UNA RE-INTERPRETACION CRITICA DEL ESTRÉS POS-TRAUMATICA DESDE UNA PERSPECTIVA COMUNITARIA E INTERCULTURAL1 M.

Brinton Lykes Introducción En 1983 el Simposio Internacional del Niño y la Guerra reportó que el 5% de todas las víctimas de la Primera Guerra Mundial fueron civiles, mientras que la proporción ascendió al 50% en la Segunda Guerra Mundial y aún más, la figura sobrepasó del 80% en la guerra de Vietnam (UNICEF, 1986, en Summerfield, 1995). El fondo para los Niños/as de las Naciones Unidas (UNICEF) ha documentado los cambios operados en las características de las víctimas de la guerra moderna y sostiene que hoy en día el 90% de las víctimas son civiles (UNICEF, 1996). Aquellos que están marginados del poder y los recursos en la sociedad son afectados de manera desproporcionada por las guerras. El discurso que enmarca la Guerra Fría y la Doctrina de la Seguridad Nacional, que han legitimizado violaciones de los derechos humanos tales como la tortura, las masacres, las desapariciones, etc. de aquellos que son acusados de ser “comunisto” o “en contra del proyecto nacional” ha dado lugar a múltiples interpretaciones y narraciones que han surgido de conflictos contemporáneos dirigido a los intersticios de los conflictos económicos, políticos, étnicos, o raciales. Una de las múltiples narraciones que predomina en el discurso de la “pos-guerra” en el Occidente es aquella de la “víctima/sobreviviente” quien padece del estrés pos-traumática (PTSD) (American
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Lykes, M.B. (2001) A critical re-reading of PTSD from a cross-cultural/community perspective. In Derek Hook and Gillian Eagle (Eds.), Psychopathology and social prejudice. Cape Town, South Africa: UCT Press/JUTA, pp. 92-108. En español: (2003) Una re-interpretación crítica del estrés pos-traumático desde una perspectiva comunitaria e intercultural. En Psicología social y violencia política. Compilado por ECAP. Guatemala City, Guatemala: Editores Siglo Veintiuno, pp. 211-240 Psychopathology and social prejudice. Cape Town, South Africa: UCT Press/JUTA, 2001, pp. 92-108.

Psychiatric Association, 1994). De esta manera, en el contexto del campo de la guerra moderna, los trabajadores en el área de la salud mental (que incluyen psiquiatras, psicólogos y trabajadores sociales) se pueden encontrar en las zonas de conflicto armado y, más específicamente, como protagonistas en los múltiples campos de recuperación, restauración, y reconciliación que caracterizan el surgimiento de tal terror. Los psicólogos contemporáneos y los trabajadores de salud mental ofrecen un determinado número de respuestas a los sobrevivientes del tipo de horror vivido en la guerra moderna. Normalmente ellos enfocan sus intervenciones sobre los efectos de la guerra en las poblaciones civiles, describiendo síntomas psicológicos y comportamientos observados. Este grupo de respuestas primero se dio en el estudio de las reacciones de soldados a la guerra y tiene una larga tradición dentro de la psicología y la psiquiatría. Entre otros, Starcevic y Durdic (1993), trazan su origen a los “corazones irritables” de los soldados, al inicio de la guerra civil en Estados Unidos. Hay consenso (ver, por ejemplo, Kleinman, 1995; Bracken, et al., 1995, entre otros) que las caracterizaciones de los efectos psicológicos de la Primera Guerra Mundial para los soldados descritos como “capa protectora del impacto” ó “neurosis de la guerra” y también de los combatientes de la Segunda Guerra Mundial como “síndrome de sobreviviente,” “fatiga de combate” ó “cansancio de la batalla,” son antecedentes clínicos de los síntomas y síndromes que ser reflejan en el diagnóstico conocido como estrés pos-traumática (PTSD). Los demás antecedentes se han trazado a, por ejemplo, la discusión de Lindemann de las secuelas psicológicas de sobrevivir el incendio del club nocturno en Boston en la década de 1940 (Lindemann, 1979).

Cuando los que crearon la tercera edición del Manual Diagnostico y Estadística de los Desordenes Mentales (DSM-III) (American Psychiatric Association, 1980) presentaron el término en 1980 asociándolo con mayores causantes de tensión, que incluye experiencias en los campos de concentración, tortura, bombardeos y desastres naturales, incluyeron categorías diagnósticas previas tales como el síndrome pos-tortura y el síndrome del trauma de violación bajo PTSD. Consecuentemente, este discurso aparentemente contemporáneo sobre la enfermedad de los sobrevivientes de la violencia política no es de ninguna manera nuevo ó reciente. Lo que sí es verdad es que tal vez lo nuevo es la medida en que esto se ha popularizado en la cultura occidental, y la medida en que los psicólogos, psiquiatras y otros trabajadores de la higiene mental han convencido las agencias internacionales, incluyendo Las Naciones Unidas, de la importancia de incorporar el trabajo de la salud mental dentro de las respuestas rápidas y de largo alcance a la guerra, desastres naturales, y otras “circunstancias excepcionalmente difíciles.” Esta estrategia de tratar con los efectos del trauma, aplicado en muchas partes del mundo tanto a niños y niñas como a adultos en situaciones de violencia organizada, está imbuida en las concepciones médicas anglosajonas de enfermedad, donde los síntomas seleccionados e indicios de comportamiento proveen evidencia de PTSD u otras “enfermedades.” Sin embargo, aunque superficialmente esto no sea una cuestión mala ó problemática, muchos han sugerido que la tendencia a comprender los efectos de la guerra, la violencia patrocinada por el estado, y la opresión estructural, basada en el marco biomédico del desorden del estrés-pos traumático (PTSD), limita gravemente el entendimiento disponible a aquellos que tratan de acompañar a los sobrevivientes,

