You are on page 1of 20

Año tres Número dieciséis Veinte pesos

Trinchera
E l cabo se acurrucó en un rincón. Estaba oscuro. La sensación del
casco polvoriento, que ahora descansaba en el suelo, el ardor de los
callos de los pies, abiertos y pululantes de sanguaza, el escozor en axilas y
pubis, repletos de piojos, le impedían dormir. El frío calaba su mugrienta
humanidad y la chaqueta militar era un guiñapo.
Repetidas veces cerró los párpados. Transitó de la negrura
exterior a la de su mente, sin captar un objeto claro, confortante. Se rascó
la cabeza tiñosa. Con inesperada nitidez recordó cómo el soldado del
primer escuadrón cortaba el cuero cabelludo a un infeliz. En el espacio de
la trinchera se dibujaron imágenes de aquellos sesos blancuzcos, despa-
rramados sobre el rostro o adheridos a la hoja del cuchillo. Después,
volvió el negro. Las náuseas.
Se reclinó, para calmarse, contra el muro. Las sienes le punzaban
y un temblor le sacudía el pecho. Otro militar, de rango indefinido, ocupó
su memoria: con el cañón de la pistola clavado en la nuca, obligaba a una
mujer que había ignorado el toque de queda, a succionar, postrada, el
miembro; ya complacido, accionó el disparador. La ráfaga tiñó los
uniformes de rojo. De nuevo, las tinieblas.
Frenético, buscó un cigarro en el bolso raído del pantalón. Sintió
alivio. Lo extrajo. No contaba con cerillos. Desesperado, comenzó a
codear un bulto tendido junto a él. Ordenó, atragantándose con su propia
voz: “Dame lumbre”. La masa cobró movimiento, se acuclilló. La luz
cimbró al cabo como un proyectil que acertara en el blanco. Adaptadas las
pupilas al resplandor, reconoció la detestable silueta. El paro cardíaco fue
automático. El enemigo lo lamentó. Le hubiera gustado encenderle el
cigarro.

Adrián Curiel Rivera (Ciudad de México, 1969). Es doctor en Literatura Española e Hispanoamericana por la
Universidad Autónoma de Madrid. Su novela más reciente es A bocajarro (CNCA, 2008).
El protectorado germano-japonés

Para mi padre, Jacobo Moreno.

U n grupo de eminentes
abogados juarenses,
simpatizantes de Hitler, redactó
rado germano-japonés en
América.
La carta dirigida al
Como el sobre expelía un extraño
aroma, el agente decidió metérse-
la al bolsillo como un souvenir de
en 1940, en plena Segunda Guerra Führer se extravió antes de llegar guerra, sin tomar en cuenta que
Mundial, la primera carta a su destinatario y cayó en las por ese acto podía ser enjuiciado
separatista que se tenga memoria. manos del coleccionista Ehud en una corte marcial.
El objetivo nunca pareció Cohen. La Universidad de Kansas Por la tarde, sentado en el
descabellado para las mentes de se interesó por la valiosa reliquia. retrete, después de una larga
estos abogados de buenas Cohen aceptó venderla después jornada de trabajo, se acordó de la
familias y padres intachables, e de años de negociaciones con una carta y la extrajo de su bolsillo, un
incorruptibles como profesionis- condición: la carta tenía que ser poco estrujada, como si fuera un
tas y ciudadanos. exhibida en un recinto que se vulgar papel periódico, absorbió
La carta es un exhorto y llamase ex profeso El museo de la su aroma, que no era más que
una súplica lastimera. Ningún infamia. Para disuadir a Cohen, esencia de gobernadora, y tras
lector sensato podría pasar del tuvo que entrar al quite el senador considerar que realmente no
exordio. Cuando menos, le daría Bob Dole, ex alumno de dicha valdría la pena conservarla,
un poco de vergüenza ajena. El universidad. Finalmente, la decidió usarla como papel
grupo sesionó en el Casino de transacción se cerró el 24 de enero higiénico.
Ciudad Juárez el 20 de abril, a las de 1995, por una cifra desconoci- Ha pasado más de una
11:00 de la noche, fecha del da pero exorbitante. década y la carta sigue exhibién-
cumpleaños 51 del Führer. La De la carta dirigida al dose en la Kenneth Spencer
redactaron en dos idiomas, con emperador nada se sabe, aunque Library, de la Universidad de
igual contenido: en alemán y en se especula que cayó en las manos Kansas. Los visitantes pueden
japonés. Una compañía de de la persona equivocada un par verla dentro de una extensa vitrina
mensajería que prestaba servicios de años después. situada en la sección de las
a los países del eje desde la capital Cuando el ejército colecciones especiales. Al
de México, se encargó de la estadounidense ya había tomado costado izquierda de la vitrina,
entrega de las valiosas cartas. el control de la isla, un elemento puede leerse la autenticidad de la
Los abogados prometían de la Policía Militar revisando misma. Y al derecho, un anuncio
al Führer y al emperador que si documentos de la oficina de prohíbe el uso de cámaras
recibían el apoyo debido para inteligencia militar en la provin- fotográficas, teléfonos celulares o
echar andar el plan que estaban cia de Mimasaka, afirma esta video-cámaras. La carta, traduci-
fraguando, Ciudad Juárez podría teoría, encontró la azarosa carta da al inglés para facilitar a los
convertirse en el primer protecto- entre cientos de documentos. usuarios y visitantes la compren-

Antonio Moreno Montero es profesor de español y literatura latinoamericana en Barton College, North Carolina.
Este relato forma parte del libro La guía fronteriza, proyecto impulsado por la beca David Alfaro Siqueiros (2009-
2010). Es colaborador y compilador de Avenida Juárez. (Crónicas de una frontera...donde todo empieza).

