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EL LIBERTADOR DON JOSÉ DE SAN

MARTIN.
HERBERT ORE BELSUZARRI.
P:.F:.C:.L:.B:.R:.L:.S:. FENIX 137-1
GRAN LOGIA CONSTITUCIONAL DEL PERÚ.
Lima – Perú





EL LIBERTADOR DON JOSÉ DE SAN MARTIN
Primera Edición Digital 2012.

Herbert Oré Belsuzarri
Un Masón Para el Mundo.
051 1 968844344
051 1 965358733
herberthore1@hotmail.com

Publicado en:
Fénix News
Dialogo Entre Masones
Gran Biblioteca Herbert Oré Belsuzarri

Autorizado la reproducción total o parcial, solo debe citar la fuente.

Edición Digital en el Perú, sin costo.
Febrero 2012.

AUTOR:

Valle de Lima Julio de 2011
Maestro Mason Herbert Oré Belsuzarri
2do. Vig:. P:.F:.C:.B:.R:.L:.S:. FENIX 137-1
herberthore1@hotmail.com




















ÍNDICE.


I.- EL MASON DON JOSÉ DE SAN MARTIN.

II.- SAN MARTIN MESTIZO Y PLEBEYO.

III. LA MONARQUÍA QUE PROPUSO SAN MARTIN.


BIBLIOGRAFÍA.


EL LIBERTADOR DON JOSÉ DE SAN MARTIN
HERBERT ORE BELSUZARRI.

A todos los peruanos cuando nos enseñan Historia del Perú, surge entre los
muchos personajes que nos van enumerando una figura muy especial y se trata
del Libertador Don José de San Martín, que proclamo la Independencia del Perú
el 28 de julio de 1921. Nos queda en la memoria colectiva el nombre y lo tratamos
como si fuera un insigne peruano y por tanto nuestro cariño a él tiene una
significación muy especial.

Lo que no dice la historia oficial que nos enseñan, es que El General Don José de
San Martín fue por ejemplo Masón, y en los últimos años se ha dicho también
que es mestizo y plebeyo.

Aun cuando estos temas ya han sido abundantemente tratados, considero que no
es impertinente conocer algunos aspectos más sobre una vida tan singular, de un
hombre libre, que dio tanto a su país de origen Argentina como a la de sus vecinos
de Chile y el Perú.

Con el ruego a todos nuestros hermanos argentinos por su comprensión,
permítase retomar algunos aspectos sobre el abundante material escrito sobre los
temas planteados.

I.- EL MASON DON JOSÉ DE SAN MARTIN.

El historiador argentino Patricio Maguire afirma que San Martín no fue masón ni
tampoco lo fueron logias masónicas ningunas de las Logias a las que perteneció.
Para este efecto recabó información en la United Grand Lodge England.

Quienes sostienen esta tesis se basan en los siguientes documentos:

Gran Logia Unida de Inglaterra

Londres, 21 de agosto de 1979

Estimado Señor,

Su carta del 7 de agosto de 1979, dirigida al Gran Maestre, me ha sido derivada
para su contestación.

1. La Logia Lautaro era una sociedad secreta política, fundada en Buenos Aires
en 1812, y no tenía relación alguna con la Francmasonería regular.
2. La tres Logias que Ud. menciona en su carta, jamás aparecieron anotadas en el
registro o en los Archivos ni de los Antiguos ni de los Modernos ni de la Gran
Logia Unida de Inglaterra: no hubieran sido reconocidas como masónicas en este
país entonces o posteriormente.
3. Las seis personas mencionadas en su carta, de acuerdo a nuestros archivos,
nunca fueron miembros de Logias bajo la jurisdicción de la Gran Logia Unida de
Inglaterra.
4. La Gran Logia de Inglaterra no era el único organismo masónico existente
durante el período en el cual Ud. está interesado. Existían Grandes Logias
independientes en Irlanda, Escocia, Francia, Holanda y Estados Unidos de
América, todas las cuales autorizaban la instalación de logias propias.
5. Nunca han existido medios legales para prohibir que extranjeros en Inglaterra
crearan sus propias Logias, pero tal acción siempre ha sido considerada por la
Gran Logia de Inglaterra como una invasión de su soberanía territorial, y las
logias así creadas no serían reconocidas como regulares, ni se permitiría a sus
miembros concurrir a las Logias inglesas, o que los masones ingleses
concurrieran a aquellas.

Sinceramente suyo,

James William Stubbs
Gran Secretario

Gran Logia de Escocia

Edimburgo, 30 de junio de 1980

Estimado Señor,

Con referencia a su carta del 17 de junio concerniente a las seis personas
mencionadas en su comunicación, le informo que las conexiones que la Gran
Logia de Escocia tuvo con Sudamérica fueron establecidas en fecha muy
posterior a las de la Gran Logia Unida de Inglaterra, ya que la primera Logia
Escocesa no fue autorizada hasta 1867.

Lamento no poder ayudarle en su investigación.

Afectuosamente suyo,
Gran Secretario

Gran Logia de Irlanda

Dublin, 24 de junio de 1980

Estimado Señor,

Gracias por su carta del 17 de junio y por la copia de las cartas que Ud. recibió de
la Gran Logia Unida de Inglaterra.
La Gran Logia de Irlanda nunca estuvo activa en Sud América y no hemos tenido
relación alguna con los organismos que Ud. menciona.

La respuesta a las preguntas que Ud. específicamente formula son:

1. No hemos emitido patentes (Cartas de Instalación) a ninguna de las Logias
arriba mencionadas y no existe registro alguno de ninguno de los nombres que
menciona, como miembros de logias irlandesas.
2. No existe posibilidad alguna de que una logia nuestra haya emitido patentes o
iniciado a ninguna de las personas mencionadas, por cuanto no estaban activas
en sus áreas.
3. Desde el establecimiento de la Gran Logia de Irlanda en 1725 se estableció que
temas de Política o Religión no podían ser considerados en ninguna de nuestras
logias, ni éstas tampoco debían comprometerse en actividad política alguna. Este
principio permanece vigente hasta el presente día.

