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De fláneur a consumidor: reflexiones sobre el transeúnte en los espacios comerciales

Daniel Hiernaux-Nicolas
La ciudad es la realización del sueño antiguo de la humanidad, el laberinto. El fláneur se consagra a esta realidad sin saberlo.

WALTER BENJAMÍN, 1989:448 Introducción Este ensayo se presenta como una reflexión sobre el consumo en las sociedades modernas, particularmente con relación al tipo de actividades realizadas por los transeúntes en su deambular por los espacios especializados de comercio. Son escasos los trabajos que analizan esta temática desde una perspectiva sociogeográfica. A partir del nuevo auge de los escritos de Walter Benjamín, pudiera parecer bastante cómodo usar la voz francesa intraducibie de fláneur para calificar el transeúnte en los centros comerciales o en espacios similares. Nuestra hipótesis es que esta propuesta es errónea, ya que el transeúnte actual dista mucho de poder ser identificado con el fláneur benjaminiano, hipótesis que trataremos de demostrar en este ensayo. Como lo detallaremos adelante, la voz de fláneur encierra un fuerte contenido histórico, relacionado con el momento de eclosión del capitalismo industrial y sus efectos sobre el consumo y los espacios del mismo.1 1. El fláneur como personaje baudelairiano No existe ninguna duda con respecto al hecho de quien elevó el personaje de fláneur2 a nivel de una categoría social: indiscutiblemente es Charles Baudelaire como bien lo ha demostrado Walter Benjamín (Benjamín, 1979). Después de la revolución francesa, se asistió a una gigantesca exhibición de la burguesía: al resultar victoriosa sobre la revuelta popular y por encima de la antigua aristocracia, ésta empezó a exhibir su riqueza, a hacerse visible en los espacios públicos.
1. En un trabajo reciente, Beatriz Sarlo sostiene una posición que compartimos plenamente: afirma que en los estudios culturales se oye «...un murmullo donde las palabras fláneuryfláneríe se usan como inesperados sinónimos de prácticamente cualquier movimiento que tenga lugar en los espacios públicos... la lectura de Benjamín... ha producido une especie de erosión teórica que carcome la originalidad benjaminiana hasta los límites de la completa banalización» (Sarlo, 2000:78-79). 2. Sarlo define el fláneur como «...ese paseante urbano, consumidor, neurasténico y un poco dandy que, para Benjamín sintetiza una idea: la del anonimato en la ciudad moderno y en el mercado, espacios donde se imponen nuevas condiciones de experiencia» (Sarlo, 2000:47).

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reivindicando su capacidad para definir lo que debían ser las bases de la nueva cultura para la nueva fase histórica emergente. La capacidad de la burguesía para imponer sus criterios, surge de la imposición de nuevos idearios, entre los cuales el de la Felicidad, que se relaciona con la posesión material de objetos-signos. En su obra clásica sobre la sociedad de consumo, Jean Baudrillard avanzó también la idea de que el mito de la felicidad es el que «recoge e encarna en las sociedades modernas el mito de la igualdad. Toda la virulencia política y sociológica que carga este mito después de la Revolución Industrial y las revoluciones del siglo XIX, se ha transferido sobre la Felicidad» (Baudrillard, 1970: 59), y en el marco de esta mística de la igualdad, resulta esencial la noción de necesidades, mismas que se resuelven a través del consumo los objetos materiales. En el contexto del principio del siglo XDC, se dio la posibilidad de un crecimiento sin precedentes del consumo articulado con la expansión de la producción capitalista, que provocó esta espectacular ampliación del volumen de producción durante el siglo XDC y varios ciclos económicos de crecimiento sin precedentes. Más aún, el consumo expandido provocará algo de fuerte significado para los geógrafos: la transformación de los espacios de consumo, que pasarán de materializarse en simples tiendas individuales en la ciudad, a pasajes o galerías cubiertas, para luego dar paso a las grandes tiendas departamentales a partir de