Di gi ta li za do po r ht tp :/ /w ww .l ib ro do t.

co m

2

La Luna y Seis Peniques

W. Somerset Maughan

LA LUNA Y SEIS PENIQUES1
CAPÍTULO 1
DEBO confesar que cuando conocí a Carlos Strickland no me dio la impresión de ser un personaje extraordinario; sin embargo, sería difícil hallar ahora quien le niegue excepcional valor; no me refiero al que suele ostentar un político afortunado o un militar de éxito, pues estos valores son más inherentes. a la situación que al hombre, ya que un cambio en las circunstancias los puede reducir a proporciones muy discretas. Un primer ministro retirado de la política resulta, con el tiempo, no haber sido más que un retórico ampuloso, y un general sin su ejército puede llegar a ser tan sólo el héroe manso y familiar de una ciudad rural. La grandeza de Carlos Strickland era auténtica. Puede ser que no a todos agrade su arte, pero de ninguna manera podrá ser tildado de insignificante. Era la suya una personalidad artística de las que perturban y cautivan. La época en que la gente se reía de él ya pasó, y ya no se considera excéntrico a quien lo defienda, ni pervertido a quien lo admire. Las taras de su moral son aceptadas como un complemento de su mérito. Aun es posible discutir su lugar en el arte, y el entusiasmo de sus admiradores es quizá no menos caprichoso que la crítica de sus adversarios, pero nunca se podrá dudar de que tuvo genio. En mi opinión, lo más interesante del arte es la personalidad del artista, y, si ésta sale de lo común, estoy dispuesto a perdonarle las fallas. Descubrir el sentido esotérico de un artista es como leer una novela policial. Es una adivinanza que comparte con el universo el mérito de no tener solución. La más insignificante de las obras de Strickland sugiere una personalidad extraña, atormentada y compleja, y eso es lo que impide que sean indiferentes hacia su arte aun los que no admiran sus cuadros, y eso es también lo que ha suscitado tan extraño interés por el conocimiento de su vida y de su carácter. Apenas cuatro años después de la muerte de Strickland escribió Maurice Huret en el «Mercure de France» el artículo que sacó al pintor del olvido, y abrió el camino, que siguieron luego, más o menos dócilmente, otros escritores. Durante mucho tiempo ningún crítico gozó en Francia de tanta autoridad como Huret, y era imposible dejar de sentirse impresionado por sus afirmaciones, que parecieron extravagantes cuando las emitió. Pero juicios posteriores confirmaron su opinión, y la calificación artística de Carlos Strickland está ahora firmemente establecida de acuerdo con las premisas que él trazó. El progreso de su reputación es uno de los incidentes más románticos de la historia del arte; pero no es mi intención ocuparme aquí del arte de Carlos Strickland más que en lo que se relacione con su carácter. El amor a los mitos es innato en la raza humana. Esta se aferra con avidez a cualquier circunstancia extraña o misteriosa en la vida de aquellos que han sobresalido del resto de sus semejantes e inventa una leyenda, para creerla luego con todo fanatismo. Es la protesta del romance contra los lugares comunes de la vida. Los incidentes de la leyenda son el pasaporte más seguro del héroe para la inmortalidad. El filósofo irónico sonríe al comprobar que sir Walter Raleigh es más recordado por haber arrojado al suelo su capa para que sobre ella pasara la Reina Virgen que por haber descubierto para Inglaterra tantas tierras desconocidas. Carlos Strickland vivió obscuramente; se creó más enemigos que amigos; por lo tanto, no ha de extrañar ,que los que escribieron sobre su vida adornaran sus escasos recuerdos con una viva fantasía, aunque es evidente que había bastante en lo poco que se sabía de él como para darle más de una oportunidad al escritor romántico. Algo había en su vida de extraño y terrible; muchos aspectos chocaban de su carácter, y su destino no tenía poco de paté- tico. Con el andar del tiempo se creó en torno a su vida una leyenda tan circunstanciada, que un historiador prudente reflexionaría dos veces antes de atacarla. Pero el reverendo Roberto Strickland tenía de todo menos de historiador prudente. Escribió la
1

Con LA LUNA Y SEIS PENIQUES ha querido significar el autor el supremo ideal y el escaso valor de lo material en su protagonista: con tal de contemplar la luna a su gusto, podía vivir con seis peniques diarios, moneda inglesa, que equivale hoy a cincuenta centavos. (N. del T.)

http ://w ww.l ibro dot. com

3

La Luna y Seis Peniques

W. Somerset Maughan

bioografia de su padre2 admitiendo que lo hacía para «desvirtuar ciertos malentendidos muy arraigados en el público respecto a la vida del pintor, que causaron acerbo dolor a personas que todavía viven». . Es evidente que en la historia que se relataba corrientemente sobre la vida de Strickland había lo suficiente para causar desazón a una familia respetable. Leí la obra del reverendo con regocijo, y me felicito por ello, pues la hallé incolora y aburrida. El hijo ha pintado el retrato de un excelente esposo y mejor padre, un hombre de humor amable, costumbres laboriosas y recta moral. Los eclesiásticos modernos han adquirido en el estudio de una ciencia que creo que se llama exégesis una facilidad asombrosa para convertir lo blanco en negro, y viceversa. Y la sutileza con que el reverendo Roberto Strickland ha «interpretado» - interpretar es hacer exégesis - algunos hechos de la vida de su padre, ha de llevarlo con el tiempo a las más altas cumbres de la Iglesia. . . Es un gesto de digna piedad, filial, pero arriesgado, ya que es muy probable que la leyenda comúnmente divulgada haya ayudado a acrecentar la reputación de Strickland, pues deben haber sido muchos los que se han sentido atraídos por su arte en razón inversa a la aversión que experimentaban por su temperamento, o de la compasión que les inspiró su muerte. Y es probable que los esfuerzos bien intencionados del hijo hayan desencantado a más de uno de los admiradores del padre. No fué debido a una mera casualidad que, cuando, poco después de la discusión que suscitó esta biografía, se remató en la casa Christie una de sus más importantes obras, «La mujer de Samaria»3 , el cuadro se vendió por 2 35. libras menos de las que había pagado por ella un conocido coleccionista fallecido nueve meses antes. La fama y la originalidad de Carlos Strickland no le hubieran sobrevivido, quizá, si el amor que la humanidad siente por los mitos no hubiera desechado con impaciencia la historia sencilla del hijo, que no alcanzaba a satisfacer el afán por lo extraordinario. El doctor Weitbrecht Rotholz pertenece a esa escuela de historiadores que cree que la naturaleza humana es no sólo todo lo mala que puede ser, sino mucho peor; y por cierto que el lector está más seguro de encontrar de su gusto los relatos encarados con ese espíritu que los de los escritores que se complacen en representar las grandes figuras románticas como ejemplos de virtudes domésticas. Por mi parte, no quisiera pensar que entre Antonio y Cleopatra hubo tan sólo una situación económica. Y gracias a Dios, nunca se podrían hallar pruebas suficientes como para convencerme de que Tiberio fue un monarca tan irreprochable como Jorge V. El doctor Weitbrecht Rotholz se refirió a la biografía «inocente» del reverendo Roberto Strickland en tales términos, que es difícil no sentirse inclinado a cierta simpatía hacia el infortunado sacerdote; su reticencia decente es llamada hipocresía; sus circunloquios, tachados lisa y llanamente de mentiras, y sus silencios, considerados traición. Y basándose en «pecadillos», objetables en cualquiera pero excusables en un hijo, la raza anglosajona es acusada de gazmoñería, fraude, afectación, astucia y mala cocina. Personalmente, creo que el reverendo Strickland fué algo imprudente al querer desvirtuar los rumores sobre ciertas «desavenencias» entre sus progenitores diciendo que su padre aludió a su esposa en una carta escrita desde París como «una excelente mujer», pues el doctor Weitbrecht Rotholz publicó un facsímil de esa carta, donde se puede leer: «... esa maldita mujer a quien quisiera ver en el infierno, aunque es una excelente mujer...». El doctor Weitbrecht Rotholz era un admirador entusiasta de Carlos Strickland, y no hay peligro de que lo haya «blanqueado». Tenía ojo clínico para hallar los aspectos despreciables en acciones aparentemente inocentes. Era psicoanalista además de entendido en arte, y lo subconsciente encerraba pocos secretos para él. Ningún místico vió significados más profundos en cosas ordinarias. Es fascinante observar la ansiedad con que el erudito trata de descubrir todas las circunstancias que pueden desacreditar a su héroe. Su corazón se siente más atraído hacia él si puede documentar un ejemplo de crueldad o bajeza, y se regocija como un inquisidor en un auto de fe cuando en algún cuento olvidado puede aplastar la piedad filial de un
2 3

«Strickland, el hombre y la obra», por su hijo Roberto Strickland.

En el catálogo de Christie fue descripto como sigue: «Una mujer desnuda, nativa de las islas Reunión. recostada en el suelo, a orillas de un riacho. El fondo es un paisaje tropical con palmeras, plátanos, etc. - 60 x 48 pulgadas».

http ://w ww.l ibro dot. com

4

La Luna y Seis Peniques

W. Somerset Maughan

reverendo Strickland. En ese sentido, la labor del doctor Weitbrecht Rotholz fue sorprendente. Nada ha sido suficientemente ínfimo para escapársele, y podéis estar seguros de que si Carlos Strickland ha dejado sin pagar una cuenta de la lavandera, el hecho será relatado «in extenso», y si se olvidó de devolver algún penique pedido en préstamo no se omitirá ningún detalle de la importante transacción.

CAPÍTULO II
AGREGAR algo a lo mucho que se ha escrito sobre Carlos Strickland puede parecer superfluo. Por otra parte, la biografía de un pintor es su propia obra. Sin embargo, me estimula el hecho de que, a decir verdad, creo ser uno de los que mejor le conocieron. En efecto, lo traté mucho antes de que pensara en la pintura, y en París lo frecuenté durante los años difíciles de sus comienzos. Empero, si los azares de la guerra no me hubiesen conducido a Tahití, seguramente lo habría escrito nunca mis recuerdos sobre él. En aquellas tierras fué, según todos saben, donde terminó sus días, y allí pude conversar con muchas personas que vivieron en su intimidad. Estoy, pues, en condiciones de hacer alguna luz sobre el período más ignorado de su trágica carrera. Si sus admiradores no se equivocan, el testimonio de quienes lo conocieron personalmente no puede carecer de interés. ¿Qué no daríamos por las memorias de alguien que hubiese estado tan ligado con el Greco como yo lo estuve con Strickland? Pero no quiero abonar nada en mi favor. No recuerdo quién recomendaba hacer todos los días un par de cosas que le fueran desagradables. Ese era un sabio, y su consejo lo he seguido con toda escrupulosidad, pues todos los días de mi vida me levanto por las mañanas y me acuesto por las noches. Mas como en mi naturaleza existe una vena de ascetismo, he sometido mi cuerpo, todas las semanas, a una mortificación mayor: nunca he dejado de leer el suplemento literario de «The Times». Es una disciplina saludable pensar en el gran número de libros que se escriben, las esperanzas que sus autores abrigan a su respecto y en el destino que les espera. ¿Qué probabilidad existe de que un libro se abra camino entre esa multitud? Y los libros de éxito son tan sólo el éxito de una temporada. Solamente Dios sabe todo lo que su autor ha trabajado, qué experiencias amargas ha sufrido y cuánta pena encerró su corazón para ofrecer a un lector casual unas horas de distracción o para ayudarlo a soportar el tedio de un largo viaje. Y, a juzgar por las críticas bibliográficas, muchos de esos libros han sido bien y cuidadosamente escritos; su preparación ha requerido profunda preocupación, y para algunos significó la labor de toda una vida. La moraleja que todo esto encierra es, para mí, que el escritor debe buscar su recompensa sólo en el placer que le depara su trabajo y permanecer indiferente a todo lo demás; no importarle las alabanzas ni las censuras, ni el fracaso ni el éxito. Ahora ha sobrevenido la guerra, trayendo consigo una actitud nueva. La juventud eleva su mirada hacia deidades que nosotros no conocimos, y ya es posible vislumbrar la orientación que seguirán los que vienen detrás de nosotros. Las nuevas generaciones, tumultuosas y conscientes de su fuerza,. no se detienen a golpear a las puertas: entran y usurpan nuestros lugares. Algunos de los «viejos» quieren convencerse a sí mismos de que aun no han pasado sus días, e imitan las posturas de la juventud. Otros, los más sabios, siguen su propio camino, con una gracia decente. Recuerdan que también ellos fueron jóvenes, y que la juventud actual llegará a la vejez para ser sucedida a su vez por una nueva generación. A veces un hombre sobrevive a su época un período de tiempo considerable, hallándose entonces en un lugar que le es extraño; en tal caso, los curiosos presencian un espectáculo muy singular en la comedia humana. Por ejemplo, dquién recuerda ahora a George Grabbe? En su tiempo fué un poeta famoso, y el mundo reconoció su genio con una unanimidad que la complejidad de la vida moderna hace poco frecuente. Aprendió su arte en la escuela de Alejandro Pope y escribió cuentos morales en verso. Se produjo la Revolución francesa y las Guerras napoleónicas, y los poetas cantaron canciones nuevas. George Grabbe continuó escribiendo cuentos morales en verso. Debe haber leído los versos de los poetas jóvenes y ha de haberlos encontrado insípidos. Y por cierto que tenía un poco de razón... Pero las odas de Keats y de Wordsworth, un poema o dos de Coleridge, algunos más de Shelley, descubrieron ricas vetas del espíritu hasta entonces no exploradas por nadie. George Grabbe estaba más muerto que un asado, pero

http ://w ww.l ibro dot. com

Seguité «escribiendo cuentos morales en verso». CAPÍTULO III ERA yo muy joven cuando escribí mi primer libro. que llevaban sus vestidos como armaduras. se obstinaban en servirse tostadas con manteca sin quitarse los guantes. atravesaba titubeante la acera y debía apelar a todo mi coraje para tocar la campanilla. allí han cambiado muchas cosas. modestamente. con sus decires socarrones y sus miradas engañosas. sobre todo cuando. Se esmeraban en parecer lo menos autor posible. Mi único deseo era de pasar inadvertido para poder observar en libertad a tan ilustres personajes y escuchar las sentencias definitivas que pronunciaban. no me dicen nada. me sorprende su feliz estilo. y nunca dejaba de verlas limpiándose los dedos en los sillones cuando suponían que nadie las miraba. y recuerdo muy bien los ómnibus que me conducían. Entonces nuestro pudor se ruborizaba de los entusiasmos intemperantes y el temor del ridículo moderaba la expresión de una excesiva suficiencia. a un buen bailarín se prefería un buen charlista. Nottinghill Gate y High Street a Kensington. pero todo era inútil.ha de vestirse con desaliño por el hecho de escribir novelas? Cuando se tiene buena apostura. Tenían siempre los rasgos un poco descompuestos. no http ://w ww. tal vez haya entre ellos un Keats más ferviente. Chelsea y Bloomsbury han reemplazado a Hampstead. al devolverles la visita. para que un autor se hiciese notar. Somerset Maughan seguía escribiendo cuentos morales en verso. Desgraciadamente. pero no me gustan. se les habría tomado por jefes de oficina. Su sueño consistía en pasar por hombres de mundo. Deslumbrado por su elocuencia. en su mayoría empeñados en vaciar tazas de té y engullir tostadas con manteca. He leído con desgana los libros de la nueva generación. El moblaje era el que sufría. entre bruscos vaivenes y un ensordecedor ruido de hierro viejo. No sin cierta melancolía evoco el mundo de las letras londinenses en los tiempos en que.l ibro dot. Claro está que en nuestra bohemia refinada no se tenía en gran honor la castidad. me parecían extravagantes y fuera de toda realidad. Sentía que esos grandes hombres esperaban de mi parte algún pensamiento trascendente. Yo residía cerca de Victoria Station. Seré anticuado. y las mujeres no hablaban todavía de «vivir su vida».5 La Luna y Seis Peniques W. Yo desesperaba de no poder expresarme jamás con tanta locuacidad y discreción. por primera vez. no solamente su físico moral. su obra. luego a tal otra. pero no recuerdo una promiscuidad tan cruda como la que se practica en nuestros días. me hacen el efecto de que saben demasiado y que sienten con harta evidencia. y sus conceptos amables para mi libro acrecentaban mi azoramiento. com . sino además. y. Hace ya bastante tiempo que no lo frecuento. pero la dueña de casa tomaba luego su desquite en el de sus amigas. pero a pesar de su verbosidad. El artista se distingue del común de los mortales en que ofrece de pasto para los sarcasmos. enfermo de aprensión. y si las novelas que lo describen hoy día son dignas de fe. No encontrábamos hipócrita correr sobre nuestras travesuras el velo de un decoroso silencio. Pero sería tres veces tonto si lo hiciera por otra cosa que para mi propio solaz. cuarenta años. pero lleno de esperanzas. Se me presentaba a tal celebridad.decían . no lo sé. Era raro que la reunión de los hombres llamara la atención. un Shelley más etéreo. veo todavía a las solteronas menudas. Otras juzgaban frívola esta manera de ver. Algunas vestían con elegancia. sus pasiones me parecen anémicas y sus sueños algo pesados. Por una feliz circunstancia aquella obra llamó bastante la atención y mucha gente quiso conocerme. En mi timidez. hacia los salones del mundo literario. hice mi entrada en él. En aquellos tiempos la conversación se cultivaba todavía como un arte. una frase oportuna hacía disculpar una mala comida. y sólo exhibían alhajas negras. comenzaban a despellejar a un camarada desde que éste daba vuelta la espalda. El cuadro es muy diferente. de narices prominentes y de ojos rapaces. Para disimular mi embarazo me escurría entre los presentes. llenos de humor. entraba a una pieza sin aire y repleta de gente. Hoy es absurdo haber cumplido los veinticinco. escuchaba con la boca abierta sus conversaciones acerbas. hay que hacerla valer. cuando más. debía tener. En aquella época. ¿Por qué . efectivamente. por último. El «No me inquieta» no se traducía invariablemente por «No tengo que dar cuenta a nadie». Recuerdo algunas mujeres altas y secas. Admiro su acabada elegancia. no encontraba nada que decir hasta que oía cerrarse la puerta de salida tras de mí. Yo no había frecuentado hasta entonces a la gente de letras. y un piecesito bien calzado no ha sido nunca un antecedente para que un editor rechace un original.

la vida no era sino un pretexto para escribir novelas. Se trataron todos los temas. mantenía una charla muy a propósito para ruborizar a un negro. o a aquél. nos tenía de buen humor. la reunión estaba en pleno: la señorita Waterford. -Suele hacer algunas invitaciones .6 La Luna y Seis Peniques W. Somerset Maughan conservo en la memoria mayores recuerdos de todos esos fuegos de artificio. Su afán por frecuentar las personas escogidas le inspiraba un desprecio tranquilo. Para aumentar el efecto de su respuesta. el papel de eminente mujer de letras. que unía a su perversidad de mujer una inteligencia vivaz. no abría la boca sino para comer. conocido por sus «tanto por ciento» magníficos. Todos los invitados nos hallábamos reunidos en un pequeño salón. Después de haber terminado con los méritos del último libro. lo que nos disponía a la simpatía. acepté con prontitud. cuidando muy bien su «mise en scene». Todos gentes de letras. ¿Era preferible confiar su destino a éste. No era precisamente bonita. hábil como pocos para divulgar por todos los medios la obra que se proponía imponer? Tal. prefería. lo que no le impedía. sobre los adelantos recibidos por el autor. pero en su rostro sin magnificencias brillaban dos -ojos pardos de una expresión suave y acogedora. com .y cierta frivolidad de su edad madura fascinada por los tacos altos y las modas de París. claro. la señora de Jay. -Quisiera presentarle a la señora Strickland -dijo-. Ese día límpido y. Pero siempre volvíamos al reglamento y a los caprichos de los editores. Sus treinta y siete años no le impedían estar en carnes sin salirse de una línea decente. Rosa Waterford bajó los ojos con afecta. La señora de Jay. Presenté mis respetos a la señora Strickland. Si la señora Strickland hablaba poco. poseía. era natural discutir sobre el número de ejemplares vendidos. Demasiado tímido para mezclarme con aquellos grupos absorbidos en sus discusiones.flores y plumas verde mar . Esta elegancia la inspiraba. y los hombres sólo materia prima. la idea precisa para hacerla resaltar. pedir informaciones antes de empeñarme en la conversación. Su voz bien timbrada me llamó la atención. Me daba la sensación de pertenecer a alguna cofradía mística. Está encantada con su libro. cuando llegaba a decaer. para el caso que la señora Strickland fuese una escritora conocida. La señora Strickland me pidió mi dirección. Charlamos durante una decena de minutos. persuadida de que la procacidad es la esencia del buen humor. uno de los primeros de la primavera.pregunté. Nunca la había visto más sutil para juzgar a nuestros amigos comunes. de modo que éramos vecinos. un poco retrasado . Los grandes almacenes «Ejército y Armada» constituyen un lazo de unión para todos los que residen entre el río y el parque Saint James. comparando la generosidad de uno con la mezquindad de otro. Ricardo Twining lanzaba proposiciones absurdas y Jorge Read.me murmuró al oído -. Vivía en Westminster. Existía también la cuestión de los agentes intermediarios y de las proposiciones que nos hacían. estimando superfluo exhibir su brío legendario. Como mis relaciones no eran numerosas todavía. Charla general. -¿Se trata de una mujer de letras? . frente a la inconclusa catedral. tal otro. era un virtuoso de la propaganda. Pero puedo afirmar que nunca la conversación tomaba un giro más sabroso que cuando se extraviaba entre los bastidores comerciales del oficio. y calcular lo que producirían sus derechos.clon. Sus novelas tenían siempre un desenlace original e imprevisto.con el temor de llegar demasiado temprano había dado tres veces la vuelta a la catedral -. Rosa Waterford ofrecía un té. con la condición de que le hicieran cumplidos y la entretuviesen. ¿Cuánto daban por mil? Todo esto me parecía muy romántico. En seguida tocaba el turno a los editores. En esta casa existía la organización más moderna. Cuando entré. CAPÍTULO IV NADIE en aquella época me demostraba tanto interés como Rosa Waterford. representar ante ellos. Rosa Waterford era cínica. el precioso arte de sostener la conversación general y de saber hallar. Ricardo Twining y Jorge Read. por otra parte. aquélla no salía de la rutina. yo permanecía sentado en mi rincón.l ibro dot. El sombrero nuevo que lucía Rosa Waterford testimoniaba a la vez una fidelidad obstinada hacia las tradiciones de su juventud . Según ella. en cambio. era torpe y timorato. y algunos días después me invitaba a su casa. http ://w ww. Es seguro que no se olvidará de usted. Fue en su casa donde conocí un día a la señora Strickland. la señorita Waterford comprendió mi turbación y se dirigió hacia mí. De cuando en cuando recibía en su casa algunos modelos. Consciente de mi ignorancia. Como buena dueña de casa.

buscando a las jóvenes celebridades. a fin de poder manifestársela! Su simpatía brota como un pozo de petróleo. Pregunté si la señora Strickland tenía hijos. -La entretienen. terminó por crearse un mundo imaginario. lo que daba. le agrada invitarnos. Su juventud había transcurrido en el campo y los libros romancescos que le enviaba la librería Mudie. Creo que es agente de cambios.7 La Luna y Seis Peniques W. El tema estaba agotado. CAPÍTULO V DURANTE el verano me vi a menudo con la señora Strickland. y se imagina que somos unos fénix. Esto no me pareció una respuesta. traicionaban la influencia de William Morris. en la seguridad de que serían oídos con benevolencia y de que recibiría consejos juiciosos. Cuando pienso en ello. Poseída de una rara pasión por la lectura . Cuando en http ://w ww.con mucha frecuencia el interés va al autor antes que al libro. La señora Strickland tenía una simpatía singular. Cuando comenzó a frecuentar escritores. -¿Y cómo ha encontrado usted el «buffet»? Convencí a Amy de que el mejor medio para atraerse a los literatos consiste en seducirlos por el paladar. Uno se sentía forzado a aceptar su interés. y la alfombra. Tiene negocios en la «city». Pero. Me parece bastante ingenua la pobre. En esos tiempos. me complacía de haber encontrado alguien a quien confiar mis pequeños hastíos. Strickland es un hombre muy tranquilo. La señora Strickland. seguían sus huellas desde las alturas etéreas de Hampstead hasta los bajos fondos de los talleres de Cheyne Walk.pregunté un día. Asistí en su casa a alegres recepciones y a notables tés. Las cortinas verdes. El buen tiempo y su sombrero nuevo nos invitaban a vagar por el parque. Sobre el papel verde. Se habló de otra cosa. pero de la cual abusan los que tienen conciencia de poseerla. habríase dicho que se aventuraba sobre la escena. le parecían más fabulosos aun por el hecho de venir de Londres. caían en grandes pliegues. Mis lágrimas repugnan a secarse en regazos que otras lágrimas hayan humedecido ya. nunca tuvo la idea de conformar a tal concepto su conducta. Quiere animarse. donde evolucionaba con más facilidad que en el mundo real. artísticos y aburridos. con una impetuosidad que aniquila a las víctimas. pero invita muy rara vez a comer. era de un estilo austero. -Por cierto. le divertían sus excentricidades morales. Los rodeaba a todos. había en Londres quinientos comedores parecidos: sobrios. Nos hicimos muy amigos. pero sin dejar que influenciaran sus propias convicciones. Por eso me gusta. com . Salí con la señorita Waterford. ella era la única que no se maquillaba. -¡Qué encantadora reunión! . al pintor antes que al cuadro -. se destacaban en discretos marcos negros algunos aguafuertes de Whistler. Pero si su concepto ficticio de la vida le parecía aceptable para ellos. la señora Strickland se me aparece como la más inofensiva de todas las mujeres que. El comedor.exclamé. Después de todo. sus teorías y sus paradojas. ¿con qué objeto quiere ella atraerlos? Rosa Waterford se encogió de hombros. Es alguien. un niño y una niña. por contraste. por el contrario.l ibro dot. Sobre la chimenea. después de haberse limitado a contemplarla desde el otro lado de las bambalinas. facultad encantadora. En cuanto a mí. Más que sus rarezas en el vestir. también verde. ¡Por ella casi se alegran del infortunio de sus amigos. Somerset Maughan De las tres mujeres presentes. algunas porcelanas azules de Delft. por encima de las maderas del zócalo. -Existe un señor Strickland? . -Sí. de una aureola y creía sinceramente que el privilegio de recibirlos y de penetrar en su santuario ensanchaba su propia existencia. procedía con tacto. Yo era muy joven y tal vez por eso mismo no le desagradaba guiar mis primeros pasos por la carrera de las letras. -Admirable consejo. Ambos están en el colegio. decorado al gusto de la época. un agradable aspecto de naturalidad y sencillez. Si usted come alguna vez con ella conocerá a su marido. pendientes de suntuosas varillas. La literatura y el arte no existen para él. -¿Por qué las mujeres atrayentes se casan siempre con hombres insignificantes? -Porque los hombres inteligentes no toleran a las mujeres atrayentes. -¿Qué tal se llevan? -Se adoran.

Es el clásico agente de cambio. ¿temía verme recibir con una burla esta confesión. y la misma expresión cariñosa iluminaba sus límpidos ojos. sino más bien el deseo de desarmar de antemano. Y ya encontraremos los medios de aprovechar el tiempo haciendo un aparte. no tiene nada de literato -agregó -. cuya mesa. La niña acababa de cumplir catorce años.8 La Luna y Seis Peniques W. ondeaban sobre sus hombros. Somerset Maughan el entusiasmo de mi inexperiencia. Estábamos todos. confesando lo peor. las posibles apreciaciones malévolas. Usted le encontrará aburrido. Aquí se le veía en traje de franela y cubierto con una gorra de más allá.observé. pero guardó silencio. servían dos camareras hábiles y agradables! La señora de Strickland era el modelo de las dueñas de casa. a pesar de su severa decoración. declino toda responsabilidad. La señora de Strickland me presentó a su marido. -Creo que me agradará. aquella misma tarde ofrecía una comida y uno de los invitados acababa de excusarse. no podía negarme. Tiene un carácter encantador. Se esperaba el anuncio de la comida. Lo quiero mucho. Sus cabellos. Pero le advierto los riesgos a que va a exponerse. Tenía un raro aspecto de santidad y de equilibrio. Ocultó su emoción bajo una sonrisa. -¿Acaso aburre a usted? . -Sí. Su ceño candoroso y sus hermosos ojos pensativos recordaban a su madre. -No lo creo muy inteligente . Una de estas tardes lo invitaré a usted a comer con nosotros.me confió la señora Strickland un día que mirábamos los retratos -. Me rogaba que lo reemplazara y agregaba: «Esta reunión no ha pretendido nunca ser amena. como no habría dejado de hacerlo Rosa Waterford? Titubeó. y me encontré abandonado a mí mismo. Cierta mañana. -Está en la Bolsa. las cretonas del salón ponían en él una nota clara y animada. -Yo. Y se adivinaba en ella a una madre admirable. Roberto.su sonrisa era. Entonces. No pretende ser un genio. y. se lo hice notar a Rosa Waterford. pensaba que el hombre civilizado se ingenia por derrochar parte de su vida en ceremonias http ://w ww. podía ruborizarse con tanta facilidad? Su deducción debía tal vez mucho a su ingenuidad. La ubre demasiado hinchada debe molestarle. CAPÍTULO VI CUANDO por fin vi por primera vez a Carlos Strickland. como usted ve. le quedaré muy reconocida. -¡Pensar que no le conozco aún! -¿Quisiera conocerlo? Sonrió . a su edad. en verdad. creo que se parecen más a mí que a su padre. Hermosas flores alegraban siempre su departamento. ella se volvió alegremente hacia él y aventuró una broma: -Le he invitado para demostrarle que tenía verdaderamente un marido. Lo que no impide que la vaca se alegre de ser ordeñada. sobre todo realzada eón una gota de coñac. Otras visitas que llegaban acapararon la atención de mis anfitriones. Es un perfecto filisteo. Apreciaba también en la señora de Strickland otra cualidad: sabía crear una atmósfera de elegancia. creo que comenzaba a dudar. Una expresión de ternura pasó por sus ojos. Pero es perfectamente correcto y bueno. soy su mujer.» Como buen vecino. me respondió: -La leche es cosa preciosa. negros y opulentos como los de la señora de Strickland. siempre bien dispuesta. andaba en los dieciséis años. -Como usted sabe. pero si usted viene. com .l ibro dot. Sin dejar de atender a la dama a quien debía ofrecer el brazo. Ni siquiera gana mucho dinero. con un Eton de cuello almidonado. Si la tertulia carece de interés. Pero es muy gentil. ocasionales circunstancias me permitieron conocerle ampliamente. y sus mejillas enrojecieron ligeramente. Tenía en el salón las fotografías de sus hijos. que estudiaba en Rugby. Strickland tuvo una sonrisa cortés.me aventuré a preguntar. ¡Y qué comidas exquisitas se servían en su pequeño comedor de estilo. Estas palabras fueron pronunciadas en un tono que no dejaba traslucir reproche alguno. quien me tendió la mano con indiferencia. ¿Cómo. la misma con que se acoge una humorada que no se encuentra del todo tonta. muy suave -. su esposa me envió una tarjeta. -Los dos son su imagen viviente .

y. El consejero alabó la calidad del oporto y Strickland nos dio la dirección de su proveedor. se hablaba de los niños. Nos separamos quedando en reunirnos en otoño. Le propuse ir a tomar helados al Parc. Una o dos veces su mujer lo miró con inquietud. por cortesía. Mi juventud les hizo entrar en confianza y comenzaron a charlar libremente. rendir homenaje a su probidad profesional. bastantes regulares. sin duda. nada de conversación general. adornada con un bigote. Sin embargo. Semejábase a un cochero endomingado. com . porque no veían razón alguna para negarse. habría ganado mucho. El consejero relató un asunto en que se hallaba ocupado. No hablaba gran cosa. Por fin. porque se les «debía» una comida . irreprochable. Comprendí la mortificación de la señora Strickland. Strickland desempeñaba su papel con decoro. cierto interés en la conversación. La señora Strickland llevaría a su familia a la costa de Norfolk. brillaban un ojillos de color gris azul. sentado en silencio. la sopa y el` pescado. Sus hijos encontrarían allí los placeres de la playa y su marido los del golf. Somerset Maughan fastidiosas. No se hizo rogar y fuimos. no sin un fondo de envidia pensaba en la amable vida de familia que http ://w ww. sin duda. Sus rasgos. A fuerza de estiramiento. eran notablemente distinguidos y evidenciaban espléndida salud.9 La Luna y Seis Peniques W. por debajo de sus cabellos. del de la derecha durante la entrada. pero desproporcionados. del de la izquierda durante el asado. ¿Por qué lo había imaginado débil y enfermizo? En realidad. Tenía un aspecto vulgar. la señora Strickland se levantó e invitó a las señoras a ir a la pieza vecina. El oporto y los cigarros circularon. carecían de armonía. y sus manos y pies eran desmesuradamente grandes. Para una mujer que quería formarse una situación en el mundo de las letras y de las artes. del tiempo. y. este marido no ofrecía nada de halagador. ¿Por qué habían aceptado todas esas personas? Para escapar al aburrimiento de la soledad. ¡Una verdadera carga mundana! Los Strickland «debían» un cierto número de comidas: ahora pagaban. Yo no tenía nada que decir. Al cabo de una hora. ancha y afeitata. pero nada notable salvaba de la banalidad a este personaje. En verdad. La satisfacción de sí mismo se leía en todas las caras. de los cuadros de la Royal Academy. Encontré a sus hijos mejor todavía al natural que en fotografía. El silencio se extinguió para siempre y el rumor comenzó a crecer.. Los dones brillantes de que estaba desprovisto no son indispensables. de los proyectos para las vacaciones. Se hablaba de política y de golf. estas invitaciones abrumadoras para los due. Se podrían admirar sus condiciones de buen esposo y de buen padre. pero nadie se decidiría a perder el tiempo alternando con semejante nulidad. Tal vez me sentía un poco solo. y hacia cl final de la comida creí sorprender una expresión de hastío en sus vecinas. los Strickland tomaron un cabriolé para volver a su casa y yo me dirigí a pie hacia mi círculo. Por un deseo instintivo de crear un poco de animación. Se comenzó a hablar de vinos y de tabacos. CAPÍTULO VII LA «season» polvorienta tocaba a su fin y todos mis amigos se preparaban para partir. retenido esa noche en el Parlamento. Lo encontraban aburrido. Entre los comensales se hallaban un consejero del rey y su mujer. llevaba el frac con soltura.l ibro dot. Un fresco delicioso circulaba bajo los árboles. y la mujer de un diputado. ¿A qué responden. Venía como yo de hacer sus últimas compras. era ancho de espaldas. y el coronel se lanzó sobre el polo.ños de casa y fatigosas para sus visitas? Había allí diez personas. su madre podía estar orgullosa de ellos. cada uno se ocupaba de su vecino. los convidados alzaban ligeramente la voz. La señora Strickland podía sentirse orgullosa: su comida había resultado brillante. me esforzaba en tomar. pero desesperadamente «un cualquiera». para dejar en libertad a sus criados. Se encontraban sin agrado y se separaban con alivio. un hombre de cuarenta años. Como nadie se ocupaba de mí. los postres y el café. su faz. en fin. Strickland cerró la puerta tras de ellas y fue a sentarse entre el consejero y el funcionario. En la mesa estábamos tan juntos que apenas nos podíamos mover. y ambos sentíamos el cansancio de un día de calor insoportable. rojizos y cortos. sin duda. pregunto yo.. aproveché el tiempo para examinar a Strickland. pero la víspera de su partida la encontré en la puerta de una tienda. con sus dos niños. ni buen mozo ni feo. la reunión se hacía pesada. la hermana de la señora Strickland y su marido el coronel Mac Andrew. de la última pieza de teatro. Las mujeres eran demasiado recatadas par vestir bien y estaban demasiado penetradas de su importancia para ser entretenidas.

un cambio y las emociones de lo imprevisto. Desde entonces. . Seguramente acababa de saber alguna enormidad sobre uno de sus buenos amigos. -¿Por qué está usted tan alegre? En sus ojos brillaba una malicia que me era bien conocida. com . y. Hice un signo afirmativo. sería posible darles un significado especial. demasiado silencioso. Reconocía su valor social.. que ignoraba los detalles. . Roberto y su hermana se casarían. Acaba de abandonar a su mujer. lo que había despertado su instinto de mujer de letras. pero tal destino tiene siempre algo de armonioso. Las rocas escarpadas.. verdad? No sólo su fisonomía. . Rosa Waterford sentía la imposibilidad de sacar partido de su cuento en una acera de Jermyn Street. respetados en su retiro. futura madre de hijos robustos. Pienso que al acentuar alguna particularidad en el modo de hablar o alguna otra modalidad. ¿Su historia? La de innumerables matrimonios. sino también la felicidad. me pregunto cómo pude no observar lo que distinguía a Carlos Strickland del común de los mor-tales. Cuando reflexiono sobre los sucesos posteriores. CAPÍTULO VIII AL releer lo que he escrito sobre los Strickland. sabiendo que el ser humano escapa a todas nuestras investigaciones. a conocer mejor a los hombres. cuidadosa de los efectos. hubiese poseído mi experiencia actual. Llegarían a la vejez sin darse cuenta. Pero todas mis instancias fueron vanas...10 La Luna y Seis Peniques W. no sin nobleza. La señora Strickland era encantadora y lo adoraba. hace pensar en el arroyo que serpentea entre la tienta hierba de las praderas. ¡Qué unidos parecían! ¡Y cómo se divertían con ciertas impaciencias. bajo la sombra de los grandes árboles. según creo. me percato de que aparecen como meras sombras. viéndose nada más que un agradable conjunto de colores. tenía una gran imaginación. Y creyendo que la culpa puede ser mía. mas si. acaso. No hacía veinticuatro horas que había llegado cuando me encontré con Rosa Waterford en Jermyn Street. que le aseguraba. sino toda su persona tenía algo raro. sucede a veces que un vago malestar nos perturba. ¿Es.. En mi corazón ardía el deseo de vivir más peligrosamente. ¡N-4l única disculpa es que tampoco para mí representaban otra cosa. un hombre más bien pesado.. No he podido darles ninguna de esas características que ha en que los personajes de un libro tengan vida real. sin duda. la vida me ha enseñado. que cumplía con su deber en el ambiente donde el destino lo había colocado. después de todo. Mas ante este mar demasiado tranquilo. sin significado sino para ellos! Desde el punto de vista mundano. Así como me han salido. hospitalaria. Pero a lo menos. Carlos Strickland podía ser insignificante. El con una graciosa muchacha. con una debilidad inofensiva por las estrellas menores de la sociedad literaria.. parecen figuras de un viejo gobelino. seguramente no habría juzgado de otro modo. Somerset Maughan acababa de entrever. la inteligencia de su profesión. ella con algún buen mozo. no me habría sorprendido por las nuevas que me esperaban cuando retorné a Londres a principios del otoño. demasiado indiferente.. esenciales en si mismas. por efecto de una íntima perversión de nuestra naturaliza? Parecíame que algo faltaba a esta existencia. después de haberme sorprendido con la imprevista noticia. a perpetuar. Y. pero tan apacibles delicias me habrían inquietado. pero absorbidas por una unidad importante. queridos por sus hijos. Nada veo que hicieran que pudiera llamar r la atención de los curiosos. bajarían a la tumba después de haber vivido una vida feliz y fecunda. pero tenía. no solamente un vivir holgado y honesto. declaró. digna y destinada. (los hijos hermosos y sanos. con toda evidencia. Son como las células de un tejido. no se destacan de su fondo y a cierta distancia se confunden con el. los escollos ocultos no me atemorizaban si debían aportarme un cambio. ¿Se había el pobre diablo arruinado en la Bolsa o le habla atropellado un ómnibus? -¡Catástrofe! . por último. -Le digo que no sé nada. Me representaba la vida de estos dos seres al abrigo de todo trastorno inesperado. por sus hermosos hijos. hasta el momento en que se echa en el vasto mar. me trituro el cerebro para recordar algún detalle con el que pudiera prestarles un poco de vida. No le hago la injuria de creer que una razón tal fútil hubiese podido confundirla. Los Strickland eran una familia media de la ciase media: una mujer agradable. límpida. cuando en mi primera entrevista con los Strickland. Nada podía ser más común. su felicidad bien dispuesta. -¿Recuerda usted a Carlos Strickland. oficial. las tradiciones normales de su raza y de su condición. http ://w ww.l ibro dot.

Fingí no darme cuenta y me empeñé en hacer hablar a la señora Strickland. ¿Deseaba ella verme? En su emoción podía haberse olvidado.comencé en un tono que me esforcé por nacer natural. Su tez_. -¿un cigarrillo? -propuso la señora Strickland. Mi excitada imaginación creyó comprender a través de su actitud que ella no ignoraba nada de la catástrofe. Mientras esperaba su respuesta. La señora Strickldand vino en mi ayuda. salvo que ella resolviera lo contrario.. Las cortinas estaban medio corridas y la señora Strickland se hallaba sentada frente a una ventana. como es natural. nunca esplendente se veía ahora de un color terroso. y nada me interesaba más que observar en la vida real un caso de los que se encuentran en los libros. com . aquí.l ibro dot. La timidez me producía una rara afonía.. preguntándome dónde había pasado el verano. ¿no era falta de tacto manifestarse demasiado bien informado? Dudaba ante el temor de herir a una mujer amable o. me producía cierto malestar. si sería recibido. Quedé confundido. -Temo que se hayan terminado . Quedé más intrigado que consternado. --Usted haría bien en servirse uno también. pero sin encontrarla. observé que cl rostro de la señora Strickland estaba enrojecido por las lagrimas.rugió http ://w ww. se alejó con paso rápido. de importunarla. ¿Por qué se me había recibido? El salón estaba sin flores v aun no habían vuelto a sus sitios ordinarios las diversas chucherías guardadas durante el verano. Strickland tenía cuarenta años y yo encontraba de mal gusto seguir ocupándose a esta edad de los asuntos del corazón. experimenté la más viva confusión para pronunciar mi primera frase. el ridículo nos acecha. Me pareció que nadie me esperaba. -Recuerda usted a un cuñado. de ordinario tan confortable tenía ahora un aspecto triste y poco acogedor. -Buscó la caja. El coronel pidió un whisky. Apoyado en la chimenea. en el fondo de mi corazón se agitaba cierta curiosidad por ver cómo sobrellevaba ella su prueba. No obstante. Yo me preguntaba cuándo podría despedirme elegantemente. Con la suficiencia de los jóvenes. sirve cl té en seguida. De súbito irrumpió en lágrimas y salió precipitadamente. se reconfortaba ante un fuego imaginario. si ella quería conservar el secreto. Amy -le aconsejó. La nueva me afectaba tanto más cuanto que desde el campo había escrito a la señora Strickland para comunicarle mi regreso y decirle que. Me serví precipitadamente el té. Por otra parte. Ana. traía los cigarrillos. Finalmente. la caja vacía le actualizaba vivamente su recuerdo. simplemente. terminó: -Se cuenta que una vendedora de cierto almacén de té acaba de dejar su puesto. prefiero te. Quizás fuera preferible abstenerme de ir. . -Creo que es preferible que me retire -dije al coronel. Su marido era quien. -No estaba seguro de que usted contara con mi visita. Somerset Maughan En seguida. el coronel guardaba silencio. Habríase dicho que se velaba a un muerto en el cuarto vecino. claro está. La criada volvió. -Lo esperaba. Estaba también un poco extrañado. Cuando la puerta se abrió. preguntando previamente.dijo. hube de hacer esfuerzos para contener mi nerviosidad. Me hizo luego la más graciosa de sus sonrisas y. En aquellos tiempos mi experiencia era poca.11 La Luna y Seis Peniques W. de ordinario. ¡Había concluido la vida de antes! La fachada mundana se derrumbaba. Era la primera alusión a un acontecimiento extraordinario. bajo pretexto de una cita con su dentista.. -¿Quiere pasar el señor? La seguí al salón. Doblado este cabo. iría a tomar el té en su casa precisamente ese día. De seguro la señora Strickland me recibía únicamente porque había olvidado rechazar mi visita. Esta pieza. El coronel parecía descontento de mi inoportunidad. y logré mantener la conversación hasta que llego el té. levantándome. hasta entonces no había tenido respuesta. -Supongo que usted sabe que este canalla la ha abandonado . su cuñado. Siempre apoyado en la chimenea. decidí hacer mi visita como si nada hubiese ocurrido. A pesar de la penumbra. unos días antes de las vacaClones. Hoy la vida me ha habituado a no asombrarme de nada. alzando ligeramente los hombros. fijaba en los treinta y cinco años el límite extremo de toda aventura de amor. Tampoco me agradaba el espectáculo de un dolor que no estaba a mi alcance aliviar. Nos estrechamos la mano.. el coronel Mac Andrew. ¿no es así? Comieron juntos. -No.