2
sión de su contenido, yace a un
costado de un ejemplar del Hortus
Cliffortianus, escrito por el
taxonomista sueco Carlos Linneo
Campo de batalla
y publicado en 1737.
El judío alemán Mark
Rosenblum sostiene la tesis que si
sendas cartas hubieran llegado a
las manos de Hitler o de Hirohito,
ellos no habrían dudado en darles
su apoyo y eso habría sido
devastador para los países aliados,
especialmente para los Estados
Unidos, que todavía se mantenía
al margen de la confrontación
bélica.
Las familias de esos
abogados eminentes viven ahora Verano. Espuma de mar como salpicaduras de
en El Paso, Texas. Las vajillas con
el sello de la esvástica, además de trinchera estallada. Aguardiente a sorbos desde mi
la fotografía de cuerpo entero del
Führer y toda la parafernalia petaca de plata, reluciente como un fusil de asalto.
alusiva al Partido Nacional
Socialista, como banderines, Buches de humo de cordita, cigarrillos portugueses
hojas membretadas, estandartes,
pisa papeles y broches, está para saciar esta sed. Y el cangrejo ermitaño que de
resguarda en una de las bóvedas
del Chase Bank de la misma tan coherente rehuye morderme. Desesperadamente
ciudad.
El hijo de uno de esos herido. Me abrasa el sol cicatero o me abraza tu
abogados eminentes fue presiden-
te del comité municipal del recuerdo. Y en mi organismo, esquirlas ardientes del
Partido Acción Nacional en
Ciudad Juárez, hace menos de dos
décadas, y ahora forma parte del
obús que recibí directo en el corazón. Pero, qué
gabinete del actual presidente de
México, de extracción panista extraño, tú no pretendías matarme.
obviamente, donde busca animar
y convencer a sus más cercanos
colaboradores para integrarse a la
Orden Secreta de los Fieles
Abogados de Hitler. Lo que nadie
imaginó es que la propuesta de los
abogados se cumplió a cabalidad
50 años después, con la llegada de
las inversiones japonesas y
alemanas en la industria maquila-
dora de la frontera, para aprove-
char la mano de obra barata en el
ensamblaje de artículos eléctricos
y electrónicos, y gozar de los Carolina León (Sevilla, 1974). Escribe —y no vive de ello— en
privilegios y facilidades concedi- Madrid. Se la confunde a menudo —y con razón— con
dos por el gobierno en turno. carolinkfingers.

3
Cardenal IV
Yo le tengo miedo a
La guerra y su presencia constante en mis jardines
El azul y sus letras níveas de sepulcro

Yo me quedé en la patria que asesina a las cosas


Que se metió a las casas desnuda dejando su vaho sulfuroso y caliente

Mi patria descansa en un pedazo de tierra arenosa en medio de la nada donde los


dioses fueron traviesos y sólo nos dejaron los cascarones

Por eso el miedo ya no me asusta sino alimenta los tumores y el tiempo con sus
regordetas manos verdes de tanto contar una por una las cabezas

Yo por eso sueño con los hombres y su semilla brillante de tan podrida y mala
Por eso les ofrezco a todos los hombres el vientre púrpura de mi cariño vivo
Para dejarlos entrar con lo estúpido de sus falos esponjosos
Para que dejen en mi boca su vapor y me abandonen respirando como perros
Para que quede mi mirada terrible y que todos sus hijos arranquen la guerra y me
la ofrezcan bailando.
Porque los hijos de mis hombres deberán agarrarse de las manos y morder y
alimentarse de los pechos de las mujeres impuras de corazón
Ésas que embarazadas con el descaro me ven con sus ojos inútiles

Por eso quiero hijos gigantes que nazcan por todos los hombres que son hombres
y arranquen las carpas con sus brazos llenos por dentro de todo lo que duele

Arturo Ramírez Lara (Chihuahua, Chihuahua, 1979).

El perro. Año tres. Número dieciséis. Abril-Mayo de 2010. Camerino Mendoza 304, Pachuca, Hidalgo. Impresa en Icono, Covarrubias No.
207, Col Centro. Pachuca, Hgo. Editor responsable: Alejandro Bellazetín. Editores: Juan Álvarez Gámez, Daniel Fragoso Torres, Yuri Herre-
ra. Diseño gráfico y diseño de Logo a partir de un alebrije de Sergio Otero: Enrique Garnica. No se devuelven textos no solicitados. Se permi-
te la reproducción de los textos con permiso por escrito de los autores. Todos los textos son responsabilidad de quien los firma.
“Esta revista cuenta con apoyo otorgado por el Programa “Edmundo Valadés” de Apoyo a la Edición de Revistas
Independientes 2009 del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes”.

4
Crónica del resplandor
“In the days before the war…”
Pastilla.

J amás olvidaré aquella tarde sin luces de bengala en el cielo ni sirenas


sollozando desde la Base Militar de Baquelita. La única alarma que
escuché fue el rechinido impertinente de la puerta. Mi madre había salido al
porche a recibir a Estrella, cuya maleta de ruedas golpeteaba estrepitosa-
mente las lozas del camino en el jardín. Una vez más pasaría el verano en
nuestra casa de Nacimiento.
Sentado en el sillón de la estancia, frente a la ventana, yo movía
inquieto los pies. Noté una mancha aceitosa en el empeine del tenis izquier-
do. ¡Hola, tía! ¡Hola, hija!
El sol emitía una luz tibia; un rayo pesadamente horizontal pintaba de
naranja mis manos. Siempre he sido huraño. No pierdo el tiempo en triviali-
dades. Estrella entonces representaba todas. ¿Está Rodrigo? Sí, hija, entra,
entra.
Me levanté de un salto a cerrar la persiana.
Tras su llegada, llevaría a Estrella al lago, un charco ubicado al sur,
próximo a la Base Militar de Baquelita. Comeríamos un cóctel de camarón,
tostadas de cayo de hacha y cinco cervezas cada quien, arrellanados en las
ridículas tumbonas sobre la arena —¡grava!— alrededor del lago. Los
abrigos abotonados hasta el cuello. El viento se había vuelto frío desde que
los militares llegaron con sus búnkeres de cristales polarizados, francotira-
dores en las almenas y un ruidoso motor de máquina frigorífica instalado en
la entrada. Ese frío comenzaba a penetrar día y noche los muros de las casas
del pueblo.
Excepto aquella tarde calurosa.
A los diecisiete pensaba que cuando Irán, Corea, India o Estados
Unidos decidieran lanzar sus ojivas nucleares, unos contra otros, como
telaraña láser, un minuto antes yo estaría escuchando “Sexta extinción”, u
otra pieza de rock que hablara del espacio. Con el dedo acariciaría las
ilustraciones de mi libro desvencijado de Rothko. Una luz espesa entraría
por la ventana. Aquella tarde apareció sólo esta última. Y llegaron otros
indeseables, como Estrella.
Comencé a jalar el cordón para cerrar los párpados de la persiana.
Afuera, bajo la sombra de los árboles frente a nuestra casa, Pedro, el emplea-
do de la gasolinera, sostenía un cigarro por la ventanilla de su auto. Tenía los
ojos cerrados. Alternaba bocados de aire con chupadas al cigarro. La mano
libre acariciaba una mata de cabello —la cabeza de una chica— que ascen-

Rogelio Pineda Rojas (Ciudad de México, 1980). Cursó la licenciatura de Comunicación en la UNAM y el
diplomado en Creación Literaria de la SOGEM. Forma parte de la antología: Vuelve a mirar los arduos borradores
de próxima aparición. Es editor de la revista Yo con Diabetes en Grupo Medios Editores. Edita la bitácora en línea:
http://textonauta.blogspot.com

