El Sentimiento de los Ciudadanos - Voltaire Extraído de las OBRAS COMPLETAS DE VOLTAIRE - MISCELANEAS IV Traducción: Bárbara Pérez Jaime.

Reseña bibliográfica. Reseña de Beuchot: El Emilio de J.-J. Rousseau había sido quemado en Ginebra, y su autor había sido expulsado con un decreto el 18 de junio de 1762. Rousseau esperó mucho tiempo que algunos compatriotas alzaran la voz en su favor. Después de haber esperado cerca de un año, abdicó el 12 de mayo de 1763 su derecho de burguesía. Fue entonces cuando aparecieron, bajo el nombre de algunos ginebrinos, las Representaciones que fueron impresas, en 1763, con las Respuestas del consejo. Fue el origen de las Cartas escritas en el campo (por J.-R. Tronchin, nacido en 1711, fallecido en 1793, procurador general del Consejo de los Doscientos, y primo del célebre médico), publicadas a partir del mes de noviembre de 1764, con fecha 1765, en octavo, las cuales originaron las Cartas escritas en la montaña por J.-J. Rousseau, 1764, dos partes en octavo. Es contra estas últimas cartas que el Sentimiento de los ciudadanos fue redactado, aparecido en diciembre de 1764, ya que Rousseau habla de dicho texto en su carta dirigida a Du Peyrou el 31 de diciembre de ese año. J.-J. Rousseau, desde el 6 de enero de 1765, envía un ejemplar a Duchesne, su librero de París, rogándole que las reimprima (1). Creía que el opúsculo era de J. Vernes, y había añadido a su reimpresión una carta y notas. Al haber negado Vernes el escrito, Rousseau hizo suprimir su edición, y es bastante difícil de hallar actualmente. Lo había titulado Respuesta a las cartas escritas en la montaña, publicado en Ginebra bajo el título Sentimiento de los ciudadanos. El Sr. A.-A. Renouard es el primero en haber admitido este opúsculo en las obras de Voltaire (tomo XLIII de su edición, publicado en 1821). Conservó allí las seis notas de Rousseau; tienen aquí sus iniciales como firmas. (B). El sentimiento de los ciudadanos (1764) Después de las Cartas en el campo vinieron las de la montaña 1 . He aquí los sentimientos de la ciudad: Sentimos lástima hacia un loco; pero cuando la demencia deviene en furor, lo atamos. La tolerancia, que es una virtud, sería entonces un vicio. Hemos compadecido a Jean-Jacques Rousseau, anteriormente ciudadano de nuestra ciudad, mientras se limitó en París al pobre oficio de ser un bufón que recibía desaires en la Ópera, y el cual se prostituía andando a gatas sobre el teatro de la Comedia. A decir verdad, estos oprobios recaían en algún modo sobre nosotros: era triste para un ginebrino que llegaba a París verse humillado por la vergüenza de un compatriota. Algunos de nosotros lo advirtieron, y no lo corrigieron. Hemos perdonado sus novelas, en las cuales la decencia y el pudor son tan poco cuidados como el sentido común; antes nuestra ciudad sólo había sido conocida por costumbres puras y por obras sólidas que atraían a los extranjeros a nuestra Academia: por primera vez uno de nuestros ciudadanos la hizo conocer por libros que alarman las costumbres, que la gente honrada desprecia, y que la piedad condena. Cuando mezcló la irreligión a sus novelas, nuestros magistrados fueron indispensablemente obligados a imitar a los de París y de Berna (2), donde los primeros
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Se refiere a las Cartas escritas desde la Montaña en 1764 por Rousseau

