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GANSADAS Y DECORACIÓN.

EL EDIFICIO
ANUNCIO

Denise Scott Brown y Robert Venturi

Si bien Venturi habla de espacio en su primer libro, en los artículos y recopilaciones de escritos que publica a finales de los
años sesenta y a lo largo de los setenta, Venturi abandona la preocupación por el espacio interior y pasa a defender una
arquitectura escenográfica y de fachadas. El valor comunicativo y significativo del edificio se concentraría única y
exclusivamente en la fachada, tal como se expresa en los rótulos de anuncios de Las Vegas o de las grandes ciudades
contemporáneas.
Este breve escrito es, posiblemente, el más explicativo de este cambio de visión. Robert Venturi demuestra cómo es
eminentemente un arquitecto empírico y autocrítica, capaz de ir evolucionando sin estancarse en Posiciones adquiridas.
La propuesta se concreta en la idea del edificio anuncio o del tinglado decorado (“decorated shed”). En definitiva, se trata de
separar radicalmente lo `que es el espacio -un tinglado pensado para que funcione y sea construible de manera económica- y
la fachada -aquello que establece la comunicación- convertida en un gran rótulo comercial.
Denise Scott Brown y Roben Venturi: «On Ducks and Decoration» en Architecture Canada, octubre de 1968. Traducido
al castellano como «Gansadas y decoración» en Aprendiendo de todas las cosas, Tusquets, Barcelona, 1971, que se trata de
un compendio de artículos seleccionados por Xavier Sust. Poco después Robert Venturi, Steven Izenour y Denise Scott
Brown publicarían Aprendiendo de Las Vegas. El simbolismo olvidado de la forma arquitectónica (1972). Gustavo Gili.
Barcelona, 1978.

Gansadas y decoración

Según Loos, la decoración era pecado; Perry creía que siempre escondía un defecto de la construcción.
Los estilistas internacionales creían que era válida como joie de l´esprit de los artesanos que trabajaban en
las grandes catedrales esculpiéndolas con sus manos a mayor gloria de Dios, pero que en la era de la má-
quina la relación personal con los materiales y la construcción se ha perdido y, por tanto, el objeto de la
decoración; y la misma joie de l'esprit se expresaría por el uso bello y preciso de los elementos
constructivos hechos por la máquina y por los elocuentes espacios del mismo edificio. Todo el edificio es
la decoración.
Esto puede haber sido literal e irónicamente más cierto de lo que se ha pensado. Ahora se acepta la
pintura y la escultura contemporáneas como fuentes formales de la primitiva arquitectura moderna
-todos los edificios de este período, de hecho, parecían esculturas constructivistas o pinturas cubistas.
Pero ocurría a un nivel inconsciente. En arquitectos como Le Corbusier, que vivían intensamente en
contacto con las artes, eso se reflejó en su obra.
Un vocabulario de formas, adquirido conscientemente o no, es quizá tan importante en el proceso de
síntesis que se obtiene de los requerimientos funcionales de un edificio, como los ladrillos. Tanto si se
llama « composición» u «organización plástica» debe haber una filosofía que la rija. Esta filosofía puede
ser más o menos útil según lo que ayude a relacionar las formas con los requerimientos.
Más tarde, los arquitectos tomaron demasiado al pie de la letra el dictado funcionalista y permitieron que
el vocabulario formal (todavía no admitido) se embruteciera. No admitimos la importancia de tener una
filosofía de las formas, porque un buen edificio puede alzarse como una Venus, solamente a partir de
requerimientos funcionales. Pero, al ser esto imposible, un repertorio de Le Corbusieres, van der Rohes o
Lou Kahnes de segunda mano se infiltran solapadamente mientras se vocean las devociones de cada uno
sobre el antiformalismo.
Si la decoración aplicada es todavía tabú, el edificio entero es todavía decoración. Sólo artistas como Le
Corbusier, sensibles a lo que están negando, no han caído en ello, por lo que los vocabularios formales
son torpes, trasnochados y desfasados en relación con las necesidades de hoy. Cuanto más interés tienen
los intentos de nuestros mejores arquitectos de vanguardia en la amanerada complejidad que deriva
supuestamente de la estructura y del programa, menos interesantes son sus edificios: pueden levantarse
sobre pilotes innecesarios, encorsetarse en varillas de hierro oxidado, retranquear en planta y sección diez
pisos, conseguir veinte apartamentos con < espacios malos», o meter a toda una multitud atolondrada en
una piazza que no se utiliza. Deforman profundamente su arquitectura con el único fin de lucirse, pero
consiguen que no tenga «decoración».
Creemos que un nuevo interés por la arquitectura de comunicación que implica simbolismo y distintos
medios de expresión nos conducirá a revalorizar los estilos eclécticos y pintorescos del siglo pasado, a
apreciar nuestra propia arquitectura comercial -arquitectura Pop, por decirlo así- y, finalmente, a afrontar
la cuestión de la decoración. Hemos distinguido en un artículo anterior dos tipos de heráldica en el
entorno comercial: 'el rótulo que es el edificio (p. ej., el ganso junto a la carretera, lanzado a la fama por
primera vez en el libro de Peter Blake) y el rótulo que sirve de fachada al edificio. El primero distorsiona
la función menos importante del interior, el comer, en favor de la función más importante del exterior,
atraer al cliente. El segundo, aplicado al edificio o separado de él por el aparcamiento, permite que la
modesta función de comer tenga lugar sin distorsionarse en un edificio modesto, hecho expresamente
para esta función, y no interviene en la función simbólica (no tiene por qué coincidir y probablemente es
más barato y sencillo que no coincidan).
Nuestra tesis es que la mayoría de los edificios de los arquitectos de hoy son gansos: edificios en los que
la finalidad expresiva lo ha distorsionado todo más allá de los límites de la economía y la comodidad; y
que esto es, aunque no se admita, un tipo de decoración, aunque equivocado y caro. Mejor sería que se
admitiera de una vez la necesidad y que se aplicara la decoración allí donde se precisa, no en la forma que
lo hicieron los victorianos sino, para ajustarnos a nuestros tiempos, con la misma facilidad que se pegan
los anuncios a su superestructura; está yuxtapuesta al edificio para permitir que éste vaya por su propio
camino convencional, y no se distorsione más que por las barras y las pasarelas funcionales de la
superestructura. Ésta es una aproximación más sencilla, más barata, más directa y básicamente más
honesta a la cuestión de la decoración; permite que sigamos con nuestro trabajo de hacer edificios
convencionales y tratar las necesidades simbólicas de un modo más sutil y hábil. Puede llevarnos a
revalorizar la horripilante afirmación de Ruskin: «La arquitectura es la decoración de la estructuran, aña-
diéndole, sin embargo, la advertencia de Pugin: «Está muy bien decorar la construcción, pero nunca
construir decoración».