EL SEÑOR DE LOS MILAGROS

Una de las devociones más antiguas y populares, y la que congrega más multitudes en Lima, es la del Señor de los Milagros. Aunque su centro es el santuario de las Nazarenas en la avenida Tacna, cada año —en tres días de octubre—, inmensas muchedumbres acompañan en procesión por las calles de la capital las andas de plata del Cristo Crucificado. La historia de esta devoción encierra elementos extraordinarios. Por el año de 1650 unos negros de casta Angola formaron una cofradía en el barrio llamado de Pachacamilla1. En un galpón celebraban sus juntas y reuniones, pero también más que ruidosos festejos. La cofradía mandó pintar una imagen de Cristo Crucificado. No sabemos el nombre del autor, pero sí que la imagen —pintada sobre un tosco muro de
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El nombre se debe al hecho de que originalmente algunos indios de Pachacamac fueron trasladados a ese sector de la ciudad de Lima.

adobes, mal revocado y enlucido— estaba ya terminada en 1651, aunque todavía sin las figuras de la Virgen y de San Juan, que se añadieron años después. Admite Vargas Ugarte que ni el lugar ni la calidad de la imagen se prestaban a rendirle culto. Venerada tan sólo al comienzo por los concurrentes a las reuniones de la cofradía o por los escasos transeúntes del barrio, permaneció allí casi a la intemperie2. Parecía, pues, destinada irremisiblemente a una existencia precaria y, en fin, a la destrucción. El terremoto del 13 de noviembre de 1655 causó grandes daños en Lima y en el Callao, pero respetó el muro de adobes del galpón o cobertizo de los negros de Pachacamilla. En los inmediatos años siguientes la imagen quedó expuesta a las injurias del tiempo, sin que nadie se preocupase de reedificar el galpón o de proteger el muro. Hacia 1670 un buen hombre llamado Antonio de León tornó a su cargo el cuidado de la imagen; arregló el cobertizo y la devoción al Cristo fue tomando incremento. La noticia de que el propio León había sido curado al parecer milagrosamente un tumor maligno, atrajo el interés del público por la imagen de Pachacamilla. Pero no todas las reuniones que se verificaban en el lugar eran de naturaleza edificante, lo cual movió a la autoridad eclesiástica a intervenir. El conde de Lemos decidió apoyar el acuerdo del Provisor del Arzobispado. Para cortar los excesos, se dispuso que se borrase la efigie del Cristo y de los demás Santos que hubiese y se demoliese la peana que habíase construido a manera de altar. Entre el 6 y el 12 de setiembre de 1671 debió de ejecutarse la orden de quitar la imagen. Llegados al pie del muro, ordenó el Promotor Fiscal al pintor que colocase la escalera y procediese a borrar la imagen. Pero el indígena señalado no pudo hacerlo porque le sobrevino un desmayo. El oficial nombrado para sustituirlo fue acometido de un temblor inusitado. El Promotor Fiscal ofreció buena paga a un tercero, pero éste se retrajo después de un intento, aduciendo que el Cristo se transfiguraba ante sus ojos y que se avivaban los colores de la pintura. El Promotor Fiscal hubo de retirarse contrariado, y fue a dar parte de lo sucedido al virrey. El conde de Lemos visitó el lugar donde ocurrían cosas tan extrañas. El 14 de setiembre, fiesta de la Exaltación de la Cruz, se celebró en el cobertizo la primera misa ante la imagen materia de tantas controversias. "El culto quedaba, pues, asegurado y mucho más con el nombramiento que hizo la autoridad eclesiástica y ratificó el conde de Lemos, en la persona de Juan de Quevedo y Zárate, de mayordomo de la capilla del Santo Cristo"3. La etapa de discusión había concluido y en adelante el culto de la imagen sólo conocerá contornos de muchedumbre humana y esplendor. El galpón se convirtió en ermita; el muro de la imagen fue aislado y protegido, y la actividad de los mayordomos procuró fomentar la devoción. La nombradía de la pintura llegó hasta los círculos del monarca, al punto de que una Real Cédula se ocupa de ella. La importancia de esta Real Cédula consiste en que se menciona por primera vez el nombre con que habrá de conocerse para siempre el crucificado de Pachacamilla: Cristo de los Milagros. Uno de los hombres que hizo más por asegurar la prosperidad del culto fue el vizcaíno Sebastián de Antuñano. Adquirió en propiedad los terrenos del antiguo
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Rubén Vargas Ugarte. Historia del Santo Cristo de los Milagros. 34 ed. Lima, 1958, p. 8. Vargas Ugarte. Ibíd., p. 27.