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lo expulsaron mediante un decreto y los segundos lo echaron. Pero el consejo de Ginebra, cuya justicia todavía escuchaba a la compasión, dejaba una puerta abierta para el arrepentimiento de un culpable perdido que podía volver a su patria y ameritar allí su indulto. ¿Hoy la paciencia no se fatiga cuando él se atreve a publicar un nuevo panfleto en el cual ultraja con furor la religión cristiana, la reformación que él profesa, todos los ministros del santo Evangelio, y todos los cuerpos del Estado? La demencia ya no puede servir de excusa cuando hace cometer crímenes. Por más que dijera ahora: Reconozcan mi enfermedad mental por mis inconsecuencias y mis contradicciones, no sería menos cierto que esta locura lo ha llevado hasta el punto de insultar a Jesucristo, imprimir que "el Evangelio es un libro (3) escandaloso, temerario, impío, cuya moral es enseñar a los niños a renegar de su madre y de sus hermanos, etc." No repetiré las otras palabras, las cuales causan estremecimiento. Él cree disfrazar el horror poniéndolo en la boca de un contradictor; pero no responde en absoluto a este contradictor imaginario. Jamás ha existido alguien que estuviera tan desamparado como para hacer estas infames objeciones y retorcer tan cruelmente el sentido natural y divino de las parábolas de nuestro Salvador. Imaginémonos, añade, un alma infernal que analizase así el Evangelio. ¡Eh! ¿Quién lo analizó jamás así? ¿Dónde está esta alma (4) infernal? La Mettrie, en su Hombre-máquina dice que conoció a un ateo peligroso, del cual relata sus raciocinios sin refutarlos. Vemos bastante claramente quien era este ateo (5); ciertamente, no está permitido mostrar semejantes venenos sin presentar el antídoto. Es verdad que Rousseau, en este mismo lugar, se compara con Jesucristo con la misma humildad con la que dijo que deberíamos alzarle una estatua. Sabemos que esta comparación es uno de los arrebatos de su locura. ¿Pero una locura que blasfema a este punto puede tener otro médico que no sea la misma mano que hizo justicia ante sus otros escándalos? Si creyó haber pertrechado en su estilo oscuro una excusa para sus blasfemias, atribuyéndoselas a un delator imaginario, no puede haber ninguna excusa para la manera en la que habla de los milagros de nuestro Salvador. Claramente dice, bajo su propio nombre (6): "Hay milagros en el Evangelio que no es posible tomar al pie de la letra sin renunciar al sentido común;" ridiculiza todos los prodigios que Jesús se dignó a hacer para establecer la religión. Todavía reconocemos aquí su demencia al llamarse cristiano cuando él mismo socava el primer fundamento del cristianismo; pero esta locura solamente lo hace más criminal. Ser cristiano y querer destruir el cristianismo no es propio solamente de un blasfemador, sino también de un traidor. Después de haber insultado a Jesucristo, no es sorprendente que ultraje a los ministros de su santo Evangelio. Califica a una de sus profesiones de galimatías, término bajo y coloquial que significa “desatino”. Compara la declaración de ellos con los alegatos de Rabelais 2 (7): No saben, dice, ni lo que creen, ni lo que quieren, ni lo que dicen. "No sabemos, dice en otro lugar (8), ni lo que creen, ni lo que no creen, ni lo que fingen creer." He aquí, pues, que los acusa de la más oscura hipocresía sin la menor prueba, sin el menor pretexto. Así es como trata a los que perdonaron su primera apostasía, y que no tuvieron la menor participación en el castigo de la segunda, cuando sus blasfemias, esparcidas en una mala novela, fueran entregadas al verdugo. ¿Hay un solo ciudadano
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François Rabelais (1494-1553) escritor, médico y humanista francés.