5
día y bajaba en su regazo. Miré la mancha en el tenis. En aquel tiempo me
costaba trabajo entender porqué la gente se alucinaba con el sexo. Según yo
había cosas más importantes. Como pensar porqué despiertas una mañana y
sientes que tu vida ha terminado: la fuerza para conquistar tus ilusiones es
débil y caediza, como tu cabello. O pensar porqué un resplandor detrás de
las lápidas apunto de cerrarse de Rothko, representaba su esperanza.
Pensar era imposible con Estrella.
Después del lago (volví a suponer tras jalar el cordón que cerró la
persiana), iríamos a la gasolinera —necesitaba las cervezas para envalento-
narme— a comprar chicles de hierbabuena y preservativos. Pedro intentaría
vendernos un caramelo cónico, que se metería antes a la boca para simular
una felación. Incluso aquella mañana, al insertar el dispensador en el tanque
de gasolina, Pedro movió la cadera imitando un movimiento sexual de mal
gusto. Cuando fue a cobrarme dijo Hoy llega la prima, ¿verdad? No te vayas
a olvidar de venir por los condones… Sacudió la mano dentro del auto.
Huuuy…
La gota de combustible manchó el tenis.
Sí. A la mañana siguiente estaría en la gasolinera (la sombra triangu-
lar de la falda de mi madre y el par de piernas esbeltas de Estrella se alarga-
ron sobre la duela de la estancia). Pedro vería el trasero de Estrella, y la
ceñida pantaleta trasluciéndose a través de los jeans, al agacharse a tomar
los chiches.
Después, yo manejaría rumbo al parque Birlibirloque. Antes, en el
retén de la intersección hacia Tegucigalpa nos revisarían el maletero y bajo
los asientos. Estrella se miraría en el retrovisor para acomodarse un broche
en el cabello y tocarse el collar de conchas plateadas que mi madre le había
regalado.
Mercurio equilibrando sobre su pecho.
En el parque, caminaríamos por el sendero de bugambilias marchitas
hasta la zona escarpada. Ahí nos esperaba la cueva cuya faz simulaba cera
derretida. Un lugar íntimo frente a los binoculares de los militares que
tirados pecho tierra movían sus enfoques, viendo el final de la carretera a
Tegucigalpa donde se hallaba la frontera.
Ahogado en el olor a hierbabuena (que se extendió en la sala, al entrar
Estrella en ese instante), Estrella me chuparía el cuello hasta morderme la
oreja. A continuación, me arruinaría la cremallera del pantalón con sus uñas
recién afiladas. Caeríamos sobre los abrigos. La luz exterior recortaría su
silueta cuando, a horcajadas, me cogiera primero lento y después rápido.
Encima de sus hombros, moldeando a continuación sus brazos, escurriría un
resplandor igual que el amarillo lucha detrás del rojo en Rothko. Eres mi
hombrecito, Rodrigo.
Con sus manos cubriéndome los párpados, yo caería en el sepulcro.
Salúdame, Rodrigo, no seas grosero. Un respingo naranja estalló en
sus uñas sobre mi hombro. Inserté los dedos entre la persiana para abrir el
haz que le completó la cara: los ojos pequeños, la nariz recta y sutil.
En el exterior, el auto de Pedro se fragmentó en polen plateado. Las
flores y las baldosas del jardín resplandecieron hirientes. Estrella cerró los
ojos, como si odiara una vez más la indiferencia con que le hacía el amor.
¡Dios!, dijo mi madre. Me llevé las manos a la cara para evitar la ceguera del
resplandor. Fue un flash incandescente que silenció la casa… a Nacimiento
por completo.
No me derretí.

6
Auschwitz

Si yo intentara
por una sola vez
gritar
que siempre fui
un hombre solo
estoy seguro
que nadie
respondería.

Christian Núñez (Mérida, México, 1981). Escritor, artista visual y filósofo.

7
Muerte de un miliciano

U na de las consecuencias de la
guerra es que priva al hombre
de su propio combate individual.
desde los años treinta hasta nuestros días. Concretémonos en la realidad de los
hechos.

Ernest Friedmann vislumbró lo Pobre y desconocido, el joven húngaro Ernest Andrei Friedmann se ganaba la
contundente de esta verdad de vida como fotógrafo y aspiraba a toda costa a la gloria prematura. Qué mejor
Truffaut al imprimir la fotografía de inicio para las pretensiones del reportero visual que cubrir las convulsiones de
reportaje bélico más conocida hasta España cuando toda Europa volcaba la mirada en ellas, quizá porque en el
hoy, Muerte de un milicano, misma conflicto avisoraba con espanto la sombra que venía desplazándose desde el
que le lanzaría al estrellato en plena mismo devenir. Anarquisas y sinarquistas se mataban en los territorios agrestes
juventud y que sembró en su vida de Córdoba. Friedmann logró que la revista francesa Vu le encargase un
cuantos desencantos pueden reportaje y viajó a la península Ibérica acompañado de su novia, la fotógrafa
perseguir a un hombre. Se narran alemana Gerda Taro. Consciente de los peligros a los que se exponía, la pareja
diversas versiones respecto a la atravesó caminos terregosos de una y mil formas hasta encontrarse con los
factura de aquella obra. En su rebeldes, granjearse las debidas confianzas e iniciar su trabajo fotográfico. A
encuadre aparece a campo abierto un todas luces, la pasión del recién llegado emanciparía el ideal republicano en el
campesino anarquista con su fusil en extranjero, así lo entendieron los toscos campesinos que le dejaron realizar su
la diestra: el hombre se desploma labor. Los registró entrenando con palos y con fusiles. Mientras comían,
bajo el sol ardiente en dramática mientras dormían y se levantaban para ensayar la marcha eran fotografiados
postura a consecuencia del fuego para la memoria del tiempo. Friedmann envió sus tomas a Vu y a otros diarios
enemigo. Durante su trayectoria al del mundo, cuyos directores las publicaron complacidos por el buen ojo del
otro mundo, en franco viaje a las joven. Tal como éste lo deseara, reconocidos maestros de la lente dieron el
malezas de la tierra, la cámara lo visto bueno a su trabajo. ¿Qué más hay?, preguntaron por el telégrafo los
inmortaliza cual si estuviese sentado editores, eres un genio y debes tener guardado por ahí material más profundo.
en el aire... El bando detractor de Con profundo querían decir más fuerte.
Muerte de un milicano afirma que la
foto exhibe un encuadre demasiado Ante la petición de los diarios, el corresponsal trabajó con mayor intensidad las
artístico y su composición tan semanas posterores, recorrió parajes varios y acabó por dormir poco y comer
perfecta delata la farsa de un menos. Al descuido de su persona se sumaron los riesgos crecientes de
montaje. Entretanto, dada la emboscadas por parte de las patrullas fascistas. Vas mejorando, respondieron
reputación de Friedmann, sus los líderes de la noticia, y recuerda que seguimos a la espera de lo que viene.
defensores sostienen que la toma no Cadáveres regados en los caminos a Cataluña o por Murcia en dirección a
sólo es verídica sino encarna el Málaga... Éxodos de quienes huían despavoridos y exhaustos de la guerra...
espíritu de la Guerra Civil Española. Mendicidad y hambre... Todo eso llegaba a la redacciones impreso en retratos
Especialistas en medicina forense, de formato medio. Sí, recibía como respuesta, publicaremos el material,
fotógrafos expertos, incluso también las casas en ruinas, pero... Lo requerido tenía que ser más dinámico,
astrónomos han vertido sus vital, y aquellos inexpertos del bando rebelde, a duras penas diestros en el uso
opiniones sobre el polémico de las armas, distaban de ofrecer la espectacularidad que los medios solicita-
registro, ya a favor, ya en contra, ban. Con amargura, el fotógrafo comprobó que la crudeza de las batallas
continuando un debate que persiste devuelve vidas a la tierra, siembra desolación y espanto, pero muy raras veces

