M a u r i c i o

O r e l l a n a

Kazalcán
y los últimos hijos del Sol Oculto
(Fragmentos)

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Orellana Suárez, Mauricio . Kazalcán y los últimos hijos del Sol Ocult o / Mauricio Orella- na Suárez. – 1ª. ed. -- San José, C.R. : URUK Editores, 2011. 404 p. ; 21 x 13 cm. ISBN 978-9968-6664-18-9 1. Novela salvadoreña. 2. Literat ura salvadoreña. I. Tít ulo.

Primera edición en Uruk Editores: 2011 © Uruk Editores, S.A. © Mauricio Orellana Suárez. San José, Costa Rica. Teléfono: (506) 2271-4824. Correo electrónico: sulayom@urukeditores.com Internet: www.urukeditores.com Prohibida la reproducción total o parcial por medios mecánicos, electrónicos, digitales o cualquier otro, sin la autorización escrita del editor. Todos los derechos reservados. Hecho el depósito de ley. Ilustración de portada: Página V del Códice de Madrid, maya. Imagen de dominio público tomada del libro El Códice de Madrid, Grupo Amanuense, Guatemala, con su autorización. Impresión: Publicaciones El Atabal, S.A., San José, Costa Rica.

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H

ay un silencio extraño en la choza. La azafranada luz se lanza desde la torcida ardiente de la lamparilla de barro allanando los pliegues de la noche cerrada de Tóltem. No hay brillo de plata en la ventana, reflejo que, ceñudo, intervenga en las andanzas inquietas de la luz que con manos elásticas va y toca el borde de objetos, encontrando los límites a la sesgada bóveda de palmas que, aun sin astros, se hace pasar por el cielo. También a la espalda desnuda del hombre parado en la puerta han tocado esas manos de luz. Espalda perlada de un sudor frío, quieto como el aire. Ha esperado el hombre desde el mismo anochecer, vigilado los llanos, cuidado el incendio final con el que Topuc los ha vuelto negros, inexistentes, y visto manar por cientos las intermitentes luces de cucayas que como estrellitas caídas han manchado inquietas los campos. Pocas han quedado ya. Es tarde. No se mueve el hombre. Espera. Algo escucha a lo lejos. Inclina hacia un lado el rostro. Aguza el oído: pasos en hojarasca. Ni un sonido más. Esos pasos han traído a otro hombre hasta la choza. Ahora los dos están dentro, en plena luz. Ha quedado sola la puerta, solos los campos. Ansiosa es la mirada del primer hombre, el que ha esperado desde el crepúsculo. El otro está agotado. Pide un pote con agua, pulque, pec, alguna bebida. Recibe el agua y apura trozos de ixtapac y güiscoyoles. Impaciente, el otro espera, no hay remedio, hasta que acabe. —Presiento que van a salir palabras de goce de tu boca. Estás con vida y eso lo delata. Pero dímelo.

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Confirma: ¿Cayeron los idólatras bajo el persuasivo encanto de tus palabras? ¿Creyeron en ti? ¿Confiaron? —Y pagaron además. Una sonrisa de alivio se adueña del rostro impaciente del hombre primero, sabiendo que su espera ha sido bien remunerada. —Quiero ver a Médec cuando esta alianza se le diluya entre sus manos –pronuncia, lleno de gozo. —Puedes estar tranquilo, Vehé-Nemphú: desde ahora está garantizada la independencia de Tóltem y la primacía de sus fuerzas sobre todas las causas infames que proclaman la ignorancia y el declive. Tóltem surgirá incólume y presidirá sobre las piras aún en brasas de los débiles. Las palabras del visitante inflaman el corazón de Vehé-Nemphú. —¡Que así sea, Zaquictzú! –le dice. Se regodea, y, en su arrebato, Vehé-Nemphú recuerda a Izagdar. Muy pronto estará con ella. Sin embargo, sin ningún aviso, sombras le nublan su encielado goce. Sombras con plumas de urubú. “Tendrá lo suyo –piensa–. Lo que merece”. Ahora convida al visitante a que use el único jergón de la choza. Él tal vez no duerma. Verá extinguirse la llama de lalamparilla. Hace falta mucho para el alba. * * *