Sinceramente suyo,

J.O. Harte
Gran Secretario

Esta información dice que entre los años de 1790 a 1810 ninguna autoridad, fuera
de Inglaterra, podía fundar una Logia sin permiso de esta Gran Logia Unida y de
haberlo hecho, sería desconocida como masónica. Por otra parte, en 1799 el
gobierno inglés habría dictado una ley donde prohibía la formación de
sociedades con fines de sedición y se aclaraba que las Logias masónicas estaban
excluidas de tales actividades, por lo tanto, podían actuar libremente bajo la
condición de presentar cada 15 de marzo una nómina de los miembros y sus
actividades. Maguire concluye que la Logia Lautaro habría transgredido esta ley
y, de hecho, no figura en los archivos de la Gran Logia Unida de Inglaterra.

Para Maguire, tanto la Logia Lautaro como la de los Caballeros Racionales eran
“reuniones de café” donde sólo había compromisos de honor ya que no pudo
encontrar ningún registro masónico de su instalación ni la autorización para
funcionar. Si la Logia Lautaro hubiese sido una Logia reconocida por la
masonería inglesa o de otro país, habría recibido un diploma masónico y habría
completado las formalidades requeridas por los organismos de coordinación y
control existentes en la época. Ni en España, Francia, Inglaterra o Buenos Aires
hay documentación (ni patente de instalación, ni diplomas, ni correspondencia)
que avale la pertenencia de la Logia Lautaro a la masonería. La investigación de
este historiador se extendió a las Grandes Logias de Francia, Holanda y Estados
Unidos que también otorgaban patentes, con los mismos resultados.

Según afirma Bartolomé Mitre (reconocido masón), San Martín no fue masón
pero consintió en usar los símbolos masónicos, la Logia Lautaro no formaba parte
de la masonería y sus objetivos eran solamente políticos. Antes de estallar las
revoluciones americanas, los revolucionarios se organizaron en Logias secretas
que adoptaron los signos y fórmulas masónicas pero no lo eran ya que en la
masonería estaban prohibidas las discusiones sobre temas políticos o religiosos.

Por otra parte la condición de masón de San Martín ha sido tratada de la siguiente
manera:

San Martín fue un masón iniciado en España y conforme indica el historiador
Argentino Alcibíades Lappas, en su libro “La masonería a través de sus
hombres”, su iniciación ocurrió a principios de 1808, siendo San Martín edecán
del general español Francisco María Solano, marqués del Socorro, capitán general
de Andalucía quien lo inició en la Logia Integridad de Cádiz. Posteriormente se
afilió a la Logia Caballeros Racionales Nro. 3 donde recibió el grado de Maestro
Masón. Este dato, afirma Lappas, que lo obtuvo de una publicación del gobierno
franquista (España), donde se probaba que la gran mayoría de los militares
americanos que encabezaron los movimientos de independencia eran masones.
Por otra parte cuando era edecán de Francisco María de Solano “Todos sus amigos
de entonces participaban de la masonería. Es lo que dicen los documentos y es lo que
aseguran los católicos españoles a la hora de reprocharle a la masonería haber alentado a
los militares a sumarse a la causa de las revoluciones hispanoamericanas”, anota Rogelio
Alaniz.

En 1939, después de la guerra civil española, se organizó toda una campaña
antimasónica. El enfoque de los anti masones españoles difiere del sustentado
por sus pares en la República Argentina. Ellos consideran que todos los
libertadores de América fueron traidores a la madre Patria por el hecho de ser
masones, y por ello sacaron a relucir el masonismo de los próceres de la
emancipación americana, lo que fue publicado por medio de la Editora Nacional,
un órgano oficial de la España franquista.

Dos figuras de la logia Integridad, habrían de conmover el corazón de San Martín
y su recuerdo habría de acompañarlo durante toda su vida, la primera de su
primer Venerable Maestro, tanto por su brillante personalidad cuanto por el
hecho de haber sido San Martín su edecán al momento de su trágica muerte. Se
trata del General Francisco María Solano, Marqués del Socorro, Capitán General
de Andalucía y Gobernador Civil y Militar de Cádiz, Venerable Maestro en su
logia Integridad Nro. 7, maestro en el arte de la guerra, aventajado discípulo de
las tácticas francesas aprendidas a través del general francés Maureau.

San Martín guardó un indeleble recuerdo por la memoria de su primer Venerable
Maestro, el General Solano, al punto de llevar en su billetera hasta la hora de su
muerte, un grabado en acero en forma de medallón. Al respecto escribía el hijo
político del General San Martín, el General Balcarce, al General Mitre: "También
envío a Ud. el retrato del desgraciado General Solano, el mismo que su padre
político llevaba en su cartera como recuerdo de aquel amigo a cuyas órdenes
sirvió como Edecán y cuyo fin no pudo evitar a pesar de los esfuerzos que hizo
por salvarlo aquel horrendo día".

Al General Francisco María Solano, lo asesinaron y arrastraron su cadáver como
trofeo de victoria, anulando toda defensa, pese a denodado esfuerzo. De la
hondísima impresión que a San Martín le produjo aquel pavoroso espectáculo,
son testimonios sus posteriores y constantes repulsas a los movimientos
demagógicos y a los procedimientos de los gobiernos basados en el desenfreno
de las multitudes. A través de su gloriosa vida veremos momentos solemnes de
ella, y hasta qué punto llegaba su repugnancia a desórdenes y motines por lo
mismo que era un sincero servidor constante de su pueblo.

