continen-
te malsano e inferior; en contraste con tales fantasías, habría que consi-
derar la imagen del "buen salvaje" que acuñó Rousseau. 5 A ello hay que
añadir la influencia que ejerció la monumental obra de Alexander von
Humboldt, cuyas descripciones y narraciones alimentaron gran parte
del saber en uso sobre el continente americano. 6 No es extraño que los
viajeros hayan depositado en él utopías diversas, mitos no muy funda-
dos, prejuicios y sueños paternalistas de poder, reforzados por la lectu-
ra de poetas y novelistas románticos, Byron, Walter Scott, Chateau-
briand, Víctor H u g o , entre otros, a quienes el primitivismo americano
había inspirado. 7
El encuentro de los viajeros con estas tierras no sólo pone a prueba
el presunto saber con el que desembarcan sino que desconcierta ese inia-

5
Ver Amonello Gerbi, La disputa del Nuevo Mundo, México, Fondo de Cultura
Económica, 1982, Curiosamente, Hegel se hizo eco de las fantasías de De Pauw.
6
Mary Louise Pratt, en Imperial Eyes: Travel Writing and Transculturation, Lon-
don, Rutledge, 1992, señala que la obra de Humboldt proveyó de imágenes tanto a los
letrados europeos como a los mdependentistas americanos.
7
Adolfo Prieto, en Los viajeros ingleses y la emergencia de la literatura argentina
(1820-IS50), Buenos Aires, Sudamericana, 1996, señala que "el tratamiento estético de
los temas que tr.aía la historia natural" nutre esta narrativa.

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ginario cultural; el sistema de las miradas de que se valen para canalizar
1a experiencia se altera y, en consecuencia, se redefine el discurso que
previamente podía entenderlo todo, incluso lo desconocido. Emergen,
por lo tanto, nuevos modos de mirar y nuevas retóricas, la experiencia
concreta corroe la ideología y la desbarata y el relato surge como res-
puesta, como única posibilidad de transmitir y elaborar. 8
En la mayor parte de los casos, las empresas comerciales que mod-
vaban el viaje se frustran; algunos de los que regresan recuperan el via-
je en la escritura; 9 sin ser escritores a la manera de los que en Europa
poseen ya un perfil profesional —hay que recordar que la literatura d o -
mina la escena con sus grandes construcciones realistas, Dickens, Bal-
zac, H u g o , etcétera— narran sus experiencias con el propósito de in-
formar acerca de tierras lejanas a lectores qué, probablemente, nunca
las visitarán y porque no son escritores escribir puede ser la compensa-
ción de un fracaso, comercial e incluso vital, que les depara otra e ines-
perada clase de éxito, el intelectual y literario. 10 De ese sentimiento dan
cuenta los prólogos que aparecen a modo de autojustificación, ya por-
que defienden su relato frente al de otros viajeros ejemplares, ya porque
su práctica de escritura es reciente, ya porque hay que disipar dudas
acerca de la veracidad de un testimonio. 11
Las primeras ediciones en inglés de los libros de viajeros aparecen
en Londres a partir de 1820 y coinciden con el éxito de ventas (más de
100.000 lectores) del Edinburgh Review —liberal— y del Quartely Re-
view —conservador—, que hacen de la narrativa de viajes su estrategia
editorial. La obra de H u m b o l d t , síntesis entre información y entrete-
nimiento, es el modelo de ambas publicaciones. 12
Es tal el interés de estos relatos que muchas de las primeras edicio-
nes inglesas circulan casi simultáneamente en Londres y en el Río de la

8
Carlos lleal de Azúa, "Los lúcidos británicos: Parish y Mackinnon", en Marcha,
XX, 919, Montevideo, 11 de junio de 1958.
9
No son sólo escritores; su obra se complementa con ilustraciones científicas, acua-
relas, litografías, óleos, etcétera, que profusamente produjeron dibujantes y pintores
como Emeric Essex Vidal, Johan Moritz Rugendas y Carlos Pellegrini.
10
Josefina Iriarte, Miriam Maggiolo y Claudia Torre, "Los viajeros ingleses en el
Río de la Plata (1810-1860). El j uego de las otredades", Filología, Año XXIV, 1-2, Bue-
nos Aires, 1989, Homenaje a Enrique Pezzoni: "La voz del otro".
11
John y William Parish Robertson escriben en el "Prólogo" a Cartas de Sud-Amé-
"ca, Buenos Aires, Nova, 1946; "... el propósito que nos mueve es hacer alguna luz so-
bre las antiguas colonias españolas de América del Sur. Cualquier otro tema de que se
trate, lo será con el único propósito de mantener la unidad del relato".
12
Ricardo Cicerchia, "Journey, Rediscovery and Narrative: BntishTravel Account
of Argentina (1800-1850)", London, Institute of Latin American Studies (University
of London), 1998.

