Tiroteos Por Hiram Guadalupe Pérez Sociólogo y Periodista El reloj marcaba las 12:22 de la tarde del miércoles.

Una ráfaga de tiros interrumpió el silencio que suele cobijarnos en nuestra casa y que sólo se quiebra con las locuaces conversaciones de mi hija y una que otra de sus dulces entonaciones musicales. Puedo distinguir fácilmente los ecos estruendosos de las balas, aunque no precise el arma desde la que se dispara. En esta ocasión, por la resonancia de las fuertes detonaciones pudimos alertar su cercanía. Los disparos, en efecto, se perpetraron en una zona próxima a la casa por la que solemos andar y por donde, justo a esas horas, hay mucho movimiento peatonal y vehicular. Dos hombres y una mujer resultaron heridos mientras sus victimarios se escabulleron. Es un relato noticioso que espanta, como tantos otros que presenciamos a diario y que dejan saldos de muertes y llantos incontrolables que no encuentran reparos. La primera semana del nuevo año concluyó con casi una decena de muertes violentas y otros tantos heridos. Los asesinatos parecen ser la única variable que marca una tendencia en constante aumento, tal y como ocurrió en 2011 cuando presenciamos el más fatídico de los años, en tiempos recientes, con un total de 1,136 asesinatos, según cifras policíacas. El crimen nos secuestra. A cualquier hora y en cualquier lugar estamos expuestos a presenciar una actividad violenta. Sobran razones para alarmarnos. Estamos, sin duda, ante un fenómeno complejo que va en alzada y que, por más campañas que clamen por la mesura y prudencia ciudadana, no asoma atisbos de desaparecer mientras no actuemos con responsabilidad examinando las raíces de los problemas que lo generan. Es un asunto que hay que atender explorando las bases económicas, políticas e ideológicas que han causado el deterioro de nuestra estructura social. Se trata de enfrentar el desempleo y la precarización laboral; la pobreza económica y cultural; la falta de viviendas y de espacios productivos para el ocio; detener la expoliación de nuestros recursos naturales; construir un nuevo modelo educativo; y saquear las estructuras de gobierno, todas, de las prácticas corruptas de funcionarios y políticos de carrera. Tenemos, además, que erradicar los efectos indeseados del culto a la violencia del que todos y todas somos víctimas, y eso incluye desde la violencia social inducida por el Estado, las agresiones policíacas, la glorificación al ataque físico y verbal que promueven producciones radiales y televisivas y la distribución entre nuestros infantes y jóvenes de artefactos altamente violentos disfrazados de material recreativo, como armas ficticias y juegos electrónicos que hacen loas al crimen y la delincuencia. Esto último es urgente porque, si observamos con detenimiento, contemplamos como muchos sectores de nuestra sociedad asumen –y exaltan– la violencia como una conducta social aceptable. Es la razón por la que una alegada líder comunitaria se lanza a defender sin decoro los disparos al aire que realizaron jóvenes de su comunidad en medio del festejo de despedida de año argumentando que usaron balas sin plomo, como si eso los exonerara de culpas.

### .Olvida esta señora que el efecto del disparo es el mismo independientemente de qué bala usen y con qué arma disparen. El crimen. En ambos casos son pistoleros. el colmo. Por eso disparan a la menor provocación ante un mal entendido en la carretera o. vanagloriándose de su artimaña de forajidos. profesando discursos liberales. se benefician de éste para luego andar pavoneándose como ciudadanos nobles. los hay también. en estos tiempos. Muchachitos que desde temprana edad aprenden a disparar y. porque alguien se les aventó primero al estacionamiento público que iban a ocupar. apostando a su práctica de responsabilidad social empresarial y. van por la vida aterrando a todo quien se le pare de frente. sin asumir riesgos. se ha convertido en un negocio lucrativo y hay quienes.