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7f Sección: Literatu¡a

JoséMiguel Oviedo: Breve historia del ensayohispanoamericano

Libro de Bolsiüo AhanzaEditorial Madrid

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EI fuicio es instrumento para todos los temas y en todo se mete. M¡cnpr, np Mor.¡r¡rcNe

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@ JoséMiguel Oviedo, 1990 ñ\ Alianza Edito¡ial, S. 4., Madrid, v

1991 Calle Milán, 38; 28043Madrid; teléf. 200 00 45 I.S.B.N.: 84-206¡0509-) Depósito legal: M. 2.6L5-199L Papel fabricado por Sniace,S. A. Impreso en FernándezCiudad, S. L. Catalina Suárez,19. 28007 Madrid Printed in Spain

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Advertencia

Este libro no intenta hacer la historia del ensayohispanoamericano ofreciendo un catálogo general de autores y obras,sino concentrarseen susmanifestacione¡más signitlcativas, insólitas u olvidadas precisamentepor otras historias. Quiere presentar la porción más viva del ensayode aver v hoy, no la suma total del proceso, aunque hace numerosasreferenciasa é1.Supone un punto de vista personal -tan discutible como cualquie¡ e¿¡s- que se funda en una revisión crítica de textos del pasado y del presente, oo en su registro pasivo o indiferente; en vez de hacer un recuento horizontal de ese proceso histórico, intenta un corte vertical que permita recomponedo a través de sus líneasmaestras, giros radicales,las múltiples direcciones sus de su innovación. Es un juicio, realizado desde la innegable perspectiva de la actualidad, sobre lo que el género ha aportado a nuestra literatura y a la conciencia de ser nosot¡os mismos. Este libro, pues, trata de señalaral lector lo que permanece, lo que ciertos textos dijeron en su momen-

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to y lo que dicen ahora,lo que desaparece que surgeen r-1o el horizonte. En esesentido, es tanto historia como ensayo -cuyo doble tema es, irónicamente, la hisroria r el ensayo. Por esasmismas razones,en el presentetrabajo se ha intentado reducir ai mínimo el aparatoctírico de notas y citas. Las referenciasa obras y trabaioscríticos incorporadas al texto están ab¡eviadas;en la bibliografía general que va al final del libro fi,gora la info¡mación completa para el lector interesado.En el texto sólo aparece,entre paréntesis, el nombre del autor, el año correspondiente a la obra citada y la pá,gina; dos o más obras de un autor apareciesi ron el mismo año, se el título, también abreviado. ^greg

Introducción Naturalezay orígenesde un género

Quren intenta trazar la historia del ensayohispanoamericano enfrenta una dificultad mayor que en el caso de la novela o la poesía.Aunque las definiciones de estosúltimos géneros diñeran mucho de autor a alJtor, todos tenemos una idea o intuición suficientementenítida de lo que es una obra de ficción o de las formas propias del lenguaje poético. Por lo menos no confundimos la prosa con el verenso, ni una novela con una elegía:pesea los ocasionales trecruzamientos (ahora más frecuentés que antes), los límites son reconocibles.El ensayo,aunque definible, parece no tener límiies. Género camaleónico, tiende a adoptar la forma que le convenga, lo que es otro modo de decir que no se ciñe a una forma establecida. Réda Bensmaiadeclara que el ensayo es (an atopic genre or, more precisely, an eccentric (Bensmaia,7987,p.96). Uno estátentadode ono zFumar que el ensayo no sigue reglas comunes: cada ensavo establece las suyas en cuanto a intención, contenido, lenguaie, enfoque, alcances,extensión, etc. El valor intrín-

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Breve historia del ensayo hispanoamertcano

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sortear seco del ensayo Parece estar en esa habilidad Para existe Para las pautas y."tttittot establecidos; en realidad ,to"rr t PersPectivas, incluso si el tema es p"r" "bri, "roi y trillado. vieio que Pensamos en el ensayo como género' soéi.-pt" mos coisciettt.t ¿. que Pertenece a una especial categoría la de la cuya especificidad ret¿rña no es tan precisa como por esencia,un híbrido o' I ficti¿n o la poesía: el ensayo es' t."*" ái¡" Árorrro Reyes ton m7s gra5i-1,el <centauro de los génerou' El ensayó no sólo es un delicado compromi,o á,.. el análisis y la intuición' entre el lenguaje expositiy la pervo y el metafórico, éntre el conocimiento obietivo que es tan diverso como diversas son .apalOt íntima, sino velas'disciplina, úo-"tt"t, ninguna le-es aiena y muchas ensayos qie funden más de una en el ces encontiamos esfuerzo reflexivo. Sos ttmas más frecuentes son la las -ir*o literatura, la filosofía, la historia, el arte y, en general' técnila ciencias humanas, pero también las matemáticas' natural. Y aun hay ensayos autorreferentes' ca o la vida nomcuyo tema es el ensayo mismo' Llamamos con igrral ser lei brá a todos, aunque obviamente no todos pueden cada dos de la misma manera ni por las mismas personas: o adiestrauno exige una diferente clase de adaptación conomiento áel lector, pues diferente es la nafr¡ralezadel brinda' cimiento y el placer intelectual que nos para Esta peculiaridad del género Pres€ntaun problema ensayo, ¿cómo estasu histoiiador: si todo cabe dentro del estudiar? blecer un criterio claro respecto del campo Por referirse a En una historia como ésta, por eiemplo, ¿cabria Las ensayoscuyo tema puede ser la música o la medicina? ciencias sociales, tal como se practican en la actualidad' trapresentan un caso difícil de resolver, Porque algunos los rasgos propios del ensayo' L^jos en este camPo tienen mientras otros son exposiciones sumamente especializadas una que nada o poco tienen que v€rcon ese.género'Al leer la medicina, difícilmente Pensamos óbra sob." ñistoria de

el tema' como en un ensayo,pero algunoslibros qrretratan hoocault' son' sin duda' i;;;;t ¡t Litiit(1961¡de Michel el ensayo .rráyor. Un eiemplo famoso de cómo ;;;.t tt-"' es I'a aiedesabeilhs ümítt' i" ffi;;.*;.á-;ios "t ha M"ttt'li"ck' cuyo valo¡ literario idñ"iJúñt Hay obras generaciones. li¿o á.orr".ido durante varias aunque que no to y históricasque son ensayos otras ::^t' mismos épocay los traten la -Pelsona'es'todo dtpen- ]' -it-" Esternismohechoináica algo:en tftt"'yo Es decir' los marcosde una-': d. d.l ;;i"q"e, no del tema' de contenido' sino no historia del ensayo sontemáticosni de p"t r" presencia ciertos element:s^]lil;;;d"t que ver con el modo en que un escÍlque trenen trínsecos sea:dondeaquétor piensaun asurlto'tualquiera que éste tendreÁo' tttt Lttt^yo'.¿Esposibleestallos seencuentren, tltt""tos? Inhnitamente variado blecer cuálesson ",o' no estan ..rr"yo tiene una forma que'-aunsi ;;;; ; "l h áe otro' géneros'.es todo casoreconocien ;;;iJ;;*" as-d de enla intmoiacióno inqtisición cualquier il;;;J;;.

pr3*tt-? p.lt" a. h realidadq: lo imaginado' liili: "

^dopo,":-:,r::-,:lH;;'*,:",:1"#,if ilT:"t#l;3i:: su <Puestaa PrueDa) sobre las
t""secuencia décisiva Esta función ti.ne "n" t*"min": la forma del ensayo está realidades y temas qot las otras formas (includada por Ia contradicción de todas se interroga a ú mismo)' cuestt ensavo ;;j;;ñ;;po.t y les da nueva vida' Por eso' las io""l""i.tl"á iue "nriqoece fiel a su tema' no está liel ensayista,aunque '" -'""t""9 Jxcede a-cadtmomento' Al lo mitado por él y." '""ti¿¿ abre fronteras y niega las ^ r" J.tá"d *lti"í* "tt^ulecida' Por esencia' d t1I iormas sacralizadasdel conocimiento' con alguna.frecuen-. I antidogmático, asistemático y ;;;;;t

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1,4 JoséMiguel C)viedo
Breve historia del ensayo hispanoamericano

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Hay que distinguir al ensayo de otras formas que son una especiede parientes cercanos: la filosofía, la crítica o el estudio erudito que generalmente se practica en el mun¡rdo de especialistasy académicos. Como ellos, el ensayo es "i una reflexión original sobre un tema, un discurso que trai.ta, organizaday rucionalmente, de elucidar aquello que es,tudia. Todos ellos son expresionesdel lenguaje del conoci"' miento y Ia ciencia. Pero la gran diferencia es que en el eni sayo eselenguaje es un reflejo vivo de la persona que pieni sa, analiza y descubre es un lenguaje iryutary reconocíble i como tal, pues no ha renunciado a la subjetividad y aun a i los vuelos imprevisibles de la fantasía. Es lícito llámar al i....ensayo (prosa de ideau (para distinguido de la ficción), pero sin olvidar que.esas ideas suelen transfigurarse en imágenes, visiones, vivencias. Puede hacer filosofía, pero filosofía imaginativa, creadora. Theodor Adorno afuma que <escribeensayísticamenteel que compone experimentando, el que vuelve, interroga., palpa, examina y at¡aviesa el objeto con su reflexión> (Adorno, 1962,p.7). En el discurso de la critica erudita, el autor casi se hace invisible en beneficio de la comprensión del tema; en el ensayo ocurre * "f precisamente al revés: es el autor quien crea el interés del L,tema, aun si éste no lo tiene por sí mismo. Dos de las notas propias del ensayo son el sesgointerpretativo y el carácter prospectivo de sus hallazgos. Mientras el estudioso académico avanzr.<con pies de plomo>, fielmente ceñido a los ma¡cos de su tema^,el ensayista se lanza, como un acróbata, al vacío, arriesga y se adelanta por terrenos no del todo explorados y a veces fuera del campo de su experiencia. Hay algo de avenrurero y pione. ro en é1,lo que contribuye a hacer más atractivo y actual lo que escribe, aunque su asunto sea remoto o difícil: su esfuerzo futuro, porque deja el camino abierro para nuevas^punt?-al incursiones. Es un género que uno lee habitualmente para apreciar cómo un autor percibe su tema y * cuánto de valioso o nuevo es c paz de extraer de él- El en-

sayo aparece cuando alguien escribe.no como'esPecialista, sino con la preocupación común al hombre por todas las cosas que le atañen. Leemos en Michel de Montaigne: (Los autores danse a conocer al pueblo por algrrna marca particular y externa; yo soy el primero en da¡ a conocer mi ser total, como Michel de Montaigne, rlo como gramático o poeta, o jurisconsulto> (Montaigne, 1985, lII, p. 27). El ensayo suele estar a medias entre el discurso filosófico y las formas propias de la poesía. Es pensamiento espoleado por la imaginación; según George Lukács, se plantea las cuestionesde la filosofia,pero sin <la perfección helada v defi nitiva de la filosofío (Lukács, 1975,p. 15); o, como desí, cía Medardo Vitier, <<doctrina, pero diluida en el comentario animado o en la meditación alado (Medardo, Vitier, es 1945, pp.45-6). El ensayista un pensadorque es al mismo tiempo un escritor; eso lo distingue del mero comentarista o expositor de ideas. Aldous Huxley afirmó alguna vez que el lenguaje de la novela es superior al de la filosofía porque aquél expresa lo general en lo particular; del ensayo se podría decir exactamente lo contrario: su lenguaje introduce lo particular en lo general. No sólo eso: al refle- l. xionar sobre un asunto y al hacer,su Propuesta, el ensayista ise cuestiona a sí mismo, haciendo del ensayo un doble ve- i hículo de especulación. Podría decirse que la forma retóri- j ca del ensayo está determinada por el punto de vista mediante el cual el autor se aPro?iade una m^teri^ objetiva, que no le pertenece de antemano; cuanto más profunda y decisiva esa marca, cuanto más persuasiva y sugerente, mayor el ensayo y el ensayista.Este se toma libertades que no se tomaría el simple estudioso o el filósofo en cuanto al critiorden, forrna de presentación y sobre todo el ^p^rata co en el que funda su exposición. Ese aparata puede faltar en el ensayo,pero es indispensable para el erudito. La defidel nición deJosé Ortega y Gasset en susMedita¡iones ptfote (1914),lo señala con eiactitud: el ensayo es da ciencia, {, menos la prueba explícito. Más tecientemente, Rolan{j

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hispanoamericano Brevehistoriadel ensayo

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t' Barthes ha dicho algo parecido: es posible escribi¡ <el en!. sayo sin la.disertación> (S Z, 1980, p. 2). El ensayo bien / puede no contestar las propias preguntas que plantea: su función primordial es inquirir y despertar inquietud. En él las citas textuales pueden faltat y, cuando aparecen, tier nen un valor más ilustrativo o estético que estrictamente probatorio. De ese modo Alfonso Reyes podía interrumpir sus doctos análisis para introducir una anécdota personal o contar una historia divertida. El ensayo admite, como un cajón de sastre, pasajesdescriptivos, confesionales, narrativos y líricos al lado de la pura explanación. Por eso, en el otro extremo, el ensayo se acerca al artículo periodístico y la crónica. No sólo muchos grandes_ ensayos tienen origen periodístico (los de José Carlos Mariátegui son un buen eiemplo; cap. 3.I), sino que fue el periodismo el que, a partir del siglo xvrrr, estimuló el interés por el genero y facilitó su difusión. Ambos comparten una finalidad principal la divulgación, que contribuye al debate y movilidad de las ideas. Son estos elementos los que dan al ensayo, cualquiera seasu área de estudio, un interés que va más allá de los límites que ella le impone. El ensayo habla al hombre en general, al que sabealgo y quiere saber más. Y como le habla I con un lenguaje artístico, no en una jerga impenetrable de especialista,cualquier persona mediamente culta o enterada puede disfrutado. En esesentido, el ensayo es una fort ma dialogart¿,un pensamiento que quiere ser comunicación abierta, tanto con el lector como con el mundo histórico al que p€rtenece. Supone una operación intelectual de trascendenci^ par:ael desarrollo del conocimiento huma{-no: el de sintetizado y actualiza¡lo en un momento deterj minado de su evolución, ligándolo al pasado y proyectánLdolo al futuro. Por cierto, los grados de dificultad que un ensayo presenta a un lector pueden variat ampliamente: no es lo mismo leer a Ernesto Sábato que a José l¡zama Lima (Cap.

a.II y V). Pero en todo caso el ensayo es una forma comunicativa de problemas que de otro modo pasariandesapercibidos para el hombre informado o quedarían restringidos sólo al conocimiento de un grupo de iniciados. En cuanto se dirige a <la generalidad de los cultos>, el genero tiene una profunda raíz humanista que constiatyela razón de su pervivencia e influencia a lo largo de las épocas.Esa vocación de transmitir el saber aproxima también el ensa,voa la didáctica, de la que sería una manifestación no formal y asistemática. El arte específico del ensayo consiste en conciliar estos tonos, intereses y formas en un eiercicio de libertad creadora e intelectual. Todo esto quiere decir que el ensayo es literatura aun cuando su tema sea no literario. (También ocurre lo opuesto: una monografíaliteraria no es necesariamenteun ensayo.) Una forma muy curiosa de literatura, en verdad, pues está hecha de ciencia, voluntad didáctica, habilidad critica, informacion, poesía, testimonio personal y trlt^miento artístico de los más diversos temas. Por ello es siempre difícil llegar a un acuerdo exacto sobre cuándo una obra concebida como ensayo lo es en verdad, pues la proporción en la que estos elementos entran en juego es casi infinita. Un caso eminente es el de Jorge Luis Borges (Cap. 4.I), va¡ios de cuyos ensayos son altas formas de creación, indiscernibles a veces de sus ficciones. Hay libros que se convierten en ensayossólo extemporáneamente, para la mirada de lectores de otras épocas,como ocurre con cieftos memorialistas y cronistas del siglo xlx, Mariano José de Larra entre ellos. El nombre mismo de nsalo dtun indicio de esta naturaIezt- proteica del género. Se origina en el Renacimiento, pues el primero en usado fue Montaigne Par^ la edición original de sus E¡s¿¡i de 1589. Montaigne empleó la pal* bra y cultivó el género con una modestia poco frecuente en un iniciador. En el ensayo <De Demócrito y Heráclito> [Libro Primero, cap. 50], zftrma que el ensayo le permite

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t aun un <<tema que nada entiendo) y sondear <el del ^t^r -, vado desde muy leiou, pero incluso (este reconoce¡ la imposibilidad de atravesado, es una muestra de su efectividad [del juicio]>. Y agregaestas sutiles observaciones que son válidas todavía hoy para entender qué es un ensayo: <Tomo ú azar el primer tema que se me presenta. Todos me son igualmente buenos. Y jamás pretendo tratados por entero. Pues de nada puedo ve¡ el todo... Penetro en é1,no con amplitud sino con la mayor profundidad que puedo... [Suelo] rendirme a la duda o a la incertidumbre o a mi estado original que.es la ignorancio (Montaigne, 1985-87, I, pp. 370-77). El genero ha observado, a lo largo de los siglos, esa doble condición exploratoúa y tentativa con la que nació, y que normalmente se asocia alapalabnque lo designa: ensayo es prueba, intento, exploración, acto de sopesar con el entendimiento. Un ensayo no intenta agotar un asunto, sino ser un mero avance en esa dirección, una contribución individual que espera correcciones y ampliaciones del propio autor o de otros. El pasaje de Montaigne también subraya que el ensayo es una forma original de pensar y de escribir sobre lo ya pensado. El en¡ sayo es una búsqueda, todos los desvíos, vacilaciones y con contradicciones normales en ese proceso. Algo más: es . una forma diEersa y fragmentaria, que no sigue un cauce retórico previamente establecido; es quiTá una herencia del gesto rapsódico de Montaigne, que reaccionaba contra las verdades absolutase inmutables de la ciencia de su tiempo, con un género que no vacilaba en declarar su carácter no exhaustivo e <incompletoD -urr texto literalmente <abierto>. <Mi estilo y mi mente vagabundean iguab, decía Mong taigne (ibíc|.,III, p. 25\. Pero sobre todo es una manifestaj ción de la libertad con la que el espíriru humano aspira a f,,considerar las cosas que le son propias. Por cierto, es posible rastrear los orígenes de formas ensayísticas mucho antes de Montaigne. Los más remotos aritecedentes suelen encontrarse en la Antigtiedad; los nombres de Herodoto, Tucídides, Platón, Horacio, Plinio el Joven, Plutarco y Séneca son frecuentemente citados.

Asimismo, cieftas obras medievales como las Corfcsiores de San Agustín y las de algunos humanistas (inmediatamente anteriores a Montaigne) como Maquiavelo y Erasmo, podrían considerarse ensayos. En realidad, siempre que el hombre ha pensado con originalidad e independencia ha habido ((ensayo),pero no la forma moderna que hoy conocemos como tal. Los antiguos no lo distinguieron como una categoríaliteraria, al lado de las formas básicas de la creación: poesia, épica, drama. No era ehtonces algo reconocible y se la confundía con otras funciones de la prosa expositiva: filosofía, didáctica, historia, biografía, Formas rudimentarias o análogas al ensayo pueden hallarse en la literatura de todas las épocasy lenguas: es una actitud connatural al hombre. Pero hay que esperar hasta Montaigne para verlo aparecer como un género específico, cultivado con autonomía y conciencia de forma. Es cierto que Francis Bacon (1561-1626) dijo alguna yez, reftiértdose al ensayo: <<The word is new, but the thing is ancienb>(cit. por M. Vitier, 1945, p.51). Habría que aclarar que no sólo la palabra era nueva, sino el nnceptomismo, y eso es lo que descubren los Essaisde Montaigne.

El desarrollo del genero no ha sido homogéneo en las distintas literaturas en que se cultivó desdeentonces. A pesar de su nacimiento en Francia, el ensayo tuvo un crecimiento e importancia mayores en Inglaterra. En 1597 (apenas ocho años después de los Essaisde Montaigne) ya aparecen los ensayosde Bacon, cuyo nombre está asociado al de aquél como el otro responsable de haber dado al ensayo su formr moderna. Bacon es el primero de una ilustre línea de grandes ensayistasingleses, entre los cuales están T. B. Macaulay, Charles Lamb, William Hazlitt, Thomas de Quincey, Thomas Carlyle,John Ruskin, \üTalterPater y otros. De Inglaterra, el genero se diseminó rápidamente en otras lenguas, pero España es una gran excepción. El

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20 JoséMiguel Oviedo ensayo, con esenombre y las característicasapuntadas, no aparece sino tardíamente, hacia fines del siglo xrx y como consecuencia de las preocupaciones intelectuales de la generación del 98. Hasta esa fecha, los tratadistas españoles no distinguían en la palabru (ensayo>el sentido descubierto por Montaigne; para algunas tenía una connotación exttlñ.^ la lengua y hasta negativa: la de algo inacabado e ^ informe. En su comentaúo alAriel (1900) deJoséEnrique Rodó, Leopoldo Alas (<Clarío), pudo escribit: <rArielno es una novela ni un libro didáctico; es de esegénero intermedio que con tan buen (sic) éxito cultivan los franceses,y que en España es casi desconocido> (cit. por M. Vitier, 1945, p.76). Lo curioso es que la literatura españolahabía tenido algunos importantes antecedentesdel ensayo en el Siglo de Oro, como Los nonbres Cristo(1583-85) de Fray de Luis de Le6n, Las Moradas(1568) de Santa Teresa de Avila, Lo¡ saeños (1627) de Francisco de Quevedo; en el siglo xvIrr, alguien como Samuel Feijoó escribió obras que se aproximaban a los moldes ensayísticosingleses.Pero otras formas más afines al espíritu español, como el costumbrismo y el periodismo r^iíti.o, fuiron, sin embargo, las que predominaron. Este hecho tiene, por cierto, hondas repercusiones en el proceso del ensayo hispanoamericano, cuyo primer florecimiento -hay que recordado- antecede al peninsular. De ese notable florecimiento del género en América se ocupa el capítulo siguiente.

Capítulo 1 del siglo xrx Los grandesmaestros

El ensayo hispanoamericano del siglo xrx, cuyo desarrollo no es exagerado calificar de extraordinario, es un antecedente de vital importancia para las mayores expresiones contemporáneas del género. Por cierto, los más remotos orígenes de éste se extienden ala épocacolonial, según puede verse en algunos libros autobiográficos, como Ia farnosaRerpzesta Sor,Filotea la Cruz (México, 1961) de a de Sor Juana Inés de la Cruz (1648-95) o la Apologta.yrelación (1865) de Fray ServandoTeresade Mier (1763-1827);y en ciertos eruditos barrocos como Cados de Sigüenza y Góngoru (1645-1700) o Pedro de Peralta Ba¡nuevo (16631743). Pero tampoco hay que olvidar a los precursores de nuestra independencia y a los órga.nosde afirmación nacionalista y cultural (por ejemplo, la generación de ilustrados que editó el MercsrioPentano fines del xvrrr,.o las cara tas y proclamas de Simón Bolívar [1783-1830]). Nada de esto,sin embargo,haciaprevisible el alto <status> intelectual y la vasta difusión social que alcanza en el siglo pasado.

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22 JoséMiguel Oviedo hispanoamericano Brevehistoriadel ensayo 23 Hay que entender ese inicial auge del ensayo como un fenómeno asociado a la realidad sociohistó¡ica de un continente que quería cobrar total autonomía cultural frente a España; esto explica dos cosas: que, como ya se anotó, el ensayo moderno suria en América antes que en la península, y que aplrcz;c sobre todo como un instrumento indagatorio de la identidad de las nuevas naciones. Lo último ha quedado como una huella permanente en el ensayoy en las preocupaciones de nuestros ensayistasmás importantes. Sueledecirse con frecuencia que el ensayo es, en otras paftes, el género que apareceel último, porque corresponde a un nivel avanzado del proceso intelectual de un pueblo, y porque se vuelca al conocimiento lo ya existente. En América parece ocurrir lo contra¡io: los fundadores de la conciencia cultural y litera;ia del continente son sus ensayistas. Y el impacto intelectual de ciertas obras de pensamiento crítico en la imaginación de po€tas y novelistas puede verse todavía en nuestros días. Un ejemplo puede bastar para demostrado: hay una claralínea que va del Facrdo (1815) de Domingo Faustino Sarmiento al Martítt Fiem (1872) deJosé Hernández y de éste a Dor Segundo Sombra (19 26) de Ricardo Guiraldes. El influjo óe El hberintode la soledad (1950) de Octavio Paz sobre la novela mexicana es también evidente, así como el magisterio de reyes sobre algunos poetas contemporáneos de su país. Hay una viva interrelación entre los géneros que se cultivan en Hispanoamérica, y en esa red de estímulos y ecos es de justicia reconocer el papel seminal que cumple el ensayo. Peter Eade ha ¡ecordado que es <the most di¡ect and useful fo¡m of literary forms... the firmest and most visible in purpose)t. En el siglo xrx aparece un coniunto admirable de ensayistas, cuyo pensamiento y acción (ambas cosas estaban
t P"* G. E" rle, <On Tbe CorrrerrrPolaDt Dir?taccrntr, of tbc Higanh Anerican Esay, Hisptie Rcricw, 46:3, 1978, p. 329.

unidas en la mayoría de ellos) son fecundos, vastos y enormemente influyentes: ellos son Anárés Bello (1781-1865), Sarmiento (18 1 1- 1888), Juan Montalvo (1832-89), Eugenio María Hostos (1839-1903), José Martí (1853-95) y Manuel Gonzále,Prada (1844-1918). Sus obras se despliegan como un ¿banico que ilustra las mayores tendencias literarias del siglo: Bello, Sarmiento y Montalvo marcan la transición que lleva del neoclasicismo al auge del romanticismo; Hostos representa el momento positivista, y Marti y González Prada señalan la etapa augural del modernismo. Estos son los grandes padtes del género: con ellos comienza realmente la historia de nuestro ensayo. Cada uno de modo distinto, contribuyó decisivamente al conocimiento de la realidad de sus respectiyos paises y así a definir la identidad hispanoamericana, frente a Europa primero y luego ante Estados Unidos. Por anunciar las grandes cuestiones que estimularían la actividad intelectual del siglo xx (a la que alguno de ellos, como González Prada, se suman con su producción más tardía), la lección que dejan es profunda y merece examinarse y revaluarse: contituyen el indispensable prólogo a la fase contemporánea del ensayo. Son los primeros que pensaron la complejidad de un continente de veras desconocido. Pero resumir un siglo en esosseis hombres no quiere decir que los aportes de otros sean desdeñables:no lo son, por ejemplo, los Recuerdos litararios(Santiago, 1878-79) del chilenoJosé Victorino Lastarcia (1817-88), que merecen mención tanto por su rigor como por su valor testimonial. Tampoco hay que olvidar Los r¿ms(Buenos Aires, 1896), la colección de retratos litera¡ios de Rubén Dario (1867-1916), cuya aguda percepción de lo nuevo se¡ía fundamental para definir los gustos de la época y las direcciones del modernismo. Igualmente debe tenerse en cuenta que la obra de algunos ensayistas del siglo xx comienza en el xrx: entre otros Justo Sierra, Enrique José Varona y Baldomero Sanín Cano.

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José Miguel Oviedo

Breve historia del ensayo hispanoamericano

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Bello nació en Venezuela pero su obra y su presencia se dejaron sentir por todo el continente: fue profundamente americano y uno de los primeros y más lúcidos. No sólo eso: repitiendo una experiencia común a muchos otros escritores hispanoamericanos, desde el Inca Garcilaso de la Vega hasta Julio Cortáza.r (cap. 4. III), Bello culmina su descubrimiento de América en Europa. En su caso, la ciudad fue Londres, donde pasó largos y fecundos años (1810-29). Su etapa inglesa, comenzadaal lado de Bolívar para ponerse al servicio de la causarevolucionaria, es providencial, pues lo puso en contacto directo con las primicias del romanticismo, con algunas grandes figuras de la emigración liberal española (como José María Blanco ulhite), con las estrictas costumb¡es de la vida intelectual británica y sobre todo cbn lo meior de su tradición ensayística y periodística. En los periódicos que publicó en Londres, Biblioteca Americana (1823) y Repertorio Ameicano (1826-27) se difundieron las nuevas ideas políticas y literarias de la época, colaboraron importantes firmas hispanoamericanas y europeas y aparecieron notables páginas suyas en pfosa y verso. Bello era un temperamento equilibrado, amante del orden y las ideas claras; formado en las mejores fuentes del clasicismo y la llustración, estaba abierto, sin embargo, a los aires de renovación que se respiraban en Europa duraqte los años previos ala gran ola romántica. Fue su destino el de peregrinar por varios paísesde América y diseminar su prédica en favor de nuevos temas y formas literarios que expresasen el vigor de las nacientes sociedades desmembradas del tronco español. Bello ligo ese movimiento de ruptura política a la autonomía estética. Podía hacedo: era un sabio y un poeta, un gramático y un iurista, un filósofo y un educador. Bello inicia el esfuerzo por crear una conciencia americanista que pusiese en marcha

las fuerzas espirituales adormecidas por tres siglos de coloniaje. En una época ag¡taday con mil tareas diversas entre manos, se las arregló para pensar con coherencia en una nueva América y en los temas parala primera grneración de criollos libres. Su obra es enorme y abarcacasi todos los géneros entonces posibles. A pesar de que escribió obras de estudio mayores, como Cramática de la lenguaca¡telhna (Santiago, 1847) y Filwofa del entendimhnto (Santiago, 1881), lo mejor de su obra de ensayistaestá en las equilibradas páginas con las que contribuyó, desde Chile, a la polémica del romanticismo (1841-43) que lo enfrentó a Sarmiento; y especialmente en los artículos y reflexiones dispersos en sus dos periódicos londinenses y en otras publicaciones americanas; son tempranas muestras de nuestro arte ensayístico que prueban su irreprimible curiosidad y su sólida información lite¡aria. En su variedad, esos textos reflejan los vaivenes y las constantes de sus preocupaciones intelectuales, políticas, morales y estéticas. Hoy hemos olvidado esas páginas, pero los hombres de su tiempo las leyeron y actuaron poderosamente influidos por sus propuestas. Con ellas, a pesar de su estilo algo envarado y de su tendencia a la digresión árida, Bello estabahaciendo algo fundamental: estaba sentando las basesde la filología en el continente, enseñando a los lectores del continente a apreciar la literatura y a entender tanto el legado de los clásicos como las novedadesde los modernos. Tenía una fe indeclinable en el poder de la palabn y de la acción cultural al servicio de las nuevas naciones americanas; alguna vez escribió: <El hábito de pensar, unido a la necesidadde hacer uso de lo que se piensa, conducen a perfeccionar el arte de dar fuerza ala palabro (Bello, 1979, p. xxxiv). Angrl Rosenblat cree que es el primer humanista de América, un hombre de la talla de Goethe, y tal vez eso no sea una hipérbole.

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26 JoséMiguel Oviedo Brevehistoriadel ensayo hispanoamericano 27 Il. LaJ anüflorrlias coztradicciona Sarminto de J Curiosamente, Sarmiento, el más influyente ensayista de su tiempo, apareceenfrentando a Bello, no sólo en la polémica del romanticismo (aunque ahora sepamosque la oposición fuese en buena parte fruto de un malentendido del argentino), sino también por algo más esencial: la distinta percepción de la natvraleza americana. Lo que para Bello era un casi paradisíaco refugio ante los peligros morales de la ciudad (<el campo es vuestra heredad; en él gozaou había propuesto en <La agricultura de la zona tórrida>), será para Sarmiento la imagen misma del mal y el atraso, de los que la cultura venía a redimirnos. Dos visiones de América, dos tesis p^r^ oient^r la acción cívica de pueblos que se hallaban en las etapasiniciales de su formación. No es necesario decir que la visión de Sarmiento predominó sobre la de Bello; que tuvo un impacto directo en la vida social de su país y el resto de América; y que se constituyó en una de las cuestiones más permanentes de nuestro pensamiento histórico. Mient¡as Bello era un espíritu cauto, moderado y con sentido del orden, Sarmiento era apasionado, impetuoso y también desigual -un verdadero temp€ramento romántico. Eso debe haber contribuido a la permanencia de su mensaje y la profundidad con que caló en las mentes de su siglo y aun del presente. En su fecunda obra (en su caso, hay que entender por <obru tanto la escrita como la fijada en gestosy actos), hay un libro de indisputable importancia, un texto capital que es a la vez el retrato de una figura política y el de una nación; Facundoo ciaili7ación1 barbarie(Santiago, 1845). Es particularmente el dilema que plantea la segunda parte del título (hay variantes del mismo en las sucesivasediciones) el que fija el tema y lo convierte en una imagen poderosa en la conciencia del lector. En su época no hay nada semejante, ni en su intención ni en sus logros; habrá que esperar hastr 1902, parahallar en OsSertde¡ brasileño Euclides del da Cunha, algo comparable en la vastedad del esfuerzo interpretativo, enla fiierza de la argumentación y en el vivido entrecruzamiento del tono íntimo y los datos objetivos. Todo es antitético en la visión sarmentina: no sólo Civilización frente a Barbarie, sino Individuo frente a Sociedad, Caudillismo frente a Orden y, por cierto, Rosas (o su antecedente telúrico: Facundo Quiroga) frente al propio Sarmiento. Todas estasantinomiás se resuelven en una de vasto alcance cultural: Europa frente a América. Para Sarmiento el progreso del continente estaba ligado a un esfuerzo consciente y programático por transformar la composición étnica de su población y, consecuentemente,educada en los más altos principios de la moral social de su tiempo, que no eran ot¡os que los de Europa y Norteamérica. Su absorbente preocupación histórica está inspirada en sus lecturas de los pensado¡esf¡ancesesdel xvr¡r y comienzos del xrx Montesquieu, Guizot, Michelet, Tocqueville y otros. Como ellos, creía en el influjo decisivo del ambiente geográfico sobre la formación de los pueblos y el temperamento de sus gentes. Argentina, por lo tanto, tenía el perfil social que habían determinado sus condiciones físicas: el país era el resultado (la <emanación> podría decirse) de la pampa y del estilo de vida de los gauchos. Estas fuerzas, de las que Facundo es un sombrío ejemplo, tendían a ser retrógradas y se oponían a la utopía sarmentina de un pueblo orientado hacia un destino superior. No había otra opción que la de superar esasrealidades y sobreimponedes la estructura ideológica y moral de los pueblos que estaban adelante en la ruta del progreso y la civilización. La mezcla de pasión romántica, racionalismo de ilustrado y optimismo de positivista en el progreso material, es visible en ese proyecto nacional. Hay que reconocer que 1o que veía Sarmiento no estaba

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aleiado de la realidad: los jóvenes países americanos eran básicamente rurales, apenastocados por la revolución industrial, y se debatían en el atraso, la ignorancia y la ana+ quía. La ciudad era un foco de cultura implantado en un territorio cuya enormidad, vacía de estímulos intelectuales, parecía devorarlo. <El mal que aqueja a la República Argentina (escribe Sarmiento) es la extensión; el desierto la rodea por todas partes, se le insinúa en las entrañas> (Sarmiento, 7977, p.23). Su liberalismo burgués le hace concebir un ideal optimisra: una Argentina poblada por europeos cultos, amante del progreso y las luces, respetuosa de las leyes y las normas civilizadas de la vida política. Es deciq todo lo contrario de lo que representaban el caudillismo primitivo de Facundo y la negra dictadura de Rosas.La ciudad contra el campo y el hombre ilustrado contra el gaucho bárbaro, eran las ideas esencialesen el progra,made Sarmiento. Este libro orientó su acción cuando asumió la presidenciade la república (1868-74) y anunciaba el rasgo que definió a la Argentina moderna: un país de inmigrantes, una cultura <blancu, volcada hacia Europa. Era el ideal típico de la burguesía nacional entonces en formación, a la que Sarmiento expresó mejor que nadie. Hoy conocemos sus carencias y limitaciones: significaba un olvido de ciertas capasde la realidad social argentina y una incomprensión de las formas cultu¡ales propias, que ponía precisamente en peligro la identidad naciónal que Sarmiento quería alca¡vat Atribuir los males de Argentil na a las formas primitivas de la vida del gaucho era, en principio, alentar una forma de etnocidio que arrasaba consigo las raíces mismas del país. Hasta en el léxico se advierte que su visión de lo propio está traspasadade nociones e imágenes que la presentan con un aura de exúañeza libresca: la pampa es <<el desierto>,el criollo es el <óárbaro> y el iaguar es el <tigro.

primero: el de su lenguaie pasional, afiebrado y tempestuoso. La obra es muchas cosas a la vez sociología, historia, biogrúia, panfleto político, geografh, testimonio, periodismo, costumbrismo, libro de viajes, novela... Librosíntesis,pero síntesis romántica, desigual y a veces discordante.n él oímos, como en una sinfonía,lavoz rotunda de Sañiento, cargadacon el dolor del destierro y el odio incurable contra Rosas,pero también traz.as ecos de actiy rudes que lo contradecían de rnodo muy visible. La más notoria contradicción consiste en que Facundo Quiroga, siendo su némesis, es también su doble -un hermano renegado, pero hermano al fin. La poderosa emoción de recrear la figura histórica del caudillo (y, asi, apropiársela) lo ganay termina haciendo de esafigura un personaje memorable, una leyenda viva que lo cautiva a él mismo. Sarmiento era un romántico y, por lo tanto, un liberal, pero a veces escribía (y actuaba) con un aire autoritario, avasallando con sus argumentos al lector: buscaba su asentimiento aun antes de persuadido. Era una mentalidad idealista al mismo tiempo que un pragmático; un maestro al mismo tiempo que un panfletario y un estadista. Quería ofrecer un retrato objetivo de la situación argentina, pero para hacedo más nítido cargtba las tintas, exageraba o simplificaba. Todo esto, que limita la exactitud de su ret¡ato, aumenta los méritos del Facmdo como obra de arte. Se trata de un libro personalísimo, guizá una autobiografía escrita al sesgo,en el que todo está teñido por el temperamento y el absorbente ego del autor. Presenta un caso de argumentación arrebatada,.típica del espíritu romántico. En las primeras líneas del libro el autor coniura la figtra maligna de ese argumento: (Sombra terrible de Facundo, voy a evocarte,p rL que, ...te levantes a explicarnos la vida secretay las corlvulsiones internas que desgarran las entrañas de un noble pueblo!> (ibíd., p.7).