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Plata; p r o n t o , también, hay traducciones francesas, como la del texto
de Francis Bond Head, Las pampas y Los Andes, que leyeran Echeve-
rría y Sarmiento. 13 Alberdi, en cambio, conoció el libro de Joseph An-
drews gracias a un amigo que se lo leía durante un viaje a Tucumán. 14
El Nacional, de Montevideo, anuncia una traducción de Letters on Pa-
raguay, de los hermanos Robertson, en 1841, texto del cual Bartolomé.
Mitre traduce algunos fragmentos para narrar la batalla de San Loren-
zo en su Historia de San Martn.15 La versión madrileña de Cosmos de
H u m b o l d t , circulaba en Buenos Aires hacia la década del sesenta.16
Pero hay más en este aspecto: el interés que suscitan en la Buenos
Aires rosista los diarios y memorias de viajeros puede verificarse en la
Colección de obras y documentos relativos a la historia antigua y mo-
denia de las Provincias del Río de la Plata (1736-1S37) que organiza Pe-
dro de Angelis y que los incluye. Por su lado, Echeverría y Sarmiento
en especial, pero no los únicos, depositaron en la mirada de esos extran-
jeros una capacidad específica, la de capturar lo que no era percibido a
simple vista p o r las miradas locales, lo cual se vinculaba a sus propias
búsquedas, misionales por cierto, de desciframiento de los enigmas de
la identidad nacional; creyeron encontrar en estos textos lo propio y, a
partir de sus signos, la posibilidad de articular, quizás románticamente,
una literatura también propia. 17
P o r su trascendencia científica y filosófica no podría dejar de men-
cionarse el extraordinario y heterodoxo viaje de Charles Darwin, des-
de el Canal de Beagle, recogiendo restos y señales de todo tipo, hasta
Buenos Aires, en pleno rosismo. Inglés como los otros, no lo motiva el
coniercio y sus promesas sino una curiosidad que califica todo el gesto
de los naturalistas de los siglos XViil y XIX p e r o que, en la medida en
que no se atiene, como aquéllos, a denigrar una naturaleza incompren-
sible, sino que va dando forma a una teoría decisiva, es la culminación
de una ruptura epistemológica o, mejor dicho es una ruptura epistemo-

13
Fue publicado en Londres en 1826 con el título de Rough notes / taken ditring
/ somc rapid journeys / across / the Pampas /and among / the Andes / by Captain F.B.
Head.. Carlos Aldao tradujo y prologó el texto, publicado en 1920 en Buenos Aires,
bajo el título de Las pampas y los Andes, por La Cultura Argentina.
14
Ver Adolfo Prieto, op. cit.
15
José Luis Busaniche, "Prólogo del traductor", en John y William Parish Robert-
son, op. cit.
16
Graciela Silvestri, "El imaginario paisajístico en el Litoral y el Sur argentinos",
en Mlarta Bonaudo, Liberalismo, Estado y orden burgués (1852-1S80), Nueva Historia
Argentina, IV, Buenos.Aires, Sudamericana, 1999.
17
Noé Jitrik, "Soledad y urbanidad. Ensayo sobre la adaptación del romanticismo en
la Argentina", en Ensayos y estudios de literatura argentina, Buenos Aires, Galerna, 1970.
lógica que saca algunos de sus nutrientes de estas tierras. Su viaje, y su
correlativo diario, establecen una serie con los de Humboldt, Félix de
Azara, Bonpland y Mantegazza, pero tienen el sabor particular de una
gestación: son el fundamento de su articulado pensamiento posterior
que modifica la idea que los seres humanos tienen sobre sí mismos. 18
C o m o lo hemos señalado, la presencia de estos textos en la Argen-
tina, fundante en el siglo XIX, fue recuperada con gran fuerza en el XX;
la labor editorial de Carlos A. Aldao y José Luis Busaniche, que culmi-
na con la obra sistemática de Gregorio Weinberg en su colección "El
pasado argentino", abrió las puertas a lo que más tarde sería una inclu-
sión interpretativa en los trabajos de Ezequiel Martínez Estrada, quien
considera la de los viajeros ingleses "una gran literatura marginal", con-
cepto que inspira, probablemente, su gran obra sobre Hudson, argen-
dno por nacimiento y nostalgia, inglés por lengua, adopción y horizon-
te cultural pero nada comerciante, como aquellos de los que, según
Martínez Estrada, procede. 19 Jorge Luis Borges, a su turno, al referirse
a Hudson menciona también a los viajeros ingleses, en especial a Miller,
los Robertson, Burton, al anónimo " U n inglés" y a Cunninghame Gra-
ham, cuya obra es más tardía y de un carácter diferente, no comercian-
te ni científico, aventurero y gustador de lo salvaje primitivo que toda-
vía podía hallar en los paisajes argentinos. 20
Adolfo Prieto rastrea de modo más minucioso la "emergencia de
los viajeros ingleses" en la literatura canónica argentina del siglo XIX;
señala imágenes del territorio, procedimientos y modos de las mira-
das en las obras de Alberdi, Echeverría, Mármol y Sarmiento que, se-
gún lo reconocen y lo ejecutan ellos mismos, provienen de la lectura
de esos libros tan singulares. Así, en esta línea de análisis, Prieto su-
giere que el océano, invocado por H u m b o l d t , es el "trajinado océano
del imaginario romántico contemporáneo" y que la fisonomía del de-
sierto "vaciada todavía de significación, pasará desde entonces a for-
mar parte de ese imaginario". Esta afirmación tiene, por su lado, un
efectivo asidero histórico: en 1815, veinte mil navios ingleses, hacien-
do gala del poderío de la Inglaterra del siglo Xix, se encontraban re-
corriendo los mares en busca de regiones tan disímiles como Persia,
China, el Lejano y el Cercano Oriente, así como la América Central

18
Charles Darwin, Viaje de un naturalista, Buenos Aires, El Ateneo, 1951.
19
Ezequiel Martinez Estrada, Muerte y transfiguración de Martin Fierro, México,
Fondo de Cultura Económica, 1948, y El mundo maravilloso de Guillermo Enrique
Hudson, Buenos Aires, Norma, 2001.
20
Jorges Luis Borges, "Sobre The Purple Land", Otras inquisiciones. Obras Com-
pletas, Buenos Afires, Emecé, 1974.
y hasta las costas del continente ártico. La inmensidad oceánica apa-
rece, así, atravesada por una paradoja mayor, una extensión ilimitada
y solitaria asistida, al mismo tiempo, por una multitud naval, antici-
po de lo que a fines del siglo XX será la marca de un sistema mundial
aunque, con otro signo.