-Créame que estoy consternado. tres días por semana al polo. suponía que el coronel tropezaría con algunas dificultades. Comprendí que no había bajado conmigo sino para insistir sobre lo que acababa de discutir con su cuñada. No me escuchaba. Demasiado temido para expresar mi simpatía. estoy a su disposición. una buena amiga. demostraban al hombre sin carácter. acusaba una cincuentena de años. pues la figura atlética de Strickland me había llamado la atención..12 La Luna y Seis Peniques W.gruñó -. Se me había sugerido vagamente que algo iba mal.Me interesa mucho. -Le ruego excusarme. En nuestro primer encuentro me había llamado la atención su aspecto poco inteligente. Ella me respondió con una sonrisa de desaliento. Cuando por fin esperaba retirarme. ¿Quién podía confiar en sus cuentos? Me dijo que su marido la había abandonado ¿Eso es todo lo que le dijo? Ni por un instante pensé en repetirle la alusión a la joven vendedora. «Es indispensable que inicie usted un juicio. su boca floja. ¿Lo tenía usted por un caballero? Jamás debieron casarse. la señora Strickland volvió. -Acabo de llegar. Gracias.l ibro dot. http ://w ww. Ignoraba todavía la existencia de aquella necesidad que tienen todas las mujeres de confiar sus más íntimos secretos al primero que llega. no había qué decir.balbucee -. le decía. -¿Qué ocurrirá? ¿Y los chicos? ¿Vivirán del aire? ¡Diecisiete años! -¿Qué? ¿Dicisiete años de qué? -¡De matrimonio! . como yo titubeara. CAPÍTULO IX -¡Que cosa terrible! . . Una vez más. Somerset Maughan "Titubeé. com . -¿No agregó que habla partido con alguien? -No. -Es cuanto quería saber. -Entendido-le dije -. insistió: . durante sus seis últimos años de servicio. Es bien sensible que la moral ultrajada no tenga siempre a su servicio un puño fuerte con que castigar al culpable. La única persona con quien he hablado es Rosa Waterford. con las sienes grises ya. La señora Strickland se había serenado. Su bigote caído. sus ojos azul vidrioso. La señora Strickland frunció el ceño y me dijo: -Cuénteme todo lo que ella le ha dicho. ya nadie líneas: hacer nada por mí. me dirigí hacia el coronel. le renovaría afecto. Rosa no es. Se había secado las lágrimas y empolvado la nariz. Alto y delgado. Partamos. -Temo que mi presencia sea indiscreta . -¿Es tan habladora la gente! . Estrechando la mano de la señora Strickland. Un poco sorprendido. precisamente. Se sentó. ¿Quiere usted hacer llegar toda mi simpatía a la señora Strickland? En cualquier cosa que pueda ayudarla. Desgraciadamente. -¿Hablaban del asunto? -preguntó. -Yo también me voy.repitió cuando estuvimos afuera. Felizmente no se ha retirado todavía. El asunto no me concernía. por usted y por sus hijos».dijo-. Se enorgullecía de haber dedicado. El coronel vació su vaso de whisky. -¿Es algo irreparable? -A Amy no le queda más recurso que el divorcio. ¡Que no lo encuentre nunca en mi camino! ¡Lo aniquilaría como a un canalla! Muy a mi pesar. quien no me tendió la plano. -¡La ha abandonado! partió para París con una mujer. Es lo que iba a aconsejarle cuando usted entró. dejando a Amy sin un centavo. Si usted sube por Victoria Street lo acompasare. Mentí. . pero era mi concuñado y tuve que tolerarlo. -Usted sabe cómo es la gente. La certeza de que yo conocía su desgracia me desconcertó.respondí -. Nunca pude soportarlo. comprendí que nada me impedía reírme. -_gavias.

Es la mejor criatura del mundo. El caso parecía cada vez más grave. En todo caso. después de comer. Antes de que vencieran. señora. -¿Y su socio? ¿Le advirtió de su partida? -Ni una palabra. Estaba como siempre. El procedimiento revela al individuo. El coronel Mac Andrew poseía un conocimiento muy vago de los negocios. el moblaje del departamento está a nombre de Amy. Ante estas confidencias. http ://w ww. a pesar de la sinceridad de su dolor. -Así es. Se despidió y atravesó con rapidez el parque Saint-James. ¿no correría el riesgo de perder cuatrocientas o quinientas libras? -Por fortuna. y tuve la ingenuidad de extrañarme de que. -¡Y yo que creía que el matrimonio iba tan bien! -Pero es claro. sencillo hasta la austeridad. Quedará con doscientas o trescientas libras y el moblaje de su casa.continuó -. ¿Qué explicación habría podido dar. -¡Pero es inconcebible! En este momento atravesábamos una calle. tomar sus vacaciones.13 La Luna y Seis Peniques W. -¿Y qué razones daba? -Ninguna. Respiré cuando el reloj del almacén «Ejército y Armada» le recordó la hora de su bridge en el club. Supuse que su socio. -¿Y los negocios de Strickland? -No les presta mayor atención. -¿Y cómo va a vivir? -Sólo Dios lo sabe.comenzó. Por eso no pude comprender en qué condiciones había abandonado Strickland sus asuntos. En el curso del último año se fue desprendiendo progresivamente de ellos sin alarmar a nadie. pensaría iniciarle un proceso. y yo no tenía de ellos la menor noción. Somerset Maughan -Ignoramos el nombre de la mujer . No tuvieron nunca una discusión desde el día en que se casaron. Usted conoce a Amy. hubiese pensado en relacionar su traje con las circunstancias. Lo que el coronel acababa de revelarme era tan inesperado. Amy quedó sola en el campo. no tendría otro recurso que-. y la acumulación de personas y carruajes interrumpió las confidencias. Mi mujer y yo pasamos dos o tres días con ellos en su casa y yo jugué con él varias veces al golf. CAPITULO X UNO o dos días después. debemos reunir nuestras pruebas. Cuando todo estuviese dispuesto. La encontré sola. Un billete de diez líneas. resignarse. ante el hecho consumado. ¿en verdad que no suponía ella nada? -Nada. y Amy me lo decía todavía cuando usted llegó. -¿Hablaba usted en serio cuando decía que ella quedaría sin un penique? -Absolutamente. Después de diecisiete años de matrimonio. Habían alquilado una quinta por seis semanas. por mi parte. En septiembre. -¿Qué ha resuelto la señora Strickland? -Ante todo. recordaba su infortunio. a su vez. que supuse que la señora Strickland le habría ocultado una parte de la verdad. Strickland pasó cl mes de agosto con ellay sus hijos en Norfolk. Carlos volvió a Londres para que su socio pudiera. un hombre no deja a su mujer sin que algunas manifestaciones revelen con anterioridad ciertas hendiduras en la vida conyugal. y ni los comentarios ni la indignación del coronel aportaban el más mínimo remedio. exasperado por el proceder. ella podrá conservarlo. El le respondió desde París diciéndole que no pensaba vivir más a su lado. Todo lo que sabemos es que ese miserable ha partido para París.l ibro dot. la señora Strickland me envió una tarjeta para rogarme que fuera a su casa aquella misma noche. algunas preguntas. Su vestido negro. como no fuese la de que había huido con cualquiera? Ha pensado sin duda que su mujer. Vi su carta. com . -Pero. ella. le escribió para anunciarle su regreso a Londres. me sentí autorizado para permitirme. -Usted me dijo que estaba dispuesto a hacer cuanto le pidiera . Iré a París personalmente.

En cambio.. ¿Por qué no va usted misma a buscar a su marido? -Usted olvida que no está solo. Entretanto. partido? -No. Irrumpió en lágrimas. Me enviará al demonio. con ella entre el pulgar y el índice: «-¿Con quién tengo el honor de hablar? » -Vengo de parte de su esposa. y las buenas amigas se encargan de prevenir a la esposa. pero. no me había atrevido a pedírsela. su matrimonio. El tenis los reunió. ¡Fué tan imprevisto! En general. no comprende a los soldados. Qué podía esperar ella de mí? -Alfredo está listo para partir . él entraba al cuarto donde yo esperaba. Permanecí un instante en silencio. Yo no he recibido advertencia alguna. -¿Yo? Quedé estupefacto. de eso estoy segura. Su carta me cayó como una bomba. Tenga la bondad de volver ligeramente la cabeza hacia la izquierda.. no hallaba cómo expresarme-. desde luego. He comunicado a Ana us http ://w ww. se le suele ver con ella. su primer encuentro con Strickland. llevándose las manos a los ojos -. no comprendo cómo ha tenido corazón para abandonar a sus hijos. lo preveía.. En seguida se puso a evocar todos sus recuerdos los hechos más recientes. -¿Cómo quiere usted que un tercero se encargue de una misión semejante? Detesto mezclarme en lo que no me concierne. -Ha descubierto usted quién. -¡Es tan inesperado todo esto! . la miré a hurtadillas. Imaginaba mi entrevista con Strickland: le había enviado mi tarjeta. la vida se encargará de enseñarle que nunca es conveniente ocuparse de otros asuntos que de los propios. Traté de consolarla con toda solicitud. si usted se le acerca en mi nombre.. Somerset Maughan -Es necesario que vaya a ver a Carlos a París. No sé a quién dirigirme. -Pero yo no he cambiado diez palabras con su marido! Puede decirse que ni me conoce. Todos los años. Poco a poco se calmó. en el mes de agosto. Tuvieron dos hijos. administrador civil en las Indias. y allí fué donde. -¿Para qué hacer el ridículo? . A pesar de mi curiosidad. «Mi querida Amy: creo que encontrarás todo en orden en el departamento. teniendo Amy veinte años.exclamó por fin. quiero decir. Tal vez el hecho de que él no lo conozca sea más bien una ventaja.. Una semana antes de que el se declarara. conoció a Carlos Strickland.l ibro dot. »-¿Ajá? Si usted lo ignora todavía. ella estaba decidida a aceptarlo. -Pero no por eso debe usted desanimarse. com .exclamó con una pobre sonrisa -. -¿De qué desea usted que sea portador? Amy eludió la respuesta. no podrá negarse a escucharle. ¡Parecía quererlos tanto! Suponiendo que estuviese cansado de mí. Verdad es que no compartía todos mis gustos. ¡Qué desconcertante! Todavía no puedo creerlo. Su voz temblaba. Vea usted: nunca ha sentido simpatía por Alfredo. No había visto sino una vez a Strickland. con quién tu. tan pronto corno los negocios de Strickland lo permitieron.» Mi salida. Creía a mi marido perfectamente feliz.. Sólo conseguiría empeorar más las cosas.. llevaba a su familia a Eastbourne con el objeto de hacerla cambiar de ambiente. ¡Diecisiete años de casados!. Se fueron a vivir a Londres. Comenzaba a lamentarme..Alfredo era el coronel Mac Andrew -... Estaba absorbida por sus reflexiones. a la «city». vinieron luego los paseos por la playa. No sospechamos de nadie. sin poder aliviar los pesares de la esposa abandonada. Se pondrían a gritar y las cosas quedarían peor. cuando un hombre se enamora.. Nunca creí a Carlos capaz de perder la cabeza. me mostró la carta de su marido. pero no es el hombre de la situación. ¿Ve usted esa puerta? Le deseo buenos días. Juntos escucharon el coro de los calores negros. Tuve vergüenza de mi vacilación. Procuremos más bien ver con claridad. De repente suspiró profundamente y levantó la cabeza. Por último. El padre de la señora Strickland. carecería por completo de dignidad.14 La Luna y Seis Peniques W. que tenía veintitrés. de mi regreso a Londres. Siempre nos entendimos bien. primero en Hampstead y en seguida. sale con su conquista. había establecido su retiro en el interior del país. nada.

pues no lo había visto nunca en la sala de juego. pero Alfredo lo conoce. pero en un padre de familia.repitió -. mis pobres hijos queridos? ¿Cómo vamos a vivir? Se esforzó por dominarse. Cómo había podido mostrarse alegre y despreocupado con el corazón oprimido por un peso semejante? Su voz se quebró de nuevo: -¿Y qué va a ser de ellos. Aquello era desgarrador. de pesar! ¿No es inhumano? -¡Vaya una carta singular -No hay sino una explicación posible: que ya o es el mismo. Le dije: -Sea. Ante todo. creí entender que usted había resuelto divorciarse. ni a él ni a su hermana. Si consiente en ello. No volveré. y parto hoy mismo para París. -¿Qué le hace suponerlo? -Alfredo lo ha descubierto. ¿Y qué diré a mis http ://w ww. cínicas y groseras. Sus mejillas se sonrojaron. -Un hotel del que nunca he oído hablar . El debe pensar que su arrebato no puede durar. y cuando llegues estará lista la comida para ti y para los niños. y el otro se manifestó muy sorprendido. -Dígale que nuestro hogar le reclama. seguramente estaba con esa mujer. Sabíamos la dirección de Strickland. Soy tan empecinada como él. -¡No me divorciaré jamás! .. Después de todo. Su salud no resistirá. He decidido no vivir más contigo. Mientras no sepa nada. Pensé luego en los hijos. -¡Ni una palabra de justificación. conversando con un miembro de ese club. ¡Cómo olvidar diecisiete años de matrimonio! Soy generosa en mis ideas. su socio.l ibro dot. tengo que pensar en mis hijos. Por intermedio del banco. Estaba en un hotel.observé. Puede usted decírselo de mi parte. agregaba este argumento para justificar su actitud. que yo atribuía a orgullo y celos. por lo demás muy explicables. Iré a París si usted cree que puedo hacer algo. pero dígame con claridad lo que desea de mí. No esperes verme en la estación. Sin duda. frecuentando restaurantes elegantes.). tuve la presencia de ánimo necesaria para decirles que su padre había partido por asuntos de negocios. antes que a la solicitud maternal. al club. Mi deciSión es irrevocable.. -A su edad. Si vuelve pronto podremos olvidar el asunto y evitar el escándalo. No podrá casarse con esa mujer. y sin embargo todo es diferente.. En un muchacho. todo lo que ha hecho me es indiferente. Quiero que él vuelva. Como regresamos a Londres la víspera de la apertura de las clases. tiene cuarenta años. Ignoraba entonces el importante sitio que ocupa la opinión de los demás en la vida de las mujeres. Esta preocupación proyecta una sombra de sospecha sobre la sinceridad de sus más profundas emociones. y vi que sus manos se crispaban. Parece que está en un barrio muy lujoso.. -No ha debido ser muy fácil explicar todo esto a Roberto . ¡Y qué vergüenza! . sería excusable. en una carta violentísima. esto no puede durar . -¡0h! No he querido decirle una palabra. Seguramente esto no data de ayer. Seguramente se representaba a su marido instalado en un departamento carísimo. Guardé silencio. Siempre tuyo. com .prosiguió la señora Strickland -. nos desentenderemos de lo ocurrido. con hijos casi mayores. ha hecho de él otro hombre. Nada ha cambiado. Preferiría matarme.15 La Luna y Seis Peniques W. en todo caso.y no me divorciaré. Somerset Maughan instrucciones. -Lo quiere usted todavía? -Deseo que vuelva.. No puedo vivir sin él. decía. La cólera luchaba en ella con la pena. lo acusaba de ocultarse-. pasando sus tardes divertido y sus noches en el juego. La idea de que se inquietara por los cuentos y chismes me entibió. y con precisión.. a las condiciones de jugador de su concuñado. revelaban al momento.. pero.me interrumpió con incontenida violencia -. Carlos Strickland. Alfredo aludió. Cuando yo creía a Carlos en el club. Ignoro qué mujer le ha seducido. -Según lo que me dijo el coronel. Algunas frases de respuesta. Tres o cuatro veces por semana mi marido iba. dónde podría encontrársele. Invoque el pasado y todos nuestros recuerdos comunes..

¡Loable previsión! Pero resultaba que. por lo demás muy sincero. cuánta villanía en la nobleza y cuánta generosidad en el vicio. Lejos del espectáculo de la señora Strickland angustiada. y a los pocos momentos apareció. Podía ese lúgubre edificio abrigar la magnificencia criminal en que Carlos Strickland vivía con la encantadora desconocida a quien había sacrificado su amor y su deber? Temeroso de hacer el papel de tonto. Las contradicciones de su actitud me traían desconcertado. donde se hospeda míster Strickland? . Todos sus postigos estaban cerrados. -Haga todo lo que pueda . No obstante. en mangas de camisa y arrastrando unas chancletas viejas. Sollozaba sin cesar. Toqué. donde un sereno nocturno debía pasar horas melancólicas.servía para llamar al mozo. Partiría para París al día siguiente y permanecería allí hasta que hubiese obtenido un resultado. Pero. No existía otro hotel de ese nombre en París. estuve a punto de deshacer lo andado sin ir más lejos en mi investigación. El que me servía a mí de alojamiento era un palacio a su lado. Subí por una estrecha escalera. barrio poco reluciente. Quise examinar el hotel antes de entrar. una mesa y dos sillas. me rogó que pusiera en juego cuanto estuviera de mi parte para enternecer a su marido. http ://w ww. las casas vecinas tomaban un aspecto limpio y cuidado. Esa maravilla de lujo se levantaría. No había alma viviente. -¿Será aquí. un adolescente de mirada viva e inquisitorial. ¿Era elamor por su marido o el temor a los chismes lo que la hacía desear el regreso de Strickland? Al impulso de la pasión desgraciada se mezclaba en su corazón la rebeldía de la vanidad herida. ¡Dígale 'en qué estado me encuentro! En suma. La puerta se encontraba al lado de una tienda improvisada.un cartel lo advertía al visitante .le pregunté con el más amable de los tonos. a la izquierda. Todos lo esperamos. ¿Cómo no tomar a lo trágico este papel de amigo incondicional que va a recuperar el esposo inconstante para la esposa indulgente? ¡Qué entrevista! En tales circunstancias. era indispensable ver a Strickland aquella misma tarde. como la 'noche estaba bastante avanzada y los dos nos hallábamos vivamente emocionados. ignorando cuánta afectación se oculta en la sinceridad. com . Apenas instalado. a medida que me aproximaba a París. Por último. Yo me admiraba todavía de las contradicciones de la naturaleza humana. Seguramente Strickland no quería revelar su domicilio y había enviado aquella dirección a su socio para engañarle una vez más.16 La Luna y Seis Peniques W.afirmé. quise informarme sobre el terreno. la hora debe ser escogida con prudencia. tomé un coche y me dirigí a la rue des Moines. En seguida me explicó en detalle lo que debería decirle. para excitar mi simpatía. La fría crueldad de Strickland me llenaba de indignación. cerca de la rue de Rivoli. al «Hotel des Beiges».insistió. Unas cuantas tiendas miserables abrían sus puertas y exhibían sus escaparates a la calle. seguramente. con sus muros descascarados y sucios. me informé sobre el «Hotel des Beiges».l ibro dot. Junto a un gran caserón arruinado. pero un timbre eléctrico . Lo espera. un banco. A su lado. Me parecía ver a Strickland encantado ante la idea de hacer venir en balde a París al exasperado agente de cambio y enviarle a estrellarse como un imbécil contra la puerta de una posada. consideraba la situación con más serenidad. y desde un descanso divisé una especie de jaula de vidrio. Contemplé cada una de las objeciones posibles. por casualidad. estoy seguro . sus lágrimas ya no me conmovían. ¿Hay posibilidad de conmover a alguien antes de la comida? Por otra parte. Sólo el deseo de demostrar mi buena voluntad a la señora Strickland me indujo a entrar. a la distancia. CAPÍTULO X DURANTE el viaje. El único hotel de este nombre se encontraba en la rue des Moines. despreciable a mis ojos inexpertos. Somerset Maughan hijos cuando me pregunten? Su cuarto está como antes de su partida. -No puede ser éste. se redoblaba mi curiosidad. me despedí. Hacia la mitad de la calle divisé. Buscarnos en la guía. convencido. La cantidad de pañuelos de que se había provisto demostraba que contaba con sus llantos. Estaba abierta. mi misión no cesó un instante de inquietarme. hacia las seis. y en su interior se leía: «Bureau au premier». donde vivía Strickland. Yo estaba conmovido. Al día siguiente. El conserje se encogió de hombros. Prometí hacer lo imposible para inducirlo a regresar. Había sabido emplear muy bien su dolor. Sacudí la cabeza. quejumbrosa -.

-¿Y estará aquí en este momento? El criado miró un estante con departamentos que se divisaba en la oficina. una mujer desmelenada. CAPITULO XII A esta hora la muchedumbre bullía y. con un poco de fantasía. La primera vez que lo vi su vestimenta era muy cuidada. ¿Está usted solo? Me felicité de haber lanzado esta pregunta capital con tanta naturalidad. acaso? ¿O habría terminado ya el capricho de Strickland? Era poco verosímil si. Strickland echó al suelo las ropas que cubrían una de las sillas. Pasé en él la luna de miel. y con la solemnidad requerida echamos el líquido sobre los trocitos de azúcar. -Adelante . El ajenjo llegó. ¿Cómo recibiría lo que iba a decirle? -Vengo a verlo de parte de su esposa. con un almohadón rojo a los pies. -¿Y la señora? -No sé. com . Ante la mirada llena de desconfianza del criado. En el tercer piso. Encantado de volverlo a ver. que no pronunció una palabra. esforzándome por hablar con naturalidad.le pregunté. despreocupado y sucio.. http ://w ww. -No está su llave. Venga usted conmigo. La sorpresa me cortó la palabra. Acá vino solo. -No. ¡Mi francés no es de lo más brillante! . Mientras le seguía en la escalera. -Creo conveniente decirle. Evidentemente. Strickland se veía más grande que nunca. -Tengo costumbre de servirme algo antes de las e comidas. se movía con agilidad y confianza. Siéntese usted. Un olor fétido flotaba en el ambiente. pero desde entonces no había vuelto. -En efecto. -Podemos comer juntos. usted me debe una comida. Le llamé por su nombre. -¿Conoce usted bien París? . Estaba en un pequeño cuarto repleto de muebles Luis Felipe. y la puerta se abrió furtivamente. comencé a subir por una escalera oscura y mal ventilada. nos instalamos en la terraza de un eran café de la Avenue de Clichy. el número 32. Necesitaba algo barato. -¿Cómo fue usted a caer en ese hotel? -Me lo habían recomendado. y yo me senté.l ibro dot. ¿Una disputa.. Allí se codeaban dependientes y «midinettes». un peinador minúsculo y dos sillas tapizadas con una felpa encarnada llenaban la pieza. como se decía.17 La Luna y Seis Peniques W. una mesa redonda. En los barrios pobres de París se siente una vitalidad colectiva que fustiga la sangre y nos prepara para observar las situaciones más imprevistas. Por último. profesionales masculinos y femeninos de aquellas industrias pestilentes que explotan los vicios de la humanidad. -¿Qué le trae por aquí? En el pequeño cuarto. Un amplio lecho de madera. -¡Pardiez! Hace tres días que no hablo con nadie.. Suba y vea usted mismo. entreabrió una puerta y me miró pasar en silencio. desde luego. Llevaba una vieja americana de deporte. Somerset Maughan -Sexto piso. un gran armario. Hubo un ruido en el interior. Me encontraba frente a Carlos Strickland. Se cubrió con un sombrero que pedía un cepillo a gritos. Por lo demás. Sus ojos brillaron. ¿Le gusta el ajenjo? -Sí. número 32. en ropas de casa. -No se acuerda usted de mí? Tuve el placer de comer en su casa en el mes de julio. me gusta. había titubeado un año antes de resolverse a dar el paso. Ahora.dijo con frialdad -. Todo era sucio y raído. el objeto de mi visita .. siluetas de ancianos escapados de las páginas de un libro de Balzac. pero parecía no sentirse bien con ella. no sin confusión. y su cara mostraba una barba de varios días. Por fin. -Entonces.comencé. podía verse en ella a todos los héroes de una novela de la miseria. llegué al sexto. bajemos. me preguntaba qué sería de la hermosa vendedora. no me había reconocido. Nada revelaba el desenfrenado lujo que el coronel Mac Andrew había descrito con tanta precisión.

No cumplía mi misión con mucha diplomacia. pronuncie usted su discurso. ¿eh? -¡Hum! . elocuente. -Y entonces ¿qué? . a fe mía. Strickland soltó una carcajada. después pasaremos una tarde agradable. ¿Cómo dar una idea de la extraordinaria insensibilidad con que lanzó esta respuesta? Quedé desconcertado. Muchos más que la mayoría de los niños. -Entonces no tengo gran cosa que decirle. pero por el momento sólo un punto me importaba: -¿No le interesa ella. en fin. encendí un cigarrillo. A mismo tiempo recordaba su abominable conducta.Vamos! ¿No ha pensado en el dolor de su `mujer? -Ya se tranquilizará. los Mac Andrew costearán sus estudios. si el caso lo requería. ello me mortificaba. conmovedor. -¿Y sus hijos? ¿Vinieron al mundo por voluntad propia? Si usted los abandona de esta manera se encontrarán en la calle. del contrato tácito que un hombre acepta al contraer matrimonio y de mil otras cosas. cuando pedía a algunos de sus parientes que se suscribieran al fondo de ayuda de los «clergymen». no me queda nada que decir. mucho que replicar. y. -¿Merecía ella lo que usted le ha hecho? -No. ¿no es monstruoso abandonarla así. Pretendí tomar un aire de indiferencia. -Entonces. pero traté de ocultárselo. -No he leído ninguna. habría podido hablarle de la situación social de las mujeres. que había preparado. He recibido muchas cartas de Amy. y hube de hacer un esfuerzo para no exaltarme hasta la indignación. -¿Me permite usted hablarle con toda franqueza? -Por cierto.preguntó Strickland. Su aquiescencia a todo lo que le decía me desarmaba por completo. que a pesar de la suma gravedad del asunto debí morderme los labios para no sonreír. -Bueno. http ://w ww. por no decir grotesca. ya se ocuparán de ellos. -Que al menos lo intente.l ibro dot.respondí. ¿Tiene usted algún agravio en su contra? -Ninguno. el pastor. ¿Cómo saldría del atolladero? ¿Las hermosas frases. y. altanero. había sido siempre la de negar todo. indignado y sarcástico. ¿Acaso. Me había preparado para ser persuasivo. para variar. Pero ¿qué puede hacer el mentor cuando el pecador se adelanta a confesar su falta? Mi táctica personal. -Lo mismo me parece a mí. sin tener nada que reprocharle? -Es monstruoso. Recordé el tono de mi tío Enrique. no podría ahora mantenerse con sus propios medios? -No está en condiciones de hacerlo. alguien vendría. tarde o temprano. en casos similares. ahora estaba confundido.18 La Luna y Seis Peniques W. -Han conocido varios años de comodidades. patéticas e indignadas. -. Somerset Maughan -Estaba cierto que. Habría habido. Lo miré sorprendido. -Nada cómoda la misión. Mi situación era delicada. com . Vacilé un momento. después de diecisiete años de matrimonio.. caerían en el vacío al ser pronunciadas en la Avenue de Clichy? Súbitamente. en verdad. ya? -En absoluto. Para darme tiempo. -Pero no es posible dejar a una mujer con dos hijos y sin un penique! -¿Por qué no? La he mantenido durante diecisiete años. Cuando vean que la cosa no tiene remedio.. -¡Oh! Si usted admite sus errores. No mucho . El tono de Strickland dejaba entrever tanta alegre desvergüenza. Por otra parte.

Estaba perfectamente tranquilo. debo confesarle con franqueza que no me inspiran ya ninguna ternura especial. com . tarde o temprano. algunos de los cuales se echaron a reír también. Supongamos que su mujer acaba de morir. La ley se encargará de protegerlos. yo la recomendaría. entonces.exclamé. -Y no parece avergonzarse. hube de romper una vez más el silencio: -¿Qué tiene que responder a esto? -Nada. ¡Qué remordimiento! Strickland permaneció mudo. -Mi querido amigo. -De ninguna manera. Casi inmediatamente se pintó en su rostro un amargo desprecio. ufano de mi ventaja -. Pregunté: -¿Cómo va a vivir en medio de la reprobación general? Y luego. Esta vez le había atrapado. ¿Qué diferencia puede haber para mí entre estar divorciado y no estarlo? -Vamos.l ibro dot. usted deberá mantener a su mujer y a sus hijos . Somerset Maughan -Pero ¿no siente usted por ellos el cariño del padre? ¡Y unos chicos tan encantadores! ¿Está usted resuelto. y todos sus esfuerzos tendían a ese objeto. Es una perfecta esposa. -Por último. Debía tener sus razones para no confesar que lo acompañaba una mujer. -El rey pierde sus derechos cuando no tiene un penique. Traté entonces de asirme de otro argumento. Después de algunos minutos.le contesté. Esta breve respuesta fue lanzada tan desdeñosamente. no seré yo quien se oponga.19 La Luna y Seis Peniques W. Dado el caso. ¿Acaso todo esto no tiene importancia para usted? -Ninguna. Aunque Strickland derrochaba astucia. lo despreciarán. -¡Que digan lo que quieran! -Lo odiarán. a romper todas sus relaciones con ellos? -Mucho los quería cuando eran menores. siempre el amor! Se imaginan que sólo se las puede dejar para irse con otra. nada puede inquietarme. su elección del «Hotel des Belges» revelaba la más pre caria escasez. quedó sonando en mis oídos como un absurdo. Agotados los argumentos. que mi pregunta. -¿Y cuando las haya gastado? -Ya veré lo que hago. Ha tomado ya todas sus decisiones. -Todo el mundo comentará su falta de nobleza. y enseguida se lanzó a reír. Y si quiere divorciarse. ¿está usted seguro de que esto no le afectará jamás? Todos tienen su conciencia. sobresaltado. y. El marido prófugo me miró con sincera extrañeza y volvió a hablar con un acento más serio. ¿nos toma usted por unos idiotas? Usted se ha fugado con una mujer. -¡Pobre Amy! . -Seguramente. quiéralo o no. Habló él. en verdad. Su expresión desdeñosa dejaba en el ridículo cada una de mis frases. pero. Reía tan sonoramente. Strickland se echó atrás. como no sea que usted es un tonto apasionado. Apenas si me quedan unas cien libras. la suya hablará.dijo lleno de ironía. Me intrigaba cada vez más. -Por ningún motivo se resolverá su mujer a iniciar expediente de divorcio . herido -. que llamó la atención de nuestros vecinos. A decir verdad. n la actualidad. -Usted es un padre desnaturalizado.contesté yo. no obstante natural. no había logrado ocultar sus intenciones. -¡Qué escasas de cerebro son las mujeres! ¡El amor. ¿Cree usted que yo habría cometido la tontería de hacer lo que he hecho solamente por una mujer? -¿No es por una mujer que ha abandonado usted a su esposa? -¡Claro que no! -¿Palabra de honor? http ://w ww. -No veo lo divertido que pueda haber en suponerlo . -Por qué Amy no vuelve a casarse? Es joven todavía y no carece de atractivos. opté por guardar silencio.

su nariz fuerte y agresiva tenían algo de rudo y de vulgar.20 La Luna y Seis Peniques W. Mi curiosidad no le causaba confusión alguna. un agente de cambio. no obstante. sus ojos vidriosos. Sus ojos erraban tras los transeúntes. -¿Cree usted que un hombre. con su vieja americana de presillas y su hongo grasiento? La raya de sus pantalones había desaparecido tiempo atrás. en un artista la cosa cambia. poco importa que nade bien o mal. pero mi padre me obligó a dedicarme a los negocios. es posible el milagro.exclamó. En Londres no encontraba lo que quería. Cuando un hombre se cae al agua. -¿Qué? ¿Acaso es una locura reconocer la evidencia? -Le digo que debo pintar. Quizá tenga más suerte en París. -¿Qué edad tiene usted? ¿Veintitrés años? . La boca era grande. mi mayor ilusión era llegar a ser pintor. a su edad. so pretexto de que las artes no producían nada. que había dejado atrás el tiempo de la juventud. Es algo superior a mí. -¿Y sabe usted pintar? -Todavía no. tenía las apariencias de hallarse en su estado natural. No lograba comprender nada. lo indispensable es que salga del paso como pueda. Por lo demás. dueño de una hermosa situación. sin detenerse sobre ellos. No le oculté mi manera de pensar: -Naturalmente. en nombre del cielo. ¿Me las había con un loco? No hay que r olvidar que yo era muy joven y que consideraba a Strickland un hombre ya maduro. los labios gruesos y sensuales. La limpieza de sus manos era muy dudosa. no hay que perder el tiempo.me preguntó. ¿Valdría eso los sacrificios que ha impuesto a su mujer y a sus hijos? En las demás carreras no importa no sobresalir sobre el término medio. La pregunta me pareció completamente fuera de lugar. Un demonio lo poseía. con una buena mujer como esposa y padre de dos hijos! . -Pero esto es una aberración! Me miró de frente. -Supongamos que usted no lograra llegar a ser sino un pintor mediocre. Somerset Maughan -¡Qué ingenuo fui al formular esta pregunta! -¡Palabra de honor! -Entonces. -¡Pero usted tiene cuarenta años! -Por lo mismo. Hace un año que comencé a pintar. pero ya aprenderé. se sigue adelante. lo miré durante un momento. pero reconocerá que lleva sólo una oportunidad contra un millón. necesito de la tranquilidad que proporciona el aislamiento. ¡Pero él. -¡Imbécil! . -¿Y por qué no se lo decía? -No lo comprendería. Con tal de cumplir con sus obligaciones. -¿Qué es lo que le hace creer que tiene disposición? No respondió en seguida. com .. Sin poder comprender. Los pelos rubios de su barba mal afeitada. -¿Ha pintado usted alguna vez? -Cuando muchacho. La pasión sincera que vibraba en su voz me impresionó. tiene probabilidades de triunfar? La mayor parte de los pintores ha comenzado a los dieciocho años. ¿Por quién habría podido tomarle un extraño al verle sentado allí. No. no habría sabido en qué categoría clasificarlo. http ://w ww. Por eso estoy aquí.repitió.l ibro dot. Usted puede llegar a ser un gran artista. ¿No sería terrible que por hacer algo bien terminara comprobando que lo ha echado todo a perder? -Debo pintar . Sentía que una fuerza extraña dominaba su voluntad. -Aprendo con más rapidez de lo que habría podido hacerlo a esa edad. La expresión de sus ojos me hizo sentirme mal. él. Lo que habría sido admisible en mí era absurdo en él. -Debo pintar. Poco después me matriculé en algunos cursos vespertinos. muy a mi pesar. A mi edad yo habría podido embarcarme en una aventura semejante. -¿En esto se ocupaba usted cuando su mujer le creía jugando bridge en el club? -Precisamente. El estupor me clavó en mi asiento. Y. ¿por qué la dejó Usted? -Para pintar.

cuando menos. -Que se vaya al diablo! -¿Es indiferente para usted pasar por un monstruo y dejar a sus hijos reducidos a la miseria? Completamente. Y. ella salió. si no decía nada extraordinario. pero estaba a la vista que ella no pensaba sino en Strickland. hube de traducírselo yo. y.le dije por fin. No obstante. pero sentí la absoluta imposibilidad de atravesar la coraza de indiferencia de mi interlocutor. que le ofreciésemos alguna cosa. Somerset Maughan -Elle modo que ha resuelto no volver al lado de su mujer? . Bien sabía que no insistir era traicionar a la señora Strickland. nada me intrigaba más. permanecía indiferente. y ella esperaba las respuestas con visible impaciencia. Era muy joven. con toda gentileza. a volver a la vida en común. y agregué luego con la mayor solemnidad que me fue posible: -¡Usted es un perfecto sinvergüenza! -Ahora que usted se ha desahogado -replicó tranquilamente-. Mas. La taberna rebosaba de muchachas. que suponía. me convenzo de que no veía nada que no fuera alguna inquietante visión interior. -Usted acaba de hacer una conquista . Por unos pocos momentos. Pero yo he titubeado siempre antes de adoptar una actitud severa por temor a no poder sostenerla. Yo tenía el apetito de mi edad y Strickland el de una conciencia endurecida. La joven se sentó y yo comencé a hacer mis cálculos. más fácil de comprender. estrecho y bullicioso. algunas sentadas a la mesa con sus amigos y otras solas. De súbito.y los espectáculos que debían haberle sorprendido no le provocaban ninguna admiración. No parecía interesarse en absoluto por este París que veía por primera vez . emigramos hacia una taberna. En su lugar. Pagué lo que habíamos bebido y nos encaminarnos hacia un pequeño restaurante. Le previne.l ibro dot. vino a completar mi indecisión. Nunca he vagado por sus calles sin sentirme al borde de la aventura. tenía. que él no sabía sino dos o tres palabras en francés. El no pareció darse cuenta. ¿Pero cómo lograr comprenderlo? Strickland no era locuaz. pero se veía que conservaba su indiferencia. ¿Qué podía atraerla en la persona de Strickland? No hizo misterio de sus impulsos http ://w ww.21 La Luna y Seis Peniques W. Quizás debí manifestarme indignado.el viaje con su mujer no podía contarse . Alargué la pausa para reforzar el efecto de mis palabras. como en realidad lo estaba. Strickland parecía divertirse. en efecto. No le formulará el menor reproche. yo me habría interesado más. al pasar por nuestra mesa. Hay que poseer la tenacidad femenina para repetir siempre lo mismo sin cansarse. algo que le impedía hacerse pesado. La muchacha tenía unos ojos sonrientes y una boca tentadora. Además. Tal vez su franqueza. chapurreaba una mecha docena de frases inglesas. Cuando pienso en ello. CAPÍTULO XIII CONFIESO que habría sido más correcto declinar la invitación. Cuando sus ojos se encontraron con los de Strickland. Sólo la fe del poeta o del santo puede esperar que crezcan lirios en el asfalto de una acera. mi categórica negativa a sentarme a la misma mesa que semejante individuo. vamos a comer. -No me halaga en absoluto. no sé por qué. tratando de persuadirme de que era necesario estudiar ante todo el estado de ánimo de Strickland. Se hacía entender con dificultad. Una de éstas nos miraba. Había agotado ya todos mis argumentos. para volver al instante y rogarnos. sus palabras confusas y sus gestos vagos. No era cosa fácil seguir su pensamiento a través de sus frases entrecortadas. Lo que sus pocos conocimientos no le permitían expresar. en cambio. sonrió. en aquella ocasión. Luego. la certeza de que Strickland no atribuiría importancia a mis sentimientos. -¡Jamás! -Ella está dispuesta a olvidarlo todo. Yo he estado en París un centenar de veces y con un agrado siempre renovado. mitad en signos y mitad en un francés infantil. sobrevino un incidente. ella trató de hablarle. com .le manifesté. donde comimos muy alegremente. para el café y los licores. sin embargo. entonces. como si la palabra no hubiese sido su modo natural de expresión. me habría significado la aprobación del coronel Mac Andrew. Yo pretendía excusar mi actitud. Strickland.

Suavicé como pude tan poco galante respuesta. En general. idea bastante discutible. -Estoy muy bien aquí.dijo mientras se abría paso entre las mesas vecinas.. para ruina suya y desgracia de sus familiares. -No puede decirse que sea cortés . en este hombre. los que se declaran indiferentes a la opinión ajena se dejan engañar pot una falsa http ://w ww. precisamente. la aventura no dejaba de ser lisonjera. en él. -Desea que usted la acompañe a su casa. sus rasgos eran los de un hombre ardiente y sensual.22 La Luna y Seis Peniques W. La muchacha no necesitó traducción. com . ¿no es más extraordinario todavía ver al espíritu de Dios apoderándose de hombres ricos y poderosos.le dije a Strickland -. Hay aves que ponen sus huevos en los nidos de otras. -En Londres habría podido tener todas las mujeres que hubiese querido. -Que se vaya al demonio! Con el gesto subrayó la respuesta. ¿Que diría a su mujer? No podía enorgullecerme con las nuevas que le llevaba. -No toman nada en serio. el pequeño extraño desaloja del nido a toda la pollada. Strickland había reído irónicamente. y. pero cómo explicar entonces que su monótona existencia no revelara nunca la tempestad que se preparaba? Si su fuga tenía por causa primera la necesidad de romper lazos insoportables.replicó. -Estas cosas me disgustan . por fin. Era ciertamente extraordinario que. no había sabido o no había querido responderme. Su rostro reflejaba un disgusto verdadero. . tal como se desarrolla un cáncer. vino a mi espíritu una idea que se me impuso por su carácter romántico. levantó las cejas y se alejó sin decir una palabra. él alzó los hombros con impaciencia. y en seguida destruye la construcción que hasta entonces lo ha abrigado. -insisto . Quizá un obscuro sentimiento de rebelión había germinado. El hombre seguía siendo un enigma para mí. Strickland unía la violencia del fanático a la intransigencia del apóstol. después de perseguirlos con implacabilidad. más la única que me satisfacía ligeramente: una vocación durante largo tiempo contrariada debía haberse desarrollado. repasaba mentalmente el caso de Strickland. no obstante. No parecía desalentado. se puso de pie y nos volvió la espalda indignada. Después de todo.agregó ella -. que atribuí a su falta de dinero. poco a poco. Lo observaba con curiosidad.. Yo estaba sorprendido y molesto. Cuando transmití esto a Strickland. Existen rocas que no pueden ser destruidas sino por el furor del cataclismo. poco a poco. quiero decir el maestro. ahora bien. No es a buscarlas a lo que he venido a París. Y era lo que más me desconcertaba en este hombre. CAPITULO XIV DURANTE mi viaje de regreso a Inglaterra. se hubiese despertado el instinto creador en este insípido agente de cambio. -Por qué la ha insultado usted?. no había nada de vulgar. Dígale que no le costará nada. Una vez salido del cascarón. por las austeridades del claustro? La conversión reviste formas variadas y sigue vías diversas. hasta el día en que. Cuando le pregunté cómo se le había ocurrido pintar. El juicio de los demás no tenía importancia alguna para él. abandonan las alegrías del mundo y el amor. -¿Trabaja usted en un taller? -Sí. en su cerebro obtuso. me había contestado haciendo una mueca. Por fin. Somerset Maughan y me rogó que los transmitiera a mi compañero de mesa. pasó esta mañana. hasta poseerlo todo entero y lanzarlo a la acción con una fuerza irresistible. Seguramente la muchacha se había sentido atraída por cierta brutalidad que se presentía en él. Seguramente se había avergonzado de su fracaso. cuando vió mi dibujo. el viejo. ¿Lo justificarían sus obras? Cuando le pregunté lo que sus camaradas de las clases vespertinas pensaban sobre su pintura. otras se disgregan bajo la sola acción de una gota de agua. su conducta habría sido comprensible y vulgar. Pero.l ibro dot.

por haberse desembarazado de usted . La masa se resigna perfectamente a permanecer en la rutina. com . El hombre llega a convenirse en el esclavo de su conciencia. a quienes encontraba presumidos. y su buena educación disimulaba mal su convencimiento de que fuera del ejército no había sino dependientes del comercio. cuénteme cómo le ha ido dijo. después de saludarme. adulador servil del cetro que lo oprime. precisamente. se vanagloria de su esclavitud. La señora Strickland parecía muy nerviosa -Pues bien. poco puntuales para devolver las visitas. pero ahora puedo decir que es estúpida. La hermana de la señora Strickland. Cuando nos despedimos. A sus ojos. La conciencia es en el individuo la guardiana de las leyes dictadas por la colectividad. a los oficiales de la guardia. es de Kant. Nada conmovía la conciencia de este hombre. que ha aprendido a considerar superiores. ensayé la ironía: -¿Qué dice usted de la máxima «procede de manera que cada una de tus acciones pueda erigirse en regla universal». ese aspecto de dueña de los destinos del Imperio británico. la mayor de la familia. CAPÍTULO XV EN Londres me esperaba una tarjeta en que se me rogaba que pasara por la casa de la señora Strickand después de comer. Si bien es cierto que actúan como les place. como resbala la mano sobre el cuerpo aceitado del luchador. sus últimas palabras fueron: -Dígale a Amy que perderá su tiempo tratando de hacerme regresar. -La felicitaré. -Sin embargo. Era franca en su hablar. estaba algo más envejecida que ella. -Hágale comprender que es acreedora a la felicitación. La coloca sobre un pedestal. ¿Qué mérito existe en fingir desprecio por los convencionalismos. que por sí mismo ha introducido al enemigo en la plaza. Además. http ://w ww. no gustaba hablar de sus mujeres. además. como el cortesano. -No la conocía. Por lo demás. La encontré con el coronel Mac Andrew y su mujer. Es un guardián que vigila nuestros corazones para impedirnos infringir las reglas establecidas. Es el lazo poderoso que encadena al individuo con la masa y que le impulsa a preferir a los suyos los intereses de la colectividad. ¡Pero es tan estrecha la inteligencia de las mujeres! . Tenía un aspecto de suficiencia. Temo que su decisión de no volver sea irrevocable. -Estuve con su marido. no lo es menos que tienen buen cuidado de evitar que sus aventuras trasciendan.23 La Luna y Seis Peniques W. Detestaba. Por último.. voy a cambiarme de hotel y no volverá a encontrarme. considerando su necesidad de conservarse. Es necesario que se sientan sostenidos y aprobados por los que los rodean para resolverse a desafiar la opinión de la mayoría. la vida sería imposible. un espía instalado en la íntima fortaleza del ser. pero se le parecía mucho. -No por eso es menos estúpida. Esto le daba una independencia casi agresiva. uno de los convencionalismos de su medio? No creo en la sinceridad de los que desprecian la opinión. sus «toilettes» eran vistosas y de muy mal gusto.. cuando este desprecio es. Mas esta vez me encontraba ante un hombre que no atribuía en verdad importancia alguna a lo que se pensase de él. -Qué frase más tonta! Todo el mundo no puede aspirar a proceder como yo. porque se siente desarmado ante este ser independiente. por lo tanto. Era como tratar de obtener sin un espejo la reflexión de una imagen.le dije.l ibro dot. En otra ocasión. Recuerdo haberle dicho: -Si todo el mundo procediera corno usted. siempre dispuesta a ahogar toda veleidad de independencia. ninguna inventiva es suficientemente fuerte para castigar al que desconoce el principio de autoridad. Su orgullo es el de la ignorancia. Somerset Maughan esperanza. mi buen amigo. su conciencia no cesa de vigilar. El hombre tiene tal sed de simpatía. Frente a la monstruosa insensibilidad de Strickland. que da a las esposas de los oficiales el sentimiento de pertenecer a una casta superior. Los juicios resbalaban sobre su conformidad. yo no podía menos que retirarme horrorizado. su temor por las críticas es tan vivo.

