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EL RELATO, LA TRADICIÓN Y EL CUENTO Capítulo II

Se ha creído que la narrativa puneña se divide en dos etapas (el de la iniciación y el de la consolidación), se ha mencionado que después de la narrativa desarrollada por los integrantes del Grupo Orkopata existió un gran silencio y que tuvo que aparecer la figura de Luis Gallegos Arreola para colocar otra vez a la narrativa en el centro del debate (y que durante este período la poesía opacó a la narrativa);, uno de los criterios que ha servido para validar dichos supuestos ha sido el de la publicación esporádica (en algunas revistas y diarios locales sin pretensión) y el desconocimiento sobre estos tópicos. A continuación trataremos de bosquejar una breve historia de la narrativa (que por motivos estrictos tratará solo de la narrativa escrita, más no la desarrollada en el período del desarrollo autónomo, ni en la colonia). Los periodistas del siglo XVI y XVII (los cronistas) registraron sus visiones sobre los territorios que ingresaban a los dominios españoles, entre ellos, españoles de pura cepa, mestizos (bilingües) e indígenas letrados. Como vimos en el capítulo anterior, no tenemos la certeza de que estos cronistas hayan construido imágenes coherentes y reales de lo que sus sentidos captaban (o quizá fueron engañados por los sentidos, como lo sostiene Jan Szemiñski,) y es que existe una brecha insalvable entre voz y palabra, tan bien sustentada en “Escribir en el Aire” por Antonio Cornejo Polar (específicamente en “El diálogo de Cajamarca”, en donde se da por primera vez el encuentro entre la palabra escrita y la palabra oral – voz, y se inicia una lucha por la dominación cultural que pronto terminará por desvincular al indígena de todo estaro cultural y social que ocupaba hasta ese momento . Sobre Puno, se tienen varias noticias (aunque no precisamente con el mismo nombre de Puno, sino Puñuy o Puñuy Pampa), como son los escritos de Garci Diez de San Miguel (la Visita a las Provincias del Chucuito), los relatos del Cura Albornoz, entre otros, han servido para desarrollar la imagen de los pobladores, la geografía y la fauna de estas regiones en el imaginario de europeo (en donde mucho de lo que se decía desfiguraba generalmente la condición en la que se encontraba el Qollasuyu). Las mismas imágenes han sido empleadas para desfigurar el rostro de una identidad pisoteada por el dominio colonial. Así las crónicas, los relatos de tradiciones (con contenidos y formas españolas) han terminado por alienar al hombre altiplánico, esto, con el tiempo ha influido de sobremanera en el desarrollo de su cosmovisión (en donde la influencia de la iglesia ha dejado una marca espiritual que ha hibridizado las hombre de estas regiones, no sólo en sus concepciones religiosas, sino también estéticas, en sus conocimientos agrícola – ganaderos, en la periodización y planeamiento de sus diversas actividades). En tal sentido la literatura ha logrado imponer una nueva forma de concebir y de desarrollar imaginarios locales, en donde el invasor (el actante que no pertenece a la misma cultura) es ridiculizado en sus relatos orales (como ocurre con el zorro, los sapos, etc.), sus preocupaciones sociales se expresan a través del mismo canal; al mismo tiempo ocurre algo sorprendente: a pesar de siglos de dominación, maltrato y continuos vejámenes, el poblador andino no ha perdido su espíritu festivo ni su alegría, y lo demuestra en sus ritos agrícolas (en los carnavales), sus cantos se oyen desde lo hondo del corazón que rebosa de colores.

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En relación a la narrativa durante la república, la primera información que tenemos nos conduce a S. M. M. Basagoytia, antiguo prefecto de Puno, quien compuso una serie relatos (además de poemas en quechua) sobre la Vicuña y el paco-vicuña (en honor a Don Juan Pablo Cabrera), de quien nos ocuparemos en el capítulo concerniente a la poesía (por ser el campo en el que destacó más). Luego ingresamos al período en que “El Constitucional de Puno” (el diario oficial de la Prefectura de Puno) publicó algunas entregas de relatos breves del Prefecto de ese entonces, el Dr. En jurisprudencia y Coronel Narciso Aréstegui (a quienes bien se les podría considerar como los fundadores del cuento Puneño), el más cercano a este título es obviamente el segundo por tratarse de una de las figuras más importantes en la narrativa peruana (autor de la novela “El Padre Horan”) y cuyos restos se encuentran además en el cementerio de Laykakota (de la ciudad de Puno), uno de esos relatos es “Miguelito” (1). El tema de toda su obra narrativa gira en torno a los padecimientos de la raza indígena, sus descripciones articulan espacios geográficos del sur del Perú, en donde sitúa además los conflictos bélicos con Bolivia. Le costó caro a Aréstegui, ya que los temas que abordaba en su obra narrativa le hicieron proscripto, esto en nombre de un absurdo (supuestamente ofendía el sentimiento religioso del pueblo cusqueño), en verdad Aréstegui sostenía un sentimiento antirreligioso, motivo por el que decidió radicar en Puno, abrazó las convicciones del indigenismo social y revolucionario (ya que en 1867 fue nombrado vicedirector de la sociedad amiga de los indios) y además cultivó gran amistad con Juan Bustamante Dueñas, lastimosamente la muerte de Aréstegui fue perjudicial para las causas indigenistas, Bustamante tuvo que levantarse en armas contra el poder central y encontraría la muerte en Pusi, en 1869. Posteriormente existen sendas publicaciones en el diario “El Eco de Puno” (de corte clerical) de la primera época, algunos registros narrativos muy vinculados al quehacer moralizador de la Iglesia Católica, en los cuales se describen a personajes indígenas con características reprochables, diabólicas contra los que la fe cristiana debería de luchar (como que esa era la misión), el indio debería ser como un cordero de Dios, dócil y obediente a los mandatos divinos (en los cuales también se encontraban los de los sacerdotes, que a la vez pertenecían a las familias de las grandes haciendas). Entre esto cabe destacar los escritos de Piérola (hermano de Nicolas de Pierola), los de Puirredón (que son relatos sobre la vida de los indígenas y cuál debería de ser su actitud frente a la iglesia, las autoridades políticas y demás notables). Es decir que la literatura sirvió para pregonar a voz en cuello una serie de contenidos alienizantes, que buscaban que todo lector, mestizo, indígena (si era letrado) o blanco con simpatías indígenas se adormeciera. Palma se configura en el creador de la tradición del Perú, que es ya bastante más que un intento de crear un espíritu unificador de concepciones ligadas a un proceso de arquetipización de los discursos alternos o de periferia, que dejan de serlo para aludir a una semiosis capaz de ser interpretada y reinterpretada por una generalidad. Por otro lado desarrolla una filosofía propia de la composición, una forma y teorías propias del empleo del español para crear un imaginario que deja de ser suyo para ser representado por el “peruano” como generalidad, y lo puneño no escapa a esto, porque es parte del imaginario nacional, por ello Palma alude a Puno en más de dieciséis tradiciones (como se notará en lo referido a Palma). Luego de los sucesos de Pomata (1896 – 1900) aparece un cuento en el diario “El Siglo” (éste de filiación liberal), el mismo que lleva por título: “Los Ayes del Indio” firmado por Telesforo A. Catacora (el célebre maestro creador de la Escuela de la Perfección), hay que mencionar que Catacora fue un mestizo culto que creó la revista “El Carolino” (en 1897), desde donde a través de su pluma cultivó la literatura (ya en ensayo, como en narrativa) comprometida. Sorprende de sobremanera que los escritos de Catacora (narrativa) posean manejo de estructura, diálogos bien logrados y racontos. En un tiempo en que los hitos literarios (como lo son James Joyce o Edgar Allan Poe) no eran conocidos, en el caso de Joyce, éste ni siquiera había escrito sus obras que son monumento de lenguaje y de recursos técnicos. La obra de

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Catacora es sin duda una de las piezas maestras de las letras puneñas. No se trata de los relatos en los que el autor no tiene conciencia de que él debe quedar fuera, y lo importante debería ser que lo que se relata deba ser verosímil ante el lector, Catacora logra ese ambiente. José Antonio Encinas posee en su haber un libro orgánico de relatos, el mismo que consigna lo siguiente: “El Vaso Simbólico”, “El Viejo Árbol”, “El Demonio de Chucuito”, entre otros. Se trata de un narrador con una fuerza exquisita en la búsqueda de la afirmación cultural y en la preocupación honda sobre los problemas que atañen a los indígenas, así como también a los problemas de la organización política que perjudica a esta clase por la que tanto luchó (ya en materia jurídica, social, educativa, histórica, etc.), la mayoría de sus relatos son lineales, en ellos predominan el sarcasmo frío y una ironía fina. Moisés Yuychud, escritor exquisito, cultor de una prosa lírica fina y lograda, fue compañero de Encinas y de Catacora en la Escuela Normal de Varones de Lima (en la primera promoción), su activismo literario ha sido olvidado casi por completo; sin embargo su prosa lírica antecede en décadas (1913) a las exquisiteces que Omar Aramayo demuestra en esa novela (maravillosa) que es “Glu Ekeredá” (1971) y en ese libro de cuentos, que José B. Adolph califica de “bello y humano” (“Antes de los mil días que estuve bajo la sobra de un árbol de diamantes”). En 1913 aparece ese libro que lleva por título “Ensayos Literarios” de la autoría de Yuychud. Luego vienen nombres como los de Gamaliel Chuarata (que es un narrador exquisito y profundo), Emilio Romero Padilla (toda una mentalidad de su tiempo), Mateo Jaika, Román Saavedra, Mario Franco Hinojosa, Vladimiro Bermejo, Alberto Rosello Paredes, Lisandro Luna, José Portugal Catacora, Honorio Vásquez, Omar Aramayo, Jorge Florez-Ábar, Luis Gallegos Arreola, Feliciano Padilla, Zelideth Chávez Cuentas, Joven Valdez, Waldo Vera, Elard Serrato, Adrían Cáceres, y los jóvenes Christian Reynoso Bladimiro Centeno y Javier Núñez (quienes ya poseen obras orgánicas y que siguen en una constante evolución). Como se notará en el transcurso del capítulo, nunca hubo una brecha en el desarrollo de la narrativa puneña, claro, con algunos altibajos en la calidad, literaria, pero existen puntos hitos que deben se recalcados, los mismos que pueden ser identificados claramente (Narciso Aréstegui, Telésforo Catacora, Gamaliel Churata, Emilio Romero, José Portugal Catacora, Omar Aramayo y Feliciano Padilla). Históricamente, el cuento es muy antiguo. Se originó como consecuencia del hábito de contar historia; de ahí su aceptación popular. Su precedente lo constituyen los breves relatos en prosa que 4. 000 años a.c. nos legaron los antiguos egipcios, a los cuales debemos añadir las recopilaciones hindúes, hebreas, griegas y árabes, entre ellas las mil y una noches. Y en el caso del departamento de Puno, se cuenta con una vasta y rica literatura oral (que si bien es cierto se sigue desarrollando hasta nuestros días), que se tocó en el punto anterior, entre las que podemos enumerar se hallan los dioses y hombres de Huarochirí (en las dos versiones, la lingüística de Gerald Taylor y la literaria de José María Arguedas), posee características propias y marcadas. El cuento desarrollado en Puno, es temáticamente diverso, cada narrador ha experimentado una poética propia (en la que rara vez se topan temas idénticos, como el caso de Romero y Jaika), en cuanto al manejo de técnicas y de estructuras narratológicas se nota una evolución notoria (sobre todo en Omar Aramayo, Feliciano Padilla, Jorge Flórez, Adrián Cáceres y Elard Serruto). Toda literatura posee un canon universal, aquello que no se circunscribe a este canon se queda en lo popular y está condenada a perderse en el tiempo (lo que no ocurre con la buena literatura, que es por el contrario imperecedera, se mantiene fresca a pesar que pasen siglos), es también uno de los postulados de Vladimir Propp, en relación a la evolución del cuento desde lo mítico – ritualista hasta el momento en que adquiere una morfología que la diferencia de los relatos (míticos, maravillosos y ritualistas).

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Actualmente las condiciones del cuento han variado. Definirlo es fácil, si nos remitimos a la idea general admitida por todos: “relato en prosa más corto que una novela”. Sin embargo, nuestro enfoque debe ser más preciso. Para quienes escriben y desean conseguir buenos cuentos, lo definimos como un mecanismo de relojería. Por lo tanto: se trata de descubrir o al menos de investigar sus singulares procedimientos por el lado de la maquinaria: “como tumbar una tortuga en la arena para espiar su aparato locomotor”, tal como decía Cortazar. La palabra cuento (narrativo) proviene de la palabra cuenta (matemática). De ahí, tal vez, su necesidad de dar cuenta y de su precisión. Contar viene del latin: computare. Al ser empleada como procedimiento narrativo responde a dicha idea de “contar”, en sus inicios en el área de la comunicación; después en el área de la expresión y como juego para atrapar al lector con un número específico de recursos. El acontecimiento es lo fundamental: el cuento se limita a un solo hecho central: el cuento cuenta algo que le pasa a alguien. ¿Cómo se caracteriza? Por la brevedad: es suficientemente corto para ser leido de un tirón, como lo definía Edgar Allan Poe. Produce un efecto (noción central del cuento) cuando puede ser leído en una sola sesión. El cuento corresponde a un lapso breve e intenso. Tanto así que llega a la conciencia del lector y no puede abandonar la lectura. A diferencia de la novela, el cuento cuenta una sola historia y se centra además en un solo personaje (lo que no ocurre en la novela, porque el autor coloca a varios personajes y los trabaja con mayor amplitud). En el cuento, a pesar que los hechos incluyan a varios personajes, gira en torno a lo que le pasa a uno de ellos. Por ejemplo se puede hablar de todo un pueblo; pero siempre en torno al personaje. Es dinámico, no es un retrato, ni una descripción. No describe estados, sino que narra la evolución o la transformación de alguien. Su brevedad hace que sea conveniente situar la acción en un momento crítico. Se considera que un cuento es un objeto completo en sí mismo, por lo que posee una estructura (aunque esto haya sido definida por Aristóteles, sigue en vigencia): consta de un Principio, medio y final. Así tenemos que: En el principio de consideran: ¿quién es el personaje, dónde ocurre la primera escena, cuándo ocurre, qué ocurre, por qué ocurre? En el medio: se muestran los obstáculos que aparecen en el camino que recorre el personaje para resolver sus problemas, las dilaciones – una noticia ocultada, una prórroga, un accidente, etc. en el progreso del cuento, inacción del personaje por abulia, inocencia o impotencia. En el final: el problema planteado por el cuento queda resuelto, sin dudas, sin cabos sueltos. Algunos poseen trucos, el narrador engaña al lector y en las últimas líneas lo desengaña con una salida inesperada.

NOTAS: (1) texto encontrado en “El Constitucional de Puno”, diario oficial de la prefectura del departamento de Puno, que ha sido incluido además en el presente capítulo.

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MIGUELITO
Narciso Aréstegui

—Hermanita Jélica, ¡mira esta cuculi que te traigo!... ¡con sus huevecitos!... Esta mañana la sorprendí en su nido… —dijo Miguelito con regocijo infantil, poniendo en las manos de su Jélica (así nombraba a su hermana) un nido de pajas y plumas. —¿Y papá? —¡Oh, qué bonita cuculi! exclamo Angélica. —¡Muchacho! —gritó Paulina sacudiendo de hombros a Miguelito— ¿ya no sabes saludar a la gente? … ¿Eso has aprendido en la chacra?. —Mamita ya yo sé leer carta y libro, escribir palotes, y también hacer cuentas respondió Miguelito sin ocuparse más que de sacar de sus bolsillos los huevecitos de la cuculí. —¿Y tú padre? —preguntó Paulina. —Dos son hermanita, no los vayas a romper... ¡Mira qué bonitos, que redonditos!... —¡Malcriado! ¿no oyes lo que te pregunto?... —dijo Paulina tirando de las orejas a Miguelito. —¡Ay! ¡ay!... ¡mamita! Mi padre me trajo hasta la puerta y se fue… dijo que luego volvería. —Camina al cuarto… dijo Paulina retirándose. —Miguelito… ¿y papá vendrá pronto? preguntó Angélica acariciando a la cuculi, ya su hermano. —Sí, hermanita… ¡Pero mi madre me tira tan fuerte de las orejas!... ¿para eso vengo aquí? —No llores hermanito… luego que mama se vaya a su cuarto, nos encerraremos los dos solitos en el mío… —Bueno… pero que no me pegue mi mamá porque entonces no vuelve a venir. —¿No por verme a mí? —Mejor nos fuéramos a la chacra, hermanita… Vieras allí … ¡Oh!... una porción de pajaritos… Montáramos en todos los burros y corriéramos por todas las chacras… También ordeñáramos a las vacas… ¡qué buena espuma, hermanita!... y después montaríamos a los torillos… —¡Cómo!... ¿Tú montas, Miguelito? —¿Sabes una cosa?... pero no se lo cuentes a mamá: tampoco papá lo sabe. —¿Qué hubo?... —Ayer monté en uno de esos torillos maltoncitos, y me dio un bote más rico… ¡caramba hombre!... que me hizo doler las espaldas. —¡Mal hecho!... Otra vez te sucederá un trabajo si sigues haciendo esas locuras. —Ya no más, hermanita… —Niños vengan ustedes para acá! grito Paulina. —Vamos, hermanito…

NARCISO ARÉSTEGUI nació en el pueblo de Huaro, perteneciente al Cusco en 1824. La crítica literaria mantiene a Aréstegui en el más completo olvido, apesar que se trata de uno de los primero novelistas del país. Efectuó sus estudios en el Colegio Ciencias y Artes y el Colegio Seminario San Antonio abad del Cusco, donde se graduó de abogado. Estuvo a cargo de la cátedra de Historia y Literatura en el Colegio Ciencias, participó en diversas batallas libradas con el ejército boliviana desde 1853, año en que se enroló al ejército, en el mismo en el que años más tarde logrará obtener el grado de Coronel. De el se recuerda su participación en la batalla de Lumina bajo las órdenes del mariscal puneño Miguel de San Román, fue Subprefecto del Cusco en el año 1864. Radicó en Puno por varias temporadas durante las diversa campañas militares, ejerció el cargo de Prefecto en esta ciudad del altiplano, asimismo publicó algunas partes de su novela “El padre Horan” y “El ángel salvador” en El Constitucional de Puno, el relato que se presenta bajo el título de Miguelito es una de esas publicaciones mencionadas en diarios locales. Narciso Aréstegui fue amigo de bohemios románticos y continuo agitador cultural en la ciudad de Puno. Murió en la ciudad de Puno trágicamente como se podrá revisar en el documento precedente. (J.L.V.G)

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Documento encontrado en el Archivo Regional de Puno, mediante el cual se demuestra que Narciso Arestegui falleció ahogado, mientras efectuaba la supervisión del Yavarí. (J.L.V.G)

Tumba del primer novelista peruano en el cementerio de Laykakota de Puno.

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—Ten cuidado con la cuculí: para ti la he traído… —¡Saluda a la señora!... dijo Paulina mostrándole con una mirada a la beata. Angélica por su parte, teniendo un nuevo enojo de su madre, también hizo con el codo una seña a su hermanito. Miguel, que sólo contaba de 9 a 10 años, se cuadró frente a la beata, sin quitarse el sombrero que llevaba puesto, y como un soldado que encuentra a su jefe por la calle, le saludó con infantil donaire. Paulina no pudo menos que sonreírse. frunció el entrecejo. La beata

nota en los niños que viven en las campiñas, trepando a los árboles, saltando los cercos de las chacras, persiguiendo a los pájaros y respirando ese ambiente puro aromático que influye tanto en su sanidad y desarrollo corporal, y prepara su facultad intelectiva para recibir y comprender toda clase de impresiones. Sus ojos, negros como los de su hermana, participaban más de la expresión irónica de Paulina, que del franco natural de su padre. Su nariz y sus labios, un poco parecidos a los de Angélica, eran más carnudos; y sus caballos, que se desprendían debajo de su sombrero apuntado, de un tinte más oscuro y menos vistoso que los de la joven. —¡Muchacho! gritó Paulina viendo pasar por junto a ella a Miguelito con su gravedad de general—. ¡Quitate ese sombrero grasiento…! Sabe Dios de qué sarnoso será… Inmediatamente tiró el sombrero Miguelito, y de un puntapié lo despachó a la calle por la ventan. Fernando, aquí está la señora exclamó Paulina mirándolo severamente; y dirigiéndose después a la beata, añadió-; Dígame Ud. Señora Brígida…. sáqueme Ud. de una curiosidad. —¿Qué quiere Ud., mi buena hermana? —Angélica me asegura, que el dueño del sombrero, que acaba de botar ese travieso, vino anteayer hasta la puerta, acompañándolo a Ud… Después de aparentar que consultaba a su memoria replicó la beata, haciendo un gesto negativo. —¿A mí?... A mi nadie me acompaña nunca. —Pues dizque esta mañana aguaitaba a Angélica el mismo hombre y viéndolo la muda, lo quiso detener, pero se le escapó dejando su sombrero en las escaleras… —Como frecuentemente hay tantos que entran y salen de la casa… alguno de ésos me seguirá… pero yo… créame Ud.: ni lo he echado de ver. —Mamita, no puede ser… Pascualita me lo ha asegurado… —¡Psit! silbó la beata apretando sus dientes sucios. —¿Entonces, la señora Brígida faltará a la verdad?... —Pero… el sombrero… —murmuró Angélica. —¡Yo no puedo saber de quién es! exclamó la beata tirándose con rabia al mantillón. —¡Eh!... ¡calla! dijo Paulina a su hija. Esa muda siempre te anda refiriendo mil cuentas que inventa todos los días…; ¡y tú que les das crédito!.

Y Angélica observaba con afectuoso interés el aire de gravedad que había tomado Miguelito para hacer su cortesía a la beata, y acariciaba el precioso obsequio que acababa de hacerle. —¿Qué le parece a Ud., mi señora Brigida? dijo Paulina haciendo alusión al saludo enteramente militar de su hijo. —¡Psit!... replicó silbando la beata-. ¡Eso no más saben los niños de hoy!... tan inclinados a la milicia… —Como mi esposo fue militar en su tiempo… —¡Oiga! ¿Entonces él le habrá enseñado a saludar así ¡Qué lástima! Mejor le dedicará a la iglesia… Los sacerdotes se van acabando. —Dice usted bien mi señora Brígida… Lo he de consultar con mi esposo… —Si consiente, podemos ponerlo en un Convento, para que estudie la Moral y la Sagrada Teología en Latín. —¡Oh!... ¡Cómo oyera hablar en latín a mi hijo! —exclamó Paulina con júbilo. —Mucho me duele el corazón, cuando oigo a los niños de hoy, que todo lo estudian en castellano… El idioma de los santos sólo se enseña ya en los conventos. Mientras que la beata abogada a su modo a favor del latín, Miguelito se paseaba ya, con aire de general habiendo hecho un tres picos del sombrero de Julián; y Angélicas acomodaba la cuculí en una canastilla. Miguelito estaba vestido de la misma manera que su padre, excepto el sombrero apuntador y ceñidor que había improvisado de su pañuelo rojo de cuadro. Le hacía falta una espada y no tardo en proporcionársela echando para ello mano de la escoba de su hermana. Robusto y de un color rosado, la fisonomía de Miguelito respiraba la frescura, agilidad propia de sus años y de su genial vivo, libre y desenvuelto; toda la travesura que se

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—No se incomode Ud. mi buena hermana… cosas de niños…. —¿Y qué haces tú allí, Miguelito? —¡Deja ese hilo Miguel, deja ese hilo!... exclamó Angélica arrebatando de las manos de su hermano las madejas de Casemira. —¡Bueno!... Jélica dijo Miguel con sentimiento; —añadió— ¿dónde está mi cuculí? ¿Te la traigo de la chacra, y no quieres que haga una pelotita?. —Yo te daré otro hilo… ese hilo es ajeno. —¡Qué muchacho! Exclamó Paulina consultando con la vista a Brígida. ¡Siempre con sus travesuras! Qué se lo vuelva a llevar su padre, porque es capaz de hacerme salir canas verdes… ¡Jesús!. —A un convento con él, -dijo en voz baja la beata. —Dice Ud. bien mi señora Brígida. Todo lo que hablaba la beata era un evangelio para Paulina. —Mi papá me dijo—, repuso Miguelito a su hermana— que yo jugaría aquí… porque hoy me daba asueto… y me quitas hasta los hilitos… —¿Y a qué hora vendrá? preguntó Angélica— ¿Dónde fue? Miguel levantó los hombros. —Me voy… mañana volveré dijo la beata huyendo de un encuentro con Juan Bautista. —Un momentito más, señora Brígida… Quiero que mi esposo la conozca a Ud… no debe tardar mucho… —No, mi buena hermana… Otro día; tengo que hacer… y dígame Ud., … ¿fueron a verlo? —¡Oh! Cómo no… Angélica prestó atención. —¿Y qué dijo? preguntó Brígida. —Que estaba corriente… que era un deber suyo… —Pues ha sido Ud. muy feliz…. Siempre está tan atareado con sus pláticas y otras mil distribuciones… con tantas hijas de confesión como tiene… —Eso ha hecho Dios, mi señora Brígida. —Yo temía una negativa… En fin, la felicito a Ud. —A Ud. lo debo todo… —Una indicación, así, así, … porque desengañémonos, mi buena hermana; estos tiempos se van haciendo tan fatales… que es preciso vivir agarrándose de pies y manos de un confesionario… —Tiene Ud., razón, mi señora Brígida… Espero que mi Angélica, ya no soltará a su padre confesor… —¿Con que… mi buena hermana? … —¿Me deja Ud.? —Hasta otra vista.

—Dios la conserve a Ud. para mi consuelo dijo Paulina acompañando a la beata hasta la puerta. Angélica respiró. Le era insoportable la presencia de Brígida, para que cada palabra suya excitaba un nuevo sentimiento de terror involuntario en su sencillo corazón. —¡Jesús!... ¡Qué adquisición hemos hecho! exclamó Paulina dirigiéndose a su hija. ¡Si me parece un milagro!... ¡Lo que son los secretos de Dios! ¡Cómo ha venido voluntariamente a nuestra casa esta santa señora!... —La santa Señora tiene una cara tan fea!..., —dijo Miguelito haciendo palotes con un pedazo de yeso en el tablero de la ventana. —¡Hermanito! murmuró Angélica. —¡Malcriado! exclamó Paulina amenazando a su hijo con los puños—. Te he de agujerear la cabeza… —Esta es I… ésta es m —decía Miguelito llenando con su garabatos la puerta de la ventana. —Yo te daré m en el … —replicó Paulina— y exclamó—: Dios se compadezca de sus criaturas, como dice la señora… —Amén contestó entrando Juan Bautista. —¡Padre mío! Exclamó Angélica saltando al cuello de su padre con toda la efusión de su cariño, y dando libre curso a sus lágrimas. —Papá, mi mamá… luego que entré… —dijo Miguelito agarrándose las orejas. —¡Calla tú! gritó Paulina. —¿Qué tienes, hija mía?... ¿Por qué esas lágrimas?... Parece que no me hubieras visto en todo un siglo. —¡Simplezas suyas! dijo Paulina. —¿Pero por qué lloras, hija? … Vamos, Paulina… ya sé lo que es… —Acúsame ahora… —No… pero mi hija nunca llora sin motivo… —¡Oh! Necesitaba llorar… —balbuceó Angélica enjugándose los ojos. —Aquí hay algún misterio dijo Juan Bautista quitándose el sombrero y arreglándose con las dos manos su barba blanca. —¿Qué más misterio ha de haber exclamó Paulina clavando los ojos en su hija— sino que esta muchacha siempre se ha de asustar de todo?... —Cuando vine estaba aquí una vieja más fea… —dijo con inocencia Miguelito. —¡Acabaras! exclamó su madre—. ¡Acabaras!... en este momento he visto salir a la beata con su saco color de polvillo… ¿La misma de quien me hablaste, Paulina?... —¿No te dije que era una santa, que sólo quiere nuestro bien?...

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—Adelante… pero que no haga derramar lágrimas a mi hija. —Eso es: ¡crees tú en sus lágrimas… que las tiene en la punta de las pestañas!... —No, Paulina… mi hija… —Padre mío… —Dí, Angélica… Di… —canturreó Juan Bautista—. Debes hacer presente a tu padre cuanto sientas y pienses. —Lo mismo que a tu madre- agregó Paulina. —Bueno: pero tú la riñes y no la dejas hablar. Cuando los padres se manejan así, los hijos no pueden tener en ellos la debida confianza. —¡Cómo te oyera la señora Brígida! repuso, moviendo la cabeza la admiradora de la beata—, ¡Qué bien que te contestaría!. —Tu señora Brígida sabrá de cuantos padre nuestros y ave marías se compone un rosario… y no… —¡Tú entiendes mucho de educación!... Por eso enseñas a Miguelito a saludar como los soldados. —Mamita— dijo Miguel poniéndose frente a ella y accionando con mucha gracia— ¿Cómo la pasa Ud.?... ¡Bien! ¡bien! Hijo mío; y decía tu madre que no saludabas sino a lo soldado. —¡Quita de aquí exclamó Paulina. Angélica no pudo menos que sonreírse de la refinada política de su hermanito. —Déjalo Paulina… Luego que aprenda a escribir y un poco de cuentos, lo pondremos a estudiar en un colegio… —Mejor sería en un convento… allí estudiaría en latín. —¿Qué es lo que se aprende en un convento?... A argumentar con todo el mundo y a ayudar a misa. —En un colegio, Miguelito, aprenderá urbanidad, trato de gentes; estudiará las ciencias, y sobre todo… —Será un hereje añadió Paulina. —¡Que hereje!... El hombre no puede ser hereje nunca… Teniendo a la vista la naturaleza entera, que le patentiza la existencia de un Dios. Aunque confundía la palabra hereje con la de ateo, o más bien, tomaba la primera en el sentido de la segunda, Juan Bautista se explicaba con la filosofía natural que le dictaba su corazón. —¿Qué cosa entonces, sobre todo? preguntó Paulina. —Miguelito aprenderá un oficio. —¿Qué voy a ser? … ¿qué voy a ser?... dijo Miguelito— ¿Uno de esos que hacen hermosas casas?...

—Arquitecto repuso Juan Bautista; y añadió con sentimiento—: Pero desgraciadamente no hay en nuestro país un colegio donde se pueda aprender eso. ¡Y cuidado que Miguelito tiene genio para ello!... Ha hecho una casita de barro. —Con sus comedores y sus cuartos dijo Miguelito; y dirigiéndose a su hermana—: ¡Si las vieras, Jélica!... Te gustara mucho. —Y en efecto… Tiene todo el aire de una casa verdadera añadió Juan Baustista. —Hermanito exclamó Angélica. Envíame tu casita para que viva en ella la cuculí. —Bueno… Pero déjame hacer una pelotita… de ese hilo verde. —Padre mío dijo Angélica— compre Ud. una pelota del Portal de Carrizos para mi hermanito. —Descuida Miguel… tendrás un par de pelotas… porque, Paulina, ese ejercicio es bueno; enrobustece los brazos, da agilidad al cuerpo. —Y sirve para destrozar las paredes y los tejados concluyó Paulina. —Eso sería cuando no tuviese más ocupación que la de jugar. —Yo tengo que leer… escribir y contar… —murmuró tristemente Miguelito. —Ya te comprará nuestro padre, dijo Angélica— Yo se lo recordaré… —En fin, —interrogó Juan Bautista— ¿qué tenías que decirme, querida hija?... —Estuvo aquí la señora Brígida contestó Angélica— y entre otras cosas que habló con mi madre, le dijo que me llevaría a su casa… —¿Y por esa gratuita manifestación de afecto te pusiste a llorar? dijo Paulina. —No por eso mamita… pero… yo no puedo explicar lo que siento en mi interior con semejante idea… la señora Brígida no me inspira confianza… nunca podré conformarme con sus aterradoras expresiones… Juan Bautista interrogó con un movimiento de cabeza a su esposa. —¡Asustadiza! gritó Paulina—. No quieres oír la palabra de Dios… ¿No te acuerdas de eso que repitió de memoria?... —¿Quién repitió? preguntó Juan Bautista. —La señora Brígida, que por comedimiento se ha prestado a instruir a Angélica, para que haga una buena confesión. —¡La señora Brígida!... Más tiene cara de bruja que de instructora.

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—¿Sí?... dijo Paulina mirando atentamente a su esposo y moviendo la cabeza-. ¿Sí?... ya no te acuerdas de lo que te dijo el padre Horán… —No me empieces a calentar la cabeza. —¿Y por qué, entonces, se resiste Angélica?... —¿Yo… mamita?... exclamó la joven sorprendida de esta acusación. —¿Se niega a confesarse? preguntó Juan Bautista. —Cuando no quiere oír los consejos de la señora Brígida… —contestó Paulina— ¿qué se puede suponer de ella?... Al menos para mí… ésta es una mala espina… —¿Es cierto, hija mía? le preguntó su padre—. Contéstame con franqueza. —Me confesaré, padre mío… ya lo he dicho repetidas veces… —¡Canasio!... ¿Y qué quieres entonces Paulina?... —¡Oh!... ¡déjame!... no estoy para explicaciones… Yo haré lo que convenga.

Estas imperativas palabras volvieron a obrar sobre el ánimo de Angélica de una manera lastimosa y cruel. Acabó de sobresaltarse al ver la debilidad del apoyo con que había contado su esperanza, que cedió a la desdeñosa contestación de su madre, continuando: —Eso es otra cosa… Tratemos ahora, Paulina, de negocios más serios… Escucha… Miguelito, después de haber rayado una ventana hasta la altura de su brazo, acomodaba ya una silleta para subir sobre ella y garabatear todo el espacio que aún quedaba limpio.

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Hoy Jirón el Puerto, fotografía de Puno en el año 1923, las calles, la ciudad nacen y como los hombres tienen su vida propia crecen; pero cuando mueren se llevan un poco de nosotros. (J.L.V.G.)

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EL CUENTO, LA TRADICIÓN Y EL RELATO

ZURRÓN-CURRICHI
(CONSEJA POPULAR) Ricardo Palma

De fijo, lector mío, que muchas veces has oído decir: puneña, zurrón-currichi1 aplicando a las hijas de San Carlos de Puno, apóstrofe que, francamente, es la mayor injuria que hacerse puede a las allí nacidas, porque equivale a llamarlas brujas, y harían muy bien en beberle la sangre a sorbos al malandrín que tan pícaramente las agravia. Yo no diré que la cosa tenga mucho fundamento; pero alguno ha de tener, estando la ciudad a las faldas del Laycacota, que quiere decir, en castellano de Cervantes, algo así como guarida de brujas. Sin embargo, rebuscando en mis Anales de la Inquisición de Lima, librejo que escribí y publiqué no recuerdo cuándo ni cómo, no encuentro que jamás el Santo Oficio hubiera penitenciado una sola bruja de Puno, y eso que la lista que de ellas consigné, con todas sus habilidades y circunstancias, es la larguita y minuciosa. Pero si la tradición dice que en Puno hubo brujas, no es decir (y aquí me pongo en buen predicamento con las muchachas que actualmente comen pan en Puno) que hogaño también las haya, y si las hay, mía la cuenta si no hacen uso de otro hechizo que el que Dios puso en sus ojos de gacela y en su boquita de coral partido. Después de esta introducción, me parece que puedo, sin peligro de que me arañen, referir el cuento o sucedido. ¡Niñas, niñas, lo que no fue en vuestro año no es en vuestro daño!.

Don Nuño Gómez de Baeza fue uno de esos tantos que estableció tienda en la villa, dedicándose al rescate de lanas y venta de zurrones de nueces y cocos que un socio le remitía desde Chile para que él cuidase de proveer algunas de las poblaciones del Alto Perú. Era don Nuño mozo que aún no llegaba a los treinta, gallardo como no había otro en la villa, generoso como un nabab, de amena y fácil conversación y muy gran aficionado al comistrajo o golosina del Paraíso. Amor trompetero, cuantas veo tantas quiero; que, en teniendo cuello y mangas, todo trapito es camisa. Gobernador de la villa era don Gracián Diez Merino, del hábito de Alcántara, caballero moral y religiosa, que se desvivía para castigar todo escándalo y que, obedeciendo instrucciones que le comunicaran de Lima, consiguió que la población estuviera más tranquila que claustro de cartujos. Con tal fin promulgó bando previniendo que después del toque de queda nadie fuera osado asomar el bulto por la calle, bajo pena de multa y prisión. Ítem, se empeñó en que todo títere había de vivir como la Iglesia manda, pues en su jurisdicción no toleraba amancebamiento, barraganía ni cosa que a pecado contra la honestidad trascendiese. El que enferme de amores sin calentura, que vaya a su parroquia, que el cura, cura. Había en el lugar una señora viuda de un cabildante, jamón apetitoso todavía, a pesar de los tres quinces que peinaba, la cual gozaba fama de ser cumplidora del precepto evangélico que manda ejercer la caridad dando de beber al sediento. El señor gobernador la rodeó de espías, jurando que, el primer gatuperio en que la atrapase, tenía de marinarla con su cómplice. Por fin, una noche diole aviso un alguacil de que, después de la queda, había doña Valdetrude entreabierto cautelosamente la puerta de su casa y dado paso franco a un galán en quien, no embargante el embozo, había creído reconocer a don Nuño Gómez de Baeza.

I
Era el año de 1672, y aunque recientemente fundada por el virrey conde de Lemos, la villa de San Carlos de Puno conservaba restos de la opulencia que, cinco años antes, esparcieron por la comarca el rico mineral de Salcedo. De todos los rincones del Perú habían afluido a las riberas del Titicaca aventureros ganosos de enriquecerse en poco tiempo y mercaderes que realizaban en breve su comercio con un ciento por ciento de provecho.

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Su señoría se reconcomió de gusto y se restregó las manos, diciendo: —De ésta no libra de que la case y bien casada, que aunque ella no es pobre, el don Nuño varea la plata y es mozo como unas perlas. Conviene que en todo matrimonio, si el marido lleva para el puchero, la mujer no sea tan calva que no lleve siquiera para el chocolate. Y seguido de alguaciles llamó enérgicamente a la puerta de doña Valdetrudes, diciendo: —¡Por el rey! Abran a la justicia. Don Nuño tuvo un susto mayúsculo; mientras ella, sin revelar la menor zozobra, dijo en voz baja a su amante: —(Ponte detrás de la puerta y escapa tan luego como yo abra). ¿Y qué busca la justicia en mi casa? —Abra y lo sabrá, y que sea pronto, antes que lo roto resulte peor que lo descosido. —Pues vuesa merced espere que me eche encima una saya, y en seguida voy a abrirle. Mientras duró el diálogo húbose don Nuño vestido a las volandas, y después de embozarse en la capa, se puso detrás de la puerta. Al abrirse ésta por doña Valdetrudes, avanzó su señoría con un farolillo en la mano y dio un rudo traspiés, empujado por un bulto que se deslizaba. —¡Canario con el gatazo! exclamó el gobernador—. Si no me hago a un lado me descrisma sin remedio. Y, en efecto, vieron los alguaciles que un gato negro escapaba calle arriba a todo correr. Don Gracián Díez Merino, después de practicar escrupuloso registro en la casa, que era pequeña, tuvo que retirarse pidiendo mil perdones a doña Valdetrudes por su importancia visita. Al llegar a la esquina dio un tirón de orejas al alguacil que le llevara el aviso, y díjole: —Sin duda viste entrar al gato y se te antojó persona. Mira, bribón, otro día asegúrate mejor para que no hagas caer en renuncio a la justicia del rey nuestro señor.

Sea que a don Nuño Gómez de Baeza maldita la gracia que le hiciera el que lo hubieran metamorfoseado en gato, o que no quisiera tracamandanas con la justicia, o, lo que es más probable, que no lo cautivaran los trashumados hechizos de la dama, la verdad es que no volvió a ocuparse de ella, dejando sin respuesta (el muy mal criado) sus amorosos billetes y desairando las citas que en ellos le proponía. Mis lectores convendrán conmigo en que la descortesía del mancebo lo hacía merecedor de castigo, pues, aunque todo sea barro, no es lo mismo la tinaja que el jarro. Convencida, el cabo, Valdetrudes de que el galán se negaba a volver a las andadas, resolvió emprender la reconquista valiéndose de malas artes, pues, como dice el refrán, a caballo que se empaca, darle estaca. Una mañana llamó a Pascualillo, el barbero de la villa, que era un andaluz con más agallas que un pez, y le dijo: —¿Quisieras ganarte un par de ducados de oro? —¡Pues no he de querer! No gano tanto, señora, en un mes de rapar barbas, abrir cerquillos, aplicar clisteres, sacar muelas y poner ventosas y cataplasmas. —Entonces, toma a cuenta un ducado, y sin que lo sepa alma viviente, me traes mañana domingo una guedeja de cabellos de don Nuño Baeza. Cerrado el trato, volviese el barbero a su tenducho, y diose a cavilar en lo que aquella pretensión, a tan alto precio pagada, podría significar. —¡No! Pues yo no lo hago se dijo el andaluz, como síntesis de sus cavilaciones—, ¡Sobre que el mechón de pelo podría servir para que sobreviniera algún daño a ese caballero de tanto rumbo, que me paga una columnaria por su barba, lo que no hacen otros roñosos que andan por ahí más huecos que si llevaran al rey dentro del cuerpo! ¡Voto va por Mahudes y Zugarramurdi, que son en España señoríos de brujas! Pero también es cosa fuerte devolver el ducado de oro con que puedo feriar a mi Aniceta, para la fiesta del Corpus, una caperuza de filipichín y una falda de angaripola. ¡Eh! Ya veremos lo que se ingenia; que de aquí a mañana más horas hay que longanizas. Al otro día, Pascual afeitaba y aliñaba el pelo de don Nuño, que tenía costumbre de asistir a misa mayor hecho un gerifalte por lo pulcro y acicalado. Pero el barberillo era mozo de conciencia, porque, pudiendo a mansalva cortar cabello y esconderlo en el delantal, resistió vigorosamente a la tentación.

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II
Al siguiente día no se hablaba en San Carlos de Puno sino de la estéril pesquisa del gobernador y del gato negro que por un tris descalabra a su señoría.