La acción de la mirada

U n a constante en los relatos de viajeros es un movimiento "ha-


c ia", de aproximación a lo particular a partir de una mirada paulati-
na y colectora; de este m o d o , la mirada suele posarse, siguiendo el
m o v i m i e n t o del barco, sobre una costa cada vez más precisa hasta
distinguir los bordes de una ciudad; define su objetivo al divisar el
puerto, o lo que hace de tal cosa y, luego, se torna detallista y objeti-
va al penetrar en la ciudad a cuyos rincones más secretos llega; cuan-
do la abandona, la inmensidad pampeana, donde va a producirse la
radical experiencia de lo otro, la desconcierta y disipa: en la ciudad
el viajero ve, de un m o d o u otro, el reflejo de lo propio, puede aso-
ciar y reconocer los intentos que hacen, o se hacen, para parecerse a
las que ha dejado atrás y que conoce; en cambio, cuando el caballo lo
introduce en el territorio de la pampa se p r o d u c e un cambio de pia-
no, empieza la experiencia decisiva y los modos de decir trastabillan,
el viajero debe crearse otros nuevos extremando los procedimientos
narrativos y literarios que puede conocer más o menos. 2 1 La analo-
gía será el recurso privilegiado, incluso en H u m b o l d t y en viajeros
del siglo XVIII como Carlos Gervasoni y Florlan Paucke. Ante esa ex-
traña naturaleza, absolutamente desconocida en E u r o p a como expe-
riencia de paisaje y aun de espacialización, sólo la cultura, mediante
ejemplos, permitirá establecer comparaciones de las que resultaran-
atisbos, descripciones y aun inferencias que p o d e m o s considerar
"gnoseológicas".
El océano es u n o de los principales referentes para establecer las
analogías con el desierto, la llanura y la pampa pero, de todos modos,
la percepción de eso que se ve como p u r o horizonte es contradicto-
ria; por un lado, remite al horror de la intemperie: geografía sin ca-
minos, desolada y confusa, hace que el ingeniero militar Francis Bond

21
Ese cambio de plano sobreviene, por ejemplo, cuando se llega al territorio que
los indios ocupan entre 1828 y 1852, desde los Andes Centrales hasta la provincia
de Buenos Aires, trazando una "imprecisa y porosa frontera". Ver Graciela Silves-
tri, op. cit.

524 2
Head escriba: "El país es tan desierto que es imposible obtener algu-
na información sobre él" y, por el otro, recorrerla a caballo ofrece
una fascinante sensación de plenitud y de libertad. 22 Los pequeños
accidentes del terreno —vizcacheras, arroyos, lagunas— son regis-
trados gozosamente pero no en desmedro de una infinitud, de un lu-
gar sin hmites: "Pasábamos por lugares que en Europa, cualquier mi-
litar, creo, sin hesitación calificaría como infranqueables" escribe
Bond Head, destacando, implícitamente, que los ha franqueado, co-
mo si respondiera a ese mandato imperial de vencer t o d o obstáculo
aun reconociendo su extrema dureza y que parecía m u y propio de
los conquistadores del siglo XVI.
Samuel Haigh escribió en 1829; "El país llamado las Pampas es com-
pletamente plano y sin atractivos. Parece, si puede usarse la expresión
y se tolera el disparate, un mar de tierra". 23 Así como en el suyo, en to-
dos los textos el problema parece ser si la pampa, en su "vaciedad" p o -
día ser considerada "paisaje", en el sentido de naturaleza formalizada y,
por lo tanto, paisaje literario ajustado a las concepciones epocales de fi-
nitud. 24 Sin embargo, el capitán Joseph Andrews señala, con románti-
ca sensibilidad, que "aquí se habría podido inspirar Scott" y, en oposi-
ción a lo aborrecible y homogéneo que halla Haigh, que en estas tierras
se encuentra "grandiosidad, belleza y variedad". En Haigh la analogía
es directa, casi sin elaboración; en Andrews pasa por la cita literaria que
le siiwe de sostén, lo que también se puede verificar en otras narracio-
nes de viajeros.25
William Mac Cann, algunos años más tarde, propone una fórmula
para el viaje; adquirir una tropilla de caballos permitirá que "el propio
viajero se trace su itinerario". Esa receta, aunque no su contenido, se
generaliza: la mayoría de los viajeros incorpora a sus relatos, entre las a
veces profusas descripciones de lugares y personajes, indicaciones prác-
ticas acerca del modo en que se debe realizar la travesía, o sea que se po-

22 Francis Bond Head fue n o m b r a d o en 1825 gerente de la "Rio de la Plata Mining


C o m p a n y " , empresa que se p r o p o n í a explotar los minerales del cerro Famatina.
23 Samuel H a i g h llegó a la Argentina en 1817 como agente de intereses comercia-
les británicos; en el curso de los diez años siguientes hizo dos viajes más por Chile y al-
gunos lugares de la costa del Pacífico. En 1829 publicó en Londres Sketches of Buenos
Aires and Chile.
24 Rodolfo Borello, " N o t a s a La. Ciintiva", en Logos 13 y 14, Buenos Aires, Facul-
tad de Filosofía y Letras (U.B.A.), 1977-78.
25 El capitán Joseph A n d r e w s — e n c u y o s textos se a p o y a n las descripciones de A l -
berdl de la naturaleza tropical t u c u m a n a — llegó a Buenos Aires en 1825, c o m o c o m i -
sionado para informar sobre las posibilidades de explotación de oro y plata en la Ar-
gentina y en Chile. En 1827 publicó en hondres Journey from Buenos Aires, through
the Provinces of Cordova, Tucuman and Salta to Potosí.

