BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH

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Joseph Roth
Cuatro relatos

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Índice
El dudoso honor del siglo XX / Aquiles Julián El espejo ciego Abril, historia de un amor Jefe de estación Fallmerayer El busto del emperador Joseph Roth / Guillermo Cabrera Infante En memoria de Joseph Roth / Jon Hughes Joseph Roth / biografía 3 4 29 42 56 69 76 80

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El dudoso honor del siglo XX
Por Aquiles Julián
“Sólo el siglo XX puede jactarse de haber creado la figura del escritor al que se le presta atención en todo el mundo, pero que para su patria está muerto”. Joseph Roth

De alguna manera, la vida de Joseph Roth prefigura las tensiones, los dilemas y las tragedias que el escritor vivió en el siglo XX y sigue afrontando en el siglo XXI. Roth nace en Brody, imperio austro-húngaro a finales del siglo XIX. Vivió la caída del imperio, su tema mayor; la primera guerra mundial y los prolegómenos de la segunda. Vivió la era de las epidemias totalitarias, el colapso de la democracia, la sumisión y complicidad de los intelectuales con las bestias, pardas o rojas. Su origen, judío, le auguraba problemas. Sirve en el ejército durante la primera guerra mundial y ve el desmoronamiento del imperio austro-húngaro, que le impresiona profundamente. Se dedica al periodismo y se casa. Como corresponsal del Frankfurter Zeitung, viaja por toda Europa, incluyendo un viaje a la Unión Soviética en 1926 que le abre los ojos a la cruda realidad de aquella “patria del proletariado”, una cárcel horrenda y despiadada. Su mujer desarrolla esquizofrenia y Roth sufre las consecuencias, tanto emocionales como financieras. Desarrolla el hábito de embriagarse, se vuelve un alcohólico. En 1933, al imponerse el Partido Nacional-Socialista Alemán, nazi, tiene que irse de Berlín y se muda a Viena. Los nazis prohíben su obra y sus libros alimentan las fogatas. Ante la nazificación creciente de Europa central, Roth se ve obligado a mudarse de un lugar a otro, tratando en lo posible de pasar desapercibido. Junto a sus reportajes y artículos, va produciendo una obra narrativa de excepcional calidad, con una prosa de hallazgos verbales inusitados. Vivió en París, en Amsterdam. En otoño del 1938 padece un infarto. En la primavera del 1939 es internado por una afección pulmonar y muere en mayo del 1939. Joseph Roth tenía como autor, no sólo temas predilectos: la caída del imperio, la suerte del emperador Francisco José I, la disolución de la antigua sociedad jerárquica, la emergencia de una nueva sociedad caótica e irreverente… Y la suerte de los hombres y mujeres que se ven compelidos por los inhumanos engranajes de la vida social a ir en una u otra dirección, que terminan molidos por sus dientes de acero y que caen en los márgenes como desecho; también desarrolló habilidades narrativas destacables, al grado de figurar hoy honrosamente junto a Hermann Broch y Robert Musil como el trío de narradores centroeuropeos de mayor talento y relevancia, en la primera mitad del siglo XX. “Un idioma no consta sólo de palabras, sino que es también una estructura y un ritmo: Por eso escribo un alemán tan claro y sencillo como el yidish. Mis frases son cortas y exactas. Me disgustan las oraciones largas y ampulosas de Thomas Mann”. Así pensaba este judío testigo excepcional de los extravíos ideológicos y las aberraciones políticas del siglo XX.

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El espejo ciego
Der Blinde Spiegel (1925)

I
La pequeña Fini se sentó en un banco en el Prater y la tibieza suave y acogedora de aquel día de abril la envolvió. De buena gana se dejó llevar por un dulce desfallecimiento, hasta entonces desconocido, extraño, como una melodía. La sangre, espesa y rápida, golpeaba contra la fina piel de sus muñecas y de sus sienes. El verde pálido de los árboles y de las praderas se desplegaba sobre los coches de bebé, las piedras y los bancos. Todo lo que se encontraba a la vista fluía entremezclado, como cuando uno contempla un mundo muy verde desde un tren muy rápido. Fue un instante que duró una eternidad. Después las personas y los objetos a su alrededor recuperaron sus contornos, la figura y la vida que les eran propias, su paso y su porte, sus marcas características y el rostro que les era familiar. Pero la sensación de debilidad permaneció, cantando en la sangre, circulando con ella. Ocupaba las venas y todo el cuerpo, como una coral llena una iglesia. El vacío cantaba. Los miembros se habían vuelto pesados. La vida, en cambio, ligera, vaporosa. El corazón adquirió alas, como en la hora en la que nos vence la muerte. Los miedos, negros, revoloteaban a lo lejos, a poca altura. Ninguna oscuridad la amenazaba. Ni había poder alguno aguardando. Ningún temor cruzaba el horizonte amplio, dichoso, de un día espléndido. Fini podía escuchar el lento palpitar de su corazón. La proximidad inmediata de la propia vida, calurosa, resultaba reconfortante. Por primera vez y de manera sorprendente ella y su corazón se encontraban a solas. Y sus latidos eran como una respuesta a preguntas angustiosas, secretas, una respuesta que goteara lentamente, consoladora. Sentía el pecho ligero, como justo después de haberse desahogado de una pena, y cuidadosamente recostado en una melancolía bienhechora. Como cuando uno está a punto de llorar. Como si una dolorosa presión se deshiciera tras muchos años. Por fin... Por fin... La pequeña Fini se levantó y estiró los brazos, como un polluelo que intenta volar. Y al dar el primer paso, volvieron las ideas. Habían estado agazapadas en una misteriosa proximidad. Llegaron como enjambres de moscas. Los pequeños miedos. Las preocupaciones ágiles, negras. Las dificultades, fieras, a toda velocidad. Las amenazas de mañana y las de pasado mañana. Las atroces imágenes de días atroces. Y el temor se arqueó como un basto yugo sobre la espalda temblorosa. Se había disipado la dulce música de la debilidad, el canto benéfico y amodorrado del olvido. Toda la radiante extensión del vacío que nada teme había palidecido. La envolvente calidez de aquel día primaveral se había entibiado. Fini tembló de frío en el atardecer de abril cuando se levantó para ir a llevar las cartas a la empresa Mendel & Co, a las Audiencias Provinciales números I y II, al bufete Wolf e Hijos, las cartas ajenas dentro del libro de tapas verdes, las cartas ajenas que hay que entregar en los recibidores ajenos, esa carga ligera, dolorosa, que ella reparte de cuatro a siete de la tarde para sacar un sobresueldo. Avanzó por las calles anchas, perdida, insignificante, y sólo en el patio de entrada a una de las casas se dio cuenta de que la carta para la Audiencia Provincial número I no estaba allí. La importante carta. En la hilera movediza de firmas hechas a toda velocidad faltaba una. Había una línea vacía. Y si uno la observaba largo y tendido, se redondeaba hasta formar un horrible agujero atónito, un ojo hueco, en blanco. Un fuerte temblor acometió a la muchacha, pequeña, helada, y el frío que ya apenas era

y no sentimos ningún miedo frente a los efectos del parte. En esos momentos. que parece una dentadura llena de huecos. pero no calentaba. Fini se desvistió despacio. Entre la desgracia y sus terribles consecuencias había diez o doce horas. y que llevaba flequillo. aún podría hablar a primera hora de la mañana con el doctor Blum. con esos ojos increíblemente escrutadores. una casa grande que nos diera cobijo nos vendría tan bien. ni por la madre amargada. que nos recibiera maternalmente y nos diera de comer y nos consolara y ahuyentara de nuestro corazón el miedo que sentimos. Allí dentro no sentiríamos ninguna preocupación por la carta perdida. Y comprobar cómo crecen los pechos.. con su eterna curiosidad y su oído increíblemente agudo. si no fuera por la escalera con la barandilla en mal estado. como Tilly. No tenemos que dar el parte a nadie. uno que hubiera podido cometer en tiempos remotos. el socio.. La puerta está cerrada.. La sentía. se podría dejar el día de mañana en manos de Dios. en los que uno ha sufrido la crueldad de la intemperie. Fini quiso tirar del calor hacia abajo y ponérselo en torno a los frágiles hombros. ¡Ay! Cuando se es tan frágil e insignificante. Si no fuera por todo eso. en el estrepitoso desierto de la ciudad. delante del espejo.. que ya es mayor. II La madre aún no estaba en casa. una noche de sueño. Tal y como la noche envolvía la ciudad. Debía de ser sangre. Cuando llegó el hombre de la bata blanca y con su larga pértiga encendió una farola. y descansar hoy en la cama mullida. Y un pobre aunque agradable consuelo. Tal vez. que no entienden nada y riñen y ante las cuales nos vemos obligadas a mentir. de la mirada ávida de un hombre y de la gruñona exclamación de una mujer dispuesta a entablar una guerra porque sin querer nos hemos interpuesto en su camino. y tiempo suficiente para un milagro. firmes y coronados por cimas . el patio en el que acecha la portera y que es peor que la calle. Algo le había ocurrido. ni frente a la necesidad de mentir y ninguno tampoco a ser descubiertos. nuestras madres. un poco de calor recorrió rápidamente el cuerpo de la muchacha helada de frío. y exploró su desmemoriado cerebro en busca de algún pecado. porque entre hoy y mañana aún quedaba por delante una larga noche. quizás incluso un sueño reparador. Sintió que algo cálido y húmedo chorreaba por sus muslos. una casa protectora con un lujoso portal.. del buen Dios. perdidos. severas y terribles y sin embargo tristes. que era más benévolo porque era más joven. Amenazadora. Sola. a merced del perro que ladra y del policía que hace señas. el patio que huele a excremento de crías de gato. si no tenía ningún sueño y el milagro no se producía. como si uno tuviera una habitación propia. como si fuera un estudiante. como hace el imponente portero con los intrusos no autorizados..BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH 5 capaz de soportar aumentó en mitad de la templada noche de abril. y nos sentimos impotentes. que alguna vez tiene que darse en nuestra vida. Qué bien cuando nuestras madres no están.. con un libro y unas postales sobre la colcha. nuestras pobres madres. Si no fuera por el patio de la casa en el que hemos de entrar cada noche. Es hermoso poder desvestirse sola en la habitación.. que están tristes y tienen que llorar. le hace a uno bien poder guarecerse en algún sitio. ni frente a la angustiosa mañana que nos espera. En ese momento habría que saber de una casa en la que uno pudiera meterse.. perdida en mitad de aquella calle inmensa. a merced de cualquier poder que dé señales de vida en las plazas o que se encuentre apostado en cualquier esquina. la vida se arquea inflexible sobre nuestra pequeña cabeza. blancos.. Se alarmó. así debía protegerla también a ella.

desconocida. —Estás mala —dijo y añadió—. y se inclinó sobre Fini. siempre atareada. fresca. alivio y un sobresalto desacostumbrado. la melodía incesante de un violín y el reconfortante murmullo del silencio. Ya estaba abriendo la boca. Fresca y blanda. indispensable para cobrar. un océano que se levantó a sus pies y se elevó. y la tapó. las voces de la calle y el chirrido de un tranvía. notaba la incipiente pujanza de las caderas y la rodilla redonda. la boca y los ojos. desplegado. y a nosotros nos aterra la proximidad del enigma. que tiene un amigo al que puede besar. Era una vuelta a la infancia medio olvidada. para lanzar alguna maldición. una madre de otro tiempo. temblorosa. una fiesta secreta. hundiéndose en un manto mullido. envejecida por las preocupaciones. la madre. siempre le había estado preguntando: si ya estaba mala. como si llevara un traje blanco y la fueran a confirmar. acogedor. roja. Vio la lámpara brillar envuelta en niebla. sin la envoltura protectora del vestido. y ven una sangre roja.. La chiquilla despertó y vio sobre ella el rostro ancho de la madre. encerradas en una habitación con un espejo lleno de vida. III Así la encontró su madre. de suave terciopelo. goteando por motivos desconocidos. pensó en el suicidio y en la espantosa noticia que aparecería en el periódico. torcido. Fini escuchó a una distancia inconmensurable. Le trajo leche fresca y le besó la frente. como desde un más allá presentido. y no saben de dónde viene. En su interior ardió una silenciosa solemnidad. Era la voz de una vieja madre. la madre. Están completamente solas. amplia y mullida. Llegó la oscuridad. que estaba más desarrollada que ella. la miró a los ojos afligidos y percibió en ellos una bondad desconocida. Y Fini comprendió lo que Tilly. del que pensábamos que se producía en la distancia. Su voz estaba transformada. oprimiéndolo. Ya le llegaba hasta las rodillas. El sombrero. Y vio que la sangre trazaba a lo largo de la pierna un fino reguero de color rojo. Fini contuvo la respiración y de pronto escuchó el enorme vacío a su alrededor. el sombrero. Se desmayó. desnudas.. Los milagros tienen en sí mismos su origen y su existencia. Unos huevos se rompieron emitiendo un lamentable chasquido en el interior del bolso. pues se le había chafado durante el viaje. de hacer uno de sus recorridos con el ferrocarril del oeste. cuando se asustó. una niebla blanca. así tanteaba Fini su cuerpo. perdida y recuperada. . La madre la levantó rápidamente con sus fuertes brazos y la subió a la cama blanca. una palabra fea le retorcía ya los labios. —Mi querida hija —dijo la madre y repitió las palabras. un rostro fantasmagórico con un núcleo luminoso. Entonces su miedo es tres veces mayor. como hacía mucho que no lo hacía. lejos de nuestro cuerpo.BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH 6 rosadas. lo arrojó sobre el sofá. que adquirió y conservó la forma de un rostro. Las muchachas muy jóvenes se asustan cuando ven la sangre. a pesar de que aún no son tan grandes ni tan claramente visibles a través de la ropa como los de Tilly. flotaba la calma infinita. Ya eres una mujer. El roce de los labios maternos le resultó familiar. que venía de Purkersdorf. Sintió la falta de vida de los objetos inanimados. como si acariciara a un pequeño animal desconocido. Y la calma azul le cubrió las caderas y creció en torno a su corazón. Lo había echado en falta durante tanto tiempo. Conmovida. una agradable oscuridad. como surgido de una caracola enorme.

Duraba un par de minutos. por la noche. Parecía como si la hubiera aplastado contra el pecho. se esperaba la tarjeta postal. inquietante. al menos los que resultaban inútiles. como un viento ligero. temblorosos. unos minutos que amamos. herido y tal vez devuelto a la casa para siempre. como una patria. Pero de pronto la asaltó el pensamiento terrible de la carta perdida. Y la risa ahogada de la vieja le pareció desagradable. una patria sin fin. y la pobre cabeza olvidó el bocadillo para Josef y las obligaciones de las horas matinales. Las mujeres comieron. y llamó a la madre y se lo contó. Y a la madre la unía el hecho de ser una adulta. Estaba sentada al borde de la cama con la fina trenza enrollada y maquinaba sueños. Se las oía parlotear. era demasiado hermosa. Silenciosa. La placidez de la cama blanca. Blanda y cálida. hora tras hora. Su cuchicheo llegaba desde la cocina como el silbido de una llama. Cómo se había transformado el mundo. la placentera calidez de un hogar reencontrado. De miles de fuentes abiertas de golpe manaba la gratitud. quería suspender algunos itinerarios. su voz pasó por encima del rostro de Fini. El aroma de las patatas en la sartén se paseaba por el cuarto. Desde la cocina resonó la alegre exclamación de la madre. la esquela de defunción del regimiento. ininteligible. el arrastrar de sus pantuflas hasta la entrada y de vuelta. reprimiendo la risa. aún llamó a la puerta la vecina. los que daban más beneficios. Hasta qué punto se había transformado todo: el hermano. y uno temblaba con el breve y estridente sonido del timbre. sino una madre fraternal. Anunciaba una tarjeta postal del padre desde el frente o un parte de defunción. se sentó y anunció la llegada del padre. Pero ella no se asustó y no se puso a maldecir. Y el viento de la noche jugaba en la habitación contigua con el gozne de una ventana. que ya estaba en camino. sino que se volvió más afectuosa y tierna. porque recorrían las comarcas de los trabajadores de las . La madre tarareaba en voz baja en la cocina. una mujer. que sonaba suavemente. Sería mejor tumbarse y no pensar en nada más. Venía a charlar. Corrió hasta la cama. guardaba silencio. breves y piadosas oraciones y lloramos un poco porque Dios ha resucitado. La madre conversaba con aquella mujer sobre la guerra. bienhechor. y comprarle al tío Arnold los más llevaderos. Con dedos tiernos. Ya no era la madre reprensora. Leyeron en el periódico de la noche la noticia acerca de la victoria de Sadowa y hablaron de los hombres que hacía mucho tiempo que no escribían. Ahora la madre le contaba lo de Fini. una bondad sin límites. blanca era la calma que reinaba en la cama y en el mundo. por el que sentía nostalgia en cuanto cesaba. Fini prestó atención.BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH 7 —Quédate mañana en casa. Fini escuchó el suspiro que su madre solía emitir al levantarse. Día tras día. a salvo de la muerte. el saludo del cartero y el matraqueo de las persianas de madera al subir. Tarde. No vayas a la oficina —dijo la madre. Sólo podía ser una de esas dos cosas. le prometió consuelo y mediación y le alisó la manta con ambas manos. De las profundidades de una infancia enterrada sacamos nuestras viejas. Su manojo de llaves tintineó. IV Ya hacia las ocho de la mañana les despertó el penetrante sonido del timbre. Y nos dormimos. arrugó la tarjeta de color rojo. Eran unos minutos de dulce y ansiosa incertidumbre. esos minutos de tensión en los que contenemos el aliento ante las grandes sorpresas que uno siempre añora. y agotadora aquella forma de escuchar llevada por la desconfianza. que por lo general siempre andaba alborotando. aun cuando sean horribles.

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fábricas de munición, los que tenían un salario más seguro y como pagadores a plazos eran de fiar. La vida manifestaba una singular indulgencia. Dios repartía mercedes. Transformaba a la madre, la que maldecía, la vengadora, la juez, en una mujer complaciente, alegre. Casi no se podía creer. Varias veces durante aquella mañana a Fini le entraron dudas acerca de si había despertado a la realidad del nuevo día o si aún estaba sumida en la continuación del sueño. Esta vez todo resultaba inverosímil, el sol y el gorrión picoteando en el alféizar de chapa de la ventana, la dorada columna de polvo en la esquina junto a la estufa, el regreso del padre y la calma en el corazón. La madre despedía el aroma pesado de su cuerpo y el calor de la cama. Olía de un modo familiar, como a leche caliente, y en Fini despertaba el deseo de pasarle a la mujer los brazos en torno al cuello, para sentir la elástica blandura de los pechos maternos y llorar feliz. Si no fuera por el recuerdo de la carta que había perdido y de las consecuencias que traería consigo... Qué libre de preocupaciones y maravillosa sería la mañana si no fuera por el momento que le esperaba en el despacho frente al doctor Finkelstein. —Iré y se lo explicaré —dijo la madre. Y Fini se acordó de los años en la escuela, de las intervenciones maternas, las torpes excusas, los ridículos parlamentos entre la madre y el profesor, y decidió ir ella misma. Si Dios, que había retornado y al que ella volvía a implorar, estaba dispuesto a prestar auxilio, entonces ayudaría a la chiquilla en todos los asuntos difíciles. Y como siempre, cuando ya casi no imaginamos ninguna salida, lentamente se nos ocurre un pretexto y va tomando la forma de una exposición verosímil, en la que al final creemos hasta nosotros mismos. ¿No se podía acudir con la tarjeta postal llegada del frente y disculpar con emoción la pérdida de la carta, cuando un desmayo, un desmayo común y corriente, se acogía con una sonrisa? Desde ayer habían ocurrido muchas cosas maravillosas. El día de hoy era aún más portentoso... La pequeña Fini avanzó por las calles, frente a las que tanto había recelado ayer. Ya no se sentía insignificante y perdida, sino orgullosa y exultante, crecida y madura en medio del aire sofocante y preñado de lluvia de un día encapotado. Las nubes pendían a punto de descargar. La inmensidad de la atmósfera parecía menor y el mundo más próximo. Anhelante, el cielo se cernía sobre la tierra, dispuesto a abrazarla y a fructificaría.

V
Los milagros no acababan. La bondad de Dios se renovaba sin cesar. Un hombre acudió un cuarto de hora antes de que llegara el doctor Finkelstein y trajo a la oficina la carta, la carta perdida. Fini le dio el último dinero que le quedaba para pagar el tranvía. Observó al hombre con atención y en su memoria guardó fielmente su rostro, su ropa, su bigote. Años después supo que le crecieron mechones de pelo, grises, en el interior de las orejas. Y en el momento en que el hombre se marchaba entró el socio, Blum, alto, fuerte, perfumado y radiante, un dios para las mujeres. Circunspecto y paternal, cogió a Fini del brazo. En su voz, cuando la conminó a ser más cuidadosa en futuras ocasiones, vibraron la clemencia y el perdón. Al hacerlo, ella notó la suave presión de sus dedos en el antebrazo. Lo miró y vio el flequillo cuidadosamente revuelto sobre el ojo izquierdo y su boca sonriente. Más tarde lo milagroso rebosó en la indolencia habitual de un enojoso día. Fini estaba sentada frente a la centralita marrón con las desconcertantes clavijas y los confusos cables, los orificios punteados de verde, los de estrías de color rojo, los azules y los que estaban libres, ante los cuales las misteriosas lengüetas por motivos

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igualmente misteriosos caían de pronto con un ligero golpe, como si fueran párpados secos, duros. El teléfono repiqueteó. La clara voz de trompeta de una mujer pidió hablar con el doctor Blum. Una clavija voló a un orificio cualquiera y Fini aguardó el resultado. Enseguida se dio cuenta de que se había equivocado al establecer la conexión y esperó atemorizada, como en la escuela, cuando en la pizarra resolvía mal un problema y a sus espaldas sentía el embarazoso silencio de toda la clase, y en los hombros la respiración de triunfo de la profesora. ¿Cómo acertar en aquel aparato lleno de clavijas si un milagro no venía en nuestra ayuda? Pero, ay, el milagro no acudió. En su lugar, lo hizo el doctor Finkelstein. Voraz, el eterno voraz, siempre dispuesto a abalanzarse, belicoso, se precipitó allí dentro con una carpeta y los cristales de sus gafas lanzando fuertes destellos, porque había sonado en su despacho y no en el de su socio, y con él Su Excelencia Helena no tenía nada que hacer. —Nada que hacer, le digo. La serpiente que a ellos dos aún habría de arruinarles. —Yo no me encargo de los procesos por causa criminal. Eso tendría usted que saberlo. ¡Lleva usted aquí diez años! El ruido le anunciaba. Al doctor Finkelstein. Vivía en una nube de ruido. —¡Deje el teléfono, nunca lo va a entender! ¡Y siéntese a la máquina, que le voy a dictar! Y en voz baja repitió para sí: —Ya lleva aquí diez años. Y de pronto una mirada voló por encima de Fini, rozó su rostro y despertó un oscuro recuerdo de lo que había dicho el doctor Blum acerca de buscar a alguien nuevo, joven. Cómo se agitaba el corazón cuando dictaba el doctor Finkelstein. Las palabras grandes y extrañas, jamás oídas, brotaban a borbotones. Torrentes de asombrosas frases compuestas. Sonidos magníficos, exóticos. Nombres en latín. Frases de construcción laberíntica con predicados artísticamente escondidos, que a veces se perdían de manera inexplicable. Mientras Fini tomaba nota, pasaba por alto alguna palabra, entendía mal un nombre, y el lápiz, forzado por la presión del índice, empezaba a revolotear indomable sobre el papel, que crujía. El sonido de una palabra generaba en la memoria otra similar. Amenazadora, al final del dictado, se alzaba la inevitable lectura en voz alta del texto, y en eso debía de estar pensando Fini mientras escribía. En la próxima media hora, en la que habría de comprobarse lo mal que había salido el dictado. En las frases malogradas con los nombres mutilados, los párrafos suprimidos y los predicados cambiados de sitio. Era como si para taquigrafiar uno tuviera una rueda loca, giratoria. Grandes ruedas de colores giraban, crecían en el papel ribeteadas de violeta y de rojo. Después vendría forzosamente el aviso de que la despedían. La vuelta a casa con la cabeza baja. La búsqueda entre los pequeños anuncios del diario de la mañana. La espera en las antesalas y el cuidadoso caligrafiar de ofertas que sonaban todas idénticas. —¡Punto final! —gritó el doctor Finkelstein—. ¡Léalo! ¡Rápido! Pero en aquel día milagroso de todas partes surgía la salvación, inesperada, que era recibida con gratitud. En aquel momento alguien llamó a la puerta y entró Su Excelencia Helena. Su voz era aguda, como una trompeta victoriosa. Con un vestido de color claro y el sombrero de líneas atrevidas cubierto de juveniles centauras, pasó zumbando. Venía de un mundo extraño, el gran mundo. Pertenecía al mundo de la clientela noble. A su alrededor se hacía el vacío. Ninguna de las taquígrafas, ninguno de los ordenanzas, penetraba por medio de sus ropas o de sus cuerpos en el radio de acción de su mirada. Uno era de cristal. Un objeto transparente. La desenfrenada

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ferocidad del doctor Finkelstein había desaparecido. Balbuceaba cortesías y se decía su servidor, prometiéndole que avisaría al socio. Había que buscar un documento. Un documento perdido. Su Excelencia Helena contra el cónyuge. Y se buscó por la H. Desesperada, Fini repasó rápidamente la letra H, cinco veces, hasta que el doctor Blum, impaciente, gritó: —Tuschak, Su Excelencia Tuschak. El documento estaba archivado en la T. Entretanto Tilly seguía en su asiento diligentemente inclinada sobre papeles que crujían. Sacó punta a los lápices. Ordenó las gomas. Cortó hojas de papel secante. Contó los sellos. En vano Fini buscó su mirada, la mirada de la amiga, una mirada que ofreciera alguna ayuda... Tilly era un mal bicho. Se hacía la atareada y abandonaba a los compañeros a su mala suerte. Aquello era muy molesto y dolía. La sangre acudió a sus mejillas. Fini notó cómo se le soltaba una liga. Pero llevarse la mano a la pierna para intentar rescatarla estaba prohibido. Habrían pensado que tenía comezón. La liga suelta y la media que se escurría la hicieron perder el último resto de compostura. Los papeles salieron volando. A ello siguió una calma reparadora. No sonó ningún timbre. Fini miró por la ventana. Vio el lento reloj de la torre. En el parque, el convento de color rojo con el claustro para las monjas, que caminaban de un lado a otro, vestidas de negro y blanco, extrañas criaturas en el más allá tras los muros de color rojo, en el jardín, en el pórtico de la gloria eterna. El horror que sentía frente a las novias de Cristo se desvaneció. A Fini le pareció que en el jardín del convento se debía estar de maravilla. Las agujas doradas avanzaban despacio. Su Excelencia Helena se evaporó. El doctor Finkelstein aún se quedó un momento allí, con los cristales de sus gafas lanzando destellos. Después, con la carpeta negra y el ala del sombrero ondeando, se marchó haciendo mucho ruido. Por las calles se veía la primavera. Había llovido y los adoquines despedían brillos rojos y azulados, como si en ellos se reflejara un arco iris. La hierba en los parterres estaba recién lavada. Los mirlos negros, en mitad de la calle. Fini, que hoy mismo se había puesto mala, se había convertido en adulta, en mujer, y avanzaba junto a Tilly arrastrando los pies. —Tengo mal aspecto —dijo Fini—. ¿No lo ves? Me he puesto mala —añadió, como si fuera algo evidente. Y midió los pechos de Tilly, que temblaban bajo la fina blusa. Los hombres le sonreían. Los hombres jóvenes que, ávidos por pillar una presa, caminaban por las calles. En Trillby llamaba la atención el helado amarillento coronado de suave barquillo en unos boles de cristal tallado. Las medias porciones y las porciones completas allí fuera, sobre las mesitas de mármol. Y los hondos sillones de paja. Se le fue la mitad del dinero de los recados, que tanto costaba ganar. La camarera recibió una propina. Y justo antes de que un niño de un año se dispusiera a llegar desde el último rincón hasta la mesa de las chicas, se pusieron en pie y, echando a andar con renovadas fuerzas y con el brillo del sol poniente ante ellas, sobre sus rostros, doblaron la esquina. En casa huele a cosas dulces, preparadas para el padre, que regresa. El hermano, Josef, está dando voces. Y como si desde ayer hubieran transcurrido decenios, la gris severidad vuelve a llenar la casa, la escalera y también a la madre. La cálida sensación de ayer de que la cama era una patria ha desaparecido. La madre viene desde la cocina, inquisitiva. Quiere saber detalles de lo que ha ocurrido a lo largo del día, en todo momento. Los suspiros que lanza en su descontento producen unos cortes profundos en el alma. Llega la noche. Y la sórdida lámpara de petróleo con el cilindro

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de cristal se empaña de un azul grisáceo, lo que hace que la vecina pronostique lluvia para mañana.