Isaí Moreno (Ciudad de México, 1967). Autor de las novelas Pisot y Adicción. En la actualidad finaliza su tercera
novela y el libro de cuentos Café Sarajevo. Practica la fotografía.

8
resulta espectacular. Las células republicanas se desplazaron a Cerro Muriano para que esperase: su arma estaba
siguiendo la falda de la loma de Malagueñas. Durante las noches de vela, al atascada. No se conoce con precisión
lado de las fogatas protectoras de la inclemencia de la noche, Friedmann había la borrasca confusa de hechos que se
trabado confianza con dos jóvenes de casi su edad. Uno de ellos era Feredico agolparon en ese segundo de
Borrell García, el único al que citan los registros de dominio público y de quien, tragedia. Sin embargo, la bala del
se asegura, es el hombre de Muerte de un miliciano. El otro se llamaba José rifle que Borrell revisaba atravesó
María Amanós. limpiamente el pulmón izquierdo de
Amanós, justo cuando caía en su
Lo ayudaremos, señor, respondió entusiasta el par de amigos inseparables, al acto.
que se apodaba Los Tainos. El pueblo del que provenían los quería bien, a veces
llegaban a confundirlos por su fisionomía tan parecida. Más luchadores de los Existe la sospecha de que los
esperados simpatizaron con los planes del emprendedor Ernest, con la única negativos de la serie aludida se
condición de serles entregadas copias del material resultante, al cabo el extraviaron en un hotel de la Ciudad
extranjero armaba el dossier que plasmaría el sentido de sus existencias. Si algo de México, visitada por Friedmann
les habían enseñado las carpas que los poetas madrileños (románticos como los meses posteriores. Siempre se ha
ellos) hacían itinerar por pueblos polvorientos con obras de los clásicos dicho que es Federico Borrell el
griegos, era la lección de que todo es representación dramática, una serie de muerto, lo que desata algunas
máscaras. Además, dijo riendo Borrell a Friedmann, sus fotos rebanan lo que discusiones. Presa del abatimiento,
miran y no dejan de ver estos ojos que habrán de comerse los gusanos. Bastó el joven se echó la culpa del acciden-
esa cooperación de quienes peleaban, hecha durante los días sin novedad en el te y por días lamentó la espantosa
frente, para que el destello cegador de la creación se plasmase en la obra del agonía de su amigo. Su llanto de
corresponsal. Gustoso, el joven hizo partícipe del proyecto a su novia. Amanós, cachorro herido despertaba a los
milicianos por la noche. Borrell
Borrell, los hermanos Argüello, el teniente Navarro, Federico Moreno y los
pereció semanas después de la
Bonet, entre otros, participaban de los juegos de guerra, simulacros en los que
muerte de Amanós, a consecuencia
se disparaba al aire o al suelo para mayor contundencia dramática, se corría
de una bala alojada en su estómago.
entre los matorrales o había lances y gesticulaciones, ya fuese de bravura o de
Entregó el alma abrazado a un árbol
dolor, a tono con los requerimientos del artista. A la simulación se sumaba lo mientras sangraba. Este documento,
que ellos llamaban entrenamiento a fondo. De aquellas tomas, algunas se empero, tiene el cometido de
publicaron en el Time Magazine, Life, la propia Vu y en un par de periódicos centrarse en la foto que se le publicó a
mexicanos que eran leídos con fruición por los primeros españoles en el exilio. Friedmann. Asediado por la presión
Ante el espejo que usaba al rasurarse, Ernest Friedmann miró la imagen de un de los diarios, ante todo la de la
triunfador de su guerra. Las sesiones de fotografía se volvieron el hábito revista que financió su tourneé,
matutino. ¿Pero... qué más tienes debajo de la manga?, volvió a insistir para adoptó una decisión. Sin el conoci-
desilusión del fotoreportero el bando de los editores, que libraban contra los miento de su novia, quien se reponía
odiados rivales de prensa una batalla no menos encarnada que la de los en un poblado malagueño del shock
españoles. Friedmann lloró su desconsuelo en el hombro de Gerda. por el percance presenciado, el joven
revisó los negativos de la serie de
A propósito de las simulaciones, Borrell y Amanós le habían tomado el gusto a Taro recién revelada. Imprimió el
competir en la Caída Mortal, como empezaron a llamarle a su acto. Por turnos que captara como por milagro la
se desplomaban al pasto fingiendo haber recibido un disparo, hasta que al pasar muerte del miliciano en el instante de
los días lograron maestría en la hazaña. Se dice, aunque no hay documento que la caída fatal. Congelado en el papel,
lo pruebe, que una vez en el suelo se retorcían dramatizando los estertortes de la estaba su también amigo Amanós:
agonía. No sin susto, sus compañeros expresaron que aquella actitud parecía desplomándose sin fin. ¡Cuánta
suicida. Era Gerda Taro quien la mañana del 5 de septiembre de 1936 se crudeza devolvía el impreso! Frente
encargaba de capturar las tomas de la serie Caída Mortal, con fines exclusiva- a la magnitud de tal fotografía, qué
mente artísticos. Es posible que el entusiasmo de los dos españoles se debiera a importaba desentenderse de las
la intención de querer impresionar a la hermosa fotógrafa. A las nueve horas construcciones de azar, tomarla
Gerda había preparado la cámara. Las tropas iban a desplazarse dos kilómetros como préstamo, desertar del combate
al descender el sol y descansaban tras la vela. Poco antes del desayuno, los interior que durante semanas
jóvenes volvieron a dramatizar. Taro oprímía con precisión el control del Friedmann enfrentara... Introdujo en
diafragma. Amanós se levantaba del suelo, sacudía el polvo de sus pantalones y el sobre de correo destinado a Vu la
al sentirse listo para la siguiente caída hacía una seña a la joven, a Borrell y los obra que ahora se le atribuye y, en el
otros voluntarios. La primera disparaba la cámara, los segundos el fusil, frente de la pestaña, pegada aprisa
siempre al aire. ¡Venga!, gritó él. Taro encuadró la escena, su dedo presionó el con saliva, rotuló el título de la foto
botón de la Leica y José María Amanós realizó su caída más impresionante. bajo el nombre Robert Capa, su
Jamás volvió a levantarse... Al parecer, Borrell había hecho una seña al amigo apelativo artístico.

