De ida y vuelta

Entre matadores de toros René G. de la Vega Un hombre a mallas se perfila con su espada y la entierra en el lomo de un toro; se acerca con sigilo para confirmar su muerte. Mientras, recibe la ovación de miles. Todos, inspirados, agitan sus pañuelos blancos. Efectivamente, el animal aun no ha muerto. Está agonizante; a penas respira; agota sus últimos suspiros para aferrarse a la vida. El hombre se acerca con una puya corta para descabellar al animal. El público aplaude acaloradamente. El animal ha muerto. Mi reacción ante estas imágenes es de aversión. De repugnancia. Desolación por un mundo tan horrendo en el que los individuos matan animales por diversión. Emito juicios para condenar esos actos y a las personas que los comenten. Uno de ellos me comenta que está siguiendo una tradición. Que las tradiciones son sagradas. Me dice que cómo podemos ir en contra de las tradiciones si éstas son las que dan sustento a nuestra identidad. Le contesto que es cierto. Que efectivamente hay muchas tradiciones que juegan un papel relevante. Como la comida o la lengua; como el té a las cinco de los ingleses o el pan de muertos. Tradiciones hay muchas. Pero muchas de ellas no vale la pena mantenerlas vivas. Que en la historia hemos dirigido muchos esfuerzos para erradicar, con base en leyes y en el respeto a ciertos valores humanos, las peores que hemos encontrado. Le digo que el machismo es tan tradicional como lo fue quemar herejes en la hoguera. Que lo mismo eran los sacrificios humanos en la época prehispánica, como el hincar a las mujeres en casa hace algunos años. Que hay muchas clases de tradiciones, pero que por el simple hecho de ser una tradición no significa que tengamos que respetarla, aceptarla o venerarla. Él entiende. Pero replica que no sólo es una tradición, sino que también es arte. Que es una actividad artística que ha sido plastificada incluso por hombres tan ilustres como Picasso y Goya. En este punto accedo y pienso que la muerte puede inspirar algún tipo de actividad artística. Sin embargo, le hago ver que no todo lo que tiene valor artístico, necesariamente, tiene valor justificativo. Le recuerdo al artista costarricense Guillermo Vargas que dejó morir a un perro de inanición como expresión artística. También le recuerdo a la “artista de la SS” Ilse Koch, que en los campos de concentración nazis escogía presos con tatuajes para que fueran sacrificados y desollados, y ella confeccionara bellas lámparas de pie con la piel marcada. Lo trato de convencer y le digo que en estos casos, puede ser que el producto haya tenido un cierto valor estético y artístico, que el perro moribundo haya cumplido su labor de enviar el mensaje plasmado en él, y que las lámparas hayan sido de una belleza extraordinaria, pero, aún así, sigo pensando que estos casos, como la fiesta brava, se tratan de acciones moralmente reprochables. En su último intento, me replica que si prohibimos la fiesta brava, entonces, porqué no también prohibimos el consumo de carne roja. Al fin y al cabo esa se consigue matando animales. Le comento del peligro de su argumento. Le hago ver que quiere reducir al absurdo la defensa de los animales. Como si de una pendiente resbaladiza se tratara: si estoy en contra de la fiesta brava, entonces, debo estarlo también de que se maten

animales para que la raza humana subsista. Y vuelvo a las distinciones. Le digo que si los animales que pierden la vida para que podamos subsistir fueran aniquilados para divertir a unos cuantos que gozan de ver sangre, sufrimiento y muerte, su argumento cobraría algún sentido. Sin embargo, los dos sabemos que no es así. Le digo que no es lo mismo justificar la muerte de un animal para comer, que justificar su muerte con el divertimento de unos cuantos. Y claro, le digo que esto se extendería hacia otras actividades como la caza deportiva. Al final le pregunto: Matador ¿realmente tenemos que aceptar la práctica de algo éticamente incorrecto por que es tradicional o bello?

gonzalezdelavega@yahoo.com

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