la segunda mitad del siglo XIX.3 La transformación de los espacios del consumo, se asocia entonces con el inicio de la modernidad urbana. Benjamín calificó la época de la construcción de los pasajes (primera mitad del siglo XDC) como la «ur-modernidad» (Benjamín, 1989). La burguesía ascendente se amontonó en los pasajes y galerías, nuevos espacios de exhibición y de consumo, que actuaban como un verdadero imán para esta clase en crecimiento. La burguesía postrevolucionaria fue exhibida directamente en la literatura de fisonomía, que consistió en presentar descripciones de tipos urbanos y que tuvo mucho éxito en la primera mitad del siglo XDC. El tipo de relato descriptivo propio de esta literatura de secunda, se asemeja con la mirada del fláneur dirigida a las personas con las que se cruza a lo largo de su andar particularmente despreocupado, señalado por Walter Benjamín en su estudio sobre Charles Baudelaire (Benjamín, 1979: 57). Las fisonomías pueden ser definidas entonces como una forma literaria Usando descripciones que recorren lentamente el aspecto del transeúnte, se detienen en unos rasgos particulares, anotan detalles de la vestimenta y de la apariencia, y reconstruyen pacientemente una visión particularmente subjetiva del individuo descrito. Para Benjamín, el fláneur actuaba en cierta forma como un escritor de fisonomías de la época: era un personaje deambulando plácidamente, y que se apropiaba los espacios urbanos, particularmente los pasajes donde era posible realizar este tipo de deambulo como si fuera en su propio departamento, su residencia. A diferencia del escritor de fisonomía, el fláneur hacía de su andar un modo de vida, mientras que el escritor lo hacía como un modo de subsistencia.
3. Los pasajes son estructuras especulativas que atraviesan manzanas, ofreciendo un paso protegido por techo de vidrio entre boutiques, hoteles, restaurantes, etc., asemejándose, por lo pronto en la forma general, a las galerías de los centros comerciales. Para una presentación detallada de la historia de los pasajes y de la evolución de los espacios de consumo, consultar, Hiernaux, 2001.
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El fláneur era alguien quien desarrollaba muy particularmente el sentido de La vista, como ya lo había hecho notar Georg Simmel y en cierta forma una ciencia c«omo la geografía, resultó ser la heredera de este predominio del sentido de la vista s»~bre Jos demás sentidos que también permiten apreciar y vivir sensorialmente la ciudad (Gregory, 1994). Esta exacerbación de la vista permitía al fláneur, con base en los rasgos físicos de las personas, establecer características de las mismas como su profesión o su modo de vida. En el proceso de masificación del tránsito de las personas, el fláneur representó «el hombre de las masas» (Itiomme des foules) según Baudelaire (Benjamín, 1979:70); sin embargo, aparentemente hundido en la masa, el fláneur fue un personaje de personalidad dominante, que intentaba distanciarse de la masa de transeúntes que lo rodeaba. Lograba también mantenerse en el anonimato, actuaba en incógnito y se comportaba como una suerte de detective que trataba de analizar las personas a simple vista.
Quizás la cita que mejor explica la esencia del fláneur es la siguiente: «en esos tiempos, los pasajes todavía estaban de moda y el fláneur se escapaba allá al espectáculo de los vehículos que no admitían la competencia del peatón. El transeúnte que se hunde en la masa existía ya, pero se podía aun encontrar el fláneur que buscaba espacios libres y no quería dejar la vida privada. Va ocioso como un hombre que tiene una personalidad; protesta así contra la división del trabajo que transforma las personas en especialistas. Protesta igualmente contra su actividad industriosa. Hacia 1840, fue de buen tono por un tiempo pasear tortugas en los pasajes. El fláneur se deleitaba en seguir el ritmo de su andar. De ser seguida (su actitud), el progreso hubiera tenido que aprender ese paso. De hecho no es el que tuvo la última palabra sino [Charles] Taylor que impuso el eslogan «Guerra al flanear» [Benjamín, 1979: 81].