categorizando como problemas mentales ó enfermedades lo que fundamentalmente son fenómenos económicos, políticos, culturales, y psicológicos. Bracken et al. (1995), entre otros, han criticado los supuestos sobre los cuales se basa el modelo del estés pos-traumática (PTSD) en psiquiatría y medicina. En síntesis, esta crítica demuestra que la ontología del modelo nos pone al individuo al centro de la moralidad y la cosmología, lo mismo que asume la universalidad de los contenidos y formas del desorden mental. Sin embargo, como observa Kleinman (1987), por el hecho de poder identificar un fenómeno similar en diferentes situaciones no significa que ello sea universal. A pesar de esto, las modalidades terapéuticas desarrolladas en respuesta a estos síndromes, que se basan en “la curación por medio del habla” ó “intervenciones biomédicas,” son consideradas importantes a través de las culturas. Lock (1982), Marsella y White (1982/1989), Bracken (1993) y Kleinman (1995), entre muchos otros, han argüido lo contrario (Ver también el ensayo por Eagle en este volumen). El presente capítulo contribuye al debate actual sobre el PTSD con un enfoque en recursos seleccionados dentro de la psicología y las ciencias sociales, más ampliamente, que busca romper el conjunto epistemológico y ontológico con los usos normativos actuales con el PTSD. Esto sostiene que podemos entender mejor y podemos responder con más efectividad a la guerra y la violencia patrocinada por el estado y sus secuelas psicosociales a través de una lectura crítica de los diferentes contextos, el socio-político, cultural, e histórico que definen y son definidas por estas experiencias de la violencia. Específicamente, este capítulo sugiere algunas formas por las cuales las representaciones simbólicas, las teorías constructivistas, el discurso de los derechos humanos, y la psicología de la liberación constituyen recursos para la reubicación del trauma. Por

medio de un ejemplo específico de investigación intercultural y participativa, basada en la comunidad, entre mujeres Maya-Ixiles de Guatemala, el presente capítulo demuestra la forma en que la perspectiva crítica, que describe, informa una intervención con sobrevivientes locales y la manera en que esta intervención contribuye a rehacer vida en una comunidad local y volver a teorizar lo que es el trauma. Finalmente, este capítulo explora posibilidades similares de construir significados y praxis en el Cono Sur del continente Africano. Rompiendo el conjunto epistemológico Pese a las contribuciones hechas a través del reconocimiento de las necesidades psicológicas de los sobrevivientes de la guerra y la violencia patrocinada por el estado, muchos investigadores y trabajadores de campo han mantenido que las actuales construcciones de las secuelas de la guerra, son inadecuadas ó no representan las realidades complejas referentes a dichas experiencias. Inicio mi discusión con la clarificación de algunas limitaciones del PTSD sugeridas por aquellos que estudian los efectos de la guerra desde dentro de este ambiente discursivo limitado. Contextualizando al sujeto La revisión de los trabajos de investigación realizada por Jensen y Shaw (1993) sobre los efectos de la guerra en los niños, niñas, y jóvenes, concluyó que se ha avanzado en corregir errores metodológicos en el área, por ejemplo, la falta de grupos adecuados de control y problemas de auto-reportaje y datos retrospectivos, de esta manera facilita mejor entendimiento de la dimensión compleja de las reacciones de los niños, niñas, y jóvenes en las situaciones de guerra. Estos autores recomiendan ampliar el enfoque individual sobre los niños y jóvenes e incluir la familia y la comunidad, es más, ellos

también recomiendan que cambiemos nuestro interés predominante en las consecuencias psicopatológicas de la guerra (que predomina en la literatura) a estudiar los efectos de la guerra en el comportamiento, los valores, y el desarrollo de los niños. Cairns (1996) da sugerencias similares en sus estudios múltiples de “los niños y las niñas de las dificultades” (The Troubles) en el norte de Irlanda. Este autor recomendó un enfoque en un modelo contextualizado (siguiendo a Bronfenbrenner, 1979) y en variables más positivas que incluyen las creencias y los valores sociales, que constituyen un paso que se aleja de patologizar a la víctima descrita con anterioridad y en investigaciones anteriores que evalúan el PTSD en los niños, pero que sin embargo tiende a perpetuar un enfoque en un individuo quien es afectado por variables exógenos de un contexto social y quien posee o no posee una característica resultante. De esta forma, a pesar de los avances, el discurso permanece limitado por el individualismo de la ideología occidentale, la cual fue objeto de crítica anteriormente. Ubicación histórica del PTSD Judith Herman analizó el surgimiento del PTSD como un modelo de construcción-de-significados sobre los efectos de la violencia política y doméstica en el contexto de dos movimientos sociales en los Estados Unidos: la resistencia popular a la guerra de Vietnam y los movimientos contemporáneos sociales de mujeres, particularmente los movimientos contra la violencia a la mujer. La autora mantiene que: El estudio sistemático del trauma psicológico en consecuencia depende del soporte de un movimiento político. En efecto, si tal estudio puede llevarse a cabo o puede discutirse en público constituye en sí una cuestión política. El estudio del trauma de la guerra se legitimiza solamente en un contexto que desafía el

sacrificio de la gente joven en la guerra. El estudio del trauma en la vida sexual y doméstica se legitimiza solamente en un contexto que desafía la subordinación de la mujer y los niños (Herman, 1992, p. 9). La ubicación histórica de la autora, de los orígenes de esta teoría, clarifica una contribución importante en la reconstrucción del PTSD, como reacción a las teorías psiquiátricas tradicionales que no pudieron reconocer los recursos ambientales del trauma extremo. El análisis que ella hizo fue de los primeros que pusieron en claro la naturaleza social e histórica de esta “construcción científica,” esto está en contraste a aquellos que atribuyen el desarrollo del sistema de clasificación exclusivamente a la reflexión científica, profesional, y objetiva. A través de su propia investigación y práctica clínica, Herman también amplió los conocimientos existentes de trauma al enfatizar su carácter continuo y crónico en contextos, por ejemplo, de guerra continua y abuso en la familia. Sin embargo, pese a estas contribuciones, ella soporta el modelo médico en la construcción de significados en el trauma y sus efectos y ella no capta las dimensiones sociales y comunitarias del trauma, características que permanecen como variables exógenos en su modo. Hacia la aproximación de un nuevo marco teórico: La ubicación histórica del sujeto. La investigación sobre el Holocausto (Fine, 1998) y la detención, por Estados Unidos, de aquéllas personas de descendencia japonesa durante la Segunda Guerra Mundial (Nagata, 1993) nos provee una percepción crítica en la forma en que el trauma político del pasado se vive en la actualidad, en la psique y en el curso de vida de aquellos que experimentaron el trauma directamente, lo mismo que sus descendientes. El pasado vuelve al presente a través de la dinámica ínter-generacional de las familias. En ambos