VI
Llovió, en efecto, y vino el padre, con las sienes cubiertas de canas, misteriosamente empequeñecido, y cargando con el olor a yodoformo, a higiene, a Cruz Roja y a tren. Gracias a Dios, una granada le había sepultado. Por fin estaba allí, tal vez para siempre, aunque desconcertado en medio de su saludable familia, aturdido por la llegada a su propia casa, apátrida en la patria y anómalo entre las personas normales, lanzando miradas inquisitivas, que siempre se escabullían y que parecían retornar a la distancia, una distancia abandonada, cuya silueta apenas podíamos barruntar, cuya realidad jamás pudimos reconocer. Fini lo recordaba como el hombre grande y fuerte que la cogió en brazos cuando se marchó. Ahora era pequeño y estaba abatido, y era Fini la que lo abrazaba. —Habla más fuerte —pedía y contaba que se había quedado medio sordo. Hablaba uno más fuerte, gritaba, y él seguía sin entender. Estaba sordo como una tapia y a los dos días apareció con una trompetilla negra, que, rara y terrible con aquella amplia bocina, asomaba su largo cuello por el bolsillo superior de la chaqueta de su uniforme. Sin el instrumento estaba transformado, pero más aún cuando se lo acercaba al oído. Todos los días iba cojeando con su bastón hasta el hospital y traía a casa el olor a medicamentos y a veces una hogaza de pan grande, alargada, una hogaza que no se podía adquirir en la panadería. Los parientes acudieron para saludarle. Gritaron alegres y se regodearon con sus malentendidos, riendo a hurtadillas. El tío Arnold no quiso vender sus ventajosos recorridos, y se habló de buscar una nueva fuente de ingresos. Después los ruidosos días de visita se disiparon, y en una ocasión se produjo una pelea por una caja de cerillas que el padre había olvidado en el hospital o en la taberna. ¿Quién podría saberlo? Bebía un poco. Entonces se volvía más taciturno de lo normal. Y a veces robaba pequeños objetos de la casa. La madre chillaba. Sólo a ella la entendía bien y no se quedaba sin responder. Pero si la madre hablaba en voz baja, entonces él no entendía nada y ella podía renegar. Las palabras que habría reprimido a toda costa, en el caso de que él no se hubiera quedado sordo, bailaban ahora tan frescas sobre sus labios y no le alcanzaban a él, de manera que podía sonreír cuando le llamaba canalla. Por la noche, en cambio, cuando Fini se despertaba por casualidad, se la oía susurrar tiernamente en la cama. Pasada la medianoche el cuchicheo se escapaba del dormitorio. Allí es probable que el oído de su padre se animara, pues se trataba de asuntos amorosos. Resultaba curioso que pudieran olvidar su pelea cuando estaban acostados cuerpo con cuerpo. El cálido aroma a leche que exhalaba la madre le aplaca, pensó Fini. Era una noche cálida y la cama despedía calor. Fini se levantó y se dirigió hacia la ventana abierta, mientras el padre y la madre en el dormitorio encendían una vela entre risas ahogadas, ardientes. La ternura nos embarga en el aire transparente de la noche, cuando desde los espacios azules la nostalgia viene a nosotros y el silbido de una locomotora que pasa de largo se queda suspendido en la ventana. Por la acera de enfrente se arrastra una gata en celo, que desaparece por un tragaluz, tras el que aguarda el gato. Sobre nuestras cabezas el cielo es amplio y está lleno de estrellas, demasiado alto para ser

Pero quien. Sin duda salían de casas grandes. una muchacha desnuda y unas golondrinas volando. La gente era orgullosa y atrevida. desconocido y apenas barruntado surgían las ideas de las gentes. Los hombres ya se habían puesto a hablar. la experimentada. hacia las estrellas. estirándose hacia fuera. las aceras. Un repentino flujo de sangre le corrió por el muslo y las puntas de sus pechos crecieron. Ellos son listos. y de ricas habitaciones en las que un espejo colgado en cada pared sometía los modales de sus propietarios a un control permanente. VII Aquella tarde que pasaron en el estudio conservó una singularidad luminosa incluso años después. Y desde el centro brillante que ocupaba y que le correspondía. más insignificante que caminando por las calles amplias y largas de la gran ciudad. Una mano apagó la vela esbozando un gesto en el aire. se sentía como en casa dondequiera que fuese. Despuntó el nuevo día. hacia el silbido. Se veía que quería regalárselos porque Fini le daba pena. lanzaba sonrisas de indiferencia al silencioso rincón de Fini y una fría mirada resplandeciente. Vio ante sí unos círculos de color rojo. pequeña. Por la tarde iremos con Tilly al estudio. porque Tilly. Aprenden mucho y saben mucho. Lo que desean. Los hombres pertenecen a un mundo totalmente distinto del nuestro. Tal vez lo supiéramos si el amor llegara a nosotros. Buscan el peligro y van por las calles con aire de conquistadores. la música de incontables instrumentos dispersos. como nosotras. es suyo. corrigiéndolos hasta alcanzar la perfección. Dos personas se desvestían allá arriba. y hombre y mujer se fueron a dormir. fuertes y orgullosos. Las casas. ocultos. Las trivialidades próximas y la remota eternidad guardan alguna relación. alguien que era capaz de dibujar golondrinas volando. Y habían estado en la guerra. hacia la locomotora. Se desplegó la mañana. un perro y una muchacha . Un perro. Pero no habían vuelto a casa pequeños y abatidos. cuando Fini ya vivía en otro mundo y había olvidado y enterrado la dulce ignorancia de los días de su juventud. de ellos emanaba cierto brillo. delicadas.BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH 12 indulgente. demasiado hermoso como para no contener un Dios. aunque no sabemos cuál. sale de una casa estrecha y crece en una habitación en la que cuelga un espejo ciego. La habitación se iluminó rápidamente. Cosas nuevas. ni sordos. Ella no entendía ni la mitad y no sabía a quién preguntar. Pero ella no tenía nada que decir. incomprensibles. el de las chicas. la adulta. tiernas. vigiladas. Ahora cuchicheaban. Era domingo. Tiene que ver con las estrellas y con el arrastrarse de la gata. ideas hermosas. cuando la vida se arqueaba inflexible sobre su pequeña cabeza. que. atrevida. Todo lo que le hubiera podido decir a un pintor. como el padre. Experimentaremos cosas nuevas. era ahora inaccesible. maravillosas. como lo hacían los padres. Fini se dio cuenta de que no recibiría ninguna ayuda y le pareció como si. Tenían el rostro moreno y unos ojos descarados. la fueran a examinar de un momento a otro. tras las persianas se veían sus sombras. pequeña Fini. Y en caso de que hubieran vuelto mutilados. Tras las casas se elevó un blanco resplandor. Un pintor llamado Ernst enseñó a Fini algunos bocetos. en un mundo desconocido. —Pero diga algo —le rogó. importantes. con el silbido de la nostalgia y con la amplitud del cielo. Fini ya no sintió el aire transparente y fresco de la noche. durante toda su vida sigue siendo una persona pusilánime e insignificante. Mezclada con las personas mayores e inteligentes se sentía aún más sola que en casa. De todos los ámbitos del mundo maravilloso. las mujeres y toda la ciudad. inexperta como era. impersonales.

habría resultado muy tonto. En tensión el cerebro montaba guardia. un regalo recibido en un momento en el que se habían abierto las puertas de una vida nueva. Le hubiera gustado salir y alejarse. Tenía mucho calor en aquel rincón.BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH 13 desnuda. Escuchó a una enorme distancia la voz del dueño de la casa. nuestras criaturas vivas. sin el hule. se acurrucó en una silla redonda. todos los objetos que hemos guardado cuidadosamente como si se tratara de criaturas vivas y en los que pensamos a diario en la oficina —cuando nos dicta el doctor Finkelstein y cuando desconcertadas nos encontramos frente a la desconcertante centralita marrón. con toda la melancolía de lo que florece en vano. pequeña. Abrió la boca un par de veces. triste. sobre el tablero desnudo de la mesa. Fue como volver a una patria devastada. en la calle. Fini lloró y se avergonzó de tener . Como si fueran pequeños pájaros a los que un poder despiadado sacudiera fuera del nido protector. a pesar de su feracidad. hasta que en una ocasión en la que no había nadie en casa aquella lámina fue a parar al escondite secreto que nadie conocía. se llamaba Ludwig y llevaba una chaqueta de flores con botones de madreperla. donde también se extendía el papel de plata. expuestos de manera escandalosa a la mirada desvergonzada de la madre y a su mano cruelmente destructora. extraña y maravillosa. Uno de los bocetos de Ernst representaba a una mujer caminando por un angosto sendero entre amplias praderas y campos. aunque sabía que haría el ridículo frente a su hermano y frente al indulgente desdén de la madre. Una noche Fini volvió a casa y vio el tablero de la mesa desnudo. las postales artísticas y las tiras de seda de alegres colores—. en la que no podía apoyarse por culpa de su vestido azul oscuro. un tesoro inestimable. como un pájaro con las plumas apelmazadas. Su voz sonaba como un oscuro violonchelo y Tilly podía tutearle. Las chinchetas brillaban formando un pequeño montón. pero no se atrevía a levantarse. cuando repartimos las cartas. que era músico. Así de cerca se sentía ella de la gente. bajo el hule fijado con chinchetas. Le pareció como si aquella mujer hermosa y delicada fuera ella misma y como si su estrecho sendero entre interminables praderas verdes fuera. las importantes cartas dentro del libro de tapas verdes—. retuvo el papel agradecida. Desamparada. Envolvió el dibujo en un papel de color marrón. Y así de feliz. De cada una de aquellas bagatelas perdidas pendía un trozo. en la que habitaba un enemigo. hermoso y liso. Los últimos restos de postales artísticas y el boceto de la mujer caminando entre melancólicos campos en flor estaban hechos pedazos. dando la espalda a la pared enlucida. pero no pudo. y que de ese modo llevaba al papel lo que veía y le gustaba. son descubiertos y sacados de su seguro depósito. nuestros preciosos objetos se pierden en el confuso desierto de los muebles apartados a un lado. Habló él. pero una palabra medio pensada se le quedó en la lengua. Fini no escuchó todas y cada una de sus palabras porque pensó que ella también tendría que decir algo. Así estuvo durante tres días contra el forro de su pequeño bolso. un buen día. nuestros consuelos y nuestros secretos. que brillaba a escondidas. en el que hacen limpieza en casa. Nadie en el mundo entendía lo que había perdido: el magnífico boceto con la mujer paseando. VIII Todos los pequeños secretos que durante meses de soportar un trato severo hemos ocultado frente a la brutal intromisión de unas manos indiferentes —los pequeños y queridos botones de madreperla y el papel de plata prensado. temiendo que se le escapara algún sonido ridículo. Todo un mundo construido con amoroso esfuerzo yacía hecho pedazos. y aunque no había ninguna relación evidente entre el camino de aquella mujer solitaria y Fini. y Fini lloró.

. Y con los últimos restos de su anulada delicadeza se molestó en acallar al hermano y a la mujer que profería maldiciones. conteniendo el paso de sus rápidos pies. y la saludó haciendo una profunda reverencia. teniendo presentes las buenas costumbres y el deber hacia una madre. hasta parecer un vals. y dedicó al padre. a las cintas de seda y a la mujer que caminaba entre praderas y campos. Y al mismo tiempo lloró por tener que ocultar el valor de lo que había perdido. No pudo ocultar que llevaba el libro de tapas verdes y en su interior las importantes cartas. Lo que hubiera detrás de los árboles. Entonces le rogó: —¡Vamos a dar un paseo! Y Fini se marchó con su padre por las calles ruidosas. Por la tarde únicamente se atrevía. en oleadas que oscilaban de una manera particular. Sólo había una persona que tal vez la entendiera. Y el vigoroso ritmo de una conocida marcha se desplegaba en la oscura avenida. Sus dedos encallecidos temblaron un poco y se posaron sobre los de Fini. por donde había parejas sentadas y florecía el amor. El parque estaba distinto. que no se cansaba de hacer limpieza. con cierres metálicos. Ni lo que sucedía bajo la narcotizante claridad de las farolas. de aquellos rayos de plata que se habían quedado de pie y que sumían el camino hasta la siguiente luz en una noche más negra. el pintor. IX Una vez. Desde aquel día Fini quiso a su padre. Fini no lo veía. como sólo se saluda a las grandes damas que pertenecen a la clientela noble del doctor Finkelstein. —Hago recados —aclaró y dejó que el pintor la esperara ante las casas en las que ella iba entrando. que cojeaba. De pronto Fini notó su mano dura sobre el hombro. Después él dirigió sus pasos a través del oscuro parque. más espeso y más oscuro. anestesiaba la martilleante inquietud que sentía por culpa de su negligente retraso dando unos pasos diez veces más rápidos. todo el amor que había dirigido al papel de plata. apareció Ernst. que oía con los ojos. unos ojos llenos de sabiduría y de compasión. creciendo y decreciendo. el sordo. secreta. sobresaltada por la impetuosa cadencia de las campanadas del reloj de la torre. Después. El deseo de tener una pequeña caja propia. para ganarse el dinero de las entregas. un cálido hogar en aquella casa fría. Le dijo unas palabras amables y se sentó con ella en el rincón. donde los cisnes blancos nadaban en el estanque azul. prisioneros en el mundo de la madre y del hermano rabioso.BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH 14 que llorar por cosas de niños. en el borde del baúl grande. Su defecto era singular: su sordera desapareció y él escuchó los deseos más profundos con toda atención. como si llevara a un niño. a pasear por la gravilla de los caminos y contemplar con asombro la riqueza de los parterres de flores. Se mostró maternal. que se fueron oscureciendo poco a poco. más cálido y amable. Los dos se sentían amargados. entre la Audiencia Provincial número I y la empresa Marcus & Hijos. Dieron un paseo y se sintieron a salvo frente a la zarpa de hierro de la madre. Por primera vez Fini caminaba de noche y con un hombre por el parque que sólo había atravesado a plena luz del día. El padre. cuando sobre los bancos los durmientes bebían el sol. El deseo nunca satisfecho renació. un lugar que brindara un refugio. en el que poner a salvo lo más íntimo. Las melodías que venían de la terraza fluían amortiguadas entre los frondosos árboles y eran desviadas por el murmullo del viento nocturno. estando en la calle. el parque en el que su madre le había prohibido entrar. Su padre le prometió una caja así.

sacando punta a los lápices. en el césped y en el árbol. Abandonaron el parque por el puente blanco. imposibles de encontrar cuando uno los buscaba. De la centralita marrón con las confusas clavijas y los confusos cables. El padre le acarició la mejilla y se la mostró a su camarada. el deseo de tener hijos y el temor de sus días. los de estrías verdes. de las carretas y de los barriles apilados. De pronto. pegando sellos. allí está el padre. Fini soltó a Ernst y dio la mano al viejo. tintineando. sino con una amiga de confianza.. con las rodillas pegadas a la superficie de mármol de la mesa baja. Recorrieron calles interminables y cuando pasaron por delante de un hotel se detuvieron los dos un momento y sin embargo siguieron su camino. con los fríos cristales de sus gafas siempre brillando. Todo lo vertió en aquel oído atento. Vio cómo las masas de miembros rígidos cobraban vida en el creciente silencio de la noche. apretados el uno contra el otro a la sombra escasa de las bajas cubiertas y de los carruajes sin caballo. con el ala de su sombrero ondeante y su carpeta balanceándose amenazadora. El padre alzó lentamente sus ojos expectantes y la saludó con la mano. En la terraza del restaurante subieron unos magníficos escalones de mármol que parecían conducir a un trono. cuando. siempre dispuesto a arrollar. hasta el helado de vainilla de color amarillento que se derretía en unos tazones ligeramente redondeados. Sin duda venían los dos del hospital. De cómo le quitaban el aliento los dictados del doctor Finkelstein. triunfador. y de la traición de Tilly en la oficina. Bajo el torrente monótono de sus palabras incomprensibles se avanzaba como bajo una lluvia bendita. que habían resucitado. fueron por la silenciosa plaza del mercado. De los inútiles viajes que la madre hacía con el ferrocarril del oeste a Purkersdorf. en el nenúfar que por la noche se cerraba sobre el murmullo imperceptible de la superficie del estanque y en las cañas que sobresalían. con un camarada que tiene una sola pierna. caminaron en busca de un techo. Y el sonido de plata de una pequeña cucharilla que. De documentos desordenados. De las voces de las mujeres que se imponían penetrantes y pedían hablar con el doctor Blum. que habían cobrado vida. entre campos que florecían tristes y estériles. tétricas. de una casa para su amor. y sintió la circulación de su propia sangre en las piedras. bajo la luz de una farola. Se sentaron en un rincón apartado. el socio. y empezó a hablar como si no lo hiciera con el hombre que. asomando por una esquina. agazapados en el verde ennegrecido de los árboles susurrantes. La envió de vuelta con una leve indicación de su dedo índice. el eterno voraz. descansando sobre la muleta. aquel hombre terrible. que iban a parar bajo iniciales extrañas. Ella corrió hacia Ernst. De la . los de estrías rojas. un rostro que pudiera delatarla en casa. Ella hundía la cabeza y acechaba en busca de una cara conocida en medio de aquella abundancia de rostros. Le habló del dibujo perdido y del nostálgico dolor que sentía por la mujer que caminaba por la estrecha vereda. golpeaba contra el cristal. de un modo extraño. olía a tierra y a raíces. paseando en una dulce indecisión entre puestos en los que no había nadie. Olía como un animal. No dijo una sola palabra.BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH 15 Junto a Fini caminaba el hombre. los azules. De las misteriosas lengüetas que por misteriosas razones caían emitiendo un ligero sonido de queja. coronado de luces. como a una hierba amarga o una raíz del bosque.. que esperaba pacientemente. Entonces pudo ver a los silenciosos hombres de mármol. las calamidades en la oficina y lo opresivo del ambiente allí en casa. en los bancos. Por primera vez Fini vio unos monumentos llenos de vida. la aturdió por un segundo. Y lo que decía no tenía importancia. Escuchó el latido de su propio corazón en los objetos inanimados. no contestó a la mirada que le dirigió en busca de ayuda. el sujeto victorioso con la voz de timbre profundo. Criaturas sin patria.

en las que la vida se arquea inflexible. con el arrastrar de los pies de un mendigo. que pasaba volando entre ramas colgantes. por la carretera que ascendía los cerros. Estamos hambrientas y no sentimos hambre. de las cuatro paredes empapeladas de la oficina. La portera ya no acechaba maliciosa tras la barandilla. las puntas de unos dedos que se deslizaban veloces por la fresca redondez de su hombro y por el antebrazo. ¡cómo se extendía más allá de los muros. la ciudad y la casa. Han transcurrido años desde ayer. más allá. Avanzaban por entre las barracas de madera vacías. en los bosques! Se encontraban cada día a la escasa sombra de los barriles apilados por la noche. Siempre. de la maldición gris de los cuarteles. Nuestros pies están cansados y nosotras podríamos arrastrarnos kilómetros y kilómetros. sobre nuestras cabezas. aún ayer limitada a la estrechez de la calle. apilados junto al puente coronado de luces. Sin embargo. estremeciéndose con el eco lejano de los pasos de un policía que hacía su ronda. No volvieron a casa con el tranvía. Las pasadas semanas han quedado muy lejos. Se tendían sobre el musgo blando. aunque ya no excesiva. Ha refrescado en la tardía hora nocturna. cogidos de la mano. Había esperado. el padre salió por la puerta de la taberna vecina. Un escalofrío le recorría . entraron en la cocina. Caminando junto a un hermano que nos protege y que comparte nuestros secretos ya no nos sentimos perdidas. donde el doctor Finkelstein súbitamente perdía su ferocidad y la centralita marrón dejaba de asustarla. en sueños y al despertar. tan cerca como un día de fiesta lo está de la víspera. Quería pretextar un paseo en común a última hora. Subieron los dos las oscuras escaleras tropezando. nuestro temor frente al mundo. Ernst prometió nuevos bocetos y un encuentro en la plaza del mercado. al encuentro de la madre. X La vida. Era tarde. Fini sentía siempre la suave presión de una mano cariñosamente arqueada sobre su pequeño pecho. Envalentonados. Había esperado a Fini para salvarla y salvarse él mismo de las inquisitivas preguntas de la madre. donde se encontraban los barriles. atravesando las tumultuosas calles de la ciudad. estrechamente abrazados. Y la oportunidad de echar un buen trago de aguardiente le había seducido. Cuando estaba sola y en casa.BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH 16 sordera del padre que de repente desaparecía y de la necesidad de fundar una nueva existencia. Un lugar discreto en el que nadie habría de encontrarla. asustándola con su bienintencionado mutismo. Hicieron el largo camino a pie. ha desaparecido. Un repentino y silencioso canto los estremecía. Escuchaban música. Han transcurrido años desde la última vez que volvimos a casa solas. Por los caminos en cuesta se mantenían abrazados. Dejaban la ciudad con el tranvía. Nuestro temor a volver a casa. siempre dispuestos a montar un campamento amoroso en la divina indigencia de una barraca. pero no tenemos frío. Legendariamente olvidado el tiempo de nuestra soledad temerosa. A menudo sus cuerpos estaban muy próximos el uno al otro y ante ellos se encontraba la unión definitiva. pegados el uno al otro en una estrecha fila. que daban sombra. acariciado por unas lilas de color azul oscuro. y sin embargo religiosamente pasaban de largo ante las mesas desiertas y los sacos fláccidos. percibiendo el olor de los pescados que allí se vendían y el de las cáscaras de cebolla que habían quedado en el suelo. en la oficina. por delante de la verde bendición de las granjas. Ambos pecadores conocían sus secretos. con el ladrido de un perro. rodeados de gente y solos.

Apretando delicadamente con los dedos alisó un papel de plata impreso sobre el borde de la cama. enigmática. como de herrumbre. Los tranvías habían tenido que quedarse parados durante horas. y en cada tono que surgía de él dormitaba el siguiente y el próximo. que no era comparable a ninguna voz de la naturaleza. —La música —dijo Ernst— contiene todos los sonidos del mundo de los hombres. oscura. una sombrilla japonesa de papel de colores y la blanda pluma de un gallo que acariciaba a menudo y que tenía reflejos pardo rojizos. Fini metió nuevos bocetos y otra mujer paseando por un solitario sendero entre melancólicos campos floridos. la gente sufrir desmayos inverosímiles. como un silencio enorme puede arroparnos antes de que perdamos el sentido. Tampoco oyó la desagradable pregunta de la madre y la mentira le salió fácilmente. a un demente que. una patria secreta. Los arcos de los violines. cerrada y benévola.BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH 17 a uno la carne desnuda y esperaba que aquel tono dulce se repitiera. La respuesta la recibiremos por correo. nos presentamos y tenemos que esperar varias horas antes de que. Por fin tenía la caja.. al que en plena calle han tenido que poner una inyección. Volvió a casa. ni notó la peste de las crías de gato. El domingo la sacó del rincón. tensos como la seda. que los cubría. No sintió ya ningún temor al pasar por delante de la portera siempre dispuesta a gruñir. El padre mantuvo su promesa: la hizo él mismo. entre otras muchas candidatas. El órgano daba nueva vida a todos los demás instrumentos. Pero más fuerte que el contrabajo y que aquel violonchelo de un violeta oscuro. pero ya no se encogió asustada al atravesar la puerta que. el gran Dios. acarició el triángulo. por la noche. Sin ningún esfuerzo imaginamos a un jamelgo caído en el suelo. no podía por menos que producirse algún choque. que después volvían a pisar. el que acababa de desvanecerse y el que resonaba largo y tendido.. con una humilde y amorosa inclinación de la parte superior de su cuerpo.. nos llegue el turno. y en un suelo invisible se hundían profundas las fatigas de los días atroces. La caja estaba debajo de la cama. se escuchaba eterna la melodía de la orquesta. desnudo. el canto de Dios. se abría bostezando. sobreponiéndose a los distintos sonidos. De la justa proporción de los movimientos surgía aquel cálido susurro. botones de madreperla y un alfiler de corbata que había encontrado. Pero aquello Fini no lo entendió. En los ruidos de la ciudad. se escuchaba al fondo la poderosa voz del órgano. Señor del mundo. atrapados en una combinación conforme a unas leyes y elevados a la categoría de lo sobrehumano. y dorados. más efusivo que el flujo aterciopelado de la joven flauta. En las ondas temblorosas del aire flotaban las palabras de una lengua jamás escuchada.. La aterciopelada corriente de la flauta y el grácil salto de una voz juvenil sobre las anchas espaldas del memorable murmullo de los acordes de fondo eran más hermosos que el canto de un pájaro. que lanzó una sonrisa de plata. a ningún canto salido de una garganta humana. Una caja marrón. Y cómo se enredan los complicados hilos de la narración cuando queremos. más conmovedor que el vasto redoble del bombo y que el pequeño y travieso tambor. y en el remoto rincón el hombre que tocaba el tambor. barnizada. animal. resplandeciendo por encima de los diferentes matices y reuniendo todos los instrumentos. Provocaba una ola tumultuosa. Fini aguardaba el momento solitario de antes de irse a . con una brillante cerradura de níquel. el cruel. ha trepado por un andamio. Seguimos la invitación de un anuncio. que resguardaba y se hallaba a resguardo. Ya no subió triste las chasqueantes escaleras con la barandilla en mal estado. amorosa y amada. el Hacedor. Nunca pudo mentir tan bien como cuando había escuchado música. el buen. se deslizaban hacia arriba y hacia abajo. Metió también cintas y banderines de seda. el Creador. sin que nadie la viera. el eco lejano de los bosques ruidosamente generadores y regeneradores. hechizando todo aquel hechizo. Era una patria en mitad del hogar.

amarillas. cuando venía la madre y dejaba un trozo de bizcocho que se comía la enfermera. aquella monja barbuda que en la sala de noche se arrancaba pelos de la barbilla ante el espejo colocado sobre la mesilla. Cambiada. La furtiva hermana de la caridad. un mal presagio. Frente a las preguntas solícitas en su casa no había más que evasivas y un sonriente recelo. —A todas nos tiene que pasar. Dos semanas después Fini acudió al sanatorio. que nunca fallaba. era una extraña. jamás olvidado. Los corredores llenos de enfermos con la ropa a rayas azules y los rostros de pergamino... Aún se acordaba de las tardes de visita de tres a cinco. acampaba sobre el césped verde del sanatorio y cortaba el paso. En el corredor se oyó una llamada y el paso ligero de una enfermera. Fini aspiró el olor de las lilas que traía consigo. el de la oscura voz de violonchelo.BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH 18 dormir. sediento. cuando viene a nosotras y cuando nos abandona. si supieras. no es posible describirlo. la que daba consejo y consuelo. Ludwig. Me rogó de rodillas y me hizo beber un dulce licor de naranja. XI Por esa época.. Ningún médico te hará abortar. la fuerte. La llave. —Pequeña Fini —dijo Tilly—. un desagradable insecto. ¡Tú también lo sufrirás! —dijo Tilly. Ahora ya ha pasado todo. un hombre con cuatro ojos y unas manos que tanteaban. En ella seguía vivo el recuerdo. extraño. el violinista de la chaqueta de flores. En el jardín cantaba un mirlo. despierta. Y la tapa se movía con facilidad en los goznes. La enfermera con la verruga en el labio superior. Tilly cayó enferma. las gafas subidas sobre la frente. Tilly estaba enferma. caerás enferma. pálida. Ya no era la amiga. Y si tomas jabón. la ausente. Tilly. No vendrá nunca. ¿Quién había sido? Ludwig. Cuando cedemos a la presión férrea de sus muslos y cuando. No vino cuando le escribí. la orgullosa. tumbada en la pequeña habitación. del hospital en el que estuvo ingresada a los seis años. cansado. Ludwig era un animal dañino. se levanta y con torpes dedos nos cierra el vestido. No supo cuál era la enfermedad de la amiga. Dudó mucho antes de tomar la decisión. Fini le había olvidado. cuando estuve a punto de morirme. El médico aún caminaba por sus sueños con la bata blanca. y se echó a llorar. Había muerto y estaba viva. vestida de negro.. Durante semanas enteras faltó la oreja infatigable. Tilly se encontraba en el tercer piso. sola.. El olor del alcanfor y del yodoformo. transformada y con los labios colgando. incurable. Ya no la amenazaba la muerte. Pequeña Fini. sin que pudiera expresarlas. cubiertas de pelos. con la escarlatina. ni las ventanas con rejas. Cuando te tocaba de ese modo. Incluso las más listas. cuidadosamente guardado. calientes. como se olvida un objeto viejo que descansa en el fondo de la caja. No le gustaba la atmósfera de las clínicas. De pronto cayó la noche.. Tilly le habló de su fuerza oculta. el oído abierto. si supieras. Las vivencias de tantos días se almacenaron. Todo estaba bien resguardado frente a la intromisión de unos dedos que exploraran curiosos. Un timbre . crujía dos veces en el reluciente y frío metal de la infalible cerradura. Tampoco viene ahora. imborrable. admirada. Ya no era la muchacha adulta. una fuerza frente a la que sucumbían las mujeres. El hombre es un animal. Y los enormes aseos con todas aquellas mujeres desnudas que tenían los dedos de los pies deformados y llenos de bultos. que cogió al sol por sorpresa. El hombre. una flaqueaba y quedaba a su merced. como si fueran articulaciones. segura. en el interior de Fini.

en la que los sueldos se actualizaban con regularidad y en la que trabajar resultaba divertido. Las lilas empezaron a oler muy fuerte. Ya no se quedaba desconcertada ante los cables de estrías de colores. Sobre los jóvenes médicos del hospital. Huyó a casa. la tarde entera. la rubia. exento del servicio militar. A veces venía el joven barón. A algunas de las chicas blancas las cogía por la barbilla. con un peinado nuevo. Parecía una extraña. de muy buen humor. en la modesta pastelería. Sobre Ludwig. subió las desvencijadas escaleras. Fini se marchó sola por las calles. ante las puertas doblemente acolchadas del jefe. Aun así sintió la suavidad del hueco de su mano sobre sus pequeños pechos. como cientos de jardines. Había muchos hombres. blancas. cuyas puntas se estiraron. sino con el pecho caído y la nariz más larga. seguían sentadas en un oscuro rincón. atravesó la oscura puerta de entrada. Fini hizo nuevas amistades. Y a ésta o a aquélla le regalaba flores. Y otros a los que uno se encontraba en el corredor. ruidosas y estaban repletas de chicas y hombres. Todo lo que contaba Tilly era extraño. el hombre. con muchas ventanas. XII Tilly buscó y encontró un nuevo puesto de trabajo para las dos en la oficina central. un animal cruel. De las calles lejanas llegó el sonido de una bocina. hacia la calle y hacia el hombre cruel. temerosamente encogida bajo la presión de la vida inflexible. Superiores a los que se temía y a los que era difícil ganarse. Llovía y Tilly contaba. porque el cabello se le había quedado ralo. terrible. Las instalaciones eran luminosas y amplias. rozada a menudo en el barullo de la ciudad por el brazo de un ser masculino. Y sólo en una ocasión se mostró locuaz. sonrientes. soleadas. Ya no pasó por delante de la nocturna plaza del mercado. donde los barriles negros apilados proyectaban una escasa sombra. transformada. campechano. No había nadie en casa. Sobre los tétricos anocheceres en casa y los eternos suspiros de la madre. Podía llorar sin que nadie la viera.BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH 19 repiqueteaba. Deprimidas. traían cosas maravillosas que uno no había vuelto a comer desde hacía dos años. las chicas salían corriendo. sonrientes y hoscos. mayor. bajo los inclinados rayos del sol. . Tilly volvió al cabo de unas semanas. donde esperaba Ernst. La pequeña Fini se apresuró hacia su casa. mientras llovía durante horas. ni sacaba punta a los lápices. alegres. que recibía bombones y que compartía su cajón generosamente surtido. con los labios muy apretados. al que se sometían todas las chicas. con los ojos llenos de lágrimas. a última hora. duras. Los oficiales que habían vuelto a casa o estaban de vacaciones. en la que uno se hundía como en el mar del olvido. por las que caminaban juntas. Ya no avanzaba sonriente por las calles. cuando entraba el doctor Finkelstein ya no se inclinaba diligente sobre papeles que crujían. hacia la noche. Las chicas se sentaban frente a las máquinas de escribir. Fini ya no se sentaba con miedo ante la centralita marrón. Sobre el despertar. con el destello terrible de los cristales de sus gafas. Sobre la anestesia. El aire no temblaba ya con los gritos del doctor Finkelstein. Con Hede. cuando uno ha creído estar muerto. apretadas. Florecían junto a las mesas como si fueran plantas blancas. Callada y bondadosa. Por la tarde. Y a cada una de ellas la estaba esperando alguno.

el hombre. Sonaba como un pequeño y aterciopelado trueno. Ludwig. retorcidas y con unos escalones de piedra desacostumbradamente altos. parecían no acabar nunca y llevar por el interior de una torre. Pero a usted la quiero bien. pegado a ella. Ludwig volvió a soltar una breve risa. que se arqueaba hacia arriba. ¡A Ernst hoy le han invitado! Todo lo leía en sus inocentes ojos. un hombre. Y pensó en Tilly. —¿Está usted enamorada de Ernst. una voz que sonaba como un violonchelo. un animal salvaje. desconocido. Si miraba hacia abajo por entre los barrotes de la barandilla. una tercera. Llegaban de un mundo remoto. subieron unas escaleras. junto a ella. que la llamaba. —¡No! —Yo estoy enamorado de usted —dijo él y la llevó por una calle animada. Los acordes de la música estaban lejos. Tilly es una tonta —añadió y soltó una risa breve y profunda. veía un pequeño sector del portal. recortada de un modo extraño. sino que se detuvo en el mismo escalón. Atravesaron el parque y en todo momento Fini temió encontrarse con Ernst. como se olvida un objeto que descansa en el fondo de la caja. No . Avanzaron por alamedas desconocidas.BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH 20 XIII Un día Ludwig estaba fuera. Es verdad que no siempre me he portado bien con ella. caminó al lado de Ludwig y pensó en Tilly. —Tilly le ha contado a usted cosas malas de mí. y Fini se sintió fatigada. Le hubiera gustado decir que era muy tarde y que tenía que irse a casa. Sin embargo. un agujero oscuro. con voz velada. El parque se había vuelto extraño. la ceja estrecha. que daba sombra. por la que tuvieron que avanzar muy pegados el uno al otro. —Vayamos al parque —dijo él. el pintor? —preguntó.. esperando. Se le nublaba la vista ante las escaleras que. Su brazo despedía mucho calor. despidiendo calor y. Llevaba la cabeza descubierta y su gorra enrollada en el bolsillo de la chaqueta. inquietante. A su lado por las escaleras avanzaba Ludwig. para ver su rostro. Ludwig ya no apartó el brazo. Fini se había olvidado de él. Su voz era tierna. la ceja triangular. Le gustaba oírla. Fini se detuvo y esperó a que él se adelantara o se quedara atrás. Notó el brazo de Ludwig y al mismo tiempo su mirada recayó sobre un banco escondido. tímida y un tanto ingenua. Ahora Fini tembló ligeramente en la penumbra del parque. Usted es joven. el hombre. Hablaba de nuevo dulcemente. pero no ocurrió eso. En él se hallaba sentada Tilly. De pronto se encontraron ante una casa. cuidadosamente guardado. —Está usted pensando en Tilly —dijo Ludwig. Fini no había escuchado nunca su risa. después una segunda escalera. Fini lo notó a través del ligero vestido. Aquél era Ludwig. Y. Fini se asustó y con disimulo buscó una calle lateral por la que poder huir. se desbordó. oscuras. benévolo. y se encontró con su ojo. —¡No tiene usted nada que temer! —dijo Ludwig—. Apretaba como una cadena y no hacía daño. Se dio cuenta de que estaba cansada y le rodeó el cuerpo con su brazo. como antes. En una ocasión miró de soslayo.. Extraño también el estanque y los nenúfares que flotaban sobre él. frente al que no había salvación—. Su miedo fue en aumento. No tenía experiencia y pensó cómo podría escapar de ser más ducha en el gran arte de la mentira y del subterfugio. Ya no se trataba del parque familiar.

se fueron elevando. inútil envoltura. Con gran embarazo. yace ante nosotras más pequeño y más insignificante que nosotras mismas. Ahora se veía el sol a lo lejos. Y las negras cabecillas de las notas se apoyaban sobre aquellas delgadas líneas como si fueran pájaros minúsculos sobre los hilos del telégrafo. de un violeta oscuro. Audazmente arqueadas. y no confortablemente acostado en una envoltura que lo mitigara. el animal. sin protección alguna. y los objetos en el estudio adquirieron un tono cálido. Vio partituras. como si afilara una espada con la que fuera a matar a Fini. De entre el confuso desorden del armario de cristal Ludwig sacó una esbelta botella de licor y dos delicadas copas que tintinearon suavemente. así de solo y de abandonado. Dejaba a su paso un dulce entumecimiento y provocaba un tierno balanceo de ondas luminosas color violeta ante los ojos amodorrados... y que toca armoniosas melodías. Su cuerpo se estremecía. a cáscara de naranja. Las notas sobre los grandes y duros pliegos de papel eran signos misteriosos. se vio a sí misma entrando en la blanca claridad del estudio. rojo. La música fluyó en oleadas de plata rizada que. Allí no resonaba una sola voz. sujetando el violín con la barbilla. bajo el cielo. como aprovecha un condenado el último espacio de tiempo que le separa de la ejecución. en la proximidad de Dios. No se encontraron con nadie. cuyo efecto fue como el de un ruido igualmente repentino. con esfuerzo. Y a Fini se le ocurrió pensar que debía de ser terrible. frente al que sintió respeto. Lloraba Ludwig. intimidatorio. algo parecido a los bombones rellenos de otra época. No sabía adonde la llevaba y ya no tenía miedo. Sólo había unos pocos a medio escribir. suaves. Sólo supo que estaba allí encerrada con aquel hombre que era peligroso. —¿Qué quiere que toque? —preguntó Ludwig. hundió la cabeza en su vestido y lloró. De modo que él comenzó con unas notas profundas. la ajada. próximo. Ella bebió licor. Era como si sobre ella se hubieran desplegado unos velos. dispersas. sin fin. Con dedos increíblemente diestros rozó el delgado arco que lanzó unos brillos blancos. que vive en un piso muy alto. Los botones se . Y un mundo confuso. separado de la cólera del cielo tan sólo por un cristal. Su dolor le dolía. Poco sabía la pequeña Fini de música. Tenía un sabor dulce. presenciar una tormenta. Ludwig lo dejó a la mitad y puso el violín sobre la mesa. bajo un techo de cristal. cayó de rodillas. Enseguida estuvo junto a ella y habló y la miró a los ojos. Y tras las puertas de las casas ante las que pasaban no se escuchaban señales de vida. los rayos y los truenos y el estrépito de la lluvia. Como somos tan pequeñas e insignificantes. La pequeña Fini no entendía cómo había ocurrido. como si mirara en un espejo. rebuscó en su pobre y olvidadiza cabeza la imagen de un programa de concierto en el que hubiera una canción que le gustara. Se hizo un silencio repentino. fuerte. Y nosotras no podemos más que aliviarle. tranquilizadores. Y antes de que se diera cuenta. Y disfrutó ese momento que le quedaba. sobre las mesas y las sillas. Había en ella un gran vacío y la sensación permaneció un rato.BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH 21 hablaron. ella guardó silencio y. por primera vez. dorado. Aquel licor sin embargo estaba desnudo. Sus anchos hombros temblaban. se expandieron las curvas de la música. Fini oía sólo su propia respiración y la de Ludwig. el hombre. apagándose tras los tejados. Fini aún escuchaba el sonido del violín que había enmudecido de repente y vio el cielo nocturno. No oyó los silenciosos movimientos de Ludwig. pero que por ahora la dejaba en paz. Escuchó el chasquido ahogado de una puerta y. sobre el tejado de cristal del estudio. que alumbraron la claridad. Así que fácilmente se nos caen los vestidos. Y pensó que al fin y al cabo le daba igual lo que tocara. nos duele el doble cuando un hombre importante. Ludwig vivía en un piso muy alto.