24

La Luna y Seis Peniques

W. Somerset Maughan

Proseguí, luego de una pausa. -Quiere pintar. -¿Qué? exclamó la señora Strickland llena de admiración. -¿No supuso usted nunca que él se interesase por esta suerte de cosas? -Está loco de remate -manifestó el coronel. Amy frunció las cejas. Repasaba sus memorias. -Recuerdo que antes de nuestro matrimonio tenía algunas cajas de pinturas, cuyos pinceles manejaba malamente. ¡Había que ver sus mamarrachos! Lo reñíamos de continuo. No tenía ni una sombra de talento. -Es sólo un pretexto - insinuó Mac Andrew. La señora Strickland reflexionaba. Para ella, mi revelación no tenía pies ni cabeza. Su instinto de dueña de casa había vuelto a manifestarse y el salón no se encontraba ya en el abandono con aquel aspecto de hotel amueblado que observara inmediatamente después de la catástrofe. -Pero si el arte le atraía tanto, ¿por qué no decirlo? - manifestó por fin la señora Strickland-. Yo habría sido la primera en simpatizar con gustos de este género. La mujer de Mac Andrew apretó los labios. No había aprobado nunca la inclinación de su hermana hacia las personas que cultivan las artes. Siempre que se le ofrecía, ella hablaba de los intelectuales con desprecio. Amy continuó: -Después de todo, si tuviera talento, yo no querría otra cosa que estimularlo. Nada me habría costado. Preferiría mil veces ser la mujer de un pintor que la de un agente de cambio. Sin los hijos, todo me sería igual. Viviría tan bien y tan contenta en un pequeño taller como: en este departamento. -Querida, me pones nerviosa - interrumpió la señora Mac Andrew ¿Vas a creer esa historia? -Me parece que es la verdad desnuda - insinué con timidez. Ella me miró con desdeñosa condescendencia. -Un hombre no renuncia a sus asuntos ni abandona a su familia sin que haya una mujer de por medio. Quizá ha debido conocer a una de tus famosas artistas, que le han hecho perder la cabeza. Las mejillas de la esposa abandonada se animaron de súbito con un ligero rubor. -¿Qué aspecto tiene esa mujer? Vacilé. Sabía que todos se admirarían. -No existe tal mujer. El coronel y su mujer manifestaron bulliciosamente su escepticismo, y la señora Strickland se levantó sorprendida. -¿Acaso no la ha visto usted? - exclamó con arrebato. -No había persona alguna que ver. Strickland está solo. -¡Imposible! - aseguró la señora Mac Andrew. -Debí haber ido yo mismo, corno deseaba hacerlo - intervino el coronel -. No habría necesitado mucho tiempo para descubrirla. -En efecto, es sensible - repliqué yo, bastante molesto -. Usted habría comprobado que se halla engañado en todas sus suposiciones. Strickland no vive en un hotel elegante. Se aloja en una pieza miserable. Si ha dejado su hogar y sus comodidades no es para lanzarse a una vida de placeres. No Tiene un penique. -Habrá hecho algo, que ignorarnos y emprende Ahora la fuga, por temor a la policía. Esta hipótesis fue un rayo de esperanza que alentó aquellos corazones; pero me encargué de desvanecerles pronto la ilusión. -Entonces no habría tenido la ingenuidad de dar su dirección a su socio - repliqué agriamente -. Por lo demás, vuelvo a afirmar que partió solo. No está enamorado. Nada se encuentra más lejos de su pensamiento. Hubo un silencio. Reflexionábamos. -En fin, si lo que usted dice es exacto - manifestó la señora Mac Andrew -, las cosas no son tan graves corno suponía. Su hermana la miró sin decir una palabra. Estaba extremadamente pálida. Su expresión me sorprendió. La mujer del coronel continuó:

http ://w ww.l ibro dot. com

25

La Luna y Seis Peniques

W. Somerset Maughan

-Si sólo se trata de un capricho, pronto se le pasará. -¿Por qué no va usted a buscarlo, Amy? - sugirió Mac Andrew -. Nada le impide vivir con él en París durante un año. Nosotros nos encargaremos de los chicos. Luego desistirá de sus manías; estoy persuadido de ello. Tarde o temprano, querrá volver a Londres, y el mal no habrá sido tan grande. -¡Jamás en la vida! - le interrumpió su mujer -. Por mi parte, me limitaría ahora a dejarle suelta la brida. Ya regresará, sumiso, tranquilo, encantado con volver a la vida normal. Pronunciada la última palabra, miró a su hermana con severidad. -¿No fuiste siempre condescendiente y atenta con él? Los hombres son seres extraños: hay que saberlos tomar. La señora Mac Andrew compartía una opinión muy corriente en su sexo: un hombre es un bruto si abandona a una mujer que lo quiere; pero en tal caso, la mujer también merece un reproche. Los ojos de Amy se volvieron lentamente hacia nosotros. -No volverá jamás. -¡Oh, vamos! ¿Después de lo que acabas de oír? Está acostumbrado a la comodidad y a las pequeñas atenciones. ¿Crees tú que no se hastiará pronto de la buhardilla y las mortificaciones? Por otra parte, si no tiene dinero, se verá forzado a regresar de buena o de mala gana. -Mientras le suponía con una mujer conservaba la esperanza. Estas historias terminan siempre en una desilusión. Al cabo de dos o tres meses, era fatal el desenlace. Pero si no ha partido por amor todo está perdido. - ¡Oh, es bien sutil! - manifestó el coronel, poniendo en esta frase todo el desprecio que experimentaba por una cualidad tan extraña a los hábitos de su profesión -. Volverá, y, como lo dice Dorothy, sus escándalos no lo harán más insoportable. -¡Pero si vuelve le daré con la puerta en las narices! -¡Amy! La cólera acababa de apoderarse de ella y su palidez traicionaba ahora una exaltación fría y repentina. Hablaba con rapidez y con frases entrecortadas. -Habría podido excusarle si, perdiendo la razón por una mujer, hubiese huido con ella. Era lo natural. En verdad, ¿cómo hacerle reproche alguno? Me habría dicho: he sido arrastrado, ¡son tan débiles los hombres y tan poco escrupulosas las mujeres! Pero no es el caso. ¡Lo odio! ¡Ahora no se lo perdonaré jamás! En su estupefacción, el coronel y su consorte se pusieron a hablar simultáneamente. Creían loca a la mujer del fugitivo agente de cambio. Ella se dirigió hacia mí, llena de esperanza: -¿Tampoco me comprende usted? - gimió. -No estoy del todo seguro. ¿Debemos creer que usted soportaría ser abandonada por una mujer y no por una idea? ¿Por qué, si usted se siente capaz de luchar contra la una, se siente desarmada ante la otra? Amy me lanzó una mirada desprovista de compasión; pero no contestó nada. Yo había puesto el dedo en la llaga. Momentos después, continuó con voz baja y temblorosa. -No creía posible odiarlo como lo odio. ¡Pensar que me consolaba con la suposición de que, tarde o temprano, tendría necesidad de mí! Me decía: si se sintiera en artículo de muerte y me mandara llamar, acudiría a su llamada. Le habría cuidado corno una madre. En el momento supremo, le habría asegurado que le seguía queriendo, que le perdonaba todo... ¿Qué afán tienen las mujeres por mostrarse sublimes en el lecho de muerte de aquellos que han querido? A veces parecen deplorar que, viviendo mucho tiempo, retardan la realización de la escena. -Pero, ahora, ahora todo ha terminado. Ningún extraño me es más indiferente. Quisiera que muriese pobre, desprovisto de todo, sin un amigo, es el más grande de los abandonos. Le deseo que sea minado por un mal repugnante. Ya no me interesa más. ¡Lo odio! Osé entonces hablarle de la proposición que Strickland me había hecho. -Si usted desea el divorcio, le dará toda clase de facilidades. -¿Y por qué he de devolverle su libertad? -No creo que él piense en eso. Suponía que esto e sería más cómodo. La señora Strickland se encogió de hombros. Quedé desorientado. En aquellos tiempos, con mucha más confianza que ahora, yo creía que los caracteres no se desmentían, no podían desmentirse.

http ://w ww.l ibro dot. com

26

La Luna y Seis Peniques

W. Somerset Maughan

Me chocaba tanto rencor en una criatura tan suave. Pero ahora lo sé: pequeñez y grandeza, malevolencia y caridad, odio y amor, suelen estar juntos en su corazón. Me esforcé por atenuar la amarga humillación que atormentaba a la señora Strickland. -Como usted sabe, no estoy completamente cierto de que su marido no sea responsable en absoluto. Pero no lo creo en su estado normal. Me parece dominado por una fuerza extraña. La mosca atrapada en una tela de araña no está más desarmada. Diríase la víctima de un hechizo. Esto me recuerda ciertos extraños casos de encantamiento. El alma no es ya una parte integrante del cuerpo; puede sufrir misteriosas transformaciones. En los tiempos pasados se habría dicho que Strickland estaba hechizado. La señora Mac Andrew se acomodó un pliegue de la falda y sus brazaletes de oro se le deslizaron hasta las muñecas. -Todo eso me parece traído por los cabellos - observó secamente -. Tal vez Amy ha tratado a la ligera a su marido. Confesémoslo: menos absorbida por sus propios asuntos, habría observado algo. No puedo concebir que Alec tuviera una idea en la cabeza, durante un año o más, sin que yo me diese cuenta. El coronel tomó un aire de ausencia, que me hizo preguntarme si era posible ser tan inocente como lo parecía. -Pero no por eso Carlos es menos inexcusable. La señora Mac Andrew me miró con severidad. -Voy a decirle por qué ha abandonado a su mujer: por puro egoísmo y nada más. -He aquí, ciertamente, la explicación más sencilla - dije yo, pensando que ella no explicaba nada. Pretextando hallarme cansado, me levanté y me despedí. La dueña de casa ni siquiera trató de retenerme.

CAPÍTULO XVI
Lo que siguió a esta visita a la señora Strickland de--mostró que era una mujer de carácter. Disimuló toda su pena. Comprendió que cl mundo se aburre pronto de las historias de mala suerte y evita el contacto con la desgracia. Cada vez que salía de su casa - y la compasión de sus amistades se traducía en frecuentes invitaciones - su comportamiento era perfecto. Se mostraba valiente, aunque no en exceso; alegre, sin ser provocadora, y parecía agradarle más escuchar las penas ajenas que contar las propias. "Cuando hablaba de su marido, lo hacía demostrando lástima. Al principio me dejaba un poco perplejo su actitud. Un día me dijo: -Estoy convencida de que usted debe haber estado equivocado al asegurar que Carlos vivía solo. Ciertas personas, cuyo nombre no puedo darle, me han dicho que no fué solo a París. -En tal caso, ha borrado las huellas con mucho éxito - le respondí. Ella miró hacia otro lado y se ruborizó un poco, -Lo que le quiero decir es que. . . si usted habla con alguien que le dice eso . , -que lo acepte , que no contradiga al que le afirme que se fugó con alguien .. Comprendiendo, la tranquilicé: -Claro que no lo haré. Cambió la conversación como si el asunto no tuviera la menor importancia para ella. Oportunamente descubrí que circulaba entre sus amistades una extraña historia. Decían que Carlos se había enamorado perdidamente de una bailarina francesa, a la que había visto por primera vez en el teatro Imperio, y que la había acompañado a París. No pude encontrar el origen del chisme, pero por más extraño que parezca, el rumor le proporcionó muchas simpatías a la señora Strickland, dándole, al mismo tiempo, cierto prestigio. Eso tenía sus ventajas para la vida que ella pensó adoptar. El coronel Mac Andrew no había exagerado cuando dijo que quedaba sin- un penique, y ella debió pensar en ganarse la vida lo más pronto posible. Aprovechó su. relación con numerosos escritores, y sin pérdida de tiempo comenzó a estudiar taquigrafía y dactilografía. Dada su educación esmerada, era más probable que llegaría a ser una dactilógrafa más eficiente que la mayoría de ellas, y la situación dramática en que se hallaba la ayudó a conseguir trabajo. Sus amigos le brindaron ocupación y se empeñaron en buscársela.

http ://w ww.l ibro dot. com

27

La Luna y Seis Peniques

W. Somerset Maughan

Los Mac Andrew, que no tenían hijos y que gozaban de una posición desahogada, se hicieron cargo de la educación de los niños, y la señora Strickland sólo debió pensar en ella misma. Dispuso de su departamento y vendió sus muebles. Se instaló en dos pequeñas habitaciones en Westminster y comenzó una nueva vida. Se sentía tan capaz que no dudaba en que tendría éxito en su aventura.

CAPÍTULO XVII
ALREDEDOR de cinco años más tarde, decidí instalarme en París. Estaba harto de Londres y de su vida invariablemente monótona. Mis amigos se abandonaban al plácido curso de su existencia; ya no me reservaban nada imprevisto. Cuando los encontraba, sabía de antemano lo que iban a decirme. Hasta sus aventuras de amor eran de una fastidiosa vulgaridad. Nos asemejábamos a los tranvías que corren sobre sus rieles de esquina en esquina, y cuyo número de pasajeros es posible calcular casi con exactitud según- la hora del día. Ante el entorpecimiento de esta vida sin alternativas, el espanto se apoderó de mí. Vendí lo poco que tenía y resolví cambiar de horizonte. Antes de mi partida fuí a despedirme de la señora Strickland. Hacía mucho tiempo que no la veía. La encontré envejecida, arrugada; su carácter, como su físico, me pareció cambiado. Pero sus negocios prosperaban. Acababa de abrir una oficina en Chancery Lane, donde tenía cuatro empleadas a sus órdenes. Algunos refinamientos en sus tintas azules y rojas y los tonos pálidos con reflejos muarés del papel que empleaba, daban a sus copias un realce que le había valido merecida reputación de elegancia y corrección.. Ganaba dinero. Mas, para ella, el ejercicio de una profesión llevaba envuelta la idea de una decadencia. A cada instante recordaba la distinción de su origen y no podía dejar de citar los nombres de sus brillantes relaciones. Nadie la oyó jamás hacer alarde de sus aptitudes comerciales, y en cambio todos la veíamos darse tono ante la idea de comer al día siguiente con un consejero del rey que vivía en South Kensington. ¡Y con qué énfasis nos hacía saber que su hijo estudiaba en Cambridge! Enumeraba, llena de orgullo, los bailes a que se había invitado a su hija, que comenzaba, por entonces, a figurar en sociedad. -Piensa hacerla trabajar con usted algún día? - le pregunté, muy torpemente por cierto. -¡Oh! ¡Nunca en la vida! Siendo bonita como es, estoy segura de que hará un buen matrimonio. -Y mientras aquello llega, ¿tampoco la ayudará? -Muchos la encuentran con aptitudes para el teatro, pero yo ni quiero oír hablar de ello. Si consintiese, la contratarían de seguro de un día a otro; pero, Ese la imagina usted en un mundo semejante? Esta estrechez de ideas me extrañó un poco. -¿Ella tenido usted noticias de su marido? -le pregunté. No. Ni una palabra. Bien puede haberse muerto. Quizás se encuentre en París. ¿Quiere usted que le dé nuevas suyas? Amy titubeó. -Si verdaderamente fuese necesario, estaría dispuesta a ayudarlo. Le enviaría cierta cantidad, que usted le iría entregando a medida que lo requiriesen sus necesidades. -¡Qué generosidad! Sin embargo, bien sentía yo que esta oferta no estaba dictada por la generosidad. Es falso que el sufrimiento ennoblece el carácter. La felicidad produce a veces este efecto; pero, en la mayor parte de los casos, la desgracia hace al ser humano mezquino y rencoroso.

CAPÍTULO XVIII
Ocurió que, efectivamente, encontré a Strickland antes de quince días de mi llegada a París. He aquí como: Descubrí muy pronto un pequeño departamento en una casa de la rue des Dames, en un quinto piso, y un revendedor me cedió por doscientos francos un moblaje bastante aceptable. La portera se comprometió a arreglar mi cuarto y a prepararme el desayuno. Apenas instalado, fui a ver a mi amigo Dirk Stroeve. Dirk Stroeve era uno de esos seres ridículos en quienes, según nuestra disposición de ánimo, no

http ://w ww.l ibro dot. com

ricos comerciantes. Vivían en un taller de Montmartre. -No pretendo ser un gran artista . su vida era una intensa tragedia. pilluelos vestidos con harapos convencionales. y. pero tengo una condición de gran valor para mí: vendo. Por desgracia. Sus habitantes gozan pensando que Italia se asemeja a mis cuadros.l ibro dot. Stroeve había contraído matrimonio con una inglesa. Se dejaba despojar como un niño. en muchas ocasiones se hacían el amor junto a un pozo Renacimiento o caminaban por el campo al lado de una carreta con bueyes. Todos sacaban provecho de ella. sencillamente ridículo. Mas no por eso el ideal que pintaba. Somerset Maughan podemos pensar sin reír o sin encogernos de hombros. com . Cosa extraña: este pintor detestable poseía un sentido muy sutil del arte. Su sensibilidad. A pesar de la evidencia. no era-fácil encontrar un entusiasmo más sincero ni una crítica más penetrante.. todos se burlaban de su candor. Sabía discernir el talento y lo alababa con calor. dejaba de ser un ideal. bien pulidos. Y sin duda esta visión lo había obsesionado y alucinado siempre. CAPÍTULO XIX No anuncié a Stroeve mi visita. Y esos estudios llenaban su taller: campesinos cubiertos con sombreros puntiagudos. Apenas curado de la mordedura de una víbora. Junto con burlarse de la ingenuidad con que acogía sus dolencias. pero él ganaba bastante dinero y nadie vacilaba en contribuir con algo de su bolsillo. Cuando toqué la campanilla de su taller. persistía en ver una Italia Pena de ruinas pintorescas y de bandidos de opereta. podía acoger a otra con ternura. sus lamentaciones eran siempre burlescas. sino que también en Noruega. Su amor hacia los viejos maestros no le impedía interesarse por los modernos. la naturaleza. Por desgracia. los detalles interminables de sus miserias. Sus personajes esperaban en el atrio de una iglesia o entre los cipreses de un bosque que apenas dejaba penetrar los rayos de un cielo luminoso. No soy un Miguel Ángel. seguí en contacto epistolar con él. Bajo las apariencias de una comedia. no sólo en Holanda. con los rostros ornados con fuertes bigotes. orgulloso de su destreza. Corno yo no me burlase nunca de él. Todos estaban dibujados con cuidado. No creo haber escuchado de otros labios un juicio más certero. y su gusto por la música y la literatura daba a su sentimiento por la pintura más comprensión y más profundidad. Visitar un museo en su compañía proporcionaba un goce singular. Suecia y Dinamarca? Los que con mayor interés las solicitan son comerciantes. ¿Sabe usted que mis obras tienen aceptación. y mientras ella le Iamía el pecho. Jamás retrocedía ante lo fácilmente pintable. Lo conocí en Roma y recordaba todavía cada uno de sus cuadros. y esto daba al carácter de Stroeve un encanto particular. Cada dos meses . no ignoraba nada referente a las demás artes. Para un hombre joven como yo. le había negado la indiferencia. al predestinarle para el papel de súfrelotodo. sin guardar el .28 La Luna y Seis Peniques W. Más todavía: habríase dicho que buscaba las oportunidades para exponerse a ellas. Aporto algo de romántico al hogar de toda clase de gentes. pero su bondad ignoraba lo que era rencor. Usted no puede forjarse una idea de los inviernos interminables y glaciales de esos países. En su corazón ardía la llama sagrada. Pintaba pero sin ningún talento. tan mezquino. Ocurre lo mismo con el ratero que. tan vulgar. Así la imaginaba yo también antes de conocerla. lleno de gratitud. Una fotografía no habría podido reproducirlos con mayor exactitud. rayaba en lo absurdo. menor reconocimiento. con ojos de ascuas. Por eso no me parecía a mí. como a todo el mundo. Hasta las malas farsas lo conmovían. La vulgaridad le inspiraba un verdadero entusiasmo. Después de haber dejado a Roma. salió a abrirme personal- http ://w ww. La cosa más insignificante lo hería. naturalmente. tan comercial como era.. una larga carta escrita en presuntuoso inglés. debe experimentar cierta indignación hacia la mujer distraída que olvida su bolso en un taxi. y mientras más se acercaban a lo patético más se prestaban para la risa. Cierto pintor de la ciudad de los Médicis había apodado a Stroeve «el maestro de la caja de chocolates». La experiencia no lo corregía. no. Poco antes de mi llegada a París. Stroeve era ecléctico.concedía-. pintaba los modelos que se detienen en las graderías del Bernini. Sus camaradas no hacían misterio del desprecio por sus obras. en la plaza España. Hacía cuatro años que no nos veíamos. hasta el extremo de enmascararle la realidad. tan fácil de despertar. su opinión y sus consejos eran de un valor inapreciable. los artistas necesitados recurrían a él sin la menor vergüenza. me refería.con regularidad casi matemática -. hacía revivir en mí sus apasionados arrebatos y su mímica gesticulante. Mucho más cultivado que la mayoría de los pintores. de modo que no conocía a su mujer.

tenía un fondo de razón. -¿Recuerdas? Te he hablado muchas veces de él. pero prematuramente calvo. Hablaba poco. sin lograr ser hermosa. -¡Usted siempre igual! .interrumpió su mujer. Mírela usted allí. Soy el hombre más feliz de la tierra. aureolaban su pálida faz. y confiriéndoles así un verdadero valor moral. y me señaló una tela colocada sobre un caballete. se levantó. no pierda usted el tiempo. turbada por la pasión que vibraba en la voz de su marido. y en su exuberancia comenzó a transpirar por todos los poros. Somerset Maughan mente. Al privarlo de esta ocasión de hacerme un servicio. de prestarme algunos de sus muebles . conversaban en las graderías de una iglesia romana.29 La Luna y Seis Peniques W. y él nos presentó. Pero cuando Stroeve hablaba de Chardin. -A decir verdad. ¿Qué tal encuentra usted a mi mujer? Stroeve se acomodó los lentes..exclamé. Luego me ofreció con insistencia cigarrillos. En su rostro redondo. Había pasado al lado de la belleza. -¡Tesorito mío! . Me parecía verla entre sus cacerolas y sus tiestos. ceñía una línea armoniosa. Recordaba singularmente a aquella mujer de cofia y delantal que el gran pintor ha inmortalizado. con sus deberes domésticos. redondos también. Si la ardiente fantasía de su marido exageraba sus encantos. confundida. -¡Vaya una pregunta! . ¿lo quería? Con su grotesca figura de rigodón francés. un sentimiento pro..le dije sonriendo. ¿No Parece un cuadro? Un Chardin. -Por último. -. cuidadosamente peinados. com .l ibro dot. una gracia bastante discreta. de piel lisa y blanca. cásese sin demora. Sus ojos eran grises y tranquilos. como usted ve .continuó. Daba las últimas pinceladas a un grupo de campesinos italianos que. Me sorprendí. lleno de alegría. que la transpiración hacía deslizar de la nariz. tras su moderación. seguía tan ridículo como antes: rollizo. Y ella.¿tenía siquiera treinta años? -.y me habría ayudado a instalarme. Dirk.. -le imploró él. no tenía. como con un rito sagrado. sentada en su rincón.. la sonrisa de su mujer era afectuosa. cumpliendo. y tal vez se ocultara.. sin embargo. mientras le observaba de pies a cabeza. Al verme entrar. Sin ser notables. dirigiéndose a mí -. lo había ofendido. Pero. Su mujer cosía cerca de la sartén que había puesto al fuego. Su mujer seguía remendando medias y-nos oía hablar con una plácida sonrisa en los labios. nada como para inspirar amor. que brillaban bajo la rubia insipidez de sus cejas albinas. Nos encontrábamos en el taller. Cuando le referí que acababa de alquilar un departamento con el propósito de radicarme en París. Ella se ruborizó. Tanta solicitud me emocionó. ¿verdad? He visto las mujeres más hermosas del mundo. sus rasgos no carecían de regularidad. recto y bien cortado. pero su voz -era simpática y sus maneras muy naturales. corto de piernas. Desde cuándo está usted aquí? ¿Cuánto tiempo va permanecer en París? Si hubiese llegado una hora antes. Lanzó un grito de alegría y me hizo entrar. Sin embargo. Perdido bajo la avalancha de preguntas. en efecto. y la miró con adoración. y necesitó de un instante para reconocerme. vestidos con trajes de la Campagna. mi querido amigo. -¿No es una maravilla? Se lo aconsejo por experiencia. Stroeve recordaba a los joviales y ventrudos mercaderes de Rubens. por cierto.fundo. Era más bien de elevada estatura. Radiante. No la encontré inteligente ni entretenida. ella poseía. joven todavía .dijo él de súbito -. se destacaba como barnizadas sus mejillas y sus labios rojos. ¿por qué no me escribió usted anunciándome su llegada? . Se habría encargado de buscarme una posada. pero no conozco ninguna más bella que la de Dirk Stroeve. -Si no concluyes. Pregunté a Stroeve si trabajaba. me reprochó con vehemencia por no habérselo prevenido. Su reserva no carecía de misterio. no sabía qué inventar. un cuerpo más apropiado para tentar a un escultor que a un costurero. empero. había en su gravedad algo que excitó mi interés. No había medio de respirar. ¡Cómo lamentó no tener whisky! -¿Quiere café? Voy a preparárselo en el acto --resolvió sin darme tiempo para responder. qué educación había recibido ni qué género de vida había llevado antes de su matrimonio. me vi instalado en un sofá y golpeteado como un cojín..¿había hecho yo una locura al comprarlos? . Y. no lograba adivinar de qué medio provenía. http ://w ww. Unos lentes ribeteados de oro se anteponían a sus ojos azules. Espesos cabellos castaños. habríamos comido juntos. me he casado. -¡Si trabajo! Estoy más ocupado que nunca. Su traje gris. pasteles y vinos finos. me retiraré. ¿Por qué se había casado con Stroeve? Aunque conocía bien a las inglesas.

. Stroeve se echó a reír. nuestra última conversación revivía en mi memoria. ¡nada! -¡Y decir que eres tú quien lo cuenta. No me explicaba por qué se había aventurado a contarme esta historia. Aquí.30 La Luna y Seis Peniques W. com . Stroeve continuaba pintando en París los mismos temas que en Roma. ávido de elogios y cándidamente contento de sí mismo. Tal vez no hablemos del mismo hombre.añadió la mujer del pintor. ¡Vaya uno a explicarse esta contradicción! No sé lo que me indujo a preguntarle: -Dígame.. -Si siquiera hubiese expresado su opinión. lo que me indujo a decirle: «¡Eso es todo!» Strickland me respondió: «Vengo a rogarle quiera prestarme veinte francos».agregó su mujer con indignación. Su risa no logró disimular su satisfacción. Los vió y no dijo una palabra. Le era imposible terminarla sin turbarse.le dije.interrumpió la esposa de Stroeve. Dirk! . Creí que se reservaba el juicio en la suposición de que faltaba algo que mostrarle. buen mozo. http ://w ww. Guardé silencio. -¿Strickland? -exclamé yo -. ¿Cómo su sentido crítico. -Me tomó de improviso. -Precisamente. -Imposible.repitió su mujer. -Los vió . pero es muy posible que si se la ha dejado crecer sea rojiza. Stroeve. ¡Si dentro de cien años se habla todavía de usted y de mí. Stroeve se detuvo. Ya volvía su buen humor. Somerset Maughan -¿Es ésta su última obra? .' Durante la relación de esta historia su rostro mofletudo expresaba tal confusión.se excusó su mujer.intervino su mujer. lleno de confusión..continuó luego-. ¿verdad? . -Es magnífico. tan justo. -Sí. tan libre de todo prejuicio cuando se ejercía sobre las obras de los demás. -¡Qué amores! . -¿Desea verlas? A pesar de su temor a las burlas. -¡Queridita! .afirmo que es un genio. podía satisfacerse con una composición tan vulgar? -Muéstreme sus otras obras . Se guardó tranquilamente el dinero. poco halagadora para su amor propio. Ni siquiera pensé en excusarme.chanceó él. Tengo aquí tantos modelos como en Roma. El Strickland en que pienso no comenzó a pintar sino hace unos cinco años. Para mi bochorno. me sentía más admirado por el aspecto lastimoso del holandés que irritado contra Strickland. Sin cesar de reír. le enseñé mis trabajos. De súbito. Stroeve sonrió e hizo un movimiento de hombros. y dándome las gracias y haciendo un pequeño saludo. Vino.. de barba rojiza.. -Cuando lo conocí no usaba barba. que hube de hacer esfuerzos para no reír. Dirk se volvió hacia mí: -En cierta ocasión lo invité a que viniera a ver mis cuadros. Carlos Strickland. alto.l ibro dot.. un artista de primera línea. -¡Espero no volverlo a ver! . Todo era falso y convencional. se retiró. Sin embargo. -Eso no le impide ser un gran artista. -¡Y decir que eres tú quien lo cuenta! . -¡Esta loca me tiene por un gran artista! .dijo a su mujer.le pregunte. Strickland no le ha caído bien. fuerte. será porque hemos conocido a Carlos Strickland! Me hallaba sorprendido e interesado. Sus ojos se detuvieron sobre el cuadro.dijo acercándose a ella y besando sus dos manos con ternura -. Estoy convencido de ello. ¡Es cosa singular que usted lo conozca! -No me agradan las personas mal educadas . ¿no ha oído hablar por casualidad de un pintor llamado Carlos Strickland? -¡Ah! ¿Lo conoce usted? -¡Qué hombre más repelente! . ¿Me he equivocado alguna vez? Le .. -Uno. Es un gran artista. pero nada. no resistía al placer de exhibir sus cuadros. Sacó el retrato de dos pilluelos italianos de cabello rizado que jugaban a las bolitas. Un inglés. nadie más honrado ni más sincero que él.

le pregunté sonriendo. no es dado a todos el admirarla. ¡créame usted!. -Strickland. Movió una pieza y se absorbió de nuevo en la partida. -¡Ah. Stroeve se quitó los lentes y los limpió cuidadosamente.dijo Stroeve al llegar al café. ninguno. Regreso en seguida. Cuando se pronuncia su nombre.le interrumpió su mujer -. todo el mundo se echa a reír. querida. -¿Y qué le parecen a usted? .objeté -. mer día. Estábamos en octubre. -Aquí lo tenemos! . maravillosa.. ¿Podremos ver algunas de sus telas? -En su casa no. ¡Peor para él! Iré de todos modos. El del sombrero aludo levantó la cabeza.es una cosa rara. Dirk. -A decir verdad . y él. Quiero hacérselas admirar personalmente. mas sin poder encontrarle. ha tratado de persuadirlos que adquirieran más bien uno de Strickland. también se burlaron de Manet. Después de todo. no ha vendido jamás un cuadro. Creyeron que pretendías burlarte de ellos. estoy convencido de que es un gran artista. amor mío. -Puedes retirarte a descansar. cuando ha sido creada. aquélla tarde calurosa todo el mundo prefería las mesas al aire libre. Qué desea? -Le traigo un camarada. después que ese hombre te ha tratado tan mal? Se dirigió luego hacia mí: -Algunos holandeses han venido a comprarnos cuadros de Dirk. jugando al ajedrez. -Dirk. Somerset Maughan ¿Es posible ver sus obras? . Lleno de inquietud y curiosidad trataba de reconocer a Strickland entre los presentes. ¿Cómo puedes entusiasmarte de tal modo con él. que en el tormento de su alma el artista extrae del caos universal.. Sombrero de fieltro de anchas alas. Estaba muy excitado y su cara encendida brillaba con la transpiración. -La hermosura . porque de seguro no comprenderá nada. Según supe luego. podemos pasar por allí. tú no comprendes nada! -Pero los holandeses se enfurecieron. pero puedo buscarla. Nunca muestra nada. se le ve en un café de la Avenue de Clichy. pero yo no me inquietaba por tan poco. El pobre Stroeve pareció un poco confundido por-el recibimiento que se me hacía. me impacientas . -Allí está. Si lo desea. Divisé a un hombre inclinado sobre el tablero. Hasta ha traído algunos para enseñárselos a los interesados. pero. por mi parte. pero sin reconocerme.l ibro dot.le pregunté -. -Son unos horrores. en ese rincón. Voy a dar una vuelta con mi amigo. era el mismo en que juntos habíamos bebido ajenjo cuando vine a verlo a París. En seguida sus ojos volvieron al tablero. Según me parece. ¿cómo he encontrado siempre magníficos tus cuadros? Los admiré desde el pri. todas las tardes. Tal vez mi presencia le recuerde un pasado que prefiera olvidar. a las siete. com . Y.31 La Luna y Seis Peniques W. . Los labios de Stroeve temblaron. -Siéntense y no hagan ruido -dijo. debo preguntarme si tendrá algún agrado de verme. lo cual me interesó sobremanera. ¿Dónde vive? ¿Ha tenido algunos éxitos? -No. Pedí un vaso de cerveza y http ://w ww.dijo por fin . deslizándonos entre las mesas. pero no vaya usted a verlas sin mí. Strickland me miró. Dirk. -Salud. barba rojiza. Tiene dos o tres en el almacén de un pequeño comerciante. CAPÍTULO XX STROEVE prometió ir a buscarme a la tarde siguiente para conducirme al café donde encontraríamos a Strickland. Nos acercamos hasta él. ¡Y Corot tampoco vendió nunca un cuadro! Ignoro la dirección de Strickland. -Entonces. El hecho de que no hubiese cambiado sus hábitos desde entonces revelaba su característica apatía.

ciertamente .dijo. de seguro nuestra conversación habría languidecido. sonriendo. se echó atrás y contempló a su adversario con despreocupación. -Vamos .le pregunté. -Supongo que ahora podremos hablar . pero se quedó corto. -Días atrás estuve con su mujer . No comprendí su intención. Somerset Maughan esperé que Strickland terminara. que hacía resaltar con más arrogancia su gran nariz. llamó al mozo. y en seguida. con sus cinco sentidos concentrados en el juego. Me tiene muy sin cuidado el que usted esté con hambre o no. Me llamaron la atención sus manos huesosas y sucias. Luego. la impresión de una gran fuerza.repitió Stroeve. Siempre refunfuñando. ¡Qué alegría poder comer alguna vez como se debe! CAPITULO XXI http ://w ww. Seguramente usted tendrá mucho gusto en recibir noticias suyas. -Le traigo un camarada . y que hoy. Al cabo de una hora. Seguramente buscaba una respuesta sarcástica. estaba seguro de que me reconocía. Ni su barba mal recortada ni sus cabellos largos y desordenados me sorprendieron tanto como su delgadez. -¿Y si no quisiera vendérselo? -¿Tan desahogado está usted? . -Y es la verdad. ¿Le escuchaba Strickland? Una o dos veces detuvo sobre mí su mirada soñadora. Por el brillo de su mirada. me produjo una impresión extraordinaria.que no come desde hace días. y por qué casualidad habíamos llegado a hablar de él. -¿Por qué me invita usted? -No por caridad. ¿Cuánto tiempo hace? -Cinco años. brilloso. con sus uñas largas y puntiagudas: ya no eran sino huesos y tendones. examinó la posición.declaró. manchado. Este. le dije que me quedaba. un francés regordete y barbudo. después de una jugada. a su vez. Stroeve explicó con volubilidad cómo y cuándo' nos habíamos conocido. Dos profundas cavidades ahuecaban sus sienes. acentuaba las líneas de los pómulos y le hacía los ojos desorbitados y salientes. hablé: -Stroeve lo considera un gran artista. radiante. Sentado a la mesa.le respondí con energía -. Strickland me examinó fijamente durante cerca de un minuto. derribó todas las piezas y las echó en la caja. pero irónicamente. con un gesto de impaciencia y una andanada de juramentos. cualquiera diría.dijo levantándose -. Sus ojos se encendieron de nuevo. Sin la inspirada verba de Stroeve. -¿Desea usted halagarme? -Lo que deseo es ver alguno de sus cuadros. -¡Qué tarde más agradable pasamos juntos! -dijo -. que sus rasgos demacrados hacían más conmovedora aún. Nunca lo habría reconocido. comamos.l ibro dot. -Entonces. pero ya no me dejé desconcertar como en otros tiempos. Los ojos de Strickland se fijaron en él con una expresión algo dura.32 La Luna y Seis Peniques W. Después de la partida de Dirk. muy contento con poder examinarlo. Pidió otro ajenjo. flotaba sobre su cuerpo como si hubiese sido cortado para otro. Sus pupilas ardieron. pero parecía absorbido por sus pensamientos. -¿Lo parezco? --Todo lo contrario. Acogió mis palabras con una risa seca. sonrió.le dije -. -Un camarada que no he visto nunca . El cuerpo era esquelético. Me preguntó si lo acompañaba. pagó la consumisión y salió. el holandés consultó su reloj y anunció que debía volver a su casa. mas ante la idea de que a solas con Strickland podría arrancarle algunas frases. Permanecí en silencio. raído. Strickland llevaba el mismo traje que cinco años atrás. com . Stroeve acercó su silla a la mesa. Strickland.

constituía. Durante una huelga. Para él. Presentía yo una lucha encarnizada contra dificultades sin número. comenzó a buscarse otros medios de vida. Entonces. Ni los barrios más sospechosos guardaban secretos para él. Me parece que sólo excepcionalmente terminaba un cuadro. Y. ávidos de ver lo que la policía prohíbe! A veces el oficio le produjo sumas regulares. Este hombre sensual se movía por encima de los placeres de la carne. Su desprecio por las comodidades lo distinguía del resto de los ingleses. Aquella recolección de vagos indicios sobre un carácter que me intrigaba. sin mayor inquietud. como era de esperarlo. empezó a traducir anuncios de especialidades farmacéuticas. sin sentir la necesidad de hallarse rodeado de cosas bellas. com . que habría sido horrible para cualquiera. ¿Qué novedades hay? . Había mucho de conmovedor en esta manera de vivir sólo por el espíritu. -Ha sido muy agradable la comida . (N. poco importaba que la obra quedara inconclusa.33 La Luna y Seis Peniques W. A pesar de todas estas dificultades. por último. Strickland pintaba entonces con mucha dificultad. me hizo un diseño de la época en que se ofrecía a les cockneys4 para iniciarles en la vida nocturna de París. hasta que llegó un día en que ya no encontró aventureros que quisieran confiársele. del T. En su empeño de no aceptar ningún consejo. de preferencia borrachos. en total. no interrumpió sus estudios de arte. De cuando en cuando. pero sin atribuir mayor importancia a lo que se le ofrecía. se conformaba con el más frugal de los regímenes. se le contrató como pintor de carteles en las paredes. terminaron por alejar a los turistas. La profesión calzaba con el cinismo de su naturaleza. ¿Cuántas horas callejeó por el boulevard de la Madelaine. -Estoy leyendo los folletines .preguntó poco antes de terminar la lúgubre comida. Pero mi imaginación debía completar lo que su parsimoniosa expresión no hacía sino esbozar. Durante seis meses le había bastado con un pedazo de pan y una botella de leche. pero pronto se disgustó con los talleres y comenzó a trabajar por su cuenta. Doblé el diario y lo dejé a un lado. y. Tal vez no mostraba sus cuadros y la realidad no representaba ya nada para él. Con su laconismo habitual. Era como descifrar un manuscrito mutilado. pero. Tuve buen cuidado de no formular pregunta alguna. pot extensión.me preguntó. Creí notar cierta cordialidad en su voz. -Qué ha sido de su vida desde la última vez que nos vimos? .observó él. mi táctica fué recompensada: Strickland comenzó a hablar de su persona. Comenzaba una tela con todo el vigor de su fogoso temperamento. ¿Acaso él mismo lo sabía? Bajo la acción de un verdadero hechizo. Fumábamos sin pronunciar una palabra. pero su pobre presencia y su sobriedad en el hablar. olvidando por completo la realidad. Strickland me miraba de reojo y pude observar en él algunos fulgores de alegría. de no manifestarle el menor interés. en los momentos de miseria. que eran para él lo esencial. Pedida la comida. Se sentía a sus anchas en la más infeliz silla de madera. lejos de tratar de venderlos. Y así. las privaciones no eran en manera alguna un sufrimiento. Comíamos en silencio. un suplicio de Tántalo. Encendimos cigarrillos. Apenas si había adquirido gradualmente el conocimiento de los libros y de los hombres. para reproducir sólo lo que veían los ojos de su espíritu. pero fingía no darme cuenta.le dije.). a los calaveras de vida nocturna. cuando decaía el entusiasmo que le había animado en un principio. parecía haber perdido el cabal dominio de su buen gusto. Nadie se interesó por sus cuadros.l ibro dot. en verdad. Comía con apetito. Y él. no afectaba a Strickland en absoluto. -¿Quiere usted que tomemos el café aquí mismo? -Muy bien. Quería forzarlo a que fuera el primero en hablar. sentía la mirada de Strickland clavada en mí. Nunca la pobreza lo privó de pinturas ni de telas. ¿Hacia qué tendía? Era lo que me preguntaba. Ingería los alimentos con el exclusivo propósito de calmar el hambre. Somerset Maughan ME dejé conducir a un restaurante de su gusto y durante el camino compré un periódico. Esperé impaciente. La ausencia de sofás no le mortificaba. él podía vivir indefinidamente en un cuchitril cualquiera. http ://w ww. ¿Tenía yo algo que contar? Varios períodos de trabajo encarnizado y algunas experiencias. a la búsqueda de ingleses. por fin. Nada refería con fidelidad la visión que lo obsesio4 Cockney se llama en Londres a los vagos y. mas esto. Creo que nunca había observado la suciedad del papel que cubría la pieza donde le había encontrado cuando mi primera visita. pocos acontecimientos de importancia llenaban mis últimos años de vida. gastó el dinero que había traído de Londres. se desorientaba buscando problemas técnicos resueltos algunas generaciones atrás.. apoyé mi periódico contra una botella de Saint-Galmier y me puse a leer.

respondí -. ¿cree usted que todo esto valía tantos sacrificios? . donde podría vivir en algún valle ignorado. Es lo que explica su indulgencia. Sus negocios prosperaban. -A veces sueño con una isla perdida en lo infinito de los mares. Carecía de claridad. una tranquila felicidad. reemplazaba los adjetivos por gestos. En París. .. Pensativo. ¿es por puro interés profesional que usted se ocupa de mí? -Exclusivamente. usted lleva la vida de un perro miserable. -Entonces. Strickland permaneció largo rato en silencio. le confieso que.celebridad? Pocos artistas han sido indiferentes a ella. ¿Hay algo más maravilloso que excitar en las almas la piedad o el terror? -¡Melodrama! -Entonces. com . yo desearía saber lo que el público piensa de mis obras. Somerset Maughan -¿Por qué no expone usted sus telas? -. -Usted también. ¿Quién forja la celebridad? Los críticos.34 naba. -Usted no me ha preguntado aún por su mujer. intrigado. http ://w ww. lo examinaba. cl pasado debe acudir a su memoria de cuando en cuando. ¿Acaso no los recuerda? -No. Trato sencillamente de reproducir lo que veo. rodeado de árboles exóticos y de un profundo silencio. -Tal vez por eso usted se aviene conmigo . El sostuvo un momento mi mirada y luego una expresión burlona iluminó su fisonomía. -¡Cosas de niño! ¡Quién va a tomar en cuenta la opinión de la masa. -¡Ah. -Pensaba en los cinco últimos años. -¿Es usted feliz? -insistí. -Temo no contar con su aprobación. Esta respuesta me hizo reflexionar. Lo único que me interesa es el eterno presente. ¿qué es lo que le induce a pintar bien o mal? -Nada. He transcrito a mi manera lo que pareció querer decirme. -¿No sentiría usted alguna alegría ante el pensamiento de que la obra que ha salido de sus manos produce en seres que usted no conoce emociones profundas y sutiles? Todo el mundo ambiciona el poder. ¿Y los recuerdos más distantes? ¿Su primer encuentro con su mujer.. su trabajo mental me intriga. ¿adoptaría usted la misma actitud? -Es muy probable. Acaso allí encontraría lo que busco.l ibro dot. Comprendí que no me había entendido y me expliqué: -Usted ha abandonado un hogar agradable. Su mirada brillaba de un modo extraño. abandonado en una isla desierta y seguro de que sólo mis ojos leerían lo que escribo. -Sin embargo.¡Vamos! .le repliqué.le dije En su lugar. -¿No ambiciona usted la. ¿verdad? Dejemos de lado los siete u ocho últimos años. pero creí poder adivinar su significado. los financieros. La Luna y Seis Peniques W. siempre estos monosílabos! ¿No ha sentido -usted nunca un arrepentimiento por todos los pesares que les ha ocasionado? Una sonrisa se desvaneció en sus labios y movió la cabeza de un lado para otro. Me miró. -Sí. ¡las mujeres! . la época de sus amores y su matrimonio? ¿No recuerda usted con alegría la primera vez que la estrechó entre sus brazos? -No pienso en el pasado. por su parte. tiene un carácter detestable. como si lo que estaba viendo le transportara al éxtasis. no tendría valor ni incentivo alguno para trabajar. Si estuviera en su mano retroceder. Vacilaba. -Por mi parte. por sus hijos. No se expresó precisamente en estos términos. por el contrario. los escritores. -¿Sí? Subrayó esta palabra con un desprecio indescriptible. en cambio. cuando se desdeña la del individuo! -No somos seres razonables.le pregunté. Yo no desapruebo a la boa constrictor.

-Sin embargo. que me agradaba conocer al azar de estos callejeos. Se hartará con un furor ciego. trabajaba. es dueña absoluta de su alma. y casi siempre moría en los ojos. con el verdor naciente de los árboles. Dirk se enorgullecía de saber preparar ciertos platos italianos. que es para usted extraordinariamente pura e inmaterial. pero.. Durante algunos meses. su mujer.dije -. en fin.continué . Mis ojos estaban fijos en los suyos. De súbito.35 La Luna y Seis Peniques W. Iba con frecuencia a casa de los Stroeve y a veces compartía su modesta comida. sonrisa sensual. que su reserva ocultaba algo. Me familiaricé así con muchos autores. que evocaba la bestial jovialidad del sátiro. Diríase que usted camina con la frente hacia las estrellas. el más acogedor de todos los museos del mundo y el que más invita a la meditación. Y tiene usted la impresión de poder captar la belleza como una cosa palpable. de estar en íntima comunión con la brisa. -No lo creo. algo le recuerda que ha cesado de chapotear en el barro y experimenta la necesidad de revolcarse en él. He aquí Io que pienso de usted. Me parecía. pero que cambiaba el aspecto habitualmente sombrío de su rostro y lo iluminaba con un rayo de malicia sin ruindad. pero guardó silencio. Se cree a la altura de Dios. Esta sonrisa me sugirió una pregunta: -¿Se ha enamorado usted alguna vez desde que se encuentra en París? -No tengo tiempo que perder en semejantes tonterías. Abordaba los asuntos más íntimos con una ingenua falta de pudor. todo eso me disgusta. y una botella de vino tinto rociaba el festín. lo que no dejaba de turbar a su mujer.es que usted cree haberse liberado de su envoltura carnal. En las tardes. Entonces pasa alguna mujer innoble. o en los malecones del Sena. Somerset Maughan Strickland sonrió secamente. No pronunció una palabra. -Lo notable . CAPÍTULO XXII ME instalé en París y comencé a escribir una pieza. Goza de su libertad. Dirk se había purgado aquel día e insistió en contarme el hecho con detalles. Poco a poco había simpatizado con Blanca. con el río irisado. y confieso que sus spaghetti estaban muy . y usted la considerará muerta para siempre. usted no tiene nada de asceta. Pasaba largas horas en el Louvre. no sé por qué. me paseaba por el jardín de Luxemburgo o por las calles. -Entonces usted es un imbécil. la preocupación del amor no debe aflorar a su espíritu. Llevaba una vida muy arreglada. ¿Podría usted explicarme todo esto? Su mirada se desprendió de la mía y dio vuelta la cabeza. ¡Qué comilona nos dábamos cuando traía un enorme plato de ellos. ¿no podría explicar esta impresión la viva locuacidad de su marido. hojeando en las librerías de lance revistas y libros viejos. com . No es posible http ://w ww. que contrastaba con una moderación tal vez muy corriente? Dirk no hacía misterio de nada. -¿Por qué trata usted de -engañarme? -No comprendo. cuidadosamente presentados en salsa de tomate! Los atacábamos con gran acompañamiento de pan. permanecía siempre silenciosa. y mis visitas parecían agradarle. visitaba a los amigos. Su fisonomía tomó una expresión extraña. Por las mañanas. La vida no es suficientemente larga como para contener el amor y el arte. Strickland me miraba de hito en hito sin hacer el menor movimiento. que encarna todos los horrores de su sexo. tan extraña. después del almuerzo. Comprendí entonces que realmente nuestra conversación había terminado.por encima de sus cuadros. Ella no se veía sino muy de tarde en tarde con algún compatriota. que no pensaba comprar. Mas sólo una vez la vi perder su ordinaria serenidad. Sonreí. -Sin embargo.l ibro dot. A pesar de su acogida cordial y sin afectación. y usted se arroja sobre ella como un animal salvaje. que tuve la idea de que un hombre agonizando entre torturas debía tener aquel aspecto. Yo hablaba con lentitud. Aquí y allá leía una página. ¿Cómo describir su sonrisa? Sonrisa desprovista de seducción. que nacía. sonrisa lenta. -Pues bien .

