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Inmortalidad y Vida Eterna

Inmortalidad y Vida Eterna

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Selecciones de los
escritos y mensajes del
presidente J. Ruben Clark, hijo.
Un curso de estudio para los
QUÓRUMES DEL
SACERDOCIO DE MELQUISEDEC
de
la Iglesia de Jesucristo
de los Santos de los Últimos Días
1968-69

Publicado por la Primera Presidencia
de la Iglesia de Jesucristo
de los Santos de los Últimos Días
Selecciones de los
escritos y mensajes del
presidente J. Ruben Clark, hijo.
Un curso de estudio para los
QUÓRUMES DEL
SACERDOCIO DE MELQUISEDEC
de
la Iglesia de Jesucristo
de los Santos de los Últimos Días
1968-69

Publicado por la Primera Presidencia
de la Iglesia de Jesucristo
de los Santos de los Últimos Días

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El viernes pasado me referí al tema de la unidad. "Si no sois uno, no sois míos." (Doc. y

Con. 38:27)

Haré eso un tanto personal: Si no soy uno con el presidente Grant, si, como consejero
suyo, no escucho lo que él dice; si no obedezco las instrucciones que él da; si no le presto toda
la ayuda y cooperación que me es posible, no soy uno con él y no estoy entonces entre
aquellos a quienes el Señor llama "míos". Posiblemente yo no sea uno con él y ejerza mi
propio juicio, siga mis creencias, trace mi propio camino enteramente opuesto al de él, y lo
que yo hago, quizás lo hagan todos los demás oficiales de la Iglesia.
Si hemos de llevar a cabo los grandes propósitos que el Señor nos ha marcado y de los
cuales hemos oído hablar tanto, tan elocuente, bella y verazmente en esta Conferencia,
debemos ser uno. Tal como he dicho al sacerdocio de esta Iglesia una y otra vez en el pasado:
Si somos uno, verdaderamente uno, uniendo todas nuestras voluntades, fuerzas de carácter,
facultades y habilidades, armonizándolas con el Profeta, Vidente y Revelador de Dios sobre la
tierra en este tiempo, no hay nada que no podamos hacer en justicia. Y no se me ocurre nada
que en la actualidad sea más importante que el que todos nosotros como individuos
procuremos ser uno con aquel que es el ungido del Señor, llamado y ordenado para estar a la
cabeza de su Iglesia.

Teniendo presente lo anterior, os recuerdo que el Señor ha dicho: "Si no sois uno, no
sois míos." No podemos ser uno a menos que seamos uno en espíritu, en creencia, en
conocimiento y en acción. No hay otro medio. Vosotros, obispos, obispados, habéis tenido la
experiencia en vuestros barrios. Casi siempre hay alguien que no está en armonía con
vosotros, que desea hacer las cosas de una manera distinta de como queréis que se hagan.
Posiblemente haya grupos en el barrio que piensan que lo que vosotros hacéis en lo que
respecta al bienestar y en las organizaciones auxiliares, no es correcto, y quieren hacerlo de
alguna otra manera. No necesito deciros que eso representa un gran impedimento en vuestro
trabajo; vosotros lo sabéis mejor que yo.
Vosotros, presidentes de estaca, sabéis cuán difícil es guiar y gobernar a vuestras estacas
como quisierais hacerlo, cuando tenéis algún obispo que se aparta a un lado; vuestra estaca
sufre las consecuencias.

Nosotros como autoridades generales sabemos cuán difícil es cuando los presidentes de
estaca se alejan, cuando tratan de dar explicaciones para no obedecer las instrucciones, cuando
parecen no querer investigar lo que el presidente de la Iglesia quiere que se haga, sino "cómo
podemos interpretar estas instrucciones a fin de poder hacer lo que queramos, pero al mismo
tiempo no apartarnos de la letra de dichas instrucciones".
Entre las mismas autoridades generales, ¿estamos preparados para aceptar exactamente
lo que el Profeta de Dios dice y para hacerlo, en lugar de procurar interpretarlo a nuestra
conveniencia, adaptándolo a nuestros propios puntos de vista?