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Al salir del cuarto de don Nuño, pasó Pascual por la tienda, y con el pretexto de coger un puñado de cocos y otros de nueces, detúvose delante de dos zurrones de piel de cabra, y con las tijeras, que en la mano traía, cortó de cada uno un poco de pelo, envolviolo en un pedazo de papel, y muy orondo se dirigió a casa de doña Valdetrudes, murmurando para sí: —Todo va bien, con tal que ella no repare en que estas hebras son rubias y que el cabello de su merced es de un negro alicuervo. Doña Valdetrudes pagó el otro ducado prometido, y tanta era su complacencia por tener prenda corporal de su ingrato amador que añadió, por vía de alboroque, una monedilla de plata. Dicen bien que amor tiene cataratas, porque madama no paro mientes en el color del pelo, y echando llave y cerrojo, púsose a invocar al diablo y a preparar el hechizo. Créanme ustedes. Yo, que en achaques de brujería aprendí, para escribir mi susodicho librejo de Anales de la Inquisición, hasta la manera de atar la agujeta y correr el hilo respondón, que es cuanto hay que saber en la materia, no he podido averiguar qué clase de menjurje o filtro confeccionó Valdetrudes, pues eso de enredar pelos en piedra imán para hacerse amar de un hombre es propio de brujillas de tres al cuarto y no de catedráticas, como diz que lo fue mi señora la viuda del cabildante. Probablemente no tuvo a mano Valdetrudes un botecito de agua cuyana, que en ese siglo era todavía remedio infalible para hacerse amar.

Cuando el hechizo estuvo terminado, emperejilase doña Valdetrudes, echándose encima el fondo del baúl, y muy sandunguera y con mucho rejo salió a dar un paseo por la calle de don Nuño, segura, segurísima de que éste al verla se vendría tras ella como el ratón tras el queso, pues la brujería no podía marrar. Hallábase Gómez de Baeza en la puerta de su tienda, conversando con un amigo, cuando apareció por la esquina la jamona, y maldito si el mancebo sintió el más leve movimiento revolucionario en las entretelas del alma. Y eso que ella, al pasar delante de él, le disparó una de esas miradas que dicen clarito como en un libro: piloto quiere este barco, y se sonrió, como diría Tomé de Burguillos, con aquella boca hermosa, que dejó de ser guinda por ser rosa. De repente, y cuando doña Valdetrudes no habría adelantado media cuadra, un zurrón de nueces y otro de cocos empezaron a bailar la zarabanda corriendo tras de la bruja. Asustada ella con el ruido y la gritería de los muchachos, que no perdieron la oportunidad de recoger cocos y nueces, emprendió la carrera en dirección a la laguna; y mientras más apuraba ella el paso, menos se detenían los zurrones, que, con doña Valdetrudes, fueron al fin a sumergirse para siempre en el Titicaca. Desde entonces (y ya hace fecha) nació el apóstrofe Puneña zurrón-currichi.

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Qué hace correr zurrón.

Actual salida hacia la provincia de El Collao, la tradición narra que los hombres ingresaron al lago tras la puneña zurron currichi. (J.L.V.G)

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LA LAGUNA DEL DIABLO

Parece que el diablo tuvo, en los tiempos del coloniaje, gran predilección por el corregimiento de Puno. Pruébalo el que allí abunda las consejas en que intervienen el rey de los abismos. Esta predilección llegó al extremo de no conformarse su majestad cornuda con ser un cualquiera de esos pueblos, sino que aspiró a ejercer mando en ellos. Traslado al alcalde de Paucarcolla. Y no sólo hizo el diablo diabluras como suyas, sino que también trató de hacer cosas santas, queriendo tal vez ponerse bien con Dios, pues a propósito de la iglesia de Pusi, que se empezó a edificar a fines del siglo anterior, refieren que el ángel condenado contribuía todos los sábados con una barra de plata del peso de cien marcos, la que inmediatamente vendía el cura, que era el sobrestante de la obra y con quien el patudo, bajo el disfraz de indio viejo, se entendía. Desgraciadamente, el templo, que auguraba ser el más grande y majestuoso de cuantos tiene el departamento, quedó sin concluir; porque la autoridad, que siempre se mete en lo que no le importa, se empeñó en averiguar de dónde salían las barras, y el diablo, recelando que le armasen una zancadilla, no volvió a presentarse por los alrededores de Pusi. Vamos con la tradición, poniendo aparte preámbulos. Cuentan las crónicas que, allá por los años de 1778, presentose un indio en una pulpería de la por entonces villa de Lampa a comprar varias botijas de aguardiente; más no alcanzándole el dinero para el pago, dejó en prenda y con plazo de dos meses unos ídolos o figurillas de oro y plata. La pulpera enseñó estas curiosidades al cura Gamboa, y él, reconociendo que debían ser recientemente extraídas de alguna huaca, la comprometió a que diera aviso tan luego como el indio se presentase a reclamar sus prendas. Púsose el cura de acuerdo con el gobernador don Pablo de Araníbar, y cuando a los dos meses volvió el indio a la pulpería, cayeron sobre él alguaciles y lo llevaron preso ante la autoridad.

Asustado el infeliz con las amenazas del cura y del gobernador, les ofreció conducirlos al siguiente día al sitio de donde había desenterrado los ídolos. En efecto, llevolos a la pampa de Batanzos, llamada así en memoria del conquistador de este apellido que casó con la ñusta doña Angelina, hija de Atahualpa; pero, por más que escarbaron en una huaca que les indicó el indio, nada pudieron obtener. Temiendo que fuera burla o bellaquería del preso, alzaron los garrotes y empezaron a sacudirle el polvo. Entregados estaban cura y gobernador a este ejercicio, cuando, atraído sin duda por los lamentos de la víctima, se presentó un indio viejo y les dijo: —Viracochas (blancos o caballeros), no peguen más a ese mozo. Si lo que buscan es oro, yo les llevaré a sitio donde encuentren lo que nunca han soñado. Los dos codiciosos suspendieron la paliza, entraron en conversación con el viejo y, al cabo, se convencieron de que la fortuna se les venía a las manos. Volviéndose a Lampa con el descubridor y lo tuvieron bien mantenido y vigilado, mientras escribían a Lima solicitando del virrey don Manuel Guirior permiso para desenterrar un tesoro en los terrenos que hoy forman la hacienda de Urcumimuni. Accedió el virrey Guirior, nombrando a don Simón de Llosa, vecino de Arequipa, para autorizar con su presencia las labores y recibir los quintos que a la Corona correspondieran. Dice Basadre que en los asientos de las cajas reales de Puno aparece que lo sacado de la huaca en tejos de oro se valorizó en poco más de millón y medio de pesos, sin contar lo que se avaporó. ¡Riqueza es en toda tierra de barbudos o lampiños! Dice la tradición que en la época en que se acopiaba oro para satisfacer el rescate de Atahualpa, cien indios se

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emplearon en enterrar en Urcumimuni los caudales que componían la carga de mil llamas. El indio viejo contemplaba sonriendo a los felices viracochas, y les dijo un día, cuando ya consideraban agotada la huaca: —Pues lo que han logrado es poco, que en esta pampa hay todavía mayor riqueza; pero no puede sacarse sin gran peligro. Con justicia dijo Salomón que una de las tres cosas insaciables es la codicia. Nuestros caballeros no se dieron por satisfechos con la fortuna hasta allí obtenida, y desoyendo los consejos del anciano emprendieron serios trabajos de excavación. Llevaban ya en ellos tres semanas, cuando una tarde tropezaron los picos y azadones con un muro de piedra a gran profundidad de la tierra. Cura, gobernador y representante de la real hacienda brincaron de gusto, imaginándose ya dueños de un nuevo y mayor tesoro. Sólo el indio permanecía impasible, y de rato en rato se dibujaba en su rostro una sonrisa burlona. Redoblaron sus esfuerzos los trabajadores para romper el fuerte muro; más de improviso, al desprender una piedra colosal, sintiese horrible ruido subterráneo y una gran masa de agua se precipitó por el agujero. Cuantos allí estaban emprendieron la fuga, deteniéndose a dos cuadras de distancia. El indio había desaparecido y jamás volvió a tenerse de él noticia. El sencillo pueblo cree, desde entonces, que la laguna de Chilimani es obra del diablo para burlar la avaricia de los

hombres; y en vano aun en los tiempos de la República, se han formado sociedades para desaguar esta laguna, que, como la de Urcos, se presume que guarda una riqueza fabulosa. * El autor del Viaje al globo de la luna explica así en su curioso manuscrito lo sucedido: “No tiene duda que el Colla o señor del Collao, vasallo del Inca, enterró sus tesoros bajo de tres cerros de tierra hechos a mano. En nuestros días unos españoles, valiéndose de un derrotero proporcionado por unos indios del lugar a sus antecesores, emprendieron la gran obra de descubrir los cerritos artificiales. Habían encontrado ya un ídolo de oro y una corona también de oro; pero con el gran gozo que les produjo este hallazgo y el mayor que aún se prometían, no cuidaron de conservar ilesa cierta argamasa que era como el murallón, o dígase la callana, que recibía estos tesoros para que no los inundasen las poderosas filtraciones del lago vecino. “Con este desacierto quedó imposibilitada la prosecución de la obra y perdido el tesoro. Obra de titanes nos parece que los indios allanaran cerros y trasladaran montes, e hicieran estas prodigiosas callanas o murallones a orillas de un lago. Sin embargo, el procedimiento era sencillo y dependía del gran número de brazos de que podía disponer el señor. En un plano, por ejemplo, de mil varas de circunferencia trabajaban cincuenta mil o más indios en la excavación, otros tantos en agotar el agua que se filtraba y número igual en ir preparando y acentuando aquellas impenetrables argamasas; siendo de advertir que mucha gente también, y a largas distancias, iba pasando de mano en mano los materiales. Y así, sin confusión, sin embarazarse y en líneas bien ordenadas trabajaba aquella inmensa multitud en destruir o fabricar cerrillos, hacer subterráneos, caminos y fortalezas”.

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PALMA, PUNO Y SUS TRADICIONES* Con “La fiesta de Simón Garabatillo” Ricardo Palma inicia un proceso de descentración en relación a lo que denominaré espacio de construcción del imaginario peruano sólo sobre Puno (hasta la década del 20 del siglo, fecha en que una forma estética se convierte en una nueva tradición en el espacio andino, me refiero al vanguardo indigenismo, que más tarde orienta y crea un referente para la valoración estética de un imaginario renovado), en todo caso este concepto de descentración conlleva a una serie de reflexiones, entre ellas la denominada cultura de centro y de periferia (lo que quizá tenga sus orígenes en los discursos de Augusto Salazar Bondy y los denominados filósofos de la liberación). Recordemos que el concepto de centro refiere a la hegemonía de un referente cultural (en el sentido sociológico y antropológico) sobre otro que es de menor prestigio al anterior. Y que la existencia de un centro refiere también a la existencia de una periferie (aquello que no es centro), así en el período en que Palma inicia con sus entregas (sobre sus muy famosas tradiciones peruanas) existen discursos orientados a desarrollar imaginarios distantes (ni siquiera discursos fronterizos como los de Churata u otros de las generaciones posteriores). La poesía contenía por entonces una forma heredada por Europa (si acaso era una imitación en estilo, forma y hasta en connotaciones), el cuento todavía no tenía asiento sólido y la novela apenas iniciaba (con Concolocorvo, Narciso Aréstegui y Grimanesa Martina Matto Usandivares, la famosa “Clorinda Matto de Turner”, los tres en el mismo orden de aparición). El teatro (muy famoso en el Perú) tenía ya logros importantes (como lo menciona don Estuardo Núñez en “El Teatro de la República” publicado en la Colección Documental del Perú), sin embargo, todas estas formas de expresión literaria se ven reducidas ante el carácter popular que don Ricardo Palma supo impregnar en sus tradiciones, que resultan precisamente crear un espacio dialógico y de

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apertura a una nueva especie que no era muy propia de la academia y que le correspondía más bien al pueblo, que describen cómo es que el peruano construía un imaginario genérico y por tanto válido para todos. Al construir y difundir una tradición Palma construye también el espíritu de lo peruano que no es sino “el imaginario” al que veníamos haciendo alusión, lo que es ya de por sí un proceso muy complejo posible de analizar desde varias perspectivas. “Faustino Guerra habíase encontrado en la batalla de Ayacucho en condición de soldado raso. Afianzada la independencia, obtuvo licencia final y retiróse a la provincia de su nacimiento, donde consiguió ser nombrado maestro de escuela de 1 la villa de Lampa” de hecho esta tradición alude a una provincia de Puno, en donde se narra que en Lampa no se efectuaron los festejos concernientes al 28 de octubre de 1826 (día de San Simón y Judas) en que el mentado Maestro surtió una docena de latigazos a sus pequeños discípulos y que al día siguiente adujo que esas cosas sólo las hacía una sola vez al año (ya que el tal día 28 era el santo del Libertador y el maestro no tenía otra forma de celebración) y esto lo hacía para que no olvidaran el día de San Simón. Aproximadamente en 1665 se inicia un período de florecimiento minero en las famosas minas de Laycacota, el nombre inicial del asiento minero “San Luis de Alba” deviene de Luis Henríquez de Guzmán, conde de Alba de Liste y de Villaflor, personaje de la tradición titulada “Un virrey hereje y un campanero bellaco”, en esta tradición, si bien es cierto el escenario no es Puno pero se alude a un conjunto de elementos que no tardaron en ser incorporados en el imaginario local (obviamente de quienes se desenvolvían como mineros en nacientes asientos mineros): “(…) por entonces los ricos mineros de Castrovirreina quisieron imitar el lujo, los caprichosos dispendios, las vanidosas fantasías y la manera de ser de los de Potosí y Laycacota. Las procesiones eran un incentivo para ello, y aquel año, que no podemos determinar con fijeza, eran grandes los preparativos que se hacían para la fiesta del Corpus” (en la tradición mencionada”. Luego de hacer un pequeño recuento sobre los destinos del tan recordado general Ollantay, Palma inicia la tan mentada tradición “(…) Un leal capitán salvó a Cusicóyllor y su tierna hija Imasumac, y se estableció con ellas en la falda de Laycacota, y en el sitio donde en 1669 debía erigirse la villa de San Carlos de Puno”. La tradición menciona que la trama de Ollantay era contada a una joven por una anciana, y que al terminar esta se presentó ante ambas un hombre joven cubierto por un poncho, apoyado en un bastón y un viejo sombrero de fieltro (dijo que era andaluz). Palma menciona en su tradición que la familia de indios se encargaba del comercio y de la venta de lanas

EL CUENTO, LA TRADICIÓN Y EL RELATO

producto de la crianza de sus animales. Menciona además el nombre de la india “Carmen” en la tradición de Palma y “Malica” en la tradición oral Puneña (ver el diario la bolsa de 1865 de marzo 04) en donde aparece una versión interesante de esta tradición; pero no es intención realizar un estudio comparativo sino resaltar la simbiosis entre el dato histórico encontrado en los archivos de su época y la ficción producto del ingenio como el mismo palma lo menciona en sus “Cháchara”: “!y hay tantos soles en mi patria espléndida, y tanto y tanto genio sin rival!... por eso yo, que peco de raquítico, les dejé el paso franco y me hice atrás. Y pues ninguno en la conseja histórica quiso meter la literatura luz, yo me dije: -Señores, sin escrúpulo, aquí si no peco, aquí estoy yo. Algo similar ocurre en “Las orejas del alcalde”, en donde existe una alusión a Chucuito por donde debía recorrer el marques de Mondejar, y a Juan de Betanzos quien habría vivido (según las tradiciones) en Azángaro, en donde también tuvo un hijo y estableció su familia, como se vuelve a mencionar el la tradición referida a “Capa colorada, caballo blando y caja turún-tun-tun”, en donde se cuenta que Juan de Betanzos “fue comisionado por el virrey Mendoza para escribir la historia de los incas y de los sucesos de la conquista, que desempeño con acierto en el encargo” cuenta Palma que Betanzos se avecindó en Puno y que contrajo matrimonio con doña Angelina (en otro tiempo querida de Pizarro e hija de Atahualpa). Que el mencionado hijo de Betanzos llegó a ser señor feudal de Azángaro. 2 Otra tradición que se refiere a Puno es “Zurrón Currichi” (Conseja popular: puneña zurrón currichi) el período en referencia es 1672 (pocos años después de la fundación de la villa de Concepción y San Carlos por el conde de Lemos) en donde se narra cómo los varones de la villa se ven enloquecidos por la puneña y se internan en el lago (persiguiéndola) pues todos la querían para sí por un extraño sortilegio iniciado por ella (poseedora de embrujos). Para Ricardo Palma, puno es un lugar donde “las consejas en las que interviene el rey de los abismos” son múltiples (y Puno es de su predilección) así se hallan también “La laguna del diablo” y “El Alcalde de Paucarcolla” y “Ciento por uno”; sin embargo son múltiples las tradiciones en que aparece Puno o alguna de sus provincias para efectivizar el discurso de palma en relación a estas consejas. (Siendo ocho las tradiciones en las que se hacen tales alusiones) Palma se configura así en el creador de la tradición del Perú, que es ya bastante más que un intento de crear un

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espíritu unificador de concepciones ligadas o a un proceso de arquetipización de los discursos alternos o de periferia, que dejan de serlo para aludir a una semiosis capaz de ser interpretada y reinterpretada por una generalidad. Por otro lado desarrolla una filosofía propia de la composición, una forma y teorías propias del empleo del español para crear un imaginario que deja de ser suyo para ser representado por el “peruano” como generalidad. Recordemos que: en “la filosofía de la composición” (quizá metáfora), Poe cuenta cómo escribió El cuervo. No nos dice cómo debemos leerlo, sino qué problemas tuvo que resolver para producir un efecto poético. Por mi parte, llamaría efecto poético a la capacidad que tiene el texto de generar lecturas siempre distintas, sin agotarse jamás del todo. El que escribe (el que pinta, el que esculpe, el que compone música) siempre sabe lo que hace y cuánto le cuesta. Sabe que debe resolver un problema. Los datos iniciales pueden ser oscuros, instintivos, obsesivos, mero deseo o recuerdo. Pero después el problema se resuelve escribiendo, interrogando la materia con que se trabaja, una materia que tiene

sus propias leyes y que al mismo tiempo lleva implícito el recuerdo de la cultura que la impregna (el eco de la intertextualidad)3. Lo mismo hace Palma en sus tradiciones.
* Ponencia presentada por José Luis Velásquez Garambel en el Encuentro Internacional de Re-visiones de las Tradiciones del 10 al 13 de octubre de 2006y publicada en el diario Los Andes el 04 de noviembre del mismo año. Notas 1.- “La Fiesta de Simón Garabatillo”, la primera tradición en el que el espacio de la tradición es una provincia de Puno. 2.- en lo referente a Zurrón: (Del eusk. zorro, saco).1. m. Bolsa grande de pellejo, que regularmente usan los pastores para guardar y llevar su comida u otras cosas.2. m. Bolsa de cuero.3. m. Cáscara primera y más tierna en que están encerrados algunos frutos, para que lleguen a su perfecta sazón.4. m. Bolsa formada por las membranas que envuelven el feto y contienen a la vez el líquido que le rodea.5. m. quiste (? envoltura que rodea a un animal o vegetal de pequeño tamaño).6. m. Zam. Capullo en que se encierra la larva de la lagarta. 3.- alusión hecha por Humberto Eco en apostillas de “El Nombre de la Rosa”.

EL CUENTO, LA TRADICIÓN Y EL RELATO

Lago magia y cielo se funden en el espíritu del puneño.

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EL CUENTO, LA TRADICIÓN Y EL RELATO

AYES DEL INDIO
Telesforo Catacora

Muerto de fatiga, absorto de miedo, asomóse Juan a la cerca de su choza. La postrera fulguración del sol extinguíase en el ocaso, y en el corazón de Juan se desvanecía su última esperanza. —¡Ah, jamás habrá salvación para nosotros! exclama con una mueca de horrible desengaño. La tierra sumergíase en las tinieblas de la noche, y, mil temores se presentaban en la imaginación de Juan. —No hay remedio, me matarán los mistis decía entre despavorido e iracundo. Y sumíase en tétricas cavilaciones. Si anoche de la desesperación con que delirara sobre la tumba de su padre, surgieron mil halagüeñas esperanzas; ahora, de las ilusiones que se forjara a la vista del Delegado, sólo surge la decepción más desgarradora. Si anoche se revistió de supremo coraje, porque creyó llegada la ocasión de conquistar la libertad; ahora cae en triste amilanamiento porque se convence una vez más de su miserable condición de esclavo. Al pensar en la vaga promesa del Delegado, una acerba desconfianza le mortificaba. Al pensar en la furiosa imprecación del Gobernador un aterrador pánico conmovía todo su ser. En tan sombrío Apocalipsis cavilaba Juan cuando bostezó, señal de angustiosa hambre le recordó que en todo aquel día no había comido. Entra a su choza donde junto a un grotesco fogón de barro, en una mugrienta olla, con un pedazo de carne seca y un poco de chuño aguzanado condimenta su mísero alimento. Mientras tanto en el pueblo, allá, en la casa del Gobernador, apenas se ha ido el Delegado, todos, desde el obeso prohombre, hasta el más grasiento quelqueri, desde la mujer del Cura hasta la última rapaza de la cocina, todos vociferan, crujen, maldicen, engulléndose sendas copas de aguardiente. Era aquello un festín de energúmenos. Por un momento, puso en calma esta agitación de pantano, el prohombre Gobernador, mascullando con voz aguardentosa:

—No tenemos por qué alarmarnos tanto. Bien saben ustedes que el señor Tovar es el todopoderoso de estas tierras, ahora bien, ¿de qué se trata? Pues nada menos que de él. Estas acusaciones de los indios al ser atendidas a nadie dañan más que a Tovar, y dígase de paso, también a Romaña; pues, estos como nosotros explotan al indio ¡ah! Y en qué escala... Dejemos estas cosas, que allá en Lima se arreglarán perfectamente. Verán ustedes entonces, que los mensajeros de Chucuito, los memoriales al Presidente, los discursos de los diputados, la Delegación Maguiña no pasan de ser embrollos y nada más que embrollos. Tomemos una copa y pensemos más bien en sentar la mano a estos indios insolentes que se atreven a acusarnos, como si no estuvieran destinados a ser unas bestias. —Sí, hay que sentarles las manos, rugieron todos a una voz. De un rincón saltó doña Malila, e interponiéndose entre el Cura y el Gobernador, dijo a éste: —Debes ordenar a tus tenientes que formen una lista de los indios más insolentes, y a estos castigarlos como es debido. Yo te recomiendo a ese indio Mamani que se ha atrevido a hablar de mi compadre el señor Cura. —Yo señor Gobernador he formado la lista durante la audiencia dijo un teniente. —Vamos a ver esa lista dijo el Gobernador, tomándola de manos del teniente. Después de un breve examen pregunta el Gobernador: —Qué dice acá, señalando en el papel. —Yo puse esta nota para indicar que este indio Mamani, es el que ha dicho que el señor Cura no quiere devolverle su hija. “Ah, ah, resolló el Gobernador”. Cuando hubo escudriñado la lista a su sabor, ordenó a sus tenientes, que tomando los caballos que hubiesen en todas las chozas próximas saliesen al campo, acompañados de los rematistas de daños para castigar a los indios quejosos, haciéndoles comprender que nunca cambiará su condición de esclavos. Ordenó también que trajesen como a cuatro indios que resultaban ser los más insolentes. Entre estos cuatro se contaba el desgraciado Juan.

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EL CUENTO, LA TRADICIÓN Y EL RELATO

Telesforo Catacora, defensor de la cauda indígena, maestro creador de la escuela de la perfección, e iniciador del cuento moderno en Puno. (Fotografía cortesía de Familia Bustinza Eduardo). Publicado en “Movimientos Sociales y la Escuela en el Altiplano”, cuento citado también en dicho libro.

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EL CUENTO, LA TRADICIÓN Y EL RELATO

Así terminó su deliberación infernal esta asamblea de demonios. Y prosiguieron un tanto contentos su asquerosa bacanal: el Gobernador, el Cura, el Juez y sus mujeres. Los tenientes, rápidos como flechas, furiosos como leones, se lanzaron a las indefensas chozas de la circunvecina región. Aquí derrumban los cercos de piedras, allí destruyen las sementeras, allá maltratan a los indios, acullá roban los ganados, por todas partes siembran la confusión y el espanto bajo el pretexto de chaquear caballos. Por fin vuelven donde el Gobernador a organizar la terrible jauría humana que aquél ha proyectado. Una multitud de imbéciles, entre tenientes y rematistas, ensillan presurosos los escuálidos caballos de los indios. Como una emanación del infierno sale de su pocilga el Gobernador, despidiendo vahos de alcohol y haciendo gestos de borracho: —Tomad una copa y ¡arriba! Manda a los imbéciles de la jauría ... Ebrios de rabia, hambrientos de víctimas echaron a correr hacia los diferentes ayllus, estas fieras semi-humanas, cada cual, iba provisto de gruesos chicotes, de macizos garrotes y de la correspondiente botella de alcohol aguado para acrecentar su bestialidad. ¡Oh, como escarapela en el cuerpo el recuerdo de aquella infausta noche! El verdugo derrama sangre, el salteador roba, el incendiario quema, el forzador viola, el difamador deshonra, pero estas furias con aspecto humano, estos abortos infernales derraman sangre, queman violan, deshonran... Las vísperas Sicilianas, el asesinato de los Valdenses, la Noche de San Bartolomé, la Época del Terror están anatemizados por la Historia; y a su realización, el mundo se cubrió de estupor. Pero, ¡sarcasmo cruel! Los mil crímenes cometidos contra las razas oprimidas, cómo quedan impunes ante los hombres y la Historia, cómo pasan desapercibidos para la humanidad y la justicia. Aquella noche, cada choza se había trocado en patíbulo de implacables expiaciones. Los hombres se humillaban, las mujeres pedían perdón, los niños lloraban a gritos, las tímidas ovejas balaban, los perros llenaban el espacio con sus aullidos, hasta los cerros parecían enviar sus quejidos de dolor, hasta el cielo parecía haberse enlutado con sus densas nubes por tanta iniquidad...

También le tocó su turno al desgraciado Juan. Al principio se había quedado extático, en éxtasis de pavor, ante la confusión que en sus cercanías se produjo, pero pronto sospechó la verdad e inmediatamente pensó en la defensa, hizo su fogata, tocó su pututo. Nada. Nadie acudió a su llamamiento, y es que todos fueron sorprendidos y nadie podía abandonar de súbito sus hijos, su esposa. No se le ocultó a Juan que pronto le atacarían, pero esperaba el desenlace. De repente se le aparecieron por entre los peñones las fieras de la jauría. Juan como estaba solo, nada le detuvo, y huyó hacia la cumbre del cerro, le persiguieron, le hicieron disparos, pero huía siempre: ora cayendo entre los guijarros, ora anegándose en las torrenteras de agua, ora a punto de precipitarse a profundos abismos, ora desmayando de fatiga; pero aún respiraba y huía. Trasmontó la cumbre, todavía le perseguían, entonces desgalgóse cual peñón desencadenado y merced a sus musculosas piernas y a sus sólidas plantas pudo llegar ileso al otro lado del cerro, ya próximo a la orilla del lago. Y figurándose que aún le persiguen huye hasta que cansado el cuerpo, oprimido el corazón cae, por rara casualidad sin saberlo él, sobre la tumba de su padre. Está exánime. Preciso es que el cielo se compadezca, que las nubes desencadenen sus truenos y las lluvias caigan a torrentes. Entonces despierta Juan de su marasmo Heme aquí, junto a ti, traído por el destino... ¡oh! Qué horrible pesadilla... todo no fue sino una quimera de mi imaginación... un sarcasmo cruel de mi mala suerte... una irrisión... ¡ah! Estamos condenados a la opresión... a la tortura sin fin... a la sempiterna agonía... Ya se asoma el día, te voy a dejar padre mío, voy a huir lejos, muy lejos de aquí, quizás en los inaccesibles cerros en las intransitadas alturas, lejos de los mistis, viva menos infeliz. Con la cabeza ensangrentada, las piernas magulladas, el cuerpo lánguido púsose a caminar hacia la puna. Unas gruesas lágrimas rodaron por sus mejillas y un profundo sollozo entreabrió sus labios al besar por la vez postrera la tumba de su padre. A cierta distancia, como vertiendo el acíbar de su alma nostálgica, empezó a modular sus quejas en un tono triste, que al oírle se pinta en la imaginación: el cielo negro sin estrellas; el suelo cubierto de abrojos, lleno de abismos; los cerros, fúnebres fantasmas, amenazadores; el lago, rugiente como hambrienta fiera... todo, todo como para desgarrarse el corazón como para huir de la vida, como de una horrorosa visión. Aquella noche de pavor y de tristeza, Juan abandonó para siempre, el apacible Titicaca, al rumos de cuyas olas se habían deslizado los acerbos años de su desventurada vida. Abandonó la desierta llanura, en cuyos pajonales y pantanos,

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en cuyos montezuelos y zarzales, quedaban escritas con lágrimas y sangre las sombrías páginas de su martirologio. Abandonó los áridos cerros, cuyas rocas y cavernas, cuyas cuestas y precipicios guardaban el amargo recuerdo de sus penalidades y fatigas, grabadas con el sudor de su frente. Abandonó la triste choza, en cuyas cercas derruidas, en cuyo techo lleno de resquicios se había fotografiado los desgarradores cuadros de su mísera existencia, con todos sus errores, con todas sus desdichas. Abandonó ¡ay! La tumba de su padre, el único asilo de su orfandad, el único tribunal para sus quejas, la sola fuente de sus consolaciones, el solo refugio de sus atribulaciones. Pero ¿qué importa que todo esto abandone, si, en cambio a de estar lejos, ¡lejos al fin! de los mistis? Allá en la puna, aunque desierta como mansión maldita; aunque fría como región de hielo; allá vagará libre como esbelta vicuña, buscará su alimento como el dichoso shuri. ¡Ah! pero aquí también el misti, el maldito fantasma, que por campos y serranías y hasta parece que por cielos y tierras, persigue siempre a su pobre víctima el indio. Y, ya que no trabajos forzados ni servicios abominables, ya que no vejámenes de soldados ni rapacidad de quelqueris: ahí están los mistis como cuadrillas de beduinos, asaltando las solitarias cabañas para despojar al indio de sus lanas por un precio irrisorio; allí están para quitar al indio, en un minuto de atropello el fruto de trescientos sesenta días de paciente trabajo; ahí para obtener, mediante la ferocidad, lo conseguido merced a indescriptibles sufrimientos. Ahí están los mistis como letíferos escanciadores, aprovechándose de la ignorancia y supersticiones de los indios para relajarlos, para explotarlos bestializándolos con el alcohol. Y, ¡maldición!, ¡no podrán ni la nieva de las alturas, ni la tempestad de las montañas, ni el alquilón de las cordillera, proteger al infeliz indio contra la devoradora ambición de los mistis Juan sabe todo esto, convencido está que aún no es libre. Así lo comprenden también los demás indios de la puna. Más, este conocimiento de la propia desventura, si allá en los campos cercanos a los pueblos, unido a la perdurable opresión, produce la miserable conformidad del esclavo; acá en la puna, este mismo conocimiento de la propia

desventura, unido a las atrocidades de vez en cuando ejercidas, despierta la sublime cólera del rebelde. Y en esa puna, se acumularán las energías que el odio mana, hasta desencadenarse en justas y horrendas iras, como en las cimas se aglomeran las nubes, hasta desencadenar terribles tempestades. Y, ahí lo tenéis a Juan, de humilde oprimido de la llanura, trocado en altanero subversivo de la puna. En las tierras bajas se quedaron los encorvamientos, aquí en la puna, la altiva apostura; allá la vista baja, aquí el mirar atrevido; allá las interrogaciones con vestimentas suplicatorias, aquí la pregunta lacónicamente desnuda. Ahí está Juan, cual peñón arrancado de cuajo, en imperturbable actitud de desgalgarse. En sus conversaciones íntimas, no habla, ruge; azuza para las vindicaciones de mañana. Traza de mil maneras sus planes con este objeto. Hasta ha puesto la adquisición de fusiles... ¡Ah! ¡Los fusiles! ¡Sí los fusiles! Y un pedazo de los Andes veréis cómo se hace una región de Asturias, veréis cómo con sus habitantes se hace una legión de Pelayos! Entonces, Juan volverá a la tumba de su padre, ya no entonando el quejumbroso como melancólico murmullo del Titicaca, sino el enrabiado como rugiente soplo de la puna.

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NOTAS: a) Con el nombre de daños existe en los pueblos de Chucuito, un arbitrio municipal que conforme a la mente de su creación debe pesar sobre el dueño de los animales, que causen daños en los cultivos del campo; pero en la práctica es un pretexto para justificar los abusos de los rematistas de este arbitrio. b) Chaquear quiere decir, obligar a los indios por la fuerza a prestar sus caballos, burros, etc., por mandato de las autoridades. c) Pututo es un a especie de bocina hecha de cuerno, se usa generalmente para hacer llamamiento a gran distancia. d) Shuri es una zancada del orden de las corredoras, que habita en la puna.

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MAL DEL SIGLO
Moises Yuychud

Moises Yuychud nació en Puno en 1890, estudió en la Escuela Normal de varones de Lima junto a Telesforo Catacora, José Antonio Encinas y perteneció a la primera promoción de egresados. Moises Yuychud posee entre sus obras el primer ensayo sobre literatura puneña cuya portada se presenta en la edición, es además un poeta y narrador lírico. (JL.V.G.)

LUCEN las cortesanas sus alabastrinos, pechos y sus labios rojos que brindan voluptuosos besos. La euritmia de sus impecables curvas incitan al placer, y de esos ojos centelleantes, un tanto velados por los vapores del vino, salen rachas de lujuria que invitan a la cópuda. Conversan con ellas varios jóvenes en actitudes apropiadas al lugar, y las lunas de Venecia, colocados a lo largo de la sala, se esmeran multiplicando las imágenes de esas lúbricas escenas. Una ráfaga de alegría cruza por el ámbito de la sala; las flores arregladas en ramilletes y guirnaldas, regalan al ambiente, su aroma embriagador, y las luces profusamente repartidas, y la música que, ora en aires suaves, ora en allegros voluptuosos, columpia por la sala, contribuyen aumentando el encanto inefable que en el recinto reina. Tres jóvenes de bello aspecto conversan quedamente, mientras que bailando entusiasmadas, sendas parejas se mueven en el mullido pavimento. Habla uno de ellos:
—Hermosa está la noche, la alegría del ambiente invita a beber. Ven, amigo, ven. Deja tus nobles idealismos, baja de la mansión sublime donde militas con Kant en el terreno de las grandes abstracciones; ven, bebamos. Óyeme, apura esa rubicunda copa de cognac: yo bebo por tu felicidad, ¡oh, joven soñador!

Habla el mediano:
—Por qué tu piensas en el sí de las cosas, por qué des-precias las

emociones más dulces que brinda el amor, por-que lees en el adentro de los hombres te privas de este momento de placer. Deja a un lado tus nobles aficiones. Déjalas por un momento. Si estás plenamente convencido de que todo es malo, todo falso, que todo es tan sólo la interpretación que da la conciencia a los fenómenos del Cosmos; que todo sólo vive en el yo, por ese poder tan grande que tiene el espíritu humano de auto-sugestionarse; fíngete una de esas escenas luminosas, idealistas donde en cada copa de cognac, en cada mujer de las que esta noche hacen la fiesta, goces esos placeres que tu espíritu ambiciona.

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Habla el idealista:
—Gozar!.... Gozar es la negación de un estado de

—Deja tus tristes filosofías agrega el segundo, —jamás

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conciencia, real, del cual todos tenemos conocimiento. Es la antítesis del dolor.
—Fingir una felicidad, hasta el extremo de engañarse, es perdónenme la expresión una mezquindad. Para qué? Qué va ser de mí luego que vuelva a la realidad? La vida, esa concatenación de fenómenos que se cumple en nuestro organismo, es justificable, para nuestra especie, tan sólo cuando cada individuo hace algo por su parte, para diferenciarse mus y más del bruto. Si aspiramos a la consecución de la verdad, a la realización del bien, en suma, a nuestra liberación, en buena hora, prolónguese nuestra vida, multipliquémonos, pero no, si deseamos gozar, embrutecernos: el mundo está colmado de los animales que existen y seriamos un estorbo. —Añejas filosofías repone el primero . ¿Cuál es la causa de nuestra existencia? ¿Cuál es nuestro porvenir? Nada sabemos, ni necesidad hay de conocerlo. Puesto que estamos en medio del misterio y cuanto se cumple en nuestro derredor es un enigma, a qué el afán de descifrarlo? —Gocemos, he ahí todo. Tiempo vendrá en que la muerte ponga fin a nuestras dudas; pero. mientras ese instante llegue, apuremos la copa del placer, que una dulce sonrisa sea nuestra vida.

encontrarás quien brinde mayor suma de placeres, mayor suma de emociones gratas que el amor y las mujeres. Mira a nuestro derredor. Esa es la vida, así es como debes de gozarla. El vino ha cumplido su labor. Las cortesanas están ebrias, y los amantes o clientes, en danzas faunescas, después de rodeos sicalípticos, estrechan las gráciles cinturas de las damas embriagadas que palpitan al contacto de los miembros ardorosos. Hay si sonido de las copas que caen al suelo o que chocan para el brindis; hay el susurro de palabras ardorosas; hay las promesas de contratos que deben de cumplirse en breve. Tres esbeltas jóvenes que desde lejos han visto la actitud de los filósofos, se acercan a ellos, los colman de caricias, y sin oír las protestas del idealista, en medio de frené-ticas sonrisas, efectúan un rapto a la inversa, cruzan la sala y desaparecen protegidas por los pesados cortinajes de la alcoba... Después he oído decir que el idealista joven se había convertido en parroquiano muy puntual de las lindas cortesanas.

Puno en su tránsito de aldea a ciudad como lo habría mencionado Ignacio Frisancho Pineda, intelectual que dedicó su vida a la investigación histórica del departamento. (J.L.V.G.) Fotografía publicada en “150 Años de Universidad en Puno).

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LAS REVISTAS LITERARIAS (PUNO/1900-1930)*
La región de Puno se ha caracterizado siempre por su espíritu rebelde y por las continuas luchas suscitadas en ella, dichas rebeliones han hecho que las características del poblador del altiplano sea de las más recias. Así Juan José Vega (en su libro: “Conquista del Collasuyo”) nos demuestra que luego de la invasión y del enfrentamiento cultural Español — Andino esta provincia opone gran resistencia durante muchísimos años. Posteriormente durante los años de 1667 a 1668 nace un foco de insularidad, esta región intenta un proceso de regionalización económica con los hermanos Salcedo en las tan famosas minas de Laycacota (es sofocado más tarde por el virrey Conde de Lemos), durante la rebelión de Tupac Amaru II, Puno sirve pues de reserva y de principal apoyo a dichas acciones (por lo que queda sumida en el completo olvido y maltrato en los años posteriores), en los años de 1863 nace una nueva rebelión “la de Juan Bustamante Dueñas” (el famoso Mundo Puricoc), la intención de esta lucha es el reconocimiento del indígena como sujeto de derecho; sin embargo esta rebelión tiene consecuencias dramáticas ya que Bustamante halla la muerte más espantosa (asfixiado con el humo de ají) y sus lugartenientes son fusilados y cercenados, muere también en ese entonces la Sociedad Amiga de los Indígenas cuyo principal animador era Bustamante. En 1913, un Mayor del ejercito conmovido por los maltratos a los campesinos adopta en nominativo de “Rumimaqui” e inicia una rebelión por la reivincación del poblador indígena (esta rebelión ha sido poco estudiada y es quizá luego de la de Bustamante una de las más importantes) también tiene resultados catastróficos. En 1923 se da una nueva rebelión “Wancho Lima” aquí aparece un nombre al que muchos investigadores sociales no han considerado por el sesgo que nubla sus visiones y que hacen patentes sus expresiones de dominio masculino explicado ampliamente por Pierre Bourdieu en su ensayo sobre “La Dominación Masculina”, me refiero a RITA PUMA, mujer que organizó a la comunidad de Wancho Lima a que tomara la iniciativa de buscar una educación que les permita equiparar en algo a la clase opositora (los denominados “mistis”), si en estos tiempos el campesino varón era visto como un ser inferior imaginémonos a un campesino-mujer, que en una sociedad enajenada, como la andina en dicho período, no habría desarrollado una forma igualitaria de asignar roles en relación a los géneros. Muchas veces ni siquiera las mujeres que pertenecían a las clases más altas (por no emplear el denominativo “familias notables”) tenían acceso a la educación, en tal sentido su participación en la vida cultural —bajo la visión occidental— de un pueblo era muy difícil; pero en muchos casos ello no era obstáculo para que éstas asumieran el rol de dominadoras (una especie de máscara que emplea para poder dominar al hombre y expresarse mediante los discursos elaborados por los mismos- revísese en torno a la Mariscala). Rita Puma representa no sólo al dominio de la Mujer, sino que también continúa con una tradición muy propia del conglomerado cultural aymara. Me refiero a que ya en la época de la colonia se dio la existencia de “Casicas” o “Caciques—Mujer” que ejercían dominios territoriales desde el Cusco hasta las fronteras con Chile, (nos llevan a citar esto nuestras diversas indagaciones en el archivo histórico de la región) Los Cari —una especie de dinastía andina de caciques alberga por lo menos a tres mujeres que se desempeñaron como Caciques alrededor del años 1700 a inicios de lo ochocientos; así Rita Puma se deshace de la máscara de la mujer desvalida y se hace de la imagen de la mujer andina (que es sostén de las economías de estas regiones), sin embargo los esquemas preponderantes se sobreponen y terminan castigando (bajo una visión) esta insolencia fémina, con la muerte y el olvido. A diferencia de Zelideth Chávez Cuentas no diré que “existe muy poca información de las obras de estas escritoras”, ya que como ella misma lo menciona “casi todas publicaron sólo en revistas y periódicos regionales de la época”; sin embargo el estudio que dejara Mercedes Bueno Morales: INTELECTUALIDAD FEMENINA PUNEÑA AL 2000 no es el único, existen pequeños y significativos trabajos a este respecto, por su sexo la mayoría mujeres las que han trabajado en el intento de darle a las mismas un mayor espacio e importancia. El mismo trabajo de Zelideth Chávez Cuentas constituye un gran aporte a la difusión del trabajo realizado por el género femenino, es sin duda alguna un apoyo a los trabajos de Bueno Morales y Gloria Mendoza Borda. Por otra parte no es intención aludir al Grupo Orkopata en relación a sus integrantes, sino a los aspectos que orientaron y guiaron los cauces de este grupo en relación al género. Si bien es cierto por sus integrantes son todos varones, sin embargo los discursos expresados en sus diversas publicaciones encierra un doble discurso: uno de reivindicación y otro de vejamen, por ejemplo, cuando Churata hace alusión a Brunilda se referirá siempre al dolor que siente de haber perdido a su esposa (fallecida junto a sus hijos) suceso que influirá en el proceso creativo del grupo entero, servirá no sólo de tema para el proceso escriturario y estilístico, encerrará también el concepto que se maneja de “la Pachamama” (en el sentido de espacio y tiempo / contradicción obvia entre las concepciones occidentales que ve en el tiempo una representación masculina = Cronos [masculino —origen de divinidades y modos de vida; mientras que en la “Pachamama” se distingue una visión femenina de la orientación del tiempo y del espacio —origen de lo que ocurre en la realidad] he ahí las diferencias en las construcción de los imaginarios o en aquello que Pierre Bourdieu denomina como “subjetividad de las estructuras mentales”. Todo lo contrario ocurre con algunos integrantes del Grupo Orkopata (Luis de Rodrigo, en su poema: Tutatuta Charancara = alusión en lengua vernácula a las prostitutas o las llamadas “ancotas”/ personajes que también existieron al igual que en todas las culturas) [vease en mi ensayo publicado en el diario “Croad Sapos” N°01 / especial Sobre Gamaliel Churata]. Lo contrario ocurre en la generación de los setentas (en relación a la literatura), en donde aparece el Grupo Intelectual Carlos Oquendo de Amat, en este grupo se agrupan si bien es cierto jóvenes por su mayoría varones; pero que acogen a una de las voces más interesantes (en la actualidad): Gloria Mendoza Borda, que ha asumido una continua actividad en pro de los movimientos feministas, ello no ha mermado la calidad de su producción poética.