Eseera el nivel racionale ideológicodel libro. PeroFacaldoteniaot¡o valor, túvez ahoramásimportanteque el

A lo largo de la obra el autor va sintiendo el magnetismo de su propia evocacióny encontrandosu secreta esen-

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salvaie y sus cia. Si el mundo de la pampa, con su ^sperezla imagen del r él oscuras raíces étnicas y culturales,et?P atraso, también era el mundo de lo pintoresco, lo aventurero y exótico. Y hay que reconocer que la pintura que Sarmiento hace de esarealidad es la más vigorosa y memorable que podamos encontrar entre los autores de su generación. Fiió para siempre, gracias a una Prosa dramática cuyas imágenes parecen desgarrarseentre sí, un tipo humano que encarna algo profundo del alma colectiva america¡a: Facundo anticipa al monstruoso Calibán que no sólo será uno de los polos de la antinomia que Rodó (cap. 2. I) planteará mís tarde, sino un modelo que encontraremos en la historia y la cultura americanas bajo los ropajes del cacique, el caudillo y el dictador. Así, Sarmiento define muchos de los grandes términos alrededor de los cuales se entablará el debate intelectual americano.

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El santoardor de Montabo

Moltalvo es otro de esos hombres que abundaron en nuestro siglo xIx, que no distinguían mayonnente la actividad literaria de la acción política. Nacido en un país pobre y atrasado como el Ecuador, es un pensador americanista aunque en realidad quería ser un escritor clásico castellano más que un prosista criollo; trató de probado con (Besangon, 1895), sus Capítilos quesele obidaron a Centantes su <imitación de un libro inimitable>, curioso y temPrano ejemplo de meta-ficción o híbrido entre narrativ^ y ensayo. En verdad, la formación espiritual de Montalvo es fundamentalmente europea; conocía inglés, francés e italiano, y pasó varios años en Francia, Italia y España, escribiendo y publicando sus obras. Sin embargo, la historia lo recuerda como el formidable adversario de Gabriel Garcia Moteno, el ultraconservador déspota cuya existencia configuró la suya, un poco como lo que ocurrió entre Sar-

miento y Rosas: rivalidades que marcaron a fuego el drama histórico del continente. En 1857 Montalvo llep a Roma y luego a París. Era un hombre melancólico y agobiado por el tedio: no era extraño que encontrase en el romanticismo y en la amistad de Lamartine y otros escritores europeos, un consuelo y una o¡ientación estética. Cuando vuelve al Ecuador en 1860, Garcia Moreno acaba de instalarse en el poder. De inmediato, Montalvo le escribe una carta que demuestra su insolencia magnífica, su espléndida prosa y su santo ardor liberal: <Si alguna vez me resigno a tomar parte en nuestras pobres cosas, usted y cualquier otro cuya conducta política fuera hostil a las libertades y derechos de los pueblos, tendrán en mí a un enemigo, y no vulga.or. En 1866 empieza a publicar su revista El Cosnopolita, donde apareceránvarios de sus opúsculos y panfletos poli ticos. Esta revista es la primera de tres (las otras son El RegmeradoryEl Esputador,de 1876 y 1886, respectivamente), que bien pueden considerarse entre sus obras, pues eran en su mayor parte esfuerzos unipersonales; en sus páginas pueden encontrarse numerosas piezas ensayísticasbreves que prueban la maestría de su estilo y la persistencia de sus preocupaciones: Su etapa de madurez está dominada por los destierros políticos, los viajes por Europa y la fecundidad intelecrual que da origen a libros capitales como las Catilinarias (Panamá, 1880), los Sietc tratados(Besangon, 1882) y b Ccometríanoral (Madrid, 1902), aparte de los mencionados Capítulos Por cierto, la política es el gran asunto de Montalvo como ensayista, pero también la cultura, la moral, su propia vida y sus dolores más intimos. Era un panfletario fetoz, de gcstos olímpicos y odios tempestuosos; lo distinguía una lengua nítida y vigorosa, impregnada por lo mejor de la ontoria latina y los clásicos españoles. Sabía cómo fustigar y usaba la lengtra con una alta responsabilidad ética, como lo demuestran las ardientes Catilinaias y

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los miscelánicos Sietetr¿tados. paso: el título de este liDe bro es tan desorientador como el de Geometría noral. El primero es un coniunto de reflexiones y meditaciones sobre diversos temas, no un libro de doctrina rigurosa; el segundo, que tiene algunos conatos narrativos, es una especiede discurso amoroso ilustrado con grandes figlras de la antigüedad y la época moderna, desde Pericles hasta Goethe. Como pensador político no es muy original; moralizaba, más bien, alrededor de los temas de siempre: bienestar, iusticia, educación, honestidad, respeto a la voluntad popular,.. Era un liberal apasionado cuyo natural anticlericalismo fue exacerbado por el estricto catolicismo de Garcia Mo¡eno. Consideró la religión y la dictadura como dos categorías o realidades indiscernibles, igual a lo que hizo Esteban Echever¡ía en <El Matadero> (escrito hacia 1839), y así contribuyó a la tradición del pensamiento anticlerical, muy fecundo en el continente durante este siglo. Crciafumemente en la heroicidad individual como motor providencial de la historia, y los santos de su panteón eran Napoleón, Washington y Bolívar. Su modo de encarar esos temas y de enhebrados con otras digresiones y confesiones, es lo más semejanteal ensayo inglés (particularmerite los de Bacon y Carlyle) que existe en América despuésde Bello. Era un hombre rctr ido y a la vez reclamado por la acción pública, y en esesentido es un modelo de las formas antitéticas que caracterizaron al romanticismo hispanoamericano: el subjetivismo y el humanitarismo social. Le faltaba, sin embargo, la viva conciencia de la historia: pa:a-é1,ésta era sólo un repertorio de ejemplos ilustres por imitar. Y tampoco era sensible a los giros populares y locales que otros aportaban entonces a la lengua escrita: era un purista convencido. Pero tenía la actitud esencial del ensayista: la capacidad de reaccionar, casi automáticamente, ante el constante reto que le planteaban los entrecruzamientos de su experiencia personal con la vida política. La urgencia de su tarea no le impi-

dió ser siempre, incluso cuando insultaba (hay frasessuyas que podrían figuar en el <Arte de injuriao de Borges), un artista refinado y pulcro, uno de los prosistas de mayor virtuosismo y elegancia que haya dado América. Su cuidado por las formas expresivas, el brillo visual y la tenacidad rítmica de sus imágenes, la sentenciosidad lapidaria de sus cláusulas, hacen de él un precursor del ensayo tal como iba a cultivarlo el modernismo.

lY. Hostw: el sacrifciopnr ilfla cailÍa El portorriqueño Eugenio Maria de Hostos ofrece un caso extraño de virtudes y limitaciones como ensayista. Pesea ello, su importancia histórica fue decisiva, especialmerite para el área antillana: es el gran padre de la causa independentista portorriqueña y cubana. La situación presente en su país y el destino histórico del árca no hacen sino agregar actualidad a su acción de precursor. En 1900 arriesgó una predicción que resultó exacta: <Hayamos entrado en ellos flos Estados Unidos] desde hace once meses entrar en ellos, y veinticuatro días, o estemos próximos ^ los cien años de 1900 a 2000 van a formar un grave siglo> (cit. en Luis Iñigo Madrigal, 1987, p.460). Tampoco cabe dudar de su americanismo y su pasión educativa, de los que dejó amplias muestras por donde lo llevó su peregrinaje Perú, Chile, República Dominicana, Venezuela, Nueva York. Pero es precisamente el afán de educar lo que determina la fisonomía de su obra ensayística.Hostos fue sobre todo un maestro, un geríamoral de su pueblo y de todo el continente. Era un patriota puro y abnegado, un hermano espiritual de Martí (inf*).El tono didáctico, el afán de ilustrar y aleccionar, es un impulso irresistible en él y somete muchas de suspáginas a las exigencias de un discurso pedagogico orientado por ideas bastante generales y tradicionales: la patia, el bien social, la justicia.

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Tan poderoso era este designio moral que lo hizo incurrir en un malentendido: Hostos llegó a creer que toda literatura sin la finalidad inmediata de servir a los hombres, era una actividad vana. Peor: pensaba que el eiercicio de la imaginación era pernicioso, pues nos alejaba de la realidad. Vio un dilema entre la belleza y el bien, y eligió el último. Esa renuncia suponía una autocrítica, porque de joven escribió poesía y novela, entre éstasZ¿ peregrinación de Baloán (Madrid, 1863). Aunque el tema didáctico no estaba ausente en esta narración, posteriormente (en el prólogo a la segrnda edición de 1873) Hostos ya no justificaba el uso de la ficción ni siquiera como vehículo de sus ideas. Esta extraña condena del lenguaje de la imaginación, sin duda explica la aúdez lógica, tan parecida a la de Baltasar Gracián, de sus períodos y fórmulas retóricas de ensayista. L^ etapa formativa de Hostos es española: estuvo en la pehínsula desdelos doce años, entre 1851 y 1868. Allí se famlliarizó con el krausismo y con sus principales exponentes: Sanz del Río, Pi y Margall, y otrosi Las ideas krausistas, que exaltaban el razonamiento antiescolástico y la renovación de los modelos educativos, tuvieron un impacto permanente en é1. Luego, en su peregrinaje por República Dominicana, Chile y otros países americanos, las aplicó a la causaliberadora de su país y al progreso de todo el continente. Tuvo el mérito de habersepreocupado también por la educación de la mupr y la lucha contra su discriminación. La otra gran influencia filosófic¿ en Hostos, sobre todo en su etapa madura, es el pensamiento positivista, de la que se convertirá en un intenso difuso¡ en Amé¡ica. Fue un fundador de nuestra sociología, pero no la concibió desligada de la moral y la educación. El título de su obra cumbre -Mnral social (Santo Domingo, 1888)- es revelador Hostos era un hombre de saber enciclopédico (comparable al de Bello), como lo prueba la va¡iedad y vastedad

de sus preocupaciones (20 tomos forman sus Obra¡ cornplctas). Pero al mismo tiempo era un homb¡e público, un activista y aun un revolucionario directame nte comprometido con la difusión de la causa portorriqueña y americanist¿. Las abundantes páginas que dedicó a esa causa son admirables por la energía de sus razonamieritos, los chispazos de ardor e impaciencia que a veces los iluminan y la previsión de ciertos problemas sociopolíticos de aquella región; todavía hoy pueden ser leídos con provecho por modernos historiadores y sociólogos. Por ejemplo, su visión de América como un continente mestizo, formulada en un momento en el que predominaban ideas aberrantes al respecto, es muy lúcida; lo mismo su exaltación del valor humano del trabajo (en lo que quizá se adelanta a Manuel'González Pnda, ¡nfru) V su certeza de que la cultura antillana era una entidad histórica cuyos rasgosparticulares debían entenderse bien para encatat sus problemas políticos y sociales. Aun en el campo de la reflexión literaria, sus ensayos sobre Hamlet, <Plácido> (seud. de Diego Gabriel de la Concepción Valdés) y otras figu.rasde su tiempo, demuestran no desdeñablesdotes críticas. En sus ensayosbreves, muchos escritos para periódicos y revistas, hay pasajes evocativos, autobiográficos, descriptivos, que tienen calidez y emoción. El problema con Hostos es la sequedadgeneral de su lenguaie argumentativo, que tiende a ser digresivo y verboso, abstracto hasta la grisura y maniático en el uso de estructuras ordenadoras del pensamiento (paralelismos, simetrías, repeticiones, etc.). Usó una prosa de fórmulas que presumiblemente debían producir convicción en el lector, pero que son más bien rítmicamente tediosas y conceptualmente romas. No quiso escuchar al artista que originalmente había en él y terminó entregándose del todo a un discurso magisterial. Su renuncia al lenguaje de la imaginación y su fe ciega en la directa virtud redentora de la actividad intelectual, parece un antecedente de ciertc;

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espejismo ideológico de un sector de escritores de este siglo, que llegan a justificar el abandono de la literaturL por la acción política, por considerar que ésta es superior. La <crisis de carácteor a la que Hostos atribuyó su curiosa decisión, ha probado ser una gfave fisura en la conciencia moral e intelectual de nuestro siglo. De modo más agudo que en Sarmiento, la obra de Hostos exhibe las limitaciones de la actitud positivista, con su optimismo ilimitado en la eficacia delr- razón y la ciencia aplicadas al progreso de la sociedad. Y. Martí o la poesíade las ideds José Martí es uno de los mayores espíritus de América, a pesar de que su obra ensayística(la porción que más recordamos hoy) es una obra dispersa' propia de un hombre que tuvo que hacer en muy poco tiempo muchas cosas de la más diversa natualeza y finalidad' Lo asombroso es que hay una armonia en esa dispersión vital y literaria: una nota de pasión humanista por la bellezay un orden social superior distingue a ambas y les otorga la gracia del arte coronada por un final trágico y heroico. Martí es un Precursor plural: del modernismo, Por la aéreadelicadeza de su lenguaje; de la independencia cubana, a la que entregó su vida y su muerte; de la cuestión candente de las dos Américas hermanas y enemigas; del sentimiento de nuestra modernidad marcada por la conciencia desgarradadel tiempo, la realidad y la creación. Las grandes cr¡estiones éticas y estéticas de hoy fueron percibidas vivamente por Marti hace un siglo; su obra es el refleio de esavisión p-r-oblemática y agónica. - Teniendo en cuenta la brevedad de su vida (murió a los cuarenta y dos años) y la urgencia con la que tuvo que escribir, el volumen de la obra mlrtiunl- es casi prodigioso: abarca unos 28 tomos en el proyecto <<definitivo>de la Editorial Nacional de Cuba (1963-73), y cubre práctica-

mente todos los géneros. D.ejando de lado la importante ob¡a poética -Isnaelillo (1882) y Wrsoiiencilloi (1891) son libros fundamentales parula formación de la nueva lírica hispanoamericana- y sus intentos na¡rativos y teatrales, el resto de esa inmensa producción cae dentro del campo del ensayo, si es que consideramos ensayossu prosa periodística, sus diarios, sus cuadernos de apuntes y su vasto epistolario. Hay una buena ruzón para ello: en esaspáginas Martí ejerce el doble arte de la reflexión y la creación verbal. Leyendo su prosa uno se convence de la decisiva revolución que Martí estaba operando en la lengrra literaria que entonces se escribía en América: suyo es el descubrimiento de una prosa sensible, plástica, intensá, elegante sin dejar de ser simple. Sus ensayos son contemporáneos de las Catilinaria¡ de Montalvo y ánteüoréS a la Moral social de Hostos, pero parecen mucho más modernos, textos de nuestro tiempo que podemos leer casi sin sentir su distancia histórica. (.i' Hay dos notas centralesen lós ensayosde Martí: la armonía del mundo natural y la exaltación idealista. Estas notas son alavez opuestasy complementarias: percibimos el universo como una copia fragmentaria de algo superior a él mismo; todo tiende a la unidad, pero los hombres, ciegos, no la reconocen. La inquietud existencial y moral que esa ambigua pareja de notas produce, está constantemente aludida en su poesía a través de imágenes características como (un ala rota>>, (ave roia de alas heridas> o un un hombre que empieza <en fuego y para en alo. Supros4 trabajará innumerables variantes de estas visiones, que asocian en un solo movimiento lo ético, lo erótico, lo estético y lo político. La reflexión martiana convierte sus variadas preocupaciones en un haz de radiante claridad y de alta intensidad emocional. Las raíces de su pensamiento no pueden ser más heterogéneas: muest¡a huellas de la tradición cristiana, ciertas nociones krausistas y teosóficas, las semillas existencialis-

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tas sembradaspor Arthur Schopenhauer (1788-1860) y tal vez por Friedrich Niezsche (1844-1900), el fuerte impacto de las ideas de Ralph \üaldo Emerson (1803-82) y los drascendentalistau norteamericarlos' etc. Filosóficamente, Martí era un ecléctico, un pensador asistemático y aveces contradictorio. Quizá fue así porque nunca renunció a ser un artista, un espíritu afinado como una antena sensible a los propios registros de su experiencia humana, pero también a las novedades de la ciencia y la técnica, las propuestasdel arte y la religión, los reclamos de la historia y el eiercicio concreto de la política' I-o pandóiico es que un hombre como Martí, que se pasó la vida escribiendo trabajos en prosa sobre los más diversos temas y en los más diversos tonos, nunca pudo reunir una colección orgánica de ellos; en vida, sólo publicó lo que las urgencias del momento le arrancaron: documentos políticos, cartas públicas, prólogos, respuestas,discursos... Los márgenes de la ensayística murtiana son difusos: no siempre es fácil distinguirla de la producción periodística, epistolar, otatoria, diarística, ocasional. De hecho, babtía que reconocer que la mejor prosa de Martí es6én sü Gllísiino épistol-ario (espééiaÍmente en las cattas íntimas a su hiia natur¿I'*María Mantilla y a otros miembros de la familia Mantilla)" lasadóirables páginas de su llamado <Diario de_campañu (escrito durante los días de la expedición revolucionari4 en C'uba,que l,o condujo a la muerte) y aun en sus <Cuadernos dé apunteu y (Fragmentos>, donde hay graves confesiones y lúcidas notas sobre lo visto, leído o vivido. Su grandeza de ensayistlliterario, por eiemplo, puede medirse señalando que su iustantivo <Prólogo alPocmadelNiágaratt (1882) -del venezolano J. A. Pérez Bonalde, es la meior raz6n pot la cual todavía recordamos el poema: constituye Ia primera definición del espíritu modernista en América. Pero los que quieran encontrar el verdadero perfil del Martí americanista, lo encontraán en las páginas recogidas bajo el título general de NttestraAmérica, por el artículo

homónimo que apareció en un periódico mexicano en 1891. Este es un ardoroso manifiesto político por la unióñ de América Latina en defensa de su identidad y dignidad. El foco de su preocupación es, por cierto, Cuba (todavía en situación colonial), pero el marco es claramente continental: no habrá independencia cubana sin la solidaridad de las naciones hermanas, ni éstaspodrán sentirse seguras si aquélla no se logra. Las ambiciones hegemónicas de Estados Unidos son un nuevo y serio peligro, sobre el que Martí es de los primeros en llamar la atención. Estamos en guerra, dice, y hay que levantar <trincheras de ideas [que] valen más que trincheras de piedras> (Martí, 1977,p. 26). Las rencillas y recelos que dividen a los países hispanoamericancis deben cesar: <Los paísesque no se conocen han de da¡se prisa para conocerse, como quienes rran a pelear iuntos) (iWd.). La política y la cultura tienen que ser una creación propia, afín a nuestros modos de ser y pensar. En vez de inventar y adaptar, hemos importado e imitado sin discriminar. Nuestros modelos políticos han fracasado: <Con un decreto de Hamilton no se le panla pechada al potro del llanero> (p. 27).Igual pasa con nuestra cultura: <...e1libro importado ha sido vencido en América por el hombre natural... El mestizo autóctono ha vencido al criollo exótico. No hay batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza>>

(p. 28).
Casi cincuenta años después,la disyuntiva de Sarmiento era reexaminada y criticada sagazmente:la falla está en la aplicación mecánica de las fórmulas europeasy ahora norteamericanas. La civilización misma puede ser abusiva o errónea. Hemos legislado y creado instituciones pat^ naciones de papel y p^ra, detrados artificialeu (ibrd.). Marti cuestiona la explicación que Sarmiento hace de la dictadura: <Las repúblicas han purgado en las tiranías su incapacidad para conocer los elementos ve¡dade¡os del país, derivar de ellos la forma de gobierno y gobernar con ellos>

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(ibíd.). La educación y la cultura deben adaptarsea las formas (naturales> -y aun <bárbarau- del ser colectivo americano. La historia nos demuestra que América no es Europa: civilización hubo desde antes del tiempo de los Incas y el único modelo no es Grecia. (Nuestra G¡ecia es preferible a la Grecia que no es nuestro) (p.29), dice Martí con sutileza rítmica y conceptual; y, reiterando el mismo juego de analogíay contraste, <Injérteseen nuestras repúblicas el mundo; pero el ^grega: ha de se¡ el de nuestronco tras repúblicas> (ibíd.). Frente a las naciones americanas, hay una inmensa tarea creadora y de conciliación social, que incluye a los indios y a los negros, hasta entonces sujetos pasivos de la historia. Y hay que crear, muchas veces, en el vacío, pues <ni el libro europeo, ni el libro yanqui [dan] la clave del enigma hispanoamericano> (pp. 30-31). La tarea es urgente, pues <sobre algunas repúblicas está durmiendo el pulpo> (p. 31). Las dificultades y fracasos no deben intimidarnos; tendremos que improvisar, intentar muchas veces, obtener ¡esultados dudosos. Bien valdrá la pena, dice Martí y agl.egzuna imagen que contiene una propuesta tan extremada como poderosa: <Crear es la palabra de pase de esta generación. El vino, de plátano; y si sale agrio, ¡esnuestro vino!> QA¿.). La lucha cqntra los interesesdel extranjero poderoso no se basa en el odio, sino en la fidelidad a nosotros mismos, a nuestra naturaleza profunda. De este modo Martí liga el problema geopolítico de América a una idea todavía más vasta: la de da identidad universal del hombro (p. 32). El tono exaltado, \a cargapasional que recorre el esfuerzo reflexivo, la frescura del pensamiento y los felices hallazgos de la prosa, hacen más que convencer al lector: lo seduceny lo mueven a defensade los mismos ideales. Martí es un paradigma del supremo arte del ensayista: el de pensar no sólo con ideas, sino con imágenes cuya dinámica intelectual y emocional es irreSiStirble. Echando a pensar a la sensibilidad, el escritor cubano acercó, como po-

cos, el lenguaje del ensayo al de la poesía, y así introduio una profunda revolución en el género.

YI. Conzihz Prada: el añc de la intransigencia Manuel González Prada es una personalidad singular y contradictoria que no ha hecho más objetivos el examen y valoración de su obra. E,lGonzález Prada qaduro vivió y escribió en el centro de una atmósfera de escándalo, intransigencia y rebeldía, que él mismo había creado. Era un radical al que le gustaba llama¡ las cosaspor su nombre y, pa-rC@tímidas y tradicionales costumbres de la literatura peruan{ de su tiempo, eso era una provocación que no podía pasar desapercibida. El lema de su obra entera podría ser el título que lleva unó de sus libios de ensayos:Propa gandal ataqne(Buenos Aires, 1939). González Prada tuvo el paradójico origen de muchos rebeldes como elr naeió en una familia aristocrática, conservadora y tradiiional. Sus hábitos de buen lector de la poesía francesa, los clásicos españoles y orientales (que se notan en su fina y pulcra poesía), se definieron durante los años de retiro y estudio que pasó en la hacienda farnlliar, conociendo el Peru rural y la condición real del indio. Pgro el aconrecimiento histórico que dio un giro total a su vida y su obra es la grerra del Pacífico (1879-83), que enfrentó al Peru y Bolivia contra Chile y tuvo un desastroso resultado pan el primero. La humillación de la derrota, la sensación de amargo despertar que tuvieron los sueños de hegemonía peruana en el Pacífico, la profunda quiebra de auto¡idad política y moral de las clases dirigentes, provocafon una ola general de frustración, crítica del establisbmentexigencia de cambio: y GonzálezPrada fue la encarnación misma de eseestado de ánimo. Lo hizo asumiendo diversos papeles: agitador, tribuno, a i fiscal, juez, profeta, maestro... B^Eóc""lqüera de esasfor-

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mas, fue siempre la conciencia moral que grriaba hacia un qggy-ofütüro a un país que, ademásde la guerra, había perdido su rumbo. Su presencia y su obra ensayística dividen la_literaturap:ruana claramente en dos etapait antes de é1, el romaniiéismo-y su ingenuo credo liberal, desmeñtido pói el caudillismo militar; con é1,el despertar al positivisp9, el cientificismo, el radicalismo político y la literatura realista. No resulta extraño que encontrase un blanco falóiiio que atacar-Ricardo Palma (1833-1919) y susTrapermnas, pandigma del pasatismo romántico y su diciones idealismo histórico- y que exaltasela necesidadde adoptar {ilosofías políticas radicales, como las doctrinas anarquistas. En todo fue GonzálezPrada un iniciador, un revolucionario: renovó y depuró la poesía con ritmos y sugerencias delicadas, aprendidas de la lengrra literaria francesa; aseguró la difusión de las ideas sociales en el ambiente intelectual hi5panoamericano; presintió la importancia de lá cuestión indígena, que iba a tener tanta repercusión en el pensamiento del siglo xx, etc. Lo mcjor de sus ideas libertarias y de su credo social está en Pájinaslibres (Paris, 1,894)y Horasdelucba(Callao, 1909), y también lo mejor de su prosa de combate. Fue un divulgador temprano de los anarquistas (Proudhon, Bakunin y Kropotkin), el primer defensor de la teoría ácrata en América Hispana y un visionario de la sociedad del futuro, justa, humanitarista e igualitaria. Su adhesión a estasideas bien puede compararse al descubrimiento del pensamiento de Chades Fourier y el Marqués de Sadeque los surrealistas hicieron en su momento: son parte de esoscontinuos retornos al ideal utópico que distingue al moderno pensamiento occidental cuando trata de liberar al individuo de las ataduras más convencionales de la vida social. Era.intransigente hasta resultar irritante: la famosa frase dÉ su oDiscurso en el Politeamo de 1888, <Los viejos a la tumba, los ióvenes a la obro (GonzálezPndr,1985, vol. I, p. 90) suenaquizá ingfata, pefo hay que tenef en cuenta que efa una rnetáfora

para alentar a un país vencido: los vieios eran el pasadoy el pasado era la derrota. Esas mismas circunstancias pueden también su virulento antichilenismo que adopta un tono revanchista y chauvinista. -xplicar Esa actitud de rebeldía total se extiende aun a su corlcepto de lengua castellana y de lo que un moderno lenguaje literario debía ser. Fue un reformista de la ortografía, por considerar los hábitos gramaticales una pesadahereniia de criterios precientíficos: frente a la autoridad de la Academia, era también un ácrata. Siguiendo a Bel\o (su' González Pro) y adelantándose a Juan Ramón Jim€nez) escritura a la dicción real del castePradá quería acercar la llano hablado en América: propugnaba escribir <gáiinau, sustituir la <pr por la <il>y usar el apóstrofe (<d'aureolo) y contraccionés áel tipo <<destoo <dello- Detestaba la garrulería y el lenguaje vago y difuso: quería una prosa exacta, de bordes nítidos, cortada como con cincel. Ese carácter marmóreo y luminoso de sus frases lo "pt""i-i-Iot ideales estéticos que propágaría él modernismo, del que es justamente considerado un precursor. S-usmodelos eran los escritores franceses(sobre todo Voltaire), pero su finalidad principal no era estetizante, sino científica: había t"i ideas nuevas en una lengua nueva' funcional grr..ipt y orginica¡ que fuese (natural como un movimiento respiratorio, clara como un alcohol ¡ectificado> (ibíd', vol. I, p. 257). F;ra un maestro de concisión, caP^z de hallar una frase imborrablepara cada pensamiento. Al leedo hoy, sus analogías y referencias al mundo de la ciencia y la técnica suelen dar una impresión de frialdad y hieratismo. Pero esa frialdad puede quemar, como el hielo, pues González Prada escribía movido por una pasión de iluminado y angustiado por obsesiones-la muerte, el más allá- que su iacionalismo no podía sofocar. Su influio es visible en los iniiigenistaS dé los añós 20, en José Carlos Mariátegui (Cap. 3. I), en César Valleio y aun en ciertos movimientos sindicales surgidos en el Perú.

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Con este último ensayista, cuya acción se extiende a las primeras décadasdel siglo xx y cuyas obras póstumas empiezan a conocerse en las siguientes, hemos cruzado ya la frontera cronológica que enmarca históricamente a estos seisgrandes maestros del americanismo. Prolongar y supera¡ su esfuerzo especulativo sobre nuestra cultura y sociedad, es la t^tea que vienen a cumplir los hombres cuyo pensamiento configura el siglo xx.

