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El camino de regreso

Palabras de José Jesús Villa Pelayo pronunciadas el 18 de octubre de 2008,


durante el bautizo del libro Con los ojos abiertos de Ana María Velásquez

Encontré el libro Con los ojos abiertos de Ana María Velásquez entre
muchos otros libros que nuestro amigo Gustavo Ávila guardaba en
su oficina del Fondo Editorial del IPASME. Estaba diagramado pero,
después de la muerte de Gustavo, en febrero de este año, el libro
había quedado olvidado por la inercia y desdén administrativos.
Tuve la fortuna de encontrarlo, con lo cual efectué un verdadero
hallazgo. Entregué el libro a producción y lo demás fue, como dicen
ahora, “cortar y pegar”.

En la contraportada, Gustavo escribió (cito): “La ausencia y la


búsqueda constante de ese “otro” perdido o ausente, el anhelo, la soledad,
las ilusiones rotas, la guerra, los desplazados, el crimen, la alienación del
trabajo y la fragmentación de la soledad, son los elementos que constituyen
el phatos, es decir, el “destino” de los personajes”

Pero permítanme, en nombre del Fondo editorial del IPASME y del


mío propio, realizar una pequeña reflexión sobre este libro de
relatos de Ana María Velásquez.

El conjunto de los cuentos que giran en torno a los grandes temas de


la literatura: la soledad, el amor, el desencuentro, el olvido, el
aislamiento, el temor a la pérdida, la muerte; también propone
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algunos de sus grandes problemas: el perpetuo retorno, la otredad,


la imagen del fantasma, con una poética de pájaros bajo “la luna
llena de lágrimas”.

Pero lo que sorprende, al leer este libro, es la profunda fluidez y


agilidad de su prosa, la limpidez, una mano suave que perfila los
eventos con extrema facilidad, escribiendo sobre lo que sabe. Esta es
una virtud en sí misma.

Hay que añadir, por supuesto, la sencillez de la narración sin


florituras ni arabescos, centrada en lo que se quiere decir y
finalmente se dice, sin aspavientos, sin torceduras, con la estructura
geométrica de la línea recta. En dos palabras, Ana María escribió lo
que quería escribir. Y esto no es fácil.

En la escritura de Ana María Velásquez se percibe, rápidamente, un


oficio y seguridad muy particulares. Se trata del oficio de medir la
palabra, de sopesarla, de saborearla como un manjar, en la boca, en
las manos. Se trata del oficio de habitar con y en la palabra. De
pensarla e imaginarla. Hemingway, en su libro París era una fiesta
recomendaba que el narrador debía escribir sobre las cosas que
conocía perfectamente. Puede decirse lo mismo para la oratoria.

El trazo de Ana María (permítanme también utilizar esta metáfora


de la pintura) es pincelada de artista. Y un artista genuino conoce su
oficio, juega (no temerariamente) con sus instrumentos de trabajo y
la materia. Ana María, con su alma sencilla, ha logrado bordar estos
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relatos que recuerdan las finas y suaves líneas del domo de Santa
Maria dei Fiori.

Además, el lector advierte, con claridad, el aire de crónica y el


imaginario venezolano y el espíritu venezolanista de quien conoce
los pueblos, el habla popular, las expresiones del espíritu de la
mayoría. Y, como antes mencioné, el problema del “otro” y del
objeto que se mira (desde el “sujeto”) con “los ojos abiertos”, ese
objeto que no es más que el conjunto de todos los componentes
minimalistas del mundo que nos rodea: los más sobresalientemente
cercanos, los cotidianos, los que manejamos todos los días, el habla
diaria, las historias, las vidas que todos tenemos y poseemos y
guardamos en baúles o colocamos al aire libre, pero que jamás nos
abandonan. Es el gran objeto que se halla del otro lado de la cera y
que miramos o queremos mirar con “los ojos abiertos” o que,
cuando soñamos, apenas miramos o no deseamos mirar, cuando la
realidad nos cerca y se hace pesada a los ojos.

Finalmente quiero leer un texto del relato (de ecos mitológicos que,
por momentos, recuerda aquel famoso relato corto de Joseph
Conrad El Corazón de las tinieblas) “El camino de regreso”: (cito): “…
pero en realidad nunca sabemos qué es lo que estamos buscando. Lo único
que nos queda claro, cuando dejamos los chabonos y volvemos con paso
tembloroso a la espesura de las ramas, es que pertenecemos allí, que siempre
vamos a seguir buscando allí, porque nuestros pasos no saben adónde más
ir sino tras la huella del jaguar”