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EL CUENTO, LA TRADICIÓN Y EL RELATO

Posterior a ella aparecen voces como la de Liliana Quinto (la única representante de la poesía de los noventa, y que ha recibido comentarios halagadores en revistas del medio local como “El Pez de Oro”, “Apumarka”, etc., en el medio nacional un reciente número de la revista “Somos” N° 971 del 16/07/05 [de “El Comercio”] la denomina como “destacada”) posterior a ella aparece una generación heterogénea la “post noventa”, o la de “Inicios de los 2000”, los representantes todavía no están bien configurados en el escenario local; sin embargo una de las mas notorias es la de María Alexandra Talavera (1983), colaboradora de la revista “Distancia Crítica” y que además ha incursionado con cierto éxito en la poesía (prueba de ello son los premios obtenidos recientemente en el escenario del “sur cultural”). La características de la literatura de los años posteriores a los noventa está caracterizada por su heterogeneidad, “diversidad que promete enriquecer la participación de las mujeres en estos contextos o referentes culturales, en los que además han dejado de ser “musas” para ser actantes y creadoras de nuevos discursos literarios”. En las conclusiones que desarrolla Zelideth Chávez menciona que dichas narradoras no figuran en la historia literaria de la región, ello se debe a que no existe un trabajo que se denomine propiamente “Historia de la Literatura Regional” o “Historia de la Literatura Puneña”, las visiones o las construcciones discursivas se han basado en visiones personales o como lo denomina Pierre Bourdieu en sus “intereses justificados” o “subjetividad de construcciones mentales”. Al igual que los varones, las escritoras citadas por Chávez Cuentas reflejan los mismos intereses justificados, es decir que sus personajes son también mujeres, niñas y demás (del mismo género) dominantes. La influencia no es del Grupo Orkopata; sino que motivadas por las diferencias impuestas por las estructuras sociales asumen una postura de “revelarse” contra la realidad, es entonces que desarrollan discursos alternos que son asumidos desde la perspectiva de género/ diferencias en los roles asumidos. Como sabemos se habla mucho de la literatura desarrollada en nuestro medio y casi siempre se mencionan a personajes que circundan entre lo efímero y lo significante, y entre estas últimas se nos viene a la memoria aquél maestro que formó a toda una generación de intelectuales de importancia, me refiero a José Antonio Encinas, quien desde la escuela 881 ensayó un modelo de educación a la vanguardia de los países europeos más desarrollados; Encinas dotó a sus alumnos de un espíritu crítico, producto de ello se generó el grupo Orkopata, Encinas maestro, jurista, periodista, poseedor de una cultura vasta, adicto a la literatura increpó en ellos el deseo de ser cada vez mejores y sobre todo incisivos, prueba suficiente es esa generación (denominada Orkopata), que a decir de algunos tuvo por un momento el centro cultural más importante del Perú. Para ello Encinas influyó de un modo determinante (en la adopción del discurso — indigenista) en la concepción sobre el problema indígena propuesto por José Carlos Mariátegui, con sus dos tesis (el de bachillerato y el del doctorado en jurisprudencia), de tal modo que si deseamos ahondar sobre este aspecto deberíamos de remitirnos a estas fuentes (“Criminalidad en el

Indígena” y “El Problema Del Indio”), sobre el otro referente fue también un gran impulsor del periodismo escolar —acto que marcó a la mayoría de sus alumnos, quienes desarrollaron, en su gran mayoría, el periodismo— en una de sus facetas (la literaria), encontramos la revista “Puno Ilustrado” (Marzo de 1919) dirigida por José Antonio Encinas y Juan Luis Mercado (revista de información gráfica, política, comercial, industrial y literaria), en la que ambos directores brindan una visión del mundo y Encinas en forma particular publica “Leyendas Puneñas” (“El Demonio en Chuchito”, leyenda cuya fuente histórica refiere a “Los verdaderos tesoros de las indias por Juan Meléndez. Pág 621 y que está dedicada a Trini Arce). Sin embargo esta no sería la única revista de difusión literaria en ese momento. (No considero datos anteriores debido a que las publicaciones de los alumnos de Encinas en la escuela 881 no se han conservado hasta la fecha). Ritmos Andinos (revista social de literatura y deportes), en ella escribieron personajes como Guillermo Záa, Manuel A. Quiroga, Victor Ballón Angulo, José Frisancho, y Eladio Romero (entre otros), éste último firma el editorial del Nº 01: Los señores autores de esta simpática Revista, me han conferido el honor de hacer la presentación a las personas que tengan la generosidad de adquirir un ejemplar. Al hacerlo, después de saludar al lector y de acuerdo con el modo de pensar de aquellos, doy a conocer, que lo que se proponen al publicar “Ritmos Andinos”, se reduce a tres cosas: Tributar homenaje a la virtud y a la belleza de las señoritas de Puno, cuyos retratos engalanarán sucesivamente su primera página; abogar por el mayor acercamiento de los escritores de esta región del Perú, hasta conseguir el establecimiento de una verdadera comunidad intelectual que preste abrigo a cuantas energías mentales sean capaces de surgir, evitando así, lo que ha sucedido hasta ahora con raras excepciones, el aniquilamiento prematuro de estas energías bajo el frío mortífero de la indiferencia; y, por último, estimular con aplauso franco a todo escritor que dedique su atención en describir histórica, geográfica o literariamente cuanto hay digno de esta labor en el departamento de Puno. Para el desarrollo de tan modesto, pero importante programa, no cuentan sino con su juventud y… quizá con la protección que el público pueda dispensarles. Quiera pues, el lector aceptar la presentación que hago de “Ritmos Andinos” dándole amable acogida. J. Eladio Romero Se encuentra también a De Villar —el iniciador de la poesía serrana puneña, según la revista de “Ritmos Andinos”: A la sombra de un Ccolli solitario en la orilla de un lago de cristal dos quenas con su canto funerario despiden el celaje vesperal. (“Dúo de quenas”) En lo alto de la agreste serranía Sintió amor una planta sankayo Y en su ilusión la pobre se creía Orgullosa y feliz de rosa de mayo. (“Cuento de amor”) En esta revista se hallan algunos escritos literarios que permiten atisbar temas definidos en literatura, poemas de J.

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EL CUENTO, LA TRADICIÓN Y EL RELATO

Frisancho, A. Briones, E. Pineda Arce. Si bien es cierto en 1913 aparece el primer ensayo de Literatura Puneña (cuyo autor es Moisés Yuychut) existen en él algunos nombres que no vuelven a aparecer en nuestra historiografía literaria regional; el canon de valoración (si se lograran hallar) deberá consignarlas en forma obligatoria (en relación a la literatura colonial), estas revistas constituyen los testimonios más cercanos a nuestra tradición literaria, son el único testimonio de esta data, en relación a “El Carolino” el contenido literario es muy pobre (sólo el literario) he podido revisar algunos números desde 1897 que así me lo corroboran; aparentemente el papel de los alumnos de Encinas fue importante porque permitió hacer de Puno un referente dinámico con publicaciones periódicas (en el caso de Ritmos Andinos, el primer número se editó en Arequipa en los talleres Quiroz Hnos; el número dos también se edita en el mismo lugar —se mantiene el formato - y uno de los principales colaboradores es Emilio Romero que firma con el seudónimo de Pecopín, en los números posteriores— Nº 06 aparece la colaboración de Juan Cajal / que no es sino Arturo Peralta o Gamaliel Churata). Ni siquiera el diario el Siglo (que fuera fundado por el Dr. Carlos B. Oquendo Álvarez, padre del poeta Oquendo) brinda espacios de apertura a la literatura, salvo pequeños brotes efervescentes —sin des-merituar el espíritu liberal que permitió el desarrollo de las ideas en el altiplano puneño (El Siglo, es un tema que merece un estudio serio sobre el desarrollo de las ideas en el altiplano). Con la experiencia alcanzada en la composición de textos en tipos de imprenta. El Siglo fundado por el padre de Carlos Oquendo de Amat y con su posterior desarrollo como tipógrafo y cajista en la imprenta “El Inca” sucesora del “El Siglo”, Arturo Peralta trabajó en la imprenta de Eduardo Fournier donde se editaba La Voz del Obrero. Los mismos actores crean un espacio de debate, aparecen revistas propias a los hermanos Peralta —me refiero a LA TEA (1918)—, que es un medio explosivo y que en cierta manera rompe un arquetipo institucionalizado hasta ese momento (el espíritu conservador), sin embargo el alejamiento de Juan Cajal / Arturo Peralta, quien viaja a Bolivia y se emplea con el padre Zampa, incorpora a su hermano Alejandro a la conducción de LA TEA que había nacido en imitación a la TEA de 1907 a 1908 (Arequipa) esta TEA arequipeña “nació como fruto de una huelga universitaria que echó por tierra la vieja i carcomida armazón del conservadurismo católico” (La Tea Nº 09 año II, del 19 de enero de 1919). Fijémonos en la intención que tiene esta cita. Ir contra el conservadurismo católico. Arturo Peralta, convertido en guía intelectual y espiritual de la generación que se había nucleado en “Bohemia Andina” (1915), funda, años después, La Tea. Con su hermano Alejandro, Emilio Armaza y Aurelio Martínez llevaron aires de renovación artística a Puno. Apareció como una vehemente respuesta al carácter elitista de otra revista puneña: Ondina, dirigida por Gustavo Manrique, ampliamente conocida, en sus páginas no se brindaba cabida para los escritores nuevos, al respecto, Emilio Vásquez recuerda: —Ondina era una magnifica tribuna literaria para su tiempo. Tenía inclusive carácter nacional, y hasta continental. Pero, no obstante esa amplitud, la revista de Manrique era un tanto excluyente con los escritores nuevos, especialmente en Puno. Gustavo Manrique era un hombre de

letras, notable para su época y el medio cultural puneño (...) en Ondina escribían Cesar Antonio Ponce, Adrián Solórzano, Celso Briones, M. Ignacio Frisancho, Moisés A. Yuychud, Eduardo Pineda Arce, José Frisancho y algunos otro elementos locales, todos sin duda buenos aficionados a las letras, pero nada mas que eso. La prueba es que ninguno de ellos ha dejado obra seria, amplia y reseña, capaz de reputarse siquiera como medianamente perdurable. (Fragmento de la entrevista realizada por José Luis Ayala) Sobre La Tea dirá Vásquez: —Impreso en los detalles de “El Departamento”, situados en la ultima cuadra de la calle de “los puentes”, como denominaba la fabla vernácular de la calle Puno, salió a la circulación, en agosto de 1917, el primer número de la revista literaria La Tea. Escrita en su mayor parte por Arturo Peralta —que había adoptado el seudónimo de Juan Cajal , también “cajeado” y “tirado” (como se dice en la jerga imprenta) salió al fin, a la circulación, la novel revista eventual, convertida después en ariete ya barricada, de polémica y combate literario. Firmaba en la flamante hoja Alejandro Peralta (hermano menor del director) sus poemas de claro corte rubendariano; Emilio Romero, sus dedicadas prosas de juvenil romanticismo, Alberto Aguirre Iturri, un articulo de intenciones polémicas, escrito a la manera de Gonzáles Prada (...). La Tea fue, desde sus primeros momentos, incentivo literario para unos, motivo de preocupación desdeñosa para otros y expectativa cultural para los más. Pero el director (...) de pronto lió maletas y emprendió su viaje a la Paz. De aquí paso, seguramente por poco tiempo, a la Argentina. El segundo número salió a la luz el 1 de diciembre de 1917, ya bajo la dirección de Alejandro Peralta; éste escribía usando algunas veces el seudónimo de Goy de Hernández. (Fragmento de la entrevista realizada por José Luis Ayala) Alejandro Peralta se hace cargo de la dirección cuando su hermano Arturo viaja a Bolivia. A su vez, mientras aquel emprendía viajes de vacaciones a Lima Aurelio Martínez era el encargado de conducirla. En La Tea podemos encontrar textos de Alejandro Peralta, Emilio Armaza, Aurelio Martínez, Federico More, Víctor Villar, Alberto Hidalgo. El cuento lírico “Oros de rebeldía y flores de tristeza”, de Aurelio Martínez: “Mi orgullo, mi altivez, mueren como leones, envenenados. Quizá resuciten más robustos algún día. Mi madre está en la penumbra: por allí la muerte que quiere culminarla, por aquí la ciencia que quiere salvarla. Si he de verla muerta, cómo quisiera ver en un individuo al Destino para abofetearlo”. Casi a la par de estas revistas se hallan la REV. DE PUNO (de enero de 1914) que salía mensualmente, en ella escribían también: J. Frisancho, Remigio H. Franco, Celso Macedo Pastor, Eduardo Pineda Arce, Carlos Meneses, Manuel A. Quiroga, etc. Cuyo contenido es diverso y no permite una línea editorial sólida, es que en Puno se está institucionalizando (recién por este entonces) el habito de publicar revistas que por lo general oscilan entre literatura, sport, sociales, etc., es decir no existe todavía la especialización, las preocupaciones son diversas —digamos que es un período en el que las influencias del positivismo, liberalismo, están siendo

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incorporadas y para ello es necesario un espacio de apertura—, y poliformes. Otra revista de importancia es FIGULINA (Rev. Social y de Literatura, Nº 1 — de abril de 1917) dirigida por Isaac Iturry; como colaboradores se hallan: Pecopín / Emilio Romero, Helguero Paz Soldan, Ángel Gustavo Cornejo, M. Béjar Pacheco, entre otros. Esta publicación está más ligada a la iglesia católica; sin embargo en el Nº 02 que salió en el mes de Junio de 1915 se consigna la estadía de Abraham Valdelomar en Puno- la intervención del joven Arturo Peralta en un debate acalorado consignado en las notas de la casa del artesano, es decir, frente a la oposición que representaba en relación a la TEA de los Peralta- termina consignando sus nombres y dando constancia de una participación activa en este debate importante sobre la vida cultural de las provincias. / Nótese también que Emilio Romero pertenecía al grupo opositor a los Peralta —existe la posibilidad de negar del modo más tajante que Emilio Romero haya pertenecido al grupo Orkopata. José Tamayo Herrera distingue al Orkopata histórico del Orkopata mítico. Entre otras cosas señala: “Este Orkopata mítico no corresponde a la realidad histórica. Pues el verdadero Orkopata no estuvo situado en el “Nido de los Cóndores” sino mas que bien en una pequeña elevación al sur de la cuidad de Puno, entre la antigua caja de agua y el cementerio (...) La casa en la época en que funcionó el grupo Orkopata pertenecía a un tal Ascención Carpio, negociante en lanas, y Gamaliel Churata vivía en ella, en apenas dos habitaciones improvisadas en un canchón en los extramuros de Puno, encargado de cuidar el inmueble y ayudando a seleccionar la lana que negociaba el propietario. En esta casa nació Orkopata, se realizaron sus reuniones y Churata vivió en ella, por lo menos hasta 1930”. El testimonio lírico de Alejandro Peralta concuerda con lo expuesto por Tamayo Herrera. El texto se titula: “Orkopata”, y es una descripción de la vida de “Orkopata”. El órgano difusor de las ideas nuevas que propugnaba “Orkopata” fue el Boletín Titikaka que apareció casi simultáneamente con los poemarios Ande de Alejandro Peralta y Falo de Emilio Armaza. Esta revista se empezó a editar en agosto de 1926 y tuvo 35 números, que fueron hasta agosto de 1930 (la numeración de uno de ellos se repite, anteriormente habían sido consignados 34; sin embargo si se revisa se notará que son 35). Por ese entonces la revista Amauta y el Boletín Titikaka surgen por la misma época y duran, ambas, hasta 1930. Resulta significativo percibir los lazos que se establecieron a través de la amistad y la correspondencia epistolar mantenida entre Mariátegui y Churata (revísese correspondencia publicada por Antonio Melis). Hasta aquí es sin duda un período importante que de seguro será tratado en otro estudio. En la década del 20 reaparecen las mismas tendencias (diferencias ideológicas entre conservadores católicos y progresistas, liberales, positivistas), reflejo de ello son pues Ondina, Cirrus (de tendencia católica); en oposición a quienes dirigían el Boletín Titikaka (hermanos Peralta) —este aspecto lo trataremos en el título referido a los Orkopata.

El papel de “Los Andes” (diario, 1928) fue importante, permitió la aparición de actores nuevos (actores literarios/ escritores) contribuyó a un proceso de acentuación de lo que vino luego a denominarse como creación de una tradición literaria; a pesar de no haber brindado espacio a los liberales y reaccionarios hasta ese momento (llámese Orkopatas, y demás sectores que no construían sus discursos basados en ciertos arquetipos tradicionales) permitió alternar un discurso medio entre los Orkopatas y quienes escribían en “El Eco” (órgano que obedecía a los intereses de la Iglesia Católica), posteriormente este diario (ya en la década del 60 y 70) permitió el establecimiento de un grupo sólido de intelectuales que brindan a Puno un renombre (ensayo pertinente a estos períodos). Se sabe que “la agrupación cultural Chasqui” (liderada literariamente por José Paniagua Núñez) editó uno que otro número de sus revistas; sin embargo la calidad de los discursos denotan un decaimiento estruendoso, los abanderados de la literatura comprometida no equilibraron del modo más pertinente los recursos estéticos, tanto así que los libelos poetizados eran aclamados en plazas y zoletas por su capacidad de levantar espíritus aciagos. Como reacción a este movimiento aparece “Sur Intenso” (revista del “grupo Intelectual Oquendo”) que logró una apertura positiva en los predios literarios a nivel nacional (consignado en Jornadas Poéticas—Cuadernos de Poesía) —sobre este grupo me dedico en un capítulo. Después de estas revistas las mas importantes son “Universidad y Pueblo” (UNA-Puno) dirigida por Jorge Flórez-Áybar, importante porque brinda un espacio preponderante al quehacer literario. Del mismo escritor “Apumarka” (en confluencia con Feliciano Padilla, y otros), estas revistas han permitido que la UNAPuno se dinamice en el quehacer literario, es tanto así que sin ellas esta universidad habría quedado desapercibida, es además un período en el que la anorexia pulula en el imaginario de la intelectualidad universitaria. Fuera de estas instituciones se han desarrollado revistas como: “Consejero del Lobo”, “Pez de Oro”, que constituyen el testimonio de la década del 90 y los inicios del 2000 (se desarrollaran sus aportes en el cuarto ensayo), estas publicaciones constituyen el esfuerzo colectivo de un grupo preocupado por crear un espacio dinámico y dialógico, sin embargo sus posiciones parricidas los terminan opacando (ojala algún día logren un estro literario de la estatura de Gamaliel Churata, Alejandro Peralta, Carlos Oquendo de Amat, Efraín Miranda y Omar Aramayo), si bien es cierto la posibilidad de crear una generación comparable a la de los orkopatas o la de los PICOA no ha sido posible son un grupo de escritores que van en evolución (la mayoría de los comentaristas, antologadores mencionan que se trata de jóvenes; sin embargo cronológicamente se trata de personajes cuya edad oscila entre los 35 a 40 años.
* Ensayo publicado en APUMARKA No 09. (J.L.V.G.)

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EL DEMONIO EN CHUCUITO
José Antonio Encinas Franco

A TRINI Y LOLITA ARCE A la religión naturalista de los indios iba a reemplazar en el gran Imperio del Tahuantinsuyo la religión de los dogmas, de los Misterios y de los milagros, A la adoración de los ríos sagrados, de las montañas gigantescas donde la tempestad se perdía, a la adoración de los animales, a sus prácticas supersticiosas, había de reemplazar la pompa fastuosa de la religión de Cristo. Las órdenes religiosas se esparcieron por todo el territorio. Hombres venidos del otro lado de lo? mares, con su sayal y su cruz se internaban en las más abruptas serranías, destruyéndolos ídolos y catequizando a los indios. El alma hierática de éstos contemplaba con estupor la violación de sus templos y escuchaba con asombró las pláticas inenteligibles de los frailes. Muchos de éstos pagaron con su vida la audacia de querer destruir la sombra tutelar de los dioses incaicos. Muchos también por sus virtudes y por su tolerancia vivieron en el corazón de los pobres indios. La orden Dominicana fue la primera que se internó en el Departamento de Puno y uño de los frailes de quien se guarda mayor recuerdo es Fray Domingo de Santo Tomás, que una vez nombrado Obispo de La Plata, visitó Paucarcolla, que era el primer pueblo de su Obispado. Paucarcólla asiento de los antiguos caciques Collas que habían sostenido grandes y terribles guerras con los Quechuas, no era en la época en que visitaba Fray Domingo sino una de las taitas comarcas abandonadas por los indios a la aproximación de los españoles. Este fraile ordenó la construcción del Templo de Paucarcólla, que según la orden dada por él debía ser hecha de adobes las paredes, las portadas de ladrillo y de una sola nave. Los dominicos se extendieron por toda la Provincia de Chucuito, siendo sede principal de ellos los distritos de Ghucuito y Pomata. Guando el Virrey Toledo hizo la visita a la Provincia y conoció de cerca la rivalidad entre las órdenes religiosas y los abusos que cometían con los indios, quitó a los Dominicos esa Provincia, otorgándoles en cambio el obispado de Parinacochas que pertenecía al Cuzco. Este despojó originó ruidosos pleitos en los cuales dos Dominicos no salieron bien parados. A esta congregación se debe la construcción de la mayor parte de los templos de la Provincia de Chucuito en especial los de los distritos de Chucuito y Pomata, particularmente el último cuya belleza es ponderada hoy mismo. Los dominicanos permanecieron en la Provincia de Chucuito hasta el año de 1569. Uno de tantos frailes que el espíritu místico de la época de FELIPE II había engendrado en la Península, llegó al Distrito de Chucuito que había sido antes la Capital de los Cari, una de las ramas de los Collas. Este fraile se llamaba Agustín de Pomisedo, hijo de la Provincia de Santa Cruz déla Isla Española. Al decir de lo» cronistas fue un varón apostólico de vida ejemplarísima, insigne predicador en la lengua aborigen. Fue este fraile uno de los más entusiastas en la propagación de la fe cristiana y uno de los que más se distinguió en la obra de la construcción de los templos. En Chucuito fue él quien inició y llevó a su término la Iglesia de Santo Domingo que aún existe en ese Distrito. El celo desplegado por este religioso llegó al extremo de que él mismo cargaba los materiales destinados a la construcción lo cual no le impedía catequizar a los indios donde no simplemente era preciso velar por la religión sino también por la moral que se encontraba bastante adulterada. Había en esa época, según cuenta el cronista Menéndez, tal corrupción en el pueblo de Chucuito, que las indias de mala vida eran numerosas. Las pobres gentes tenían a fray Agustín Pomisedo como uno de los hombres más virtuosos, así lo demostraba su vida ostensible a los ojos de los pobladores de Chucuito. Era considerado como un varón Santo. Ya las gentes de la comarca andaban diciendo de hechos milagrosos realizados por él. Con la unción religiosa de esos tiempos recogían las flores del jardín que cultivaba Fray Agustín. Vida Santa, vida acechada por el pecado. Los justos y los elegidos sometidos a la prueba y a la tentación. Tal era el criterio de esa época en la que el espíritu humano aún no se había libertado del terror que habían engendrado dioses y demonios. Fray Agustín Pomisedo no pudo escaparse a la tentación del demonio que apareció en Chucuito vistiendo la misma jerga que él vestía, pero ya no para predicar la

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doctrina de Cristo sino para divertirse en las noches en los jolgorios de los indios. Los indios creyeron que Fray Agustín era el que asistía a esas diversiones haciendo lo contrario de lo que predicabn. Todos se confabularon para sorprenderlo. Una de esas noches que la diversión había llegado al exceso y en que el fraile se había divertido mayormente le siguieron a la calle y vieron que se perdía en el cementerio contiguo a la Iglesia. Allí al amparo de la sombra de los pequeños arbustos que rodean las tumbas, se perdió el fraile. No tuvieron entonces la menor duda de que el fraile Agustín era el mismo que en las noches se divertía. Las gentes comenzaron la chismografía consiguiente. La santidad del fraile estaba en tela de juicio. Ya no seguían sus pasos, ni escuchaban con unción sus pláticas. Ya las flores del jardín morían mustias, manos malditas eran las que la regaban. Fray Agustín conoció luego que se desopinaba ante sus feligreses sin saber la causa. Indagó por ella y contáronle cómo un fraile se presentaba en las noches a lugares donde se reunía la gente perdida y que el pueblo creía que no podía ser otro sino él. Fray Agustín observó que era el demonio que trataba de probar su fe. Comenzó con sus rogativas sus y maceraciones. El silicio atormentó su carne y muchas veces desde el pulpito de la Iglesia mostraba a las gentes que aún permanecía fiel a su doctrina. Una de esas noches en que el fraile Agustín despertó a media noche para disciplinarse notó que su hábito había desaparecido y que el indio que le asistía y le servía de monaguillo tampoco estaba en el aposento. Al punto comprendió que era el indio quien aliándose con el demonio había tratado de desacreditarle, “con una maldad muy propia de la malicia de los indios”. En efecto no tardaron en presentar al indio disfrazado de fraile dominicano que venía en un deplorable estado de embriaguez. Las gentes en lugar de festejar la ocurrencia del indio Chucuiteño, pensaron que era el propio demonio encarnado en el cuerpo del pobre Sacristán, quien de tan mala manera había tratado de desprestigiar al virtuoso y Santo Varen Fray Agustín de Pomisedo. Al día siguiente el pueblo pidió la pena capital para el pobre Monaguillo, pero Fray Agustín perdonó al delincuente rogando a Dios por quien tanto mal le había causado. Pocos

días después el indio desapareció de la población y todos creyeron que el demonio se lo había llevado. Desde entonces en la histórica ciudad de Chucuito, hay una callejuela estrecha cerca del templo de Santo Domingo, como quien baja al camino de Acora, que las gentes de esa época y aún las de la actual llaman la calle del Diablo recordando la leyenda. Fray Agustín de Pomisedo, cumplida su misión en Chucuito se trasladó, años después al Convento de Santo Domingo de Lima, donde murió a la edad de 80 años.

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Dr. José Antonio Encinas Franco, durante exilio en Francia

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A LA DESCUIDADA SE CLAVAN LAS BANDERILLAS...(*)
Alberto Rivarola y Miranda

Juliaca, en una mañana alborotada por el viento rezongón y el trajín de mercaderes. —Güen día nos dé el tatito, comadre Rosaria, ¿de dónde tan de mañana, si son las cinco? —Güenos los tenga Ud. comadrita Hermelinda. Vengo de Misaicuatro de San Francisco. —Acá no hay ningún San Francisco. Dirá Ud. de la Merced chiquita. —Sí eso mesmo... Alalaucito... ayayaucito ¿Qué convida Ud. pue pal frío? ¿Tiene Usted café? —¡No falta! ¿Quere Ud. bien cargadito? —¿Cómo con perdigones? —Qué contenta la noto, de seguro que anoche llegó mi compadre José y la hizo alegrar con las ricuras que trajo... —Sí; estuvo acá, llegó en el tren de carga, pero ya se fue en la mañana a tomar el desayuno ande la otra... ande la “Pocconti”, pue, a Puno. —Y eso lo dice Ud. tan satisfecha, como si no le doliera... y más bien le gustara. —¡Qué quiere Ud. comadre!, si ella también ayuda a trabajar en algo, mandando las chocas, bogas, indios, muetos, ullucos y todo lo que puede. Sí, parece una verdadera hermana de familia ... ¿Y Ud. ande se queda, si mi compadre Pablo es un bandiu? ¿Acaso no sé lo que a Ud. le mandan de Arequipa? —Efectivamente, yo recibo los camarones, la fruta, la verdura ... —¡A pue, aguante Ud. que entre la verdura vienen malogrados los camotes y verdeonas las calabazas; y los rábanos que dan gusto ¡asina de grandes! —¡Quimus de hacer! Así será nuestra suerte. No hay más que seguir la corriente ... como dijo alguno anoche. —¿La corriente de la llojlla? —De fijo que tuvusté en la junción de tiatro de anoche. —Sí, estuve allí, porque me invitaron desde temprano. —¿Y le agradó lo que presentaron? —Ay, bastante. Si le digo que mey reyiu hasta mearme de risa ...¡Jesús! ¿Y a Ud. no le pasó igual cosa?- preguntó doña Hermelinda. —Yo me divertí de alma; pero tomé mis precauciones no tomando chicha ... —A ver. ¿Cuál de los números le agradó más?

—Casi tuitos. Esos chicos parecían mesmamente que gente grande; estaban tan salidosos y se lucían con una gracia que daba gusto; bien enseñados, no hay duda; al menos ese queiso de doctor; luego el otro de ayudante... —Cierto que causaba de admiración cómo trabajaba; si parecía que toda la vida habían sido del teatro...... —¿Y los grandes? —¡Ah!. Esos lo hicieron como propios maestros. ¡Ese doctor Arce!. ¡Ese coronel Castro!. ¡Qué antiojudo Barbaluza...! ¡El empresario del cine!. ¡El maistro mayor don José ah! —Nunca me había reyido como anoche. —Todos ellos fueron los que ocasionaron mi resfrío, porque tuve que seguir la corriente ... la meadera que me causaba tanta risa pue; y yo que quería evitarla pellizcándome, y ¡nada!.... Cuando salieron los cocineros estaban para freír monos.¿no? Yo ya no tenía naíta de agua cristalina de tanta risa... —Sí; todo el público estuvo contento. ¿Y que le pareció la chica Juliecita?. —Le digo, comadre, que ella ha derramau lisura como dicen los entendius. Estuvo como como si juera artista experienciada. No se asustaba nadita de la gente... ¡Qué resabida y encantadora qui estaba! A mi lau habían algunos jóvenes que decían: ¡Quí hermosa qui está! ¡Y ya parece casamentera! ¡Ese lunarcito, qué bien le sienta! —Cierto, estaba bonita como es la chica, y con esa actuación les ha dao ejemplo a esas otras chicas lisas que no tienen gracia más que pa mirarse en el espejo, preguntándose si están lindas como pa que se las coman los hombres con los ojos... —Le digo a usté que la junción mi ha hecho recordar a las que daban en otros tiempos los señores Migueles. ¡Qué güenas! —¿Y por qué se olvidó usté de los orquesteros?... ¿Acaso no lo hicieron también? ¡Cómo no!; yo me muero por la música y más que nada por los músicos; aunque son unos “bandas”, que tienen varias mujeres en todas partes. —Yo no voy a eso, comadre. No sea usté tan adelantada. Lo que a mí me entró en curiosidá jue cuando les clavaron las banderillas ... al Albertito, a los Pepes y a toditos.

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Rivarola y Miranda nació en Puno un 7 de agosto de 1892. El arte y la música fueron parte de su formación en el Colegio Seminario, trabajó también como tipográfico en El Siglo, diario dirigido por Gustavo Manrique y creado por el Dr. Carlos Belisario Oquendo, años más tarde pasó de trabajar en un diario liberal a un diario clerical como lo fue El Eco de Puno. Rivarola como música destacó de sobre manera, ya que en 1924 fue parte del grupo que fundaría la Estudiantina Dunker La Valle, en su repertorio como músico se hallan importantes piezas como: zampoñas de mil recuerdos, siempre vivas, el cuento seleccionado para esta publicación fue rescatado por el Dr. José Portugal Catacora en su monumental libro “El cuento puneño”, así también por el Dr. Samuel Frisancho Pineda en el “álbum de Oro”, y finalmente por el escritor Feliciano Padilla en su “Antología comentada de la Literatura Puneña”. (J.L.V.G)

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—¿Banderillas? Ja, ja, jaaaa. Si fueron escarapelas. —Ah, pero les hizo escarapelar el corazón como si les hubiera golpeado con la chaquena, sin duda. —¿Por qué así comadrita? —Por la buena moza que les hizo la tentación, que ellos no esperaban, ni soñaban... —Se sentirían honraos y orgullosos de tener cerquita a la neñita linda clavándoles con un alfilercito, para hacerles una ligera sangría... —Sería ese rato cuando tocaron esa cuequita que se llama “Mentirosita”, no? —A mi me parece que tocaron esa linda musiquita incaica que decían era “Lulú”, que es una palabra salida del concho del cariño, según oí a una linda ilustrada...... —Bueno, yo adivino que a ese rato ya se habría emocionado... —¿Cree usté? Quizás pue, la música tiene tanto poder y juerza como el encanto de las mujeres...como dijo un qalita diestro. —Cuando se acabó la junción me dio mucha pena. De seguro; igualito que a mí; pues ya me había acostumbrado a pasar ratos tan agradables. —Las tijeras cortaban duro por todas partes. ¿No notausté?. —Cuando la estudiantina tocaba esa musiquita de “Tu ya no soplas”, se decían: tú ya no soplas como soplete; otra decía: más bien tú ya no soplas como juelle de acordión— añadió doña Hermelinda. —Si todo era hablar de la sopladera y otras cuchicosas que se decían entre los malcriados de contraltecho. —Ciertamente escuché tantas cosas... tildaban juerte a esas personas lustrosas que no asistieron a ayudar a los ministros que se desviven.

—¿Qué importa que no asistieran los ilustrados y los jije lifes, si el tiatro estaba lleno? —Pero siempre se hicieron notar... aunque le diré a usté que Juliaca ya necesita un local güenazo y grande, pa que los de galería no estemos como en lata de portola. —Cuando hay llenos y si una se acomoda tempranito, ya no puede ni menearse, ni salir con libertad, y corre riesgo de que le pase lo que a mí... Si cuando me acuerdo, sudo breya. Tamié me puso el condenau como una buena banderilla, comadrita, ¡asina de grande! —Dejesusté de acordarse de la humedá y tomemos un resacado, que eso nos hará bien sobre el cuche de queso. ¡Salú! —Salú, comadrita Hermelinda. —¿Va usté a los maches de esta tarde? —Si, estoy invitada por mi amiguita doña Analana y su vecina doña Santusa. —Ambas gustan de la pelotera, no? —El fútbol. Ah, sí, mucho. No fallan. Y esta tarde juegan los antonianos que ha traído ese simpático padrecito Peralta, que tanto se hace querer con los chicos. —Pero, yo creo que acá les darán la tanda nomás... ya hey apostao a la de acá. —Ojala no suceda así, porque yo mei ladeado pa los de allá; cuento con San Antoñito paque haga el milagro... —Bueno, allá nos veremos; y dispués podemos pasar ande la comadre viajerita a tomar la chicha con nata. —Adiós, hasta entonces... comadre meacha.

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(*) Tomado de la Antología del Cuento Puneño, publicado por el Dr. Samuel Frisancho Pineda.

Nicho en el que reposan los restos del escritor y músico Alberto Rivarola, en el cementerio general de Laykakota.

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IMAGINARIOS DISTANTES Y VIGENCIA DE LOS ORKOPATAS*
Los testimonios más fuertes que identifican al altiplano son los movimientos sociales y las corrientes de reivindicación campesina o indígena [propiamente dicha], en este punto haremos alusión a Gamaliel Churata [voz distinta en relación a sus concepciones estéticas, heterogénea bajo las precisiones de muchos]. Para hablar de Churata es necesario hablar de una generación: Orqopata.- El nombre con el que finalmente se conoce al movimiento literario vanguardista de Puno, es Generación Orqopata o simplemente Grupo Orqopata. Gamaliel Churata vivía en la casa del comerciante en lanas (Antonio Carpio) allí Churata se reunía con sus contertulios, de ahí el origen del nombre, era una casa con un patio amplio y que estaba situada en Orqopata (versión de José Tamayo Herrera, José Luis Ayala). Orqopata, era una vivienda ubicada en un promontorio, se convirtió a su vez en un cenáculo al que asistían personas de diversas tendencias políticas y concepciones artísticas. A quienes se les puede citar como concurrentes asiduos es a Emilio Vásquez, Demetrio Peralta (Diego Kunurana), Alejandro Peralta, Emilio Armaza (antes de tener confrontaciones serias con Gamaliel, luego de su regreso de Argentina), Mateo Jaika, Inocencio Mamani, Dante Nava, Aurelio Martínez, Eustaquio Rodríguez Aweranqa (antes de unirse a los Rijcharis de Manuel Núñez Butrón) al respecto algunos estudiosos como Tamayo Herrera, Ayala, etc. aluden a otros integrantes; sin embargo disto de ellos a falta de pruebas documentales. Emilio Romero (con motivo de su libro: “tres ciudades del sur del Perú”, rompió sus vínculos con Gamaliel, Luis de Rodrigo vivía en Juliaca y Emilio Armaza, después de su viaje a Buenos Aires, tomó distancia de Churata para convertirse en su detractor permanente. Es importante decir que también había mujeres, ente ellas Josefa y Valeria Flores, Rafaela Castillo y María Núñez (como consta en algunos testimonios). La casa donde vivía Churata estaba situada en el cruce de las actuales calles llamadas jirón Horcapata y José María Moral. Era una casa con techo de calamina con un canchón grande para escoger lana y secar cueros (Tamayo Herrera). Los espacios en los que se han desarrollado los Orkopatas son múltiples, incidieron en la formación de discursos emergentes como los de Mariátegui. Un aspecto sin es el que se refiere a las influencias externas. Por eso es necesario tener en cuenta las observaciones de Gerardo Leiner. Se trata de una tesis de doctorado en la Escuela de Historia de Tel Aviv, en la cual trata de analizar las fuentes que nutrieron a Mariátegui para elaborar su tesis sobre el socialismo en los Andes. Del indigenismo puneño puede decirse también que su enorme contribución al discurso indigenista peruano está en relación inversa a su mínima incidencia dentro del discurso hegemónico en la ciudad de Puno. En ella, a diferencia del Cusco, no se creó un amplio mercado cultural, ni marcos institucionales en los que el indigenismo podría florecer. La mayoría de los indigenistas publicaron sus textos o centraron sus actividades fuera de Puno, en Arequipa, en Cusco o en Lima. Lo característico del indigenismo cultural en el altiplano era la proximidad entre los indigenistas mistis y los indígenas. Una de las razones de esta era que los crudos enfrentamientos agrarios no daban espacio a indigenismo teórico y no comprometidos. Los indigenistas se veían compelidos a tomar posición, a intervenir y apoyar a campesinos indígenas que acudían a ellos solicitando ayuda. Otra razón, es el carácter no tan jerárquico de las relaciones sociales en la ciudad de Puno, donde casi no habían veteranas familias de hacendado bien establecidos, las distancias sociales y culturales no eran tan grandes como en Cusco. (Leiner, 2001:158) El autor de El pez de oro, marginado por la crítica criolla y oficial, ahora es estudiado, hay interés acerca de su creación literaria y ha aparecido una estimulante bibliografía como las suscritas por Feliciano Padilla, Jorge Flórez-Áybar. Omar Aramayo, Juan Alberto Osorio, Luis Nieto, Gloria Mendoza, Emilio Romero, Antonio Cornejo Polar, Manuel Pantigoso, Guisepi Verdi, Ricardo Badini, Antonio Melis y Roland Forgues, entre las más valiosas. Una opinión respecto a la obra de Churata que constantemente se repite es la tesis plasmada por Miguen Ángel Huamán. No cabe duda que cuando se reproduce la idea aunque con distintos lenguajes, queda lo esencial, Huamán todavía no ha leído una respuesta a su trabajo sin duda provocador, Manuel Pantigoso en cierto modo ha hecho varios reparos y no pocas correcciones. Huamán afirma: “Cuando calificamos al Pez de Oro de indígena, usamos dicho término no como concepto de una dominación introyectada, sino como lo autóctono, lo nacido aquí; no nos referimos exóticamente a un “indio” puro y estático, al “buen salvaje” de la visión indigenista, concepto generalizador nacido en la perspectiva de dominador, abstracción nominal que es construida y luego utilizada por óptica, poderes y escrituras que le son ajenas. Si Mariátegui señaló que “una literatura indígena, si debe venir, vendrá a su tiempo. Cuando los propios indios estén en grado de producirla” (1969) No se refería al indio con hojotas y chullo de las postales, sino al aborigen, al poblador de sus diversas especificidades enraizadas en las prácticas socioculturales, económicas, territoriales y estéticas, étnicas, de resistencia, sobrevivencia y conservación que él avizoraba asumiendo más allá de la rebelión su matriz unitaria de autenticidad y propuesta. Jamás indicó que esa literatura sería la lengua indígena-vernácula.

