La parábola del balazo

Sebastián Zírpolo

---------------------------------------------------------------------------------------------------------Tengo un amigo al que le mataron un hijo en la cárcel. Se llamaba Germán y lo apuñalaron por la espalda mientras se cambiaba en una sala después de haber recibido la visita conyugal de su novia. Germán había caído preso la madrugada de un 25 de diciembre, hace cuatro años, por la declaración falsa de una chica de su barrio, un barrio peligroso de la zona sur bonaerense, que dijo que Germán había instigado el homicidio de un pibe de la zona durante el enfrentamiento entre dos bandos. Mientras estaba esperando el juicio oral, Germán tuvo una segunda causa, esta vez por un homicidio dentro del penal: lo acusaban de haber matado a golpes a su compañero de celda. Según Miguel, mi amigo, el preso había vuelto re loco de una visita familiar y sacado como estaba, amenazó con matar a Germán y a un tercer compañero. Y que fue éste y no Germán el que lo mató. No sé si eso es verdad o no, ni siquiera sé si Miguel sabe toda la verdad, pero para el caso lo asumí como cierto y como posible, o más bien como inevitable, como parte de una lógica que puedo percibir aunque nunca pueda aceptar como propia, como mía. De la primera causa, la de instigación, Germán fue absuelto: nunca debió haber estado preso. Estaba esperando el juicio de la segunda cuando un detenido de otro pabellón le perforó un riñón. Era parte de un rito de iniciación: tenía que matar a Germán para que lo aceptaran dentro de una banda de internos que manejaban parte del penal. El que lo mató y el que lo mandó a matar están detenidos – es una redundancia, ya estaban detenidos por otras causas – y ahora Miguel va a demandar al servicio penitenciario, que ya tiene una tarifa para las familias que les hacen juicio por casos de muerte en custodia: 50 mil pesos. Siempre hay una explicación lógica para el mal. El mal, hacer algo que está mal, es el resultado de una secuencia de razonamientos que tienden a torcerse hacia el peor resultado, pero que desarmada la linealidad y vistos uno por uno, por separado, pueden sonar todos muy atendibles. Hay una escena de mi infancia que yo no recuerdo pero que los mayores de la casa sí y se ha transformado, ahora que somos todos adultos, en un breve festejo familiar del relativismo de la moral. El tema fue que un día yo estaba jugando con mi hermana más chica y al rato ella aparece llorando en la cocina. Mi mamá me vino a pedir explicaciones: por qué llora Natalia. Mi respuesta fue “le tuve que pegar”. Desde entonces, cada vez que cometemos con la familia alguna indecencia, un error de cálculo o un daño colateral nos disculpamos, entre nosotros, de esa manera: Le tuve que pegar. Suelo recordar esta anécdota – el relato de la anécdota - cuando conozco alguno de esos casos en que una persona mata a otra persona, en general con la que tienen algún vínculo afectivo. No me refiero a los casos de violencia de género, donde la reconstrucción del recorrido del crimen es más claro, sino más bien a aquellos en los que parece haber – parece, desde acá, desde lejos y a través de los medios – un entramado más oscuro, más podrido, relacionado con la violencia pero también con la guita o con el poder o con todas esas cosas juntas. Me pregunto siempre que encuentro uno de estos