525
ne en juego una cultura del viaje, un modo de la itinerancia con conno-
taciones utilitarias y modernas, que remiten al universo del trabajo y al
aprovechamiento del tiempo. 26
Una particularidad curiosa, por la tradición que tiene en el camno
argentino, es que varios narradores viajeros, en ese paso al detalle se
detienen en la figura del baqueano; aunque imprescindible por su fun-
ción, no siempre es confiable; suele ser taciturno y retacea información
o, si la proporciona, lo hace con indolencia y sin premura, al menos des-
de la percepción inglesa del tiempo. La exposición narrativa de esta si-
tuación acentúa un choque cultural y, por lo tanto, en el baqueano co-
mo personaje, se concentra tanto el modo de percibir la cultura del otro
como sus movimientos, su relación con la naturaleza y, en definitiva su
idiosincrasia rural, acaso primitiva: "Apenas me había dormido cuan-
do fui despertado p o r mi baquiano. Me dijo que los indios se habían
acercado otra vez y que no estábamos seguros, por lo que se hacía pre-
ciso ensillar las muías y preparar la partida con otro baquiano del lugar.
Acto seguido se puso a comer con una pachorra que acabó por acotar
mi paciencia". 27
Obviamente, esta descripción está en la línea de la consolidación de
los estereotipos pero también hay que reconocer que esa mirada anti-
cipa la visión más rica y profunda que animará uno de los capítulos fun-
damentales del Facundo.

El punto de partida

La obra y el proyecto político de Sarmiento ofrecen un modo de


mirar el espacio a partir del cual la representación del país viejo —co-
lonial, salvaje, indefinido— y del país nuevo —la nueva nación aún
no configurada en el espacio físico del territorio— se articulan en re-
lación con un esquema que, a pesar de, o debido a su esquematismo,
resultó efectivo para pensar los problemas que planteaba el proceso
de modernización.

26 William Mac C a n n era un comerciante británico que recorrió entre 1847 y 1848
la campaña bonaerense, el sur del Litoral y C ó r d o b a . En 1853 publicó en Londres Two
Thousand Miles Ride Through the Argentine Provinces, en la casa Smith, Eider and
C°. José Luis Busaniche tradujo el libro con el título de Viaje a caballo por las provin-
cias argentinas. La segunda edición, de la Imprenta Ferrari H n o s . , en Buenos Aires, es
de 1939.
27 Ale.xander Caldcleugh, Travels in South America during the years 1819-20-21
containmg an account of the prescnt state of Brazil, Buenos Ayres and Chde, London,
J. M u r r a y , 1825.
Hay un aspecto particular de la trayectoria pública de Sarmiento,
que no siempre ha sido tenido en cuenta; sus estrategias en relación
con la importación de saberes culturales, en el marco de la explora-
ción del territorio. Se trata de un proyecto definido y sistemático. 28
Lo que en Rivadavia y Rosas se configuraba como un ingreso no pla-
nificado de los viajeros que arribaban a la Argentina, en Sarmiento
constituye fundamentalmente un programa. Pero lo que es aún más
interesante es que si el nombre y la obra de Sarmiento son ineludibles
para cualquier consideración acerca de la conformación de la Argen-
tina como nación, por añadidura moderna, también lo es en relación
con la literatura. El Facmido, que al mismo tiempo es programa polí-
tico y literario, pone en escena la escritura de un viaje que sin haber-
se realizado, a diferencia de los textos de los viajeros, emprende una
descripción del territorio físico del país de grandes proyecciones: es
un modo de mirar el territorio y de proponer itinerarios en el diseño
de una nación futura. Tal descripción mucho le debe a los textos de
los viajeros que le proveen imágenes, modos de narrar, estrategias; en
suma, constituyen una biblioteca activa del escritor, le brindan el sa-
ber de quienes se aventuraron "tierra adentro" y de diverso modo es-
cribieron sus experiencias.
En particular, es a través de la cita, como modo de interacción y
apropiación, como Sarmiento da cuenta en el Facundo de la marca que
han producido sus lecturas de los viajeros; fragmentaria, imprecisa, am-
biguamente traducida la cita —como epígrafe o en bastardilla en el
cuerpo del texto— dialoga con su propia prosa, se diría que hace con-
trapunto. 2 9 Más aún, este modo de ver permite reconstruir la comple-
ja red de textos que circulan por el Facundo, en cuya trama los textos
de los viajeros son el sostén de la imagen que proporciona del territo-
rio argentino.
En 1852, cuando se integra al Ejército Grande para combatir a Ro-
sas, tal como lo declara en Camparía en el Ejército Grande, verá por pri-
mera vez con sus propios ojos esa pampa cuya forma previamente in-
tuía.30 Y lo que ve es un espacio sin marcas o vacío que lleva a Buenos
Aires como única dirección posible, camino inverso al que habían se-
guido los viajeros clásicos. Tal vaciedad no es la misma que la que per-

28 Marcelo Montserrat ha estudiado este perfil de la obra política y cultural de Sar-


miento en Ciencia., historia y sociedad en la Argentina del siglo XIX, Buenos Aires, Cen-
tro Editor de América Latina, 1993.
29 Ricardo Piglia, "Notas sobre Facundo", en Punto de vista, III, 8, Buenos Aires,
marzo-junio de 19S0.
30 Domingo F. Sarmiento, Campaña en el Ejército Grande, México, Fondo de Cul-
tura Económica, 19S8.
cibieron stis "precursores"; es en realidad la apertura a una construc-
ción, la de un país, una sociedad, una nación.31 La pampa, en Campa-
ña en el Ejército Grande, aparece como una gran masa de hombres de
uniformes harapientos en simbiosis con la naturaleza, ahora atravesada
por la historia y por un ejército que se desplaza por un territorio que
debe ser pensado como nacional.
Así como el océano fue para los viajeros ingleses un término fuerte
para configurar sus analogías, el desierto lo será para quienes, siguien-
do la dirección de la mirada sarmientina, empiezan a recorrer el terri-
torio y escriben sus experiencias; algunos son argentinos, como Lucio
V. Manslla, Francisco P. Moreno, Manuel Prado, Estanislao Zeballos:
difieren en sus motivaciones y expectativas de las que actuaron sobre
ios ingleses; otros son extranjeros, como Alfred Ébelot: el tiempo de su
viaje también es otro, así como los rasgos de su escritura. 32