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Una literatura indígena, superando las visiones externas y la ideología populista que subyace al concepto, afirma una identidad más amplia que lo indio. Este es el sentido de la presencia cultural andina del PO, y la refutación del supuesto carácter no-artístico, no-literario de su productividad, por sus rasgos sincréticos, es parte de la lucha al entendimiento crítico de la dominación cultural. Ello implica también una crítica al indigenismo, o más precisamente a la visión proclive al indigenismo de la crítica tradicionalista, que así como no ha podido reconocer el rabasamiento de los marcos de lo indio que el PO evidencia, el desarrollo y conservación de las antiguas estructuras cognitivas que plasma, la afirmación en el cambio de una identidad y su acceso a una modernidad desde los autóctonos que manifiesta, le ha sesgado su lectura de acierta productividad literaria”. (Huamán, 1994: 74)
Considerando que: es el mundo el que se representa en nuestras palabras, y son las palabras las que crean nuestros mundos, es entonces que lo que existe fuera de nuestros sentidos se objetiva o se realiza sólo cuando nos expresamos sobre ellos, y ellos nos aprehenden y se realizan mediante nosotros (que pasamos de sujetos cognoscentes a objetos que posibilitan la cognoscibilidad de lo real); entonces, las tradiciones orales son parte de esa realidad procurada por todo hombre (consciente o no de la existencia de un medio que al margen de la oralidad, que permita una mayor preeminencia) para expresar al mundo por el que él transita; aún así, ¿ qué es la tradición oral? —es aquello que acontece en lo real y que el hombre capta y hace realidad; es aquello que producto de lo real maravilloso o no, hace partícipe al colectivo de la conciencia de lo que existe. Esta oralidad porta además todo el acerbo cultural y la visión del mundo que se posee en tal o cual cultura, y ello depende de cómo capte este hombre al mundo y así mismo: ¿qué es lo real y qué lo imaginario?, de todos modos y al igual que todo lo que existe, lo oral no es más que un símbolo que necesita ser interpretado para ser entendido y comprendido, es decir es una figura que requiere ser descubierta. Ahora, todo parte del hombre, de su concepto de sí mismo, es decir, de su juicio ontológico, de tal modo que un hombre asiático será distinto a un hombre europeo y éste diferirá del americano (esto sólo en el concepto que tenga de sí misma, es decir ¿cuándo es hombre?). Entonces, todos diferirán del andino y este hombre andino dirá: “soy hombre siempre que mantenga una relación armónica con la naturaleza (que soy yo y que es la pacha en toda su dimensión -tiempo y espacio). A partir de ello éste realizará una interpretación de lo que a él le rodea y lo expresará primero como un simple enunciado oral y luego hará de esta oralidad una tradición para luego convertirla en tradición oral u oralidad tradicional. (Según corresponda). Es decir que todo depende del sentido y de la dimensión de la cual haga uso este hombre. La circunscripción (sobre la Obra de Gamaliel Churata) en “la filosofía del lenguaje, podemos decir para comenzar, que se ocupa de la valoración del lenguaje como portador de sentidos, como medio de comunicación y como signo o símbolo de la realidad” (W .MARSHAL, Urban. “Filosofía del lenguaje”). Pero, ¿es

todo lo que se puede afirmar sobre esta disciplina? Y sobre todo ¿qué podemos afirmar de la ontología del lenguaje? Y en particular, ¿del Quechua y del Aymara? Y la posición nuestra (Noqanchik) en sentido colectivo y “mens cogitia” o nuestra razón practológica. De hecho sólo daremos respuesta a lo referido como ontología del lenguaje, no sin antes realizar una reflexión de lo que es y de lo representa la tradición Oral en la concepción del mundo andino y de lo considerado por Churata sobre el papel del lenguaje en el cómo concebir al mundo. “El pez de Oro está labrado con materiales Puneños, radicalmente fruto de las reacciones anímicas telúricas de nuestra tierra y su lago, entendiendo, que si el Titikaka se refracta en el cielo, hay que convenir que el cielo de nuestra tierra es sólo el Titikaka proyectado a las esferas” (INSTITUTO PUNEÑO DE CULTURA “Gamaliel Churata — antología y valoración”, pág. 14). Dechado de un claro sentido de identidad, Puno ha sido siempre centro cosmogónico de la cultura y lo que en Churata se hace presente no es sino lo que muchos han denominado “realización de lo real”, el lenguaje estudiado y catalogado por muchos como híbrido no es sino el vehículo de realización de aquello que hace posible que “en la conciencia del hombre, en su intimidad orgánica, radica la verdad de la naturaleza humana”, entones el lenguaje crea el cosmos -lo que para nosotros viene a ser la “Pacha” (la totalidad), y el hombre no es sino un intermediario, un alguien que empleando el lenguaje hace que lo que existe se haga real [así el Kheswa-aymara resulta una lengua creadora de realidades o de cultura]. Así entonces habrase dicho el mismo Churata (refiriéndose al “Pez de Oro”): “el idioma que utiliza mi libro resulta desconocido por los americanos, la obra que debe imponerse es aquella que en las universidades enseñe a los hombres con personalidad a no negar sus raices” (CANAHUIRE CCAMA, Alfonso. “vida y obra de Gamaliel Churata”, pág. 35). Entonces idimáticamente -al menos bajo los supuestos de nuestra concepción filosófica culturalresultamos un implante, y somos quienes no se identifican con las culturas andinas; pero tampoco lo hacen con las culturas occidentales (auque nuestra formación sea occidental). “pero si somos americanos, nunca llegaremos a conocernos si no conocemos nuestra lengua materna” (conferencia de Churata, 30 de enero de 1965, cine Puno). Entonces, ¿quiénes somos? Y ¿cuál es el valor de nuestras lenguas?, ya Churata hacía referencia sobre este tema, por ello para él, “los idiomas son el tesoro filosófico, político, técnico en que los pueblos sin letra sustancian el legado de sus concepciones del cosmos. Cuando el inka Garcilaso de la vega nos recuerda que el aborigen del tawantinsuyo definía al hombre como simple tierra animada, Hallpa khamaskha, ¿habría acaso enunciado una fruslería?”(opus citatus); mas abajo afirma Churata que:”sin lengua nacional, ningún pueblo posee literatura nacional....”. De hecho él (refiriéndonos a Churata) se parangoneó con Feijoo al hacer reflexión sobre el lenguaje [aquí el Kheswa-aymara es parte del gen del hombre andino, como lo es el español para el conquistador].
* Publicado en APUMARKA No 09. (J.L.V.G.)

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EL CUENTO, LA TRADICIÓN Y EL RELATO

EL GAMONAL
Gamaliel Churata

Gruesa techumbre de totoras y de pajas. Habéis tenido ciertamente varias oportunidades de conocer la choza del indio puneño. La ventana mide apenas diez centímetros; es un hueco practicado a manera de pupila, en uno de los lienzos, en aquel de los lienzos que mira al sol. Su color, además del ocre de la tierra fructífera, suele ser el blanco o el siena. Un cubo. Junto a él unido por vértice de ángulo referente, otro cubo y más allá otro de menor volumen y luego los rectángulos numerosos donde se aposentan los rebaños. El plano verde. Verde veronés. El aire vibrante. Son las diez de la mañana. Húmedo de tibia húmeda. Primavera. Su cara es fea, seguramente, Gorda no es. Al menos, viéndolo bien no parece. Flaca, tampoco, ¡Trabaja tanto y tan sin descanso! Cuando se trabaja así no se tiene los ojos en el abdomen y desde luego no se engorda. Pero es de una fealdad. Tiene ademanes desenvueltos y una picardía obscena en la mirada. Se llama Encarnación. La dicen: Encarnita; y ella se goza con el diminutivo. En el primer parto estuvo a punto de morir. Si nó es el kollawaya se habría ido al otro mundo. Con ciertos sobajeos en el vientre y la cadera y cuatro lagartos que mató en el patio, diciendo misteriosas palabras, el kollawaya la hizo partir. De lo contrario habría muerto. El marido se puso loco. SI TU ME LA SALVAS, decía, TE DARE CUANTO QUIERAS. Cinco días pujó Encarna. Ya le faltaban las fuerzas. Su flaqueza de ánimo la fortalecía para los extremos furores. MATAME, TATITO: YA NO PUEDO, gemía la meneona. Deseaba terminar de alguna manera. Miraba a su marido más abatido que ella misma. Acaso una sonrisa se agazapaba entre sus labios. El dolor del hombre era mayor ¡claro! Los oblicuos ojos de una mujer alumbrando al clavarse —ese es el término— en el marido, tienen elocuencia de volcanes que antes de vomitar sus lavas clavan un ojo en el cielo ya sobreespantado de estrellas. Un hijo es siempre una venganza de la naturaleza. El quiere decir que no estamos llamados a terminar con la generación la obra espiritual que, a cada rato, creemos llevar a sus ápices, y que debemos esperar de nuevos frutos nuevas perfecciones. Ciegos de hosca torpeza en todo procedemos así. Nos conceptuamos la fórmula definitiva y cuando el hijo balbuceando nos hace entrever el aspecto fugaz de una nueva belleza, nos enfurruñamos como felinos groseros contra la nueva belleza que él trajo, empeñados en que ésta que ya llevamos gastada sea la UNICA belleza del mundo. Moraleja: los hombre cuando han pasado los treinta años casi siempre son lo más burro de la tierra. Pero que de esta triste averiguación nos consuele saber que la Encarna parió y que su macho con la alegría del suceso, loco y loco, se dirigió a los corrales y cogiendo por las astas a un toro matrero lo dobló, lo unció, lo entregó de hocicos en el suelo. Loco claro. Loco de alegría. Bien, pues. El gamonal a los diez años es un muchacho tímido y tonto, a quien, con toda facilidad, como se le pinta una mosqueta en el trasero, se le cuelga rabitos de papel. Es producto neto de hacienda. Se le reconoce por un fuerte olor a trigo tostado y en que en sus relaciones de amistad prefiere el mozo

Gamaliel Churata (Arturo Peralta) 1897 Arequipa, el mayor exponente de la literatura y filosofía andinas que pueda tener el Perú, sus obras capitales son: El pez de oro y la Resurrección de los muertos. Su activismo cultural en la década del 20 al 30 (junto a José Carlos Mariategui, Alfonso La Torre) hicieron que el indigenismo se halle en la cúspide de los estudios culturales. (J.L.V.G)

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cuyo poder de puñadas le haya rodeado de una de esas admirables aureolas de trompeador que tanto se admiran en la escuela. Este le es tributario en cambio de una chuwa de chancaca y buena porción de tostados. La debilidad de sus menores siempre está a expensas de su crueldad tanto como él a expensas del juicio definitivo que el profesor forma de su estiptiquez mental, pues a una brutalidad incalificable, une un carácter servil de los peores respectos. Es uno de los pocos que conservan sus cuadernos cuidadosamente aforrados, aunque la grasa y ese intolerable olor a tostado mal digerido los haga gaseosos y a él temible a la pituitaria. Por lo demás, nunca está entre los chicuelos que por un momento de amplio regocijo dan dos o una hora de reclusión. Por esa causa, sus copias rara vez no están con el día. Muchas veces, y debido a ello, logra destacarse entre los demás, o casi siempre, puesto que los resultados apetecidos son esos. Tanto en la vida como en la escuela, el gamonal posee un sentido práctico de resultados inmediatos. Persigue la solución de un interés próximo. En la escuela, lucirse, para imponerse llegado el caso. Se dirá que siendo así el gamonal a la postre resulta un ejemplar de hombre tesonero capaz de altas acciones. No. El gamonal olvida lo que engulle mentalmente, como evacua lo que ingiere por el estómago en grandes cantidades, sin que lo uno ni lo otro, hubiera llegado a producir el extracto vital. La prueba podría yo ofrecerla en los Diarios de Debates de esta República representativa, donde se ha levantado un monumento a la necedad y a la impudicia; de lo primero, que de lo segundo se vé en los poblachos, sin salirse muy lejos de las calles centrales, otras pruebas de esta falta de honradez digestiva… El gamonal es el prototipo del machacón. Ha convenido en que atorarse de letras es ser un sabio y que se es más sabio y más fuertes en relación al número de horas consumidas en rumiar los textos absurdos de colegio. Por ello, en el colegio, el gamonal, es el mejor alumno; en la vida, si tuvo suerte, el hombre; pero, en verdad, una bestial Vela hasta las once o doce de la noche, deja la cama apenas amanece y reempieza los fatigantes y fatigosos estudios con un sonsonete muy parecido al avemaría de los llamos en el corral. Se podría inventar una sinfonía con el tema. Su nombre acaso esto: Sinfonía de la brutalidad angustiada. Es el primero en llegar a la escuela. Pero no se toma este trabajo inútilmente, robando alguna hora al plácido sueño infantil del amanecer, por ir a corretear con sus compañeros al campo perpetuamente vestido de fiesta para el corazón del niño. No; el campo es para el majjta una incitante tienda de refresco, un aromoso cajón de dulcero. El gamonal está pervertido. Es un instinto de cálculo sirviéndose de un cuerpo canijo y miserable. Llegado, se colocará frente a la puerta principal en espera de la llegada del profesor, con el objeto de hacer ostensible su aplicación y formalidad. El profesor lo nota, pero cuando el profesor no pertenece al género de asinus gamonalis, lo cual

es bien raro, sufre de una dolorosa impresión frente a esa ruina precoz. El mayordomo tiene, montados y dispuestos a partir en rondaje por todas las cabañas de la hacienda, cinco karabotas duros de rictus y mentones patológicos. Estas embufandados hasta cerca de los ojos para defenderse del látigo pampero. Sólo dejan ver las negras pupilas centellantes. El chogchi impaciente hunde la mirada en la lejanía nítida y gris. La respiración se ve en el frío de la madrugada. Y parten. Ha ordenado el mayordomo una requisa minuciosa. No debe quedar, sin ser inspeccionado, ningún rincón de la propiedad. Parten. Los caballos toman diversas direcciones levantando nubes en polvo… —¿Tu marido? —Se fue al pueblo, tatay… —¡Mientes! No se fue al pueblo. Lo has ocultado. Las vacas no las robaron como afirma. Las ha vendido… ¡Miserables! El karabotas hace caer su látigo sobre la espada de la india. Al hijo que llora le lanza un insulto soez. Le llama hijo de perra. Pronuncia bien claro, bien fuerte la palabra CARCEL y se vá. Al oírla, la mujer y el niño tiemblan. Receloso sale el indio de su escondrijo. Mira insistentemente hacia el punto de polvo en la planicie y luego tritura su maldición como todo hombre esclavizado, duramente, sin literaturas vernáculas, con palabras centrales y definitivas: ¡PERRO!, ¡CANALLA!, ¡PORQUERÍA!. Tres leguas es poca extensión para una hacienda. Diez, poquísima para la llanura clásicamente andina. Pero a sesenta leguas todavía se ven precisas las cumbres vírgenes plasmar sus bellas formas triangulares. En la pampa inmensa y solemne se esperdigaban los ayllus, antes, y hoy sólo queda la cabaña miserable sin una flauta ni un huaiño. La cabaña de la hacienda sustituyendo al ayllu es como la jaula para el indómito kelluncho. El ayllu, reducido conglomerado de indios, era la paz y el amor abrazados en la rinconada. Al ayllu ha seguido la cabaña del colono, indio esclavo obligado a vivir como bestia, con un miserable salario, sin fraternidad ni sociedad. En la cabaña se convierte al hombre en bruto y cuando como el kelluncho prefiere morirse de hambre a soportar las rejas de la jaula, se le manda a la CARCEL. Eso es la pampa. Ningún hombre justo debe mirar esa gris extensión con necia indecencia. La pampa es una llaga sangrante; por todas partes deben oírse los gemidos del indio. Yo me explico por qué hay personas que al voltear una ladera, pasado el atardecer, oyen llorar las almas. Esos llantos no son leyendas. Un espíritu piadoso les hace oír lo que de otra manera no quieren. Nada de quenas y yaravíes ahora. Ya pasaron esos desgraciados tiempos del mundo cuando el dolor era un motivo poético. Los poemas de hoy son la sangre de los miserables convertida en gritos a la inquietud de los huesos por alcanzar la perfección teológica. En la pampa hay poco

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El joven Arturo Peralta junto a su esposa Brunilda, la que fallecerá junto a sus dos hijos. Arturo Peralta líder del Grupo Titikaka (más tarde conocido como Grupo Orkopata), será perseguido por comunista y se auto exiliará en Bolivia después de la muerte de José Carlos Mariategui con quien mantenía correspondencia íntima. (J.L.V.G)

Fotografía: cortesía de Pedro Pineda Aragón, publicado en “Movimientos Sociales y la Escuela en el Altiplano 1860-1930”

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color. Violeta en los lindes del cielo, amarillo el pajonal interminable, blanca la nube y rojo el corazón del colono. Allá vamos. ¡Donde se siembra una injusticia se cosecha un vengador!. Hay que ver al gamonal casi un hombre ya. Colo pan tostado, puesto que también heredó los cobres incaicos. Es alto. Tres años de vida pueblerina, le han dado lo último que la naturaleza le dará: juventud. Niñez no tuvo. Nació deforme, sólo apto para el engaño. Su primer paso en la vida social se reduce a buscar compadres entre abogados y funcionarios. Le importa muy poco la miseria y la orfandad de sus amigos si a su precio puede comprar un nuevo compadre. Esto mientras su hacienda le permita sólo una vida anónima y tenebrosa, pero si crece en proporciones, entonces, en una hora de vergüenza cívica, dicho sea con las palabras demagógicas, sus dineros, y sobretodo, los sabrosos quesos serranos, la imponderable mantequilla puneña, las pieles de vizcacha y vicuña y la sarta de chaullas, construyen el armatoste de una Diputado a Congreso, un prefecto o una personalidad cualquiera. El Phuttuto es un clarín trágico. Su voz ronca al principio adquiere, conforme se eleva, determinada ondulación que es en veces grito desesperado, como de fiera, penetrante, que parte en dos la paz estéril de las serranías. Se utiliza, el caracol marino, pero en estos sitios las astas del toro bravo. El indio lo pule cuidadosamente, y amorosamente, hasta darle aspecto gracioso que no de beligerancia. —¡Phu!...!Phu!... La sugestión que su toque ejerce sobre el indio es de tonificación y ardorosidad. Para el criollo tiene efectos diametrales. Se piensa de inmediato que la indiada, insurreccionada, está oculta en los cerros, que la comanda Rumi naqui o Kalamullo, descendientes presuntos de la real familia incaica, que sólo esperan la llegada de la noche, y que en vandálicas hordas, saquearán, incendiarán, violarán. Todas las más refinadas atrocidades pasan por la imaginación del criollo cobarde, perezoso y autoritario. Y sólo fue un joven de nariz aquilina, tórax kawitesco, ojos pequeños de penetrante mirar, que sintiendo nostalgia de la maza y el escudo embocó el phuttuto en el silencio de las montañas. Ensayaremos imaginar los efectos que su toque produce en los segmentos de nuestra cosa civil. En los oídos del Prefecto, phuttuto suena a momento —en la cabeza del gamonal, tiene reminiscencia de guillotina— en el cándido corazón del obispo es hermano legítimo del pecado mortal, amenaza impúdica, desvirgamiento a forciori —para el desconyuntado organismo de la vieja beata, trae efectos espasmódicos, pues se tiene averiguado que cuando los indios se sublevan se arrechan por estas alimañas— en el iluminado cerebro del hombre (pido perdón por esta frase irremediablemente mala) es el grito vengador de una raza que pugna por sacar a través de los escombros de la justicia fosilizada en tribunales y

gobiernos, el puño trágico. Así, como una alegoría de 28 de julio. ¡Pobres! Sin ver que en esos escombros no hay más que ceniza que aventar a los vientos de la sangrienta purificación venidera. Uno… dos… tres… ¡A las tres! Ha brincado el Sol en un telegráfico crepúsculo sobre la pampa que apenas tuvo tiempo de bostezar. El gris oscuro de la chuglla se acrecienta en la madrugada alegre. El rocío cintilante en la techumbre va cayendo en lágrimas por las pajitas del alero, una tras de otra, a la una, a las dos y a las tres… La india parsimoniosa se acerca a la vaca y cogiendo las ubres ordeña, largo… La tibia vaporación le pone una sonrisa de amor en los labios duros y cobrizos reflejando en las mejillas de carmín brillante. ¡Ella también es madre! Pero no le roban la leche de sus hijos. MENTIRA. A ella también la ordeñan los niñitos de la hacienda. Vacas! Mujeres!. No es posible encontrarlo en otra parte por ahora. Está de perfil sobre la tarde. Hollando el suelo que el frío comienza a entumecer, saca la cabeza por sobre el mojinete de la chuglla. Tiene metido el chullo hasta cubrirse las orejas y media frente. El chullo es de un tono verduzco oscuro con ornamentaciones rojas de fáciles dibujos expresivos. Los ojos, mirando la lontananza sangrienta de arrebol poseen un dulzor de queja, y una ausencia de abstracción se desdibuja en la persistencia de una mirada sin pestañees. Se destacan los pómulos en una ténue sombra violácea cuyo vértice es un tajo lumíneo licuado en los bordes de las jetas. Será fácil comprenderlo. Es el hombre que domeñó a un toro loco de una fuerza de buey. Es el marido de la Encarna. Acaba de insultar sus espaldas la fusta del karabotas. Nada ha contestado él a cuento insultos le echara en el rostro. Permaneció callado. Hace tiempo comprende que ninguna actitud es más firme y elocuente que su poderoso silencio. Mira y calla. De lo que es capaz, sólo una observación atenta podría revelarse. Una frente breve, el macetero y el etmoides, férreas prominencias con el mentón. Todo es agresivo en él: la nariz, afilada en forma de corva, las órbitas dibujadas con dureza, el occipital donde se advierte la acción de un antigua deformidad y el cráneo todo estirado el bregma. Todo él, el ancho cuello y el tórax, dan sensación de poder. Debajo de la camisa de cordellate parece palpitar con el propio ritmo de la entraña, el deltoides, como en la bestia fatigada. Tanta extraña conformatura está aforrada de una piel cobriza que el sol bruñe con sus mejores fuegos. No habla. Pero la fogata de occidente en sus últimos resplandores, orifica su perfil metálico. La tristeza de un linaje perdido en el hueso se miraba en su fornido cuerpo de hambriento. El no es originario de la Hacienda. Ha venido de otras tierras del Ande. Llegó con sus padres muy joven, casi niño. En la hacienda envejeció, en la hacienda tomó mujer y en la

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hacienda dejó los huesos de sus progenitores. La hacienda venía a ser para él como una deidad ofendida que a cambio del mendrugo le arrebató todo, hasta el honor. Entre las cejas de esta cólera empozada día a día conoció, pues, a Encarna, y tuvo el hijo para quien ambicionaba una suerte menos perra. Encarna compartía con él tales ambiciones, y todos los colonos le oían con agrado. En la puerta del caserío, el mayordomo borracho furioso, revólver en mano. Rodeándolo mujeres y viejos que miran con timidez y espanto. —Tatay, es mi hija. ¡Debes respetarla! No es para todos, sino para su hombre. Sin atender a las protestas del anciano, el bruto, riendo a carcajadas arrastra a la india. —Te doy mi trabajo, pero no mi familia. Cóbrate en él lo que te debo. ¡Mis hijos son para mí!. Admirándose de tal lenguaje, el cholo reía más. —¡Ah! Te lo enseñaron los ramalistas …………… se comprende indio bribón. Pero ya irás a pagarlas en la cárcel. No se la llevaba impunemente. El viejo arrastrándose llegó hasta él y le dio un empellón; pero por nada. Presto le metió tres balas a boca de jarro. En la explanada todo es alegría bajo la luna. La “maestra” lleva el tema satírico y le corea el ruedo con alborozo: Ese que está mirando mejor será que se atreva. El charango mantiene con simples motivos melódicos los temas de la danza. Es la kashua. Agarrados de las manos, hombres y mujeres, dan vueltas de graciosas actitudes. La naturaleza duerme. El viento silva entre los pajonales. Los perros aúllan en la lejanía pastosa mientras los corazones mozos tiemblan por el cercano connubio germinal. Encarna se entendía con el mayordomo. Los palos menudeaban para el marido. Joven y provocante tenían que apetecerla el cura del lugar, el tinterillo y el mayordomo. Estando más cerca, éste aprovechó. Ella, demasiado vivaz para mujer de pobre, comprendía las ventajas de su trato con el patrón y no se resistía cuando la oportunidad les brindaba un acercamiento. El último hijo era evidentemente engendrado por el mayordomo. Todo lo hacía supones. Sólo el pobre de padre no lo habría creído nunca porque este último chiquillo era sus dos ojos. Encarna, lo trataba mal, muy mal. Parecía despreciarlo. Contestaba casi siempre con indiferencia y dureza. El marido nada entendía de esto. Nadie hablaba nunca de lo acontecido. Es que el mayordomo, mañoso en tales artes, se la llevaba a sitios descampados en llanuras inmensas, donde nadie pudiese verlos. Y nadie los vió hasta entonces. No era bonita Encarna. Era joven y dura, de carnes prietas y sólidas. Sus senos tenían la erectez de los quince años y sus ojos la quemante sensualidad de los veinticinco. El mayordomo estaba enamorado de Encarna. Le

había propuesto abandonar a su hombre. Estaba enamorado hasta la coronilla. Con lentitud y gravedad, vacas y toros, abandonan los corrales después de ordeño oloroso. Siguientes, con finos ademanes, llamas y alpakas. Ovejas y cabritos se van alejando también bajo la presión de la hora suave y tónica. Humean los fogones. Los gallos cantan. Los pajaritos pían en vuelos tensos. Asomadas a las puertas de sus chugllas, las madres entregan los pezones a las boquitas desdentadas de los majjtitos, mientras los hombres se afanan en labores múltiples. Paz que transpira. El gamonal, de todas maneras, es un poder influyente, relacionado con lo más oloroso y rumboso del centralismo capitolino. Entonces, su interés y el de la camarilla que lo ha ungido, le obligan a sostener un diario en la provincia escrito por infelices del subsuelo. Toda la basura empleómana está arrodillada a sus pies. Diez años en la Capital, le han dado una forzada distinción. Viste con uno de sus últimos modelos

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Arturo Peralta (Gamaliel Churata) durante su exilio en Bolivia, fotografía cortesía de Pedro Pineda Aragón.

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europeos, usa sombrero de copa, y quema cigarros puros, que no recuerdan, por cierto, al sojtapicho pueblerino. Los cielos nocturnos se suceden, uno tras de otros, sin nubes. Toda la congestión estelar gravita sobre la pampa, como ubre pletórica de leche estéril. Las chacras están muriendo en las rinconadas asesinadas por el hielo. El indio prende su fogata en la montaña para ayudar a la tierra, a la madre a producir el calorcito que contrarreste la cuchilla del hielo. Chillan las criaturas en todas direcciones elevando en la extensión ilimitada una sola voz angustiosa, llena, de lágrimas, doliente de ladridos y pellizcos y junto a este alarido viene un dolor que tiende a revelarse. Los hombres se han reunido en la cumbre. No es literatura lo que vengo relatando. Los indios van a los picachos como al corazón sigiloso de la tierra a tramar sus venganzas o a maldecir. Esto no es repito literatura. Literatura es aquello que he oído contar alguna vez de un indio expulsado de la hacienda con sus hijos y que por toda venganza al llegar encima de la cuesta se dio a sonar el phuttuto. Eso es literatura. Literatura es aquello del indio enamorado de la quena, el indio enfermo de tristeza. El indio siendo hombre y de los mejores, no ha de tener tiempo para literatura linfática. Los indios se reúnen para maldecir, si no más, el mayordomo, esa bestia carnicera, a los patrones, esas víboras, al párroco, ese bribón, al quelkere, esa zorra. Nadie explica si los verdugos son los actuales poseedores de la Hacienda. Los que dominan gozan la utilidad de su trabajo y son causa de sus hambres. A ellos, pues, debe encaminarse la venganza. Con aguzar un poco la mirada se vé el caserío de la finca perdido en una rinconada a muchas leguas de distancia. Hacia esos lugares se vé parpadear una luz. Alrededor de la fogata hay un maravilloso registro de gestos. Todos tienen torva mirada, labios gritadores en impenetrable mudez. Están reunidos para maldecir, y aunque alguno habla exponiendo planes, no se le toma en cuenta. Hay una sola verdad; y es que deben alzarse, invadir la finca y acabar con los malditos. ¿Cómo se hará esto? Lo importante es que se haga. Uno se yergue sobre los demás. No es para mandar. Es para dejar que sus nervios tiemblen mejor. Circula una cita. ¡Iremos! Y luego no se oye más que el general llanto surgiendo de la pampa enorme enrojecida de coraje. No hay cosecha… Pero los graneros están repletos en la Hacienda. ¡Adelante!. En medio de una planicie suficientemente extensa para causar la admiración de cualquier lechuza, hay un cerro de cono truncado sobre cuyo plano se alzan dos chullpas de prieta roqueda. Están semidestruidas, pero conservan aún la grandiosidad del pasado. Hablan con lenguas multicolores, si se les mira como a juguetes persistiendo en las arrugas de los siglos. Ellas, a pesar su conformatura semitrágica, son para el hombre divergente, adornos del Tiempo, como aretes y cachivaches de momias. Rectangulares, como toda obra inkásica, hacen pensar en una angustia superior a la risa, pero

que llama a risa siempre, desde que la risa es canal por donde evacúan las cloacas interiores. En alto relieve hay tallados dos pumas: son el símbolo de la libertad concedida por la Naturaleza a los hijos que se alimentaron de su sangre! Que los temas musicales que el indio desenvuelve en su rústico carrizo obedezcan a melancolía, a tristeza añeja, fruto de mitimaes, imperio y conquista, podría ser una afirmación respetable para quien no presenciará el devenir andino y lo que es más, para quien no hubiese sentido en sus inquietudes arder la llama oculta que es el mandato de la raza. El indio es de espíritu vibrátil, pero no bullanguero; la naturaleza es épica, pero no revoltosa. Y el huaiño que ha sido ahora interpretado como un bailable sin otra trascendencia, encierra cuanto ha pensado; en el monumento de las cóleras vengadoras es la representación completa de su poder y en la danza la invitación viril del mancebo fornido y florido. Acaso el huaiño en ciertas actitudes describe la unción guerrera y siempre un ímpetu de dominio. El marido de la Encarna, alguna vez hubo de pillarla debajo del hijar anheloso del mayordomo. Aquella vez vació toda su cólera. El mayordomo no tenía armas con qué defenderse. Tuvo que soportar el castigo del hombre. Cada porrazo parecía maltrato. Ese esqueleto primitivo daba la impresión de una maquinaria de muerte. El mayordomo pidió auxilio; pero ¿a quién? El carnudo se lo prestó dejándolo semimuerto en el suelo tantas veces cómplice. A Encarna la miró con pena. Se la llevó reprendiéndola, amonestándola; casi con dulzura. Pero a los ocho días encontraron al mayordomo con la cabeza cercenada en su propia habitación, mientras el marido de la Encarna picchaba su coca habitual. Así permaneció hasta que se lo llevaron a la Cárcel. Todas las noches gime el viento entre las breñas, silba en el vericueto, amenaza sordamente entre los pajonales. En sus chillidos alguien descubre pasos del huaiño. Es a veces la canción pastoril, motivo de paz arcádica y el puñal que desgüella y justicia. En la quietud penserosa de la parcela cuán dulce y grato al espíritu el discurrir cadencioso de la existencia animal. Cuando miramos, es la chita que balando busca en conglomeración de carneros el pezón de su ubre. Sabe reconocer la voz de su madre, su dulce entonación. Esto ocurre al atardecer cuando el zagal arrea el ganado al establo. Dios fraterniza con la luz dorada y la enciende de misterioso hondor. ¡Ah! Entonces se comenzó a oír los breves, espesos rugidos. Ya, hacía el medio día, para quien oye y de sabe comprender, la pampa estaba preñada de cóleras. Ya se oía el breve y espeso rugido: —¡Phu! ¡Phu! Compactos grupos de indiada, descendiendo los cerros, armados de garrotes, cuchillos, rifles, hondas, ya de

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noche, se aproximaban al caserío. En la Hacienda se tuvo noticia tarde y luego se procedió a cerrar las puertas, armarse y mandar “propio” a la capital en solicitud de fuerzas de policía. La indiada se acercaba. Eso era evidente. Silbaron algunas piedras. ¿Quién comanda a los Indios? Eso no se sabe ¡Alguien va! Los phuttutos rugen con más frecuencia y en todas direcciones. Vibran en lejanas y, como si la montaña recogiera la voz, se les oye bramar junto a los corrales de la alquería. El mayordomo está convencido que el ataque no tardará. Pero no sabe que cuando habla le están oyendo orejas enemigas acurrucadas en el fondo del patio. Antes que lo ataquen, pensando intimidarlos, parapetado sobre los techos y ventanas, vacía sus cartucheras. Entonces los indios brotan del suelo y se inicia la lucha. Ya se perciben los ayes de algunos heridos y en el reposo bestial de la noche el quejumbroso balido de las ovejas que rompen la estaca, del redil y ciegas se echan a huir impelidas por el espanto de los hombros. La indiada trata de forzar la puerta principal. Ellos esperaban que se abriera pronto; pero ya han sido degollados los encargados de hacerlo. Presto se ve surgir una llamarada humeante dentro de las pajas de la techumbre y un alarido de placer y victoria enronquece. Los gritos se centuplican estentóreos y epilépticos. El fuego, en lenguas, lame los muros y se contorsiona en el espacio. Desde el mojinete donde se defendía bravamente ha caído uno de los hombres de la finca, uno de los malhabido secuaces del gamonal. Ha caído entre las fauces, sobre el haz de leña, verde, carne fresca para el kancacho. Lo trucidan con desesperado gesto. Lo maldicen. Lo parten. No le dejan tiempo para confesarse, lo cual es el último dolor del católico. La puerta no cede; pero con felina agilidad se ha visto a un muchacho trepar paredes, el ancho cuchillo en la boca sangrante, atravesar los techos entre las llamas y perderse en nubes de humo… y luego nada. Sólo que la puerta gira sobre sus goznes y la ola furiosa invade el caserío. El incendio se ha propagado. El patio donde acuchillan y machucan, quema como un horno. El mayordomo está tostándose en un rincón; lo buscan afanosamente. Hay montones de cadáveres. Los fusiles no dejan de vomitar agonías. Lloran las mamalas prendidas de sus amados cadáveres, cuando les cae un adobe del edificio que se desmorona. El muchacho de la hazaña que hubo de hundir su puñal cien veces en doscientos pechos, se bate como un puma acorralado. Su cuerpo no tiene un lugar sano. Le han acribillado las balas y muchos puñales se le han hundido. Apenas respira, pero es para levantar el brazo y enterrarlo en el primer obstáculo que encuentra. La sangran las heridas. Los trechos del rostro que no ha manchado la sangre tienen una palidez de muerte. Ya abre los ojos con dificultad. Apenas puede proferir una maldición: ¡perros!. Se arrima a una pared. Se arde. Se muere. El, que veía todo con serenidad y precisión, siente que le han campanilleado en el oído como si un campanazo fantástico estuvieron

golpeándole el cerebro. Ya no ve las cosas bien. Las vé borrosas. Oye una voz lejana: ¡Huahua! ¡Huahuay! Pero la voz se pierde en una lejanía muelle y porosa. Está blanco todo. Se sonríe. Hay entre sus nervios un cosquilleo que le hace sonreír. Y luego amanece. ¡Cómo! Si, amanece. La noche ha fugado asustada. Todo lo ve de una claridad lechosa. Las nubes teñidas de un rojo de leche sanguinolenta. Y nueva vez la campana y una voz que en la lejanía le dice ¡hijo! Con dolor o locura. Y la mujer del encarcelado tirada debajo del perro mayordomo. Y se vá U. para la feria con los pollerines vistosos y coloridos como aparato de fuego pirotécnico. Y otra vez la campaña y un sueño que se está durmiendo hace siglos. Y alguien que pretende despertarlo en la cárcel está también junto a la burra de buena leche. La burra negra ¡Qué tontería! Es Juez de Paz. Y se ha casado en San Juan el bribonzuelo. Se cayó la mula en el viaje a la montaña cuando el río le gritó su hambre desaforada y el sol por capricho se ha metido en la calceta de la vieja. ¡Ah, la vieja perra, es la madre de gamonal! Y cuando era niño y todo le gustaba el pan de la ciudad tan blanco. Y las calles eran tan dulces y la plaza de Puno azúcar. ¡Qué bien comen en la ciudad! Y otra vez la campana y la voz que dice ¡HIJO! Y él que se sonríe porque ha hundido su puñal en donde hubo sitio. Y luego más blanca la alborada y por fin se ha evaporado y no oye nada y nada comprende, porque él ha triunfado sobre todos y contempla su victoria cuando lo meten en la tierra envuelto en una frazada vieja de su abuelo. Pero ya no ¡está muerte! Vuelve el gamonal el terruño. Es recibido en la estación por la innumerable pandilla de sus asalariados, aunque no falten cuatro cholos altivos que vayan a sonarle pitos y latas a cambio de un cuartelero de esos que dejan el cuerpo molido, pero honrado. Al siguiente día el periodismo local, —casi suyo en absoluto, puesto que el que no se mantiene a causa de subvención fiscal, callándolo discretamente, por cierto, y en el colmo de la desvergüenza, lanzando papirotazos al amo que lo hace desayunar, seguro de que su hojita no llegará hasta la Capital, el que no se mantiene así, digo, se desencorcha debido a su dineros particulares, —llámale conspícuo ciudadano, estadista de intuición, parlamentario elocuente e integérrimo, hábil político y por último, hijo predilecto de la madre tierra, honra y gloria del campanario, e inserta los ardorosos y elocuentes discursos que prepararon dos semanas antes sus fieles y agradecidos eunucos. Divinizan el menú, obra de arte sobre la cual escribe alejandrinos de corte modernista, según propia expresión, el poeta de la aldea, un paliducho señor, limeño por antonomasia, que tiene por alma una bacinica de hospital. Divinizan el menú y se lo enguillen regiamente, sobre todo el poeta. El hombre ante tantas visitas de gentes desconocidas, la mayoría de las cuales no entiende su idioma, se acoge a las rejas de presidio y mira con angustia mal reprimida, pero

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ahora con desconsuelo superior a la muerte. Todo sólo le miran y pasan. Pero ellos no pasan para él. —Por qué te han encerrado? —¡Tatay! —Has matado? —¡Tatay!. —Has robado? —¡Tatay! Al cabo de pocos meses se le verá aparecer tras las rejas mirando con cínica insolencia para relatar con frialdad los detalles de su crimen. Ese cholo alto y fornido, de una belleza insospechable, es motivo de motivos para la generación de locos que hoy invaden el planeta. Allí el indio refina sus vesanias y cuando sale ¡al fin sale, porque él sabe esperar! Es un bravo e invencible caballero de asesinatos y robos. La agilidad de un lazo bien tirado tiene el río que desciende entre fragosas montañeras, viniendo desde la apartada región de los hielos perpetuos. Mete bullas ensordecedoras de amplias sinfonías, brama y ruge entre los picachos, de desliza lento y suave en las pampas, melodiza y tañe entre las gramas de las moyas. A él se acogen los patos trigueños de plumajes tornasolados. Las marihuanas y los íbices fraternizan a sus márgenes engullendo el limo grasoso. Sus aguas no se utilizan para regadío. Pasan veloces hasta las hondonadas de los valles y más allá a sumirse en el caudal marino. Abajo es la providencia. Entre los hielos una lágrima de metafísico brillor. Vamos a protestar en forma rotunda. El indio es la bestia del Ande. Y ha sido el constructor de una de las civilizaciones, o mejor, de una de las culturas, más humanas y de más profunda proyección sicológica. Cayendo bajo la garra de España, el español le ha contagiado sus defectos sin dejarle sus virtudes. Le vilipendia hoy el mestizo, el blanco y el indio alzado en cacique. Esta extorsión no tiene ningún objeto progresivo. El indio es, por ahora, y en la hacienda, retardatario y ocioso; el blanco no lo e menos. Hay descendientes de español que poseen dos siglos, vastos latifundios, y no han llevado un tractor, un automóvil, algo que revele espíritu de progreso. El indio es ocioso; el gamonal, además de ocioso, es ladrón, fatuo e ignorante. Nada le lleva entre manos, sino el alcohol para degenerarlo y el rebenque para humillarlo. Ninguna escuela. Ni aún escuela de frailes que es, en el Ande, escuela de achatamiento, donde se le hace comprender la SUPERIORIDAD del “niñito”. Ni el gobierno. El gobierno es el mayor gamonal de la sierra, y a él se afilian los menores gamonales para tejer la impenetrable malla del centralismo limeño. Mientras tanto, el indio que es un hombre superior en mucho al mestizo politiquero y banal perece en los llanos del Ande sin una esperanza de regeneración. Pero estos levantamientos son el anuncio de uno mayor que cundirá con

proporciones dantescas luego que haya llegado el dolor a sus límites, para imponer, por vez primera, un poco de justicia social y económica en los territorios de este vasto país de los inkas, el cual —así debe conocerse en América— es uno de los que tiene mayores injusticias que remediar y más campos que sembrar. Es pues, forzoso reconocer que estos llanos del titikaka engendran buen número de anarquistas. Pero, que todo ello cuaje en beneficio de una revolución humana, pues no hay que olvidar que cuando se nace en tierra israelita ha de ser para expandir sobre el planeta un nuevo concepto de justicia y ya no moral sino biológico. Monta el señor en brioso caballo de montura de caja, enchapada de plata y se dirige a visitar sus dominios. El gamonal es buen ejemplo de sentido decorativo barroco. Lleva finísimo sombrero (el más caro para el caso) poncho de vicuña con guardas de seda, bufanda del mismo material finamente tejido, botas de charol y arcaicas espuelas roncadoras (de oro). Nada ha evolucionado. Es el tipo del colonizador pubiano, religioso y fanático, torpe y ambicioso. Recogerá, instado por el temor de las habladurías, a todos sus hijos habidos en vientres de indias para mandarlos a la Capital de la República, a los colegios, gozando de becas para estudiantes pobres. Visita a sus pastores. Muchos le recuerdan los pasados años de pillaje: él ha engordado; ellos están abatidos. Mira, cuenta, suma, multiplica… Tiene una mueca. Efectivamente, no lo engañaba el Administrador, los terrenos han sido agrandados. Se felicita íntimamente. Pero habría sido perder el don de gobierno que se le descubrió en Lima, si no comprendiese que nada hay más peligroso para quien manda que dar muestra de íntimo orgullo por los resultados que un servicio humillante, le muestra tras de miserables. El señor hace un gesto público de desagrado. Regatea el sueldo al administrador, disminuye el fiambre de los chacareros, estudia un aumento de sueldo al abogado y ordena la prudente distribución de lechones entre la gente de pro. Vuelve a Puno. Promete secretarías, subprefecturas, porterías, becas, subvenciones, títulos académicos, lleva consigo dos o tres muchachos pobres cuya mentalidad sea una esperanza para la patria y, para comprobar la parábola de su actividad política, ofrece un pilón para la plaza equis y una subvención, del cincuenta por ciento de sus honorarios, para las sociedades obreras. Y así, grave, onomatopéyico, ventrudo, retorna a la Capital. El presidente, su amigo y cofrade, le guarda un ministerio. La sombra del Gamonal en la provincia toma entonces proporciones fantásticas. Allá su vida pasa de antesala en antesala, del W.C. al comedor de un ininterrumpido banquete, hasta que un buen día se le revienta el abdomen y el ilustrísimo arzobispo de la arquidiócesis le canta un responso en dó mayor… Su periódico de la provincia se enluta, las condolencias son generales, cívicas. El

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Administrador de la Hacienda está desorientado, pero a fijas íntimas sabe cómo va a proceder: el ganado será arreado a buena distancia, y luego… El prefecto sufre un ataque cardíaco. A los secretarios profesionales se les vuela el apetito; pero el indio, en la Cárcel, se sonríe: acaso este feliz coincidencia sea el origen de su transfiguración!. En verdad los profundos secretos de la cosa pública han sufrido una interrupción penosa. Hay que hacer nueva máquina. El gamonal, personalidad impulsiva, una formidable capacidad intrigante, hombre de rápidas determinaciones, ambición inagotable y gran estampa teatral:

vientre bello como la giba del monte, dentadura como las muelas del mojino, ha pasado y definitivamente, por las perspectivas del poblacho provinciano, dejando la certidumbre de una ausencia opilante. Nadie podrá continuarle. Ha reinado con derecho divino. Nació para mandar y todos le han obedecido. Sus extensas propiedades se repartirán entre sus nulos descendientes. Las tierras tendrán un nuevo propietario y una vez más se alejará la esperanza del indio de volver a la posesión de sus herederos. Para el departamento comienza una nueva vida. Ya nadie sabe lo que vendrá después.