casos: ¿cuándo fue que lo empezaron a matar? ¿en qué momento empezó a construirse esa secuencia de razonamientos lógicos, ese conjunto de verdades torcidas, que derivaron en el balazo final? ¿Cuántas veces soñaron el crimen? No pienso tanto el momento en que toman el arma y disparan, o acuchillan, una escena que, pasados de odio, suele quedar convenientemente olvidada por sugerencia del subconsciente o de los abogados. Los que pasaron por esa experiencia y lo cuentan dicen que no veían nada, o veían blanco, una ceguera blanca, irracional, pero en general hablan bastante poco de lo que pasó, lo cual es una pena, desde el punto de vista de la literatura. A mi me interesa el recorrido, la parábola del balazo. ¿Cuándo fue que Susana Freydoz decidió matar a Carlos Soria? Toda esa bronca recalentada durante meses, años, debajo de la ducha, o al acostarse siempre sola porque Carlos está en una reunión, o mientras manejaba por la ruta y entraba en ese sueño blanco que tienen las personas mientras manejan, repitiendo una detrás de otras, como una suma lógica, como tips en un power point, los motivos de su infelicidad y la salida, la única salida, de matarlo para terminar con todo. Entre odiar a una persona y matarla se me ocurren cincuenta cosas para hacer en el medio, ¿cómo es que terminan en el extremo? Los forenses siempre tienen una explicación para los desórdenes de la mente, pero ninguno logró hasta ahora explicar el recorrido de la persona hasta el balazo agravado por vínculo ¿Cómo no se dieron cuenta, cómo nadie se dio cuenta, de que iban a terminar así? ¿Cuántas veces Susana le apuntó a Soria con un fierro? Un montón, seguro, mínimo cinco veces, me la juego. Su hijo dijo que su madre y padre juntos eran una tempestad. Hoy leía que el juez de la causa cree que Soria estaba acostado, adormecido, cuando su mujer le disparó, a pesar de que ella había amenazado a los gritos que se iba a matar, con el revolver en la mano. El juez cree que Soria se acostó y no le creyó básicamente porque no era la primera vez que lo hacía. ¿Por qué esta vez sí disparó y por qué las otras veces no? Ahora, yo sé que en frío, dejando el catecismo y el código penal de lado, Susana en diez minutos convence a cualquiera de que tenía razón, que hizo bien en matarlo, que se lo merecía. Que le tuvo que pegar. Digo Susana como digo Carlos Carrascosa o los hermanos Shocklender. El día que Sergio y Pablo cuenten las perversiones a los que la sometía la madre, de las que siempre tanto se habló, la moral argentina, rápida para la condena, puede llegar a cambiar el registro. O no, porque después hay que bancarse la escena en la que uno mismo termina entendiendo o justificando a un asesino. Supongo que ahí se activan las alertas occidentales y cristianas que nos limpian la conciencia y nos alejan de la escena del crimen. De los otros. Eso se llama socialización y también está bien. Yo creo que Sergio y Pablo algún día deberían hablar. El último día de 2011 hablé un rato largo con Miguel. Me contó que los fines de semana no va al cementerio, que antes iba pero que ahora no siente necesidad, que se queda en su casa mirando documentales de violencia penitenciaria de Estados Unidos. Me aseguró Miguel, que tiene un hijo asesinado en una cárcel bonaerense, que allá la violencia es peor, que los tipos visten con mamelucos, sucios, y que acá no, que Germán andaba siempre bien vestido, limpio y afeitado, que así se anda acá. Me dijo que en general está tranquilo, pero que cada tanto lo asalta la imagen del momento en

que Germán fue apuñalado, una imagen que nunca vio, pero que la elaboró para sí y ahora no lo deja en paz: la de un guacho que se acerca despacio con una faca en la mano y aprovecha que su presa está de espaldas, mientras guarda ropa en un bolso apoyado sobre una mesa, de frente a una pared gris sin ventanas, para meterle la hoja hasta el fondo. Un cuchillazo sólo. “Cómo fue que no lo vio venir”, repite Miguel cuatro veces, en fade out, tapándose los ojos, con un tono de reproche, como si tuviera a Germán enfrente: cómo no lo viste venir, Germán. Miguel lo disculpa enseguida: seguro que no tuvo reacción porque venía de coger con su novia, en la visita higiénica, y después de coger te quedás sin piernas, te lo digo porque a mi me pasó, hace como treinta años, a la misma edad de Germán. Entonces se quedó callado y se puso a llorar. Estábamos solos, en una oficina mediana, con computadoras y escritorios negros. Las cortinas americanas estaban bajas porque era a la tarde y a la tarde el sol entra de lleno y nos da calor. Me contó que el otro día estuvo mirando fotos de cuando Germán era chico, de cuando se crió en un campo donde Miguel fue casero hasta que perdió ese trabajo y tuvieron que mudarse a Moreno, al barrio peligroso. Para entonces Germán tenía trece o catorce años y ahí fue que empezó a relacionarse con los pibes equivocados. Miguel se lo advertía pero Germán nunca le traía problemas a la casa y así y todo, la distancia entre amigos mal rumbeados y dos causas por homicidio y una muerte sórdida, brutal, era tan inmensa, inimaginable. “Yo miro las fotos de Germán, me dijo, para buscar algo, una señal, que me permita entender cómo terminó de la manera en que terminó. Y no hay nada, no hay nada, miro las fotos y no hay nada. Yo no me culpo como padre. Pero no entiendo”. La peor de las impotencias: no saber ni siquiera cuándo fue que todo se empezó a ir al carajo. Antes de irse me contó que hay un tipo en el cementerio que le va a cobrar cinco lucas por arreglar la tumba, que le dijo que sí y se lo va a ir pagando de a poco. Que la tumba de Germán va a quedar hermosa. Eso me dijo, hermosa.

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