U

na iguana inmóvil aparenta ser el tallado remate de la estela que, viendo al mar, informa sobre un suceso clave de los tiempos cuando el Señor Ivaal, fundador y titular de Povhotán, pregonaba sus enseñanzas entre los primeros povhotanes. Solo el mar en calma y el cielo, reflejados en el ojo de la iguana, la delatan como

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ornamento temporal necesitado del sol visible y de sus rayos. Contrasta su quietud con el movimiento y la algarabía que hay alrededor; ella, mientras tanto, es universo de árido cuero de mosaico verdoso, papada y cresta espinosa, substancia precósmica escamosa en la que no existe el tiempo aún, y si existe es solo como una promesa vaga, comparado con el tiempo que afuera se mueve cual culebra cascabel enfurecida por el asedio y el hostigamiento de los hombres que con ella juegan. De pronto el saurio hace caer la mínima tela de su párpado con chispeante indiferencia, mueve un muslo, la porción más extrema de su larga cola, un niño la ve, y sin pensarlo dos veces va por piedrecillas que arroja una tras otra a la paciente efigie de la indiferencia del Oculto. Una de las piedras hace blanco en vientre y el saurio cobra vida: con movimientos zigzagueantes y rápidos ha hecho andar el tiempo en sus pequeñas garras y ha saltado al vacío, cayendo pesadamente en las piedras de la calzada como si de un maduro fruto de sincuya se tratase; no pierde un instante y sigue el arrastre de aparatosos ladeos hasta perderse en matorrales de espino negro, inaccesibles para niños y sus piedras. El niño es hijo de un tameme que lleva parte de los cargamentos de la Señora Maravat hacia palacio. Con mecapal en frente, abre bien los ojos el hombre para no perderse las enormes masas arquitectónicas de la acrópolis costeña. La presencia de corozos, verbenas y majaguas, así como la grama que enmarca las piedras de la calzada –en lugar de simple tierra, o a lo sumo estuco, como suele ser en Ushtantubal–, le dan a la ciudad de Povhotán su aspecto único de sobriedad, acentuado por la blancura de los edificios que irradian los rayos solares como si en ellos mismos se gestaran. * * *

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Q

uehnimpol se recuerda caminando, cadavérico y huesudo, por esa vereda flanqueada de matas de chichicaste y arbustos de barajo, rumbo a la destartalada choza de mala vida llena de niños apestosos y mujer desaliñada. No recuerda si para entonces (última vez que visitó esa inmundicia) la joroba ya había comenzado a instalársele en la parte superior derecha de la espalda. En todo caso, recuerda haber sentido el mismo peso de siempre mientras caminaba odiando las oblongas hojuelas del barajo, caducas como él, espinosas en su base, como su vida, por lo que, joroba o no, tampoco es relevante. Sin aliento, después de larga caminata en solitario, encumbrándose de poco en poco hasta la cima de la marginal colina, pequeña como todo cuanto en ella había, se vio con las sandalias y polainas enrojecidas hasta la médula por el barro incisivo del camino, y supo que había llegado. Se detuvo. Miró alrededor. Con el dorso de la mano izquierda se alivió del polvo inmundo asido a sus labios, polvo que había venido masticando desde hacía ratos. Escupió con repugnancia, sin atreverse a ver el caído resultado de saliva y barro que como gota de sudor salado que se diluye en el mar, se había también probablemente diluido en ese camino hecho de polvo de barro y saliva. Al menos de eso quería él creer que estaba hecho el camino. Recuperó el aliento, enterró con fuerza la punta del improvisado bastón de guayabo que le sirvió de compañero de viaje en ese infierno, y emprendió la ruta hacia la choza. No quiso ver, sin embargo, hacia adelante. Menos existiría esa choza inmunda mientras menos la hiciera existir con la mirada. Los ojos, entonces, a los pies: preferible, en este caso, el polvo de barro y la saliva. Niños apestosos salieron a su encuentro. Tropel de manchas rojas invadieron su ropaje. Muestras de manos de niños rojizos. Niños de barro: siete, ocho,