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Sepelio del más alto exponente de la cultura andina “Gamaliel Churata” (el ángel iluminado), quien en vida llevó una vida tortuosa, fue perseguido, atacado, asaltado. Sus detractores hoy callan desde el rincón del olvido. No respetaron ni siquiera su lecho de muerte, trasladaron sus restos al cementerio de los Amautas en la ciudad de Puno, de ese lugar profanaron sus restos. Sin embargo su voz no calla, se hace oír desde las profundidades de la conciencia americana. (J.L.V.G.)

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PUEBLOS DE PIEDRA(*)

Wirakocha hizo a los hombres de piedra (Leyenda Inkasika) ¿Qué es el fuego? principio de piedra. ¿Qué es la piedra? principio de beso. La fina cúspide que besa imantaba el vientre de la noche. Me dijo: — Soy tu hijo! Era la voz de la montaña; la voz de mi entraña era. — ¡Ñoka guaguay! Mi hijo fue y es. Su perfil de aguja perforaba mis ojos; mis ojos reptaban humildes su perfil; mas su misma humildad les impedía comprenderle, que si bien mis ojos lamían sus aristas, uno como temor de violar su secreto hacíanle suspenderse. Nunca comprendería la pétrea sinfonía aunque hube de convencerme que esto es innecesario si con estruja da entraña sentía que era !mío!, ¡mío!... Es mi hijo... Eres mía, fina cúspide de hielo que imanta mis estrellas. Si de mi piedra eres y con piedra te hice; y todo lo amo en ti y en hielo; y piedra me naciste; piedra me nacieron éstos, aquellos, los que no nacieron aún son también el son de tu beso. — ¿Y la nube; el aire? — Son tu son. Esa voz mascullaba la Runa Simi de los Inkas. —¡Runa wayna!... Joven hombre; hombre nuevo. Voz áspera, crudelísima voz, única voz capaz de mis honduras. Voz, en gentil velero de caliza, el Antiguo vino hacia El; y el dijo: — ¡Déjame pasar! La barquichuela tenía forma de caramillo labra-do en caliza que el lengüetazo de la ola puliera hasta el brillo del oro. El viento la impelía soplando en sus flautones y al hacerlo le arrancaba al son el son. Era la del Antiguo thusa phusiri, de cuyos acordes tenía preñado el mundo. En ella, de pie siempre, el Antiguo miraba la vida conmovido. Le interrogo El: —¿Cuyo hijo eres? ¡Hum!... El Antiguo dijo: ¡Hum!... Para que me sepas, te diré que no conozco padre; acaso no lo tenga... Soy el padre... —Por lo menos te nombrarán: ¿como? —No sé. Aunque soy el Antiguo me llaman Runa wayna... Es que soy de hoy y desconozco todo lo que no soy. Cuanto sé es que hoy, ¡hoy es la batalla! ¿Me entiendes?

—No. —Te hablé mal. Se intuye sólo lo que es; pues tú, si bien te fijas, no sabes qué’ eres, pero sabes que eres. Todo aquel que de esta manera está hecho es hoy. He aquí que cuando te dices que mañana será otro día estás en error; porque el hoy no puede ser mañana. Eso es el Antiguo; hoy El hoy, que es embeleso y beso. —¡Hum! —Dame asilo. El monstruo que me persigue para robar la barca, se dirá: “El Antiguo está en hielo; que se derrita. Le buscaré mañana”. Pero yo no soy en mañana sino en hoy, como tú, beso. La cúspide de hielo hizo brillar la aguja. —Antiguo: no entiendo. —Vuelvo a decirte: al Antiguo no se le entiende; se le vive. Si eres capaz de vivirme, ¿qué vale me entiendas o no? Y, luego: —Es una mala pieza. Se le ha ocurrido que mi barca posee diabólico poder y por causa tal adora en melodías. En sus manos, espera fascinar los tiempos que vienen. Es un loco. Las melodías las produce el viento en mi barquichuela, pero sólo porque sopla hoy en sus flautas, y él es mañana siempre. Ya ves: es un tonto. Le dijeron: “El Antiguo tiene barquichuela maravillosa, que así como sopla el viento canta con arrobado son. Cómprasela o quítasela”. Infeliz: conmigo si no se puede, no se podrá. Así, cuando por mí y mi velero viene, y cree encontrarnos, dase cuenta que no ha llegado: “No le busques. Parece no entiendes que no eres. ¿Cómo quieres apropiarte de tu barca? Tú acaso seas mañana; él es hoy, o no es. Hoy le tengo en mis galerías, porque el Antiguo es lo único que está siempre en hoy”. —Antiguo: ¿oyes? —Barrunto clamores. ¿Será él? Si no es, que sea; si puede... Enloquece por mi barca orquestal. ¡Tonto de capirote: Mi barca es mía y yo soy de mi barcal Cierta vez le grité ¡Ven; he perdido las armas. Puedes someterme. Y se disparó con tal ímpetu, a juzgar por el estruendo de sus cuernos y alambores, que, ciertamente, momento hubo que temí. Pero cuan-do llegó no llegó: ¡no llegará! Si se alza en mis dinteles torna a desaparecer. Te suplico: ¡ábreme campo! Que se rompa tu hielo y por él circule mi ansiedad ardiente. —¿Es fría mi carne?

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—Díjelo por decir; no te enfades. Nada más ardiente que tu beso. De beso es el alma. ¡Ábreme campo: somos el perenne fuego que besa. La fina cúspide de hielo dejó paso al velero orquestal, cerró tras él sus chinkanas; mas el Antiguo alcanzó a bendecirla. —Buena tu acción, latido de mi beso. La montaña se abriera, no como otrora bajo los ortos coléricos de Lupi, sino como los corazones a la bondad; pues dicen las consejas que las montañas son Chullpas que besan. —¡Runa wayna... ¿Tiemblas? ¿Sufres? ¿Acaso deseas dormir? Mira: en tu corazón está él siempre. Voz mansa de la bondad del fuerte. Los glaciares las transportaron en bloques erráticos, cantos rodados, gravilla, arena, infusorios de fósiles marinos, margas, tierra vegetal, pudingas, tobas volcánicas. Las transportaron y las dejaron tornarse pórfidos, ryolitas, basaltos, alabastros. Su mudez tiene la antigüedad del agua; habla el idioma que entiende el agua; no calla el idioma del

viento; siente con el idioma del fuego... Vahos de infierno brotaban de su entraña y el fuego precipitó las emanaciones densas que cubrían la tierra. Y cuando en los alvéolos abismales se agitaron los mares, las piedras tomaron forma de hombre; sus agrietaciones y fastigios enternecíanse con el dolor de los volcanes. Y las montañas fueron pueblos. —¡El Antiguo te dice: si eres hoy es que besas? Pero, ¿cuándo, y quién, te engendró, oro? ¿Cuyo beso eres? Puedes adherirte a la ganga, y no eres ganga; rebosarte en los aluviones, y no eres rebosadero. Nunca te herirán, si eres el principio pido. ¿Oro, no eres el que besa al oro?

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(*)

Gamaliel Churata.

Demetrio Peralta, padre de Arturo, Alejandro y Demetrio. Gran defensor de las causas indígenas junto a Manuel Z. Camacho, fundador de la Sociedad Fraternal de Artenos de Puno en 1899. Abrazó la religión católica en la primera década de 1900, posteriormente volcó su fe hacia el protestantismo, desde donde luchó contra el obispo Valentín Ampuero. (J.L.V.G.)

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SENSACIÓN DEL ÍDOLO(*)

Es un bosque henchido de luceros a la hora de la primera alba. La humedad palpita en el silencio. Roncan el insecto fosforescente y el cuadrúpedo que se lame la garra... La penumbra parece cuajarse del hombre. Me acerco a un bloque de granito. Lo examino, mudo. Nace un pregunta de la pureza de mis ojos. Pero el viejo achachila no sabe satisfacer curiosidad. Patentizo un deseo de evacuar. Mis lágrimas se han evaporado. El sudor no está. Una "mano de hielo se posa en la vejiga; orino, a gotas... Unos le atribuyen conocimiento del Porvenir, don de palabra otros. — ¿Quesera? —Las wakas ya no hablan.

Se suceden las generaciones. Se gestan nuevos tiempos. Vienen ideas descoloridas, brillantes se van y la piedra presente en la necesidad del hombre. El hijo del idiotayo —soy el idiota— tropieza con el burdo tallado. Lo tienta, lo sigue en su figura imprecisa y se aleja danzando.... —Tatay; es un hombre, un hombre. Wawa Waway, si, es un hombre. Aceptamos en el dios la intención de nuestra forma... pero, en verdad, somos otra cosa honda.
(*)

Gamaliel Churata.

En 1907, un recién egresado de la Escuela Normal de Varones de Lima asumió la dirección del Centro Escolar 881, lo hizo en contra de la voluntad de prefecto y del obispo de ese entonces, se trataba del Dr. José Antonio Encinas Franco (un visionario de la educación y de los derechos indígenas) el más grande maestro que el Perú ha tenido. En la fotografía los alumnos del Centro Escolar 881, entre ellos los niños Gamaliel Churata (Arturo Peralta), Alejandro Peralta, Emilio Romero, Emilio Armaza, Emilio Vásquez, Luis de Rodrigo, entre otros. (J.L.V.G)

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BUSCANDO LA YUNTA
Emilio Romero Padilla

Desde lo alto de la cumbre, el indio y su mujer contemplaron la senda que descendía hasta la honda quebrada. —¡Ananay!.. —suspiró de cansancio ella. Sentóse sobre una piedra y arrancando ramas de olorosa menta silvestre las puso sobre su frente para mitigar el caluroso ardor. —Ojalá fuera aquella la casa— dijo el hombre de pie, decidido a seguir caminando sin descansar. —El packo no puede vivir en otro lugar— dijo ella. —Así será… —El packo es muy engreído de las gentes y en este quebracho hay buen clima..., la casa debe ser esa… —Cómo será… Ambos guardaron silencio contemplando la hondonada. La senda pedregosa descendía tajando los andenes verdegueantes de sembríos. Las tempestades habían puesto calva la terrosa colina, pero a medida que descendía el plano inclinado, una fecunda vegetación silvestre se apiñaba entre las peñas. Por entre la menta silvestre brotaban las zadorijas amarillas de oro y las cañas de paja gruesa mecían sus penachos pardos, con el ritmo gallardo de las colas grises de las vizcachas. Los indios continuaron su viaje silenciosos. A pesar del sol, él tenía puesto el poncho de siete colores, empuñando el zurriago. Ella llevaba un lío en las espaldas y la chaquetilla abierta mostraba los senos ópimos. Hacía calor en la quebrada. Ella hubiera querido inclinarse en el arroyo y hundir las manos calurosas entre los berros y detenerse a arrancar el ayrampu que brotaba como granadas abiertas sobre las pircas del camino, pero no había paz en los corazones. El hombre caminaba cada vez más apresurado y pensativo, mientras ella estaba sumida en negros pensamientos. Después de algunos instantes se detuvieron cerca de la casa. El indio hizo hondear el zurriago para amedrentar a los perros que gruñía con los hocicos humillados en la tierra, y se aproximaron a la casa. —¡El de la casa!... —dijo entre dientes el hombre, mientas la india descargaba de las espaldas su atado. Apareció en la pequeña puerta, con la melena desgreñada surgiendo de la abertura romboidal del poncho, la cabeza del adivino.

—Tata, nos han robado nuestra yunta… La india comenzó a gemir. —Cómo, cuánto, tata…, —dijo el packo pensativo, incrustándole en los ojos su mirada de águila. —Como antier… ya anochecido… —No tata, sería cuando estaba alumbrando la mañana. Había fuerte viento que lloraba afuera… —dijo la mujer. —Bueno, cállate tú…, —atajó ásperamente el indio. Luego cambiando de expresión y dirigiéndose humildemente al adivino, le dijo de esta manera: —Tata, tú sabes dónde está nuestra yunta. Hemos traído cuanto habrías menester para saberlo. Sólo tú eres quien puede protegernos… La india desenvolvió su carga y sacó cuidadosamente de una incuña, una masa de barro casi húmeda, donde estaba impresa la huella de un pie descalzo. En otro lienzo, las verdes hojas de coca despedían su aroma acre. El indio puso en manos del adivino ambos presentes. —Y ustedes— habló el packo —¿Cómo han sabido lo que yo necesitaba?... —Tata ¿Quién no conoce en los ayllus tu poder? —Bueno, ¿y los quintos…? El indio desenvolvió la fina chuspa de vicuña y de ella extrajo algunas monedas de plata. Luego, obedeciendo una señal, ingresaron al oscuro cuartucho del packo. La quebrada estaba silenciosa. Había una paz de muerte en todas las cosas. Las cabañas lejanas parecían abandonadas. Las pardas techumbres de paja seca hacían un contraste con las manchas rojizas de taco de los cerros. Los arroyos que descendían brillando al sol, regando los andenes, eran el único signo de vida. Después de algunos instantes los indios salieron de la casucha. La fe estaba visible en sus rostros broncíneos, radiantes de esperanza. El adivino despidiéndose cordialmente dijo: —Tata, por ningún motivo vayas al lugar antes del amanecer. Encontrarás la yunta a la hora del sol… y el pie del hombre que dejó la huella que me has traído, se pudrirá, ten seguro… Aquella noche los indios en el tambo no pudieron dormir. Pernoctaban muchos arrieros de los valles, que por cuidar los odres de vino descargados en el ramadón, velaban

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sentados en los anclotes de aguardientes… Tocaban la guitarra cantando canciones tristes de otras regiones que los indios no podían comprender… Había en el alma de ellos honda preocupación por el amanecer. La yunta robada era el sostén de sus vidas. El indio reconstituía en su mente la mañana del robo y no cesaba de culpa a la mujer… Después de largas horas de fatiga, los arrieros se callaron y el tambo se agitó a las primeras luces del amanecer. Siguiendo las instrucciones del packo, los indios se dirigieron afuera del poblacho, atravesando callejas rústicas, limitadas por tapiales cubiertos de yerbas. Saltaron sobre las pircas donde las tunas silvestres vedaban el paso, llegando a un galpón. La mujer gemía, pues la duda invadía su alma. —Qué será… —repetía.

Los labios apretados del indio hacían pensar en una maldición o en una fe inquebrantable en las palabras del adivino. En aquel instante ya el sol iluminaba las cosas con un fino polvillo dorado. El indio saltó la tapia y tras ella, los lomos lúcidos de sus bueyes estaban dorados por el sol… La india hizo una mueca de asombro indescriptible, mientras el indio derribaba las piedras de la pirca. Eran sus bueyes, era la yunta querida y providente… Los bueyes olfatearon hinchando las narices húmedas y vaporosas, humillaron el testuz y se dejaron conducir mansamente por los amos. El paisaje claro y bello de la mañana se reflejaba en los grandes ojos verdes de los bueyes, como en las azules esferas de cristal de las boticas…

Emilio Romero Padilla (Puno 1899, 16 02) prolífico ensayista, geógrafo, narrador. Se trata de una de las más grandes mentalidades que ha tenido Puno junto a Gamaliel Churata. Desempeñó altos cargo públicos desde Ministro, Embajador, Decano de la Facultad de Ciencias Económicas y Rector de la Universidad Mayor de San Marcos. Que duda cabe, Romero es uno de los pilares de la narrativa puneña y de la intelectualidad que hoy heredamos.

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BALSEROS DEL TITICACA(*)

Los cerros que bordean la bahía de Puno, en el Titicaca, cortan bruscamente la tarde. Ocultan el sol sin crepúsculo, pero por los flancos de las montañas, se proyectan los dorados rayos del sol de los gentiles sobre las penínsulas de Capachica y Chucuito. Precisamente a la caída del sol deja de soplar aquel viento constante que los aimaras llaman khota-thaya o viento del lago. Hay una ligera calma antes que las chihuanqueras alcen vuelo hacia el Oeste anunciando el viento de ese lado, el suni-thaya. Bautista, el pescador, tiene sus aparejos listos. Su balsa se balancea al pie de las rocas donde tiene su cabaña. Aprieta el nudo de su incuña de fiambre y envuelve la chuspa de coca descendiendo rápidamente de la peñolería. Su balsa es frágil, apenas del ancho de sus caderas. Movible como una lagartija, con dos puntas filudas de totora amarilla, levanta la vela corta y romboidal que se hincha con la brisa del sur, que empuja su balsa hacia el totoral. Centenares de chugllas humean en los cerrros. La bosta arde pesadamente y despide humo espeso. Allá lejos, el puerto de Puno parece achatado, sumergido en las orillas del lago. Ilusión óptica, curvatura de este mar dulce. Parece una ciudad encantada de plata y sangre. Tejas y calaminas se reflejan en largas ondas movibles en el lago. El vapor Ollanta calienta calderas, enciende luces rojas y verdes. La balsa hace pliegues en el agua, como sobre una tela de seda, camino del totoral. De pronto, un rumor de trueno repercute en todos los cerros. Redoble de tambores, maquinaria sorda y terrible. Aparece al extremo del golfo el tren de Arequipa. Jadeante, incendiario, arrojando chispas avanza a la ciudad. Su ojo gigante deslumbra con el sol. El viento trae sonidos de campanas; los cien ojos rojizos del barco no pestañean siquiera. Esperan a los pasajeros para Bolivia. Soberbio espectáculo. Bautista se siente un Dios lacustre sobre su veloz balsa. Una muralla negra son los cerros; el lago todavía está tranquilo. Las luces del muelle se alargan. Chorrean como oro fundido en el agua. Aquella soberbia visión panorámica es un regalo a sus ojos, mientras la balsa llega al totoral. Ya está llegando. Sus ojos ven mejor en la noche. Las totoras forman una barrera inmensa, pero Bautista ya conoce la entrada. Mueve los remos traseros como timones y endereza la balsa hacia el bosque espeso e

inmenso de los totorales, donde hay lagunas llenas de peces. Aquí el lago cubierto de totorales se aprisiona en canales de agua cristalina. La brisa no llega a estos callejones inmensos que siguen por misteriosas curvas que sólo la experiencia aimara puede descubrir en la noche. Se cruzan algunas balsas rezagadas que van a Puno desde las islas de Takili o Amantaní. —¡Uúh! Apenas un grito a boca entreabierta, es el saludo entre balseros. Un aullido con U francesa. Las balsas pasan con la gallardía de un lujoso paquebote trasatlántico. Por fin ha llegado. Una claridad plateada se abre ante sus ojos. Ahí está la laguna pletórica de peces sabrosos. Hay que cogerlos con red porque están voltejeando a millares en el fondo escaso de la laguna. Pero antes hay que cegarlos. Y Bautista amontona totoras secas sobre su balsa, enciende un fósforo y hace una hoguera. Los peces quedan ciegos ante la deslumbrante llamarada. Bautista sumerge la red y recoge centenares de peces. Trabaja hasta la media noche. En su balsa ya no cabe más. Toma un puñado de coca y con el remo empuja su balsa entre un macizo totoral donde sube como a un dique y duerme hasta el amanecer. No hay amanecer más bello en paraje alguno de la tierra. Se insinúan en la lejanía las nieves de la cordillera. En las riberas, el golfo verdecido y cubierto de eucaliptos, mentas silvestres y matorrales. Miles de cabañas humeantes y rodeadas de fragantes flores del Inca. Allá, la ciudad de plata y sangre todavía duerme. El muelle está desierto; se ha ido a Bolivia el vapor. Todavía se ven brillar algunas estrellas a pesar de la luz del día. Las nubes con todos los colores del arco iris, aurora boreal, oro, sangre, esmeraldas fundidas. Millares de pájaros entonan sus cánticos mañaneros. Bandadas de flamencos vuelan en escuadrillas tendidas hacia la aurora, rosada como sus alas. Patos, parihuanas, huallatas blancas como la nieve y dominicos de capuchón negro y alas blancas graznan con alegría. Bautista se desespera y hace crujir su balsa alzándose para observar sobre la barrera de totorales. Las islas y las penínsulas están teñidas de púrpura. Las casas de calamina de Puno, lejanas y borrosas, brillan como espejos de plata bruñida. El lago es un cristal, una masa de azogue inmóvil, una plancha gigantesca de acero. No hay ni una leve brisa.

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Este bello amanecer es sin embargo para desesperar al pescador. ¿A qué hora vendrá el viento? La pesca abundante empieza a transpirar sobre la balsa, porque el sol quema ese estanque cercado de totorales de verde oscuro. Bautista cambia de coca arrojando el pigcho que ha rumiado en toda la noche. Se le escapa una interjección de rabia al ver esa inmensa naturaleza viva y de fiesta en descanso dominical y con la brisa de vacaciones. Arde el sol. Se levanta una vaga niebla cálida de estanque; el aire está espeso y caldeado. Mientras más asciende el sol, la prisión lacustre es más insoportable. Bautista toma su merienda de papas frías, chuños congelados y bogas ahumadas. Renueva otra vez la coca. Se inclina sobre el lago para beber agua en el hueco de sus manos. Hace un gesto de asco, el agua está amarga, pues hay pantanos en el fondo. La brisa no llega en todo el día. El lago es un inmenso espejo para incendiar los cielos, para quemarlos como papel. Está en fiesta el sol achicharrante y terrible. —¡Karaspa! ¡Ahora va a granizar!...! —exclama Bautista. A sol espléndido, tempestad segura.

Y en la tarde de aquel día granizó. Y luego un fuerte viento agitó el mar dulce. Nublado el cielo y plomo oscuro, ceniciento y terrible el Titicaca, agitaba sus olas como un mar. La balsa parecía formar un solo cuerpo con la frágil embarcación. Las olas del Titicaca no tienen el ciclo amplio y profundo de las olas del mar, pero su embate es más rápido, más corto, de curva leve y espumosa. Las olas pequeñas atacan con furia y rapidez. Bogueros del Titicaca, en todas las bahías y en el Gran Lago, luchaban aquella noche con la tempestad. Un viento helado cortaba la piel como vidrio de botella. Negrura absoluta por todas partes, los bogueros ven a través de la noche como búhos. Ni una queja, ni una interjección, ni una palabra de misericordia. Bautista empuñaba con mano dura los dos remos que arrastraba como timones luchando por mantener derecha la balsa. Imposible arriar la vela. No había manos para desenvolver la soga; y aunque hubieran habido, era el viento tan fuerte que habría pegado el velamen de totora contra la achihua clavada como un compás abierto sobre los flancos de la balsa.

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Primero parado de la izquierda, el Dr. Emilio Romero Padilla y el del medio de pie y con sombrero el Dr. José Antonio Encinas Franco. (J.L.V.G.) Fotografía: (Libro homenaje Congreso de la República).

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El viento arrastraba como una hoja seca la balsa de Bautista. Las olas la levantaban por detrás y la hacían sentar bruscamente al retirarse, inundándola. Pero no había ola capaz de despegarlo de su balsa. Su propio cuerpo era como un caracol, que dirigía la balsa pegado a su concha. De pronto una masa negra se interpuso. Cerró los ojos. Ni una luz roja había en el muelle. Los carros de plataforma y las bodegas abandonadas, resistían al embate del viento que silbaba en los hilos del telégrafo. La balsa paró en seco y reventaron algunas sogas de paja de las puntas. Otras balsas más grandes iban atracando a media noche. Hasta la hora del amanecer centenares de balsas cubrían las aguas del muelle. Ahí estaba a pocos pasos, durmiendo todavía, la ciudad con sus calles estrechas para ser más afectuosas. Las torres de la catedral velaban su sueño. Las torres de San Juan parecían minaretes. La techumbre de zinc de San Juan de Dios parecía un zepellín de plata. El camposanto cerca; el mercado, la estación, todo cerca; unido, cariñoso, lleno de ternura. Pero los ojos de Bautista que no habían temblado al sol achicharrante del día ni a la tempestad horrible de la noche, miraban con temor la ciudad. Del barrio de Mañazo comenzaron a bajar al muelle las cholas ckateras, alcanzadoras de provisiones. Bajaban soldados y mercachifles. Todos los balseros se pusieron de pie como aprestándose a una batalla. A los pocos minutos, mercachifles, soldados y ckateras hacían saqueo de las provisiones. —¡Indio animal, esto es para el comandante! —Le decía un soldado a uno, quitándole la canasta de huevos. —¡Ladronazo! ¡Conténtate con cuatro reales por esta talega de quesos o te mando preso! —chillaba una ckatera. Otra más práctica, le quitó el sombrero y el poncho a uno de ellos para obligarlo a seguirla cargando la pesca hasta

el puesto del mercado. Cuando llegó, le alcanzó un pan y una peseta. —Toma tatay y di que es tu santo. Soldados, mercachifles y mayordomos de casas ricas hicieron tabla rasa con cuanta provisión había en el muelle. Los indios invadieron después la ciudad con algunas pesetas en las manos para comprar añil, chancaca, agujas, tocuyo. A algunos les alcanzó para un trago de aguardiente Los policías les pedían libretas de Conscripción Vial, de Registro Electoral, de Servicio Militar, Carnet de Ocupación, Certificado de Vacuna y de Asistencia Escolar. Los bogueros los miraban boquiabiertos. Los policías, cuando se habían cansado de llevar gente al cuartel, les daban de varazos y los dejaban libres. Discurrían por la ciudad como idiotas, ahogados al peso del poncho. Pero en la tarde, al retornar a sus islas y a las penínsulas azules, ya solos en el muelle, se reían con risa sardónica y fuerte: —Al turco de la plaza le saqué esta vara. —Al gringo bachiche le tiré esta cuchilla... —¡Mistis desgraciados, cochinos! Y después de haber guardado bien sus compras, el periódico del día para que lean los chicos, el cuaderno de escritura, los lápices y la tinta para que escriban sus hijos en las escuelas de los evangelistas, levantaban sus velas y se alejaban con una canción de vida y de esperanza en los labios.

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De Emilio Romero Padilla. Tomado del libro “Balseros del Titicaca”, segunda edición, publicado por encargo de CONCYTEC, Lima 1989 y contrastado en la edición de 1934, ejemplar existente en la Biblioteca Municipal Gamaliel Churata de Puno.

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LA LITERATURA ANDINA*
La literatura Andina, ignorada, despreciada o acaso simplemente hecha a un lado por la mayor parte de la crítica literaria peruana durante varios decenios pasados (hoy revalorada en gran parte), la denominada “Literatura Andina” ha venido cobrando cierta importancia en el desarrollo de discursos alternos al formado en la capital, de lo que por convención hemos preferido denominar centralismo limeño (ya por la estructura del Estado - Nación o por la hegemonía de los medios en que se desarrollan discursos de mayor prestigio). Esta literatura ha sido revalorizada en los últimos decenios por estudiosos extranjeros que luego de seguir su evolución (desde un predio indigenista hasta lo que denominamos literatura Andina; considerando ciertos parámetros que nos permitan diferenciar a ambas: Literatura Indigenista y Literatura Andina), por varios estadios (los mismos que desarrollaremos bajo el título de Ideocentrismo o Semiocentrismo) han teorizado con algo de éxito sobre el discurso del otro, empleando diversos análisis han llegado a conclusiones poliformes que permiten observar esta evolución con ojos más complejos (Mark R. Cox, Ricardo Badini, Marco Thomas Bosshard, Antonio Melis, Roland Forgues, entre otros de no menor importancia) han centrado sus discursos en intentar interpretar los escenarios imaginarios o reales que han dado lugar a las distintas obras de autores peruanos de las últimas décadas (por no decir también de décadas anteriores). La existencia de dos discursos desarrollados en forma alterna (la no andina — cosmopolita / y la otra andina) no constituye un dilema (como nos lo hacen notar los sociólogos, antropólogos y demás estudiosos de las ciencias sociales); sino que corresponden sólo a un modo de expresión en relación a los referentes culturales en los que se hallan (del mismo modo la narratología corresponde al grado técnico; que poseen los actantes, de reinterpretar los símbolos). El hombre desde que se caracterizó como “distinto” del resto de los animales que poblaban este planeta tuvo la necesidad de crear y de recrear lo que acontecía en lo real por ello nuestra comprensión de lo humano es inseparable de la simbolicidad. Llamemos así a esa capacidad de este animal peculiar para construir y transformar en su mente correlatos del mundo al que pertenece. Sabemos que esta capacidad está en el fundamento de eso a lo que llamamos (capacidad cognitiva) conciencia, y que no sabemos exactamente en qué consiste. Y es esa simbolicidad la que funda los diferentes modos y momentos de lo literario. El hombre es un ser simbólico que se designa más que homo loquens (hombre que se comunica, que articula símbolos y que del mismo modo reinterpreta dichos símbolos con el afán de recrear el mundo que nos rodea): por importante que sea nuestra facultad de comunicarnos verbalmente, nuestra simbolicidad no se limita a ella; también va más allá del animal racional, porque sabemos que nuestra capacidad simbólica no se reduce a nuestro raciocinio, a nuestro pensar a través de conceptos, lógica. Los aportes de Greimas y Fontanille en el ámbito de la semiótica de las pasiones, bastarían para ratificar que nuestra íntegra capacidad de significar excede, con mucho, lo estrictamente racional que nunca aparece en estado puro. La simbolicidad (como capacidad inherente al hombre) constituye, el núcleo de lo humano, en la esfera de lo individual y en la del colectivo o social. Lo social es, un espacio simbólico que se institucionaliza a través de diversas mediaciones materiales. Pero éstas sólo adquieren su valor y su función en relación con el sistema (simbólico) al que pertenecen (el clásico dibujo que Ullmann habría popularizado: Nombre — concepto — cosa), en tal sentido el hombre es el constructor de este sistema. Desde diferentes perspectivas disciplinarias se han ido indicando algunas de las peculiaridades de esta transformación en las capacidades de creación de espacios dialogales y referentes culturales (considerando que estos referentes son construidos y reconstruidos en base a estructuras mentales que van cambiando conforme cambia o se incrementa el conocimiento que se posee de_ o_ que denominamos espacio de lo real o en cuanto a que los arquetipos cambian). Los diversos discursos que han ido apareciendo (han ido creando espacios de apertura a nuevas formas y modelos de interpretación de “los espacios dialogales (espacios de diálogo)” y de los “referentes culturales”. Esos discursos son: —El debate filosófico, que se centra en la crisis de la razón (al menos de la razón impositiva, instrumental y teleológica), en el final del proyecto de la modernidad, en la culminación nihilista de la metafísica en un mundo tecnológico, en la quiebra de los fundamentos y la apertura al conflicto de las interpretaciones; —El análisis cultural, que recuerda el final de la vigencia de metarrelatos de legitimación y una profunda transformación en el equilibrio de los saberes, nuevo núcleo, según Servan-Schreiber, de la revolución del conocimiento (“el conocimiento es ahora —afirma— el componente principal del desarrollo económico”);

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—La economía indica el final del proceso de industrialización (al menos en el occidente desarrollado) y la emergencia y dominio de una nueva economía más especulativa, basada en la comunicación y los servicios; — La sociología insiste en los nuevos rasgos de la nueva sociabilidad en constitución (a la vez que asistimos a la disgregación de anteriores formas de sociabilidad), que apunta a una sociedad fragmentaria, plural, heterogénea, que replantea las fronteras entre lo público y lo privado. — La teoría del conocimiento y las ciencias subrayan las consecuencias de un profundo cambio de paradigma (p.e. caología, teoría de catástrofes o ciencias de la cognición). “Los nuevos paradigmas -afirma Dora Fried Schnitman (1994: 25 y 27)- cuestionan un conjunto de premisas y nociones que orientaron hasta hoy la actividad científica, dando lugar a reflexiones filosóficas sobre la acción social y sobre la subjetividad (...) Quizá podamos hablar del final de una visión de la historia determinista, lineal, homogénea, y del surgimiento de una conciencia creciente de la discontinuidad, de la no linealidad, de la diferencia y la necesidad del diálogo como dimensiones operativas de la construcción de las realidades en que vivimos”.

de ese modo y no existe un espacio de diálogo) que permita una comunicación entre Atahualpa y el texto (cuya naturaleza era completamente distinta a la de cualquier poblador de la América cuica), esto es aprovechado por el cura Valverde, quien lanza la señal de ataque (el grito: ¡Santiago!, no es sino un código modificado para dar la señal de ataque) —es efectivamente como lo dice Cornejo, la noticia de una lectura imposible. (Cómo se habría realizado la comunicación entre conquistados y conquistadores durante el denominado “desarrollo autónomo o resquebrajamiento del imperio”, ¿se habrá desarrollado una especie de interculturalidad?/ o ¿acaso la posibilidad de la creación de un espacio polilógico - dialógico corresponderá aun mito? Ante esta revisión el punto que nos importa es el de la emergencia de los dualismos: Los binarismos excluyentes o contradictorios [como lo cita el mismo Cornejo Polar: expuesto desde Alcides Arguedas hasta José Carlos Mariátegui, pasando por Franz Tamayo, Pío Jaramillo, Luis E. Valcarcel o Jaime Mendoza… (Cornejo: pág. 178, 1994)] Hacen que aparezca el pensamiento andino con una carga de interpretaciones variadas socio-culturalmente. Los debates en dichas interpretaciones se centraron en lo que los académicos llamaron “cuestiones indígenas” [Cornejo insiste en manifestar que la visión que desarrollaron estos intelectuales era “la del indio como ser degradado tal vez irremisiblemente, en algunos casos porque se trataría simple y llanamente de una raza inferior-, argumentación que emplea el arsenal más grueso de los positivismos reaccionarios, porque siglos de servidumbre y miseria han dañado su condición auténticamente humana o lo ha incapacitado para el desarrollo que exigen los nuevos tiempos…” (Cornejo: págs 180-181, 1994)]. Analiza Cornejo obras como “Tempestad en los Andes”, “Nuestra Comunidad Indígena” (entre otros) y concluye en que: el sustrato ideológico predomina y la mayor intención es hacer que estos textos ofrezcan discursos que reflejen la imagen legítima de una sociedad heterogénea: La caracterización que realiza de los textos indigenistas corresponde a lo siguiente: EL INDIGENISMO: “…bien podría decirse que el sujeto productor del indigenismo, cuya filiación mesocrática ya ha sido refería y en cuyo proyecto de emergencia social, frente a la hegemonía oligárquica, es fundamental auto asumirse como representante y portavoz de las masas indígenas, que última instancia serían las que le ofrecen la legitimidad social y política que por sí mismo no tiene, realiza en su discurso un acto de apropiación de esa base social para conformarla a sus propias necesidades…” (Cornejo: pág. 206, 1994).

Para algunos, esta se ha denominado con un acierto más propagandístico que científico tercera ola, o con más rigor revolución tecno-comunicacional, es el comienzo de un cambio de civilización (en cuyo seno, por cierto, se alojan residuos significativos de civilizaciones precedentes). Para otros, yendo incluso más allá, se trata de una gran bifurcación, de un tránsito de fase, de un salto cualitativo sin precedentes que nos llevaría, por una u otra vía, más allá de lo humano. Nuestro propósito es insistir en algo que nos lleva al núcleo de las relaciones entre signos verbales e imágenes visuales: de entre todos los signos de los cambios profundos que podemos escrutar, ninguno es tan radical como el cambio de los signos, la transformación de la simbolicidad que justamente, a lo largo de nuestro siglo, ha sido identificada como el núcleo de nuestro ser — hombres. Antonio Cornejo Polar, cuando se refiere al “El comienzo de la heterogeneidad en las literaturas andina: Voz y letra en el “diálogo” de Cajamarca”, realiza una revisión seria de varios de los cronistas (quienes en su mayoría inciden en que Atahualpa o Atabaliba —según corresponda— no logró entablar un diálogo “con todas sus características”) y en ellos: el Cura Valverde hace entrega o restrepa la Biblia a Atahualpa (y este al no oír una palabra del dicho texto lo lanza al suelo). Lo que se menciona es que Atahualpa esperaba un código semejante al suyo, es decir esperaba un código oral (el mismo que corresponda a su referente cultural —runasimi—; sin embargo esto no se da

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LA LITERATURA INDIGENISTA: Los escritores suscritos en ésta tendencia intentan emplear sus discursos para representar al indígena sin serlo ellos (Cáceres Monroy: pág 35, 1976), de ese modo ellos asumen esa posición anatópica [es ver desde fuera el problema del indígena] no sin claras excepciones (como lo son Juan Bustamante Dueñas, Teodomiro Gutiérrez, Ezequiel Urviola, entre otros).quepa hacer mención a que existen significados distintos sobre lo que se denomina a) indigenismo social, b) indigenismo político, c) indigenismo literario. Los dos primeros efectúan una alusión directa a la condición legal del indio: “La palabra indigenismo es una invención lingüística de la cultura hispano criolla para separar, discriminar, apocar, tomar distancia y marcar un terreno distinto de una corriente cultural que, desarrolló un discurso cultural e ideológico con fuerte acento andino. Por supuesto, esta acepción no es indigenismo en un ensayo de Vargas Llosa cuando trata de opacar a Arguedas o cuando un escritor hispano criollo escribe sobre los Andes y sus habitantes. ¿Quién inventó esta palabreja? ¿Por qué, desde cuando empezó a rodar no fue rechazada? ¿Hubo cierta complicidad entre quienes así los llamaban y los que así se hacían llamar? ¿Acaso no es tan indígena el que nace en París como en Puno? ¿Hay personas más indígenas que otras? ¿Luis Alberto Sánchez no era un indígena nacido en Lima? ¿Vargas Llosa no es acaso un indígena nacido en Arequipa? No, ni que sepa, seguramente que no le gustaría le hagan esa pregunta”. (Entrevista a José Luis Ayala). Entonces Indígena e indigenismo para la mentalidad hispano criolla es más bien quien nace o vive en la sierra, en la selva, son los demás, no ellos. Creen que el Perú está dividido por conceptos ligados a la cultura, a la cordillera y sus estribaciones, es muy diferente a la ciudad. Así entonces, la literatura para los indígenas, de los indígenas o quienes hablan en nombre de ellos, es indigenismo. De hecho se establece un divorcio, aparece una línea divisoria entre mestizos e indígenas. Es más, si un intelectual habla de la realidad andina está automáticamente fuera de la cultura peruana, se convierte en una voz menor, provinciana, regional, aldeana, costumbrista, folklórica y naturalmente menos preciada en el concepto de Ayala, sin embargo, su discurso posee gran veracidad, por ello se han alzado las pequeñas culturas o las denominadas culturas emergentes. Estos presupuestos son considerados peligrosos en la exposición (por parte de lo que denomino cultura oficial).

Las observaciones al indigenismo van más allá de la simple palabra, Dorian Espezúa Salmón ha indagado a través del psicoanálisis la significación y el significado, afirma en el caso de Churata: En la relación entre el discurso y la institución (Otro) que otorga el estatuto literario a este discurso, ante el cual se busca reconocimiento, tenemos por lo menos cuatro posibilidades: Uno. El discurso indígena que está dirigido al indígena (Otro indio), que preserva sus tradiciones e idiosincrasia y que no busca el reconocimiento como “literario”, sino que más bien busca ser aprobado por su comunidad en el sentido logosférico; es decir, en los valores culturales propios del grupo. En este caso lo occidental es excluido y está inmerso en su propio espacio semiótico. Dos. El discurso indígena que está dirigido al Otro occidental (institución literaria) y que por lo tanto busca el reconocimiento de ese Otro indio, tratando de escribir en castellano, pero mostrando una competencia lingüística diglósica por ejemplo en la motosidad, hipercorrección, interferencias, préstamos lingüísticos. Tres. El discurso occidental que busca el reconocimiento del Otro indio. Aquí se encuentra el indigenismo como discurso global. Los sujetos productores no pertenecen a la cultura nativa, pero en sus textos temas, argumentos, personajes, palabras, con la finalidad de asumir una iconografía interesada de símbolos, una identidad cercana a una voz aproximada para ser aceptado por el otro. Intentan traducir y por tanto están en la frontera de dos espacios semióticos (Espezúa, Dorian. 2000:84). La pregunta que surge inmediatamente es ¿a qué se llama discurso indigenista? Es el conjunto de ideas en torno a la realidad andina. Y allí fue posible que concurrieran muchos escritores. ¿Acaso Paul Rivet, Arthur Posnanski y Francois Bourricaud no hablaron en nombre de los demás? Entonces, ¿por qué a ellos no se les critica con rigor y a los escritores andino sí? El primer sacerdote español en llamar, escribir y usar el mote serrano en relación a los seres humanos andinos, fue Alonso Ramos Gavilán, quien escribió Historia del Santuario de Nuestra Señora de Copacabana, publicado por Jerónimo Contreras en el año 1631. Todos sabemos que en el primer español en llamar indios a las personas nacidas en América fue Cristóbal Colón, así aparece en su llamado Diario de Colón, desde la aparición de ese texto el término ha sobrevivido en ciertos estamentos culturales (o referentes culturales). LITERATURA ANDINA: Félix Huamán Cabrera, desarrolla un ensayo en el que identifica seis momentos (1.origen y desarrollo; 2.- supervivencia y resistencia; 3.- etapa de transición; 4.- resurgimiento; 5.- revaloración y expresión andina; identificación y actualidad).