El español José María Deira, en su artículo “La Cobardía del Libertador” pone en
tapete algo que se rumoreaba sobre la participación de San Martín en los luctuosos
sucesos de la muerte del General Francisco María Solano: Qué participación
tuvo San Martín en la resolución de estos acontecimientos, es una pregunta forzada a
estas alturas, a la que por mucho formularla, desde las más diversas perspectivas, no se le
puede encontrar contestación. Nadie sabe qué habría ocurrido al final, de haber actuado
de otra manera, es probable que la multitud los hubiese matado a todos, pero es lo cierto
que un militar se debe a su profesión y actos de cobardía como éste, no se olvidan. Un
amigo de San Martín, el teniente coronel Juan de la Cruz Mourgeón, futuro presidente
de Ecuador, lo sacó de Cádiz y lo condujo a Sevilla, donde se diluyó por algún tiempo,
hasta que reaparece esplendoroso en las Américas.

Es necesario profundizar un poco más sobre la amistad y los sucesos de la muerte
del General Francisco María Solano, quién no solo era un superior militar, sino
que también era un “hermano masón”, que posiblemente haya presentado al
profano San Martín para ser iniciado en la Logia Integridad Nro. 7 de Cádiz,
considerando los usos y costumbres masónicos de la época y su situación de no
ser un español nacido en la madre patria.

Francisco Solano Ortiz de Rozas era considerado uno de los generales españoles
más jóvenes y brillantes del momento, nacido en la ciudad de Caracas y de origen
noble, se había destacado en diversas campañas militares como había sucedido
en las campañas en Orán y en la guerra contra Portugal. Como militar era muy
considerado por sus camaradas españoles y franceses por lo que llegó a Cádiz
con el cargo de gobernador militar de la plaza.

Es importante también mencionar que había peleado con el ejército de Napoleón,
en la campaña del Rhin, a las órdenes del Mariscal Moreau, en aquellos
momentos general preferido de Emperador Napoleón, pero dada la veleidad de
éste, pronto le retiró su complacencia y cayó en desgracia. Solano le ofreció cobijo
en su casa de Cádiz, en donde lo tuvo de huésped largas temporadas, mientras
cruzaba el rubicón de su infortunio.

Francisco era anti napoleónico, que lo hacía proclive a no ascender en su carrera,
considerando la alianza entre España y Francia.

José María Deira, describe la situación de la siguiente manera: Tras el desastre de
Trafalgar, la flota hispano francesa se refugia en la Bahía de Cádiz a la espera de órdenes,
órdenes que no llegarán, estando el gobierno francés pendiente de otros problemas de
mayor calado, hasta que ocurren los incidentes del dos de mayo de 1808, momento en que
los franceses dejan de ser nuestros “aliados” para convertirse en enemigos. La realidad es
que el pueblo español nunca vio a los franceses como amigos, sino como invasores
disimulados, queriendo imponer sus costumbres y apoderarse de España, mientras
nuestra monarquía no hace nada para evitarlo. Así las cosas, se produce el alzamiento
del Dos de Mayo y la chispa de la rebelión se extiende por toda España como un reguero
de pólvora.

El pueblo gaditano quiere entrar en dialogo con los ingleses, cuya escuadra ronda las
aguas del Golfo de Cádiz y quiere apresar la escuadra francesa, pero el General Solano no
es partidario ni de lo uno ni de lo otro. Sabe que una batalla naval en aguas de la Bahía
puede acarrear funestas consecuencias y sabe que es prematuro aliarse con Inglaterra,
nuestro tradicional enemigo.

Al llegar las noticias de las abdicaciones de Carlos IV y su hijo Fernando VII (5
de mayo 1808), el nombramiento de José Bonaparte como rey de España, el
alzamiento del pueblo de Madrid y la terrible represión y fusilamientos
posteriores, le obliga a tomar partido e intenta organizar, en forma metódica, la
resistencia al nuevo invasor. Toma así la iniciativa de enviar en carácter de
urgente misivas a los distintos jefes militares en las plazas de Andalucía, quienes
no contestaron a ninguna. La historia posteriormente da cuenta que el general
Castaños, futuro triunfador de Bailén y a cargo del campo de Gibraltar, no quiso
exponer a los espías del General francés Murat sus avanzados contactos con los
oficiales ingleses que hasta ese entonces, en teoría, eran enemigos y los estaba
combatiendo. Francisco Solano entendió entonces que todos sus compañeros de
armas habían claudicado ante una situación insostenible y consumada.

A Francisco Solano no le simpatizaba para nada la idea de las rebeliones
populares ni el reparto de armas en forma indiscriminada. Creía en el
adiestramiento militar, la conformación de unidades reglamentarias y en un
mando claro y contundente. Esa era su situación y ánimo cuando el 28 de mayo
de 1808 se presentó ante él un delegado de la Junta de Sevilla, el conde de Teba
(insólito, pero resultó ser el padre de María Eugenia de Montijo, futura esposa de
Napoleón III, "el chico"...), quien traía una carta de las autoridades sevillanas
invitándolo a sumarse con sus tropas al alzamiento popular que ya se había
producido en gran parte de España. Solano no podía dejar de sentir el deseo de
hacerlo fervorosamente, como el pueblo gaditano que ya gritaba en las calles la
guerra a Francia. Pero su situación no era cómoda: en la bahía, mezclados unos
con otros en una inteligente maniobra del almirante francés Rosily, las flotas
francesa y española podían iniciar una batalla de terribles consecuencias para la
ciudad y sus pobladores; y en el mar, fuera de la bahía, los ingleses, eternos
enemigos que aún no estaban enterados del giro de la historia.

