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La Rama Dorada

La Rama Dorada

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Libro de J. G. Frazer sobre mitología. Excelente
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Hemos investigado hasta ahora la práctica de matar a un dios entre
los pueblos situados en las etapas sociales cazadora, de pastoreo y agrí-
cola: hemos intentado explicar los motivos que guían a los hombres a
adoptar tan curiosa costumbre. Queda todavía por conocer un aspecto
de la costumbre. Las desgracias y pecados acumulados de toda la gente
se cargan algunas veces al dios agonizante, que se supone los llevará con-
sigo para siempre, dejando a las gentes inocentes y felices. La noción
de que podemos transferir nuestras culpas y dolores a otros seres que los
soportarán por nosotros es familiar a la mente del salvaje. Se origina
en una confusión obvia entre lo físico y lo mental, entre lo material y
lo inmaterial; por ser posible trasladar una carga de leña o piedras, o lo
que sea, de nuestros hombros a los hombros ajenos, el salvaje cree igual-
mente posible transferir la carga de sus penas y tristezas a otro para
que la sufra en su lugar. Con esta idea actúa y el resultado es un nú-
mero infinito de tretas malévolas para endosar a otro cualquiera la pesa-
dumbre de la que un hombre quiere sustraerse. En pocas palabras, la

A OBJETOS INANIMADOS

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idea de delegar el padecimiento es corrientemente entendida y practicada
por las razas situadas en un nivel inferior de cultura intelectual y social.
En las siguientes páginas ilustraremos la teoría y la práctica tal como se
encuentra entre los salvajes, y en toda su simple desnudez, sin disfraz
de razonamientos metafísicos ni sutilezas teológicas.
Las tretas a que recurre el salvaje astuto y egoísta con objeto de ali-
gerarse a expensas del vecino son numerosas; sólo citaremos algunos
ejemplos típicos de entre tantos. Para comenzar, observemos que el mal
que se intenta alejar no necesita transferirse a una persona; puede serlo
igualmente a un animal o un objeto, aunque en este último caso, el ob-
jeto es con frecuencia tan sólo el vehículo que lo transfiere a la primera
persona que lo toca. En algunas islas de las Indias Orientales piensan
que la epilepsia puede curarse golpeando al paciente en la cara con las
hojas de ciertos árboles, y tirándolas después lejos. Creen que la enfer-
medad pasa a las hojas y se aleja con ellas. Para curar el dolor de mue-
las, algunos negros australianos aplican a la mejilla un lanzador de azaga-
yas bien caliente. Se tira después el lanzador y el dolor de muelas se
va con él bajo la forma de una piedra negra llamada karriitch: se en-
cuentran piedras de esta clase en los viejos montículos y dunas. Las
recogen cuidadosamente y las arrojan en dirección de los enemigos con la
idea de producirles dolores de muelas. Un pueblo pastoril de Ugarida,
los bahimas, sufren con frecuencia de abscesos muy profundos; "su cu-
ración para esto es transferir la enfermedad a otra persona obteniendo
yerbas del curandero, frotándolas sobre el sitio hinchado y enterrándolas
en el camino más frecuentado; la primera persona que pise sobre el sitio
donde las yerbas están enterradas contraerá la enfermedad y el paciente
de origen se curará".

Algunas veces en caso de enfermedad se transfiere la dolencia a una
efigie antes de pasarla a una persona. Así, entre los bagandas, el curan-
dero algunas veces hace un modelo en arcilla de su paciente; después un
pariente del enfermo frotará la imagen en el cuerpo del paciente y luego
la enterrará en el camino o la ocultará entre la yerba de la linde. La
primera persona que pase sobre la imagen o por su lado contraerá la en-
fermedad. Algunas veces efigie estaba hecha de una flor de plátano
atada de tal modo que se asemejase a una figura humana y se usaba igual
que la imagen de barro. Mas el uso de estas figuras con intención tan
perversa era un crimen capital; cualquier persona sorprendida en el acto
de enterrar una de estas figuras en el camino público, seguramente sería
condenada a muerte.

En el distrito occidental de la isla de Timor, cuando caminan jor-
nadas largas y fatigosas, lo mismo hombres que mujeres, se abanican con
ramas que tengan hojas y después tiran las ramas en sitios conocidos,
donde sus antepasados-hicieron lo mismo antes que ellos. Suponen que
la fatiga que sienten pasa a las hojas y con ellas se queda rezagada. Otros
usan piedras en vez de hojas. De modo análogo, en el archipiélago Babar,
la gente cansada se golpea con piedras creyendo que así traspasan a las

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LA TRANSFERENCIA DEL MAL

piedras la laxitud que sienten en su cuerpo. Después arrojan las piedras
en lugares especialmente señalados al efecto. Semejante creencia y prác-
tica en muchas partes distantes del mundo ha dado origen a esos cairns 1
o montones de palos y hojas que los viajeros observan con tanta frecuen-
cia a los lados de los senderos, montones a los que añaden su contribu-
ción todos los nativos que por allí pasan, bajo la forma de ramas, palos,
hojas o piedras. Así, en las islas Salomón y Banks los indígenas suelen
arrojar palos, piedras y hojas a un montón situado en una cuesta o en
donde principia un sendero difícil, diciendo: "Ahí va mi fatiga". El
acto no es un rito religioso, pues lo que tiran al montón no es una ofren-
da a los poderes espirituales y las palabras que acompañan al acto no son
una oración; es una ceremonia mágica para librarse de la fatiga, que el
ingenuo salvaje imagina poder incorporar a un palo, hoja o piedra y,
así, echarlo de sí mismo.

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