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Huamán desarrolla en una relación dentro de los márgenes de lo denominado como “Cultura Andina” y entiende como literatura andina al acto de creación verbal del arte que necesariamente se refleja a través de la fantasía. Recurre a la literatura Oral y los reafirma con los textos míticos referidos al Dios kon, Pachakamak, Hamaquilla, Achiké, etc. Del mismo modo en lo relacionado a su segundo período refiere a los cronistas [quienes habrían recogido mucho de estas literaturas, refiere también a que es en sus textos en donde se demuestra la resistencia de esta literatura: en el aspecto de conservar sus lenguas cuicas]. Igualmente denomina al siglo XIX época de tránsito de la opresión a la liberación, recuerda que en esta época los “indios” lucharon por su liberación junto a las ideas libertarias; así surge la literatura no oficial, así analiza los mitos de Incarri y el de Adaneva (refiere a que las comunidades tuvieron que seguir practicando sus costumbres ancestrales disfrazadas en modos de organización comunal). En el resurgimiento alude a Gonzales Prada [lo andino ya no es cuestión de raza sino de cultura] que es tradición y es pueblo, frente a otra que es la de los encastados o dominadores. En ese mismo escenario refiere a Palma, Mariátegui, Vallejo, Alegría, Arguedas, Scorza, Juan Gonzalo (etc.). En lo referido a lo que Huamán denomina “Revalorización y Expresión Andina” manifiesta que la base de lo peruano no es lo escrito, es lo oral. La oralidad, expresión de la cultura popular, es de donde se nutre en cantidad y calidad”. Manifiesta que: “es sintomático la clase dominante y sus agresores han perseguido, desterrando, encarcelando o

asesinado a aquellos intelectuales que de una manera u otra han dado prueba de su adhesión a las causas populares a través del pensamiento y de la literatura; Mariátegui casi desterrado en Italia y agredido constantemente en su propio domicilio. Alegría preso y condenado a muerte. Arguedas preso en el Sexto. M. Florian perseguido, Juan Gonzalo, Luis Nieto, Manuel Scorza, Valcarcel desterrados, Heraud asesinado”. Esta literatura cubre un estigma, es denominada marginal y es también considerada la literatura de las voces menores del país. No podemos pasar esta parte sin mencionar las características del ensayo de Jorge Flórez-Áybar (Literatura y Violencia en los Andes), quien alude lo siguiente: “La literatura andina es la máxima etapa de evolución histórica de la literatura en el Perú. Es el resultado heroico de miles de escritores anónimos, que transitaron hasta hoy, cargados de su historia y del enigma de la memoria mítica de sus pueblos. Por eso, la literatura andina continuará denunciando la situación miserable en el que se debate Los Andes, sin un resquicio, hasta ahora, de luz que guíe a alguna solución. Por eso, continuarán surgiendo los Fiero Vásquez, Héctor Chacón, Huamanvilca, Luis Pardo, Rumi Maqui, etc., porque nos encontramos socialmente aplastados” (en “Literatura y Violencia en los andes”)”. No estoy de acuerdo en que la literatura andina sea la máxima etapa de la evolución histórica de la literatura en el Perú; pero coincido ñeque, se trata de un acto heroico, gran aporte constituyen las Vanguardias, creo necesario repensar esos aspectos.
* Artículo publicado en APUMARKA No 09, bajo el título “La literatura de mi tiempo”.

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EL ALKCAMARI
Mateo Jaika

(Víctor Enriquez Saavedra), nació en Puno el 23 de marzo de 1900, perteneció al grupo Orkopata y publicó el libro “Kancharani”, libro exquisito a cuyos contenidos se sumaron otros relatos que conformaron el libro “Relatos del Collao” que fue publicado en 1969, bajo el prólogo del Dr. Estuardo Nuñez. (J.L.V.G.)

Componen al majestuoso panorama de la cordillera andina, un cielo perennemente azul con dombos alabastrinos, cirros como algodón escarmenado y una cadena interminable de montañas que yerguen al infinito sus pináculos de nieve perpetua. En las noches de luna o los días de nevada brinda un blancor de pureza ostensiblemente inmaculada; se ofrece turbio con tonalidades de acuario, en los momentos de llovizna; y negro insondable en las noches de tormenta. Existen en las faldas de aquellos nevados, lagunas inmóviles de tonalidades indefinibles, que como espejos enigmáticos retratan las montañas preñadas de metales y que por ello mismo son de colores raros, así como las garzas crestotas que perennemente desmayan en sus orillas. Las sombras de los cóndores en vuelo platican con la quietud de los estanques ignotos de aguas transparentes que se empozan entre las rocas. Es beethoveniana la música que el viento orquesta en sus cañadas, riscos y vestiqueros. De allí es de donde nacen los grandes ríos que reverdecen los valles, la costa y la selva, nutren y surten de agua a las ciudades y se hacen tumbos, marejadas y pleamar en los océanos. En esas cúspides inholladas por el hombre sólo anidan las águilas, los cóndores, los flamencos rosados y, cual princesas encantadas, se crían las gráciles vicuñas. En sus estribaciones, el Ande presenta roquedales de formas caprichosas, semejantes a ciudades encantadas de titanes, a templos de arquitectura churriguresca, arábiga o gótica, a palacios miliunanochescos, fortalezas incásicas, construcciones de ejecución tiahuanacota, mochica, nazca o azteca. Es allí donde moran los pumas, los zorros, lo gatos monteses, los guanacos, los avestruces, los venados, los zorrinos. En las peñolerías se multiplican las vizcachas y en sus escondrijos las chinchillas. La gente de la alta puna vive arropada como los esquinales, o los lapones, o los kirguises, dejando al descubierto solamente la cara y las manos, teniendo por toda vivienda sus cocinas que, a la vez, sirven de comedor, y dormitorio. Aquel ambiente de estructura extravagante infunde la idea de estar en otro planeta. En ese mundo preñado de fantasía el hecho más trivial se torna en leyenda y las supersticiones más absurdas se hacen realidad. En suma, es un país de exótica belleza hostil y alucinante, que fascina, entumece y hasta embruja. Sobre un roquedal de pedruzcos verticales, en plácida mañana, un alkcamari solitario, planeaba con aplomo. Planeaba, planeaba, como si con ello sintiera gozo. Por momentos, agitando las alas, como temblorosas, se quedaba igual que clavado en el aire y, luego, tornaba a planear nuevamente. Bajo aquel roquedo se extendía verdusca la pradera y más bajo zigzagueaba resplandeciente el río. Si de lo alto el alkcamari divisaba alguna presa, se dejaba caer como una bola de plomo, luego corría por el suelo con las alas abiertas, para alzar nuevamente el vuelo, llevando casi siempre en el pico, lagarto, sapo o

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ratón, que pataleaba desesperadamente, para saborearlo sobre el roquedo aquel emblanquecido por su excremento. El alkcamari vivía en la más completa soledad. Sus progenitores, aún pichón, lo habían alejado de su nido a aletazos y picotones; —es instintivo proceder de esa manera en dichos pájaros, a medida de que sus polluelos van desarrollando—. Sus hermanos habían muerto en una nevada y si a él se el juntaban otras aves de su especie, a chillar y revolotear en compañía, ello era sólo momentáneo; por lo demás su vida estaba condenada al aislamiento; y es por ello que envidiaba a sus semejantes, que en parejas formaban sus nidos, volaban juntas hacia todas las latitudes, retozaban en el espacio y compartían cariñosamente su sustento. Al pie del roquedo donde solía posarse de ordinario, el halcón del cuento, en una verde hondonada, que era un encanto por su frescor, apacentaba en las mañanas sus ovejas una imilla y por las tardes subía la majada a la loma, donde encaramada en una mole las vigilaba, haciendo girar vertiginosamente su rueca danzarina, tarareando tonaditas cordilleranas. Cuando no se entretenía en ello, engañaba al tiempo jugando con sus ovejitas, de preferencias con la wakchita o con su perro pastor, un pichicho enano y peludo, pero la vivacidad y lealtad sin par, al que apenas se le divisaba el punto rojo de la nariz y solamente, por el fulgor, se distinguía sus pequeños ojos. Con él compartía sus penas, alegrías y hasta su merienda, la mozuela; ese cuzquito le ayudaba a vigilar el ganado. Cuando la notaba triste metía la cola bajo sus piernas o se tendía a su pies y la contemplaba con su cabecita de lado, sobre sus patas delanteras, como meditando para dar solución, al problema de su ama; más al verla alegre saltaba de contento, la mordía suavemente, a modo de caricia, y jugaba con ella hasta agotarse. Mercedes se llamaba la imillita, pero Merce la nombraban sus padres por cariño. Era un pimpollo de quince años, de mirar azorado como las vicuñas y de ingenuidad de pajarito montés; por su tipo esbelto, flexible y huraño, bien podía comparársela a una gacela cerrera; el frío había teñida de grana sus mejillas, lo que hacía resaltar la negrura de sus ojos y las pestañas y, el continuo ascender a las escarpas, le dio forma codiciable a sus pantorrillas. Era ella la única flor de esos mundos ignorados, la sola alegría de ese pedazo de puna escueta y desolada, el impar corazoncito que palpitaba de amor entre esos peñascales. El sexo afloraba por todos los poros de la moza, de ahí que todo fuera amor para ella. En cierta ocasión, al hallarse a la vera de un arroyo, vió llegar a un pajarito que, dando saltitos con las patitas juntas, mojó su pico en aquel espejo líquido, levantó la cabeza para pasar la buchada y luego silbó alegremente y a su tierna llamada acudió otra avecilla de cuerpo más grácil; que juntos bebieron y luego que terminaron de hacerlo, trinando y revoloteando en el aire,

una tras otra, se perdieron en el espacio. Esas demostraciones de ternura advirtió asimismo en las tortolitas que se daban de comer en sus propios picos; que el macho, cuando empollaba la hembra, se alejaba del nido en busca de alimento y tenía preocupaciones, diligencia y delicadeces que no había advertido en los humanos; igualmente en sus ovejas observaba como juntas pacían, triscaban y bajaban a beber agua en los manantiales. Más, como la felicidad anhelada le era imposible alcanzarla ya que en ese paraje olvidado solamente moraban ella y sus ancianos padres, apeló a las oraciones, y es así como, en las grutas que asiduamente frecuentaba, en su ingenua fantasía se imaginaba ver en un rincón una especie de altar, a la virgencita del pueblo, ante la cual se arrodillaba y con las manos juntas, en forma ruda le pedía que le mandara un compañero, ofreciéndole en cambio depositar a sus pies todas las florecillas recién abiertas, cuajadas de rocío, que cogiera en las alboradas, regalarle pollos de perdices, crías de sus ovejas y de vicuñas así como colmar sus manto de plumas de loritos monteses, garzas rosadas y qellunchos. Acicateada por el sexo e insegura de aquello, imploraba al viento, a la lluvia, al granizo y a todo lo que consideraba con algún poder, muy especialmente a la Pachamama, a los Achachilas, a los Anchanchos y a las Wakas. Todos estos genios que imperan en aquel mundo irreal, compadecidos de la soledad angustiosa del alkcamari y la urgencia sexual de Mercedes, en los conciliábulos celebrados en las cúspides ignotas donde moran, habían resuelto convertir en varón a aquella ave y entregarlo como consorte a la imillita; y es, en una mañana nebulosa de verano, en que conducía su tropa de ovejas por la pampa reverdecida y enjoyada de rocío matinal, llevando una cría tierna entre los brazos, que divisó sobre la roca donde solía posarse de ordinario el alkcamari a un zagal vestido de chaqueta negra, pantalón blanco y chullo colorado, que dulcemente hacía plañir una flauta. Al evidenciar tan feliz descubrimiento, fue estremecida por una infinita alegría, que movió hasta las fibras más recónditas de su ser, más ocultando su sobresalto, se puso a hilar dentro de unos altos pajares, vigilando alternativamente a su rebaño y al mozalbete aquel. Al halcón, transformado en hombre, se le aclaró ostensiblemente los sentidos de su nueva forma animal y su necesidad de conseguir compañera se le hizo premiosa e impostergable. Todo lo sentía de modo distinto: comenzó a deleitar su espíritu contemplando el paisaje cordillerano, las albas lila y los atardeceres nacarados, asombrándose de la dulzura almibarada que hacia fluir de su instrumento. Poco tiempo transcurrió de aquel primer encuentro, hasta que una de las ovejitas de la tropa de Merce se precipitó en un barranco y ella profirió gritos de auxilio, a los que acudió presuroso Alkca —cuyo nombre había adoptado el alkcamari— y sin decir palabra se descolgó, por entre los

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cardales sin advertir las piedras que rodaron tras él y halando extrajo del precipicio el corderillo, que salvo y sano, entregó en propias manos de la pastora, por cuya proeza la moza le premió con una dulce sonrisa. Desde ese acontecimiento comenzaron a estrechar más y más su amistad y en esa intimidad él la complacía hasta en sus mínimos caprichos y la regalaba con pichones de águilas y tiernas vicuñas, juguetes vivos con los que se divertían de la mañana a la tarde; ella asimismo se le ofrecía dócil y complaciente, al extremo de dejarse frotar la cara, morder el cuello y, tendidos en el pasto, dejarse hacer cosquillas riendo hasta el vértigo; a todo lo que ella respondía solamente dándole pellizcos. Como estos coloquios implicaban una tácita aceptación convivencial, Alka construyó su choza en un inaccesible escarpado, entres espinos y malezas, llenando con enseres y utensilios hogareños la vivienda y de variada clase de ganado los corralones. La noche pactada para la fuga se ofreció tibia y clara: una luna llena cortaba unos estratos en el cielo, como un barco la espuma del mar; la pampa collavina en esa semiclaridad nocturna, semejábase a una alfombra de plata, extendida para ese romance; el viento apenas susurraba en los pajonales, junto al lamento de los mochuelos; sólo el canto de los teros centinelas, alarmaba de rato a rato la presencia de dos seres, en aquellas vastas soledades. A la par que se escondía al astro de la noche, los amantes arribaron a la choza dispuesta para la luna de miel. Iluminaba por la tenue luz del momento, aquella estancia se les presentó bella como por obra de magia, ya que en su interior todo estaba en el tacho, las ollas con sus platos de greda, el cucharón y las cucharas de palo sobre las palanganas de barro, los víveres encostalados, los útiles de labranza en los rincones, los instrumentos de música colgados en estacas de las paredes, así como la ropa, tanto de hombre como de mujer, en los cordeles tesados bajo el tumbado; no se había omitido el menos detalle y, mirando con atención, podía observarse cosas lindas como regalos de boda. Aquella noche se acostaron juntos entre las cobijas lanudas. Ella no podía conciliar con el sueño, abstraída en el encanto de la primera noche de placer, tan desesperadamente ansiada, a la vez que la duda, el temor y el contento la dominaban. En tanto, el galán sentía el más infinito de los goces: el tener al alcance de sus manos la carne tensa, morena y lo senos erectos de la impúber lo enloquecían, más como todo le parecieran un sueño, para que no se le esfumara tanta felicidad, la enlazó con los brazos y las piernas hasta hacerla quejarse, y ebrio de dicha, aspiró y gustó de aquella carne adolescente, hasta quedar exhausto de tanto placer.

Los siguientes días se despertaban con el alba; encendían el fuego y juntos preparaban y saboreaban la merienda, mientras en el corralón de pirkas, balando con inasistencia, pugnaban por libertarse las ovejas. Luego, entre juegos y caricias conducían el rebaño para apacentarlo en los mejores pastizales. Ambos rebosaban de dicha y cogidos de la mano corrían por las pampas y las lomas, cantando a toda voz las ingenuas canciones que improvisaban; bañándose en los arroyos y los estanques, en aquellos que resplandecían acariciados por el sol; se dejaban mojar por las lluviecitas de brisa tibia, que en verano caen oblicuamente; y lo ensayaban todo, a fin de colmar plenamente su dicha. Cuando ella se dañaba con algún guijarro él le chupaba la sangre con la boca y le cubría la herida con saliva y telarañas que extraía de los cardales; y ella, con unción maternal le lavaba la cara en los manantiales, mirándose ambos en esos espejos de la naturaleza. Aquel cariño ingenuo tenía, en lo grotesco y delicado, manifestaciones supremas de un amor inigualado. Al correr de los meses, como es natural, Mercedes quedó embarazada. Cuando dio a luz, Alkca mismo fue quien la atendió en el parto, lavó al ensangrentado recién nacido y aún lo llevó donde el “tatacura” para que lo hiciera cristiano y le pusiera nombre. El tener un hijo entre los brazos lo enloquecías, más aún al verlo que mamaba como un marrano, y mucho más cuando comenzó a caminar. Después, ya mayorcito, llenaba de contento conducirlo en brazos y vestirlo con los ponchos, faldellines y chullos que él mismo le fabricaba; pero a medida que el niño crecía se iba operando en Alkca un cambio ostensible, que primero comenzó con la indiferencia, luego siguió con los maltratos, hasta que terminó con un odio declarado. En esas condiciones llegó a torturar a su hijo hasta hacerlo sangrar. Tal vez Alkca no hubiera querido tratar a su hijo de ese modo, pero aquel proceder le venía desde muy adentro, puesto que se lo dictaba su instinto de alkcamari, que él, fatal e inexorablemente, tenía que cumplir, ya que los halcones son así, pues a cierta edad a sus pichones lo alejan de su lado propinándoles aletazos y picotones. Como la hostilidad y los malos tratos proseguían, Mercedes defendía a su hijo hasta pelearse con su marido, más, como ni esto ni las razones dieran resultado satisfactorio, optó primero por ocultar a su hijo y finalmente para librarlo de un irremediable infanticidio, decidió volver a la casa de sus padres: así lo hizo después. Como surgidos de entre las sombras, en la puerta de la cocina donde cenaban sus padres, aparecieron una noche Mercedes y su hijo. Los ancianos quedaron como petrificados ante tal sorpresa, ya que después de tanto llorar y buscarla sin resultado por todos los ámbitos y vericuetos del intrincado Ande, sin encontrar ni vestigio de ella, la dieron por muerta, conformándose con la idea de que hubiera

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podido ser raptada por los cóndores o devorad por los pumas. Mercedes poco atinaba a articular palabra ni sabía cómo comenzar, por lo que no tuvo otra salida que prorrumpir en llanto; luego, como si ese proceder hubiera sido lo más atinado, desbordó en imploraciones de perdón y promesas de serles fiel hasta la muerte, terminando por narrarles su odisea. Los vejestorios, repuestos ya de la sorpresa y henchidos de alegría y de la dicha sin parangón que les proporcionaba aquella reaparición, sin moverse de sus sitios, en los que estaban apoltronados como monolitos, a la tenue luz de la mecha de sebo le alargaron sus brazos a la hija ingrata y a su retoño, para luego estrecharlos con íntima unción, ya que con la presencia de éstos se les esfumaba la horrible pesadilla que los abrumaba: la de morir solos y abandonados en su ancianidad, en aquella puna inmisericorde, en aquel confín del mundo donde hasta la compañía de un perro o un gato es invalorable. Los abuelos, llenos de complacencia y sin disimular su regocijo, manifestaron en su expresiva lengua aymara que las penas sufridas estaban compensadas con el retorno de ella y el regalo del lloqallito, muñeco vivo, con cuya voz y presencia revivirán la felicidad en esa estancia magra y destartalada; y que ya en la rama vieja de sus corazones había vuelto a cantar el ruiseñor de la dicha. Hablando y haciendo las cosas a su modo, les sirvieron la cena y los arroparon en sus mejores mantas, lo que les proporcionó a los contritos, un sueño profundo y placentero. En los posteriores días, Mercedes se dedicó por entero y con diligencia, a los quehaceres de la estancia, aligerando de ese modo, la carga pesada de las labores cotidianas de los ancianos. El lloqallito, que a la sazón vestía camisa y faldellín de bayeta, chullo con borlas de colores y sandalias de cuero, y que era extremadamente travieso, se dedicó a pastorear las ovejas y los auquénidos y, sobre todo, a alegrar la vida cansada, monótona y sin esperanzas de los octogenarios. Entre tanto, en castigo a su mal proceder o porque lo creyeron conveniente, los mismos genios del Ande —que como se dijo— fueron los autores del idilio, habían decidido reconvertir, a Alkca, a su primitivo estado de alkcamari y, de ese modo, es que se le vió planear de ordinario por el cielo de la cabaña de Mercedes; merodear por sus alrededores; algunas veces posarse sobre la cruz inclinada de la vivienda mayor; y no solamente esto, sino que, en todo trance trataba

de toparse con Mercedes y hasta clavarle sus propias garras en el pecho; así como hacerse coger y jugar con el pequeño Alkca. Todo aquello pasó, hasta que una mañana, en que la extensa puna amaneció cubierta, de confín a confín, por una nevada de ocho días, se vió al maqtillo retornar del campo jalando de una de sus alas, a un alkcamari muerto, empapado de agua y de nieve, pajarraco que el abuelo, para decorar su casa, lo clavó, con las alas estiradas, en una de las paredes laterales de la choza principal de su estancia, donde hasta hoy existe, como adorno.

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Pintura de Diego Kunurana. Cortesía de Pedro Pineda Aragón.

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MAMA KCOCHA(*)

La bahía Titicaca presentaba, en el atardecer, un parecido a la aurora boreal o a un paisaje pintado al pastel: los cerros morados circundantes y el color anaranjado dominante del cielo y el lago, formaban un contraste asombroso, irreal, sublime a la contemplación, aunque, en verdad, solamente estuviera ofreciendo uno de sus ordinarios panoramas titicaquenses. Por entre la tenue claridad de ese atardecer de junio, mi padre, y yo nos embarcamos en el apostadero mayor en nuestra balsa de totora y surcamos, a vela, la bahía escarlata, al igual que otras decenas de piraguas, que partían por distintas vías, rumbo a sus lejanas comarcas ribereñas. A medida que nos internamos lago adentro, primero el naranja del ambiente se tornó en carmín y luego en violeta, hasta que nos perdimos en una lobreguez y silencio de limbo; era una de aquellas noches serranas, sin más sonido que el chapotear de la lloquena, cuya música monótona y monocorde arrúllome en un corto sueño… Mucho más tarde, cerca a la media noche, volvió a clarear nuevamente, algo así como para amanecer; pero raro, dentro de una claridad mate. Clareó, clareó, clareó y, luego, como fruto de un parto portentoso, nació una luna enorme de color naranja, como congestionada, que a medida que ascendía fue tomando tan ostentosa albura, que ya en el cenit se ofreció blanca, cual una gigantesca hostia consagrada, y hasta parecía que a su influjo divino el lago se transformara en un descomunal espejo; y así, tal en un ensueño, bogamos sobre una opulencia de ondas de plata, con ritmo acelerado, gracias al esfuerzo titánico de mi padre, que para no congelarse de frío —ya que llevaba puesta encima, sólo una almilla de lana— ejercitaba sus músculos con vigor. Para gozar mejor de la perspectiva, me arrebujé bien dentro de las mantas. Antes de entrar a Supay-pampa mi padre se santiguó. En secreto lo imité por el respeto que guardo a sus supersticiones; más aquello no dejó de causarme un hondo temor que me estremeció de pies a cabeza. En realidad, el paraje nombrado, dentro del mismo lago, es una poza enorme y sin fondo; la circundan altos totorales y presenta, según las horas del día o de la noche, los colores y tonalidades más raros, que varían desde el blanco plateado y celeste albo o amarillo canario, hasta el azul turquí, el rojo

carmín, el verde eléctrico el negro betún. Es una especie de cisterna de belleza maléfica y alucinante que llena de temor y fascinación. La gente la señala como lugar de encantamiento, leyenda y maravilla. Al cruzar esa poza, el vientecillo que descendía de la cordillera me hincaba como agujas los pómulos, la nariz y las orejas; para evitarlo me arreglé el chullo, caléme lo más adentro que pude el sombrero, me embocé con el chal hasta los ojos y me arrellané mejor en mi lecho. A esa guiza gocé plenamente de la perspectiva blanca y majestuosa de esa cisterna, y percibía mejor, el canto de las aves lacustres y la música sublime que el viento arpegiaba, a esa hora, en los totorales y que, en esos lugares toma extraordinaria entonación. Apenas dejamos aquel paraje de misterio, mi padre se volvió a persignar, seguramente presa de siniestros temores. Como quien fuga, comenzó a remar afanosamente e izando la vela de totora, condujo a la balsa por aquellas sendas límpidas, fantásticas, que el continuo trajinar de las embarcaciones, niveló en el laberinto de los totorales. Así, cuando la balsa se conducía silenciosamente sólo impulsada por la vela, mi padre, embutiéndose unas hojas de coca a la boca, me interrogó. —Maqtito, ¿te has dormido? —No, tata— le contesté de inmediato. Entonces prosiguió: —No se sabe cuándo, pero aseguran que hace mucho tiempo, en ese paraje de Supay-pampa que acabamos de atravesar con felicidad, o mejor dicho sin ninguna novedad —al pronunciar esto lo hizo y dióle a su voz una entonación de respeto y veneración—, cierta vez un joven uro que pescaba bogas con sus redes, vió a través de la lámina cristalina del remanso, en el fondo enigmático de esa poza, a una joven india que, sonriéndole pugnaba por deshacerse de la maraña acuática que la aprisionaba; que el mozalbete aquél la había ayudado a zafarse de allí con su larga lloqena; que la dicha ñusta era una mocita de tez cobriza, dientes perlificados, ojos grandes, zarcos y rasgados, abundante cabellera, partida en cien trencillas primorosas; la que al verse en la superficie libre y a flor de agua, se alejó nadando y acariciándole con la mirada, dejando tras si una estela multicolor que producían sus innumerables polleras de vivos

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tonos; y que huyó tapándose la cara con su rebozo azul, dejando solamente al descubierto sus senos puberiles, su faja de mil dibujos y su montera de cuatro puntas y alas caídas. —Tata y el uro ¿porqué no se tiró al agua y la siguió a nado?- Le pregunté. —¡Qué se yo! Déjame continuar, que casi me haces perder la ilación -repuso, y prosiguió relatando que el mozo quedó como hipnotizado en medio del resplandor de las olas que cabrilleaban como danzando a su rededor; y que una vez que recobró la serenidad, cogió el remo y en su balsa unipersonal la persiguió por todos los vericuetos que hay en la maraña de los totorales, espantando a las aves lacustres que al menor ruído alarman con sus cantos y chillidos estridentes, bullicio que le hizo volver en sí; y sólo entonces se percató que las flores de las eneas se erguían cimbreantes ante él y lo miraban con sus caritas sonrientes y burlonas. —Y después, ¿qué pasó? ¿dónde se fué? —¡Calla! —repuso contrariado, como a quien, en lo mejor del discurso, se le corta la palabra y continuó sin dar mayor importancia a mi pregunta: —Sucedió esto seguramente en «mala hora», en que es nefasto surcar por la poza aquella. Me acurruqué más, dentro de las cobijas y el poncho, mientras mi padre proseguía con más calor: —Con el fin de encontrarla, como un enajenado dio mil vueltas por la cisterna, sin haber logrado su propósito; agregan que en ese menester empleó días y hasta semanas, y que al no poder encontrar a la extraña y bella aparición, descorazonado y febril dirigió su balsa hacia el más próximo grupo de pescadores a quienes les narró lo sucedido, más claro, a los uros que habitaban por esos lugares en islotes flotantes; que esa humilde y buena gente, creyendo que se trataba de la diosa del lago que desde centurias adoraban sus antepasados y a quienes también, alguna vez, se les había aparecido; sin pérdida de tiempo y a la hora en que las olas encrespadas y rugientes comienzan a chicotear las proas de sus frágiles embarcaciones, los uros aquellos aparejaron una veintena de sus balsas y las enfilaron hacia Supay-pampa, bogando con inusitado afán. Esta vez, me contuve de preguntar por qué salían tan tarde, a fin de no turbar el entusiasmo que mi padre le imprimía a la narración. —Aseguran que constituídos allí, tendieron sus redes por todos esos ámbitos; llamaron a la ñusta, diosa silfide, ninfa o demonio, haciendo sacrificio de blancas aves lacustres como wallatas y rosadas tal las pariawanas, t’inkando alcohol a los cuatro vientos; que hicieron todo lo natural y artificioso que podían hacer y que no lograron atrapar un solo pez; y hasta la fantasean que los suches, bogas y karachis, se fueron tras de la ñusta, siguiéndola hasta su recóndita morada. —Tata, ¿y es cierto todo eso?

—¡Claro que es cierto! —¿No te parece muy fantástico? - Sin hacerme caso prosiguió. —Ante la terca e insistente búsqueda de los pescadores se enojó el lago y lo demostró erizando su superficie; asímismo el cielo se encolerizó por la osadía de esos profanos; entenebreció su faz y desató su cólera, haciendo desencadenar una terrible tormenta, que azotó a los hombres y a los elementos, atemorizándolos con el fragor de los relámpagos y el retumbar de los truenos; que’ ante el temor de un tremendo cataclismo los incautos uros, en noche lóbrega, en medio de la llovizna y la ventisca, volvieron a sus apostaderos, iluminados solamente por los relámpagos intermitentes, cuyos fogonazos de luz hicieron fantástica su fuga. —Tatito, asegúrame. ¿Todo no es pura inventiva tuya? —¡No me vuelvas a interrumpir! ¡Claro que es verdad! Si Supay-pampa existe, como existe, como existen los uros. ¡Déjame continuar! También al lago representa su diosa, ñusta o Mama Cocha. Agregan que despues el adolescente se tornó taciturno y terminó hecho un idiota, que sólo atinaba a describir la belleza de la Ñusta del Lago; que ninguna razón lo convencía para dejar el lugar encantado, donde discurría sus días sin motivo, no sintiendo siquiera los rigores de las heladas, las lluvias, las tormentas lacustres ni las granizadas; que pasado algún tiempo no le vieron más, ni tampoco lo buscaron, porque según los amautas, la Mama Kcocha para ella lo eligió. —Tata, ¿bonita la luna, no? En realidad a esa hora el lago presentaba un plenilunio de ensueño; una maravilla indescriptible. Cortando mi vaguedad, continuó: —Los ancianos forjan leyendas muy diversas al respecto, pero lo que te estoy contando, es la mejor urdida. —Tata ¿y a tí quién te la contó? —A esa pregunta ya no dio respuesta. El esplendor lunar que predominaba en ese momento parecía haber metalizado al paisaje: la balsa, su vela, las cargas y hasta nuestra vestimenta mostrábanse plateadas; también daba la impresión, de que sobre todo aquello hubiera podido caer una nevada de varíos días, como algunas veces. Los otros balseros que, en sus embarcaciones, también se dirigían a nuestro lar, pugnaban por darnos alcance, cantando sus alegres wifalas y acompasándose con sus charangos, mas mi padre se dio maña para dejados atrás. Cortamente interrumpido por ese incidente, como queriendo terminar cuanto antes su relato, continuó con crecida emoción: —Como nuestra raza rinde culto a sus tradiciones y las mantiene latentes, de generación en generación,

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precisamente, en este mes en que es propicia la pesca, todos los atrapadores de peces de la región, especialmente los de las penínsulas, cabos, golfos e islas, acuden a Kcapi, lugar de las islas flotantes de los uros y hacen una fiesta rindiendo culto a la Mama Kcocha, encendiendo fogatas de totora, cuyas llamas crepitantes, cual lenguas gigantescas elevan sus preces al infinito, y junto a ese grato calor beben, cantan y danzan como unos endemoniados. Algunos bailarines ataviados los más originales disfraces y máscaras por ellos mismos diseñadas, soplan sus pinkillos y zampoñas, mientras las mujeres, todas mozas, dan a la fiesta una alegría: «como aquella que siente el agua, al ser acariciada por el sol». A la madrugada sorben el caldo lechoso de los peces cogidos y cocinados esa misma noche y, al terminar la diversión, es maravilloso ver las balsas unipersonales, al alborear el nuevo día —con el golpe del sol de costado—, cómo se desgranan cual mazorca de maíz, por distintas direcciones.

A ese punto aclaraba también nuestro día. Para ganar más a prisa la ribera, mi viejo bajó la vela. La pala corta, que colocó en la chumacera de popa, comenzó a agitarla dentro del agua, de derecha a izquierda, a manera de hélice, con lo cual impulsó lindamente la embarcación que se deslizó a toda velocidad. Atracó nuestra balsa en el apostadero ribereño, «chimbamas» la orilla con nuestras cargas a las espaldas; abandonamos el Lago Sagrado de los Incas y nos dirigimos a nuestra alquería, por un caminito estrecho y pedregoso. Yo caminaba descorazonado, a causa del contraste rudo: “de aquella maravillosa noche de ensueño y la puerca realidad de la vida cotidiana”.

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De Mateo Jaika.

Pintura de Diego Kunurana (Demetrio Peralta, hermano menor de Gamamiel y Arturo), su pintura ha quedado olvido, hoy sus pinturas empiezan a difundirse por el mundo, se trata sin duda de uno de los pintores más importantes que haya tenido Puno durante los años 1950. (J.L.V.G.)

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ESTEPA EN LLAMAS(*)
Roman Saavedra
(Eustakio Aweranka)

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Colmadas nuestras balsas de rebullentes suchis, humantos coletudos y diversas bogas, que se asfixiaban abriendo con avidez sus bocas anfibias y lacres, y mientras en los estertores de la agonía, se daban de coletazos unos a otros, nos dirigimos, como una bandada de patos salvajes, hacia el atracadero. Los fornidos y terreros qollanas —todos los hombres del ayllu de qollanas somos recios balseros— con nuestro jilakata Crucito Lión a la cabeza, no halaban nuestras sapuras, pujando como cuando, en viento contrario, hace crujir las lloqeñas y enfurecer las límpidas aguas de nuestro amado río Ramis. Al otro lado viven los malditos tomaqayas Zapanas, allá donde verdean los tarhuis y están ya desgranando las mazorcas moradas de las quinuas, allá donde el viento que sopla de Ácora sacude con furia las varillas del precioso fruto. Nosotros somos de esta banda; no tenemos sino hirsutas, moyas y arena. En la rinconada, es cierto, crecen qollis retorcidos y muy duros. Ahí están cerca de la estancia de don Prudencio Cuentas, los putucos de ch’ampas de mis tíos Cisco y Jancho Qari, y no muy lejos de ellos, vive mi padrino, el jilakata. En pequeños huertos crecen las espigadas ambarinas: menuditas y aromáticas; los chunquitos de finos pétalos de crema, los geranios llameantes y las qantutas largas y bermejas. Con esas flores silvestres, nuestras hermanas y otras imillas casaderas del ayllu se adornan las monteras floridas para las fiestas. Da gusto verlas así, y a solas, hacerles la sunqa. Pero, esto no tiene importancia. Aquí bajo mi balsa nueva y liviana se encrespa, por momentos, el agua color azul de anilina como bayeta recién batanada. A la madrugada, antes de que el alba cayera del todo y cuando el frío se nos infiltraba como azogue en los huesos, con las bufandas subidas hasta los ojos y a la voz de ¡orden! seca y tajante del alcalde de nuestro ayllu, formamos como lloqeñas viejas una carpa de tolderas amplias para el Tatacura, que es muy comodón, y para los otros badulaques, sus allegados. De un brinco el sol triscó en las moyas y extendió su oro líquido sobre la superficie bruñida del agua. Ahora, el Tata está sentado a mujeriegas sobre un apero y pellón lanudo y; a sus pies calzados con botines de elástico, se extienden los chusis floreados, con sus ojillos aguanosos de qarachi. Escrutaba nuestras balsas y calculaba cuánto de primicias recogería del prolífero ayllu de la otra ribera, cuando la parva de las quinuas sea majada con los cayedos

cosechadores. Ahora está ahí obeso, jadeante, bebiendo —con su “mula” vieja miserable de cara amorcillada y su “sobrina” la pizpireta que hace encalabrinar al viejo gotoso del gobernador y a su niño, un barbilindo trabucador de indios mansos— espumosos vasos de chicha de quinua, que nuestras hermanas hicieron mascando para darle levadura. —Apuren, apuren... ¡Ahí tienen una botella de alcohol y una estalla de coca, de lo mejorcito de Pelechuco, apuren...! —Nos gritaba el cholo Incayupanqui, que es firmado y teniente gobernador. —Eres jodido —le retrucaba a la sordina Crucito—. Recién estamos llegando y ya quieres que regresemos. Habías de ser alcahuete y lambón. Nos reíamos a todo trapo porque el cholo era un adulón sin remedio. El awicho Ticona nos repartía, cautelosamente, acullis y pedazos de llipta para echarle un mordisco, mientras bajo nuestras balsas somormujaba el agua frizada a contrapelo por el viento. En las orillas, junto a las lajas rebrillantes, se arremolinan los layos de un verdor claro, se pudren en los rebalses de aguas muertas con coloraciones de bronce verdoso y bordes violáceos y, en donde se agitan los renacuajos de piel negruzca y viscosa. Contra todo esto golpea y brama el agua, sin descanso, como un congosto. Como primera faena llevamos, parsimoniosamente, nuestras canastas de chillihua con plateados y rebullentes suchis, al toldo del cura. —¿Qué es esto? ¡Y tan poco desde enantes! El año pasado fue...—, bostezó malhumorado el bendito personaje. Y es cuando platicó nuestro viejo. —Tata —le dijo con el sombrero entre las manos y la mirada recogida—. No es nuestra culpa. El río, nuestro padre y madre, el que nos cría a todos, el río Ramis está enojado. Tiene razón porque no le hemos hecho t’inkasqa. Aplacaremos su cólera: Dadnos, Tata, coca de la verde; dadnos una botella de alcohol. Algunos remontarán hasta el remolino y harán el k’intu para que retornen los suchis huidizos y entonces, nuestras balsas se colmarán y aún serán rotas nuestras redes por los hijos de la Mamaqoya. —Tendrán todo lo que piden —rezongó con la faz arrebolada—; pero no me mangoneen con el pretexto del k’intu.

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Y fue dura la jornada. Los leqeleqes volaban azorados hacia los páramos lejanos. El sol se volcaba sobre el mundo y las piedras aristadas de pátinas de cobre parecían aflorar de sus propias sombras como corolas monstruosas. En una resaca hicimos el “pago”. La diminuta fogata de bostas chisporroteaba vivazmente y las flámulas parecían crestas rutilantes. El k’intu de Wiraqoya, alcohol y coca ha humeado toda la tarde. El regalo del Tata estaba pagado con creces. Los pequeños cestos de chillihua rebozaban de suchis y bogas plateadas y húmedas, qarachis escamosos y regordetes. Fueron las garridas mozas de mi ayllu las que guisaron sabrosamente los pescados frescos para el Tata y sus convidados. Unas traían las chúas humeantes y grasosas con el caldo de los suchis gordos; otras, servían las tuntas blanduzcas, albas y reventonas. Janita fue la última. Traía el queso tierno y albino. El Tata, el gobernador Camacho Deza, el faite cortejeador de la niña Hortensia, todos, hasta la arpía curial, la desnudaron con sus miradas lascivas los unos y, enfurruñadas y celosas, las otras. Ella era apenas una linda wallatita, que triscaba en las moyas a medio quemar, tras la majada de sus ovejas o juntaba gozosa sus labios con el belfo tibio y sedoso de la “chitaca” predilecta. Ella corrió cohibida y fue a ocultar su pudor de imilla codiciada. Reparé que al Tata rijoso le susurraba taimadamente el gobernador. —Señor doctor —le dijo aquél—, usted está ya de vuelta, mientras que yo recién... —Es que, amigazo, yo también soy pescador...pero de almas —guiñó cazurro. Cuando el sol se hunde tras los cerros granates que se apeñuzcan al Oriente, nuestro ayllu es acongojador; el río hondo y plúmbeo tiene estertores de pesadilla. Gasta el atracadero, que se abre en rampa; parece un bostezo de la pesadumbre acuática. Los alqamaris con tardo vuelo aterrizaban hambrientos y grotescos. La cabalgata de los mistis se perdió, polvorienta y vibrante, detrás de unos médanos de paja rala. Sentí un odio terrible por estos otros alqamaris que iban tramando contra Janita alguna felonía. Pero, también tuve repugnancia de mí mismo; me odié y eché en mi cara mi condición servil y cobarde. Reventó en mi paladar un sabor agrio y envenenador como el fruto de la taqachila. Blasfemé contra mis padres, que nunca alzaron sus puños crispados contra sus explotadores y, más bien, ahinojados recibieron zurriagazos y golpes y; el cura mismo, en vez del asperjeo del agua bendita, les mandó echar con orinales porque pidieron un poco de tierra en el cementerio para la sepultura de mi abuelo. Escupí con rabia contra esta tierra yerma y el horizonte lontano en cuyas lindes se alzan, como pechos tetones, las montañas azules, guarida de hombres brunos y tal vez felices. Mi odio les ha ido mordiendo los talones como un perro hambriento; se agazapará en un rincón cualquiera

para estrangularles a dentelladas feroces. Así pensé aquella tarde lejana; así nació un clamor bronco en mi sangre y desgarró con terquedad de rebeldía vital mis vísceras de indio siempre humildoso y servicial para con los condenados mistis. Janita, la linda wallatita de mi ayllu, aquélla para quien recogí los más dulces sankayos y le di todo mi cariño veinteañero junto con los pichones de las choqas y el cestillo de mimbres con los apetitosos pasanqallas; aquélla por la que se derramó, como un río de música y ensueño, por las abras y los riscos, la voz melodiosa de mi pinkillo, fue llevada como “camani” donde el cura, y no a vuelto más al ayllu. Ha olvidado la almilla de bayeta color ayrampo y el rebozo de cordellate por algún trapo costoso que merca con sus caricias de barragana. Me han llovido después muchas injurias y mis espaldas sufridas conocen los chicotazos del rabioso gobernador y la apaleadura de los sayones del gamonal Bragazas, porque no dije quién fue el que incendió la finca Kamqata. Los días se queman como manojos de t’olas secas. Y el cuerpo se consume queriendo darle un poco de calor a los surcos resecos y remojar las pequeñas semillas, tan desnudas como nosotros, con el sudor y las lágrimas salinas de nuestra brega miserable. Vienen las heladas con sus anchas patas de cristal y de silencio a aplastar los brotes anhelosos de vida, los gérmenes que rompen la parénquima. Viento, heladas, hambre... siempre hambre. ¡Y en las fiestas de San Taraco algún ajo....! Viril contra el destino, contra los hombres sumisos. Miserable desquite que rebota contra el rollo de la plaza y las casas de calamina. Luego, la vida jadeante y pisoteada, filtrándose por todos los rincones, rezumando hasta de las piedras. II La estepa en llamas Una mañana fresca de Chullunkus y de trinos se perfiló la recia silueta de Sotelo Jallasi en la puerta de mi putuko. Me traía la gran noticia: mi corazón se abrió de par en par y por él entró una frescura de alba que me remojó de rebeldía y coraje el cuerpo y el espíritu, de una sola vez y para siempre. Hemos vencido en Huancané —explicaba serenamente Jallasi—. En total somos 70 mil indios de todos los ayllus. En Samán hemos incendiado los trojes de la hacienda Esperanza después de coger todo lo que necesitábamos. El gamonal Dueñas y su machona han fugado a Juliaca. El cura y algunos paniaguados de Dueñas nos han fogueado desde la torre de la iglesia; por eso hemos metido fuego, todavía está humeando. Llegaremos a tomar a sangre y fuego este nido de explotadores. ¿Qué te parece? ¿Que piensas hacer?