Un forastero en su interior. Ludwig la besó extenuado. atormentado por las mezquinas preocupaciones y las pequeñas deudas. Ludwig tenía un rostro distinto. Los trenes seguían silbando a través de la noche. el cielo arqueándose sobre la calle dormida. sin hacer ruido. negra. los gatos deslizándose. aunque a la vista. Entretanto las horas de aventura en el estudio se sucedieron una tras otra. Se acostaban con una regularidad implacable. estaba lejos. humilde y suplicante. Pero ya nada resultaba admirable. Era como un volcán apagado. extraño. animal. El secreto de los animales arrastrándose y de los manejos de los vecinos tras las cortinas pálidamente iluminadas había quedado al descubierto. Cuando estaba en casa. como un animal o a raíces amargas. Ante ella los días por venir estaban vacíos. excitados. El ajetreo de la calle era indiferente. Todavía estaba lejos. Y cuando se quitaba las gafas. doloroso. y unos cristales muy gruesos. perdido. la conversación con Ludwig mientras tocaba el violín. En nuestro interior triunfa la sangre. como el padre con la trompetilla. No sacaba las tintineantes copas del armario. relajado y sin luchar ya por la posesión conquistada. fundiéndose con su cuerpo y extraño. Ya no era aquella mujer paseando entre campos que florecían melancólicos. Fini alisó en el borde de la cama el nuevo papel de plata que había reunido y. turbador. que en vano esperó a la sombra mezquina de los toneles apilados por la noche. extraño. le hizo daño. miope y con poco pelo. que se estaba haciendo mayor.BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH 22 aflojan y se abren ellos solos. indolente y desmemoriado. Su voz perdió aquel tono cálido de violonchelo. Ya no olía de un modo extraño. sumiso. reseca. De pronto estaba cambiado. Vemos el rostro. pegados a las paredes. En una ocasión le contó que tenía que llevar gafas y se compró unas con la montura de concha. en casa. Y en su interior. . como el final de toda alegría gozada con moderación. Brusco. No podían ofrecer nada. con ojos desconcertados buscaba los objetos que tenía cerca y que sin embargo no era capaz de coger. Percibimos el olor. A ella le pareció como si le chupara el rostro con una lengua ardiente. sino un hombre solitario. Ni acechó los ardientes misterios de las casas vecinas. Y como un júbilo enorme. el hombre. Notó la presión de sus dedos. La vida ya no se extendía inflexible. Y Ernst. incandescente. extraño. Fini cerró los ojos. revolviendo entre los tesoros cuidadosamente guardados. sin esperanza. Ardiente. Ya no espió agitada el cuchicheo nocturno de los padres. terrible. La cabeza se nos vuelve pesada. XIV Por la noche. En la niebla. la fogosa respiración de él la recorrió. Y al levantarse les parecía insípido. cubierto de vello. que al apretar. la mujer caminando entre campos que florecían melancólicos. como habitaciones sin amueblar. sacó el dibujo. amorosa. el hombre la penetró. la mordió en los labios. Lo sintió en su interior. El grito ansioso de las locomotoras ya no llamaba la atención. Y Fini ya no caminaba temerosamente encogida bajo un yugo doloroso. cubriéndola. sin temor. Ludwig. tan sólo el eco miserable de unos pasos vacilantes. sintió su propio pecho en la cuenca cálida y envolvente de su mano. sin chaqueta. Dejó de tocar. a escondidas. caminando de un lado a otro en zapatillas. un animal agradecido. Poco a poco Fini regresó al mundo. roja. Más extraño aún en la proximidad. en la gruta secreta de su rodilla. Ya no era un animal cruel. ni la esbelta botella de licor esmerilada. Al final de aquel día acechaba el mal que le había ocurrido a Tilly. vemos el pecho del hombre.

Besó a Fini en los labios delante de la madre. y regresar cargado de dinero. Se quedó una semana entera en la cama. Los cigarrillos ya no le sabían bien. Con cautelosas palabras sonsacaron a Ludwig alguna información. miraba a los otros y no los alcanzaba. una persona no sometida ya a las reprimendas. —Quiero casarme contigo —dijo. En una ocasión trajo a casa un perro y al día siguiente el dueño vino a buscar al animal. los mandaba a casa. Su ropa estaba deshecha. el ser soltera. que no paraba de llorar. Dejaba sin hacer trabajos que le habían encargado. entre Ludwig y los padres. La madre intervino y supo decir algo sin importancia. Le era fiel y no tenía que aguardar el destino de Tilly. El padre bajó con él las escaleras y le alumbró con una vela. Le crecieron las uñas. dejando escapar un ligero sollozo. y ella no volvió. XV Aún no se hablaba de la boda. el jardín. Y cuando hablaba con ella. . Ya no recibía visitas. uno por uno. reanimado por una hora. remendada trabajosamente y amarilla. envejecido. posición. Sus ojos de corte triangular se hundían en las cuencas. No se lavaba. en el centro. A Fini se la consideraba una adulta. origen y domicilio. Al poco su cabello se quedó ralo. Con apetito y sus mandíbulas anchas. —Juntos volveremos a ser jóvenes —dijo él. Tilly encontró un amigo y no volvió a pensar en Ludwig. La sábana sobre la que yacía acostado. La madre abrazó a Fini y volvió a besarla después de mucho tiempo. Edad. Habló de los días de su infancia y de la madre. ni en la desgracia que había sufrido. Suspendió un concierto. porque había salido bajo la lluvia sin abrigo. Fini.BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH 23 A los alumnos. padres. no. Lanzaba besos fugaces al cuello de Fini. El destino de Fini estaba decidido. cansado únicamente de la vida de soltero. por la música. Aún no era un viejo enfermo. delante de él. Se olvidaba el sombrero y el paraguas. el ser una niña. Ludwig se había convertido en un hombre enfermo. pero estaba muy próxima. Fini le llevó a su casa. la plaza. mayor. Y la extrañeza creció en torno a ellos. viajar a un país desconocido. por los amigos. que todo lo trituraban. muerta hacía mucho tiempo. de las preocupaciones del trabajo y de planes de futuro. pobre y abandonado. rico. A los amigos los mandaba a la calle. A menudo subía las escaleras apurado. Se le reprodujo una vieja enfermedad de los riñones. Y Ludwig contó. y las volvía a bajar corriendo. Cada uno se encontraba en su asiento como encerrado en una bola de cristal. Quería montar una escuela de música. nacimiento. respirando con esfuerzo. Y tomaba bromo para dormir. Y nada cambió. Fini sacó de la caja los dibujos de Ernst y con la vela chisporroteando los quemó. el silencio se cernía sobre la habitación en la que estaban sentados. Al ama de llaves la acusó de robo. Se despidió tarde. Angustioso. dos veces al año. Los días estaban dominados por el ruido de las máquinas. comió los platos preparados a toda prisa. Pasó a ser de su propiedad. Habló de la guerra. Bebía café sólo para mantenerse despierto. Por la vida. con los que se había ganado la vida. Una voz en la casa. Los cañamones grises rodeaban su rostro. sus ojos recorrían impacientes la calle. cabizbaja. Y ella le llevó a su casa. Se acabó el ser joven. Por fin el padre rompió el silencio. La madre con una bata que se había echado por encima apresuradamente y el padre con la trompetilla colocada sobre la mesa. sino que exigía buen trato. Durante dos días Ludwig estuvo afligido a causa del perro. tenía fiebre y su barba creció.

El hombre nos resulta extraño. y a los astillados estantes. las ocultaba de la golosa mirada de Fini. La dulce música de lo desconocido se había disipado. ahogaba en la garganta la pena que iba acumulando. Ansiaba un helado escurridizo. que había adoptado unos ademanes perezosos y que ya no escuchaba una sola respuesta. Le hubiera gustado contar cómo se veía ahora el mundo. guardaba tabaco y cigarros que jamás fumaba y que nunca ofrecía. Se trataba de una entrega desoladora. En los escaparates de las pastelerías les atraía la masa rellena de merengue. Ríos de lágrimas no derramadas. Acaparando tesoros. Las lágrimas mojaban. un mundo sin misterio. compradas previsoramente hacía tiempo. A la vuelta de cada esquina por la que teníamos que torcer aguardaba una aventura. llena de secretos. él tenía que sentarse. Tallaba cazoletas de pipa. Ahora nuestra esperanza se ha extinguido. Las reservas de chocolate. Fini hacía una ronda. mientras él hablaba con otras personas. acumuladas. Entre los atriles. No era un pecado robarle algo. mientras él se encontraba agachado en aquel taburete bajo tallando una cazoleta. amarillento. entre tapas de cartón. Ludwig volvía en sí. acumulados en un rincón. Entonces. muy arriba. Nuestro breve trayecto ha concluido. Y amontonaba papel de plata en densas marañas. derritiéndose en una delicada copa redonda. Lo conocemos todo. despabilado de improviso. La mezquindad masculina y el rostro amargo de nuestro propio futuro. veía que se le habían caído los párpados y que daba los últimos toques a alguna de sus cazoletas con el cuchillo que tallaba por su cuenta. La luminosa amplitud de los días que se extendían inagotables había palidecido. como la fiesta de cumpleaños de un moribundo celebrada entre espasmos. bajo los paquetes de partituras que amarilleaban. Acosado por el asma. seductor. En otro tiempo. A veces caminaban uno al lado del otro durante toda una media jornada por calles interminables. Tabletas pequeñas y grandes. se acostaban juntos en el sofá del estudio. pero no lo hacía en las sillas verdes del parque en sombra. El sonido agradable. Y si echaba una mirada temerosa hacia el rincón en el que Ludwig estaba atareado. Esparrancado. se subía veloz a las sillas. acurrucado durante horas en un taburete bajo. bajo un sol despiadado. Y la acogedora calidez de la juventud se había enfriado. Fini lloraba mientras hablaba. Fini estaba hambrienta. Dolorida. y le despertaba. sobre el armario cubierto de polvo.BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH 24 Fini ya no tenía a nadie con quien hablar. cada una de ellas tenía el rostro de Fini. El principio y el final. la mojaban por dentro. Y de vez en cuando. mientras sus sentidos dormían. sin temor. silenciosa. Almacenaba telas ordenadas por capas y envueltas en crujiente papel. Hambrienta recorría la ciudad con Ludwig. Lloraba hacia dentro. Cuando en ocasiones veía pasar por delante a otras mujeres que empujaban a hombres mutilados sobre carritos de tres ruedas. de la vida que despunta. vigilándolos celosamente con la aguda mirada de un perro. apiladas en el armario. acompañada de un llanto secreto. . mostraba los botones del pantalón abiertos y en las botas extendidas hacia delante un cordón atado con muchas vueltas. Fini observó. por las que había que pagar. Cada día se vuelve más extraño. en el banco lleno de polvo. se recolocaba el chaleco y con los dedos estirados recogía las virutas y los recortes y empezaba a hablar de viajes a un país desconocido y de soles que brillaban eternamente. esmaltados de blanco. se robaba uno a sí mismo. ¡cuan excitado estaba nuestro corazón palpitante! Y la calle por la que avanzábamos. un paisaje sin colinas que oculten la lejanía. o quizá dos. Por los caminos que transitamos no hay más que un silencio sin límites. que chasqueaban. Una vez a la semana. algunas amarillas de tan viejas. sin esperanza. sino fuera. para adornar las cazoletas. dulce y con brillos tostados.

por la que sólo . la voz de Rabold. XVII En una ocasión oyó hablar a Rabold. Se les hizo tarde. en una plaza amplia bajo la bóveda de un cielo azul. como en otro tiempo. Ajena. Insignificante y ajena. Tenía que haber subido los incontables y estrechos escalones que conducían al estudio. Y ya el oído pescaba alguna que otra vez el insulto no amortiguado de la madre. En ella resonaba la voz. con el tranvía. los días venideros. Permaneció mucho tiempo entre aquellas personas. Salieron de la ciudad. brillantes. como una campana que emitiera palabras de bronce. rodeados por el canto de los grillos. Al padre se le presentaron algunas oportunidades. sobre el rocío que cubría la hierba. una flor melancólica. Y un otoño. Fini ya no caminó bajo la suave lluvia de sus amables palabras. llevado por un tifus tardío. Sólo su voz. en la plaza del mercado. El sentido auditivo mejoró. a pesar de que Ludwig le había comprado una rosa. La guerra había terminado. se convirtió en un pedestal y en un trono. como un césped jamás hollado. Pero. pegada a la pared. El tío murió de repente. clara y cantarina. Ante ellas. Se citaron. después. Rabold también. audaz. Fini se iba al Prater y se sentía como alguien que en el último momento se recupera de una larga y agotadora enfermedad. Fini pasó los grandes acontecimientos por alto. subyugó a la plaza. tarde. apretujada entre personas que escuchaban atentas. bajo las ramas colgantes. sobre aquel haz crujiente. como si alguien la empujara. Otros. después de la cual en modo alguno se puede volver a tener una vida plena.BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH 25 Por aquella época llegó una carta de Ernst. Entraron en una posada. torció por una calle lateral. Pero en cuanto él se subió. Poco a poco aquellos ojos distantes regresaron al presente. Y un invierno. Apretada entre personas que escuchaban con atención. volando. Los recorridos que merecían la pena quedaron libres. en el mismo lugar. XVI Dulce y cálido pasó el verano. Quería volver a verla. Todos los oradores hablaron sobre el techo del mismo automóvil. como hacía semanas. tiene uno que conformarse con un corazón que palpita de manera insuficiente y con unos miembros que exigen consideración. Avanzaron en silencio por la carretera en cuesta y se tumbaron al borde del camino. el orador. En su decimonoveno cumpleaños en el mes de abril no tuvo más remedio que llorar. de noche. como si los cielos inalcanzables se hubieran aproximado para delimitar la calle y la hubieran aislado del barullo inusitado de los despreocupados vehículos. cantarina. Por delante de nosotras avanzan las chicas jóvenes. Las prímulas brotaron en los bosques que exhalaban vapor. que empezó a perder los pétalos de fuera como si fueran pesados ropajes. Y todas las voces se extinguieron en el espacio sin límites y quedaron ahogadas por los ruidos casuales de la calle. para sostener a un rey. Las preocupaciones del mundo son demasiado graves para nosotras. Fini esperó la mañana con los ojos abiertos. Unos hablaron antes que él. Comedido. Se quedó incluso cuando se marcharon. frescos. Les dieron una habitación y un lecho de paja. aún sin marcar por el amargo regusto. esparcidas por el viento nocturno. se encontraba la pequeña Fini. La presión de su mano resultaba extraña.

fachadas torcidas y muros cimentados unos sobre otros. En una ocasión Fini recibió una carta. un dios para la mujer terrenal. el hombro amado. Todo deseo. la cálida y peluda cavidad de su brazo que la abrazaba. hasta que ella se aproximó. estaba muerta. Siempre había en su interior tiempo y espacio para el desconocido. En ella vivía Rabold. en la que metía la cabeza. esperando. De cuando en cuando él le escribía una carta a un apartado de correos. siempre nuevo bajo mil apariencias distintas. Habían encontrado su escondite. Otros. vivía en ciudades desconocidas. Estaba lista. Desconocido. bajo sus pies. felizmente resucitada en el mundo de Rabold. para llegar hasta él. al que conocía. que vino a ella. viajando de una ciudad a otra. Rabold. El dolor sobre el que leyó era un dolor ajeno. caían ya las primeras nieves. Fue la palabra que él pronunció lo que la hizo acercarse. La caja de cartón atada con varias vueltas la puso. sofocado. El amoroso mordisco. XVIII En la oscuridad del atardecer. se arracimaba frente a la única ventana de su habitación. Vivían en la miseria. Fini. su rodilla cansada en el sueño. siempre pobre. Que le perseguían y que vivía bajo un nombre ajeno. Una vez recibió una palabra fugaz en una postal. En otoño. pero una hora era suficiente. Sentía su cuerpo antes de dormirse. Viajaron por ciudades pequeñas. tras aquella juventud consumada de un modo amargo. Por la noche lo alcanzó y se hundió en su cama. se marcharon a la gran ciudad y vivieron un invierno seguro en una habitación caliente. las prostitutas y los asesinos. Fini se escurrió hasta la estación.BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH 26 caminaba un hombre. Sus días. El milagro se cruzó en su camino. Volvió el verano. No le importaban las lágrimas de la madre. En la sala de espera escribió un par de cartas. en la carne turgente de su pecho. sus noches eran un sueño. Servidor de un poder riguroso y alejado del engranaje de esta vida. Rabold se detuvo en el centro. Hombres resueltos. Acudieron amigos a verle. la infeliz. Creyó que había exclamado su nombre. en ella. Ya sólo la separaba de él un paso. arriba. en torno a ella vivía . No sabía su nombre. a unas seis horas. tuviera que taladrar el círculo de silenciosos pensamientos. La inquietud que la corroía había quedado aplacada. Fini lo adivinó todo. Rabold no vivía lejos. con la mirada dirigida hacia ella. perseguido por los alguaciles. siempre huyendo. Perseguidos. Le pareció como si. cuyo nombre no sabía y para el que ella misma había inventado uno. Y se quedó quieta. Así creció la pequeña Fini. Caminaron por callejones tortuosos. Y supo que a partir de entonces él colmaría sus días. ardiente y extraño. todos sus sueños. A casa y a Ludwig. La torva maraña de tejados. muy intrincados. En la boca llevaba el beso nocturno de sus labios. temerosa. que dormía junto a ella. Ella se acercaba tres veces al día a la ventanilla. afortunados. Mañana seguiría su viaje. No supo cuál era. Ponía algo acerca de las lágrimas de la madre e incluso de las del padre. Por la noche se sentó en el borde de la cama y ocultó la postal en el fondo de su caja entre el papel de seda y la cajita con los botones de madreperla. junto a edificios en ruinas. Junto a ella. Rabold. en el barrio poco seguro de los pobres. alto y rodeado por un círculo de pensamientos y de silencio. Hasta allí llegaba el aullido de las sirenas de las cercanas fábricas y el griterío incomprensible de un mundo vecino. Lo suficientemente tarde. fugitivos. soleando los atardeceres y los caminos.

Morir aquella noche. Seguro que estaba muerto y había encargado que le trajeran dinero. Deploraba los pasos que se apagaban como si fueran el eco de una felicidad que desaparecía. Se marchó. a su vida. con ella. Festoneado por los tejados. ¡Está muerto!. con el cabello revuelto y los ojos enrojecidos. a su cuerpo. De las ventanas abiertas llegaba el alboroto de los niños vecinos. No había ninguna carta. Arrojó los billetes en el costurero y reflexionó. se fue hundiendo. tal vez encontrarlo en alguna calle. llegó hasta el río y siguió su curso. Se acostaba tarde. No tenía ninguna imagen de él. helada y vacía. un vacío infinito. XIX Pero se despertó. Abandonó la ciudad. a la espera. Con las rodillas temblando. convincente. El lecho estaba frío. pensaba de pronto. ponía la mejilla sobre ella y se dormía. se asustaba porque junto a ella no había nada. Entonces Fini se sentó en la orilla. El sol estaba alto.BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH 27 Rabold. con un movimiento leve de su mano y una calma total en su brazo y en el cuerpo. Vino un amigo y trajo noticias de Rabold. Fini no necesitaba nada. por las anchas avenidas. En el calor que tímidamente comenzaba. porque la bufanda aún estaba caliente. la ceja que se arqueaba sobre el ojo izquierdo. Llevaban . se acurrucó sentada sobre un cajón. un poco para ella. sin llorar. por escaleras de color púrpura. No podía haber muerto. En alguna parte encontró su bufanda. el arranque de su nariz. se dormía. Se fue al centro de la ciudad. hacia el cielo. habría escrito. bebía las amables palabras que él escanciaba. y se despertaba. para estar segura al menos de que había vivido. era de él. saludada por el sol y por la atmósfera benéfica del sonriente día de marzo. la contemplaba largo y tendido y repasaba cada uno de los trazos de las letras pergeñadas a toda prisa. escrita con tinta fresca. sedienta. más arriba. sacaba del armario una postal que él le había enviado en una ocasión. fluyó desde el cielo hasta el río. esperando que se tratara del cartero. Fini deseó morir. desengañándola. seguro. Por el día escuchaba los pasos de las personas allí fuera. Y le embargó el temor de que pudiera olvidar este o aquel rasgo del rostro amado. De cada rincón emanaba el vacío. A cada instante cerraba los ojos doloridos —había en ellos un llanto no llorado— y veía su rostro. su hombre. Un día Rabold se marchó y Fini se quedó en casa. En la hierba cantaban los grillos. se bajaba de la cama para encender la luz. escarlatas. Sólo enviaba dinero. envuelta en el abrigo de fino forro. Ya no vivía. la ligera curvatura de su nuca y la forma que tenía de coger las cosas. Y. Aún olía a él. sin descanso. Los últimos pasos de la medianoche se extinguieron en la casa. Fini seguía sentada. por nubes doradas. rodeada de personas apresuradas. No encendió la pequeña estufa de hierro y. de modo que ambos enrojecieron. desvelada por el incansable gorjeo de un pájaro madrugador y por el canto del hielo derritiéndose sobre el alféizar metálico de la ventana. Ya no deseaba nada más que ver la amada redondez de su letra. Cuando los pasos del cartero se apagaron. esperar a su hombre allí fuera. pero le pareció como si caminara lejos y arriba. Llegó la noche. Fini decidió salir. frescos. Caminó con pasos enérgicos. el cielo allá arriba se veía azul. cual mensajero que anunciara que la primavera había llegado a la ciudad. como ayer. Se oían las notas de una flauta nocturna. Un viejo pescador estaba de pie. Parecía como si hoy fuera a llegar una noticia de Rabold o como si fuera a venir él mismo. Si no. A primera hora un organillo se metió en el patio. En la oscuridad de la noche veía el brillo de sus ojos. Era suave y agradable. Se la llevaba a la cama. Con las rodillas estiradas hacia delante caía de pronto en el vacío. junto a ella. Quién sabe.

No necesitaba trepar hacia lo alto. Sólo ahora la embargó el cansancio. esperando a la entrada. ¿Le habría enviado Rabold para que la recibiera? Le hizo una seña con la cabeza. Apareció en el informe de la policía. Y aun así no la sentía. No sentía el hambre. Nadie supo que quiso ir al cielo y se cayó al agua. Se hallaba en sus entrañas. se hundió. El viejo creció y se quedó de pie. Se estrelló contra las blandas escaleras de unas nubes doradas y de color púrpura. su cuerpo hinchado. Tenía nenúfares y plantas verdes en el cabello. Porque se necesitaban cadáveres. Nunca más alcanzaría a Rabold. le atenazaba el corazón. . pero no pudo. La boca. Se aceptaban también los hinchados. fue a parar a la sala de disección. Estaba dulcemente acostada en la orilla y le parecía flotar. ocultándola a las miradas del mundo. No notaba el cansancio de sus pies. se escurrió. Él se encontraba de pie y esperaba. Tres kilómetros más allá la encontraron. Tenía los brazos abiertos para recibirla. que no supo determinar los motivos del suceso.BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH 28 hacia lo alto. entreabierta. Creyó que se había resbalado sobre una nube y quiso ponerse en pie. como un sirviente respetuoso. Entonces tocó la hierba húmeda. pero la devoraba. ¿Por qué no venía a ayudarla? Se cayó al agua. Su cuerpo yacía en la morgue. hacia Rabold. Unas escaleras hechas de nubes la llevaban. se hundió y la corriente se la llevó. Como una sombra lejana vio al viejo pescador en la otra orilla. dio aún un ligero grito. Quiso acariciarle.

una iglesia. colillas. La chimenea de una fábrica. Sentí entonces compasión por el niño en el tonel. Una madre bañaba a su hijo en un barril. Sus ojos saltones miraban afectuosamente la Plaza. se acercaría a la ventana o a la puerta y sacudiría las migas en el pequeño jardincito. la niebla se acumulaba como plomo fundido. y toda clase de desperdicios. una fuente de agua. eso sí. resultaba inquietante a pesar de su delgadez y semejaba un faro abandonado. El único carruaje del lugar aguardaba. A veces. de noche pasaba siempre la escoba. despuntaba una arcada gótica entre las nubes. Los ventanales amarillentos del iluminado Ayuntamiento se suspendían en el aire como sostenidos por una cuerda invisible. Yo era muy chico y odiaba a mi abuela. casi como cantándole al cielo. o la sensación de espera que flotaba en aquella noche de abril los mantenía a todos . Las plateadas siluetas del pueblo se extendían sutilmente por la niebla dispersa. en pos de rescatar un palito antes de que se sumergiera en la fosa. por el muchacho que halaba de la bota. audaces. O en este pueblo todos se iban a dormir muy tarde. sus comentarios y el carruaje por igual resultarán tan risibles e insignificantes. ante la Estación. que me azotaban la piel. los hombres. chueco. me asomaba por la ventana. debía ser un pueblo muy pequeño. pero que poseía. cargando baúles y revoloteando sombreros. emergida súbitamente junto a una esquina de casas blancas. Escuché lo que se decían unos a otros y pude presentir la pobreza de sus destinos. el recipiente tenía un feroz y lustroso ceñidor de hojalata. cuando llovía. eran las que prefería. con aroma a carbón. a jazmín. un burgomaestre y un carruaje. Yo solía correr alocadamente por las calles aun con las lluvias torrenciales y furiosas. la bota estaba embarradísima. girar displicentemente. Una vieja mujer barría con la escoba los tablones de las barracas. Por las olas de los innúmeros torrentes pluviales un palito podía nadar. me decía. Mostrábanse tranquilas y confiadas. bailar. con manchas medio rojizas en los cascos y desprovisto de anteojeras. a ambos lados de la calle. un Ayuntamiento. * Vi mucha gente aquella noche. historia de un amor April. y pude adivinar su próxima tarea: recogería el mantel azul y rojo de la mesa. ladeaba la cabeza como alguien que se apresta a estornudar. Die Geschichte einer Liebe (1925) La noche de abril en que llegué estaba nublada y lluviosa. Al relinchar. El caballo era color pardo. Monté en el vehículo y contemplé a los hombres en la calle. listo a tragárselo. Unas eventuales personas acampaban a las lindes del camino: avanzadas de la ciudad. Fina y sinuosa. la estrechez y la tenuidad de sus penurias. Ese mar a ambas orillas me parecía real y su quietud de veras e intrigaba. y me gustaba en cambio jugar con pedacitos de papel. odiaba la escoba. y yo hasta casi podía ver en su interior. polvoriento e indiferente. la pequeñez de sus existencias. Antes de que mi abuela barriese. sin sospechar que más adelante lo esperaba el desagüe. Las mujeres de cierta edad que limpian incluso de noche no han de ser buenas: mi abuela. Por sobre los campos. dando la sensación de un horizonte de mar e infinitud. e incluso por las migas de la mesa. que hacía chillar al niño. Acaso está muerto. que se parecía en todo a un perro. Lo que más me agradaba eran los palitos: de todas las cosas del mundo.BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH 29 Abril. Un hombre sentado en una litera se hacía quitar una de sus botas por un joven de rostro enrojecido y tenso. a fragantes praderas. juntaba todo lo que estaba tirado en el piso y me lo metía en el bolsillo. de allí que los sombreros. En torno a la estación ferroviaria soplaba un viento dulce y seco.

La borrachera le duraba bastante y lo tenía a los tumbos durante tres días por los muros del pueblo. ¿Para qué lo tienen ahí en lo alto. el cartero. un obispo de piedra en actitud alerta. tan sólo dos veces al año: en su cumpleaños. Anna. Tenía manos gráciles y vigorosas pero un poco temblequeantes. tan frescos y tersos se mostraban en su rubia humedad sus mechones de pelo.. Sólo los amantes. Sabía que el cartero renqueaba desde pocos días atrás y que no era rengo de nacimiento. En el hotel en el que me alojaba olía a naftalina. la encargada. Así que por tres días los lugareños no recibían correspondencia ninguna. era por demás humilde. Su rostro era tan blanco y terso. ni siquiera se abstienen de revelar secretos o cometer delitos en su presencia.BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH 30 muy despiertos. pues incluso en este lugar los vivos tenían sus propias historias. Anna tenía por entonces veintisiete años y usaba una rubia melena prolijamente alisada. y la verdad es que en esta estación por lo general me tienen sin cuidado los obispos y los fundadores. Le pasan por adelante y no lo saludan. El ingeniero se había casado y le había dado a Anna algún dinero para el niño y para los viajes. Le prometía aquella noche recabar todos sus datos históricos. cual si fueran en sí mismos un destino: dichosos o desdichados. Era oriunda de Böhmen y amaba al ingeniero. El pobre bebía poco. todavía? De veras me daba lastima el pobre obispo. Y además era primavera. siempre lucía como si acabara de ponerse bajo un chorro de agua.. que era el quince de abril. Y Anna había tenido un hijo con el ingeniero. pero de ninguna forma indiferente u ocasionales. que se había suicidado en la gran cuidad. por eso ahora renqueaba. ubicado tras el depósito. hacia el quince de abril. de hecho. tal vez no eran más que borrachos. se había tropezado y se había torcido un pie. En los pueblos pequeños la gente no sale porque sí a pasear de noche. jamás se vaciaban. Creo que los lugareños lo dan por muerto y sepultado. Y esa no era la única historia. borracho.. los locos y los poetas lo hacen. hasta que el pobre recuperaba la lucidez. En el centro de la Plaza municipal se erige el fundador del pueblo. pero nunca lo hice. que tanto se habría preocupado al fundar ese pueblito. los indiferentes y los hijos del azar se sienten más seguros en su casa. recogidos desde la frente misma. * A la mañana siguiente ya me sabía un par de esas historias. almizcle y flores viejas. las relaciones con el mundo exterior se suspendían temporariamente. así que ella era ahora una mesera en este pueblito. Dicho ingeniero era a su vez el director de la fábrica en la que trabajaba el padre de Anna. las cuales. que me circundaban y me seducían. El salón comedor. y siempre me dio la sensación de que se avergonzaba de ellas. Tenía el rostro amargado propio de quien ha aprendido lo que es la ingratitud del mundo. . cual si portaran un destino determinado. las mujerzuelas. con techos abovedados y paredes recubiertas con planchas rectangulares y parduzcas que ostentaban refranes escritos. Una semana atrás.. Cuantos se me cruzaban en el camino parecían tener un significado propio. y en el aniversario de la muerte de su hijo. en efecto. reclinaba su brazo derecho en el marco de la ventana y cuidaba de que no se vaciaran las jarras de vino. Pues los clientes bebían muchísimo y empezaban a golpear los trastos si Anna los desatendía. Luce tan central e importante. los vigilantes. por cierto.