El general Solano convocó a una junta de generales y almirantes y emitió un
bando llamando a un alistamiento de voluntarios para poner a resguardo la plaza
de franceses e ingleses. Intentaba ganar tiempo y control de la situación. Pero el
pueblo no se sintió satisfecho y se presentó en masa frente a la Capitanía General
pidiendo explicaciones y excitada por cabecillas que inflamaban a los exaltados.

¿Qué podía explicar el general Solano a esas turbas totalmente exasperadas y
fuera de control? ¿Qué no tenía suficiente pólvora ni armas? ¿Qué no era
razonable armar a discreción al pueblo y arrojarlos a pelear contra Coraceros,
Guardias Imperiales y Granaderos de amplia preparación y experiencia en los
campos de Jena y Austerlitz? ¿Qué si iniciaban la agresión tendrían dos
enemigos, los ingleses y ahora los franceses, las máximas potencias militares del
momento?

El 29 de mayo de 1808, se convoca a otra junta y Solano prepara la proclama de
guerra y la deja sobre su escritorio. Frente al cuartel, el pueblo cada vez más
enfurecido grita desaforadamente y el marqués decide salir al balcón a explicar
la situación y satisfacer sus demandas. Intenta hacerse oír y hace señas hacia el
mar, explicando su intención de contactar a la escuadra británica. Un orador le
increpa diciendo que esos no eran ahora enemigos sino aliados y todo parece una
conversación entre sordos. Oradores improvisados y cabecillas oportunistas
empiezan a insultar al general, ante la mirada atónita de la guardia y la inquietud
de su jefe, el capitán José de San Martín, atina con un grupo de soldados trancar
la puerta del edificio. En ese instante, por la Alameda, entran unos cien hombres
armados y provistos de algunas piezas de artillería que habían saqueado
anteriormente del Arsenal. Al verlos, Solano se sabe perdido y su guardia solo
atina a unos tímidos disparos al aire para no comprometerse y permite la entrada
de las turbas a la Capitanía cuya puerta ya había sido destruida. El capitán de la
guardia y su batallón han desaparecido y el General Solano se encuentra solo frente a una
muchedumbre vociferante, exaltada y con sed de sangre.

Parece un hecho inexplicable que una dotación militar abandone a su jefe, al que ya habían
abandonado muchos otros, pero mucho más inexplicable resulta cuando conocemos que el
mencionado capitán no era otro que José San Martín Matorras, conocido en los anales de
la Historia como El Libertador, héroe nacional en Argentina, Chile y Perú, cuyas
independencias consiguió, anota José María Deira.

Aprovechando el tumulto y la distracción de la masa en destruir lo que
encontraban a su paso, Solano alcanza los tejados y huye. El marqués logra
refugiarse en la casa de una amiga irlandesa, la señora María Tucker, viuda de
Strange, quien le da alojamiento en una cámara oculta. Pero ese día estaba
decidida la suerte de Solano ya que al frente de un grupo armado venía uno de
los albañiles que construyo aquella cámara, y hacia allí se dirigieron
directamente. Al ser descubierto, decide vender cara su vida, peleando con el que
venía adelante, un novicio de la Cartuja de Jerez, Pedro Pablo Olaechea que
morirá más tarde por las heridas. Pero pronto es superado por el número de
contrincantes que lo sujetan y lo llevan hacia la plaza de San Juan de Dios donde
se improvisaba un patíbulo para ahorcarle por traidor. Nada puede hacer la
gentil dama irlandesa que es herida al momento de intentar salvarle la vida.

Solano espera aún una reacción de parte de su guardia y su jefe San Martín, pero
este había sido retirado de aquélla difícil situación por un amigo, el Capitán don
Juan de la Cruz Murgeón, oficial del regimiento de Murcia y futuro presidente
de Ecuador, poniendo al Libertador con rumbo a Sevilla. Ante lo que parecía
inevitable, decide el marqués avanzar altivo, con honor y con una sonrisa de
desprecio hacia todos aquellos que lo insultaban como traidor y "afrancesado".
En ese momento, una mano aleve o amiga (nadie lo supo...) le apuñala
certeramente por la espalda al grito de "¡muerte al traidor!", perdiendo su vida
en el acto y evitándose así la humillación de morir ahorcado como un reo común.
Otra historia dice que su ayudante, Carlos Pignatelli y Gonzaga, al no haber
podido salvar a su jefe y viéndole a punto de ser ahorcado, tomó la iniciativa de
su asesinato con el asentimiento del mismo marqués.

Comentó el historiador y general español Gómez de Arteche, autor de una
magnífica historia de aquélla cruenta guerra: "Así acaba uno de los generales en
que más esperanzas debía fundar nuestra patria por su talento y dotes de
mando".

El día 30 de mayo, el teniente general Tomás de Morla, reemplazante de Solano,
firmó el mismo bando dejado por este en su escritorio y que satisfizo a todo el
pueblo gaditano

¿Cuál fue la responsabilidad del capitán San Martín en la muerte de su superior?
¿Demostró impericia, cobardía o incapacidad de mando? Los historiadores no lo
pueden afirmar con certeza y no parece justo esta acusación. La situación en que
se vio envuelto era absolutamente irracional, más aún que la misma guerra y la
decisión de disparar sobre un pueblo con el que se convive todos los días no
puede simpatizar a cualquier oficial con algún grado de responsabilidad. Pero no
tenemos mayores dudas acerca del penoso recuerdo que acompañó al futuro
prócer y libertador de Argentina, Chile y Perú. A lo largo del resto de su vida,
jamás se desprendió de una miniatura con la efigie de su superior y amigo.