9
Mareas
1

Un departamento sin luz.


Lleno de esquirlas de vidrio tiradas por el suelo

Un silencio espeso.

Caminar sobre cuerpos destrozados por las bombas incendiarias.


Caminar sobre los recuerdos acribillados por francotiradores.

Sin encontrar lo que alguna vez fue mío: un sueño, un pálpito.


Siquiera una herida.

Recoger lo que queda y salir huyendo:


cuadernos mutilados,
vasos destrozados.

Silencios que me confunden.

Los restos de una guerra perdida.

Fotografías despedazadas por tus manos heroicas.


Un poco de sangre,
un sartén destrozado.

Un hombre que trata de reconstruir lo que quedó,


Un hombre que regresa
para no encontrar nada más
que los ecos que se alejan por la escaleras.

Un hombre que regresa para encontrarse


con las ventanas rotas,
la televisión encendida
el futuro arrancado de raíz.

Un hombre que recoge lo que queda:

Vidrios rotos,
alfombras quemadas,
puertas tiradas.

Un hombre que recoge sus restos.

Javier Moro H. (1976). Poeta y periodista cultural. Su libro Los espacios vacíos se encuentra en imprenta. Ha
colaborado en diferentes publicaciones de México.

10
Pablo

Te oí quebrarte crac de cascarón lunar.

Se pronuncia gutural la herida de muerte.

La roja masacre en blanco, negro y gris.

Ella, niño en brazos, no puede gritar.

Un martillazo en la glotis.

El pintor le disloca la cabeza para hacerla parir un alarido,

su mandíbula es una bisagra de hierro.

Habrá un caballo desmembrado en la eterna fisura.

Es el tiempo un cristal estrellado;

separa la embestida del pintor de los asombrados asistentes al museo.

Antes del óleo hubo un silbido desde las alturas,

una explosión.

Luego el silencio o la sordera,

luego este crac.

Alguien desciende por la escalera con un quinqué.

Un bulbo es una incógnita o testigo.

Y se hizo el Guernica.

María Álvarez (Ciudad de México, 1970). Mujer entregada a la poesía. Libertaria. Arma predilecta: la escritura.

11
Tomás


U na vez que lo pelean ya no para. Ora que si aún así lo quiere intentar, dele con el periódico. El ruido los
espanta más que el golpe.
Sobre la plancha del veterinario, Cookie, los ojos pelados de espanto y la lengua de fuera jadeando como
un loco, ya no podrá pasar a mi lado sin mearse o cagarse encima.
—Lo veo ya grande, diez, once años. Es muy difícil que cambien. Le agarran placer.
Me golpearon con palos y tubos, me amarraron por días sin darme qué comer, me picaron los huevos
mientras me lanzaban contra otro más fuerte que yo, me quemaron el culo cuando quería darme por vencido.
Nunca aflojar la mordida, tragar sangre hasta la primera convulsión, entonces escupir, respirar un poco y rematar.
Pero lo otro, la muerte por encima de la derrota, eso lo aprendí yo solo. Mis nuevos amos quieren salvarle la vida a
mis víctimas. Los entiendo porque son niños limpios. Me gustaría que ellos intentarán entederme a mí, pero los
amos nunca lo hacen.
—¿No se le puede hacer algo?
—Si quiere, lo inyectamos.
—No le haga.
—Le va a seguir haciendo lo mismo.
El Calvo me lleva a la casa, me encierra en el jardín. Cabrón, pinche perro asesino, culero, ventajoso. Al
Cookie lo lleva a casa del vecino, de donde nunca debió haber salido, apenas olía comida se brincaba por la puerta
trasera para darnos una visita, ahora sabrá lo qué le espera de postre al puto.
Tengo tres amos. El Rizos, el Barbas y el Calvo. El que más quiero es el Barbas. Se preocupa de mi
comida, cuando no hay croquetas me calienta frijoles. En la tarde se reúnen los tres a discutir sobre mi futuro. Una
mirada al rostro de Cookie basta para ver que no es nada prometedor. Me regalan, me encierran o me matan.
El Calvo seguro me regala. Está muy impresionado con mis peleas. Hace tres días se le ocurre por
primera vez chiflarme, sacudirme las orejas, y creyendo que me conoce de toda la vida, me saca a la calle sin
correa. Vamos a los puestos ambulantes frente a la Parroquia. En el menor descuido, veo una perra linda, ya
montada, pero qué perra no lo es. Me le echo encima y entonces, a medio vuelo, no falta el que impulsado por el
pito se vuelve luchador de causas perdidas. La idea de matar al entrometido la descarto no más de olerlo. Mejor
darle una lección, arrastrarlo por el pavimento como una mugre. Estoy en esas, cuando siento en los talones una
mordida inyectada del odio más profundo, vindicativo y femenino que he sentido en la vida. Del puro susto, le
aprieto más el cuello al sarnoso y la sangre empieza a brotar a chorros. Con uno convulsionandose de miedo en el
hocico y la otra lanzado sus dentelladas alocadas, doy a lo menos tres vueltas a la plaza. Los hombres se dan
cuenta del espectáculo, se acercan con tubos, escobas, agua hirviente. No tengo otra opción. Nunca lo había
hecho, pero quedarme sin perra y bañado en sangre hedionda ya es demasiado. Mato a la perra de una mordida.
Remato al moribundo apestoso y empiezo a recibir golpes. Así me entrenaron. A cada tubazo, morder más fuerte;
con agua hirviendo, maniobrar a ciegas. Dos en una noche. Un anciano sale de un café jalándose los cabellos.
Lady, lady, grita. Luego me mira, toma una escoba y me la parte en la cabeza. Si eso le hace sentir bien, por mí no
hay pedo.
La única manera de salir de mi casa —la que era mi casa—, era dentro de una bolsa de plástico. El
ganador se quedaba en su jaula, echando kilos, viendo correr los años y la sangre de los perdedores. Me agarraron

Alejandro Lambarry (Stanford, 1978). Desde hace dos años estudia un Doctorado en París, con el objetivo de
mejorar la comunicación con los animales. He aquí el resultado.

