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GABRIEL PAZ

GABRIEL PAZ

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Gabriel Paz sube hasta la cima del cerro para ver la playa desde arriba y darse cuenta de que su casa es la última en recibir la luz del sol.
Gabriel Paz sube hasta la cima del cerro para ver la playa desde arriba y darse cuenta de que su casa es la última en recibir la luz del sol.

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Published by: Hugo Aurelio González-Gámez Rimada on Oct 28, 2011
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10/28/2011

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El hastío se apoderó de Gabriel Paz cuando al fin logró subir la pendiente.

El empedrado estaba helado bajo las suelas de sus zapatos y las casas aún en penumbras ante la claridad del amanecer sin sol, estaban como expectantes; el humo negro de las ladrilleras se veía recorriendo la bahía atenuándose a cada centímetro. Todo era silencio. Sólo se escuchaban los pasos de Gabriel Paz que subía por la calzada, y a lo lejos, el rumor del mercado, el muelle sin barcos y el zumbido del faro de luz blanca y azul. Acá arriba no se escuchaba el susurrante bramido del mar. Al llegar a la cima, Gabriel Paz giró sobre sus pies y se detuvo a contemplar aquello. Era lo mismo de siempre, pero abarcando todo con una sola mirada.

Sintió los primeros fulgores de sol golpeando su cabeza y tuvo un pensamiento lleno de resentimiento. Miró hacia abajo, al pie del cerro y vio su casa, aún en la penumbra, con el foco de la entrada apagado, como siempre, bordeada por las labores del drenaje pluvial. Si sus cálculos no fallaban, en una hora o más podría constatar que su casa era la última en recibir los rayos del sol.

Conforme pasó el amanecer, el cual no se atrevió a contemplar de frente, la vida fue resurgiendo de su letargo. Los gallos cantaron aquí y allá, en una continua

sucesión mientras la luz iba iluminando cada resquicio de la falda de la montaña. La gente salió de sus claustros y se dispuso a trabajar; al poco rato no serían otra cosa que hormigas en torno al centro, donde estaba el palacio municipal y el mercado de Las Bugambilias. El nuevo muelle, que parecía vacío, comenzó a izar sus velas y en un santiamén ya estaba envuelto de blancas cortinas dispuestas para la pesca. Un buque mercante se veía a lo lejos en el horizonte perseguido por las gaviotas y los pelícanos. Todavía faltaba una hora para que los niños salieran a sus escuelas. El muchacho del periódico ya debía estar cerca de su casa. Ahí estaba. Esta vez dejó el diario sobre la maceta más grande. Era una suerte el que lo hubiera visto desde acá: ya no tendría que buscarlo por enésima vez. Observó salir a todo el mundo a la hora prevista, en el instante justo y con los movimientos de siempre. Contempló el carruaje del gobernador y cómo sus caballos iban llenando de heces el pavimento nuevo del centro. El Barrio del Candelabro ostentaba las calles más limpias y ordenadas,

mientras que el de los obreros sin empleo continuaba encenagado y sudoroso. Desde aquí se podía distinguir el humo negro de las moscas rebosantes de gusto.

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La única sensación que se apoderaba de él en esos instantes era el hormigueo bajo sus pies. Sentía como si un volcán estuviera a punto de nacer en su presencia. Quizás lo podría observar desde aquí: la tierra se abriría unos metros más abajo y sus violentos escupitajos arrasarían con todo el pueblo, sepultándonos a todos bajo toneladas de lava. No tendríamos a dónde correr. Sólo al mar que estaría en su punto de ebullición. Toda esta gente moriría sin más remedio. Sería una estampa horrible el verlos tan seguros de sí mismos antes de la catástrofe en sus labores de siempre, tan progresistas, y después su desesperación al saberse perdidos.

Casi sintió un escalofrío de triunfo al imaginarlo. Sin embargo, el pueblo seguía ahí. De hecho, ya era una ciudad. La gente pululaba haciendo el tedio casi tangible. Ya tenían problemas sindicales, había robos, ultrajes, vicios, mujeres de la calle y hasta club de travestidos. ¿Qué más podían pedir? No eran más que lo mismo de todas las ciudades.