CapítuIo 2 Bajo las alas de Ariel

I. La hcciónde Rodó El ensayo hispanoamericano contemporáneo nace exactamente en 1900, el año en que José Enrique Rodó (1871-1917) publica Ariel en Montevideo. Casi un siglo después,es un libro que sigue leyéndosecon interés y debatiéndose a veces con ardor. Buena parte de su prédica está francamente superada,pero eso no le ha hecho perder cierto encanto intelectual <mundonovisto que aún toca algo profundo en el espíritu hispanoamericano. Pero antes qué es lo que hoy qaedadeAriel, hay que ubide establecer cado en su contexto histórico. Las circunstancias en las que el libro apareceson ctuciales. Hacia 1900 la onda mode¡nista estáen su apog€o,cubre toda América y se extiende además a España. Rubén (Buenos Aiprofanas Dario, tras haber publicado susProsas res, 1896), libro capital de la estéticamodernista, llega a España en 1899 y a París el año siguiente: es la apoteosis del gran poeta, cuya revolución es ahora un fenómeno de

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46 JoséMiguel Oviedo alcance internacional, que todos reconocen y honran. Ariel es alavez reflejo y exaltación de ese clima espiritual, como puede verse por su lengraje preciosista y florido, tanto como por su helenismo afrancesado, en nada diferente del que cultiva Rubén. Pero lo curioso es que Rodó fue uno de los primeros críticos severosdel modernismo y del propio Darío, en quien reconoció un sentido artístico e l e va doP er oaquien c e n s u tó -n a d a me n o s -p o rs er ajeno a las cuestiones profundas de la hora; esa crítica de i899 incluyó una acusación famosa: <No es el poeta de Américo (Rodó, Obrarnnphtas,1967,p.169). Que Darío haya publicado ese texto como prólogo sin fi¡ma en la segunda edición ampliada de Prosatprofanas(París-México, 1901) y que siguiesereconociendo el talento de Rodó, es muy revelador: el poeta sabía que el pensador uruguayo era uno de los espíritus (nuevosD que la prédica modernista había despertado. Rodó mismo había declarado en ese trabajo: <Yo soy moderrista también> (ibtd., p. 191; énfasis del autor), para hacer su crítica más legítima. En tealidad, lo que se plantea aquí es una cuestión que tiene que ver con los dos momentos (o caras) del modernismo: el exotismo decadentey el americanismo o (mundonovismo> afirmativo de una nueva conciencia continental. Uno está tentado de deci¡ que Rodó -y éste es uno de sus méritos y la rmón principal del impacto que causó Aielque el ensayista descubre esa segunda fase antes que el poeta, y que tal vez contribuyese a los dramáticos cambios visibles en su siguiente libro poético, Cantos de aidal erperanzt(Madrid, 1905). Había razones para eso: la guerra hispano-norteamericana por Cuba y Puerto Rico (1898) m rca un momento de crisis para España (la bien conocida <decadenciaespañolu quc auscultara la Generación del 98) y AméricaLatina, y el cor ienzo del expansionismo yanqui queJoséMartí (Cap. 2.v) presintió. Las consecuenciasde esa gueira y las amenazasque representaba para América, indignaron al propio Dario, provocando en

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él una vuelta al redil de la cultu¡a hispánica, a la que había renunciado temprano por académica y reseca. Pero es el Rodó el que detecta con mayor agadeza, cambio en el ambiente, lo examina con intención orgánica, y despierta a la conciencia hispanoamericana con un tono de alatmay sincera preocupación. Al hacerlo así, prolonga y renueva el gran tema americanista debatido por los mayores ensayistas del siglo xrx, especialmente Sarmiento, Martí y Hostos (supra).. Era un libro que debía ser -y fueleido primero como un manifiesto y, én las dos décadas que siguieron, como un evangelio parala acción. Más que un libro, fue la expresión del clima de la época, en el que sintonizaron perfectamente el autor y los lectores, sensibilizados ambos por las ideas y propuestas que había propagado el modernismo; el momento estaba maduro pall.a Ariel y eso explica su enorme difusión e influencia. Aiel no es un tratado ni un ensayo de la complejidad o extensión de los de Sarmiento u Hostos. Es sorprendentemente un opúsculo que no llega a las 100 páginas, de corte didáctico, claro y pacíficamente polémico. Suele olvidarse su origen: en 1897, Rodó comenzó a recopilar sus trabaios breves de crítica y ensayo en forma de series, bajo el título general de La uida nncaa. En esa primera serie, aparece <El que vendrá>, que es una prefiguración de Ariel: se habla de la necesidad urgente de un maestro que pueda ser el guía espiritual de los jóvenes de entonces, para alejarlos precisainente del decadentismo modernista. Las series demuestran el propósito orientador que animaba a Rodó y su sensación de que había un vacío por llenar: en la segunda serie (1899) publica su crítica sobre (contra) Ruben; y en 1900, aparece la tercefa que contiene Ari€l. El texto fotma parte de un esfuerzo esclarecedor más amplio; en esencia, es un discurso o lección profesoral sobre americanismo, o seala indagación por el origen, realidad y destino de nuestra cultura f¡ente a la herencia euro-

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pay b hegemonía norteamericana. Como su público virtual era la juventud del continente, recurre, a una estratega alegbrica muy usada por la oratoria: un viejo y respetado profesor, Próspero, se despide de sus discípulos reunidos en su apacible estudio, baiola sombra protectora de la estatua de Ariel. Ariel es el espíritu alado que simboliza la libertad y todo lo que es elevado y bello, al que se opone Calibán, encarnación de los impulsos egoístasy materialistas del hombre. Por cierto, las figuras centrales del juego simbolico de Rodó (Próspero, Ariel, Calibán) aparecen en Tbe Tenpest Shakespe^re,peto la alusión shakespereana de es un eco remoto, aunque sin duda prestigioso. Ariel parece más una respuesta(o una variante) del drama de Ernest Rénan (1823-1892) Caliban,Stite de Tenpéte(París, 1878), que declara desde el título ser también una adaptación de otro texto2. En su obra, Rénan planteaba la victoria de Calibán; en la suya, Rodó corrige a su maestro y propone el triunfo de Ariel. (El trasfondo intelectual de este simbolismo es más complejo, porque otro pensador francés, Alfred Fouillée (1838-1912), que también inspira a Rodó, había criticado a Rénan en L'idée mode¡ze droit, publicado el du mismo 1878. Todo esto prueba que Ariel era una figura capital en el debate ideológico de la época y que Rodó no hace sino sumarse a é1.) El cuerpo principal del ensayo está dividido en seispartes (ocho, según algunas ediciones que suman la breve introdución y el épilogo). En las primeras Rodó encomienda la defensa del espíritu libre a la juventud (I), condena la tendencia moderna a la especialización que destruye la integridad y armonia del espíritu (II), destacala función moral de la belleza (III) y critica la concepción utilitaria de la vida (IV). Pero es la parte V la verdaderamente polémica y la menos bien entendidat alli aparcce la célebre caracteri2 Véase Gordon Brotherston, dnt d$tionD a José Enrique Rcdró, Arict (Cambridge University Press, 19ó7), pp. 3-5.

zación de Estados Unidos comb gran sociedad democrática, llena de energía y devota del trabajo, pero devorada por el estrecho espíritu utilitario y un ejercicio homogeneizador de la libertad, que niega lo mejor de cada individuo. Rodó opone este modelo social a la América htinay cristiana,herederade la gracia helénica y el desprendido eiercicio del arte; ésta es precisamente la que, fascinada por el espejismo norteamericano, corre el riesgo de olvidar <un vínculo sagradolue nos une a las inmortales páginas de la historia, confiando a nuestro honor su continuación en lo futuro) (Rodó, Aiel, 1967, p. 72).Como ademásel autor agrego la famosa frase sobre Estados Unidos (<aunque no les amo, les admiro>, p.76), todos los lectoresde entonces (y la mayoria de los que siguieron) hicieron la inferencia que Rodó no hizo: si el símbolo de América Latina es Ariel, entonces Estados Unidos es Calibán. Y esto a pesar de que Rodó llega a lanzar un voto esperanzado;<La obra del positivismo norteamericano servirá a la causade Ariel, en último término> G. 89). Puede decirse que los lectores y la circunstancia histórica llevaron el mensaje le Anel más lejos de lo que su autor intentaba, lo que tal vez iustifique la leyenda que sigue rodeándolo. Este dualismo de sociedadeshumanas cuyo linaie espiritual es el de Caín o de Abel, era la imagen simplista, pero seductora, que empezó a extraersedel libro; las consecuencias que de ella se derivaron no son menos singulares. La pareja enemiga Ariel-Calibán es, en cierto modo, un replanteo del binomio civilización-barbarie del Facundode Sarmiento, pues para Rodó los ideales de belleza y libertad que América debía representar, estaban asociadosa la cultura helénica y, por lo tanto, a Europa; la diferencia era que Facundo-Calibán parecía haber sido extrapolado y asociado al vecino del norte, no al gaucho del sur. Recuérdese que el nombre <Calibáo es el anagrama de <caníbal> o que tal vez proyenga de <Cariban>, es decir propio de la cultura caribe, donde la más terrible forma de barbarie

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-la antropofag¡a- era practicada para espanto del colonizador europeo. Ariel ofrece una forma de respuestaa esa imagen de horror por la América salvaje implícita en Shakespearey Rénan. (Otras vendrían unos treinta años después de Aricl, como parodias vanguardistas brasileñas entre ellas, la novela Macutaíma(Sáo Paulo, 1928) de Mário de Andrade U893-1945], cuyo héroe burlesco,nativo bárbaro y <<sem nenhum caráten>, renuncia ala,civilizaciórr;y la broma de Oswald de Andrade [1890-1954], quien convirtió el célebre dilema hamletiano en una cómica referencia a los indios tupís: <Tupí o no tupí, he ahí la cuestión> f,Reaista Aüropofagia-Diario de SAopa*lo, marzo 77, de 19291.)El motivo de Calibán seguirá siendo una preocupación común al pensamiento intelectual de hoy sobre el tema del colonialismo, dentro y fuera del ámbito hispanoamericano: reapareceen los planteamientos de Roberto Fernández Retamar [Cap. 5.VII], y en el drama [Jnetenpite [París, 1969), reescritura de la obra shakespereanapor el poeta martiniqués Aimé Césaire[1913]. Todo esto no hace sino revivir la cuestión presentada por Rodó.) Es evidente que la imagen que RodO tenía de América Latina era decididamente europea, una América pulcra y racionalmente expurgada de sus contradicciones internas como colectividad: no una realidad, sino una idea mo:i;aly estética de ella. El idealismo de Ariel es inconmovible: es una percepcíón intelectual pero además una fe, la fe de un optimista que creía en un fufuro dominado por los principios rectores del bien, el arte, la armonia y la justicia. Ese idealismo no er¿ inmotivado: era un síntoma del fracaso del positivismo.del xrx y su ciega adhesión por la ciencia y el pragmatismo. El modelo positivista -lafaerzafilosófica, científica y política dominante en el siglo xrx- es iustamente lo que el credo modernista viene a desplazar; la burguesía hispanoamericana había crecido y progresado, sin duda, pero eso no había hecho más justas las jóvenes repúblicas; el esquemaeconómico liberal había dado paso,

incongruentemente, al caudillismo militar más conseryador y retrógrado; las sociedades,al ritmo de la revolución industrial, se habían modernizado materialmente, pero no que anhabían alcanzado ¡ealmente la refnada modemidad, siaban Darío y sus discípulos. Ariel expresabaesa crisis y, sobre todo la posibilidad de su solución. Había cierta urgencia, porque el reacomodo de fuerzas políticas a fin de siglo colocaba a AmerícaLatina ante un nuevo reto: los Estados Unidos. Era, pues, la hora de criticar pero también de alentar y exaltar las fuerzas creadoras de la nueva generación. Sala vándose a sí misma, ésta podía salvar a su sociedad y ^un la humanidad, pues lo mejor del espíritu democrático y el culto a labelleza de la antigua Grecia estabadepositado en el alma colectiva de los hispanoamericanos. El destino del continente dependía del respeto a la democracia y al arte; mejor dicho: de un concepto casi artístico de la democracia, pues, igual que para los griegos, ésta era inseparable para Rodó de la existencia de una élite o aristocracia intelectual formada por individuos cultivados, ajenos a las bajas pasiones de Calibán casta de filósofos, poetas y gobernantes. Era precisamente esa aristocracia de almas superiores la que impedía que la democracia fuese meramente el gobierno indiferenciado y mediocre de las masas que asfixiaba al individuo y eraclara,para Rodó, el peligro del sistema democrático norteamericano. Buena parte de la prédica antiutilitaria del libro tiene un tono de advertencia profesoral: si la juventud latinoamericana cayese víctima de la imitación o fascinación -que ya se adver¡is¡- de Estados Unidos, la causadel espíritu estaría perdida.

Hoy puede decirse que, en su crítica de Norteamética y en su visión del dilema que presentaba pan el resto del continente, Rodó se excede al mismo tiempo que se queda

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corto. Ambas son realidades distintas (y el libro hizo bien en señalado), pero no exactamente por las razones que el autor presenta. No es cierto, por ejemplo, que el <<principio de desinterés>, que es mencionado frecuentemente, esté menos presente en el norte que en el sur: la ambición de poder es común al ser humano y no hay cultura que pueda declararse libre de ella. El concepto <heroico> que Rodó tenía de la historia (y que recuerda un poco al del ecuatoriano Juan Montalvo [Cap. f .ilI]) es un principio algo mecánico y empobrecedor, tanto del proceso formativo norteamericano como del de América Latina. Eso le impide ver un problema quiz{ esencial de los Estados Unidos: su propia falta de sentido histórico, cuyas repercusiones en el ámbito político son cruciales. En realidad, puede decirse que el principal defecto del libro es su tendencia divagadora y abstracta, que omite casi toda referencia a la concreta realidad sociológica, económica y política. No hay mención alguna a urgentes cuestiones como la situación del indígena, que ya había reclamado la atención de Manuel González Prada (Cap. l.VI). En las alas de Ariel, Rodó sobrevuela sobre un vasto panorama que observa a la distancia sin precisar detalles. Más que el ser real de América, lo que tenemos es una idca moral de ella, una especie de deber ¡erkantiano de su espíritu colectivo. El ensayo es un ejemplo exquisito del individualismo filosófico que adoptó el pensamiento de fines de siglo, como consecuencia de la crisis positivista y el advenimiento del modernismo. Aunque de intención y alcance distintos, los libros que siguieron a Ariel prolongan en general esa actitud. Motiaos de Prüeo (Montevideo, 1909) reafltrma el profundo espiritualismo helénico de Rodó y su certeza algo ingenua de que la transformación social es la consecuencia directa de la voluntad del hombre. Este, y no Ariel, es el libro que mejor muestra la capacidad filosófica de Rodó: su empeño era desarrollar una doctrina psicológico-ética que, aunque

claramente basadaen el idealismo bergsoniano, fuése una obra personal. El hecho de que Rodó lo concibiese como una suma de fragmentos, negándose deliberadamente a cenada, pan deiat que fuese <dedarle una <arquitectura>> senvolviéndoso libremente como un libro en constante <devenir¡>(Rodó, Ariel. Motittosde Proteo, 1'976, p- 59), lo aproxima a formas modernas del pensamiento. Incluso la prosa se ha liberado del timbre oratorio del primer libro' y líes más serena,menos rebuscada,pues alterna los pasaies puro discurso filosófico con las ricos con los reflexivos, el habituales parábolas ilustrativas; hay páginas, como <La pampa de granito> (fuag. CL), que son de antología' Pesea ello, el libro pasó bastante desapercibido y tal vez no fue entendido del todo por los que antes habían leído, conmovidos, Ariel: el interés de las capasilustradas de América ya parccia estar yendo en otra dirección. El nirador dePnispero (Montevideo, t9l3) es una amplia recopilación de artículos y trabajos dispersos que declara desde su título la persistencia de la figura magisterial como hilo que guía la reflexión del autor. Esa intención didáctica afecta no sólo el pensamiento sino el estilo de Rodó, que seguramente ha enveiecido más que el contenido de su obra. Pomposo, retórico y digresivo, el lengr: aie de Ariel tiene una afectación trasnochada; más que prosa escrita, es oratoria. No quiere serleída:quiepues es fundamentalmente un discurso, re ser escacbada, una oración cívica. Extrañ^ pensar que era un hombre de unos veintinueve años quien decidió usar el tono y la apariencia de un viejo y sabio profesor parahablar a los de su propia edad. Pero Rodó amaba estos recursos alegóricos de la filosofía clásica, lo que se nota también en el uso de fábulas, como la del rey oriental que introduce al final de la parte II de su ensayo. Por su formación cultural y su vocación espiritualista, Rodó encarna la actitud dominante de una generación uruguaya que asistirá al ascenso(1903) de José Batlle y Ordóñez (1856-1929) al poder.

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El liberalismo de Rodó parece real¿arse en el de Batlle, que construye un auténtico estado benefactor y providente, que haría de Uruguay la llamada <Suizade Américu. El mensajede Aiel, su ideal de civilización y sociedad y su visión homogeneizadora de cultura, bien pueden asociarsea la forma en que se configuró Uruguay y toda la región ríoplatense: una colectividad mayoritariamente blanca, europeizada e ilustrada en el Atlántico, que no compartía los mismos problemas de otras latitudes de América Latina. Rodó no vio esos problemas porque no eran parte de su experiencia. Nos dio una imagen exaltada y triunfante de América Latina, según la cual este continente era el heraldo del futuro y el campéon.de la democracia, dotado de una fuerza moral superior a su poder material; un David capazde derrotar al gigantesco Goliat del norte. Encarnó un modelo de reflexión americanista que sigtieron o debatieron los pensadores urgidos por la cuestión del camino que debía seguir la cultura continental. Es esa fuerza aftrmativa y confiada en la bondad de una causa, lo que debe haber conservado el interés del libro más allá de su época.

Il. El <tarielismo> sts eqúuocos 1 El influjo de Ariel fue tan profundo que dio origen a un movimiento de ideas americanistas que se conoce con el nombre de <arielismo> y que señala el fin de la hegemonía positivista en América. En su tiempo el grupo tuvo considerable importancia, aunque hoy esté casi olvidado. El <arielismo> está leios de ser una escuelao fo¡ma precisa de pensamiento americanista, y sus limites ideológicos y cronológicos son también vagos. En grados diversos, comparten con el maestro el espíritu afrancesado, el preciosismo formal y la critica a la América anglosaiona; le agregan un interés por las teorías evolucionistas (que usan para plantear el problema de la diversidad racial) y un tono de-

cididamente conservador y a veces reaccionario. Su eventual fascinación por las dictadu¡as locales y el naciente fascismo europeo seguramente habría horrorizado al uruguayo. De los <arielistas>,el más esteticista es el venezolano Manuel Díaz Rodríguez (1868-1927), que introdu¡o en la literatura de su país el tono decadente. Como ensayista,es (Caracas, autor, entre otros libros, de Caminodeperfección de ensayosentre los cuales figura 1908), elegante coniunto un interesante retrato crítico del modernismo. El caso del peruano Francisco García Calderón (18831953) es curioso; su larga residencia en Francia hizo de él un escritor bilingüe y un francófilo declarado. Influido por las ideasorganicistasde Gustave Le Bon (1841-1931) y el idealismo de Hen¡i Bergson (1859-1941), consagró varias obras a la cuestión de América frente a Europa y Estados Unidos. Los dos más importantes sobre el tema latixes de fAneriqrc (escrita en francés, son Z¿¡ démocraties publicada en Pa¡ís en 1912, y sólo traducida en castellano (París, 1913). Ambos en 1979) y Iz cnacióade u coatinente son eiemplos del pensamiento conseryador de Hispanoamérica anterior a la Primera Guerra Mundial. En el primero, García Calderón contempla a América con una mezcla algo confusa de angustia y esperanza.Según é1,el <espíritu latino> enfrentaba una triple y formidable amenaza exterfl^: la que representaban Alemania, Estados Unidos y elJapón. Internamente la situación no era meior, porque el continente estaba seriamente afectado no sólo por los fenómenos del caudillismo y la anarquía, sino por pues <<exel problema racial, que era <de suma gravedad>>, plica el progreso de algtnos pueblos y la decadencia de otrou (F. Garcia Calderón, 1979, p. 193). Es precisamenque conte esta parte dedicada a la cuestión de las raz,asla. prejuiciada del libro. Defensor de un tiene la visión más eurocentrismo que se apoyaba en basesseudocientíficas y en obvios estereotipos, el autor hace una síntesis racista de

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la cultura latinoamericana, en la que los negros y los indios aparecen como razas primitivas, incapaces de contribuir al progreso democrático. El propio mestizaie es un proceso que <produce a menudo tipos humanos desproporcionados física y moralmente> (p. 198). Garcia.Calde' rón buscaba una imposible unidad o armonía racial, una <raza homogénea> (ihd.) que le permitiese a América salvar <<la vitalidad latino (p.216) amenazadaen el resto del mundo. Este tema de la unificación americana y de las bases para su definitiva autonomía cultural, es la materia principal de La reaciónde un continette, especie de meditación escrita en una prosa decorativay entática, de clara esti¡pe modernista. El problema racial sigue preocupándolo y, aunque ahora expresa una visión grandiosa sobre <la Nueva Raza AmericanaD, su creencia en el determinismo ambiental le sugiere afirmaciones como ésta: <El cráneo del judío [ambientado en América] lentamente cambia de formu (ibid, p. 245). En algunos discípulos como ésre, el mensaje de Ariel había dado paso a üna forma vulgar de adoración europeizante y al rechazo de las raíces mismas de la sociedad americana: ceguera insólita que hoy es fácilmente ¡ebatible pero que encandiló la conciencia de algunos hombres cultos de entonces. Otro ensayistaperuano, José de la Riva-Agüero (18851944) es digno de mención porque fundó los modernos estudios literarios e historiográficos en su país. Es autor de dos libros claves en cada uno de esoscampos: Canicter la de literatura del Peni iilepndinte (Lima, 1905) y La bistoria enel Perú (Lima,1910); el primero tiene el mérito adicional de haber sido una tesis universita¡ia escrita cuando el autor tenía diecinueve años, y ambos son obras de erudición y reflexión profundas que no dejan de ser, al mismo tiempo, enfoques muy personales aparte de ejemplos de prosa castizay de tnbaiada precisión. Paftajes pemarc (Lima, 1955) es un libro que convierte en brillantes imágenes los recuerdos de un viaje por el interior del Peru. El orgulloso

hispanismo y la creencia en un catolicismo a ultranza que mostró al principio, lo llevaron rápidamente a la defensa de posiciones reaccionarias y finalmente a la exaltación del fascismo italiano. Es irónico que en su país fuese considerado la cabeza visible del <arielismo> local, pues reprochaba a Rodó su helenismo aplicado a un continente que él veía irremediablemente contaminado por el influjo negativo de indios, mestizos y negros. La triste ve¡dad es que varias figrrras importantes del pensamiento en esa época cayeron en la misma trampa y en errores todavía más graves. El argentino Cados Octavio Bunge (1875-1918) publicó, cuando elecodeArielestaba en el ambiente, un libro desconcertante:NaestraAménia (Buenos Aires, 1903). El sabor martiano del título es equívoco: Bunge era otro discípulo de l¿s teorías de k Bon sobre la influencia de los caracte¡esraciales en la fisonomía social de un pueblo, y su visión de América no podía ser más negativa. Al revés de Rodó, era partidario de un determinismo científico y tr t^ba de aplicar mecánicamente al estudio sociológico el evolucionismo darwiniano. Así, habla de razassuperiores, subrazas,leyes de supremacia, etc. Aunque el negro y el indio son presentados como elementos socialmente retrógrados, incapaces de actividad intelectual o artistica significativa, el mestizo aparece como el producto de una mezcla racial que agtz..va y degenera los rasgos tipológicos originales. En las tesis racistas de Bunge hay incluso algo de frenología, pues llega a iuzgtr por la constitución física la baieza espiritual de los individuos. Sólo la razablanca y los valores europeos y auténticamente cristianos tienen posibilidades reales de adelanto social, de lo que pone como ejemplos a Estados Unidos y el México del dictador Porfirio Díaz (1830-1915). Con un matizalgo más moderado, otro argentino,José Ingenieros (1877-1925), defiende ideas semejantesen Sociología argentita(Buenos Aires, 1910). Ingenieros era un evolucionista seguidor de Herbert Spencer y, aunque el mismo

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e{a un creyente del socialismo, llega al extremo de justificar la esclavitud como manifestación jurídica de un hecho biológico. Entre sus muchos libros dedicados a cuestiones filosóficas, psicológicas y sociales Hacia uza moral sin dogma(Buenos Aires, 1917), Ensalos flosófcos (Madrid, 1917), I-asfiery4r moralcs (Buenos Aircs, 7922)-, E/ bombre mediocre (Madrid, 1913) fue el más popular e influyente. El más <arielistu además, pues en él Ingenieros combinaba su habitual evolucionismo spencerianocon un idealismo social. El ensayo condenaba el conformismo y docilidad del individuo <mediocre> y admiraba el espíritu innovadcr del hombre superior que busca el cambio social. Otro ensayistacuyo pensamiento tiene conexiones con los anteriores,es el boliviano Alcides Arguedas (18791946), conocido también como autor de novelas indigenistas. Su ensayo más conocido es Pueblo exferrno (Barcelona, 1909), con la que su obra narcativa tiene estrecha relación. El pesimismo de Arguedas es radical: una mezcla de fatalesleyesbiológicas, razoneshistóricas y circunstancias ambientales, han hecho del indígena un raza <<atroftada>> o <<enferma>r. Peor es el problema que presenta la psiquis del mestizo o cbolo, quien se agudizan las fallas genéticas en de sus componentes raciales, pues no sabe utilizar sus facultades propias para librarse de los condicionamientos que los esclavizan. En este triste panora ma de razascondenadasa un destino infrahumano, sólo hay un paliativo: la educación, que si bien no hará de estos individuos hombres realmente civilizados, al menos los convertirá en seres útiles: buenos campesinos, obreros o soldados. Quizá no seade extrañar que, en la rercer¿ edición del libro (Santiago de Chile, 1937), Arguedas añadiese Metu Kanpf (München, 1925-1939) de Adolf Hitler, a la lista de auroridades sobre el problema racial. Francisco Garcia Calderón ¡eptesenta un ejemplo de perversión de la fascinación europeísta propia del pensamiento arielista, así como Bunge, Ingenieros y Alcides Ar-

guedas lo son del cientificismo de antes de la guerra de 1914; los tres cayeron, por vías diversas,en un desviado sociologismo d€terminista, fundado en la cuestión racial, para explicar la naturalez de :una América mestiza. De paso: es interesante comparar estasvisiones del indio con las que difundirá, poco después, la novela indigenista, cuyo paradigma es Huasipugo (Quito, 1934) del ecuatorianoJorge lcaza (1906-1979), que repetirá las mismas deprimentes nociones sobre una raza qve yace en un estado irrecuperable de abyección y animalidad y que inspira más repulsión que lástima. Visiones superadas,pero que deben ser tenidas en cuenta como exPresiones de un momento poco estudiado de nuestra historia intelectual.

Un saludable rechazo de este cientificismo estrecho y retrógrado es el que representa en México Justo Sierra parte de cuya obra de pensador corresponde (1848-1,91,2), al siglo xrx. Sierra es una figura capital del espíritu moderno en su país, aunque lleno de contradicciones y ambivalencias:era un pensador liberal formado en un clima intelectual dominado por un positivismo de sesgo conseryador; sirvió como ministro de PorfirioDiazy luego Io sería también del régimen de Francisco Madero (1873-1913), al comienzo de la Revolución Mexicana. Como escritor y artista, era un romántico, pero admiraba a Gabriele D'Annunzio (1863-1938) y también a Friedrich Nietzsche,cuyo pensamiento es visible en el suyo. Se encuentra más cerca del humanismo de Martí que de los <científicos> con los que estuvo asociado y, aunque las circunstancias históricas en las que escribe son completamente diferentes a las de Rodó, es un <arielisto más auténtico y cercano al maestro que los que así se llamaron. Ensayista,orador, cuentista y poeta, Sierra era además un político, un historiador y sobre todo un educador -la gran pasión de los hombres que modelaron la vida americana del siglo pasado, comenzan-

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do por Bello. En México: ss elolilciór social (México, 19001902), hace el primer resumen del proceso históricopolítico del pais.Juáre6, obra-y tiempo su sr (Mexico, 1905) es un estudio capital del gran reformista mexicano. Y su <Discurso en el Teatro Abreu de 1908, en homenaje a Gabino Barreda (1818-1881) -introductor del positivismo cn Méxicoes una pieza fundamental para conocer el pensamiento y la prosa de Sierra. Con un lenguaje sembrado de imágenes exaltadas y convincentes, el mexicano defiende una posición equilibrada y sabiamente escéptica frente a las pretensiones absolutistas de la ciencia. En vez del sometimiento ciego a sus leyes, Sie¡ra nos pide que <dudemos>; reite¡ando estratégicamente esa palabra, Sierra la convierte en la clave de su discu¡so. Sus esfuerzos por modernizar la Universidad Nacional de México y su participación en el Ateneo de la Juventud no son menos importantes en la vida intelectual mexicana; los fundadores del nuevo pensamiento filosófico nacional saldrán precisamente de allí y de las páginas dela Rnista Moderna, enla que también Sierra colaboró. La modernidad de Sierra reside en su ardorosa defensa del antidogmatismo y la tolerancia en el movimiento de las ideas.

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Dw discípuhsmodenistas

Quizá convenga cerrar.este capítulo, que comenzó con Rodó, que escribe desde la cúspide del modernismo, con dos escritores que encarnan otras fasesimportantes de esa estética. El primero es una gran presencia en la literatu¡a argentina como poeta, cuentista y pensador filosófico y político: Leopoldo Lugones (1874-1938). Personalidad contradictoria, que evoluciona de un temprano socialismo a la defensade un militarismo ultranacionalista, su obra de ensayista revela tanto una voracidad enciclopédica (el helenismo, la teosofía, la ciencia, la historia, son algunos de

sus intereses) como el c¡eciente desorden intelectual y angustia espiritual que lo llevarían al suicidio. Fruto de un viaje por Misiones, que hizo en 1902 acompañado por el gran cuentistauruguayo Horacio Quiroga (1878-1937), es su ensayo histórico El inperiojesuítico(Buenos Aires, 1904) que, junto con El paydor (Buenos Aires, 19 16), parte de un vasto estudio sobre el Martín Fiaro qte no pudo concluir, constituyen sus mayores contribuciones al género. Son libros intensamente personales, algo arbitrarios y hasta desiguales, pero son altos ejemplos de la prosa lugoniana, apasionada, barroquizante, nítida. También escribió ensayos históricos (como Historia de Sarmiettto,Buenos Aires, 19ll), didácticos, científicos, políticos, literarios. De este coniunto cabe rescatar dos de los más breves y rarcs: El tamaño espacio del (Buenos Aires, 1921), (ensayo de psicología matemáticu, Quees un intento de aplicación de la teorías de Albert Einstein (1879-1955), y su Filosofcula (Buenos Aires, 1924), colección de meditaciones y prosas fragmentarias que muestran el sesgo irónico e imaginativo de su pensamiento. El otro escritor es el venezolano Rufino Blanco Fombona (1874-1944), cuya personalidad sin duda contribuyó a su leyenda más que su obra misma. Su fama de maledicente, indiscreto y sarcástico lo convirtió en un mfant tenible de la época. La política fue una de sus grandes pasiones y la causa principal de su largo peregrinaje como exiliado por Europa. Fue un polemista feroz cuya elegancia formal hacía más arteros sus ataquescontra personas e instituciones respetadas.Fue un ensayista que se expresaba a través de crónicas literarias, artículos periodísticos y sobre todo diatribas contra esto y aquello. Las relaciones entre España e Hispanoamérica, su fervor boliviariano, su fascinación por el superhombre nietzschiano, el anarquismo, los ideales griegos, y el tema del imperialismo anglosajón, son cuestiones dominantes en libros como La eaohción wciall política de Hisparoanérica (Madrid, 7911), La ünpara deAhdixo (Madrid-Buenos Aires, 1915), El cor

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qaistadorerpañol iglo XVI (Madrid, 1921?). Escribió tamdel bién el estudio El modemismo los poetas modemistat(Ma1 &id, 7929) y un diario ritulado, con ánimo provocador, Camino de inpcrfección (Madrid, 1933), seguramenre para contradecir al Caminodepetferciórde su compatriota biaz Rodríguez Grpm).

Capítulo 3 Los intérpretes de la realidad

Hacia la segrrndadécada del siglo, tres distintas direcciones se definen en el panorama del pensamiento hispanoamericano: por un lado, el esfuerzo por explicar y analizar la crisis sociopolítica del continente alaluzde la teoría marxista; por otro, la renovación de la línea de preocupación cultu¡al americanista, con el agregado de la cuestión indígena; y por último, la aparición de los primeros intentos maduros de reflexión filosófica pura, centrada en el examen de los grandes problemas humanos. Diagnóstico, americanismo y especulación son las formas que definen el ensayo de esta época, en la que surgen algunas grandes figuras cuyo influjo sigue siendo decisivo en la discusión intelectual de hoy. Puede decirse que estasnueyas contribuciones cierran el ciclo idealistadel <arielismo>y presentan una visión más problemática y compleja de la situación del hombre, ya sea en su contexto social o en el cosmos. G¡andes acontecimientos históricos precipitan esre 63

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cambio radical. Es un período particularmente dramático, gracias a la apaiciónde ciertos movimientos revolucionaiios (la Revtlución Mexicana de 1910, la soviética de 1917),la Primera Guerra Mundial; la agitación obrera y estudiantil en Europa y América (por efemplo, el movimiento por Ia reforma universitaria de Córdoba, Argenti,r", qrr. t.p.rcutió por todo el continente), la intensificación del intervencionismo norteamericano; el surgimieny to de ligas campesinas el crecimiento de las organizaciones sinJicales en varios países;la exacerbación del vieio fenómeno de la dictadu:il. mllitar, etc' A esto hay que sumar el vasto impacto de las vanguardias artísticas (que muchas vecesse combinaron con las vanguardiaspolíticas) y el clima general de renovación, negación y contradicción que era prof"g"tot por todo el mundo' En todos los aspectos, orden de ideas, formas y preocuPaévidente que un nuevo ciones haÉía surgido despuésde la acción de los pensadores formádot .ttil período finisecular: esa nueva realidad es la que llamamos época contemporánea' El gran debate de las ideologías que hoy nos inquieta empieza aquí' Los ensayosque caracterizan el comienzo de esta época son reconocibles por su tono entre esperanzado y angustiado, por el grado explícito de su compromiso o militancia con causasconcretas' y por la rebeldía e indignación de su prédica. Los autoresse aleiande la divagación y la retórica puramente elegante, porque prefieren encat r los problemas de la hora desdeel ángulo de su experiencia perso<radiogranal: los ensayistashacen ahora <<diagnósticos>, individuaPero es evidente que el vieio fíau, <exáménes>. lismo ha pasado de moda: el ensayo se vuelve hacia afuera' ^de en brrsca lo otro, lo desconocido u olvidado' En el lenguaie de la época es frecuente que el ámbito interno o priiado del inÁividuo quede soslayado por consideraciones o teóricas sobre <clasesD (estn¡cturas económicas>: el homo bre encarna los valores de la <masa> colectividad en la que vive, sometido a presiones, condicionamientos e inte-

resesde amplios alcances. Estas fuerzas modelan a los individuos en estratos o niveles distintos, en los que los rasgos particulares tienden a homologa¡se: el interés de los ensayistasse concentra en esascapasanónimas y sin rostro que, en su silencio, dicen algo importante y nuevo. Los novelistas de la época (Mariano Azuela,,Rómulo Gallegos, Ricardo Güiraldes, José Eustasio Rivera) auscultan las mismas voces, en una significativa concurrencia en el descubrimiento de una realidad que, aunque inmediata, no había sido suficientemente cartografiada por la literatura. Esta cuestión -la aprehensión de la realidad- es un problema filosófico, estético y moral de ext¡aordinarias proporciones en un continente que seguíasiendo desconocido para sí mismo. Es imposible cubrir todas las expresiones de un momento tan rico paru el campo del ensayo; en las páginas que siguen se trata de dar una idea de los momentos y figuras claves del proceso.

I. El m¿*ismo de Mariángti Un nombre capital es el de José Cados Mariátegui (1894-1930), cuya personalidad, obra y acción definen bien la época. Antes de él -y aun después-, pocos intentos serios de aplicación del marxismo se habían producido en América, aunque hay que mencionar al menos dos antecedentes en el pensamiento político argentino: Juan B. Justo (1865-1928), traductor de El Capital y director del dia¡io socialista La Vanguardia;y Manuel Ugarte (1875(Madrid, 1923), dide 195 1), autor de El destitto nt continente fusor de las ideas socialistas europeas y de la doctrina antimperialista. Aunque pueda pensarse que la situación de América en esosmomentos era propicia panel desarrollo de un pensamiento marxista, la aparición de éste en el continente es tardía. Las razones principales quizá sean político (las clases diridos: por una parte, el establisbment

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gentes, el ejército y la iglesia) constituyó un dique formidable a las formulaciones de los intelectuales militantes, y con frecuencia los acallaron, por la seducción o por la fuerza: el dominio de aquellos grupos sobre la opinión pública (en colusión con los intereseseconómicos norteamericanos) excluyó casi del todo la presencia de éstos. Por otra, pese a los esfuerzosde los marxistas nativos por ocultarlo, ni Karl Marx (1818-1883) ni Friedrich Engels (1822-1895) tuvieron ningún interés en estudiar ni asimilar el caso hispanoamericano al cuerpo de su doctrina histórica; Engels llegó a alegrarse del despojo territorial que México había sufrido en 1848 -el añb del Manifiesto Comunista- a manos de EstadosUnidos. A pesarde su antigüedad cultural, el continente americano aparecit, aun a los ojos de sus figuras más radicales, como una re¿lidad ahistórica, más atrasada y bárbara que la Rusia zarista. Y, sin embargo, las similaridadesentre ambasrealidadeseran visibles: tanto AméricaLatina como la vieja Rusia eran sociedades básicamente agrarias, pobladas por campesinos analfabetos y sometidos a un régimen de explotación feudal -subculturas al servicio de una élite auto¡itaria. Todo esto es lo que viene a plantear y criticar Mariátegui. Marcado por la pobreza y la mala salud desdesu infancia, Mariátegui se inicia en la literaturu ¡ la sombra de un postmodernismo decadente, ejerciendo funciones de cronista algo frívolo. Muy pronto,hacia 1918, su evolución intelectual hrbia empezado a dar manifestaciones de profundas inquietudes sociales,de lo que es testimonio La Razón, dixio fundado por él y que fue clausurado por las auocurre algo providencial: dándole una toridades. En 1,920 beca, el presidente Augusto B. Leguía (1863-1932) t¡atade desembarazarsede él y lo envía a Europa. Allí pasa tres años (1920-1923), prrncipalmente en Italia, que son fundamentales en su obra y la orientación del marxismo en América. Cuando vuelve al Pcrú, Mariátegui es otro hombre: un marxista doctrinal, convencido y militante. En los

intensos años que restan hastasu temprana muerte, y a pesar de la invalidez que lo limita a una silla de ruedas, funda y dirige Amaata (1926-1930) -complementada por Labor (1928-1929)-, revista literaria y de pensamiento que puede considerarse extraordinaria en su tiempo; organiza el Partido Socialista Peruano, que será la base del futuro Partido Comunista del Perú; y publica La escena contemporánea (Lima, 1925) y 7 ensalos interpretación la realidadpede de raana(Lima, 1928); ésta última es su obra magn y un verdadero hito del marxismo en el continente. El marxismo de Mariátegui está modelado directamente por su experiencia europea y tiene un definido matizitali^no. Italia en el atalayaideal para observar el panorama de Ia política mundial, la pugna de las ideologías,su puestaen acción y sobre todo para entender la problemática de su país al margen de los debatesprovinciales de cenáculo. Era la primer vez, desde la prédica indigenista de GonzálezPrada a fines de siglo, que el problema del hombre andino era puesto en el contexto de las luchas del proletariado internacional; es decir, como un caso particular, pero sometido a las leyeshistóricas comunes a los pueblos y clasesoprimidos. El problema nacional e¡a visto al fin como un capítulo del proceso del capitalismo en el mundo, y así formaba parte de un programa general de lucha revolucionaria. En la advertencia al comienzo de los 7 ensalos, auel to¡ declara:
Mi pensamiento y mi vida constituyen una sola cosa, un único proceso. Y si algún mérito espero y reclamo que me sea reconocido es el. de -tarnbién conforme un principio de Nietzschemeter toda mi sangre en mis ideas (Mariátegui, 1979, p. 3).

