Mariana Arriaga Armendáriz Olivier Debroise

“Vivió con pasión hasta el último momento” -Enrique Serrano

La muerte le llegó a Olivier en un momento inesperado, a sus tan sólo 56 años de edad. Era un hombre creador, interesado por el mundo del arte en todas sus modalidades y se hallaba en un periodo fértil de su vida, cuado la experiencia acumulada en la vida se transforma en obra. Por eso la sorpresa de su muerte. Uno no debe morir cuando toda la potencia creativa empieza a desplegarse. Cuando la sabiduría y el conocimiento se plasman en libros, artículos, películas.

Olivier nació en Jerusalén, era ciudadano francés y terminó convertido en un ciudadano de México. Olivier fue muchas cosas: curador, crítico de arte, historiador, novelista, director de cine, fotógrafo, provocador por vocación. Todo ello parecía encaminado a rescatar un sentido renacentista de la vida: experimentarlo todo, conocerlo todo, saborearlo todo, expresarlo todo. No fue un hombre que se dedicó a “contemplar” el arte, como lo hacen muchos críticos, sino a transformarlo. Para él criticar arte era tan importante como hacerlo.

Olivier se obsesionó con la historia del arte en México, tan fue así que sus novelas trataban de develar el impulso secreto de los grandes creadores

mexicanos. Tomando en cuenta la historia, Olivier escribía relatos que permitían asomarnos a los resortes, abismos y cimas de la creación artística. Pareciera que para Olivier un artista no es un ser autónomo, un genio salido de la nada, sino un ser que pertenece a una época, a una sensibilidad nacional y social, a un quehacer de contemporáneos.

Así Olivier exploró la obra de los muralistas, pintores, fotógrafos: de los artistas mexicanos, y no sólo se dedicó a diseccionarla como crítico, sino que intentó plasmarla en palabras. Sus novelas son actos de creación que explican actos de creación que a su vez explican actos de creación. El poder de la creación repitiéndose en círculos cada vez más amplios y dispersos. Olivier descubre así los límites de la crítica del arte: no basta tratar de explicarla en ensayos o artículos, sino tratar de expresarla a través del intenso lente de la ficción. Porque en la ficción es posible comprender mejor las sutiles contradicciones de la condición humana.

Y así para Olivier, la crítica de arte no puede ser algo inane. Tiene que ir mucho más allá de la simple opinión. El arte es movimiento, profundidad, verticalidad y horizontalidad. Un crítico no debe restringir su análisis sometido a los parangones de la estética, sino expandirla hacia el mundo conflictivo y peligroso de la ética. Es la ética del arte la que termina por hacerlo importante. Es la vida que se expresa en el arte la que conmueve a quien mira un cuadro. No las formas. Las formas desprovistas de contenido mueren de desnutrición. La expresión sin forma se desvanece en un chacoteo sin rigor. Es necesario empalmar este mundo ético del artista con su expresión

meramente formal. Entender los secretos de esta unión es la clave de la gran crítica. Decir si una obra es buena o mala es un acto limitado. Es más importante dilucidar cuales son los misterios que empujan a esta obra y no a otra. Que lleva a un artista a elegir un tema, un color, una textura, un volumen, un problema. A elegir la muerte o la derrota o la victoria o la vida.

Contra la muerte, decía Borges, se halla la pasión. La pasión afirma la vida, le da a la existencia un peso, una gravedad. La pasión orienta a los individuos. Es un camino original y propio. La pasión no permite la repetición. Y menos cuando se trata de una obra. Olivier creó una obra apasionada y se apasionó por los apasionados. Su vida era una obra de pasión. Estudió a aquellos artistas que siguen un camino propio, que se rebelan, que luchan por tener una visión original. Aquellos que dejan sus huellas digitales por doquier. Cuya obra es tan personal que nadie más podría hacerla.

Por eso la pasión de Olivier. Peleó contra lo que lo condicionaba. Su nacionalidad, su sexualidad, su lugar de origen. No se dedicó a ser francés, sino ciudadano del mundo. No aceptó su heterosexualidad, decidió ser homosexual. No quiso ser encasillado en una sola de las artes. Decidió explorar varias. No aceptó ser catalogado, confrontó a aquello que lo determinaba y decidió determinarse por si mismo. Es por eso que seduce su figura, su persona, su obra. Es por eso que Olivier Debroise sigue ahora entre nosotros. Generando ideas y contenidos y discusiones aún desde su muerte. Y todo ello confirma que el arte, cuando es apasionado y de verdad, es una afirmación de la vida.

Olivier murió en el intento. Es tarea ahora de sus amigos los críticos que arrojen luz sobre su vida, que recojan sus esfuerzos renacentistas por ser un hombre múltiple y no catalogado en una sola área. Por eso la importancia de su archivo. Saber como se llega a sus conclusiones. Saber el método interno que lo condujo a entender por que un artista llega a elegir este o aquel color, o saber cuales fueron las motivaciones hondas de un hombre como Olivier Debroise.  

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