El ojo de Álsacia

Cuando después de mediados del siglo XIX poblar la frontera deja de


ser el enunciado de un programa utópico y comienza a convertirse en una
práctica real, se instalan las primeras colonias agrícolas, creadas a partir de
acuerdos hechos entre el gobierno y compañías colonizadoras europeas. 33
En este marco se inscribe el libro de Lina Beck-Bernard (1824-1888), Cin-
co años en la Confederación argentina (1857-1862), que narra la estadía de
una alsaciana y su familia en una colonia de la provincia de Santa Fe.34 Re-
lato también de viaje, no lo es, sin embargo, como los de los otros viaje-
ros, que observan un mundo desconocido; se trata, y seguramente no es
el único caso, de una inmigrante, lo cual cambia sin duda el punto de vis-
ta, aunque aquélla haya sido una condición sólo temporaria. 35

31 Jens A n d e r m a n n , en Mapas de poder. Una arqueología literaria del espacio ar-


gentino, Rosario, Beatriz Viterbo, 2000, sostiene que la primera operación autorizado-
ra del proyecto ideológico y estético de la Generación del 37 es imaginar el desierto co-
mo primer contenido, antes que imaginar la nación que ese desierto albergaría.
32 Ver, en este volumen, Jens Andermann, " C r ó n i c a de un genocidio: últimas ins-
tantáneas de la frontera".
33 Ver T u l i o Halperín Donghi, "¿Para qué la inmigración? Ideología y política in-
migratoria en la Argentina (1810-1914)", El espejo de la historia. Problemas argentinos
y perspectivas latinoamericanas, Buenos Aires, Sudamericana, 19S7.
34 José Luis Busaniche hizo la traducción (Buenos Aires, El Ateneo, 1935) del ori-
ginal francés. Le Rio Paraná. Cinq années de séjour dans la République Argentine.
35 Charles Beck, su padre, era m i e m b r o de la "Sociedad Beck, H e r z o g 8c C o m -
p a n y " , empresa c o l o n i z a d o r a radicada en la provincia de Santa Fe después de la bata-
lla de Caseros.

5i8
En realidad, su relato comienza antes de la vida en Santa Fe; es-
cribe ya en el barco, conciente del cambio que implica el viaje: " N o
sin emoción saludamos la costa del Nuevo Mundo, nuevo también
para nosotros" registra al divisar la costa de Pernambuco en 1857. El
"Nuevo m u n d o " deja así de ser una hipótesis y adquiere presencia,
propone experiencia y promete escritura a quien ya escribe, lejos de
las comodidades convencionales de una casa burguesa alsaciana en el
Alto Rhin. Ya no se trata sólo de leer sino de ver, de confrontar y de
ser protagonista, al internarse en un terreno en el que se produce una
lejanía que, sin embargo, no es sentida como pérdida. Así, su escritu-
ra no tiene el tinte melancólico qUe se suele atribuir, como estigma, a
la narrativa de mujeres; por el contrario, la extranjería es un privile-
gio que se suma a otros —la clase y la raza— y que permite ver más y
mejor, con dispositivos múltiples y alternados. Eso marca una dife-
rencia respecto de la escritura de los viajeros precedentes, en general
hombres, y forma parte de la libertad de expresión que otorga el dia-
rio de viaje por su carácter privado.
El relato de Beck-Bernard evita con frecuencia el panorama y se
centra en el detalle, lo cual, paradójicamente, rinde más en relación con
la distancia, cuya experiencia se transmite fuera de toda pretensión de
totalidades:

Algunas mujeres viejas, sentadas bajo el corredor, lían hojas de


tabaco sobre sus rodillas, hacen con ellas enormes cigarros y se
ponen a fuman A pocos pasos una indiecita pone a hervir agua
en una pava y tiene en su mano, preparado, un mate de plata.
Espera que hierva el agua para cebarlo y servirlo a las fumado-
ras. Bajo el mismo corredor algunas jovencitas bordan y hacen
encajes. Es en realidad su principal ocupación porque son de in-
teligencia muy poco cultivada.

En este fragmento, además del aspecto de estampa, la mirada que se


tiende se disocia; en un momento describe, casi etnográficamente, lo pe-
culiar y lo exótico; en otro juzga lo unirversal y semejante, la inteligen-
cia. El exotismo, se diría que romántico, acerca; el juicio, casi moral, ale-
ja. Además, este juego de acercamiento y lejanía tiene su asidero en lo
que la mirada percibe: no "ve" en el panorama porque no lo mira, pe-
ro cuando el panorama —la pampa— se impone, tampoco ve el detalle:
"¿Cómo y por qué se encontraba allí? No sabíamos explicarlo. H u b i é -
rase dicho surgido de la tierra. Andábamos en una playa muy llana, sin
depresiones ni eminencias, sin embargo ese hombre había encontrado
la manera de ocultarse a nuestras miradas y surgir como una estampa
en el lugar y momento que quiso".
Pero esta discrepancia, que puede indicar un choque cultural, no
impide la narración; por el contrario, al narrar lo que puede ser con-
siderado c o m o una incapacidad, deja e n t r a r u n a subjetividad que
contrasta notablemente con la intención de objetividad de que ha-
bían hecho gala los viajeros precedentes. Ellos, en apariencia, mo-
vían sus ojos con facilidad entre lo amplio incognoscible y lo pe-
q u e ñ o peculiar.