El andar del fláneur es posiblemente un elemento decisivo de su definición: no recorría el espacio con normas preestablecidas ni tiempos definidos o listas de compras ni tampoco de cosas por hacer; el fláneur se dispensaba de estas tareas «vulgares» que desempeñaba el transeúnte común y corriente.4 El «andar lento» constituye un componente central de un modo de vida poco adecuado frente a la aceleración del mundo moderno, y que nos recuerda claramente Fierre Sansot en su libro: «Del buen uso de la lentitud» (Sansot, 1998). Sansot demuestra que puede existir un placer profundo, un gozo intenso de la vida al caminar lentamente, en tomar las cosas a un ritmo lento, profundo e intenso: «la lentitud era, a mis ojos, la ternura, el respecto, la gracia de los cuales los hombres y los elementos son capaces a veces» (Sansot, 1998:10). «Flanear» es una palabra admitida en castellano, para representar esta forma de vagar, errar, deambular, vagabundear.5 En este sentido, el fláneur disfruta, goza y asume que los demás son espectáculo: no requiere entrar en un panorama, un diorama o cualquier espectáculo montado ex profeso, ya que concibe al espacio de circulación y a sus congéneres como parte de una puesta en escena, de un montaje.
4. «En 1839 era elegante llevar una tortuga cuando se iba paseaba. Lo anterior da una idea del ritmo de la fláneríe en los pasajes. «(Benjamín, 1989:441.) 5. «Flanear no es suspender el tiempo pero acomodarse con él sin que nos empuje. Implica la disponibilidad y finalmente que no queramos ya tomar el mundo por asalto. Las mercancías las contemplamos sin por ello tener necesariamente el deseo de comprarlas. Las caras las miramos con discreción y no buscamos atraer su atención. Avanzar libremente, lentamente en una ciudad con prisa, sólo otorgar valor a la maravilla del instante en una sociedad mercantil, suscita mi simpatía.» (Sansot, 1998:33.)

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En cierta forma, se trata de una sociedad en espectáculo, no en el sentido de Guy Debord (1992) (eso vendrá después con la modernidad avanzada) sino como una exhibición social en espacios determinados. En otros términos, estaríamos frente a «una sociedad en espectáculo» más que a una «sociedad del espectáculo».' La diferencia reside, desde nuestro punto de vista, en que la propuesta de Debord tiene que ver con la imposición del espectáculo como parte del mecanismo de operación de la economía mercantil en la ciudad. El sentido que asignamos a la expresión de una sociedad «en espectáculo», se refiere a que es la sociedad o por lo menos cierta parte de la misma, que se da en espectáculo a los demás transeúntes. Esto es particularmente importante para las burguesías que demuestran así, en su aspecto exterior, en sus gustos particulares exhibidos entre otros mediante la vestimenta y en los bienes-signos adquiridos, su particular pertenencia a cierto grupo social. Es entonces una sociedad de exhibición personal, que evidencia sus características particulares. Dicha exhibición ha requerido siempre a través de la historia de la modernidad, de espacios propios y propicios para esta suerte de «pasarela social» que realizan las clases dominantes. Muy particularmente, los espacios de consumo han sido lugares privilegiados para este tipo de exhibición social. El pasaje o galería cubierta fue, con toda seguridad, el espacio privilegiado de este fláneur. el pasaje, siendo un espacio de concepción reciente en la época del fldneur, actuó como espacio de moda, donde todos, burgueses principalmente y estratos sociales menos afortunados, podían exhibir su nueva libertad de ser. El espacio del pasaje, desbordando de mercancías atractivas en aparadores finamente decorados, resultaba ser un escenario que parecía montado ex profeso para el deambular del fláneur, para su lento circular, y su apreciación suspicaz del espacio, la mercancía y las masas humanas. En su análisis del fláneur, Walter Benjamín introdujo también otro tema central para nuestra discusión: el hecho de que este personaje compartía la situación de la mercancía hacia la cual sentía empatia, de la misma forma que la percibía, en forma ilusoria, con los demás transeúntes. El fláneur era entonces un miembro de la burguesía que ignoraba que su suerte, como clase social, era la de transformarse en mercancía, al igual que la mercancía que tocaba con su mirada. Esta pista analítica que nos ofrece Walter Benjamín, sobre el futuro del transeúnte es esencial para entender el sentido del deambular actual en los centros comerciales. El tema de la mercantilización del transeúnte ha sido posteriormente trabajado por Buck-Morss (1995) y nos parece esencial para entender la diferencia entre el fláneur inicial y los transeúntes actuales. El espacio del pasaje, el lugar por excelencia donde el fláneur se siente a sus anchas, fue también el último recurso, el último momento durante el cual el espacio burgués buscó y en cierta forma alcanzó una identidad propia como espacio de la mercancía. La declinación de los pasajes y su reemplazo por las tiendas departamentales en las preferencias de los consumidores, implicó tanto la dominación de la funcionalización tayloriana del espacio comercial, como la pérdida de su aura como espacio dominado por las burguesías en ascenso. El aumento de la escala de los espacios comerciales y su
6. «...lo que el espectáculo moderno... [es]... ya esencialmente: el reino autocrático de la economía mercantil que accedió a un estatuto de soberanía irresponsable, y el conjunto de las nuevas técnicas de gobierno que acompañan este reino. (Debord, 1992:14).