Somerset Maughan imaginar la imperturbable seriedad con que lo hacía. Stroeve. aunque me intereso por los jóvenes. Si tardo un momento más lo estrangulo. si bien es cierto que con su falta de ilación acostumbrada. hablaba con entusiasmo. -Diríase que tratas de ponerte en ridículo . sin preocuparse de. -Piense usted en los grandes artistas del pasado: Rafael. Era cuestión de tiempo. -¡Filisteo! . -No puedo . se empeñaba. Cierta vez me pidió que le prestara cincuenta francos. entonces! Por lo demás. y cuyas obras no han adquirido ningún valor. Sus conversaciones no tenían nada de extraordinario. CAPÍTULO XXIII VEÍA a Strickland con bastante frecuencia y. salvo usted. señor Stroeve. la bilis me forzó. Yo no había aceptado sus cuadros sino para condescender al señor Stroeve. pero había en Strickland una fuerza misteriosa que atraía al voluminoso holandés a pesar de su voluntad.le interrumpió ella con las lágrimas en los ojos. todos conocieron el éxito en vida. El éxito es el único criterio. te pido que te calles! . Créame usted.le interrumpió su mujer.nos dijo . ¿Cómo puedo saber si Strickland es esa excepción o se encuentra entre los cien restantes? Ha bastado alguna vez el mérito para forjar el éxito? ¡Vamos. Aquella misma tarde fuimos con Stroeve al negocio de ese comerciante de cuadros donde podría por fin ver dos o tres telas de Strickland. com . que de ellos no se puede esperar nada de talento. debo reconocer. Sin embargo. precisamente.he molestado. que tampoco vendían. El marchand ignoraba el motivo. se nos anunció que éste las había retirado. no hago el ejercicio suficiente. como tú sabes. los habría vendido. Me lanzó una mirada suplicante pidiéndome a las claras que acudiera en su ayuda. sabía muy bien que a guisa de acogida. Si se hubiera presentado la ocasión. -No vayan a creer ustedes .exclamó Dirk. en herirla. se iba resuelto a no ocuparse más de él. de cuando en cuando.que me quemaré la sangre por esto. Nadie se lo reconoce. ¿por qué me toleraba Strickland: Nuestras relaciones eran singulares. Delacroix. Llegará un día 'en que esos dos o tres cuadros valdrán más que todos los que usted tiene aquí. con su paciencia agotada. persona alguna. http ://w ww. decía siempre cuanto pensaba. nunca demoraba en volver tan humilde como un perro azotado. -Le doy mi palabra de honor que estoy convencido de que entre nuestros contemporáneos no hay un talento más esclarecido que el suyo. Lejos de respetar la susceptibilidad de los demás. -¡Por favor. la abundancia de los detalles más realistas provocaba la risa. recibiría el temido puntapié: Y a mí. -¿Por qué no? -Sus necesidades no me -conmueven. Los redondos ojos de Stroeve se redondearon aún más. en verdad . lo que nunca deja de interesar. pero. Ingres. A veces permanecía sentado. además.le respondí. -¡Vámonos! . Ciertos días. Miguel Ángel.l ibro dot. mas al llegar. En sus buenos momentos.36 La Luna y Seis Peniques W. su frente reflejó un gesto de viva angustia.me dijo Stroeve -. se le ha escapado un espléndido negocio de las manos. querida? Jamás volveré a tomar un purgante. Las variaciones de su carácter me desconcertaban.haciendo un movimiento despectivo con sus hombros -. Desde hace tres días me era imposible. silencioso y como absorto. jugábamos al ajedrez. Recuerde el caso de Manet: nadie quería pagar cien francos por sus telas. mas en la época de Manet existían cien pintores tan interesantes como él. pero los giros de su espíritu brutal y sarcástico eran imprevistos y. Ahora. el de su amigo está aún por demostrarse. al comprender que Blanca estaba disgustada. ruborizada. pero me fue imposible no estallar en carcajadas. Llevo una vida sedentaria. por el contrario. -¿Te . ¿Y ahora? -Es verdad. señor Stroeve. El rostro de Stroeve se alteró y sus labios imitaron cierto gesto de los niños taimados.

Habría preferido no oír esta ingenua llamada a mi compasión. el retrato de un plomero retirado de los negocios. entró y fue a sentarse a mi lado. -Eso me es indiferente. con un destello de cólera en los ojos. Somerset Maughan -Como usted sabe. -Si usted quiere. -¿Por qué? -En el fondo. ¡qué de remordimientos acosarían su conciencia! -Haga la prueba.le aprobé riendo. blandía.. mientras repasaba su barba. Strickland sonrió con desprecio. Si aquello ocurriese. El jugador experimenta un sentimiento de suficiencia al ver sus piezas alineadas para el combate. Me miró un instante. y en la mejilla derecha un enorme lunar erizado de largos pelos. -Usted bromea. Pasaron varios días sin que nos encontrásemos. Si me agrada alguno. Cuando la hubimos concluido. Comenzamos a jugar. y la partida nos absorbió luego. por mora en el pago. que voy a prestarle ese dinero? -¿Qué podría impedírselo? -Usted me sorprende.37 La Luna y Seis Peniques W. -¿De qué se ríe? . se lo compraré. naturalmente. -¿Se imagina usted. El pobre pasó por un período de sobrecogimiento. com . Sin embargo. -¡Váyase al diablo! Se levantó y se dispuso a partir. -Eso es cosa suya.. no tengo un franco. me colgara de una viga y. Strickland estaba en sus buenos días. y finalmente las lágrimas asomaron a sus ojos. Colocamos las piezas y. en verdad. El desgraciado Stroeve era uno de esos seres nacidos para hacer el ridículo hasta en las situaciones más patéticas. Pasó por sus ojos un gesto de indiferencia y removió su ajenjo en silencio. Se podía detestar a Strickland. Parecía un cordero aturdido. se acordó de mí. Nadie podría negarle habilidad para descubrir los puntos sensibles del infortunado holandés. y cuando Stroeve se nos reunió cargó contra él con una ironía feroz. por otro de estupor. -Si se hubiese conmovido. además. yo lo habría despreciado. arrojado del cuarto en que vivo. a él debo los recuerdos más agradables de aquel invierno parisiense.. Lo repentino del ataque desconcertó a Stroeve. -Quisiera ver la cara que usted pondría si yo. . cuando el tablero estuvo dispuesto. No sólo le disparaba la flecha del sarcasmo. -`Una partida de ajedrez? -le propuse. por lo tanto. tengo un trabajo.l ibro dot. él se quedó mirándome con satisfacción. lo que me fastidia sobremanera. Lo detuve: -¿Y no paga su ajenjo? Lanzando un juramento tiró el dinero sobre la mesa y salió. usted es un sentimental. -¡Vaya una cosa curiosa! . -¡Vamos! Por lo visto. Sonreí. leía el diario. -¿Y si me muero de hambre? -Puede creerme que no me preocupa en absoluto. roja como una pierna de cordero asada..gruñó. una tarde en que yo. muéstreme sus cuadros. -No. Sabía que él deseaba tener su retrato. y. no se ha colgado usted.. -Usted es un ser admirable. -¿Y qué tal el modelo? -¡Soberbio! Una cara de borracho. el garrote de la invectiva. Estoy haciendo. nadie puede estar obligado para con usted. Le daré veinte francos de comisión. se podía hallar innobles sus procedimientos. dije a Strickland: -Escuche usted: ya que se encuentra sin dinero.. por doscientos francos. pero no era posible contener la risa.¿Y cómo lo obtuvo? -Por recomendación de mi panadero. no se reconoce obligación alguna para con los demás. instalado en el café. Por fin. En su hogar se http ://w ww.

Esta fecha hablaba a su sentimentalidad. Stroeve vino a invitarme a pasar la velada en su casa. y no podía soportar que un día símbolo de la fraternidad humana el pintor. Pero. ella salía de compras. -Sí . ¡Qué suave. Esta vida casi idílica alcanzaba una elevación singular. como una disonancia sin solución. Dirk seguía siendo siempre grotesco. en cuanto a Stroeve. siempre inclinada sobre sus costuras. después de una querella más violenta que las habituales. como una salida brutal que. La sencillez que iba adherida a todos los actos y gestos de Stroeve era una nota curiosa. Debe estar solo. En vano trataba yo de hacerle comprender lo insensato que era buscarle al azar en París. Pero luego llegó el artista francés que ordinariamente jugaba con él al ajedrez.contestó el francés. ¿cómo no ser feliz con un marido que era el tipo del enamorado fiel? Bien podía ella envejecer. CAPITULO XXIV Poco antes de Navidad. Strickland no aparecía. Y por las tardes. -Está enfermo . Stroeve estaba cada vez más angustiado. http ://w ww. preparaba las comidas. era el menos vulgar y el más humano de sus rasgos. pero perder este tiempo precioso es tal vez para peor.l ibro dot. Mientras Dirk pintaba. ¡Pensar que puede morir ignorado de todos! ¡Es horrible! Vamos. qué quieta imagen la de aquella pareja cuyo candoroso amor irradiaba una gracia tranquila! Naturalmente. ¿Dónde vive? -No tengo la menor idea .respondió -. tan infatigable como la laboriosa hormiga. Blanca se ocupaba de la casa. Su vivienda se componía de un taller. escuchaba a Dirk interpretar una música que ella no comprendería jamás. Por eso. nos instalarnos en las banquetas tapizadas del interior. Desde hacía dos o tres semanas. Somerset Maughan respiraba un ambiente muy grato. Stroeve palideció. si he comprendido bien. lanzada en medio de una escena dramática realza la punzante belleza de ésta. Stroeve le preguntó si había visto a Strickland. Me parecía prever cuántos regalillos absurdos colgarían de sus ramas iluminadas.38 La Luna y Seis Peniques W.respondió -. ¿Lo ignoraban ustedes? -¿De gravedad? -Sí. y vino a sentarse a nuestra mesa. Había hablado dos o tres veces con él. sin familia se encontrase abandonado a su melancolía. perder la redondeada plenitud de sus líneas. Pero la cercanía de las festividades lo enternecía. El humo de los cigarrillos hacía el aire irrespirable. Sin embargo. comunicando al piano su alma sencilla. Yo creía adivinar los sentimientos de su mujer. Ninguno de nosotros sabía su dirección. ¡El pobre Strickland pasaría la Navidad solo! Le atribuía espiritualidad. y ya puede ser demasiado tarde. prefirió hacerme testigo de la reconciliación. Un poco que demoremos. ninguno de nosotros había visto a Strickland. Algunos camaradas que se hallaban de paso en París me habían absorbido el tiempo. Stroeve tocaba con gusto. Ante todo había que preparar un plan. pero la sinceridad de su pasión lo hacía simpático. exuberante y romántica. Si Blanca poseía el más remoto sentido del humor. debía reir de buenas ganas al verse sobre un pedestal y adorada con tanta ingenuidad. la mujer más hermosa del mundo. temía volver a encontrarse frente a Strickland. su expresión conciliadora. y se había propuesto reunir a sus amigos con todas las ceremonias tradicionales. -¿Cómo no me ha avisado? ¡Qué necio he sido al disgustarme con él! Vamos a verle en seguida. había jurado no volver a dirigirle la palabra.le interrumpí con impaciencia. Como hacía demasiado frío para sentarnos afuera. -Tranquilícese y déjeme reflexionar . en el taller. Strickland no estaba en el café. muchas veces con bastante sentimiento. y tanta tierna afección 'me conmovía. Stroeve había colocado un árbol de Navidad en su taller. quizá. el olvido demasiado rápido de las afrentas tiene algo de humillante. cosía. com . Nos encaminábamos a la Avenue Clichy. para él seguiría siendo siempre la misma. un dormitorio y una pequeña cocina.

A mi espalda. guardaba silencio. Nadie respondió. entre algunas tacitas con pintura y dos o tres espátulas. que no estaba cerrada con llave. Somerset Maughan Sólo conocía una dirección: el «Hotel des Belges». Vivía en frente. la cajera conocía a Strickland. No tiene usted nadie que le atienda? Profundamente entristecido. Strickland. en cuya casa había golpeado. Me dirigió una mirada llena de ira.39 La Luna y Seis Peniques W. Stroeve temblaba. un caballete. Tomé la perilla de la puerta. Hace varios días que no lo veo. ¡Es horrible! -Tenía algo de agua . Apenas si se distinguía que se trataba de una bohardilla de techo inclinado. vacía. http ://w ww. -¿Y si ha muerto? -No hay peligro. Con su manía de los misterios.l ibro dot. el señor que vivía allí pintaba. y se me ocurrió que este hombre podría orientarnos. Por qué no me avisó? ¡Bien sabe que yo haría cualquier cosa por usted! ¿Acaso por lo que le dije la última vez? Estuve muy precipitado. dió una ojeada a la " sórdida bohardilla.exclamó Stroeve -. debió haber callado su nuevo domicilio. mi pobre amigo! ¿Qué tiene usted? No imaginaba que estuviese enfermo. algunos racimos de uva y un poco de pan. con los ojos fijos en él. Me procuré un anuario comercial y consulté la lista de los panaderos. Sobre la mesa. por otra parte.respondió el portero con placidez -. En uno de los rincones de la pieza distinguí un lecho. Dirk subió precipitadamente la escalera. -Sea razonable. Feliz con la ideade ser útil en algo. ¿Encontraríamos un cadáver en él? -¡Idiotas! ¿No tienen fósforos? La voz de Strickland. indicando una jarra con un brazo descarnado y velludo. Cuando llegué a lo alto. para mí no era mucho. él conversaba con un obrero en mangas de camisa. profundamente irritado. para abrigarse. Temblaba de miedo. -Si tiene tanto empeño en hacer algo por mi. un lecho. lo creíamos muerto! . com . -Nada. migas de pan. Hace dos días que no puedo salir. El portero nos dijo que lo encontraríamos en el último piso. y entré. la mudanza se remontaba a unos cinco años atrás. -¡Oh. Cerca de ella y sobre un periódico.exclamó Stroeve. Tuve la visión rápida de una pequeña habitación. lo que. algunas telas vueltas hacia el muro. que respiraba con dificultad.le dijo Stroeve. Stroeve dió un paso hacia la pieza de Strickland. y en seguida se volvió hacia mí con un gesto de duda. Pero no lo veía desde hacía una semana. Habría preferido recorrer las calles que desembocan en la Avenue de Clichy preguntando por Strickland de puerta en puerta. Según creía. Stroeve se -echó escaleras abajo con precipitación. en verdad. Con la voz temblorosa de emoción. me puse a buscar una vela. Divisé al pie de la cama una botella de leche. Déjeme instalarlo como es debido. -¡Váyase al diablo! . -¿Hace dos días que no come ni bebe? . Dios mío. He sido un estúpido al enojarme.dijo el enfermo. Los hechos me dieron la razón.dijo Stroeve -. -Voy en seguida . que Strickland había dejado hacía ya mucho tiempo. recordé que gracias a las recomendaciones de su panadero le habían encargado un retrato. y donde de seguro ni siquiera lo recordarían. -Y qué ha comido usted? . Nadie respondió.dijo por fin-. -Es muy posible . -Parece que está enfermo . había algunas. A la pálida claridad de un fósforo. Llamé. Stroeve me acompañó de mala gana.le pregunté. Necesita algo más? Le sugerí que trajera un termómetro. vaya a buscarme leche . seguido de Stroeve.gruñó Strickland. había un cabo de vela. Había tres en la vecindad inmediata. que partía del fondo de esas tinieblas. En el cuarto reinaba la más densa obscuridad. y se había echado encima. cuanto había encontrado a mano. medio dormitorio y medio taller. Era necesario visitarlos. -Strickland . Strickland se hallaba tendido en un lecho demasiado pequeño para él. Este hombre indicaba una puerta. me sobresaltó. que no alcanzaba a transformar en penumbra la obscuridad. Stroeve se acercó a él: -¡Oh. No había chimenea. ¿Continuaría de otro modo frecuentando el mismo café? Por fortuna. una mesa y una silla.llamé. Permanecí tranquilo. En el segundo negocio que visitarnos. A través de una pequeña lumbrera penetraba un débil resplandor. Bastaba verlo para comprender que tenía una fiebre feroz. Luego trató de arreglarle la cama.

Yo me encargaré de todo. -Querida. sonriente.l ibro dot. ¿Te imaginas que si el enfermo fueses tú. Este pensamiento me impediría dormir. Y. Su voz tenía un timbre frío y seco. un campesino italiano levantaba. Strickland se volvió. moribundo. Le tomé el pulso. ¡Tenía cuarenta grados y algunas décimas! CAPÍTULO XXV PRONTO lo dejamos solo. tengo algo que pedirte . Quizá lo salvemos. A su lado había una muchacha de' ojos negros. Lo instalaremos en el taller. Ella levantó hacia él sus ojos con esa serena gravedad que era uno de sus principales encantos. ¡Lo odio! -¡Oh. Stroeve tuvo una pequeña sonrisa. Yo estaba sorprendido de ver a Blanca tan agitada. insistió con porfía. En el caballete. eso nunca! -No te niegues querida. Como-yo. por otra parte. Se halla solo en una bohardilla y sin nadie que lo atienda. Se pasó un pañuelo por la cara y me miró para implorar mi ayuda. y. pero cuando estuvimos en la calle. eso no es posible! ¡Te lo suplico. Blanca retiró vivamente las manos. amor mío. por lo demás. en realidad.refunfuñó Strickland. no tienen nada de maravilloso. Vengo a pedirte autorización para trasladarlo a nuestro taller. necesita ser tratado con extrema dulzura. Ellos. yo no soy un genio.le dijo. traía varias velas. un racimo de uva. consentí. -Es un gran artista. Le formulé dos o tres preguntas. el holandés me pidió que lo acompañara a su taller. No podemos dejarlo reventar como un perro. -Strickland está muy enfermo. se puso en seguida a preparar una sopa de leche. -Poco me importa. como insistiera. No te molestará. nadie te lo impide. El rostro de Dirk brillaba de transpiración y traicionaba una cómica agitación. Sus ojos se enrojecieron: -¡Oh.40 La Luna y Seis Peniques W. Sólo estás contento cuando te pisotean. Dirk paseó por el taller una mirada llena de desconsuelo. pero yo no encontré nada que decir. Me ofrecí para ir en busca de un médico y acompañarlo en seguida a examinar a Strickland. Si quieres ir a cuidarle. él movería un dedo para ayudarte? -¿Y qué importa eso? Te tendría a ti que me atenderías. eso es todo. pero sus ojillos redondos y admirados traslucían una ardiente claridad. Continuaba poniendo la mesa. indudablemente. jugo de carne y una lámpara de petróleo. -¡Oh. Diez minutos más tarde llegaba Stroeve rendido de cansancio. Stroeve se sobresaltó. com . -¡Me impacientas! le dijo por fin -. permíteme traerlo! Nos ocuparemos juntos de él. -¿Y si se muere? -Peor para él. Listo y desenvuelto. Nunca le había visto hacer un movimiento tan brusco. tal vez. Dirk se acercó a ella y le tomó las dos manos. no viera lo mucho que podía hacer un médico en tales circunstancias. pero débilmente. contra el muro. http ://w ww. Latía con rapidez. no entremos a comparar. Dirk se iba a comer a su casa. Somerset Maughan -¡Qué imbécil! . felices de respirar el aire fresco . -¿Y el hospital? -¡El hospital! Necesita manos tiernas. No puede permanecer donde se encuentra. Además de lo que le había indicado. Blanca estaba disponiendo los cubiertos. Creí comprender la actitud de su mujer.el ambiente viciado de la buhardilla nos tenía casi ahogados -. querida mía. Tomé la temperatura al enfermo. mas sin obtener respuesta. pero sus manos temblaban. Sin querer explicarse. -¡Vamos! Me exasperas con tu ingenuidad. irritado. todavía recuerdas el día que vino a ver mis cuadros! ¿Qué significa que los haya encontrado malos? Fuí un idiota al mostrárselos.

y lo admiro de todo corazón. y en mi casa no entrará nadie sin tu consentimiento. me mantenía a distancia. Al cabo de un momento. Algo terrible nos sucederá. Entonces volví a oír la voz de Stroeve. Sus lágrimas desbordaron. ¿y por qué? -Tengo miedo. Me aterra.y lanzó sobre Stroeve una mirada huraña.. tranquilízate! Me tienes loca. Ella hizo un gesto de fastidio. a quien quieras: a un ladrón. Blanca cerró los ojos. ocultando el rostro entre las manos y sacudiendo convulsivamente los hombros. no. ¿quiere decir que no. bien pudo haber sido cortés. -Nunca lo recibiré. Su tranquilidad habitual hacía aún más extraña esta agitación. yo salgo de aquí! . Nos hará mucho mal. bien lo sabes.le dijo sin dureza. te prometo recibirlos a todos lo mejor posible y de buen corazón. . Espero que no creerás que yo me imagino tenerlo.l ibro dot. Somerset Maughan -Aunque no le hubiesen gustado. -¡Estás en tu casa! Aquí todo te pertenece. Se echó entonces sobre una silla. -Eres mi mujer. a su lado. -Amor mío. Si él viene. sus labios rojos mostraban un gesto que nunca le había visto: el verdadero perfil de un jabalí espantado. lo siento. -¡Déjame! . pero es también un pesado fardo para quien lo posee. deseando pasar inadvertido. Y dirigiéndose a mí con una pobre sonrisa: -¿Qué pensará usted de mí? Stroeve. se comprimió el corazón con las dos manos. Ante todo..41 La Luna y Seis Peniques W. perplejo y vacilante. Lloró también. Pero. ¿Cómo lo voy a impedir yo si tú quieres traerlo? La redonda faz de Dirk se iluminó. como para detener sus insoportables latidos. ¿verdad que no serás -tú quien retroceda ante un pequeño sacrificio? -¡Si él entra en esta casa. sería mucho más cómodo atenderlo aquí . tan buena. querida? .. Al mismo tiempo. Su rostro reflejaba una angustia inexplicable.declaró Blanca con violencia. Lo sé. todo terminará en una desgracia. sé reconocer el de los demás. por fin. -Pero no sólo porque reconozco su talento es que insisto . Bastante molesto por esta escena doméstica. tan suave. Debemos mostrarnos muy pacientes e indulgentes con ellos. la rodeó con sus brazos.respondí yo -. ¿Por qué había querido Stroeve mi presencia? Su mujer estaba a punto de llorar. como si fuera a desmayarse. com . Su frente se había arrugado. Pero. ¡Oh. ella se levantó y se secó los ojos.parecía no haberse dado cuenta en el primer momento de lo que acababa de decir su marido . tesoro mío! De súbito ella volvió en sí . es un genio. Dirk cayó de rodillas. y ahora tú le lames las manos. Un temor sin nombre la dominaba. -Bueno. ¡qué molestias ocasionaría! Seguramente habría que permanecer a su lado día y noche. Stroeve la miró. pero también. lo odio! -Amor mío. -¿Consientes? ¡Ya sabía yo que no podrías negarte. -Te suplico que no me impongas la presencia de Strickland. le prodigó las más tiernas frases. -Yo haría cualquier cosa por ti. -¿Por haber hecho una buena acción? Ahora Blanca jadeaba.. -¡Oh! Dirk. Sé que es la verdad. te lo ruego. -¡No te reconozco! ¡Tú. desde que nos conocemos no te he pedido nunca nada. El genio es lo más maravilloso del mundo. por lo menos. ¡Nunca! Stroeve se volvió hacia mí: -Explíquele usted que se trata de una cuestión-de vida o muerte. consternado.. -Entonces. no comprendo. Nadie está por encima de ti en mis afectos. a un borracho. que sonó en el silencio con un acento extraño: -¿No te han tendido nunca una mano generosa cuando te has hallado en una angustia amarga? Sabrás http ://w ww.continuó Stroeve -. Aparte de él. No podemos dejarlo en ese abandono. -En verdad. la miraba de hito en hito. se trata de socorrer a un ser humano enfermo y pobre. Nunca la habría creído tan nerviosa..¡Pero tú desatinas! -No. la abrazó.concluyó. ¿por qué insultarte? Ha demostrado que te desprecia. al último vagabundo de esas calles.. tan caritativa! -¡Oh. Pero en cuanto a Strickland.

con tal de tentar el caprichoso apetito del enfermo. Pero su mujer me sorprendía más aún. lo vestimos. -Tráelo. Estoy convencido de que debe su vida a la paciencia y firmeza de Dirk. Jamás dejó traslucir su odio encarnizado por el intruso. pero estaba demasiado enfermo para poder resistir las instancias de Stroeve y la tenacidad mía. durante las largas horas de obscuridad? Ante Strickland tendido en el lecho. ahora parecía empeñarse en tomar parte en las atenciones del enfermo. CAPÍTULO XXVI AL día siguiente trasladamos a Strickland. Nunca he visto un enfermo más difícil de atender. ni siquiera hablaba. No olvidaré jamás la paciencia llena de tacto con que le persuadía de la necesidad de alimentarse. Como admirara su destreza. Sin embargo. con un resplandor insólito. no pedía nada. sus ojos afiebrados. es verdad. ¡Qué miradas deslumbrantes me echaba entonces para hacerme ver la notable mejoría de Strickland! Stroeve era sublime. No comprendí qué podía confundirlo.¡Amor mío! Stroeve quiso tomarla en sus brazos. Ningún rasgo de su actitud hacía recordar su vehemente oposición del día en que su marido habló por vez primera de instalar a Strickland en el taller. Por lo mismo. al contrario. me sorprendió su efecto. me respondió. en una presencia palpable.l ibro dot. se ingeniaba de mil maneras para aliviarlo. Es grotesco. Las maldiciones de Strickland no lo afectaban. -¿Lo sigue odiando usted? -Mis que nunca. Los ojos de Dirk estaban fijos en el suelo.pregunté cierta vez a Blanca. él fingía no oírlo. se manifestaba de buen humor y se divertía burlándose de él. -¿Habla durante la noche? . sino porque parecía recibir con disgusto los cuidados que se le prodigaban. Si Strickland regañaba. pero era porque preveía sus deseos. pero ella se desprendió: -Nada de efusiones ante extraños. no tenía. Su barba rojiza había crecido como una maleza. ¡Haré por él todo lo que pueda! . Una vez creímos que se moría. Blanca se estremeció y envolvió a su marido en una larga mirada. con sus fuerzas agotadas. compraba sin vacilar las cosas más caras. Se dedicaba a cambiar sus sábanas sin molestarlo. Toda su sangre pareció agolparse en el corazón. fijos en el vacío. Pero su tono presuntuoso me hizo sonreír. No porque fuera exigente o quejumbroso. -Nunca. con su minúscula sonrisa en los labios.me respondió. ¡Insoportable personaje! Tan pronto como estuvo fuera de peligro. Cuando el paciente. La enfermedad duró seis semanas. Un calofrío la sacudió. Fue necesaria mucha insistencia. un sarcasmo. http ://w ww. Dirk acentuaba su ridiculez para provocar sus chistes. A cada manifestación de interés que se le hacía respondía con una mueca. por cierto. ligeramente aliviado. ¿En qué pensaba ella. desorbitados por la enfermedad. y todavía más paciencia para que aceptara. Me hallaba confundido. No subsistía vestigio alguno de la emoción que acababa de agitarla. un juramento. que había trabajado antes en un hospital. pues no se quejaba jamás. no tuve escrúpulo alguno en echárselo en cara: -¡Váyase al diablo! . para palidecer luego más y más hasta tornarse casi blanca. A pesar de sus sordas maldiciones. Se revelaba una enfermera no menos asidua que hábil. sentada a la cabecera del enfermo. yo experimentaba una impresión de siniestra fascinación. Somerset Maughan entonces lo que es eso. Estando. lo metimos en un coche y lo subimos luego hasta el taller del holandés. si se mostraba agresivo. como estaba. Dirk. Durante la primera quincena fué necesario pasar las noches a su lado. se dejó acostar sin mayores protestas. brillaban. Stroeve y su mujer se turnaron. se conformaba con reír. más esquelético que nunca. com . Stroeve había abandonado todos sus trabajos para dedicarse por entero a Strickland. imaginaba ardides increíbles para inducirle a ingerir las drogas prescriptas.42 La Luna y Seis Peniques W. Sus recursos bastaban apenas para las necesidades de su hogar. Nada lo desalentaba. ¿Y vas a negarte tú a alargarla a un desgraciado cuando se presenta una oportunidad? Estas palabras no tenían nada de extraordinario. Le hablaba poco. Habríase dicho que el silencio se materializaba a nuestro alrededor. lo lavaba con toda solicitud. dinero que derrochar. Blanca había recuperado el dominio de sí misma. Lo cuidaba con ternura y devoción. Un ligero rubor subió a las mejillas de su mujer.

sus ojos azules parecían inconscientes. y ahora exagerados por la enfermedad. su aspecto acusaba una sensualidad demasiado brutal. no era fácil creerla capaz de la violencia que había presenciado. ¿Cómo describir la impresión que me producía? A pesar de la casi transparencia de su envoltura carnal. Algo de primitivo emanaba de su persona. Tendido de espaldas. http ://w ww. como de costumbre. demasiado extraordinario. sin pronunciar una palabra. Somerset Maughan Me miró entonces con la tranquila mirada de sus ojos grises. ¡Con qué serenidad había aceptado todas las fatigas! Pero la relaciones de Blanca y Strickland lo desconcertaban. descubrí en la expresión de su fisonomía un sello de angustia que me impresionó vivamente. En ese instante. desbordaba de admiración ante la inagotable bondad de su mujer. sus rasgos.me decía . De súbito. Diríase que procedía de esas fuerzas obscuras que los griegos personificaban bajó formas medio humanas y medio animales. además. cuyo canto quiso rivalizar con el de Dios. para retener una sonrisa. El pobre diablo que se ha caído al agua y ha escapado milagrosamente de la muerte tiene esta traza mísera entable cuando. manecía sentado en el taller. Al ver su plácido rostro. Dirk volvió la cabeza. pero. y tal vez . En el corazón de Strickland vibraban armonías desconocidas. por cierto. Ella continuó observándolo. habiendo concluido una parte de mi trabajo. pero sin reconocerme. Nos hallábamos reunidos todos en el taller. per. esta sensualidad deslindaba con lo inmaterial.una cierta angustia.¿mas por qué? . -¿Creerá usted .43 La Luna y Seis Peniques W. CAPÍTULO XXVII PASARON dos o tres semanas. Sus aficiones me admiraban. No comprendí lo que reflejaba la de Blanca. ancha e inelegante. al aproximarse. para poder calificarlo sencillamente de feo. y me dirigí al Louvre. Su barba hirsuta y sus cabellos de apóstol. flotaban formas nebulosas. Strickland se dió vuelta y se puso a examinar el techo con descuido. Tenía en el taller dos mullidos sillones y un gran diván acolchado. La elección de sus lecturas revelaba los rasgos incompatibles de su naturaleza extravagante. y me pareció reconocer una dé las camisas de Strickland entre sus manos. ¿Qué misteriosas emociones podían aportarle aquellas frases sutiles y obscuras? De Mallarmé. no excluía la grandeza. sin moverse. Se leía en su faz una perplejidad singular. a pesar de la aparente contradicción. Demasiado débil aún para volver a pintar. Yo charlaba con Dirk. Al ver a aquel hombrecillo medrado y regordete hube de vencerme. es difícil hablar de espiritualidad. Su espalda. absorbido sabe Dios en qué sueños y fantasías. pues cierto día lo encontré solo en el taller y sentado en un banco de tres patas.respondió decepcionada. ya de ordinario más acentuados que lo que manda Natura. -Es abyecto. Una mañana. Por fin. se da cuenta de que su situación no pasa de lo grotesco. sino porque no sabía apreciarlos. éste guardaba silencio. No le quedaba más que la piel y los huesos. Pensaba en Marsyas desollado. como el sátiro y el fauno.l ibro dot. Vagué largo ato por sus salas. Una silla de cocina era su preferida. También solía leer. Strickland no se sentó nunca en ellos. Mi imaginación se adhería a las impresiones que me evocaban. No porque presumiese de estoicismo. divisé a Stroeve en la gran galería. -¡Abominable! Stroeve. ella levantó la vista y sus miradas se cruzaron. Preveía para él un fin de torturas y desesperanzas. com . Blanca zurcía. pero. Vi detenerse sus ojos sobre la mujer de Stroeve y pintarse en su rostro un gesto de ironía. tiritando aún. ¿No era curioso. La ropa le quedaba como los jirones de un espantajo. y su mirada se detuvo en mí. no obstante. En uno o dos días más podría levantarse. Tras los lentes. y de repente su fisonomía tomó una expresión indefinible: Pronto dejó Strickland la cama. ¡Cómo me exasperaba! No había visto jamás un ser humano tan totalmente desprendido del medio que le rodea. mirando los cuadros que tan bien conocía.que los he visto permanecer horas enteras sin cambiar una palabra Strickland mejoraba visiblemente. resolví dar' e un descanso. comprobar que sobre su estado de debilidad permanecía indiferente a las comodidades? Stroeve era aficionado a la comodidad. moviendo los labios a la manera de los niños. Le ha agradecido siquiera cuanto ha hecho por él? No . le daban un aspecto extraordinario. pasaba a las novelas policiales de Gaboriau. Devoraba los poemas de Mallarmé.

Me dijo que me por qué no lo mandó usted al demonio? Me puso en la puerta. cuando.44 La Luna y Seis Peniques W. llena de vacilación. Sus manos temblaban. Oí la campanilla y fui a abrir. -No me ha permitido pintar. -No sabía dónde ir . El holandés. lleno de indignación. Miré perplejo a Stroeve. no lo veía bien. en general' tan rosada. después de una comida solitaria. com .l ibro dot. La corrida continencia de Dirk me dió deseos reír. acababa de llegar a mi departamento y me disponía a leer. estaba marmórea. Y lo escuchaba exasperado. Su mirada se desvió. sorprendido.:Qué le ocurre? . fijos en los míos. -Strickland necesita estar solo para trabajar. Evidentemente. ¿y qué hay con eso? -Yo mismo se lo ofrecí.Qué le ha pasado? http ://w ww.le repetí -. -¡Gracias a Dios que lo encuentro! . y su brillante rostro enrojeció. en sus ojos bovinos. Estuve a punto de hacerle una broma.expresó -. ¿qué dice su mujer? -Iba de compras. Imposible comprenderlo. temía la discusión. Serían las diez de la noche. tratando de ser jovial. CAPITULO XXVIII EL enigma me fué despejado una semana más tarde. -¿Qué ha ocurrido?-le pregunté con energía. Pase por aquí hace ya un rato. Ahora podía examinarlo con comodidad.le pregunté. Vaciló y enrojeció. -Y a todo esto. -`Cree usted necesario que yo lo desembarace Strickland? Dirk tembló. Me hallaba frente a Stroeve.exclamó. Saludó y se alejó. ¡Cuántos camaradas comparten sus talleres! Siempre he pensado que sería ideal tener alguien con quien conversar cuando se está cansado de trabajar. -Hacia mucho tiempo que no entraba en el Louvre. -¿Por qué anda usted con ese aspecto? . Si no hubiera conocido sus hábitos de sobriedad habría creído que estaba un poco ebrio. sonrió con ingenuidad. Cambié de opinión: no era el alcohol lo que lo había transformado. hacia uno de los cuadros. inquieto ante su agitación. Somerset Maughan Lo llamé.le pregunté. El desorden de su ropa me sorprendió. Dirk cortaba su narración con pequeños silencios dolorosos.. -Comí un poco tarde. -Strickland está pintando en mi taller. No está aún lo suficientemente fuerte para que vuelva a su bohardilla. Creí que podríamos pintar los dos. No cabía duda: había bebido. -No. brillaban dos lágrimas. -¿Puedo entrar? En la penumbra de la entrada. ¿Podía yo luchar con él? tiró el sombrero y cerró luego la puerta con llave. Lo hice pasar y le ofrecí asiento. lo confieso avergonzado. -Bueno. No comprendo nada. es preferible que usted no se mezcle en el nto. -¿Y entonces? . y he venido a ver si hay algo nuevo. pero usted no estaba. Su tez. -¡Dios mío! ¡Pero si el taller no es suyo! Stroeve guardó silencio. pero me llamó la atención el timbre de su voz. Pero yo creía que usted tenía un cuadro que terminar esta semana. Me parecía un colegial pillado por su maestro en el momento de cometer a falta. Le pregunté: . -¿La dejará Strickland entrar? -No tengo idea. -.

como usted recordará. A pesar de su calma aparente. Ya no vacilaba. Stroeve se detuvo una vez más y se sonó ruidosamente. --Escúcheme .. sin reproches. No ves que quiero a Strickland? Iré donde él vaya. El corazón me pesaba como plomo. había exigido su expulsión. y que.. »-La culpa es tuya. pero apenas hube recuperado la plena posesión de mi espíritu. Esta vez la angustia del generoso holandés me impedía sonreír. Enmudecí de estupor.. Seguía silbando como si nada de eso le concerniera. Por fin. Stroeve me explicó el resto. La idea me hizo estremecer. Tú lo trajiste casi a la fuerza. Strickland no despegaba los labios. Estaba arrepentido de mis palabras. ya que ha venido a verme. ella se había empeñado en excitar sus celos. Necesitaba mi taller. -gimió. habría esperado que le dijeran algo semejante . Ellos están en mi casa. buscó su sombrero. no como si se divirtiera.. Les he cedido el departamento. Creí que iba a desmayarse. ante la última hazaña de tan cínico personaje.» Dirk se dirigió entonces a Strickland: «-Tenga usted compasión de ella. -En fin. " si Stroeve se había tinado. Vuelva usted a su casa y trate de enmendar su sinrazón de cualquier manera honorable. -Usted no comprende. reconocí lo absurdo de ella. ahora no había duda posible .¿Cómo puede ser tan ingenuo? Supongo que no va a ocurrírsele tener celos de Strickland. No le permita cometer semejante locura. ¿Y qué le respondió? -Se rió. Ni su amor apasionado. haría muy bien en volver a su casa. -Esta tarde mi paciencia llegó a su término. seguramente la había herido. Comenzó a juntar sus cosas.. ¿Cómo tomar en serio esta hisoria? No creía una palabra. ella lo había rechazado.. podía muy bien haber dejado el taller jurando no volver más a él. evocada sin cólera.le interrumpí.le dije -. No va usted a decirme que su mujer es rencorosa. se lo ruego. Su relato tomaba un giro inesperado. Ya volverá a verla. sino como si encontrara estúpido al que tiene por delante. No puedo vivir contigo». fundido en lágrimas y con voz temblorosa. entristecido -.. impaciente -.. Le había suplicado que no lo abandonase. Para vengarse. -Nadie. Preparaba su paquete silbando. Entonces. reprimí una carcajada y continué -: Usted sabe muy bien que no podía soportarlo. http ://w ww.l ibro dot. Dirk. Strickland guardaba silencio. lanzó un suspiro las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus redondas mejillas. »-¿Y no sabes tú que él no podrá hacerte feliz? Por ti misma te ruego que no te vayas. ni su abnegación de todas las horas. hombre. Mi primer pensamiento fué que su exagerada antipatía por Strickland había concluido por exasperarla. cuénteme todo. déjame partir en paz. Permítame ofrecerle un whisky. Stroeve se interrumpió. Hable seriamente a Strickland y le hice ver que. entonces no es su mujer quien lo ha abandonado! Confiese: des usted quien ha huido? -No me hable así. com . -No se aflija usted. Somerset Maughan Blanca se ha fugado. Hecho el paquete.observé -. Quise hablar. todo lo que podría necesitar.y sólo Dios sabe el ingenio de los hombres para atormenarse se había apoderado de Stroeve la idea de que Strickland gustaba a su mujer. No imaginas lo que te espera. sin ocuparse de nosotros. por una o por otra razón . . Pero el pobre hombre era verdaderamente muy desgraciado. . Yo le había traído de su casa. y entonces Blanca dijo: «Me voy con Strickland.45 La Luna y Seis Peniques W. Supuse que. Sin embargo. Se ha enamorado de Strickland. Es un arranque de mujer encolerizada. «-Dirk. pero no pude pronunciar una palabra. y pidió a Blanca papel e hilo para hacer un paquete. Usted conoce su manera de reír. pero le trajo el papel y el hilo. -Y usted desatina . ni la felicidad pasada. salvo Strickland.. existía algo que no comprendía. -Ella estaba muy pálida. -Usted no comprende nada repitió Dirk. Respiraba con dificultad. ahora que estaba repuesto. Un pensamiento diabólico hacía brillar sus ojos. sabía capaz de un arrebato. habían logrado conmoverla. Hablaba con dificultad. -¡Bueno. -¿Cómo quiere usted! . Con su torpeza habitual. Se había acercado a su mujer para tomarla entre sus brazos.

»-Te he adorado como no lo ha sido nunca una mujer. cayó de rodillas y le agarró las manos.--Estás loca.dijo Blanca. en seguida. Dirk no lograba enternecerla. «-La idea de que te halles en esa horrible bohardilla me sería insoportable. Cerró luego los ojos.» Ella no respondió. »-Ya lo sé. Blanca tomó su abrigo.dijo entonces Strickland.» http ://w ww. te suplico que me concedas un minuto. Me esforzaré una vez más por hacerte feliz. Escúchame. »-Cómo? »-Buscaré. «-¡Pobre infeliz! . No me lo niegues.prosiguió con calor -. Un instante más y desaparecía. Nadie la obliga a venir. Su rostro seguía helado. y en un instante Stroeve rodó por el suelo. Strickland no tiene un franco. allí no puedes vivir: sería horroroso. y la hacia íntima y amable en su hogar. Después de todo.» Stroeve se puso de pie. «-¡Querida. «-¡Amor mío! . Dirk. Sólo la presencia de su mujer daba ale. com . como para grabar esta visión en su recuerdo y. Haces el ridículo. ¡Ser tratado de este modo en su presencia! En la lucha. «.» Ella se detuvo y lo miró con esos ojos pensativos que para él no reflejaban sino indiferencia.¿Y bien?» Con un esfuerzo enorme. No conoces el cuchitril de Strickland. Stroeve consiguió volver en sí. ¿Ignoras por qué ha tardado Cante en reponerse? ¡Estaba medio muerto de hambre! »-Ganaré dinero para él. Un furor ciego se apoderó de él. De súbito. »-Levántate. a pesar de su enfermedad. «-Sé razonable. Ya encontraré un medio. »-Llevarás una existencia imposible. No vas a poder vivir de aire ocho tiempo.» Stroeve recorrió el taller con una mirada llena de fastidio. <. -él rompió a llorar. »-¿Tú?» Ella estaba estupefacta. Dirk. sus anteojos habían caído.gimió por fin-.l ibro dot. Ella los recogió y se los alargó sin pronunciar una palabra. no te vayas.. ¿Qué te ha ocurrido?» Ella se encogió despectivamente de hombros. Es lo último que pido. »-Si yo me acomodo.» Un pensamiento terrible cruzó el espíritu del holandés. Blanca se acercó hasta la mesa y se apoyó ella. »-Ya he tomado mi resolución . Somerset Maughan »-Eso es asunto suyo. ¿por qué no me lo dijiste? Habría cambiado. «-¿Puedo irme ahora? »-Espera otro momento. perdóname. En seguida. mas. «-¿Adónde vas a ir? . por lo menos sin grandes privaciones.46 La Luna y Seis Peniques W. no puedo vivir sin ti.» La insolente calma de Strickland _terminó por hacer perder Stroeve su ordinaria tranquilidad. Blanca permaneció impasible. »-¿Con qué objeto? Ya he tomado mi decisión. se puso el sombrero y avanzó hacia la puerta. y lo lanzó precipitadamente sobre el seductor de su mujer. ¿qué te puede importar? »-Espera un minuto. Strickland tambaleó. Stroeve se precipitó hacia ella y. Dame una última oportunidad.gría a aquella estancia. indiferente. soy yo quien se irá. me mataré! Si te he herido. «-No es ésa la cuestión . ocultando la cara entre las manos. fuertemente asido a ella..continuó -. conservaba aún un poco de vigor. Si te he disgustado. Aquí vivirás. He hecho todo por ti.» Stroeve se levantó. «-No. Los otros lo observaban silenciosos e inmóviles. estarás aquí en tu casa con la misma razón que yo.» Dirk se sofocaba. se levantó y cogió su sombrero. con frialdad. No los encontraba. y nada me hará desistir. olvidando toda dignidad. ¿Cómo puedes ser tan cruel? »--No es culpa mía.