Ya el centro tenía rayos de sol, ya la colonia marginal de Los Canarios estaba fuera de la sombra que proyectaba el cerro, ya la ciudad entera disfrutaba del calorcito matinal. Todo estaba dentro de lo esperado. Las solteronas de negro seguían su ruta de siempre a las iglesias. Había mucha gente en la Funeraria del Rey, quizás haya muerto alguna persona importante, pensó Gabriel Paz, es muy temprano. El sol seguía sin rumbo fijo su labor ahora: Los mismos levantamientos en el suelo del pueblo hacían crecer muchas sombras, pero todo seguía el curso previsto. Así, mientras la vida

resurgía de entre los oscuros recovecos de la noche, mientras las muchachas de uniforme salían muertas de risa de sus casas, mientras el gobierno mandaba sin hacer nada y el pueblo obedecía con carisma y regocijo, un hombre miraba su casa consumida por las tinieblas de la soledad, y lloraba.

Ahora era el silencio de su desamparo lo que imperaba sobre el murmullo general, sin embargo el ruido de una puerta con goznes crujientes lo sacó de su embeleso. Una señora menudita, toda de prisa, salía a barrer el polvo de su banqueta. Gabriel Paz se recompuso disimuladamente e hizo como si fuera a emprender la marcha fingiendo interés por última vez en el panorama de la bahía. Algo llamó su atención: Un muchacho flaco y tostado de luz corriendo con su perro a lo largo de la playa, y una mujer que decía adiós en la lejanía, encaramada sobre el pequeño
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andamio en forma de muelle a la orilla que había sido usado por los antiguos pescadores y que ahora usaban los bañistas como trampolín. Gabriel Paz hizo una pantalla de sombra sobre su frente para enfocar, ya que por un momento no pudo dar crédito al hecho de que alguien le saludara desde tan lejos. -Es la loca de la playa. – Se escuchó una voz entrecortada.

La voz era del cartero que venía pedaleando lentamente sobre la banqueta para no ser zangoloteado por las ruedas de su bicicleta tropezando sobre el empedrado. Gabriel Paz giró su cintura sorprendido para verlo acabando de subir desde el otro lado de la colina visiblemente cansado, de ahí su respiración quebrada. -Pero, ¿a quién saluda? – Inquirió Gabriel Paz. -Al pueblo. – Contestó la señora de la escoba sin dejar de barrer, pero con tono de chisme. – Es un sarcasmo para con todos después de que les quitaron las lanchas a sus hijos.

Al volver la mirada hacia la playa, Gabriel Paz sintió cómo el cartero se detenía junto a él para contemplar la escena. Era una mujer enorme. Traía puesto un vestido de una sola pieza con un estampado que desde acá era indistinguible pero definitivamente alegre. El hecho de que detrás de ella estuviera el mar sin olas,

iluminado sin reflejos, le prestaba un aire lozano que parecía sobrenatural. Meneaba todo su cuerpo con una gracia que recordaba a un pato de descomunal tamaño al tiempo que ondulaba su brazo para saludar a todos. Aún así, Gabriel Paz tuvo la impresión de que la mujer le saludaba explícitamente a él y, sintiendo una irradiación de alegría, devolvió el saludo con un júbilo que le llegó inesperadamente desde lo más hondo de su corazón.

La loca pareció ondular su brazo con más ánimo, y justo en ese momento el perro que venía por la playa subió al pequeño muelle ladrándole a la mujer quien obviamente espantada dio un giro pero, al no tener a dónde salir corriendo, comenzó a moverse casi brincando sin control hasta que sus pies quedaron enredados entre las amarras olvidadas de las lanchas incautadas a los pescadores y, después de tropezar
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con ellas, cayó al agua y quedó colgando aún atada de pies ante la mirada aterrorizada de los que veían la estampa desde lo alto de la montaña. -¡Se va a ahogar! -Gritó Gabriel Paz. – Jacinto, présteme su bicicleta.

El tono de súplica tan apremiante no le dejó opción al cartero, quien solamente tuvo margen para reaccionar y desgajar del manubrio el morral con la correspondencia del día. Gabriel Paz, quien hacía años no se subía a una bicicleta, tuvo problemas para montarse y comenzar a andar, pero una vez que encontró el balance, se dejó llevar por la pendiente de bajada. Conforme descendía, estaba cada vez más

convencido de que, a pesar de ir sobre ruedas, no iba a poder llegar a tiempo para ser de alguna ayuda. La playa estaba demasiado lejos y, aunque la calle sólo tenía un giro a la altura del tajo para llegar directamente al océano, sabía que tendría que dejarse engullir por el mercado que estaba comenzando a atiborrarse de gente.

No lo lograría. Decidió rodear el mercado por la calle de las bodegas y pronto se dio cuenta de su error: Las carretas y camionetas repletas de abarrotes estaban todas en medio de su pasada. Estuvo a punto de dejar la bicicleta tirada y filtrarse por encima de los toldos, las capotas y las cajas, pero alcanzó a vislumbrar un pequeño sendero que se abría por entre todo aquel desorden. Atravesó a toda velocidad y casi atropelló a dos cargadores y a una mula. Cuando al fin salió de la zona del mercado,

se coló por debajo del vado para no volverse los cien metros que había entre él y el puente del centro. En resumen, todo el trayecto desde la cima de la montaña hasta la playa, le tomó un poco más de 5 minutos.

