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MELILLA HOY

Historia

LA VOZ

10 de julio de 2011

Rif,
Carlos Aitor Yuste Arija yuste.aitor@gmail.com El día 27 de septiembre, mientras continuaban las operaciones en torno a la población de Zeluán y su recinto fortificado, fue dada a las tropas que estaban encargadas de la defensa de Melilla la orden de efectuar un reconocimiento de las laderas del Gurugú. Era algo esperado: la progresiva concentración de divisiones españolas, el empleo de globos aerostáticos para mejorar la puntería de la artillería –con notables resultados- y la maniobra envolvente sobre el reducto montañoso de los rifeños había mermado su moral. Además, se sabía con certeza que muchos de ellos estaban ya abandonando sus posiciones para no acabar atrapados en aquella trampa. Aún así, el recuerdo del daño que desde las alturas del Gurugú habían hecho semanas atrás estaba todavía muy vivo en la mente de los que acometieron aquella operación de reconocimiento: al alegre arrojo de los primeros días que tantas vidas había costado entre la tropa y los mandos le sustituyó una prudente cautela. La dirección era la misma de entonces, pero ahora cada paso era meditado para evitar no caer una vez más en la misma trampa. En pocas horas quedó claro que el camino estaba ya abierto. Así mismo, esta misión había servido también para localizar los cadáveres de sus compañeros muertos los días 23 y 27 de julio. Tras regresar e informar, al día siguiente, el gobernador de Melilla, el general Arizón, entró en el Barranco del Lobo acompañado por un pelotón de caballería y tres compañías de cazadores. Una vez allí, hizo recoger los restos de los allí caídos, para, al día siguiente, seguir camino hacia las cumbres. Aún unos cuantos enemigos ofrecieron resistencia, pero ésta duró poco. Por fin, tras meses de lucha cuerpo a cuerpo en toda la región caía la cumbre de Ait Aixa, y con ella todas las demás cercanas. Y, con ella también, el secreto de la buena organización de los rifeños: desde ella, desde allí arriba, se podía controlar con detalle todas las actuaciones españolas, sabiendo con anticipación dónde habían de colocarse los defensores para frenar o golpear a los atacantes por muy potente que fuera su

el sueño roto
acabase allí. Sin embargo, y aunque la pérdida de su refugio en el Gurugú supuso un duro golpe a la moral de los rifeños, aún no significó su rendición. En seguida llegaron a Melilla noticias sobre la presencia esfuerzo cada kilómetro avanzado. Cuando finalmente llegaron a las alturas sitas en las inmediaciones de su objetivo, un reconocimiento de la zona efectuado por la caballería de Cavalcanti demostró que el enemigo era fuerte y estaba bien desplegado a lo largo de una extensa línea. Tal vez podían haber tratado de romperla, pero el general Tovar, al mando de las operaciones, vio que aquello podía terminar en una catástrofe si llegaban a ser envueltos por los rebeldes, por lo que solicitó refuerzos, a la vez que pedía autorización para replegarse. Si bien en ambos puntos se le dio visto bueno, los rifeños, en cuanto vieron la jugada se lanzaron una vez más al ataque, provocando serios problemas a las tropas que se retiraban y a las que, mezcladas entre éstas, llegaban a reforzarlas. Más si cabe cuando tomaron las alturas que los españoles iban abandonando, desde donde abrieron fuego cerrado. Una vez más la misma historia se repetía en esta guerra, y una vez, el heroísmo de unos pocos salvaba la vida de decenas de sus compañeros. En esta ocasión iba a ser el turno de la batería de montaña del capitán Hernández Herce, quien a pesar de que había quedado aislada en primera línea y a que se le estaban agotando las municiones, continuó haciendo fuego contra los rifeños en espera a que les llegase la orden de retirada del general Díez Vicario. Una orden que no llegaba, pese a que era evidente que su posición había quedado ya expuesta completamente al enemigo, puesto que dicho general había sido mortalmente herido en el pecho poco antes. Finalmente hubo de ser el coronel Garrido el que se presentase en persona a dar la orden, que obviamente Hernández Herce dio por buena. Sin embargo, y para asombro de todos y pese al tiempo que habían perdido –o ganado para sus compañeros, según se quiera ver-, tuvo tal sangre fría para dar las órdenes pertinentes y se hizo todo con tal presteza que abandonaron su posición sin perder un solo hombre, pese a las acometidas del enemigo. Aún así, una vez más quedaban pese a todo numerosos soldados y mandos muertos tras un ataque mal planificado y la consiguiente contraofensiva rifeña: un

La amarga victoria
ofensiva. Así como por dónde habría de escapar si venían muy mal dadas. No podían pedir otra cosa tan excelentes guerreros que contar además con la ventaja de combatir en altura y conociendo los movimientos de su enemigo.