.» Colocó varios billetes sobre la mesa. porque no la quiere. Quiero que sepa que no la abandonaré jamás. usted carece del más elemental amor propio. ¡Oh. y él. él sentía mi desaprobación. con un gesto maquinal. -Al contrario.» Salió y cerró la puerta tras él. «-Quisiera dejarte la mitad de lo que tengo. Había un lápiz sobre la mesa. inverosímil. -Sí.l ibro dot. Celoso de todos los hombres que ella http ://w ww. ¿Concibe usted a una mujer feliz con Strickland? Esto no durará mucho. es algo corriente: todos lo encuentran natural. sentándose en su banco de tres patas. por cierto. Siempre he sido celoso. --¿Qué habría hecho usted en mi lugar? -Blanca sabía lo que hacía. ¿Podía yo dejar que mi mujer viviese en semejante miseria? -Eso es asunto de ella.. -Yaya una lógica! ¡Lo sensible es que todos los hombres no piensen como usted! De súbito vino a mi memoria el recuerdo de aquella expresión indefinible que se traslucía en los ojos de Blanca. ¿Comenzaba ya a adquirir conciencia del amor que se apoderaba de ella? ---. Aquello parecía imposible. y sacó de él algunos billetes. Dirk adivinó mi sentimiento porque prosiguió: -No esperaba ser amado como yo la amaba. Sin duda. ¡Entonces reconocería ella la falta que le hago! Sola.. -¡La quiero más que a mí mismo! Creo que cuando el amor propio se mezcla al amor. sonreí.se esforzó por sonreír -. Me decía: sólo son celos. ¡qué gran alivio siento al hablar! ¡Oh!. aquello sería horrible! No parecía guardar rencor alguno. Te agradezco toda la felicidad que me has dado. ¿cómo explicarle la terrible angustia de mi corazón? Lanzó lejos el lápiz. lo sabía desde hacía quince días. ¿Cómo voy a censurarla por haberse enamorado de Strickland? -Decididamente. En mi silencio. Con este aspecto de bufón que tengo no llevo muchas probabilidades de gustar a las mujeres. la reanudación de la vida en común. -¿Por qué no invitó entonces a Strickland a retirarse? -No podía creerlo.. -¿La quiere usted aún? -Más que nunca. -¿De modo que usted estaría dispuesto a perdonarla? -Sin vacilar. humillada. pero tanta bondad me chocaba. y encendiendo un cigarrillo.. En seguida tuvo una idea: «--¿Quieres empaquetar mi ropa y entregársela a la portera? Vendré a buscarla mañana . querida. es porque en el fondo uno se ama a sí mismo por sobre todo. Somerset Maughan Abrió el cajón donde guardaba el dinero.. Era más que improbable.47 La Luna y Seis Peniques W. Lo supe antes que ella. Dirk no respondió. Ni Blanca ni Strickland pronunciaron una palabra. -Si mis preguntas le disgustan. com . El regreso al hogar del marido hastiado de la aventura. ¡Tanto peor para ella! -Usted puede decir eso. era un prejuicio estúpido.explicó tímidamente -. Seguramente. -Usted conoce las costumbres de Strickland . con el corazón hecho trizas.No tuvo usted alguna sospecha antes? -le pregunté. ¿Por qué han de ser otras las reglas cuando se trata de la mujer? Muy a mi pesar. Me pareció ver a Strickland arrojando entonces su sombrero sobre la mesa. sin nadie que la acoja. lo confieso. nada le obliga a responder. lo tomó y se puso a garabatear un papel. Adiós. pero había logrado disimularlo. exclamar para sí: ¡Qué imbécil! CAPITULO XXIX REFLEXIONÉ durante un momento sobre lo que Stroeve acababa de referirme.

no. guardar silencio. Creo que fué sincera cuando se opuso al deseo de su marido de llevar a Strickland al taller. Por cierto. Somerset Maughan conocía. Es una emoción que no tiene defensa contra la pasión. el placer de ser deseada. Debió lavarle los brazos y las piernas cubiertas por un vello espeso. Tal vez le temía. comprendía que los importunaba. el halago de un hogar y una amable vanidad. con sensualidad en la boca y desprecio en los ojos. ¿verdad? Pero me permitía amarla. en la seguridad de que el ano _ a llegará. dormir: Quería salir. para dejarlos solos. Y ahora. pues la tomé por el resultado de una simple atracción física. a lo que la mujer aduce un valor espiritual. y recuerdo que presentía un desastre. Blanca no me inspiraba simpatía alguna. sin saber por qué. a lo que la he obligado! ` . pero objetó que no podría. verdaderamente. y ella odiaba a Strickland porque sentía que él poseía el poder de darle lo que hacía falta a su modalidad material. y ella lo odiaba. no supe qué hacer. ¿qué piensa hacer. a su marido. como puede crecer la vid adherida a cualquier árbol. al volver. Para ello era indispensable deshacerme de Strickland con suavidad. sin satisfacerla. Le obligué a tomar una dosis de veronal: era la paz de la conciencia durante algunas horas. y que lo que parecía amor no era más que la respuesta femenina a las caricias y al bienestar que en la mente de la mayoría de las mujeres pasa por amor. esa parte de su naturaleza. Por fin. después debía secarle la boca sensual y la barba roja. de todo corazón. ¿Qué mejor servicio podía hacerle? CAPÍTULO XXX PERO mi lecho improvisado carecía de mayores comodidades. sino a Blanca. pobrecita. ¿Y cómo prever entonces la decisión de Blanca? Comprendí que. a quien poco importaba que yo estuviese o no. Dirk deploraba haber hablado. repasé en mi mente las confidencias del desgraciado. com . Pienso que después. ¡Si siquiera hubiese esperado algunos días! No debí precipitarme. Es necesario que ella me encuentre cuando me necesite. se dejó convencer. seguro de que todo concluiría por arreglarse. Es una emoción compuesta por la satisfacción de sentirse segura. Stroeve parecía completamente desamparado. Me encogí de hombros.le dije para concluir. mas lo que pensaba de ella habría afligido al desolado Dirk. grande y fuerte. Sospeché que la violenta aversión que Blanca sentía por Strickland tenía por origen cierto elemento de atracción sexual. las http ://w ww. agotado.48 La Luna y Seis Peniques W. Rendido. sin discusión. Le era imposible abandonarse a sí mismo. Era inevitable amarlo u odiarlo. Y. él no esperaba otra cosa. y le cedí mi cama. Voluntariamente. ¡Oh. Cuando por fin tuve la certidumbre. Durante esa noche de insomnio. y comenzó en el acto sus. -¿Qué puedo hacer? ¡Esperar que me llame! ¿Por qué no se va de París por algún tiempo? No. salía durante horas enteras. No creo que nunca haya amado. por el orgullo de la propiedad. ¡La angustia de los celos era menos cruel que la separación! -Tuve ganas de matarlo. caminar por las calles hasta el amanecer. quería castigarme por esas sospechas indignas de mí. No a Strickland. y la sabiduría del mundo reconoce su fuerza cuando aconseja a las muchachas casarse con el primero que las pretenda. si usted supiera cuánto he sufrido! Una vez más me relató su tentativa para alejar a Strickland.l ibro dot. y eso bastaba para mi felicidad. Blanca no me quería como yo la quería. celoso hasta de usted. usted? . 1 Hubo un largo silencio. pero sólo conseguí cubrirme de ridículo. A mí me bastaría con el diván. Le aconsejé que se acostara. Y era lo natural. Es posible que el horror que tenía al pintor no era más que el reflejo del que se tenía a sí misma al sentirse perturbada ante esa presencia salvaje y descuidada. Le levantaba la cabeza para alimentarlo y la sentía pesada en la mano. Es un `sentimiento pasivo capaz de despertarse por cualquier objeto. Mis besos la estremecían de horror. preparativos. Y al secarle las manos. La acción de Blanca Stroeve no me intrigó mayormente. Quién soy yo para descifrar las misteriosas complicaciones del sexo? Quizás la pasión de su marido excitaba. Lo persuadí que pasara la noche conmigo. ¡Oh. dejó escapar lo que yo estaba leyendo en su espíritu. ¿Una escena? ¡Se habrían burlado de mí! Creí preferible disimular. la diaria intimidad con el enfermo debió haberla conmovido extrañamente.

Invocó su desgracia. y se las confió íntegras. y esa aspiración misteriosa que le impulsaba ciegamente hacia un des. No supone el amor. Seguía huyendo. No lo creía capaz de amar. CAPITULO XXXI AL día siguiente. sacrificando la felicidad de otro. que Strickland se http ://w ww. dedos hábiles y creadores de artista. sin t moverse. y cedió al deseo por no tener otra cosa que hacer. Incapaz de guardárselas para sí. y cuando al fin la alcanzó. Ella se negó a hablarle. y todo lo que había compuesto su vida hasta ese momento no contaba para nada. Habría sido tan absurdo criticarlo como reprochar al tigre sus instintos sanguinarios. someterse a su yugo. se las comunicaba a cuantos encontraba. Todos los días. considerada y egoísta al mismo tiempo. Ni el amante más experimentado cree por un momento que su amor tendrá fin. Me ofrecí para ir a buscarle sus efectos al taller. Ahora bien. la piedad. Cierta vez no pudo resistir. Pero cada cual concibe la pasión según su temperamento. para darse cuenta. y se aferra a ellas como a algo tangible. Pero tal vez todo esto no sea más que fruto de mi imaginación. quién sabe qué pensamientos perturbadores habrán despertado en ella. se esforzó por moverla a compasión. a pesar de mis insistencias. Ignoraba lo que eran la gratitud. ¿Soñaría con ninfas que corrían por los bosques de Grecia perseguidas por un sátiro? Ella huía entonces desesperada. Si consentía en perdonarlo. y quién sabe si no esperanzado en decidirla a volver con él.. Apasionadas protestas se mezclaron con sus excusas. Esperaba que no se los hubiesen embalado. por fin. Blanca salía de compras. Vanos serían cuantos esfuerzos se hicieran para analizar sus sentimientos.l ibro dot. ni consigo mismo ni con los demás. Sus ilusiones pasan a ser una realidad.49 La Luna y Seis Peniques W. Pero el capricho en sí era algo que no podía comprender.mente. de que estaba presa en una trampa preparada por ella misma. Juguete de una fuerza extraña. agitado. El enfermo dormía muy tranquilamente. un Strickland no podía amar sino a su manera. habría arrancado de su corazón todo lo que pretendiera levantarse contra él. se comprenderá que me pareciera a la vez demasiado grande y demasiado pequeño para el amor. Quizás no sentía ni amor ni odio por él. la acosaba. Somerset Maughan hallaba fuertes y vigorosas a pesar de la debilidad del enfermo. pero él insistió. Tal vez odiaba todavía a Strickland. buscando una simpatía que no le conducía sino al ridículo. En vano me atormentaba reflexionando sobre esta acción tan contraria a la idea que me había formado de él. Stroeve salió temprano de casa. Quizás ella estuviera simplemente harta de su marido y lo que la llevó hacia Strickland no fué más que la curiosidad. eran rasgos que estaban de acuerdo con su carácter. y él. pero cada vez lo sentía más cerca. Strickland era el menos inclinado a esta flaqueza. no pudo callarse sus miserias. el amor no está nunca exento de sentimentalidad. a la misma hora. y ella pensaba en los en. Le rogó quisiera escucharlo. Así tuviera que desgarrarlo. parecía muerto. pero lo deseaba. Sin aliento. de todos los hombres que había conocido. Que burlara la confianza de un amigo. tenaz y silenciosamente. Le aseguró.tino desconocido. y tener así un pretexto para ver a su mujer. pero prefirió ir personal. hasta que el aliento del perseguidor le calentaba la nuca .. En una palabra. pierde su libre albedrío. grises? La conducta de Strickland también seguía siendo un enigma. ante todo. Cómo podía saber yo qué pensamientos y emociones escondía esa frente plácida y aquellos ojos frescos. compleja. y el conserje le dijo que Blanca había salido. imploró. era una hembra. era el deseo. y ninguno de los escrúpulos que nos detienen en nuestros impulsos existían para él. com . haría lo que deseara. una ternura? Puez bien. Sus dedos largos. con pie alado. Jamás habría soportado ser poseído por el amor. que no vacilara en satisfacer una fantasía. hacerlo pedazos. El amor es exclusivo: arrebata de sí mismo al enamorado. Dejó de ser una mujer amable. No concebía a Strickland enamorado de Blanca. Naturalmente. Si he logrado reflejar la completa impresión que me producía Strickland. demasiado tarde. ¿fué terror o éxtasis lo que sintió su corazón? Blanca se encontraba en las garras crueles del hombre. Blanca dio media vuelta y siguió apresurada su interrumpida marcha Me parecía ver las piernecillas cortas y gruesas de Stroeve tratando de alcanzarla. Strickland no conocía la ternura. y la esperó en una esquina.sueños que él estaría soñando. Pero todos los paquetes lo esperaban en la portería.

Nada puede compararse a la crueldad de una mujer para con el hombre que la ama y a quien ella no corresponde. Con mucha frecuencia lo veía de pie en una esquina que quedaba cerca del taller. en el norte de Holanda. Nunca alteró la hora de sus salidas. y vivía con su mujer. El dolor no impidió que aumentara el volumen de su barriga. Su sombrero era demasiado pequeño. El canal cruzaba extensos prados verdes donde giraban al viento las aspas de los molinos. donde vivía _ su familia. y no habría tenido embarazo en decírselo. transportada por una loca indignación. de rasgos descompuestos. Dirk se llevó la mano a la mejilla. que tanta miseria acabaría por conmoverla. Muchas veces me había hablado de la aldea silenciosa. CAPITULO XXXII DEJÉ de ver a Strickland durante varias semanas. Una figura pálida. Su indiferencia iba amalgamada con una especie de crueldad. Supóngase que le ocurra una desgracia. Si trataba los asuntos de los demás con cierto tacto. El ridículo se apegaba a Stroeve hasta la desesperanza. ni de indulgencia. El golpe le ardía aún. A pesar de su naturaleza afable y generosa. acumulaba torpeza sobre torpeza. pero algo temo. Sus ojos expresaban a la vez un dolor desgarrador y una grotesca estupefacción. El relato de esta repugnante escena. Los ricos comerciantes que exportan sus mercaderías a las Indias lejanas. por lo menos. -¿Qué quiere usted que ocurra? -No sé. Al referirme el incidente. ¿Por qué odiaba así a este desgraciado? Me esforcé por hacerlo entrar en razón. y aprovechando la consiguiente confusión de su marido. en un viejo y rústico caserón de ladrillos rojos. las casas conservaban su severa sencillez. Lo único que queda es molerla a palos. permanecen siempre desamparados ante la indiferencia universal. me costaba no reírme. sin duda. Stroeve ocultaba la pasión de Romeo en el cuerpo de sir Toby Belch. las apariencias de un comerciante acomodado. más que nunca. trataba de poner en sus ojillos redondos la súplica de su corazón. habría tenido cierta elegancia. -Es necesario que esté aquí cuando me necesite repetía -. Un sentido real de la belleza. Pero ella parecía no advertir su presencia. Así. y lo llevaba con ínfulas de «dandy». Me inspiraba repugnancia. Tenía. ni trató de cambiar de camino. El padre era carpintero. en los hombros de otro. golpeó a Dirk en la cara con todas sus fuerzas. Creía. No renunciaba a su americana negra. no sabe de bondad. Allí. -Con los medios que usted emplea no logrará cosa alguna. en que había demostrado tan poco buen sentido y dignidad. habían pasado en ella los dos últimos años de sus vidas reposadas y prósperas. a pesar de mi compasión. No era posible tolerar tranquilo tanta debilidad.50 La Luna y Seis Peniques W. Somerset Maughan cansaría pronto de ella. Su figura era la de un colegial reñido del que. pero él no había perdido un gramo y sus redondas mejillas parecían dos manzanas maduras. Era gente modesta. y no me encuentre. los recuerdos de la infancia mecerían la pena de Stroeve hasta adormecerla. escapó y subió corriendo la escalera del taller. En una decadencia llena de dignidad. Tomó entonces la costumbre de seguirla. y mostraban ufanas el sello de un pasado esplendoroso. Pero él se negó a ir. Me encogí de hombros. Cuidaba mucho de su persona.l ibro dot. de calles amplias y desiertas. demostraba no poseer ninguno para los suyos. Desde hacía doscientos años la ciudad languidecía. Blanca lo encontraba sin cesar ante sus pasos. La reprimenda traiciona con mucha frecuencia aquella grave satisfacción de sí http ://w ww. una rara ternura de sentimientos contrastaban en él con modales desmañados y con la incapacidad más absoluta para crear otras cosas que no fueran vulgaridades. El ganado blanco y colorado pacía con indolencia. dejaría de despreciarlo. com . Tal vez experimentase un placer al torturarlo. que. ¿pero podía salir en su busca nada más que para ello? No era yo el llamado a defender los fueros de la moral. Le aconsejé luego que se fuera a su país por algún tiempo. No queda esperanza alguna en la vida para los infortunados que llevan en sí tal desequilibrio. Como ya no se atrevía a acercársele. habría inspirado lásitma. Blanca se detuvo bruscamente. a la orilla de un canal. me llenó de irritación.

exclamó -. -¡Oh! ¿Y la observó usted. Espero sus preguntas. un signo de desesperanza o amargura. sus ojos tan tranquilos como en la época en que la veía afanarse en la atención de su marido. y no tuve ocasión de hablar con ella.gimió. había algo más incierto? ¿No se ven día a día personas a quienes sus actos deben conducir al desastre. Pero. traicionaba un carácter arrebatado hasta la crueldad. Tomado de sorpresa. que la quería con tanta devoción. tomándose la cabeza con ambas manos -. me dejé arrastrar a la mesa donde Strickland se sentaba siempre. encontrarla cambiada. esta actitud para vivir al día. Blanca me tendió la mano y me deseó las buenas tardes. habría sido necesario perder toda sangre fría.l ibro dot. Para lanzarse en la más arriesgada de las aventuras. Qué se ha hecho de usted durante todo este tiempo? . La mujer de Stroeve seguía la partida con un semblante impenetrable. -Dícteme lo que quiera que le diga. http ://w ww. juntas sobre sus rodillas. Pero una tarde. Su cordialidad estaba demostrando que adivinaba mi deseo de rehuir su presencia. pero ahora excedía todos los límites: me era imposible conseguir que se tranquilizara. se dirigía hacia su rincón favorito. en "el fondo. Bien me constaba que era capaz di las más violentas cóleras: el golpe de Dirk. Con él eran inútiles todas las amabilidades. y que ahora yo evitaba. no obstante. tengo tanto temor! ¡Espero algo terrible. La pareja parecía encontrar tan natural la situación. al pasar por la Avenue de Clichy. pero siempre lo había sido. y no puedo hacer nada. que sentí lo absurdo de cualquiera otra actitud. Yo buscaba en sus rasgos una expresión reveladora. La brutal franqueza de Strickland me inducía a huir de cuanto pudiese parecer afectación. sus manos. nada para impedirlo! -¿Pero qué teme usted? -No sé qué . exactamente. Para entrar en el terreno de la acción. no encontré qué responder. recto y bien cortado. Stroeve había sido siempre un ser impresionable. había renunciado a la protección segura de su marido. Acompañado de Blanca. Somerset Maughan mismo. ¿Y acaso no conocía él mejor que yo eso perfecto dominio de sí misma que caracterizaba a su mujer? Dirk juntó sus manos con emoción. Esta sed de imprevisto. El pidió el tablero. y su frente seguía tan cándida. se oponía a sus condiciones de dueña de casa. -¡Oh. yo creía. ¡Qué notable contraste existía entre su mentalidad compleja y su expresión de reserva y sobriedad! -¿Y eso qué importa? Hasta los más insignificantes detalles sobre sus actos me interesan. Ningún pliegue sobre su frente traicionaba una inquietud: su rostro permanecía tan rígido e impasible como una máscara. en efecto. siquiera? Tuve un gesto evasivo. escapar a las consecuencias de su locura? -¿Cree usted que ella volverá a su lado? -Por lo menos quiero que sepa que siempre podrá contar conmigo. Esperaba no sé por qué. parecían no saber lo que era movimiento. cuyo lado burlesco sólo escapa a los ingenuos. que tanto conocía. era en vano. -¿Quiere que juguemos una partida de ajedrez? . que Blanca terminaría por encontrar intolerable su vida con Strickland. Tomé una hoja de papel. Preveo una catástrofe. Esto es lo que deseo que usted le transmita. trataba de encontrar en sus ojos un vislumbre. ni una alusión me habían dado la menor idea sobre los sentimientos de Blanca. pero llevaba el vestido gris. -¿Qué tal la encontró usted? Idéntica. com . y que logran. a una situación sin inquietudes ni preocupaciones. -¿Y por qué no lo vemos por estos lados? -No faltan los cafés donde matar el tiempo.le respondí -. estaba aquí. -No .propuso Strickland. Ni una palabra. ¿Parecía contenta? -¿Cómo quiere usted que lo sepa? Jugamos al ajedrez con Strickland. Contra mis deseos.51 La Luna y Seis Peniques W. Como él. Estaba silenciosa. nos encontramos inesperadamente. Le suponía en el extranjero. frente al café que él frecuentaba.

-¿Y ella ha muerto? -No. -Ayer tarde tuvieron una escena. de mi café con leche. el terror dilataba sus ojillos redondos. ella no me escuchó. cuando la portera subió llevando una carta. procuraba evitarlo. -Esta mañana.dijo con voz débil. Oscilaba como un péndulo. agitaba las manos en el aire. Por fin. Cierta mañana me encontraba trabajando en mi casa. la llevaron al hospital. Mis pensamientos vagabundeaban. jadeantes y sudorosos. avisaron a la policía. Ni en las noches podía gozarse de esa frescura que templa los nervios exasperados. Cerca. Estaba harto de tan despreciable historia.Tómese el tiempo que quiera. tranquilícese usted! ¡Ya tendremos tiempo de conversar! ¡Cálmese! Incapaz de expresarse. com . Oyó entonces ciertos vagos gemidos. Lo encontrará siempre en la siguiente dirección. recalentadas. oxálico. El doctor me aconsejó que no permaneciera más ante su vista. Distinguí la voz de Stroeve que preguntaba por mí. Tenía muchas cosas que hacer y no disponía de tiempo para pensar en él. pronunció dos o tres palabras confusas y aisladas. Hacía 'varias semanas que no veía a Strickland. que le hice ingerir como a un niño. Por qué afirmaba que se había dad e muerte? -No se enoje.le dije. no podré contar. ya vacía. -Perdóneme . -¿Qué? . Sus sentimientos para con usted no han cambiado en absoluto. ¡Oh. será feliz de poder serle útil. casi sin comprender lo que oía. Las calles. y http ://w ww. le grité que pasara. Dirk se interrumpió. parecían seguir reflejando el sol que las había quemado durante el día. Como la puerta no estaba cerrada con llave. compartía la convicción de Stroeve de que la armonía entre Blanca y Strickland duraría poco.gritó con voz ronca. pero no imaginaba jamás un desenlace como el que tuvo. Si me apremia. hastiado con sus vanas lamentaciones. Strickland ha partido. mi criada aseaba el baño. Stroeve se ocultó la cara con las manos. -¿Conservaba el conocimiento? -Sí. -¡Se mató! . -Blanca se negó a hablarme. mas no logró emitir sonido alguno. y pidió a los que la rodeaban que me sacaran de allí. Tragó un sorbo. Sin levantarme. Tenía a mi lado un plato con algunas tostadas y la taza. No hay por qué apurarse. Sobre la mesa había una botella de ácidos. pero un poco de líquido se derramó sobre la pechera de camisa.le nada. agitaba las manos en el Incapaz de expresarse. etc. Sonó la campanilla: fueron a abrir la puerta. El inesperado visitante se precipitó al interior. En cuanto a Dirk. haciendo un esfuerzo . si usted supiera cómo sufre! Corrieron a casa del doctor.l ibro dot. Los transeúntes erraban. Sus labios se esforzaron por articular algo. Había llegado el verano.» CAPÍTULO XXXIV Como he dicho. -¿Quién se mató? -¿Con que objeto formulaba yo esta pregunta útil? Dirk trató de reponerse. Blanca yacía en el lecho.le pregunté con impaciencia -. se me llamó. Tras sus lentes. -¿Entonces qué decía usted? . nadie salió a abrir. Lo tomé de los hombros y lo sacudí fuertemente.pregunté yo. Bien duro debía de ser lo que le quedaba por referir. entró. Un lamento continuo se esca paba de sus labios. No le guarda rencor alguno. ya deformados por los cristales. Llené un vaso con agua de Saint-Galmier. Evocaba las soleadas playas de Inglaterra y la frescura del mar. lívida. Somerset Maughan He aquí lo que me hizo escribir: «Estimada señora: »Dirk me ruega le haga saber que si algún día usted necesita de él. Yo había entregado veinte francos a la portera con el objeto de que me enviase a buscar a la menor alarma. -Déjeme sentar .52 La Luna y Seis Peniques W. -¡En nombre del cielo. tórrido y sofocante. Aunque yo juraba que perdonaba todo.

que venía dispuesto a perdonar. en' general. Aquellos ojos habían contemplado todo el horror. por lo menos. y él fingió mirar los cuadros. la promiscuidad de la sala común. porque cuando estuviese cura no le haría valer ningún derecho: ella conservaría toda su libertad. Está demasiado débil. Tal vez en uno o dos días. Su único deseo era ayudarla. -No hay peligro inmediato . pero salió casi en el acto: la enferma rechazaba toda visita. -Si desea ver a alguien.53 La Luna y Seis Peniques W. Sólo quiero su felicidad. Después de subir una escalera y recorrer interminables corre-dores. -No me atrevo a insistir . Le habíamos enviado decir que. Cuando le hice ver que era el marido. como sustra idas de súbito al imperio de la voluntad. donde nos recibió una enfermera. permanecían serenos. Blanca estaba un poco mejor. lo examinó con una curiosidad saturada de ironía. Por último. Dirk le suplicó que realizara esta misión lo antes posible. aceptó mi invitación de quedarse a vivir unos días conmigo. pero seguramente no ha sido suficiente para ocasionarle la muerte. Sin embargo. Ignoramos la dosis de veneno ingerida. Por otra parte. CAPÍTULO XXXV APENAS sé cómo llegamos al término de ese día. que debía despedir cuanto antes. sin cesar: «Sáquenlo!» Me fuí a esperar al taller. Los labios de Stroeve temblaron.. a la misma hora. y desinteresadamente. -Pero ¿no hay alguien a quien vería con agrado? . pero lo abandonó en seguida y se puso a girar hacia el vacío con desesperación. Nos expresó que Blanca estaba muy mal para recibir ese día. -Se lo diré cuando esté menos agitada. Su solo aspecto causaba profunda impresión. Aquel gnomo barbudo de blusa blanca y modales insolentes no veía allí sino un caso como tantos otros. en caso de que no deseara ver a Dirk. para que ella no me viera . A la mañana siguiente volvimos al hospital. se lo traeré. y http ://w ww. -Tal vez le haga bien. hizo lo posible por mostrarse interesado en el juego. La religiosa entró su cuarto para anunciarnos. por fin. Para él. com . me dijo que había tomado a sala individual para su mujer. Las manos de Stroeve se agitaron de manera extraña. Lo llevé al ouvre. Y cuando llegó la ambulancia y colocaron a Blanca en la camilla me obligaron a ocultarme en la cocina. Llegamos al hospital. Stroeve insistió en llevarme en seguida al hospital.. mas. La hermana volvió a la pieza. Yo le afirmaría su amor y su perdón. Al momento oímos el grave timbre de su voz. le di un calmante para los nervios. Antes de alejarse nos agregó que si volvíamos al día siguiente. encontramos. pero me di cuenta de que sus pensamientos estaban muy lejos. el servicio lo requería. Blanca no representaba sino una unidad más que agregar a la estadística municipal de las tentativas de suicidio del año. Le ruego quiera hablarle en seguida. y después del almuerzo lo induje a recostarse un rato.dijo la hermana -. Somerset Maughan ella repetía. y lo trató con atrevida violencia. un lúgubre edificio de varios pisos. Durante las oras de la noche jugamos innumerables partidas de piquet. todo el dolor de la humanidad. Los ojos llenos de benevolencia de la religiosa se detuvieron sobre él. Mientras me vestía. No es sino un gesto destinado a excitar la piedad o el temor en el objeto de sus amores. sonriendo con simpatía. y el estado de Blanca lo permitía. . Se nos llevó de oficina en oficina. y yo me agoté en el afán de distraerlo. a fin de evitarle. al médico interno de servicio. y cayó en un sueño tranquilo. Agradecido. El tono de su voz denotaba un desprecio glacial. saciados con la visión de un mundo sin pecado. Stroeve no quiso quedarse solo un instante. podría entrar yo solo.dijo -. me explicó por qué deseaba mi presencia: si Blanca se obstinaba en no recibirlo. ¿Hay algo más vulgar que la histérica que se envenena después de una disputa con su amante? En el primer momento tomó a Dirk por el amante.l ibro dot. su marido podría verla. Le di un libro para que leyera. y. pero no pudo dormir. Durante el camino. y en los visitantes ansiosos no otra cosa que unos importunos. toman todas las precauciones necesarias para que falle. quizá aceptara hablar conmigo..preguntó Dirk en voz baja. Lo obligué a comer algo. para no disgustarme. -Dice que todo cuanto desea es que la dejen en paz. El suicidio por amor es muy corriente entre las mujeres.

.. Era su primer sueño natural desde hacía una semana. Somerset Maughan luego otra voz. Su extremo agotamiento le impedía llorar. Responde sin inmutarse.dijo por fin -. Mi corazón se agitó. muy tranquila. En aquel momento habría sido capaz de matar a Strickland como a un perro. y permanece horas enteras inmóvil. y se arrojó. no. cuando desperté. la hermana no pudo engañarlo. y me senté junto a la puerta. como si tuviera prisa por deshacerse de la muerta. lías ¿cómo Blanca no le reclamaba? Quizá ella salía que todo sería inútil. Stroeve iba al hospital. de hablar. nadie acompañó el ataúd al cementerio. que no reconocimos: -No. vi entrar en mi departamento a Stroeve deprimido y roto. dócil como un niño. Yo. Strickland y la policía. Esta vez su locuacidad ordinaria lo había abandonado. por la mañana. Cuando ella perdió el conocimiento se me permitió entrar. esperé que Dirk sintiera la necesidad de desahogarse. a la horrible prisa del cochero de la carroza fúnebre. Lo dejé descansar. Su mirada parecía acechar la llegada de la muerte. Nuestro cochero. la ceremonia no fué muy larga. La religiosa reapareció y movió la cabeza. -No. Vana habría sido toda frase de simpatía en aquellos momentos. . De cuando en cuando yo divisaba por la ventanilla a la carroza dando tumbos y vaivenes. no. pero súbitamente se produjeron las complicaciones temidas. CAPÍTULO XXXVII ESTE deceso requirió toda suerte de formalidades penosas. Tenía la boca y la barba quemadas por el ácido. A pesar de su compasión. habría sido demostrar falta de corazón. él seguía durmiendo. luego. principalmente. dos veces al día. -¿Je ha confiado ella el porqué de su actitud? -pregunté a la hermana. Dirk ahogó un grito de espanto.l ibro dot. que se negaría a venir. me hallaba imposibilitado para leer. por su parte. Todo el mundo ha sido muy bondadoso. comprendí que venía a anunciarme el desenlace. cuando una tarde. No quedaban esperanzas.54 La Luna y Seis Peniques W. Tenía todavía los anteojos puestos. No la creí muerta hasta que la hermana lo afirmó. Le insinué entonces que bajase a esperarme en la puerta de entrada. dejó. por eso. Cuando le toqué el brazo dió un salto de sorpresa.¿Es su voz la que acabamos de oír? . Estaba abrumado de fatiga. ¿Qué abismo de crueldad habría divisado para haber querido renunciar a la vida? CAPÍTULO XXXVI LA semana siguiente fue dramática. entretanto. -¡No diga eso hombre!. no habla. -El ácido ha quemado sus cuerdas vocales. ¿Qué misteriosos impulsos habían movido a aquella criatura? Sólo Strickland debía conocerlos. Parecía haber perdido completamente la voluntad. Por fortuna. cada vez más quieta e inmóvil. Ya no era cuestión sino de algunas horas. Me ha parecido tan extraña. Lo abrigué con algunas ropas y apagué la luz.le pregunté yo -. Azotaba sin piedad a los caballos. Mientras le mantuvieron la esperanza de una curación. -Usted ha sido muy bondadoso conmigo . el pobre hombre conservó su confianza. ¡La almohada está empapada! Su estado de debilidad es muy grande para poder servirse de un pañuelo. No se había movido. sobre mi diván. Stroeve yacía inerte. a hora avanzada. Mi voz se ahogaba cuando me despedí de la religiosa. http ://w ww. Luego se durmió. que ciertamente lo habría interrogado. pero no cesa un instante de llorar. se alejó. Como si sus miembros hubiesen perdido todo vigor. Al otro día. inerte. com . tranquilizarse. ¡Si usted hubiese visto aquella hermosa piel cubierta de llagas! Se extinguió suavemente. Parecía inconsciente. La infortunada Blanca. Sólo después de múltiples gestiones se consiguió el permiso para la inhumación. Me dieron una silla. gracias. Sentado ante la ventana y fumando. Sin hacer una objeción. -En hospital me dijeron que esperase. ¿Dónde estaba él? Seguramente en el cuchitril que le servía de taller. Fuera de nosotros. Blanca persistía en su negativa de verlo. Encontré a Dirk en la escalera. a in formarse sobre el estado de la enferma. y las lágrimas corren por sus mejillas. Regresamos en silencio.

¿Por qué no irse a Italia y reiniciar el trabajo? Una vez más él guardó silencio. Se sentía un paria. tan meticulosa.una frase de circunstancias . Por fin. -Quisiera ir al taller. -Me voy de París mañana. Sus pensamientos se detenían sobre esta visión. mas ahora pienso en él corno en mi único refugio. pero nuestro cochero vino en su ayuda. sólo me atraía París en fiesta. transcurridos en aquella casita tan alegre. -Muy bien. Tal vez no nos volvamos a ver. Después de conducirlo hasta la puerta. Era algo más fuerte que yo. en nada me concernía esta lamentable historia.55 La Luna y Seis Peniques W. Di las indicaciones del caso al cochero.. Durante cinco generaciones de padres a hijos. Yo me sentía feliz. se dirigió hacia nosotros. -Hace cinco años que no veo a mis padres. Somerset Maughan excitaba a sus bestias para no quedarse atrás. -Quiere que lo acompañe? . Suspiró y calló. Acogió mi respuesta . Disminuyendo la marcha. hasta esos primos distantes cuya filiación se pierde en la noche de los tiempos. lleno de alivio.con una sonrisa forzada. me atraía el variado espectáculo de los carruajes. Vestía de riguroso luto y llevaba una ancha. -Hay que volver a la vida normal.le pregunté. Ya creí haberlos olvidado. se había ido con la traición de Blanca. en Vista de que no me vería obligado a acompañarlo. Nada lo retiene aquí. com . me empeñé en abordar otro tema cuando nos hallábamos de regreso. vino a buscarme para comer. Su desesperanza era a la vez penosa y patética. me alejé. y la vida tranquila y sin imprevistos http ://w ww. sino para Holanda. -Mi padre quería hacer de mí un carpintero. -¿A qué dirección conduzco a los señores? -Venga usted a • almorzar conmigo . una muchacha de ojos azules y cabellos rizados. Dirk no había vuelto a su casa desde la mañana en que Blanca fué llevada al hospital. Aquella mañana luminosa me sentí saturado de un ardiente deseo de vivir. Su lozanía y sus redondas y rosadas mejillas daban a su duelo un no sé qué de chocante. que la idea del regreso me intimidaba. Sus pañuelos tenían un espeso borde negro. So pretexto de distraer a Stroeve. Stroeve y sus penas llenaban un pasado que me era necesario olvidar. Dirk no respondió.propuse a Dirk -. tan acogedora! ¡Cómo evocaba la figura venerable de su madre. Prefiero ir solo. Tal vez la verdadera sabiduría consiste en seguir las huellas de los antepasados. Sólo la ternura de una madre podría mecer y suavizar una depresión semejante. Voy a decirle que nos deje en la plaza Pigalle. la casa familiar me parecía tan distante. como yo le aconsejara. sin mirar a la derecha ni a la izquierda. y de nuevo se hizo el silencio entre nosotros. Después de todo. Me anunció su decisión de partir. todos habíamos ejercido este oficio. Cuando era chico me quería casar con la hija de un cuidador de bosques. ¡Cómo recordaba ahora los días de su infancia. nuestro vecino. Insistí: -¿No ha formado usted algún proyecto para el futuro? -No.l ibro dot. Mis hijos me habrían sucedido. como él. Me interesaba el ir y venir de los transeúntes. París había adquirido para mí un atractivo nuevo. cinta negra alrededor del sombrero. Habríase dicho que en una sola catástrofe había perdido a todos sus parientes. Yo también sentía infinitos deseos de concluir con aquello. Ahora no podía soportar las bromas que toleró durante años enteros. sobre el que se estrellaban sin herirle. una tarde. Habría tenido mi casa limpia como una moneda nueva. una vez terminada la ceremonia. su buen humor. Por el momento. no para Italia. -No. -Creo que usted haría muy bien en ausentarse de París durante un tiempo. No reía ya con las bromas que le hacían. hacia las siete.. Después de una corta vacilación. CAPÍTULO XXXVIII Lo dejé de ver durante cerca de una semana. tan ordenada! En su patria las cosas irían de otro modo.

y nadie sabe a dónde iremos. Y me contó una historia singular. me obsequió cierta vez con una caja de acuarelas. mi padre. al lado de la peineta. Me enviaron luego a Amsterdam a competir por un premio. Me miró vacilante. sus cipreses y sus olivos. Sus cepillos estaban cuidadosamente colocados en el peinador. Tan apostólica renunciación me indignaba. CAPÍTULO XXXIX DESPUÉS del entierro de la pobre Blanca volvió a su casa con el corazón consternado. Cambié de tema„ -¿Cómo comenzó usted a pintar? Dirk se encogió de hombros.. y luego continuó: -He ido a ver a Strickland. esperaba bajo la almohada.Sus ojillos brillaban al decirlo -. Así se expresaba su corazón herido. qué obscuro deseo de torturarse. Brillaban de limpias. y en una caja de hojalata sé conservaban aún varios pedazos de pan. Y ahora. Las cacerolas que Blanca empleaba para hacer la comida hasta la tarde misma de su disputa con Strickland colgaban junto a la pared. Nada en el departamento daba la impresión de abandono. de reavivar sus sufrimientos lo llevó al taller? Lentamente subió hasta lo alto de la escalera. después de todo. Estaba radiante de orgullo. en cada cuarto de nuestro viejo caserón. sacrificaría las satisfacciones que le ha dado? -El arte es lo más bello del mundo . Hay más profundidad en su ignorancia que en todo nuestro saber. sonreía y me ocultaba su pesar. ¡Qué efecto debían producir en aquellos marcos de mal gusto y sobre los muros de la pobre barraca! -La buena mujer creía haberme hecho un gran servicio al hacer de mí un artista. Le halagaba la posibilidad de tener un hijo artista. habría sido preferible que hubiese predominado el deseo de mi padre. ¿Qué fuerza secreta. Estaba a punto de desmayarse. Los cuchillos y tenedores se encontraban perfectamente alineados en un cajón.escuela obtuve todos los premios. que gané. tal vez para acumular coraje. Llena de arrogancia. Habríase dicho que Blanca acababa de salir. para justificarse: -Ya sabe usted bien que no tengo amor propio. Mi madre lloraba. pensaba en sus paisajes sin vida. Por las averiguaciones realizadas por la policía. Humildemente. Nadie sabe para qué estamos aquí abajo. Stroeve sabía que Strickland había dejado la casa http ://w ww. el lecho donde ella pasara la última noche estaba arreglado.l ibro dot. ¿Cómo creer que ella no volvería más? Dirk tenía sed. ¿Cómo podía Stroeve soportar siquiera la vista de este hombre? El sonrió. com . qué feliz se sintió! Y. -Ahora que usted sabe lo que el arte puede ofrecer. En la quesera había un trozo de queso. entretanto. mostraba mis garabatos al pastor. Somerset Maughan que había desdeñado lo llenaba de arrepentimiento. esforzarnos por cruzar la vida sin ruido. aunque profundamente entristecida por separarse de mí. orgullosísima de mis dotes. En la . ¡Pobre madre mía. he aquí la verdadera sabiduría. Mi pobre madre. -El mundo es duro y cruel . permaneció inmóvil un rato largo. y pasó a la cocina en busca de agua Allí también todo se hallaba en orden. . Yo.prosiguió por fin -. pero quizá. doblada y guardada en su funda. Por fin. y su camisa de dormir. un poco turbado. a fin de que el destino no nos' advierta. y buscar el afecto de los seres sencillos e ignorantes. vivir oculto en un rincón. Hablar poco.. Hubieron de imponerse grandes privaciones para hacer posible la continuación de mis estudios. y. -¡Usted! No era posible creerlo. dió vuelta a la llave y entró. mirándolo. hay uno de mis cuadros en un hermoso marco dorado. y que no fuese hoy día sino un modesto carpintero. ¿cambiaría usted de carrera. después de una corta pausa. cuando se expuso mi primer cuadro. Una vez ante la puerta. deberíamos comprender la belleza de la quietud. y luego dijo. al médico y al juez. con sus personajes convencionales. mi madre y mi hermano hicieron un viaje a Amsterdam nada más que para verlo. -Tenia condiciones para el dibujo.56 La Luna y Seis Peniques W.respondió.

com . una columna italiana coronada con una porcelana de Delft. -Era un desnudo. Mas no encontró nada apropiado. Cualquiera que fuese el cuadro. No pudiendo ya tolerar la vista del cuadro.. Haciendo un esfuerzo.l ibro dot. Por otra parte. una tela algo más grande que las que él acostumbraba a emplear. testigo de sus momentos felices. cayó en sus manos un raspador. comenzó a gritar corno un loco. y lleno de cólera la arrojó contra el suelo.cuando repentinamente se abrieron mis ojos. Pronto sus clamores se convirtieron en alaridos salvajes. Algunos trozos de viejos brocados adornaban los muros... y mis pies tropezaron con el raspador Me estremecí. ¿Por qué el otro la había dejado allí? Pero el brusco movimiento lo precipitó a tierra. La idea de tanto sufrimiento le aniquilaba. Pasó al taller. ahora veía la obra maestra. y sobre el piano se extendía una seda antigua de colores marchitos. Se calló. Strickland había vivido allí sin mover nada de su lugar. uno de sus más preciados tesoros. el suicidio parecía un acto premeditado. una copia de «El Inocente» de Velázquez. hasta ese momento sólo había visto a Blanca. ¡Blanca!». Esto excedía todos los límites. La primera visión de este cuarto. gritando: «¡Blanca!. el ceo de esta emoción vibró en mí. Se veía todavía. Aquí y allá un bajorrelieve. Una «pose» clásica. cuando ya se aprontaba para embestir a puntapiés contra la tela. Al relatarme la escena. los celos. ¿podía él abandonarlo al polvo? Lo levantó cuidadosamente. Entonces la curiosidad lo venció: colocó la tela sobre un caballete y retrocedió algunos pasos para examinarla con comodidad. Las corrió con un movimiento brusco. Intrigado. Un instante más. tomar un frasco de ácido oxálico y entrar en el dormitorio. De súbito divisó. Aquel interior. en marcos dorados.le dije.. y cometo un crimen abominable. se puso a buscar un instrumento cualquiera para destrozarlo. Su opinión sobre la atmósfera romántica de un taller no había variado nunca. Al momento adivinó que se trataba de una obra de Strickland. Su corazón se agitó. Tuvo la visión repentina de su mujer. seguí el hilo de sus ideas a través de sus frases confusas y atropelladas. olvidando un instante su tristeza.57 La Luna y Seis Peniques W. Por fin. Somerset Maughan inmediatamente después de la comida. vuelta contra la pared. representaba a los ojos de Stroeve el tipo de taller que conviene a un pintor. como el extranjero que. Tenía ante sus ojos a una mujer tendida en un diván. telas originales de Stroeve. casi sin fuerzas para andar. -Era una obra maravillosa. le arrancó un sollozo. Lo tomó dando un grito de triunfo. entró en el dormitorio y se arrojó sollozando sobre la cama. como pude. Tomó un cuchillo que había sobre la mesa que nos separaba. se acercó y la inclinó hacia sí. Quedé perplejo. Stroeve creyó perder la cabeza. con un brazo tras la cabeza y el otro a lo largo del cuerpo. de pie en el umbral del taller.trozar la tela. instalado con tanta solicitud artística. Una sonrisa inquieta pasó por su mirada. A juzgar por estos gestos metódicos y habituales. lo blandió como una daga y se precipitó hacia el cuadro. Iba a des. -¿Y entonces? . En los rincones. -No comprendo lo que me ocurrió. sacárselo . Cosa extraña: como si me hubiese transportado de súbito a un mundo donde la escala de los valores no era ya la misma.. Strickland había roto todos los lazos que hasta http ://w ww. El cuadro estaba colocado de manera de atraer todas las miradas. dejó caer el arma. levantó el brazo como para golpear. en un marco suntuoso. Como de costumbre. -¿Qué quiere usted decir? -Sí. que siempre se lisonjeaba de tener un gusto esclarecido. abriendo la mano. copias de la «Venus» de Milo y de la «Venus» de Médicis. realizado con toda sangre fría. Stroeve trató de describirme este cuadro. Me observaba con sus ojillos inquietos y brillantes. una rodilla levantada y la otra pierna estirada. La vió desabrocharse el delantal. en sonrisa desconocida. Tenía la boca entreabierta. En vano revolvió furioso todos sus útiles de pintura. Aquí tampoco había cambiado nada: Con su indiferencia ordinaria. Dirk se sintió ahogar. Según él. era el retrato de Blanca. con voz ronca e inarticulada. sus puños amenazaban a un enemigo invisible. El dolor. comprueba ante los incidendentes más ordinarios un trastorno profundo de su sensibilidad. Blanca lavó la vajilla. que se hallaba oscuro en ese momento. y en seguida. la rabia se apoderaron de él. modificó ligeramente la posición de una mesa Luis XV. Me hice atrás para juzgar mejor. Aunque la apariencia del suyo fuera en esta ocasión para él una puñalada en el corazón. Las cortinas tendidas impedían el paso de la luz. Stroeve la revivía. Presa de una angustia indescriptible.el delantal se hallaba colgado detrás de la puerta -. El dolor lo rechazó del lecho. hecha por Stroeve en Roma. Stroeve volvió a callarse. ¡No era posible tocarla! Tuve miedo de hacerlo.