Las “lluvias de oro” pululaban plácidamente por entre tilos y castaños. pero le hubiera convenido tomar vino. No me gustan las personas que mienten así. con costuras verdes y rojas. La Biblioteca contaba con ejemplares muy buenos y antiguos para otorgar en préstamo. y Anna se rió. sino en medio de los espacios verdes. yo habría visto seguramente una verdadera colección de bucles multicolores. y lucía un copete de pelo amarillento que le caía de forma ondulante desde la cabeza. mechones rubios y rosadas cartas de amor. estaba enamorado de Anna. y también a la Biblioteca fui con Anna. Usaba siempre una escalera portátil con la que solía pasearse detrás del mostrador y que dominaba mejor que cualquier pintor de brocha gorda. Lo dijo de un modo tan neutro y tan decidido que parecía más bien una notificación oficial. A mí no me gustaban los ingenieros de esa clase. El recién llegado bebía cerveza en lo del dueño. iba con Anna al Parque. ya que la cerveza parecía caerle no muy bien. El propietario era un judío comerciante en telas. Sus patas habían echado raíces firmes en ese suelo esponjoso. * En el pueblo había un cine. pues había llegado un nuevo huésped. Se me ocurría que el mismísimo obispo había plantado esos bancos cuando todavía eran jóvenes. Anna guardaba silencio y contaba su historia muy parcamente. A menudo se me antojaba que Anna pudiera ser cariñosa conmigo. No podía huir de su influjo. En el pueblo había también una Biblioteca. así que atendía su negocio los días de semana y los domingos. Al volver a casa nos enteramos de que el dueño del Hotel la había estado buscando. El joven que tenía a su cargo atender a los eventuales visitantes —así como limpiar cuando no había nadie— era muy pálido. De haber podido echar una mirada en su cartera. Ella ni imaginaba cuán extraviada estaba llevando esa vida al revés. —¡Sí! —contestó ella. y a cada nuevo año que pasaba ellos crecían un poquito más. —¿Todavía lo quiere? —le pregunté una vez. en cambio. Anna se ponía muy contenta. a falta de otra vía de escape. Una vez vimos a una pareja besarse. Amaba a Anna. Había puesto un cine porque era un sujeto muy hábil e industrioso y le dolía en el alma no tener nada que hacer los domingos. Se hacía servir por Anna y era muy . Los domingos después del cine. infructuoso e infatigable a la vez. Eso la hizo dejar de reír. negándose a cada nuevo deseo en pos de añorar el pasado. se dedicaba al cine. se hunde cada vez más en las profundidades y llega a tocar fondo. A ese cine fui con Anna. Aún no he hecho mención del Parque. con los puños alzados al aire y devorándose el mundo con los ojos. en el cual florecían todos los amores del pueblo. Los bancos no estaban diseminados a lo largo de los caminos. cuyo caudal nada siempre contra la corriente hasta que. —Anna no está bien reírse de los enamorados —le dije—.BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH 31 Cierta vez entré accidentalmente en el cuarto de Anna y vi la fotografía de su hijo: un bello niñito. casi como un poeta resucitado. Pero tal cosa no sucedió. Amo las mujeres cuyos favores vierten como de un manantial silencioso. Hubiérase dicho que sólo había aprendido a moverse con esa escalera. Llevaba un maletín de cuero nuevo y crujiente. Tenía rulos negros y ojos ardientes. y podía con igual destreza tocar la mandolina y seducir a las muchachas. románticamente pálido y delgado.

así como el dueño y el recién llegado. a la noche. * Acostumbraba levantarme muy temprano. ebrias y aun deseosas de más embriaguez. Las botas de los huéspedes permanecían ante las puertas. Y es que la lluvia. el cochero. los palitos indefensos. fornido y apasionado como era. se enamoraban y parían.. lloraba con tal persistencia que ni advirtió mi entrada. Sentada en la cama..BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH 32 cortés. * Desde esa ocasión en adelante. Yo ya no trataba de detenerlos. por lo cual se me antojaba pensar que su habla acaso fuera igual a su probablemente retorcida firma. el perro iba y venía. Un paraguas se bamboleaba por una callejuela y protegía al elegante y delgado escribano del pueblo. Ella estaba en camisón y lloriqueaba. Entonces dijo: —¡Se le parece en todo! El nuevo huésped. Las muchachas se asomaban por las ventanas leyendo libros de la Biblioteca y comiendo pan con manteca. que yacía con su pértigo inutilizado delante del cobertizo. Más tarde. Crecían. Acudían allí para renovar el mundo. cuando se las podía ver con sus parejas. si bien no dejaba de sentirme obligado a hacerlo. como un sonido natural. las canaletas y yo formábamos un todo homogéneo. Hacia las cinco. se le parecía en todo al ingeniero. Sólo en una determinada circunstancia me conmovían: en las doradas tardes de primavera. se despertaba. En el patio. Los días de lluvia se pintaban de gris. Debía dormir vestido. Abría la puerta y fui al cuarto de Anna. Cada uno tiene una tarea en el mundo. se arremolinaban. y el escribano buscaba refugio por las calles. mas lo cierto es que a mí ni me interesaban las otras mujeres de este pueblito. sonriendo agradecidas hasta la sumisión por cada palabra tierna que pudieran albergar en su seno. aún sin lustrar. se oían de lejos y como salidas de una dimensión trascendental las sonoras bocinas de los molinos de vapor. por los campos. los palitos se ahogaban. candorosas y aun diligentes. seguían ellas rodando por los pisos de las casas aferradas a los labios y los mostachos de sus hombres. bostezando y buscando huesos debajo del viejo carruaje de la casa. cual un vehículo desenterrado. Los palitos bailaban. giraban y flotaban desprevenidamente hacia la perdición del desagüe. Anna podía ser muy cariñosa e incluso hasta celosa. entonando un verdadero himno a la naturaleza y a la salud. roncaba redondamente bajo el tinglado. Esa noche noté que mi lámpara fallaba. Parecíanme entonces como abejorros sobrevolando los bosques en enjambres. —¡Esto es horrible! —dijo Anna. Jacob. que parecía una langosta haciendo equilibrio. como vestigios del ayer. el cochero. nos amamos ya sin ocultárnoslo. en efecto. pues acudía al unísono con la última . Su ronquido no era en absoluto ridículo: resonaba poderoso y decidido. Tal vez había que sumar ahora al pobre escribano. Anna seguía durmiendo. un trueno asordinado. La verdad es que yo debería haber acudido en ayuda de los palitos. Hablaba en voz muy alta y con palabras ampulosas. las canaletas se los tragaban. y Jacob. una cornada de ciervos. tratando de cumplir con todos los preceptos religiosos. Daban inicio a su labor maternal en la primavera y la contemplaban a lo largo del año. ¡Qué bellas esas noches en las que grillos y mujeres canturreaban sin pausa! Y qué bellos eran también los días de lluvia.

De seguro podía sorprender a cualquiera de ellas con sus trampas. pues no estaba bien en un mundo tan avanzado saludar a una muchacha con la que ni se había hablado antes. grávido y cansino. ni tenía tampoco nada de qué hablar. Pero ya entonces hubiera podido jurar que andaba metido en más de una insospechada bajeza. Y frente a mí pasó. cuidado con el oficial asistente del ferrocarril!” A Anna tampoco le caía muy bien. el mundo ya era como mil años más viejo y yo no saludaba más a Käthe. Pero iba despacito. No bien lo veía me daban ganas de mandarle una carta al Ministro de Transportes. Yo la saludaba siempre. quizás un par de años después de la Creación. Yo detestaba a ese dichosos asistente. Pero el Ministro no me hubiera hecho jamás ese favor.BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH 33 sirena ya enfundado en su chupa. le conté la historia de mi amigo Abel y la mujer de su vida. Un mirlo revoloteaba con ágiles piruetas en torno a la rociadora y golpeaba con el ala izquierda el chorro de riego. y seguía creciendo. que regaba la hierba y los espacios verdes. Era pecoso e increíblemente alto. Las alondras. canturreaban invisibles por doquier. con los pantalones y las botas puestos. Me daba la impresión de que tenía en mente unos designios demasiado altivos y eso me sacaba de quicio. A través del Parque dejaba oírse el crepitar de una barriguda rociadora. Un hombre así bien podía hacer chocar a un tren en el que viajara alguno de sus enemigos y echarle luego la culpa al maquinista. De veras no tenía ni idea de por qué odiaba tanto a ese empleado. Sin duda que era peligros tomar el tren con alguien semejante a cargo. como el de los primeros días. Alrededor de los bancos situados en medio del Parque. pero yo no siento ningún desprecio fundado por lo extraordinario. y claro que ni podía imaginar lo que era sentirse agradecido para con una mujer. Jamás había hablado nunca con ella. entonces. Un hombre así. debía apoyar cuidadosamente su capa con la abertura hacia arriba. en cambio. sobre una silla. se me ocurría mandarles una carta a todas las mujeres del orbe: "¡Señoras. con el rostro arrugado como un pergamino. Usaba siempre su uniforme y una capa roja. como si cada pierna fuera un árbol que había que extraer de raíz para poder dar un solo paso. No olvidaría plegar prolijamente los pantalones. sin gorro. Y además tenía el pelo rojo. siempre de vacaciones. no sería capaz de sacarse la capa roja ni por una mujer. y juntando agua con las manos en cuenco se enjuagaba la frente y los ojos. el oficial asistente ferroviario. . cuando todos los hombres eran como veintiañeros que se amaban y eran por ende buenos unos con otros. Parecíame que desde su juventud no había hecho otra cosa que crecer y sacar pecas. pensaba yo. Avanzaba dando pasitos cortos. En la esquina más cercana. ¡Y hasta era celosos! Apenas lo veía. Al hacer el amor. el pasto se dejaba ver un poco fatigado y maltrecho a causa de los amoríos nocturnos. Käthe habría su ventana y contemplaba la ciudad. Quería proponer a ese desagradable empleado para que le otorgaran el manejo de un telégrafo perdido en algún punto remoto entre dos pueblitos. rumbo a su trabajo. porque ella miraba por la ventana y porque a la mañana temprano el mundo no parecía ser el de siempre sino uno mucho más primordial. Ya entrado el mediodía. Era extraordinariamente grande. aun cuando podía marchar a toda velocidad con sus largas piernas. pero igual la saludaba. Una vez me preguntó: —¿Por qué lo odio? Y como yo no sabía qué decirle. Todavía hoy no sé gran cosa sobre ese asistente. Atravesaba entonces el patio en dirección a la casa. y creciendo. cuando volvía a casa.

mi amigo. Abel. Cierta vez entre al lugar con Anna e Ignatz exclamó: —¿Cómo le va. muy banal: Abel. era muy feo. Pero ella me abrazó y me preguntó: —¿Te irías de Nueva York por mí? * Esa noche amé mucho a Anna. Y además tenía ojos de pez. Abel. con las puntas flojas. Era muy cobarde y me comportaba muy virilmente. Recogía el dinero y agradecía fríamente. siquiera. tuvo un anhelo. en la cafetería. Dormía tendido sobre un par de sillas. Anna no comprendía la relación entre Abel. Nunca usaba los bolsillos laterales. El asistente no tendrá nunca jamás otro anhelo que no sea el de llegar a ser Jefe. Anna percibió que me estaba marchando y tanteó débilmente. Apreciaba asimismo las pequeñeces de las mujeres. Apreciaba las bellezas modestas y le gustaban los lisiados y los deformes. que no quería ser mozo. y por tanto las mujeres lo adoraban. y el asistente seguirá vivo y algún día será el Jefe de la Estación. aún entre sueños. así que me metí en la Cafetería. El mismo. Pero seguía siendo un mozo y no estaba contento. Ahora me parezco al ingeniero. y el asistente. No parecía tener otros nombres. Abel. Quería ser un político de todo corazón. Tenía los costados de su cuerpo algo achatados. ya que sabía que jamás abandonaría Nueva York por ella. soñaba con Nueva York. No me agradaba el tal Ignatz. Leía todos los diarios y hablaba de política con los comensales. mi amigo. Entre el asistente y mi amigo Abel hay una diferencia. y así le decían. Pero al cabo Anna entendió todo y rompió a llorar. Llovía. mi amigo. era del todo incapaz de hacer una línea recta. se fue de Nueva York porque había mirado a los ojos a la mujer de su vida. Al desembarcar en el muelle.BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH 34 * Abel. Di por sobreentendido que ahora Anna sí había comprendido esa íntima relación. Y el se tomó el primer barco de vuelta a Europa. El camarero llevaba un frac lleno de arrugas y una pesadísima cartera de cuero a la derecha de su cintura. ya porque se contraponen. pensé. y de ahí lo estropeado de su traje. en cambio. Los hombres suelen amar en la mujer una perfección que imaginan ver. ya sea porque son similares. —¿Por qué me hablas de Abel?— me preguntaba. todas las historias están relacionadas. descansa bajo la tierra. y unas manos frías y húmedas. a su alrededor ya vacío. señorita Anna? —fregándose a la par la mano derecha en su cartera para darle a Anna la mano seca. En el barco había visto por primera vez en su vida una mujer hermosa. mi amigo. esa mujer le prodigó una mirada en los ojos. Una vez había estado en Nueva York. . caricaturista mejor dicho. de hecho. Tal vez había empezado a hacer dibujos antes de poder sostener una lapicera. Yo me limité a gritarle: —¡Mozo! Ignatz atendía allí de noche y de día. Abel era pintor. Sus brazos pendían como aletas dorsales camufladas. Me fui a la mañana siguiente. Daba siempre la impresión de que le echaba la culpa de su frustrada carrera a los clientes. Temía confesárselo y por eso la amaba más todavía. Las mujeres intuyen la perfección o la grandeza tras la fealdad masculina. mientras ella dormía. grandes y grisáceos. El asistente jamás se irá de Nueva York por una mujer. Se llamaba Ignatz. mi amigo. —Anna— le dije—. como un pez. desaprobaba la perfección.

el Director arrancaba una hoja del calendario de la Cafetería. Era el único edificio del pueblo que tenía dos pisos de alto. Conversaban sólo por las tardes. Caminaba muy erguido y usaba unos pantalones muy largos con espuelas en las puntas de las botas. y tiene una esposa ya vieja. Y dado que él seguía con el apretón de manos. tal vez para proteger las botamangas. un anciano de barba blanca. Ignatz? —lo saludó ella. Ella me saludó. Por eso. El Director tenía los ojos de un azul ten increíblemente oscuro que yo me inclinaba a creer que se los había mandado hacer por un técnico óptico. y me miró a su vez. en el frente pendía un escudo. * Siembro mis experiencias como si fueran una parra silvestre: me siento a verlas crecer. * El Parque. en cambio. camino a las praderas. le grité: —¡Mozo! Recién entonces se consideró saludado y se alejó. * En una pared de la Cafetería colgaba un enorme calendario. y en el portal verde. Una hoja de la ventana de ese piso siempre estaba abierta. por ejemplo. De haber sido por Ignatz. de paredes blancas como la nieve. Cada mañana. con el pelo encanecido. o antes de irse a la cama. También sus patillas eran de un blanco fantástico. Era un edificio bastante nuevo. la nada es mi pasión. a las ocho. Cada mañana. Y enfrente estaba el Correo. En el segundo piso vivía el Director. El Director es como un niño. . Me sentía aún parte activa del mundo. un cucurucho de papel. el Director del Correo y su mujer. Acaso se las empolvaba al levantarse. Me caía muy bien. en el que florecían los amores. hubiera estado siempre ante la vista el primero de enero. A la salida había una posada en la que yo solía cenar. un palito flotando en el torrente de sucesos. pero el Director se encargaba de que cada día de la semana tuviera su correspondiente nombre y fecha.BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH 35 —¿Cómo le va. el Director del Correo. En aquella posada me sentaba siempre de forma tal que pudiera ver esa ventana abierta. no se hallaba en el centro exacto del pueblo. Yo pensaba: la ventana abierta muestra el lugar donde vive el Director. dándole a su vez la mano. la saludé. Desde entonces se asomó periódicamente a la ventana. ya no lloro ni río: me he elevado por sobre el dolor y la alegría. desde que había visto a la muchacha en la ventana vivía en un estado de excitación que sólo había sentido en mis mocedades. entraba allí el Director del Correo. Lloraba por la pérdida de cualquier insignificancia. de dos hojas. Era sabido que había servido en la Artillería. y ella en seguida lo advirtió. Pero no era su hábito. Debe mirar cada tanto al cielo para que sus ojos sigan siendo azules. rematadas a la cal. Absorto como estaba. Cierto día se sentó en la ventana una mujer bellísima y miró al cielo. Tenía la esperanza de que alguna vez el Director se asomará a contemplar el cielo. sino en un extremo. Ahora que soy viejo. Soy haragán. había un timbre. a través de la ventana de la Posada. Su belleza me estremeció a tal punto que no pude sino clavar mi mirada sobre ella.

sus espuelas e incluso sus larguísimos pantalones. Por mis ropas se deslizaban las gotas. Y la muchacha se reía a cada nuevo desempañe. y ahora el pobre no cesaba de repetir el procedimiento a seguir y me pedía los documentos. Anna se me rió en la cara. Quería presentarme y decirle: “Estimado señor Director. Así que me fui a la gran ciudad. Pero amo a esta muchacha. Luego regresé y me puse a esperar a que me llegara el giro. dando grandes trancos. Anna me contó que la muchacha era su sobrina. y estaba muy excitado. El Director se reiría y se pondría de pie. dos hombres ocuparon la mesa de la ventana en la Posada y yo. Sus hombros se encogían tímidamente. La joven también. La muchacha comprendería mis historias y no haría preguntas como Anna. como hizo mi amigo Abel. mejor no lo hagas —repuso Anna—. Al tercer día. pues estaba de servicio. Pero yo me alejé más aún. Yo permanecía en la Posada. No voy a abandonarla. Cuando observé a mí alrededor. cuando yo pasaba. se rió. Lo saludé. y allá arriba se rió la muchacha. mirando a través del vidrio empañado por la lluvia. Tan confiadamente como si yo fuera su mejor amigo. pues hacía dos años que no le tocaba entregar dinero. La gente se detenía en el portal del Correo o en la entrada de la Posada y esperaba a que la lluvia menguara un poco. Tenía puesto el abrigo y caminaba despacio. me tiró de una mango y me señaló un lugar vacío. Los hombres se asomaron a su vez por la ventana y se rieron. y sus espuelas tintinearían tenuemente. Creo que es la mujer de mi vida. Nunca olvidaré aquella vez en que el Director se paró junto a la muchacha de la ventana.BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH 36 Pero en aquel entonces si me conmovían el dolor y la alegría. salí y empecé a caminar de un lado a otro para hacer tiempo. Una vez. por cierto. Quizás la amas de veras. Hacía mucho tiempo ya de eso. como plateados platillos que recién están aprendiendo a percutir como es debido.” Y entonces le contaría la historia de mi amigo Abel. y escribí mi apellido al revés y sólo la inicial de mi nombre de pila. Pero pasaron dos semanas. —¿Por qué no vas a verla? —¡Quiero hacerlo! —Bueno. respeto de buen grado sus ojos. comprendí que a lo mejor todos ellos estaban desconcertados conmigo y me tomaban por loco. que se hamacaban por el frío y la agitación dentro de la blusa mojada. Decidí acudir al Director. Una joven campesina con sandalias y unos provocativos senos. Incluso cuando llovía se asomaba ella por la ventana abierta. Sus ojos negros relucían cual su estuvieran pulidos. y me dejaba arrastrar por las nimiedades. Pasó una semana de estos sucesos. y él me devolvió el saludo. Su rostro era pálido y pequeño. También sabía que decirle a la muchacha. Sus lisos cabellos caían hacia atrás. Esa sonrisa del tercer día fue para mí un gran acontecimiento. —¿De qué te ríes? —le pregunté—. en vez de sentarme a comer. . De esa risa aprendí que nada es fútil bajo el sol. Vino el cartero. Se dejaba el gorro puesto aun cuando estaba en mi cuarto. se apretujaban todos y dejaban de hablar. y aún no había ido. Cada tanto me veía obligado a limpiar el cristal. a fin de enviarme dinero a mí mismo. asemejándome cómicamente a un vigilante. La muchacha es del todo distinta. Cuando tronaba. Amo a la muchacha de la ventana. y le conté a Anna sobre la muchacha. Muchas veces me miraban. Y cada mañana saludábala yo. La muchacha miraba por la ventana cada mañana.

pude oír cada sílaba. y él no tenía ninguna duda de que yo era el destinatario legal. es un pueblito de lo más tranquilo —observó el Director. ¿no lo sabes? ¡Muy enferma! Tuberculosa y paralítica. Sus palabras parecieron dar piruetas en el aire. Anna no se va a morir. Sólo que ni se habló de la muchacha de la ventana. Todo en la vida envejecerá y se consumirá: las palabras y las situaciones. Me irrité. —¿Enferma? ¿Por qué lo dices? —Está enferma. Todas las ocasiones oportunas ya han sucedido. la muchacha no se asomó a la ventana. y todo era tal como podía habérmelo imaginado. Miré a Anna. y en lo del Director se me había escabullido la ocasión oportuna. su rostro lucía triunfal. No puedo repetir ni las palabras ni las situaciones. —Sí —contesté—. En ese instante. a morir. Lo saludé una vez más. Todas las palabras ya han sido dichas. Pero a la mucha de la ventana hoy no la he visto. ¡La muchacha de la ventana se va a morir. lustroso como si acabara de mojárselo. pensé. seca e incisiva. y me hizo un gesto. Me fui al Hotel y empaqué. Y cada una de esas sílabas se hundió en mi mente como una pesada moneda en una fuente con cera derretida. Pero hablamos tan sólo del dinero. Aquella tarde. Es como si llevara siempre puesta una ropa ya pasada de moda. pero yo le objeté: —Mi apellido está escrito al revés. Empero. con su pelo liso y recogido. —¡Pero yo estoy sana! —exclamó. debí esperar diez o quince minutos a que me atendiera el Director en persona. miré hacia la ventana: allí estaba el Director. —Anna —dije—. no soy capaz de aprovecharla. —¿Estuviste en lo del Director del Correo? —me preguntó Anna. Cuando salí. Más tarde. no! —exclamé—. Anna llegó y me preguntó: —¿Cuánto tiempo estarás afuera? Jamás se le había ocurrido siquiera que yo me podía ir para siempre. intentando con ello hacerme un cumplido. —Sí. —¡Dos días! —respondí. sino porque ella estaba enferma. como platillos casi nuevos. y no sentí ni un atisbo de remordimiento por decir mentiras. Sus espuelas tintineaban apenas. —Estará enferma —comentó Anna. —¡Ah. Por eso no sale nunca a la calle. Pero siempre que se me presenta la ocasión justa. Pensé entonces que ese hubiera sido el momento propicio para volver y hablarle de la muchacha. .BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH 37 Me quería dar el dinero en cuestión. —Sí. —¡Te acompaño al tren! —dijo. ¡Pronto morirá! Anna dijo todas estas cosas muy rápido. Por eso había desperdiciado la ocasión indicada: no porque yo no sepa afrontarlas. Y Anna me acompañó hasta la Estación. ¿Qué era una mentira frente a Anna? La muchacha de la ventana ya no estaba allí. pálido y frío. Y luego agregó—: ¿Dónde cree que está? Nadie lleva por aquí un nombre tan bonito y sonoro como el suyo. ahora me voy definitivamente. —¿Porque ella está enferma? —preguntó. a morir! Yo no podía hablar jamás con ella. —No importa —dijo él. burlándose. En este pueblito no había otro que se llamara como yo o en forma parecida. Lléveselo al Director y consulte con él si se me debe entregar este dinero.

casi podía tocarle las manos. pensaba yo. seguramente asombrado. él regresó y me encontró aún yendo de aquí para allá. me sentía con más derecho todavía a poseerla. aún seguían oscilando como por arte de magia. sentada en camisón al borde de la cama y lloriqueando. pensé. Iba y venía yo mecánicamente. Hacia el mediodía se fue a su casa y lo saludé. recién ahora lo estaba. Se comportaban como trompos que habían sido puestos a girar por algún poder desconocido y que ahora. repentino. No era la silueta del Director. Se va a morir. Estaba estúpida e infantilmente excitado. Si hubiera hablado tres días seguidos. al parecer. de tanto pensar en la muchacha moribunda. No dormí en toda la noche. Acaso había creído que hoy yo no me presentaría debido a que el día anterior ella había estado enferma. * Encontré a Anna en su cuarto. paseándose a la espera de sus hombres. y en su cuarto se encendió una intensa luz. alrededor de las tres. ebrios y extraviados por ahí. Mantuve mi vista en lo alto sólo por un momento. Di vueltas por el Parque durante una hora más. avasallante. Ella había comprendido. pues de haberlo sido. Más tarde. Las personas seguían amándose en los bancos y en la hierba. Al atardecer. El viajero se me acercó y dijo: —¡A sus ordenes! —y— ¡buenas tardes! —y— ¿recién llega. y ella se asomó. —¡No te vayas! —exclamó. Ni se me ocurría pensar en que ella ya estaba enferma desde antes. Más bien parecía ahora un animalito indefenso y asustado. están sanos y no van a morir. y en mis ojos se dibujaron miles de palabras. en vana busca de un punto de apoyo del cual aferrarse o bien de un equilibrio permanente. . dando sus últimos y trémulos giros cansinamente. pues para mí. Casi podía sentirla a mi lado. me senté en la Posada y alcé la vista: la ventana se abrió.BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH 38 Justo llegaba un tren. me respondió y volvió a sorprenderse. Llevaba su habitual maletín de cuero y olía a alguna pomada. Tenía las manos en una posición poco habitual para estar llorando. no podría haber dicho tanto. y me sentía como alguien a quien en un rato le sería embargado un objeto preciado. contra lo cual era inútil luchar y que a la vez no tenía sentido ocultar. como un reloj de péndulo propulsado por sus ignotos engranajes. Se trataba de un hombre sin barba. con la acción de esa extraña fuerza presta a agotarse. Ya no lucía tan triunfal como antes. como una ardilla acorralada en un páramo. Tal vez su hermano. algo extraño. Entonces apareció el viajero y me saludó. Me pareció que me saludaba precipitadamente. Su andar resultaba excitante por lo titubeante de su rumbo. A través de las finas e iluminadas telas se dejó ver la enorme silueta de un hombre. hubiese tenido patillas. El Director se asomaba a cada hora y me miraba. Me topé con innúmeras mujeres de pelo suelto y una chocante frivolidad. como si ya estuviera oscureciendo. lo que le había dicho. Ahora ella forma parte de mis propiedades. Todos estos seres. Pasé la mañana siguiente caminando delante del edificio del Correo. Daba la sensación de que su llanto infatigable y continuo no le surgía del alma sino como de algo exterior a ella. —Y regresamos al pueblo. Entonces cerró la ventana. Desde que sabía que ella pronto moriría. tras lo cual las cortinas se cerraron. Anna se aferró a mi brazo y me detuve. acabo de llegar. o ya se marcha? —No —respondí—. y quise ir enseguida a la boletería. acorralado contra un precipicio.

Y ya era 28 de mayo. se asomará cada mañana a la misma hora y nada pasará si yo ya no estoy allí para decirle “buenos días”. se dirigió al calendario que colgaba en la pared. no como un dios sino más bien como un siervo de Dios. sino que se acomodaban con prudente laboriosidad. También se veían nubes que no se alborotaban en el cielo impulsadas por su juventud o por la mera pasividad. Vi grúas gigantescas . lo alisé y lo coloqué lo mejor que pude en su sitio. El viajero me miró y dijo: —Estimado señor. * A la mañana siguiente presencié la última historia de este pueblito. pensaba.BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH 39 Esa noche amé a Anna como la primera vez. En vez de comer con la mano usaba trabajosamente un cuchillo y una cucharita. cauta y mansamente. Casi inadvertidas para mis ojos. El 28 de mayo ya se sabe lo que se quiere. pensaba. cual un dios altivo y poderoso. claro está. Si se hubieran apilado media docena de liebres. y él procedió. ni el mundo en sí. que me la pase esperando tarde tras tarde delante de la ventana de una muchacha que pronto se va a morir y a la que nunca podré besar. ¿Qué más tenía que hacer yo en ese pueblito? La muchacha de la ventana pronto había de morir. El Director del Correo se ocupaba desde hacía décadas de arrancar la hoja del calendario y descubrir así el nuevo día. Ya no podía quedarme más allá del 28 de mayo. Al cabo. Käthe. sus espuelas resonaron tenuemente y con cierta petulancia. ¡hoy es 28 de mayo! Casi me asusté al escucharlo decir la fecha. ni siquiera se habría divisado la punta de las orejas de la de más arriba. su sola mirada me hería. Tomé la determinación de partir. imponente. Cada día es una tarea por delante. y arrancó enérgicamente la hoja correspondiente al día de ayer. las espigas de los campos volvían a levantarse. Se demoraba mucho en comer esos pastelitos. el nuevo día. como si dieran unas risotadas. Anna me acongojaba. el Director entró. ni las fechas. Así que resolví tomar el papel recién arrancado. se puso de pie. Una vez soñé con un puerto gigantesco. comiendo pastelitos. dado que era muy fino y quería mantener sus buenos modales. me dio la sensación de que me había revelado un profundo secreto con una grosería desfachatada. ¡El 28 de mayo! En ese instante las campanas batieron las ocho y media. Es tan gracioso. Muy temprano. Pero hoy se horrorizaría al mirar el calendario y no alcanzaría a comprender ni los días. Se trataba de un año particularmente bendito. Escuché un intenso crujido como de veinte mil barcos y el bramido de los atareados marineros. y las huertas estaban tan densas y tupidas con flores blancas que se hubiera podido caminar descalzo sobre el suelo sin que éste percibiera más que una sensación lejana. y aunque era una cosa de los más sencilla y ya sabida por todos. o bien algunas cuyos vientres henchidos rodaban en pos de cumplir con su misión. y no podía ayudarla. y cada hora que pasa es como una ofensa a la vida. Me estremecí ante la llegada del Director. Me conocía de memoria al cartero y a las plateadas espuelas del Director. dejando ver el hoy. ¡Ahora sí podía decirse que era 28 de mayo! Ese 28 de mayo sería uno de los días más importantes de mi vida. a llegarse hasta el calendario y descubrir oficialmente el nuevo día. con todo el afecto y la dicha con que se desenvuelve un regalo recién recibido. Ya no soy joven. el viajero estaba ya en la cafetería.

La ciudad no estaba quieta sino que corría. sin que yo supiera el dónde ni el por qué. acaso Nueva York. anchas. pobladas por personas. me sorprendí al descubrir que no era más parte de aquella ciudad sino totalmente ajeno a ella y que de pronto me había vuelto un cómico habitante de un cómico pueblito. firmes y decididas e infatigables. sino la grácil soltura de las fuerzas naturales. el Director de Correo bien podía hacer sonar sus platillos. adoquines. en realidad? El hombre bajo la ventana. La puerta permaneció abierta un poco más. entierra a esta muchacha. con su capa roja. comprendí que los tormentos y las alegrías recién vividos ya me estaban alejando de ese pueblo y de todas esas últimas semanas. y compartir con ella un poco del mundanal ruido y de la abundante sangre roja que fluye por las venas del mundo. cuyos mecanismos parecían haberse desencajado. nunca jamás me iría de Nueva York por una mujer. Ahora. y sigue tu camino en la vida. el tren silbó y dio un estirón. me dije. incesantes. Pero la vida es más importante. faroles. cual si no fueran operadas por meros hombres sino por la propia voluntad divina: no las convulsiones del hierro. La estación yacía echada bajo el astro rey cual un gato rechoncho y amarillento. ¿Qué cosa era. y no me avergonzaba admitir que por el bien de mi salud me alegraban las actuales circunstancias. No ha sido fundado por un obispo de piedra. No le dije nada a Anna. Acaso sería más razonable (más razonable según las normas vigentes de la razón humana) acudir a la muchacha. Y logré sepultarlo tras una muralla de crueldad. Norteamérica es un país glorioso. alocadas. El mozo Ignatz bien podía tener las manos flojas. el cartero bien podía emborracharse. ¡En seguida termino! . y al final desperté. sentarse en su cama. surcando férreamente la Tierra. Cerré los ojos unos segundos. Mientras pensaba tales cosas. Fábricas enormes humeaban a través de colosales chimeneas. * Me fui del pueblo en el mismo carruaje en el que había llegado. me dije. emergió una mujer hermosísima: ¡la muchacha de la ventana! —¡Quédate! —escuché que él decía—. A la par que razonaba de modo tan cruel. ¿Y la muchacha de la ventana? ¡Que se muera!.BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH 40 elevándose y desplomándose. señales de tránsito. En ese instante salió de la oficina en el andén el asistente. para escuchar las melodías de todo este tráfago. Respiré el ritmo crepitante de su vida. Ya despierto. Otra vez soñé con una ciudad enorme. Amigo. pero el ritmo no estaba desacertado. Nada estaba quieto. a la que sólo le resta poca vida. Pero ahora sí estoy decidido a irme a Nueva York. sonaba como la tonada de un organillo frenético e infame. sus calles largas. ¿Qué tipo de enfermedad me había atacado estas últimas semanas? ¿Qué clase de sentimental era mi amigo Abel? Nunca. El sol refulgía en vastos hilos dorados. Ya era entrada la tarde. Cuando me senté en el tren y miré por la ventanilla. Durante un rato canturreé ese ritmo. La vida es muy importante. el viajero bien podía oler a sus pomadas. Era fea. intentaba sepultar el dolor. Anna bien podía ser su amante. Resultó ser una música atroz. Pero esta música se apagó. acompañarla hasta la ventana al atardecer. Y detrás de él. anuncios. Las vías se adentraban en el centro del mundo.

He escrito toda esta historia sólo a raíz de esa mirada. Se suponía que estaba obligado a llorar en esa situación. su esposa poniendo a secar la ropa recién lavada. . Cuando el tren volvió a sacudirse y al cabo se echó a andar. me miró. —¡La vida es muy importante! —dije. un guardavías agitando sus señales. Nos miramos. y para nada lisiada o tuberculosa. en cambio. Se mantuvo rígida. y un carrito tambaleándose por un camino de tierra. miré a esa muchacha y le guiñé un ojo. toda vestida de blanco. ¡muy importante! —y seguí viaje hacia Nueva York.BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH 41 Pero la muchacha no lo oyó. muy saludable. En cambio. riéndome—. Evidentemente era la novia o esposa del asistente. Miré y vi a un campesino pegándole a su perro. pero me reí.

a Trieste. Entraron. de todas formas siguió un impulso sumamente medido de su medido corazón y de ningún modo el dictado de su entendimiento. un mar de sol. honrada y un poco limitada. Recorrieron una hora en el tren normal hasta la estación donde se detenían los orgullosos expresos. y Fallmerayer mismo pareció entregarse a él con una cierta voluptuosidad.. Poco después de asumir el puesto en la estación L. si no es que como una maldad de Dios. libertad y dicha. como se decía en ese tiempo en el cual los llamados "matrimonios por entendimiento" eran aún costumbre y tradición. Y enfrente de la pequeña estación. Pero puesto que se hallaba seguro en el aspecto material y tenía derecho a una pensión. flotaba desde días atrás bruma inefable. comenzó la lluvia y desapareció la nieve. Perdió la vida —que. innominable. Se trataba de una lluvia prematura. Pero éste lo alcanzó. un pase para toda la familia en las vacaciones era uno de los derechos de cualquier funcionario de los trenes del sur.. cielo. Como de costumbre. a Italia. al casarse. . donde la inalcanzable majestuosidad deslumbrante de la nieve de los Alpes parecía haber prometido el dominio perpetuo del invierno. habría sido imposible predecir en Fallmerayer un destino extraordinario. se acostumbró a la generosidad de la naturaleza cuando apenas habían transcurrido tres meses del nacimiento y empezó a amar a sus hijas. Despiadados pasaban volando frente a Fallmerayer —quien dos veces al día salía a la plataforma y saludaba con una gorra roja reluciente— y casi degradaban al jefe de estación hasta convertirlo en vigía. se casó con la hija ya no muy joven de un abogado de bufete proveniente de Brünn. de pronto. Las caras de los pasajeros en las grandes ventanas se desvanecían en una pasta blanca y gris. a sólo dos horas de Viena. y los trenes llegaban y partían con espantosas demoras. lluvia y montañas en uno. De atenerse a cuanto los hombres pueden llegar a saber sobre los otros.. Llovía. gris y azul: nubes.BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH 42 Jefe de estación Fallmerayer Stationschef Fallmerayer (1933) I El extraño destino del jefe de estación austriaco Adam Fallmerayer merece sin duda registrarse y preservarse. El "sur" era el mar. Tuvo dos vástagos. En su diminuta estación nunca acostumbraron detenerse los trenes expresos que viajaban al sur. Cuando las gemelas cumplieron tres años. a Merano. Una noche. y el aire estaba tibio. Su carácter lo hacía desear un hijo y lo hizo ver con una penosa sorpresa. El telégrafo repiqueteaba sin reposo. Y el "sur" era para él mucho más que una simple referencia geográfica. El jefe de estación Fallmerayer no había visto jamás una primavera tan temprana.. Los padres de Fallmerayer ya habían muerto. nunca hubiera sido brillante y tal vez tampoco duraderamente satisfactoria— de un modo perturbador. y éste. lo capturó. Una semana antes aún habían tenido que retirar la nieve de los rieles. niñas y gemelas. dicho sea de paso. Había esperado un varón. hicieron un viaje con ellas a Bolzano. A amar: esto es: a atenderlas con el tradicional esmero burgués de un padre y de un honesto funcionario. en la vía del sur. el arribo simultaneó de dos niñas. Adam Fallmerayer se encontraba sentado en su oficina un día de marzo de 1914. Ciertamente. Fue un "matrimonio por amor". El jefe de estación Fallmerayer sólo raras veces había podido ver la cara de un pasajero que viajara hacia el sur. Desde 1908 era jefe de estación. Y afuera llovía.

