Lucas Rebagliati (2010) EL LARGO CAMINO DE LA RENOVACIÓN: DE LA MARGINALIDAD A LA PRIMACÍA INSTITUCIONAL (1970-2007

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El camino elegido en el capítulo fue tratar las dos obras referidas a la temática que más influyeron sobre la historiografía de las últimas décadas: Revolución y guerra (1972) de Tulio Halperin Donghi y Ciudades, Provincias, Estados: Orígenes de la Nación Argentina (1800-1846) (1997) de José Carlos Chiaramonte. Ambas obras condensan años de investigaciones y publicaciones anteriores. Justamente en la década del 60 iban a hacer su aparición artículos y libros que luego fueron retomados y profundizados. A partir de esta obra de Halperin, puede decirse que se reemplazó la idea prevaleciente hasta entonces de que el proceso de Mayo se debía a la existencia de un grupo social dotado de conciencia revolucionaria, que necesitaba desligarse del lazo colonial para su posterior desarrollo. Hoy en día, los efectos disruptivos de la militarización iniciada en 1806 y el peso de la crisis de la monarquía ibérica como causa desencadenante del proceso revolucionario son aceptados por casi todos los estudiosos del período. Por otro lado, uno de los mayores meritos de la obra de Chiaramonte, fue desentrañar algunas de las causas de la inestabilidad política de las primeras décadas revolucionarias, mostrando cómo detrás de conflictos aparentemente facciosos, en realidad se encontraban disputas entre diferentes concepciones de la soberanía y entre distintas formas de representación. Luego de la publicación de Revolución y guerra, aparecieron algunas obras de vasta influencia que buscaban brindar explicaciones generales sobre las revoluciones hispanoamericanas. John Lynch publicó en 1973 The Spanish American Revolutions, 1808-1826, libro traducido al castellano tres años más tarde. En esta obra, el autor afirma que las revoluciones de independencia se debían a la rebelión de los criollos frente al ³nuevo imperialismo´ representado en las reformas borbónicas de fines del siglo XVIII. Con respecto al Río de la Plata, Lynch calificaba a la Revolución de Mayo como una revolución patricia que carecía de contenido democrático, protagonizada únicamente por militares e intelectuales. François-Xavier Guerra brindó una interpretación novedosa en su libro Modernidad e independencias (1992). Desde una óptica política y cultural, el autor consideraba a la revolución liberal española y a las independencias hispanoamericanas como parte de un proceso único definido por la irrupción de la modernidad a ambos lados del Atlántico. Esta modernidad estaba caracterizada por el surgimiento de nuevas formas de sociabilidad articuladas en torno a una difusión de valores e ideas modernas, tales como el ciudadano, la nación, la libertad, etc. En la obra se argumentaba que todas las regiones de América pertenecían a un mismo conjunto político y cultural, y era allí donde debían buscarse las causas de los sucesos que culminaron con la caída del imperio español. La aparición del libro de Guerra evidenciaba una renovación de los estudios históricos a nivel mundial. Se produjo un renacer de la historia política, ya no centrada en los grandes hombres ni apegada estrictamente a los acontecimientos. Por el contrario, abordaba nuevas problemáticas. Toda una serie de estudios empezaron a indagar temas tales como la ciudadanía, la Nación, el Estado, los lenguajes políticos, las elecciones y las distintas formas que adoptaba la soberanía, entre otras cosas. Diversos historiadores retomaron algunos de los planteos realizados por Halperin y avanzaron hacia un conocimiento más detallado y preciso de las características de la sociedad que protagonizó la revolución y de sus grupos sociales. En 1978 Susan Socolow presentó The Merchants of Buenos Aires (1778-1810), una radiografía de la elite mercantil tardocolonial que ratificaba algo que Halperin ya había postulado: los lazos extremadamente tenues que esa elite tenía con la producción rural y el papel completamente secundario de los propietarios agrarios en la trama de grupos de poder existente en Buenos Aires hacia 1810. En otra dirección, en 1992 apareció Historia y lenguaje, los discursos de la Revolución de Mayo, de Noemí Goldman. En este libro, la autora realiza un análisis de los discursos políticos de algunos líderes de la Revolución. El objetivo del libro era dilucidar las nociones a través de las cuales se construyeron las visiones de la revolución, visualizando también los desplazamientos de sentido experimentados por ciertos términos del vocabulario político. Otro aporte significativo provino de los trabajos de Pilar González Bernaldo, donde se analizan las formas de sociabilidad, las prácticas políticas de la elite revolucionaria y las identidades en la etapa postrevolucionaria. La autora sostiene que en el Río de la Plata, a diferencia de lo ocurrido en la Francia revolucionaria, la sociabilidad política asociativa sólo concentró a un reducido sector de la elite, mientras que la politización de los sectores populares se realizó a través de la guerra. También comenzaron a aparecer estudios que buscaron analizar en profundidad las repercusiones que había tenido la crisis de la monarquía en el interior del territorio que conformaba el Virreinato del Río de la Plata y las formas particulares que había adoptado allí el proceso revolucionario. Un ejemplo de esta tendencia es la aparición del libro de Sara Mata de López, Tierra y poder en Salta. El noroeste argentino en vísperas de la independencia (2005), donde se analizan la estructura y la sociedad agraria salteña a fines del período colonial. Esta obra no sólo le permitió a la autora brindar una imagen más rica y compleja de esta región, sino que además constituyó un ineludible punto de partida para analizar cuál fue el impacto de la militarización y la guerra, inherentes al proceso revolucionario, en esta sociedad. Otro importante aporte provino de Beatriz Bragoni (1999), quien en una obra que no trata exactamente sobre el proceso revolucionario sino sobre un período posterior, realizó agudas observaciones sobre las modalidades que adoptó la ruptura del orden colonial en la región de Cuyo, a través del análisis de las estrategias matrimoniales, empresariales y las prácticas políticas de una familia de elite, los González. Una mención aparte merece la renovación de los estudios sobre el artiguismo llevada a cabo por Ana Frega en los últimos años, que culminó en su libro Pueblos y soberanía en la revolución artiguista: La región de Santo Domingo Soriano desde fines de la colonia a la ocupación portuguesa, publicado en 2007. La autora muestra como los conflictos sociales preexistentes se expresan en el marco del proceso revolucionario, y sostiene que el programa radical artiguista fue construido en el proceso de lucha y no impuesto unilateralmente por Artigas. El artiguismo, bajo esta óptica, es concebido como una revolución democrática y radical que quedó inconclusa. Si bien con estas obras se enriquecía el conocimiento sobre las transformaciones causadas en las regiones del interior del Virreinato por la revolución y la guerra, ello no significaba que los vaivenes de la política revolucionaria en la ciudad de Buenos Aires hubieran