El voluntarismo revolucionario de Mariátegui y su concepción humanista y flexible del marxismo tienen la hueIla de sus maestrositalianos y franceses, especialmentela de Benedetto Croce (1866-1952) en su fase marxista, Georges Sorel (1848-1923) y Antonio Gramsci (1891-

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Brevehistoriadel ensayo hispanoamericano 7937). Parah mtyoría de éstos,el marxismo era un nuevo mito de la humanidad que había transformado radicalmente Europa. Para Maiátegui, su nuevo papel era el de tranformar América, usando las fuerzas desencadenantes del campesinado andino y los movimientos obreros de las ciudades del Peru. Pe¡o este indigenista creía también que <no hay salvación para Indo-América sin la ciencia o el pensamiento europeosD(ibful.,p. 12). Su visión de la cultura formaba parte del mismo proyecto. Algo que hay que destacar en Mariátegui y que lo pone por encima de muchos correligionarios hispanoamericanos y europeos, es su comprensiva visión del arte en el proceso revolucionario. Estuvo lejos de ser un comisario fanático y receloso de las llamadas <formas burguesau de creación estética. Al contrario: fue un introductor com-' prensivo y hasta entusiasta de la vanguardia europeoa e hispanoamericana, del surrealismo, de los descubrimientos de la psicología y la ciencia de su época. El sumario de Amaúa ofrece una admirable variedad para un órgano de difusión que en su nota de presentación había declarado:
No hace falta decluar expresamente qte Amaüa rio es una tribuna libre abierta a todos los vientos del espíritu. Los que fundamos esta revista no concebimos una cultura y un arte agnósticos.Nos sentimos una fuerza beligerante,polémica... Soy un hombre con una filiación y una fe. Los mismo puedo decii de esta revista, que rechaza todo lo que es contrario a su ideología así como todo lo que no traduce ideología algtna. (Amauta, núm. 1, 1926, p. l1l) A una muy (187 pesar de ese tono militante, de hecho la revista fue tribuna abierta a autores, manifestaciones y temas diversos: la poesía simbolista de Jose María Eguren 4-1942), los <anti-sonetos)) barroquizantes de Martín

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Barbusse (1873-1935)... Había unaraznnpara ello: Maúátegui creía que la vanguardia correspondía a una fase del <cosmopolitismo> occidental, que luego daría paso a la etapa superior de afirmación nacional expresada en una estética realista; así, la historialjterariatambién se ordenaba de acuerdo con un finalismo progresista. El interés de Mariátegui por la literarura y el arte basta para convertido en uno de los más interesantes críticos y teóricos de ese tiempo en América. Su examen de la literatura nacional ocopa el último capítulo de los Z efllaJls,como coronando el estudio de los otros aspectossociales y políticos: la economía, el problema del indio, el problema de la tierra, la educación, la religión, el regionalismo lertts el cent¡alismo. Nadie había hecho antesesemúltiple examen, y menos con la dedicación y la visión esperanzadade Mariátegui: leer y comprender era el primer paso hacia la acción. Posiblemente el estudio más discutido y trascendente de todos e¡a el dedicado a la cuestión de la tierra, en el que planteaba la necesidad de acabar con el sisrema del latifundio y el régimen feudal de explotació n agraria, estudiaba las comunidades indígenas y encontraba en el a/h quechua el germen esencial del <comunismo inkaicoD. La utopía política del Peru consistía, pues, en una vuelta al pasado, cuyo modelo era el antiguo Tahuantinsuyo, modernizado por los aportes del socialismo moderno y la praxis marxista. Esto fue visto como una herejía por los sectores más recalcitrantes del manismo hispanoamericano y dio origen a una ardorosa polémica internacional. Otra polémica, a propósito del indigenismo literario, lo enfrentó a Luis Alberto Sánchez (Cap. 4.VII).

Adán (1908-1985), André Breton(1896-1966), T. MaF. (1876-1944), muralismomexicano,lasteoríasde rinetti el SigmundFreud (1856-1939), indigenismo,JoséOrteg el y Gasset (1883-1955), Henri Louis Aragon (1897-1982),

Esa fue una de las virtudes del libro: ser un vigoroso estímulo parala discusión intelectual sobre política, economía y cultura, Frerono en términos estrictamente naciona-

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sules, sino a la luz de las transformaciones que estaba friendo el mundo. Con Mariátegui, la historia contemporánea del Perú entra al escenario en el que sevivía eseapasionante drama' Su estilo contribuye al sentido de urgenha sucia e inevitabilidad históricas de su esquema'No se Mariátegui brayado suficientemente la alta calidad de lo coáo periodista, la forma como procesabarápidamente y la enriquevi.to o l"ído,.lo asimilabaen su visión central cía. No .r" ,rn pensador orgánico: era un gran intérprete' mesensibley fino además.Su prosa tiene las virtudes del convincente' precisa' clara, ior perio'dismo: es funcional, ágrl. No es posible leerlo con indiferencia' Es iustamenteesacapacidadde Mariátegui.paraconvende cer y crear prosélitos, Io que ha creado su leyenda y' esa continuada el <rn'ariateguismo>, p"rJ, on pábl.*^, ^lectura qrri .r.t. epígonos han hecho de su obra Para convertirla ár, .rt" dócirina macizae incontestable' Es irónico que un gran maestro de la discusión se haya convertido en ,rr, .r¿.",rlo indiscutible. Sesenta años después de escrito muestran' como todo producto histórico' sus los 7 ensalos y a aclertos y sus errores. Mariátegui incorporó al Perú a la gran corriente del pensamiento crítiAmérica Latina co que daría origen a la ciencia política contemporanea' permiS., .i"rr. interpre"tativa -.el método marxista- le lo que otros no vieron, pero también caer en sofistió ver mas, erfores y esquematismos' Por efemplá,.r, defenr^ del <comunismo inkaico> (desarrollada en urla larguísima nota al ensayo sobre la tierra' en respuesta a Et paebtodet sot lLima, 1'925) de Augusto incluye una digresión soAguirre Morales ¡ialt-tl+S¡, autobr"eel problema de la falta de libertad individual y el de la tesis ritarismo en el imperio de los Incas' Su rechazo que de Aguirre Moralás como <liberabr y su afirmación de absolutamente <el hómbre del Tahuantinsuyo no sentía ninguna necesidad de libertad individual>r (Mariátegui, 1979,p.50n) son sencillamenteinsostenibles;el hecho es

que la sociedad incaica fue gobernada por un régimen despótico y paternalista más semejante a una dinastía oriental que a una dictadur^ p rtid^ri^. Y las comunidades indígenas son organizaciones venerables y atcauantes que poco tienen que ver con las modernas cuestiones ideológicas que lo preocupaban. El esquema<dialéctico>que usa palrala literatura (período colonial, período cosmopolita, período nacional) tampoco parece muy razonable; el cosmopolitismo no da paso al nacionalismo literario, y más bien ocurre al revés. Su fe en el marxismo tenía algo de religioso, de fórmula mesiánica hacia un mundo mejor; hay que recordar que en su iuventud Mariátegui había manifestado ciertas tendencias místicas que seguramente se sublimaron en la madurez. No tenía un concepto rígido del marxismo como ciencia, pero sí el ardor indeclinable del iluminado y a vecessu ceguera.Pero, aun así,es indudable que es el marxista clásico hispanoamericanocuyo mensaje sigue más vivo.

Il. Saún, el desczbridor Es difícil ubicar adecuadamentela obra del colombiano Baldomero Sanín Cano (1861,-1957); tampoco es fácil encontrarle paralelos, salvo el de Alfonso Reyes (infra), al que se por su voraz curiosidad y saber enciclopédi^cerca co. Primero hay que tener en cuenta que cronológicamente Sanín Cano es mucho mayor que cualquierade los ensayistas examinados en este capítulo: en realidad es sólo ocho años menor que Martí y mayon que Rubén Darío por seis. Su obra comienza en las últimas décadasdel siglo xrx y se extiende, infatigablemente, hasta mediados del xx. Y aunque comparte las preocupaciones generales de los ensayistasdel primer tercio de este siglo, lo más significativo de su obra marcha claramente en otra dirección. Algo más: Sanín Cano comparte el curioso destino de se¡ urr

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<clásico de Américo, recordado y venerado, pero apenas leído hoy fuera de su país. Y sin embargo pocos escritores podrían ser más actuales que él por el singular perfil de su cultura y de sus inquietudes intelectuales. Gran figura que hay que redescubrir, Sanín Cano quiá sufra las consecuencias de una obra dispersa, inseparable a vecesde su labor de periodista y cronista. No hay núcleo en esa obra, animada por un impulso centrífugo, por el encuentro casual y siempre libre con temas y autores. Sanín Cano estaba lleno de ideas, pero carecía de teorías por defender (lo que no impidió que entre él y Mariátegui hubiese un auténtico aprecio). En su casi centenaria vida, Sanín Cano actuó en política (era un liberal) y escribió libros sobre ella, desempeñó importantes cargos oficiales, diplomáticos y culturales, fue profesor universitario y corresponsal en Madrid y Buenos Aires. Pero es su largo período de residencia en Londres (1909-1922), el que marcó su destino de escritor, al ponedo en contacto con un mundo cultural que de otro modo no habría conocido y que le reveló lo mejor del ensayo y el periodismo británicos. La primera recopilación importante de sus ensayos es L¿ cirilizpción maual1 otrosensaJls (Buenos Aires, 1925). Algunos pasajes del prólogo dan una idea del tono irónico y sereno de su pensamiento: Sírvame excusa seresta de el vez [sic]la primera quemedirijo al público con la premeditada intencióndehacerle pasar vistasobre la un intemlibro mío después habede inducido,tal vezcondemasiada de
perancia del vocablo, a leer los ajenos...Servirá también de exculpación al intento del autor y al temerario valor de los editores (que admiro con igualdad y plenitud) la circunstancia de no tener estelibro carácterdidáctico ni profético, hoy que la pedagog¡l, la inspiración y el éxtasis hacen de las suyascon tanta diligencia como exactitud (Esctitos, 109). p. El ensayo que le da título es una finísima meditación sobre la importancia de la mano en la cultura y el arte de to-

dos los tiempos. Otros textos dedicados a Nietzsche, \ü7illiam Shakespeare (1564-1616) y el escritor inglésargentino William Henry Hudson (1841-1922), muestran la amplitud de sus intereses.Una revisión de sus otros libros de ensayos -Indagaciona e imágexa (Bogotá, 1926), Crítica1 arte (Bogotá, 1932), El bumanismo elpronso delbon1 bre(Bueno Aires, 1955)- confirma la percepción crítica con la que discernía lo más valioso en el vasto panorama de la literatura mundial para presentarlo al público hispanoamericano: Marinetti, George Bernard Shaw (18561950), Aldous Huxley (1894-1963), Eugene O'Neill (1888-1953),Giosué Carducci (1835-1907), John Ruskin ( 18 19- 1900), Cyril Connolly (1903-1974), Christopher Isherwood (1904-1986), Evelyn Waugh (1903-1966) y tantos otros. Esto no significó que descuidase estudio de la el literatura de su país, como puede verse por Letras colombianas(México, 1944), y menos la hispanoamericana. Es evidente que, por sus gustos, por su tono y su discreción intelectual, está mucho más cerca de la sensibilidad contemporánea que muchos ensayistas posterioresa é1.Una nota admirable de su obra es la total falta de pretensión con la que ejercíael ejercicio de la crítica; escribió: <Parael crítico Ia verdad no existe; su oficio es comprender, y, en un c¿sode anogancia: explicao (Sanín, 1942,p. 103). Fue un maestro del ensayo breve y también un maestro de la prosa, que manejó con elegancia, precisión y plasticidad. Existe una línea, no bien observada,que va de Sanín Cano a Reyes(iufro), a Jorge Luis Borges (Cap. 3), y despuésa los más jóvenes ensayistasde hoy. En una sociedad culturalmente volcada sobre sí misma como la colombiana, cumplió una función capital: la de abrir ventanaspara contemplar la cultura del mundo y hacerlacircular para el conocimiento y disfrute de orfos.

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74 lII. Rela 1 los bombres Aterco del Hay todo un grupo de importantes pensadores mexicanos cuyo crisol es el famoso Ateneo de laJuventud (19091914), que contribuyó decisivamente al desarrollo intelectual de México. Allí se forman, justo entre los años que van del estallido de la revolución hasta el comienzo de la Primera Guerra Mundial, José Vasconcelos (1882-1959), Antonio Caso (1883-7946), Alfonso Reyes(1889-1959) y el dominicano Pedro Henríquez U¡eña (1884.1946), cuya labor será fecunda en el campo de la filosofía, la reflexión americanista y la crítica lite:m,ia y estética.Representan, en general, otr forma de la ieacción anticientífica de comienzos de siglo. Buscan, por diversos caminos, la identidad cultural mexicana, la articulación del pensamiento nacionalista con la acción ¡evolucionaria,yla apertura hacia nuevos modelos de especulación que, siendo muy abarcadores en el plano histórico, no dejaban de ser muy personales. El más complejo y desconcertantees Vasconcelos.Sirvió desdetemprano a la causade la revolución, pero luego, asqueado por su violencia y derrotado como candidato presidencial en un proceso fraudulento (7929), pasará a defender posiciones reaccionarias. En diferentes exilios, coioció Europa y Estados Unidos, y esaexperiencia le dio una visión peculiar de la historia mexicana. Era un visionario sensualista, que intentó una interesante fusión del pensamiento occidental con el misticismo hindú; tenía un concepto utópico, optimista y estético de la realidad americana, que soñaba como una cultura en marcha hacia r¡n estado de felicidad superior y de dimensión heroica. Sus lecturas de Bergson, Schopenhauer y Niezsche se traslucen en edavisión de una (raza cósmica>>, mest)zajede todas las otras en el crisol del continente, que encarnaba lo mejor de la huma¡idad. En el vocabulario filosófico de Vasconcelos, <mística limpio, <vaga irhpulsión de tránsito>,
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<consumación en lo absoluto> aparecen con característica frecuencia: son momentos clayes de una epifanía universal que da sentido al existir humano. cósEstas ideas están desarrolladas sobre todo en La razz. (París, 1.926), lr'ezcla de ensamica(Paús, 1926) e Indología yos y crónicas que renuevan el tema del indigenismo y le dan una proyección continental; proyección algo difusa por su tendencia a fantasear con imágenes grandiosas, como las que aluden a la Atlántida. En su extensa autobiografía comenzad^ con Ulises ciollo (México, 1935) y continuada en La tonnent¿(México, 1936), El daastre(México, (N{exico, 1.939),hay páginas válidas 1938) y El procprculado de reflexión histórica y filosófica. La obra personal de Vasconcelos se completa con su labor como secretario de Educación (1,921-1,924),de decisiva importancia pal,a la vida cultural y artística de su país. Curiosamente, estefilósofo optimista escribió, sobre todo al ñnal de su vida, dominado por el rencor y la amargura. Su prosa, bastante digresiva y rapsódica, se ilumina a veces con raptos líricos y confesiones patéticas. Antonio Caso (1883-1946) es un filósofo cabal,concentrado en el planteamiento de problemas permanentes y actuales. Su relación con el pensamiento de Vasconcelos es interesante, pu€s aunque estuvo influido por é1,sobre todo al comienzo de su obra filosófica, en cierta manera lo contradice y lo supera en rigor. Como Vasconcelos, Caso utiliza las ideas de Bergson sobre la intuición, pero las expone y comprende de modo más orginico en I*flosofía de la intuición (México, 7974). Al vago misticismo de Vasconcelos, Caso opone una teoría que sintetiza la actitud religiosa con la especulativa. En realidad, lo que sostiene es una filosofía para restaurar el carácter auténticamente humano de la vida. Su obra más importante es La existencia c0m0 economía,como desinterés1 caridad(México, 1919), cuyo títucomo lo requiere una explicación. <Economía> es un grado elemental de la vida humana, dominado por el interés inme-

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diato, la eficacia y el mayor beneficio con el menor esfuerzo. El <desinterés> un valor que entiende la vida como es sacrificio libremente asumido y la superación de sus limitaciones mediante el ejercicio del arte y las expresiones superiores del espíritu. <Caridaó> es un elevado concepto moral de la existencia, en cuanto está regida por principios de amor y bondad, y libre de todo determinismo biológico. La forma en que Caso aprovecha y discute las ideas de Schopenhauer y Nietzsche sobre la voluntad, pero las transforma en un pensamiento original que tiende también un puente ent¡e el vitalismo bergsoniano y la fenomenología de Edmund Husserl (1859-1938), cuya obra es de los primeros en descubrir en América. Y susDiscursos a la nación mexicana (México, 7922), entre otros libros, prueban cómo su filosofía intuitiva se integraba a un tema común a estegrt¡po: el de captar las raíces dela mexicazidad en un momento crítico de su histo¡ia, pues reactivaba su pasado y conjuraba sus fuerzas con la promesa de un renacimiento nacional. El más grande ensayistadel grupo -y uno de los mayores que haya dado América- es indiscutiblemente Alfonso Reyes (1889-1959). Con é1,el género se convierte en una elevada manifestación estética, un regalo que el arte le hace al saber más riguroso. Podría sintetizarse toda su extensa obra -reunida en una veintena de macizos tomos- en una sola palabra: gracia,en el doble sentido de don excepcional y de humor sutil y co¡dial para decir incluso lo más profundo. Precisamente, una de sus obras se tittila Sinpatías1t diferencias (Madrid, 1921-1926),lo que parece señalar las dos funciones esencialesdel crítico: distinguir en medio de las semej^nz^s,y hacedo con naturalidad, sin pedantería. Reyes fue un polígrafo, un sabio, un humanista cuya talla es comparable a los de época renacentista: alguien que se interesa por todo y que sabíadecirlo todo con un toque personal inconfundible. Miguel de Unamuno (1864-1936) observó: <La inteligencia de Reyes

es una función de su bondaó (Cit. por Eade-Mead, p. 103). Como aquelloshumanistas,era un amante de la antigüedad clásica, que él no concebía como algo distante o exótico, sino como un eiemplo inmediato que los hispanoamericanos debían seguir si querían ser fieles a sí mismos. Para'definir nuestra esenciano debíamos renunciar al grande legado universal: al contrario, debíamos apropiarnos de él y hacedo nuestro, como de hecho ha ocurrido en los grandes momentos de la historia humana. Un título de uno de sus libros de poesía lo dice todo; Homeroen (México, 1949). Un mexicano debía conversar Cuernaaaca con Homero como si fuese un poeta nacional. Para juzgtr la significación e importancia precisas de la obra de Reyes hay que recordar que en la época en que vivió, México pasabapor una etapa de febril afirmación nacionalista, por una exaltación de lo <terrígena>y las raíces culturales autóctonas. Reyesno se opuso aesatlrea de rescate de lo propio (incluso participó en ella de modo siempre perspicaz y rcñnada), pero sí la complementó con el estudio y el aprecio de lo que venía de Europa, de la herencia hispánica, de la antigüedad y aun de lo intemporal, como los mitos y las costumbres sociales que configuran nuestra civilización. En Reyes hubo un secreto dilema enhedonista, entregada a los tre una personalidad (o persona) puros goces del espíritu, y otra más austera, reclamada por las exigencias de la historia y el compromiso con cuestiones mo¡ales urgentes para un mexicano del primer tercio del siglo. Este dilema lo resolvió Reyes con característico equilibrio: tanto la seducción del placer como la inmersión en los movimientos colectivos, el discreto apatt^miento y la participación activa, fueron, para é1,actitudes propias de la naturaleza humana, que la enriquecen e iluminan. Y una manera de integradas era el ejercicio del arte, el pensamiento y el estudio, que constituyen genercsas formas de entrega.rsea lo propio entregándose a los otfos.

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Aunque esta concepción correspondia a las corrientes profundas de su modo de ser y escribir, no debe olvidarse el efecto estimulante que cieftos autores y filósofos tuvieron sobre Reyes (y parcialmente sobre otros miembros del Ateneo), entre ellos Ortega y Gasset, Unamuno, $laldo Frank (1889-1967) y Max Scheler (1874-1928). La huella del primero es decisiva, no sólo en Reyes,sino en la mayoría de ensayistas de esta época, desde Mariátegai (sapra) hastaJorge Mañach (Cap. a.VII). Orteg inicia en estesiglo una tradición de influios y recíprocos préstamos intelectuales entre España e Hispanoamérica (Cap. 4), cuyo más notorio antecedente es el krausismo español asimilado por Hostos, a fines del xrx, y convertido en poderoso estímulo intelectual en su lucha por la independencia de Puerto Rico. Ortega no sólo visitó Hispanoaméricados veces(1916 y 1929), provocando una gran conmoción en los medios intelectuales, sino que incluyó en sus meditaciones el tema americano, como en su trabajo, <Hegel y Américo de 1928. Su obra personal, así como su famosa editorial y reviSta Reaista Occidente, un puente entre los hispanoade fue mericanos y las corrientes modetnas del pensamiento europeo, especialmente la filosofía alerr'ana; Oswald Spengler (1 880- I 936), Husserl, tü(/ilhelmDilthey ( 1833- 19 1 1), F¡anz Brentano (1838-1917) y otros, que él conocía tan bien. Reyeslo trató personalmente y entre ellos se desarrolló un hondo aprecio mutuo de la que hay testimonios en sus respectivas obras. Su amistad con Ortega y tantos otros escritores peninsulares es',en realidad, un capítulo de sus relaciones con la cultura española, que son intensas y fecundas. Después de seguir estudios en Madrid, Reyes fundó en México la Casade España en 1.939,que cumplió la providencial tarea de acoger a los emigrados españolestras la guerra civil, y que fue el germen de lo que luego sería El Colegio de México, centro de altos estudios e investigación que tiene el sello del maestro.

Una de las ideas centralesde Ortega -la interrelación entre el individuo y su medio, expresadaen la célebre fórmula <Yo soy yo y mi circunstanciar>,de susMeditaciones del (1914)- tuvo una resonancia especial para los Qoiott pensadoreshispanoamericanosy, por cierto, para Reyes, preocupado por definir el valor de las formas culturales autóctonas en el contexto de las grandes elaboraciones del espíritu humano. Generalmente,y quizádebido a la vastedad de su obra, los lectores pierden de vista que Reyesformuló también una versión del ideal americanista.Lo hace. por ejemplo, en <Discurso por Virgilio,, (1933), en el que sutilmente liga cuestionesde actualidad nacional con los temas de las Geórgicas. sólo formula allí una razonable No tesis sobre las relacionesentre lo local y lo universal (sostiene que si el arte americano es auténtico, será irremediablemente universal), sino que retoma los asuntosque en el siglo xIx preocuparon a Bello (la ciudad contra el campo) y a Sarmiento (civilización o barbarie) , para afirmar la necesidad de una vuelta a la naturaleza. F,n WsióndelAruibuac (SanJosé [Costa Rica], 1917), una de sus más bellas páginas de devoción mexicana,en las que habla de la emoción espiritual que despiertan los objetos naturales, puede notarse también una afinidad con el pensamiento orteguiano, al mismo tiempo que una discretarefutación del determinismo del Facandode Sarmiento. La obl.ade Reyeses un océano en variedad de tonos y en amplitud de visión; difícil elegir entre sus libros, porque aun en los de intención y alcancemenores hay siempre un paisajeiluminador e inolvidable. Es típico de él: Reyesno creía que ser un riguroso filólogo (Caestiones gongoizas,Maüid, 7927; Capítalos literaturaespañola, de México, 1939), un erudito helenista (La cntica en la edad ateniense, México, 1941), o un cabal teórico de la literatun (E/ deslinde, México, 1944),le impidiese ser también un conversador ameno, un sabroso contador de anécdotase historias menudas; incluso podía ser ambascosasen un mismo libro: en el en-

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cantador I^a expcrincia literaria (Buenos Aires, 1942) se las ingenia para definir conceptos estéticos y entretenernos con agudezasy finuras como las contenidas en los ensayos <La iitanjáforo o <Aduanas lingüísticas>. Reyes mezrlaba el tratado con la crónica periodística, el estudio crítico con la semblanza íntima, la filosofía con la memoria personal y la reflexión histórica. Aunque también escribió poesía, narración y te tro,las mejores muestras de su lirismo y de su imaginación están en su obra ensayística. El arte de pensar en imágenes -un arte que dominó Martí en su tiempole permite iluminaciones instantáneas que el discurso del tratadista convencional no lograría sino difícilmente. En Reyes ese discurso está sembrado de apartes amables y de síntesis poéticas que animan la exposición y hacen aisible¡ ideas mismas. Véanse ejemplos de eso en las los siguientes dos pasajes El deslinde; el primero acltra de en la habitual confusión que la palabra <crítica> produce, contando la divertida anécdota de aquel <dramaturgo latinoamericano, cuyo nombre la piedad disimulu: Logramos ponernos acuerdo, cuantome fuedableexplicarde en le quedondeyo decía <<crítica>, entendiendo funcióndel espíritu, la él entendía otra cosa, puede que describirse cu¿trogrados esen de trechamiento: aquella 1", limitadapartede Ia funcióncríticaquees la críticaliteraria;2', aquella limitadapartedela criticaliterariaque esla críticateatral;3" aquella limitadapartede la críticateatralque , se manifiesta en crónicas periodísticassobre los estrenos,y 4', aquellalimitada parte de talescrónicasen que se atacaa los autores. Abreviando: dondeyo decía <crítico, el pobreseñorentendía:<Fúlano Tal,queunavezsemetióconmigo> de 1963,p.33). @eyes, En el segundo explica la natanleza de la emoción que b¡inda la literatura: Esteiuegodivino queesla literaturalanzasusolas,retumbando hasta acantilados yo, y a veces socava, quema los del lo o parasiempre a suvÍctima,reduciendo terribleprecocidad Rimbaud la de a'un fantasma la muerteolvidó duranteunosaños. que Estejuego divino buscauna satisfacciónilimitada, un desquitecontra lo finito.

Se Quiere empujarlas fronterasdel alma y del lenguafe. revuelve entonces secastiga, y purgándose sí mismo,Unoslo han llamado en estallido;otros, purificación;y los antiguos, La catbanh. emoción queexpresa quecomunica o llevadisueltas tod¿s pasiones, las todos losanhelos, todas reivindicaciones las suceder cocontrael pequeño tidiano (pp.206-207). Esa capacidad para hacer transpaiente lo or.r.r.o y.ornplejo, para sumergirse en aguasprofundas y luego emerger a la superficie con un raro y memorable tesoro, era p^rte de su concepto humanístico del saber, en el que lo pequeño y lo grande, lo antiguo y lo moderno, ocupan un lugar preciso. Por su vastedad de conocimientos, Reyes sólo puede compararse con figuras como Desiderio Erasmo (1466-1536), Tomás Moro (1478-1535), Michel Montaigne, Sor Juana Inés de la Cruz (1ó48-95), Denis Diderot (1713-84), y sobre todo con Wolfgang Goethe (17491832), a quien dedicó dos libros (Ideapolítica de Goetbe, México, 7937; Traleetoia dc Goctln, México, 7954), y con quien tiene más afinidades intelectuales. Como en Goethe, en Reyes había una correspondencia total entre vida y conocimiento; mejor aún: el ideal supremo era el conocimiento de la vida, sin la cual aquél era una actividad reseca e insignificante; como dijo Goethe <Gris es toda teoría y verde el árbol de la vida.> Quizá por eso Reyes no cedió nunca a las vanidades y miserias del ambiente literario, en el que se distinguió por los hábitos de generosidad y afecto. Sus amigos y discípulos son legión y entre éstos figuran algunos de los verdaderamente grandes, Borges (Cap. a.I) y Gabriela Mistral (1889-1957) entre ellos. Cuando leemos a Reyessentimos que es un hombre razonableque nos habla gustosamente de lo que sabe,para hacedo más claro y amable. No es otra la o.lta finalidad del género.

La obra ensayísticade Pedro Henríquez Ureña compa¡te algunos rasgos,temas y preocupaciones con el argentino

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Ricardo Rojas (1882-7957,infra) y por cierto con el grupo del Ateneo mexicano, especialmentecon Reyes, aunque carece de la amplitud y variedad de éste. Sin embargo, su contribución a la historia de la cultura y la literatura hispanoamericanases fundamental. Su pasión americanista fue profunda y central en sus meditaciones,y dio origen a páginas y actitudes que estimularon a varias generaciones en todo el continente. Henríquez Ureña es, sobre todo, un gran maestro,un hombre de elevadosidealesque usó la cátedra para propagar su intensa fe en lo que él llamó <la utopía de Américu.- Se planteó cuestiones esenciales: ¿existeuna cultura hispanoamericana? ¿Qué la caracteriza y qué la distingue de las otras?¿Qué le debe a éstasy qué les agrega de nuevo? Sus dos libros más importantes son expruión(Buenos Aires, 1928) y Seis ensalos basca nuestra cn de Las corrientes literarias en la Améica ÍIispánica (México, 1949, traducción de la obra que apareció primero en inglés (Literary Currentsin Hispanic América, Cambridge [Massachusetts], 1945), como fruto de ocho conferencias dadas en Harvard University en 1940. El título del primero es un lema bajo el cual podría colocarsetoda su obra crítica. En el ensayoallí incluido <El descontentoy la promesD),examina lúcidamente varias cuestiones:tradición y rebelión, el problema de la lengua,la tendencia europeizante,I concluye algo que podría haber afirmado el propio Reyes:
Mi hilo conductor ha sido el pensar que no hay sec¡eto de la expresión sino uno: tral:aiarla hondamente, esforzarse en hacerla pura, bajando hasta la nizdela.s cosas que queremos decir; afinar, deñnir, con ansia de oerfección. El ansia de perfección es la única muner^. Contentándonos con usar el aieno hallazgo, del extranjero o del compatriota, nunca comunicaremos la revelación íntima... [C]uando se ha alcanzado la expresión firme de una intuición aftistic , va en ella, no sólo el sentido universal, sino la esencia del espíritu que la poseyó y el sabor de la tierra de que se ha nutrido. (Henríquez Ureña,1978, p. 43).

propia experiencia personal y cultural, con tanto rigor como autenticidad, sigue siendo válida en nuestros días. Igual los lineamientos básicos de su visión de conjunto del proceso literario hispanoamericano, que ha guiado a buena parte de la moderna historiografía.