casos se ha encontrado el silencio, paradójicamente tal vez para ser un recurso de transmisión de lo que hay no puede decirse. El silencio protege al sobreviviente y aún así, el silencio "da voz" en la imaginación de los hijos de sobrevivientes y es más, en los descendientes de éstos se dan fantasías y especulaciones que en veces se aproxima o sobrepasan los horrores históricos y las experiencias vividas. Las vidas privadas de individuos y períodos significativos de conflictos políticos y traumas sociales se analizan conjuntamente en este proyecto de investigación. En términos de Erikson, según Hareven (1992), éstos volvieron a enfocar la atención sobre “el encuentro entre la historia de la vida personal y el movimiento histórico” (p.271). Visto desde la perspectiva de la psicología crítica, ellos se han adherido al individuo descontextualizado de la investigación psicológica moderna (Gergen y Davis, 1985) y la experiencia histórica y colectiva de grupos proveedores de identidad (Ver Liem, 1999 para la elaboración de estas ideas y otros ejemplos). Trauma: Experiencia vivida colectivamente La presentación que hace Punamaki a una serie especial de tres volúmenes de la Revista internacional de la salud mental (International Journal of Mental Health) identificó varias limitaciones graves de la psicología tradicional y teorías psiquiátricas de trauma y tensión. Ella sugiere que las teorías tradicionales (por ejemplo, las anglosajonas) “presentan la esencia de ser víctima de la violencia y la represión inducida políticamente (1989, p. 4; énfasis mío). “El concepto implícito del ser humano, el asumir la universalidad de las respuestas psicológicas y la incapacidad de describir con precisión la interacción del desarrollo que se da entre los campos psicológicos y socio-políticos, lo mismo que para captar tanto la dimensión colectiva como la dimensión individual de la

psique humana” (Punamaki, 1989, p. 5) de las teorías, limitan su utilidad para entender la guerra y sus efectos. La incapacidad de describir lo que Punamaki llama “la[s] dimensión[es] colectiva [as] de la psique humana” se hace evidente en un trabajo reciente de Summerfield (1995), quien deduce de sus experiencias en Nicaragua lo mismo que de sus lecturas sobre los sobrevivientes de Vietnam, la guerra de Falklands/Malvinas de 1982, la Intifadah de Palestina en Gasa y en el territorio de occidente (West Bank), y la guerra racista patrocinada por el estado en contra los habitantes de Soweto. Él mantiene que en cada uno de estos contextos no es solamente el individuo quien se traumatiza pero incluye el ambiente, en donde las instituciones sociales y culturales sufren rupturas. Por lo tanto, cualquier entendimiento de trauma debe entenderse desde su contexto social, cultural, y político a través del tiempo y no debe interpretarse como una entidad relativamente estática localizada que debe entenderse solamente en los individuos. En lo que queda de este capítulo yo mantendré que en orden a desarrollar dicho entendimiento de trauma, uno tiene que volver a tomar su posición como un conocedor de los contextos histórico, cultural, y político de aquello que uno busca conocer, situando el trabajo de uno dentro de un marco interdisciplinario y basándose sobre epistemologías psicológicas alternativas y prácticas con los sobrevivientes.

Análisis profundo y reconstrucción: Posicionalidad de los conocedores y lo conocido2 Siendo mujer, blanca y educada de Estados Unidos, cuyo gobierno patrocinó el golpe de estado del gobierno electo democráticamente de Guatemala en 1954, soy consciente de mi ubicación de “extranjera” en mi trabajo de campo en el área rural de Guatemala. Esta ubicación dentro de una praxis de solidaridad y lucha colectiva informó el desarrollo de una metodología de acción-investigación participativa en el campo que me ha permitido reinterpretar lo que es el trauma en el área rural de Guatemala, explorando algunos de los aspectos no-funcionales ó simbólicos del terror y múltiples significados de trauma conjuntamente construidos con mujeres Mayas y menores a quienes he acompañado desde mi posición de científica social y activista en solidaridad. Las investigaciones basadas en premisas positivistas y en un modelo médico formulan hipótesis de un sujeto separado (por ejemplo, el niño) que vive un objeto (por ejemplo el terror), en un espacio sin tiempo y crea significados desde las atrocidades y terror por medio de las descripciones de sus efectos, a nivel individual, confiando en un número delimitado de instrumentos para informar el entendimiento. En contraste, las interacciones construidas entre el investigador y el sujeto a través del tiempo constituyen recursos de los datos que se aproximan más a las bases adecuadas del conocimiento que los datos recogidos con instrumentos de investigación más tradicionales. E igualmente
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Algunas palabras de cautela: He escrito y he hablado de muchos ejemplos de guatemaltecos involucrados en resistencia basada en participación –organizada en uniones de trabajadores, organizaciones campesinas y Mayas, grupos de iglesias y en las comunidades de poblaciones en resistencia en el altiplano guatemalteco y otros más. Las ideas presentadas aquí, de ninguna manera niegan mi profundo respeto y admiración por el testimonio de esta gente valiente quienes rompen el silencio por medio de resistencia pública y/ó sublevación ó para aquéllas comunidades Mayas, ejemplo, algunos pueblos Ki´che´s que no fueron muy directamente impactados por la guerra y respondieron por medio de mayor unidad. En este capítulo yo trato más bien de explorar una cara menos tratada, pero de importancia, del terror y otras versiones de sobrevivencia, silencio, y la voz.