Cuando llegó a donde la caída había ocurrido, el muchacho dueño del perro ya había sacado a la mujer del agua, pero no lo suficientemente rápido: Estaba tratando de reanimarla con técnicas de salvavidas. La mujer era blanca y, toda mojada como estaba, parecía recién lavada con lejía. Un pálido manatí que más que sirena parecía ballena asesina. Gabriel Paz se puso de rodillas preguntando cómo podía ayudar.

-Está bien, pero vaya por una ambulancia.– Le espetó el joven con lágrimas en los ojos.

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Ahora con la esperanza de que la mujer podría no morir, nuevamente Gabriel Paz escaló el pedal de la bicicleta del cartero para subirse y salir disparado como un dínamo. Sabía que el camino regular hasta el hospital estaba colmado de transeúntes porque la Funeraria del Rey así lo estaba, pero no le importó. Después de su franqueo del mercado, estaba convencido de que podría abrirse paso con facilidad. Atravesó gritando permiso a los dolientes justo cuando el cuerpo de Sebastián Antunes, forrado en un precioso ataúd de cedro blanco, estaba siendo trasladado a la carroza. Supo inmediatamente quién había muerto porque vio a Doña Pilar en solitario haciendo compañía al cortejo en primer lugar.

La gente se detenía encrespada ante el paso de Gabriel Paz en bicicleta. Todos daban pequeños brincos de sorpresa hacia los lados al tiempo que abrían un sendero. Aún así, ni siquiera se percataron de quién era el que gritaba hasta que lo vieron alejándose al fin en libertad, como escupido por la masa, con rumbo del hospital. Cuando hubo llegado, dos cuadras más adelante y ante los ojos de todos, Gabriel pegó un brinco desde el velocípedo todavía en marcha y, aprovechándose de la inercia que su viaje llevaba, siguió su camino corriendo hasta perderse al atravesar la puerta de urgencias. La gente apenas comenzaba a salir de su pasmo para reacomodarse en la procesión, cuando la única ambulancia del hospital salía en desenfreno con rumbo de la playa cortando camino con el jaleo de su sirena y con Gabriel Paz detrás, nuevamente montado en la bicicleta, agarrado con una mano del manubrio y con la otra del mango de la portezuela posterior.

Llegaron en poco más de un minuto a la playa. La víctima estaba inconsciente pero estable. Los paramédicos la despertaron con remedios que Gabriel Paz no pudo identificar, pero ya era un hecho que, en apariencia, todo iría bien tan pronto recibiera atención en el hospital.

Poco después, Gabriel Paz dio un respiro profundo cuando la ambulancia se fue sin él, y gradualmente, conforme los segundos pasaban y la normalidad golpeaba otra vez su espíritu, volvió nuevamente a ser él -justo en ese momento y en ese lugar- en medio de la playa prácticamente desierta, frente a un hombre con su perro que lo miraban con ojos exhaustos, en posesión de una bicicleta que no le pertenecía y con

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una necesidad urgente de devolverla a su dueño y regresar al oscuro refugio de su casa lo más pronto posible.

Regresó sin montarse a la bici. La llevaba rodando sostenida con sus manos, mientras caminaba junto a ella. Decidió no tomar ninguno de los rumbos que había usado para llegar hasta la playa pues no quería ser visto esta vez. Caminó

paralelamente a la orilla del mar por el malecón, alejándose lentamente de todos, mirada clavada en el pavimento con mucha pesadez y sin pensar. Y precisamente antes de llegar a la zona hotelera, viró a la izquierda para cruzar el Barrio del Candelabro por la avenida central, la única calle de la colonia que era recta. Al llegar al final de las casas mejor valuadas de la ciudad llegó a la falda del cerro casi por el lado opuesto de donde estaba su casa. Tomó el Paseo del Redondel, ahora sí encaramado en la bicicleta para apurarse un poco y, rodeando la montaña, llegó a su casa, donde lo esperaba Jacinto con su valija de correspondencia y sus cartas de hoy.