IY. Ilistoriadora, flósofos1 políticos Otros historiadores de la cultura que contribuyen a la causaamericanista desdeel ángulo de afirmación nacionalista, son: Ricardo Rojas, autor de una caudalosaHistoria de la literatttra argentina(Buenos Aires, 1921) y de Eurixdia (Buenos Aites, 1924), que propone una síntesis de lo indígen y lo europeo para alcanzar la verdadera argentinidad; y el boliviano Fnnz Tamayo (1879-1956), que reacciona contra las tesis racistas de su compatriota Alcides Arguedas (Cap. I.2) en La creación la pedagogía de nacion¿l(LaPaz, 1910), dibro de batalla y libro de refleúóo (Tamayo, 1979, p. 4), que defiende la causa indigenista en un tono de exaltación y con ciertas ideas que recuerdan a Nie¿sche. Tres ensayistasmuy diversos entre sí, pero que representan fo¡mas de pensamiento filosófico-político radical, son el mexicano Samuel Ramos (1897-1959), el peruano Víctor Raúl Haya de la Torre (1895-1979) y el argentino Ezequiel Martinez Estrada (1895-19ó4).Ramos es un filósofo de la historia que ofrece interesantes aportes sobre el tema de la nexicanidad. Discípulo y crítico de Caso (stpra)t Ramos es un filósofo de importancia en su país, por su preocupación por estudiar y definir al hombre mexicano, pero también para el movimiento de las ideas en América, por su conocimieflto de ciertos filósofos claves de este siglo: Scheler, Nicolai Hartmann (1882-1950), Alfred Adler (1870-1937) y Ortega.yGasset(suPra). cierto sentiEn do, prolonga y sintetiza las reflexiones filosóficas huma-

Esta invitación a descender a lo más profundo de la

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nistas de Vasconcelos y Henríquez Ureña (supra) Ramos representa una apeftura crítica hacia el pensamiento europeo para explicarse la cultura mexicana ylanatwralezahtmana que la protagoniza. Dos de sus libros más conocidos son: Perfl del bonbrel la cultura er México (México, 1-934) y Programade ua antropologíaflosófca bamanismo: Hacia un nueuo (México, 1940), títulos que apuntan a las dos direcciones principales del pensamiento de Ramos. El primero es un social de intento de caracterización de la <<personalidad> México. Inspirado por la teoría psicoanalítica de Adler sobre los complejos, Ramos echa una mirada a los orígenes profundos de la cultura y afnma que, siendo ésta sobre todo imitativa y derivada de la europea, el mexicano ha generado un sentimiento de inferioridad e inseguridad colectiva: es desconfiado, defensivo, rígido al cambio, pues lo que le interesa es preservar la <imagen> que ha creado de sí mismo. El nacionalismo y el machismo mexicanos tienen allí su origen. El segundo libro establece las bases para fundar un neohumanismo racional, que libere al individuo de las contradicciones insalvables del materialismo capitalista y burgu.és.Una de las ideas centrales de Ramos (a medio camino entre el humanismo del primer Mafx y la axiología de Scheler) es crear una (nueYa moral>r,autorregulada por. la conciencia que el hombre tiene de sus aspiraciones profundas, no por conceptos o criterios impuestos a é1. Las ideas de Ramos han sido fértiles: sus observaciones sobre el <pelado>mexicano y sus <máscaras>psicológicas fueron recogidas y ampliadas por OctavioPaz (1914) en sus primeros dnálisisde la historia y sociedad de su país (Cap. a.N). La vida política e ideológica del Peru está dominada.por dos grandes figuras: Mariátegui (supra) y Htya de la Torre. De hecho, su famosa polémica con Mariátegui y la consecuente ruptura (1928) entre ambos sobre la cuestión del <Frente Unico>, tuvo grandes repercusiones para el movimiento intelectual y político del continente' que Haya lla-

maba <Indoamérica>.Nacido en Trujillo, la misma ciudad en la que se formó Ia activa <bohemia> juvenil que tuvo tanta importancia en la etapainicial del poeta César Valleio (1892-1939), el pensamiento del primer Haya está traspasadopor el indigenismo, el fervor revolucionario y el sentimiento antimperialista de su tiempo, ideas que compartía con Mariátegti y Amaata. Exiliado y perseguido, la formación de Haya se completa, sin embargo, en otros paísesde América y sobre todo en Europa, donde su radicalismo se aquieta y entra en franca revisión. Haya era un político que escribía y filosofaba, no exactamenteun escritor político. Puededecirseque su obra más significativa no está en sus libros. sino en la creación en México (1924) del partido Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), frente multiclasista c¡,ryadramática y zigzagüe nte historia es un paradigma del camino recorrido por los grupos radicalesno comunistas en la primera mitad del siglo. Sin embargo, cabe mencionar tres títulos suyos EI antimperialismo1 APRA (Santiago de Chile, 1936), Espacioel tienpo históico (Lima, 19a8) y Treinta añosde aprisno (México, 1956). El primero y el último m rc n, con sus diferencias, dos momentos claves de la evolución de su pensamiento partidario y su concepción de la cuestión americanista. En el segundoes visible su esfuerzo,ambicioso pero algo confuso, por ligar las basesfilosóficas de la dialéctica hegelianacon las teorías de la relatividad (que parece haber conocido por mediación de Ortega y Gasset)y la visión histórica de Arnold Toynbee (1889-1976). La ot>ta ensayística de Martínez Estrada, siendo vasta, es sólo parte de un esfuerzo intelectual y creador de considerablesproporciones, pues escribió novela, relatos, poesía y teatro. Como en otros grandes ensayistas, perfil el moral y emotivo de su personase trasluceclaramenteen la obra: su vozde pensadores grave, sombría, desencantada, pero a la vez animada por una pasión prof,ética y algo me-

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siánica. Es ún escritor que refleia bien los tiempos de crisis política y moral que vivió. Su revisionismo de la historia nacional, de los productos de su espíritu y su cultura, lo convirtió en un maestro de generaciones más jóvenes; esa relación no fue siempre fluida, pues el pensamiento de Martinez Estrada pasó por varias fasesy entró en contradicciones, a vecesviolentas, consigo mismo. Pero hay algunas constantes: su admiración por las grandes figuras heroicas, al mismo tiempo que su identificación con los individuos marginales y descastados;su angustia por el fracaso de la libertad y la justicia en el mundo social concreto; la a;menaza deshumanizadora de la sociedad tecnológica; el acuciante tema de la Argentina enmarcada entre el ascenso y caída del peronismo y los grandes conflictos europeos. El tono melancólico y pesimista de sus reflexiones está estimulado por sus lecturas de Nie¿sche, Schopenhauer, Spengler y el existencialismo. de Radiografía k panpa (Buenos Aires, 1933), La cabezt de deMarGoliat (Baenos Aires, 1940) y Muenel ftatsfguración tít Fierro (Nléxico, 1948), frecuentemente se citan como los ensayos fundamentales del autor (y son, sin duda, los más influyentes y conocidos), pero no habría que soslayar El msndo maraaillosode Guillermo Enrique Hudson (México, 1951), menos recordado que los otros, Pero esencialpara penetrar en su complejo mundo interior, sus memorias y obsesiones,y sobre todo para entender el irresuelto dilema entre el pensador y el artista que se albergaban en é1.Hay dos etapasen su producción separadaspor el eje del medio siglo, marcada la segundapor su alejamiento físico de Buenos Aires y por el breve intermedio cubano (1961-1963), claros gestos de su hastío de Argentina y su esperanz^ re' voluciona¡ia. Su obra es un conjunto desigual, que refleja los altibajos de su espíritu y su tensión intelectual . Radiografaes un libro que bien puede leerse como una crítica al famoso dilema de Sarmiento: civilización frente abarbxie. Para Mar-

tínez Estrada el dilema es falso, pues la verdadera civllización está en la armonía con la n tlJraleza (una nattraleza observada con un afecto algo roussoniano) y ambas son una y misma cosa que hay que considerar como un sistema dialéctico. Desconociendo este hecho, la ciudad ha crecido desmesuradamentey se ha convertido ella misma en el foco de una nueva barbarie: la de la civilización moderna, inhumana y materialista. Libro montado sobre un conjunto de arquetipos y categorías reconocibles (Bacon, Jung, Spengler), es un testimonio de su visión intensamente crítica del modelo de sociedad occidental que Argentina representaba, más valioso por el ardor con que condena que por las propuestas o alternativas que ofrece. En la misma línea de reflexión estáI-a cabqs de Goliat, que es su más violenta acusación contra Buenos Aires como capital y centro simbólico de esemodelo. Su tesis genera una imagen gráfica y bien conocida: Argentina es un pulpo, una figura monstruosa constituida por miembros raquíticos (las provincias) y una cabezahipertrófica (la capital) que devora y despilfarra las energías de todo el cuerpo social. Con este tnbaio,Martínez Estrada inicia un tema que luego se haría frecuente en el ensayo hispanoamericano: la crítica de la ciudad moderna, en cuyasviolentas contradicciones de desarrollo y atraso parecen resumirse los males nacionales (Cap. a). El subtítulo de Mxertel (<Ensayo de interpretación de la vida argentinu), señala bien qué tipo de obra se propuso escribir el autor con el pretexto del famoso poema deJosé Hernández (1834-1886). Partesconsiderables de la extensa obra contienen consideraciones históricas y culturales sobre la Argentina rural, sus hombres y costum[¡ss -6¡¡¿ afirmación de su identificación telúrica con la pampa y las formas de cultura marginal o en vías de extinción. Pero el pretexto crece hasta alcanzar proporciones magníficas: es un estudio exhaustivo, acucioso y hasta maniático en sus detalles, que todavía hoy es válido y con pocos rivales que se le puedan compa-

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rar como una gran obra maestra de devoción y erudición. Los altibajos son mayores en la segund^parte de su obra países Anáride enttelos ensayística. SusSenejanznsldiferencias ca Latina (México, 1961) es casi por completo decepcionante. Su fase cubana da origen a varios libros, los más importantes de los cuales quizá sean los dos póstumos sobre (México, 1966) y reaolucionaria sa Marti: Martí: el béroe1 acción (LaHabana, 1967), que eran parte de un Martí reaohcionario vasto proyecto inacabado. El último, particularmente, es un trabajo serio y profundo, pero también discutible. Su reflexión pone en juego un sistema de conceptos grandiosose ideasejemplares, cuyos modelos son figuras míticas o heroicas unive¡sales:Homero, Sócrates,Cristo, Mahoma; es una interpretación hegelianadel mundo histórico a través de un hombre superior y predestinado. Martínez Estrada eravnavoz profética y un pensador iluminado, aunque no metódico. Vivió en constante contradicción, tra.tando de entender y entenderseipuede decirse que, al final, esascontradiccioneslo devoraron y que la promesade síntesis planteada por ese continuo reexamen quedó sin cumplirse.

suyo en la cátedra universitaria y luego su exégeta en Ale' jandro Korn, de l¿ libetad (Buenos Aires, 1956). Con "frúótoft Samuel Ramos (srpra)t comparte el influjo de Scheler y Ortega y Gasset, apa,rtede la preocupación humanística. Pero la suya marcha en una dirección más puramente especulativa. Romero sigue una línea de pensamiento que puede denominarse personalismo neokantiano -una es huella del magisterio de Korn. La idet de trascendencia esencial en su visión de la rcalización del ser y su comprensión de los altos valores a los que está destinado. El hombre está enfrentadb a una serie de dualidades que parecen desgarrarlo o confundido: indiaiduo frente a persona, rostro frente a máscara,espíritz fuente a psiqais. Estos temas (Buenos Aidominan en libros como Filosofiade la persona res, 1944) y Teoría bonbre(Buenos Aires, 1952). Romero del también fue un historiador de las ideas y la cultura amerilaflosofía enAmérica, Buenos Aires, 1.952;Estucanos (Sobre diosde historiade las ideas, Buenos Aires, 1953; El honbrel k altura, Buenos Aires, 1956). Espíritu esencialmente moderado y prosista cuya elegancia reside en la claridad y precisión, Romero es un pensador capital parz el desarrollo de la filosofía en el continente.

Entre los filósofos, la obra del argentino Francisco Romero (1 891- 1,962)debecolocarseen el contexto del grupo de pensadoresrioplatensesinteresados,desde los últimos años dél siglo xrx, en la pura especulación filosófica y que representan diversos grados de reacción idealista al positivismo. Dos figuras fundadoras de esesesgodel pensamiento hispanoameric¿no son el argentino Alejandro Korn (Buenos Aires, (1860-1936), autor de La libertadcreadora 1.920),y el uruguayo Carlos YazFerrcir¡ (1.872-1958), en cuya extensaobra hay por lo menos dos libros dignos de (Montevideo, 19 10) y Liígimención: Moralpara inteleüxales caaiaa(Montevideo, 19 10). Nacido en España, pero criado en Buenos Aires, Romero fue discípulo de Korn, sucesor

Y. Contra la cotiettte Este cuadro bien puede cer¡arse con tres escritores cronológicamente desfasados,pues perteneciendo a una época muy anterior, su obra madura coincide en el tiempo con la de los que aquí se han examinado. Muy diversos entre sí, sólo los une s\ farezay su marginalidad histórica. El primero es el cubano Enrique José Varona (1859-1933) cuyas primeras Conferencias flosófcas (La Habana) datan de 1880. Como ensayista, Varona se interesó por el hombre, la historia, el arte y la cuestión de la independencia cuba(La Habana, 1.907) na. Las páginas de Desdemi belaedere

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muestran su finu¡a de prosista, su curiosidad intelectual, su comprensión profunda y frecuentemente escéptica. Pero son los aforismos recogidos bajo el curioso título de Con el eslabóx (Manzanillo [Cuba], 1927) los que realmente muestran su modernidad y \a originalidad de su pensamiento. Quizá cabe recordar que el aforismo ha sido un género siempre afín a.la reflexión filosófica: en este siglo, varios pensadores hispanoamericanos lo han cultivado (Samuel Ramos, FranzTamayo,Y^z Ferreira, entre otros) y, entre los europeos, Ludwig Wittgenstein (1889-1951), Theodor W. Adorno (1903-1969), Elías Canetti (1905) y E. M. Cioran (1911). Los de Varona son realmente admirables, la obra,de un pensador maduro y de notable precisión verbal, como estos pocos ejemplos demuestran: El lenguaie paraserpuro, ha detenerla primeracualidad crisdel tal: la transparencia. La teosofía, pesar sugrannombre,esprima he¡mana esa de del piritismo. Caersees peligroso,pero decaeres mortal. (Yarona, 1974, pp. 145, M7} El franco-argentino Paul Groussac (1848-1929) es un personajeinsólito, que hizo del sarcasmo,la helada ironía y el gusto arbitrario un verdadero muy apreciadopor ^tte, alguien como Borges (Cap. 4. 1), que le dedica unas páginas en Discasión (Buenos Aires, 1932). Esa acidez espiritual quizá fuese consecuencia de su destino de desplazado,que le hizo sufrir incurables nostalgias de su tierra natal y una relación de amor-desdén por el ámbito cultural argentino. Duro con todo, incluso consigo mismo, Groussac dominó la adquirida lengrra española con una rara maestría y una concisión muy aparente para el estilo lapidario de su pensamiento crítico, del que puede tenerse una idea por su Crítica literaia (Buenos Aires, 1924). Todavía más desconcertante e inclasificable es orro argentino, Macedonio Fernández (1841-1922). Su obra es-

crita, dispersa y fragmentaria, es muy breve, y hay que ver en eso un rasgo del carácter del autor: Macedonio (ésees el nombre con el que se le conoce) era un creador (orab, que no creía en la utilidad de los libros: fiiaban en un momento dado el flujo de un pensamiento que no debía interrumpirse. A eseejercicio de pensar lo que otros no habían pensado y en jugar con los límites de lo absurdo y la fantasía metafísica, dedicó su vida entera, ejemplar por tantas razones. Lapalabta <humorista> no lo define, pero el humor disparatado e iluminador es un elemento esencial en su obra. Fue una especie de ñlósofo de bolsillo que contemplaba, con escepticismo y amabilidad, el insondablg misterio de estar vivo y compartir el mundo con otros. Autor de novelas hipotéticas, que terminan sin haber comenzado (o al revés), dejó unas páginas misteriosas y heterogéneas que bien pueden leerse como ensayosheterodoxos a medio camino entre la ficción y la metafísica: Papeles recienuenido del (Buenos Aires, 7929) y una Miscelánea (Buenos Aires, 1966). La importancia de Macedonio puede medirse por la huella que dejó en discípulos tan brillantes como Borges y Julio Cortázar (1914-1984), entre otros.

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Capítulo 4 El pensamientocreador

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La mayoria de los hombres que nacen a fines del siglo xtx y comienzos del xx -los primeros escritores íntegramente fo¡mados por los cambios y presiones de nuestro siglo- configuran, evidentemente, un grupo marcadamente distinto del anterior. Al esfuerzo de análisis e interpretación nacionaleso americanistas,sucedeel repliegue de la indagación una zon más profunda o inmediata al pro^ pio ensayista, preocupado ahora por cuestiones estéticaso morales cuya complejidad y urgencia se han agudizado de un modo dramático. Entre esascuestiones,está la de la misma r.ltura,leza y función del ensayo, que quiere interrogarse a sí mismo y redefinir sus formas para hacedas coincidir con las demandas de la actualidad. Por un lado, las consecuencias de las grandes conmociones sociales y políticas del siglo obligan a un replanteo general de la posición del hombre en el mundo, de la cultura y del arre en una época dominada por el peso de lo histórico, y del ejercicio del pensamiento libre en medio de los determinis-

mos ideológicos y doctrinarios. Por otro, hay una cierta pérdida de la fe comprometida de muchos de los anteriores, un proceso de desilusión y disolución de los esquemas con los que aquéllos trabajaron sus respectivas obras. El ensayo se replieg para esclareceriustamente las manifestaciones de la gran crisis del espíritu occidental. Aparte de la dura experiencia de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), el otro gran fenómeno que marca profundamente a los hombres de esta época es la Guerra Civil española(1936-1939), cuyasrepercusiones el campo de en la política, las pugnas ideológicas en los partidos de izquierda y en la vida intelectual del ámbito hispánico, son de largo alcance. La trrgedia española sacudió la conciencia del mundo entero y comprometió a intelectuales de muy diversas tendencias, que vieron en ese conflicto algo más que una simple guerra interna: una heroica defensa de ciertos derechos elementales del hombre a la lusticia, la dignidad y la cultura, a punto de ser avasalladospor fuerzasrctrógradas e intolerantes. La hegemonía internacional del estalinismo, el fascismo y del nazismo se convertirá en la mayor de las plagas morales de este siglo: el totalitarismo, con sus habituales humillaciones y manipulaciones del ejercicio intelectual. Paradójicamente, el masivo exilio tras la Guerra Civil, significará un aporte para la vida intelectual hispanoamericana:trasplantadosa estecontinente, numerosos escritores, pensadores,periodistas, artistas y editores se asimilarán al nuevo medio, lo estimularán decisivamente con su presencia y desarrollarán una obra que tal vez pertenezca más a América que a España. Un solo ejemplo: el del filósofo José Gaos (1900-69), traductor de Martin Heidegger (1889-1969) y difusor de otros pensadores germanos, cuya obra se asimila y enriquece a la filosofía mexicana. Una gran corriente (y modalidades filosóficas afines) parece encarnar el espíritu cuestionador de estos años: el existencialismo, que trae las notas de angustia, vitalismó,

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malestar y autorreflexión a buena parte del pensamiento de la época. La otra vertiente modeladora de la actividad intelectual es la que se deriya del revisionismo marxista que plantea formas diversas de acción a través de la literatura y el arter el compromiso, la militancia y la defensa de la estética realista. Opciones estéticasy filosóficas que tienen un candente filo moral que desvela a muchos y crea tempestuosas polémicas, no del todo resueltas todavía hoy. Todos estosasuntos renuevan poderosamente el ensayo. Un fenómeno específico de este tiempo (aunque tenga precursorescomo Alfonso Reyes;Cap. 3.III) es la aparición del ensalo creador. expresión debe entenderse de dos La maneras: primero, en el sentido de que el género se aproxima, más que nunca, a los géneros de creación pura, especialmente la poesía.No sólo vehículo del pensamiento y modo de conocer, el ensayo se eleva a una alta expresión artística que borra las fronteras que lo separan de las formas de invención pura. Los elementos de fantasía e imaginación se vuelven muy notorios y hacen del ensayo una experiencia que exige lectofes tan sutiles como enterados: estos textos les hacen guiños de inteligencia, funcionan con muchos sobreentendidos y proponen visiones de extremada complejidad. En segundo lugar, ensalo neadordebe entendersetambién en el sentido de que surgen abundantes ejemplos de creadores que sienten la necesidad de asumir la función crítica como un reconocimiento de la importancia que ésta tiene para su ejercicio artístico. Esta conjunción de formas antes separadas punto de parecer al antagónicas, es uno de los rasgos característicos de la literatura contemporánea, y el ensayo no escapaa esatendencia. El esfuerzo de teorización es, muchas veces, concurrente con la tensión creadora.una forma de iluminación autorreflexiva de la conciencia artística en pleno ejercicio. En réalidad, en esta época los linderos, siempre imprecisos, del ensayo se borran todavía más y se producen entre-

cruzamientos, préstamos mutuos, ambivalencias de tono y significación. Así, paradójicamente, el ensayo cobra una total soberanía y se reinterpreta como un verdadero sistema que resumeuna honda experienciao visión del mundo, no muy distinta a los grandes intentos abarcadoresde la poesía o la novela. (Por cierto, las formas clásicas del ensayo no desapareceny siguen produciéndose importantes obras en el campo específico de la historia, la filosofía, la critica Iiteraria, etc.) Tenemos, pues, críticos creadores y creadores críticos, en un juego de complementación y mutuas iluminaciones que resulta particularmente sugestivo para el lector. Octavio Paz nos recuerda oue en 1800,como mástardeen 1920,lo nuevono era tanto que los poetas especulasen prosasobrela poesía, en sino que esaespeculación desbordase los límites de la antigua poéticay proclamase que la nueva poesía era también una nueva manera de sentir y de vivir (Paz, 1974a, p. 91).

Hay cuatro figuras capitales que representan bien las formas más renovadorasdel ensayo:Borges,Cortánar,José LezamaLima (1972-1976) y Paz. Ellos dan el tono de la época r la que pertenecen, y la definen de modo permanente.

l. La inamciót de Borges Con alguna frecuencia suele olvidarse que el -"girt.rio de Borges no sólo consistió en habernos enseñado a escribir de un modo que no existía antes en América, sino en hacernos pensarla literatura desde un ángulo totalmente nuevo. Borges nos mostró que el acto de leer y el de escribir, el de recordar e imaginar, el de razonar y soñar, podían confluir y alcarvar una asombrosa armonía. Esa armonía constituye un verdadero estatuto del arte literario

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de nuestro tiempo: el estatttto borgiano, siendo inconfunque dible, puede ser reinterpretado y reactualizado sin cesar -un mundo de invención infinita que invita al juego tanto como a la reflexión profunda. Hizo bien Emir RodrígrrezMonegal, uno de sus meiores críticos, al ti¡lJar Ficcionario (México, 1985) una recopilación general de su obra. Aunque su tardía fama ¡eside sobre todo en su producción cuentística (que surgió de un modo algo impensado y que continuó de manera intermitente), Borges comenzó escribiendo poemas y ensayos, y siguió haciéndolo cada vez con mayor intensidad hasta el fin de sus días. No poder referirse aquí a cuentos ni poemas, crea un problema: todos esosgéneros,y otras forrnas intermedias que cultivó, se explican mutuamente en un sistema de correspondencias, citas y ecos que no deberían aislarseunos de otros. En realidad, no hay un Borges ensayista,un Borges poeta y un Borges cuentista: su voz es esencialmente la misma y cualquier parte del sistema remite al centro y viceversa. La obra ensayística de Borges se dispersa por sus poemas y cuentos; considerar sólo uno de estos géneros es una especie de mutilación que puede deformar el cuadro. Más aún: no hay en verdad géneros en Borges, que continuamente cruzó esasfronteras y supo filosofar como escritor de ficciones o ser poeta cuando escribía ensayos.¿Qué es, por ejemplo, un texto ejemplar como <Borges y yo>? Es un cuento que es uo ensayo, que es un poema. La obra propiamente ensayística Borges no es partide cularmente extensa. Si se incluyen prólogos (forma en la que llegó a la maest¡ía de la alusión y la síntesis), textos de conferencias y ensayos breves refundidos en otros libros, esa obra abarca unos quince títulos; pero todos juntos no suman muchas páginas (algunas emigran luego a libros de otra naturaleza) y parecen algo heterogeneos, como excursiones laterales de un lector casual: reflexiones sobre la literatura gauchescaal lado de meditaciones sobre el tiem-

po, una exhumación de un poeta menor como Eváristo Carriego (1883-1912) -a quien difícilmente recordaú^mos si no fuese por Borges- o una nota sobre el lenguaje arti{tcial inventado porJohn Síilkins (1614-72) en el siglo xvIr. De ese coniunto, tres son los libros claves: Discusiót, Histnria dela etenidad (Buenos Aires, 1936) y Otrasinquisicioaar(Buenos Aires, 1952). Ninguno de ellos es una obra integral: recogen textos de diversa procedencia e intención, la mayoria de las vecesbreves. Un rasgo que impresiona de inmediato al lector es que, a pesar de la pasmosa información literaria que exhibe y de la forma precisa como lamaneja, el tono es casi siempre cordial y sereno: la erudición está atemperada por la autoironía y la sencillez expositiva. No fue así al comienzo: el joven ensayistade la primera señe de Inquisiciows (Buenos Aires, 1925) o El taiaño demi esperanp (Buenos Aires, 1,926), suena sorprendentemente barroco, agresivo y trabajoso hasta resultar algo pedante. Eran los años vanguardistas de Borges, en los que puso su ardor ultraísta al servicio de un <criollismo> militante e iconoclasta del que rápidamente se arrepintió. Nadie, salvo quizá Sanin Cano (Cap. 3.II), había escrito antes ensayos como éstos en América, porque nadie (o muy pocos) habían leído los autores del modo en que lo hizo Borges, y menos habían escrito sobre ellos con el do. minio y familiaridad desconcertantesque exhiben sus textos. Como ensayista, incorporó una cultura literaria a la que efa casi enteramente ;a1ena nuestra literatura y gue, gracias a é1,pasaríaa fotm r parte de su tradición; esacultu¡a abunda en libros orientales, filósofos y místicos de la antigüedad, cabalistas y gnósticos judíos, olvidados poetas franceses,pero sobre todo en autores ingleses. Así puso a circular a escritores tan poco frecuentados entre nosotros como Thomas Browne (1605-82),John Milton (1608-74), Samuel T. Coleridge (1,772-1834), Thomas DeQuincey (1785-1859), G. K. Chesterton (1874-193(il, John Keats (1795-1821), William Beckford (1759-1844) o Shaw, al

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lado de otros como FnnzKafkt (1883-1924), Paul Valéry (1871-1945) y Walt rü(/hitman (1819-92)., Pero ,ro., ,ólo la singularidad de su biblioteca personal como ensayistalo que impresiona, sino la capacidad de decir algo inásperado sobre ellos, algo distinto de lo que ha repetido la ciítica en la lengua original de estos marginales o .láti.ot. Uno puedo decir, como hace Paul de Man (Bloom, 1984, (1919-84), que estos son <imaginary essaysD .t qot entendemos la expresión en un sentido p. 22), ti pr.cito, ensayos de una imaginación personal estimulada por la imaginación aiena. Una de las sorpresasque se lleva ;l lector culndo recurre a las fuentes que inspiraron a Borges,es descubrir que al leerlas e interpretarlas, él puso tanio (o más) de él como de ellos, y así les dio una nueva signidcación. Es decir, Coleridge o Chesterton, leídos por a Borges, son completamente distitttos los que conocíamos antei: la huella de su lectura es profunda y personalísima' Tanto que a veces puede resultar arbitraria (sus repetidas lecturas del p:tiüt, por eiemplo, libro con el que siempre tuvo una relación ambigua), pero esa arbitrariedad termina siendo un rasgo positivo, pues con ella Borges elabora algo que ya es inconfundiblemente suyo. Sus lecturas son form"t de apropiación y de invención tefleia; esa invención de segundo grado (y, sin embargo, de imborrable sugestión y magia) es una forma característicamente borgiaáa. Como señalaHarold Bloom: <Borgesis a great theorist of poetic influence; he has taught us to r€ad Browning as a pré.ottot of Kafko (ibíd', p.2). Lo que hace-Borgeses una lraducción de lo que lee a su propia lengua literaria y a su propio universo estético. Mediante eserecurso' se apodera de todala literatura que conoce y recuerda, y la integra a su sistema: dentro de éste lo ajeno y lo propio dialogan sin dificultad y con-un alto grado de originalidad; sus libros forman, una biblioteca ércadapor la imaginación L p ttir de otra biblioteca' Esto es particularmente visible en el modo como Borges leía

obras religiosas, metafísicas y filosóficas; él mismo ha dicho que en esos autores -G. Berkeley (1685-1753), Schopenhauer, Baruch S pinoza (l 632-7 7), Emanuel Swedenborg (1688-1772), etc.- no se interesaba por l¿ verdad de sus teorías' sino <<por valor estético y aun por lo su que encierran de singular y de maravilloso> (Borges, 1952, p.223), o sea por su capacidad para suscitar asombro. Es decir, las leía como ejercicios puros del pensamiento (válidos por sí mismos, no por su correlato objetivo) y como ficciones concebidas para explicarse el mundo. Material adecuado, por lb tanto, para alguien que escribía ensayosy cuentos que trataban de especular con la misma preocupación. No importa cuál seasu tema (la eternidad o la metáfora, Home¡o o el tiempo cíclico, nuestra idea del infierno o la paradoja de Zenón), no importa cuán modesta sea la forma externa que adopten (meras reseñasde libros, notas o comentarios al pie, refutaciones de una afirmación), los ensayosde Borges son sobre todopropoticiones heterodoxas, una invitación a pensar de ot¡o modo sobre algo comúnmente aceptado, una tranquila disidencia intelectual. Lo admirable es que esaspropuestas no nos imponen una fórmula, que debemos aceptar como conclusión. Todo se resuelve en una hipótesis que somos libres de aceptar o no; el arte, la seducción del texto está en que, por más disparatada o increíble que p re?ra al comienzo la hipótesis, al final la tentación de aceptada es irresistible. Sus ensayosson (igual que sus cuentos) un ejercicio del espíritu en libertad para imaginar o pensar lo que quiera. La argumentación borgiana sigue frecuenteménte un método paradójico que comprende varios pasos: el planteo de una teoría o cuestión problemática, de índole literaria,filosófica o cultural; el ¡esumen de las va¡iantes interpretativas que esacuestión ha tenido a lo largo del siglo; la demostración de algún error lógico que las invalida; el examen de las alternativas que el asunto ofrece, incluyendo la suya; y la sospechade

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100 JoséMig'uelOviedo Brevehistoriadel ensayo hispanoamericano 101 que todas ellas incluyen una nueva falacia- El agnosticismo y el escepticismo filosófico de Borges (herencia de sus lectora, cabalísticasy los idealistas ingleses)es el trasfondo intelectual de esta operación literaria, que contiene un constante comentario irónico sobre las leyes del conocimiento humano y de su principal instrumento: el lenguaje. Esta última cuestión es central en la obra de Borges. El autor se la planteó desde sus primeras páginas ensayísticas. En ellas, principalmente en El idiona delosargentiaar, es visible la huella del pensamiento de Croce sobre la naturaleza del lenguaie literario, en particular las cuestiones de lt alegoria y la expresión verbal. Muy pronto, Borgesempezaráa distanciarse de Croce y a señalar susdiscrepancias. En <De las alegorías a las novelas> y <Nathaniel puede rastrearse ese proceHawthorne> (Otras inqaisiciones) so que lo lleva a suscribir la tesis de Chesterton, uno de los autores con los que más afinidad tiene Borges. En el primero escribe: <Croce niega el arte alegórico. Chesterton lo vindica; opino que larazínestácon aquéb (p- 179); en el segundo, en cambio, dice: es la de Que yo sepa, mejorrefutación las alegorias de Croce;la mejorvindicación, de Chesterton... la Croce,la alegoría] se[Segrin ría un género bárbaro infantil, unadistracción la estética. o de Croce yalahabíarcformuló esarefutación 1907; 1904,Chesterton en en futadosinqueaquél supiera... Razona la realidad deunainque es lo terminableriqueza que el lenguafe los hombresno agotaese y de vertiginosocaudal...Chesterton infiere, después, que puedehaque a ber diversos lenguaies de algrinmoio correspondan la inay sible realidad;entre esosmuchos,el de las alegorías fábulas (pp.61-2). Cualquiera puede reconocer en esaslíneas algunas ideas rectoras de su obra: la de que, siendo la realidad intbarcable, no hay realismo posible; la de que escribir es reducir, elegir, suprimir -es decir, inventar, no producir una imposible copia de la experiencia; la de que la alegoría es, contrariamente a lo que se piensa, un vehlculo ideal para el que piensa en imágenes, no p^ra el pensador abstracto. Pero la gran.cuestión que subyace a estas preguntas es esencial para todo aquel que escribe y lee: ¿cuálesson los límites del lenguaje? ¿Cómo repreretttar mundo con una el sucesión de sonidos y de signos convencionales (Borges, citando a Chesterton, escribe <de gruñidos y de chillidou, ibrd)? La. natvraleza misma del lenguaje es una sobria advertencia para el escritor que quiere crear algo nuevo: lo más que ese instrumento nos permite es reiterar, con va(iantes, lo que otros antes dijeron; o sea,sólo podemos tener cierto éxito si trabajamos dentro de la tradición, no en contra de ella. Es fácil comprender por qué los teóricos de la lingüística moderna y los representantesde la <nueva crítica> fiancesa -Maurice Blanchot (1907), Roland Barthes (1915-80), Michel Foucault (1926-84)- han €ncontrado tan estimulante el pensamiento de Borges, y lo han sumado -pata sorpresa suya- a la lista de precursores de sus más sofisticados planteos. Aparte de los ensayoscitados, los textos claves para conocer el pensamiento literario de Borges (aunque lo litera¡io está pata él siempre ligado a los temas de la metafísica y la teología, como el tiempo, la personalidad o Dios) son <La supersticiosa ética del lectoo, <La postulación de la realidad>, <El arte narrativo y la mag¡a>> <El escritor ary gentino y la tradición>, de Discusión; <Las kenning'¿D),de Historia de la eternidad; <Nuestro pobre individualismo>, y de Otras inqaisiciones. se leen con cuidado se observará Si que, a pesar de su aire casual y el tono sin pretensiones, esostextos constituyen una verdadera teoril literaria, asistemática pero coherente y con los más largos alcancesque se hayan dado en la literatura y el pensamiento hispanoamericános. Gracias a ellos, nuestras letras no volverían a ser ya lo que fueron antes. El lector curioso que recorra ésasy otras páginas tendrá ademásotra recompensa: el sutil humor de Borges, que permea esaslucubraciones con una gracia y una agudezaespiritual que sólo tiene antece-

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dentes en Reyes, con quien Borges mantuvo una estrecha afinidad intelectual (Cap. 3.III). La ironia borgiana es una marca de su ideario: escribir es algo natural y es Yano asociarlo a personalidades o ideas grandiosas. El humor se manifiesta desde los titulos de algunos de sus libros: ¿hay algo más irónico que llamar un libro Histoia de/¿ *enidad o titular otro, de poco más de cien páginas, Histoia unittersal de la infania (Buenos Aires, 1935)? ¿Y qué decir de textos como <Las alarmas del doctor Américo Castro> o <Arte de iniurianr, insuperables ejercicios de diatriba en los que cada línea es un dardo tan cáustico como regocijante? Esa ironía es sobre todo una autoironia enla que estáimplícita una precisa moral de escritor, pues éste ejerce su oficio sin pero con probidad, como si fuese una causaPerespeta;nza dida. Así es posible entender que los primeros textos de Historia stiaersal dela infania apareciesen primero en una revista de pasatiempos, ! eue las breves reseñasy biografías literarias, escritas entre 1936 y 1940, y recogidas recientemente bajo el titvlo Textls catltiros:,se publicasen en una revista argentina.p^nadistracciónde amasde casa.Talvezel mayor elogio que se pueda hacer de él consistiría en decir que es un escritor cuyo rigor (de geómetra o arquitecto de laberintos y pirámides) no le impide ser amable y entretenido como muy pocos. Si la grandeza se mide por el placer indeclinable que la lectura y la relectura producen, éste es entonces uno de los más grandes.