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doce. Hubo que quitárselos de encima a bastonazos y juramentos. Pensó que nunca iba a llegar, pero llegó, maldita sea, llegó, y la miseria de una vida le inundó los ojos, con qué más iba de ser que con miseria. La mujer desaliñada estaba ahí, mirándolo alegre, chispeándole blancura a la deshonra con sus dientes pelados: sonrisa, le llaman ahí. No quería mirar al hombre sentado a la mesa, pero lo vio. Había venido para verlo, para saber si era cierto cuanto se decía de él: que era feliz, que no reñía sus derechos; lo que no significaba querer mirarlo en su desgracia. —Bienvenido, Quehnimpol –le dijo con firmeza, queriendo decir lo que dijo. Hombre gallardo en la desgracia Uxtlalbavá, sin jorobas ni ademanes falsos. Daba lástima al Noble Corcovado, por lo hermoso que era, y lo joven y fuerte, y lo alegre en su vida de miseria. Quehnimpol habló tendido con él, observando, receloso, cómo abrazaba a las mugres esas que hacía un rato lo habían llegado a recibir en el camino, a quienes había tenido que alejar a bastonazos. Lo vio besar a la desaliñada, sonreírle. —Te ayudaré a salir de acá –le dijo, ya sin poder contener la respiración. Porque, de alguna forma, había estado conteniendo la respiración desde el mismo instante en que entró a la choza. Iba a asfixiarse ahí si no salía pronto. Uxtlalbavá lo miró sorprendido, dándole a Quehnimpol la sensación de haber hablado otro dialecto. —Te ayudaré a salir –le repitió, asegurándose de hablar la misma lengua, la que todos comprendían. Por respuesta, la misma reacción de no haber entendido la razón de ser de la pregunta. —No puedes conformarte con... —Deja eso –interrumpió Uxtlalbavá–, y piensa bien antes de atreverte a irrespetar mi casa.

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Brillaban los ojos de Uxtlalbavá, y la sonrisa estaba quieta en sus labios, enfatizando lo dicho. ¿Era ese el ruego de un hombre feliz? ¿Qué habría pasado de haberse atrevido Quehnimpol? Pero no se atrevió. Había encontrado al idiota feliz en la miseria que todos decían que era Uxtlalbavá. —Lucharé por ti de todos modos. Bien sabe Topuc que sé lo que mejor te conviene –dijo Quehnimpol, y dejó el asiento, y salió de la choza mirándose los pies, haciendo que la choza no existiera. Buscó el camino de barro y saliva y comenzó a desandarlo. Los niños salieron con él. Siete, ocho, doce niños. Bullanga y tropel. Fastidiosos niños rojos. Sus nietos. * * *

D

esde hace varios días el paisaje no ha cesado de transformarse quitándose las capas de húmeda piel hasta irse quedando en cuero y hasta en huesos. También Kazalcán ha verificado en sí mismo un cambio similar. De Ushtantubal salió expansivo y animado, casi eufórico, mirando los pájaros, hablándole a los vientos, compartiendo alguna reflexión, dando consejos alegres a los tamemes y sirvientes. Sus ojos eran del mundo exterior cuando salió de Ushtantubal. Ya al llegar a Cambalum –Tierra de los Siete Ancianos, ciudad costeña donde arribaron en barca los señores titulares–, sus ojos empezaron a buscar los otros pájaros y vientos de parajes interiores. Ya en la marcha hacia Tzo iba absorto e infranqueable. Bien le habían dicho sus mentores: el viaje a Tzo, le dijeron, es uno hacia adentro. Ha llegado al fin a tierras habitadas por dunas y cactos; asediada por laderas y desfiladeros; horadada por cuevas en peñones y riscos; tierra legendaria de