división en departamentos especializados, rompieron con el modelo anterior, donde la calidad del espacio comercial descansaba más en factores de atracción que en la cantidad de bienes expuestos. Lo anterior ha sido también analizado por Benjamín, en otro contexto, en su ensayo sobre la obra de arte en la fase de la reproducción masiva, que le quita el aura a la misma. La aplicación al espacio de consumo es evidente y permite entender la transformación racional del espacio comercial que empieza a darse hacia la mitad del siglo XDÍ y que seguirá a todo lo largo del siglo XX. Lejos de esta situación futura que ni siquiera podía anticipar, el fláneur realizaba una «botánica del asfalto» (Benjamín, 1973a: 36) que lo identificaba y lo definía dentro de la masa de personas que recorría los pasajes decimonónicos. 2. La evolución del espacio comercial: el nuevo sentido del deambular Como bien lo señaló Benjamín, el fláneur fue un personaje marcado por su época, y reducido a desaparecer con ella. Mencionábamos la evolución de los espacios comerciales en el siglo XIX: los pasajes tuvieron dos épocas de gloria, la segunda durante la Restauración, obviamente un momento decisivo para la recrudescencia de la búsqueda de la apariencia, el lujo y la representación. La decadencia de los pasajes y las galerías cubiertas fue parte de la evolución económica, de tal suerte que de espacios de moda, se tornaron espacios de rechazo. Siegfried Kracauer7 señaló al respecto que «...todo lo que se tenía a distancia... (de la vida burguesa)..., sea porque se consideraba impresentable o contrario a la visión oficial del mundo, encontró refugio en los pasajes» (Kracauer, 1995:37). Agregó: «Lo que unía los objetos del pasaje de los Tilos y les daba a todos su misma función, era su posición retraída de la fachada burguesa» (Kracauer, 1995: 41) Así, los pasajes se volvieron el refugio de la prostitución, de las tiendas de antigüedades, filatelistas, libroviejeros, museos de cera, etc. Lo viejo, obsoleto, indecente reunido en un espacio «refugio», un espacio dedicado a la memoria. Su lento desaparecer se debe, en buena medida, a la fuerza de las transformaciones económicas, y particularmente a la capacidad de algunos comerciantes para imponer una nueva forma de organizar las ventas. En cierta forma es válido afirmar que es el espíritu mercantil quien influyó en ciertos cambios de las formas de producción, mismas que estaban latentes a través de la evolución tecnológica pero que sólo se pudieron volverse reales a partir de la aparición de una demanda que las sostuviera y las haría obligatorias. La producción textil es el ejemplo más evidente de este revolución productiva que se logró en pocos años, a partir de una forma de comercialización cambiante que tuvo sus efectos aguas arriba sobre la oferta: la aceleración de la producción a través de la adopción de las nuevas tecnologías, el aumento de las cadencias productivas, la racionalización de todos los procesos en la orientación propuesta por Charles Taylor, todo ello condujo a una baja de precios y a posibilitar la oferta masiva. De esta manera no sólo sería indispensable reorganizar el sistema comercial, sino también los espacios dedicados a esa función. Los pasajes tenían entonces que perder
7. Amigo de Benjamín que compartió su interés por los pasajes. El texto que citamos aquí nos parece tan ilustrador como el trabajo de Louis Aragón sobre el pasaje de la Ópera, que fungió como estimulante para el arranque del trabajo de Benjamín sobre los pasajes. Para más detalles, véase Hiernaux. 2001.