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dejado de concitar la atención de los historiadores. Por el contrario, nuevas preguntas y problemas iban a ser abordados en una serie de investigaciones a lo largo de estos últimos años. Marcela Ternavasio analizó las disputas por el poder que caracterizaron a las primeras décadas revolucionarias en Buenos Aires. Para ello iba a elegir una vía de acceso al problema original y poco explotada: el análisis de los procesos electorales, los grupos involucrados en ellos y la dinámica de funcionamiento del sistema político. La principal conclusión de su estudio es la idea de que la elite revolucionaria buscaba ampliar la participación en el sufragio para implantar un régimen representativo que discipline la movilización política, la cual hasta ese momento se expresaba en asambleas y cabildos abiertos. Por su parte, Gabriel Di Meglio argumenta que la plebe porteña fue un actor destacado de la política desde las invasiones inglesas hasta el rosismo, dando cuenta de tres formas de participación política plebeya: las fiestas, la intervención en los conflictos intraelite y los motines autónomos. La defensa de la religión, la identificación con la patria o la movilización contra el ³mal gobierno´ eran algunas de las ideas que motivaban las acciones plebeyas en contra del orden que los distintos gobiernos revolucionarios intentaban establecer. Juan Carlos Garavaglia explora de qué forma los gobiernos revolucionarios acudieron a fiestas para difundir nuevas ideas e ir construyendo una identidad colectiva como ³nación´ que les diera sustento. El autor concibe a la ³nación´ como una comunidad imaginada, y su ³invención´ como un proceso colectivo en el cual intervienen distintos actores. Otra temática abordada por el autor es el surgimiento de una ³nueva opinión´ en la ciudad de Buenos Aires en el período 1806-1813, marcada por una explosión de pasquines, libelos, folletos y prensa que irrumpen entre vastos sectores de la población. A manera de conclusión se pueden hacer algunas observaciones sobre el derrotero posterior de Halperin Donghi y Chiaramonte. Ambos enriquecieron y ampliaron sus principales hipótesis sobre la caída del imperio español, incorporando a todas las regiones americanas en sus análisis. I. TULIO HALPERIN DONGHI