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penitentes, otrora campo agreste de batalla entre idolatría sanguinaria y dioses de paz traídos por los señores titulares de tierras del oriente tragadas por el mar. Kazalcán se ha quedado absorto en lo alto de un risco, observando, abajo, la humildad con que Ciudad de Penitentes –apenas unas cuantas edificaciones pétreas de antiquísimo abolengo– se deja tocar entera por Topuc. Kazalcán hace señas a servidores para que lo dejen solo. En cuclillas sobre un montículo de rocas observa ensimismado la ciudad, hasta cuando el movimiento de un animal rastrero lo saca de sus meditaciones. Es un pequeño cantil tamagaz cuyo cuerpo se pierde en la hendidura de unas piedras, dejando su cola por fuera, con el rojo de la amenaza agitándose cual estandarte ponzoñoso, moviéndose por impulsos del veneno como si el veneno mismo tuviese voluntad. Tamagaces humanos habitaron estas mismas tierras hace mucho. En las cuevas de peñascos y riscos llevaron a cabo ceremonias depravadas. Millares de niños fueron sacrificados. Los adultos ni se diga. Corrió la sangre casi hasta volverse ríos y formar cañones con la ayuda del tiempo. Tal vez por eso es rojizo el suelo de este desierto, y la cola de alacrán, o alacrancillo, hace brotar por montones los coágulos, disfrazándolos de inocentes flores moradas. La sangre se comió la lluvia en estas tierras, y no la devuelve, se dice acá. Luego llegaron los señores. El Señor Vacob reclamó estas tierras para que en ellas los hombres adoraran a la innombrable deidad, el Sol Oculto, e instauró, luego de batallas terribles en las que tanto solares como sacrificadores perdieron gran parte de sus respectivas huestes, el ritual sagrado de entrada al selecto aprendizaje. Esas mismas cuevas fueron entonces ocupadas por hombres y mujeres santos, quienes las utilizaron para realizar y perpetuar ritos y ceremonias y para transmitir enseñanzas traídas por los señores de oriente, entre ellas, la de la manifestación de las

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deidades por un proceso de emanación o de desenvolvimiento de dentro afuera; la del espacio abstracto y el movimiento abstracto absolutos, o, en otros términos, la pura subjetividad y la conciencia incondicionada, respectivamente; la de los cuatro soles cosmogónicos que desaparecieron destruidos por jaguares, huracanes, una lluvia de fuego y un diluvio, y la del gran aliento cíclico y sus secretas duraciones, además de otras muchas enseñanzas tanto más complejas e inauditas que requerían para su transmisión de vehículos humanos muy bien entrenados. Este tipo de conocimientos tenía que contrastar violentamente con las prácticas y enseñanzas de baja estofa de los sacrificadores que por miles atestaban la región con su supersticiosa idolatría y sus incontables panteones plagados de cultos a muertos y a manifestaciones de fuerzas inferiores, que pronto eran elevadas a categoría de dioses de tribus susceptibles al chantaje, y destronadas y cambiadas por otras de naturaleza igual o peor de ruin. Así pues, estos fueron, poco a poco, aislados en el norte de Tzo, exactamente en Votztzó o Tierra de Lujuriantes, en donde degeneraron aún más sus prácticas y se enfrascaron en luchas intestinas que finalmente, después de cientos de años, los hizo casi desaparecer. Unos pocos, se asegura, recopilaron esas enseñanzas y las transmitieron a sus discípulos, creándose, así, una jerarquía oscura, resabio de viejas razas. Por lo tanto, la hechicería y las voluptuosas ceremonias de evocación aún podrían estar siendo practicadas en esa ciudad. Probablemente sean esas luchas ancestrales las que Kazalcán esté tratando de recrear mientras observa la hendidura por la que la cola ponzoñosa del cantil tamagaz por fin ha desaparecido. ¿Qué parte de la sangre de la reciente Tzo o de la degradada Votztzó llevará en sus venas Kazalcán? Sus ojos apuntan ahora a la Ciudad de Penitentes adonde habrá de realizar, después

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de tantos años de preparación, el ritual de entrada al aprendizaje superior junto con sus queridos Obracán y Vactalú, quienes también han hecho méritos. De pronto, Kazalcán parece ansioso. Deja el montículo y camina, raudo, hacia el grupo que acompaña su peregrinaje. Se dirige a un joven tameme que, sentado en una roca solitaria, le hace nuevas cicatrices a la aridez del suelo con un tallo seco de huisquilite. —Anda y mira que baje un mensajero a anunciar nuestra llegada –le dice, y, aunque afanosa, la voz le sale torpe, como sale cuando se tiene días sin usar. El tameme lo mira, inexpresivo; deja el tallo seco en el suelo y se levanta displicente como quien se despierta de un sueño profundo. Eso pasa a veces en el viaje hacia el desierto de Tzo, consecuencia del ensimismamiento en que se sume uno. A algunos hombres, sobre todo a los hombres comunes, el ver demasiado hacia adentro les produce depresión. Kazalcán se acerca al tallo seco de huisquilite, mira el suelo: en él ha rasgado el tameme figuras de pájaros, árboles frondosos y unas chozas. Hombres afuera de las chozas.