Gabriel Paz sintió una presión en el pecho producida por la mirada inquietantemente deslumbrada del cartero. Apenas pudo creer el hecho de haber

estado tan preocupado por devolver la bicicleta después de ver cómo Jacinto la recibiera sin siquiera verla y agarrándola débilmente para desvivirse en un mar de preguntas acerca de su aventura para salvar a la loca de la playa. Lo pudo creer menos aún cuando se enteró que el mismo Jacinto y la señora de la escoba se habían quedado a la orilla de la carretera de Cumbres para verlo en su carrera y que, al poco rato, una muy buena parte del barrio ya estaba siendo parte de la expectación.

Con el humor que lo embargaba, Gabriel Paz no pudo contestar una sola de las preguntas que le eran hechas por Jacinto, aunque de todos modos no lo hubiera tenido que hacer, puesto que era el cartero quien en realidad estaba empeñándose por hacerle saber los detalles de cómo todo se había podido distinguir desde allá arriba con prácticamente la misma intensidad y vivacidad que un locutor de radio al narrar un partido de béisbol. Todo lo que Gabriel Paz quería en ese momento era entrar en su casa. Encerrarse. Dejar las luces apagadas hasta el crepúsculo, quedarse sentado sobre el sillón de su sala y apoyar los brazos y el mentón sobre su pecho escuchando el eterno bombear de sangre a través de sus venas por sobre el murmullo de la radio casi sin volumen.
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Sin embargo justo en ese momento, cuando parecía que Gabriel podría al menos sentarse y mecerse somnoliento bajo su propio cobertizo, una vibración que le hizo recordar el volcán de sus elucubraciones inconscientes de la mañana se escuchó por encima de ellos. Tuvo que sacar su cabeza de la arcada con un estremecimiento demasiado familiar, pero que inesperadamente ahora no era de triunfo sino de verdadero pavor pues, en su mente, se había hecho a la idea de que por encima de sus cabezas la roja caldera de su evocación matinal estaba a punto de comenzar su estrepitosa aparición.

Pero no. Gabriel Paz quedó sumido en un ensimismamiento funesto y obtuso cuando al fin dio crédito a lo que sus ojos le permitían ver sin creer. Era gente. Un alud de gente que venía bajando lentamente por la calle empedrada que él mismo había remontado temprano en la mañana a pie para contemplar su soledad sin él. Amas de casa y maridos, niños y niñas, el cura de la iglesia, las solteronas de negro, toda la gente de las colonias de más arriba. Todos venían con rumbo de la casa de Gabriel Paz quien ahora tenía una urgencia casi incontrolable de salir huyendo y no volver jamás. Todos venían con regalos, con comida, con veladoras encendidas a pesar del sol húmedo de las once. Todos traían consigo imágenes de los santos y estatuillas de vírgenes de diferentes lugares. Todos lo vitoreaban con murmullos y palabras honestas. Todos lo querían y se vanagloriaban de ser su amigo a pesar de su sabido hermetismo. El señor Paz me dio los buenos días en una ocasión, dijo alguien. A mí me ayudó a cargar un ropero, se oyó otra voz. Después comenzaron a dirigirse a él explícitamente: Señor Paz, queremos que sepa que es un honor contar con gente como usted en estos rumbos. Señor Paz, dijo una señora: para sus manos. Le estaba tendiendo unos guantes tejidos a mano con estambre dorado, pero Gabriel Paz apenas pudo reaccionar para asirlos.

Todos se habían puesto de acuerdo sin proponérselo y llegaron al mismo tiempo, si bien Gabriel Paz sabía que pronto llegarían más. Lo supo cuando vio a Jacinto tomar su bicicleta y salir disparado con rumbo de las oficinas del periódico tratando de imitar su estilo al pedalear. Lo supo cuando otros chiquillos comenzaron a correr en desparrame comandados por una señora que les había dicho que llevaran las noticias a todo el mundo. Lo supo cuando los vendedores de paletas de hielo y las fritangas comenzaron a instalarse frente a su casa y él todavía no había acabado
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pacientemente de recibir siquiera a la mitad de las personas que esperaban turno para estar un rato con él. Cuando el sol de mediodía derramaba una lluvia de luz tan

infernalmente intensa que pronto todo el mundo se las había ingeniado para agenciarse una sombrilla. Todos querían ver a Gabriel Paz. Todos querían estar con él, y poco o nada se podían imaginar siquiera que todo lo que Gabriel Paz deseaba en ese momento era no haber contemplado el devenir de las acciones del pueblo en general para no haber sabido cómo llegar a la playa tan rápidamente, deseaba no haber visto a la loca, deseaba haber sido lo suficientemente cruel e inmoral como para quedarse a ver cómo la mujer moría ahogada, anhelaba no haber subido a la cima de la montaña temprano esa misma mañana, porque ahora no sentía el nudo en su garganta de saberse tan solo, sino de saberse tan indefensiblemente acompañado.

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