importante es la interacción entre el investigador y el sobreviviente porque crea un contexto por el cual algunas de las múltiples versiones de la sobrevivencia de éste son construidas y/ó expresados. En la subsiguiente discusión hago un sumario breve de las contribuciones para reubicarme dentro de un marco interdisciplinario y describo cómo mis interacciones de investigadora-activista en una comunidad de sobrevivientes han contribuido a facilitar una reinterpretación de los significados del trauma en un contexto rural Maya. Finalmente exploro las implicaciones o posibles aplicaciones de tal trabajo en el contexto de Sudáfrica. Comprendiendo lo que es el terror: Inscripciones en el cuerpo Como indiqué anteriormente, los civiles constituyen la mayoría de aquellos afectados por la guerra contemporánea y las desigualdades en las relaciones sociales del poder y los recursos que han dado lugar al origen de muchas guerras civiles en la actualidad. Los reportes anuales de UNICEF (ver http://www.unicef.org/sow00), lo mismo que una gran variedad de estadísticas publicadas (ver, por ejemplo, Kidron & Segal, 1995; Seager, 1997; Smith, 1997) documentan tasas altas de mortalidad infantil, niveles dramáticos de pobreza extrema y absoluta, expectativas de vida reducidas, pobreza en el cuidado de la salud, y altos niveles de analfabetismo, particularmente en las áreas rurales y entre las mujeres en la mayor parte del mundo, en los lugares donde muchas de las luchas armadas se han llevado a cabo en las décadas a finales del siglo XX. La naturaleza engendrada de la violencia en estas guerras ha sido puesta en relieve recientemente (Ver Agger, 1994; Aron et al., 1991; Lykes et al., 1993), y el caso de Guatemala no es excepción. La extrema pobreza de las mujeres lo mismo que las violaciones serias de los derechos humanos de ellas han sido ampliamente documentadas

por La Comisión del Esclarecimiento Histórico (CEH, 1999) y el informe de la arquidiócesis de Guatemala, Nunca Más (ODHAG, 1998). Debido a su arraigamiento en las comunidades locales y la marginalización histórica, muchas mujeres similares a aquéllas de Guatemala tendrán menos posibilidades de dar testimonio sobre la violencia cometida contra ellas mismas, enfocando más bien en sus familias y las comunidades como sitios de violación. A pesar de todo esto, tenemos conocimiento, por medio de informantes claves, que tanto niñas como mujeres fueron repetidamente violadas, fetos arrancados de los vientres de mujeres en cinta que fueron golpeados contra árboles para darles muerte y mujeres torturadas frente a sus hijos y menores torturados frente a sus padres (ODHAG, 1998, 1, pp. 91-2, entre otros). Además, las mujeres tuvieron más probabilidades de sobrevivir estos actos de terror, frente al peso agregado de las consecuencias de la violencia en el orden material y psicológico. Comprendiendo lo que es el terror: Entendiendo lo simbólico Tales indicadores económicos y de derechos humanos sitúan los costos materiales de la guerra. Algunos antropólogos han tratado de entender el significado simbólico de tales inscripciones dentro de su contexto, ofreciéndonos imágenes importantes que han informado el pensamiento y la práctica de un pequeño pero creciente número de psicólogos quienes buscan modelos alternativos para conceptualizar el trauma. Por ejemplo, en su análisis de la contra-insurgencia guatemalteca, Davis describe los “objetivos” del terror “para generar una actitud de terror y miedo –una cultura del miedo –en la población indígena, asegurando que nunca más daría soporte o se aliaría a un movimiento guerrillero marxista” (1988, p. 24). Adams (1988, 1989) describe el funcionamiento de la “cultura del miedo” que permea la vida en Guatemala alrededor de

medio siglo como parte de la dinámica de las interacciones Maya-ladino que han sido intencionalmente manipuladas por la fuerza armada. El origen de esto según Adams se da en la conquista que buscó no solamente conquistar pero también asegurar la sobrevivencia de la labor nativa. Falla (1984) se refiere a experiencias similares de terror como el “genocidio parcial.” Este término sugiere tanto la intención militar de destruir y sembrar el miedo, por lo tanto controlando la población entera, como mantener mano de obra barata para soportar un sistema económico de desigualdad y represión en el país. El “programa de armas y frijoles” del ejército de la década de 1980 –represión intensa acompañada de asistencia – ejemplifica estos objetivos duales (ver, por ejemplo, America’s Watch Committee, 1982), y para muchos Mayas contemporáneos significa no solamente estrategias contemporáneas de contra-insurgencia pero resimboliza relaciones represivas anteriores entre los españoles y ancestros. Además, “Una conquista que falla en exterminar o asimilar a los conquistados inevitablemente deja como saldo una población con identidades divididas” (Adams, 1988, p.284). Uno no puede entender la guerra en Guatemala sin aproximarse a un entendimiento de sus significados simbólicos como se manifiestan a través del tiempo en el punto donde el pasado y el futuro convergen, por ejemplo, el aparente presente que nunca deja de ser. El terror, crea de esta manera una situación de “anormalidad-normal” (Martín-Baró, 1989; Taussig, 1986/1987) ó “terror como siempre.” El estado calla la población por medio del terror, explorando el miedo de una forma particular. En su exploración del terror y las funciones del mismo, en los años de la dictadura más reciente en Argentina (1976-1983), Suárez-Orozco (1990, 1991) considera la

capacidad simbólica del terror de amenazar la cultura y la subjetividad social. Su trabajo abarca tanto la dimensión espacial como la temporal dentro de las cuales el terror se conceptualiza tradicionalmente. Las fuerzas destructivas del terror afectan a la comunidad y la cultura a través de las generaciones, no solamente el individuo en el tiempo en que vive (Danieli, 1998). Como mantenía, con anterioridad (Lykes, 1996), el terror no sólo destruye el presente pero forja repensar sobre el pasado y amenaza profundamente el futuro por medio de sus efectos destructivos e incapacita la próxima generación de afirmar su ser cultural. Reinterpretación del trauma desde una perspectiva liberadora Dentro de tales contextos, la psicología de la liberación y las estrategias de acción-investigación participativa, con base en la comunidad, fundamentado en el protagonismo de actores locales, desafía un modelo médico y positivista, universalista, estrategias de investigación objetivas y basadas en el laboratorio y sus aplicaciones. Martín-Baró (1990), psicólogo social salvadoreño, mantuvo que los efectos posteriores de la represión política llevada a cabo por el gobierno fue uno de los problemas más espeluznantes que confrontan los estados latinoaméricanos en espera de poder establecer gobiernos democráticos. Él enfatizó que además del daño a las vidas personales, se han dañado también las estructuras sociales mismas, por ejemplo, las normas, los valores y principios por los cuales la gente se educa y se dañan las instituciones que gobierna la vida de los ciudadanos. “El trauma social afecta a los individuos precisamente en su carácter social, es decir, en su totalidad, como un sistema”(Martín-Baró, 1994, p. 124). Se han identificado similitudes entre los trabajos de Martín-Baró y los escritos anteriores de Fanon (1967) en Argelia y más recientemente, entre aquellos y la psicología