E

* * *

stá sentado con el resto de novicios en el refectorio. Mientras los otros comen, la envolvente oración del oficiante voluntario que ofrece alimentos a Topuc en la ara central, envuelto en una nube de incienso de corteza de caraño, ha echo entrar a Obracán en un copioso trance que lo mantiene impávido frente a la escudilla en que la votiva carne seca de venado y la guarnición de yerbas y frutos que Cutzí ha proveído para esta noche, parecen ser, ante sus ojos, los portones de la inmensa gruta en donde sus pensamientos se pierden. Se le observa pálido a Obracán, y hasta podría decirse que a punto de caer al suelo desmayado. La oración se le vuelve en sus

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oídos una marea de voces que viene y va. El olor de la corteza de caraño se le pega en las fosas nasales y le satura el gusto. Siente en su estómago el precursor malestar de una indisposición a punto de volvérsele arcadas. Si un bocado diera a la comida en escudilla... No quiere ni pensarlo. Quiere mejor seguir recreando la extraña procesión de hombres de manteo negro que irradiaban luz sin un pabilo. Madrugadas vestidas de día. Cielo sin sol. Calzadas vacías, y él flotando en ellas como ave de inframundo, sin alas. Es eso o las arcadas. La carne seca de venado es un imán. Después están sus pensamientos, el sueño y el rostro osado. No puede olvidar ese rostro. Se le confunde con el trémolo circular del oficiante. El salón entero es un pozo que lo ve caer con estrábicos ojos de mascarones: punzones de jadeíta que le abren ojos en el cuerpo mientras cae en el cenote sin fondo que se oculta más allá de la carne seca de venado. * * *

A

hora, rodeados de la pompa guerrera y de las sobrias edificaciones de Uatxel –Ciudad de Guerreros–, los Segundos ixvactaluenses permanecen ocupados poniendo al día los asuntos propios de sus cargos. Xúcuctli ha invertido el día entero en el Tribunal de Súbditos y solo se ha llevado a la boca el agua de olor a azufre que tanta molestia le causa en el estómago. Odia el agua turbia de Uatxel. Pero el tiempo pasa y ha dejado al fin el tortuoso tribunal para darse una vuelta por su residencia, en donde previa visita al templo del dios Tzurú, al que sirve él, sirvientes sin lengua le han consentido con viandas y pec el paladar. Deberá seguir pidiendo lluvia para su ciudad natal. Ahora solicita a los sin lengua llevarle un cervato vivo al

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templo: harto está de agradarle a Tzurú con la sangre de las aves. Tzurú es el trueno, el agua, el mar, y su grande hueste es la de los Niños de la Lluvia llamados Tepeua; grande es, pues, el sacrificio que debe realizarse en su honor. Camino al templo se lamenta de solo poder ofrecer un cervatillo insulso a su Señor. La necesidad de lluvia apremia y los medios lo atan de manos. Noticias tiene de que antiguamente los sacerdotes primordiales tenían la potestad de tomar vástagos humanos para ofrendar y aplacar a los viejos dioses. Le fastidia tener que conformarse con regalar susurros al oído grande que merece gritos vigorosos para darse por saciado y mandar sus huestes en auxilio del hombre solo. Pero van caminando las cosas poco a poco, y, como debe ser, las acciones que destruyan la insulsez de viejos timoratos comenzaron ya y no pueden detenerse. Devolver poderes grandes a los grandes que tramitan y negocian los acuerdos con los dioses es el fin de los nuevos hombres: hombres fuertes y sagaces. Ya con ánimos resueltos y contentos, llega al templo. A pesar de no tener delante, en este templo, la entallada y enjoyada imagen de Tzurú como bien la tiene en Ixvactalum (dada la necia prohibición local en el sentido de no representar las fuerzas divinas como entidades existentes en aspecto y forma definidas); a pesar, decía, de tal “retraso”, explicado por el solo hecho de la supremacía y adelanto que evidenciaba ser Ixvactalum, semillero de nuevas ideas, Xúcuctli acepta de buen grado las indignas limitaciones del templo, justificadas, según él, “por la ignorancia de los Uatxeles comunes”, y sube despacio la escalinata hasta alcanzar la cúspide y, en ella, los fustes o pilares que sirven de portal sagrado. Ya adentro, vivas teas a manera de antorchas iluminan el aposento del dios. En el centro hay un ara de tezontle recubierta de ónix vetado, un pote sagrado y un chab (cuchillo pedernal de sacrificio) sobre esta; al lado, el cervato, trincado con mecate. Sus