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Existe un orden en la iglesia, y vosotros conocéis ese orden tan bien como yo.
Siempre experimento una gran admiración, al igual que todos nosotros, por ese libro
extraordinario, la Perla de Gran Precio. Deseo referirme al tercer capítulo del libro de
Abraham, en donde habla acerca de los distintos tiempos, mas dice que hay uno que rige a
todos los demás, el cual es el tiempo del Señor; donde habla acerca de las diferentes
magnitudes de los planetas y cuerpos celestes y nos dice que hay un cuerpo celeste que rige a
todos los demás.

De manera que edificamos desde lo individual, desde lo menor, a lo mayor. La Escritura
empieza luego a hablar acerca de los espíritus. El Señor dijo a Abraham:
Así como hizo Ja estrella mayor. Así también, si hay dos espíritus y uno es más
inteligente que el otro, empero estos dos espíritus a pesar de ser uno más inteligente que el
otro, no tienen principio; existieron antes, no tendrán fin, existirán después, porque son
gnolaum, o eternos.

Y el Señor me dijo: Estos dos hechos existen: Hay dos espíritus, y uno es más inteligente
que el otro; habrá otro más inteligente que ellos; yo soy el Señor tu Dios, soy más inteligente
que todos ellos. . . .

Yo habito en medio de todos ellos; así que, ahora he descendido para descubrirte las
obras que mis manos han hecho, en lo cual ral sabiduría los supera a todos ellos, pues reino
arriba en los cielos y abajo en la tierra, con toda sabiduría y prudencia, sobre todas las
inteligencias que tus ojos han visto desde el principio; en el principio descendí en medio de
todas las Inteligencias que tú has visto.
Y el Señor me había mostrado a mí, Abraham, las inteligencias que fueron organizadas
antes que el mundo fuese; y entre todas éstas había muchas de las nobles y grandes;
Tí Dios, vio, estas, almas, y eran, buenas, y estaba en medio de ella, y dijo: A éstos haré
mis gobernantes—pues estaba entre aquellos que eran espíritus, y vio que eran buenos—y él
me dijo: Abraham, tu eres uno de ellos; fuiste escogido antes de nacer. (Abraham 3:18-19, 21-
23)

Los principios que quiero sacar en conclusión de esta escritura, hermanos, son éstos: No
todos éramos iguales en la creación; no todos somos iguales en autoridad aqui; no todos somos
iguales en inteligencia. Sin embargo, a menos que seamos uno, no somos del Señor.
Mas entonces, ¿cómo podemos ser uno?
No podemos ser uno con algún obispo que tiene un plan que él mismo ha ideado y que
desea que rija a toda la Iglesia. Un obispo, no obstante que su oficio y llamamiento son
grandes e importantes, es en autoridad un tiempo más breve, una luminaria menor, un planeta
inferior, una inteligencia secundaria, por así decirlo. Es cierto que todo hombre, todo oficial en
la Iglesia, tiene el derecho de recibir inspiración y revelación en cuanto a cómo debe
comportarse y cómo debe desempeñar su oficio y deberes. Sin embargo, cuando esa
inspiración y esa revelación se reciban, nunca estarán en desacuerdo con la disciplina de la
Iglesia, ni con las revelaciones de los deseos y voluntad de Dios según los hace saber a su
profeta en la tierra. El presidente de la Iglesia, no el obispo de un barrio, ni el presidente de
una estaca, dicta la ley que ha de regir a la Iglesia. Siempre que algún oficial recibe cualquier
otra inspiración que no sea la de obedecer al presidente de la Iglesia, esa inspiración no
proviene de la fuente correcta.
La unidad se debe lograr, hermanos, siendo uno con aquel que está a la cabeza de la
Iglesia. Y es el deber y la obligación de todo oficial ajustarse cabal, totalmente, sin reservas,

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sin engaño, sin equivocación, a los deseos y voluntad del Señor según es revelada a nuestro
profeta, vidente y revelador. De nuevo digo, este principio se relaciona con todo aquello que
afecta el bienestar de la Iglesia,

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LECCIÓN 30

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