de la liberación en los movimientos anti-separatistas de Sudáfrica (ver Dawes, 2001; Lykes, et al., en prensa). Estos trabajos sitúan las luchas de la gente oprimida dentro de relaciones estructurales y sistémicas, se separa de construcciones individualizadas, de problemas característicos de los paradigmas psicológicos y enfocan en las relaciones colaborativas entre las comunidades locales y psicólogos. A éstos se les recomienda desarrollar nuevas habilidades y papeles a jugar que incluyen, pero que no se limitan a ser defensores y partidarios. Dentro de este marco alternativo, el trauma no es principal ó exclusivamente un fenómeno intrapsíquico, más bien se concibe como psicosocial. El trauma psicosocial refleja un proceso dialéctico, por ejemplo, esto “reside en las relaciones sociales, de los cuales, el individuo forma solamente una parte” (Martín-Baró, 1994, p. 124). MartínBaró sostiene además que “el trauma psicosocial puede ser una consecuencia normal de un sistema social que se basa en relaciones sociales de explotación y opresión deshumanizante” tales como aquellos en los tiempos de guerra del Salvador (1994, p. 125). El trauma se convierte en un evento normal, no en una aberración. Bajo circunstancias normales, el asesinato de individuos, la desaparición de seres amados, la inhabilidad de distinguir la experiencia de uno de lo que dice la gente que es tal experiencia (y cuando uno hace la diferencia, el temor de dar su punto de vista), la militarización de las instituciones, y la polarización extrema de la vida social se toman como normales. Uno de los efectos de la guerra del Salvador según Martín-Baró (1994) es que la persona típica acepta estas experiencias como normales. Basándose sobre la teología y la educación de la liberación en América Latina (ver por ejemplo, Freire, 1970, 1973; Gutiérrez, 1973/1988), Martín-Baró sostuvo que

una psicología que podría explicar y responder a estas realidades deberían incluir: (1) un enfoque sobre la liberación de todo un pueblo (por ejemplo, la colectividad) lo mismo que una liberación personal; (2) una nueva epistemología en la cual la verdad de la mayoría popular no es encontrada, pero es creada, en donde la verdad es construida ‘desde abajo’; y (3) una nueva praxis, en donde nosotros nos colocamos dentro del proceso de acción-investigación junto al dominado u oprimido y no al lado del opresor ó dominante (Martín-Baró, 1994). Reflexividad y construcciones contemporáneas de trauma Dentro de una psicología liberadora se nos presenta el desafío de clarificar los significados que hacemos desde abajo. Los constructivistas sociales consideran que estos significados no son representados adecuadamente al categorizar los síntomas o síndromes (Aron et al., 1991). Más bien ellos son co-construidos por aquéllas personas que las viven en las interacciones (por ejemplo, el terapeuta con su cliente) en un tiempo, cultura, y espacio sociohistórico particular (Agger, 1994; Gergen, 1994, 1997). El diálogo y la participación son estrategias críticas para la construcción del conocimiento y entendimiento que son inherentemente cargados de valores, no son neutros de valor. Este proceso de construir significado puede por lo tanto, ser mejor comprendido dentro de los contextos histórico y cultural de los actores, por ejemplo, por medio de una descripción detallada de los eventos o la representación de experiencias como fueron construidas o reconstruidas por los sobrevivientes en diálogo y/ó interacción con aquellos quienes los acompañan, en nuestro caso, psicólogos (Lykes, 1996). Los psicólogos feministas y teóricos críticos mantienen que, siendo psicólogos, somos desafiados a analizar los efectos que encontramos dentro de los contextos de la

generación de conocimientos, en los cuales trabajamos, cuando entramos en contacto con clientes en actividades terapéuticas o con participantes en nuestros trabajos de investigación (ver Fine, 1992; Lather, 1991; Maguire, 1987, entre otros). La práctica de la reflexividad dentro de las comunidades locales en contextos de guerra y hacer la paz ha contribuido en forma particular hacia el entendimiento de lo que es el trauma psicosocial (ver por ejemplo, Lykes, 1996; Zur, 1998). Un ejemplo del Perú aclara este punto dentro del discurso terapéutico. Kreimer (1994), una antropóloga y terapeuta peruana sostiene que, como “otra”, ella frecuentemente representa y vuelve a simbolizar el opresor para sus clientes, por ejemplo, el origen de la marginalización, opresión o violencia que creó la situación del sobreviviente. Desde su lugar de “foránea” ella tuvo que aprender a estar dentro de los múltiples sistemas de significados del marginado, por ejemplo, el significado de enmendar o recuperación dentro de sus experiencias culturales. Para acompañar en un proceso de reparación o recuperación en las comunidades Quéchuas, afectadas por la violencia de estado en el Perú, fue necesario para ella entender que para estas comunidades, la recuperación puede significar la reconsideración de todos los aspectos de la vida y efectivamente comenzando todo nuevo. Este entendimiento está enraizado en su idioma y se encuentra en el centro de sus experiencias sociales. El fracasar en el entendimiento de la lógica interna y la visión de la vida de la gente con quienes trabajamos arriesga mal entender los “problemas” ó hacer lo contrario de lo que esperamos emprender. Kreimer encontró que pensar culturalmente y reflexivamente sobre el trabajo entre las comunidades indígenas también de manera implícita, afirma los derechos de

estos pueblos indígenas a sus creencias colectivas, por ejemplo, su visión de la vida. Sin embargo, como Long y Zietkiewicz (2001) nos advierten que nosotros, no debemos de reemplazar un pensamiento biomédico reduccionista con una interpretación igualmente reduccionista de sistemas de significados tradicionalistas o indígenas. Como “foráneos”, nosotros los occidentales necesitamos estar atentos a las múltiples interpretaciones presentes en el contexto del trauma psicosocial, interpretaciones que incluye cómo somos interpretados como el “otro” y cómo reinterpretamos a nuestros colegas, nuestros colaboradores y a nosotros mismos en este espacio co-construido. Construyendo significados alternativos de trauma con comunidades locales Mi acceso a la construcción de significado Maya es limitado pero también facilitado por muchos años de conocer a sobrevivientes en Guatemala. Estas interacciones han orientado profundamente mis experiencias de Guatemala, de esta manera han contribuido a mi entendimiento sobre la vida en un contexto de guerra a la vez que me recuerdan de los límites de mi conocimiento. Los investigadores que me anteceden han encontrado que los efectos psicológicos que se han identificado en los niños y niñas sobrevivientes de Guatemala, por ejemplo, no difieren significativamente de aquellos que se han identificado en sobrevivientes de otros países (ver Lykes, 1994, para un resumen de estas conclusiones). Sin embargo, como he mantenido en párrafos anteriores, enlistar los síntomas ó diagnosticar los síndromes, apenas si toca algo de esta realidad. ¿Qué significa para el niño o la niña Maya perder su tierra, ver su casa y las siembras y su traje tradicional quemar? Esto no es simplemente el efecto acumulativo de la experiencia traumática. El cuerpo Maya colectivo ha sido profundamente herido, es decir, un cuerpo que constituye en su profunda particularidad