La pampa en francés

A partir de 1852, y en consonancia con los nuevos ritmos políti-


cos y económicos, esencialmente rurales, el relato de viaje no sólo se
inviste de cales ritmos sino que transforma lo esencial del viaje, fic-
cíonalizando, sobre la base de lo que los relatos de viajeros habían es-
tereotipado, tanto el paisaje pampeano como los personajes y las cos-
tumbres. La nueva retórica es narrativa, se separa de los rigores de la
crónica, de modo que el p u n t o de vista se tecnifica. Ya no es la exclu-
siva mirada de quien ve y escribe sino que está mediatizada segtin có-
digos literarios en curso. Esa vanante aparece años después en la obra
evocativa y narrativa, de Guillermo E n r i q u e H u d s o n (1844-1922):
tanto en The Purple Land (La tierra purpúrea), de 1885, como en los
cuentos de El ombú, de 1902 y en Far Away and Long Ago (Allá le-
jos y hace tiempo, de 1918), lo que queda de los relatos de viajeros tie-
ne resonancias, pese a lo excepcionalmente literario de estos textos,
quizás no pueda percibirse del todo su densidad fuera de la red que
trazan los relatos. Hay, desde luego, diferencias: lo que en los viaje-
ros es imagen directa en H u d s o n resulta trabajo de un inconsciente
n u t r i d o en la primera infancia, o de una memoria de correrías que las
lecturas podían ayudar a entender. Sea como fuere, se relaciona con
ellos en la medida en que, como señala Martínez Estrada en El mun-
do maravilloso de Guillermo Enrique Hudson, quiere "descubrirles
Inglaterra a los ingleses después de habernos descubierto la Argenti-
na a los argentinos".
Algo similar puede decirse de las novelas de Eduarda Mansilla
(1838-1892), El médico de San Luis (1857) y Pablo ou la vie dans les
Pampas (1869). El tributo a los nuevos tiempos se advierte en la articu-
lación que hacen esas novelas entre pampa y familia, concepto este úl-
timo que va a ser central en el proceso de modernización de las socie-
dades americanas. En El médico de San Luis concepciones patriarcales
y republicanas de la vida triunfarán por sobre el salvajismo del desier-
to que, en esos años, parece estar a punto de ser controlado y domesti-
cado. En la trama misma lo doméstico es presentado como un verdade-
ro espacio regulador de poder. 36 Correlativamente, la naturaleza se do-
mestica por medio de imágenes: "regularidad y elevación de los álamos"
que están "alineados como soldados prusianos" y las plantas y flores se
combinan con "las hortalizas necesarias para la mesa: el trigo y el maíz"
cosechados para el consumo familiar. La naturaleza, jardín arcádlco en
el que habita el "campesino hospitalario" (no más el baqueano torvo y
silencioso), remite, por contraposición, ai dominado desierto:

Sentado bajo los árboles que planté con mis manos, rodeado de
las flores aromáticas y vistosas que tanto amo, mi pensamiento
huye al inmenso y desnudo llano que se abre ante mis ojos...
U n o a uno van pasando ante mí esos años de afanes y zozobras,
hasta llegar al momento terrible en que se me aparece en medio
del desierto, sin más amparo ni guía que los seres más abyectos
y desgraciados en pugna con la sociedad y sus leyes.

En la otra novela, escrita en francés y para un público francés. Man-


silla narra en términos ya consagrados: "Une plaine large et ouvertc se
déroule en vaste savane de part et d'autre. Le regard embrasse partout
un immense horizon, dont la ligne bleuátre va se confondre avec celle
du ciel". ("Una llanura ancha y abierta se extiende como una vasta sa-
bana por todas partes. La mirada abarca por doquier un horizonte in-
menso, cuya línea azulada se confunde con la del cielo.") En el mismo
tono va exhibiendo tipos rústicos, indios, gauchos, estancieros, solda-
dos, caudillos y desertores, en suma el vasto repertorio que los viajeros
foráneos fueron componiendo a lo largo de sus relatos y que, por esta
incidencia en imaginarios otros, no podrían ser desestimados, así como
las obras que los continúan en una historia de la textuahdad argentina. 37

Patagonia: la patria pendiente

La mirada del que se adentra en el territorio se vuelve utilitaria cuan-


do confluye con la canrpaña al desierto emprendida por el gobierno ar-
gentino. En el informe militar y científico y en la crónica periodística