De la alegría al pesimismo En todo caso, y pese a las cosas que se habían hecho mal, la toma de las alturas del Gurugú fue celebrada por todos en la Península. Los que habían promovido y apoyado la guerra porque veían en esta operación el final de la misma y el consiguiente reinicio de sus actividades y sueños, los militares porque por fin lavaban su orgullo herido, y los más, la gente de la calle, la que no había visto con buenos ojos el inicio de las operaciones y menos aún que éstas se desarrollaran con reservistas y no con tropas experimentadas, porque esperaban que ahora regresasen los soldados y todo

de una nutrida jarca de rebeldes en las inmediaciones de Zeluan presta para reconquistar la plaza. Marina no dudó un momento: por una parte ordenó reforzar las posiciones más avanzadas para evitar que cayesen en manos de éstos y, por otra, reconocer la zona en la que se había avistado a la jarca, las altura de Beni Bu Ifrur. Siguiendo esta segunda orden, el día 30 se dirigió a Zoco el-Jemis dos brigadas de cazadores, seguidas a corta distancia por otra más encargada de protegerlas. Una vez más, al poco de partir, eran ya hostigadas por los rifeños, obligando a los españoles a ganarse con

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general -el citado Díez Vicario-, tres oficiales y treinta y seis soldados. Eso sin contar a los casi trescientos heridos de diversa consideración, ocho de los cuales morirían durante el duro traslado que siguió a la batalla. Madrid y otras ciudades recibieron engalanadas estas últimas noticias, pues así había ordenado el Gobierno que estuvieran para celebrar la toma del Gurugú. De nuevo el pesimismo se apoderó de la ciudadanía. Aquella conflgración era mucho más dura de lo que les habían dicho que iba a serlo. Y nada parecía indicar que fuese a cambiar mucho en breve. Para colmo, aquella última batalla había tenido lugar en la zona minera que esperaban explotar los grandes capitales a los que se acusaba de fomentar esta guerra, lo que agravaba aún más los ánimos populares. Hacia la paz momentánea Tras este descalabro, y aunque aún llegaron nuevos refuerzos, nadie dio ordenes para nuevos avances durante los siguientes días, limitándose a permitir tan solo operaciones de reconocimiento. Era claro que el objetivo de una futura ofensiva habría de ser de nuevo Beni Bu Ifrur, pero nadie se atrevía a dar la orden, estando como estaban de caldeados los ánimos en la Península. Finalmente, y pese a varios contratiempos climáticos y al cambio de Gobierno, las operaciones se reanudaron a primeros de octubre, primando en ellas la cautela sobre la consecución de los objetivos, y haciendo uso, cuando fue posible, de globos aerostáticos que informaban de los movimientos rebeldes, facilitando enormemente el avance. Y aunque no tanto como para no evitar nuevas bajas entre mandos y tropas, sí lo suficiente como para minimizar mucho el número de las mismas. Poco a poco en las semanas de octubre y noviembre fueron cayendo las plazas de la vertiente sur del Gurugú, así como algunas alturas que ya habían sido tomadas antes pero luego abandonadas. Estas victorias provocaron la lenta sumisión de los caídes locales, sin cuyo concurso iba mermando notablemente el número de rebeldes. Todo ello llevó a que, por fin, a finales de ese año, el Gobierno diese por finalizadas las operaciones y ordenase el retorno escalonado de las tropas a la Península. Entre los caídos en acción y los que habían muerto después camino de o en los mismos hospitales, casi medio millar de españoles habían perdido su vida en aquellas tierras. Más de mil, además, habían resultado heridos. En todo caso, se anunciaba, la guerra había sido ganada, como ganada había quedado la fidelidad de las cabilas locales. Las obras del ferrocarril que habían provocado su ira podían reiniciarse, así como la labor de España en esas tierras. El sueño español en el Rif, aunque fuese tal vez el de solo unos pocos, podía comenzar a gestarse. Epílogo en dolor y sangre Sin embargo, unas pocas semanas después un buque de la Armada sorprendía costeando el litoral rifeño a un velero holandés. En su interior se encontró una enorme cantidad de fusiles y municiones. Gran parte de la carga ya había sido desembarcada en diversos puntos de la

costa. Aún faltaban meses hasta que se formalizase el Protectorado sobre esa área y España estaba ya metida en una guerra intermitente y terriblemente dura. El sueño de Rif era un sueño roto antes aún de empezar. Los años demostraron que si fue algo, fue una pesadilla. Un conflicto sin parangón en ninguna otra de las regiones de la tierra que fueron sometidas a protectorado

o colonia, que costó no solo una gigantesca cantidad de muertos y heridos a ambos bandos –en realidad, las cifras de muertos de 1911 eran comparables que las que podían producirse en tan solo unas horas del conflicto mundial que empezaría tres años después-, sino un enorme cambio en la forma de pensar y ser de toda una nación. De la España que entró en el Rif a principios de 1900 a la España que aban-

donaría esas tierras a mediados de los cincuenta, dista mucho más que unas pocas décadas. De la España de hoy a la de aquellos que entonces lucharon, dista un mundo, un todo. Sin embargo, queramos o no, su huella, la herencia de sufrimiento y valor que imprimió a varias generaciones de españoles está ahí, oculta tal vez, pero presente.

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