en la vida individual de sobrevivientes, un cuerpo que es profundamente comunal. Es esa vida colectiva, -hecha de las hormigas, los árboles, el maíz, los animales domésticos y los seres humanos unidos a través de las generaciones –que ha sido arrancada de sus raíces y es errante en la tierra. Y esta tierra ha sido quemada, con cicatrices, que no sólo refleja sino también marca las cicatrices de las comunidades. La quema de siembras no sólo refleja la destrucción de la subsistencia ó la sobrevivencia física pero representa también un ataque a un símbolo que sobre todo representa a la gente, por ejemplo, que representa la subjetividad social Maya. Por lo tanto, lo que ha sido destruido es más amplio en su dimensión que la noción de trauma interno e individual, por ejemplo, esto es cultural y colectivo. E igualmente importante es el hecho de que el trauma psicosocial se extiende a través del tiempo. La destrucción de arquetipos culturales y metáforas, aniquila ó limita profundamente la posibilidad de la próxima generación de afirmar aspectos de su vida cultural. Solamente un entendimiento profundo de la vida Maya y sus tradiciones puede producir teorías más adecuadas para trabajar con estos niños sobrevivientes. Las metodologías de las ciencias sociales tradicionales recomiendan estudios longitudinales, controlados, con muestras representativas para someter a prueba hipótesis que son derivadas de teoría y/ó trabajos de campo. Dadas las realidades políticas, económicas y éticas de la guerra y las críticas descritas con anterioridad del modelo médico y los métodos positivistas de las ciencias sociales, en contraste, yo he propuesto la “investigación participativa activista” ó “estudio apasionado” (ver Dubois, 1983; Lykes, 1989). De una manera más simple, esto es un proceso por medio del cual el investigador acompaña al participante o al sujeto a través del tiempo, participando y observando mientras provee recursos al participante y su comunidad. Esto refleja un

interés de entrar en el espacio de vida de otro y permitiéndole entrar lo de uno. El entendimiento y las posibilidades de continuar en el compromiso, son construidos en experiencias de conflicto y contradicción lo mismo que en la subjetividad compartida. Breve descripción del contexto: Ubicando el trabajo colaborativo El pueblo de Chajul, en donde trabajé con mujeres y niños y niñas Mayas entre los años 1992 y 2000, está ubicado en el altiplano de Guatemala. Este es uno de los tres pueblos que comprende un área que la fuerza armada guatemalteca designó como el “Triángulo Ixil” en las décadas de 1970 y 1980, y se refiere a la lengua y cultura Ixiles del área de los tres pueblos más grandes, Nebaj, Cotzal y Chajul. La población de Chajul es predominantemente Maya-Ixil, comprende sobrevivientes locales, refugiados retornados de México, gente que ha bajado de las Comunidades de Poblaciones en Resistencia y otros que han sido desplazados en el país y más allá de sus fronteras. A nivel local, los miembros de la comunidad están trabajando a través de muchas de las dinámicas regionales y nacionales que profundamente han marcado sus vidas y han surgido en nuevas formas después de finalizar una guerra alargada. No hay espacio aquí para una discusión amplia de estos ocho años de colaboración, que iniciaron con talleres basados en drama, arte, movimiento, y creatividad con un pequeño grupo de mujeres Mayas, sobrevivientes de la violencia descrita anteriormente. Ellas trataron de responder a sus necesidades económicas, las de otras mujeres, niños, y niñas, sin embargo se dieron cuenta de que las múltiples heridas inscritas en sus cuerpos y en sus comunidades les limitó. Ellas tenían la esperanza de instalar un molino para maíz, esto permitiría a las mujeres moler el maíz por medio de máquina, en vez de trabajo manual, a un costo bajo, por lo tanto liberándolas para otras

actividades de generar dinero. En un trabajo reciente, donde he sido co-autora, yo y mis colegas autores describen los inicios de este proyecto, los otros dos proyectos de desarrollo económico que nosotras iniciamos, lo mismo que otros dos proyectos psicosociales y educativos, uno para niños y niñas y el otro con y para las mujeres de La Asociación de Mujeres Maya-Ixiles – Nuevo Amanecer (ADMI) (Lykes et al., 1999). Este último proyecto fue llamado FotoVoz por las mujeres. El cambio de las realidades históricas crea nuevas oportunidades Los acuerdos de paz firmados por el gobierno guatemalteco y las fuerzas guerrilleras (URNG) en diciembre de 1996 incluyó el establecimiento de una Comisión para el Esclarecimiento Histórico, que complementó el Comité arquidiocesano para la Recuperación de la Memoria Histórica (ODHAG, 1988) y creó más espacios para hablar de la guerra y las múltiples violaciones de los derechos humanos y el trauma sufrido en muchas partes del país. Personal entrenado para entrevistar se dispersaron hacia el interior de Guatemala para registrar los testimonios de sobrevivientes, esperando crear contextos en donde aquellos callados por la guerra podrían hablar de sus realidades y comenzarían procesos complicados de recuperación, reintegración y reconciliación. Algunos chajulenses negaron participar –algunas debido al miedo crónico que sentían, otras debido al personal que entrevistaba porque representaba grupos religiosos ó tendencias políticas que no eran aceptadas o compartidas por ellos. Algunas de este grupo, que incluían algunas mujeres de ADMI, indicaron que la gente que entrevistaba estaba interesada en la violencia que había ocurrido hace algunas décadas, su enfoque no era la violencia del hambre que ellas y sus familias sufrían continuamente en el momento y donde vivían. Ellas expresaron un interés de documentar las experiencias de “la