La sorpresa me hizo enmudecer. sino de manifestar un alma nueva. uno que otro traje y varios libros. Me llevo. La sociedad de aquella gente sencilla le haría mucho bien. Guardamos silencio durante unos instantes.l ibro dot. --¿Y qué piensa hacer con los muebles? pregunté por fin. -¿Y qué respondió? -Se limitó a reír. el alma. -Un judío se quedó con ellos. un alma con facultades insospechadas. no de descubrirse a sí mismo. que paseaba a la imaginación por sendas inexploradas. com . -Me alegro de que vuelva usted a su casa. pasamos frente a una papelería y tuve la idea de comprar papel. Mi acogida. Por lo demás. la atención de mis propios asuntos desvió mi pensamiento de Stroeve. medrosa. a pesar de que la carne palpitaba con una sensualidad apasionada. sobre todo. El triunfo de tan poderosa personalidad se conseguía no sólo con la simplificación audaz del dibujo. habría esquivado su saludo. a través de las tinieblas donde sólo brillan las estrellas eternas. Acababa. La singular emoción que provocó en Stroeve la contemplación de esta obra maestra fué. ¿No pudo Strickland. CAPÍTULO XL DURANTE el mes siguiente. -Lo espero. Pero un día me crucé en la calle con Strickland. http ://w ww.le interrogué. encontrar una excusa mejor? -Me regaló el retrato de Blanca. -En efecto .le dije -. Me encogí de hombros y entré en la tienda. Por fin. -Le propuse que me acompañara a Holanda. -Con qué objeto? -Por el placer de acompañarlo. -Yo entro aquí . no pudo dejarle la menor duda sobre mis sentimientos. Una repulsión instintiva me hizo apurar el paso. sino. por cierto. y nada ni nadie lo trajo a mi memoria. Somerset Maughan entonces le estorbaban. Este gesto de Strickland me sorprendió. No había transcurrido un minuto. Al día siguiente lo dejaba en viaje para Amsterdam.dijo con naturalidad.58 La Luna y Seis Peniques W. Hasta la vista. Su salud exigía una ruptura completa con el pasado.. no poseo otra cosa que una maleta. Era joven todavía.. Dijo que tenía muchos otros proyectos en la cabeza. -¿Y qué le ha dicho usted? . Dentro de algunos años evocaría su angustia actual con una melancolía no desprovista de dulzura. y cuando el olvido bienhechor se hubiera abierto paso podría volver a cargar con el fardo de la vida. Responder con esta simpatía a mi frialdad era algo muy propio de él. según la expresión vulgar. En esta inmensidad. mis cuadros. ni siquiera con esa seguridad de composición que hacía sentir el peso del cuerpo. sí. El tiempo calmaría su pesar. no quería otra cosa que olvidarlo. lo que bastó para que comenzara a sentirme mal. Me habrá encontrado idiota. pero me abstuve de todo comentario. lo que le indujo a ir a ver a Strickland. milagrosa. Podría sacar mucho provecho de ella. y al momento todo revivió en mí. se aventuraba. de no hallé lo que deseaba. -Lo acompañaré. pensé yo. sin duda. en persecución de lo desconocido. Sería una ocasión para desembarazarme de su molesta persona. con una espiritualidad inquietante e inédita. don. ni con el color. Sin el temor de parecer pueril. Tarde o temprano se casaría con alguna holandesa que lo haría feliz.le respondí secamente. -Acaso los dos no habíamos amado a Blanca?' En casa de mi madre habría sitio para él. -¿Lleva usted mucha prisa? . La idea de todos los mamarrachos que seguiría pintando me hizo sonreír. Descontándolos. cuando sentí que su mano se posaba sobre mi hombro. despojada de su envoltura carnal. Recorrimos así unos trescientos metros.

No había estado nunca en mi casa.le interrumpí tanto más tercamente. -¡Usted debe andar con los bolsillos vacíos! -¿¿Me cree tan ingenuo como para pensar sacarle un solo franco? -Debe haber descendido mucho usted si ya no le queda otro recurso que tener que lisonjearse a sí mismo. -Podría haber esperado mi invitación. al contrario. Hube de morderme los labios. ¿por qué no toma un sillón? . -¿Jeme que lo pervierta? Me miraba de reojo. sin pronunciar una palabra. Y comenzó a fumar en silencio. No me quedó otra alternativa que encogerme de hombros y encastillarme en un mutismo lleno de dignidad. me incomoda verlo tendido de ese modo en una silla tan poco resistente.le pregunté. A pesar mío. continuamos hasta una plaza donde desembocan varias calles. Sin pronunciar palabra. Strickland sonrió con desprecio. cuanto que mi convicción comenzaba a debilitarse -. Me intrigaba. sacó su pipa y la cargó. ¡Cómo se preocupa por mi comodidad! -En absoluto. No quiero tener nada que ver con usted. com . molesto. comencé a subir la escalera.l ibro dot. -Ya que hace como si estuviera en su casa.le pregunté. Pienso en mí. Se unía a mi aversión por Strickland una fría curiosidad.59 La Luna y Seis Peniques W. -Voy a mi casa. CAPÍTULO XLI LLEGAMOS a mi casa. -¡Usted me disgusta! ¡Es el personaje mas innoble que he conocido! ¿Por qué se empeña en continuar conmigo. -Entraré a fumar una pipa con usted. -¿Ve usted esa pared que tiene delante? -Sí. el escritor se interesa instintivamente por las singularidades de la naturaleza humana hasta el extremo que a veces su sentido moral se ve anulado. Somerset Maughan Strickland me esperaba en la puerta. ¿Para qué había venido? Mientras la rutina no ha enervado su sensibilidad. Pero me dominé. Strickland me siguió y cruzó la puerta del departamento pisándome los talones. sin embargo. pero no se movió. No se equivocaba. Mi odio hacia él sólo se sostenía gracias a un esfuerzo de voluntad. perdido en sus pensamientos. Shakespeare debió sentir un goce muy distinto que cuando die) vida a Desdémona. -La habría esperado si hubiese supuesto que ella vendría. Strickland sonrió con ironía. No le propuse entrar. -Pero usted no ha reparado en esta particularidad: que el deseo de observarme no me impide comprender el abandono de su moral. Con un ligero estremecimiento se descubre una voluptuosidad de artista al contemplar el mal. su respuesta me agradó. En seguida se sentó sobre la única silla que había y se echó para atrás. hija del claro de luna y de su fantasía. Sobre la mesa había una tabaquera. no tuvo una mirada para la pieza en que entramos. que lo detesto? -¿Cree usted por un momento que me preocupo de su opinión? -Suficiente . -El suyo. ¿Acaso no es un ultraje a la moral y a la ley el amor con que el autor lleva a escena a un malvado perfecto? Al crear a Yago. ¿Cómo consideraba él la http ://w ww. Una de mis debilidades es la de no saber detestar a quien me hace reír. Me detuve al borde de la acera. sin preocuparse más de mí. con una sonrisa sarcástica en los labios. que estaba amueblada con primor. -¿Y no ve usted con la misma claridad que su compañía me molesta? -Le confieso que lo dudo un poco. -¿Qué camino lleva usted? .

como todas las suyas. ¿Había que ir a buscar aquí la explicación de la singular calidad del amor de Dirk? Aquello era más que una pasión.l ibro dot. -En efecto. por cierto. -En este caso. su comodidad. Muchas veces me había intrigado aquel matrimonio mal ajustado. Lo salvó de la muerte. interrumpió mis reflexiones. -¿Creerá usted . Stroeve la conoció en ese momento y la recogió. -Bien propio de él. pero los sacrificios que se ha impuesto por ella. -En fin. -Una mujer puede perdonar a un hombre el mal que le ha hecho. pero. nació tres o cuatro meses después del matrimonio. cuando él rompió el silencio.tenebrosa que sigue al temporal. -¿Por qué se lo obsequió? -Estaba terminado. com .60 La Luna y Seis Peniques W.Vaya uno a saberlo! Ella me detestaba. sus ojos se iluminaron. y trató de suicidarse. Una ligera sonrisa se evaporó en sus labios. jamás. -¿Sabe usted que Stroeve estuvo a punto de destruirlo? -¡Cosa curiosa! Strickland volvió a su silencio. Strickland se encogió de hombros. el retrato de Blanca es su obra maestra. no dejaba de divertirme. -. lo que. La reserva de Blanca me había parecido siempre una máscara. -No hablemos de agradecimiento. ahora no veía en ella otra cosa que el deseo de ocultar un secreto vergonzoso. -¡Qué perspicacia! ¿Cree usted que Blanca le perdonaría algún día lo que había hecho por ella? -¿Qué quiere usted decir? -¿Sabe usted en qué circunstancias tuvo lugar el matrimonio? Moví la cabeza. -Pero un hombre bonísimo. usted puede estar tranquilo. En seguida se casó con ella. No sirve para otra cosa. -Me entretuve mucho pintándolo. a medirme en las palabras. -¿Y qué ocurrió con el niña? -¡Oh!. Estaba encinta. Sacrificó todo: su tiempo. donde lo cuidó como a un hijo. ¿No podía dejarlos en paz? -¿De qué deduce usted que vivían felices? -Eso saltaba a la vista. Su insensibilidad era monstruosa. Su tranquilidad era la calma oscura y . -Es un pésimo pintor.dijo luego irónicamente . ¿por qué se echó encima el peso de Blanca? Tardaba tanto en responder. y Stroeve lo llevó a su casa. -Ese imbécil goza sacrificándose por los demás. Ya no me interesaba. http ://w ww. Se la arrojó a la calle. su dinero. Murió luego. -Y un cocinero excelente. que ya iba yo a repetir la pregunta. La encontré de un sentimentalismo estúpido. Somerset Maughan tragedia de que había hecho víctima a sus salvadores? Resolví cortar por lo sano. No he conocido otro corazón tan compasivo. Strickland quitó la pipa de su boca. acariciaba su barba. y el hijo de la casa la sedujo. -Si he de creer a Stroeve. -Seguramente habría olvidado usted que había destrozado su vida. -¿Sería una indiscreción preguntarle si la muerte de Blanca le causó algún remordimiento? -¿Por qué había de tenerlo? -¿Debo recordárselo? Usted estaba moribundo. pero nunca le habría atribuído un origen semejante. ¿No le impresionó su invitación? -No. No caerá sobre usted el resentimiento de ninguna mujer. -Blanca era institutriz de un príncipe romano. Mi indignación no me invitaba. Volví entonces sobre lo que me preocupaba. Pensativo. ¿qué lo obligaba a seducirle la mujer? Hasta que usted llegó ambos vivían felices.que ese idiota fue a verme? -Lo sé. Una observación cínica de Strickland.

Permanecimos un instante en silencio. y ella trata de aprisionarlo en el círculo estrecho de su libreta de cuentas. perdió todo interés para mí. En él. Nunca había oído a Strickland hablar tan largamente. y descifrarlo en la expresión de su fisonomía. Las cosas materiales la absorben. Me fue imposible contener la risa ante esta conclusión. no son sino una debilidad. ni en parte alguna. Estaba resuelta. pueda consagrarme sin obstáculos a mi trabajo. le atribuyen una importancia ridícula. en que. enunciada con la mayor seriedad. y entonces se encontraba desarmado contra un instinto tan irresistible como las fuerzas primitivas de la naturaleza. Me exasperan sus pretensiones de ser nuestro sostén. y me interesó! Pero en seguida recobró su tranquilidad habitual y volvió a mirarme con sus ojos vidriosos. -En un principio. pretendo transcribir con exactitud sus palabras.. -¡Vamos. Mientras se esforzaba por explicar sus sentimientos. En seguida prosiguió: -Tenía un cuerpo admirable y yo quería pintar un desnudo. -Usted es inhumano. de los gestos. ella estaba enloquecida. pues traba el espíritu. Con una paciencia inagotable se preparaba para cazarme en la trampa. ¡Eso es todo! Satisfecho mi deseo. parecía que el cuerpo tomaba a veces su revancha sobre el espíritu. nuestras asociadas. -Pero ella lo quería de todo corazón. com . pero lo odio. Soy un hombre. -¿Le había usted hablado? -Habría sido inútil. -Pero.61 La Luna y Seis Peniques W. No puedo sobreponerme al instinto. Cuando comprendí que ella estaba dispuesta a seguirme. Pero ni aquí.l ibro dot. Quieren persuadirnos de que eso es todo en la vida.refunfuñó -. su papel es inútil. y entonces siente celos del ideal. y nada más puede conformarla. la tomé. No le dije nunca una palabra. Y luego le previne que tan pronto como me cansara. --Soy sencillamente un hombre normal. era necesario adivinar su pensamiento a través de las interjecciones. Por lo demás. salvo lo único que yo necesitaba: que me dejara en paz. Se puso de pie y comenzó a pasearse por la pieza. que no dejaba lugar en su alma para la prudencia o la gratitud. Somerset Maughan Strickland tuvo un gesto de cólera. de los períodos incompletos. nuestras camaradas. Ya lo sabía. En realidad. Corno es débil. Terminado el cuadro. -¿Amores? ¡No los deseo! No tengo tiempo que dedicarles. Por último. Como las mujeres no sirven para otra cosa que para el amor. En este hombre tan extrañamente desprendido de todas las exigencias de la materia. tiene el afán. la obsesión de dominar. e imposibilitarme para hacer cosa alguna. paso a otra cosa. Tan inútil es hablarle de estas cosas como describir los colores del arco iris a un ciego de nacimiento. le bastaba con sujetarme. su vocabulario era restringido y no sabía construir bien una frase. que no quería otra cosa. ¿Por qué la manera como me relató todo aquello traicionaba con extraordinaria intensidad la violencia de su deseo? Era desconcertante y aterrador. Strickland se detuvo ante mi sillón y su mirada descendió hacia mí con una expresión de desdeñoso estupor. Siempre estaba dispuesta a hacer cualquier cosa por mí. ¿Recuerda usted a mi mujer? Pues Blanca comenzó a ensayar poco a poco los mismos artificios. Quería rebajarme a su nivel. el sátiro triunfaba de repente. seguía paseándose a grandes trancos. -¿Tiene alguna importancia a sus ojos la vida y la muerte de Blanca? http ://w ww.le dije. -¿No pensó usted en lo que sería de ella cuando la hubiese abandonado? -Podría volver con Stroeve. Vibraba de indignación. ¿por qué se resolvió usted a llevársela consigo? -Yo no resolví nada . no está satisfecha sino al adueñarse del alma de su amado. -Cuando una mujer ama. libre de esta tiranía. Ambiciono un día. -Usted nació para vivir en la época en que las mujeres se vendían en el mercado . tendría que levantar el campo. y a veces. me sentí tan sorprendido como el mismo Stroeve. Poco le importaba mi satisfacción. Strickland se interrumpió un instante. como una fiera en su jaula. pero ella respondió que estaba dispuesta a correr el riesgo. El espíritu del hombre se lanza hacia las regiones más remotas del universo. El amor es una enfermedad y las mujeres son los instrumentos del placer. La obsesión se hacía tan completa.. Su limitado cerebro se ofende con las abstracciones que es incapaz de comprender.

la determinación de Strickland de ser pintor. iniciada sin duda entre sueños y esperanzas. parece.. en olvidarlo todo. -Su porvenir estaba lleno de promesas. viejo. Llegará un día en que. oportunidad para modelar una versión moderna del héroe que. Es una locura pretender vivir solo. Me trataba como a un niño a quien se quiere distraer. había mucho de verdad en sus palabras. Un momento después dijo: -En el fondo usted supone que me preocupo de lo que piensa de mí. Pero esté tranquilo: sus opiniones no tienen mayor importancia para mí. por si y para sí. El más extraño de ellos. y más todavía. -¡Vamos a ver los cuadros! . En Dirk. y éste es el mayor reproche que le merezco.le repetí -. no he podido deducir casi nada. mas no tanto de él como de mí mismo. -Vamos a ver mis cuadros. Pensaba en el confortable nido de Montmartre. sino porque era irracional y desequilibrada. Venga usted conmigo. Ya sabe que lo detesto y lo desprecio. Strickland no lograba comprender lo que su egoísmo empedernido tenía de chocante. por su parte. -Usted no tiene el valor de sus convicciones. enfermo y desengañado. Y así hubiese hecho de él una figura más importante. aquello fuera tan poca cosa. Seguramente hubiese documentado una fuerte inclinación desde la necesidad de ganarse el sustento.dije. Pero no quise que él fuera el último en hablar y dije: -¡Nadie puede permitirse despreciar a sus semejantes hasta ese extremo! Dependemos para todo de los demás. Ante este hombre. y siento vergüenza de permanecer tan indiferente ante su tragedia. en el lapso de un relámpago. -¿Me acompaña? -¿Por qué me busca usted? . muy bien podía no haber existido. y entonces detestamos a todos los que escapan a nuestra influencia. El mundo seguía viviendo sin detenerse a contemplar toda esta miseria. cuyas aspiraciones excedían a todo lo qué se halla ligado a la carne. no pude rehuir una impresión extraña: me parecía estar frente a un ser inmaterial. no obstante. Somerset Maughan Reflexioné un instante. Tal vez hubiera hecho posible ver en él un nuevo Prometen. para bien de la humanidad. porque no conozco las razones que los provocaron. medirnos nuestro mérito cuando alguien opina sobre nosotros. en suma.. He relatado incidentes que parecen oscuros. com .62 La Luna y Seis Peniques W. De mis conversaciones con él. quizás. ante las restricciones impuestas por la vida. CAPITULO XLIII RELEYENDO lo que he escrito hasta aquí. atormentado. Todo esto carecía de significado y de valor. usted conocerá la humillación de mendigar la simpatía y la piedad. inmóvil. Allí estaba. Tuve la visión fugitiva de una persecución de lo inaccesible. Entonces. yo las ignoro. se http ://w ww. Encuentro horrible que se haya destrozado de esa manera brutal. de pie. quizás. Una súbita cólera sonrojó mis mejillas. y aunque para ello debe haber tenido sus razones. Si en vez de narrar los hechos que conozco hubiera tejido una novela. Lo examinaba. y no tardaría. su barba rojiza y sus cabellos enmarañados. y en la lucha entre su pasión por el arte y el deber impuesto por las circunstancias. Inconscientemente. Blanca no se suicidó porque yo la abandoné. Me parecía demasiado cruel que un destino despiadado hubiese tronchado tantas alegres -expectativas. con su enorme nariz y sus ojos ardientes. ahogada por la voluntad paterna o por crito impaciente. Ya hemos hablado bastante de ella. El no se inmutó. arbitrario.. a todas vistas. le hubiera creado un ambiente de simpatía. voy a mostrarle mis cuadros. me apercibo de que lo que he narrado sobre Carlos Strickland debe "ser muy poco satisfactorio para el que sienta alguna curiosidad por el raro personaje.l ibro dot. porque quería responder con sinceridad. con un aire de desafío en los ojos que. ¿Cómo romper esta coraza de indiferencia? Pero. que irradiaba cierta dignidad a través de su traje raído. Yo estaba descontento. las emociones se manifestaban con más vehemencia que profundidad. -¿Ha pensado usted alguna vez en la muerte? -¿Con qué objeto? La muerte no significa nada. que después de todo. habría podido inventar muchas cosas para explicar el cambio que se produjo en él y que lo hizo pintor. la vida de Blanca. no ofrece mayor interés. me dejó entrever un espíritu fogoso. Habría tenido. lo hubiera desde la infancia. Creo que no hay herida más dolorosa para el orgullo humano.

vivió la vida de sus compañeros. Su verdadera vida consistía en sueños y trabajo extenuante. Blanca debe haber comprendido que para él era sólo un instrumento de placer y en esa angustia trató de atarlo a ella. abandonando todo. que para él la comodidad no significaba nada. Creo que en tal caso hubiese descrito a la señora Strickland de un modo muy distinto. abría la puerta a muchas conjeturas abstrusas. Eso debe haberla asustado. y que. Cuando llego al momento de sus relaciones con Blanca Stroeve. Cuando Strickland sugería que al entregársele ella debió haber sentido cierto desprecio hacia Dirk porque éste la había socorrido en su hora más amarga. pues hubiera sido demasiado horrible. También podría haber tramado un cuento impresionante poniéndolo a él en contacto con algún viejo pintor. Ese siempre es un sujeto conmovedor. o una incompatibilidad doméstica podría haberle hecho buscar la soledad y un medio de expresarse. en cambio. Pero no tengo ningún índice en ese sentido. Por otra parte. jugando en la Bolsa pequeñas sumas. estaba singularmente exenta de atractivo. podría haber encontrado las razones de su dedicación al arte en la influencia de sus relaciones matrimoniales.63 La Luna y Seis Peniques W. Luego imagino las largas horas en que vivieron uno al lado del otro en silencio. demasiado bien lo sé. Strickland. la duda de sí mismo. Nunca he visto trabajar a Strickland ni sé de nadie que lo haya visto. el día tiene veinticuatro horas 'y las cumbres de la emoción pueden ser alcanzadas sólo en grandes intervalos. En esos momentos no existiría para él como amante sino tan sólo como modelo.l ibro dot. con mujeres porque fueron notables y llamativas. Veo una docena de maneras distintas en que eso se podría haber hecho. Tenía miedo de de. fueron parte insignificante en su vida. com . o no comprendiendo simplemente. Hubiera convertido al matrimonio Strickland en un suplicio continuo. fuera por necesidad o por afán de lucro. Mientras había luz. Tenía pasiones violentas pero odiaba al instinto que le robaba el dominio sobre si mismo. Creo que hacía un poco de box de vez eh cuando. Y por cierto que hubiera empezado por eliminar a los hijos. Debía ser muy desgraciada.una red que debía serle fatal a ella. leía comúnmente el «Punch» y el «Sporting Times». el cual. él pintaría y a ella debe haberla molestado el verlo absorto en su trabajo. Los hechos.jada solo y lo perseguía con atenciones. vislumbrando en Strickland las posibilidades que él habría malgastado. Confío en que eso no era verdad. se inició en una firma de comisionistas de Bolsa sin la menor repugnancia. Tengo para mí que el arte es una manifestación del instinto sexual. Guardó firmemente para sí el secreto de su lucha. pues si pudiera mostrarlo luchando duramente contra el fracaso. no queriendo. siguiera la divina tiranía del arte. En Strickland. me desespera lo fragmentario de los hechos a mi disposición. mezquina y sin comprensión para los vuelos del espíritu. cuya única solución fuera la fuga. Se recluyó desesperadamente en la soledad de su estudio. hubiera vendido el genio que alentara en su juventud. Para dar continuidad a mi historia debería describir el proceso de esa trágica unión.. Pero la ceguera del amor debe haberle hecho creer que era verdad lo que ella quería que lo fuese y que su amor tan grande no podía dejar de provocar otro tan intenso como el suyo. así como una especie de compasión que le impidiera sacudir el yugo que lo oprimía. Ignoro si se llevaron bien y de qué hablaron. eternamente descontenta. ¿quién puede sondear las sutilezas del corazón humano? Ciertamente aquellos que esperan hallar sólo sentimientos decorosos y emociones normales. lo habría influenciado para que. Pero. Creo que odiaba hasta a la compañera ocasional de sus pasiones. podría despertar alguna simpatía para una personalidad que. Es de lamentar que no pueda describir el trabajoso camino que lo llevó lentamente hasta la cumbre. Puedo sí imaginarme cómo pasaban el resto del tiempo. proporcionándole toda clase de comodidades. Después de todo. pero nada se de los tres meses que vivieron juntos. Creo que hubiera hecho resaltar la paciencia del marido para con la compañera incomprensiva. Hasta el día en que se casó. Hubiera dejado de lado la realidad para convertirla en una mujer gruñona. Pero mi estudio del carácter de Strickland padece de un defecto mayor que mi ignorancia de muchos hechos. sin embargo. jamás permitió que alma alguna presenciara su agonía. Es una misma emoción la que http ://w ww. y las fuerzas de Blanca resistieran para posar. Un don latente podría haberse descubierto al frecuentar la sociedad de pintores y escritores en que actuaba su mujer. y apostando un par de libras en las carreras de caballos dos o tres veces por año. joven recién salido del colegio. Somerset Maughan expone a las agonías del alma condenada. forjando en torno a él. sobreponiéndose a la desesperación que suele apoderarse del artista cuando cae en las garras de su peor enemigo. Me parece que alguna que otra vez fue a un baile. Alguna relación amorosa podría haber convertido la incipiente brasa en una hoguera. son mucho menos románticos.. Me he referido a sus relaciones. el apetito sexual ocupaba un lugar muy pobre.

en Viena. CAPÍTULO XLIV CREO que este es el sitio adecuado para decir lo que sé de la opinión que Strickland tenía respecto a los grandes artistas del pasado. pues eso lo hace cualquiera. Según la repetida expresión. com . él solía decir que prefería a Winterhálter. pues eso hubiera completado el cuadro de su personalidad. una novela que yo escribía entonces me absorbía hasta el extremo de que. aun lo creo. la posibilidad de tomar cuerpo. No apetecía ninguna de aquellas cosas que para la mayoría significaban la sal y la belleza de la vida. por Velázquez.l ibro dot. pero creo que lo decía sólo para fastidiar al holandés. Mi visita a Tahití debería haber reavivado al momento el interés que me inspiraba Strickland. Me maravillo a mí mismo al decir que Strickland era un idealista. Quizás tanto él como Strickland han tratado de fijar con la pintura ideas más apropiadas para el arte literario. Los impresionistas no le interesaban. de Cezanne. después de haberlo descrito como un egoísta brutal y sensual. sobre todo cuando decía la verdad. vi varios cuadros de Brueghel y me pareció entender lo que quiso decir Strickland. o de Van Gogh. pues aquellas obras me dieron la impresión de que el artista había tratado de expresar con el pincel sentimientos más aptos para ser expresados mediante otro arte. ya que nunca sintió esa tentación. Mas en Tahití el medio le era favorable. Creo que no conocía al Greco. en un principio. Y por cierto que lo lograba. Su manera de decir las cosas era burda y a veces provocaba la risa. y para alcanzarlo estaba dispuesto.64 La Luna y Seis Peniques W. Cuando Dirk Stroeve manifestaba su admiración por Manct. porque entonces no le entendí. Strickland no era conversador y carecía del don de saber expresarse con frases que pudieran pasar a la posteridad. y Strickland mucho menos que cualquier otro. era Brueghel el Viejo. Pero debo confesar que opinaba sobre los grandes pintores lo mismo que opina la mayoría de la gente. Lo que dijo una vez respecto a este artista me ha quedado bien grabado en la me-moría. siempre errante. por ejemplo. y hasta dudo de que hubiera visto algún cuadro de éstos. aparte. Strickland terminó su vida miserable y pintó la mayor parte de los cuadros que han forjado su gloria. De sus últimas telas se desprende su altivo ideal. Somerset Maughan siente el corazón humano ante una mujer hermosa. No ignoraba que había muerto nueve años atrás. ni http ://w ww. Años después. seguramente no habría escrito jamás este libro. sin el azar de un viaje a Tahiti. No le importaba un ardite la fama. Vivía en París más solo que ermitaño. Mil motivos respondían a sus aspiraciones. No se le puede admirar porque resistiera a la tentación de comerciar con su arte. En esa época Carlos Strickland debía contar unos cuarenta y siete años. El único pintor que realmente le interesaba. En aquella isla feliz. aunque mezclada con cierta impaciencia. no sólo a sacrificarse a sí mismo. sino que lo dejaran tranquilo. allí Strickland se encontró a sí mismo. Tenía un único propósito. -había descubierto por fin en esa tierra perdida en medio del océano. El dinero le era indiferente. aunque es poco lo que pueda saber. sino que también a sacrificar a los demás. Creo que ningún artista puede realizar completamente su sueño. un gran hombre. Trabajaba con más ahinco. No pedía nada a sus semejantes. quizás. de su técnica. Diríase que este espíritu. pero nuestra última entrevista databa de quince años. Jamás le oí hablar de aquellos pintores cuya obra tuviera cierta analogía con la suya. -Esto está bien. pero era. No tenía «humour». de Tiziano. y en forma inusitada. Era un hombre odioso. Sentía gran admiración. Ofrecen algo nuevo y extraño a la imaginación. Por otra parte. Apostaría a que pasó las de Caín para poder pintar. la bahía de Nápoles en una noche de luna o «El entierro de Cristo». Vivía con más pobreza que un artesano. Lamento no poder transmitir alguna extravagancia de opinión respecto a los maestros antiguos. Hallaba delicioso a Chardin y describía el éxtasis que le provocaba Rembrandt con palabras que no se pueden reproducir. Strickland no era un hombre de gran inteligencia y sus opiniones sobre pintura estaban lejos de ser extraordinarias. en la lucha continua con la técnica. CAPÍTULO XLV Como he dicho.

por cierto. púrpuras resplandecientes suben al cielo y su color vibra como un aullido de pasión. La belleza de la isla se va revelando al acortarse la distancia. brillaban sus pequeños ojos azules constantemente alerta.l ibro dot. La isla de Morea. al llegar muy cerca de sus costas. Yo. Los chinos ya habían abierto sus tiendas: El cielo estaba aún pálido y reinaba un silencio impresionante sobre la laguna. soy bebedor de agua . Todo ocurre con la mayor agitación. No sé quién le había dicho que me interasaba por los cuadros de Strickland. Es una marejada de rostros morenos. la luz ciega a los que llegan. y estaba aún desierta. pero sin descubrir su secreto. Somerset Maughan siquiera pensé en él. quedando tan sólo la soledad azul del Pacífico. Nadie se sorprendería si. Un muchacho indígena • se había dormido sobre un banco cerca de la puerta. Pues bien. Tienen http ://w ww." pródiga en encantos y bondades. No hay nada que se parezca tanto al dorado reino de la fantasía como la llegada a Tahití. -Conocí muy bien a Strickland . Hay algo en el ambiente que dice al visitante que bajo aquellas umbrosas regiones la vida ha estado. se acercó a mi mesa. La isla. la isla desapareciera. los encantos de Tahití concluyeron por borrar toda preocupación. a una distancia de diez millas. y sus manos. Recuerdo que la primera mañana de mi estada en la isla me desperté temprano. pero aceptaría de buena gana un poco de whisky. Una multitud reidora se apretuja cuando atraca un barco. -¿No cree usted que es un poco temprano para un whisky? . y las probabilidades de un pronto desayuno eran remotas. desde tiempos inmemoriales. -Sí. quemado por el sol de los trópicos. No daba crédito a mis ojos. precisamente.65 La Luna y Seis Peniques W. Tahití es una isla verde y escarpada. lo traje a estas islas. indiscutiblemente. Las goletas amarradas a su muelle se ven rozagantes y limpias. Con el intenso calor. Un pasado milenario produce cierta impresión de trágica melancolía. surge del mar como por arte de magia. Acostumbro almorzar temprano. regida por costumbres inmutables. -¡Hum! No andaba harto de oro. mientras almorzaba en la terraza del hotel. la visita a la aduana. Finalmente. la pequeña ciudad ha dispersado sus blancas casas alrededor de la bahía. CAPÍTULO XLVI Poco después de mi llegada conocí al capitán Nichols. Comencé a caminar hacia el agua.dijo apurando un gran vaso de Canadian Club. ¡Singular compañero me deparaba la Providencia! La sociedad de los aventureros compensa siempre de las pequeñas molestias que su presencia ocasiona.preguntó luego el capitán. Tahití es amable. Cierto día. Llamé al muchacho chino. Cierta ardiente sensualidad enlanguidece el ambiente. Morea. caminé hasta la cocina y la hallé cerrada. En su rostro cruzado de arrugas. Su sonrisa descubrió unos dientes cariados.comenzó echándose atrás en su sillón y lanzando al aire dos bocanadas de humo del cigarro que acababa de ofrecerle -. Comencé por preguntarle si había almorzado. Tampoco parecía estar harto en la actualidad. Se charla en Tahití como en cualquier ciudad de Inglaterra. deslumbradora. -Eso es cosa suya. Parece una mujer hermosa. No se afeitaba desde dos días atrás. pero por el momento era todo cordialidad. bajo el azul candente del cielo. No se ven dos labios en que no brille una sonrisa. Era extremadamente delgado. que no hace sino dar mayor valor al minuto que se escapa. com . Salí a la terraza del hotel. -¿Qué hacía usted allí? Mi interlocutor tuvo una sonrisa equívoca. quería hablarme de él. la isla hermana. -Por principio. Espiaban hasta los menores gestos y daban al capitán la expresión de un pícaro. habrían podido estar más limpias. parecía custodiar un secreto. la descarga de los equipajes. de mediana estatura. Nada hay más acogedor que el puerto de Papeete. Llevaba un traje en bastante mal estado. llevaba sus cabellos grises cortados al ras y lucía bigote entrecano. tornasolada. -¿Dónde lo reconoció usted? -En Marsella. cruzada por varios valles de colorido ligeramente más oscuro por donde corren algunos torrentes frescos y cristalinos.

Ella no lo llamaba. este hombre había afrontado huracanes y tifones y en cierta ocasión no titubeó en lanzarse contra una docena de negros. él se mostraba reservado y yo sabía muy bien que con la gente de su condición nunca se pueden formular preguntas directas sin correr el riesgo de caer en una indiscreción. quien miraba el reloj y suspiraba: -Ya es hora de retirarme. cierto malestar agitaba al capitán. y son en general brillantes charladores.decía con un tono llorón. desarmados. Los cigarrillos y el whisky que consumió a costa mía este «bebedor de agua» que no se conformaba jamás con los cocktails. ¿Cómo explicar el interés de aquella mujer por el capitán? No creo que sea posible por el amor. y que. y sus tentativas frustradas bastaban para explicar su melancolía. -Voy en seguida. com . yo fui quien salió más beneficiado con la amistad. Su mujer podía tener unos veintiocho años. por qué después de contraer matrimonio. conocía a fondo a Nichols y. El capitán no era un hombre feliz. ¿Por qué había salido de Inglaterra? Sobre este punto. ¿Hay objeto más digno de compasión que el «celibato casado»? Era el caso del capitán Nichols. de los das. cada dos líneas. siempre parecía haberlos tenido. no pertenece a clase alguna. Todo en ella se encontraba restringido hasta el exceso: el rostro ingrato de labios delgados. es verdad. Cuando me vine de Tahití. compensaban. Mi simpatía para con él acogía con indiferencia las críticas que prodigaba al formulismo administrativo de nuestra vieja patria. Se levantaba al momento y la seguía.respondía el capitán. La fertilidad de su imaginación iguala a la extensión de su experiencia. ¡cuán respetuosos de la ley cuando ella se encuentra sostenida por la fuerza! . las distracciones que me había procurado. Ahora estaría lleno de remordimientos si. o lo que es lo mismo. Arrastraba por la vida una carga de miserias mucho más pesada. holandeses y canacas. Al momento. la divisaba en el camino. Somerset Maughan la acogida fácil y la conversación afable. A veces. Y -ésta es una clase que. aunque también es cierto que podía reservarse la elocuencia para cuando se encontraba a solas con su marido. Su padre. pero semejante bagatela no podía bastar para alterar su buen humor. mientras charlaba conmigo en la terraza del hotel. evidentemente. Soy su deudor. sobre todo. era agente de policía. Algunas veces. y un agente de energía según puedo asegurar. se le reunía en seguida. Pero la mujer de Nichols pertenecía a la pequeña burguesía. Dondequiera que se refugiase. En ella. En todo caso éste la temía y de una manera horrible. Como el efecto de la causa. demasiado exclusivamente apegado al asunto de este libro. para asegurarse. Ni la charla. sin duda. -¡Inglaterra es el primer país del mundo! . lo que naturalmente los honra. para decirlo todo de una vez. Sufría una dispepsia crónica y recurría con frecuencia a las tabletas de pepsina. Por la mañana lo encontraba sin apetito. Sin embargo. y algunos dólares que le presté y que recibió como si me hiciera un favor. Hay seres que la misericordiosa providencia destina. se ha dado cuenta de su importancia. El aventurero como el artista y quizás como el «gentleman». hasta parecía ignorarlo. Ocho años atrás había cometido la imprudencia de enamorarse de una mujer. la sonrisa. su mujer inexorable como el destino y despiada como la conciencia. la mujer de Nichols enviaba al hotel a su hija. ya por torpeza. Nunca la oí pronunciar una palabra. no puede negarse que su ingenio agrega un encanto singular al juego más excitante del mundo. Era aquel un hermoso ejemplo del triunfo del espíritu sobre la http ://w ww. Se limitaba a pasearse en todas direcciones. los cabellos. -Mamá me envía a buscarte . hijita . No se hacen rogar: un trago es suficiente para abrir las puertas de su corazón. sobre todo en los últimos tiempos. y. Si bien es cierto que jugar al póker con ellos ofrece sus peligros. Al momento se entra de lleno en su intimidad. Y sentía una marcada superioridad sobre norteamericanos. Consideran que la conversación es el gran placer de la vida. Sus alusiones a un infortunio inmerecido lo presentaban como a una víctima. mi conciencia de biógrafo hubiese despachado al capitán cada vez que abordaba otro tema. pero sus juicios desfavorables para el suelo natal no habían debilitado su ardiente patriotismo. es verdad. ya por debilidad de carácter. ni el whisky lograban retenerlo. la piel estirada sobre los huesos. Son personas astutas y hábiles. no podía separarse de ella. y de seguro a los cuarenta no representaría más. y. no sólo su confianza. pero. pálida y desagradable. al celibato perpetuo.l ibro dot.no se cansaba de repetir. basta con prestar atención a su discurso.66 La Luna y Seis Peniques W. Se acomoda tan bien con la falta de miramientos del palurdo corno con las etiquetas de los aristócratas. una chica de siete años. no la había abandonado? Seguramente lo había intentado más de una vez. sino su eterna gratitud. el cotí blanco hacía el mismo efecto que la lustrina negra ¿Por qué la había hecho Nichols su mujer. pero sin más ayuda que su revólver. infringen tal decreto.

¡Ahora debe valer alrededor de mil quinientas libras! Strickland quería partir para Australia o Nueva Zelandia.refunfuñó Strickland. Algunos se paseaban y los demás se apoyaban contra la pared o se instalaban al borde de la acera. ¡Sabe Dios qué aventuras la habían precipitado a este grado de abyección! Los marineros se turnaban para ayudarla en los quehaceres domésticos. Sin duda http ://w ww. porque está prohibido llevárselas. la conclusión moral de mi digresión! CAPÍTULO XLVII EL capitán Nichols conoció a Strickland a fines del invierno que siguió a nuestra última entrevista en París. Los dos establecimientos están separados por una larga distancia. Este argumento hizo levantarse a Strickland. durante ocho días. Nichols se aproximó a él y le despertó. Se dirigieron luego a la «Cuillére de soupe». una vez que se hubo lavado y afeitado y arreglado su cama. donde se dan cita los capitanes que necesitan marineros. brasileños. me encargo de encontrarle qué comer. quien. com . Su bondad tenía el límite de un mes. junto con una docena de aventureros suecos. Todos los días los conducía de madrugada a la plaza Victor-Gélu. que proporcionaba alimento y posada a los marineros sin recursos. con el propósito de pasar de allí a Samoa o Tahití. donde los desocupados pueden alojarse durante una semana. Desde aquel día databa la camaradería del capitán y de Strickland. agazapado contra el pedestal de una estatua. entró otro fraile con una enorme Biblia bajo el brazo. Strickland dormitaba allí. una libra de tabaco de contrabando. -¡Déjeme en paz! . pero el pintor ya había partido. Somerset Maughan materia. donde. negros. Las huelgas hacían estragos en Marsella. ¡Duro precio de la hospitalidad! Los dos ingleses quedaron instalados en dormitorios diferentes. Cuatro meses de miseria en común terminaron por unir a los dos infelices. Su mujer era una norteamericana obesa y grasienta. -¡Váyase al diablo! -Venga conmigo. Reconocí el vocabulario limitado y conciso de mi amigo. sino que todavía le dió encima. siempre que presenten sus papeles en regla y logren convencer a los frailes. mientras les procuraba un embarque. ciertamente. ¿Qué había sido de Strickland durante ese intervalo? Lo ignoro. ¡Valga.l ibro dot. Cuando las puertas del asilo nocturno les fueron cerradas. El asilo nocturno de esta ciudad es un gran edificio de piedra. un robusto hermano lego vino a despertar a Nichols. Se trataba de un mulato colosal. se libró de su turno haciendo un retrato de Tough Bill. Entre la multitud que acechaba la apertura de las puertas. Cuando todos se precipitaron hacia la oficina. Seguramente este cuadro engalana aún la oficina de aquel deteriorado barracón. Nichols observó que el fraile que examinaba los papeles de Strickland le dirigía la palabra en inglés. cerca del muelle de la Joliette. a las once y a las cuatro. los colores y los pinceles. con gran envidia del capitán. se puede catar una taza de cierta sopa clara y salobre. se puso a buscar a Strickland. con los pies en el agua. -¿No tiene dinero? . que sólo los muy hambrientos se resignan a recorrer. Strickland. donde los indigentes recibían algunas migajas que deben engullir al momento y allí mismo. pero su situación. al menos. propietario de una pensión para marineros. y Strickland no pudo trabajar en paz. acudieron a la hospitalidad de Tough Bill. A las cinco de la' mañana.. Los favorecidos con ella dormían generalmente en el suelo de las dos piezas desnudas con que contaba. fuerte de puños.le preguntó Nichols. sus posaderos.le dijo. no debió ser muy brillante porque fue en un asilo nocturno donde el capitán lo vio por primera vez. pero no alcanzó a hablarle. Subió a una plataforma que se levantaba en el fondo de la pieza y comenzó a verter oraciones sobre los desgraciados parias. El capitán debía ser un testigo digno de fe. ¿Por qué este deseo de ver los mares del sur? Recuerdo que su imaginación estaba obsesionada desde mucho antes por una isla verde y primitiva. le pagó la tela. quien no sólo le dispensó de aquella obligación. -Vamos a almorzar. aquella en que él me mostró sus cuadros. las anchas espaldas y el aspecto extravagante de Strickland llamaron la atención del capitán. Después de vagar una hora por las calles. además de lo convenido. quien se encaminó con Nichols a la «Bouchée de pain». Llegados a la sala común. rodeada por un mar más oscuro que el de nuestras latitudes. donde se reúnen los marinos.67 La Luna y Seis Peniques W. Todos esperaban con resignada paciencia. de que poseen un oficio. Nichols desembocó en la plaza Victor-Gélu. viejo .

mientras sacaba dos cigarros de la caja que yo le había tendido. la suerte cambiaba. Y en las noches glaciales. ¿denotaban igualdad de humor o simplemente afición a la paradoja? El «Chink's Head» es el nombre que los desocupados marselleses dan a una pocilga que un chino tuerto mantiene en la rue Bouterie. (En francés en el original. Sus nacionalidades. Durante varios días.decía el capitán Nichols -. él y Strickland eran enrolados cono estibadores. Tough Bill se exasperó ante este empecinamiento que para él significaba una pérdida importante. cuan-dose se está con el estómago lleno? . con gran cuidado. nuestros personajes llegaron a ganar hasta un franco al día. quien le convenció de las ventajas de Tahití. balanceándose sobre una tabla. Ante todo. Y ya los tenemos de nuevo al aire libre. Una vez a bordo de los barcos ingleses. y otra hacia Newcastle. A veces. Naturalmente. Dormían en cualquier parte. y él fue. donde nunca faltaba quien les ofreciese un almuerzo abundante. Nichols se las arreglaba para captarse las simpatías del inspector.me explicaba -. Se sienten ciudadanos de un país sin fronteras que los engloba a todos: el gran país de Jauja. Encendía uno y se guardaba el otro. en el bolsillo. con la gracia de la marina mercante. y todos se levantaban de la mesa con el vientre casi tan vacío como al sentarse. hastiado. Somerset Maughan tomó afecto al capitán Nichols porque conocía esas regiones. un oficial debe respetar la disciplina. Dos veces Strickland se negó a embarcarse hacia Nueva York.decía filosóficamente. a bordo de un carbonero. -Con peores he cargado mi pipa . La «Cuillere de soupe» y el asilo nocturno les estaban cerrados. Modismo francés. muy usado en Marsella. las comidas de Tough Bill eran bastante frugales. mas todas las ocasiones se presentaban en barcos que partían para el oeste. pero se corría el riesgo de toparse con alguno de los oficiales y de verse expulsados de un puntapié. y regocijándose luego. Y los franceses no son tan infernalmente minuciosos como los ingleses. El capitán Nichols y Strickland no soñaban sino en el Oriente. Creí adivinar su punto de vista. pero esto no bastaba para confundir a un Touhg Bill cuando presentía un buen negocio. No me extrañaba.68 La Luna y Seis Peniques W. solía estar tan alegre como un pinzón.. pero cuando no habíamos comido nada en todo cl día. entonces. arrojó a la calle sin mayores ceremonias a Strickland y al capitán. Esos vagabundos ignoran lo que es mezquindad. Por fin. Estos rasgos de su carácter. estuvieron embadurnando el casco enmohecido. pero el frío los despertaba. -Como usted ve. sobre todo al capitán Nichols. reiniciaban elinterrumpido vagabundear. después de una o dos horas de sueño agitado. a él le correspondía el primer mes de sueldo cada Vez que lograba enrolar a un marinero.. en un baldío. habrían desconcertado a cualquier otro. -¿Qué importancia tiene un puntapié. Uno de sus protectores se había encargado de pintar un barco de carga que volvía de Madagascar por el Cabo de Buena Esperanza. 5 Mouise. se deslizaban al comedor de la tripulación. y el que posee algún dinero no vacila en compartirlo. quien no se acostumbró nunca a vivir sin él. Conocía la superioridad de Strickland en casos que. Cargando camiones con cajas de naranjas. La venta de pescado ofrecía recursos imprevistos. No me ofendí jamás..l ibro dot. Solía recorrer la Cannabiére. recogiendo las colillas de cigarros que tiraban los paseantes nocturnos. -A veces regañaba un poco. y entregó a Strickland los papeles de un fogonero inglés que murió muy oportunamente bajo su techo.) http ://w ww. Cierta vez se les presentó una ocasión. com . Esta situación debía encantar el ánimo de Strickland. ni ganado lo suficiente para dormir en el refugio de «Chink». como verdadero inglés. en el cabal sentido de la palabra. y. Cuando atracaba un paquebote. Tahití es francés -. Lo que más les hacía falta era tabaco. precisamente. empero. Es el refugio obligado de todos los miserables. muchas veces antagónicas. Pregunté cómo soportaba tantas privaciones. no perturban en absoluto la cordialidad de sus relaciones. en un vagón de ferrocarril vacío. abrigan sus cuerpos casi siempre esqueléticos con los diarios del día. su único recurso eran las migajas de la «Bouchée de pain». con el que se refieren a la pobreza. bajo una carreta. como éste. cuando la 5mouise hace más desoladora su desesperanza. Conocieron lo que era hambre. impulsado por la pierna estirada de un oficial. Me parecía ver a Nichols rodando por el puente. los dos amigos tuvieron buenas razones para echarlas de menos. Los contrató a ambos. Strickland no tenía papeles. encogiéndose de hombros. durante varios días.