II. Lezama: imagomzxdi Hay un tejido de convergencias y divergencias entre Borges, Cortázar y I-nzama Lima. Con Coftázar, Borges comparte (especialmente al comienzo) una visión del
3 caatiro¡ed. Enrique Sacerio y Emii Rodríguez Jotge Iais Borges,Textos Monegal (Barcelona, Tusquets Editores, 1986).

mundo como un lugar extraño y desconcertante; con Lez ma., del gusto por Francisco de euevedo (15g01645),^parte Chesterton y Yaléry, la elaboración de la obra como un sistema hecho de fragmentos que conducen a un centro: la imagen poética. Pero las diferencias son también evidentes: la obra madura de Cortázar es casi la contradicción de la metafísica borgiana, en cuanto intenta una búsqueda del sentido profundo de la realidad histórica; y la deLezama Lima es de un barroquismo arduo y casi delirante que nada tiene que ver con la economía y la nitidez deslumbrantes de Borges. Sin embargo, como pensadores los tres elaboraron obras que por su complejidad, riqoezay alcance, guardan una relación analógicaentre sí: son mundos de reflexión que giran en órbitas distintas pero que se entrecruzan. Los primeros libros de ensayos de Lezama (Anahcta det reloj y I-a expresión ameicana,publicados ambos en La Habana) datan de 1953 y 1957, respectivamente,pero pocos lectores fuera de su patria cubana los conocían antes de que el autor publicase su vasta novela Paradiso (LaHabana, 1966). Su apaición, en medio de la ola de grandesnovelas hispanoamericanasde esa década,provocó el redescubrimiento de susensayosy su poesía.La oscuridad que rodea a esosprimeros años y la insularidad literal en que se mantuvo su obra temprana, contrastan vivamente con la popularidad y prestigio intelectual de los que gozó desdeentonces (y más fuera que dentro de Cuba, pues su relación con la política revolucionaria fue crecientementedifícil). Después de Paradiso, Lezama publicó dos nuevos libros de ensayos:I-a cantid¿d becbiztda (LaHabana, 1970) e Intmducción¿ losoasos órfcos(Barcelona, 1971) que con{irmaron su maestría en el género. Un rasgo definitorio deLezama Lima es la mbanidad de su obra, entendida ésta como una tradición literaria que está ligada con el orbe hispánico clásico (en el caso suyo, particularmente a través de Luis de Góngora U561-

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16271),con la herencia aficana de la isla y con los fuertes sabores de la cultura criolla. Patria y mundo, tradición y renovación, espíritu y sensualidad, son en él partes de una misma totalidad; esa totalidad es abrumadora, enciclopédica, compleja hasta parecer babélica y desmesurada.Lezama absorbe el mundo de la cultura con una curiosidad universal, indiferente a épocas, lenguas u orígenes: nada le es ajeno y todo ocupa un lugar preciso y precioso en el gran diseño general, como los hilos de un inacabable tapiz multicolo¡. Estética barroca, pues, en la que no hay material de desperdicio y las formas son voluptuosas composiciones de materias, tonos y texturas de infinita variedad. Lezama no es (ni quiso ser) un escritor fácil <Sólo lo difícil es estimulante>, reza su más famoso lema en la primera línea de la expraión ameicana. Si la figura borgiana por excelencia es el laberinto de maniática simetría, la deLezama es la espiral envolvente y decorada hasta la obsesión y aun hasta la confusión impenetrable. Es un escritor fascinante, pero que se deja arrastrar por los ritmos circulares y proliferantes de su prosodia, que a veces sepierde en el vacío donde sólo él se escucha. Igual que el Narciso mítico que usó como tema poético, Lezama se contempla (mientras escucha complaqido sus ¡itmos órficos) en el espejo verbal que crea y se enamora de ese increíble festín con el que satisface sus sentidos excitados. El orden no es una virrr¡d de este autor; lo que sí nos depara es la sugestión inesperada, elhallazgo por azar de un tesoro inagotable y, sobre todo, el ingteso a un nivel incandescente del fenómeno verbal y del proceso del pensar e imagSnar.No ideas: chispas de ideas, choque brusco de materias ardientes, cruces violentos de imágenes históricas o fantásticas. En realidad, el arte de Lezama es un arte dtgresiao, el que el moen tivo y el pretexto pueden importar muchísimo más que la propuesta final; es la forma como teje relaciones y analogías entre lo dispar, lo que demuestra su poderosa imaginación, apa:ftede su impresionante erudición. Un ensayo

de La expraiónamericana basta para demostrado: en <<Sumas críticas de lo americanor>comienza hablando de Pablo Picasso (1881-1973), Igor Stravinsky (1882-1971) y James Joyce (1882-1941) como modelos del espíritu de novedad de nuestro siglo y termina reflexionando sobre la infiuencia del paisaje en el espíritu creado¡ de América, pasando por sus habituales referencias a Egipto, la Edad Media y la muerte de Martí. Pero el argumento es visible: la invención americana consiste en adaptar y ofrecer síntesis ecuménicas, de lo que él mismo es un ejemplo. Puede decirse que en esa miríada de motivos que pasan al vuelo por su mente y son iluminados por un penetrante rayo de luz, hay dos temas fundamentales: la poesía y la cuestión de América como creación cultu¡al. Su esfue¡zo como ensayista consiste en tratar de ligar ambos asuntos y reelaborados como una sola propuesta utópica: el continente como anuncio de una nueva ((era imaginario que prolongu.e las creaciones universales de otros tiempos. La misma expresión <era imaginaria> es una semilla de esa promesa, pues establece una alianza insólita entre la imagen poética y la historia. En <Las imágenes posibles> (Analuta del reloj), aCuma justamente que la imagen es <la última de las historias posibles>(Lezama,1981, p. 218). Esto supone, como dice en La experiencia ameicana,un replanteo total de nuestra historia cultural y, por lo tanto, del tema americanista. Siguiendo muy libremente unas ideas de Spengler, Ernst Curtius (1814-96) y Toynbee, el autof Propone establecer diversas dondela imagoseimpusocomohistoria. las eras Es decir,la imaginación etn¡sca, caroling¡a, bretona, la la etc.,donde el hecho,al surgirsobre tapizdeuna era imagnariz,cobrósu el realidady su gravitación. una cultura no logracrearun tipo de Si imaginación..., cuantosufriese acarreo en el cuantitativo los mide leniosseríatoscamente indescifrable (ibid.,p.374). La propuesta sólo puede entenderse si entendemos bien

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la idea lezamiana de la imagen poética como centro de su pensamiento. Al crear un nuevo sentido, Ia imagen propone una (nueva causalidad>, modo original de entender un la vida y la historia, y alavezde superadas:la imagen es asombro y razón. Por eso Lezama dice que, aunque la poesía está <sumergidaen el mundo pelágico, no [es] nunca ilógicu (ibíd., p.313). Su concepción histórica es viquiana: un sistemade ciclos regidospor ciertos arquetipos,mitos o símbolos -formas de Ia imaginación que se repiten .con variantes y se condensan en el lenguaje poético de cada época. La historia humana es la historia de su imaginación y, en esesentido, todo tiende a una visión ontológica o epifánica de la sociedad humana. Aunque su propuesta parézcaextrema, cierto sector de la historiografía moderna europea ha desar¡ollado una tesis parecida para explicarse cómo los hombres imaginan y configu.ran sus instituciones, como puede verse en L'institution imaginaire la societé de (París, 1975) de Cornelius Castoriades (1922). Por un lado,Lezrma se coloca en la riglrosa tradición del hermetismo y el misticismo de raiz católica; por otro, circula en él una cont¡acorriente dionisíaca, erótica, jubilosa y hasta festiva que se refleja en su humor -cubanísimo, en el fondo- y las libertadesde chada informal que se toma su discurso. Los lectores de s¿sTratados de La Habana, especialmente en su segunda parte, podrán saborearesafrescura. Logos y eros, conocimiento y juego son los extremos entre los que su obra se mueve, a veces con una velocidad desconcertante. Su espíritu barroco ama los contrastesy los excesos los lleva hasta la distory sión más arbitraria. Como Góngora, Lezama puede ser admirable pero también irritante. Su verbosidad puede caer en galimatías como <La semejanzade una imagen y laimagen de una semejanza,unen ala semeianza con la imagen> (ibíd., p.218). Pero esta tendencia aIa oscuridad y al retruécano no es, como en rrruchos otros ensayistasque ahora lo imitan, una pose de mandarín intelectual d la mode: es

el fruto natural de un saber intoxicante que se desborda en una prosa cuyo fluio incesante tiene algo de incantatorio y ritual. Nadie ha pensado como lezama; probablemente nadie en América pensará (ni escribirá) como él: sus estructuras mentales e imaginarias encontraron un lenguaje reverberante que podía expresarlas de modo inimitable.

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Cortázpr o la infornalidad

Julio Cortázar no tuvo, como los dos anteriores, lo que puede llamarse una obra <<formal> ensayista,pero su adde mirable obra narrativa -especialmente, la cuentística, en la que fue un maestro- lo llevó a escribir algunos ensayos que, siendo muy personales, resultaron enormemente influyentes en el pensamiento literario de su tiempo. Es sabido que usó sus novelas y cuentos como medios propicios panla critica y la reflexión estética; inversamente, sus ensayos pueden verse como productos laterales -pero de gran originalidadde su trabajo de creador. Esos textos son, en primer lugar, muy valiosos p^r^ peneúar en el laboratorio privado de Cortázar y observar cómo concebía susexperimentos, iuegosy excursiones literarias; en segundo término, definen los pasosde una estética que se distinguió por ser fiel a unos centros claves, pero móvil en la dirección del cambio y la exploración constantes. Esa estética configura, por cierto, una moral intelectual y finalmente una posición ideológico-política. Algo tardíamente, Cofiázar publicó la mayoría de sus breves ensayosen volúmenes miscelánicos,en los que se mezclaban con poemas, relatos y con todo lo que no cabía en sus otros libros; los géneros et nparu él convenciones vacías, que provocaban su rebeldía iconoclasta. Los ensayos más importantes están en las misceláneasLa asehaal día er ocbcxta mundos(México, 1967), Úhimo roxnd (México, 1969) y Teñtoiw (México, 1978), aunque otros ensayos

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fundamentales, como <<Para una poéticD (1954) y uAlgu..-rios aspectosdel cuento> (1962-63), sólo han sido publicafdos en revistas. Un rasgo esencial de esostextos es la iúinidad del tono y la infortzalidad, a veces irreverente, del tratamiento. En un g(nero que a vecéstiende a la solemnidad y en un continente donde el ejercicio literario puede tener pretensiones enojosas, los ensayos de Cortázar son un soplo de aire fresco, de vivacidad y cordial inteligencia: ejemplifican el arte de decir-cosasprofundas sin perder su sesgotravieso, libre, abierto. Quizá eso se deba a que sus ideas eran convicciones apasionadasy lúcidas, no teorías aprendidas sistemáticamente. Estos textos no quieren cristalizarce en (ensayos) y comienzan autocriticándose y aun burlándose de sí mismos. Teritorios, por ejemplo, se abre con una especiede prólogo (<Explicacior,., *á, bien confusau) en el que Polanco y Calac, dos figuras arquetípicas de la rutina mental y la incomprensión que conocen bien los lectores de sus relatos, Íeaparecen para ridiculizar al autor y su libro; Cortázar defiende con modestia su decisión de reunir trabajos sueltos en un libro: Es cierto,pienso, peroquédulceculpala de haberme dadotanta felicidaden estos tiemDos vermos.en estehorror cotidiano...Por esocada d".rt"r págitr".esun actodegratitudy a la vezun nueuna vo impulsopar¿no olvidarlo queten€mos seguir que haciendo; entre nosotros reposo guerrero siempre el del es alguna formade l¿ belleza(Cortázar, 1978,p. 7). El pensamiento de Cortázar presenta ciertos emblemas característicos que son parte de su mitología personal de narrador, lo que tiende nuevos puentes entre el arte de contar y el de reflexionar. La Ítgara del ctoxopio las metáy foras de la esponja del camalefu y tienen un sentido muy preciso en sus formulaciones estéticas:la primera es la encarnación del individuo que es creador no sólo en su arte, sino en su vida, resolviendo así un vieio falso dilema; la segunda es una imagen de la ósmosis que se rcaliza en la ex-

periencia artística, proceso de trasmutación o alquimia por el cual el sujeto hace suyo un objeto ajeno, lo absorbe y lo ineorpora a su realidad ontológica; la tercen es el símbolo de nuestro insaciable deseode ser otro, de no aceptarnos como somos, de arriesga.rnos vivir en una dimensión a desconocida pero más auténtica. Esta concepción del arte y la vida tiene varias consecuenciasy repercusiones, la más importante de las cuales es que el acto de ver un cuadro o escuchar un cuarteto (si realmente los vemos o escuchamos) supone la disolución del sujeto y del objeto, su fusión o reencuentfo en un punto que no está ni aquí ni allá: el fenómeno estético ocuÍre en los iritersticios, a medio camino entre el yo y el objeto. La revelación siempre se produce entre,en un espacio que no estaba antes allí y que es una creación compartida por el que contempla y lo que se contempla. En arte, conocer es, literalmente, <salirnos de nuestras casillas>, donde el hábito y la pasividad nps han condenado. En el texto titulado precisamente <Casilla del camaleón>, Cortázar nos dice que el poeta .+..
renuncia a coflservar una identidad en el acto de conocer porque'! precisamente el signo inconfundible, la marcr en forma de trébol baio la tetilla de los cuentosde hadas,sela da tempranamente el sentirse a cada paso otro, el sali¡setan fácilmente de sí mismo para ingresar en las entidadesque lo absorben,enajenarse el objeto que en será cantado, la materia física o moral cuya combustión lírica provocará el poemt (Cortázar, 1983, vol. 2, p. 190).

Aunque el autor cita copiosamente a Keats -en realidad, rinde una especie de homenaje algranpoeta inglés-, el ensayo contiene una aguda crítica de la noción del yo romántico, así como un ataque al simplismo conceptual de ciertos defensores de la literatura comprometida. Su defensa de la libertad creadora y de la responsabilidad moral para ejerceda, culmina con una muy clara y sarcástica definición ideológica:

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Por eso, señora, le decía yo que muchos no entenderári este paseo del camaleón por la alfornbru abiganróa, y €so que mi color y mi rumbo preferidos se perciben ap€nasse mira bien: cualquiera sabe que habito a la izquierda, sobreel rojo. Pero nunca hablaré explícitamente de ellos, o a lo mejor sí, no prometo ni niego na;da(ibíd.,

a .Barthes, especialmente al de Mltbologies(París, ^cerca. 1,957), aunque no compartiese la pasión teorizante de aquéI.

p. 1e3). La fluidez del juego de correspondencias entre lo real y lo imaginario, lo personal y lo histórico, entre las formas y el impulso subterráneo que las mueve, es esencial en la creación deCortáza4 también en susensayos,que resultan cautivantes sobre todo porque son exploraciones en los márgenes mismos del género, intentos por establecerpara él nuevas vías y modulaciones. El acercamiento de la creación litera¡ia a la actividad lúdica, al acto amoroso y a la improvisación deljas, es un gesto significativo. En <Melancolía de las maletas>habla apasionadamente del valor que tiene par¿ eI aficionado al jag escuchar los sucesivos takes,o sea las grabaciones que son necesariaspara producir un disco, y termina haciendo un paralelo entre ensayo y takc que bien puede leerse como una poética: Diferencia entre(erisayo) takc. ensayo llevando y El va paulatinamente a la perfección, no cuenta como producto, espresenteen función de futuro. En el tah¿la c¡eació¡ incluye su propia crítica y por eso se interrumpe muchas vecesp¿ra recomenzar;la insuficiencia o el fracasode un takc vale como un ensayopara el siguiente...Lo mejor de la literatura es siempre takc, riesgo implícito en la ejecución, margen de peligro que hace el placer del volante, del amor... Yo no quisiera escribir más que takes(ibíd., p. 172). Es justo decir que el narrador, el poeta y el ensayista que habían enCortázar fueron siempre fieles a ese deseo, y que esa fidelidad renovó y enriqueció nuestra literatura. Por su interés en el orientalismo, por su concentración en las formas herméticas, marginales u olvicl.td¡s de nuestra cultura,por su insaciable curiosidad estética (desde el arte neurótico hasta el strip-tea e, desde el deporte hasta la música electrónica), es el ensayista hispanoameticano que más se
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IY. Par las ideasefl ,rlonimiento Pocos han alcanzado en este siglo la intensidad poética y la profundidad de pensamiento que distinguen a Octavio Paz. Corno en Borges, como en Lezama, la unidad de esa extensa producción liricay ensayísticaes total y puede decirse que configura un verdadero sistema de vasos comunicantes, para usar la famosa imagen bretoniana. El acto poético es la experiencia que más lo preocupa como ensayista; simétricamente, la reflexión crítica es connatural al poeta. Ideas e imágenes, cadenas de ritmos y conceptos, todo remite a un vórtice de pasión y lucidez cuyo impacto emocional e intelectual ha sido profundo dentro y fuera del contiñente. Paz ha sido, en los últimos veinticinco años, una de las figuras literarias más influyentes y activas. Hay que reconocer que para un hombre que escribió crítica periodística y susprimeros libros de poesía en la década del 30, el inicio de su obra ensayística madura es algo tardío: su primer libro en esegénero es El laberinto ta solede dad, aparecido en México en 1950. Habrá que esperar.aún la segunda edición (México, 1959), sustancialmente corregida y aumentada,patatener lo que hoy consideramos uno de sus libros fundamentales y el comienzo de lo que sería su prosa y su pensamiento de sello inconfundible. La genesis y estructura del libro son dignos de atención. El esti mulo para escribirlo fue su breve experiencia de beca¡io en Estados Unidos (1944). Su paso por California y Nueva York lo enfrentó a la doble extrañeza de un país desconocido y de una cultura latina (sobre todo mexicana) extrapolada de su lugar de origen. El libro era una búsqueda de

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las raíces históricas de la cultura mexicana, una pregunta sobre su identidad y un retrato profundo de los individuos que la crean dentro y fuen de sus fronteras. Aunque centrado en cuestiones de historia y psicología social que definen la mexicanidad,el libro es una contribución al gran tema americanista, con su apasionada inquisición sobre el ca¡ácter de la cultura latinoamericana frente al nacionalismo y a la hegemonía norteamericana: La.singularidad ser... transforma problema pregunta, de se en y en coflclenclalnterrogante. A los pueblosen trancede crecimientoles ocurre algo parecido. Susersemanifiesta como interrogación:¿qué somos cómo ¡eahzty ¡emoslo que somos? Qa 1959,p. 9). El influjo del pensamiento de Samuel Ramos (Cap. 3.IV), cuyas tesis sobre la personalidad del mexica¡oPaz defiende de sus críticos, es tan visible en este libro como el del existencialismo, especialmente en susplanteos sobre la autenticidad, el dilema entre el individuo y el otro, la soledad que genera la alienación histórica. Igu.almente, el lector atento descubrirá que hay un cambio de tono y enfoque entre los priméros cinco capítulos, que ttazan el perfil espiritual del mexicano, y los tres últimos que son un repaso del destino histórico del país, desdesus orígenes hasta el presente. El epílogo, que no existía en la primera edición, es una honda reflexión filosófica sobre el amor como vía de salida del laberinto de la soledad, ] sobre la responsabilidad moral del mexicano en el mundo contemporáneo. Paz exalta las virtudes del mito, la poesía y la utopía, pues la pura raán humana nos ha colocado al borde mismo de la aniquilación; hay que repensar fodo otra vez, desandar el laberinto: despierto. Pero de El hombremodernotiene la pretensión pensar de este pensamiento ha llevadopor loscorredores una nos despierto pesadilla, dondelosespeios la razónmultiplicanlascáde sinuosa en matasde tortura. (iM., p. l9l).

El repertorio básico de las ideas y formulaciones del pensamiento dePaz estáya presente en este libro: su fe inquebrantable en la poesía y la libertad como condición de su ejercicio; el juego de máscarasy esenciasque desafía el afárt de conocer; su teoría del amor como reconocimiento del carácte¡ indispensable del otro; las promesas y los ablsmos de la revolución; la dialéctica de la palabra y el silencio, del instante y la eternidad. Algunas de las observaciones sociológicas de El laberirto dc la soledadpueden haber sido superadas -Postdata (México, 1970) es un intento por ponerlo al día con la evolución del México de hoy-, pero no cabe duda que es una obra seminal. En la veintenalxga de libros de ensayos,artículos y comentarios críticos que Paz ha acumulado a lo largo de los años, la elección de los más importantes se hace difícil, no sólo por la abundancia, sino por la gran amplitud de temas y el distinto alcance de sus propuestas. Sus ensayosson un resumen de todo lo que puede interesar a un hombre moderno de vocación universal: la poesía hermética, nuestras costumbres eróticas, el hinduismo,lacútica del estado totalitario, el arte de la vanguatdia,la magSa las drogas, la y traducción, los mitos y la historia... En esesentido se parece mucho a Reyes y todavía más a Ortega y Gasset (Cap. 3.III), hombres de pensamiento riguroso, pero también grandes testigos de su tiempo, volcados al análisis del acontecer inmediato. Las miles de páginas en prosa que ha escrito Pazforman una especiede enciclopedia de lo que el hombre sabe,pero sobre todo de lo que quiere saber. Pese a esa enorme dive¡sidad, pueden señalarse algu.noslibros claves, aunque recordando que también hay ciertos textos de impottancia en sus otras colecciones. El arcol la lira (México, 1956) es uno de los más bellos y capitales ensayos dePaz. Su tema es la poesía (meior dicho: el poema), el carácter específico de la revelación que brinda, y su función en nuestra época. El libro es a la vez un riguroso estudio de la fo¡ma y el sentido de la poesía, y una

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exposición que vale como la poética personal de un gran creador. La idea de tensión qr¡e contiene el título -objetos que vibran, cargados de inminencias y resonanciasalude a su visión y su práctica poética, así como a su profunda conciencia de que la poesía, lejos de ser un ejercicio minoritario o intrascendente, es de crucial importancia en nuestro tiempo: ella puede transformar nuestra civllización y volveda realmente humana; contiene una auténtica promesa de comunién entre los hombres. Otravez hay que subrayar que es la segunda edición (México, 1967), corregida y aumentada con el ensayo <Los signos en rotación>, la que €xpresa el cabal pensamiento del autor sobre estos tópicos. Los años que corren entre una y otra edición son decisivos para Paz: coinciden con su segrrndaresidencia en París (1960-1961) y luego en la India (1968), experienciashumanas y culturales que suponen un reenfoque de todas sus creencias €stéticasy filosóficas. Las huellas del espíritu surrealista y del pensamiento europeo de la Postguerra no desaparecen, por cierto, pe¡o sí se funden, integran y transforman de un modo creador con las que adquiere por entonces, y que otorgan un sello definitorio a su obra madura. Lo que caracteriza aPaz es su capacidad de síntesis y el poder de las imágenes que la expresan. Todo -el arte japonés y la vangrrardia, la filosofía y la antropología, las culturas de Oriente y la poética moderna- es absorbido por una poderosa imaginación y procesado hasta convertirlo en algo original y distinto. El arco la lira inicia una "1t vasta crítica de la cultura de Occidente, que será un tema rector en Paz: al revés del Oriente, dice, nosotros hemos perdido el fecundo diáiogo entre el espíritu y el cuerpo, entre religión y erotismo, entre razÁn y pasión. Nuestro la mundo es un mundo escindido; poesía es el instrumento de su reintegración. Hay un misticismo enPaz, pero es un misticismo carente de la noción de un Dios, centrado más bien en los deseos y urgencias del hombre por hacer

trascendente, no la otra vida, sino principalmente ésta. Dos ensayosrelativamente breves dan testimonio de su doble encuentro con el estructuralismo (Claile Léai-Straus¡ o el nxeao México, 1969) y el Oriente (CnjunfestíndeEsopo, cionesldigtuncioxes, México, 1969). El primero es un valioso resumen de las teorías del antropólogo francés y de sus repercusiones filosóficas, lingüísticas y estéticas, pero es también un¿ puesta al día de las ideas de Paz en esos mismos campos: es un retrato y un auiorretrato intelectual. El segundo nació como prólogo a un libro que se fue extendiendo en divagaciones y digresiones sobre las diferencias entre las costumbres sexualesde Oriente y Occidente, los conceptos de'caerpoy rr-cilerpo, entre arte budista y arte medieval, entre signos y realidades. Paz dispone sus observaciones en un gran diseño que reinterpreta nuestra cultura y establece relaciones inesperadas €ntre tdos los elementos -ciencia, estética,religión, política, moral- del conjunto. El espíritu represivo de Occidente explica el espíritu de rebelión que ha estallado por todas partes en el mundo moderno: lo que hemos negado durante siglos quiere hacersepresente, quiere convocar una <presencia amadu>que, para é1,son las grandes promesas del amor y la poesía. Una singular contribución ala critica del arte moderno (al que en los últimos años Paz ha estado más atento que (México, 1.972;2."ed. amplianunca) esAparienciadaruda da, México, 1978), contiene dos ensayossobre Marcel Duchamp (1887-1968), que son una introducción a su arte y un análisis detallado de un par de sus obras maestras. El interés y la admiración de P*z por Duchamp resultan naturales: el artista encarna los gestosde total rebeldía e ironia cútica que pone el arte moderno en el límite mismo de su negación y su renovación. Estas ideas reaparecerán, ampliadas poco después en Los bijw del limo (Barcelona, 1974), en el que ttazannabreve historia de la evolución de la poesía moderna, desde el romanticismo hasta nuestros

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días, y examina las cuestiones fundamentales que la han definido: la vocación de ruptura, laironia, el pensamiento analógico y la fascinación revolucionaria. El libro refinó y puso de moda en el ámbito hispánico el concepto de modcrnidad, que había sido introducido en el lenguaje crítico europeo por Jürgen Habermas y otros; a p^ftir de entonces, la palabn se convirtió en moneda corriente del dcbate de nuestra época. En la más reciente producción dePaz hay que destacar ciertos libros como.E/ signol elgarafuto(México, 1973), que reúne una colección de ensayos sobre cultura, tecnología, arte y poesía, el primero de los cualesproPone una idea común a casi todo el resto: <Si la bomba [atómica] no ha destruido al mundo, ha destruido a nuestra idea del mundo> b. 1a); El ogoflantnípico (México, 1979), otra recopilación de ensayos y textos de diversa intención y calibre, pero centrados en la c¡ítica del estado tecnocrático o totalitario moderno, y sus relaciones con el intelectual y el creador; el voluminoso y exhaustivo Sortuna lttés de la Cruzo las trampar dekfe (México, 1982), que no sólo es su más importante ensayo literario desdeEl arcol la lira, sino un fascinante examen de la sociedad colonial mexicana, los conflictos entre la Iglesia y la libertad intelectual, así como de la posición de la mujer en ese contexto; y Los priailegiosde l¿ aista (México, 1987), que reúne sus páginas sobre arte mexicano, muchas de ellas espléndidas. Pero el ensayo más original, insólito y radical que ha esgramático (Barcelona, 1974; cito Paz es sin duda El mono en francés: París, Lrs Sentiers de publicado originalmente la Creation, 1972). Este es un texto que parece resumir todas las cuestiones, visiones e imágenes que han inquietado su espíritu. Llamado (ensayo> quizá seaun error porque es más que eso: un poema en prosa, el relato de un viaje ritual, una reflexión critica sobre la poesía, sobre el arte y el acto mismo de escribir este texto. Quizá sería más exacto dc llamarlo con una expresión del propio Paz constclacifu

ngaar.Sus ideas sobre analog¡ayconvergencia como operaciones esencialesdel lenguaje poético, están aquí puestas en ejercicio: el texto une dos escenariosdistantes, pero homólogos en la imaginación -un fardín inglés en Cambridge, el camino hacia Galta en la India- y parte en busca de algo que está más allá de esasrealidades: un absoluto donde las diferencias se disuelven en el plano superior de la revelación poética estimulada por las visiones del arte y el misticismo oriental. El libro es una metifora, viva del acto que le da origen, del escribir y del leer como caminos que se entrecruzan y se funden de modo semejante alabrazo amoroso de los cuerpos. La notable unidad del pensamiento de Paz y su fidelidad a ciertas nociones fundamentales, no impiden reconocer que también ha evolucionado con el tiempo y sufrido reviéiones. Eso es más visible en la porción política de su obra y en su c¡ítica cultural del presente. Como demuestra una reciente recopilación de sus primeros artículos periodísticosa, Paz se ha ido alejando progresivamente de las posiciones ideológicas que sostuvo en distintas etapas (la defensa de la España republicana, el humanismo marxista, el arte de tesis, la revolución cubana en su primera fase), y ha adoptado una actitud más cautelosa o escéptica en su comprensión de ciertos acontecimientos históricos de esta hora, dentro y fuera de América Latina. Pero, en general, ni la lucidez ni la transparencia dialéctica de su pensamiento han decrecido; tampoco -al menos desde 1960, en el que halla su estilo definitivola eiemplar belleza de su prosa. Doble belleza: interna, porque es una correspondencia exacta con el movimiento de las ideas que discute; externa, porque otorga a esasideas una forma imborrable que identificamos con la verdad. Prosa elástica,

4 Octavio Paz,Primr* htras (19t1-1941), ed. Enrico Mario Santí (México, Vuelta, 1988).

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intensa, hecha de puros nervios, que lleva directamente de esto a aquello, en una sucesión de transformaciones, paralelos, contrastes y homologías que Provocan una Poderosa convicción. Su elegancia es mental, no retórica, hecha por despojamientos y condensaciones. La supresión de los nexos lógicos o meramente explicativos (los dos puntos que rcemplo¿^Í toda una frase, los niveles opuestos del discurso que se unen mediante simples comas) y el uso de series enumerativas, letanías y fórmulas incantatorias, dan a su prosa una especiede velocidad y levedad que se parece a la operación de pensar. Paradóiicamente' esa concisión produce una abundancia de imágenes, una riqueza que antes no percibíamos. Rigurosa y sensual, apasionada y reflexiva, su prosa se parece a su poesía;meior dicho: en cuanto es un ejercicio crítico del lenguaie, es la contrac¿ra de su lenguaje poético.

de Y. El hamanismo Sábatoy lo <tmaraailloso> de Carpentier Dos novelista$ que han hecho interesantes contribuciones al ensayo son Ernesto Sábato (1911) y Alejo Carpentier (1904-1980). Sábatoes un pensadorque pertenecea la tradición humanística europea. En el proceso de su formación intelectual, y en su decisión de escribir literatura, son importantes su desencanto por la ciencia (se doctoró en física en 1938 y trabiló en el laboratorio de los Curie en París), su adhesién y su posterior renuncia al Partido Comunista, así como la experiencia de una Europa al borde de la guerra. Aunque tuvo contactos con el grupo surrealista de París en 1939 y su mente -¿dls5¿¡¿d¿ en el razonamiento sufrió la fascinación de lo irracional, su pencientíficosamiento está más directamente penetrado por las ideas existencialistas. No sólo por los asuntos que lo Preocupan -la libertad, el mal, la rebeldía a la abstracción deshuma-

ntzadan de la norma social, el lado oscuro de la vida, la huella psicológica de nuestros actos-, sino por el tono sombrío, sarcástico. Los maestros de Sábato son ^matgo, claramente discernibles: Sóren Kierkegaard, Fedor Dostoievsky (1821-188i) Jean-PaulSartre (i905-i980) y Albe¡t Camus (1,913-1,960). Sus ensayos lo muestran como un filósofo intuitivo e inconforme, no como un teó¡ico. Piensa con su sensibilidad y halla su camino en medio de agudas contradicciones. Esos rasgos son notorios en la forma de sus ensayos (Uno1 el uniaerso, Buenos Aires, 1945; Hombresl engranaju, Buenos Aires, 1951, Heterodoxia, Buenos Aires, 1953), repefrorios de un pensador que escribe pequeñas notas sobre una gran variedad de temas: la ciencia, la metafísica, el marxismo, el sexo,la religión, la cultura, el lenguaje...Más orgánico y sustancial es El escritor,y fantasmas sus (Madrid, 1963), que se concentra en el oficio de escribir, como arte y como moral. Pensador controvertido y polémico, Sábato ha hecho de la persistenciay el coraje para ser fiel a sus pulsiones profundas, adoptando a veces posiciones incómodas, una virtud suprema del escritor. De su honda preocupación por la problemátic^ y su cultura ^rgentin popular, son ejemplo, La ciliura en la enmtcijadanacional (Buenos Aires, 1973) y Tango. Discasión1claae (Buenos Aires, 1963). Así como el influjo del existencialismo es dominante en Sábato, el de la vanguardia (especialmente del surrealismo) es decisivo en Carpentier. Un poco comoLezama (supra), Carpentie¡ sintió la doble atracción de viejas etapas históricas (sobre todo del siglo xvrrr) y de las novedades estéticasque entonces propagaba Europa, el llamado de lo primitivo y el refinamiento de las formas de alta cuitura, el misterio de los paisajesgóticos y de la arquitectura criolla de La Habana. Su primer ensayo es ei macizo y eruditísimo estudio Z¿ núsicaen Cuba (México,7946), fruto de su pasión musico-

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lágicay de pacientes investigaciones en archivos y olvidados documentos cubanos; el libro rescataun legado, valioso artística y antropológicamente, que de otro modo se habría perdido. Aparte de eso, y a pesar de su tópico especializado, el libro es importantepanlaevolución literaria de Carpentier: fue un útil aprendizaje del arte de la reconstrucción histórica (esencial en su obra narrativa) y de la prosa barroquizante que es el sello de su contribución ala novelística hispanoamericana. En Tintw 1 difcmcias (México, 1964), colección de ensayos litera¡ios y cuhurales, Carpentier aplica ciertas ideas de Sartre sobre los contextos de la novela y declara con rotundidad: <El legítimo estilo del novelista hispanoamericano es el barroco> (Carpentier, 7967, p.38). Un conjunto de reflexiones sobre la novela, cultura, música y arte, apafecen en La noaekbispanoameicara n víEerasde ilx nueüo (México, dglol otmseflsaJos 1981). Su variada y extensa obra de cronista cultural ha sido recogida, recientemente, en distintos volúmenes: l¿tral solfa (Caracas, 1975); Bajo cl igno dc la Cibchs (Madrid, 1979); Este ntuico que lhao dntro (La Habana, 1980). Pero ninguno de estos libros ha tenido la repercusión alcanzada por uno solo de sus textos: el prólogo a El reinode este mrndo (México, 1949), refundido bajo el título <De lo real maravilloso americano> en Tintosl diferezcias. Releído en los 60, en el contexto de una décadaparticularmente fecunda para la novela hispanoameticana, este prólogo se haría tan célebre como la novela que acompañaba y desata¡ía ¡íos de tinta, hasta convertirse en una especie de manifiesto de una estética -el llamado <realismo mágicoque marcaba la ruptura definitiva con los modelos europeos dominantes hasta entonces. Varias observaciones son necesarias para Itz8g'r este texto crucial. En primer término, ambas expresiones tienen claros antecedentes:la fórmula carpenteriana, <realismo maravilloso>, está asociada con el mencilbtx surrealista, pero de un modo c¡ítico: el prólogo es un documento del desen-

de esa escuela, canto del autor con la imaglneriaft¡tástica a la que aq:uíatacz por motivos estéticosy personales. Carpentier pone el acento en el término real, queriendo decir que lo verdaderamente maravilloso está en la realidad ameticana, si es que sabemoscontemplada desdeun ángulo fiel a su esenciay originalidad. También ridiculiza la diteratura comprometidu puesta de moda por el existencialismo; es evidente que el autor quiere proponer una alternativa americana a las dos grandes tendencias europeas del momento. En segundo lugar, el <¡ealismo mágico>, el otro té¡mino con el cual el prólogo ha sido asociado, fue usado por primera vez pot el crítico y fotógafo de vanguardia Franz Roh (1890-1965)r Quienen 1925 publicó en Leipzig Nacbexprcsiosismus-Magiscber Realismus,sobre el nuevo arte alemán. Carpentier seguramente conoció este texto a través de su traducción al español por la Retti¡t¿de Ouidnte (unio 1927), dirigida por Ortega y Gasset.En cambio, parece no haber tenido conocimiento del importante ensayo <El arte narrativo y la mag¡a> (1932) de Borges, que usa la expresión en un sentido distinto y vinculado a la literatura fantástica. En tercer término, fue la conjunción de estas ideas con las que Oswald Spengler había expuesto en La (1918), lo que contribuyó a estimular duadexcia Occidente de el interés de Carpentier por la definición de un nuevo canon literario para el continente. Unavez más hay que subrayar aquí la feliz mediación de Ortega y Gasset, cuya editorial Revista de Occidente tradujo el libro de Spengler en 1923, junto con otros de filósofos alemanes, yersiones que seguramente Carpentier manejó. La afumación carpenteriana de que da sensación de lo maravilloso presupone una fe> (Carpentier,7967, p. 118) seorigina claramente en Spengler, para quien la presencia de ese elemento religioso es el criterio que permite distinguir una cultura de una civilización: como la civilización europea ha perdido ese elemento, es ahora el mundo <primitivo> el foco creado¡ de una nueva cultura pan el hombre moderno. Así se

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entienden los ataques de Carpentier al surrealismo y a todo ejemplo de <lo maravilloso invocado en el descreimiento> (ibíd., pp. 118-19); así se entiende su famosa definición estética:

... lo maravilloso comienza serlode manera a inecuívoca cuando surge un inesperada de alteración la realidad milagro),de una (el de revelación privilegiada la realidad, una iluminacióninhabide de tual o singularmente favorecedora lasinadvertidas de riquezas la de realidad... (Ibíd.,p. 118).

