La boleadora "No podemos olvidar nuestras raíces" le dijo Octavio a su hijo mientras sostenía la cuerda con sus manos "no importa

qué clase de arma tu enemigo tenga, nada es más fuerte que el poder de la tradición. Cuando las armas y las botellas no sean suficientes, cuando el status quo y la rebelión por cansancio se dejen de enfrentar, entonces nosotros, los olvidados, estaremos allí de pie, por sobre los cadáveres de quienes quisieron reemplazarnos, diciéndoles que nada es tan fuerte como el vínculo que la tierra tiene con nosotros”. La boleadora surcó el aire, mientras el niño escuchaba con duda y atención las palabras de su padre, “que no te engañen”, continuó, “no hemos dejado de pelear por lo que por derecho nos pertenece, es solo que a veces hay que ser más inteligentes, y dejar que el blanco se desgaste luchando entre ellos, cosa que el día de mañana, cuando ya no les quede más por luchar, nosotros volveremos en gloria y majestad”. Mientras el discurso del padre llegaba a los oídos del pequeño que recién comenzaba a conocer el mundo, un hombre viejo, “blanco” como lo llamaría Octavio, pasaba por la calle, sin ser capaz de ignorar las palabras que del hombre provenían. “Disculpe vecino” le dijo mientras Octavio caminaba para recoger la boleadora que yacía en el suelo, “no pude evitar escuchar lo que le decía a su hijo, y me preguntaba; ¿ha considerado que si las cosas siguen como están, no va a quedar nada que reclamar? El mantener el status quo es una posibilidad, pero somos incapaces de devolvernos en el tiempo para recuperar tiempos hermosos que nunca volverán. La guerra y la violencia solo engendran destrucción, y si bien su discurso va por el lado apropiado, creo que el uso correcto de la boleadora es otro”. “Perdón”, le dijo Octavio, molesto por la insolencia del blanco de aleccionarlo respecto del uso de su propio instrumento, “lo que tiene en sus manos” contestó el hombre “es más bien un objeto para detener, un pacificador, y creo que su gente debería tomar una postura similar, y pedirle a los blancos, a los revolucionarios y a los defensores del status quo por igual, que detengan su lucha sin sentido, o no les quedará tierra que reclamar”. Los dos hombres se quedaron enfrascados en una discusión que muchos años se demoró en terminar, era un conflicto de ideas, de pensamientos y creencias, que el niño aprovechó a cabalidad. Cuando llegó a la mayoría de edad, el niño que pasó el tiempo escuchando a su padre reclamar por aquello que nunca volvería a existir, se preocupó de ampliar sus horizontes, y cuando tuvo la oportunidad se hizo escuchar. Del odio de su padre, y la experiencia de aquel viejo quedaron muchos vestigios en su alma, se convirtió en una figura de dialogo, en un precursor de la paz, cuando todos discutían, él siempre encontraba la solución en el medio que nadie veía llegar; como una boleadora las lanzaba, directo a los tobillos del agresor, lo incapacitaba y lo obligaba a escuchar, y de esa manera, logró evitar que su tierra se volviese un basural.