¡Qué confusión de francesas. las luces pestañeantes de las casas dan a la calle una belleza siniestra. Durante el día. apretujadas unas contra otras. se contentó con insultarlo. El sabor a vicio que envenena el aire transporta al transeúnte al mundo de la sensualidad. Los vocablos más duros e insultantes pasaron por sus labios. A pesar de su repulsión. De cuando en cuando. una mujer daba de mamar a su hijo. alegres marineros de la flota francesa. iba y venía con una bandeja 'llena de vasos de cerveza: De súbito. varias parejas bailaban. Alrededor del mesón se hallaban instalados varios grupos. Dió entonces un paso hacia él y. com . carcajadas y alaridos se fundían en un ruido ensordecedor. and O. sin pronunciar una palabra. En varias oportunidades. la pintura espesa de las cejas y el rojo violento de los labios se transparentan en todas estas criaturas delgadas como un huso.l ibro dot. Un piano mecánico martilleaba algunos trozos de música bailable en el bar donde se encontraban Strickland y Nichols. cuando se disponía a seguir su camino. era preferible no presentar resistencia. Venía medio borracho y buscaba una pelea. Tough Bill se puso verde de ira y echó á andar apresuradamente. cantan entre dientes alguna pieza de moda o se insinúan a los transeúntes. El humo oscurecía el aire. italianas. cuya fuerza sabía hacer respetar su voluntad. Cuando un hombre daba un prolongado beso a la moza que tenía en las rodillas. los silbidos de los ingleses venían a sumarse a la batahola. A veces. En el centro del local. aventureros ingleses. siete u ocho soldados no menos bulliciosos. japonesas y negras! Bajo el afeite grosero. Una tarde el capitán Nichols y Strickland bebían en un bar de la rue Bouterie. Mas Tough Bill no era hombre que soportara los atrevimientos de un simple marinero. La policía sostenía al dueño. en la plaza. donde flotaba el polvo levantado por los toscos zapatos de los bailarines. Con sus manos groseras y callosas algunos marineros barbudos de rostros curtidos por los aires marinos. Strickland manoteó un vaso de sobre la mesa y se lo tiró. españolas. El calor se hacía cada vez más insoportable. Tough Bill no soportaba atrevimientos. Allá.: "Pacific and Oriental" es una compañía de vapores inglesa. Los bailadores se detuvieron. En esa atmósfera densa. en un rincón. cuando no inválidas por la grasa. que es una callejuela limitada a ambos lados por una hilera interminable de casitas que tienen la particularidad de no poseer más que una habitación.»6. se levantaban dos marineros y comenzaban a bailar juntos. Togh Bill. Con voz chillona. Canciones. recuerdan los carros de los gitanos y las jaulas de fieras de los circos. un adolescente desmedrado. Carlos era implacable. Tough Bill le pidió los papeles que le había dado: «¡Ven a buscarlos!». le respondió Carlos. Afuera circula un mundo abigarrado. invitó a Touhg Bill a retirarse. que un pingajo transparente. pero el aspecto de Strickland le hizo desconfiar un tanto de sus fuerzas. un jarro con agua y una palangana. Al entrar tropezó con la mesa de tres soldados y volcó un vaso de cerveza. avanzó en seguida unos pasos y le gritó: «¡Trompudo!».69 La Luna y Seis Peniques W. Carlos lo contempló un instante. No era tan grave la palabra como el tono con que se lo dijo. fingen leer. otras dejan caer sus cabelleras sucias y desgreñadas sobre un vestido de muselina rosada o blanca. los dos inseparables fueron advertidos de que había jurado matar a Strickland. En cada puerta hay siempre una mujer. alemanes. Somerset Maughan -Pero cuando se le hablaba con dureza. and O. negros de un transporte norteamericano. el espectáculo obsesiona y embarga con su inquietante misterio. Aquella oscura llamada a los instintos elementales disgusta y fascina. allí. reunió toda la saliva que tenía y le escupió en la cara. A través de la puerta entreabierta se divisa un enladrillado rojo. españoles. Se cambiaron algunas amenazas y el dueño del bar. e iba ya a salir cuando divisó a Strickland. Tough Bill vaciló un instante. seguido de dos colosos negros. El mozo. manoseaban a sus parejas. Cierto día. http ://w ww. pecoso y con cara de estúpido. irrumpió en el establecimiento. que no llevaban encima más. rubios gigantes de una goleta sueca. las huellas de la edad y los estigmas de la prostitución. dió media vuelta. no puede decirse que fuera tolerante prosiguió el capitán Nichols -. Su autoridad dependía de su prestigio. Unas se exhiben envueltas en tela negra y con medias color carne. Lanzando un juramento. una media docena de marineros borrachos rasgaban el aire con sus gritos y sus risas. Hubo un 6 P. pálidos tripulantes de un navío japonés. y. Aquí. flota en el ambiente un rumor sórdido. Hindúes de un «P. los convencionalismos de la vida cotidiana desaparecen. Allí se vive frente a frente a la realidad bruta. pero por la noche.

no hay que descuidarse. pero sé muy bien que el capitán Nichols era terriblemente mentiroso y es muy posible que no hubiera una palabra de verdad en todo lo que me contó. Pasó una semana. debe reconstituir.respondió Strickland. -¡Qué pronto lo asustan las peleas de gallo! . El azar vino en ayuda de Strickland. viejo. Creí ver su sonrisa sarcástica. Acaso a esta edad no se ha deslizado ya la mayoría de los hombres a la comodidad de la rutina? En el horizonte gris del mar agitado por el mistral. sino también sus costumbres. -Le aconsejo que se marche de Marsella antes de que Tough Bill salga del hospital . Nichols vió desvanecerse el humo de sus chimeneas. pero ya podía recibir visitas. Una noche Strickland recibiría una puñalada por la espalda. donde sólo quedó una docena de hombres luchando furiosamente. CAPÍTULO XLVIII ME proponía terminar aquí mi libro.l ibro dot. a quien un directo a la nariz había enceguecido. En un principio pensé comenzar por los últimos años de Stricland en Tahití y su horrible fin. en la cadena de los acontecimientos faltan eslabones. no solamente el aspecto de un animal desaparecido. Nichols se inquietaba porque conocía los rencores de Tough Bill. la fiebre de la lucha se apoderó de todos los espectadores y la confusión se hizo general. la presencia de Strickland no causó sensación.dijo Nichols a Strickland. miraba. Llegó la policía. Las mujeres huyeron hacia la puerta o se escondieron detrás del mostrador. y dos o tres días después se sacaría del agua sucia del puerto el cadáver de un desconocido. para volver atrás.decía el capitán -. Uno de los suyos se había lanzado al mar. en el mismo orden en que había llegado a mi conocimiento. de regreso a Chink's Head comenzaba a ver claro. y hablar luego de sus primeros tiempos. en una crisis de delirio. Era mucho decir. Resolví entonces comenzar por el principio.70 La Luna y Seis Peniques W. Esto me habría dado ocasión para terminar con una nota de esperanza y confirmar el carácter de su naturaleza indomable. El barco se detuvo sólo seis horas y. Cuando se hiere a un hombre. con la ayuda de un hueso único. He narrado todo esto de la mejor manera. afirmaba su mujer. el mulato no era un adversario despreciable. resignándome a relatar lo que sabía. Varias mesas se fueron al suelo y los vasos rodaron. ocupado en la compraventa de títulos y acciones. Me representaba esta partida para un nuevo mundo. con doble despecho. Me encuentro en la situación del paleontólogo que. Nichols fue a informarse sobre el estado de Tough Bill. Strickland se secaba la sangre de una herida que tenía en el brazo derecho. con una gran herida en la cabeza. El capitán Nichols. Por desgracia. desaparecer para siempre las costas de Francia. porque me gustan los contrastes que representan estos episodios con la vida que Strickland llevaba en Ashley Gardens. por lo mismo. pudo verse a Tough Bill tendido en el suelo. Dos veces había llevado Strickland la ventaja. Entraron algunos transeúntes. Al día siguiente. daría su merecido a Strickland. Pronto se despejó el centro del local. Se le http ://w ww. haciéndose pedazos. En Tahití. No me extrañaría en lo más mínimo saber que ni había visto en su vida a Strickland y que todo lo que de él contaba lo había sacado de las páginas de una revista de Marsella. com . aquella misma tarde. y ello me indujo a renunciar después de una o dos tentativas. firme e intrépido. Tan pronto como saliera. Un barco que partía para Australia pidió un fogonero al «Hogar del Marino». pero cuando Tough Bill se arrojó sobre Strickland. gritos y carcajadas. durante la travesía de Gibraltar. Strickland partió en seguida y el capitán no volvió a verlo. Somerset Maughan momento de completo silencio. Pero no lo pude conseguir. A su lado. Me habría gustado concluir mostrándole en la ruta hacia la isla desconocida que obsesionaba su imaginación. a los cuarenta y siete años de edad. Cuando el bar estuvo casi desierto. entre ruidos de golpes.dijo a Strickland cuando. Los más listos escaparon. Mi historia se encadenaba mal. Se cruzaron injurias en todas las lenguas. -Lárguese al puerto. y firme al momento . Ya acecharía la ocasión. por la tarde. con sus ropas hechas jirones. -Insisto en lo que he dicho . Estaba todavía en el hospital. que se perdían hacia el Oriente entre las brumas del mar. se esforzaba por hacerlo salir del local.

Sus pinturas están alcanzando precios locos. Para no perder el viaje le hablé de Strickland. Durante una de esas cortas permanencias en el puerto vino a pedirme doscientos francos prestados. por fin. «No podemos colgarlo en el salón .me confió -. entre el fárrago de cosas acumuladas en los treinta años que vivíamos en aquel barracón. pero. Como pudimos. tenía una tela de Strickland que llegó a sus manos por una singular casualidad. junto con los trastos viejos e inmundicias de la casa. Trata. Sólo varios años después de su muerte. yo me interesé por el porqué era pintor. Pero me daba lástima su falta de talento. Bien sabes que lo guardo todo». Pasaron algunas semanas. a quien había conocido muy bien. pero sus pretensiones eran superiores a mis medios. sus amigos tuvieron la sensación de haber convivido con un hombre extraordinario. Saltaba a la vista que se moría de hambre. -Vea usted . Cohen tuvo una frase admirable! -Qué lástima que Strickland haya muerto!¿Qué habría dicho al devolverle yo los veintinueve mil http ://w ww. que perdí el norte: acepté antes de reponerme de la sorpresa». mi hermano me escribió desde París. Le procuré su primer empleo. Por cierto que no le hablé de la deuda. Nosotros llevamos eso en la sangre. Sin embargo. que traficaba entre los Pomotus y las Marquesas. diciéndome: «Has oído hablar de un pintor inglés que vivía en Tahití? Parece que era un genio. siempre sin un franco y siempre dispuesto a malpintar unos cuadros incomprensibles. Salía cargado de mercaderías y regresaba con copra. corales y perlas. no tuve corazón para negarme. pero no pude aprovechar de esta circunstancia para explotarlo.ese cuadro con que nos obsequio Strickland?». Naturalmente. Sin saber qué responderle. ¿Ha visto alguien alguna vez cocoteros con hojas azules? Pero estos parisienses tienen el cerebro al revés.dije a mi mujer . Un cierto Cohen. «Crees tú que estará todavía en el desván . seguí viéndolo. Entonces.me respondió -. sabía que era dinero perdido. pues. -¡Qué guardián habría sido! -Siempre he sentido simpatía por los artistas. no se resuelve jamás a tirar nada.71 La Luna y Seis Peniques W. enseñé el paisaje a la vecindad. según verá usted. Se trataba de un francés de ojos dulces y sonrisa amable. ¡Pensar que habrían podido adquirir a cambio de un trozo de pan esas obras de gran valor! No podían consolarse. De cuando en cuando reaparecía en Papeete. La miré de nuevo y declaré: «¡Quién hubiese pensado que era un genio el que vigilaba mi plantación! ¡Un genio el deudor de mis doscientos francos! ¿Te dicen algo estos garabatos?» «No -respondió mi mujer-. lo que aliviará mucho sus tareas». miré su mamarracho y se lo agradecí como debía. De los indígenas no se puede obtener nada si no están bajo las órdenes de un blanco. Adivina usted lo que decía? «He recibido tu cuadro y confieso que al verlo creí perder la cabeza. Tan pronto como pudo comprar pinturas y pinceles. Fuí a verlo. Pues bien. de conseguir algunas de sus obras y envíamelas. que aquí son muy escasos. ¡Nunca he visto nada semejante! «Y qué haremos con él?» . pues se limitó a decirme: «He pintado especialmente para usted este paisaje de su plantación». me abandonó. nos encaramamos al desván y allí. Le obsesionaba el país y no pensaba más que en la selva. y puede ser que paguen a tu hermano los doscientos francos que te debía Strickland». Pero Strickland no permaneció mucho tiempo a mi servicio. Hube de vencer mi vergüenza para mostrárselo al señor de que te había hablado. Por fin embalamos el cuadro y lo remití a mi hermano. él tampoco. Comprendí que hacía muchos días que no probaba bocado. Alguien me había dicho que me vendería barata una enorme perla negra. com . cambiaba dos o tres frases con nosotros y luego se marchaba otra vez. un año más tarde volvió a verme trayéndome un cuadro. Lo echó entonces al desván. Somerset Maughan consideraba un bohemio. Pero poco antes de la guerra. «Allí tiene que estar -me respondió-. -¿Y qué tal era? -¡No hablemos de eso mejor! No tenía pies ni cabeza. francamente. Le dije: «Usted dispondrá de todo el tiempo que quiera para pintar. ¿Te imaginas mi embeleso cuando él me declaró que era una obra maestra y que me ofrecía por ella treinta mil francos? Estoy cierto que habría dado más.dije a mi mujer -. mitad marino y mitad colono. cuando los comerciantes de París o de Berlín comenzaron a buscar por la isla sus últimas telas.l ibro dot. Es su manía. Hay mucho que ganar». un buen día recibo una carta de mi hermano. Se burlarían de nosotros». viejo negociante judío. ésta no puede ser nuestra plantación. Cuando hubo partido. Tengo una plantación en la península y buscaba entonces un blanco para que la vigilara. logramos localizar la tela. yo estaba tan sorprendido. No habría dado jamás un céntimo por un mamarracho semejante. un mes. dos. porque mi mujer.

su rostro carnoso daba una impresión de indecente desnudez. Sus ojos conservaban aún la chispa de la juventud y de la vivacidad. Tres cosas la transportaban de júbilo: una picardía. No pude objetar nada.su padre le había dado el nombre de esas flores blancas y perfumadas cuyo aroma. le mandaba a decir con un muchacho que se viniera a almorzar conmigo. Pagó veintisiete francos por ella. no se conformaba ya con dirigir: preparaba las viandas con sus propias manos. Tiaré . dando órdenes. Sin su expresión de inalterable benevolencia. es verdad. -¿Qué hizo? -Por poco me rompe los huesos. subía de tono. Suspiraba al decirlo. Por lo general usaba una gran peineta rosada y un enorme sombrero de paja. mas no duraba en parte alguna.72 La Luna y Seis Peniques W. De la mañana a Ia noche se la podía ver sentada en una silla baja. Pronto renacía en él el deseo de volver a la selva y. Y como era un horabre. una mañana cualquiera http ://w ww. el comercio amoroso era la ocupación más natural. Tiaré hizo lavar la ropa blanca del pobre diablo junto con la suya. Hija de una indígena y de un capitán inglés que vivió largos años en Tahití. una voluminosa y marchita matrona de cincuenta años de edad. Me inspiraba Compasión. -No había cumplido quince años aun. no se conformó nunca con la ocasión única que había dejado escapar. hoy día sería rica! Pero Tiaré Johnson no habla nacido para ser rica. un vaso de vino y un buen mozo. comenzó luego a darle un franco diario para su tabaco. «¿Cómo dejar que el desgraciado se paseara con la camisa sucia?». termina siempre por atraer a Tahití -.l ibro dot. Cierta sartén norteamericana que le interesaba la trajo al remate. ¡Y cómo reía! Nunca he oído nada más comunicativo. com . Privada del amour por su edad y sil obesidad. segundo piloto del «Oiseau des Tropiques». pero acaso lo recuerda siempre? -Mi padre era un hombre de buen sentido. No tenía rival para la cocina y adoraba la buena mesa. pero la mayoría salieron en cinco o seis. coles gigantes.. Lo atendía con los mismos cuidados que al mejor de sus dientes. por fin. según se dice. En seguida me casó con el capitán Johnson. Sus brazos parecían piernas de cordero. ¡Vea usted si los hubiese comprado. Hospedaba desde meses atrás a un viajero sin recursos. Un ruido sordo comenzaba a agitarse en el fondo de su garganta. se justificaba más tarde. todos admiraban su color negro azabache y su opulencia. Cierto día el lavandero chino rehusó seguirle lavando. -Había también una docena de cuadros agrego . inventaba. El dinero se le escapaba de entre los dedos.. pero buen mozo también. Los creía siempre deseosos de reivindicarse en la primera oportunidad. era. digo. habría infundido respeto. y su papada le descendía con majestad hasta las profundidades del pecho.. así. lo que ocurría con frecuencia porque le gustaba exhibir su cabellera. Su propietaria. Como usted comrenderá nadie se interesó por ellos. ¡Tan flaco y siempre sin un céntimo! Cuando yo sabía que estaba en la ciudad. y. Cuando quería agasajar a algún amigo. Muerto Strickland. Tiaré.que ni siquiera tenían marco. -Solía venir al puerto.. un apuesto muchacho. pero cuando se descubría. todo su vasto cuerpo se estremecía. sus senos. Todos lo veíamos errando sin rumbo fijo por las calles de Papeete. parecía haber encontrado su compensación en el interés de los jóvenes. cuando mi padre se enteró de que tenía un amante . Algunos subieron a diez francos. No quería otra cosa que hacer aprovechar a los detrás de su experiencia y de sus consejos. cuando llegaba el momento de la bulliciosa carcajada. y los hombres deben I untar. cuando la conocí. junto al fuego y rodeada de un cocinero chino y de dos o tres muchachas indígenas. No conocerla era algo sin consuelo.contaba -. la señora Johnson. Era más viejo. A sus ojos. aumentaba lleno de intensidad. La hospitalidad era su manía y en la isla nadie corría el riesgo de ayunar mientras quedara algo en la despensa de la dueña de «La Flor». charlando con quien `se acercara y probando los guisos que. recordaba muy bien a Strickland. una parte de sus trastos fue vendida al mejor postor en la pieza de Papeete. Somerset Maughan francos que le correspondían? CAPITULO XLIX ME hospedaba en el hotel «La Flor». que la llenaba de orgullo. Una o dos veces le encontré trabajo. Nunca negaba alojamiento a los malos pagadores. Se pretende que una mujer no recuerda jamás sin ternura su primer amor.

mal vestido. reconociéndome. viven con la nostalgia de un sitio desconocido. Unos diez años más tarde.. me tomó la mano. ¿Es esto lo que mueve a ciertos individuos a buscar en la distancia algo a qué ligarse? ¿Es éste un profundo atavismo que conduce al vagabundo a la tierra que abandonaron sus antepasados en los orígenes confusos de la historia? A veces llega a un lugar y allí le atan lazos misteriosos. más bien grueso. y Abraham fué pronto olvidado. con la ayuda de uno de sus superiores. Pero había un hombre listo para ocupar el puesto de Abraham. Son extranjeros en el suelo natal.. y en seguida jefe de servicio. las calles populosas donde jugaron de niños. Es de creer que estos horizontes le eran familiares desde su nacimiento. un caballete y una docena de telas componían todo su equipaje. Somerset Maughan desaparecía. tímido y modesto. Después de las recíprocas protestas de asombro.le contestó Tiaré -. ¡No podían vivir en otra parte! CAPÍTULO L TENGO la idea de que algunos hombres no nacen donde les corresponde. que él había obtenido gracias a su talento y tesonero trabajo. A las pocas semanas de partir. rubio. Llegó al hospital gozando de una beca y durante los cinco años del curso obtuvo todos los premios. porque en Sydney había encontrado trabajo. joven.. las autoridades del hospital recibieron su renuncia al tan solicitado cargo. com . Cuando desembarqué. Pues bien: seis meses después estaban de regreso.l ibro dot. a bordo de un barco de esos que habitualmente viajan sin él. sus semer le adjudican los motivos más inverosímiles. En cuanto nos encontramos por la noche. Poseía algún dinero. me invitó a comer en el Club Inglés. y cuando se quitó el sombrero vi que era calvo. Este era un hombre gordo. cuando oí exclamar a un compañero: «¡Esta vez. Era un judío de nombre Abraham. Al bajar a tierra. no son para ellos sino algo transitorio. a ella!» Levanté la vista y divisé en el horizonte los perfiles de una isla. Aislados durante toda la vida en el seno mismo de su familia. Cuando inició aquel viaje de descanso por el Mediterráneo. permanecen indiferentes a los únicos paisajes que han contemplado sus ojos. una caja de colores. Honores y riquezas lo esperaban. me parecía reconocer algunos sitios ya vistos. hallándome a bordo de un barco que estaba por atracar en Alejandría. Nunca más se supo de él. tenía todas las intenciones de volver a http ://w ww. Entonces me contó su historia. Había desaparecido. tuve que hacer fila con los demás pasajeros para el examen médico. Me miró sorprendido y luego. con lo que vió asegurado su futuro. He visto a algunos muchachos descender a tierra durante las horas que sus barcos tardan en hacer carbón. —¡Abraham! — le dije. A medida que nos acercábamos. le expresé mi sorpresa al verlo en un puesto tan modesto. los senderos cubiertos de hojas que hollaron desde su infancia. Vagamente me pareció haberlo visto antes. De repente lo recordé. Hasta donde es humano predecir. y arrendó un pequeño cuarto en una choza en las afueras de la ciudad. Cada vez que un hombre hace algo inesperado. es seguro que alcanzaría las más altas cumbres en su carrera. -A veces ocurre así . Strickland desembarcó en las playas de Tahití seis meses después de partir de Marsella. como he oído a otros que han pasado aquí un año encerrados en una oficina. En Tahití se sintió al momento en su ambiente. que no se han movido más de aquí. contó a Tiaré: -Me preparaba para lavar el puente. ¡Es el país de sus sueños! Se siente en él como en su casa. La decisión creó gran asombro y dió pábulo a los rumores más extravagantes. encuentra la paz. todo me fue familiar.73 La Luna y Seis Peniques W. pero de notable talento. por fin. Se había enrolado en un velero que nave ha entre Auckland y San Francisco. corno médico. Cierta vez. Se graduó de médico y fué nombrado cirujano interno. Allí. decir al reembarcarse que preferirían reventar antes que volver.. Narré a Tiaré la historia de un hombre que conocí en el hospital Santo Tomás. En el rincón del mundo en que el azar los ha puesto. enterado él de que yo iba a pasar la noche en Alejandría. Al instante comprendí que eso era lo que había soñado toda la vida. Diríase que ya había vivido en estos lugares. quiso tomar unas vacaciones y no disponiendo de medios se alistó. Antes de asumir una nueva posición de jefe de servicio.

viviría para siempre en Alejandría. Tiaré permaneció en silencio unos instantes. Hallábamonos desgranando guisantes y conversábamos distraídamente. -¿Qué quieres decir con eso? -¿Recuerdas a Abraham? . Se sintió invadido por una gloriosa libertad. sorprendieron una operación http ://w ww. Se sintió como en su casa y en ese instante decidió que. sólo me quedaba dedicarme a la práctica de la medicina general y tú sabes el corto recorrido que eso tiene. Yo dudaba de que Abraham hubiera echado a perder su vida. com . Después de todo. —No me importó lo que pudiera pensar de mi. ¡Pobre demonio! Se habrá hundido por completo. comenté sonriendo el cambio favorable que se había producido en su situación. Pero no comuniqué a Alec mis reflexiones. hasta un día en que comí con otro viejo amigo. ¿quiere creerme. pero no puedo dejar de considerar lamentable que un hombre eche a perder su vida de ese modo. nos hubo dejado solos. —No se lamenta de haber abandonado su carrera? —Nunca. y algo sucedió dentro de él. vió negros del Sudán. En todo me precedía. Fué como una revelación. La verdad es que no basta tener talento. Somerset Maughan Londres. A su lado. en un modo de vivir distinto al que se lleva. y él siguió diciendo: -Sería un hipócrita si dijera estar apenado por lo que hizo Abraham. sus ojos. el carguero que lo llevaba ancló en Alejandría.me dijo -. ¿Carácter? Me parecía que hace falta carácter para abandonar una carrera brillante después de media hora de meditación. —El capitán debe haberlo creído loco — le dije sonriendo. Él debió ocupar la posición que yo detento ahora. Lo hallé en la calle y lo felicité por los honores que había recibido en reconocimiento de los eminentes servicios prestados durante la guerra. Alec Carmichael. Pero me callé la boca. hasta orientarme un poco y. con la que tiene media docena de hijos escrofulosos. Me llevó a su hermosísima casa de la calle Reina Ana. Obtenía siempre lis becas y los premios a que yo aspiraba. ganar diez mil libras anuales y tener una mujer hermosa? Supongo que eso depende del valor que se quiera dar a la vida y al derecho que se le quiera conceder a la sociedad y al individuo. Alec pertenecía a una media docena de hospitales y creo que ganaría unas diez mil libras por año. Sólo pido poder vivir así hasta el fin de mis días. Pues aquí me quedé y al poco tiempo se me ofreció el puesto que ocupo. Tiene un puesto de mala muerte en Alejandría. lo que cuenta es el carácter. siempre alertas. desde nuestros tiempos de estudiantes. y Abraham no lo tenía. Vivir como se quiere. Una mañana.l ibro dot. ¡Vivo una vida maravillosa! Al día siguiente me fuí de Alejandría y no recordé más de Abraham. -Todo fué cuestión de suerte. Decidí alojarme en un hotelito griego. blanca a la luz del sol. pero lo más extraño del caso es que lo debo todo a una casualidad. No tuvo dificultades para abandonar el barco y a las veinticuatro horas estaba en tierra con todo su equipaje. para no haber lamentado nunca ese paso repentino. cuando su mujer. ni un minuto. decía. Al fin y al cabo yo salí ganando con ello.Era el hombre que al salir de la facultad tenía el porvenir asegurado. que se encontraba en Inglaterra gozando de unas cortas vacaciones. un mayor significado. en que nos parecía una extravagancia comer todos los días. Y hacía falta más carácter todavía. ¡hermosa mujer!. Ahora. Después de la comida. Eso me brindó mi oportunidad. Gano lo suficiente para vivir y eso me basta. Abraham debe tener alguna tara. ¿es echar a perder su vida? ¿Y se llama tener éxito a ser un cirujano eminente. sólo por el hecho de haber visto. Me dijeron que vive con una vieja griega. Desde la cubierta contempló la ciudad. turcos sombríos. me fuí derecho a uno como si lo hubiera conocido antes? —¿Había usted estado anteriormente en Alejandría? —Jamás había salido de Inglaterra. De súbito. -Me ha ido bastante bien . ¿quién soy yo para discutir con un eminente cirujano? CAPÍTULO LI DESPUÉS de oír mi historia. vio griegos e italianos vociferando.-Quizás tengas razón. No era yo quien obraba en ese momento. el sol y el cielo azul. Pero Abraham desapareció y yo obtuve el puesto que él dejó vacante. algo más fuerte me impulsaba. en un restaurante italiano de quinto orden. Era un genio die la cirugía. Vió a los indígenas con sus ropas raídas.74 La Luna y Seis Peniques W. No podía explicarlo. en paz consigo mismo.

siempre están listas para ofrecerse a un blanco. los capitanes y primeros pilotos son aficionados a los cambios. Strickland solía venir al hotel con el propósito de almorzar bien alguna vez o de jugar una partida de ajedrez con sus amigos. Ahora. Pero no tiene usted un franco y es incapaz de desempeñar un puesto durante dos o tres meses.dijo repentinamente Tiaré con su ancha faz iluminada por una sonrisa. Un hombre de su edad no puede mantenerse en su situación respecto a las mujeres. todos tienen alguna mujer en alguna parte. ella también lo estará. un poco atemorizada. le dije. -Fué entonces cuando me habló de su mujer de Inglaterra. del que yo apenas conocía una que otra palabra. el tabaco o el dinero. -¿Al cocinero? -No. El chino era cáustico y agresivo para contestar. que hablaba con la misma facilidad. tampoco lo conducirán a nada bueno. No tenía una gota de sangre blanca. ni un capitán.. él me preguntó: «-¿Y qué diría Ata a todo esto? »-Pues está enamorada de usted. ¿Quiere que la llame?» Tiaré dio un profundo suspiro. ¿qué digo? ¡Ni siquiera un indígena la ha tocado alguna vez! Se respeta. Sin embargo. mi pobre Strickland. y las Islas Británicas están en el otro extremo del mundo. quiero que me escuche bien». Al oírlos.. Strickland reaparecía en Papeete. La choza está ya construida. les bastaría para vivir con desahogo. como las demás. La pícara sabia muy bien de qué se trataba. ¿Por qué lo piensa tanto?» Tiaré se interrumpió para respirar. Tenía yo de lavandera a una muchacha llamada Ata. además es protestante y usted sabe que las protestantes no pierden la cabeza en estas cosas como las católicas». Le gustaba.. El humo del tabaco vino a sellar la paz y todo recobró su tranquilidad habitual. -¿Era una indígena? -Sí. habríase dicho que el mundo iba a estallar. no lleva una existencia digna de un hombre de su raza. «Pero. Ata posee un pedazo de terreno cerca de Taravao. ni un primer piloto. Está en edad de colocarse y. Al precio que tiene el copra hoy día. para errar por sus calles corno un perro perdido. o de otras. por otra parte. a poca distancia del promontorio. No aspira al libertinaje. -¡Pero si ya tenía una! -Me lo repitió muchas veces. y le dije: «Strickland. No son ellas una . Ata es una muchacha discreta. Entró. a Strickland. pero fingía componer una de mis blusas que acababa de lavar. que la enfureció. Su respuesta desencadenó una violenta querella. y yo llamé a Ata. Sonreía. pero. hay muchos que no vienen a estas islas sino en busca de otra. -¿Era bonita? http ://w ww.gran cosa. Y usted sabe cómo son estas mujeres. cuando comenzaban a escasearle los colores.. Hacía pensar en el gorjeo de las aves. le pregunté un día lo que pensaba de él. pero yo le observé que ella vivía en las Islas Británicas. Somerset Maughan del cocinero chino. y Strickland la observó de pies a cabeza sin decir una palabra. com . -Sabe usted que yo le presenté a su mujer? . Entonces.75 La Luna y Seis Peniques W. mientras conversábamos era todo oídos. ha llegado el momento de que ponga orden en sus cosas. Tiaré mezclaba el francés y el inglés. nunca una doncella me ha durado mucho tiempo. Su voz aguda y penetrante no carecía de encanto. Se dio vuelta hacia él y descargó sobre el desgraciado un torrente de injurias. «-¿Por qué no se casa con Ata? Es una buena muchacha y no tiene más que diecisiete años. que había recogido a la muerte de sus padres. y prosiguió en seguida: -Strickland sonrió con su risa seca que tantas cosas quería decir. Habiendo reparado que Ata tomaba pretexto de todo para mirarlo. mandé a buscar a Strickland. Aunque dice que siempre puede llevarse a la selva a tal o cual indígena y que todas ellas no quieren otra cosa que seguirlo porque es blanco. Nadie quiere saber nada con usted. pero la tempestad amainó luego y Tiaré terminó por ofrecer un cigarrillo a su altanero subalterno. -¡Bien dicho! -Cada dos o tres meses.l ibro dot. después de haber hablado con ella. y dispondría usted del tiempo que quisiera para pintar. ¡y cómo! El comisario del «Oahu» me decía la última vez que anduvo por estas costas que no había conocido una muchacha más recatada en todas las islas. Se insultaron mutuamente en su dialecto tahitiano. Si está de acuerdo. Pues bien.

¿Ha probado usted mis ensaladas de cocos? ¡Ya le prepararé una antes de su partida!. »-Te golpearé . fuera de lo conveniente. al terminar el mes de prueba. Strickland repasó su larga barba rojiza y sonrió. a veces en «pareo» y a veces. para terminar. cuando nos retiramos. ¡Y qué cocinera! Yo le había enseñado. si Ata quería.. ¡Oh. muy usado en Inglaterra y sus colonias http ://w ww. Entonces. casi tan grande como Johnson y bastante fuerte. Bebimos champaña hasta saciarnos y todavía varios otros licores.. ¿Sabe alguien lo que vale un amante antes de haber vivido con él? Jamás he sufrido mayor decepción con un hombre que cuando comencé a vivir con Jorge. ¿querrías tenerme por marido?» Ella no respondió cosa alguna y se limitó a hacer con su cuerpo un movimiento caprichoso. el capitán Johnson. ¿cómo podría saber que me quieres?» . En el hotel «La Flor». «curry»7 y ensalada de cocos. si decide casarse. »-De otro modo. Quedaba amoratada de pies a cabeza durante días enteros. Después se bailó hasta tarde en el salón.respondió ella.76 La Luna y Seis Peniques W.continuó él. nada le costará ir a instalarse en su tierra. me maltrataba regularmente.. Enseñé a Ata a preparar uno o dos platos que le gustaban a él. apenas concluida la comida. Pero sólo después de casarme con Jorge Rainey vine a comprender lo que había perdido. La Cruz del Sur centelleaba en un ciclo sin nubes: Tiaré sonreía con indulgencia y suspiraba ante el recuerdo de aquellos tiempos que acudían a su memoria. reuníamos a las doncellas ele la casa y una o dos amigas de la patrona y bailábamos al son de un gramófono gangoso. Ella prosiguió: -Pues bien . y. Viva con ella durante un tiempo y verá si le gusta podrá comer aquí. Comprendí lo que turbaba a Strickland y me apresuré a agregarle: «Tiene buen dinero ahorrado: los capitanes y pilotos de los barcos le hacen de cuando en cuando sus regalos. Strickland la pintó en todas las posturas y con toda clase de ropas. el capitán Johnson. También solía ir a pescar a un banco de rocas. Aun ahora. frente al mar. dos retratos ampliados de Tiaré y su primer marido. era un mozo interesante.añosas apariencias. Reflexione. Encima de algunas mesas redondas se veían varios álbumes de fotografías y con los muros.le dije -nada nos apura. era bastante bonita.duró hasta las tres de la mañana y. com . le pregunté qué pensaba hacer. -Mi primer marido. Todas las noches. En seguida le rogué que continuase la historia de Strickland. mi pobre Strickland. me respondió que. helados. Nada le entretenía tanto como conversar con los indígenas en el puerto. aunque Tiaré estaba entrada en carnes y en años. No debió nunca un sorbo.continuó contando . Ata continuó desempeñando sus ocupaciones y Strickland vino diariamente a sentarse a mi mesa. En aquellos' tiempos yo estaba más delgada y bailaba con maestría. Pero todo quedaba en la superficie. no levantó nunca una mano para castigarme: habría podido ser un perfecto misionero. cuando se presentaba la ocasión. Erraba por las colinas y se bañaba en el torrente. . langosta a la portuguesa. que preparé con mis propias manos: un puré de garbanzos. Aceptó. -La fiesta . Ata . nadie estaba 7 «Curry»: Condimento picante de origen indio. Siempre he adorado el baile.le dijo Tiaré. Dispone de varios centenares de francos». el salón era una pequeña pieza con un piano vertical y varios muebles de caoba con tapices de felpa. Strickland no pintaba mucho.l ibro dot. terminé por aburrirme y nos divorciamos. Tiaré.reguntó -. -Adelante!. permaneció un momento pensativa. Pero seguía con el prurito de volver a la sagrada selva y cuando. se retiraba al anexo con Ata. ¡Era un hombre soberbio! Medía seis pies y tres pulgadas y cuando había bebido nadie podía retenerlo. Les ofrecí entonces una gran comida de bodas. cuánto lloré cuando murió! Creí no consolarme nunca. que la muchacha está enamorada de usted . Somerset Maughan -No se apresure. Sin embargo. Pero usted debe conocerla por sus retratos. alineados contra las paredes. ¡Y Jorge no se daba cuenta de nada! Naturalmente. . como le había ofrecido. y al ponerse el sol miraba lleno de melancolía hacia Morea. después de hacerme este relato. sin nada. A través del balcón penetraba el perfume sutil de los tiarés. Y al cabo de tres semanas o un mes. estaba dispuesto a irse con ella. Ata tiene un hermoso cuarto en el anexo. fijando los ojos en la moza. Sí. No zarpaba un barco del puerto antes que yo hubiese intimado con todos los oficiales. «-Le repito. ¿De qué vale tener un marido semejante? ¡Es inaudito cómo tratan algunos hombres a sus mujeres! Presenté mis sentimientos a Tiaré y me condolí de las pobres víctimas de esos hombres de tan en. O bien se sentaba en la playa.

correctísimo en su traje blanco. Cuando esto ocurría. los más felices de su estropeada existencia. cuyo origen nadie sabía. y su esplendente profusión parecía rodearla de llamas. Divisé una gran barba negra. venía una comilona como para enfermar a cualquiera. Ofrecí mi desvencijado coche a los novios. No tenía sino dos cuartos. Tiaré cortaba un vestido para una de sus criadas. Comieron juntos muchas veces. un rostro bronceado y unos ojos vivos. en las tardes se instalaba en la galería con su mujer a fumar o admirar el ciclo. que Ata freía en aceite de oliva. después de los cantos y danzas. Un sendero zigzagueante. Ata dió a luz un chico.. Más allá tendrían todavía un trecho bastante regular que recorrer. En la montaña crecen naranjos silvestres.l ibro dot. los indígenas se reunían en una y otra ribera y. entre grandes gritos y carcajadas atravesaban a los peces perdidos. y todos vivieron bajo el mismo techo. en el original. No necesitaba ya de Papeete y dejó de frecuentarlo. capitán de navío». que de súbito cruzan en el camino de los exploradores. dos resplandecientes arbustos escarlatas desafiaban con sus colores el oro de los cocoteros. Como todas las indígenas. mataban un cerdo. El copra era embolsado. CAPÍTULO LII Los tres años siguientes fueron. sombreado por los frondosos árboles de los trópicos. Él me tendió su tarjeta. sus primos se encaramaban en masa a los árboles para echar a tierra los cocos maduros. leía y. también solía ella preparar un plato suculento con esos enormes cangrejos de tierra. Por fin. Los partían y los ponían a secar al sol. CAPÍTULO LIII -TENEZ. y un «rocking-chair» para el balcón. com . y la comadrona que subió a asistirla no descendió mas. También conoció muy bien al pintor. No lejos de allí corre un pequeño torrente donde se bañaba y donde solía extraviarse algún banco de salmones. Inmediatamente detrás de ella se erguía un peral de las islas. Si adoran vagar y charlar.. que constituyen la principal riqueza del terreno. 8 «Aquí tenemos al capitán Brunot». con motivo de una fiesta. Ata poseía una parentela numerosa. La posesión de Ata estaba en un rincón muy apartado. se instalaban cerca del lago para ofrecerlo a los comerciantes minoristas y recibían en cambio arroz. Los tres se instalaron en la choza con el más completo desenfado. Tiaré nos presentó. La choza de Ata se levantaba unos ocho kilómetros del camino que rodea a la isla. tina tarjeta enorme: «René Brunot. Strickland bajaba a las rocas y regresaba a casa con una langosta o una cestada de pequeños pececillos multicolores. Entonces. arpón en mano. ya no era joven. Él pintaba. voila le capitaine Brunot 8 . que buscaban llenos de prisa la salida hacia el mar. Somerset Maughan derecho sobre sus piernas. carnes en conserva y algo de dinero. Ata llegaba alguna que otra vez hasta ella acompañada de dos o tres mujeres y volvía cargada de frutas verdes. en el terreno recién cultivado. Algunos bananeros adherían sus anchas hojas desmenuzadas a la vivienda. detestan la marcha. conducía hasta ella.dijo Tiaré cierto día que yo trataba de conocer nuevos detalles de la vida de Strickland -. Venía en seguida la cosecha de cocos. El capitán Brunot. El padre de Ata había circundado la propiedad de un cercado de crotones. De cuando en cuando. supongo. Nos hallábamos sentados en la angosta galería que pasaba ante la cocina. jabón. una pequeña galería y un cobertizo que servía de cocina. A veces. las mujeres bajaban a la aldea.) http ://w ww. Strickland y Ata permanecían aislados durante semanas enteras. Pero la choza estaba lejos de la aldea y los tahitianos son perezosos. Pronto vino a acompañarla su nieta. Strickland vivía de los productos de la tierra. (En francés. estriada de gris. Había reparado en él durante el almuerzo y Ah-Lin. salvo las esteras que servían de camas. entre dos repliegues de la montaña. Allí no se conocían los muebles. Así fué el casamiento de Strickland. el chino.77 La Luna y Seis Peniques W. y junto a ella. con el encargo de conducirlos hasta donde llegara el camino. y por todas partes enseñaban sus líneas graciosas los cocoteros. me informó que acababa de llegar procedente de Pomotous. Partieron poco antes del amanecer y el muchacho que los condujo no regresó sino al día siguiente por la tarde. El marino se sentó con nosotros. y en seguida un adolescente. dulces y jugosas. Frente a la casa se levantaba un mango.

había dormido en peores condiciones todavía. porque. una anciana fumaba. Alrededor de un año más tarde. recordando que durante semanas enteras.l ibro dot. -Sí. Todo el mundo me creía loco. sin recordar al mundo y sin ser recordado por él. Resolví ir a verlo. Y por sobre todo esto. y una vez más hubimos de sufrir el relato de la subasta en que Tiaré. De cuando en cuando se siente saltar un pez en el lago. una vez liquidados mis asuntos. producía un efecto inesperado. en cuanto a los insectos. mientras construía mi casa en los Pomotous. y nosotros quedamos solos. ¡Qué espléndida dote! En seguida continuó su relato: -No. había preferido a los cuadros de Strickland una sartén norteamericana de veintisiete francos. ¡Jugamos muchas partidas de ajedrez! Cuando yo venía a Papeete y él se encontraba aquí . mal conservada. ¿Qué habrían pensado los europeos al verlo? La choza. un muchacho joven fumaba. pero los hechos me han dado la razón. ' pero el sitio donde vivía Strickland tenía la esplendidez del Edén.me contestó -. donde vivía. El pareo es una ancha faja de algodón rojo o azul. hube de volver a esta parte de la isla y. Para agradarle y hacerle un favor. Allí se había confinado. Al aproximarme divisé a dos o tres indígenas recostados en la galería. «No . una isla baja que contiene un lago. los indígenas se retiraron. lo que denotaba una separación de miles de kilómetros del mundo civilizado. ¿Cómo describirle el encanto de aquel rincón perdido bajo el cielo azul y la bóveda suntuosa de los árboles? Una verdadera fiesta de color. Mientras Ata preparaba la comida. Nunca olvidaré esa visita. yo le había comprado por una miseria dos de sus obras.mis asuntos me traían por estos lugares tres o cuatro veces al año -. pregunté por Strickland. mi piel ya ni los sentía. Fumamos. me gusta tener los modelos a mano». Temprano. Ni en mi isla de los Pomotous se conoce una calma tan absoluta. me había acostumbrado a ellas. quien daba de mamar a un recién nacido. él tampoco llevaba más que un pareo. a decir verdad. Guiñó los ojos hacia el lado de nuestra amable huéspeda. Otro chico. digamos las cosas como son: cuando aceptó a la muchacha que Tiaré le había elegido. y su belleza se confunde con la de la tierra y el cielo. Somerset Maughan . en cuclillas. com . Con su barba rojiza. charlamos. jugaba a su lado.78 La Luna y Seis Peniques W. Por los arañazos de sus pies endurecidos.pregunté al capitán. entonces los venderé. donde hierven los crustáceos y los cangrejos de tierra. Asistí también a la comida de bodas. En un rincón del aposento había un lecho y en medio de él un caballete con una tela. las esteras que me ofrecía por lecho no me tentaban en absoluto. nunca olvidaré aquella velada que pasamos juntos. surcada por algunas bandas blancas. -¿Conserva usted esos cuadros? . Fui el primer admirador de Strickland en todas las islas. y sin conocer más techo que los ramajes de los arbustos silvestres. Como el muchacho. Luego me hizo pasar al interior y me mostró el cuadro en que trabajaba. pasamos a la galería. Tendido de espaldas. su gusto por la vida en común. llamó a Strickland. Pensaba no quedarme más de una hora. Pregunté a Strickland si no le molestaba esta promiscuidad. Usted conoce.comenzó diciendo -.descalzo. después de repetidos bostezos. Es imposible dar una idea del intenso silencio de aquella noche. sus cabellos largos y su pecho de gorila. pero Strickland insistió en que pasara allí la noche.Si conocía a Strickland? . quien apareció en la puerta de la choza. descendimos hasta el torrente para bañarnos y. parecía dispuesta a derrumbarse. Se había convertido furiosamente en un indígena. me invitó al anexo. Poco a poco iba descubriéndoles una belleza singular. nos reuníamos en este mismo sitio a jugar. y había enviado otras a algunos amigos franceses. Cuando se casó = el capitán sonrió y se encogió de hombros -. Toda su vestimenta consistía en un simple «pareo». Parecía contento de volverme a ver y ordenó a Ata que matara un pollo para el almuerzo. sin duda. Vacilé un poco. Al verme. El muchacho tocó al acordeón algunos trozos de «musichall» a la moda de doce años atrás. Una muchacha de unos quince años trenzaba hojas de pandanos para hacer un sombrero. después de comer. Los reservo para el día en que mi hija esté en edad de casarse. bueno. pero acepté. Algunos indígenas me informaron: vivía a algunos kilómetros de distancia. las nubes fugitivas del estanque y la gracia de los cocoteros. y a veces el agua deja escuchar sus oleajes en la distancia: es algún tiburón que pone en fuga a los peces menudos. Miró a Tiaré y ambos soltaron una sonora carcajada. ¡Y aquel aire fresco y embalsamado! No hay palabras para pintar este paraíso. Allí se oye un perpetuo zumbido en la playa. y más allá. que se coloca alrededor de la cintura y suele caer hasta las rodillas. http ://w ww. -Desde entonces fueron contadas las veces que se le volvió a ver en Papeete. ¡amargo recuerdo!. Entonces divisé a Ata. se veía que andaba . Yo vivo en un «atoll». completamente desnudo. Después de adquirirlas por piedad. Comenzaban a gustarme.

y muy pronto nos hallamos en pleno campo.contestó -. podernos ir en seguida. Me levanté sin hacerme repetir el ofrecimiento. y luego continuó: »-Moriré en esta tierra . ¿no se siente usted nunca triste y solo? »Se rió con desprecio. ¿por qué no lo lleva usted a ver al doctor Coutrás? Él le contaría su enfermedad y su muerte. Se la siente lista para tomar el vuelo. En Inglaterra y Francia. »-Pero. Los habitantes se amoldaban a sus extravagancias. pero aquí os agujeros se prestaban para toda forma de pernos. Tiaré extrajo de su enorme bolsillo un puñado de cigarrillos. « -Tengo paz . »-¿No echa usted de menos a Europa? ¿ o recuerda con nostalgia las luces de Londres y París. Ni un detalle recordaba la indignación que por todas partes provocaba en Europa. Las aves de rapiña acechaban entre las hojas de las palmeras. Algunos pimientos jalonaban con sus sombras el ancho camino. después de consultarme con la mirada. ni un sonido perturba la tranquilidad del ambiente. Lo encontraremos en su casa. mas su manera de vivir parecía convenir al medio. com . donde flota el aroma de las flores enormes de la vecindad. ¿O se mostraría menos egoísta y menos brutal en Tahití? No lo creo. En esta isla lejana. Me obedece en todo. ella propuso: -Ya que este señor se interesa tanto por Strick-land. y a uno y otro lado se extendían las plantaciones de cocoteros y vainilleros. Brunot prosiguió: -Le pregunté si era feliz con Ata. Reflexionaba distraídamente en él mientras marchaba. Para mi modo de ver. tal vez por eso se piensa en la muerte como en un ser ataviado con los encantos de una amiga amada. que un hombre no es lo que quiere. seguramente no habría pasado nunca por tan mal compañero. Nos tendió uno a cada uno. simultáneamente. el libro que tenía entre las manos describó una trayectoria en el aire. Se perseguían entre risas y gritos agudos y sus obscuros cuerpos mojados brillaban al sol. Prepara la comida y se ocupa de los niños. Le agradecí la amabilidad y él miró su reloj.dijo el capitán. Aquí. nos detuvimos un momento para observar a unos indígenas que se bañaban. CAPÍTULO LIV UN detalle me había llamado la atención en el curso de estas conversaciones concernientes a Strickland. y no se vió más que la cola del que huía. los periódicos.me dijo. tan hermoso.79 La Luna y Seis Peniques W. Es cuanto puedo pedir a una mujer. Striclkand no me hacía justicia.l ibro dot. El médico vivía en las afueras de la ciudad. pero el hotel «La Flor» estaba en un barrio apartado. »r-¡Pobre amigo mío! ¡Cómo se ve que usted no sabe lo que es ser un artista!» El capitán Brunot se volvió hacia mí con una sonrisa de gentileza y sus ojos obscuros tomaron una expresión extraordinaria. obscuramente. Si no hubiese vivido en otros. Cerca de un puente de piedra lanzado sobre un río poco profundo. que el alma quisiera evadirse de su prisión. y los tres nos pusimos a fumar. Por fin. Pero aquí. sino lo que puede. -¡Más de las seis! Si le parece. Aquello es tan sereno. Permanecimos silenciosos durante un momento. yo también soy artista. ¿Acaso no está el mundo lleno de locos que hacen locuras? Tal vez sentían ellos. -¡Ah. si volviera a mis quince años! Su enternecimiento fue interrumpido al instante. cl gato trataba de alcanzar un plato de camarones que había sobre la mesa de la cocina. La verdad es que en la isla había encontrado lo que jamás esperó o deseó fuera de ella: la http ://w ww. Con una pata estirada. Tiaré suspiró. -Con mucho gusto . Strickland excitaba más bien la compasión. la compañía de sus amigos de otros tiempos? ¿No le hacen falta los teatros. se escucha el constante azotar de las olas contra las rocas. "Strickland era lo que el perno cuadrado en agujero redondo. su libertad de mane-ras y su grosería parecían no haber chocado a nadie. el ruido ensordecedor de ruedas sobre el pavimento? »Permaneció un largo rato en silencio. Somerset Maughan implacable como la marcha del tiempo. Los labios de "fiaré cortaron el suspiro evocador para dar paso a una andanada de injurias.