cobertizo, inició los trabajos de construcción de una capilla decente, v él mismo vivía allí con sumo recogimiento. El terremoto del 20 de octubre de 1687 fue peor de los que azotaron Lima en el siglo XVII. La circunstancia de que la fortísima sacudida ocurriera a las cuatro de la mañana fue causa del elevado número de víctimas. Más de 600 muertos en Lima y 500 en el Callao, y daños materiales de consideración, fueron el saldo de este sismo. La capilla del Señor de los Milagros no sufrió destrozos irreparables. Antuñano se valió del sentimiento popular a raíz del terremoto para sacar una copia de la imagen y pasearla por las calles en peregrina misión de penitencia, como dijeron los cabildantes. Fue esta procesión la primera de esa serie interminable —que constituye el aspecto más conocido y espectacular de la devoción limeña. Se fijó el 20 de octubre como día de la procesión. En cuanto a la imagen movible, no es la misma que la que hoy existe, y cuyo origen más bien arranca del terremoto de 1746.

Simultáneamente con la actuación de Antuñano, una piadosa guayaquileña, Antonia Maldonado, mostró interés de formar un beaterio. Primero en el Callao y luego en el barrio de Monserrat, Antonia llevó con algunas devotas una vida penitente, de seguimiento de Jesús Crucificado. De allí el nombrede Nazarenas que adoptaron, y cuya regla se inspiró en la de Santa Teresa. Antuñano les ofreció el solar y huerta que poseía

en Pachacamilla, para que el nuevo instituto de sor Antonia Lucía del Espíritu Santo se afincase al lado de la Capilla del Cristo de los Milagros. Ese es el origen del actual Santuario y Comunidad de las Nazarenas Carmelitas Descalzas. A comienzos del siglo XVIII la devoción al Cristo de los Milagros habíase difundido en toda la capital del Virreinato, al punto de que la ciudad comenzó a aclamarlo como protector contra los temblores de tierra que periódicamente sacuden Lima. El Cabildo en sesión del 27 de setiembre de 1715 hizo un especial voto, promesa y juramento de promover el culto de la imagen. De más duración, violencia y terroríficos estragos que los anteriores, el terremoto del 28 de octubre de 1746 dejó prácticamente en desolación y ruina grandes sectores de Lima. La ciudad y puerto del Callao quedó totalmente devastado por la furiosa acción de las aguas del mar. El recurso de los pobladores a la milagrosa imagen de Pachacamilla aumentó luego de la horrenda hecatombe. Llano Zapata cuenta que casi al año del terremoto, el 20 de octubre de 1747, salió la imagen de su templo, "visitando las calles, ramadas, templos y monasterios", y duró la procesión cinco días. El mismo autor relata una novedad en la procesión. Ya no salía solamente la imagen del Señor; en el reverso de ella se veía pintada la imagen de Nuestra Señora de la Nube, que se veneraba en Guayaquil desde 1696. (Es probable que Antonia Maldonado introdujese tal advocación entre nosotros). La procesión se redujo más tarde a tres días del mes de octubre. El templo de las Nazarenas fue inaugurado en 1771. El virrey Amat se distinguió por el celo que puso en la edificación de la nueva iglesia, cuyo centro espiritual era la imagen del Cristo de los Milagros. Por ese tiempo (1766) se añadió la institución de una cofradía o hermandad, cuyo fin era simplemente reunir devotos para acompañar a la imagen por las calles de Lima y celebrar la fiesta del 20 de octubre. Una reestructuración posterior modificó las finalidades de la Hermandad, la que, con el nombre de Cargadores del Señor de los Milagros, cuenta hoy con cerca de tres mil miembros. Distribuidos en veinte cuadrillas, al mando de capataces, martilleros y jefes de cuadrilla, los hermanos se turnan rigurosamente en el honor y el esfuerzo de cargar las pesadas andas. El recorrido —que ha tenido variaciones en los últimos años— es previa y minuciosamente estudiado para repartirlo proporcionalmente entre todas las cuadrillas, de modo que en las dieciocho horas que suele durar cada itinerario, los Hermanos, vestidos con el tradicional hábito morado, puedan, por algún trecho "cargar al Señor". El culto se ha extendido más allá de Lima. No sólo en las provincias del Perú — donde raramente falta una efigie del Señor— sino en países como México, Panamá, Ecuador, Chile y Argentina, existen devotos y testigos de favores atribuidos a intervención celestial. Los obispos y prelados han beneficiado con indulgencias la devoción nazarena. La imagen misma fue restaurada en 1955 gracias a la esmerada intervención de los técnicos italianos Francisco Pelessoni y Luigi Pigazzini. El templo de las Nazarenas fue remozado —habíalo dañado el terremoto del 24 de mayo de 1940 — con apoyo del gobierno de Odría. Puede decirse que durante el mes de octubre, ninguna otra iglesia registra ni con mucho la multitudinaria afluencia de público que en las Nazarenas llena la iglesia y sus alrededores con el fin de venerar la imagen,