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su capacidad de atracción desde el momento en que se diseñaron los primeros espacios comerciales masivos, las tiendas departamentales. Más allá del uso insignia de materiales modernos (hierro forjado, vidrio, etc.) y de una decoración acorde con las pretensiones burguesas de la época, es la disposición misma de las mercancías que se modificó. La departamentalización de las tiendas, implicó la división espacial de las ventas, transformando el gran espacio posibilitado por las técnicas arquitectónicas e ingenieriles, en espacios específicos dedicados a la venta de ciertos productos. El crecimiento de las tiendas de departamentales empezó a hacerse tanto por una ampliación de un departamento en particular, como por la adjunción de nuevos departamentos, sobre la base de la capacidad económica del dueño y de la demanda real de los compradores. Un aspecto importante a lo largo de esta evolución de los espacios de consumo, es el hecho de que no todo puede ser asimilado a una lógica de producción. Baudrillard afirmó claramente desde tiempo atrás que la producción no es otra cosa que un código que conlleva cierta forma de descifrar el mundo (Baudrillard, 1983). Frente a la visión «productivista» dominante, este señalamiento de otras dimensiones del acto de consumo es particularmente relevante. Baudrillard reafirmó la relación entre la producción, el consumo y lo mágico en el capítulo «la liturgia de los objetos» de su libro sobre la sociedad de consumo: Señaló que «toda cosa producida es sacralizada por el hecho mismo de serlo» (Baudrillard, 1970: 46). Lo anterior se deriva del hecho siguiente: «Es una pensamiento mágico el que rige el consumo, es una mentalidad milagrosa la que rige la vida cotidiana, es una mentalidad de primitivos, en el sentido cómo ha sido definida como fundado en la creencia en el carácter todopoderoso de los signos. [...] en la práctica cotidiana, les favores del consumo no son vividos como resultando de un trabajo o de un proceso de producción, son vividos como milagro» (Baudrillard, 1970: 27-28, subrayado nuestro). Un estudio particularmente relevante para caracterizar el acto de consumo es la obra de Daniel Miller sobre «ir de compras». Afirma que «...las compras también pueden ser una práctica ritual... el sacrificio se basa en ritos que transforman el consumo en devoción» (Miller, 1999:188). La llegada de las grandes tiendas departamentales reafirmó además el sentido religioso de este capitalismo que se imponía definitivamente: no en balde se llamarán «catedrales del consumo» (Crossick y Jaumain, 1999; Hiernaux, 2001). Las nuevas burguesías adhirieron sin remordimiento a esta nueva religión secular que guiará sus acciones, primero en Europa, pero también del lado americano.8 La comparación religiosa que hacen varios autores al calificar a las tiendas departamentales como «catedrales del consumo» permite proseguir con el análisis del transeúnte en las mismas: los visitantes de dichas catedrales son fieles, marcados por el sentido del consumo, ungidos por la fe en la supremacía del acto de comprar, como acto religioso. Dichos fieles son así transformados en miembros de una religión que repite actos de devoción a la mercancía. El transeúnte es entonces un ser-masa que ejerce rituales comunes. Pasear por la tienda departamental implica una racionalización del deambular. El efecto de sorpresa se mantiene ciertamente a través de los aparadores, o de los cam8. Leach (1994) analiza claramente la historia de esta evolución de una sociedad puritana a una sociedad del deseo, en el caso norteamericano.