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—¿Quién los guía, quién es el jefe?— le grité casi con sofoco. —Es Rumi Maki, nuestro hermano. Es como nosotros indio. —¡Rumi Maki, Rumi Maki...! La mano de piedra, la mano justiciera, la que cundirá como una galga a todos los gamonales, pensé con venganza fila como una cuchilla. Me alisté sin titubeos en las fuerzas del Gran Inka. La venganza recién me sabía dulce; tantos años de humillación debía de reventar de algún modo y he aquí que ha estallado en oleadas de sangre y de fuego. Entrábamos a saco en las haciendas, requisábamos ganado para el rancho de las tropas indígenas; en caso de resistencia, quemábamos caseríos y capillas, guindábamos a los pobres diablos mistis, lambones de los gamonales que no pudieron ganar camino a Juliaca. Todo el Collao tembló de coraje y rabia. Sólo los gamonales se cagaban de miedo. Con el rifle cordial entre mis manos me sentí hombre de veras: macho, fuerte y vengador. La corneta de los milicianos indios hizo galopar mi sangre con furor marcial, y fue un clamor de mi raza, el bronco sonido del pututo desgalgado desde los cerros riscosos. A la madrugada de un jueves, Samán quedó en escombros humeantes. Otro día caían Taraco y Chupa; fueron capturadas las majadas de ovejas, y las tropas de burros que una pandilla de ladronzuelos del pueblo habían arreado de todos los ayllus aprovechando de que los indios estaban alzados. El Tata Cura, mi rival, y el gobernador han desaparecido. Se los tragó la tierra. III La ruta de los huesos. En Ayabaca están todavía blanqueando la pampa, los huesos de los que fueron copados. Regimientos de soldados se echaron sobre el Kollao para terminar con los indios revoltosos. Las ametralladoras tabletearon días enteros barriendo como a briznas a los que bajaron de las alturas para enfrentarse, heroicamente, contra sus hermanos y parientes armados de fusiles y previamente envenenados de odio y de alcohol contra nosotros. Nos aplastaron sin misericordia, a hierro y fuego. La pampa se encharcó de sangre. La venganza fue bestial y tremenda. A las madres les cortaron las tetas, a los prisioneros les arrancaron la lengua porque supieron alentar a sus camaradas; los niños, llokallitos hambrientos y pavoridos, fueron castrados y las chukllas eran montones de cenizas que esparcía el viento como un mensaje de muerte y desolación sobre el yermo infinito. Gleba arrasada y ensangrentada. De todas partes manaba sangre, corroía la gangrena de los mutilados ululantes. Miseria jadeante, hambre que tritura las entrañas. Gritos de dolor que se

arrastran entre las piedras filudas y los espinos hasta caer desfallecidos. Alguno que ha zafado del círculo de la muerte, vaga como una sombra entre los riscos y las apachetas haciendo vida de alimaña, mientras patrullas de gamonales asesinos galopan por la ruta de los huesos husmeando carne fresca de indio. Éste fue el saldo de nuestra justicia armada y es también la primera enseñanza revolucionaria. Para la próxima, que viene a rastras, ya sabemos cómo se debe pelear y con quiénes debemos estar codo a codo. ¡Aplastaremos a todos los gamonales y con la cal de sus huesos amarillentos y carcomidos construiremos hogares limpios y alegres! IV Mandato Esta llovizna de abril me esponja el alma. Siento que todo el Kollao está con los oídos alertas, venteando todos los ruidos que traen mensajes de esperanza y libertad. Está listo para el galope como el Sunicho trotón del qarabotas. Espera con ansia la voz de orden. ¡Otra vez se han levantado los indios! ¡Arriba todos los ayllus! Ahora no vamos solos. Los trabajadores de las fábricas están en huelga. Se arman. Y los soldados desertados de sus cuarteles, con fusiles y ametralladoras, van a sus ayllus a formar guerrillas de indios. Arriba los luchadores del Perú nuevo, del Perú sin explotados. ¡Arriba los indios! Y este mandato vendrá como viene el sol a tostarnos el cuerpo magro, y como está llegando este aguacero tableteante y el olor pugnaz de esta tierra húmeda, después del hedor que nos asfixiaba: hedor a chamusquina, a sangre podrida de matanza, al tufo de los alqamaris hartos de carroña. Sólo estas palabras malditas me están quemando la lengua: Los gamonales son fuertes. Son fuertes porque nuestros hermanos disfrazados de soldados nos asesinan. Por eso los gamonales todavía nos escupen su rabia en plena cara, nos queman con su odio cavernario. Mientras que nosotros ávidamente miramos el cielo siempre fosco, las nubes, el sol. O atisbamos una hilacha de luz desde las rejas de las mazmorras con los bofes molidos, o contemplamos el zanjón de la vera del camino que está lleno de huesos pulverulentos; o mirando los wachos de matas raquíticas de papas pensamos, acongojados, en las garras del hambre que nos ha de despedazar. Así y todo, nuestros corazones son puños erguidos hacia el destino y ¡nuestro destino es triunfar! Post data Los papelones de las ciudades, con motivo de nuestra insurrección fracasada, volcaron toda la bacinica de mentiras

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y calumnias masticadas y para no averiar la digestión de sus lectores colocaron, en letras de molde, esta lápida de siglos: “Puno 1914”. En todos los ayllus del Departamento reina absoluta tranquilidad. Los temores de nuevos levantamientos han quedado descartados para siempre. Todos los cabecillas y agitadores, pagados por los enemigos de la Patria, serán sometidos a un juicio sumario y castigados como subvertores del orden social y de la estabilidad del gobierno. Los vecinos notables han acordado premiar pecuniariamente a los valientes defensores de la propiedad sacrosanta y del orden establecido, amenazado por la actitud criminal de las hordas de indios antropófagos e incendiarios.

De un momento a otro se retirarán las guarniciones de los distritos de Huancané —El corresponsal de “El Comercio”, Lima—... Rumiando estas cacas se duermen plácidamente los gamonales. Pero no saben que despertarán con la soga al cuello. Ahí es cuando quisiera ver las caras de estos hijos de pu...na.

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Extraído de la Antología del Cuento Puneño del Dr. Samuel Frisancho Pineda, publicado tambiçen en la Antologçia Comentada de la Literatura Puneña deFeliciano Padilla.

Balseros que pescan los rayos del amanecer, los colores danzan como peces en cada punto que conforman este bella pintura del artista puneño Benigno Aguilar Paucar. (J.L.V.G.)

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EL KASPI PESKO
Alberto Rossello Paredes

A los pocos días de la fundación de Azángaro, un contingente de indios destruían los galpones del templo incaico por orden de Inca Marquéz de Salinas, Gobernador y Cacique principal de Azángaro; pero la osadía les costó el flagelo de una terrible peste que le llamaron: “Mara Pichapicha y Juan Cuchillo”, porque los indios morían por centenares como barridos con escoba y con unos fuertes dolores al costado que parecían hincadas de cuchillo. Todos atribuyeron que era castigo del dios Cachi Huakaj por haber destruido su templo. El gobernador Chuquiguanca perdió a su hijo primogénito Juan Bautista que fue su esperanza. Preocupado Don Diego por esta fatalidad, llamó a su sobrino Matheo Larico para que le ayudara siquiera con su consejo. Pues, tenía confianza en Matheo porque era muy inteligente. El Padre Ojeda de Matheo dice: “Matho Larico sobrino de su señoría don Diego Chuquiguanca era mozo de mucho ingenio, ladino para las mujeres. Ansi dellas abiade muchas quejas de felonías de engaños. Andaba en andanzas con el ciego Marcos Pumaleque, deste avisan ser un rematado hechicero que dello mandé azotar al Dho brujo en la plaza”. Archivo del P. Valero. A Matheo Larico por su carácter donjuanesco, los indios lo llamaban “el Kaspipesko” o sea pájaro de palo. (1) Matheo sugirió a su tío que haga llamar al Maestro ñausa Marcos Pumaleque, asegurando que era el único que podría remediar este mal tan terrible. Esa misma tarde el famoso brujo Pumaleque y Matheo después de conversar en secreto con don Diego, desaparecieron por la puerta falsa del aposento. El Gobernador Chuquiguanca se quedó solo y dominado por la preocupación se dejó caer sobre un poyo. Sombras siniestras, visiones macabras desfilaron por su mente; cuando reaccionó ya estaba muy adentrada la noche. Una infinidad de fogatas iluminaban la obscuridad desde lejanos cerros, dando aviso de los que en ese momento morían. En medio de la lobreguez divizó el Cacique Chuquiguanca; que un ciego guiado por un mocetón ascendían el cerro Chuquichampi y desviando el camino se perdieron dentro de la gruta de la “Peña Dorada”. Era el famoso Marcos Pumaleque y Matheo Larico que iban a pedir al apu Chuquechampi remedio para calmar la miseria de la comarca. Después de practicar la paga a la Pachamama, quemando en una fogata los “quintos”(2) de hojas de coca, pidieron a la Madre tierra les revele la manera, de cómo atenuar tanta calamidad.

Lizandro Luna (vestido de traje blanco), al otro extremo de traje negro Alberto Rossello Paredes. (J.L.V.G.)

Cuadro del artista puneño Benigno Aguilar Paucar, que representa al música puneño interpretando diferentes instrumentos musicales, al mismo tiempo. (J.L.V.G.)

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El sacrificio de Pumaleque fue recibido por los apus. Pues, la Pachamama reveló a su hijo predilecto Diego Choqueguanca avisándole que el mal terminaría. Al día siguiente el Cacique Choqueguanca refería sus sueños de la siguiente manera: “Alfonso caminaba por un lugar desconocido, hasta que el cerco de un canchón interceptó mi camino. Intenté saltar la pirca para continuar el viaje; pero, era imposible atravesar el canchón porque era un tupido bosque de punzantes “opacos”(3). De un collado próximo bajaba un hombre vestido de singular manera arreando una numerosa majada de venados, todos con una pinta negra sobre la paleta derecha. Temeroso de ser visto me acurruqué contra la pared del cerco; los venados ganaron la pampa y por un portillo invadieron el canchón. El hombre de singular vestido se dirigió hacia mí. Yo me incorporé para salir a su encuentro; los venados espantados al ruido de mis pasos abandonaron el canchón. El hombre abrió otro portillo y me invitó la entrada y desapareció. Cuando entré, el canchón estaba completamente vacío. Los venados habían terminado los opacos comiéndoselos desde raíces. Miré con asombro que tras mis pisados brotaron unas hermosas kantutas, y a pesar que las arrancaba, era mayor su abundancia. Cuando salí del corral ví desde lejos: Que las kantutas se volvían flores blancas de turpha, matizadas con sunilas amarillas(4). Pumaleque escuchó con interés el relato del Cacique y mostrando su alegría dijo: Todo irá bien, porque tu sueño significa triunfo y te lo voy a explicar: El lugar desconocido por donde andabas, son tus ambiciones; el canchón es nuestro pueblo; los opacos representa la peste y la hambruna que nos está terminando. El hombre dueño de los venados es el apu Chuquichampi que te hará fundar nuestro pueblo: los venados es el remedio llamado “ccollo”(5) que terminarán este terrible azote. La pinta negra que tenían los venados es el luto de tantos finados. Las kantutas rojas que brotaban tras tus pisadas, son tus propósitos que florecerán donde tu intentes, las flores blancas de turpha que viste desde lejos, es tu nombre que igualmente florecerá para que te conozcan las posteriores generaciones. Y el matiz amarillo, será el sufrimiento de tu decencia en medio de tu gloria. Tus enemigos se rendirán y morirán en el olvido y serán pocos los conocidos. Así es que, tú será el fundador de nuestro pueblo; pero tengo pena del niño Matheo. Quizá te dejé pronto, porque, en tus sueños no te ha acompañado. Ahora que vengan los curacas de tu confianza para que me acompañen a pagar al apu Chuquichampi para que alejen la peste y la hambruna. Así también has traer una imagen de

la Iglesia de Macaya, pero sin que sepa nadie, llévalo a tu casa. Le prenderás bastantes velas y le pides que te deje trabajar la nueva Iglesia. A la siguiente noche una caravana de indios junto con Pumaleque, se trasladaban al cerro Jurujuro, lugar sagrado donde tenían que hacer el “pagaska” al apu de los aswan kharis. Exactamente a la media noche, después de hacer el pago a la Pachamama, el ñausa Pumaleque llamó en alta voz al apu Chuquichampi y le preguntó un remedio para la peste y un consejo para seguir trabajando la Iglesia cristiana. Con el asombro de los asistentes, el apu Chuquichampi contestó. Grande ha sido mi enojo contra ustedes por haber destruido mi templo; pero ahora que han pedido misericordia con su pagaskas voy a perdonarles retirando la peste y la miseria, con la condición que me den una persona, sea hombre o mujer pero joven. Quiero que la sangre de esta sea salpicada en las paredes del Guako-huasi y su cuerpo enterrado en una esquina de mi dicha casa. Para esto lo degollarán. El gran Dios que han conocido con el bautismo los protegerá y ayudará a levantar un maravilloso Templo que llamará la atención a cuantos vengan, porque será un koricancha cristiano. Un rayo, de alegría iluminó la mente de Matheo, quien buscaba una ocasión para vengar la traición de su amada Pituca, hija de Roque Turpo, una de las jóvenes más bellas de aquella época, traición que le hiciera con Lupico Kansaya, camani de la Iglesia de Macaya, —Expediente de Roque Turpo. Aprovechó esta oportunidad y habló Matheo: Taytas! … Yo me comprometo entregar una mujer joven para el Guako-huasi… Todos aprobaron con un grito jubiloso. Matheo formalizó el compromiso señalando fecha exacta para la entrega de la víctima. Sin pérdida de tiempo Matheo buscó a Pituca, simulando hacer las paces, la citó para la tercera noche a un encuentro amoroso en los escombros de Guako-huasi. Llegó la noche señalada. Matheo dio las instrucciones más urgentes, los notificó a los ejecutores que la señal sería un estornudo y coger a la persona que encuentren fuera de los muros del Guako-huasi, degollándolo enseguida. Sea quien fuese; pero se olvidó de indicarlos que él estaría fuera de los muros dando la señal. Olvido que le costó la vida. Aquella noche estaba lóbrega y caía una copiosa lluvia. Entre los galpones del Guako-huasi se oía un rumor siniestro de voces apagadas. Era el grupo de indios sentados cuelillas que chajchando coca y bebiendo licor de chicha “ilapi” (6), esperaban ansiosos la señal convenida.

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Sería la segunda velada cuando escucharon el fatal estornudo al lado derecho de los muros para evitar que la víctima huyera, rodearon todo el contorno de los muros. Los del lado derecho cogieron a un hombre joven que obedeciendo las instrucciones y sin darse cuenta quién era por la borrachera y la oscuridad, lo degollaron a Matheo Larico. Los del lado izquierdo hicieron igual con una mujer que fue Pituca. Al darse cuenta del equívoco de haberlo degollado a Matheo se quedaron en suspenso por tamaña fatalidad y sin saber que hacer, uno por uno desaparecieron (6) los “khari siris” . La alborada sorprendió a dos cadáveres guillotinados rodeados por sus deudos, que lamentaban sin saber quién fue el autor de este horrendo crimen. Así pagaron con su vida, la una su traición y el otro su felonía. Todo por el designio del poderoso apu Chuquichampi. Los deudos de ambos finados enterraron: A Matheo al lado derecho junto al sepulcro de Juan Bautista y a Pituca o (Petrona) Turpo al lado izquierdo del Guako-huasi, porque ya era un lugar sagrado y bendecido por los religiosos católicos. En medio del pesar tan profundo pro la pérdida de su sobrino, Don Diego sintió una consoladora sorpresa, pues, aquel mismo día cesó automáticamente la peste en toda la comarca y el Cacique comenzó nuevamente hacer colocar los cimientos de la Iglesia actual con las mismas piedras del templo pagano. Roque Turpo, en un largo pliego denunció el asesinato de su hija Petrona (que su derivado quechua es Pituca), contra Marcos Pumaleque y Santiago Larico, éste hermano de Matheo. Acusándolo de hechiceros y herejes gravísimos delitos que, en aquel entonces se castigaba con pena de hoguera, quemándolos en leña verde. “Este Matheo hombre de mala fe le levantó calumnia a mi hija Petrona que esta Dha, le hizo traición con el camani de la Iglesia de Macaya con mi ahijado Ruperto Cansaya, edello por venganza hizo matar a mi hija en el Dho lugar del guacaguasi. “Por castigo de Dios Narto So, a este iomesmo lo mataron demalfe que de equivoco muertos fueron enelamesma noche me Dha hija edicho malafe del Matheo, quedeste Dho. Matheo Larico fuero su culpa sus andanzas de mozo lasivo; dello no calumnio; juro ser la verdad dello pruevo con el malquerer de los yndios que Dhon mozo llamándolo caspi pesccopor ser ruin enemigo de las mugeres. Suplico e pido a vuesa merce en nombre de Dios N. Sor. ansi de su Magid. El Sor Rey me oigan en justicia, penando con castigo de hereges al culpado hechicero Marcos Pumaleque ansi dell Santiago Larico, este Dho es hermano de dho ruin finado Matheo que lo era sobrino del inga marques Diego Chuquiguanca, que este Dho gobernador desoye mis sulpica año 1587.

Besa su mano a vuestra señorita. Firmando Roque Turpo — cacique del ayllo de Ylata Expediente de Roque Turpo copiado de fojas 7 del Archiv. Padre Valera Chuquisaca”. Esta denuncia la hizo ante el alcalde del Cuzco, ruidoso juicio que terminó con la oportuna intervención del Cacique en un avenimiento, cuya transacción se llevó a cabo ante de Don Hernán de Henríquez, esta que terminó así: “Ante mi de Don Hernán de Henríquez comisionado la desta laza, en vista de la reunión de españoles e yndios ansi de ruidos de caxas turun tuntún. Dixe e digo. Q´de villanos es la pendencia no siendo cabal en personas de nombre sangre. Avinieron y terminaron la discordia en presencia de la Ypersona del Dn. Diego Choquehuanca”. Recopilaciones del Bachiller Juan Diego Chuquiguara de Archiv. De Chuquisaca Bolivia. P. Valera 8. J. Una vez terminado los rencores y amistades en público congregación Don Diego Chuquiguanca Cacique y Gobernador de Azángaro y propietario del Marquesado de Salinas en gratitud al sacrificio de su sobrino, mandó construir la nave derecha del actual templo y así mismo autorizó para que los Mango y Turpo pudieran construir la nave izquierda, sobre la sepultura de Pituca la otra nave; las que se levantaron junto con la construcción del templo actual, llamado por el escritor azangarino Lisandro Luna, el “Templo de Oro”. Ambas naves conocidos con los nombres “Capilla de Animas o de los Choquehuanca”. Donde están enterrados los restos de Matheo Larico, el Marquez Don Diego Choqueguanca con su hijo Juan Bautista y su primera esposa Beatriz Pocoparpa y toda en descendencia. En esta misma nave se enterró el 16 de febrero de 1858 el Dr. Domingo Choquehuanca. Y la del lado izquierdo se llama “Capilla de Nuestra Señora del Rosario o de los Mango Turpo”, In memorian mortis Matheo et Petra. La referida Capilla de las Animas o de los Choquehuanca, fue adjudicada a Don Diego Choquehuanca Wuaco Tupa Inca para que se entierren él y sus descendientes por cédula otorgada por el Comisario Ambrosio Nez de Yaungas en representación del Iltrmo. Obispo del Cuzco Dr. Lorenzo Pérez de Grado a favor de Juana Parpa segunda esposa de don Diego Choquiguanca.

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NOTA: (1) Ciego. (2) Hojas de coca que se escogen para hacer estas ceremonias. (3) Espinales. (4) Flores silvestres color amarillo. (5) Aguardiente de quinua colorada, elaborada con una yerba de la montaña llamada “supay-karko” y otra que se llama “marancera”, tal es su fermentación que emborracha hasta hacer perder los sentidos. (6) Asesino de hombres.

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EL TINTERILLO
Lizandro Luna La Rosa
El abogado es un tinterillo con título. Administrar justicia es abusar en nombre del Derecho. SOFOCLETO.

El escritor Lizandro Luna, se trata de un artista del panfleto culto, es autor además de piezas maestras en el relato, o como el quiere llamarlas de autopsia social. Fotografía: Archivo José Luis Velásquez Garambel.

No hay pueblo, aldea ni ciudad, donde no se tropiece con ese personaje de aviesa estructura y conformación psíquica original, que es el Tinterillo. Como el idiota o el enfermo mental, el Tinterillo da carácter a las localidades donde vive. No es una figura decorativa, no es personaje de leyenda. Es un producto. Una lepra social que determina el atraso y la anemia de los pueblos donde actúa. Donde hay un juzgado, está cerca el tinterillo. En el vasto engranaje de la administración judicial, es como una pieza de repuesto que a veces, sustituye ventajosamente al abogado. Porque en síntesis, el tinterillo es el profesional fracasado que se perdió en la ruta. Y como el caso es general, el tinterillo constituye una verdadera especie parasitaria de las clases necesitadas y de la gran masa indígena que va en pos de justicia. Esa masa forma un rebaño inmenso donde el tinterillo vive y medra igual que los parásitos del ganado. Con suma habilidad sabe explotar la ingenuidad y la ignorancia característica del aborigen y dominándolo ha llegado a infestar a los pueblos altamente indigenizados. Es igual a esas endemias, que infestan el ganado. Hay un error alrededor del tinterillo. Se admite generalmente que tinterillo es el sujeto que se ha metido los códigos a la cabeza, que se cree capaz de interpretar la ley y, con suficiencia doctoral, se lanza a defender pleitos. Aberración. También es tinterillo, en la cabal acepción de la palabra, el abogadillo mediocre que necesita el auxilio de un consultor; el “recursero” vulgar que llegó a alcanzar título profesional por sabe Dios qué absurdos inconfesables, que sólo podrían tener explicación en nuestro país. Esta especie de abogados y el tinterillo no tienen más diferencia que el título. En el fondo, ambos son iguales. “Son una suma de necedades eruditas adherido a una suma de necedades atávicas”, como lo definió un gran panfletario. Hay una perfecta comprensión, una gran semejanza entre ambos. Son tipos afines. Por esto, en la práctica, no es raro el caso de que el tinterillo es el que forja los “recursos” y el abogado el que los firma. ¿Mentira? No tal. Ha habido casos concretos. Es una inversión de papeles como ocurre en todos los aspectos de la vida nacional. El tinterillo provinciano, conocido más generalmente por “quelquere”, viene a ser, pues, la caricatura del abogado. La contrafigura de éste, a quién a veces opaca por su personalidad bien definida en los campos pantanosos de papel sellado y del forcejeo judicial. El tinterillo es tipo característico, de contextura aviesa inconfundible. Basta escucharle. Su psicología, su verborrea, sus ademanes lo delatan. Por regla general, pertenece al montón de los fracasados y cuando no al de los hombres truncos. Generalmente es el sujeto de mala fé que carece de conciencia, de escrúpulos y de moral y que, por extraña paradoja, defiende el Derecho estando moralmente en un plano opuesto a la Ley. Pero hemos dicho que también hay el tinterillo “doctorado”, el que personifica la aberración y el sarcasmo más sangriento de la inversión de papeles.

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La excesiva tolerancia de la organización judicial es acaso la que da lugar a que, a su sombra actúen el leguleyo o “tinterillo doctorado”, que tuerce a su antojo las leyes y el tinterillo profesional que, en el campo judicial, hace lo mismo que el bandolero en despoblado y a mano armada. Una inversión dolorosa de nuestra realidad. Es interesante observar la influencia nociva y la acción deletérea del tinterillo. Donde quiera que actúe enciende inmediatamente la hoguera de la discordia convirtiendo en

pleito la cuestión más baladí y más fácil de arreglar. Trastorna la psicología de los hombres y ennegrece aún más la conciencia de aquellos que tienen inclinación al mal. Fomentar el odio entre padres e hijos y entre hermanos. En donde esté, su presencia es el signo fatídico del litigio y del pleito, cuyo epílogo generalmente es la ruina, el hambre y la miseria. Es el creador del testigo falso que perjura por unas cuantas pesetas y vende su conciencia en los laberintos del “interrogatorio” y en las trampas de las “repreguntas”. En los juzgados de provincia, como en las Cortes de Justicia, el tinterillo hacia su obra de zapa entorpeciendo los efectos de la ley y contribuyendo a convertir en mito y hacer inalcanzable la Justicia. Y es que bajo la toga de los administradores de justicia no es raro encontrar la vestimenta aviesa del tinterillo. Defensa libre. He ahí la puerta de entrada del tinterillo al estadio del papel sellado. Es también en parte la causa de las aberraciones que hemos señalado. El tinterillaje se ha convertido en profesión lucrativa que no requiere estudios, título profesional ni sacrificios económicos. Bastan la audacia y la mala fé. El trabajo en ella está en razón inversa de la ganancia. Con mínimo esfuerzo se obtiene lo que en otros trabajos requiere el máximo. Como el cura. ¿Unos cuantos latines bastan a éste para cosechar pesetas. Unos cuantos renglones de articulaciones mañosas y “otro si digo”, son suficientes a aquél para embolsillarse al ligante y succionarlo durante el tiempo que dure el juicio. Donde hay defensa libre, el tinterillo es el roedor que engorda a expensas de la ingenuidad e ignorancia del indio, de la estulticia y mala fe del blanco. Con su arte inigualable de engatusador, alarga los procesos a voluntad porque las triquiñuelas innobles del Derecho procesal, padre de la Ley del embudo, las sabe manejar como la ataña a sus hilos. Esos pleitos largos y costosos que duran toda una vida y en los que el ingenuo litigante ha gastado una suma de diez veces mayor de lo que vale la propiedad materia del juicio, son invariablemente hechura del leguleyo u obra de un tinterillo. Así como esos procesos criminales en los que los papeles están invertidos; el inocente a la cárcel, le criminal libre. Son casos patéticos.

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El libro de relatos “Morgue”, un libro de autopsia social.

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EL BANDOLERO DE LA LEY

Lizandro Luna en los portales de Arequipa. Fotografía: J.L.V.G.

Sobre la mesa de disecciones, bajo el haz de luz de un foco de 1000 bujías está el cuerpo materia de esta autopsia. A una energía presión cortante del bisturí sobre un foco purulento, respondió un chorro de pus hediondo, verdinegro, infectado de estafilococos. Con mano experta vamos cortando y clasificando, en la tumefacta carne espiritual, las pústulas malignas, las hematomas purulentas, las úlceras cancerosas que conforman este cuerpo, carne de carroña, de contornos psicológicos tenebrosos. Llegamos al cerebro y al sistema nervioso. Su examen nos dá la clave de la rara y paradójica complejidad de este temperamento y de esta alma náufraga que por su estructura parece acercarse a la especie extinta de los monstruos humanos, que sólo de tiempo en tiempo surgen en el escenario del mundo para asombro de la humanidad. En efecto. En esta abismante estructura psíquica resaltan las características más variadas, los complejos más raros, las aberraciones más disparatadas. Bien podríamos calificarla de alma-abismo. Así lo demuestra en sus manifestaciones volitivas, en sus reacciones psíquicas en sus manifestaciones volitivas, en sus reacciones psíquicas y en sus instintos. Enumeramos. Tiene de gamonal y de bandolero; de ganster y de abigeo; de tinterillo y de rábula; de comediante y de leguleyo. Una complejidad desconcertante. En tan disparatada como abstrusa conformación psíquica descubrimos otra anomalía, esta alma es branquial y de sangre fría. Como los reptiles y los saurios. Mezcla de serpiente y caimán. Extraña conjunción. Tan raras, tan complejas características, tenían que dar por resultado un verdadero tipo lombrosiano. Un caso de estudio para la criminología. Un ejemplar psicopatológico audaz y cínico, calmado y cazurro, rapaz y tacaño. Resaltan en él sangre fría y el estoicismo en la comisión del delito; el cinismo escalofriante; el instinto de rapiña y la cleptomanía aguda. La chatura mental del idiota y la irresponsabilidad del demente. Estas complejas características siquiátricas son las directrices de su vida y de sus actos. Todas ellas, en conjunción, conforman un forajido de cuello y corbata, con doble personalidad: el tinterillo y el ganster. Por esto, su medio de acción es también doble; el estadio del pleito y el campo. El bandolerismo y el tinterillaje. También esgrime la carabina en el asalto en despoblado como el “recurso” tinterillesco, en el campo pródigo del papel sellado. Tan pronto está en las encrucijadas de la puna o en las apachetas de los caminos capitaneando sus bandas de indios abigeos y forajidos, como tan luego está en el pueblo, ante las autoridades y en el despacho judicial, conduciendo los famosos “testigos falsos”, hechura suya para engañar y despistar a la justicia. Emplea un hábil sistema de defensa adelantarse a la acusación y aparecer como victima para cohonestar la acción de la justicia. Al cinismo delincuente nato une la bellaquería y la tozudez del tinterillo avezado. Así actúa siempre. Cuando el bandolero da el golpe audaz, allá en las yermas soledades de la puna, bajo el amparo de la noche y la impunidad, ya el tinterillo tiene lista y bien estudiada la coartada de un “recurso” lleno de articulaciones mañosas y de “otro si digo” tinterillescos. Y viceversa.

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Cuando el tinterillo denuncia un asalto o robote ganado en sus propiedades quiere decir que este ardid es imaginario; quiere decir que la noche anterior, el bandolero ejecutó o mandó ejecutar una de sus acostumbradas fechorías con sus vecinos. Se adelanta en la acusación para evitar que lo acusen. Ese ardid o ama de doble filo que le permite la escapatoria segura y al mismo tiempo tender la zancadilla artera a sus propias víctimas. Proseguimos la autopsia. Al abrir el estómago encontramos derrepente la comprobación científica de su instinto delictuoso. El tubo digestivo no era normal, acusaba dilataciones patológicas, hiperrofias tremendas. En una de esas dilataciones había hecho su vivienda una tenía monstruosa, elástica, interminable. Y cosa rara cada anillo de esta tenia, ostentaba una cifra seguida de caracteres ilegibles. ¿Qué significaba aquello? Puesta al microscopio una fracción pudimos descifrar el enigma. Esas cifras correspondían exactamente a los números de los expedientes civiles y criminales que se la seguían y que estaban en tramitación. En esos caracteres casi ilegibles por efecto de las acidulaciones violentas del estómago, habían estas palabras: Asalto y robo; homicidio y lesiones graves; homicidio con desaparición del cuerpo del delito; destrucción e incendio de cabañas; ocultación de expedientes; delitos contra el honor sexual; perjurios y sobornos; suplantaciones y fraudes, etc. Era interminable. Los anillos eran tantos y las inscripciones tan raras que p e rd i m o s l a c u e n t a . S i g u i e ro n d e s a r ro l l á n d o s e interminablemente. Luego, entre bazofias a media digestión, entre montones de detritus gástricos, descubrimos una úlcera voluminosa, repugnante. En sus bordes verduzcos el pus había dibujado relieves. La llenaban completamente, revueltos en pus, una masa movediza y casi compacta de corpúsculos indefinibles. Eran gusanos. De formas caprichosas y tamaños diversos, poblaban la masa sanguinolenta de aquella úlcera precancerosa. Encima de ella, también había una cifra. Y cosa curiosa. Era la misma del último expediente criminal por asalto, homicidio y robo que se le seguían. Llevada con heroica paciencia la disección nos deparó otra sorpresa. En diferentes órganos encontramos las famosas placas características de la enfermedad maldita. Manchas blanquecinas ulceradas y lesiones producidas por la espiroqueta pálida de Shaudin. La acción del treponema lúgubre estaba patente sobre aquel organismo. La disección fue como una sonda de luz en aquel alma-abismo. Desentrañó un enigma. Fue la comprobación científica de tonsurada y

completa sicología. Por su estructura síquica, por su vida delictuosa, es uno caso auténtico de sujeto extrasocial que encontró en la delincuencia y el tinterillaje dos campos de acción igualmente pródigos para desarrollar sus atávicos instintos. Hay un complejo freudiano. Se cumplen fatalmente, con rara exactitud, las leyes inexorables del atavismo y la herencia.

EL CUENTO, LA TRADICIÓN Y EL RELATO

El cubismo hace presa del hombre, la imagen de Lizandro Luna por el Artista Salas. Fotografía: J.L.V.G.

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EL PLEITOMANO

Lizandro Luna enemigo acérrimos de los gamonales Lizares Quiñones contra quienes destiló sus más finos panfletos. Fotografía: Archivo J.L.V.G.

Una de las taras de nuestra herencia colonial, supervivencia de aquella época tenebrosa de los encomenderos voraces, que recibieron las tierras “Hasta donde alcance la vista”. De los caciques pulpos, dueños de vidas y haciendas. De la esclavitud del indio hasta rebajarlo al nivel de la bestia de carga. De la opresión y explotación de un pueblo en forma que no tiene paralelo en la historia del mundo, es el tipo que ingresa a nuestra mesa de operaciones para la autopsia. Este tipo clínico, cien por ciento, es el pleitista. En términos gráficos, el Pleitómano. Hijo legítimo de aquel siglo de oscurantismo y producto racial de un pasado nefasto de nuestra historia, el Pleitómano representa la supervivencia de una lacra social que la civilización aún no ha logrado cauterizar. Este rezago medioeval es como el vetusto edificio colonial que aún resiste estoicamente el peso de los siglos. Que aún seguirá resistiendo mientas el progreso no emprenda la tarea heroica de su demolición. No queremos decir con esto que este tipo anacrónico, que representa el cáncer de una época, no sea también producto de la actualidad. Lo es. Pero en porcentaje mínimo, ya que la civilización va depurando los rezagos y las tareas del pasado. Tenemos un caso de cáncer social en este tipo puesto ahora al examen operatorio. Bajo un poderoso fanal de cien bujías y sobre las albas cuartillas de papel, que es lo más aséptico mientras haya ausencia de tinta literaria, ponemos al sujeto. Vamos a autopsiarlo. El Pleitómano, que no viene a ser sino el pleitista, o mejor dicho, el buscapleitos provinciano, es un producto que degenera en cáncer social porque el atraso de estos pueblos, sumidos todavía en el sopar legal de los siglos, es un campo de cultivo magnífico para la proliferación de esta fauna parasitaria, por lo arcaico de nuestra legislación que favorece el desarrollo y la propagación del tinterillaje. El Pleitómano es una resultante, un producto del tinterillo. Y viceversa. Ambos se complementan. El tinterillo vive del Pleitómano. Es su parásito. Y el Pleitómano es hechura del tinterillo. Hacer autopsia de este tipo; ahondar el bisturí en su sicología compleja y desconcertante es como querer descubrir el fondo oscuro de un pozo de aguas estancadas, o como asomarse a un abismo de fango. Es tarea ímproba a la par que heroica autopsiar esta alma-pantano. Su tenebrosidad, sus enredadas marañas, sus emanaciones pútridas no dejarán penetrar nunca la sonda de luz que trate de abrirse paso a través de aquel pantano. Pero vamos a hacerlo. Un grueso “expediente” bajo el brazo, un tinterillo doctorado e inescrupulosos como consejero, un rebaño de testigos falsos, que son creación suya, he ahí el ideal del Pleitómano. Con estos elementos como armas de combate actúa libremente en ese pantano inmenso que es el litigio y los campos propios del papel sellado. Ese expediente que lleva bajo el brazo, lo ama con la pasión y la ternura del avaro. Parece que su contacto despertara en él extrañas sensaciones. Siente por los “expedientes”, materialización de los pleitos, la misma iconografía adoratriz que sienten los homosexuales por los retratos, prendas u objetos de sus paradójicos amantes. Goza palpándolos. Siente arrobamiento y éxtasis de

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enamorado al leer y releer los “recursos” tinterillescos, los decretos del Juez, los “doy fe” del escribano. Ahondemos la sonda. Con el alma endurecida por todas las canaladas que formaron el proceso de su vida, insensible al dolor ajeno, impermeable a todo sentimiento elevado, el Pleitómano carece de conciencia como el irracional de la luz de la razón. Es de aquellos que, según la frase vulgar, “todo se lo echan a la espalda”. Por esto alguna marca o deformidad física ha de diferenciarlo de los hombres normales. Si no es cargado de espaldas, es contrahecho o jorobado. En sus deformidades, el Pleitómano lleva el clásico estigma de todo individuo servil. La cabeza, que sigue la línea curva de la columna vertebral, es como la cabeza del cerdo condenado a no poder levantarla nunca. La naturaleza, inexorable en todo, lo señaló como sabe señalar a aquellos seres de quienes hay que cuidarse. Los marca a fuego. Los defectos físicos son un distintivo de su especie zoológica. Si el Pleitómano vulgar es un tipo digno de estudio, lo es en mayor grado el gamonal Pleitómano, caso paradójico cuyo estudio puede ocupar un volumen. Debemos advertir que este caso no es excepcional. Abunda. El Pleitómano es por naturaleza enemigo de la línea recta, enemigo de la luz, enemigo jurado de la Verdad. Todo lo que piensa, todo lo que hace es sinuoso o torcido. Personificación de lo falso, de lo tortuoso, de lo enmarañado, tiene para la diatriba y la mentira esa facilidad labial de la hembra de lenocinio. Miente por placer. Pleitea por sport. Hay que ver cómo goza cuando hace correr una noticia falsa, fruto de su malevolencia y que sabe es mortificante para otros. En los sucios menesteres de la vida poblana, es el portavoz del chisme de comadres, el chasqui servil del correo de brujas. En síntesis, el Pleitómano no viene a ser sino el vicioso del pleito. Un enfermo. Su bacilo es la ambición. O tal vez la ignorancia. Como todo vicioso, es apasionado y desprocesado en todo. Su característica dominante es la pasión. No hay para qué decir que el incentivo, o mejor el virus de esa pasión, es el afán enfermizo de tener más, la repugnante ambición de aquél que, mientras más tiene, más quiere. Algo patológico. Ambicionar tierras, formar latifundios, construir casas, multiplicar ganados, atesorar capitales en los bancos, son las manifestaciones patológicas de aquella bulimia borbosa de bienes, mal que con el tiempo crece y se exacerba. El Pleitómano ama el pleito con la pasión morbosa del toxicómano. No puede vivir sin pleitear. El pleito para él es elemento vital. Algo imprescindible como el aire, el agua o los alimentos. Esto explica y justifica ese afán morboso que pone para crear pleitos, para cultivarlos después con amorosa dedicación, poniendo en su proceso alma y vida y todas sus facultades. De ahí que, cuando llega a ganar un pleito, su goce es completo. Este hecho le representa una suma de placeres, de espasmos, de goces solitarios, como puede solo

experimentarlo el avaro ante la visión deslumbrante de sus joyas y de sus caudales. El toxicómano después de ingerir o inyectarse su alcaloide favorito; el borracho después de una copiosa ingestión de alcohol. Esta pasión desorbitada marca y orienta la vida del Pleitómano. Es su Norte. El alfa y el omega de su existencia. De ahí que, cuando no tiene pleitos, ni como seguirlos, se enferma. Es una quiebra para su salud. La falta la vital, lo imperioso de su existencia. Y es entonces que se pone a buscar pleitos o a inventarlos con ese afán enfermizo del dipsómano, que se ha abstenido del alcohol durante un tiempo o del ladrón profesional que ha dejado temporalmente su actividad delictuosa. Y, en el caso improbable de no encontrar pleitos, los inventa. Pero si aún no le resulta la invención recurre a comprarlos. Esto es lo que mejor define la sicología del Pleitómano; comprar pleitos, como quien compra una casa o un vestido. Y como nuestros pueblos serranos, aquejados de aquella aguda herencia colonial, son viveros de pleitos, por estar altamente indigenizados, al Pleitómano nunca le falta una buena compra. Los tinterillos son los agentes. Generalmente su mercado están en el elemento indígena. Como agente, defensor o comprador de pleitos se le vé actuar entre ese rebaño sumiso e ignorante, campo propicio para la explotación, el fraude, el “robo legal”. Comprar una hacienda o tierras con pleitos, es el ideal del pleitómano. Lo que es, más o menos, como comprarse una casa con la mesa puesta. Si examinamos el proceso de la formación de su fortuna, encontraremos que la mayor parte de ella está amasada con pleitos ganados en forma inconfesable. Que sus mejores títulos de propiedad son fruto de las triquiñuelas del “robo legal” o de las usurpaciones por la razón de la fuerza. Hacer la epopeya de esa fortuna sería lo mismo que autopsiar un cadáver exhumado de mucho tiempo. Compras fraudulentas, testimonios suplantados, firmas falsificadas, juicios ganados a fuerza de plata y de mala fé. Toda la gama del arte sutil y maligno del tinterillaje doctorado del rabulismo aliado del terrateniente. El pleitómano profesional y el terrateniente tienen su sistema, o mejor, su táctica para hacerse de tierras con su secuela de pleitos. Compra o simula la compra de un terreno que está al centro de una comunidad o hacienda en las que hay litigio. Esta compra mañosa es la chispa que enciende el polvorín del pleito. De un pleito se suscitan cien. Poniendo en juego el arte diabólico del tinterillaje doctorado, el Pleitómano terrateniente suplanta documentos, crea testigos falsos y vá, por último hasta el cohecho de autoridades y jueces para conseguir su ideal, que es quedarse con toda la comunidad o con toda la hacienda que ambiciona. Los pobres comunarios o pequeños propietarios, que tuvieron la desgracia de enfrentarse a tan temible contendor, son pasto del rabulismo y del tinterillaje doctorado, en contubernio con el gamonalismo rapaz. La comunidad o la hacienda en las que puso su calvo

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maligno, caen a la postre en las garras del detentador voraz que dispone de tantos y de tan poderosos recursos. Los pobres ingenuos que creyeron ser amparados por la justicia, son lanzados de la tierra de sus mayores con el argumento incontrastable del voluminoso “expediente”, ganado no se sabe cómo ni cuando. Arma artera que, bajo su blancura de osamenta, encierra la negra historia del “robo legal”.

El Pleitómano tiene por aliados poderosos esos agentes patógenos del rabulismo, del tinterillaje letrado, del cohecho y corruptela de funcionarios con los que actúa en sus trapacerías de papel sellado y en la inicua explotación de la tierra y el indio.

Hijo del Luis Felipe Luna, asumió dos tareas legadas por su padre: defender la causa indígena y luchar en contra de quienes se hacían llamar defensores de indígenas (la familias Lizares Quiñones). Fotografía: Archivo J.L.V.G.

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LA HECHICERA
Oscar Cano Torres

¡Demonio!... ¡Demonio!... Un remolino de viento llegó a la esquina velozmente y penetrando a la plaza arrastró en su furia cuanto encontró a su paso. ¡Ayawaira!... ¡Ayawaira!... ¡Malos vientos nos están soplando! ¡Jesús!... ¡Jesús! y la vieja Margarita con un gesto de estupor, se santiguaba, guturando palabras incoherentes. En el pueblo se había desatado repentinamente una epidemia de enfermedad desconocida, que hacia temer por la salud de todos sus moradores. Interdiariamente morían dos o tres personas atacadas del mal desconocido, y buena cosecha brindaban esas defunciones al Párroco del lugar, humilde pastor de almas y bienaventurado con la santa bendición Papal!. Los vecinos tremendamente alarmados se preguntaban: —Qué es esto don Mateo?... Qué le parece? —Ah, hijo... ¡si parece cosa del demonio! ¡Una negra maldición!... Don Aniceto: no debemos tolerar este estado de cosas. Se impone tomar medidas más enérgicas, para cortar esta angustia en pro de la tranquilidad colectiva. —Pero contra quién nos estrellamos? A lo que don Mateo dejando caer la mirada se encerraba en un silencio incongruente. En el viejo campanario tañían las campanas un lúgubre dolor. El venerable Párroco en acalorada admonición, había advertido a sus feligreces que, si esa nefasta maldición se había cernido sobre el pueblo, era precisamente por la falta de fe y creencia de sus habitantes. Recalcó que desde hacía mucho tiempo, el templo se hallaba escueto y abandonado. Los “confesionarios” dormían el sueño de los justos, porque ningún pecador o pecadora se acordaba de ellos Los altares presentaban un aspecto macilento; y, los santos, ¡ah, los santos! se quejaban de que no hubiesen cirios ni plegarias… ¡Caramba, era una herejía! II Las autoridades sanitarias de la provincia enviaron a un sujeto empírico en medicina sin embargo, se enfatuaba de haber cursado el tercer año de ciencias médicas. Colocaba inyecciones sin prever ninguna medida higiénica y para colmo de desventuras, las ampolletas de que hacía uso procedían de años atrás, no produciendo ningún efecto en los organismos. ¡Pasa demonio! ¡Pasa demonio! El viento seguía barriendo las últimas briznas de las puertas, levantando de las calles las hojas que desprendían unos kollis melancólicos que yacían en el atrio del templo… Pero la gente seguía urdiendo conjeturas, echaba la culpa a todos aquellos que no rendían verdadero culto a los santos patronos del pueblo.