presenciar la salida y regreso de las andas de plata maciza el 18 y el 28 de octubre de cada año.

Comentando la significación de la procesión del Señor de los Milagros para la vida de Lima, escribe Vargas Ugarte: Ninguna [devoción] más popular ni más compenetrada con nuestros usos y costumbres; ninguna tampoco más ligada con la historia de la orbe en sus trances más dolorosos. Por eso ha sobrevivido y no le han quitado su tono característico los adelantos de la vida moderna y las transformaciones que van despojando a la ciudad de su aspecto colonial, de ese aire de pacífica quietud que todavía en ella se respiraba a comienzos del siglo y de la hogareña alegría que se ocultaba detrás de sus balcones moriscos o en las anchas salas y cuadras de sus casonas. Viene el mes de octubre y al colorearse las calles con el hábito morado que visten innumerables devotos, esta floración violeta que coincide con nuestra primavera, nos recuerda a la Lima de otros tiempos, nunca mejor sentimos lo que hay en ella de más peculiar y castizo y nos persuadimos que no se han borrado del todo los rasgos de su fisonomía como ciudad. Sin duda las transformaciones de la capital han continuado de modo incesante, en todo sentido, desde que Vargas Ugarte redactó las anteriores frases; pero a pesar de tantas modificaciones de la fisonomía urbana, social y demográfica de Lima, la procesión del Señor de los Milagros continúa hondamente adentrada —más que ninguna otra— en el sentimiento popular. (“La Iglesia Católica en el Perú”. Armando Nieto Vélez S. J.. Historia del Perú. Tomo XI. Editorial Juan Mejía Baca. 1980)

HIMNO AL SEÑOR DE LOS MILAGROS Señor de los Milagros, a Tí venimos en procesión tus fieles devotos, a implorar tu bendición.(bis) Faro que guía, da a nuestras almas la fe, esperanza, la caridad, tu amor divino nos ilumine, nos haga dignos de tu bondad. Señor de los Milagros, a Tí venimos en procesión tus fieles devotos, a implorar tu bendición.(bis) Con paso firme de buen cristiano hagamos grande nuestro Perú, y unidos todos como una fuerza te suplicamos nos des tu luz. Señor de los Milagros, a Tí venimos en procesión tus fieles devotos, a implorar tu bendición.(bis)

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