Daniel Medvedov

Rosas

2011

Viena

Soy cultivador de rosas. Ellas me llaman “su jardinero”. Las trato con indiferencia y en eso consiste mi éxito. De cuando en cuando, consuetudinariamente, las podo, les quito el excedente de hojas y tallos para que no ahoguen las flores, pero en general las dejo crecer en un ambiente salvaje, casi ni las atiendo. Eso no se podría llamar “jardinería”, pero ellas me dicen “el jardinero”. Tengo una , por ejemplo, es muy arisca, no se me acerca, espera que yo pase cerca y me percato como me envía por via microondas una fragancia que me atrae la atención. Pero yo soy peor: me las doy que ni enterado. Esa rosa no lo puede creer: ¿como? ¿Puede algún humano resistir ese poder? Yo ni sonrío, las trato a todas con la indiferencia de las nubes, pero de vez en cuando lluevo. Tampoco las estoy regando. Hay un ambiente salvaje en en mi jardín, todo crece “sin razón”, como un día me dijo el jardinero de Schønbrun. Me hace sonreír: no saben ellos que fragancia me regala cualquiera de mis rosas a quien trato con tanta indiferencia . . .

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