bios de ubicación eventual de los departamentos dentro del sistema espacial de la tienda, pero la posibilidad de un encuentro fortuito o de un evento no programado, es reducida frente a la voluntad organizadora y racionalizadora del espacio por parte del dueño de la tienda. Todo concurre a la maximización de las ventas: la organización del espacio se vuelve racional, siguiendo criterios de optimización. El transeúnte difícilmente puede comportarse enfláneur, ya que el espacio no lo permite. Benjamín señala al respecto que las tiendas departamentales son los últimos refugios, la última posibilidad cada vez más mermada de comportarse como fláneur. como el comerciante en pequeño, el artesano implicado en una producción reducida, «hecha a la medida», donde arte y artesanía se alternan para ofrecer productos sofisticados, el fláneur requería de la individualización, de la autenticidad, de la capacidad de encontrar lo nuevo siempre presente, siempre dispuesto a reemplazar lo que ayer se ofrecía. La muerte de los pasajes, llevados a una declinación extremadamente rápida, tendrá por consecuencia la muerte del fláneur mismo, personaje específico, permitido y resultado del espacio que lo engendró. En esta transformación, el consumidor tendrá que someterse progresivamente a modas, respetar reglas de consumo, asumir patrones de consumo. ¿Por qué tomar distancia en la realización de estos actos, como lo hiciera el fláneur en tiempos anteriores?¿qué posibilidad de revisar, recorrer con la mirada experta, más allá del simple reconocimiento de los patrones de comportamiento cada vez más generalizados de los consumidores? Como bien lo reconoció Benjamín y lo señalábamos anteriormente, el punto medular es que el consumidor se ha vuelto poco a poco mercancía, proceso iniciado con los pasajes y magnificado por las tiendas departamentales. Su capacidad de ejercer diferentemente su deambular ya pasó a la historia, desapareció de la memoria colectiva de las nuevas masas consumidoras. 3. La coronación del transeúnte objeto Sin embargo, no podemos afirmar que con las tiendas departamentales se ha resuelto totalmente esta transformación del consumidor en objeto de consumo. El embrión de este proceso observable en las restricciones impuestas al fláneur, es decir el aumento de la cosificación del consumidor y la homogeneización de sus comportamientos a través del condicionamiento impuesto por la organización comercial, ya estaba en curso durante el auge de las tiendas comerciales, pero adquirirá su climax con la aparición del centro comercial. Lo anterior debe ser entendido a partir de la desacralización de la mercancía y de los espacios en los cuales se han ofrecido. Como ya lo señalábamos en un trabajo anterior (Hiemaux, 2001), la desacralización es el resultado del proceso de desencantamiento del mundo señalado por Max Weber y recalcado recientemente por George Ritzer (2000). La taylorización de las actividades comerciales, obedeció al hecho de que es a partir del consumo que se definían los niveles de producción y no lo contrario. Mientras que muchos autores piensan que la producción es el elemento decisivo de transformación de las sociedades, siguiendo a Baudrillard afirmamos que el consumo es, por lo menos en el siglo XX, uno de los motores esenciales de los procesos de acumulación y de la evolución de los modos de vida.