Aunque la basefrlosófica de esta afirmaciín resulte hoy discutible (pues no hay ruzón para suponer que América tiene más derecho a lo maravilloso que otra cultura) y a pesar de los frecuentes malentendidos a los que el prólogo dio origen, no cabe duda de que se trata de un texto cautivante: es el punto de encuentro de muchas ideas sobre arte, culrura e historia que han preocupado a los americanos en este siglo.

YI. EI grupo Sar En Argentina, el llamado (grupo Sur> f:ueuna brillante asamblea de escritores e intelectuales congregada alrededor de la revista del mismo nombre. Fundada en 1931, fue durante más de cuarenta años un foco de difusión de lo mejor de la cultura universal, con un fuerte acento puesto en la proveniente de Europa. Paradóiicamente, este eurocentrismo, tendencia tradicional en las let¡as argentinas, sirvió como pretexto para los muchos ataquesque el grupo recibió de sectoresmás radicales. Hay que decir que Jarfue más que una revista: fue en realidad una selectá biblionca (no sólo en el sentido de que también éra una editorial), en la que varias generaciones de argentinos e hispanoameri-

canos aprendie¡on a leer a Kafka, T. E. Lawrence (18881976), Graham Greene (1904), Virginia Wooff (18821,941),André Malraux (1901-1976)... Es la mayor contribución de la burguesía ilustrada argentina en el siglo xx. De este gn¡po, cuya gran figura es Borges (srpra), cabe destacar algunos nombres. Victoria Ocampo (1890-1979) no sólo fundó la revista y mantuvo su espíritu contra viento y mate , sino que escribió numerosos libros, entre los que destacan sus diez series de Testimonios (Buenos Aires, 1935-1977), que son un verdadero capítulo de la vida intelectual argentina. Admirable narrador,JoséBianco (191I1986) fue el secretario de la revista durante veintitrés años, a lo largo de los cuales publicó numerosas notas y ensayos.Una espléndida selección de éstos,dedicados a temas europeos e hispanoamericanos, puede leerseen Ficción (1946-1976) (Caracas,1977). Dos más cuya im1 realidad portancia actual es mucho menor que la que tuvieron en su tiempo: Eduardo Mallea (1903), autor, entre otros ensayos, de Histoia de ana pasih argmtiu (Buenos Aires, 1937), meditación metafísica sobre una <Argentina invisi blo -la auténtica, la que no ha perdido su intensa relación con la naturaleza y la vida del espíritu-, escrita en una prosa morosa y poética; Héctor A. Murena (1,9237975), cuyo primer libro de ensayo, El pecadoorigixal de Améica (Buenos Aires, 1954), lo muestra como un discípulo de Martinez Estrada (Cap. 3.IV), profundamente iny teresado por la cuestión de la argettinidad el viejo problema de la identidad americana frente a la herencia europea. (Buenos Aires, 1961)' Su tesis, reiterada en Homo atomicss es que, respecto de Europa, América sufre una <desposedifícil de sióo histórica y las huellas de un <<desarraigo> supefar.

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124 VIÍ. liberal El americanismo

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hispanoamericano Brevehistoriadel ensayo Agüero (Cap. 2.II). En su tiempo, Améica: noaela ¡oaclissit las (Santiago de Chile, 1933) causo ci€rto revu€lo, pero su tesis, declarada en el título, fue rápidamente desmentida. Sus obras críticas más sólidas y rig:rosas son sus varios trabajos sobre GonzálezPrada y sobre todo Akdino o üda1 obta deJosé (México, 1960). Santos Cbocano El colombiano Germán Arciniegas (1900) es un hombre que se compara con Sánchez en la diversidad de su obra y actividad pública. La pasión por la inte¡pretación histórica de América domina en é1.En sus libros la historia suele ser reconstruida de modo muy personal, con un acento poético y esperanzadoen el futuro; con el tiempo, esa fe lo condujo a una suerte de simplismo cultural y a una posición bastante conformista frente a los problemas sociales de América. De toda su obra, EstepueblodeAmérica (México, 1945) contiene lo mejor de su pensamiento y su prosa. Dos prestigiosos ensayistasy hombres públicos venezolanos que representan el pensamiento humanista liberal: Mariano Picón Salas(1901-1965) es un historiador de la cultura de amplios vuelos (De h nquista a h independercia. Tres sighs de bistori¿ cskilral bispanoamcricata,México, 19a4) y un apasionado americanista (Europa-Améica. Prcguntar a k esfngede la ciltura, México, 7947), preocupado por la armonía entre hombre y natunleza. Pero su contribución más original al género está en las páginas de sus libros de autobiografía intelectual, como Waje al amanecer (México, 19al y Rogreso tra mtxdos(México, 1959). Arde turo Uslar Pietri (1906) es autor de novelas, crónicas y ende sayos, entre los cuales puede destacarseLetrasjt bonbres Wnewcla (México, 1948), que tiene el mérito de hacer una referencia al <realismo mágico> anterior al planteo de Carpentier (supra), y En b*ca del NueaoMlndo (México, 1969), que resume lo esencial de su visión americana. Dos chilenos cuya contribución a los estridios literarios de su país y América son considerables: Hernán Díaz Arrieta (seud. <Alono; 1891-1984),historiador de enfoque tradicional y

En verdad, los otros americanistas de esta época son mucho más optimistas que Murena, especialmente los que, dentro de este grupo, pueden calificarse de pensadores liberales. Se trata de un coniunto numeroso e influyente en el movimiento de las ideas sobre cultura, historia y literatura de esta época, no sólo a través de sus libros, sino de su actividad en el campo de la política y la educación pública. El cubanoJorge Mañach (1898-1961) es recordade áo.otno uno de los fundadores de la importante Reuista Aaance (1927-1930), como biógrafo de Martí (Maní' el apóstol,La Habana, 19 33) y como autor de ltdagacióndel cboteo (La Habana, 1928), un original estudio antropológico de la actitud festiva ó budona con la que el cubano suele responder a la presión del medio social. El trabajo de Mañach bien puede compararse con los de Ramos (Cap. 3.I$ y con las observaciones que sobre el (PachucoD hacePaz en El labcrixtodek sohdad(sn?*). El ecuatoriano Beniamín Carrión (1898-1976) escribió muchos ensayos,pero ninguno supera su biografía García Moreno, cl santodel patíbulo (México, 1959), cautivante y memorable retrato del sombrío dictador de su país. El peruano Luis Alberto Sánchez (1900) ha desarrollado, desde la segunda década del siglo, una labor fecunda y variada como crítico e historiógrafo literario, Profesor universitario, periodista, político, novelista, biógrafo e ideólogo. Su larga vinculación al Partido Aprista agitó su vida intelectual con los azaresdel destierro y la persecución, lo que explica en parte los descuidos y prisas con que fueron escritos muchos de sus libros. Su devoción por la literatura es indudable, así como son dudosos susjuicios y vasta historia muchas vecessusgustos.La literattra peruana, literaria cuya última edición (Lima, 1966) tiene cinco tomos, es üna recopilación indispensable, cuya orientación sociocrítica tal vez sea una reacción a la visión de Riva-

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autor de biografías críticas como AlMo Bhst Cana (Santiago de Chile, 1940) y Gabrich Mistral (Santiago dé Chile, 1946); Ricardo Latcham (1903-1965), buen prosista y buen conocedor de la novela, el cuento y el ensayo. Un historiador que observa el pasado con la penetración de un filósofo y la imaginación de un creador: el mexicano Edmundo O'Gorman, autor de La inanciót deAnáica (México, 1958), libro sutil y documentadísimo, y de otros importantes estudios sobre la historia de la conquista y colonización.

VIII.

Do¡ al margn

Aunque comparte algunas actitudes e intereses con este grupo, el guatemalteco Luis Cardoza y Aragón (1903) es, en realidad, un tipo Lp^rte de ensayista, especialmente en en su obra madura. La experiencia del exilio -primero Nueva York y París como estudiante, luego en México a partir de 1932, con un interregno en su patria entre 1944 y 1952- m tcl su vida y su obra, en las que el encuentro de paisajes,gentes y culturas diferentes excita su curiosidad y su imaginación. El libro que le dio fama es un testimonio emotivo, poético y militante de su patria, escrito con la de nostalgia del exilado: Guatemala,/.a¡líne¿s stamano(México, 1955). El tono e intención de suspáginasvaría; es una descripción minuciosa de la vida indígena, una interpretación histórica del pueblo guatemalteco desde sus orígenes, un alegato social, una exaltación lírica de las esencias¡ropulares de una cultura avasallada por conquistadores y dictadores. Entre los libros que ofrecen una visión integradon de un país hispanoamericano, éste es uno de los más perdurables. Cardoza ha dedicado a temas de arte varios notables ensayosralgunos son:-Orwo (México, 1959), México, pintttra actiua (México, 1961), JoséGrcdalapc Pwada (México, 1964), Ojo/roz (México, 1988). Recientemente

publicó sus voluminosas memorias: EI río (México, 1986), que subtitula <novelas de caballerío y que es un notable recuento de una vida modelada por grandes acontecimientos de la cultura y la historia modernas. Está escrito con una prosa cargadade imágenes de intensa nitidez y vitalidad: la prosa de un poeta. Esa misma correlación entre prosa y poesía existe en Zar antcojos aarfre (Lima, 1958), el volumen póstumo de ende sayos del gran poeta peruano César Moro (seud. de Alf¡edo Quízpez Asín, 1903-54). Poco conocidas, estaspáginas son, sin embargo, altos ejemplos del genero, tal como lo entendía un fiel discípulo del movimiento surrealista en América. Tal como el título lo insinúa, la visión de Moro es sulfúrica y de una sublime intransigencia; la prosa, ardiente y anebatada, agudiza esos extremos. Aparte de las feroces diatribas -en las que fue un auténtico maestro, como puede juzgarsepor <La baznfta de los perrou o <Una amapola cursir>-, las declaraciones y tomas de posición, textos como el bello <Imagen de Prousb¡ y sus notas de arte, revelan su singular sensibilidad, su absoluta entrcg;. ^ las causasque defendía |r sobre todo, su negativa -tan su¡¡s¿fis¡¿el mundo tal como es. ^ ^cept^Í

IX, Los flósofu
En el c4mpo del ensayo filosófico, el primero, el más influyente, es, sin duda, el mexicano Iropoldo Zra. (1912), quien ha planteado en nuestro contiriente los problemas y cuestiones más profundos del pensamiento contemporáneo. Inspirado por las ideas de Ortega y Gasset y la orientación general del existencialismo, Z.ea concibe el pensar no como un simple ejercicio especulativo y abstracto, sino como una reflexión que toma en cuenta las circunstancias histórico-sociales y la responsabilidad moral que ellas imponen al hombre americano de este tiempo. El tema de la

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nexhanidady luego de laamcricatidad han sido fundamentales para é1.Susprimeros trabaios se concentran en la crítica n del positivismo en México y el continente: El positittisttto dcl Móxico (México, 1943); ApogtoI decadencia posittuisno m México (México, 7944); Dos üapas delpmsaninto n HiEattoal aaérha. Del romanticismo posititisno (México, 1949). Pero ese esfuerzo por entender el pensar de una cultura dentro del marco de sus contextos históricos, no es una nueva manifestación del espíritu regionalista o nacionalista; todo lo contrario: el americanismo filosófico de 7ra encaia en una visión ecuménica y providencial, que rescata la gran tradición humanística de Occidente y las filosofías trascendentalistas de Oriente. Este es uno de los mayores tede mas de América er la conciencia Europa (México, 1952) y de Américaer la ltistoria(México, 1957). Es interesante comparar tales ideas con las planteadas por Carpentier en su prólogo sobte lo <real ma¡avilloso>r (supra): en ambos casos, América resulta una nueva tierra de promisión que surge de las cenizas de la civilización europea. Cuando piensa o crea, el mexicano, igual que el de cualquier otrl nacionalidad, es un hombre con vocación universal: es parte de un gran proyecto que comPromete a todos. El respeto por la propia cultura guarda estricta simetría con el reconocimiento de la dignidad del otro. Es el pareio acceso a lo nuestro y a lo ajeno lo que nos redime de nuestra pobreza y soledad existencial. En sus obras más recientes se advierte una inquietud todavía mayor por los problemas inmediatos del presente y por definir las tareas de una filosofía empírica: I-a aitaray el bonbrc de ruestrosdáar(Ménco, 1959) y l-atinoamffica et la fornaeión de nrcstro tienpo (Ménco, 1965) así lo demuestran. conoflosofa sh nás (México, 1969) En Laflosofa amerie¿na responde a una inquietante pregunta, que habían planteado otros filósofos como el argentino Risieri Frondizi (1910-83) y el peruano Augusto SalazarBondy (1926-74): ¿eúste realmente una filosofía latinoamericana? 7na, con

cierta pugnacidad, sugiere que la pregunta.es parte del problema, porque supone que hay un pensar (el europeo) que se convierte en modelo de todos los otros. Su reacción a la pregunta define bien su visión filosófica: La resp"esl¿ toda estafilosofíaque lo mismopregunta la es por existencia unacultura..., de comopor la humanidad quesehace del estas preguntas (Zra,1969, p. l9). A medias entre la filosofía y la historia se mueve la ob¡a de otro pensador mexicano, Silvio Zavala (1909); sus numerosascontribuciones en el campo de la filosofía política y sobre las ideas dominantes en la Amé¡ica colonial, son indispensables y muestran cómo el destino del continente se articula con los grandes movimientos históricos universales de esos tiempos.

Capítulo 5 Los caminos de la hora presente

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zo o cuadro somero de lo que ha ocurrido en el campo del ensayo en los últimos treinta años. gmeral L Un csationamiento El genero parece haber sufrido una trarisformación radical, tanto en sus formas como en su significación cultural y social. Por un lado, la expansión extraordinaria de las ciencias sociales ha provocado una verdadera revolución, : que no sólo ha abierto campos inéditos para la reflexión, sino que han cuestionado la actividad misma del pensar y la posición del que realiza esaactividad. Pot otro, los aportes de la semiología, el estructuralismo, el post-estructuralismo, el feminismo, la critica psicoanalítica y otras nuevas metodologías, con todo su abanico de temas -desde el lenguaje hasta la psiquiatría social, pasando por la revisión de los estatutos culturales- han alterado profundamente los cánones del género: hoy no entendemos por ensayo literario o por investigación social lo mismo que antes. Pero el avanceque estos aportes representan no está exento de problemas. La fiebre teorizante se ha diseminado por todas partes y (metalenguajo, dirían sus ha creado un lenguaje -un usuarios- que no es sino una especiede ierga técnica altamente especializada,a la que el lector desprevenido tiene poco acceso.En manos de la legión de discípulos de LéviStrauss, Barthes, Jakobson (1896-1982), A. J. Greimas (1917), Emile Benveniste (1902-1976), Julia Kristeva (1941), Jacques Lacan (1901-1981) y Jacques Derrida (1930), el ensayo se ha hecho más ambicioso, abarcador e informado, pero al mismo tiempo se ha hecho más hermético e intransitivo, perdiendo así una de las virn¡des esenciales del género. La pretensión científica de esosmodelos no es escasa:aspiran a formular una teoría unificadora del lenguaje humano, que sirva igaalpara entender un poema como un artículo periodístico o un sloga.npolítico. Esta

Los fenómenos de los cuales somos partícipes o testigos inmediatos pueden estar tan cerca de nuestros ojos que, paradójicamente, resulten borrosos o distorsionados: nos falta lo que se llama <perspectiva histórica>>pal.a verlos y juzgarlos con precisión. Lo que está muy distante en el tiempo y lo que está en el nuestro son a veces realidades igualmente enigmáticas. En este capítulo se encara ese problema: tratar del ensayo más reciente o del que se está escribiendo ahora mismo. Las líneas del coniunto son más difusas y la significación de cada obra no está del todo establecida. Y aun cuando ciertas tendencias lleguen a cobrar perfiles más o menos nítidos, no todos los nombres que las representan están definidos: algtnos que parecen centrales resultarán siendo marginales, y viceversa. En consecuencia, es fácil subrayar lo pasajero,porque es Rotorio, y olvidar lo más permanente, precisamente porque escap^ las fuerzas históricas que configuran el presente. ^ Pero nada de esto impide -¿l gsri¿¡¿¡io: es un desafío que siempre tienta al historiador-- ofrecer siquiera una esbo130

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búsqueda de una (nueva objetivida& ha producido tnbajos de cuyo rigor y originalidad no cabe duda, pero también ha incurrido en un absolutismo cientificista que tiende a sofocar el debate intelecrual abierto a otros conceptos y principios. La precisión de los métodos es indispensable, salvo cuando se usan sólo para probar que funcionan, olvidando la especificidad de cada objeto de estudio. Pero es indudable que esras disciplinas y teorías han provocado una aperrura de la conciencia del hombre contemporáneo frente a ciertos fenómenos característicos de nuestra época: el cuestionamiento de las ideologías políticas, el desarrollo vertiginoso de los medios de comunicación, de la tecnología y las ciencias de la información, así como una vasta <cultura populan> cuyas formas de producción y difusión siguen reglas muy complejas. Todo esto afecta naturalmente el puesto que la literatura ocupa en nuestra civilización, y más directamente el del ensayo, porque éste es un género que no puede permanecer indiferente al impacto que esosfenóménos tienen sobre el pensamiento, la imaginación y las aspiraciones de millones de individuos. Gran parte de los mensajesculturales que un hombre recibe hoy es visual, pero no se basaen la lectura. ¿Qué repercusión tiene eso en los procesos que forman nuestras imágenes y nuestras ideas? No lo sabemos bien todavía. El ensayo ha adoptado y adaptado nuevas formas para incorporar esa rica problemática, o sencillamente para sobrevivir en una cultura que tiende cadavezmás a la homogenización. Como en su orígenes, ha vuelto a acercarseal periodismo, haciendo uso de sus técnicas y enfoques. El ejemplo joarnalismnorteamericano -que demostró la posidel new bilidad de informar óbjetivamente sin dejar de ser personal- ha sido muy fecundo entre ciertos escritores, primero en México y Argentina, donde han aparecido importantes libros de reportaje sobre grandes acontecimientos político-sociales. En realidad, las fronteras del ensayo se

han borrado o vuelto más tenues, produciendo un entrecruzamiento del genero con el testimonio, el documento y la crónica. Ha disminuido un tanto el esfuerzo abarcador de los grandes ensayistas del pasado, para privilegiar en cambio la concentración en un aspecto o nivel que otorga sentido al resto de la realidad. Esa tendencia hacia la alta especializaciín quizá explique la relativa escasez interde pretaciones americanistas en este período. El crecimiento de la actividad editorial y.su producción de libros, revistas y periódicos, estimula también los valores de actualidad y oportunidad en el ensayo, sobre todo si toca temas sociales o políticos. ll. Latinoanéica en EstadosUxidos Curiosamente, los estudios literarios hispanoamericanos (que, hacia los años 60, iniciaron un auge coincidente con el que por entonces gozÁla novela) se han beneficiado con el impulso que ¡ecibió en el mundo académico norteamericano, a pesar de que la investigación hispánica en el extraniero había tenido sus centros tradicionales en Francia y Alemania. Esa investigación, establecida en Estados Unidos a comienzos de siglo gracias a un grupo de distinguidos profesores españoles, varios de ellos discípulos de Ramón Menéndez Pidal (1869-1968), tenía un decidido acento en lo peninsular. Entre los pioneros de la cultura y literatu¡a hispanoamericana en Estados Unidos, sin duda, la figura de Pedro Henríquez Ureña (Cap. 3.III), profesor en la Universidad de Minnesota a,p^rtir de 1916, es la más notables. Tras la guerra civil (1936-1939),la diáspora de intelectuales españolesque llegaron a América y ocuparon cátedras en universidades norteamericanas -como Américo Castro (1885-1972), Pedro Salinas(1891-1951), Luis
s Alfredo A. Rog:¿ro, Pedn Hnrígrcz Unña ct lo¡ Estada Unida (Ménco, Editori¿l Cultura, 1961).

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Cernuda (1902-1963) y Francisco Ayala (1908), entre otros-, se sumó al esfuerzo por difundir la literatura hispanoamericana. Una expresión de ese espíritu de recobra'da Hispánica unidad es la fundación, en 1934, dela Rettista (1885-1966) y codirigida Mdenu por Federico de Onís desde 1954 por Angel del Río (1900-1962) y Eugenio Florit (1903), como órgano de la Hispanic Society,en el seno de Columbia University. Otro signo del renovado interés por lo hispanoamericano fue la fundación del Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana en 1938, que lberoameicataen la Uniinició la publicación de la Rcuista versidad de Pittsburgh, I cuya vida se extiende ya más de medio siglo. Estas son las basesen las que se apoya la notable expansión que la investigación de temas hispanoamericanos ha gozadoen años recientes, como resultado de otras circunstancias históricas y culturales. La universidad norteamericana se ha enriquecido al acoger la presencia y la labor de muchos hispanoamericanos, principalmente cubanos, argentinos, umguayos y chilenos, que tuvieron que huir de las dictaduras en la <décadainfamo del 70 y luego de la honda crisis económica continental en la <décadaperdida> del 80. Una consecuencia inesperada es que las nuevas generaciones de críticos y estudiosos latinoamericanos han escrito alguna de sus obras originalmente en inglés, lo que vuelve a plantear la cuestión de los criterios usados para enmarcar una determinada producción literaria: ¿es lo fundamental el origen del autor, el tema o la lengua que usa?En el presente capítulo se hará referencia a varios de esos casos. Por último, el esfuerzo teórico y crítico de la escuela norteamericana, al margen de los centros de investigación hispánica, ha sido un opoftuno cataliz,ador del nuevo lenguaje crítico francés, y de allí ha irradiado a muchos de nuestros ensayistas. Por ejemplo, las teorías postestructuralistas o la (deconstruccióo de Derrida que estos

conocen son, con frecuencia, las que ha interpretado y adaptado el influyente (grupo de Yalor, cuyos representantes más visibles son Paul de Man y Harold Bloom (1930). También en el campo de las ciencias sociales las ideas y modelos propuestos por los investigadores norteamericanos -como lateoúa de la dependencia- han sido recogidos, a vecescon intención revisionista, por los ensayistas de Hispanoamérica.

La lista de los críticos-profesores es larga y cubre varias generaciones, lo que obliga a echar un vistazo hacia atrás. Pero hay que encarar primero un problema: el de la línea siempre fina que separael ensayo propiamente dicho de la crítica literaria. Cuando ésta ofrece algo más que la simple interpretación textual o del estudio erudito, el ensayo aparece. La diferencia no sólo está en el enfoque personal y la intención interna de la crítica: también importan la repercusión intelectual y hasta social de sus propuestas. En el presente capítulo, estos elementos que dan a la crítica las características del ensayo, serán tenidas en cuenta para la selección de autores; pero hay que reconocer que discriminar algunos casos no es nada fácil. El aporte de los iniciadores es históricamente importante, pero su significación actual es a veces menor: pertenecen a una escuelacrítica qge corresponde a una et^p^ya muy superada. El chileno Arturo Torres Ríoseco (18971977), el mexicano Andrés Iduarte (1907) y el cubano Eugenio Florit, son algunos de ellos. Estos y otros echaron las basesdocumentales e históricas para el estudio de las letrashispanoamericanasehicieronsusprimerasinterpretaciones críticas. Tendencias más mode¡nas y válidas ahora son las que representa el notable grupo de estudiosos argentinos que llegaron a Estados Unidos despuésde haber sidosólidamenteformadospofHenríquezUreñayAma. do Alonso (1896-1952) en la filología y estilística. Entre

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ellos: María Rosa Lida de Malkiel (1910-1962)' con trabajos en las literaturas clásicas e hispánicas; Raimundo Lida (México, 1958), cu(1908-1979), autor de Letras lnspánicar desde la filosofía del lenguaie hasta Boryos temas cubren ges; Enrique Anderson Imbert (1910), a quien se deben la wa Historia ¿le litratsra birpanoaneicana(Méúco, 1961) y el estudio La origiralidad de Rubet Darío (Buenos Aires, 1967), que siguen siendo libros de consulta indispensable; AnaMaúa Barrenechea (1913), autora de uno de los pri(Cameros libros sobre Borges y de Textosbispanoameicanos racas, 1978), que recoge trabajos críticos breves escritos desde 1953.
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Rodngtez Monegal Rama: uidasparalelar 1

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Estos y otros de edad semejante son los (maestros) que anteceden a los críticos cuya obra da su perfil propio a esta época. Aunque la mayoria sigue activa hoy, los dos más importantes han muerto recientemente: los unrguayos Emir Rodríguez Monegal (1921-1985) y Angel Rama (1926-1983). Figuras disímiles y en cierta manera panle' las, distantes y próximas (pues ambos comenzaron haciendo periodismo literario en su país, sufrieron las consecuencias del exilio y terminaton de profesores en Yale y Maryland, respectivamente), desarrollaron su obra madura bajo un clima de.constante debate que exacerbabalas diferencias de sensibilidad, formación y convicciones personales; esa rivalidad ha dividido también -y quizá más hondamente- a sus discípulos. Fo¡mado en Inglaterra, Rodríguez Monegal era un gran conocedor y admirador de la literatura anglosajona; Rama, por su parte, se inclinaba por las letras francesas.Posteriormente, el primero se sincritique,mientras el otro descubría tió atraído por.la nouaelle a \üíalter Benjamin (189 2- 19 40) y la critica social alemana. Rodríguez Monegal representó una peculiar forma de c¡í-

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tica textual que respetabala especificidad del fenómeno literario pero sin ignorar los aspectos biográficos y aun la indagación psicoanalítica; Rama veia ala literatura como un hilo de la trama social e histórica, y no entendía a ninguna sin tomar en cuenta, como buen sociocrítico, la cuestión de la ideología, las presiones de los movimientos políticoS y el contexto problemático y cambiante de América. También los estilos eran diferentes: la prosa del primero era elegante, irónica, placentera; la del segundo, tenía largos y sobrecargadosperíodos, de trabaiosa densidad conceptual. Era, pues, natural, que úvalizal.an y polemizaran, a veces brillantemente. Buena parte de su actividad se identificó con el apogeo de la novela hispanoamericanay representó una puesta al día de los instrumentos críticos para examinada y comprendeda. Sin su presencia humana, sus libros quizá signifiquen ahora atr^ cosa, pero no cabe duda de que son contribuciones importantes. Entre los de Rod¡íguez Monegal cabe mencionar: Nanadons de estaAméica (Montevideo, 7961; 2.'ed. ampliada, vol. 1, Montevideo,7969;vol.2, Buenos Aires, 1974), El uiajeroinnóail. Iilroducción a Pabh Neruda (Buenos Aires, 1966), El de$erada Wdal obrade Horacio priroga (Buenos Aires, 1968), El otroAndrésBello (Cancas, 1969),Jorge Lús Borges. Literary Biograpb (Nueva York, A 1978). Los libros más importantes de Rama son Rt¿,án Dano1 el modemismo (Caracas, 1979), Los dictadores latinoamericaaos (México, 1976), La noaela latitoamericana. Panoramas 1920-1980 (Bogotá, 1982), La cisdad htrada (Hanover [New Hampshire], 1984). Estas listas dicen sólo parte de la verdad: la obra de ambos estátambién en lós innumerables artículos de revistas, los reportaies y polémicas y sobre todo la creación de revistas (la muy decisiva Milndo Nrcao, que Rodríguez Monegal dirigió desde París entre 19ó6 y 1968) y proyectos editoriales (como la importante Biblioteca Ayacucho que fundara Rama en Caracas,como testimonio de su pasión americana).

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Los nombres activos hoy en el campo de la crítica académica abundan y sólo es posible citar aunos poqós. Algunos pertenecen a una generación anterio¡ a la de Rodríguez Monegal-Rama, pero el fruto de sus largos años en distintas universidades norteamericanas se extielnde hasta ahora: el chileno Eduardo Neale-Silva (1905), acucioso investigador de la obra de César Vallejo; tres cubanos:José Juan Arrom (1910), que ha estudiado las generacionesliterarias en el continente y la cultura de su país,José Olivio Jiménez (1926), crítico del modernismo y la poesía hispanoamericana, y Enrique Pupo-rüfalker (1.933), con obras sobre las crónicas y las letras coloniales; los argentinosJaime Alazraki (1934) y Silvia Molloy (1938) han hecho considerables aportes a la cútica borgiana. Los más jóvenes no son menos numerosos. Dos de los más inte¡esantes son Roberto González Echeverría (1943) y Enrico Mario Santi (1950), ambos de origen cubano y ambos con obra critica en español e inglés. El primero, que ha experimentado el influjo teórico del <grupo de Yale>, es autor de I lejo Carpentier.TbePilgin at Hone (lthaca [Nueva York], 1977), fsla a ss auelo fugitiaa (Madrid, 1983), Tbe Voiceof tbeMasters(Austin [Texas], 1985) y La rvta deSeaero Sardry (Hanover [New Hampshire], 1987). El segundo ha publicado Pablo Neruda. Tbe Poeticsof PrEbul (Ithaca [Nueva York], 1982) y Evritural tradición (Barcelona, 1.987), aplrte de haber recopilado la obra crítica temprana de Octavio Paz (Pineras letras,México 1988) y preparado la edición critica de su Libenad bajo pakbra (Madrid, general (Madrid, 1990) de Pablo 1988), así como la de CanÍo Neruda. El peruanoJulio Ortega (1942) ha producido numerosos trabajos sobre novela y poesía hispanoamericana, y sobre autores y temas de cultura nacional. La literatura portorriqueña y antillana -específicamente la obra de Cintio Vitier (1921)- le deben a Arcadio Díaz Quiñones

(1940) valiosos ensayos que subrayan las relaciones entre historia y creación. El uruguayo Jorge Ruffinelli (1943), exiliado primero en México y ahora en Estados Unidos, es un discípulo de la vertiente sociocrítica de su maestro Rama, lo que se refleja en sus exámenesde la literatura de su país, sustrabajos sobre la literatura de la revolución mexicana y su ensayo sobre la poesía de Nicolás Guillén. Un buen ejemplo de esaspreocupaciones: Literatura e ideología: el primer Mariano Azsel¿, 1896-1918 (México, 1982). Entre los que investigan desde universidades europeas: el colombiano Rafael Gutiérrez Girardot (1928), formado en la escuelafilosófica y critica alemana, ha publicado 110rasdeestudio (Bogotá, 1,976)y Modemisno (Barcelona, 1983); el peruano Américo Ferrari (1929), autor de El uniaerso poáticode CésarVallejo(Caracas, 1974) y compilador general de la edición critica de su obra poética; el argentino Saúl Yurkievich (1931), también conocido vallejista y crítico de temas poéticos. Con largos años de trabajo en México y formados en su escuelafilológica, Antonio Alatorre (1922) y José PascualBuxó (1931) han hecho sólidas contribuciones críticas: el primero ha trabajado sobre todo en el área hispánica clásica y recientemente ha esc¡ito provocativos ensayossobre los excesosdel nuevo formalismo; el segrrndo se concentra en autores coloniales y en problemas de teoria y poética. Desde Argentina, Josefina Ludmer (1939) cultiva el enfoque psicoanalítico, del que es un ejemplo st <¡Cietañosde soledad>: una irterpretación (Buenos Aires, 1972).

