Hay política y política

Por Miguel Domingo Aragón (*) Nosotros llamamos política a la ciencia (ciencia moral) y al arte del gobierno. Los franceses la distinguen con dos palabras: politique y politesse. Esta distinción es muy útil para mostrar la necesidad que, recíprocamente, una tiene de la otra: sin politesse, la politique es teoría o doctrina o pedagogía o alegato; sin politique, la politesse es oportunismo o demagogia o cortesanía o astucia. Bernardo de Irigoyen fue uno de esos raros hombres en quienes ambas aptitudes estuvieron equilibradas. Siendo muy joven, sirvió a la política de Rosas, con eficacia y sin exasperar a sus opositores. Después de rosas, fue uno de los pocos que no quisieron apurar ni disimular ni dar explicaciones de su pasado. Manteniéndose en su línea, haciéndose respetar, respetando él mismo, trató de hacer aprovechables las diversas situaciones por las que pasaba el país. Era necesario sostener lo bueno en cuanto fuera factible y procurar lo mejor entre las posibilidades prácticas que se ofrecían. Su colaboración le fue útil a Urquiza, reciente vencedor de Rosas; después le fue útil a Avellaneda, hijo del mártir unitario. A él le importaba ser útil al país. Sus maneras de gran señor que lo era, la autoridad que le daban sus conocimientos, su dignidad, su independencia, su firmeza prudente y tolerante, su perspicacia, su entrega total al servicio civil, su elocuencia, eran notas de esa politesse que practicaba a favor de una politique derrotada pero no muerta. La prueba de fuego de su manera de afrontar las circunstancias fue el gobierno de Roca, en el que participó como ministro. El le convenía a Roca, por su renombre y su capacidad. Roca le convenía a él por su especial condición de puente entre los viejos partidos. Pero sobrevino el enfrentamiento con la Iglesia. Los principios, la moral, su deber de católico, lo empujaban a la ruptura; la sagacidad, el cálculo, el pálpito, le aconsejaban mantener su posición. Sabía que el gobierno estaba mal y que las críticas de la Unión Católica eran justas, pero creía que las desviaciones del gobierno tenían causas accidentales que era más fácil corregirlas desde adentro que echándolo todo abajo. Calculó mal. Erró en la valoración del hombre clave (lo que no es una prueba de que su criterio fuera falso). Su amigo Leandro Alem le reprochó “entregarse a combinaciones incorrectas”. ¿Y si esas combinaciones resultaban? ¿Qué es lo incorrecto en política? Por un lado, lo que no conduce a un fin bueno; por otro lado, lo que no conduce a nada. “Que se rompa pero que no se doble”, dijo el suicida. Es muy correcto. Pero cuando se quiere sobrevivir, ¿hasta dónde es permitido doblarse para no romperse? Ahí estuvo el problema de don Bernardo, a quien Ramos Mejía juzgó “demasiado flexible, mucho más de lo indispensable”. Desde los principios, la intransigencia es una virtud; desde los resultados, lo necesario es el arte de la transigencia. Politique es lo que debe ser; politesse es lo que se puede (de lo que se debe). El fracasó, pero pudo haber triunfado.

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El gran moralista que tuvo a su frente no fue José Manuel Estrada, que era un apóstol o un profeta; fue el otro Yrigoyen, Hipólito, que le disputó la jefatura de la unión Cívica Radical. Cuando Pellegrini le mandó a ofrecer a Hipólito la gobernación de Buenos Aires, este desvió al emisario hacia la casa de don Bernardo. La gobernación transcurrió sin pena ni gloria (quizás don Bernardo estaba viejo). El Yrigoyen intransigente siguió renunciando y al fin triunfó sin condiciones. ¿Para qué? Tampoco hizo nada. Lo que prueba que adaptarse a las condiciones que se dan o rechazarlas es cuestión de oportunidad y de medida. De todos modos, don Bernardo hizo lo suyo aunque no luciera, aunque necesitara no lucir, sin declinar jamás de sus convicciones, sin abandonar su objetivo. Su testamento es una ratificación de todo lo actuado. Murió el 27 de diciembre de 1906.

(*) Pseudónimo de Roque Raúl Aragón.
(Publicado en La Nueva Provincia, de Bahía Blanca, el 27 de diciembre de 1977)

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