-¿Qué podían buscar dos seres tan distintos como usted y Strickland? -La belleza. Mi mujer no me iba en zaga. -He aquí algo más singular aún. -Hace algunos minutos le dije que. regresaremos a terminar nuestros días en la vieja casa donde nací. es natural que yo me haya interesado por él. plantar y disponer todo lo necesario para el buen orden de las labores. la pasión que hechizaba a Strickland tenía esta violencia. construyó una casa y comenzó a cultivar el terreno. y decidió tentar suerte en ellos. Por la noche. Allí.no crecían sino malezas y guayabos. -Claro está . La ciencia del plantador no tiene secretos para ellos. com . cerca de Quimper. sin que lo pensáramos. Hoy día. que permaneció un momento sin responder.l ibro dot. ¿No ha echado nunca de menos a Francia y a su Bretaña natal? -Más tarde. -Y esta pasión era la de crear belleza. -En todo caso .dijo -. cuando me echaba en la cama. por mi parte. Pasó algunos meses en Papeete para madurar su plan y adquirir experiencia. No descansábamos en todo el día. Con la intrépida criatura que era su mujer y uno que otro indígena. para alcanzarla. Mas. Todo lo que saben se lo hemos enseñado personalmente.pues rodeaba a un lago profundo . En el curso de sus viajes. me dormía como un lirón hasta la madrugada siguiente. también tiene su grandeza. Brunot había atravesado todos los mares del Sur. El capitán Brunot. me inspiraba una lástima profunda. yo me consideraba un artista. esa isla salvaje se halla convertida en un opulento vergel. También he creado belleza. Ahora he venido a Tahití a comprar una goleta para llevarlos al extranjero. En verdad. completa la idea que me he formado de Strickland. Encargamos un piano a Francia y mi mujer les ha dado lecciones de música y de inglés. pues. ni él ni su mujer se resolvieron a aceptar una vida de miserias en la misma tierra donde habían gustado la comodidad y el desahogo. hoy tan robustos? -Permítame repetirle la pregunta que usted formuló a Strickland. bretón de nacimiento. Pescaré tantas ostras corno desee y . Pues bien.¿por qué no? . ¿No he plantado con mis' manos todos mis grandes árboles. por contraste. el enigma de su carácter indescifrable? El capitán sonrió. para cavar. buscábamos lo mismo. Tuvimos dos hijos: un chico primero y luego una niña. cuando mis hijos se hayan casado y el muchacho pueda reemplazarme. Por sobre todo. Durante meses enteros estuvimos levantándonos al alba día a día. me demandó un trabajo penoso y febril. que plantó en seguida de cocoteros. y luego. se escurrían los días de su retiro. -¿No habrá resuelto usted. -Y habrá llenado bien una vida. hace de esto una veintena de años. -¡Qué curioso! Yo también lo creí siempre un hechizado. Mis árboles prosperan y mi banco de rocas está cubierto de ostras. no vacilan en remover hasta los cimientos de la sociedad. rodeado de paz y tranquilidad. Ella no lo dejaba un momento en descanso. La verdad inflama a ciertos hombres con tan violento ardor que. Strickland. mientras que su modo de expresión era la pintura. Somerset Maughan simpatía. el mío ha sido siempre la vida.prosiguió . y estamos muy lejos de todo. Fue'.80 La Luna y Seis Peniques W. Han aprendido a conducir un barco y nadan tan bien como los indígenas. con dinero facilitado por un amigo de Francia. a fin de cuentas. mientras vivió.que en nuestra isla no abunda lo imprevisto. pero. me he ocupado del latín y de las matemáticas. Expresé mi admiración al capitán Brunot. -Usted sabe que el amor encadena a los hombres con una fuerza tan invencible como la de los grilletes que sujetan los galeotes a los bancos de las galeras. Me contó entonces una historia que repetiré aquí. -En un principio. En este anillo de tierra deshabitado . He sacado algo de la nada. • el peregrino a quien obsesiona una nostalgia divina. renunció a su cargo de oficial de la marina el mismo día que se casó. Cierto amigo a quien había ofendido gravemente experimentaba hacia él idéntico sentimiento. por casualidad. Se instaló con su mujer en una pequeña propiedad de familia. arruinados inesperadamente por la quiebra de un hombre de negocios. -Es algo impreciso.tal vez encontraré algunas perlas. a mi manera. He realizado el deseo que me animaba. pero para él la belleza reemplazaba a la verdad. http ://w ww. compró una isla en las Pomotous. porque. Guardé silencio un instante. era uno de éstos. y leernos historia en voz alta.

pollo. en cambio. Para hacer revivir el relato del doctor Coutrás. Lo consideraba un flemático. Diciendo esto. Catorce kilómetros sobre mal sendero no me tentaban en absoluto. -Para lanzarse en semejante empresa y triunfar en ella se necesitaba una voluntad de hierro y una perseverancia incansable. Se refería al inglés. principalmente. merece serlo . Apartándose un poco. Venía. Strickland no me inspiraba ninguna simpatía. le imploró con una triste mirada. hubo durante unos minutos un verdadero asalto de cortesías. Su voz gruesa y sonora correspondía a su imponente figura. ¡Cómo nos trazó el cuadro de esa gigantesca bola de grasa. -Así quisiera creerlo. y he aquí que se le prohibía importunarlo. -Tal vez. divisó a una muchacha que lloraba sin consuelo y a quien se impedía entrar. La clásica minuta indígena le esperaba allí: pescado crudo. se hizo pasar al doctor a una pieza vecina. yo. Cierto día. Pero somos felices. Mientras comía. ¡Ah!. Somerset Maughan Vea usted: cuatro días para llegar a Tahití. Pero había que hacer el trayecto a pie y por eso se quería alejar a la mensajera. entregó al doctor un pedazo de papel arrugado. y. Sin ella nuestras fuerzas no habrían bastado. que gemía sobre un lecho inmenso y fumaba. Por otra parte. había que renunciar a regresar a Papeete aquella misma tarde. además. un inútil que prefería vivir con una indí. dijo. me tocó en suerte una mujer que ha sido la amiga y la compañera ideal. La muchacha había bajado de la montaña con el objeto de pedir su ayuda para un blanco moribundo. -Confieso -dijo el doctor dirigiéndose a mí -que vacilé un momento. Las lágrimas corrían por sus mejillas. Llevamos una vida sencilla y sin tacha. La ambición no se ha apoderado de nosotros. a manera de conclusión. Parecía un colosal huevo de pato y sus ojuelos vivos se solían detener llenos de complacencia sobre su vientre. Sus cabellos albos hacían resaltar su tez morena.preguntó. -¿Quién es el Rojo? . Después del examen. En ese momento llegábamos a la casa del doctor Coutrás. El cuarto donde nos recibió recordaba la provincia francesa. frase que a primera vista parece vacía. la madre perfecta? Reflexioné un instante en la existencia que el capitán acababa de evocar. Son raros los hombres que pueden escoger su tarea y más escasos aún los que la concluyen. Al abrirlo.l ibro dot. cigarrillo tras cigarrillo! La rodeaba una nube de criadas de piel cobriza. -a pesar de su mal. La maldad no nos preocupa y no conocemos la envidia. según precisó cuando se hubo acercado. -Qué? Permaneció un instante en silencio y en seguida. com . por último. de parte de Ata. Luego se discutió de copra y de vainilla. Apretó mi mano entre sus cinco dedos enormes y me observó con una cordialidad extrema. plátanos fritos. CAPÍTULO LV EL doctor Coutrás era un viejo francés de elevada estatura y de una gran corpulencia. ¿Por qué. la mujer del gobernador de Taravac cayó enferma y lo hizo llamar. levantando un dedo hacia el cielo. Coutrás se informó. Cuando salió. Convergimos. sería necesario reproducir lo pintoresco de su lenguaje. querido señor. ella seguía esperando. la antigua empleada del hotel «La Flor».81 La Luna y Seis Peniques W. el alma de mi hogar. lo repito. Sólo desentonaban una o dos curiosidades polinésicas. hacia el objeto de mi visita. gena cualquiera antes que ganar su vida como nosotros. ¡Dios santo! ¿Podía yo imaginar entonces que llegaría un día en que el ruido de su gloria resonaría por el mundo entero? Pregunté a http ://w ww. con mucha frecuencia se habla de la bendición del trabajo. el pintor que vivía con Ata a algunos kilómetros del valle. penetro hasta lo más profundo de su sentido. Se le encontraba simpático desde el primer instante. No se habría seguido con mayor interés la más patética situación de la pieza de teatro mejor representada. un fondo astuto y sagaz. ¡soy un hombre feliz! -Y. En fin. Inmediatamente comprendió que se trataba de Strickland. Preguntó al capitán por su mujer y sus hijos. El Rojo no estaba bien. no sin énfasis: -La fe en Dios. Coutrás encontró en él un billete de cien francos. nuestro único orgullo es contemplar la obra de nuestras manos. que dejaba traslucir. por cierto. pero olvida usted lo esencial. no obstante.dije.

Mi pobre amigo. La apremié con impaciencia. en un silencio insolente. -Los indígenas no se equivocan jamás en esto . No se atrevían a decírselo. -¿Y bien? -¿No nota usted un cambio extraño? El espesamiento de sus rasgos y ese aspecto. mi deber era ir. Usted está afectado por un mal terrible. Coutrás permaneció inmóvil en el umbral. ahora se sentía mejor dispuesto.. aunque siempre de mala gana. no traicionaba emoción alguna. fresco aún..preguntó por fin. ¿cómo decirlo? . ante todo. estoy muerto de sed! .. Strickland se dirigió a la puerta y miró al exterior. El ruido de los pasos atrajo su atención. Los libros llaman a esto la «facies» de león. El doctor había notificado a muchos hombres la fatalidad de su muerte. -¿Está usted bromeando? -Por desgracia.le dijo Coutrás señalando un espejo. ¡Creo que mi tiempo vale tanto corno el suyo! Sin contestar una palabra. señalan o el grupo que se hallaba sentado a la galería. Tiene en sus ojos los síntomas característicos de la lepra.. Sobre el caballete había un cuadro.82 La Luna y Seis Peniques W. No le he advertido de que usted vendría. donde había ido a examinar a la mujer del gobernador. pero no es nada de gravedad. Encendió luego un cigarrillo. -¡Ante todo. Pero. Ya pasará todo. La mujer lo partió con destreza y el doctor lo apuró vorazmente. ya desfigurada por el repugnante mal. inexplicable. es necesario que yo lo cure. ¡Adelante! -Pero. Cuando alguien vaya a Papeete encargaré una dosis de quinina. Ata señaló la puerta. lleno de sorpresa y de temor. ¿De qué sufría? No supo responderme. Me encontraba en Taravac.. ¡En nombre de Dios. pero se limitó a bajar la vista y a reiniciar el llanto. con sus ojos fijos en él. Strickland lo interpeló: -Pues bien. una mujer anciana armaba cigarrillos. Nada lo había preparado para lo que veía. Me encogí de hombros. Apoyada contra el muro. Lanzó al doctor una mirada de descontento. Se encaramó al árbol más próximo y lanzó en seguida a tierra un coco maduro.l ibro dot.. -Mírese usted . ¿de qué se queja? Si está en situación de pintar habría podido muy bien bajar a Taravac y economizarme este maldito viaje. Intrigado por sus gestos de misterio.. dome algo de beber. Ordené a la muchacha que me indicara el camino. en pareo. http ://w ww. Strickland lo contemplaba sin decir una palabra. Strickland. no. Ata se dirigió hacia la choza acompañada de su pequeño hijo.exclamó -. Strickland observó al médico con indignación. Ata lo esperaba con impaciencia y salió a su encuentro. Lo saben ellos: . -Soy el doctor Coutrás. y Ata me hizo llamar. -¿Yo? -Examínese usted bien. -¡Veamos al Rojo! -Está pintando en la casa. en un marco de madera. daba la espalda a la puerta. después de todo. Su expresión debía ser espantosa.dijo el doctor -. Esta intrusión le irritaba. -¡Qué estupidez! He tenido durante el último tiempo algunos dolores y un poco de fiebre. el doctor entró y encontró a Strickland limpiando su paleta. pero le era imposible sobreonerse al horror que esto le causaba. Su irritación había desaparecido para dar lugar a una compasión sin límites. traedme un coco! Ata llamó y al instante llegó un pilluelo corriendo. pero necesitó hacer un visible esfuerzo para recobrar la palabra. porque al verlo. ¿quién es usted? Coutrás trató de volver en sí. Seguramente no estaba de mejor humor cuando llegó. sonrió y se acercó a un mal espejo que colgaba de la pared. no me cabe duda alguna. empapado de transpiración y con la garganta seca. -¿Quiere usted decir que tengo lepra? -Desgraciadamente. com . ¿qué le ha traído por estos lados? Y. La muchacha que había guiado al doctor descansaba en la galería. Somerset Maughan la muchacha si estaba en condiciones de venir a consultarme a la ciudad. Comprendía el odio feroz que debe apoderarse del enfermo cuando se compara con el doctor que posee la ventaja inestimable de la salud. dio dos o tres vueltas frente a la vivienda y respiró profundamente. Su fisonomía.

La vieja se ocupará de los niños y Tiaré te tomará de nuevo a su servicio. Strickland miró al doctor. el muchacho. -Corno? ¿No te llevan? exclamo ella esperanzada. Strickland y Ata vivían solos con sus hijos pequeños. y transcurrió mucho tiempo antes de que yo regresara a esa parte de la isla. una de las más absurdas ilusiones del cristianismo es creer quo tienen alma. delicada y humilde. Al despedirme de Tané. y nos encontramos desarmados en sus manos. y los que lo deseaban. El cambio era extraordinario. -Pero Ata no envió más por mí . muy a mi pesar. -Me iré a la montaña . Tané había sido el primero en irse de la casa. pero quizás llegue un día en que se sienta contento de poseerlo.dijo Strickland. El doctor protestó que no aceptaría nada. comencé a sentir. golpearlas hasta quebrarles los huesos. La energía de Strickland decayó un momento. Las voces se mudaron pronto en sollozos. -Cálmate. continuó: -No me agradaba. cierta extraña admiración por el coraje estoico que le permitía soportar con esa serenidad la más horrible de las pruebas. Ahora no le producirá agrado alguno. -¡Qué porfiadas son las mujeres! . pero. mujercita mía. Acepte usted este cuadro. -¿Con qué objeto vas a quedarte conmigo? Vuelve a Papeete. ¿Verdad que no te vas? -Si así lo quieres. como http ://w ww. Coutrás sintió lo inoficioso de toda palabra de consuelo ante semejante desastre y optó por retirarse. sí. Te dejaré muy pronto. y ellas continúan queriendo. ¿Las aceptaría Strickland. -Usted ha hecho un largo y cansador viaje. mas no la había visto. Strickland lo hizo acompañar hasta la aldea por Tapé. me quedaré. Eres mi marido y soy tu mujer. Si me dejas. el narrador se interrumpió un instante. hija mía. acababa de devolver a Ata su billete de cien francos? Pero Strickland le obligó a recibir el cuadro. Entonces Ata se puso de pie. que Ata había venido a Papeete una o dos veces en busca de pinturas.Se las puede tratar como a perros. com . no te abandonaré jamás. pero yo.dijo al doctor. hablaba ahora como una mujer de voluntad. Es justo que el portador de nuevas importantes sea recompensado. volvió al aposento. Strickland guardaba silencio. Iré donde tú vayas.l ibro dot. Pasó un largo rato sin que ninguno de los presentes pronunciara una palabra. En seguida. en este caso. -Qué dices? . si lo quieren. Aquella tarde entré en mi confortable vivienda de Papeete profundamente entristecido. -Eres mi marido y soy tu mujer.. ignoraba su estado. Blancas o morenas. Carecía de noticias sobre Strickland. sus ojos se velaron.. Todas son iguales. Ahora nadie. Aquí. me colgaré de un árbol..prosiguió el doctor -. -Por último.preguntó Ata -. Nadie se aproximaba a la plantación. No te lamentes así . Al cabo de dos años. Después de mirarlos un instante. que sonreía débilmente. Allí pude informarme sobre Strickland. porque. nos agarran. por mi parte.83 La Luna y Seis Peniques W. no me era simpático. la enfermedad se prolonga durante veinte años. podían conservar su libertad. Una lágrima se deslizó por su mejilla. Ata se echó de rodillas y le abrazó las piernas. le producirían algún alivio? .. -Que los demás se vayan.dijo Strickland a Ata El mal no es tan grande. Supe. Se encogió de hombros -. según acabo de decirlo. Somerset Maughan todos prorrumpieron en gritos y lamentos. Por cierto. luego lo había imitado la anciana y • por último su nieta. cerrándole el paso. Mandé decir a Ata que volvería cada vez que me lo pidiese. Pero pronto rocobró su ironía ordinaria. En seguida salieron juntos. prometí enviarle algunas medicinas. volvieron a llamarme de Taravac. donde luego encontrarás otro blanco. y. Hay que dar gracias al cielo cuando su evolución es más rápida. . Strickland se acercó al caballete y examinó su cuadro con un aire pensativo. ¡Lo juro ante Dios! Estas palabras fueron pronunciadas con gran energía Aquella pequeña indígena. siempre mi vieja amiga. Los indígenas lloraban. mientras descendía lentamente hacia Taravac. -Cuánto tiempo cree usted que puedo vivir? --¡Quién sabe! A veces. En aquella época no existía aún en las islas el secuestro inflexible de los leprosos.

En todas partes. Ata tenía que bajar a la aldea durante la noche y despertar expresamente al comerciante que la proveía de las diversas mercaderías que necesitaba. A su lado. -¿Acaso no es mi marido? -¿Y su otro chico? La última vez que vine. usted tenía dos. -Vengo a ver a Strickland . y. se resolvió a. Es lo único que le interesa. -¡Qué vida para usted. Somerset Maughan usted sabe. CAPÍTULO LVI PASARON dos años. Coutrás se estremeció. Ella también deseaba deshacerse de Coutrás cuanto antes. En un principio Coutrás creyó la casa abandonada. le prenderían fuego a la casa. -¿Cree usted que no podré hacer nada por él? -Mándele colores. Se negó redondamente. Strickland se moría. El temor los torna feroces. calló. Murió. --Sí. quise ir a ver a Strikland.l ibro dot. El doctor le reiteró su resolución de acudir al primer llamamiento. después de un momento de vacilación. algunas mujeres se aventuraron más cerca que de costumbre y la divisaron lavando algunos vestidos en el arroyo. reinaba el mismo silencio de muerte. Tuve que ir solo. incluso al lado de la vivienda.dijo el médico.84 La Luna y Seis Peniques W. Oyó la voz de Ata y luego una respuesta de Strickland. Ante esta resolución se encogió de hombros. sintió cierto malestar. tres quizás. mas todo fue inútil. que se pudrían en las ramas. lo mataban. hasta hace algún tiempo.exclamé. y con tal objeto pedí a un muchacho que me acompañase. Penetrar hasta la choza era internarse en un sitio de desolación. que erraba a lo lejos. En todas partes los hombres son iguales. -Voy a avisarle. un chico jugaba en la arena. pero esta vez. ¡El mal había afectado ya las cuerdas vocales! Ata reapareció. Seguramente temía encontrarse con algún indígena. Pero Ata quiso regresar. Al abrirse la puerta. porque en Tahití transcurre tan insensiblemente el tiempo que es muy difícil medirlo. -No. A pesar de su larga marcha al sol. conmovido de repente. los indígenas tienen terror a la lepra. la selva recuperaría la posesión de esa franja de terreno que se le había arrancado al precio de tantos sacrificios. partir. ¿Puede pintar todavía? Ahora está pintando en las paredes de la casa. pues los indígenas le manifestaban la misma aversión que a Strickland.detrás. Inmediatamente la emprendieron a pedradas contra ella. Ata bajó a esperar junto al camino el paso del carricoche de la http ://w ww. Lo enterramos bajo ese mango. Muy luego. huían espantados. El parroquiano fué encargado de advertirle que. que lo hizo vacilar: habríase dicho que fuerzas misteriosas le obstruían el camino. cuando descubrían a un enfermo. Ata lo acompañó. ahora era ronca y velada. De súbito. -No quiere verlo. Todo lo había invadido la maleza. pobre Ata! Ella sonrió y dejó entrever en sus ojos una expresión de indecible amor. mi querido señor. Sentíase en el aire la presencia de algo hostil. Cuando Coutrás llegó a la plantación. Es preferible que se vaya. Sentada sobre sus talones en el cobertizo que le servía de cocina. percibió ese olor azucarado que hace tan repugnante la vecindad de los leprosos. -¡Qué salvajismo! . Cierto día. pero ella le indicó con un signo que esperase afuera. El doctor se sintió turbado y. tiritaba de frío. Acogió al doctor con una sonrisa. La mujer subió las gradas que conducían a la habitación y entró. Después de mi visita a Taravac. mas ella no lo dejó pasar. El doctor siguió . Nadie venía ya a cosechar los cocos. El doctor insistió. y debía evitar toparse con ellos en su camino. com . al divisar desde lo alto de las colinas al blanco de la barba rojiza. cuya voz no reconoció. preparaba una sopa que se calentaba lentamente en una marmita. si volvía a hacerlo. divisó a Ata. y.

que había sido Strickland. el lecho de un torrente. CAPÍTULO LVII LA llegada de la señora de Coutrás nos interrumpió.largo recorrido que conducía a la casa de Ata. Ni un alma.sagrado. La senda. Un' hombre que presenciara la creación de un mundo experimentaría tal vez aquella misma admiración y aquel mismo horror. que salvó con grandes dificultades. miraba con él aquella miseria humana. para levantarse repentinamente y más sobresaltado aún. ¡es de un genio! Estas palabras se escaparon de sus labios sin que supiese siquiera que las había pronunciado. que se ocultaban pronto entre las espesuras de un bosque primitivo. De repente. ya que su vivacidad habría sorprendido hasta en los climas templados.. a su lado. Más allá hubo de deslizarse entre arbustos espinosos. más arruinada aún. de manera que venía elegantemente vestida. Una ráfaga de olor infecto lo hizo vacilar..balbuceó -. Acababa de hacer varias visitas. Pero de súbito se puso a temblar. La conversación que acabábamos de tener se alejó. desde hace un año. -¡Dios mío! Pero. lo mantuvo un instante en la imposibilidad de distinguir' nada. Se acercó a él y vió la cosa horrible. oculto entre los árboles. el doctor se inclinó hacia esa podredumbre.. Las colmenas pendían de las ramas.. interrumpidas de vez en cuando por sonoras exclamaciones. Avanzó. -¡Qué nervioso estoy! Me ha asustado usted. Su obra.. mayor fascinación le producían las nuevas apariciones. de una esplendidez primitiva. huyó lleno de sobresalto. Sabía lo que es impío saber.85 La Luna y Seis Peniques W. a.orden humano. Ata. Un chicuelo jugaba despreocupado al sol. más de una vez. Llamó. obscena. Sus ojos se habituaban a la obscuridad y. Pero una vez más lo recibió el mismo silencio insoportable. En todos los alrededores reinaba un lúgubre silencio. el . Se resolvió entonces a dar vuelta la perilla y entró. Inmediatamente después de saludarnos. Nadie contestó. Se acercó a la choza y golpeó a la puerta. Llegado a Taravac. En varias ocasiones tropezó con los guijarros y estuvo a punto de caer. Una nueva ráfaga de hediondez casi lo hizo desfallecer. El pintor había arrancado secretos temibles y sublimes de las vírgenes profundidades de la naturaleza. Este peligro le obligó a caminar por las rocas.l ibro dot. gritó. estaba por encima del. De pie. Somerset Maughan posta para suplicar al conductor que advirtiese antes al médico. Se llevó el pañuelo a la nariz y se obligó a avanzar.llamó -. Los trópicos no habían logrado adormecerla. llena de grandiosidad cubría las paredes del suelo al techo. comenzó a contar una serie de anécdotas. una vez más. Una composición misteriosa. Se acercó entonces al cadáver. había desaparecido bajo la hierba. Para él. El doctor hubo de seguir. de súbito. Pero Coutrás había salido y no recibió el recado sino al anochecer. suntuosa. dió un suspiro _ de alivio. Encendió un cigarrillo. esto. Al divisar al doctor. -¡Ata! . La había olvidado. Alguien se había movido. Estaba muerto. ¿Dónde se encontraba? ¿Había penetrado en un mundo mágico? ¿Qué significaba esta alucinación? A su alrededor erraban algunos seres desnudos. se encontraba tendida en tierra y lloraba en silencio.. se estremeció de terror. Era Ata. -¡Ciego! ¡Estaba ciego! -Sí. ¿Cómo ponerse en camino a esa hora? Partió a la madrugada del día siguiente. lívida. Su corazón se agitó. mutilada. ¡Ata! La mujer no se movió. Su nariz autoritaria sobresalía entre dos mejillas rojas y regordetas. más deteriorada. inició a pie. En una exaltación de su voluntad. http ://w ww. pintado en las paredes. Lo embargó la emoción. pero no obtuvo respuesta.. Un corset de barbas rectas ceñía su busto generoso. El contraste de la obscuridad del interior con la intensa luz de afuera. Coutrás sentía que el niño lo observaba. Al divisar la pequeña construcción rústica. -¡Dios mío! . abandonada durante años enteros. Entonces sus ojos fueron a detenerse sobre el camastro que se hallaba instalado en un rincón. ¿He perdido la cabeza? Por fin comprendió que todo aquello se hallaba. medida que se le iba revelando la decoración del aposento. com . Nada le hacía perder su posición de erguida rigidez. Un ligero movimiento atrajo su atención. un extraño era un enemigo.

¿Quién no habría temblado ante aquella afirmación de lo eterno y de lo infinito? Desde que pintó los cuadros que veo día a día. mas uno va dispuesto para esta impresión cuando se acerca a las obras de Miguel Ángel. me había preparado para la punzante sorpresa de descubrir una obra maestra en las paredes de una choza indígena perdida entre las montañas. sobrecogedor. pero jamás un cuadro me ha enternecido como los suyos. sentí el mismo respeto mezclado de cierto temor. ¿Conoce usted la inquietud que se siente ante una sala que debe estar vacía y donde. Ata me ha contado que no se quejó jamás. había conocido la paz. Strickland empleaba colores que me son familiares. liberado por fin de su demonio. Guardan un secreto que siempre estoy a punto de descifrar y que siempre se me escapa. serenidad de lo sublime. perteneciesen a él. y él añadió: -Y se mantuvo así hasta su último momento.Destruidas? . y yo estimaba que no http ://w ww. . Por fortuna. Somerset Maughan hasta una distancia casi irreal. adorable y cruel. lo confieso. Envuelto en el silencio. absolutamente todo. bajo el mismo mango que su hijo. fija en sus trabajos. perales de las islas. Ahora podía morir: había alcanzado su objeto. Tal vez parezca ridículo afirmarlo. Hasta el último instante. nunca había oído hablar de ellas. cocoteros. que no perdió ni un momento su valor. Por último. pasaba horas enteras con su mirada sin vida. Sus grandes obras. pero sabía comunicarles un valor nuevo. puso en esa obra todo el sentido que atribuía a la vida y todo lo que en ella presentía también. ante la grandiosidad del artista que pintó aquellos frescos. prodigioso. indiferente. ¿Por qué? Lo ignoro. Tal vez los viera con más claridad que nunca. Soy materialista y pienso que el lirismo no conviene en absoluto a un infeliz.l ibro dot. pero luego cesa la lucha ante la parálisis que comunica el terror• de lo invisible. uno no puede evitar creer que hay alguien? Se puede razonar. -Usted va a reírse . mientras la tranquilidad descendía a su alma huraña y torturada. hubiese sido devorado por las llamas. Debo decirle que hice cuanto me fué posible por disuadir a Ata de realizar este postrer deseo del moribundo? Había allí una obra genial. no obstante. com . sin que. no obstante. absorbido de nuevo por sus recuerdos -.86 La Luna y Seis Peniques W. ¿Quiere usted verla? -¡Ya lo creo! Me condujo primero a la galería exterior. sublime. ¡Y esos hombres y mujeres desnudos! Eran de este mundo. porque uno se reconocía en ellos. conocí un sentimiento análogo en la Capilla Sixtina. en cambio. Aquello era genial. tienen la. un himno a la belleza del hombre y de la mujer. Su existencia no fue sino una dolorosa escuela para esta realización.. r Permanecí callado. Tal vez. La libre expansión de sus instintos primitivos inspiraba cierto extraño temor. el jardín del Edén con Adán y Eva. Exagero: sí. su espíritu permaneció tranquilo y lúcido. Allí también. el doctor se dirigió luego hacia mí: -Conservo en mi escritorio la tela con que Strickland me obsequió. Me hundía en mi pequeñez y en mi insignificancia. Antes de morir. Allí nos detuvimos un instante para admirar las magníficas flores que crecían desordenadamente en el jardín. pimientos. había hecho prometer a Ata que quemaría la casa que no se iría hasta que todo. me parecen animados de una vida propia. --Nunca he podido sacarme de la cabeza la decoración extraordinaria que revestía las paredes de aquel aposento . pero las suponía en manos -de a l í i particular. -Cuando quedó ciego. La lista de los cuadros de Strickland no se ha establecido aún de manera definitiva.¡Pero claro! ¿Lo ignoraba usted? -¿Cómo iba a saberlo? Además. Miguel Ángel era sano y normal. acusar a los nervios.continuó -. a un Falstaff de mi especie.. después de cubrirlo con tres parcos. -¿A qué representaba? -¡Quisiera poder explicárselo! Una visión del nacimiento del mundo. un himno también a la naturaleza. cuando supe que esas extrañas obras maestras habían sido destruidas. todos estos árboles tienen para mí un sentido diferente. Nada. A. seguro de expresarse por última vez. En ella se encontraba la revelación suprema del «yo» de Strickland. Las de Strickland eran tan inquitantes como hermosas. mi pesar se mezcló una profunda indignación. A mi admiración se mezclaba algo de angustia.(lijo. bananeros. reflexionando. ¿Sabe usted que cavé su tumba con mis propias manos porque no hubo un indígena que consintiera en aproximarse a la casa contaminada? Entre Ata y yo lo enterramos. Había en ellos algo del barro original y al mismo tiempo algo de divino. El doctor se encogió de hombros y sonrió..

la destruyó. CAPÍTULO LVIII LLEGÓ. En un abrir y cerrar de ojos. que. abanicos.creí hundirme entre dos almohadones -y apretó sus rojos labios contra los míos. avanzando hacia su gabinete de consultas. Cuando. sólo mucho más tarde vine a imponerme de sus detalles. despedían un atractivo mórbido. opacos como un rozo de lápiz azul delicadamente deslustrado y. el barco que hace el servicio entre Wéllington y San Francisco lanzó una estridente pitada para llamar a los pasajeros. llenos de avidez. Púrpuras horribles como la carne cruda y putrefacta. parecía a primera vista bastante inofensiva. René.l ibro dot. Entramos y mis ojos buscaron en seguida la tela. Pregunta al señor si aceptaría un vasito de Dubonnet. René. En una exposición de preimpresionistas. -¿Y qué ha sido de Ata y su hijo? -Partieron para las islas Marquesas. ¿Qué fantasía exasperada había podido concebir aquellas frutas? Pertenecían a un jardín polinésico de las Hespérides y parecían haber sido creadas en un período de la historia de la tierra en que aun no se habían fijado las formas definitivas. se desviaba de ellas con repulsión y. Ya en la mar. De 'acuerdo con una simpática costumbre de la isla. Azules obscuros.87 La Luna y Seis Peniques W. Había amarillos subidos. siguiendo con toda prudencia el paso entre las rocas. iba debilitándose hasta alcanzar la ternura desfalleciente del cuello de la paloma. amigo mío. por fin. Creó un mundo y juzgó buena su obra. El encanto estaba roto. que pasando por una escala imperceptible. Los suaves aromas de la tierra flotaban todavía en la brisa. esteras de pandanos. todo estuvo en llamas. saturadas de una pasión desenfrenada. que revelaba vagas reminiscencias del reino de Heliogábalo. señora. . por una especie de magia. Ata inundó de parafina el piso de madera seca y los jergones de hojas. una gran obra maestra había desaparecido. se convertían en un verde tan suave como la primavera. si no por la más notable muestra de la escuela. -Voyons. preferí no asistir a semejante acto de vandalismo. todos me ofrecieron un presente: cestas de hojas de cocoteros trenzadas. Rojos vivos como las bellotas del ceibo. en el original. -El cuadro representa algunas frutas. pero Ata no mc escuchó. Usted lo encontrará fuera de lugar en c1 escritorio de un médico. un indiferente cualquiera la habría tomado por una excelente.podría olvidarlo algún día? A penas si pueden las palabras dar una pálida descripción de la inquietud que emanaba de aquellos colores extraños.» (En francés.el momento de mi partida. ¿Qué misteriosos palacios de magia y qué obscuros secretos del alma conocería quien mordiese una de aquellas frutas encantadas? Todo lo que hay de sano y natural en el hombre. mi corazón se oprimió. El doctor se detuvo en la puerta que comunicaba la galería con su gabinete. Salimos del puerto lentamente. después de veinticuatro horas de escala. pero tal vez sin que comprendiese por qué su recuerdo habría vuelto luego a su memoria. de una esplendidez que hacía sensible el estremecimiento de una vida misteriosa. Luego. mon ami!9 . Aquella pila de plátanos. Somerset Maughan teníamos el derecho de privar de ella al universo.¡Frutas! -exclame.dijo el doctor. Había alcanzado el fin de su vida. representaban las formidables perspectivas de lo desconocido. Dos lágrimas brillaban en sus ojos. pero mi mujer lo encuentra peor en el salón. acercándome a la puerta. en el original «Con mucho gusto. como el fruto del Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal. ¡Lo había prometido! Por mi parte. -No le quepa duda de que Strickland sabía qué se trataba de una obra maestra. mangos. -Volontiers.le dije. sorprendido. por orgullo o desprecio. Tahití se encuentra en uno de los confines 9 10 «Veamos. -Pero tengo que mostrarle mi cuadro . Suntuosas frutas cargadas de aromas tropicales. no obstante. Dice que es inconveniente. madame10 . ¿Qué hacen ahí? Los aperitivos están servidos. todo lo que concierne a la felicidad hogareña y a las alegrías sencillas. Tiaré me obsequió con tres perlitas y tres frascos de una jalea de guayabos. com . La contemplé largo rato. Se parece mucho a su padre.resonó de súbito la voz cordial de la señora de Coutrás -. preparada por sus propias manos. donde ella tenía unos parientes. palpitaban con un enigmático ardor. tan puro como el agua límpida de un arroyo de la montaña. .) http ://w ww. Tiaré me atrajo hacia su amplio pecho . ¿Y .» (En francés. sin embargo. El muchacho trabaja en una de las goletas de Camerón. naranjas y no sé qué más.

Numerosos asuntos urgentes requirieron mis primeros días. Apresúrese a llenar ese vacío. Podía creerse que en su juventud había sido bonita. Al día siguiente recibí una comunicación suya. estaban peinados con gusto. a no dudarlo. Ahora está escribiendo algunas páginas sobre mi pobre Carlos. se reanudó la conversación. como usted sabe.un norteamericano llamado Van Busche Taylor .88 La Luna y Seis Peniques W. huesosa y brillante de Van Busche Taylor daba una apariencia de mayor debilidad aún a su cuerpo endeble. .contestó ella. Amy marchaba con su tiempo. halagada -. publicadas en Berlín. pero nadie le habría atribuído más de cincuenta.flor a la criatura. Nuestro último encuentro se remontaba a varios años antes de la guerra. el aposento rutilaba de colores violentos. Los originales están por encima de mis medios. arrodillada a su lado. A juzgar por el aspecto de la casa y de la criada. Pronto tuve la idea de que la señora Strickland podría interesarse por conocer cuánto sabía sobre el triste fin de su marido. Seguramente. Amy me dió algunos detalles sobre él . -Estos cuadros deben ser la mejor de las compañías -opinó Van Busche Taylor. debían ser Ata y su primer chico.. mesurado y glacial. -Veo que admira mis cuadros -dijo Amy.. Un mes más tarde me encontraba de nuevo en Londres.le dije . desaparecidas las estampas de Arundel que engalanaron antaño el salón de Ashley Gardens. Sus ojos se detuvieron sobre una mujer desnuda que daba de mamar a un niño. su rostro apergaminado y surcado de arrugas contrastaba por su pequeñez. Sus cabellos. Perdóneme estas explicaciones necesarias. después de las presentaciones. No la encontré sola. El editor ha tenido la gentileza de enviármelas personalmente. En seguida se dirigió a mí: -Míster Van Busche Taylor es el célebre crítico norteamericano. extasiado. y. Cuando. supuse que no sin intención se nos había dado cita a la misma hora.. Cuando supe el nombre de su visitante.excusándose con una amable sonrisa.me dice que el gran arte es siempre decorativo. aquéllos eran los habitantes de la choza de Taravac. por lo menos.. Toda su persona afectaba tranquilidad y corrección. ¡Son tan decorativos! -Una de mis más profundas convicciones -. siguiendo la mirada del crítico -. ¿Cómo podía este personaje. Las arrugas habían respetado el óvalo puro de su rostro. Somerset Maughan del mundo. -Como usted sabe . tuve oportunidad de examinar la pieza en que nos hallábamos reunidos. pero es un consuelo tener. algo que falta a su cultura. Son Bakst.¿Le gustan? . De las paredes colgaban alguna `reproducciones en colores. es un gran consuelo para mí. -¡Qué maravillosos cojines! . -Por cierto. y ha venido a pedirme que le ayude. había dejado algo de dinero a su hermana. las reproducciones. que apenas dejaban ver una que otra cana. Hablaba con el acento de New England. mientras.l ibro dot. Fuí a visitarla a un elegante departamento de Campden Hill. de las mejores • obras de Strickland. Amy bordeaba los sesenta años. Una anciana marchita y descarnada se inclinaba sobre el grupo. Bajo la bóveda de su cráneo. y sabía que no volvería a verla jamás. según se decía. La voluminosa cabeza calva. Desaparecidos los papeles de Morris y las cretonas clásicas. ¿Sabía la dueña de casa que estos tonos impuestos por la moda arrancaban de los sueños de un pobre pintor que vivió perdido en una isla de los mares del Sur? Ella misma se encargó de contestarme.nosotros los ingleses somos terriblemente ignorantes.manifestó. en que se había instalado. Si. He aquí la idea que Strickland tenía de la familia. com . entonces. Amy debía gozar de cierto desahogo. ¿Suponía Amy la verdad? http ://w ww. interesarse por un Strickland? No es posible imaginar con cuánta dulzura pronunciaba la mujer del ilustre pintor el nombre de su marido. La mujer de Mac Andrew sobrevivió dos años al coronel. y el corte de su vestido negro se ceñía a los últimos dictados de la moda. me sentía algo más cerca de la muerte inevitable. tuve que buscar su dirección en la guía telefónica. la mujer y el bebé. indiferente a todo lo que no fuera su alimento. Se cerraba un capítulo de mi vida. agregó el norteamericano . el crítico. una muchacha alargaba una. y le escribí una tarjeta. ¿No ha leído usted su libro? Hay. invitándome a ir a su casa.

el ciclo azul y las estrellas y. Nadie puede afirmar lo contrario. Pero nada logra valorizar como ella lo mejor que hay en el hombre. cándida y simpática como entonces. La mujer de un hombre de genio no puede sustraerse ciertos deberes. Roberto estaba radiante. Tengo una infinidad de buenos camaradas.su negocio de copias? -Naturalmente . que mis a hijos me indujeron a dejar. Finalmente. el crítico se puso de pie. vivir correctamente es gastar el dinero de los demás. Sin faltar abiertamente a la verdad. el capitán y el primer piloto se tendían en largas sillas de lona y fumaban. Amy se acercó a la puerta y llamó. http ://w ww. -Tal vez usted no los reconozca . el desierto del océano Pacífico. sobre eso no hay discusión. -Ha sido una suerte que me encontrase en Londres en los momentos en que usted llegaba .l ibro dot.traslucir la convicción de ser de una esencia superior. acudió a mi memoria el recuerdo del hijo de Strickland y Ata. En seguida. ¿Se estaría burlando? -¿Ha abandonado usted .dijo la madre. acaba de ser propuesto para la Cruz de Guerra. acostumbraba decir en casos semejantes que el diablo puede citar siempre la Escritura en su favor. Usted no ha olvidado a Roberto. los marinos se reunían en el puente superior. francos e inquietos. Su madre y su hermana bajaron la vista con compunción: sin duda creían que la frase pertenecía a la Sagrada Escritura. relaté cuánto sabía sobre la vida de Strickland en Tahití. le dirigió algunas frases emocionadas y llenas de afectación. Van Busche Taylor evitaba todos los escollos con habilidad. A los pocos segundos entró un mozo vestido con el uniforme kaki del ejército. -Espero que no lo haya fastidiado mucho -. Mc pareció inoficioso hablar de Ata y de sus hijos. Era fatal: reunía todos los atractivos de la mujer del oficial. El prejuicio de la mujer «bien» se encuentra muy arraigado. cuando una brisa ligera impulsaba suavemente la embarcación. mas son terriblemente implacables . era idéntica a ella.dijo Amy cuando la puerta se cerró tras él -.respondió en un tono despectivo -. -Están en casa en este momento . Su hermana entró detrás. pero retuve la lengua porque sé que los pastores encuentran irreverentes las incursiones de los laicos por su terreno.concluyó no sin solemnidad. alrededor. predije que se casaría con un soldado.prosiguió -. Me lo habían descrito lleno de vida y alegría. que durante veintisiete años fué vicario dé Whistable. para ella. eran los del pilluelo de otros tiempos. A veces me es odioso. -Las muelas del Señor trituran con lentitud. Sus ojos. La guerra es algo calamitoso. Somerset Maughan La conversación siguió su curso. ¿verdad? Con gran orgullo de mi parte. Me miró con los mismos ojos de hace veinte años. Durante uno o dos minutos nadie pronunció una palabra. daba a entender que sus relaciones con Strickland habían sido siempre perfectas. Todas las tardes. Una frase de la Biblia acudió a mis labios. casi desnudo. Y. Cuando la vi por primera vez. Amy parecía haber olvidado que un día hubo de pensar seriamente en ganarse la vida.dije al cabo de un momento . Cuando hube referido su lamentable muerte. Ella es ahora la señora de Ronaldson. no temo decir que adoro la vida del frente: no hay nada comparable. pero estoy en la obligación de dar todos los detalles que me pidan sobre Carlos. -¡Sólo piensa en volver! . com . y su marido es mayor de artillería. rasgo por rasgo. Aquello no era sino un capricho. Repentinamente.89 La Luna y Seis Peniques W. a bordo de la goleta en que trabajaba. Por lo demás. y Amy no se mostraba menos diestra. Inclinado sobre la mano de su huésped. Entretanto. y nos dejó. Por encima. guardé silencio. Podría tener la edad de su madre cuando la conocí. Encontraban que me fatigaba demasiado. -Madre. toda sonrisa y toda orgullo -. habría sido atrevido asegurar que el mismo Roberto no compartía esta ilusión. Luego Roberto encendió un cigarrillo. . bailaba como un poseído al son de un acordeón asmático.suspiró Amy. Ahora lo imaginaba. Tendrán mucho gusto en oír lo que usted sabe sobre su padre.dijo -. Su cortesía dejaba . pero en todo lo demás fuí tan verídico como pude. No tengo más que tres días de permiso. él bailaba con un camarada. Mi tío Enrique.

Sign up to vote on this title
UsefulNot useful