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El Cura desde el púlpito renovaba sus prédicas enseñando el verdadero camino del bien y la verdad, a lo que algunas resignadas beatas, respondían con gruesos lagrimones que dejaban deslizar por las mejillas marchitas. Los indígenas vaticinaban que aquel año sería de hambruna y miseria total; y, en las crudas noches de invierno, se reunían en grupos yendo al templo a invocar misericordia y perdón. III En medio de ese torbellino de pesares que agitaban la vida cotidiana del pueblo, surgió como un meteoro la figura mefistofélica de doña Margarita, mujer avezada en toda clase de ignominias y cruel explotadora de la credulidad indiana. Doña Margarita era descendiente de un antigua familia de latifundistas que con el tiempo, a fuerza de robos, crímenes y explotaciones, lograron una situación económica holgada pero en cuyo bienestar debatía el dolor, las lágrimas y el sudor de las víctimas. En doña Margarita, el clásico tipo de la mujer maligna y cicatera, se encarnaba el espíritu de aquellos seres demoníacos que andan por el mundo con el virus de la maldad personificada. En los primeros años de su juventud casó con un hombre generoso, sano de cuerpo y alma, pero que con el correr de los días, supo minar con sus acciones poco a poco, aquella existencia vilmente colocada por el destino, en la senda peligrosa de esa mujer más cercana a la brutalidad de las bestias. Jerónimo, el marido, un buen día enfermó para siempre. Apenas se hallaba despuntando los cuarenta años y ya fue un pingajo de la perversa maldad de doña Margarita. Se prendió en el esposo un mal desconocido que lo privó del habla y paralizó sus miembros. La ciencia se encontró impotente para aliviar siquiera aparentemente su estado de salud, y cundió la tragedia. Doña Margarita, jamás tuvo un átomo de piedad para con su marido. Ni la progenie de tres hijos que había dejado como una maldita herencia en poder de la pérfida, pudo satisfacer todos sus ahogos canallescos. El hombre vivió y enfrentó un éxodo miserable. En muchas etapas de su sufrimiento, supo de amargas privaciones, supo del hambre que fustiga y la sed que aniquila. Pero llegó el momento de la liberación final. Esa desventura que día a día libaba, quiso en sus postreros momentos, apartarse para siempre de aquella fiera espeluznante, escupiendo su amargura en el rostro turulato y deshecho de la pérfida. Y un buen día bajó tranquilo al sepulcro.

Doña Margarita, superficialmente, hizo ademán de haber sentido hondamente la desaparición de su marido. Se vistió de estricto luto dando la impresión de un fantasma. Indudablemente que encontrándose ya en entera libertad, comenzaría con más ahínco en la labor nada agradable de hacer males a la humanidad, oficiando de curandera y vidente. Hacia ella venían sumisos los indígenas en busca de un consuelo para su salud. Más, la cínica mujer, no hacia otra cosa que engañar la buena voluntad de la gente que inconcientemente la solicitaba. Su labor infamante y sucia, consistía en criar batracios y preparar una serie de menjunjes, con los que explotaba la credulidad humana; pero afortunadamente muy pronto habría de caer en las redes de la justicia. Así llegó hasta ganarse el apodo formal de la Hechicera. IV —Doña Margarita!... Doña Margarita!... —golpearon en la puerta. Como una tromba, la dama que solicitaba su presencia, avanzó hasta el dintel de la puerta. Sollozó por breves momentos y luego de un mutismo, explicó: —Perdone, señora… Usted... Usted… es la señora Margarita? La bruja dejó escapar una exclamación y respondió altanera: —Sí; y qué diablos se le ofrece? La dama se quedó perpleja y luego reaccionando, suplicó: —Vengo a implorarle que salve a mi hija... Se muere, señora, se muere. —Su hija? —Si, señora… ¡Sólo podrá hacer ese milagro! —Le advierto que no soy santa… —Pero; le ruego señora… hágalo por caridad! —Imposible!... Imposible!... Se le llamará cuando le toque el turno. Usted sabe que no puedo atender simultáneamente a dos. Además, las autoridades del distrito han tomado cartas en el asunto y me encuentro en una situación peligrosa. De manera que; adiós, señorita… Giró sobre sus talones y la puerta cedió ante la fuerza descomedida de la bruja. La Hechicera había abierto un consultorio secreto, aprovechando del desconcierto que reinaba en el pueblo, es decir que, según ella, había descubierto una panacea milagrosa, la que aplicando a todo enfermo atacado del mal desconocido, recuperaba inmediatamente la salud.

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Solamente la consulta costaba quince soles, fuera del maravilloso remedio, cuyo valor era un secreto del gabinete diabólico de doña Margarita. La gente, en compacta muchedumbre, desfilaba por la casa de la bruja, con la esperanza de ver su salud recuperada. Invocaban piedad y respeto para tan digna matrona, y no faltaron feligreses que hasta le encendieron cirios. La bruja, inmutable en su asiento, seguía con la mirada los movimientos de sus clientes. Se sentía feliz cuando con genuflexiones y reverencias se acercaban pausadamente hacia ella, y de primera intención depositaban el valor de la consulta; pues, para la entrega del remedio de marras, era negocio de pasar a otra salita convenientemente arreglada. Por fin llegó la hora fatídica para doña Margarita, hora en que a pesar de la invocación a las divinidades celestes, nada pudo contener la vorágine de castigo que le imponía el destino. De pronto, una mañana, la población amaneció con la sensacional noticia de la grave enfermedad en que se debatía la bruja. Los más connotados personajes; las más ilustres matronas que hacía una centuria vivían en olor a santidad; y hasta la indiada encerrada en una credulidad ciega, tuvieron una atención esmerada y solícita hacia la «santa señora», que se había sacrificado por salvar al prójimo. Como toda infamia nunca pasa desapercibida si no ha sido sometida al examen de la justicia, así doña Margarita, arrastró durante la enfermedad, toda la podredumbre que su maldad le impuso, minándole el organismo en el transcurso de pocos días. La naturaleza no sólo se había desquitado volviéndola inválida y demente, sino que, quiso darle el golpe definitivo. —Bendito sea Dios, que al fin Se acabó esa bruja.

—Ah, esa anciana perversa mucho tiene que pagar... La peste que se desató en el pueblo, se debió a ella... ¡I todavía había gente decente que creía en sus diabluras!. Dos fornidos mozos entre los más audaces, fueron comisionados para sacar el cadáver de su casa y darle sepultura en la fosa común, pese a la negativa de uno de sus hijos, el único sobreviviente. —Le decimos siquiera una oración, Jacinto? —Malhaya!... ¡Un escupitajo por su memoria! —Tantos males hizo? —Sí, al menos a mi...! mató con sus brujerías a mi mujer! El hombre se exasperó tanto que, agarrando un puñado de tierra lo arrojó colérico al rostro cadavérico de la bruja. —Duerme, duerme para siempre, hermana de Satanás... —Entonces, no la enterramos aquí, Jacinto? Surgió un instante de vacilación. —No, ésta debe pudrirse allá en el precipicio. Los hombres acomodaron convenientemente el cadáver en una frazada. —Después de todo; somos pecadores y humanos en este mundo… Siquiera un padrenuestro —sugería Teodoro. Con los rostros en los que se pintaba un mal disimulado respeto, guturaron unas palabras. ¡Adiós vieja Margarita, que el diablo sea contigo! Jacinto levantando los puños, y luego lanzando con furia el cuerpo de la bruja, dejó escapar su venganza: ¡Carajo, al barranco bruja maldita!

EL CUENTO, LA TRADICIÓN Y EL RELATO

Nuñoa, Puno, 1952.

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EL CUENTO, LA TRADICIÓN Y EL RELATO

EL DIABLO DEL POBLACHO
José Portugal Catacora
¡Cuándo volverá la pedagogía basada en las tres leyes históricas de nuestro incario: Ama llulla, ama kella, ama suwa(1). JULIAN PALACIOS R.

I —¡Ananay...! —suspiró la pobre doña Adriana, enderezando su encorbada espalda. Eran las once de la noche. Sus ojos se cerraban extenuados por el sueño i la aguja se hacía cada vez más lerda. No podía terminar los ojales de la camisa, que al día siguiente, muy temprano, debía entregar. La velita de sebo, enchufada en un jarro de hierro aporcelanado i puesto sobre una desvencijada mesita, apenas iluminaba la costura, como si también hubiera estado cansada de alumbrar hasta aquellas horas de la noche en que todo el poblado dormía. Dos pequeñuelos, menores de seis años, dormían tranquilamente sobre una cama hecha de cajones de alcohol, con rústico colchón de kesanas(2) i gruesas frazadas color de mugre. Una estropeada máquina de coser, una petaca de cuero, un bracero de arcilla con el carbón apagado i algunas ollas renegridas, completaban el ajuar de aquella mísera habitación: piso de tierra, paredes desnudas i cielo descubierto al techo de paja ahumada. Aquella noche coincidía con el tercer aniversario de la muerte de don Pascual, esposo de doña Adriana. En esa misma habitación, entonces más decente, se había velado el cuerpo inerte del pobre don Pascual Rodríguez, muerto ahogado al pasar un río cargado de aguas de nevada, al dirigirse a la finca donde hacía de mayordomo. Había trabajado en esa finca, al servicio de don Angelino Cutimbo, el acaudalado mayor del poblacho, durante más de veinte años, la mejor parte de su vida. Pero al morir sólo dejó como recuerdos, la emoción dolorosa de su trágica desaparición i una madre casi envejecida, con tres vástagos sin pan. No obstante, aquel dolor ya se había borrado de la mente de doña Adriana. Ahora pensaba —i pensaba con esperanza de mejorar su suerte— en su hijo Rosendo, que ya rayaba en los 15 abriles i que pronto llegaría de la capital provinciana, trayéndole la buena nueva de haber cursado con éxito su quinto año de primaria. Estaba segura de ello i nada le importaba que la nieve del dolor blanqueara su cabeza maternal, prematuramente envejecida; ni que su rostro, surcado de lágrimas se fuera arrugando como los repliegues de los Andes milenarios, al calor tostador de la lumbre esteárica, la única compañera de sus noches fatigosas, si tenía su Roseadito, que con su instrucción primaria completa, pronto ocuparía buenos puestos para sostenerlos, a ella i a sus hermanitos. Se sentía orgullosa de haberle educado hasta hacerle terminar sus estudios primarios, i tenía razón; porque ninguna madre habría sostenido a su hijo en la escuela, en las mismas condiciones que ella. Este santo orgullo i aquella justa esperanza le inyectaban de alivio i disipaban sus penas. Has veladas grises, solitarias i fatigantes, iban pasando dolorosamente asidos al carro interminable del tiempo por aquel miserable cuartucho.

Casa del Conde de Lemos antes de su remodelación. Fotografía: Archivo OUPSE-UNAP.

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II A medio día del siguiente, cuando doña Adriana volvía a tomar su costura, después de saciar el apetito de sus pequeñuelos con sendos platos de peske(3) se sintió el crujir de un carro que se detenía muy cerca de la casa. Unos segundos después, una algarabía alborozada de los pequeños anunció la presencia de Rosendo. —Ya decía que de un momento a otro nos ibas a sorprender. Me lo estaban anunciando los gorrioncitos, piando desde hace días con los ojos vueltos hacia la ciudad. —Sí, mamacita. I me habría venido antes si no se hubiera retrazado tanto la clausura. —¿I cómo has podido viajar en carro? —Es que, mamacita, el chofer me conoce, porque muchas veces le se ayudar a lavar su carro. —Ve, pues. Es bueno hacerse conocer con todos, hijo. —I luego de observar que el niño no traía sino un paquetito de libros, interrogó: —I cómo, ¿no has traído tus cosas? —No, mamacita. El señor Nemesio dijo que le debíamos todavía diez soles. —Así es que, ¿ha desconfiado? —Sí, mamacita. —Vea usted, pues. Así es la gente de mal agradecida. Cuando vivo tu padre, cuántos favores le hemos hecho. I ahora que nos ve pobres, hasta nos desconfía. ¡Dios mío! En fin, la Providencia ha de querer que consigamos esos diez soles para pagar a ese... malagrecido. —Sí, mamacita— repuso Rosendo, en tono humilde i cariños, al tiempo que descubriendo su paquetito, entregaba a sus hermanitos algunos juguetes menudos, traídos de la ciudad. —¿I cómo has salido en tus exámenes? —inquirió anhelosa la madre. —Bien, nomás, mamacita. Me han dado un diploma. Mi profesor también me ha dado un certificado aparte, porque me quería mucho. El otro certificado dice que cuesta cinco soles, —agregó mostrando su diploma. En los ojos tiernos de doña Adriana brillaron dos lágrimas de profunda satisfacción. En ese cartón, que mostraba el escudo peruano pintado en vivos colores, veía la madre ingenua i amorosa, la floración de sus esperanzas. Abrazó con intenso cariño a su hijo i sello su frente con un beso silencioso: beso de madre, beso puro i vivificante como el agua de las puneras vertientes. Pasados esos minutos de gozosa emoción, doña Adriana sirvió para Rosendo un plato de peske, diciéndole: —Come, hijo mío, come; que esto no has probado hace un año. III

Aquellas vacaciones fueron para Rosendo muy diferente a las anteriores. Aunque su infancia no se había agotado, la miserable situación de los suyos, que martillaba su mente día i noche, había terminado con sus juegos. Si antes gozaba prometiendo a su adorada madre cursar el año venidero con mayor éxito que el anterior, i la esperanza de cumplir esta promesa, hacía que se olvidara de la triste realidad en que se debatía su desamparado hogar, hoy no tenía ninguna promesa que formular, ni ninguna esperanza que mitigara sus horas crueles. En vano pasaba horas i horas contemplando su diploma de honor. Pasaron los dos meses de vacaciones i el problema seguía enigmático, incierto, sin solución. —¿Qué hacer? IIV Un día domingo, al volver de misa con inusitado retraso, llamó doña Adriana a Rosendo i le dijo: —Me he visto con el señor Pacheco, tu maestro de ante i me ha dicho que hay becas vacantes para la Escuela de Artes i Oficios, de Lima, i que puedes ir a estudiar por cuenta del gobierno. Una pequeña luz de esperanza brilló en la mente meditabunda de Rosendo, pero pronto se nubló. ¿Cómo dejar a su madre? ¿Al amparo de quién? ¡No! El no iría a ninguna parte. —Cómo quieres que te abandone, mamacita?— respondió Rosendo, pensativo. —No, hijo. No me has de abandonar. Tal vez tu suerte esté en lo que dice tu maestro. Tal vez haya sido tu buena estrella la que alumbraba con vivos resplandores esta madrugada, cuando me levanté temprano. Dicen que el día en que nos viene la buena, alumbra con vivos destellos nuestra estrella. Tienes que aceptar, Roseadito. De allí regresarás hechos un hombre, con profesión. Hasta mientras, de alguna manera, pues, estaremos nosotros. —No, mamacita. Yo no puedo dejarte más. Sufres mucho. I sola. Yo debo trabajar en alguna forma. —No me has de desobedecer, Roseadito, porque entonces sería un mal hijo. El lunes mismo hemos de viajar a la ciudad. A los chicos los dejaremos a la señora Fortunata. Ella es muy buena. Rosendo calló prudentemente. No quiso amargar a su madre arguyéndole más razones. V Doña Adriana, para afrontar su nuevo sacrificio, encaminóse a la casa de don Angelino, a cuyo servicio muriera su esposo, para ofrecerle en venta el último pedazo de tierra que le quedaba. Después de conmoverle con sus dolorosos

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trances, apenas logró arrancar de avaricia consuetudinaria de aquel señor sin entrañas, treinta pesos; más o menos la mitad del valor efectivo del terreno. En el amanecer del día lunes, antes de que el poblado se desperezara de su sueño aguardentoso, doña Adriana i su hijo emprendieron camino a la capital. Suavemente bañados por los rayos del sol naciente i lactando la dulce brisa mañanera del lago legendario caminaban, ella, conforme i tranquila, alentada por aquella santa resignación que sólo es propia de las madres i él, tristemente pensativo, con el alma transida de dolor, por el insistente sacrificio de su madre. I envueltos en el polvo del camino arribaron a la ciudad. Súplicas aquí i lágrimas allá, por fin lograron formular el expediente. Tres días después, los exámenes de admisión se realizaron para más de treinta postulantes a cuatro becas. Mientras Rosendo rendía su examen, una vela ardía en el altar de cada iglesia i mil plegarias manaban de los labios de doña. Adriana, elevándose a los cielos con fervorosa unción suplicatoria. Terminaron las pruebas i entre los favorecidos no estaba Rosendo. —¡Dios mío! —sollozó la pobre doña Adriana. —Si yo he respondido mejor que esos que han sido aprobados— balbuceó. Rosendo, atormentando más por el llanto de su madre que por el fracaso del examen. I la madre lloraba. VI Al otro día, los pasos de doña Adriana i su hijo tornaron sobre el camino al poblacho. —Me emplearé de escribiente en un juzgado— decía Rosendo con ansias de consolar a su atribulada madre. —Si, hijito, si. Dios no ha de querer que nos falte el pan del día— respondía la madre, lanzando al viento de la pampa polvorosa una resignación hecho suspiro, tal vez para arrojar de esa manera el fracaso de su último sacrificio. Un automóvil les pasaba de vez en vez. —¿Por qué no tendremos, nosotros, siquiera un caballo?— pensaba Rosendo, contemplando con amargura el rostro sudoroso de su amorosa madre. VII Una vez en el pueblo, invocaron el favor del señor Oquendo, el primer Juez de Paz, para que a Rosendo lo empleara como escribiente. El señor Oquendo le sometió a prueba i al revisar el escrito, exclamó escandalizado: —¡Uf! Tienes muy mala letra i una pésima ortografía. Si tienes el tiempo desocupado, dedícate a hacer buena letra, i

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después ya puedes venir a trabajar. Por ahora no hay nada en que ocuparte; ¿para notificaciones?, eres muy pequeño todavía; ¿para firmar como testigo?, menos aún, por que no tienes la firma garantizada. ¡Cuántos años te faltan para eso!. Esa misma respuesta le dieron en las demás oficinas públicas. I en vano se derramaban las dolorosas lágrimas de doña Adriana. VIII Un día, cansado ya de buscar trabajo, —trabajo a que dedicar su instrucción primaria—, decidió Rosendo ponerse de aprendiz de zapatero. Fuése a la única zapatería del poblado, la zapatería de Leucacho, el borrachito, i sin que se enterara su madre empezó a aprender aquel oficio. Pasaron varios días i doña Adriana advirtió que su hijo sólo se presentaba a tomar los alimentos. Ella le interrogaba, pero Rosendo siempre se disculpaba. Aquellas ausencias constantes fueron intrigándola i trató de seguirle los pasos. Un día le encontró majando suela i sudando a chorros, en la zapatería de Leucacho. Con las lágrimas en los ojos abrazó a su hijo, mientras sus labios protestaban amargamente: —¡Mi hijo de zapatero! ¿I para esto te había hecho estudiar tanto…? IX Transcurrió el año i en los últimos meses apenas llegó a ganar un real diario; jornal de aprendiz, jornal de indio chacrero. Pero ese mísero jornal no era suficiente para terminar con el trabajo nocturno de una madre casi envejecida, ni siquiera para satisfacer el hambre de sus dos hermanitos. Sabía Rosendo que nunca llegaría a ganar lo suficiente para colmar sus anhelos: librar de la miseria a los suyos; sin embargo él trabajaba con todas las fuerzas que su energía primaveral le permitía. Ahí estaba la vida de Leucacho, reducida a penuria elocuente, como el retrato más auténtico de su porvenir. Pero él trabajaba; trabajar era su máximo ideal. —¡Qué buen chico! —decían los vecinos del pueblo i todos le daban sus parabienes a doña Adriana. Efectivamente Rosendo era un excelente mucho. Su vida era ejemplar, única en el pueblo. Otros muchachos, antes de llegar a su edad habíanse fugado ya del hogar, para entregarse a la vida libertina que de los jóvenes demandaba el ambiente pueblerino; o por lo menos ya sabían descuidar la vigilancia carcelaria, al par que conventual de sus hogares, para deambular al amparo de las noches lunadas, al son de guitarras i charangos, i ocultando debajo del poncho botellas de alcohol. Pero doña Adriana no estaba contenta. Lo decían sus

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noches de llanto, sus constantes suspiros. No sabía lo que quería que su hijo fuese, pero no estaba tranquila con que fuera un simple zapatero remendón, igual que cualquier muchacho analfabeto. X Al saber la llegada de un nuevo párroco, fue doña Adriana a presentarle sus besamanos i a contarle sus desventuras, como acostumbraban las solteronas i las viudas beatificadas del pueblo. Días más tarde, Rosendo abandonaba la zapatería i asentaba partidas de nacimiento, matrimonio i defunciones, con un sueldo fijo de 10 soles mensuales. Ya era un alivio para doña Adriana i profunda satisfacción experimentó al pensar que, por fin, para algo debía servir la instrucción primaria de su Roseadito. Así trabajó, Rosendo, durante más de un año. I en todo este tiempo frecuentó la íntima compañía del hijo del cura, un muchacho entrado en años i más mañozo que un macho de Tunquipa(4). Este le arrastraba por todas partes i no le dejaba ni un minuto. Varias veces le obligo a beber. I aunque Rosendo demostrara repulsión al principio, poco a poco fueron

infiltrándose en su sangre, en su cerebro, hasta en sus huesos, las costumbres malhadadas de aquél; las costumbres de la juventud de su pueblo; la miseria moral del poblado andino. Así llegó un día en que el diablo se apoderó del espíritu dulce i blando de Rosendo, al decir de tata i doña Adriana. I desde entonces no se le vió en parte alguna, aunque su charango vibrase igual que su voz aguardentosa, todas las noches en la poblacho.

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NOTAS: (1) AMA SUWA, AMA LLULLA, AMA KELLA, principios moralistas kheswas, que se traducen por: no robes, no mientas, no seas perezoso, respectivamente. Estos principios fueron las bases de la organización ético social del incanato, i según el autor de la apostilla, fueron los postulados fundamentales de la Pedagogía Social de Manko Kapak, a quien se le considera como el más grande educador de la América pre-colombina. (2) KESANAS, especie de junco reseco, que crece en los lagos i se le conoce con el nombre de totora, cuando fresca. (3) PESKE, potaje que se prepara a base de quinua, muy popular en los pueblos de Kollao. (4) TUNQUIPA, lugar situado en el lado occidental del lago Titi-kaka, famoso por la producción de ganado mular.

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LA ACTUACIÓN DE PAMPA JUEZ
Oscar Velásco Meza

Los niños crecen con rapidez asombrosa, captando en su mente todo lo que hay que asimilar en los medios educativos puestos a su alcance por padres y profesores en el hogar y en la escuela, dependiendo su evolución biosico-social, cabalmente, de esos medios externos, eficaces o ineficaces, buenos o malos, con que sus mentores le han rodeado; por tanto, es fácil colegir la situación por demás desventajas en que se encuentran los niños de las zonas rurales con respecto de los niños de ciudad. Los padres de familia del campo, dada su poca evolución, confían la educación de sus hijos a la escuela, creyendo, en esa forma traspasar a los profesores esa delicada responsabilidad. Cuando profesores desentendidos de la santa misión de guiar, no coordinan con sumo cuidado el impulso vital de los niños con el actuar de la Escuela, se produce una serie de disloques y entrecruzamientos psicológicos dentro de la personalidad infantil, siendo lo más común en la adolescencia lo que sigue: nace el descontento, se refleja el disconformismo, se trasluce el deseo de abandonar la escuela y de irse a otros medios mejores, incentivado este último por los relatos fantásticos que escuchan de la costa, de Toquepala, de Tacna, de Ilo, de Arequipa, todo lo cual impacta con facilidad en el voluble espíritu de los adolescentes, ya sean varones o mujeres (´ital-Yokallas, K´itaimillas). Las estadísticas de escuelas y colegios están informando de los retirados sin aviso de un crecido porcentaje de estudiantes, sin que las causas del éxodo sea estudiadas ni contenidas por nadie. Cuando los padres de familia han dado buenos principios, ejemplos constructivos a sus hijos, donde sea que vayan tienen que readaptarse en magnífica forma; pero, cuando les falta buena viada, buenos hábitos, esos muchachos inmaduros tiene que sufrir para rehacer su conducta o exponerse al fracaso. Guillermo era un mozalbete muy vivaz, de las cercanías de un pueblo que queda a la vera de una carretera bastante traficada; pertenecía a una familia de campo dedicados a sembríos de panllevar todo lo cual apenas abastecía para el consumo familiar. El pequeño lote de tierra, mantenían también unas ovejitas, chanchitos, gallinitas cuyas exiguas rentas no llegaban a cubrir los gastos familiares. Mientas padres quedaban en casa al cuidado de los animalitos, los niños tenían que trotar 6 kilómetros para llegar a la Escuela y en la tarde otros 6 kilómetros para regresar a casa; esto era de todos los días del año escolar y para todos los niños de esas áreas suburbanas. Tanto ir y venir y falto de manduque, Guillermo se había empalagado de los procedimientos de una Escuela de anticuados moldes y un buen día, con consentimiento de sus padres, alzó el vuelo y enrumbó hacia horizontes soñados. Después de dos años, regresó el pichón totalmente transformado: saludoso, bien trajeado, con ahorros en la cartera, portando utensilios

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domésticos para sus padres, chamullando un castellano usual, diestro en cuentas y con vacaciones; alegre, contento y con ansias de vivir una vida cada vez más superada, lo cual, como es de suponer, causó gran satisfacción a la familia. Familiares y vecindad, pues lo veían al yokalla convertido en un nuevo misti y lo más interesante desmintiendo lo que los chapetones decían de nuestra raza: indios brutos, indios burros. No, todo depende del medio ambiente y social en que se desarrollan los sujetos de cualquier color. En sucesivas y posteriores conversaciones familiares, animó a su hermano menor Juancho y a su padre Marcelo para que se aventuren a marcharse hacia la costa donde, dijo, se gana dinero y se mejora de posiciones, porque es otro mundo diferente al nuestro. El primero en irse en busca de mejor suerte fue Juancho quien, después de husmear con mucho tino, consiguió su “paga” en casa de una honorable familia y poco a poco se perfeccionó en todo sentido. Después de algún tiempo se fue el padre, dejando a su mujer con recomendaciones expresas para que cuide la casita, los animalitos, la chacrita. Marcelo, en las minas cayó de perla gracias a sus buenas disposiciones para el trabajo, su autodisciplina y su honestidad a toda prueba. Con los salarios que percibía compraba poco a poco todo lo que creía útil para su añorada casita, que lo tenía presente siempre, allá, detrás de los elevados nevados, cerca del bello Titicaca, en una explanada, recostada frente al Sol que emerge todas las mañanas. En las primeras vacaciones trajo muchas cosas y encontró su casita sin la menor novedad; compartió con sus parientes y amigos causándoles muy buena impresión. En las vacaciones del segundo año chocó con novedad y media pues, su mujer tenía en brazos un bebé de pocos meses, que ajustando cuentas, no era su sangre. Fue el momento más amargo de su vida, insoportable, no halló qué hacer, sudor frío le vino por el estado anímico que lo embargaba, se le trabó la lengua, sin embargo, sacó fuerzas de donde pudo, con voz sonora y retumbante, con los puños cerrados y con furia de energúmeno, le gritó exasperado: —De quién es esa wawa!! ...De quién es esa wawa!!... Después de un trágico silencio, llorando a mares y con voz temblorosa la mujer se abalanzó a los pies del marido se hincó con los brazos abiertos y balbuceó: —Es de mi, tata. Perdóname, perdóname y prosiguió: —Tu tienes la culpa tata. Para qué me dejas. Para qué abandonas tu casa. Que vale el dinero tata. Tú tienes la culpa. Los ojos de Marcelo chispeaban como Satanás y sus labios querían gritar…!!! Pero el llanto de la mujer era de muy adentro, del hondo del alma y seguía diciendo:

—Nosotras las mujeres somos débiles, cualquier truhán usa sus fuerzas, nos domina y comete animalidades. —Nosotras las mujeres somos como la tierra fértil, cualquier gémula se convierte en vida. Perdona tata. Dios sabe perdonar hasta a sus enemigos. —Esta criatura no tiene la culpa. Perdona tata. Las madres no podemos botar a los hijos porque es parte de nuestra vida. Así lo hizo Dios. Perdona tata… Y siguió llorando con voz lánguida, llena de verdad que lastimaba las fibras más hondas del corazón. Marcelo, al oír las declaraciones por demás sinceras de las compañera de su vida, se enfrió como por encanto, entró en razón, cambió de tono y actitud y siguió preguntando en tono sosegado sobre los pormenores del percance, lo que fueron satisfechos con respuestas más íntimas y ciertas. En los días siguientes Marcelo buscó la soledad de las laderas, el vientecillo de los escarpados y continuó cavilando dentro de sí sobre muchos aspectos del mismo tema: Lágrimas sin mañosería. Mujer débil. Wawa no tiene la culpa. Honor antes que las monedas. Qué dirán los hijos. Qué dirán las gentes. La tierra fértil; las mujeres fecundas, las bestias con mayores fuerzas e instintos desenfrenados. No es el primer caso ni será el último en el mundo… y así, continuó dialogando consigo mismo, repitiendo mentalmente casi las mismas frases, momento tras momento, por varios días. —Con que Cipriano era el perverso que había dañado la dignidad de mi casa, de mi familia, de nuestra comunidad toda, donde los amautas enseñaron desde gentiles tiempos el respeto a todo lo que nos rodea, a no robar, a no mentir, a trabajar honestamente sopena de ser vistos y castigados por el padre Sol, fuente de luz y vida. —Con que Cipriano… viviendo cerca del pueblo, teniendo rose con mistis y haber frecuentado escuela, no sabe manejarse como gente… —Qué hago… —Si uso la fuerza para castigar al infame, capaz caigo en peores desgracias. Si me quejo, nada consigo. Pierdo tiempo, pierdo plata, los pleitos se alargan y se multiplican por obra y gracia de los justicieros y en fin de cuentas, capaz el malhechor, sale triunfante a fuerza de paga. Por la plata baila el perro, por el oro dueños y todo. —Mejor será que concurra donde tata Bonifacio, es un hombre de mi raza, aquel que tiene ascendencia en la comunidad, que posee autoridad moral, que es modelo de compostura. Mientras la mujer entristecida realizaba los quehaceres domésticos, Marcelo se fue a visitar a Bonifacio entablándose entre ambos una amigable y respetuosa conversación. Llegando el preciso momento, relató su drama con sal y pimienta y después de tocan algo sobre las autoridades, finalizó rogándole que él tendrá que ver y

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solucionar el asunto en la mejor forma, como suele hacerle siempre. —Efectivamente, Bonifacio en tertulia confidente con Cipriano, le arrancó la declaración sin intervención de lápiz, papel ni testigos, en el sentido de que todo era cierto, que él es el culpable de todo y que pide disculpas a los damnificados. —Bonifacio, con la prestancia que lo caracteriza se portó como un verdadero juez moralista y al final de su convincente perorata, con argumentos aymaras bien expresados, lo citó a su casa, indicándole día y momento, a fin de tener un diálogo con los agraviados. Y así fue. En la casa de Pampa Juez, a la luz mortecina de un mechero se reunieron agresor y agraviados en torno de tata Bonifacio. Éste tomó la palabra rompiendo el silencio. —Ante de todo, pidamos licencia y perdón a Dios para poder actuar. —Se pasaron todos con la vista dirigida al levante e hicieron sendas venias a un mismo tiempo; lo propio hicieron dirigiéndose las miradas hacia el poniente y dieron fin a la ceremonia arrodillándose para besar la tierra que pisaban. Luego, por indicación de Pampa-Juez, poniéndose las manos sobre los hombro, se perdonaron mutuamente musitando palabras de congratulación. Enseguida, PampaJuez con solemnidad de patriarca, dijo: -Estamos ya en poder de Dios. Hablen claro, lo que es cierto, con la claridad de los rayos del sol, con la bondad de su calor, vivificante, como humanos, que hemos de morir. Por indicación de Pampa Juez, la mujer narró su tragedia haciendo cargos contra Cipriano. Marcelo delató que la fidelidad de su mujer había sido mellada por Cipriano mientras se había ausentado de su casa en pos de ganancias, jornales que no se conocen por acá. Cipriano, humildemente, pidió nuevos perdones y aceptó todos los cargos formulados contra él, sintiéndose culpable de todo. No hubo gestos ofensivos, palabras hirientes ni actitudes dependencia. Pampa –Juez, como un verdadero P´ekeña para finalizar, dijo: —Todos hemos implorado perdón desde lo más hondo de nuestro ser. Estamos perdonados. Mediante el perdón reconocemos nuestras faltas y prometemos al mismo tiempo no volverlas a cometer. Todos somos falibles; así nos creó Dios. Eso mismo nos enseñan los mistis en las escuelas y en las iglesias. Prometen no recordar más estos pasajes sombríos. Hagan de cuenta que no ha sucedido nada. No guarden

rencor para nadie. Dupliquen el respeto que nos debemos unos a otros… Y tú, Cipriano, no caigas en nuevas tentaciones. Nunca. Y tú, mamá, sé fuerte, no cedas a los impulsos carnales, sé fiel a tu marido que Dios te destinó. Mira las Quitulas de nuestras arboledas, ellos son dos y nada más; no pueden cohabitar con otras de su especie. Pampa-Juez, siempre con las razones a flor de labios como para finalizar la reunión, dijo: —Ahora bien. Tú, Cipriano, cómo vas a reparar el daño moral causado a esta familia?... Te estoy preguntando, Cipriano, en qué forma vas a pagar tu falta, tu gran falta. Esto no es cuestión de conformarse con abrazos y perdones. —Tú nos más dirás, tata. A eso respondió Bonifacio: —Nos hemos perdonado para evitar líos judiciales y para no esta en mal con Dios y entre nosotros. Pero, tiene que comprender, este niño que no tiene culpa de haber nacido, tiene que crecer, saber comer, necesita vestirse, tendrá necesidad de educarse, cómo vas afrontar esta situación? —Tata, estoy listo a pagar una fuerte multa, por una sola vez. —No, no. La plata es parte de los demonios. Yo te insinúo, como que estoy deslindando este asunto, que entregues tres vacas; esos animalitos serán útiles y servirán al niño hasta donde sea necesario. Piénsalo y dí. —Está bien tata, daré las tres vacas. Mirando a la contraparte y adivinando sus interiores por el reflejo en los semblantes, dijo, con palabras sueltas: —Aceptado. Aquí, no firmamos papeles. Tu palabra y la mía son suficientes con testigos de Dios que nos esta oyendo. Dirigiéndose a la contraparte, Uds. Deben estar conformes; más no se puede; hay que ser equitativos. Así es que hemos terminado el arreglo. Agradezco que hayan confiado este delicado asunto en mi persona. Sellemos con otros abrazos de verdad y amistad. Se despidieron delante del mechero y salieron hacia sus casas en la claridad de la luna. En días posteriores las terneras llegaron una tras otras a manos de Pampa-Juez de donde pasaron a los corrales de Marcelo a suavizar los sinsabores de la familia. La figura y capacidad de Bonifacio se hizo más grande y respetada en la comunidad con las gracias de los actores y con el reconocimiento de los comuneros.

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SANTUSA
Ruben Ponce Alvarez

Estaba sentado, como de costumbre, en una pequeña loma, al borde del sendero que atraviesa, de oriente a occidente, la ribera septentrional de la bahía de Puno, en las proximidades del bosquecillo de eucaliptos de la Quinta Valderrama, concentrado en una información relativa a los hallazgos arqueológicos de Julio C. Tello, cuando una voz femenina que quebró mi concentración y el silencio del ambiente. —¡Señor!... ¡Señor!... —No presté atención, a mis 16 años nadie me daba ese tratamiento. —¡Señor! —Insistió la voz. Levanté la mirada, a poca distancia, delante de mí, estaba parada una auténtica beldad del Titicaca, con sendas cantarillas repletas de leche en las manos. —Señor, ¿podría usted decirme dónde queda la calle Lima? —Preguntó con cantarina entonación. Jamás se me hubiera ocurrido que una joven lecherita, quechuahablante de las muchas que transitaban por ese sendero llevando leche a la ciudad, se acercara en forma tan audaz, y me dirigiera la palabra en español bien pronunciado. Me levanté para responderle, y quedé atrapado en las redes de su exótica belleza. Era una doncella de mi edad, tal vez un poco menor. La tersa piel de su broncíneo rostro estaba coloreada con el arrebol de la flor del sancayo. Ese matiz le daba un encanto irresistible a sus mejillas. En sus bellos ojos negros fulguraba el brillo de su inocencia, a pesar del aire socarrón de su inteligente mirada y el rictus sardónico de sus labios carmesí. Vestía el traje típico del norte de la bahía: sombrero hongo, pullo, blusa labrada, pollera de bayeta, quepiña en bandolera y calzada con ojotas. Alta, la copa de su tonguito me llegaba a la frente. —Bue… bueno… Pues —tartamudeé—. ¿Conoces el templo de San Juan? —Sí. —El templo está en la calle Lima. —Guardó silencio, su mirada horadó mis ojos evaluando la información. —¡Ah! … ¡Ya!... Me agradeció con un mohín de coquetería, y corrió para alcanzar a sus compañeritas que se alejaban con el pasito trotón de las lecheritas puneñas procedentes de Chincheros y de Huerta Huaraya. —¡¿Cómo te llamas?! —Alcancé a preguntarle, antes de perderla de vista. —¡Santusa! —¡Yo me llamo Javier! —Se dio por enterada, y me obsequió una sonrisa. Desde aquel día, algo desconocido me impulsaba a esperar en el sendero de la bahía. Las lecheritas aparecían puntuales. Santusa se detenía, posaba sus cantarillas en el suelo, levantaba las manos saludándome. Yo, de pie, correspondía el esperado saludo, e intercambiábamos sonrisas rebosantes de inocencia adolescente. Recuperaba sus cantarillas y se unía a sus amiguitas; quienes la recibían entre bromas y risas; señal de que compartían un secreto. En ese talante seguían su camino hacia la ciudad.

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Una mañana me quedé absorto leyendo un sugestivo capítulo y me olvidé de los saludos. —Javier… ¿Qué lees? —Santusa estaba parada frente a mí demandando una explicación. Sus cantarillas y sus amigas la esperaban en el sendero. Mis ojos recorrieron sus ojotas, sus pantorrillas y su pollerita verde mientras me ponía de pie. —“El resumen del estudio de la Historia” de Toynbee. —Respondí, afligido, y le alcancé el libro. Lo hojeó. —Ah... debe ser muy interesante —comentó con el disgusto a flor de piel. Me lo devolvió, y dio media vuelta. —¡Espera! —En un impulso inesperado le ofrecí el libro como un presente para reparar mi falta. Escribí una dedicatoria: “Un recuerdo para Santusa, de Javier. Puno, a tantos de tantos…”. —Gracias, trataré de entenderlo, será mi tesoro más valioso. —Susurró, después de leer la dedicatoria. Me miró de hito en hito y sus ojos brillaron en el génesis de una lágrima contagiosa, porque humedecieron los míos con el mensaje de su profunda ternura; su mano izquierda atesoró el libro sobre su corazón. Desprendió la cantuta que adornaba el cintillo de su sombrerito, la besó y me la entregó. Posó su mano en mi hombro, póstumo gesto de amor que jamás olvidé. —¡Adiós! —Se despidió con voz entristecida. Ella, en ese momento, intuyó la separación definitiva. Se alejó con paso cansino, sin su trotecito acostumbrado, agobiada por el peso de su dolorosa presunción. Volvió la mirada y me envolvió entre sus lágrimas. La vi partir. Mi alma se llenó de silencios, guardando: su belleza, su voz, su mirada, su sonrisa y su tristeza en el cofre de mis recuerdos para siempre. De vuelta en casa, obedecí la decisión de mis padres: preparar mi viaje a Lima para iniciar estudios superiores. Al

día siguiente partí. Santusa presintió mi ausencia, por eso sus bellos ojos derramaron lágrimas a raudales aquella brillante mañana. La imagen de mi bella lecherita viajaba conmigo, porque cerca de mi corazón guardaba su cantuta. Muchos años después, cuando la escarcha comenzaba a pintar mis sienes, retorné a Puno para regularizar documentos de mi herencia. Terminada la gestión, en la víspera de mi viaje de retorno, Gonzalo, mi abogado y ex condiscípulo, en el Colegio San Carlos, vino a casa con una novedad: —Mañana, en el paraninfo de la Universidad, una destacada catedrática de Historia, procedente de la Universidad San Andrés de La Paz, dictará una conferencia sobre el “Análisis comparativo de la Historia de Occidente según Spengler y Toynbee”. El tema te interesa, porque está en tu campo. —Postergué mi viaje—. Vendré a buscarte a las once de la mañana. La disertación fue brillante y erudita, me agradó y quise conocer a la profesora. —Vamos, te la presentaré. —Doctora Santos, le presento a mi amigo Jav… —¿Santusa?... ¡¡SANTUSA!!.. —¡¡JAVIER!!... Sabía que algún día volverías. —Reconocí el libro de tapas desgastadas que portaba en las manos. Un arrobador abrazo reavivó la llama de nuestro adolescente idilio de saludos y sonrisas. Tomados de la mano salimos del recinto buscando el bosque de eucaliptos y el sendero donde nos conocimos. No estaban, fueron arrasados por el tiempo. De mis joyas juveniles extraje la cantuta que ella me obsequió y que yo atesoré, la guardamos en el libro y prometimos seguir juntos para siempre. Pusimos de testigo el envolvente turquí del paisaje lacustre que cobijó nuestro romance.

EL CUENTO, LA TRADICIÓN Y EL RELATO

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