Es llamativa la amistad y el aprecio que sintieron ambos militares a lo largo de la
vida que pudieron compartir y como sus destinos se cruzaron varias veces. Hacia
1805, el general Francisco Solano había intercedido ante Príncipe de la Paz,
Manuel Godoy - que en aquel tiempo era el verdadero gobernante de España -,
por Manuel Tadeo de San Martín, hermano del prócer argentino que por un
desgraciado testimonio en un tribunal se vio injustamente destituido y
encarcelado.

Es interesante analizar otro aspecto de la relación de don José de San Martín con
el Brigadier General don Juan Manuel de Rosas, el Restaurador de las Leyes,
quien gobernó en forma autoritaria desde Buenos Aires durante casi tres décadas
a la incipiente nación argentina.

En 1845, durante el bloqueo que Francia e Inglaterra realizaron a la Argentina, Rosas
recibió el apoyo incondicional del Libertador y como símbolo de ello San Martín le regaló
su propio sable. Rosas, que al pelearse con su padre decide cambiar su apellido original,
Ortiz de Rozas, tenía una relación de parentesco familiar con aquel general americano
que fue asesinado en presencia de un joven capitán por las turbas enfurecidas en las calles
de Cádiz por un simple acto de desenfreno e ignorancia.

En la Logia Integridad Nº 7 tuvo fraternal vinculación con Alejandro Aguado,
amistad que tendría proyecciones insospechadas en el porvenir lejano de la vida
de San Martín. Era Aguado natural de Sevilla y siete años menor que San Martín,
revistaba como cadete en su regimiento y luego habría de ser su mejor e íntimo
amigo. El joven Aguado había abrazado la carrera de las armas por vocación, ya
que la fortuna de sus padres lo tenían a cubierto de necesidades e ingresó en el
ejército del rey en 1799.

Aguado, joven, rico, alegre, contrastaba con San Martín, reservado y serio.
Coincidían sin embargo en varios aspectos: honradez de intenciones, bizarría,
rectitud y limpieza en sus conductas. San Martín debió ser el maestro de Aguado
en el campo de batalla.

Tan íntima y fraterna fue esa amistad, que Aguado fue uno de los muy pocos que
San Martín tuteaba. Luego, cada uno marcha a su destino, San Martín, el de
libertador de medio continente; Aguado, ostentando el título de Marqués de las
Marismas y acaudalado banquero; más el destino los lleva a reunirse casi en el
ocaso de sus vidas en Francia.

Allí San Martín, con la ayuda de su amigo Aguado, adquirió en propiedad un
palacete cerca del castillo de Aguado en el Bourg y aquí ocurren hechos clave en
esta exposición, ambos en su carácter de masones concurren a las tenidas de la
logia de Ivri, donde están las firmas de ambos como integrantes de las tenidas
masónicas de la que era Venerable Maestro el doctor Rayer, médico particular de
Aguado y después Presidente de la Sociedad de Biología. Aguado, que tan
particular devoción sentía por San Martín, lo nombra en su testamento albacea y
tutor de sus hijos menores.

San Martín, en cumplimiento de esas funciones, tuvo que traer los restos de
Aguado, fallecido en su viaje a España, organizar solemnes funerales para el
difunto en la iglesia de Notre Dame de Lorette y erigir suntuoso mausoleo sobre
una elevación del cementerio de Peré Lachaise, donde mandó a grabar el
siguiente epitafio: "No busquéis entre los muertos al que vive".

Pero volvamos al derrotero masónico seguido por San Martín y regresemos para
referirnos a la segunda logia en que le tocó actuar. San Martín no pudo ser ajeno
al llamado emancipador de las colonias americanas radicadas en España, que se
agrupaban en la logia Caballeros Racionales Nº 3 de Cádiz, que tenía el privilegio
de reunir en su seno muchas personalidades de la emancipación americana.

A esa logia se incorpora a mediados de 1808, está logia se había formado sobre
los restos de la creada por el peruano inmortal, don Pablo de Olavide, el primero
en concebir el ideal de la emancipación americana. Esta logia como nos enseña el
General peruano Rivadeneira, miembro de la misma, fue creada en Madrid y ante
el avance de los franceses pasa a Sevilla y luego a Cádiz, donde contó con sesenta
y tres miembros, que se distinguieron por sus talentos y por su acendrado
patriotismo, por su interés por la independencia, de distinguidas y señaladas
virtudes patrióticas en cada uno de ellos. Nombres ilustres como los colombianos
Mérida, Tobar, Carcedo y Castillo; los mejicanos Pérez Toledo y Obregón; los
guatemaltecos Suárez, Pinedo y Juanos, etc.

El General Rivadeneira, refiriéndose a San Martín, con quién se encontró en 1821,
en el cuartel general de Huaura dice: "Me estrechó en sus brazos y recordó
nuestra antigua amistad, nuestros trabajos en la sociedad de Cádiz para que se
hiciese la América independiente". San Martín, que mucho apreciaba los servicios
y sacrificios del General Rivadeneira, su antiguo cófrade de Caballeros
Racionales Nº 3, lo nombró General de Brigada y designó como Gobernador del
Callao.

La Logia Caballeros Racionales contó con similares en Madrid, Sevilla, Cádiz,
Bogotá, Caracas, Filadelfia, México, Buenos Aires, Uruguay, Londres, etc. Tres
argentinos presidieron la logia Caballeros Racionales Nº 3 de Cádiz, José Moldes
hasta 1808, Carlos María de Alvear hasta 1811 y luego el sacerdote Ramón
Anchoris. A ella se refiere San Martín en carta al Presidente del Perú, Mariscal
Ramón Castilla, escrita en Boulogne Sur Mer en el año 1848: «En una reunión de
americanos en Cádiz, sabedores de los movimientos acaecidos en Caracas,
Buenos Aires, etc. resolvimos regresar cada uno a nuestro país a fin de prestarles
nuestros servicios en la lucha que calculábamos se había de entablar".