12
joven, mientras andaba de vago. En aquellos años no había niños limpios. Antes, los amos olían a rajita de caca en
el calzón, sobaco sudado, hongos en los pies. Mis amos —los que fueron mis amos—, me enseñaron a pelear.
Diez años con ellos, de tundas, putizas, malas caras, festines cada vez que mataba al contrincante, es difícil
cambiar. Un día vinieron los polis y a la semana desaparecieron los amos —los que fueron mis amos. Así no más.
Un día simplemente no había nadie, me desperté y la jaula abierta, el Atorado y el Gavilán, mirando desde la
calle, idiotas de tanto espacio sin sentido. Anduvimos un rato de rebeldes, creyendo que podíamos vivir gracias al
tamaño de nuestros huevos. Pero no, el mundo ya no está hecho para nosotros. Cuando había bandas de treinta,
cuarenta, valía la pena, ahora, con los niños limpios, la clave está en quién lleva de la correa, quién te alimenta,
quién te llena de vacunas, quién te lava. Ellos son. Nosotros éramos.
Así que un día me despedí del Atorado y del Gavilán. Fui a la única pulquería que quedaba de mi
juventud, a un costado del cerro y del cementerio. Con un ojo al horizonte y otro al borde de los vasos rebosantes
de los borrachos, me quedé esperando hasta que llegó el Barbas, oliendo a champú. Echó un chorro de pulque
dentro de un hoyo que hizo con el pie en la tierra y preguntó por mi nombre.
—El Frijolito.
!Ora puto!
—El Negro.
Ya mejor.
—Tomás —dijo el Barbas.
Para mí, Tomás está bien.
Me llevó a su casa, me preparó unos huevos con arroz, se sentó conmigo en un sofá y empezó a hablar.
Que la vida, que el ir y el venir sin fin, que el amor, que las ropas que disminuyen las ganas de montarse a las
hembras. De todo eso que deben hablar los amos. El Barbas es muy hablador, muy filosófico, huele a pasto de
tanto tiempo que se está tirado en el jardín. A veces tengo la impresión de que podemos comunicarnos. Estamos
hace como tres días los dos echados sobre el pasto, el sol de las cuatro calentándonos el lomo, y que le pregunto:
¿Quién es el perro más chingón de este pueblo? Siento una mano sobre las orejas y dice, así, de pronto: Tomás.
Me causa gracia y pregunto de nuevo: ¿Quién tiene los huevos más grandes en este pueblo? Un lapso de silencio
en el que levanto las orejas, y entonces, aunque no me lo pueda crear, el Barbas repite: Tomás. Incrédulo ya de
tanta coincidencia, por no dejar, le pregunto: ¿Quién es tu padre? Y entonces, en lo que juraría podía ser un
ladrido claro y preciso, me responde: Guau guau. Lo cual no tiene ningún sentido, pero ahí va, poco a poco. Si
fuera por el Barbas me quedaba en casa, mejorarían sin lugar a dudas nuestras charlas, pero no depende de él.
Votarán los tres. Me consuela la idea de que ninguno se atreverá a matarme.
Aunque pensándolo bien, quizá el Rizos se atreva. Me sabe el modo, no se anda con mamadas. Hace
como una semana vamos por un lado del cementerio, cuando se nos atraviesa un perro con collar de colores: ya
no huelen mierda, pero bien que lamen culos. Lo tomo del cuello, listo para darle el apretón final, cuando antes de
crujirle los huesitos, el Rizos, sin patada, ni tubazo, ni nada, se monta en su bici y se va.
—Haz lo que quieras, cabrón—me grita.
Si hay algo que no puedo resistir es la indiferencia. Hasta un perro marica es capaz de sacarme la
mordida. Dejo al perro cagándose de miedo y me voy tras el Rizos.
Ni los periodicazos, escobazos, tubazos, el agua, el fuego, me van a detener. Tengo el ano insensible y
los huevos hechos pedazos por haber dudado en algún momento. Con el tiempo uno se vuelve sus hábitos. Si a
pesar de todo, quieren todavía detenerme, muéstrenme indiferencia. El Rizos lo sabe, que convenza al resto. Si
aún así les da miedo, preocupación, enojo, no me saquen. Nunca pedí que lo hicieran. He visto lo que tenía que
ver. Nada me ha gustado. En fin, la decisión es suya. Mi deseo era morir en una pelea, sentir el jadeo del perro
vencedor tragándose el mío, llevarme al otro mundo el dinero de las apuestas perdidas. Pero ahora, ustedes
mandan. Ustedes son los amos.

Este día no hubo croquetas, ni huevo, ni frijol. Me dieron yogurt agrio. El Barbas estaba callado, me sacudió las
orejas, me apretó los cachetes y se me quedó mirando un rato. Es bien filosófico el Barbas.
En la tarde, salimos de casa con cielo nublado. Me llevaron con correa. Pasamos el cementerio, el cerro
de la pulquería, los basureros en los bordes de las vías. Por fin, antes de que oscureciera, llegamos a un terreno
baldío. Me quitaron la correa y se sentaron frente a mí, a esperar. ¿Qué? El tiempo lo dirá. Quizá me envenenaron.
Quizá me abandonen. Quizá lo estén pensando. Tómense su tiempo, por mí no hay pedo. Pero eso sí, si pasa un
perro con collarcito de colores, después no se anden quejando de haberme quitado la correa.

13
Abu Ghraib
Luz en el páramo del negro

Destello

Cerrojo llave introducida

Luz intermitente La luz de la tortura

Caen preguntas

(El rostro en la pila del agua, la mano llevando la cabeza, la no clemencia. La mano traspasando

el punto de orden. La mano atribulada con sonido, golpe, más allá de toda carta).

Una cámara filma

Inevitable el morbo del punto rojo

Inevitable la sigla REC como la violentación del ser

La violácea violentación de los cuerpos amados

Asfixia de los cuerpos venerados

Tubos de ensayo de la furia

Invertebrados

Como la carne de tus dedos

Como mi víscera infantil

Se acota la palabra alrededor del pozo

Se acota esta palabra alrededor de muerte

Mónica Nepote. Poeta, ensayista y editora. Es autora de los libros Trazos de noche herida e Islario.