Por fin regresaron y volvieron a las labores.. Fallmerayer sentía que las locomotoras silbaban ahora de una forma especial.. y fue como si aquellos a los que veían en ese preciso momento fueran casualmente los más ricos. Y hasta donde se veía —a lo largo y a lo ancho— la gente más rica del mundo no tenía gemelos. de los heridos y de los atrapados. Los bomberos de la pequeña ciudad llegaron con antorchas que chisporroteando y crepitando resistían denodadamente a la lluvia. el crepúsculo se anticipaba con la lluvia. Los ricos no tenían vacaciones: su vida entera era una sola vacación. Aunque el sol no se había puesto. chocó contra un tren de carga que esperaba. II Ya desde B.. Un empleado de los trenes del sur siempre vivía en pleno norte. en el primer piso. que en el vidrio del techo del andén tamborileaba sin descanso. y sobre todo no niñas. Trece vagones yacían destrozados en los rieles. La primavera venía por las montañas. Dos minutos antes de que llegara a la estación L y a causa de una aguja mal colocada. Sin embargo. Comenzó a oscurecer aún más violentamente. Arriba de su oficina. Corrió diez minutos sin abrigo. Ferrocarrileros y bomberos y pasajeros trabajaban con . Cuatro semanas duraron las vacaciones. entre las parejas de rieles. Y antes que nada: la gente rica era la que llevaba el sur al sur. y aún estaba lejos el sur. Eran las cinco de la tarde. le pareció sin embargo que ese día era un día especialmente fatídico. el expreso había reportado un ligero retraso. En 36 minutos —así le pareció a Fallmerayer— la noche habría caído. y nada le parecía más singular que el hecho de creer percibir la siniestra voz de un destino extraordinario en todos los ruidos habituales y nada sorprendentes de ese día. Aunque el jefe de estación Fallmerayer no era ningún espíritu imaginativo. en efecto. ambos muertos. Pero los rieles y. y comenzó a temblar mientras miraba por la ventana. en cierto modo desarmadas. fue ese día cuando tuvo lugar la siniestra catástrofe cuyas consecuencias habrían de transformar completamente la vida de Adam Fallmerayer.. ya se había iniciado el rescate de los cadáveres. Al maquinista y al fogonero. como si la noche misma se apresurara a llegar a tiempo al horror y a engrandecerlo. He ahí la catástrofe. Había sentido la necesidad de tomar cualquier objeto. ya se los habían llevado. El aparato morse repiqueteaba sin descanso. Fallmerayer levantó los ojos del escritorio. Y la lluvia caía. él oía sus pasitos cortos. los diminutos guijarros refulgían a pesar de la oscuridad en la húmeda magia de la lluvia. Vieron a los hombres ricos de todo el mundo. Cuando llegó al lugar del percance. Con una linterna que empuñó rápidamente y que era del todo inútil. Y era un apacible e interminable diálogo de la técnica con la naturaleza. alborotaban como siempre las gemelas. Era un hombre completamente ordinario.BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH 43 bajaron. En 36 minutos debía llegar el tren rápido a Merano. le parecía imposible correr hacia el siniestro con las manos vacías. Se escuchaba el habitual silbido de locomotoras haciendo maniobras y las voces de los ferrocarrileros y el sordo y traqueteante impacto de los vagones al ser acoplados. Ya no hacía frío. una noche terrible. el jefe de estación Fallmerayer corrió por los rieles hasta salir al encuentro del escenario de la tragedia. justo como el telégrafo solía repiquetear. sintiendo el constante latigazo de la lluvia en la nuca y los hombros. Los grandes y azulados sillares bajo el techo de cristal del andén estaban secos. Abrió la ventana. Pero. infantiles y aun así un poco brutales.

. Pero nadie lo oía. Y de inmediato se dispuso a hacerlo.. para su propia sorpresa. y aunque la idea de que después ya no iba a poder verla era cruel y aterradora. sin hablarse. puso la piel sobre sus hombros y después el brazo sobre la piel. las antorchas chisporroteaban. Había quedado ilesa. Por supuesto que podía levantarse. inteligente y animoso. y aunque todo el tiempo — mientras ayudaba. A lo sumo tenía que lamentar la pérdida de su equipaje.BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH 44 herramientas recogidas al azar entre los escombros. la mentira le parecía perfectamente comprensible. adquirió muy pronto confianza en su palabra y en su inteligencia y se mostró como un ayudante diestro. Tengo cosas que hacer allá afuera. El rostro mismo alumbraba: un rostro plateado y húmedo en mágica alternancia de fuego y sombra. Así trabajó unas dos horas pensando constantemente en la desconocida que esperaba. dijo sin esperar la pregunta del hombre —incluso como si tuviera un cierto miedo a sus preguntas— que no le faltaba nada y que creía poder levantarse. abandonada por los asistentes que la habían salvado. y. al tiempo que titilaba el vacilante fuego de las antorchas. y que incluso esparcía silencio. rápidas y solícitas. Fallmerayer la ayudó. ayudar. abrazó los hombros de la mujer con la derecha. en medio de un mar ensordecedor de ruidos y rumores. los grandes ojos fijos en las antorchas mas próximas. Ahí estaba. En realidad era como si todas las personas. asimismo inmóviles. ¿Ya había muerto? ¿Ya no era necesario ocuparse de ella? El jefe de estación Fallmerayer se acercó lentamente a la camilla. como los otros. No tardo. la lluvia bramaba. esperó hasta que ella se levantó. Al administrador de la estación le pareció que esa mujer reposaba en la camilla como en una gran isla blanca de silencio. Los heridos se quejaban lastimeramente. quisiera esquivar la camilla. La mujer aún estaba viva. —Siéntese aquí tranquila unos minutos —dijo Fallmerayer—. Después que los médicos y los enfermeros proporcionaron la asistencia . aun así le habría resultado terrible aparecer ante sus ojos como un inútil que no tenía otra cosa que hacer mientras afuera había miles de manos salvando y ayudando. subieron los pocos escalones y llegaron a una calidez seca e iluminada. intentaba decirles cualquier cosa con una voz sin tono. Las manos largas y blancas yacían sobre la piel. dos maravillosos cadáveres. Tomó la piel con la izquierda. Y aunque en esa hora no hubiera deseado nada más ansiosamente que permanecer junto a ella. El jefe de estación tiritaba en la lluvia. Sin embargo. Cuando Fallmerayer se inclinó hacia ella. Tenía la sensación de que. algo que habría podido ser lo mismo una orden que una petición de que se le perdonara. y al mismo tiempo tenía miedo de que se le impidiera ayudar porque él mismo podría ser responsable de la tragedia. Sus dientes castañeaban. cubierta hasta la cadera con una piel gris plata y evidentemente incapaz de moverse. permaneció siempre activo en el escenario de la tragedia por miedo de que pudiera regresar demasiado pronto y mostrar de ese modo su inutilidad delante de la desconocida. encontró el ánimo y la fuerza para salvar. Por eso se apresuró a salir. salvaba y trabajaba— tenía que pensar en la mujer. caminaron juntos algunos pasos sobre rieles y escombros hacia la cercana caseta de un guardagujas. A este o a aquel entre los ferrocarrileros que lo reconocían y lo saludaban de prisa en medio del empeñoso esfuerzo. Y ya empezaba a lamentar no haber estado él mismo entre las víctimas cuando su mirada errabunda se posó en una mujer a la que se acababa de colocar en una camilla. Y como si lo persiguiera su mirada y lo enardeciera. En ese mismo momento supo que mentía y que lo hacía probablemente por primera vez en su vida. y así. debía hacer algo. dar aquí una orden y allá un consejo. Nunca como entonces se había sentido tan superfluo en el mundo. Sobre su ancho rostro grande y pálido caía la infatigable lluvia.

Dos veces al día se presentaba el propio Fallmerayer. entraba en el cuarto donde descansaba la desconocida. junto a la señora Fallmerayer. en su cuarto de servicio. por favor —le decía ella. donde las viejas se habían alzado el día anterior. Hablaba el alemán duro y extraño de una rusa. como a las nueve. . III Fallmerayer cedió su cuarto y su cama a la desconocida. —En dos o tres días estará completamente repuesta —dijo el médico. Es decir: no dormía en absoluto. Como antes. se dispuso a volver a la caseta del guardagujas. Se encontró y se le entregó una parte de su equipaje: cafés y negras maletas de cuero que olían a piel de Rusia y a un perfume desconocido. Toda la magnificencia de la vastedad y de lo desconocido se hallaba en su garganta. de viaje entre Viena y Merano. Fallmerayer no se sentaba: —Perdóneme. Con algo de orgullo consideró sus manos arañadas y su uniforme sucio. ¿Tiene usted sitio en su departamento? —¡Por supuesto! ¡Por supuesto! —respondió Fallmerayer. Delante de él estaba la mujer. Al séptimo. él ya no dormía en su recámara. pero tengo mucho que hacer —decía. el doctor aconsejó a la mujer continuar su viaje. con un rostro fuerte y blanco. Venía con violetas frescas hacia el florero de la consola. sino abajo. Así transcurrieron seis días. Luego salió el medico y dijo: —Un pequeño shock. A las gemelas se les exigió la más estricta calma. tenia una voz profunda y extraña. dos veces al día pasaban volando los expresos frente al jefe de estación. Por fin partió y dejó tras de sí un aroma inextinguible a piel de Rusia y a un perfume sin nombre. Le preguntaba si había dormido y desayunado bien y se sentía a gusto. Y así olía ahora todo el departamento de Fallmerayer. Desde que se le dio su cama a la desconocida. amplio como un paisaje distante y dulce. Fallmerayer murmuraba algo incomprensible. —Siéntese. la mujer desconocida descansaba sobre la almohada y bajo la cobija del jefe de estación. bajo la cobija que era suya. ponía las nuevas en agua limpia y luego se paraba al pie de la cama. Un día después se borraron los rastros de la tragedia.BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH 45 necesaria a los heridos. Con grandes ojos oscuros. Y juntos llevaron a la desconocida a la estación y. Condujo al médico al refugio del guardagujas y saludó a la mujer —que no parecía haberse movido de su sitio— sonriendo con la alegría natural de quien vuelve a encontrarse con alguien a quien conoce desde hace tiempo. —¡Revise a la dama! —le dijo al médico y se dirigió hacia la puerta. retiraba las flores viejas. que como siempre los saludaba. recostada en la almohada que era suya. La mujer del jefe de estación anduvo muy activa entre la enferma y las niñas. En ese momento Fallmerayer deseó que transcurrieran muchos más días. la dejaron en el departamento del jefe de la misma. Lo mejor es que se quede aquí. se daba vuelta y se alejaba. En la mañana. dio comienzo la investigación. dos veces al día. se interrogó a Fallmerayer y se destituyó el guardagujas culpable. nada mejor. subiendo la escalera. Su esposo la aguardaba en Merano. Permanecía despierto. Esperó afuera unos minutos. de las cercanías de Kiev. Al doctor que conocía le dijo a toda prisa que allá había otra víctima de la catástrofe. La noche siguiente a la catástrofe Fallmerayer supo el nombre de la desconocida: era una condesa Walewska. rusa.

Había tardado mucho — escribió la condesa— antes de encontrar tiempo para dar las gracias a sus bondadosos anfitriones. sobre la piel. en las cuales se investigaron detenidamente y de acuerdo a lo prescrito las causas más precisas y los sucesos más detallados del siniestro. Acerca del nombre de pila de la mujer. se dio cuenta de que el de su mujer (se llamaba Clara) no era hermoso. encima de él. evitó la recámara matrimonial. Fallmerayer decidió no salir a ninguna parte. —Una carta muy amable —dijo su mujer y la puso a un lado. en el cuarto de servicio. que revoloteaban contra el fondo azul profundo. Desde que conocía el nombre de la Walewska. Ahí estaba el verano. Mandó a la mujer y a las niñas a veranear a Austria. a quien semejantes reflexiones y ocurrencias siempre le habían sido extrañas. un día llegó de Italia una gran carta azul oscuro. Y por celos. La señora Clara Fallmerayer poseía la aptitud de valorar incluso las preocupaciones como deberes y de encontrar una satisfacción en la pesadumbre. dio respuestas casi embrolladas a preguntas precisas. No dudaba de que ella escribiría. aunque había llegado un día antes. éste no cesó de pensar en la mujer y. se acostó a dormir abajo. extraños. en efecto. unas manos inertes. Cuando vio con qué manos tan indiferentes la señora Clara desdoblaba la carta de la desconocida. creyó reconocer esto último de golpe. Y durante las semanas siguientes. esperaba en cada correo una noticia de la mujer. Sus ojos eran azules como acero y mostraban conciencia del deber. De Sicilia llegaron todavía dos pintorescas tarjetas postales con rápidos saludos. recordó también las manos de ésta. hasta podría decirse que en el corazón de Fallmerayer con una fuerza mucho mayor que la catástrofe.BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH 46 IV Este extraño aroma permaneció en la casa. ya no habría podido ejercerlo con la conciencia limpia. Sigilosamente. que nunca se atrevió a preguntarle. como si ese nombre fuera uno de sus secretos encantos corporales. Fallmerayer la sabía de memoria: conocía perfectamente el lugar de cada palabra. Ahora que lo conocía. a fin de guardarlo sólo para él. Frutas y rosas despedían un aroma muy fuerte del sur. y del esposo de la condesa Walewska para la esposa del jefe de estación un paquete de rosas pálidas y fragantes. y en las que Fallmerayer fue interrogado un par de veces. Ella y su esposo querían viajar hasta Sicilia. como era lo correcto. desde tiempo atrás sentía una gran curiosidad. para agradecer la hospitalidad. Fallmerayer. En ese momento se encontraba en Roma. e intentó convencerse de que arriba. con raras plumas. sólo que a él le parecía como si la carta de la condesa tuviera un aroma más poderoso. se resolvió a mostrar la carta a su mujer sólo dos días más tarde. Y aquella noche pretextó una repentina obligación en el trabajo. los meses. Si su trabajo no hubiera sido relativamente fácil y él mismo no se hubiera convertido desde años atrás en un componente casi mecánico del servicio. la retuvo un poco más. Cuando se aproximó el periodo de vacaciones. aún dormía la desconocida. Fallmerayer llevó de inmediato las frutas y las flores al departamento. pero había seguido sintiéndose conmocionada hasta mucho tiempo después de su arribo a Merano y había requerido de reposo. Pasaron los días. La Walewska escribía que había continuado con su esposo el viaje hacia el sur. dos centelleantes y plateadas manos. Para las gemelas llegó al otro día una linda canasta de frutas. un verano caluroso. "Ania Walewska" decía la firma. Él se quedó y continuó en el . Pero la carta. así. como aturdido por el olor que ella había dejado en torno suyo y dentro de él. en su cama. no tristeza.. Escrita con tinta lila y con rasgos grandes y presurosos. Entonces hubiera debido besarlas —pensó por un momento. como si las viera por primera vez. era para él como si ella le hubiera regalado un dulce secreto. Y. en la memoria.. Era una carta breve. las letras eran como una hermosa multitud de pájaros esbeltos.

.. Tal vez la señora Fallmerayer la había destruido mucho tiempo antes. Como hacía un servicio relativamente importante. de la lluvia. Se obligó a guardar silencio. V Fallmerayer era alférez en la reserva del vigésimo primer batallón de caza. Ciertamente. abrazó a sus hijas. No obstante. sólo sintió la cruel decisión de esta hora cuando estuvo en un compartimiento con algunos compañeros. de las ciénagas. Fue entonces cuando se produjo la movilización general. Empezó a despreciarse un poco. Fallmerayer era el único a quien le pareció que la guerra lo había liberado de una situación desesperada.. También su mujer. y segundo porque de vez en cuando contaba algo acerca de su mujer y sus hijas. Peleó en el Este. Reprimió las lágrimas. besó a su mujer y viajó hacia el batallón. inspecciones y asaltos. tan pronto como comenzaba a hablar sobre los suyos. para Fallmerayer —si quería igualarlos— era como si tuviera que poner en la mirada y en la voz una inquietud exagerada. En medio del hedor de los gases. Revolvió todos los cajones buscando la carta de la mujer. Tuvo derecho a vacaciones pero renunció a ellas y regresó a la lucha. de las que en ese momento se sentía mucho más distante que de la condesa Walewska. En silencio se había prometido demasiado de esta soledad: únicamente cuando se quedó solo empezó a notar que de ninguna manera había querido estar solo. hijos desconsolados. Se trataba de oficiales de reserva. La señora Fallmerayer no dejó de sentirse orgullosa de su esposo. Y de hecho hubiera tenido más ganas de hablar con sus compañeros sobre la condesa Walewska que sobre su casa. del sudor de los vivos y del olor de los cadáveres en descomposición. del fango. Pero ya no la encontró. porque callaba aquello que lo movía íntimamente. Escribió las habituales cartas de afecto desde el campo a la casa. Fue un soldado valeroso. empezó a estudiar ruso en libros descubiertos por azar.BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH 47 servicio. Todos habían dejado atrás una casa amada. las gemelas le inspiraban compasión. como a otros colegas. fue al campo de batalla. Por primera vez desde el casamiento se separaba de su mujer. combatió. Fue condecorado y ascendido a teniente. empacó sus cosas. del olor de la sangre. entre escaramuzas. una mujer de un país enemigo. Fallmerayer perseguía el extraño aroma de la piel . Pero mientras los compañeros —en cuanto empezaron a hablar de su terruño— reflejaban en los semblantes y en los gestos toda a ternura de la que eran capaces. también su mujer. Y lo hizo casi con voluptuosidad. Regresaron la esposa y las niñas. le hubiera sido posible. Fue herido y pasó al hospital. VI Ingresó en el ejército. Durante el tiempo libre. Sus ojos azules estaban llenos de una amarga conciencia del deber. pero sólo en el momento de la partida. creyó sentir que se diferenciaba de todos los oficiales presentes en el compartimiento por una indeterminada serenidad. si bien no falsa. Y se dio cuenta de que mentía doblemente: primero. Dejó el servicio al asistente de la estación. Ciertamente. Y todos eran en esa hora soldados entusiastas al mismo tiempo que padres desconsolados. Sin embargo. Se acabó julio.. permanecer todavía un tiempo en la provincia. Fallmerayer se puso el uniforme. En cuanto al propio jefe de estación. La señora Fallmerayer lloró y las niñas se regocijaron porque veían a su padre con una ropa desacostumbrada.

Como sabía ruso. discreciones. La pesada bruma de la hulla se sobreponía a la fragancia de los campos florecientes. Resultó fácil encontrar el nombre de la finca que pertenecía a la familia Walewski. en su idioma. Aprendió ternuras. Su oído extremadamente aguzado lo hizo captar las tonalidades más tiernas. como su vida posterior. Guerra. ¿Realmente estaba preparado para todas las contingencias? ¿Ella se encontraba siquiera en casa? ¿La invasión enemiga no la habría forzado a buscar regiones más seguras? Y. ¡Cuan diferente el mundo de aquí!. Cada nuevo sonido de la lengua extranjera que aprendía lo acercaba más a la mujer extranjera. Fallmerayer pensó en su infancia. y con una lengua fluida las repitió. Conversó con prisioneros de guerra rusos. jefe de almacén. VII Había retenido muy bien el nombre Solowienki. alegre y triste a la vez. Era una madrugada de mayo. Densas y oscuras manchas de bosquecillos de abetos se alternaban con la clara y alegre plata de los abedules. Sentía un agradecimiento infinito hacia el destino que lo había llevado a la guerra y a ese lugar. trinaban las alondras.BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH 48 de Rusia y el innominado perfume de la mujer que alguna vez descansó en su cama. Todo había sido sólo una preparación (quién sabe: tal vez insuficiente) para el encuentro con la mujer. Finalmente llegó a las cercanías de Kiev. Había soldados marchando y haciendo sonar sus estoperoles y sus sables: se dirigían a hacer los ejercicios de siempre. Había nacido y crecido no lejos de la estación donde sirvió hasta el estallido de la guerra. Más que retenido: ese nombre se le había hecho íntimo y familiar. en su almohada. El humo gris de las máquinas se confundía con los nubarrones azules sobre las montañas. si vivía en su casa. Ocultas en la alta bóveda de un azul luminoso. opresiva y dolorosa. Pasó en un carro de dos ruedas muy ligero frente a prados florecidos y viajó por un camino arenoso y serpenteante a través de una región casi deshabitada. hasta formar una sola niebla de dulce melancolía y nostalgia. él pasó a uno de los regimientos conocidos poco después como de ocupación. debajo de su cobija. Aprendió la lengua materna de esta mujer y se imaginó que hablaba con ella. Las locomotoras silbaban y sostenían diálogos con el júbilo de las aves. y simultáneamente experimentaba una angustia inefable ante todo aquello que apenas ahora lo esperaba. lo esperaba. Fallmerayer cayó en una dulce agitación. También su padre había sido empleado de los ferrocarriles: un empleado menor. Estaban separados por una gran guerra mundial y aun así habló con ella. proximidad de la muerte: todos eran acontecimientos sumamente pálidos comparados con aquel que ahora era inminente. estuvo colmada por los ruidos y los olores del ferrocarril y también por los de la naturaleza. herida. cuando a su batallón lo destinaron al frente del sur. Se llamaba Solowki y se hallaba a tres verstas al sur de Kiev. ya nada de la bondad secreta en una pendiente suave y apacible: aquí había saúcos exiguos y ya nada de plenas . ¿no estaría con ella su esposo? De cualquier manera había que ir y ver. Pero ella vivía para él. Ya nada supo aparte de lo último que había visto de ella: rápidos saludos y firma rápida en una tarjeta banal. Fallmerayer mandó enganchar los caballos y partió. asaltos. excelsas ternuras rusas. Hablaba con ella. Y el viento matutino trajo de la remota lejanía el canto intermitente de los soldados que se hallaban en distantes barracas. Pasó primero como intérprete al comando de división y de ahí al "puesto de noticias" y de "inteligencia". en la naturaleza de su terruño. Toda la infancia de Fallmerayer. Pronto debería hablar con ella.

Cabañas chaparras con techos de paja amplios y bajos como caperuzas. estaba en casa. Aquí se produjo un breve silencio. —Me llamo Fallmerayer —dijo. —Claro que lo estoy —replicó ella—. Aquí vivía con cuatro criados. como si antes tuviera que pensar en una respuesta cautelosa: —¡En el frente. Algunas moscas zumbaban en las ventanas. cuente usted! —le pidió la Walewska. —¿Demasiada luz? —preguntó. Ella no huía. oscura. —¿Esta usted muy preocupada? —preguntó Fallmerayer. el sol de la mañana reposaba dorado y satisfecho. Fallmerayer miró sin decir palabra el ancho y blanco rostro de la condesa. Le ofreció asiento. lastimado. alimentado. Fallmerayer fumaba. Ella por supuesto había olvidado el nombre. Y él volvió a respirarlo: a oler ese aroma que durante tantos años lo había perseguido. Desde hace tres meses no sé nada de él. —¡Oh!. Justo al principio de la avenida de ralos abedules que anunciaba el paulatino ascenso a la mansión. Sí. La condesa le siguió contando que se había negado a abandonar la casa. dijo Fallmerayer. consolado. ella le pidió té. extraña. No cedió el silencio entre los dos: por el contrario. Sí. Lo tomó por una de las muchas visitas militares que había tenido que recibir en los últimos tiempos. y él relató brevemente cómo le había ido—. —¡No he vuelto a verlas! —dijo Fallmerayer—. tanto más violentamente llameaba la pregunta en su corazón. Las manos de ella descansaron un momento en las suyas. de donde tomó una campanilla. Fallmerayer saltó del carro y continuó el caminó a pie para que así durara un poco más. Por ahora no podemos dirigirnos cartas. un susto bien conocido. Ella regresó a la mesita. Ella se le acercó y tomó sus manos. Su voz. lo asustó y a la vez le resultó grata y familiar: un estremecimiento íntimo. dijo el hombre. Otros habían huido. —Perdóneme. —¡Mejor oscuro! —respondió Fallmerayer. recibido con cariño. ¿Ella me entenderá? Y mientras más se acercaba a la finca de los Walewski. Se levantó para cerrar la cortina de una de las tres ventanas. perdidos en la vastedad y aun así como ocultos en aquella superficie fácil de abarcar con la vista. Mientras ella le servía. Voy a darle aviso. se alejó lentamente y volvió al poco tiempo. él le preguntó de repente: —¿Y dónde está su esposo? Ella esperó hasta llenar la taza. ¡Qué tonto soy! —dijo Fallmerayer y bajó la mirada hacia la taza de té. la señora condesa estaba y podía recibirlo. Un viejo jardinero le preguntó qué se le ofrecía. Tal vez ella lo entendió. ¡Qué distintos eran los países! ¿Eran así también los corazones humanos? ¿Y ella me entenderá? —se preguntó.BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH 49 umbelas atrás de las cercas cuidadosamente pintadas. la Walewska no lo reconoció. Pronto ya no dudó de que sólo unos minutos lo separaban de ella. pueblos diminutos. ¿Y su mujer y sus hijas? —le preguntó. Llegó el viejo sirviente. ansiado desde hacía incontables años. Nunca tomé vacaciones. tanto más seguro le parecía que la mujer se hallaba en la casa. dos caballos de silla y un perro. —Usted se acordará —comenzó él—. El dinero y las joyas los había . Quería ver a la condesa. circundado. ¡cuente. En la amplia y baja habitación encalada de blanco y casi desnuda. ni de sus campesinos ni tampoco del enemigo. Por supuesto. la del centro. iba creciendo hasta que les trajeron el té. profunda. como me imagino que lo estará su esposa por usted. Mientras más se aproximaba. por supuesto! —dijo después—. Soy el jefe de estación en L.

Durante un buen rato buscó una palabra: no sabía cómo se dice "enterrado" en alemán. Lo estudié. las primeras desde que lo habían llamado a filas. Fallmerayer sonrió. Es imposible que un ser humano se sienta atraído tan irresistiblemente y que el otro permanezca cerrado. lo llevaron al jardín posterior de la casa. para poder hablar alguna vez con usted fue por lo que aprendí ruso. Ella le confirmó que lo hablaba perfectamente. Su nombramiento como teniente tenía que producirse en unos días. Y sin esperar su invitación y sabiendo muy bien que ella interpretaría correctamente su descortesía. La condesa le preguntó si quería comer. como no se atrevieron a pedirle que se fuera. El amor encendió nuevas luces. De hecho creyó ver el destello de un vestido claro detrás de este o de aquel ventanal. De este modo la condesa transformó la confesión de Fallmerayer en un ejercicio de estilo carente de importancia. pronto habrá de amarme. muy particular. le dijo: —¡Vendré nuevamente en los próximos días! Ella no contestó. Por supuesto. VIII Partió. —Sí —respondió—. estrecho. Se le dijo que la condesa Walewska no estaba en casa y que no la esperaban para antes del mediodía.. Lo aprendí en la guerra —y continuó en ruso—. Se puso de pie inmediatamente. Ahora quiero retirarme —pensó él. —Tuve que esperar mucho —dijo—. En el jardín de atrás he mirado hacia los ventanales y he imaginado que tenía la dicha de verla. Ella siente lo que yo siento. Así se me fue el tiempo. por usted. Él besó su mano y partió. —Bien —dijo él—. Regresó a la casa cuando sonaron las doce en la iglesia cercana. Fallmerayer quiso todavía aguardarlo. La condesa contó sobre el estallido de la guerra. Pero justo esa respuesta le comprobó a él que ella lo había entendido perfectamente. tenía hambre. como si él hubiera dicho esa frase tan llena de sentido sólo para probar su dominio de la lengua. Y. A Fallmerayer le pareció que se había puesto esa armadura por causa suya. Decidió tomar por lo pronto dos semanas de vacaciones. —¿Sabe usted ruso? —le preguntó ella. La señora Walewska ya estaba ahí y en ese momento bajaba por la escalera con un vestido negro. Levantó la vista hacia los ventanales y conjeturó que la condesa se hallaba en casa y se negaba a recibirlo. pues ya era la hora. Entonces esperaré en el jardín. Despachó sus obligaciones con la acostumbrada formalidad del funcionario y del oficial. Y si aún no me ama. Esperó con paciencia y realmente tranquilo.. cerrado hasta arriba. sobre el regimiento de guardia de su marido . replicó él. para usted.BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH 50 enterrado. Fallmerayer dijo la palabra rusa. y fue como si al fuego que ardía eternamente en su corazón le hubiera brotado un pequeño fuego más.. pero lo hice con gusto.. Dos días después volvió a ir a Solowki. Es una ley —se dijo—. Pero de los tres platillos que se sirvieron sólo tomó porciones muy insignificantes. un delgado collar de perlas en el cuello y una pulsera de plata en la fina muñeca izquierda. sobre cómo habían tenido que volver a toda prisa a casa desde El Cairo. como usted sabe. ya no dudó de que su destino empezaba a cumplirse.