También se refiere a ella el general Zapiola en el cuestionario que le envía el
general Mitre con relación a la actividad masónica de esta logia, donde le contesta
en la parte final, enviándole una lista de los individuos que forman la Logia
Caballeros Racionales Nº 3.

En idéntico sentido, con relación a la existencia de esta logia se refieren hermanos
que fueron actores, por integrar los cuadros lógicos, como Moldes y Guruchaga,
Rivadaneira y Alvear, en sus cartas enviadas a Mérida en Caracas

Resuelto San Martín, al igual que otros patriotas, a dirigirse a Buenos Aires,
donde había estallado el grito de la emancipación, debe dirigirse como camino
obligado, primero a Londres. Para ello, San Martín obtuvo la ayuda de uno de
los jefes del ejército inglés, Sir Charles Stuart, quien le consiguió un pasaporte y
cartas de recomendación para Lord Mac Duff, más tarde Conde de Fife y que
había pertenecido a la Logia creada en Londres por el insigne precursor Francisco
de Miranda. Esto tiene una doble importancia probatoria.

Por otro lado Gerard, bibliotecario de Boulogne Sur Mer, amigo de San Martín,
que tuvo estos datos del propio Libertador, la publicó en una nota necrológica
cuando éste fallece en Agosto de 1850. La referencia alude al Conde de Fife, pues
cuando San Martín abandona América después de su gesta libertadora y hace
una estadía en Inglaterra, pasó una temporada en el castillo de su amigo y
hermano el Conde Fife, en la localidad de Branff, Escocia, donde San Martín
visitó, en compañía de su hermano, las logias San Andrés Nº 52 y San Juan,
operativa Nº 92, donde están rubricadas ambas firmas. Estas logias pertenecían
a la jurisdicción de la Gran Logia de Escocia, en la que su amigo, el Conde de Fife,
era Gran Maestre de la Gran Logia Provincial de Granffshire hasta el año 1848.
Volviendo al viaje de San Martín a Londres, cabe destacar que allí fue recibido
por sus hermanos que ya se habían instalado, ubicándose San Martín como
invitado en la casa de Carlos M. de Alvear.

Allí en Londres estuvo San Martín cuatro meses fundando con sus hermanos la
logia Caballeros Racionales Nº 7, cuyo primer Venerable Maestro fue don Carlos
de Alvear, siendo sus integrantes, además de San Martín, Zapiola, Holmberg,
Mier, Villa Urrutia, Chilabert, al que se agregaron Manuel Moreno, hermano del
Tribuno de Mayo Mariano Moreno y los venezolanos Luis López Mendes,
Andrés Bello y el Marqués del Apartado.

En la logia de Londres, expresa el General Zapiola, fue San Martín, al igual que
él, ascendido al quinto grado, afirmación que sostiene en la contestación de las
preguntas que le formula el general Mitre y en cuya respuesta agregara además
la nómina de los integrantes de la logia Caballeros Racionales Nº 7 de Londres,
que hemos destacado.

Se tiene probado, por cartas de Carlos de Alvear del 20 de octubre de 1811,
dirigida al patriota venezolano Rafael Mérida, Venerable Maestro de la logia de
Caracas, Venezuela, de las actividades de los hermanos de la Logia Caballeros
Racionales Nº 7 de Londres, al igual que la nómina de sus componentes, ya que
estas cartas se encuentran depositadas en el archivo Álvaro de Bazán de la
Armada Española y que fueron dadas a conocer por el historiador español
contralmirante Julio Guillén.

Las referidas cartas, así como otros documentos, habían sido confiados a Juan
Brown, sobrecargo del bergantín inglés La Rosa, que fuera apresado por un
corsario español el 3 de enero de 1812, por cuya causa tomó intervención la
inquisición y por los conductos referidos llegó a nuestros días.

Por la intervención del importante masón Lord Marduff, Conde de Fife, logró
que se armara la fragata Jorge Canning en enero de 1812, llevando su carga de
hermanos masones que concurrían a sentar plaza en el ejército de la revolución
de esta parte del continente. En ella venían estos militares de carrera: Teniente
Coronel de Caballería José Francisco de San Martín, Alférez de Carabineros
Carlos María de Alvear Balvastro, Capitán de Caballería Francisco de Vera,
Alférez de Navío Martín Zapiola, Capitán de Milicias Francisco Chilavert,
Subteniente de Infantería Antonio Arellano y el Teniente de las Guardias
Walonas, Barón de Holmberg. Ya en Buenos Aires, puestos en contacto con el
Venerable Maestro Julián Álvarez de la Logia Independencia, la primera
actividad masónica de San Martín fue formar un triángulo conjuntamente con
Alvear y Zapiola y ya para junio de 1812 el triángulo había afiliado a Guido,
Murguiando, Zufriategui, Malter, Anchoris, Monteagudo, más la casi totalidad
del pasaje de la fragata George Canning, y que se denominó según las últimas
investigaciones, Caballeros Racionales Nº 8 y no Lautaro, denominación que
recibiría recién en 1815, con motivo de la reorganización que inspira San Martín.
Su lema fue: Unión, Fuerza y Virtud. Se requería ser americano y juramentarse a
luchar por la independencia, según el archivo que en Montevideo llevó el señor
Julián Álvarez, Venerable Maestro de la Logia Independencia y que diera sus
mejores hombres a la logia Caballeros Racionales Nº 8. Además, como expresión
de su fe democrática, estos hermanos juramentados expresaban que no
reconocerían por gobierno legítimo de las Américas, sino aquel que fuese
voluntad de los pueblos y de trabajar por la fundación del sistema republicano.
La logia, a pesar del reducido número de sus miembros, asumió de inmediato un
papel preponderante, convirtiéndose en el centro motor de los más importantes
acontecimientos históricos que permitieron que el barco de la revolución
retomara su rumbo inicial.