14
Tengo la misma edad de papá

T engo la misma edad de papá. Él se detuvo a los nueve años cuando comenzó
la guerra. Yo tampoco quiero crecer más, deseo acompañarlo en su tristeza
de nueve años. Papá duerme con la luz prendida al igual que yo. Dice que en la
oscuridad pueden entrar los árboles negros. Papá teme a la sirena de mediodía. A
esa hora un oficial de bigote lo saluda con su brazo alzado. Papá es un niño de un
metro noventa, talla XL, manos arrugadas. Tengo los mismos años que papá. Sólo
que él ha cumplido varias veces la misma edad.
Papá tiene siempre la idéntica pesadilla. Él en una estación de trenes
vacía. Piensa que la mano de Dios lo dejó en el andén equivocado: cuando giro la
cabeza veo multiplicarse los rostros perdidos de los niños. La mirada ausente de
las mujeres. La espalda encorvada de los hombres. Tengo los puños cerrados.
Todos ellos peregrinan cabizbajos por este paisaje atómico. Son cientos, son
miles que arrastran sus pies sobre los rieles de metal. Y tengo los puños cerra-
dos. Estos seres abordan los vagones. Sigo con los puños cerrados. Suena el sil-
bato agudo. Las ruedas de fierro se ponen en movimiento. Comienzo a andar con
los puños cerrados. Las sombras de los vagones reptan el suelo. Los veo alejarse
haciéndome señas con sus manos que se asoman por estrechas ventanas. Corro
sobre los durmientes con los puños cerrados. Los contemplo hasta que la oscuri-
dad de un túnel se traga a las últimas figuras. Corro y corro detrás del tren, pero
quedó a medio camino, en la dirección opuesta.
Papá está ausente mientras lee el diario y piensa en la guerra. Saca cuen-
tas, suma, resta; extrae el promedio aritmético de esa época. Yo le digo que olvi-
de, que en casa no hay más que soldados de plomo, pistolas de agua. Dice que
alambres de púas rodean sus sueños. Papá se retrasa porque piensa en la guerra.
Una marcha de botas galopa hacia sus oídos. Siempre lleva pan en sus bolsillos.
Me prohibió leer libros de historia, anota un año en sus piernas. No sabe que
escondo una enciclopedia debajo de la cama y que yo también registro esa fecha.
Vigila la despensa, contabiliza los alimentos no perecibles: tarros en conserva,
paquetes de arroz, bolsas de legumbres engrosan su lista. Todos los días hace el
inventario de la caja fuerte.
Siento deseos de abrazar a papá y anunciarle que la guerra ha terminado;
pero cada uno llora a solas en su dormitorio. Dos mil cuatrocientos cincuenta y
siete, es el número que papá sin saberlo me escribe en el brazo cuando cumplo
nueve años. Esa es la cifra que me duele, es la cantidad de días que duró la guerra,
todas las lágrimas que papá ha llorado. Conmemoro mi noveno aniversario con
un número de cuatro dígitos. Anexo el 2, el 4, más el 5 y el 7. Miro a papá pasar el
día abriendo y cerrando el diario. Dos mil cuatrocientos cincuenta y siete son los
días que a papá le deben.

Andrea Jeftanovic. Escritora chilena, doctora en literatura, profesora universitaria.

15
Una vez desde la azotea de la casa de su niñez, papá ve a dos soldados tocar la puer-
ta. Los dos hombres conversan en voz baja con su madre en el recibo. Mientras
espera en el tejado, se mueve nervioso de un lado para otro. Siente en sus pies el
alquitrán caliente. Desde lo alto ve que se llevan a su padre sujeto de los brazos.
Hay una dentellada de fuego en el horizonte. Siempre recordará que esa tarde de
verano no le salió la voz para preguntarle a su padre adónde iba, a qué hora regre-
saba. Tampoco le pudo decir adiós. En las semanas siguientes interrogará a todos
los uniformados por su papá, enseñándoles una antigua foto. Y el niño siente que
su mutismo se transforma en un golpe que retumba bajo su pecho. Hará que nunca
más vuelva a caminar erguido. Ese día lo llevarán a vivir a otro país del que ni
siquiera ha escuchado su nombre.
Ahora papá duerme en la habitación contigua a la mía, pero cuando cierra
los ojos yace en una despensa con cucarachas junto a sus dos hermanos. Está quie-
to en medio de las catorce latas que quedan de comida. Papá es tan pequeño que
desaparece detrás del empapelado y sus pestañas tocan la pared. Los tres niños con-
tienen la respiración porque en el pasillo se escuchan pisadas extrañas. El día ante-
rior encontraron la puerta de casa rota. La madera arrancada de los goznes y en el
suelo una nota en otro idioma. Su madre pasa las horas ordenando el armario. Lim-
pia zapatos, cepilla trajes, dobla camisas. Desplaza cómodas y sillones. Invierte
de lugar su cama, arrima el comedor. Siempre vestirá de negro. Durante la noche
leen las listas clandestinas bajo la luz de las velas. No encuentran el nombre de su
padre en los renglones mecanografiados. La esperma cae en goterones tachando
apellidos.
Papá dice que llueve tan triste dentro de él. Sueña que Dios se arrodilla en
su hombro y le pide perdón.

La memoria de los sentidos


Papá niño tiene el estómago hinchado por la falta de alimento. Cuando
digo me muero de hambre, él se pone nervioso y abre la alacena. Revuelve paque-
tes, enumera envases, tarros y cajas. Altera el orden de los alimentos. Tacha algo
en su libreta de víveres. Sin mirarme a los ojos me extiende un puñado de pasas.
En la ciudad de papá tres cajas de alimento eran intercambiadas por un
dato incierto. Un litro de gasolina por una reunión con un oficial. Una joya familiar
por un pasaporte falso. Sus avenidas estaban iluminadas por los reflectores vigi-
lantes del enemigo. Un círculo de luz cubría su nuca durante el trayecto entre la
escuela y su casa. Los hombres vestían el uniforme de los harapos. Caminaban des-
calzos porque ya habían vendido su último par de zapatos. Los perros lanzaban
gruñidos guturales mientras escarbaban la basura, lamían las llagas de los muer-
tos. Las alcantarillas estropeadas, los inodoros con pérdidas. El estiércol en las
veredas, en las esquinas, impregnando las ropas, los muebles, los postes. El temor
estrangula los intestinos. Pisar las calles era pisotear los propios excrementos, los
del vecino, los de los otros habitantes que viven con miedo. Un río coagulado de
desechos y heces. Las heces se transformar en “eses”. “Eses” que se cruzan con
“zetas” y “haches”. Una trenza de estiércol es la columna vertebral que se desplaza
en forma de “ele” por la ciudad.
Estoy cerrando la puerta del baño y escucho la voz alterada de papá.
Quedo detenida en medio del pasillo, dándole la espalda.
─Tamara, ¿tiraste la cadena?
─Sí ─respondo. Me tiemblan las piernas mientras continúo caminando.
─¿Segura? ─insiste.
─Sí ─  asiento con la cabeza, con el cuerpo.
─Entonces ¿por qué hay olor a mierda?

16
Inhalo y no siento nada. Sé que otra vez lo atormenta ese olor que sólo
existe en su mente. Desde mi dormitorio lo escucho accionar varias veces el
retrete; el agua corre y él aplica aerosol. Papá huele las esencias acres y rancias
de su ciudad de infancia. Le da arcadas ese olor que quedó adherido a sus fosas
nasales. Esa noche sueño que abro la puerta del baño y encuentro a papá muerto,
sentado sobre la taza del excusado rebalsada de excrementos.