Y. Creacirín crítica 1 Al margen del círculo estrictamente universitario, la mejor crítica de hoy se distingue por las virtudes que demandaba de ella Octavio Paz: rigor e imaginación. Por sus planteos audaces, esta crítica puede ser casi literatura de

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creación. No es de extrañar: muchos de los que la cultivan son importantes novelistas y poetas. Cados Fuentes (1928) ha escrito critica literaria (La nrcaa nowla biEanoamericaaa, México, 1969; Cenanteso /¿ ctítica dc h lectlr¿, México, 1975), crítica de actualidad (Ticmpomexicano, México, 1971) y una suerte de memoria y testimonio personal (Mlself and Otbers,Nueva York, 1988). Todos esoslibros se distinguen por las mismas virtudes de Fuentes como creador: la intensidad pasional, el contagioso entusiasmo por las ideas y la historia del presente, el lenguaje sensual y burlesco. Mario Vargas Llosa (1936) escribió un ensayo sobre García Márqaez: bistoria de un deicidio (Barcelona, 1971), impecable como examen total de la obra de un autor y polémico por el soporte teó¡ico que lo precedía. Fruperto de una larga devoción por MadameBoaaryes La orgía petua (Barcelona, 1975), que utiliza, en un singular tour de force crítico, tres distintos y contradictorios enfoques sobre la clásica novela de Flaubert. Contra aientoj marea(Barcelona, vol. 1, 7983; vol. 2, 1986), que recopila parte de su vasta producción periodísticay critica, ofrece una síntesis de su proceso literario y político. Este libro confirma tanto la lucidez de su pensamiento como las obsesioneso <demonios> que rigen su mundo novelístico, aparte de sus artes de polemista y francotirador intelectual. Aparte de sus críticas y ensayos sobre cine reunidos en dos volúmenes, Guillermo Cabtera Infante (1929) es un maestro delpun y toda clase de juegos verbales. Su Hoj Smokc (Londres, 1985) es un extenso e insólito ensayo sobre la historia del tabaco dentro y fuera de Cuba, que bien puede leersecomo ctuna va¡iante cómica o paródica del clásico Contrapaüeo banodel tabacol del a*icar (LaHabana,1940) de Fernando On i z ( 1891- 1969) . Augusto Monterroso (1922), guatemalteco trasplantado en Méúco, es un prosista de impecable lenguaje, cuidada concisión y sutil humor, como lo prueba su obra de cuentista. En I-a palabra nágica (México, 1983), colección de

notables ensayosbreves, y en La letraE (México, 1987), especie de diario fragmentario y casual en el que medita sobre su oficio, ha confirmado esascualidades. Severo Sarduy (1937) ha escrito casi toda su obra nurativa y ensayística en Francia, bajo el influjo directo del grupo Telpud y de la más sofisticada teoización estructuralista. Sus reflexiones sobre homoerotismo, filosofía oriental y doctrinas ocultistas, suelen ser rabiosamente preciosistas. Banoco (Buenos Aires, 1974) es r¡na defensa de la estética de ese nombre (exacerbada por el formalismo a ultranza del autor) que tiene tanto arraigo en la cultura cubana, como los ejemplos de Lezama y Carpentier (Cap. 4.II y V) lo demuestran. Ese y otros trabajos han sido reunidos en un volumen: Ensalos gexerahs sobre ba¡roco el (Buenos Aires, 1987). La prolíñca obra de Mario Benedetti se sitúa en el polo opuesto: aunque abarca todos los géneros, desde el periodismo hasta la poesía, está marcada, especialmente en las últimas décadas,que coinciden con su exilio en Cuba y España, por un firme radicalismo ideológico, y una urgencia testimonial de intelectual directamente comprometido en la lucha política. Los mismos títulos de suslibros de ensayos y crítica lo dicen: Letras de emeryencia (México, 1986), Crítica cónplice (Madrid, 1988). Los de mayor valor, como El ejercicio ctinrio (México, 1981), que contiene su crítica del literaria escrita entre 1950 y 1970, y su Literatara unrguaJa. SigloXX (Montevideo, 1.963), son contribuciones inteligentes, escritas en el tono sencillo y comunicativo que caracteriza a su autor. Dos ensayistas interesados en teoría poética y el análisis formal: el hispano-mexicano Tomás Segovia (1.927), que ha publicado Poética.y profetica(México, 1985), y el boliviano Renato Prada Oropeza (1937), autor de La astoaomíaliteraria. Si¡tcm¿1 fnciór (La Paz, 1976) y El lexgtaje nanatiro (San José, 1979). Hay otro grupo de ensayistasunidos por ciertas afinidades: el eiercicio de la crítica literaria o de arte como una

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. manifestación de una actitud (moderna)r, abierta a la literatura de hoy en muchas lenguas o a otras exPresionesestéticas (como el cine), receptiya de diversas tendencias críticas contemporáneas pero sin ceder a ningún compromiso metodológico o ideológico. Entre ellos, tres notables escritores colombianos, todos vinculados a la revista-Eco. El decano es Ernesto Volkening (1908), un a'lemánnacido en Amberes y afincado en Bogotá desde 1934. Su vastísima cultura europea y su experiencia intelectual hispanoamericana se refleian admirablemente en su obra crítica, que ha sido recogida en dos volúmenes de Eualos (Bogotá, 1975,1976). Guillermo Valencia Goelkel (1928) fue también fundador de la importante revista Mito, que marcó una época (1955-1962) en la vida literaria de Colombia. Es autor de unas Crónica¡de cine (Bogot^, 1974) y una espléndida colección de ensayos breves y artículos titulada nooeh (Caracas, 1982) sobre autores ruEl arte xuwodcb¿cer sos, ingleses,francesesy norteamericanos. El más ioven es Juan Gustavo Cobo Borda (1948), poeta y director de Eco desde 1973 hasta su desapariciónen 1984. Cobo Borda es un lector vorzlz y apasionado que sabe transmitir en una prosa ágil, de imágenes precisas e irreverentes, sus juicios tanto como su entusiasmo por la vida intelectual; el título de uno de sus libros de ensayos lo dice todo: La alegríade leer (Bogoti, 1,976). En La tradiciótt de k pobreza (Bogotá, 1980) ha revisado con ojo penetrante la literatura colombiana. Los aportes de Cintio Vitier a la literatura e identidad cubanas son considerables; su visión integra el acento místico (es un intelectual de formación católica), la íntima comprensión del fenómeno poético y la preocupación histórica, como puede verse en Crítica saceioa (La Habana, 1971) y Ese sol del nsndo noral (México, 7975). Dos venezolanos:Guillermo Sucre (1933), crítico de la la poesía borgiana y autor de I-a máscara, trantparcncia(Caracas, 1975), un sustancial repertorio de la lírica hispanoaméricana de este siglo. El otro, Francisco Rivera (1933)'

se formó y trabaió en la universidad norteamericana (1954-1963), pero la suya no es una c¡ítica académica; es muy personal y abierta a diversos enfoques y métodos, aunque es notorio el influjo de la rcuaelle critiqaefrancesa. Sus ensayos han sido reunidos en hscripciones (Caracas, 1981). Entre los mexicanos,dos completamente distintos entre sí: Juan García Ponce (1932), cuya obra núrativa y crítica se caracterizan por la atracción erótica, la imaginación perversa y la exirañezr moral, examinadas con una prosa fría y lenta como un instrumento quirurgico. Susensayos tratan temas de ane (Nueae pintoresmexicaros, México, 1968) y autores en cuyo mundo ficticio el autor se refleja como un doble, como en La erancia sfufn: Mrcil, Borges, Klossoaski (Barcelona, 1981).José Emilio Pacheco (1939) es un verdadero bomme httres cuya actitud crítica se nota de en todas las facetas de su obra, incluso en su poesía, que constituye su centro. Los trabaios críticos de Pacheco están dispersos en prólogos, estudios breves, reseñas,antologías, traducciones y sobre todo en su intensa producción de cronista cultural, género al que ha otorgado una alta calidad. El pemano Julio Ramón Ribeyro (1929) tiene una obra larga como cuentista; la de ensayista es breve pero profunda: su único libro en ese género es la colección La caTtsúil (Lima,797?). Su compatriota Luis Loayza (1934), largo tiempo residente en Ginebra, es un fino prosista que pocos conocen; los ensayosde El soldeLina (Lima,7974), sobre literatura peruana y europea, son el fruto de un lector tuor z y de gustos discriminados. La portorriqueña Rosario Ferré (1942) es autora de un polémico lib¡o de ensayos titulado JzTzbEros (Méxicó, 1980¡, que contiene trabaa jos dedicados principalmente a libros escritos por mujeres y a temas feministas. Pero más que las posiciones teóricas importa en ella la pasión de sus ideas, el brillo con el que defiende la expresión sin censu¡as del goce erótico y la (autenticidad> como valor fundamental de la literatura.

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Una de las expresiones más características y originales de este período es el ensayo-documento-relato que ha surgido a fines de la década del 60. El surgimiento y popularidad de este género híbrido refTeja,entre otras cosas, una aguda crisis de la información diseminada por la <gran prenso) en Hispanoamérica, y la urgencia del público lector por conocer los acontecimientos fundamentalesde su historia pasada o presente. Concebido como un instrumento directo de indagación y análisispolítico-social, este tipo de ensayosubsana vacío que dejan los medios de coel municación y la propia historia oficial. El ensayose vuelve reponaie de actualidad, historia oral, expresión popular. Puede muy bien comparársele,por sus vivos colores, su animación y su afán de desnuda¡ la complicidad del silencio, a ia escuelamuralista mexicana: leccionespúblicas p^n^ un^ coiectividad que no sabe bien de sí misma. En México aparececomo consecuenciainmediata de la masacre de Tlatelolco (2 de octubre de 1968); también en Argentina, Cuba y Nicaragrra, países que han atravesado grandes conmociones sociales,estasformas han alcanzado especial significación. Elena Poniatorvska (1933) y Carlos Monsiváis (1938) son las figuras mexicanasmás influyentes en este campo. La rochede Tlateloho(México, 7971),libro primero de la primera es un relato testimonial que da voz verosímil a los protagonistasolvidados y víctimas silenciosas esatragede dia que marcó a fuego la conciencia del país. Es un relato, pero la invención está puesta al servicio del documento y en busca de la huidiza verdad, como haría un ensayo.Es ficción pero nace d" -y remite a- una realidad investigada con rigor y sentido histórico. Ensayo ficcionalizado podría llamársele, pero puede ser leído también como novela: funciona de ambos modos, gracias a una textura nartativa muy sutil que combina el reportaie, las técnicas de

presentación visual y el fragmentarismo de la novela mojounalism derna. Aunque la relación con las formas del new introducidas por Tom \üflolfe(1931) y otros' y con la fic' ción histórica norteamericana -la llamada faction- de Truman Capote (1924-1988) y Norman Mailer (1923) es innegable, el género en México tiene perfil propio. Otros mío testimonios de la autora son Hasta nouerteJestk (México, (México, 1980). 1969) y Fuerte esel silencio Monsiváis es el más influyente cronista de la cultura popular mexicana, desde su bullente crisol: México, D' F. Perteneciente a una generación que maduró con Tlatelolco y todo el espíritu de revuelta y negación de la época, Moasiváis es un crítico Wfiinazde la cultura <cficial>, cuyas convencionesniegan el dinamismo de la vida real mexicana. Más que a los libros e instituciones culturales del establisltment, autor debe su cultura a los mensaiesy símel bolos del cine comercial, la radio y la televisión, el lenguaje de la calle y las mitologías instantáneas de la iuventud. En Días de grardar (México, 1970) hace precisamente la crónica de esageneración y el clima inquieto de Ia época. Amor perdido(México, 1977) pasaanimada revista a las figuras de la música popular, los intelectualescomprometidos, la burguesía mexicana y las estrellas de cine. Efirada libre (México, 1987) examina los dramáticos cambios producidos en la sociedadmexicana,ya seanéstosconsecuencia del terr€moto de 1985, de las luchas sindicaleso la pallena de color sión por el fútbol. Con una prosa sarcástica, y dinamismo, Monsiváis muestra algo importante: cómo el México profundo ha evolucionado por su cuenta, al margen de las previsiones del estado y la retórica del gobierno.

En Argentina, Rodolfo Walsh (1927 -1977), narrador y dramaturgo, escribió algunos de los más influyentes reportajes sobre trágicos hechos políticos de su país. Conocedor

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, y cultor del género policial, llalsh aplica esastécnicas a su investigación y reconstrucción de historias reales que nadie había registrado por escrito. Su reportaje mejor conocido es Opeucirín ,ntn¿tcrc (Buenos Aires, 1957), sobre una matanza de civiles inocentes por la policía en una época de gobierno militar. Entre los libros testimoniales dL Cuba, Biosrofo de rn cimarnfu (México, 1971) de Miguel Barnet (1948) es quizá el de mayor importancia y originalidad. Recuerda Tbe Confessiots Nat Tarner (19G7) de Wiiliam of Styron (1925), pero el de Barnet está mucho más cerca de un verdadero ensayo etnográfico sobre la etapa esclavista en Cuba. Hasta hace poco, el país donde esta clase de obras se cultivó más intensamente ha sido Nicaragua, por la urgencia de registrar su dramática situación política y la lucha insurgente contra la dictadura de Anastasio Somoza. El mejor testimonio de esa lucha es I-¿ montaña algontis cs qse lttn e$epa aerde(Salamanca, 1984), de Omar Cabezas

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Pablo Neruda (1904-1973), el libro de un gran poeta, un hombre de mundo y un activo intelectual militante. Polémico y jugoso, contradictorio y revelador, es un texto indispensable para conocer tanto al Neruda íntimo como a la máscara que inventó para sobrellevar su propia gloria. El otro es Person¿ gr¿ta (Barcelona, 1973) deJorge Ed,ton wards (1931), documento de su doble experiencia -diplomática e intelectual- en La Habana, durante los años críticos que llevarían al desgraciado (caso Padillo, típico enfrentamiento entre los intereses de un estado revolucionario y la libertad creadora del escritor. La ardiente denuncia del imperialismo norteame¡icano y el retrato conmovedor de la situación Presente de los pueblos latinoamericanos movieron al uruguayo Eduardo Galeano (1940) a escribir u4 ensayo testimonial que fue muy leído abiertasdeAnérica Latiu (Montevien su tiempot Las aenas deo, 1971). Se trata de un buen ejemplo de reportaje político y de literatura de combate, al que distingue un estilo de gran precisión y convicción.

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rcuisiones El ataque a la ciudad central como núcleo de los males de una nación, es un tema literario que se remonta tan lejos como los tiempos de Bello, quien en su poema <Laagri.cultura dela zona tórrido hablaba del <ocio pestilente ciudadano>. En el siglo xlx esa acusación fue repetida por GonzálezPraday en el xx por Martínez Estrada (Caps. 1.I y II, 3.IV), entre otros. Esa es la tradición que recogg el peruanq Sebastián Salazar Bondy (1924-1965), en su breve ensayo Lina la boñble (Mexico, 1964). Contiene un ataque inclemente contra Lima y su horror físico y moral, escrito con una prosa sarcásticay barroqulzrnte- La violencia del ataque rcfTeiala ambigua relación de amor-odio que el autor tenía con su ciudad, y la crisis intelectual por la que entonces él pasaba. Bn su Baenos Aires: aidacotidianal alinaciia (Buenos Aircs, 1964),JuanJosé Sebreli (1930) hizo de esa

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En el campo de las memorias y diarios, ninguno debe haber sido leído más extensamente y haber influido tanto en la conciencia del continente, como el Diaio dcl <Cln> en Bolivia (Buenos Aires, 1973) de Ernesto Guevara (19281967), en el que el famoso revolucionario documenta su desesperada aventura en las selvasde Bolivia, y cuyo fracaso condujo a su propia muefte. El romanticismo del gesto (no importa cuán absurda fuese la empresa), el carácter improvisado de todo y el fervor poético de muchas de sus anotaciones, hacen de este documento político un texto de interés literario, sobre todo si se lo compara conlos Diariw decampaña Martí. De Chile provienen dos libros de mede morias en las que también literatura y política se entremezclan. Uno es Confieso be aivido(Barcelona, 1974) de que

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ciudad el objeto de un análisis sociológico de corte man<ista, más valioso po¡ sus intuiciones gue por su rigor metodológico. Un marxista militante, el mexicano José Revueltas (1914-1976) escribió, al lado de su obra novelística, abundante obra doctrinaria y política; lo meior está en la colección póstumt MMco 68: jnentud 1 rcnhciiótt (Meúco, 1978). Roberto Fernández Retamar (1930), cuya obra crítica representa frecuentemente la posición oficial de la revolución cubana en cuestiones de cultura, intentó una fevisión de los temas que examinaron Sarmiento y Rodó (Caps. 1.I y 2.I): civilización o barbarie, utilitarismo norteamericano frente a idealismo hispanoamericano. El autor invierte los términos: el ideal americano está más cerca del bárbaro Calibán que del elitismo burgués de Próspero. La propuesta es interesante, pero el uso acrítico del materialismo marxista ento{pece su empeño; más todavía, el tono agresivo con el que comenta a los esc¡itores hispanoamericanos de entonces, juzgándolos por el grado de su adhesión a Cuba. El chileno Ariel Dorfman(1942),exiliado en Estado Unidos, reptesenta un caso todavía más agudo de radicalismo intelectual, que impregna cofl un tono de militancia marxista y adoctrinamiento ideológico rodo lo que hace: crítica del colonialismo político y cultural, lecturas de las expresionespopulares de su país, sociología literaria, campañas contra'la dictadura, etc. De sus varios libros de ensayos, uno de los recientes es la colección de trabajos críticos titulada, con cierta estridencia, Hacia la übcración hctor l¿tinumeicatto (Hanover [New Hampshire], del 1984). Los excesoso ceguerasde un amplio sector del pensamiento izquierdista han sido criticados con vigor y hasta con irreverencia por el venezolano Cados Rangel (1929), formado en Estados Unidos y Francia. Su ensayo Dcl bsen salaaje buenreaohcionario al (Barcelona, 1976) repasacuestiones fundamentales: la existencia de una unidad llamada <América Latinu; sus relaciones con Estados Unidos; el

marxismo y la iglesia; y también el dilema Ariel-Calibán, planteo que incluye una acerba crítica de Rodó Por r zoñer mrry áirtintas a las de Fernández Retamar. El saludable revisionismo ideológico de Rangel ha sido influyente en ciertos sectores intelectuales y políticos del continente, y coincide con esfuerzossemeiantesdel pensamiento liberal europeo. Otro libro suyo en esa misma linea: Matxl lw so' (Caracas, 1988). cialisnw reahs otrls crrÍaJos 1 La antropología mexicana debe mucho a Fernando Benitez (1912), autor, entre otras muchas obras, de una ambiciosa obra en cinco volúmenes:,Los indiosdeMéxico (Me' xico,7967-72), que mezclt de modo original la observación penetrante del científico social, el reportaje del viajero y el testimonio humano del escritor. Otro mexicano, José Luis Martinez(1918), ha dedicado abhistoria y las letras de su país numerosos ensayos. De una extraordinaria versatilidad intelectual, que le permite pasar de la economia alensayo político y de alli ala crítica literaria, Gabriel Zaid (193,4) es uno de los escritores más activos hoy en México. Cultiva un lenguaje preciso y ameno' informativo y convincente, madurado a través de su labor periodística. Tres de sus libros más característicos: I'a náquina de cattar (México, 1967), Cómoher en bicicleta(México, 1975) y El prograo im¡,v¿ltaltivs(México, 7979). Y eneznlano exiliado en México, Aleiandro Rossi (1932) es un perspicaz cronista de la vida literaria y cotidiana, que introduce en susbreves ensayos algunos toques narrativos; así ocurre en Maual del (México, 1978),título que proviene de una columdistratdo na periodística que publicaba en revistas locales. En la crítica de arte, destacan los nombres de dos argentinos, cuyas obras tienen cierta relación entre sí: Ca¡los Damián Bayón (1915), autor de Pnsar conlosojos(Bogotá;,1982) y de muchos otros trabajos que han contribuido intensamente al debate y renovación del arte hispanoamericano; y Martha Traba (1930-83), que, exiliada primero en Bogotá y luego en Caracas,con su esposo Angel Rama (sn?ro)' desarrolló

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al lado de su nar¡ativa una obra crítica.sobte artes visuales, de la que pueden mencionarse La pintura flncvn efl Latino¿mérica (Bogotá, 7967) y Los cratrumoxstwos cardilahs(México,1966).

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Y por último, cerrando convenientemente el ciclo del ensayo que en este siglo comenzó con la retórica florida y el pensamiento esperanzado de Ariel, un autor que introduce en nuestra literatura la concisión más extrema, la hondura inapelable del pensador misántropo y el pesimismo más radical el colombiano Nicolás Gómez Dávila (1914). Como puede verse por su edad, es de los mayores entre los autores reunidos en este capítulo: no es un escritor (nuevoD sino desconocido para la gran mayoria de lecto¡es. Y aunque publicó antes en ediciones fuera de comercio un par de libros que nadie leyó, su definitiva contribución al ensayo démoró en llegar: la de sus Escolios un a tcxto inplhito (Bogotá, 1977), que ocupan dos romos y unas mil páginas. Esa demora es justificada: los Escolios el reson sultado de una vida decantada, de años de meditación y, sobre todo, de una orgullosa resistencia a publicar; son r¡n fruto maduro y perfecto. El título contiene una i¡ónica alusión a eselargo silencio: el libro es el epílogo a una obra que no existe, que se omitió paradar vida sólo a unos fragmentos. El libro no es, pues, un üatado o una teoría, ni siquiera un estudio; es una colección de aforismos (aunque el autor niega expresamente que lo sean), una casi interminable serie de mínimos fragmentos que contienen, condensados, las cavilaciónes solitarias de un hombre sabio frente a la historia, la religión, el amor, la cultura, la política, nuestro tiempo. En América Lttina, el único antecedente comparable es Cot cl cshhín de Varona (Cap. 3.V), pero Gómez

Dávila está en verdad más cerca de Frangois La Rochefoucauld (1613-1680) o de Cioran. En su elección del modelo aforístico hay una total correspondencia entre forma y fondo: el aforismo es un género terminante, pues su terrible verdad no admite respuesta;los de Gómez Dávila expresan además el pensamiento ultraconservador de alguien que rechaza,todas las creencias en que se basa nuestra cultura, pero especialmente las que afirman el progreso y la salvación histórica. Basta leer unos escolios para entender que lo que el autorestá negando son los fundamentos mismos de la civilización tal como la conocemos: Nuest¡aúltima esperanza la injusticia de Dios. es con lo Burguesía todo coniuntode individuosinconformes es que tienen y satisfechos lo que son. de no El del El amor al puebloesvocación aristócrata. demócrata lo amasino en períodoelectoral. convergentodashaci¿una solaverdad-pero las Las verdades rutas ha{r sido cortadas' La legislaciónqueprotegeminuciosamente libertadestrangula la las libertades. La historiasepulta, resolvedos, problemas plantea. que sin los (Gómez Dávila, 1977,I, pp. 16, 20, 21, 28, 30, 33.) Libro amargo y sombrío, parece una meditación hecha ante el abismo del fin de los tiempos. La concisión inapelable y rotunda de sus fórmulas lo hace sonar todavía más tremendo. O como dice él mismo: <La suprema cualidad de un estilo es la autoridad, el peso de la fraso (ibíd., p. 195). Con los Escolios, ensayo hispanoamericano alcanel za un nivel pocas veces visto, al mismo tiempo que parece clausurar el círculo abierto por Rodó a comienzos del siglo: la oratoria exaltada del espiritu ha cedido el paso al epitafio de la cultura moderna. No un evangelio para juventudes sino un apocalipsis para el final de siglo. Lw Argclcs-Pbiladclpbia, 19I 8 - I 9.

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Bibliografia

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Mr¡Ía SÁñcxrz (eA.), El nsay actul laiinumcicano, México, De AnIncluye a un¿ buena cantidad de autores centroamelrt?Jtt. la Moxsrv,{rs, Carlos (ed.),1 *rtcdcs nnsta,México, Era, 1980. Reúne c¡ónicas y testimonios sobre la vida cultural e histórica de México en los últimos dos siglos. Rreor.r, Carlos (ed..),Cotcincia int¿baial dcAnárica. Axtabga dcl msay bispanuncricano (1816-1959), 2." ed., Nueva York, Las Américas, 1977. Selecciónde los mayores americanistase ideólogos a lo largo de dos siglos. del SrrnIus, John (ed.); El mvlo hi¡?arcanericazo sigloXX, México, Fondo de Cultura Económica, 1981. Selecciona textos desde GonzálezPnda hasta Monsiváis; incluye una buena bibliografía sobre el género.

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CosrÁ¡rr.s os AMoRrM,Helena, y FenxÁNosz Ar-oNso,María Rosano, Raúí, pcasadorl cstilista,Montevideo, Academia Nacional de L,et¡as,1973. Estudiá el americanismo de Rodó, sus fundamentos y su concepción estética. Davrs, Harold Eugene, I-atia Ancrican Tborgbt,Baton Rougg, Louisiana State University Press,1972. Trroa el cuadro de las grandes corrientes en la historia de las ideas en América, desdesus antecedentescoloniales. Dfaz QurñoNrs, Arcadio, Gnto Vitier: h mcaoria intcgradora,Srn Juan, 1987. Estudio, seguido de diálogos con el autor, sobre la <cubanidad¡ y las relaciones entre poesía e historia en Vitier. Emr-n, Peter G., Pftpbct of th lYilfunesl Th .lVorla of Ezcqücl Marrínc7 Ettruda, Austin, University of Texas Press, 1971. El más completo €studio sobre el autor. - y Mxao, Robert G., Jr., Historia dcl msaloltiqaroanticano, México, De Andrea, 1973. Fuente de consulta básica para tnzar Ia historia del genero desde sus orígenes hasta el siglo xx. F¡nNA¡p¡z MonnNo, César (ed.), Américal-ati¡a n st literatua, México, UNESCO/Siglo XXI, 7972. Avnque este repertorio crítico no se rcfiere específicamente ensayo,h¿cenumerosasrefeal rencias a él en el contexto de algu.nas cuestionesfundament¿les del fenómeno literario. Fostrn, Drvid W., <Latin American Documentary Narrativo, PMIA,99: 1 (1984), 41-55. Valioso artículo sobre nuevas formas_naffativas que se entrecn¡zl;n con el ensayo;incluye bibliogr^tl^. .l . Gorc, Cedomil (ed.), Historial rítica dc la bt¿ratarabitpanoancricana;''' vol. 3, Barcelona, Editorial Crítica, 1988. La última parte está a algunas grandes figuras del ensayo contemporáf:Ott"O" Górrrrz-M¡¡.rÍNrz, José Lris, Teoríadcl ansalo,Salamanca, Universidad de Salamanca,1980. Discute cuestionesbásicaspara definir el genero y distinguido respecto de otros. Incluye textos críticos sobre el tema y una extensa bibliografía. Go¡¡zÁrnz EcnevannÍe, Roberto, Tln Voiccof tlx Ma*crs, Austin, The University of Texas Press, 1985. Contiene varios trabaios cdticos sobre ideología y literatura; el primero es un buen trabaio sobre Ariel de Rodó. Ivesx, Ivar (ed.), Tbe PcrpataalPnsmt. Tla Pwtrlt azd Pm¡e of Oaario Pa¿ Norman; The University of Oklahoma, 1973. Colección de trabajos y ponencias sobre divers¿s obras del autor meúcano, LÉw, IsaacJack,y Lover,ucrc,Jutn (eds,),Sinpsio. El enraybistórico. Aaas, Cnlumbi4 University of South Carolina, 1984 (Hispnit

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Sttdiu, n.3). Reúne trabajos en español e inglés sobre algunas cuestionesteóricas y sobre autoresespañolese hispanoamericanos; incluye bibliografía de estudios sobre las primeras. Lw, Kurt L., y Er.lIs, Keith (eds.), El msay 1 la nítita n Ibrmmérha,Toronto, Universidad de Toronto, 1970. Críticos de Estados Unidos y de Latinoamérica discuten variados temas y autores, en LuxÁcs, George, <Sobrela esenciay forma del ensayoD, El alnal lasformas, trad. de Manuel Sacristán, Barcelona, Griialbo, 1975, 15-39. Es una meditación sobre el ensayocomo forma y sus relaciones con la poesía y la cÁtica. MronIcar, Luis Iñigo (ed.), Historia de la litcratura ürpanoamcricau, vol. 2, Madrid, Cátedra, 1987. Esta historia colectiva contiene, en la sección 5 del citado volumen, una serie de estudios sobre ensayistasdel siglo xrx. l¡su, número esBared¿ Centmni¿l MaxrÍ, Oscar R. (ed.), Tbe G¿bino pecial de Aztüx, 14: 2 (1983). Interpretaciones del positivismo mexicano, con referencias al Ateneo y Vasconcelos. Msvrn, Doris, Victoria Ocanp. Agairct tln ll/id a¡d tbc Tide, Nteva York, George Brasilier, 1979. Amplia biognfia literaria de la autofa, con selección de textos. MoNrarcNn, Michel de, Ensa1u,3 vols., ed. y trad. de María Dolores Picazoy Almudena Montojo, Madrid, Cátedra,1985-87.Son los ejemplosclásicosdel genero,en los que hay reflexionespenetrantes sob¡e el arte del ensayo,especialmente,enLibro I, Cap. L; Libro II, Cap. VI; Libro III, Caps. II y IX. Méúco, Siglo XXI, 1982. dt Mor.sr, Richard M., El espejo Pníspem' Original contraste entre la experiencia cultural e histórica de América Latina y los Estados Unidos. en sobre el ensayoD s! ElPnbhnd ¿elafloNrcor, Eduardo, <<Ensayo sofu, Madrid, Tecnos, 1961. Valiosa reflexión sobre aspectos teóricos del ensayo y su relación con la filosofía. Reaista lbemamericam(Número especial sobre Octavio Paz), 37: 74 (1971). Aunque abundan los trabaiossobre su ¡roesía,hay referencias a su obra ensayística y una revisión de El arcol la lira por Rodríguez Monegal. de Roer, James W illis, El estilo Alfotv Rey4 México, Fondo de Cultura Económica, 1965. Trabaio minucioso, aunque algo convencional, sobre el lenguaie del autor, Paz critica y pxsía>, Mundo RoonÍcurz Mor.rnc¡L Emir, <<Octavio Nucto,21 ( 19 68), 55-ó2. Un artículo clavepara la historia editorial de ese libro. - El otmAdní¡ Belh, Cancas, Monte Avila, l969.Una muy com-

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Indice

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21 24 26 30 33 36
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L Bello o la creación de América II. Las antinomias y contradicciones de Sarmiento III. El santo ardor de Montalvo IV. Hostos: el sacrificio por una causa . . .. . V. Martí o la poesía de las ideas Yl. González Prada: el arte de la intransigencia Capítulo 2. Br¡o LAs ALAs os Anrrr I. La lección de Rodó y II. E l < ari el i smo> sus equívocos . . . . . . . . III. Dos discípulos modernistas 161

El Libro de Bolsillo
162 JoséMiguel Oviedo 63
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Alianza Editorial Librosen venta
136 C¡tulo: Pocsfs l3o7 Rudyard Klpllno: Capltanos Intró9ldot 13ú Bsrtolt Bmht Naratlva @mpleta, I Rolatos. l9t}1927 lAl9 Volt¿lra; Carta! fllosóflcas f3l0 Javl€r Tusell: La dlctsdura do Fren6

Madrid

Capítulo 3. Los rNTÉReRETES LA REALTDAD DE

I. El marxismo de Mariátegui .. . . il. Sanín,el descubridor ... m. Reyesy los hombres del Ateneo w. Historiadores,filósofos y políticos V. Contra la corriente
Capítulo 4. Er ppNs¡MrENTocREADoR I. II. lll. IV. V. La invención de Borges Leza;mal-imagomtzdi Cortáz¿;r o la informalidad Paz: las ideas en movimiento El humanismo de Sábato y lo <maravilloso) de Carpentier

65 7l 74 83 89 91 95 102 107 lt7 118 122 124 t26 127 130 131 733

t'!!¡5 Julián Marfs: Lam uj er y s aor nbr u l2S Ju¡lo CorMar: Octaodrc t287 Jogé Lulr Romarc: Estudlo do la mont lld¡d burgu€s 1288Mlgusl Ba¡n6t: Gollsgo !2dt Luls coytlsolo: La cólera de Aoullss Antagonía,lll lA Mlguol Ar€nlllss Parra y Clomente Sásnz Rldruclo: Gufa Flsl* d6 E paña 3. lo8 rlos

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lSll Juan de Cárdenas: Problomag y secrétog marav¡llosos ds las lndlas l3l2 August Dorlsth: El restm da Cthulhu l3l3 Chrótlan de Troy6s: El caballore del lsón l3l¿l Edward Ba@n (dlrecclón¡: Hlstorla de la! clv¡¡lzaclonog 2. Clvlllzaclones 6xt¡nguldag l3l5 Rob.rt B. Parksr: C€remonla Una novola da Spengar l3l8 Al.Hamadanl: Vantnre! y dosvmhras dol pfcare Abu L-Fath de AlaJardrfe (M¡qamat) l3l7 A. J. Aycr: Humo l3l8 Mlchael Grant (dlrocclón); Hlstorla de las c¡v¡llzaclonss 3. Grscla y Roma lStg Domlngo F. Sarml€ntor Fscundo 1320 Emll6 Durhs¡m: Lat róglas dsl método soclológlco y otros e8crltos sobro fllosoffa de las clenc¡as soclales l&ll Sofocle!: Ayu . L¡s Traqulnls Antlgona - Edlpo R6y

VI. El grupo Sur
VII. El americanismo liberal

l29l Nl@lás Maqul.velo, Olgcu|u aobrc l¡ prlmcra dócada d6 T¡to Llvlo 129:lGulllemo fatas y Gonzalo M. Borrás: Dlcclonsrlo de térmlnos d6 8rt6 y elem€ntos da arqu€olo. gfs y numlsmátlca l2gl Al6lo Carpantler Guer¡a del tl6mpo y otros relatos lAl Ern63t Rffi: ¿Ouó s um naclón? eanas a Strauo! Inés Ortooa: El llbro d6 los pollo8, las galllnas,6l pato y la perdlz

VIII. Dos al margen IX. Los filósofos
Capítulo 4. Los cAMrNos DE r-A HoRA IREsENTE

fl$t

m. Rodríguez

I. Un cuestionamiento general T. Latinoamérica en Estados Unidos
Monegal y Rama: vidas ;;;":

f29G Apuleyo: El asno ds oro l29t Ramlro A. Csll€: Salud psfqulce a través del yo98 12$ Luis coytlsolo; Toría del conoclmlerüo Antagonla, lV '129 Henry Jem€s: W$hlngton Sqüara l:tro Do Tal33 a Demócrlto: Fmgmontos presoc¡átlcos l:l0l LorenzoVlllalonga: Mugrte de deme l30il Stuart Plggott (dlrocclón): lllstorla d6 las clvlllraclonss l. El dospartar de la clv¡llzaclón l*l Lourd$ March: L¿ coclnr mrdltoránoa

lelas IV. La producción académica V. Creación v crítica

r36
138 139 144 146 150 153

VI. El ensayocomo testimonio y reportaje VII. Memorias,denuncias, revisiones.. . . . .. VIII. Un ilustre desconocido

t3i¿ Dsvld Humo: Sobro ol sulcldlo y otros 6nSayoa ISB Arnold Toynboe (dlrscclónl: Hlstorle dá l* clYlllaclone3 4. El crlsol d6l crlstlanlrmo lgl¡ Cello: El d¡lcurso wrddorc lo! crlatlanos contr¿

Büliograftu

l3O{ Robort B. Parkrr: Olos salv6 ¡l nlño Una mvela de Spanro¡ 1305Splrcza: Corrcspondoncla

1325 Splnoza: Tretedo d6 h refome dal 6ntandlmlanto Prlnclplo3 de fllosofla d6 Dercartes . PcnlamlsÍrtor motaf lsl@s

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ult Rst0r3 tvl 0tcoltcEPct0lt . llUloloca

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último con respecto !c¡ olros generosñrlr!1,,(-i a corresponde a una etapa avanzada del proceso intelectual de un pueblo, en América-pL¡lrece ocurrir l. contrario: los fundadores de la concienciaculturai y literaria del contin_ente son sus. ensayistas. SurgiCoen América antes que en la Penínsulay asociado a la realidad social de un continente que quería adquirir total autonomía cultural frente a España, el ensayo rnoderno florece allí como instrunento de indasación de la identidad de las nuevas naciones.El extraordinario nivel y la vasta difusión social que adquiere en el siglo xtx con figula,i como la de Andrés Bello, Sarmientoo .Tosé Martí.,se prolonga en siglo xx con la obra Ce escritorescorro I-ezama ".i 1¡ li,ra. .iorge Luis Br¡rgesu Octavio Paz. Esta i¡ITEVE T{IST'ORIA DEL ENSAYO IiiSPANOAMEIIICANO <sefunda>,crrno observa su autor, JOSE MIGt-lEL OVIEDO, ncn una revisión y t:ritica de textos dr¡l pa.sado del preriente, eir.un 40 ' r:egistropasivo e indiferi,nte; en ve.' de hacer un recui'nto horizontal de ese proce,iohistórico, intcuta "rrn c(,I'tevcrtical que permita rccomponcrloa trriés 'de sus líneasmaestras, las sus giros radicales, inúltiplesdirecciones su innovación.., trata de de señalarrrl lector lo que permanece,lo que ciertos textos dijeron en su momento ;r lo que dicen ahcra" lo que desapatece lo que surgeen el horizonte>. ,, y

sue queilllüüil|X e e, . i s,o*"¡,,i,:,.:,se

EI iibro de bolsillo
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