Así vemos que sus integrantes, encabezados por San Martín y Alvear, Venerable
Maestro de la logia, al comprobar la falta de representatividad y eficacia del
primer Triunvirato Argentino, congregaron las tropas frente al Cabildo, aquel
ocho de octubre de 1812, para exigir un cambio del poder ejecutivo. Es así como
surge el Segundo Triunvirato, integrado por Juan José Paso, Rodríguez Peña y
Álvarez Jonte, todos ellos hermanos de la orden, cuyo primer y más trascendente
acto de gobierno fue convocar a la Asamblea del año 1813, Asamblea de la Patria
Naciente, formadora de la leyes de la libertad civil, pero que no llegó a declarar
la independencia y dar una constitución. San Martín y Alvear fueron por mucho
tiempo los árbitros de la logia y ésta de los destinos de la Patria. De los 55
miembros de la logia, 3 pertenecían al Poder Ejecutivo, 28 de sus miembros eran
representantes en la Asamblea General Constituyente, 13 eran partidarios de San
Martín y 24 de Alvear. Su objeto declarado era trabajar con sistema y plan en la
independencia de la América y su felicidad, obrando con honor y procediendo
con justicia. Según su constitución, cuando alguno de los hermanos fuera elegido
para el Superior Gobierno de Estado, no podía tomar resoluciones graves sin
consultar a la logia, no podía nombrar por sí enviados diplomáticos, generales en
jefe, gobernadores de provincia y jueces, funcionarios eclesiásticos ni jefes de
cuerpos militares, ni castigar con su sola autoridad a ningún hermano. Era ley en
todos los conflictos el sostener a riesgo de su vida las decisiones de la logia. Una
sorda lucha entablada por las ambiciones de Alvear, en el transcurso de 1815,
lleva a la logias un estado de disolución, pero San Martín, mientras preparaba su
campaña libertadora, propugnó la reorganización de la logia, que se llamó
Lautaro, no como expresión de homenaje al héroe de la obra de Ercilla, sino como
expresión masónica que significa expedición a Chile.

En este contexto es menester anotar como se vinculó San Martín con los masones
peruanos. Por los años de 1817, los hermanos masones trabajaban en forma
clandestina en Lima, en la denominada “Logia de Lima” cuyo V:.M:. Don José de
la Riva Agüero, logró comunicarse con los hermanos de una nueva logia, y el 26
de Junio de 1817, acuerdan la unión, bajo la denominación de: “Paz y Perfecta
Unión”, cuyos miembros fundadores de esta primigenia logia son los hermanos:
José de la Riva Agüero, Márquez de Goyoneche, Márquez de San Miguel, José de
Torre Tagle, Vizconde de San Donal Beringoaga, José Baquijano y Carrillo Conde
de Vista Florida, José Matías Vásquez de Acuña Conde de la Vega del Ren.

Los historiadores y articulistas que no son masones, no comprenden los vínculos
entre los hermanos, pero la información que proporcionan sirven para confirmar
diversos aspectos, así Jorge Paredes Laos en el diario “El Comercio” comenta que:
Los nombres de Bernardo O’Higgins y José de Torre Tagle estuvieron unidos desde
jóvenes. Siguiendo la tradición de la élite chilena, O’Higgins, como hijo natural del virrey
del Perú, don Ambrosio O’Higgins, fue enviado a estudiar a Lima, al prestigioso
Convictorio de San Carlos. Allí conoció a Torre Tagle y ambos fueron nutridos con las
ideas libertarias de Faustino Sánchez Carrión y de José Baquíjano y Carrillo. Mientras
O’Higgins partió a Londres, Torre Tagle se vinculó con la corona española, fue designado
IV Marqués, y en 1819, como funcionario real, fue nombrado intendente de Trujillo.

Por eso, cuando San Martín le preguntó a O’Higgins por un aliado en el Perú, este no
dudó en dar el nombre de Torre Tagle. En un gesto de agradecimiento, el marqués declaró
desde Trujillo, la independencia del norte peruano, y se pasó al bando patriota. La fecha:
29 de diciembre de 1820.

Como podemos apreciar tanto Bernardo O´Higgins, Torre Tagle, Faustino
Sánchez Carrión y José Baquíjano y Carrillo eran masones y el Convictorio de San
Carlos, en la época en que fue fundado el “Real Convictorio de San Carlos”, se
caracterizaba por tener una intensa proliferación de ideas liberales y
revolucionarias de Europa, agrupadas en el movimiento ideológico conocido
como La Ilustración. La influencia de estas ideas llega al Perú influyendo en el
desarrollo de esta institución. Así, el Real Convictorio de San Carlos se convirtió en
el semillero donde se formaron los hombres que más tarde lucharon por nuestra
independencia. Contribuye a este hecho la presencia del Sacerdote Toribio
Rodríguez de Mendoza, sacerdote desprejuiciado y tolerante, natural de
Chachapoyas, que reformó el plan educativo e inculcó en sus alumnos nuevos
conceptos científicos y filosóficos. Los requisitos necesarios para entrar en él se
hacían en función de eliminar a "los que no tuviesen limpieza de Sangre, buena crianza
y costumbre", además de estar en la obligación de saber latín.

A los masones del Real Convictorio de San Carlos, les denominaban “Los Carolinos”,
cuya base fue el Convictorio de San Carlos, de los que sobresalen los curas, Obispo
Toribio Rodríguez de Mendoza y el sacerdote Diego Cisneros, Dr. Francisco Javier
Mariátegui, Dr. José Faustino Sánchez Carrión, sacerdote Francisco Luna Pizarro, el
tacneño Francisco Pallardelli, el cajamarquino Juan Sánchez Silva.