36 Francine Masiello considera que el espacio de la familia, en esta novela, funcio-


na como "sitio que puede tornarse inaugural para las reformas del Estado" [Between Civilsation &
Barbanism, Women, Nation and Literacy Culture in Modern Argenci-
na, Nebraska, University of Nebraska Press, 1992).
37 Su h e r m a n o Lucio V. Mansilla tradujo esta novela al español, publicada inicial-
mente en el periódico La Tribuna, en 1S70.
se hallan las narraciones viajeras anexas a esa empresa; son sobre todo
argentinos quienes hacen esos relatos (Francisco Pascasio Moreno —el
"Perito"—, Estanislao Zeballos, Manuel José Olascoaga, Francisco Mu-
ñíz, Ramón Lista, Manuel Prado y Alvaro Barros, entre otros) que po-
seen rasgos en común y que habría que poner en diapasón con ficcio-
nes como las mencionadas de Mansilla precisamente p o r q u e siguen
retóricas diferentes. En todos ellos se implica la experiencia del viaje a
Europa, con itinerarios recurrentes que sólo algunos viajeros modifica-
ron parcialmente. El modo de mirar cuando se pasa la frontera debe ser
confrontado con la experiencia del viaje y la vida en Europa. Pensar des-
de la experiencia europea la geografía americana supone proyectar un
ideario de nación cuya conceptualización, si bien está atravesada por
los procesos revolucionarios americanos, está regulada por los debates
parlamentarios de los países europeos y por los lincamientos de las po-
líticas imperiales. La densidad del paisaje se construye a partir de pará-
metros de culturas modélicas, y al mismo tiempo se centra en el diseño
de un proyecto político de características propias, en las que la impron-
ta de la mirada periférica está presente. Desde el escuetamente referido
viaje de Echeverría, aquel que los manuales escolares consagraron co-
mo el que le permitió "introducir el Romanticismo en el Río de la Pla-
ta" hasta el frondoso volumen de los Viajes de Sarmiento —cuyas de-
cepciones europeas abren paso a su fascinación por el nuevo modelo
norteamericano—; desde las miradas —entre humanísticas y escépti-
cas—, de Wilde, Cañé y López, cuyos viajes los "resguardan" de la pro-
pia ciudad de origen atravesada por el impacto inmigratorio, el viaje a
Europa los hará sentir a todos verdaderos ciudadanos del mundo, "ha-
bitantes absolutos" como señala David Viñas.38
Sin embargo a diferencia de los extranjeros, estos autores son parte
activa del entramado de aquello que quieren narrar, que ciebe ser inter-
pretado, confrontado o aun invalidado. Experimentar la realidad ame-
ricana más allá de la frontera oceánica implica una mirada hacia sí mis-
mos porque con el viaje a Europa (y esto es extensible para otros
Itinerarios complementarios de este viaje, tales como el viaje a Estados
Unidos o el viaje a África o a algunas de las colonias europeas en Orien-

38 En Literatura argent'ma y realidad política, Buenos Aires, Jorge Álvarez, 1964,


David Viñas p r o p o n e una lectura en relación con los via)es de los intelectuales argen-
tinos a E u r o p a durante el siglo XIX, a través de una tipología que va del viaje colonial
al viaje estético. En De Sarmiento a Dios. Viajeros argentinos a USA, Buenos Aires, Su-
damericana, 1998, define, en un recorrido que va desde Sarrmiento a Victoria Ocampo,
la i m p r o n t a que el viaje a Estados U n i d o s ha dejado en la cultura argentina. N o é Jitrik
("Prólogo", Los viajeros, Buenos Aires, Jorge Álvarez, 1969) reúne, por primera vez en
u n a antología, diversos relatos de viajeros argentinos al exterior.

532
te), se complejizan las identidades. En las páginas del viaje europeo for-
mular el "nosotros" supone algunas veces la inclusión de quienes en las
páginas del viaje "tierra adentro" están excluidos. O, por el contrario,
supone convalidar esa exclusión, erigir una identidad en consonancia
con los viaieros metropolitanos, razón por la cual cuando se escribe so-
bre el propio territorio, ese gesto deviene mirada colonial y conquista-
dora y lleva la impronta de una extranjería rigurosamente construida.
En todos ellos se implica, además, un imaginario de nación a partir
de la noción de "la línea del futuro", como llamó el ingeniero francés
Alfred Ébélot (1839-1920) al Río Negro, autor de Relatos de la fronte-
ra, recogidos por la Revue des deux Mondes entre 1876 y 1880. Antes
de colaborar con la expedición al desierto del general Roca, Ébélot ha-
bía sido convocado por Adolfo Alsina para trazar y cavar la zanja que
protegería, en una extensión de 400 kilómetros, los campos porteños de
las invasiones de los indios. Y si semejante idea, que se empezó a ejecu-
tar, configuraba una nueva frontera, los relatos de Ébélot se guían por
esa figura: la frontera aparece en ellos como una demarcación concreta
y definida. Hay, pues, una relación entre cartografía —el mapa de ese
remedo de Muralla china— y escritura, pero también una inflexión per-
sonal que hace del informe implacable un texto con mucho de literario:
"A pesar de las victorias obtenidas, allí estaban las rumas, humeantes,
y las ruinas gritan más que los boletines".
Escritos estos textos por encargo, implícito o explícito, ponen en
movimiento, sin embargo, fuerzas de escritura que dejan atrás el pun-
to de partida; si los de los primeros viajeros del siglo XIX ayudaron a
constituir un imaginario territorial y social, instalando perdurables tó-
picos descriptivos que regresan en los textos ulteriores de argentinos,
los de éstos, el de Ébélot inclusive, giran ea torno a la idea de una na-
ción posible que debe ser ganada al desierto. Eso se puede advertir
cuando Zeballos recuerda en 1878 el encargo del Ministro de Guerra:
"tuvo a bien invitarme a redactar algunos apuntes sobre los anteceden-
tes de la ocupación del Río Negro y sobre otros datos históricos y cien-
tíficos convenientes para demostrar al país la practicabilidad de aquella
empresa". 39 A su vez, el general Roca recibe con beneplácito la obra:
"Va a ser una especie de revelación para la mayoría del pueblo argenti-
no, que tendría que ir a buscar en cien volúmenes distintos los antece-
dentes que Ud. presenta en pocas páginas, narrados en un estilo fácil y
ameno, acompañado de observaciones y razonamientos muy exactos".
Llegar a ese punto implicó innumerables lecturas, desde las primeras
crónicas de la conquista hasta los relatos orales de cautivos recupera-