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Por lo menos hasta los años setenta del siglo XX, es decir hasta el momento en que las sociedades empezaron a patentizar su rechazo a la homogeneización, la tendencia ha sido a transformar los espacios de comercialización en espacios desalmados, desencantados y finalmente, en «no lugares» en el sentido que da Auge a esta palabra. Esta transformación ha sido extremadamente rápida en el mundo anglosajón, pero ha resultado más lenta en el mundo latino. La desaparición del encanto (faene) de la mercancía y de sus espacios de transacción, ha provocado una esterilización de los espacios y una pérdida del aura que aun mantenían parcialmente las tiendas departamentales y, con pleno disfrute, los pasajes cubiertos del siglo XTX. La racionalización de los espacios se ha acompañado de un proceso similar para la mercancía. Por ello, la vitrina, el aparador, con todo lo que podía contener de misterioso, de atractivo para la exhibición de la mercancía, acaba perdiendo importancia. No hay nada nuevo que mostrar en los espacios comerciales actuales: estamos muy lejos del espectáculo de la alta costura o de los desfiles de productos innovadores. Más lejos aun de las vitrinas de las boutiques de los pasajes decimonónicos, que destilaban opulencia y calidad. La oferta actual en el mundo mecanizado de los centros comerciales es estandarizada, homogénea, respondiendo a modas si bien pasajeras también uniformes. La carencia de aura de la mercancía se ha traducido en la necesidad de otorgarle una identificación que porta el usuario como lo ha señalado Naomi Klein: marca- logo, etiquetas, signos distintivos de productos masificados con frecuencia resultado del trabajo de sweat-shops lejanos y extraños que el consumidor desprecia o en el mejor de los casos, ignora. El transeúnte en estos espacios no puede identificar el otro a través de la fisonomía, ya que todos visten en buena medida igual. Les distinguirá su porte, su capacidad de combinar piezas sustituibles de un atuendo estandarizado, su actitud. Pero resulta imposible reconstruir el personaje por la vestimenta: el estudio visual de la fisonomía tal como lo realizaba el fláneur ya no es factible. La originalidad misma en el comportamiento del transeúnte no es permitida: cualquier persona que parezca «rara» o desplazada con relación a la norma, es inmediatamente ubicada, y posiblemente sacada del entorno comercial. Nada de vagos, mendigos, vendedores ambulantes, merolicos, etc. La atención que se les portaría traicionaría el espíritu tayloriano: «Défense de fláneur», señala claramente un escrito en la entrada del Centro Comercial Eaton de Montreal. No se podía haberlo dicho mejor; el mensaje escrito en su expresión tan lacónica, resume en forma por lo demás atinada, el rechazo al fláneur, este ser diferente, que no cabe dentro del espacio y las normas del comercio actual. Los transeúntes han asumido su papel de mercancía. La discusión que emprendió Benjamín en torno al hombre sandwich y la prostituta (Véase Buck Morss, 1995), primeros ejemplos del ser humano-mercancía, ha tomada plena realidad en los centros comerciales actuales. El transeúnte es el portador de la mercancía, y se transforma en la misma. De hecho existe un motivo por el cual los aparadores no son necesarios: los transeúntes mismos se han vuelto exhibidores de la mercancía y por ende, se han transformado en maniquís y el mismo espacio de circulación del centro comercial en vitrina. Deambular en el centro comercial no permite revisar apariencias y adivinar personalidades, sólo induce a reconocer productos soportados por modelos involuntarios o a veces voluntarios, ya que no pocos transeúnte se deleitan en exhibir los nombres de las
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mercancías que llevan puestas. Si no se trata de ropa, las bolsas se encargan de recoi dar el nombre de la tienda y sirven de gancho para el transeúnte, ¿por qué mantene: aparadores en esas condiciones? Demos una mirada a los centros comerciales que frecuentamos: pocos son los apa radores; las tiendas ancla, es decir las tiendas departamentales que supuestamentf soportan los centros comerciales, han prescindido de las vitrinas hace mucho; ñadí hacia el exterior, esas fachadas obedecen al más estricto funcionalismo; poco hacia e interior. La vitrina quizás es otra y localizada en el espacio virtual: es la televisión la qut sirve de pasarela de exhibición, a través de las telenovelas, las películas baratas, los canales de telemarketing, etc. La mercancía no requiere entonces de la exhibición en vitrina tradicional aunque s: virtual; esencialmente requiere de un ser-objeto que la ofrezca a los ojos de los paseantes, en una mirada real o virtual. La fetichización de la mercancía cara a