Revolución y guerra (1972). La obra va a replantear muchos de los aspectos más conocidos del proceso revolucionario abierto en 1810, pero también va a indagar en otros escasamente explorados por la historiografía anterior a la obra. Si bien comúnmente se ha interpretado que el autor entiende a la Revolución de Mayo como producto de repercusiones europeas, lo cierto es que Halperin intenta ver la interrelación que existe entre los fenómenos netamente internos y los factores externos que desencadenan el proceso revolucionario. Reconoce la tensión existente entre criollos y peninsulares, pero niega la existencia de una pelea entre ³comerciantes librecambistas´ y ³comerciantes monopolistas´ argumentando que ambos grupos dependen del mantenimiento del sistema colonial. También subraya la ambigüedad del pensamiento de los economistas ilustrados, para los cuales la corona era una fuerza necesaria en pos de implementar ciertas reformas, y relativiza el impacto ideológico de las nuevas doctrinas difundidas luego de la Revolución Francesa en el Río de la Plata. El hecho que adquiere centralidad en el argumento halperiniano como desencadénate del proceso revolucionario es, en primer lugar, la militarización acontecida en ocasión de las invasiones inglesas. El resultado es que los criollos, al contar con gran parte de la población masculina de la ciudad de Buenos Aires encuadrada en las milicias, van a poder imponer al virrey su destitución. De esta manera, el autor escapa a la rígida dicotomía alzamiento militar-revolución popular que enfrentó a varios historiadores que intentaban explicar la naturaleza de la semana de Mayo. Sin embargo, esta militarización por si sola no es el único elemento explicativo que da cuenta del proceso revolucionario, sino que en esta coyuntura abierta por las invasiones inglesas juega un papel central la crisis metropolitana iniciada en 1808.El gobierno revolucionario, durante la primera década de existencia, tiene su base de apoyo más sólida en el ejército profesionalizado desde 1812. Esto le permite mantener independencia frente a los sectores altos, de donde había surgido y frente a los sectores populares, a los cuales había movilizado utilizando su apoyo. La desestructuración económica del antiguo espacio virreinal, producto de la perdida de las minas del Alto Perú a manos de los realistas, sumado a los efectos disruptivos de la militarización y la guerra, genera transformaciones estructurales visibles claramente a partir de 1820 y destinadas a perdurar en el largo plazo. La valorización de las áreas rurales producto de una plena incorporación al mercado mundial, y la creciente delegación de funciones del estado central a poderes locales de base rural iban a generar el ascenso político de poderes de base local, ubicados en las áreas rurales. Por último, cabe destacar que, producto del desequilibrio interno de la elite causado por los acontecimientos revolucionarios, Halperin va a postular la formación tardía de la clase terrateniente porteña ± recién será dominante a partir de 1820± así como sus raíces urbanas. De esta manera, el autor desafía viejas concepciones que veían a este grupo como dominante desde la época colonial. II. JOSÉ CARLOS CHIARAMONTE

Ciudades, provincias, estados: Orígenes de la Nación Argentina (1800-1846) (1997). Mediante un abordaje claramente político, el autor busca analizar el período tardocolonial y las primeras décadas de vida independiente en toda su complejidad, evitando caer en rígidas categorizaciones. En su análisis de la cultura a fines de la colonia, advierte que una de las principales tendencias modernizadoras eran las reformas de la enseñanza universitaria encaradas por la monarquía borbónica. También advierte la irrupción de un grupo de intelectuales criollos que representan una vida intelectual disidente, expresión del surgimiento de una cultura laica en el Río de la Plata. A su vez, esta cultura es descripta en toda su complejidad, señalando sus principales elementos: reformismo escolástico, regalismo estatal hispano, ilustración, entre otros. Al analizar las identidades políticas antes y después de los sucesos de Mayo de 1810, el autor postula una tesis que atraviesa toda la obra: la inexistencia de una nacionalidad argentina en el ámbito rioplatense. Mediante un exhaustivo análisis del vocabulario político de la época, detecta el significado de los vocablos nación, patria, vecino, pueblo y argentino, entre otros. Otro enfoque renovador es su interpretación sobre la naturaleza de los conflictos en la primera década revolucionaria. En este sentido, Chiaramonte encuentra dos conflictos que se entrelazan y dan cuenta de las disputas que hasta entonces eran explicadas

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como una mera lucha facciosa. Uno de ellos es el que opone a las tendencias centralizadoras y a las tendencias autonómicas, y el segundo es el que contrapone a formas antiguas y modernas de representación. La persistencia de ciertas prácticas políticas como los cabildos abiertos y el mandato imperativo significaron un obstáculo para la efectiva implementación de un régimen representativo liberal. También entre los principales actores de la época coexistían distintas concepciones en torno al problema de la soberanía.

[Lucas Rebagliati, ³El largo camino de la renovación: de la marginalidad a la primacía institucional´ (1970-2007), en Raúl Fradkin ± Jorge Gelman (Coordinadores), Doscientos años pensando la Revolución de Mayo, Sudamericana, Buenos Aires, 2010, pp. 409-471.]

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