39 Estanislao Zeballos, La conquista de las quince mil leguas, Buenos Aires, Solar, 1986.

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dos, pasando por textos de Tomás Falkner y diversas memorias e infor-
mes. C o m o libro de viaje su finalidad es específica y particular: carece
del hálito primigenio de los relatos de extranjeros pero, en cambio tie
lie una finalidad precisa y de consecuencias políticas y económicas tras-
cendentes.
Cuando en 1875 la Comisión del Interior del Senado de la Nación
despachaba un proyecto de ley autorizando al Poder Ejecutivo para
"proceder a la exploración científica de los territorios nacionales" con-
densaba en su dictamen observaciones vinculadas a precisar los aspec-
tos de la mformación indispensable para cumplir sus objetivos. Enton-
ces, cómo y en qué dirección corren los ríos, las rutas principales, los
grandes bosques, las cadenas montañosas son datos que se vuelven in-
suficientes. H a y que saber ya no cuál es el río sino la naturaleza de su
corriente de agua con respecto a la navegación, si puede recibir puertos
o canalizarse y aplicarse para el regadío. Asimismo la información geo-
lógica, cara a los trabajos de campo de los naturalistas es insuficiente si
no da cuenta de su relación con industrias rurales, labranza y ganade-
ría y de su aptitud para recibir población. No importa la distancia ma-
temática entre dos ciudades sino su distancia material, la que se anda, el
tiempo que se emplea en recorrerla y los obstáculos que la naturaleza
ofrece al tránsito.
El dato se resignifica para que el texto pueda ser leído como un ma-
nual de instrucciones precisas.
Para "suprimir el desierto y anonadcir la barbarie" la narrativa de
los viajeros del 80 debe ahora traspasar el registro del saber específico.40
Es entonces cuando la distancia entre dos ciudades no es una cifra, un
p u n t o cardinal o un paralelo sino el relato del viajero, sus peripecias,
sus andanzas como héroe narrador y aventurero como quiere el géne-
ro desde sus orígenes en la historia de los viajes de Occidente. En esa
zona donde se fisura el rígido registro de los geógrafos militares es don-
de se validan los relatos ranqueles de Mariano Rosas quien ha aban-
donado su vida de indio para estudiar en el Colegio Nacional de Bue-
nos Aires y sus "informes", así llamados p o r Zeballos, "armonizan
m u y bien" con otros de origen letrado. Las precisiones de sus relatos
—transcriptas, mediadas por Zebaiios— se concentran en una pura ad-
jetivación imprecisa: "senda antigua y estrecha". Pero quizás sea la zo-
na más literaria del texto, la que corresponde a los relatos transcriptos
de los cautivos blancos que retornaron a la "civilización". El francés
Guinard y el registro humillado de Santiago Avendano pueden narrar
"gritos de alegría" o "una sed que impide la respiración". El mismo tex-

40 La cita pertenece a Estanislao Zeballos, op. cit.


to de Zeballos se contamina con esta expansión sentimental que no le
brindan los informes cartográficos y se cruza con la mirada de un ran-
quel arrepentido.
Estos nuevos viajeros, agrupados por intereses y saberes específicos
podrían constituir un conjunto de relativa autonomía en la literatura ar-
aentina; textos que organizan biografías del territorio que proponen
una manera de mirar y una manera de narrar eje territorio: están toda-
vía a la espera de una lectura equivalente a la que se hizo, en la Argen-
tina misma, de los viajeros ingleses.

Una metafísica perdurable

El desierto, en sus diversas representaciones, fue el objeto privile-


oiado de la mirada de viajero del siglo XIX. Para describirlo, esos a ve-
ces improvisados escritores debieron ajustarse a retóricas, perfilar los
enfoques y justificar, directa o indirectamente, las ideologías que orga-
nizaban esa mirada. Pocos son los que se resistieron a su misterio y no
sucumbieron a la tentación de develarlo mediante palabras y, correlati-
vamente, fueron muchos los que, décadas después, retomaron esa tra-
dición. Entre ellos, Roberto J. Payró que, a fin del siglo XIX, observa
con ojo crítico los reveses que se produjeron a causa de una moderniza-
ción incompleta o mal articulada y Roberto Arlt que, en los años trein-
ta del siglo XX, sobreimprime en sus aguafuertes patagónicas un desier-
to-asfalto de geométricas perspectivas. 41 Con posterioridad a las dos
Guerras Mundiales nuevos viajeros ingleses, así como inmigrantes colo-
nos recorrieron el sur en su nuevo aspecto y sus nuevas posibilidades:
quedan libros de Richard Burton, Ella Brunswig de Bamberg y Bruce
Chatwin; este último recupera la antigua reverencia frente a las soleda-
des y a las melancólicas magnificencias patagónicas. Mutando en cada
percepción, mostrando una fisonomía pródiga en cada representación,
el desierto argentino —núcleo principal del asombro de los antiguos
viajeros europeos—, cuya frontera llega casi a la ciudad de Buenos Ai-
res y se va desplazando a lo largo del siglo hacia la Patagoma, se confi-
gura como una entidad difusa y errátil, prodiga fisonomías poéticas que

41 Ver Roberto J. Payró, Lu Australia Argentina, Buenos Aires, Centro Editor de


América Latina, 1982 y Gustavo Generini, "Roberto J. Payró. El realismo como polí-
tica", en María T. Gramuglio (directora). El imperio realista, vol. VI de la Historia cri-
tica de la literatura argentina, Buenos Aires, Emecé, 2002. Roberto Arlt, En el pais del
viento, Buenos Aires, Simurg, 1997 y Roberto Recamoso, "Roberto Arlt. un cronista
infatigable de la ciudad", en María Teresa Gramuglio, ídem.

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