violencia” y sus efectos en Chajul, para compartir entre sí lo que les había pasado de una manera que les permitiría entender mejor las causas de tal horror, y a desarrollar respuestas hacia la reconstrucción de las comunidades locales. Ellas también buscaron comunicar sus experiencias de horror y sobrevivencia a las generaciones futuras quienes no las vivieron personalmente y aquellos fuera de Chajul que tenían conocimiento general de estos sucesos. De esta manera ellas trataron de “dar testimonio,” ofreciendo espacios para compartir y recuperar a mujeres quienes aún no habían contado sus realidades, lo mismo que recordar su pasado personal como recursos para prevenir la repetición de dicha violencia en el futuro. La existencia de diferencias en las lenguas y la limitada capacidad de leer y escribir, lo mismo que las tradiciones locales de contar historias y dramatizaciones, han contribuido a que las mujeres adopten recursos creativos de los talleres previos. Yo les presenté un proceso desarrollado por Ximena Bunster ‘fotografías hablantes’ (Bunster & Chaney, 1989) y un método de fotografía comunal conocido como “FotoVoz” (Wang & Burris, 1994; Wang, et al., 1996), que ha sido desarrollado en China con mujeres sin educación formal en donde se utilizaron fotografías para influenciar las políticas de educación y salud, locales. Las imágenes visuales no son como las otras formas de comunicación, en la medida en que las cámaras son cada vez más accesibles y las fotografías son universalmente inteligibles y pueden ser medios para facilitar la discusión, documentar experiencias y facilitar análisis crítico de la realidad social y solución de problemas. Nosotras decidimos utilizar una variación de la técnica FotoVoz para contar la historia de las mujeres Ixiles y para documentar y comunicar las realidades de los Ixiles por medio de imágenes y textos que las mujeres de ADMI crearían. Nosotras teníamos

interés en documentar las experiencias de la violencia, desplazamiento y pérdida, descritas anteriormente, y sus efectos entre las mujeres y niños que ahora viven en Chajul y aldeas vecinas. Nosotras adoptamos estrategias de investigación participativa y FotoVoz a las realidades locales, tomando las fotografías como vehículos para reflexión personal y comunal, comenzando en el grupo de participantes y luego, entre círculos que cada vez aumentan más, de mujeres de Chajul y más allá de este pueblo. A través de sus experiencias de “contar sus historias,” de sus fotografías, las participantes han aprendido a poner las imágenes visuales en palabras e igualmente importante es el hecho de que han aprendido a mover de una imagen internalizada y personal, muchas veces desarrollada en un sistema de silencio impuesto por el estado, a un entendimiento compartido de su realidad social desarrollada con otras. El contenido particular de muchas de las fotografías ha facilitado compartir los sentimientos profundamente retenidos sobre la violencia y sus efectos, algunos de los cuales no habían sido socializados en la comunidad. La participación, por lo tanto, ha sido una oportunidad de crecimiento y desarrollo personal a través del compartir historias, donde compararon diversas versiones de sobrevivencia y reconectando y reintegrando la comunidad por medio del desarrollo de una visión compartida hacia una acción conjunta, para el cambio. Ana Caba Mateo, una de las participantes, describe el proyecto de la siguiente manera: El proyecto FotoVoz nos es muy importante porque como su nombre lo explica Foto y Voz integra las fotografías y la voz. La voz explica lo que es la fotografía y lo que significa. Es un camino, un guía que nos da la dirección para la solución de nuestras necesidades como mujeres. Porque a través de las fotografías que

pueden ser leídas en un libro, uno puede ver lo que las mujeres hacen, cómo es la rutina de su trabajo, cuáles son sus necesidades y cuáles son sus problemas. Por medio de las fotografías con las que están trabajando, las mujeres mismas hablan de su realidad... Nosotras las mujeres u otra gente que ha sufrido la violencia estamos recordando, por medio del proyecto FotoVoz, lo que hemos visto o hemos vivido y nosotras estamos estableciendo una memoria de esto. Esto es muy importante porque hay mucha gente joven que ahora está creciendo y no vieron este sufrimiento y porque no lo vivieron, dudan si esto pasó. En contraste, la gente como nosotras, quienes sufrieron y vivieron en carne propia, recuerdan esto muy bien. Así, el entrevistar a la gente quienes lo sufrieron y vieron a sus familiares morir, les ofrece una especie de alivio, porque cuentan lo que sucedió a otra persona. Usted piensa ó siente que al compartir, aquélla persona está preguntando, esperando que la violencia, esta guerra, jamás vuelva otra vez... Este proyecto FotoVoz es nuestra búsqueda de una forma para que la gente de todas partes del mundo nos dé su apoyo para que esta violencia y las masacres que se hicieron jamás vuelva a pasar. Es por esto que este proyecto es de suma importancia para nosotras (Mujeres de FotoVoz/ADMI y Lykes, 2000, p. 103). Comparaciones más allá de Guatemala: Indagaciones del futuro Este capítulo da el bosquejo de los pasos iniciales en un proceso de la reinterpretación de trauma, desde la práctica concreta, con y entre los Mayas sobrevivientes de la guerra y terror patrocinadas por el estado. Este entendimiento se basa principalmente sobre teorías y construcciones desconocidas por los Mayas con

quienes he estado trabajando. En vez de imponer estos marcos en nuestras prácticas, he tratado de usarlos para interpretar los discursos psicológicos dominantes sobre el trauma, en los cuales he sido socializada como estadounidense, de la clase alta, blanca y psicóloga académica. Yo he tratado de crear una estrategia que nos permita, como colaboradores que cruzan las fronteras, de recontar las historias en donde desarrollamos un discurso complejo y de textura áspera que puede ser leída por otros (Ver Mujeres de FotoVoz/ADMI & Lykes, 2000, para un ejemplo concreto de esto). Nuestra práctica de colaboración ha generado espacios en los cuales los sobrevivientes han dado privilegio a su lengua y a sus sistemas de conocimiento por medio de su acceso a recursos que han surgido en el mundo profesional del capitalismo post-moderno, tales como la cámara y la fotografía. A través de este trabajo hemos comenzado a cuestionar los discursos dominantes, en el Triángulo Ixil de hoy, por ejemplo, los discursos de la guerra, la represión militar, la guerra de guerrilla, los nacionalismos Mayas, la represión económica, los papeles tradicionales de las mujeres, y discursos reprimidos, violencia de género, conflictos raciales entre grupos étnicos, y diferencias religiosas. Este no es un proceso simple o directo de “dar la palabra,” pero más bien una exploración colaborativa que está informada por múltiples discursos dentro de la psicología, trabajos de derechos humanos, teoría del desarrollo comunitaria, y las prácticas y los sistemas de conocimiento indígenas de las comunidades rurales Mayas. Mujeres de diversas experiencias de vida han trabajado juntas y han generado prácticas concretas que han sido informadas por y han informado maneras de pensar sobre el trauma y sus efectos particulares y colectivos en Chajul. De esta manera, nosotras estamos desarrollando y documentando formas de responder de algunas mujeres a estas