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entre nosotros que, pesando a sangre fría esta conducta, no se sienta indignado hacia el calumniador? ¿Le es permitido a un hombre nacido en nuestra ciudad ofender a este punto a nuestros pastores, entre los que la inmensa mayoría son nuestros parientes y nuestros amigos, y los que son algunas veces nuestros consoladores? Consideremos quién los trata así: ¿es un sabio quien disputa contra los sabios? No, es el autor de una ópera y de dos comedias silbadas. ¿Es un hombre de bien quien, engañado por un falso celo, hace reproches indiscretos a hombres virtuosos? Confesamos con dolor y ruborizándonos que es un hombre que todavía lleva las marcas funestas de sus desenfrenos, y que, disfrazado de saltimbanqui, arrastra con él de pueblo en pueblo, y de montaña a montaña, a la desgraciada de cuya madre él causó la muerte, y de la cual abandonó sus niños en la puerta de un hospital rechazando los cuidados que una persona caritativa quería tener de ellos, y abjurando todos los sentimientos de la naturaleza, de la misma forma en que despoja los del honor y la religión (9). ¡Es pues éste el que se atreve a dar consejos a nuestros conciudadanos (pronto veremos cuales consejos)! ¡Es pues éste el que habla de los deberes de la sociedad! Por cierto no cumple estos deberes cuando, en el mismo panfleto (10), traicionando la confianza de un amigo (11), hace imprimir una de sus cartas para enemistar entre sí a tres pastores. Es aquí donde se puede decir, con uno de los principales hombres de Europa, de este mismo escritor, autor de una novela sobre la educación que, para educar a un hombre joven, hay que empezar por haber sido uno mismo bien educado (12). Vayamos a lo que particularmente nos interesa, a nuestra ciudad, la cual él quisiera conmocionar, porque allí fue reprendido por la justicia. ¿Con qué intención da él cuenta de nuestras inquietudes adormecidas? ¿Por qué despierta nuestras antiguas disputas y nos habla de nuestras desgracias? ¿Quiere que nos degollemos (13) porque se ha quemado un mal libro en París y en Ginebra? Cuando nuestra libertad y nuestros derechos estén en peligro, los defenderemos bien sin él. Es ridículo que un hombre de su especie, quien ya no es más nuestro conciudadano, nos diga: "Ustedes no son ni espartanos (14), ni atenienses; ustedes son mercaderes, artesanos, burgueses, ocupados en sus intereses privados y en su ganancia." No éramos otra cosa cuando resistimos a Felipe II y al duque de Saboya (15); hemos adquirido nuestra libertad por virtud de nuestro coraje y al precio de nuestra sangre, y la mantendremos de la misma forma. Que deje de llamarnos esclavos, jamás lo seremos. Él llama tiranos a los magistrados de nuestra república, los cuales son elegidos por nosotros mismos. "Siempre hemos visto, dice (16), en el consejo de los doscientos, pocas luces, y todavía menos coraje." Busca, mediante una acumulación de mentiras, excitar a los doscientos contra el pequeño consejo; a los pastores contra estos dos cuerpos, y por fin a todos contra todos, para exponernos al desprecio y a la risotada de nuestros vecinos. ¿Quiere animarnos ultrajándonos? ¿Quiere derribar nuestra constitución desfigurándola, de la misma forma que quiere derribar el cristianismo, de lo cual se atreve a hacer su profesión? Basta con advertir que la ciudad que desea perturbar lo desaprueba con horror. Si creyó que desenvainaríamos la espada por la novela Emilio, puede añadir esta idea a la lista de sus ridiculeces y sus locuras. Pero hay que hacerle saber que si bien se castiga ligeramente a un novelista impío, a un vil agitador se lo castiga con la pena capital (17). FIN DEL SENTIMIENTO DE LOS CIUDADANOS.