Marx y analizada también por Benjamín, no sólo se refleja en los objetos: también se hace evidente en los seres humanos. La fetichización del cuerpo es un rasgo notorio de nuestra «civilización» que emprendió tiempo atrás, una cruzada a favor del cuerpo humano, no tanto desde una perspectiva hedonista —aunque ésta no esta ausente— sino mercantilista: el cuerpo fetichizado demanda amuletos que son el ropaje pero también los cuidados del cuerpo: se abre así un inmenso mercado para las cremas, los tintes de pelo hoy para hombres como para mujeres, etc. Además de los objetos insignias que adornan el cuerpo humano, no deben olvidarse los servicios no tangibles, como son los masajes, los tratamientos faciales, lifting, y otros suplicios de embellecimiento. Así, la persona que deambula por el centro comercial es antes que todo un portador de signos tangibles y no tangibles de identificación con un determinado modelo de consumo. Sea «chavo banda» que viene a gastar su tiempo en el fin de semana, disfrazado como pequeño burgués o como «de la onda», buscando una identidad que ni la sociedad ni la ciudad no le otorga; sean familias que recorren de punta a punta un espacio en el cual les resulta difícil comprar, y acaban consumiendo lo indispensable en una franquicia de comida, la repetición de los modelos de consumo se hace ad ascum. Algunos autores señalan que estas personas hacen ciudad, porque recrean, de manera distinta, formas de socialidad que no pueden ejercer en sus entornos de residencia o de trabajo. La idea es exagerada. Si bien la recreación de nuevas formas de socialidad es posible, querer evidenciar que las mismas tienen capacidad de «hacer ciudad» resulta erróneo. Los transeúntes en centros comerciales, buscan el encuentro directo, personal, la comunicación con quienes padecen de la misma dominación del consumo que viven diariamente. Viven a lo más un ersatz de ciudad, una forma bastarda donde lo público no lo es,9 el ambiente no es urbano sino artificial, donde la seguridad es garantizada por normas y leyes no escritas, arbitrarias pero eficaces, donde la mercancía encuentra la mercancía.
9. La discusión privado público no es aceptable sólo en los términos legales que suelen ser usados para definirla. Es preciso introducir la percepción subjetiva de lo público y lo privado, que indudablemente ha evolucionado a lo largo de la historia de dos siglos de capitalismo. Cuando Benjamín señaló que para el fláneur el espacio del pasaje cubierto es como su residencia, evidenció que es la sensación de anonimato la que permitía esa apropiación individual. En un centro comercial, la existencia de reglas precisas aunque no difundidas, es lo que impide esta apropiación individual (privada) porque impera el carácter privado de la propiedad jurídica. No puede darse una apropiación privada de un espacio fuertemente privatizado, pero sí de un espacio privado de carácter fuertemente público, como fue el caso de los pasajes parisinos decimonónicos.

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No hay lugar a duda que no se puede llamar flA.ne.ur a este tipo de transeúntes. Este primero fue auténticamente un producto de la ciudad, en su densidad de encuentros como la definió Georg Simmel, cuando el anonimato servía de escudo para vivir una libertad plena. La ciudad de la modernidad libertadora ha sido transformada en una ciudad descompuesta, donde las nuevas formas urbanas, particularmente en las periferias, sólo conservan la urbanización pero perdieron la urbanidad que hizo famosas tanto las ciudades europeas como las latinoamericanas. El transeúnte de los nuevos espacios comerciales, no hace ciudad, padece la no ciudad y reconstruye un espacio a la medida de su incapacidad para hacer auténticamente ciudad a partir de su fusión en las masas y en el espacio anónimo para evitar lo imprevisto, lo peligroso y lo inesperado. Mientras que en una verdadera ciudad resulta posible mantener una personalidad propia e inclusive construir una identidad individual a partir del modo de vida asumido individualmente en la misma, en la no ciudad y particularmente en los centros comerciales y otros espacios señalados como «no lugares», la identidad está definida a partir del acto de consumo y por la fusión asumida del transeúnte en la masa de objetos consumidos y consumibles del cual no puede desprenderse. El fláneur ha muerto, y su recreación es imposible en el mundo actual. Queda por pensar cómo volver a hacer ciudad, para desprender el simple acto de deambular de la presión det sistema económico hacia el consumo y la transformación del transeúnte en un ser-consumo. Quizás sería en un contexto utópico donde pudiera ser posible revivir el personaje hoy mítico del fláneur. Bibliografía
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