formas de trauma psicosocial. Es igualmente importante hacer ver que nosotras estamos cambiando las condiciones materiales de algunas mujeres y sus niños y niñas de estas comunidades. Casos similares se pueden derivar de Sudáfrica. Como he sugerido anteriormente, contribuciones teóricas de África del Norte informan una psicología de la liberación e informó a psicólogos comprometidos en el movimiento anti-sectarista de Sudáfrica. Es también significativo que una red local de grupos de ayuda mutua de sobrevivientes, con base en la comunidad, Khulumani, ha contribuido a elevar las voces de sobrevivientes dentro de procesos al nivel nacional, buscando la verdad y reconciliación en Sudáfrica en el período post-1994. El trabajo de los Khulumani (ver Hahn & Segal, 1995; Segal et al., 1997; Hamber et al., 2000) ejemplifica más la construcción social de la sobrevivencia y la naturaleza mediadora de toda la lengua (ver Lykes et al., en prensa, para comparaciones adicionales y discusión de este punto). Es muy significativo notar que a pesar de las diferencias dramáticas culturales y políticas entre Guatemala y el África del Sur, la mayoría de las poblaciones de cada país ha dado voz a sus experiencias de opresión y resistencia, hablando en contra de la represión y la marginalización. Mi trabajo en Guatemala y más recientemente en el Sur de África me ha ayudado a “pensar culturalmente” sobre las experiencias de terror y sobrevivencia y a identificar tres contribuciones teóricas diferentes hacia la reconceptualización del trauma y la recuperación. Primero, al desafiar el enfoque de la psicología tradicional occidental en la identidad individual, “el ser” toma voz y es representado por medio de la historia y en su interacción como inherentemente social. Para hablar de “quién soy,” invoca la familia, la comunidad, la fauna, la lengua, y las tradiciones de uno y la tierra. La subjetividad es

constituida colectivamente y las experiencias aquí resumidas sugieren que él “ser” del Maya ó el Sudafricano negro del área rural se caracteriza como “subjetividad social.” A pesar de que existe una creciente crítica de las teorías occidentales tradicionales del ser que, aunque extensiva (por ejemplo, Gergen, 1991; Hermans & Kempen, 1993; Markus & Kitiyama, 1991; Sampson, 1993), no ha influenciado significativamente las teorías del trauma y sus efectos. El trabajo con los Mayas en Guatemala y entre los negros en Sudáfrica sugiere una conexión que podría desarrollarse productivamente para ampliar dicha crítica. Segundo, además de las funciones comunes del terror, identificadas por activistas de los derechos humanos y escolares, la consideración de las dimensiones simbólicas del terror esclarece la amenaza del terror a la cultura y a la subjetividad social. Este trabajo amplía tanto la dimensión espacial como la temporal sobre las cuales nosotras conceptualismos el terror. Las fuerzas destructivas del terror afectan a la comunidad y a la cultura, no solamente el bienestar interno e individual. Además, el terror no solamente destruye el presente y forza repensar en el pasado sino que amenaza profundamente el futuro por medio de sus efectos destructivos sobre la capacidad de la próxima generación de afirmar aspectos de su vida cultural. La atención a las dimensiones simbólicas del terror es, por lo tanto, crítica para aproximarse al conocimiento de las historias Mayas de victimización y sobrevivencia y contribuye en nuestra teorización amplia sobre el trauma, sus consecuencias y el proceso de curación. Tercero, el trabajo entre las mujeres, niños, y niñas de Chajul lo mismo que el trabajo de otros con familias de prisioneros políticos y negros torturados y asesinados en África del Sur desafía críticamente aquellos que patologizan y medicalizan a los

sobrevivientes de la guerra y la violencia patrocinada por el estado. Si bien algunas de las mujeres participantes en el proyecto aquí descrito u otras en grupos de sobrevivientes en Sudáfrica pueden presentar síntomas característicos que pueden considerarse bajo el criterio de PTSD, este conjunto de reacciones físicas y psicológicas capta solamente una pequeña dimensión de lo que ellas o ellos son y en lo que van a convertirse. Es también importante como Summerfield ha defendido “los síntomas post-traumáticos constituyen no solamente un problema privado e individual pero también una acusación a los contextos sociales que le han dado origen” (1995, p. 26). Los psicólogos que tratan de trabajar en el contexto del trauma psicosocial y su surgimiento tienen que ver más allá de los discursos de la victimización, que predomina en nuestro campo y en nuestra sociedad, deben de participar con los sobrevivientes en trabajos que les permita reconstruir los enlaces sociales y económicos y sus identidades culturales. La recuperación psicológica es hilvanada en la trama de la reparación y la justicia sociales y el tejido resultante es elaborado de las vidas de sobrevivientes y aquellos que trabajan en la higiene mental, quienes tratan de acompañarlos. Es también importante que estos esfuerzos cambian a medida que pasa el tiempo. Ninguno de los sistemas ó estructuras constitutivas sociales o culturales permanecen estáticos. Los ambientes de la pos-guerra limitan, aunque también facilita co-construcciones de nuevas estructuras sociales e identidades sociales. Nuestros trabajos de colaboración como mujeres EstadosUnidenses y Maya Ixiles y Ki´che´s, lo mismo que niños y niñas de Chajul y caseríos vecinos proveen una pequeña muestra de estos procesos que se están llevando a cabo, de recuperación, reintegración, y reparación social.

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