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Imaginaciones - Cuentos

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En el tablero aparecen y se esfuman palabras que no entiendo y se me ocurre que el maestro es un mago: “Nada por aquí, nada por acá” y en eso queda todo. Mañana tendré que pedir los apuntes de mi compañero. El anota todo porque no tiene en quién pensar. Me da lástima mi compañero, siempre atento a los pases del malabarista.
En el tablero aparecen y se esfuman palabras que no entiendo y se me ocurre que el maestro es un mago: “Nada por aquí, nada por acá” y en eso queda todo. Mañana tendré que pedir los apuntes de mi compañero. El anota todo porque no tiene en quién pensar. Me da lástima mi compañero, siempre atento a los pases del malabarista.

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Published by: Jorge Caicedo Santacruz on Oct 16, 2011
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Había corrido casi veinte cuadras y estaba a punto
de desfallecer cuando apareció aquel hombre.
Se paró frente a mí con además de agarrarme y
sentí miedo, pero había en su rostro algo inexplicable que
me tranquilizó, era un gesto o tal vez un detalle en sus
facciones lo que me inspiraba tanta confianza al mirarle,
irradiaba una fuerza de atracción tal, que si hubiera sido
un imán y yo un alfiler, habría volado en su dirección para
pegarme a su cuerpo y quedarme allí como una simple
viruta de metal.

Me tomó de la mano y los policías que iban
pisándome los talones pasaron de largo como si no me
hubieran visto, persiguiendo a los estudiantes que
escapaban a duras penas y los que no podían hacerlo
caían bajo sus bolillos y sus misteriosas botas negras.
Me quedé muy quieto, el extraño apretaba
suavemente mi mano sudorosa y nadie más me tocaba,
nadie me miraba, es el Angel de la guarda, pensé, pero
entonces vi la cicatriz que bajaba desde una ceja hasta
su boca, no, no puede ser un ángel, al menos no lo creo
si lleva esa huella tan humana, y el miedo desaparecía
mientras los muchachos gritaban a mi alrededor y los
caballos pisoteaban sus cuerpos y los libros, mientras la
tropa desahogaba contra ellos todo el poder de su grado
y su uniforme, ya era tiempo de hacer ver a los
comemierda éstos que aquí manda la Ley, que se vayan
los libros y las aulas al carajo, ya estamos cansados de
los tirapiedra y sus pupitres, este país sería perfecto si
sólo hubiera policías y caballos.
Un cuaderno cayó junto a mis pies y me agaché
para mirarlo, me heló un escalofrío y no pude gritar, no
veía mis piernas, mis pies ni mis zapatos, busqué mi
cuerpo y no estaba, tampoco descubrí mis manos, pero

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allí estaba el amigo de la cicatriz y sentía mi mano entre
sus dedos cálidos y fuertes.
No sabía qué pensar, se me ocurrió que era
invisible, que estaba muerto, que todo era un sueño, pero
los policías se fueron apaleando a los muchachos y
entonces el hombre me soltó y pude nuevamente ver mis
manos, mis rodillas, me toqué el estómago y los brazos y
le dije: “Gracias”.

El sacó un pañuelo y se limpió el sudor que yo le
había dejado en la mano, volvió a meterlo en el bolsillo
del pantalón y me sonrió, empezó a caminar lentamente y
en silencio mientras yo iba diciendo no sé cuantas cosas
estúpidas sin obtener respuesta. Me ignoraba de la
misma forma como lo hicieron los uniformados y pensé
que yo ya no existía para él, que tal vez él nunca existió
para mí, es que tengo demasiada imaginación y las
fantasías me toman el pelo a veces.
Dejé de observarlo un momento para dar cabida al
torbellino de ideas locas que acaparaban mi mente y el
hombre desapareció. Lo busqué en vano, las calles
estaban desiertas, me encontraba absolutamente solo y
un angustioso temor inundó mis pensamientos, empecé a
temblar y sentí mucho frio, comprendí que estaba
despierto y me marché a casa.

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