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Publicado el Miércoles, 14 Septiembre 2011 Edgardo Riveros Aedo

Escuela de Psicología El Mercurio de Valparaíso

La felicidad es un sueño permanente en la humanidad. Sin embargo, en el agitado mundo actual la felicidad parece una quimera; quimera que se aleja cada día cuando, por ejemplo, las noticias nos impactan negativamente. Parece que mientras más buscamos la felicidad, más se nos aleja. Tanto para el Diccionario Filosófico como para el de la Real Academia, la felicidad es un estado de ánimo que se produce cuando alguien cree haber alcanzado una meta deseada y buena. Tal estado propicia paz interior y estimula a conquistar nuevas metas. Para el Humanismo, el hombre es una existencia que se va haciendo al andar. No tenemos un sentido preestablecido al nacer, sino que debemos otorgarle un sentido a nuestra vida (Frankl) y para ello debemos dedicarnos a un proceso de convertirse en uno mismo, desarrollar nuestro proyecto personal como individuos singulares. La felicidad es un camino actitudinal que proviene desde dentro del individuo, y que se logra cuando nos logramos ilusionar con ALGO que encontramos en el camino o que elegimos desde antes de encontrarlo. Cuando sucede esta interacción fundamental con un quehacer que nos ilusiona, entonces somos felices a través de la ilusión. Lo maravilloso de este poder de nuestro espíritu es el modo en que llegamos a ser ilusos, es decir, tener fe en un proyecto sin prueba alguna más que nuestra pasión e intuición. Es así como ocurre el milagro en que nos ³desvivimos´ por ello, por ese proyecto, persona que amamos, los hijos o los sueños que tenemos. Cuando nos desvivimos por ese algo, lo hacemos desde el estado de ánimo de la felicidad. Tenemos el gran poder del espíritu para transformar la pena y el sentimiento trágico de la vida cuando nos desvivimos. Solo en español existe este verbo que caracteriza la paradoja que aunque no tengamos nada y lo hayamos perdido todo, podemos volver a ilusionarnos y desvivirnos con pasión hacia la vida y por supuesto, con ese otro fenómeno tan humano como es el amor. Nos hace feliz la ilusión, el amor a nosotros mismos y a los demás, el tener un para que vivir o para que morir, pues ambos fenómenos son propiamente humanos. Por ello Unamuno decía que el amor y la vida son hermanos de la muerte. Esta ultima la olvidamos constantemente, hacemos como si no existiera, pues fácilmente queremos encontrar la felicidad en los estímulos externos (dinero, poder, sexo como diría JUNG). Pero lo nuestro es resucitar permanentemente con el sentido que le hemos dado a nuestra existencia. Lo nuestro es la individuación, la tarea irrenunciable de ser nosotros mismos, ya que de allí nace la realización plena. Ser feliz es la búsqueda permanente de la auto actualización (Maslow), convertir nuestra caída en una caída luminosa y convertir nuestra vida en una verdadera obra de arte (Nietzsche).