Y cuando él tomó el fuete. . arriba de su cabeza. Fallmerayer dijo: —¡Caminemos por la lluvia! Voy por el abrigo. él adivinó todo lo que ella pudo contarle. que de cualquier modo estaba callado. algunos segundos. dijo. De cualquier manera. tranquila. sobre su juventud y su padre y su madre y después sobre su infancia. hoy y después. Fallmerayer se levantó. ¿A dónde quería irse de viaje? —le preguntó la condesa. contó acerca del frente y nunca puso atención al contenido de sus palabras. A todos sus camaradas les dijo que iba a viajar a casa. Fallmerayer oyó el ruido aunque se hallaba ante el portón. Si quería venir. Pero en realidad se dirigió a la mansión de los Walewski.. ella alzó lentamente la mano en un medio saludo forzadamente refrenado. mudos. Incluso sus poros estaban atentos. con su austero vestido negro. También ahora imaginaba por las noches arriba suyo. ¿Qué podía esconderle esa mujer? Aquel austero vestido no protegía su cuerpo de la mirada conocedora de Fallmerayer. conversó con ella acerca de muchos temas indiferentes y lejanos. Y al mismo ritmo. olían. y su canto monótono era la canción misma de la tranquilidad nocturna. había suficientes habitaciones en la casa. pero en unos días iba a tomar vacaciones. Así permanecieron. Ahora se veía obligada a dejarlo solo y a darse una vuelta por la casa. Puesto que ella no podía quedarse a su lado. Fallmerayer oyó sus propios latidos. En la espaciosa escalera alumbraba una linterna amarilla de petróleo.. se hizo contar cosas y no las escuchó. Ella se aproximó. Le pareció que también el corazón de ella latía tan fuerte como el suyo. Se volvió. —¡A ninguna parte! —respondió—. durante los seis días durante los que la condesa había pernoctado encima de él. Él se despidió. la noche. Cuando subió al carro. De repente rechinó la escalera. tan pronto como fuera ascendido a teniente. por lo demás: también las palabras de ellas. se vistió y salió de la casa. Él se inclinó sin decir una palabra. acariciándose el pequeño bigote rubio y escuchando al parecer atentamente. con su claro y amplio rostro. tantas que no tendrían necesidad de estorbarse el uno al otro. comió todos los días con la señora de la casa. tranquila. ella esperó en el umbral de la casa. la lluvia. como durante el día. Cuando se levantaron le dijo que aún pensaba quedarse: hoy tenía día libre. Una noche asfixiante en que caía una lluvia benigna. tomó un cuarto en el piso bajo que se había dispuesto para él. del portón abierto no llegaba ninguna brisa. cayendo como sobre delicada arena. Era como si buscara historias de un modo compulsivo e incluso estuviera dispuesta a inventar alguna sólo para impedir hablar a Fallmerayer. Había dejado abierto el pesado portón y vio a la condesa Waleska bajar la escalera. Y él sintió el anhelo de sus manos hacia ella. su lenguaje. Pero escuchaba el aroma que irradiaba la mujer con mucha mayor intensidad que sus palabras. en su cuarto. No durmió por las noches: durmió al igual que años antes en el edificio de la estación. ¡Quiero quedarme con usted! Ella lo invitó a quedarse tanto como quisiera.BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH 51 y los camaradas de éste. Estaba perfectamente vestida. IX Más o menos una semana después de esta visita. de su corazón. Y. entonces prefería volver a la ciudad. Tranquila estaba la casa. Nada en ella era capaz de ocultársele. El aire era ahora como más bochornoso. la nostalgia de unas manos que deseaban llegar hasta la mujer. el recién nombrado teniente Adam Fallmerayer obtuvo sus vacaciones.

con muchos esfuerzos. Y como en medio de la confusión provocada por los repentinos acontecimientos aún le quedaban. durante la inolvidable noche de la catástrofe. consiguió quedarse. como suele ocurrir en las horas de gran peligro. indiferente a su persona. Para él. Vino la Revolución. apareció Fallmerayer con los carros y sus soldados y obligó a su amante con palabras duras y casi con violencia física a recoger las joyas que tenía enterradas en el jardín y a disponerse para el viaje. A nada le temía más que a una paz repentina. Le parecía que sólo él estaba sobre la tierra. regresó con el abrigo. Fallmerayer apretó más el brazo contra el hombro de la mujer y notó a través del duro material empapado del abrigo la complaciente bondad del cuerpo. se dirigieron contra las propiedades de sus antiguos señores. Esto duró una noche entera. caído en el frente o asesinado por soldado comunistas sediciosos. se alzó palpando hacia el pelo mojado de ella. y con redoblada cautela cayó rápidamente en la cuenta de que era indispensable salvar la vida de la mujer amada. Eternamente habría de durar la guerra. boca a boca. lo puso en los hombros de ella igual que alguna vez le había puesto una piel: en aquel entonces. los rojos rusos iniciaron su invasión y los campesinos. Pero. se abrazaron. media docena de hombres fieles con armas y municiones y víveres para aproximadamente una semana. gracias a su grado militar y a algunos servicios especiales. Cuando vino clareando la mañana gris y . De ningún modo había contado con ella el teniente y amante Fallmerayer. incendiándolas y saqueándolas—. como si estuvieran iluminados por una luz encendida en el interior. los troncos esbeltos y ralos alumbraron como si fueran de plata. Y en el mismo momento los dos se detuvieron. durante un rato le pareció que ella se estrechaba contra él. él y la prenda de su amor. Nunca más la paz sobre la tierra. Cada mañana y cada noche bendecía la guerra y la ocupación. se volvieron el uno hacia el otro. Y así caminaron hacia la noche y hacia la lluvia. la suya propia y sobre todo la convivencia de ambos. a quienes el exceso de su pasión les enceguece los sentidos. como si este fulgor plateado de los más tiernos árboles del mundo encendiera la ternura de su corazón. el violento golpe del momento extraordinario también sacudió su razón adormecida. pero. Y se besaron largamente. Fallmerayer había caído en una despreocupación justo como les sucede a algunos hombres. de nuevo sublevados. Y así. dentro de los primeros dos días —en los cuales se desplomó el ejército austriaco. recursos de auxilio e incluso de poder para lo más inmediato. a pesar de la húmeda penumbra. X Cierta vez el teniente Fallmerayer iba a ser trasladado a Shmerinka. logró poner a disposición de la condesa Walewska dos carros bien protegidos. Recorrieron la avenida. en ese puesto. estuvieron cara a cara. el grande e intrincado destino del mundo continuó avanzando. La mano soltó entonces el hombro. Estaba completamente resuelto a quedarse. en medio de la lluvia y de la noche. el abrigo se deslizó de los hombros y cayó sordo y pesado en la tierra. Sin embargo. les roba el discernimiento. pasó rozando la oreja mojada. Y. eternamente el servicio de Fallmerayer en ese sitio. se apresuró a aprovecharlos rápidamente.BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH 52 Y sin esperar un asentimiento se precipitó en su cuarto. y luego puso el brazo encima del abrigo. por supuesto. Una tarde (la condesa se resistía aún a abandonar su casa). el conde Walewski estaba muerto desde hacía mucho. les trastorna el entendimiento. el alemán salió de Ucrania. Y así. pero un momento después había de nuevo una distancia entre sus cuerpos. tocó el rostro mojado.

que todas las carreteras del país que conducían al oeste estarían congestionadas por tropas en reflujo. encontraron al fin un capitán confiable de un vapor de apariencia un poco frágil y viajaron primero a Constantinopla. Tampoco se preocupaban por el futuro. En ella vivía ahora él mismo. y apenas había una hora del día en la que no estuvieran en la mayor proximidad. la arrasó. Y lo más importante: un agudo instinto decía a los dos amantes que en un tiempo en que el caos absoluto reinaba en toda la tierra. En el auto más amplio. Esta mujer. su mundo. de sus costumbres. Finalmente descubrieron que sólo en compañía de los otros sería posible llevar a cabo la fuga. como se evidenció después. emprendieron el camino. Ahí despidieron a los acompañantes. Tan libre de aspiraciones como Fallmerayer vivía la condesa Walewska. Un chofer militar dirigía el vehículo de pasajeros que seguía al primero y en el que iban la condesa y Fallmerayer. en un lapso muy breve (cuatro días en total) lograron llegar a Tiflis. Antes bien. En esas circunstancias fue inevitable encontrarse con familias que conocían de cerca o de lejos a la condesa y que también buscaban un barco que los salvara. Fallmerayer se preocupó por hallar un barco que pudiera llevarlos a Bakú. Podía suponerse. En sus ojos veía cada hora su propio reflejo. Cuando visitaban las mesas de juego. con techo de lona. A cada uno de los hombres que debían acompañarlos hasta el Cáucaso le prometieron una considerable suma de oro puro. Y este país se había convertido en su tierra. Fue raptada hacia un país completamente extraño. sino hacia el sur. era ya incluso un hecho— que en las fronteras occidentales del reino ruso hubieran dado inicio nuevas guerras. si es que se necesitara. También hacia el sur y hacia Crimea habían huido muchos rusos del estrato noble y del burgués pudiente. con seguridad. donde los Walewski habían comprado una pequeña villa antes de la guerra. con buen ánimo. Se pusieron de acuerdo con otros que querían abandonar Rusia por el mar. en Crimea y en el Cáucaso la condesa Walewska tenía parientes ricos y poderosos. ¡Y quién sabe qué debía esperarse en las fronteras de los estados occidentales recién surgidos! De cualquier modo era posible —y. Habían resuelto no viajar en dirección oeste. No les importaba todo lo que sucediera en el ancho y perturbado mundo.BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH 53 húmeda del tardío otoño. Los bienes que ella había traído consigo les aseguraban una vida libre de trabajo durante varios años. evitaron ser vistos por conocidos. de quienes de cualquier forma aún podía esperarse ayuda en estas circunstancias cambiantes. al puerto más seguro. de la realidad en la que había vivido.. su amante. cuando se le acercaba. Y. la alejó miles de millas de su origen. se encontraban los soldados. Como Fallmerayer había preparado muy bien todo y había previsto cualquier accidente probable o improbable. Y la condesa no pudo menos de dar información mendaz sobre la persona de Fallmerayer y sobre las relaciones entre ambos.. de donde todavía salían regularmente barcos a Italia o a Francia. les pagaron la recompensa acordada y conversaron exclusivamente al chofer hasta Bakú. de sentimientos e ideas nuevos. Aunque habían considerado encontrarse con parientes. que poco tiempo antes aún hubiera sido demasiado orgullosa para obedecer el deseo de su corazón o de sus sentidos: esta mujer estaba ahora entregada sin propósito y sin voluntad a la pasión de Fallmerayer. estaban listos para emprender la huida. Al mar querían llegar antes que a otra parte. lo hacían por efecto de una alegría . Y entonces Fallmerayer se creyó en el apogeo de su felicidad y de su vida. Lo amaba la mujer más bella del mundo. el mar eterno tenía que ser la única libertad. Tres semanas después llegaron a Monte Carlo. un jefe de estación de las líneas austriacas del sur: ella era su hija. arrastró a la mujer. Ella estaba siempre junto a él. Además. aunque con la natural excitación. La tormenta del amor que desde la noche fatídica de la catástrofe en la estación L comenzó a crecer en el corazón de Fallmerayer. como hacía entonces todo el mundo. exactamente como su poderosa imagen había vivido a su lado por tanto tiempo.

Los dos se sentían felices con cada pérdida. Un curioso azar —le contestó días después el primo Heinrich— había dispuesto que su nombre se encontrara desde dos años antes en la lista de los desaparecidos. desde el momento en que este deseo surgió en ella. y —como no quería ir a Viena— pidió. no era capaz (como sólo pueden serlo muy pocas mujeres) de amar por largo tiempo. vio en su amante (cuyo desmesurado amor había despertado en ella su hermosa y natural falta de juicio) el modelo de la superioridad razonable y mesurada. Mientras tanto. Lo mejor sería seguir callando. como todos los felices. Ella se tranquilizó. atacada una vez por aquella angustia misteriosa que la naturaleza siembra en la mujer profundamente enamorada (tal vez. Y nada le pareció más importante que traer al mundo a un niño que habría de reunir sus propios méritos con los incomparables de su amado. aunque Fallmerayer no le había dado ningún motivo. Fallmerayer —agradecido. Desde hacía mucho su esposa y las gemelas vivían en Brün con sus padres. La vida aún no daba inicio. XII Entonces. quién sabe. comenzó a imaginarse las excelentes virtudes de ese hijo. y comunicó a la condesa que el conde . que un buen abogado se encargara de formalizar el divorcio. en la villa de los Walewski apareció un desconocido. Irrefutablemente confirmados veía su propia personalidad y su amor. un día. y. empezó a exigirle que se separara de su mujer y renunciara a sus hijas y a su puesto. tanto con el destino como con la mujer que lo ayudó a realizarlo— no cabía en sí de felicidad. quien ocupaba un alto puesto en el Ministerio de Educación en Viena. sin temer la pérdida del amado (pues es a menudo el temor de las mujeres de perder al hombre lo que aumenta su pasión y su amor). Sin embargo. Fallmerayer había cumplido cuarenta y cinco años. y realmente lo perdieron como para hacer justicia al refrán según el cual es afortunado en el amor quien es desafortunado en el juego. ofreció ser discreto y mostró la correspondencia a su amante. la condesa Walewska exigió a su amante un hijo. XI Aun teniendo la condesa Walewska a su Fallmerayer para ella sola. comenzó a consagrarse en cierto modo al inconmovible fervor por el niño. un caucasiano de nombre Kirdza-Schwili. bajo el supuesto de que Fallmerayer no tuviera ningún problema con las representaciones austriacas en el extranjero con respecto al pasaporte y esas cuestiones. si esto era posible.BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH 54 desbordante. Sólo dentro de seis meses comenzaría la vida. Su ternura ya no tuvo límites. su esposa y sus parientes ya lo contaban entre los muertos.. estaban propensos a poner a prueba su felicidad para acrecentar en lo posible si es que resistía. Fallmerayer dio las gracias a su primo y prometió escribirle en adelante sólo a él. como todos los hombres enamorados. Atrevida. Se embarazó. Ya no temblaba por Fallmerayer. y le comunicó que había concluido definitivamente su vida anterior. Podían darse el lujo de perder dinero. Fallmerayer escribió de inmediato a su primo Heinrich.. Y como él mismo nunca había dado noticias de sí. Se esperaba a la criatura en seis meses. Y así. como si aún necesitaran de la superstición para estar seguros de su amor. Pero. para asegurar la existencia del mundo). irreflexiva. viva como era.. Desde hacía mucho un nuevo jefe administraba la estación de L..

¡Nos quedamos aquí! —¡Vas a tener un hijo mío! —dijo Fallmerayer—. Mientras el caucasiano estuvo presente. bendecida en el monasterio de Prokoschni— había eludido las iniquidades de la guerra y a los bolcheviques y se hallaba en camino hacia Monte Cario. Su amada leía en una silla junto a la venta. el sirviente. Tuvieron que cargarlo para meterlo en la villa. Alcanzó a ver cómo su amada ponía correctamente las almohadas y se sentaba en la orilla de la cama. Él levantó hacia la mujer la cara amarilla. sintió por primera vez en la vida una punzada aguda y repentina en el pecho. Debía llegar en unos quince días. una cara larga. Fallmerayer sostuvo la cabeza y los hombros. Arribó una tarde. amarilla. Acuéstenme. el mensajero. Nunca más volvió a oírse hablar de él. Su mujer caminó detrás de la silla de ruedas. ¡Es una situación imposible! —¡Te quedas aquí hasta que venga! ¡Lo conozco! Entenderá todo —respondió la mujer. Dos conductores lo bajaron del vagón. Y cuando. Transportaron al conde por el andén como a una parte más del equipaje. huesuda. La condesa Walewska. En el techo se acomodó la silla. boca delgada y un bigote negro y colgante. Acompañó al huésped una parte del camino. Fallmerayer lo ayudó. el sirviente y Fallmerayer cargaron al conde hasta su cuarto en el primer piso. —¡Buenas noches! —dijo Fallmerayer. XIII Fallmerayer partió inmediatamente. Fallmerayer. Lo sentaron en la silla. el antiguo atamán de cosacos Kirdza-Schwili. iba rumbo a Belgrado en una misión de la contrarrevolución zarista. siempre infructuosamente. Ella se inclinó hacia él y lo besó. Fallmerayer y el chofer tuvieron que subirlo al auto. Ya había cumplido su encargo —dijo— y querría partir. A partir de ese momento ya no hablaron del conde. Esperaron hasta que un día llegó un despacho suyo.BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH 55 Walewski —gracias a una feliz fortuna y salvado al parecer por una imagen sagrada de San Procopio. huesuda. donde se le había dispuesto una cama. ojos claros. jalar dos cobijas cafés sobre las piernas. resultó que no podía comer solo: su mujer tuvo que darle. con nariz afilada. . Fallmerayer guardó silencio. —¡No puedes recibirlo! —dijo Fallmerayer— ¡Huyamos! —Le diré toda la verdad —replicó ella—. La condesa Walewska le presentó a Fallmerayer como fiel administrador de la casa. se acercó la hora de dormir. Fueron juntos a recogerlo a la estación. Él. —Tengo hambre —dijo el conde. por delante. Esperaron. Cuando pusieron la mesa. Con las largas manos azules de frío y descarnadas él intentó. Cuando regresó. después de una comida cruelmente silenciosa. alargada. Un maletero acercó una silla de ruedas. Fallmerayer vio la cara del conde. el conde dijo: —Tengo sueño. los pies.

que hoy pertenece a la República Polaca. ¿De acuerdo a qué indicios hubiera tenido que determinar su pertenencia a esta o aquella nación? Hablaba bien casi todos los idiomas europeos. en la actual Polonia. era simplemente uno de los tipos más finos y nobles del austriaco. un aristócrata auténtico. Los caprichos desnaturalizados que la historia del mundo ha mostrado en los últimos tiempos. Cuando recorría a lo largo y a lo ancho y por el centro su patria múltiple. consejero de gobierno en Praga. Si. de donde a continuación pretendo contar una historia curiosa. lo obligan a ese comentario. La Monarquía Real e Imperial era precisamente una pequeña imagen del vasto mundo. por lo tanto. En todas partes. distintos. En el pueblo Lopatyny vivía el descendiente de una antigua estirpe polaca. sin embargo. No: como muchos de sus correligionarios de las otrora provincias de la Corona de la monarquía austro-húngara. en todas . dicho sea de paso. no sólo estaban completados sus parientes. un hombre supranacional y. uno de sus hermanos servía como teniente de artillería en Bosnia. se le hubiera preguntado —pero ¿a quién se le hubiera ocurrido una pregunta tan sin sentido?— a qué nación o a qué pueblo se sentía pertenecer. que vivían en Viena. otro. El lector perdone. uno de sus primos era consejero de la embajada en París. lógicamente con más frecuencia a aquellos que vivían dentro de la Monarquía. El Conde Morstin había servido de joven en la Novena de Dragones. un cuarto vivía desde hacía años en Pekín sólo por inclinación hacia el lejano Oriente. queda el pueblo Lopatyny. sino también sus amigos. al narrador el que anticipe un comentario histórico-político a los hechos que tiene que participar. No se consideraba a sí mismo ni como polaco ni como italiano. en todas las estaciones. sus "viajes de inspección" privados. en todos los quioscos. le agradaba sobre todo cada característica absolutamente específica. Eran. fue una de las muchas provincias de la Corona de la antigua monarquía austro-húngara hasta el final de la gran guerra. escuelas e iglesias de todas las provincias de la Corona del Reino. como decía él mismo. provenía de Italia y había emigrado a Polonia en el siglo XVI—. Los más jóvenes de sus lectores quizá necesitan saber que una parte del territorio del Este. terrateniente en el Banat húngaro. a la que llaman Guerra Mundial. por ejemplo. el Conde Franz Xaver Morstin —de una estirpe que. amistosamente. ni como aristócrata polaco ni como aristócrata de origen italiano. Uno de sus cuñados era capitán del distrito en Sarajevo. que se repetía en tipos eternamente iguales y. En ellos. algunos antiguos compañeros de la Academia Teresiana. muy lejos de la única línea ferroviaria que une Przemysl y Brody. Franz Xaver solía visitar a sus parientes. el Conde se hubiera quedado sin entender lo suficiente y quizá se hubiera indignado. sus amigos y parientes vivían dispersos en el vasto mundo. otro. El Conde Morstin se detenía ahí dos veces al año (dos semanas y más).BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH 56 El busto del emperador I Die Büste des Kaisers (1934) En la antigua Galitzia Oriental. un tercero estaba en el servicio diplomático de Italia. estaba como en su tierra natal en casi todos los países europeos. los policías llevaban el mismo sombrero de pluma o el mismo casco rojizo con el pomo dorado y la reluciente águila bicéfala de los Habsburgo. De tiempo en tiempo. y por eso era la única patria del Conde. es decir. en todos los edificios públicos.

todas las barreras. administrados por cajeras de grandes tetas y un rubio dorado. en cada guarnición había las mismas camisas de uniforme y los pantalones de gala negros de los oficiales de infantería que deambulaban en el Corso. el mesero patilludo caminaba sigilosamente. a las cuales conocían y temían obreros y campesinos. que es más imponente que el poder bélico de la guerra verdadera. de suboficiales retirados podía hacer comerciantes. en todas partes de este reino grande y variado. "becarios" de estudiantes hijos de campesinos pobres y judíos. nichos obscuros donde los jugadores de ajedrez se acurrucaban como pájaros raros. los mismos pantalones rojos de los soldados de caballería. Así. la misma retreta. todos los financieros. todos los pueblos. en todos los cafés del Imperio. que "contenía a Dios". En su pueblo Lopatyny. todos los tabaqueros. que se hacía nuevamente audible en los idiomas y dialectos de los pueblos. con los aparadores repletos de vasos resplandecientes y botellas de colores. había los mismo cafés con bóvedas difusas. Morstin amaba lo permanente en constante variabilidad. sin duda más ocupada que la mayoría de las oficinas públicas. A la gente de Lopatyny le parecía que el de "Conde" ni era sólo un título nobiliario. se tocaba. que brillaba cordialmente en medio de los distintos colores. Y. lo que entusiasmaba especialmente al Conde. como se le llamaba en el pueblo. los pies estirados hacia adelante. el Conde aparecía en el balcón y saludaba a los pobres. las rodillas algo temblorosas. La realidad no los desmentía pues debido a su evidente reputación. entre todas las canciones populares resonaba con peculiar color local el alemán de los austriacos. y que recordaba a un idioma medieval. utilizaba dos secretarios y tres escribanos. totalmente particular. sino también un importante título oficial. al mismo tiempo. el Conde era más que cualquier instancia oficial. en todas partes. Como cada austriaco de aquellos tiempos. exentar del Servicio Militar a los hijos enfermizos de algunos judíos. promover el recurso de gracia. las mismas guerreras cafés de la artillería. lo extranjero se le hacía más íntimo sin perder su colorido y el terruño tenía el encanto eterno de lo extraño. que él tenía que visitar para hacer diferentes gestiones. representaban aquel poder bélico especial de las maniobras. mendigos y vagabundos de los alrededores se reunían frente al balcón de la Casa Morstin para recibir de los lacayos monedas de cobre envueltas en papel. más que el juez de la pequeña capital de distrito más cercana. perdonar o disminuir el castigo de quienes habían sido juzgados duramente. cuando los relojes de las torres eclesiásticas daban las nueve. ¡Con qué gusto llevaba a cabe todo esto! De hecho era una instancia no prevista por el Estado. cuando . castigar legalmente a gendarmes. Casi en todas partes. lo habitual en el cambio y lo familiar en medio de lo inusual. negligente. Y en cada tierra se cantaban otras canciones. nasal. Y. sobre todo. conseguir descuentos en los ferrocarriles para los más pobres. ejercía "la caridad señorial". todos los policías. cada viernes. Desde hacía más de cien años. hacían cabañas y casas para los cuarteles y. más que el capitán de ese mismo distrito. el Conde Morstin podía reducir impuestos. los financieros llevaban el mismo portépées verde (casi floreciente) en los sables relumbrantes. la servilleta en el brazo.BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH 57 partes estaban las puertas de los reales e imperiales tabaqueros pintadas con las bandas diagonales negro y amarillo. En todas partes. y en cada lugar se hablaban varios idiomas distintos. cada tarde. policías y funcionarios públicos que abusaran de su poder. era el negro-amarillo jovial y festivo. consistente en preguntas matizadamente vigorosas y respuestas melancólicas. Para cumplir con sus obligaciones. más que los altos oficiales que cada año comandaban las tropas en las maniobras. carteros y telegrafistas. suave. Además fiel a la tradición de su casa. todos los trenes. hacer que candidatos a magisterio que esperaban un puesto fueran nombrados suplentes del Gymnasium. una humilde imagen lejana de los viejos servidores de la Corona. Normalmente.

Y así como se sentía obligado a ayudar a los débiles. pues. Ciertamente. y apelaba a todas las instancias hasta imponer su voluntad. más ambiciosas y rebeldes. la ayuda y la protección por mero amor al pueblo. ni un sentido. en el subconsciente— de su vástago. a un tercero un puesto. La antigua monarquía austro-húngara no moría de ninguna manera en el pathos hueco de los revolucionarios. un par de años antes de la guerra a la que llaman Guerra Mundial. se intranquilizaba su conciencia y su orgullo se sentía herido. de la misma forma sentía estima. Dicho sea de paso: no era siempre la bondad del corazón lo que daba origen a esta caridad. Sin embargo. Le hubiese sido imposible. sino de las imperiales. que quizá habían conducido a algunos sus antepasados a la práctica de la caridad. Renunciaba a cualquier trato con amigos. Ciertamente. no le interesaba ni la cacería. —o. como a los niños. que amaba al Emperador no a causa de sus características humanas. a diferencia de sus vecinos e iguales. sino en la irónica incredulidad de los que hubieran debido ser su confiable sostén. Por lo demás. Sin embargo. hacía que su conciencia se sintiera tan satisfecha como su orgullo. Pero estas consideraciones. se le dan al pueblo poderosos justos y juguetes estables. Sus antepasados se preciaban de haber practicado la beneficencia. a un cuarto una audiencia. Por eso. ver al Emperador simplemente como un hombre. El más preciado y profundo deseo del pueblo es saber a los poderosos justos y nobles. por ejemplo. Haberle conseguido una tabaquería a éste. le fue comunicado "confidencialmente" al Conde Morstin que las próximas . a aquel una licencia. La fe en la jerarquía transmitida estaba asentada tan fuertemente en alma de Franz Xaver. renovadoras del mundo. se venga cruelmente cuando los Señores lo decepcionan— igual que un niño que. La persona de Su Real Imperial Majestad.BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH 58 agradecía a los mendigos que le agradecían. destruye totalmente locomotora de juguete cuando ha fallado una vez. el vehemente altruismo del Conde Morstin era su única actividad y distracción. a la cual había servido. la historia le hubiera dado entonces la razón a las sospechas del Conde Morstin. mucho antes de la caída de la monarquía que los chistes ligeros pueden ser más letales que los atentados de los criminales y las conversaciones serias. compasión y la justicia. Y no cedía. el Conde Morstin no pensaba semejantes consideraciones cuando ejercía la protección. ni una meta. II Un día cualquiera. Simplemente quiere ver a un "buen Señor" —y es más noble en su confianza infantil en los poderosos que la de los fieles del magnánimo. si en su presencia pronunciaban alguna palabra sobre el Emperador irrespetuosa a su parecer. influían vivamente en la sangre. como se dice ahora. Le daba un gran señorío a su vida bastante ociosa. respeto y obediencia ante aquellos que se encontraban en más alta posición que él. era para él una aparición siempre extraordinaria. la caridad y la justicia. Por eso. era como si el benefactor y beneficiarios intercambiaran agradecimientos. es decir. el pueblo lo amaba y lo honraba. durante la transformación de la estirpe esa bondad se había enfriado y petrificado paulatinamente como un deber y una tradición. la de sus protegidos. por ejemplo. Quizá ya entonces se sospechaba. ni una benéfica confirmación permanente de su poder. sino una de aquellas leyes no escritas de esas familias nobles. Pues el pueblo no tiene una idea exacta de los motivos que mueven al hombre poderoso a ayudar a los pequeños e insignificantes. conocidos y parientes. Pero si fracasaba alguna mediación para cualquiera de sus protegidos.

Señor Conde!".BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH 59 maniobras imperiales tendrían lugar en Lopatyny y sus alrededores. maestros de primaria descontentos. Como es sabido. que no podía leerlo. A una idea como ésa no llegan los monos. eslovena. una semana o más. checa. en Oderburgo. alemana. Todos reconocían — queriendo o teniendo que fingir que querían— las distintas naciones que había en el territorio de la antigua monarquía. nunca nada más que austriacos. por toda la región se sabía que el Emperador mismo estaría presente en éstas. Nacional —¡¿Lo oyes. que dice que el hombre desciende del mono. en Brünn. Y solía decirle al tabernero judío Salomón Piniowsky. universal y secreto". obedientes a la "exigencia de los tiempos". Morstin fue presa de un gran nerviosismo sincero: fue a ver al Capitán de Distrito. rumana. ucraniana. compró vestiditos blancos para las muchachitas del pueblo. oficinistas menores de correo o ferrocarriles. Salomón. esa "cuestión de nacionalidades" empezó a volverse violenta.. en general en cada nación austriaca.. La teoría de Darwin me parece incompleta. en Praga. a reconocer a la "nación" polaca. el único hombre de los alrededores a quien creía de alguna manera razonable: "¡Oye. En aquel entonces el Conde ya no era joven. que al sexto día Dios creó al hombre. esa escuela elemental de la bestialidad que hoy padecemos. nunca amar. Quizá el mono descienda de los nacionalistas. no! Quiere pertenecer a determinadas naciones. en Troppau. empleados de banco. Nadie en la región había visto una mujer cerca de él. en Sarajevo. etcétera. —de forma que ya a principios de la primavera. alertó a los comandantes de los regimientos circunvecinos. Nunca había hecho el intento de casarse. un poco "raro" y "como de otro mundo". tú sabes lo que ahí está escrito. se confió al clero de las tres confesiones: al Padre católico griego y al católico romano y al rabino de los judíos. por aquel tiempo. guardabosques y. No tenía otra pasión visible que la de combatir la "cuestión de las nacionalidades". hizo que se dotara de uniformes y sables nuevos a los policías y serenos de los alrededores. le escribió un discurso al alcalde ruteno de la ciudad. y todo eso "confidencialmente". Tú conoces la Biblia. ayudantes de farmacia a los que les hubiera gustado ser doctores. en Viena. Credo nacional. algo extraño a los ojos de sus robustos correligionarios. empezaban entonces. ¡Al hombre ya no le basta con estar dividido en pueblos. . Salomón?!—. nunca jugar. Lentamente habían renunciado a las altas posiciones. ¿No es cierto. Salomón! Ese imbécil de Darwin. Y todos aquellos que nunca habían sido sino austriacos en Tamopol. Normalmente eran fotógrafos que eran además bomberos voluntarios de oficio. no al hombre nacional. Nunca se le había visto beber. El Emperador viviría en su casa un par de días. por lo tanto. El Conde Morstin lo odiaba tanto como el concepto moderno de "nación". aquellos que reclamaban una reputación ilimitada dentro de la sociedad burguesa. pues el mono significa un progreso. Por aquel tiempo aproximadamente. en Czernowitz. croata. se introdujo en la monarquía el "voto directo. dentistas que no podían llegar a odontólogos. que hubieran sido felices maestros de secundaria. se habían vuelto rotulistas o empapeladores. Salomón?" "¡Absolutamente cierto. mucho antes de las maniobras. autodenominados pintores artísticos que por falta de talento no encontraban cobijo en la Academia de Artes Plásticas y. "De la humanidad a la bestialidad a través de la nacionalidad". soltero. Enjuto y prematuramente encanecido. parece tener razón. En aquel tiempo. pero que se lo aprendió de memoria con la ayuda del maestro. decía el judío Salomón. se veía claramente que daba origen y respondía a la naturaleza vulgar de todos aquellos que aspiraban a la posición vulgar de una nación moderna. en el siglo XIX se había descubierto que si un individuo quería ser reconocido realmente como tal debía pertenecer a una raza o nación determinada. deliberó con las autoridades políticas y civiles y con las autoridades municipales de las pequeñas ciudades cercanas.

las nubes y el arroyo? ¿No estaba en mi lugar de origen. A sus ojos soy . Ahora. los mismos bosques. el regreso del Conde Morstin y la instauración de la nueva República Polaca. a la que llamaba patria. Pero ¿se le podía llamar un regreso? Ciertamente. ¿Entendido?" Sí. Te daré dinero. en este lugar —seguía preguntándose el Conde— porque pertenecía a un Señor. En la mañana. Ahí permaneció durante años. y su Real. al que también le pertenecían innumerables lugares de otro tipo que yo amaba? ¡Sin duda! Los caprichos forzados de la historia han destruido también mi alegría privada. como alguna vez mucho antes de la guerra. el Conde Morstin hizo retirar el busto. Imperial y Apostólica Majestad tomó residencia en el castillo del Conde Morstin. el judío Salomón Piniowsky lo entendía. Adornarás tu tienda e iluminarás la ventana. Te regalaré una bandera negra y amarilla y la colgarás del techo. calvo y demacrado. donde colocarás el retrato desempolvado del Emperador. viejo. el pantano y el prado. las mismas casas y el mismo tipo de campesino —decimos el mismo tipo pues muchos de aquellos que había conocido el Conde. hasta el estallido de la gran guerra. como se había vuelto con los años. Era invierno y ya se sentía la Navidad. tan "patria" como el pino y el abeto. que quería ser escultor y había terminado un busto del Emperador en gres. y los campesinos y los comerciantes judíos de los alrededores se congregaban para ver al anciano que los gobernaba. IV El Conde Morstin estaba. Hizo colocar el busto del Emperador delante de la entrada de su modesto castillo. de regreso. el Conde Morstin prometió conseguirle una vacante en la Academia de Artes de Viena. el Conde Morstin empezó a entregarse a meditaciones misteriosas y desusadas acerca del problema de su patria. Antes de enrolarse voluntariamente. en ese tiempo. pensaba para sí. como todos aquellos con quienes el Conde había hablado de la llegada del Emperador. III Las maniobras del Emperador tuvieron lugar en verano. Había (a consecuencia de la guerra) viudas y huérfanos en el pueblo: suficiente material para la bondad del Señor que volvía a su patria. helaba en Lopatyny. Como siempre. estaban los mismos campos. enjuto. empacarlo en paja y esconderlo en el sótano. soplaba el eterno viento silencioso del invierno oriental. habían caído. se presentó ante el Conde Morstin el hijo de un campesino de la región. y en los campos. Entusiasmado. a la que llaman Guerra Mundial. en todas partes se habla de la nueva patria. Y cuando aparecía en su comitiva. Pero en lugar de saludar Lopatyny como una patria reencontrada. Ahí reposó hasta el final de la guerra y de la monarquía. las cornejas se acurrucaban inmóviles en los castaños pelones.BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH 60 "Pero —continuaba el Conde— otra cosa: tenemos que esperar al Emperador este verano. por lo tanto. que este pueblo pertenece a Polonia y no a Austria ¿es todavía mi patria? ¿Qué es realmente patria? ¿No es determinado uniforme de policías y aduaneros que nos hemos topado en nuestra infancia. Ahora. se veía al Emperador salir a caballo para hacer un reconocimiento de las prácticas. Poco después de la partida del Emperador. gritaban: viva y arriba y niech zyje —cada uno en su idioma. a los que daban las ventanas occidentales de la casa.