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NOTAS Nota_1 " Môtiers, 6 de enero de 1765. "Le envío, señor, una pieza impresa y publicada en Ginebra, y ruego a usted imprimirla y publicarla en París, para permitir al público oír ambas partes, a la espera de las otras respuestas más fulminantes que están siendo preparadas en Ginebra contra mí. Ésta es del Sr. Vernes, ministro del santo Evangelio, y pastor en Séligny; la reconocí primeramente por su estilo pastoral. Si, no obstante, me equivoco, sólo habrá que esperar para tener la certeza: porque, si es el autor, no dejará de reconocerla en voz alta, siguiendo el deber de un hombre de honor y de un buen cristiano; si no lo es, la negará, y el público sabrá pronto a qué acogerse. "Conozco a usted lo suficiente, señor, para creer que usted desearía imprimir una pieza semejante si ella llegara a usted de otra mano. Pero, ya que soy yo quien le ruega que la imprima, no debe usted tener ningún escrúpulo. Saludo a usted de todo corazón. "Rousseau." Nota_2 Fui expulsado del cantón de Berna sólo un mes después del decreto de Ginebra. (J.-J. R.) Nota_3 Cartas escritas de la montaña, 1ª parte, carta 1ª, páginas 59-60 de la edición original. (B). Nota_4 Parece ser que el autor de esta pieza podría responder mejor que nadie a su pregunta. Ruego que el lector no deje de consultar, en el lugar que él cita, aquello que precede y aquello que sigue. (J.-J. R.) Nota_5 Se trataba del mismísimo La Mettrie. Nota_6 En una nota de la tercera carta de la primera parte, página 148 de la edición original. (B). Nota_7 Primera parte, segunda carta, página 81. Nota_8 Ibid., página 82. Nota_9 Quiero hacer con sencillez la declaración que parece exigirme este artículo. Jamás ninguna enfermedad de aquellas a las que se refiere aquí el autor, ni pequeña, ni grande, ha mancillado mi cuerpo. La enfermedad que padezco desde que nací no tiene la menor relación, como lo saben las personas todavía vivas que me cuidaron durante mi infancia. Esta enfermedad es conocida por los señores Malouin, Morand, Thierry, Daran, y el hermano Côme. Si se encuentra allí la menor marca de desenfreno, les ruego que me desenmascaren y que me hagan avergonzarme de mi divisa. La persona decente y estimada por casi todos que me cuida en mis dolores y me consuela en mis aflicciones es desgraciada sólo porque comparte la suerte de un hombre muy desgraciado; su madre está actualmente llena de vida y goza de buena salud, a pesar de su vejez. Jamás he abandonado ni he hecho abandonar a ningún niño en la puerta de un hospital ni en ningún otro lugar. Una persona que hubiera tenido la caridad de la que se habla habría tenido también la de guardar el secreto, y cada uno percibe que no es Ginebra, donde jamás he vivido, y desde donde tanta animosidad se difunde contra mí, el lugar del cual se deba esperar recibir informaciones fieles sobre mi conducta. No añadiré nada más sobre este pasaje salvo que, a diferencia del asesinato, me hubiera gustado más hacer aquello de lo cual el autor me acusa que haber escrito algo semejante. (J.-J. R.) Nota_10 Nota de la tercera carta, página 129. Nota_11 Creo que debo advertir al público que el teólogo que ha escrito la carta de la cual he dado un extracto no es, ni jamás ha sido, mi amigo; que sólo lo he visto una vez en mi vida, y que no hay ninguna cosa, ni para bien ni para mal, que deba ser

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desenmarañada con los ministros de Ginebra. Esta aclaración me pareció necesaria para prevenir aplicaciones temerarias. (J.-J. R.) Nota_12 Todo el mundo convendrá, pienso, con el autor de esta pieza en que él y yo no hemos tenido la misma educación, de la misma forma que tampoco tenemos la misma religión. (J.-J. R.) Nota_13 Podrá verse en mi conducta los sacrificios dolorosos que hice para no perturbar la paz de mi patria y, en mi obra, la fuerza con la cual exhorto a los ciudadanos a no perturbarla jamás, sin importar el extremo al cual pudieren ser reducidos. (J.-J. R.) Nota_14 Carta 9ª, 2ª parte. Nota_15 Ver tomo XII. Nota_16 Carta 7ª, 2ª parte, página 59. Nota_17 En la reimpresión hecha por orden de J.-J. Rousseau, pero no bajo su supervisión, se había añadido lo que sigue: "Post-scriptum de una obra de los ciudadanos de Ginebra, titulado Respuesta a las Cartas escritas en el campo. "Ha aparecido, desde hace algunos días, un folleto de ocho páginas en 8°, bajo el título Sentimiento de los ciudadanos; nadie lo ha creído. Sería impropio de los ciudadanos justificarse a sí mismos ante semejante producción. Conforme al artículo 3 del título xi del edicto, lo arrojaron al fuego como un infame panfleto. " Este agregado había sido mal ordenado e impreso con el propósito de hacer creer que formaba parte de la obra. (B).

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