Los niños de la ciudad pasan la tarde frente a la confitería. Papá al otro lado de la
vitrina, mirando la película de caramelo que se derrite bajo las ampolletas. Los
colores de los dulces forman un arcoíris. A través del cristal, saborea la paleta
que se deshace en su boca y su lengua se mueve agrietada. Quisiera deslizar
tibios los chocolates envueltos en celofán en su garganta. Pero toda ensoñación
termina cuando le suenan las tripas. El hambre llenando la cabeza, la cavidad de
un abdomen que se contrae. Amplificar el recuerdo del único bocado del día. Ese
mendrugo de pan masticado en un par de movimientos dentro de la boca y una
infinidad de veces en la mente.
En la mesa papá come apresurado, dejando el plato despejado de restos.
Vigila la equivalencia de las porciones servidas. Mira de soslayo los otros cuen-
cos de la mesa, acumula el residuo de las fuentes en su plato. Papá raspa la super-
ficie hasta hacer chirriar la loza. Después unta con un pedazo de pan el jugo de la
comida dibujando aureolas en el plato. Termina su porción antes que nadie.
—¿Hay más? —pregunta.
—Ya has comido suficiente —responde mamá.
—¿Hay más? —pregunta él como si no hubiera escuchado.
Todos quedamos en silencio mientras dirigimos lentamente los tene-
dores hasta nuestras bocas.
—¡Quiero más! —insiste.
Mamá le acerca un pan que él devora ansiosamente, lo unta con mante-
ca y lo saborea. No ha terminado el mendrugo, cuando interrumpe nuevamente.
—¿Quién me convida algo? —interroga en un tono entre autoritario y
dulzón.
—Pero… si todavía no has terminado —dice mamá nerviosa.
Papá mira vigilante al resto de los comensales. Rescata mis sobras, que
empuja sonoramente con el tenedor hacia su plato. Sigue masticando después de
que todos hemos terminado y yacemos lánguidos sobre la mesa. Come incesan-
temente porque en cualquier momento puede comenzar la guerra.
Si papá mira por la ventana, se queda hipnotizado en el horizonte... allá
desfilan soldados de trajes pardos que exhiben las culatas metálicas de sus fusi-
les, marchan en dos filas con sus rostros impertérritos, seguidos de coches blin-
dados. Ahora está sentado en el sofá. Llamo a papá, no me escucha. Ha erigido
una muralla de noticias. Está leyendo el diario en un alfabeto sin memoria. En
sus oídos, una cinta de sonido gira en banda mientras guarda silencio, cada vez
que lee el diario. Traspasa el papel, está en otra época, pensando en otro idioma.
A papá lo invaden siempre los mismos ruidos: las pisadas sobre los adoquines,
los arañazos de una pala contra la acera, el silbido agudo de las bombas, los ester-
tores de un moribundo. Si sigue repasando las noticias, escucha los chirridos del
eje del tren, el golpe seco de un portón de madera. Entonces, recuerda el otro uso
del diario. En su pupila flotan los cadáveres en la calle cubiertos por hojas de
periódico.

17
Restate

Al fin el silencio.
Nada lo inquieta;
distante y profundo a los ojos de extraños
pero fiel y justo con los que sin palabras a él se entregan.
Aparece robando la paz de los hombres
y una vez escuchado
escapa rápido y puntual limpiando el eco más fino.
Al fin, el silencio.

Se adueña de esta sed


que todo lo puede,
que todo lo ahoga en su vientre.
Llega,
doliendo tan fuerte que no espera a sentirse en el aire.

Todo es tan claro que ni el humo seco se detiene en los ojos,


brilla al paso de los días
y antes de confundirse con las cenizas del cuerpo
arde como una herida en la tierra.

Apenas siento en las manos el olor a salitre.


Sube por labios y boca
y asfixia.
No hay fuerza que me arranque
de su nombre el dolor para no respirar.

César Pérez González (Puebla, 1984). Colabora en programas de radio porque vivir de la edición no deja.

18
19
Aeternus Reditus

P aolo sobre el piso cubierto de tierra de siena. Muerto.

El arma empuñada. Caliente.


repetida. Cada momento de rencor, cada traición.
Lo construido ya fue destruido. Lo destruido
será levantado de las ruinas.
La bala que le había quitado la vida, destrozado Paolo se dobla sobre la pierna fracturada y se
el rostro y atravesado la cabeza hasta alojarse en el volverá a doblar. El dolor parece insoportable y volverá
cerebro, hace el camino de vuelta, pasa entre la nariz y el a serlo. Grita y gritará, suplica y suplicará cuando el
labio superior y vuelve, dando un fogonazo, al cañón del tiempo dé la vuelta y todo se repita.
Otro proyectil franquea el fémur astillado,
revólver.
dejándolo entero a su paso y, al parecer, produciendo
Paolo abre los ojos. alivio a un dolor muy fuerte. Por último vuela, atraviesa
Resisto el embate del proyectil mientras se el cañón y se instala en tambor del revólver.
aloja en el tambor del arma. Siento la percusión de la “oy iuf on ,oruj ol et ,onamreh , oy iuf oN”.
empuñadura y el tacto del gatillo contra el índice. Dice San Agustín que el mundo no puede
“nódrep yah oN”, digo. repetirse. Que la fe endereza nuestro camino y nos aleja
P. suplica desde el piso: “rovaf rop serapsid on del absurdo ciclo de los impíos. Es cierto que el perdón
,oduT ,serapsid oN”. nos redime de los infiernos circulares, pero no advierte
Lo veo y recuerdo la indigencia y la biblioteca el santo que el alma es siempre capaz de engendrar una
en la que nos refugiábamos del frío, los primeros nueva miseria.
cigarros, las noches entre cartones en los bajos de Mientras miro a mi hermano suplicar, guardo el
subterráneo. Recuerdo tomos de Pitágoras, Nietzsche y revólver.
San Agustín. Recuerdo un volumen, del que nunca Espero un segundo de arrepentimiento.
pudimos aprender el griego, en donde vimos escrito el No me es concedido.
Saco el arma con decisión: “No fui yo,
término usado por los antiguos para el retorno, para la
hermano, te lo juro, no fui yo” lloriquea Paolo desde el
vuelta al principio. Leíamos, fumábamos, bebíamos piso.
juntos cuando aún era mi hermano querido, antes de la Aprieto el gatillo una vez, apuntando a la
traición, antes de que la ciudad se llenara de deformes. pierna derecha, buscando un momento para el perdón
Nietzsche y los pitagóricos creen en el eterno que nunca llega.
retorno. Lo que es volverá a ser, como una bendición o “No dispares, Tudo, no dispares por favor” fue
como una condena. su última súplica.
Dite volverá a ser la ciudad de antes y volverá a “No hay perdón”, dije y apunté a la cara.
ser Dite, el centro del infierno. Paolo sobre el piso cubierto de tierra de siena.
Paolo volverá a ser mi hermano amado y Muerto.
volverá a morir bajo mi mano. El arma empuñada. Caliente.
Cada deformidad y cada sombra volverá a ser

Joseph Avski. Escritor colombiano.

20

Related Interests