sucedió aquel odioso incidente en un bar de Zürich. En medio del largo bar. en otros países. Estaba ya lo suficientemente viejo para visas y pasaportes y todas esas formalidades. empero. una parte de aquella antigua realidad en la que había vivido antes de la guerra. Con la engañosa esperanza de poder olvidar la situación de su país. Su primera mirada le reveló que todos los tipos que odiaba. última moda americana. se vio intempestivamente interrumpida. Creía que no le daría nada especial. ni bueno ni malo. necesitaba un pasaporte y eso que llaman visa. como es sabido. vio a un grupo numeroso y animado. se habían publicado frecuentemente las declaraciones de un banquero. Una noche logró entrar a uno de los pocos bares nocturnos. Pero. el blanco higiénico del cantinero. con faldas cortas y rodillas deshonestas (además de . damas y caballeros. tener que pasar el resto de su vida en un sueño desierto y. Su parecer coincidía con la opinión del mundo caprichoso. que le evocaba a la asociación de boticarios. que ha perdido el verdadero terruño del eterno vagabundo. pero ¿a qué no se había acostumbrado ya ese pobre viejo austriaco? De cualquier forma. Un día. sin embargo. Realmente le molestaban las lamparitas rojas. Sin embargo. que había tomado como garantía de préstamo a la familia imperial austriaca no sólo una parte considerable de las joyas de la corona habsbúrguica. al único país donde creía poder encontrar la antigua paz.. acerca de las honorables ciudades de los honorables suizos. que eran las primeras leyes después de la guerra acerca del trato entre hombre y hombre. que obligó al Conde Morstin a abandonar el país inmediatamente. no del todo infundada. el Conde decidió viajar cuanto antes. esa noticia provenía de las bocas y plumas de los frívolos que llaman periodistas. consiguió visas y viajó primero a Suiza. y de ser cierta la noticia de que parte de la fortuna imperial había caído en manos de un banquero inescrupuloso. lo apacible de una ciudad que sólo los prófugos de guerra habían conocido. sólo porque no había participado en la guerra. Conocía Zürich desde hacía mucho. a pesar de no haber tenido a sus exponentes de cerca hasta ese momento. ¡Ay! Hubo una vez una patria auténtica. Comió. ¿Ya qué podía pasar en ellas? De cualquier forma: para un hombre que venía de la guerra y del oriente de la antigua monarquía austriaca. estaban representados en esa mesa: rubias teñidas. cuando se oyó gritar con voz cascada: "¡Y aquí. la inmoralidad es mal vista y el pecado tan aburrido como costoso. ¡No lo que el Conde buscaba! No: la apacibilidad había empezado a aburrirlo y lo preparaba para noches insomnes. como Franz Xaver Morstin creía saber. supo que para ir a los países que había elegido en su itinerario. para su sorpresa. Franz Xaver Morstin se dedicó al sosiego largamente añorado. que le recordaba a un cirujano. En aquel tiempo. por culpa del destino. En los primeros días. desde luego no la antigua corona de los Habsburgo. para poder cumplir sueños fantásticos e infantiles. de la decente ciudad de Zürich. en los periódicos de todos los países. y había decidido pasarlas en cualquier parte. bebió y durmió. en la cual. la única patria posible para los "apátridas".BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH 61 lo que se llama un apátrida. está prohibida la prostitución. Empezó a beber en uno de los pocos rincones tranquilos que había en el lugar. a saber. el rubio artificial de las mujeres. la tranquilidad que había logrado crear trabajosamente en ese entorno. Ahora soy un hombre sin lugar de origen. Siempre lo he sido. sino también la antigua corona de los Habsburgo.. tomó un pasaporte. Se sometió por ello a las exigencias de ese mundo fantasmagórico. aunque no la había visto en doce años. Sin duda. sólo accesibles a conocedores. era ya algo parecido a una aventura. Era la antigua monarquía. con la esperanza de encontrar afuera. está la corona de los Habsburgo!" Franz Xaver se levantó.

aterrador. de aquel encuentro con la bajeza. caminaba alrededor de la mesa.BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH 62 horribles). fes de bautismo. Sólo comprendió que la concurrencia estaba compuesta por ancianos indignos (trastornados por maniquís de faldas arremangadas): mujeres de covacha que celebran su día libre. profesiones de fe. adopciones. Franz Xaver Morstin había conocido la ira. ahí podía verse que sobre la tumba del viejo mundo y alrededor de la cuna de las nacientes naciones. explotaban el presente y anunciaban un futuro halagador. repugnantes corredores que conseguían casas. diligente. contaba a sus clientes los extraordinarios pormenores. de todo el espacio del American-bar. desde su infancia. que se repartían los ingresos para la champagne y el propio cuerpo con los meseros. lascivos. más aún. bailaban los fantasmas del American-bar nocturno. Era como si dentro de él creciera un Morstin extraño. insaciables. Era la sociedad que en todas las capitales de mundo europeo. Y sobre el cráneo calvo del hombre que bailaba con las piernas chuecas. un tipo de barbero malicioso. elegantes y al acecho. bonachones. un ruso. pasaportes. el brillo de su nombre. lo habían apartado también de toda la cruzada de este mundo. Era como si él mismo sintiera en ese único segundo. El Conde Morstin sintió que se le paraba el corazón. se dirigía al centro del bar. balanceaba a cabeza como con la corona y cantaba según la melodía de una canción popular de moda en ese entonces: "¡Así se lleva la divina corona!" Al principio. se adueñaba del cuerpo del viejo y. Para preparar la victoria de estos hombres. llevaban anchos hombros acolchonados y pantalones revoleros que parecían faldas de mujer. anhelado su ruina y la liberación de las naciones! Pero ahora. concesiones. con hocicos satisfechos y. reconoció la imagen —ciertamente era la imagen— de la Corona de San Esteban. Ayer fue la de los Zares. buenos partidos matrimoniales. dóciles adolescentes flacos de tez aceitunada. cientos de miles habían muerto torturados —¡Y cientos de moralistas absolutamente honorables habían dispuesto la caída de la antigua monarquía. Ahora todos ésos bailaban sobre su tumba. joviales y con las piernas chuecas. Morstin se acercó para ver mejor. Era como si entonces comprendiera que su propia transformación era únicamente consecuencia necesaria . calumniaban al pasado. y la seguridad que le garantizaba su posición. Cada noche viene con una distinta. Caminó hacia Franz Xaver y le dijo: "ése es el banquero Walakin. En cada mesa se levantaba uno de los vejetes. que crecía y aumentaba. hoy es la de San Esteban". señores más grandes con pancitas y calvas cuidadosa pero inútilmente disimuladas. Tenía un ánimo suave. El mesero. Ésos eran los dueños del mundo después de la guerra. desconocido para él. su prosperidad. en el que se consumó su transformación. la hacía girar con la mano. cobardes. Franz Xaver no entendió el sentido de ese desagradable espectáculo. sonriendo con dientes impecables como los bustos propagandísticos de algunos dentistas. Nunca en su vida. La rara naturaleza de esos fantasmas carnales y bien alimentados había despertado su curiosidad. comúnmente vencido. seguramente hubiera conocido la ira mucho antes. había decidido irrevocablemente vivir de la bazofia. De lo contrario. en resumen: una minoría selecta de ese tipo de hombres que administraron provisionalmente la herencia del mundo decadente para devolverla con ganancias un par de años más tarde en una herencia más moderna y asesina. tiendas. El Conde Morstin se vio a sí mismo como su propio cadáver. títulos nobiliarios. Dice poseer la corona de todos los monarcas deshonrados. sin embargo. bailoteaba. burdeles y cigarros de contrabando. su significado. ciudadanías. Pero en ese único segundo —más tarde le pareció que había durado por lo menos una hora— sufrió una transformación total en su interior. sólo un segundo. se la ponía en la calva. dandys ineptos que comerciaban divisas y mujeres. se ensanchaba. maleables. que el mundo se había transformado ya desde hacía mucho delante de él.

V ¿Por qué —se dijo en el camino— no regresar a Lopatyny? Como mi mundo parece definitivamente vencido. que al mismo tiempo calculaba el consumo. Ahí. que es fiel hermana de la ira hechiza. La corona se le cayó de la cabeza. . con la derecha estrelló la botella en la cabeza del bailarín. Se armó con una botella medio vacía de Sekt y con un sifón azul. Al día siguiente. la bajeza. Las mujeres del bar chillaban. cucharas.BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH 63 de la transformación general. Y es mejor que busque aún los escombros de mi antigua patria. que reposaba en el sótano. el teatro del banquero. Le telegrafió al administrador de su casa el día de su llegada. tintineaba. Y mientras el Conde se inclinaba para recogerla. y en el cadáver de su Emperador que desde hacía mucho yacía en la Cripta de los Capuchinos. frente a la puerta del American-bar. preparaba pócimas en recipientes metálicos. Seguiré siendo un excéntrico. y también porque comprendía que su corazón había sido trastornado. el barman —su blanco totalmente quirúrgico— tintineaba con vasos. como si tratara de apagar un incendio espantoso. ya no tengo una patria completa. los ruidos del barman. que había creído que todos los hombres. en ese momento entendiera el error de su vida. que se había agazapado y escondido en las faldas de la aduladora "lealtad" y de la sumisión esclavizadora. Frente a la bajeza. Le parecía que ningún tipo de violencia podría ser lo suficientemente brutal para vengar y castigar la bajeza de aquel hombre. bajo el cielo libre. se volvió infantil y risible. El banquero se desplomó en el suelo. en la lejana presencia de todas las estrellas indiferentes. se arrojaron sobre él meseros. Y su reconocimiento repentino lo llenó de aquella vergüenza hechiza. Más que la ira para él desconocida. el Conde fue sacado finalmente a la calle. por decirlo así. el arrullo y los chillidos de las mujeres. mujeres y dandys. que cada noche bailaba con una corona distinta sobre el cráneo calvo. caminó hacia los desconocidos y mientras con la izquierda rociaba de agua mineral a los comensales. vertía y mezclaba. el Conde regresó a Lopatyny. que algo hace con la rodilla". que en ese momento aumentaba y crecía en él y desbordaba los límites de su personalidad. pues era una serena noche de invierno. hicieron caer al Conde Morstin en una rabia sorprendente. el error de todo corazón noble: dar crédito sin límite. Las lamparillas rojas temblaban a cada paso firme del calvo. la infamia de este mundo. Siempre fui un excéntrico —siguió pensando— en mi pueblo y en la región. Aturdido por le perfume de las mujeres. Un gramófono vociferaba la canción de "Hans. Era como si él. los jóvenes aplaudían. el diligente mesero le presentó la cuenta en bandeja de plata. sin tener que probarlos. como si en eso contribuyera a salvar la verdadera Corona y todo lo que representaba. botellas. la misteriosa poción mágica de los nuevos tiempos. el gramófono. Se sintió engañado —y su orgullo se rebeló en contra del hecho de que su corazón hubiera podido ser defraudado. el noble se avergonzó doblemente: porque lo avergonzaba su existencia. La luz. hacía ruido y miraba de vez en vez con un ojo benevolente. gozaban por principio del atributo natural de la decencia. debió haber crecido la infamia. Y sucedió lo increíble: por una vez en su vida. Pensó en el busto del Emperador Francisco José. No estaba ya en condiciones de sopesar y reflexionar.

acreedores insistentes o pacientes. fruta fresca y podrida. Y el pueblo mismo no tiene proceso alguno. escuchado discursos. conocía desde hacía años a los Condes Morstin. ¿ante qué tribunal? De nuevo. así todo el pueblo elige un abogado que lo defienda. la ingenuidad y la inteligencia convivían armoniosamente como si fueran hermanas. Pues uno de los más grandes errores de los nuevos —o. Llegaban nuevos gendarmes. de república y de monarquía. pastos abundantes y magros. de la artesanía que domina. Aquí sólo hemos hablado del pueblo Lopatyny. estufas nuevas. y así sucesivamente. elegido diputados. ganado fecundo y enfermizo. para los artesanos era importante si la gente necesitaba o no techos nuevos. y el Conde Morstin es el Conde Morstin.) Al menos. ni una nueva república política. es creer que el pueblo (la "nación") se interesa por la política mundial tan vivamente como ellos mismos. y tampoco tiene necesidad de defenderse. El mundo ha decaído. vota en las elecciones. como se ha dicho. de bebedores fuertes y abstemios. eso de acuerdo con nuestro punto de vista. Y la Guerra Mundial y el cambio del mapa europeo no habían cambiado la manera de vivir de Lopatyny. Y el conde le preguntó al judío: "Salomón ¿qué opinas de este lugar?" "Señor Conde". Cuando el Conde Morstin estuvo de regreso en su tierra. pero un secuestrador es un secuestrador. botas nuevas. discutido con amigos los acontecimientos mundiales. los defensores del Emperador y de la Casa Habsburgo. Sí. de la llamada autosuficiencia nacional o del nacionalismo represivo. los decentes campesinos. no hay Emperador. artesanos y vendedores —y en las grandes ciudades también los trabajadores— vuelven a sus casas y talleres. según se ha dicho. como pretenden los dirigentes populares y los políticos. clientes morosos o cumplidores. como si no hubiera habido guerra. en el pueblo de Lopatyny. así eran en Lopatyny. sol fructífero y el que trae consigo la aridez y la desgracia. se le esperaba como siempre. muere en guerras. una cama limpia o una sucia. una buena comida o una mala. dijo Piniowsky. por ejemplo. (Sin embargo. de los campesinos rutenos y polacos se defendió de los inconcebibles caprichos de la historia. ¿Cómo? ¿Por qué? El sano entendimiento humano de los taberneros judíos. del comercio que ejerce. aunque hablen de ella profusamente los domingos. concretas. El pueblo no vive para nada de la política mundial —y por eso se diferencia gratamente de los políticos. Y ahí era como aquí lo hemos descrito. Pero. parece que el vasto mundo no se diferencia mayormente del pequeño pueblito Lopatyny. ni disolución de la monarquía. estamos convencidos de que los hombres simples no se preocupan en absoluto por la historia. como en los viejos tiempos. Independientemente de cualquier cambio de la historia. Bajo el dominio de los Habsburgo. Y en su casa los espera pesar o dicha: niños enfermos o sanos. como en ningún otro hombre de Lopatyny. pero me pregunto.BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH 64 Y cuando llegó. Por lo menos. recipientes nuevos. para los comerciantes judíos el mundo constaba de clientes buenos y malos. en la vida de un hombre siempre hay una buena o mala cosecha. la existencia de los abogados . Tras haber leído periódicos. mujeres peleoneras o apacibles. El pueblo vive de la tierra que labra. lluvia a tiempo y a destiempo. que son abstractos. chimeneas nuevas. inmediatamente fue a ver a Salomón Piniowsky. como se hacen llamar gustosos: modernos— estadistas. Y en lo concerniente a nuestra opinión. ante el tribunal de otros abogados. sin embargo. para los taberneros. pantalones nuevos. se eligen presidentes. como todos sabemos. paga impuestos en las dependencias hacendarias. Señor conde. así pasaba en el pueblo del Conde Morstin. las inclinaciones y aversiones del pueblo son. Así como cuando tengo un proceso busco un abogado eficiente. los hombres de Lopatyny habían sido dichosos y desdichados —según la voluntad de Dios. "ya no opino nada. El pueblo Lopatyny. el inteligente judío en quien.

por lo tanto. delante del busto del Emperador Francisco José. como si el viejo Emperador no descansara desde hace mucho en la Cripta de los Capuchinos. cada oración de un judío creyente ennobleciera hasta la perfección artística la obra desamparada de la joven mano campesina. Y a partir del día siguiente. Sé que lo hacen por estupidez. Y el discretísimo busto. en vieja guerrera. vellocino de oro. Ya era sabido por todos. con el tiempo ganó también un especial valor artístico totalmente propio —a los ojos del mismo Conde Morstin.BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH 65 sólo nos crea procesos hasta el cuello. cada campesino que pasaba por el sendero se quitaba el sombrero delante del busto del Emperador en gres. El Capitán salía de su casa. no se ofendía ni se espantaba. "Déjalo". Y entonces eso también sucedió. conservado en piedra. dijo el Conde Morstin. ¿Qué debo hacer? Leo periódicos. Se decía que en su casa portaba el viejo uniforme de Capitán de Dragones con todas las órdenes y condecoraciones antiguas. Aunque cada semana se percataba de que las recomendaciones para sus protegidos ya no servían en las oficinas públicas y los juzgados. Como con conciencia artística. pues los nuevos funcionarios se burlaban de él. "pero me da una buena idea. Un día. Los campesinos se encontraban . y del cual. Poco a poco —pronto se volvió viejo— de tiempo en tiempo. ese monumento significaba todavía más: le daba. Voy a ponerme el uniforme —y no sólo en casa. viento y clima trabajaban en la piedra ingenua. Durante horas —aunque había participado en la más violenta de todas las guerras— se quedaba con la impresión de que se había tratado de un sueño desolado. Tengo todavía el retrato del viejo Emperador. que nunca más abandonó el pueblo. lo traeré también fuera". mejorara y ennobleciera la obra que lo representaba. la sensación de que nada había cambiado. muerto ya. Sin embargo. todos los habitantes estaban orgullosos. siguiendo todo el camino de tierra que llevaba hasta la pequeña ciudad más cercana. Y. respondió Morstin. conforme pasaba el tiempo. Sencillamente creen que el viejo Emperador ha introducido uniformes nuevos y liberado Polonia. el único monumento que había habido en el pueblo Lopatyny. ahora habrá procesos continuamente. se sorprendía con pensamiento completamente insensatos. y cada judío que pasaba con sus paquetitos susurraba la oración que ha de decir el judío piadoso a la vista del Emperador. en las ciudades aledañas como en los alrededores. como si no hubiera habido guerra. Pero nuestros campesinos no tienen idea. y cómo si cada saludo. el busto del Emperador muerto. se vio al Conde Morstin en uniforme de Capitán de Dragones austriaco —y ello causaba admiración en los pobladores. y que ya no vive en Viena sino en Varsovia". Era como si veneración y recuerdo también trabajaran en ese gres. condecoraciones. me preocupo un poco por el negocio. no sorpresa. con razón. un poco por el mundo. para el Conde. y todos los cambios que le siguieron habían sido sueños todavía más desolados. Era como si el sublime representado. y luego tomaba el camino acostumbrado entre dos puntos. con estrellas. "Hasta ahora todavía no". Así estuvo la imagen durante años frente a la casa del Conde. Y fue a su casa e hizo sacar el busto del Emperador y lo puso frente a la entrada de su casa. como lo habían visto y amado los ojos de los jóvenes. A partir de ese momento. Señor Conde. como si no hubiera una nueva república polaca. un propietario de la región —un tal Conde Waleski—le preguntó si francamente aquello era verdad. al salir de su casa. hecho en gres barato por la torpe mano de un joven campesino. saludaba marcialmente delante del mayor de todos sus Generales. que "el viejo Conde estaba medio loco". como si el pueblo Lopatyny todavía perteneciera al territorio de la antigua monarquía.

por lo tanto. ¡Ay! Ya no tenía sentido cerrar los ojos al mundo nuevo de las nuevas repúblicas. Temo que se me pueda confundir con cualquiera. ¡Ay! ¡Desde hacía mucho no podía ayudarlos como los había ayudado anteriormente! Los pequeños campesinos estaban todavía más desprotegidos. De civil. Y cuando todos estuvieron reunidos. se aterró ante la presencia del Conde Morstin. Había que sepultar al viejo mundo. Pero habría de sorprenderse todavía más. cuya presencia hasta ahora apenas había tomado en cuenta. el Conde Morstin empezó la siguiente alocución: "Mis queridos conciudadanos: "Todos ustedes han conocido la antigua monarquía. el Conde Morstin no les parecía ridículo sino reverente. ya no era poderoso! Y como todos los que alguna vez habían sido poderosos. Recordó la escena de American-bar de Zürich. Salomón Piniowsky. delante de la casa del Conde descubrió el busto del Emperador Francisco José. ahora valía menos que los desprotegidos. Un día. Entre ellos se encontraba el judío. Él mismo había servido en el ejército austriaco. como creían en el Emperador Francisco José. y añadían el tratamiento: "Señor Conde" —como si creyeran que el señor Conde era una especie de Salvador y dos títulos fueran mejores que uno. Se honraba a su magra figura. seca. a ojos de los funcionarios casi pertenecía a la casta de los ridículos. miraban hacia el pasado. Sí. continuó el Conde. es decir. Tales instrucciones llegaron finalmente al alcalde (llamado wojt) del pueblo Lopatyny y. emprendió un viaje de inspección y tuvo que quedarse en Lopatyny para un asunto cualquiera. que parecían mirar hacia una lejanía sin fronteras. sus ojos. Para ello se le designó la casa del Conde Morstin. directamente a rápido conocimiento del Conde Morstin. "soy demasiado viejo para ponerme uno nuevo. y dijo sonriente y como de paso: "¿siempre trae el viejo uniforme?" "Sí". El Conde Morstin le pareció como un fantasma de un capítulo de la historia caduco para él. Entendió que era demasiado débil para revelarse contra él. su decaído semblante ceniciento. antiguamente llamada Lemberg. El Conde se encontró por primera vez en abierto conflicto con el nuevo poder. el señor Conde. El propio voivoda era un "pequeño polaco". para seguir su viaje de inspección. pero había que sepultarlo dignamente. Vinieron además el Padre católico griego y el católico romano y el rabino. "A su salud". Pero el pueblo Lopatyny y sus alrededores todavía creían en él. que venía al encuentro de voivoda en uniforme de un Capitán de Dragones austriaco. el voivoda de Lwow. ¡Pero él. el voivoda. levantó el vaso y bebió en honor de su huésped. su pelo cano.BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH 66 con él. de los nuevos banqueros y portadores de coronas. respondió Morstin. se quitaban el sombrero y decían: "alabado sea Jesucristo". regresar a su residencia y dar instrucciones de retirar el busto del Emperador de la casa del Conde Morstin. provenía de la antigua Galicia. de las nuevas damas y caballeros. cuyo busto solían saludar. inteligente al tiempo que ingenuo. de los nuevos monarcas del mundo. no me siento del todo bien desde este cambio de circunstancias. su antigua patria. El voivoda se quedó todavía un poco antes de dejar el Conde y al pueblo Lopatyny. Lo contempló largamente hasta que decidió entrar a la casa y preguntarle directamente al Conde por el sentido de ese monumento. El voivoda calló la decisión que había adoptado. de la cual dispuso inmediatamente. sabe. desde hacía mucho tiempo. y he comprendido (no tiene ningún sentido no comprenderlo) que . Desde hace años está muerta. A los campesinos y judíos de Lopatyny y sus alrededores. Para su sorpresa. Y el Conde Franz Xaver Morstin llamó a su casa a diez de los más viejos habitantes del pueblo Lopatyny.

Actualmente vive en la Riviera. El escritor de la torah judía Nuchim Kapturak escribió con su pluma de ganso. Un par de horas al día. De esta formas. el Emperador Francisco José Primero. "Por lo tanto.BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH 67 está muerta. sin embargo. la noticia de este suceso llegó a los periódicos. Temprano en la mañana —era un domingo caluroso— innumerables alondras invisibles trinaban bajo el cielo e innumerables grillos les respondían cuchicheando desde los prados. su busto. que escribieron un par de palabras burlonas al respecto bajo la rúbrica "glosas". enterremos en el cementerio al Emperador muerto." VI El ebanista ucraniano Nikita Kolohin hizo un magnífico ataúd de madera de roble. El Conde Morstin y el alcalde acostaron el busto en el grandioso ataúd. el judío Salomón Piniowski. Tras él. Se bajó el ataúd con la bandera extendida sobre él —y Franz Xaver Morstin saludó con el sable al Emperador por última vez. mis amigos! "Si los viejos tiempos están muertos. mis queridos amigos. el viejo Emperador fue enterrado por segunda vez en el pueblo de Lopatyny. Los tres clérigos rezaron. En ese momento. el sombrero redondo de terciopelo a la izquierda. nosotros los viejos apenas lo veremos. Y detrás de él. iba el Conde Franz Xaver Morstin. que fue incrustada en la tapa del ataúd. con capa negra redonda sobre la cabezas plateada. un hombre viejo. Los tres clérigos se pusieron al frente del cortejo. Un par de semanas más tarde. El herrero polaco Jardislaw Wojciechowski forjó una violenta águila bicéfala de latón. todo el pueblo. La tumba estaba preparada. y tras él. cubierto con el casco gris de campaña de los Dragones. los grillos cuchicheaban interminablemente. es decir. los hombres y las mujeres. a la antigua monarquía y a la vieja patria. escribe sus memorias. el más cercano en ese pueblo al Emperador muerto. . en un pequeño rollo de pergamino. "¡No queremos olvidarlo. consumido. Quizá no tengan valor literario. las alondras trinaban. las campanas de la iglesia empezaron a sonar en la colina. con su sable desenvainado. que juega a las cartas y ajedrez con viejos Generales rusos. Los habitantes de Lopatyny se reunieron alrededor del monumento a Francisco José Primero. Tres emperadores muertos hubieran encontrado lugar en él. la envolvió en hojalata martillada y la colocó en el féretro. Cuatro campesinos viejos y robustos cargaron el féretro en sus hombros. en la Galicia de aquel entonces. solo en aquella soledad que llamaba a duelo. la gran bandera amarilla y negra con el águila bicéfala levantada en la mano derecha. Un sollozo surgió de la multitud como si se hubiera sepultado al Emperador Francisco José por primera vez. queremos proceder con ellos como se procede con los muertos: queremos sepultarlos. con toda la solemnidad y la veneración que corresponde a un Emperador muerto. Nos han pedido que quitemos el busto de Su Alteza Serenísima. la oración de todos los judíos creyentes deben repetir al ver una cabeza coronada. VII El Conde Morstin. Quizá resucite alguna vez. Las campanas de la iglesia repicaban. abandonó el país. les pido que dentro de tres días.

No tengo ya nada que buscar ahí. Estoy acostumbrado a vivir en una casa. Pero como es un hombre de una gracia y un tipo especial. espera la muerte. era una gran casa con muchas puertas y habitaciones para muchos tipos de hombres. no en cabinas. de vez en cuando ha logrado un par de frases memorables. por cierto. demolido. "que los inteligentes pueden volverse tontos. ni tampoco ambiciones." Así escribe el viejo Conde. pues ha dispuesto en su testamento ser sepultado en el pueblo de Lopatyny —y no. triste y orgulloso. . por ejemplo. sino junto a la tumba en que yace el Emperador Francisco José. Se ha dividido la casa. única: la auténtica piedad. falsos. el busto del Emperador. Mi antigua patria. escribe el Conde. estúpidos. los sabios. en la cripta familiar. como. más dudosas que las individuales. separado. la monarquía. Por eso odio naciones y Estados nacionales. Serena. El verdadero creyente no nos decepciona porque no busca ventajas sobre la tierra. Aplicado a la vida de los pueblos. Ninguna virtud humana tiene permanencia en esta tierra fuera de una. las que a continuación transcribo con su autorización. los profetas auténticos. La fe no puede decepcionarnos.BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH 68 pues el Conde Morstin no tiene práctica literaria alguna. mentirosos. "He comprobado". los amantes de la verdad. ya que no nos promete nada sobre la tierra. apaciblemente. Quizá también tenga nostalgia de ella. quiere decir que buscan inútilmente las llamadas virtudes nacionales.

polacos. Para continuar diciendo: "Seguiré viviendo con el torso y me imaginaré que es el cuerpo completo". Cuando se firmó el armisticio (que hizo que un oscuro Adolf Hitler cambiara de pintor para escritor y escribiera su atroz Mein Kampf. donde hizo célebre la frase "La historia me absolverá"). Freud acostaba otros torsos. Coetzee cuando habla de los cincuenta millones de súbditos del emperador: "Menos de un cuarto de ellos hablaba alemán como primera lengua. Fred Zinnemman. asesinó al archiduque Francisco Fernando y a su consorte durante una visita que hacían. cuando el estudiante anarquista Gavrilo Princip. el poeta Stefan Zweig. podía escribir: "Mi experiencia más inolvidable fue la guerra y el fin de mi patria. Roth. Mientras. nacido en Serbia. eslovenos. esa casi eternidad en que fue emperador de Austria y rey de Hungría. Aunque hay una cierta verdad en la analogía negativa: Roth. la única que tuve: la monarquía Austrohúngara" —que Roth escribía siempre con mayúsculas. el novelista. Otros. ha quedado grabada con fuego en la historia —de acuerdo con Borges. ni con la estrella de cine Lillian Roth.M. el pintor de caricaturas de la sociedad alemana.BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH 69 Joseph Roth por Guillermo Cabrera Infante No hay que confundir a Joseph Roth con el novelista Phillip Roth. aunque también se había exiliado a Berlín. en los dos sentidos de la palabra— a un personaje y no sólo su carácter. Aun dentro de Austria misma cada dos personas eran eslavos de una forma o de otra: checos. croatas y ucranianos". Roth tampoco es Grosz. se escaparon del torso en un salto de la sartén conocida a otro fuego más querido y se mudaron de Viena a Berlín. en 1918. en su sofá ubicuo para oír mejor los sueños como cuentos (y los cuentos como sueños: ese era su arte de la paciencia como método terapéutico) hasta que llegaron los nazis y lo mandaron prácticamente al otro mundo para un vienés —a Londres. La Primera Guerra Mundial se originó. Para continuar con su . Unos pocos aunque célebres siguieron viviendo en el torso mutilado cuando el imperio fue desmembrado: entre ellos estuvieron Freud y otro médico notorio. serbios. casi siempre femeninos. no sólo universal sino también infame. por culpa de los bosnios y los herzegovinos. Dice el escritor J. Franz Joseph) se extendió en el tiempo desde 1848 hasta 1916. fue enviado a la fama mundial y al suicidio —para probar que la nostalgia. exclamó Freud. Están además los que dieron el salto preferido al cine (Fritz Lang. Billy Wilder) y a la capital de la decadencia y las orgías perennes entre los tilos. según los austriacos. La fecha. precisamente. El reino de Francisco José (o para decir su nombre varias veces real. junio 28 de 1914. Por otra parte. a Sarajevo. ni con el escritor Henry Roth (también nacido en Austria-Hungría). convertido en rico biógrafo de las estrellas. eslovacos. sino su entera biografía. Arthur Schnitzler. siguiendo a su cabeza. "y no quiero vivir en ninguna otra parte del mundo". como el exilio. fue con su pluma (o con su máquina de escribir) un caricaturista de genio y una o dos frases le bastaban para revelar —o desvelar. que tuvo más de quince minutos de fama (de hecho fue una hora y media) con su biografía fílmica Lloraré mañana. no sólo Adolfo sino Segismundo (Freud) lamentó la firma del Tratado de Versalles y sus consecuencias: "Austro-Hungría no existe ya más". en que Lillian se muestra más alcohólica que Joseph —si esto es posible. mata.

por ser judío. Su padre padeció una enfermedad de carácter nervioso en extremo. circuncidados o no. es decir cosmopolita. un axioma estético. No soy un experto (y además todos los expertos mienten) en historia de la Europa central y oriental. Vraclav y otros nombres en otras escrituras —entre ellas en hebreo y en ruso. mientras Roth hijo se consideró toda la vida lo que era: un escritor. alimañas no alemanas. No como productora de incidentes no siempre históricos y sí productos de ese dios contrario a la Historia. Esta frase es. Murió de la muerte natural de un alcohólico: el alcoholismo. una educación alemana les abría las puertas del comercio y la cultura dominante. escribía en un prólogo a su novela más perfecta. aunque Brody era el centro de la Haskala. Joseph. (Esta fue la gran culpa de los judíos que se asimilaban en Austria y Alemania y se consideraban alemanes hasta que llegó Hitler y los exterminó a todos como una raza extraña. y vienés. Además decía (hasta en sus papeles de identidad) que nació en la impronunciable ciudad de Schwabendorf. fraudulentamente. considerada como diosa odiosa." Roth siempre escribió en alemán pero al final de su éxodo en París intentó escribir en francés. "La mitad de sus alumnos eran judíos: para los jóvenes estudiantes del Este. fallecido en su exilio de Nueva Jersey. pero sí creo en la determinación del nombre de esta región donde han convivido tantos pueblos y tantas razas no siempre en paz. inventó los más variados oficios que ejerció. Broch y Roth son diametralmente opuestos. ciudad que "entonces tenía la más grande comunidad judía de Europa central: unas . Hoy se llama Wroclaw y forma parte de Polonia y está enclavada en la región de Silesia. Bresslau. mientras que su hijo se indujo el delirium tremens. la unión de la Ilustración judía. por supuesto. Moses Joseph Roth nació en 1894 en Brody. Nacidos ambos en el imperio austrohúngaro. "prósperos judíos asimilados". Wroctor. Roth. La antigua Breslavia se ha llamado en distintas épocas Bressau. Breßlaw. Poco sabía Roth que sería un despatriado en todas partes: un apátrida —y que moriría no en Viena ni en Berlín sino en París. ciudad que queda "a unas pocas millas de la frontera rusa en la tierra de Galicia". Vrestlav. quien dijo que el arte (refiriéndose a la literatura) "tiene una significación social pero a un nivel metafísico". fue educado por su madre en la casa de sus abuelos. pero. Vratislavia. convertidos.BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH 70 celebración melancólica: "Amaba esta patria mía". en ungeziefer —es decir. curiosamente. hablaran hebreo o yidish. Joseph. (Que hay que escribir en español exótico Galitzia para que no confundan a los gallegos y los crean polacos. ocultó su Moisés y usó desde entonces su segundo nombre con la idea de que parecía menos judío. Schwabendorf era una ciudad donde predominaban los alemanes. entonces todavía Moses. Fue otro novelista austriaco. nacido de nuevo pero sin cambiar de religión. Precisamente en el fatal año de 1914 Roth ingresó en la universidad de Viena. sino en muchas guerras locales. regionales y continentales —algunas llamadas incluso guerras mundiales.) "En los años noventa (del siglo XIX) dos tercios de la población eran judíos" y así Joseph Roth fue llamado Moisés. también llamada en polaco Slask. La marcha Radetzky. en alemán Schlesien y en checo Slezko. Hermann Broch. La única metafísica posible en Roth es el humor y la intrusión de la historia contemporánea en su felicidad de expresión. la enfermedad mental que se hace terminal para los alcohólicos. su padre. es Brody la ciudad preferida por Roth para situar sus relatos. "que me permitía ser a la vez un patriota y un ciudadano del mundo entre todos los pueblos de Austria y también un alemán". una vez en Viena. que es el Azar. Para dar una idea geográfica de los cambios históricos de esta zona del mundo (la que Roth llamaba "esta patria mía") no hay más que conocer sus diferentes nombres en más de tres idiomas.) Roth estudió en un Gymnasium donde las clases se impartían todas en alemán.