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grandes ojos lucen casi enteramente blanqueados, palpita el cuello lleno de vida bajo su suave piel, y un hilo de baba escapa de su boca. Xúcuctli se pone la casulla y se siembra el tocado de plumas de lechuza y de chiltota en la cabeza, da fuego al incensario con astillas de ocote prendidas en una de las teas colocadas en los tallados aros de piedra de las paredes; se sume en oraciones y cantos, se acerca al ara, toma el pote y bebe. Es amargo, espeso, difícil de pasar: bebedizo de botón de siniquiche suavizado con esencias de algunas hierbas y aromatizado con alhucema y raíz de sasafrás. Pronto comienzan las visiones y el crepuscular y dilatado rezo a Tzurú. Pasa un tiempo. Siguen raudos los cantos del peticionario. El cervato se queja, tiembla y se sacude. El incorpóreo humo de incienso nutre al aire que se escapa por ventilas y entrefustes: portal del dios. Se va hacia arriba, sube al cielo, roza los pies de Tzurú. ¿Responderá el quisquilloso dios? ¡Si hubiera imagen en el templo! Sin saber si escucha el dios o no, Xúcuctli presume que ha habido contacto. “No puede ser de otra forma”, se dice, viendo que todo está a punto. Toma, pues, al cervato entre sus brazos, lo coloca sobre el ónix de la ara y con el chab lo degüella. Sangre a Tzurú se volverá lluvia si el dios lo quiere. Lo pide Xúcuctli para que lo quiera. Sabe que es más que ave. Ha de querer, pues, Tzurú. Se sacude el inmolado animalito, dador de don vital que aplacará la furia del altísimo. Xúcuctli se llena de sangre el rostro, desata al cervato, lo abre de piernas y con el mismo mecate lo ata a las cuñas salientes que en número de cuatro sobresalen en los vértices de la ara. La sangre cae al piso. Con el chab abre el pecho al animal. Xúcuctli tiembla de goce. Su corazón palpita duro en el pecho mientras el otro corazón es arrancado de cuajo y yace caliente entre sus dedos: vida a Tzurú como antes de los siete señoríos lo hicieron sus antepasados; como harán sus descendientes en el porvenir que, próximo ya, les aguarda. “Si el cervato

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fuera un hombre –piensa–, esta vida que con mis manos he dado a Tzurú, fuera ya copiosa lluvia en mi tierra. Pero Tzurú sabrá oír y aceptar, él sabrá ordenar a los Tepeua que, así como la vida del cervato cae al suelo desde lo alto del altar, hagan caer también su bendición sobre los míos”.

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Mauricio Orellana Suárez
San Salvador, El Salvador, también es autor de: Heterocity, Premio Centroamericano de novela, 2010. Ediciones Lanzallamas, San José, Costa Rica, 2011 http://www.amazon.com/Heterocity-Spanish-Mauricio-Orellana-Su %C3%A1rez/dp/9968636053 Kazalcán y los últimos hijos del Sol Oculto. Novela que se contó entre las finalistas del Premio Planeta, 2002. Uruk Editores, San José, Costa Rica, 2011 La dama de los velos, novela que esboza la vida de Helena Petrovna Blavatsky. Dirección de Publicaciones e Impresos, DPI, Secretaría de Cultura, San Salvador, El Salvador, 2011 Ciudad de Alado. Uruk, Editores, San José, Costa Rica, 2009 Te recuerdo que moriremos algún día. Dirección de Publicaciones e Impresos, DPI, Secretaría de Cultura, San Salvador, El Salvador, 2001 Las mareas. (Inédita) Kabir, Mundo Poeta. (Inédita) Mauricio Orellana: correo electrónico: editexto@gmail.com Facebook: Mauricio Orellana Suárez http://www.facebook.com/profile.php?id=100000529955336

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