Pero el primer gran éxito no le vino a Roth como corresponsal. La telaraña. antes de que muriera el "autor cosmopolita". Pacifista. sin embargo se alistó en 1916 —que fue el año en que tiró su Moisés por la borda de su vida asimilada. Mientras que Roth escribió: "Es ya bastante duro ser un Ostjude"." Después de la guerra Roth empezó a escribir para. "Yo no escribo". pincenez. dice Coetzee. cosa curiosa. al cine. En 1925 Roth fue nombrado corresponsal en París del diario Frankfurter Zeitung y se convirtió "en el periodista mejor pagado de Alemania". Una de ellas. Sus reportajes rusos fueron un éxito enorme. Es el cuento (mejor: la fábula) de un hombre fracasado que continúa su .. afrancesado. En 1930 publicó una novela. Fue entonces que emigró a Berlín. el fracasado intento de Hitler de tomar el poder por primera vez. aunque ya escribía de las "dudosas consecuencias de la revolución rusa". Pero después de la guerra se inventó unas historias fantásticas de que había sido oficial y puesto preso en un campo de prisioneros en Rusia. escribió. para parar en Galitzia —en un ejército en que ¡sólo se hablaba polaco! De estas contrariedades estuvo llena la vida del ahora llamado Joseph Roth.. Job: la historia de un simple. (No tienen más que ver una fotografía contemporánea de Joyce para tener una imagen visual de su dandismo: sólo que Joyce en vez de monóculo usaba unos quevedos que él llamaba. Viena convertida en el torso sin cabeza que llenaba la vida vivida y las vívidas pesadillas del inventor del lenguaje terapéutico de los sueños. Soy un periodista. como dicen ahora los modernos. Los Ostjuden "tenían que enfrentarse no sólo al antisemitismo sino también a la altanería de los judíos occidentales". "pero no hay destino más duro que ser considerado un Ostjude fuera de la sociedad vienesa". Yo dibujo las facciones (irregulares) de la época.) La carrera académica a que aspiraba Roth nunca tuvo lugar por el inicio de la guerra. un judío del Este. "eran bastantes en el ejército imperial para que lo transfirieran a una unidad en que no se hablara alemán". a las que consideraba sinuosas y suaves como la seda. "Trabajó parte del tiempo como tutor de los hijos de una condesa.000 almas que vivían en lo que podía considerarse un gueto voluntario". Apareció tres días antes de lo que se conoce como el "putsch de la cervecería". escribe Coetzee. "Las tensiones étnicas". que tiene uno de esos finales felices que tanto gustan en Hollywood. aunque "continuaba escribiendo ficción para tomar distancia de un mero periodista". Inmediatamente se hizo más francés que los franceses y amante inútil de las mujeres francesas. usaba bastón y monóculo". soy un escritor. su mujer se volvió loca y tuvo que internarla en un manicomio —de donde la sacaron los médicos nazis por el habitual expediente de la eutanasia." Y además "en el proceso copió tales modos y maneras de un dandy que besaba la mano de las señoras. tenía como tema presciente "la amenaza espiritual y moral de la derecha fascista". Pero la felicidad de París no duró más que un año y. ni siquiera como editorialista: se lo debió. no un reportero. no un fabricante de editoriales". ahora convertido en activista de la vuelta de su patria como un imperio llamado la Gran Austria. se fue a Rusia. "Todavía años más tarde salpicaba su vocabulario con el dialecto particular de los oficiales del ejército austrohúngaro. Fue entonces que jugó no sólo con las francesas sino con la idea de convertirse en francés.BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH 71 200. "lo que se llaman comentarios ingeniosos. Roth fue un excelente aunque desdeñoso alumno: una suerte de James Joyce en Viena.) Fue también por ese entonces que publicó la primera de sus Zeitungromane —las novelas-periódico. Ahora el imperialista Roth se hizo de izquierdas y firmaba sus artículos como Der rote Joseph —¡Roth el rojo! (En un reverso típico de Roth. "los papeles" y se casó. despedido y despechado.

Roth retrata a los tres personajes principales. Roth encontró también su suerte como autor dos años más tarde: cuando publicó su obra maestra absoluta. para nada un prodigio. compuesta por Johann Strauss padre en 1848. Un día el Job de Roth se encuentra más fracasado que nunca. pero (siempre hay un pero: hasta para parar el infortunio) el hijo pródigo. La marcha Radetzky. color de vino tinto. y el esplendor y la miseria (para Roth traída por la derrota del imperio en la Primera Guerra Mundial) y la muerte de Francisco José poco después del armisticio. tiene por nombre el apellido de un mariscal de campo austriaco y la marcha militar era considerada símbolo de la monarquía de los Habsburgo. librada en Italia en 1859.BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH 72 fracaso en un hijo bobo. La marcha Radetzky. "Los hados lo habían elegido para un .) La suerte del Trotta original está echada desde el primer párrafo de la primera parte y el primer párrafo de la novela. El primer Trotta fue hecho señor de la corte después de la famosa batalla de Solferino. tiene un éxito tardío pero arrollador como violinista y rescata al padre que había padecido toda su vida una mala suerte peor que la muerte —exactamente como el Job bíblico. como falsos héroes y víctimas del incidente que originó su título hereditario (y su mediocridad). Que Roth usara la Radeztkymarsh como título tiene una doble significación: el ascenso y caída de una dinastía conferida por el Emperador. géneros de calidad: era el color favorito de Fortuny. (Curiosamente solferino ha devenido el nombre de un tinte. ennoblecidos por el mismo Emperador.

ahora barón. al regimiento" —y al régimen. sino que aparece su nombre y su proeza es recogida en un libro de texto para escolares. la banda primera del ejército austriaco ensaya como si fuera la primera vez La marcha Radetzky. Mientras. Caballero de la Verdad". Aunque poco después se siente ajeno al ejército: ajeno a todo. el regimiento y el ejército alaban su hazaña — nunca calculada—. consigue lo que Roth llama "el martirio del capitán Joseph Trotta von Sipolje. la tremolina. Ahora se llamaba el capitán Joseph Trotta von Sipolje". Pero la vida del Emperador la salvó un Trotta y "si eres un Trotta salvarías la vida del Emperador una y otra vez".) Trotta. Pero. pide por medio de los canales oficiales una audiencia con Su Majestad y "una semana más tarde estaba en palacio cara a cara con el Comandante en Jefe Supremo". Sigue Roth con una de sus enumeraciones exhaustivas pero no exhaustas: "al ejército. ¡Oh los mandobles que hizo llover sobre las cabezas y los cuellos de los jinetes enemigos!" Era. mientras el piano reverente irreverente toca La marcha Radetzky en un burdel. Un escalofrío recorre el cuerpo de Trotta y el tímido teniente recurre al primer y último expediente y su gesto "estampó su nombre indeleble en la historia de su regimiento. el joven Trotta manda a quitar el ubicuo retrato del . Con sus dos manos alcanzó los hombros del monarca para tirarlo al suelo. la inconmensurable catástrofe podría destruir a Trotta. (Hubiera sido peor si el parte sin arte hubiera dicho "el teniente Trotta trota".BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH 73 acontecimiento especial. Trotta sabía bien lo que significaba esta presa epónima.) No sólo el Emperador. Cultura y Educación (la respuesta le viene a su viejo coronel con una recomendación personal: "Déjelo estar"). La bala dirigida al Emperador se incrusta en el cuerpo del teniente Trotta "destrozándole la clavícula izquierda bajo su paleta y le extrajeron el proyectil en presencia del Comandante Supremo". Cuando Trotta se recupera cuatro semanas más tarde "es poseedor del grado de capitán y de la más alta de las condecoraciones —la Orden de María Teresa— y lo ennoblecen. pero lo que nadie podría suponer es que el antiguo teniente. esa es una interpolación de este traductor. como se dice. cuando interviene el teniente Trotta que sabía lo que ese gesto podía significar: "cualquiera que usara binoculares en el frente se marcaba como un blanco propicio". (Von Trotta había adoptado el nombre de su remota aldea como título nobiliario. Pero ninguno de los dos sale tan mal parado. claro." Al responder el Emperador da por terminada la audiencia. sino la de su hazaña. Mientras tanto. por supuesto. Pero uno de sus escoltas le presta unos binoculares y el Emperador está a punto de echárselos a la cara. al mundo entero".) Ahora aparece el Káiser con dos oficiales de su guardia personal. Von Trotta iba a armar. (No la suya. el tercer Trotta piensa que "la mejor manera de morir sería oyendo música marcial y mejor que mejor La marcha Radetzky". mi querido Trotta". En ese momento de ansiedad suprema. al Estado. un texto falaz. después de escribir al ministerio de Religión. "Oye. susurra el Káiser. Ahora. ¡todo es mentira!" Responde el Káiser desde su enorme majestad —que para Trotta es sabiduría: "Todo el mundo dice mentiras. "En la batalla de Solferino nuestro Emperador y Rey Francisco José I estaba acosado por un gran peligro" y Trotta mismo aparece —pero totalmente transformado: "El monarca se había aventurado tan lejos en medio de la batalla que se encontró rodeado por una tropa enemiga. "todo este asunto es bastante raro. Insistiendo en todas partes que el escrito es un cuento infame en un libro de texto. blandiendo su sable. Tal vez el teniente apretó demasiado y el Káiser cayó de inmediato". ¡Déjalo estar!" "Majestad. ofendido en su honor. por supuesto. Pero se aseguraron que tiempo más tarde se perdiera su memoria". "Su terror ante lo inconcebible. un teniente de años mozos galopa a toda velocidad en su corcel bañado en sudor.

cuando era un muchacho de quince años. El teniente Trotta murió no con un arma en la mano sino cargando dos baldes de agua." Escribe Roth: "Entonces." Y el teniente Trotta sentía. Va en busca de agua. Una bala hiere fatalmente al teniente. sentado entonces en el balcón de su padre. mientras muere." Antes el teniente Trotta había recorrido las guarniciones del imperio y casi toda la novela creando catástrofes con su inocencia perpetua: ¡una versión masculina de la Justine de Sade! Hay. Muere no en una batalla sino en una escaramuza cualquiera —y es un destino inútil. oye los disparos antes de que sean escuchados también los golpes de tambor de La marcha Radetzky. es destinado a la caballería. deserta (como el antihéroe de Adiós a las armas) para regresar enseguida a su ejército." Era cuando "los austriacos alemanes eran conocidos por bailar el vals y por ser borrachos cantores. La novela trata de los Trotta: los tres tristes Trotta. Todos. epónimo que se hizo anónimo y se perdió en el olvido. por . Para añadir fusión a la confusión: "Casi me salvó la vida. los rutenios eran rusos traidores disfrazados. Todavía en otra ocasión el Káiser confunde al propio teniente Trotta con el Héroe de Solferino. sin embargo. Mientras. los húngaros apestaban. y luego enviado. (Evidentemente un moco líquido. "La muerte los sobrevolaba y no estaban familiarizados con tal sentimiento. cuando ocurrieron los incidentes reportados en estas páginas. soldados y oficiales. El Emperador estaba por encima de todo y de todos. El segundo barón era un mediocre que sin embargo consigue morir al mismo tiempo que el Emperador —pero en un espacio perdido. El último de los Trotta. ¿O fue usted?" No era este Trotta tampoco. Pero no es la historia del Káiser la que cuenta Roth. Pero también en una taberna de mala muerte "la pianola emitía un popurrí de marchas militares. mal jinete que es. como se podía esperar: eran ucranianas y rumanas". casi de castigo a la infantería. Los Trotta son el capitán original. que no sabe aún si este es el hijo o el nieto. Pero el teniente. Varios soldados del teniente son baleados tratando de alcanzar un pozo y traer agua al regimiento. una escena de seducción del teniente Trotta. "sentían que se había convocado a la muerte" después de un duelo que era un doble suicidio. y a los croatas y a los eslovacos se les llamaba corbatas y esclavos. encontrarían la muerte. y corregían ¡al Emperador!. primero. Mal soldado que será. pero encuentra la muerte. sin excepción. no era aún algo indiferente si una persona vivía o moría. Sin embargo "el regimiento estaba estacionado en Moravia y sus tropas no eran checas. que no muere por el fuego enemigo sino de sed. entre las que se podía oír los golpes del tambor de La marcha Radetzky. el teniente Carl Joseph. los checos lamían todas las botas. antes de la Gran Guerra. nada útil a los libros de texto en las escuelas primarias y secundarias de la Imperial y Real Austria. el anciano Emperador "estaba viejo y confuso y de su nariz pendía una perenne gota". y los polacos eran todos mujeriegos y fotógrafos de modas". que "sería de veras una bagatela caer muerto". Así describe Roth la muerte del último de los Trotta: "El fin del nieto del Héroe de Solferino fue un fin mediocre.BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH 74 Emperador de una de las paredes turbias de la casa de lenocinio. que aunque distorsionada por roncos zumbidos mecánicos era todavía reconocible durante intervalos específicos". fabricantes de cepillos y asadores de castañas. "También estaba un poco ido" pero permanecía todavía —aunque entre las brumas de la confusión inconfesa era capaz de decirle al segundo barón Trotta de su hijo: "Ese es el joven oficial que vi en las recientes maniobras". No tenían ni idea de que años más tarde todos y cada uno de ellos. sino el teniente de infantería al que había ascendido inmediatamente a capitán y ennoblecido con el título de Von Trotta de Sipolje. Habían nacido en tiempos de paz y convertido en oficiales en marchas y maniobras pacíficas.) "Era el tiempo en que las bromas separaban a los nativos de los extranjeros.

La enumeración de las muchas bebidas compite con la alimentación de alimentos terrestres: exquisitos. los dos grandes ebrios de la literatura del siglo XX. Radetzkymarsh. completos (aunque hay fragmentos de novelas y novellas. innúmeros y siempre tan tendidos y dispuestos que convidan. por cierto. . escrita en alemán. Sin embargo. que han sido recibidos por la crítica inglesa y americana con precioso y apreciado fervor y se le ha comparado con Kafka y con Chéjov. por supuesto. No sólo en sus cuentos y en sus novelas sino en sus novellas. publicada ahora en paperback con el más atractivo y adecuado título de El collar de perlas.BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH 75 una mujer mayor ya casada. muerto en Viena. es que Lowry tenía una cultura clásica notable y podía citar a Marlowe y a Shakespeare sin sobresaltar al lector. Las tres tienen la Primera Guerra Mundial como el tiempo feliz en la desgracia —y las dos últimas fueron grandes bestsellers. En cuanto a Chéjov. de Ernest Hemingway. Kafka no se parece a nadie. Todos lo dicen. Roth llama al primer barón Von Trotta el Héroe de Solferino." La marcha Radetzky fue publicada en 1932. puede compararse con otras novelas en que la guerra incide fatalmente en la vida de los personajes. sin imitar la famosa declaración de Flaubert: "Madame Bovary c'est moi!" Estamos frente a una novela de arte mayor. Su novela mayor. con afectuosa ironía. otro escritor austriaco. Ahora han aparecido en todas partes los cuentos de Joseph Roth. traducidos a 25 idiomas en ¡18 meses! Ninguna novela de Roth fue esa clase de bestseller. y con Adiós a las armas. como aquel que dice. Roth es un escritor de una evidente originalidad. y sí solía citar el axioma de Karl Krauss. con Guerra y paz. Pero sí con Sin novedad en el frente. otra historia. Es hacerle a Roth un mal servicio fúnebre. Yo también. Sin novedad fue una novedad absoluta: se vendieron dos millones y medio de ejemplares. no hay otro cuentista mayor en su tiempo: ni Maupassant ni Kipling pueden compararse con Chéjov. Roth nunca cita nada y es que no leía más que los periódicos del día. Así su creador pudo decir: "Von Trotta soy yo". una cultura sólida. Todo está informado y formado por una ironía que no se podría llamar socrática y sí socarrona. Roth es un original porque no tenía influencias. como la absolutamente maestra El jefe de estación Fallmerayer). No se puede comparar. que es un modelo de narración erótica contenida — aunque tal vez la discreción se deba a la censura. La diferencia entre Roth y Malcolm Lowry. porque la novela de Tolstoi es incomparable. cuando el autor tenía 38 años muy bien conservados en alcohol etílico. aunque estaba bajo la influencia del alcohol de 180 grados. de Erich Maria Remarque. que decía: "Un escritor que se pasa el tiempo leyendo (a otros autores) es como un camarero que emplea su tiempo comiendo. Pero esa es. impar. Sin embargo prefiero Las mil y dos noches. ni siquiera un confesado epígono como Borges se parece a Kafka. La marcha Radetzky es una novela melancólica y a ratos nostálgica —como su autor. Pero si Roth tenía. publicada en el año de desgracia de 1929. publicada también en 1929. se hacía líquida en toda clase de bebidas.

el exilio. ocupado en beber. llegado el momento. Mientras que su reputación literaria no deja de crecer. cuya última traducción al inglés se debe a Michael Hofmann. Granta. por supuesto. Carl Joseph. esta novela histórica es una elegía a un mundo desaparecido y a unos sueños incumplidos. la Viena imperial y su esplendor que se desvanecía. sus años de florecimiento no conocieron un momento de calma. 2002). un modernista cuya obra de mayor éxito se vuelve hacia el realismo del siglo XIX y los cuentos populares de la infancia del autor. conversar. aquí un recuerdo sentimental que acompaña al joven protagonista. Las distintas etapas de su vida han quedado documentadas. y de modo muy vívido. Alimentados por el alcoholismo crónico que terminaría matándole. Roth recorrió todos los caminos de Europa con la pluma en la mano. observar y escribir en los bares y cafés de las grandes ciudades. "Radetzkymarsch". himno oficioso del "ancien régime". en sus escritos: el "sthetl". Viviendo en alojamientos provisionales y en hoteles. la novela más reputada de Roth ("La Marcha Radetzky". Roth se nos revela como una encarnación de las contracciones de la Modernidad y de las identidades europeas del siglo XX: un escritor judío que trató temas católicos. Leerla es experimentar una inmersión: el relato. basado en meticulosas investigaciones. adoptó tendencias conservadoras y monárquicas. la ira y la desilusión en París y Ámsterdam en los años 30. de su infancia en la Galizia. nos lleva de la mano a través de Austria-Hungría tal como fue una vez. cuyo ascenso hasta la respetabilidad burguesa y su caída final aparecen misteriosamente entrelazados con la trayectoria refleja del Emperador Francisco José (1830-1916) en sus largos años de reinado. un escritor "austriaco" cuya carrera quedó marcada por el tiempo que pasó viviendo y trabajando en Alemania. fue un autor interesante y prolífico con una vida turbulenta y llena de atractivos contrastes. de cuya temprana muerte se cumple el próximo mes de mayo el septuagésimo aniversario. Escrita y publicada en una época de crisis económica y política. de tradiciones – y actitudes – de simplicidad rural y grandiosidad metropolitana. a la famosa marcha de Strauss. la emoción del Berlín de la decada de 1920. Ed. El título de la novela alude. sigue siendo un excelente punto de partida para quien desee adentrarse en su obra. tan de Europa Oriental. una tierra de rituales extraños pero tranquilizantes. sin abandonarle en ninguna de las etapas de una vida . de una diversidad cultural y lingüística casi inconcebible y ligada por un frágil lazo: el Imperio.BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH 76 En memoria de Joseph Roth Por Jon Hughes «Las pequeñas cosas de la vida son lo único importante» Joseph Roth (1894-1939). 1932. un escritor "socialista" que. La novela cuenta la historia de tres generaciones de la familia Trotta. un soldado con éxito pero inepto. durante los años anteriores a la subida al poder de Hitler en Alemania.

algo en patente contraste con la pesantez y densidad gramatical de la prosa que para muchos. Peter Altenberg y Alfred Polgar. ignorante de que los caballos vinieron al mundo sin coches. Así ocurre. pero en los últimos años hemos visto abrirse paso una imagen más completa de su obra a medida que iban descubriendo el calado de su producción los lectores de los textos originales en alemán y del creciente número de traducciones a otros idiomas. 1927) y "Hiob" ("Job". al describir un paseo en 1921 por las animadas calles del oeste de Berlín. y – disfrutando él mismo en su interior todas las delicias de la desocupación– ni se imagina que en ese momento él es la cumbre de la creación. La "Radetzkymarsch" fue la demostración definitiva a favor de la clasificación de Roth como escritor "austriaco". escribió también unos cuantos miles de artículos para diversas publicaciones de prensa. página 23). se desarrolla bajo el signo de la caída. en "What I Saw". por ejemplo. ello se debió en parte a la distancia y la frialdad afectiva – podríamos decir incluso: la alienación – con que miran el mundo tanto el narrador como el protagonista. Aunque debe su fama ante todo a sus novelas – otras obras relevantes son aquí "Hotel Savoy" (1924).BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH 77 que. en la mayoría de los casos. sino que es una forma de observación personal que. "Fuga sin fin". una forma de escritura notoriamente efímera y subestimada. fue donde Roth aprendió su oficio de escritor. que junto con algunos otros puede leerse ahora en traducción inglesa ("Ein Spaziergang" / "De paseo". En ese mismo escrito. Un caballo enganchado a un coche. la decadencia y la muerte. con la vista fija al frente y la cabeza gacha metida en su bolsa de forraje. en su novela de 1927 sobre la vida en la posguerra. Y justamente en la tarea periodística. El artículo periodístico no consiste tanto en contar "noticias". un niño pequeño que juega a las canicas en la acera: observa el resuelto bullir de los adultos que andan por todas partes. gira alrededor de detalles o anécdotas tomados de la vida cotidiana. 1930) –. sino que anhela hacerse adulto. esa breve forma ensayística que se afiló hasta convertirse en un arte en manos de escritores alemanes y austriacos como Karl Kraus. son un rasgo típico de la literatura alemana. observaba Roth en un artículo temprano. Los lectores de Joseph Roth raramente pasan por alto la calidad de su prosa. presenta un vívido montaje de la vida callejera que se convierte casi en filosófico por el modo en que canta el momento fugaz: Lo que veo es la jornada en todo su absurdo y trivialidad. de extraer lo general de lo particular y hacer que lo familiar parezca extraño. caracterizada por cierto toque de ligereza y falsa simplicidad. En su estilo se refleja su consumado dominio del artículo periodístico general. ("What I Saw" ["Lo que he visto"]. alemanes incluidos. «Las pequeñas cosas de la vida son lo único importante». "Flucht ohne Ende" ("Fuga sin fin". si en su época se la consideró como una obra de literatura supuestamente "objetiva" o "documental". Es característica del modo de escribir de Roth la capacidad de atraer la atención sobre detalles inesperados. Un estilo muy parecido es el que empleará en sus obras de ficción. Hay algo de falso en la declaración de Roth en sus breves "Palabras . como los últimos años del imperio de los Habsburgo. página 24).

su vida. No se paró en ningún lugar. cerca de la frontera con Rusia. (Página 67). Si. Pese a que Roth. Y por más que sea plausible defender que la identidad judía de Roth es una clave para entender su obra. por un lado. las iglesias. las calles grises y silenciosas de los suburbios y los trenes metropolitanos. vestidos y devoción religiosa le fascinaban. Roth nació en 1894 de padres judíos en el pueblo de Brody. ruso o ucraniano. étnicas. los letreros indicadores. a pesar incluso de que no residiera más que un tiempo relativamente breve en el estado austriaco de la postguerra. pasó a formar parte de Polonia en 1919 y de la URSS tras 1945. en "Job". antes bien. primera edición en 1941).BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH 78 preliminares": «No me he inventado nada. La relación entre sus labores periodísticas y el punto de vista que aplica para las descripciones de su novela resulta evidente. y cuyos rituales. por otro lado también podemos leer la novela simplemente como otro documento más de la generación "perdida" – así se la ha llamado – de los jóvenes incapaces de integrarse en la vida tras la guerra. actitudes y obra parecen resumirse en diversos tipos tipos de ambivalencia y en ambigüedad. Una y otra vez. Brody. que era en efecto un lugar de transición entre borrosas fronteras y límites. en el que describe un viaje en tren con un estilo que recuerda el montaje cinematográfico: Tenía que hacer un trasbordo a otro tren en su viaje. en pasajes de la "Radetzkymarsch" y en relatos breves tardíos como "Der Leviathan" ("El Leviatán". Pero sin duda se habituó igualmente a tratar con los funcionarios y soldados de habla alemana. además de con los numerosos granjeros eslavos y los comerciantes que hablaban polaco. el concepto de "fuga sin fin" refleja la condición apátrida de la Diáspora judía. los hoteles junto a la vía. Las peculiaridades religiosas. no he retocado nada» (página 5). Creció en una comunidad dominada por judíos jasídicos que hablaban en yiddish. que en aquella época era el extremo oriental del Impero AustroHúngaro. muchos lectores seguirán considerándolo ante todo un escritor austriaco. Ese es el mundo que luego habría de evocar de modo tan memorable en su reportaje de 1926 "Juden auf Wanderschaft" ("Los judíos errantes"). no volvió a la Galizia más que contadas veces. en el siguiente pasaje de "Fuga sin fin". De Alemania no vio más que las estaciones. Esa diversidad que tanto amó Joseph Roth está hoy borrada del mapa. culturales y lingüísticas de su ciudad natal dejaron una impresión duradera en el joven Roth. Roth es un autor que desafía cualquier cómodo "etiquetado". por ejemplo. que parecían animales cansados saliendo de sus cuadras. Lo que quiere decir. aunque en realidad empezó a desaparecer ya al concluir la I Guerra Mundial. y hoy se encuentra en Ucrania. La identidad ambivalente propia de Roth y los temas característicos que trata tienen su origen en su educación. de adulto. es que su afán fue dar al argumento de su invención una ambientación en ese mundo real que él había conocido en su trabajo literario y periodístico. los carteles. sus experiencias de formación . en la Galizia.

Por lo que parece. va a continuar progresando a buen ritmo. trad. tras el especial impulso recibido en los últimos años gracias a las finas traducciones inglesas de Michael Hofmann publicadas por Granta. de escritores en alemán que disfrutan de un sólido renombre internacional. "What I Saw: Reports from Berlin 1920-33". el escritor iba a tender. relativamente pequeño. 2004). en la identidad judía. entre ellos una exposición y dos congresos académicos. y presentaría la zona y la época casi como una especie de utopía perdida. cosa que creyó identificar en distintos sitios: en los principios socialistas. Joseph Roth.BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH 79 vital se habían desarrollado en un contexto en el que desempeñaban un papel de peso el multiculturalismo y la tolerancia de la diferencia. El septuagésimo aniversario de su muerte verá establecerse una Sociedad Internacional Joseph Roth. aparecida en alemán en 1974 y compendiada en 1993. David Le Vay (Peter Owen. Citas extraídas de: Joseph Roth. pero lo que sí es completamente real es que Joseph Roth dedicó su vida a sus sucesivos esfuerzos por recuperar algo del entorno de su juventud. en mayo de 1939. Joseph Roth. obligación largo tiempo pendiente. la recepción internacional de la literatura de Roth. quizás. Y es seguro que sería igualmente muy bienvenida la traducción al inglés de la magistral biografía de David Bronsen. pues. 2000) . "Flight Without End". Michael Hofmann (Granta. parece tener un lugar asegurado dentro del grupo. Roth murió y fue sepultado en París. a exagerar el grado de esta tolerancia. así como una serie de eventos conmemorativos. en la herencia cultural de Francia o en el catolicismo. trad. Más adelante.

antes de nacer Joseph. personaje de su novela Hotel Savoy. uno de los mayores escritores centroeuropeos del siglo XX. No se conoce mucho de sus primeros años y sus propios relatos no son muy fiables. judía de Galitzia a la que había conocido en 1919 y con la que se estableció en Berlín. en particular sobre su lugar de nacimiento. a cargo. Su madre. En su biografía es difícil separar la realidad de ciertas versiones contradictorias que el propio Roth dio sobre su vida. y la caída del Imperio de los Habsburgo en 1918. en Viena. abandonó a la familia al año y medio de casarse. La guerra. Hoy esta región se divide entre Polonia y Ucrania. Estudió en el colegio de Brody (1901-1905) y en el Gymnasium del Príncipe Coronado Imperial-Real Rodolfo (1905-1913). Vio su obra reconocida póstumamente. trabajó en Der Friede y Der Neue Tag. que aparece repetidamente en sus obras. era hija de un comerciante. Desde 1921 trabajó para el Berliner BörsenCourier y el liberal Frankfurter Zeitung. cerca de la frontera con la Rusia zarista. 27 de mayo de 1939) fue un novelista y periodista austríaco de origen judío. Sus estudios universitarios. Nació en Brody. los inició en la Universidad de Lemberg (hoy Lviv. Desde 1923 hasta 1932 Roth fue . Al quebrar Der Neue Tag en abril de 1920. se trasladó a Berlín. Su familia era judía. Ucrania) y los acabó en Viena (1914-1916). La biografía publicada por David Bronsen en 1974. Joseph Roth. que posteriormente sería el modelo para Bloomfield. que describe a una familia durante el ocaso del Imperio Austrohúngaro. Eine Biographie. Roth vivió por turnos con parientes maternos y paternos. Imperio Austrohúngaro. en la región de Galitzia. Se casó con Friederiche Reichler. Este período marcó el comienzo de un pronunciado sentido de “pérdida de la patria”. Su obra más conocida es La marcha Radetzky. tuvieron una gran influencia en su vida. sobre todo. Durante la Primera Guerra Mundial sirvió en el ejército austríaco en el regimiento de tiradores. 2 de septiembre de 1894 París. señala los datos hoy comúnmente aceptados. Formó parte de la literatura del exilio provocado por el nazismo. de su tío Siegmund Grübel. La leyenda del santo bebedor o La rebelión. aunque probablemente trabajara en un puesto de oficina. junto con Hermann Broch y Robert Musil. en literatura y filosofía. Después de la guerra. Nachum Roth. a trabajar en el Neue Berliner Zeitung.BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH 80 Joseph Roth / biografía Moses Josep Roth (Brody. Escribió con técnicas narrativas tradicionales varias novelas de calidad como Fuga sin fin. su padre. por entonces dentro del Imperio Austrohúngaro. Maria Grübel. la identidad de su padre o su participación en la Primera Guerra Mundial. Está considerado.

dejó Berlín y regresó a Viena. En los años 1930 siguió escribiendo artículos. un viaje que le hizo perder sus ilusiones socialistas anteriores. Bronsen y H. pero sobrevivió principalmente de los derechos de autor. Su conversión se debió a su fidelidad hacia la monarquía austro-húngara. en el número 18 de la calle de Tournon. ahora para Die Wahrheit (Praga). “écrivain autrichien mort à Paris” (escritor austríaco muerto en París). en la primavera de 1939 fue internado en el Hospital Necker. Pese a todas las dificultades (también económicas) se convirtió en uno de los más afamados escritores de la Europa de entreguerras. Residió principalmente en París. tras el asesinato del canciller federal Engelbert Dollfuss el 25 de julio de 1934. Tomado de Wikipedia . Die christliche Ständestaat (Viena). Die Zukunft (París) y Pariser Tageszeitung. aquejado de enfermedad pulmonar. Kesten. Menos de un año después tuvo que exiliarse de nuevo. en la zona sur de París. viviendo en hoteles y escribiendo en las mesas de los cafés. tanto emocional como financiera. viajando por toda Europa. Su mujer fue asesinada en aplicación de las leyes eugenésicas y fue objeto de eutanasia legal. se mezclaron judíos y católicos. En 1933. sumido en el delírium tremens. Murió en París el 27 de mayo de 1939. con la llegada del nazismo al poder en Alemania. En su tumba dice. En la Alemania nazi. Su familia desapareció en un campo de concentración. al parecer consumido por el alcohol. simplemente. sus obras fueron quemadas. Su mujer padecía esquizofrenia y fue confinada en sanatorios y otras instituciones desde 1929. Fue enterrado en el cementerio Thiais. Roth se trasladó de una ciudad europea a otra. en un intento de golpe de Estado de los nazis austríacos. Esto le sumió en una profunda crisis. Sólo después de la publicación de Job (1930) y La marcha de Radetzky (1932) tuvo verdadero éxito como novelista. comunistas y monárquicos. incluida la Unión Soviética en 1926.BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH 81 corresponsal para el Frankfurter Zeitung. según los biógrafos D. Allí su salud acabó de degradarse por su alcoholismo. De 1936 hasta 1938 estuvo relacionado con la escritora en el exilio Irmgard Keun. en una extraña ceremonia en la que. Durante esta época se convirtió al catolicismo. También vivió una temporada en Ámsterdam. ya que se hicieron numerosas traducciones de sus obras. entre otros. En otoño de 1938 sufrió un infarto. Pariser Tageblatt. para eliminar enfermos mentales.

El siglo de las luces / Alejo Carpentier 18. Una cuestión de suerte y otros cuentos / Vladimir Nabokov 15. Vasco Moscoso de Aragón. Yo. La noche de Ramón Yendía y otros cuentos / Lino Novás Calvo 20. La agonía del Rasu-Ñiti y otros cuentos / José María Arguedas 10. Voluntad de vivir y otros relatos / Thomas Mann 8. el supremo / Augusto Roa Bastos 17. Una visión del mundo y otros cuentos / John Cheever 22. Corazón de perro / Mijaíl Bulgákov 3. Huasipungo / Jorge Icaza 25. El libro de la imaginación / Edmundo Valadés 31. La infancia de Zhennia Liubers y otros relatos / Boris Pasternak 2. Las aventuras del Barón Münchhausen / Rudolf Erich Raspe 24. El hombre que amaba al prójimo y otros cuentos / Virginia Woolf 5. Cuatro relatos / Joseph Roth . La casa de las bellas durmientes / Yasunari Kawabata 7. Seis cuentos para leer en yola / Aquiles Julián 28.BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN – CUATRO RELATOS – JOSEPH ROTH 82 BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN 1. El espejo de Lida Sal / Miguel Ángel Asturias 27. Dublineses / James Joyce 9. Antología del cuento chino / varios autores 4. Todo es engaño y otros cuentos / Sherwood Anderson 23. La mancha indeleble y otros cuentos / Juan Bosch 30. Los siete mensajeros y otros relatos / Dino Buzzati 12. Un horrible bloqueo de la memoria y otros relatos / Alberto Moravia 13. El tacto y la sierpe y otros textos / Reynaldo Disla 14. Crónica de la ciudad de piedra / Ismail Kadaré 6. Las últimas miradas y otros cuentos / Enrique Anderson Imbert 16. Caballería Roja / Isaak Babel 11. Los chinos y otros cuentos / Alfonso Hernández Catá 29. El principito / Antoine de Saint-Exupéry 19. capitán de altura / Jorge Amado 26. Over / Ramón Marrero Aristy 21.

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