En el interior del país también se practicaba la masonería, como por ejemplo en
Lambayeque, que entre 1817 y 1818 existió un club patriótico presidido por Don
Manuel Ituregui, quien sostenía correspondencia con San Martín, este club era
una logia y funcionaba en la hasta hoy conocida Casa Montjoy o Casa de los
Masones.

Durante la lucha por la independencia del Perú, la masonería llego por tres vías:
La Vía Peninsular traída por los españoles y perseguida por Fernando II, que
prohibió la masonería en España y sus colonias, reprimiendo en forma violenta
por la Inquisición; La Vía del Sur, masonería que fue introducida por las Logias
Lautarianas y San Martín; La Vía del Norte que llego con la corriente libertadora
de Nueva Granada con Bolívar y sus oficiales.

El reverendo H:. Tomas Cantazaro en sus obras las sociedades patrióticas secretas de la
emancipación, da a conocer papeles pertenecientes a don José de San Martín que viene a
ser una plancha enviada por la G:.L:. de L:. dirigida a don José de la Riva Agüero,
presidente en aquella época, con don Francisco de Paula Quiroz y el colombiano Fernando
López Aldama con fecha 8 de noviembre de 1817 ( Dante R. Nova, Apuntes Sobre la
Masonería en Indoamérica, Pág. 2). Debemos indicar que la correspondencia y
documentación masónica de la época, es escasa y no se conservaba por la
persecución política y religiosa del que eran víctimas, así como tampoco se exigía
su regularización ni reconocimiento por las circunstancias que vivían.

Cuando don José de San Martín y Matorras, ingresa a Lima, se comunica con los
HH:. y se incorpora a la Log:. “Paz y Perfecta Unión” con los patriotas que
vinculados a la Log:. “Lautaro”, trabajaban por la independencia americana:
Mariano José de Arce, Martín George Guisse, Hipólito Unánue, Francisco de
Zela, León La Chica, Francisco López Aldana, Miguel Tafur, José de la Mar,
Francisco de Paula Quiroz, Francisco Javier de Luna Pizarro, Toribio Rodríguez
de Mendoza, Bartolomé de las Heras, José Faustino Sánchez Carrión, Francisco
Javier Mariátegui y Telleria, Bernardo Monteagudo, Mariscal Juan Millar,
Manuel Péres de Tudela, José Joaquín Olmedo, Cecilio Tagle.

Jorge Paredes Laos, refiriéndose a la llegada de San Martín a Lima dice: Así las
cosas, San Martín —ya en el Perú— se ganó a la élite limeña a la causa independentista.
En Lima expuso rápidamente su idea de instaurar en el Perú una monarquía
constitucional, con un príncipe europeo a la cabeza. ¿Por qué buscaba San Martín hacer
en el Perú lo que no había intentado ni en Argentina ni en Chile? La historiadora Scarlett
O’Phelan explica que buscaba de esta manera no romper violentamente con los usos y
costumbres de una clase dirigente limeña nobiliaria y aristocrática. “Aquí estaba el
corazón de la aristocracia, ese grupo importante de titulados, criollos, que descendían de
familias de abolengo, y para contar con el apoyo de ellos, y no hacer una ruptura violenta,
propone la monarquía constitucional”,

El general José de San Martín, luego de ocupar Lima, reunió al Cabildo Abierto
el 15 de julio de 1821. Manuel Pérez de Tudela, masón y letrado arequipeño, más
tarde Ministro de Relaciones Exteriores, redactó el Acta de la Independencia que
fue suscrita por las personas notables de la ciudad.

En la ciudad de Los Reyes, el quince de julio de mil ochocientos veintiuno. Reunidos en
este Excmo. Ayuntamiento los señores que lo componen, con el Excmo. e Ilmo. Señor
Arzobispo de esta santa Iglesia Metropolitana, prelados de los conventos religiosos, títulos
de Castilla y varios vecinos de esta Capital, con el objeto de dar cumplimiento a lo
prevenido en el oficio del Excmo. Señor General en jefe del Ejército Libertador del Perú,
Don José de San Martín, el día de ayer, cuyo tenor se ha leído, he impuesto de su contenido
reducido a que las personas de conocida probidad, luces y patriotismo que habita en esta
Capital, expresen si la opinión general se halla decidida por la Independencia, cuyo voto
le sirviese de norte al expresado Sr. General para proceder a la jura de ella. Todos los Srs.
concurrentes, por sí y satisfechos, de la opinión de los habitantes de la Capital, dijeron:
Que la voluntad general está decidida por la Independencia del Perú de la dominación
Española y de cualquiera otra extrajera y que para que se proceda a la sanción por medio
del correspondiente juramento, se conteste con copia certificada de esta acta al mismo
Excmo.



Firmaron esta acta 339 ciudadanos. Entre otros, el conde de San Isidro (Alcalde),
Bartolomé, (Arzobispo de Lima), Francisco de Zárate (Regidor), Simón Rávago,
Francisco Vallés (Regidor), José Manuel Malo de Molina (Regidor), Pedro de la
Puente, (Regidor), el conde de la Vega del Ren (Regidor), fray Gerónimo Cavero,
Antonio Padilla (Síndico procurador general), José Mariano Aguirre, el conde de
las Lagunas, Javier de Luna Pizarro, José de la Riva-Agüero, el marqués de
Villafuerte, etc. Segundo Antonio Carrión, Juan de Echeverría y Ulloa (Regidor),
etc.

El 17 de julio es recibido en Lima el almirante Lord Cochrane. El sábado 28 de
julio de 1821 en ceremonia pública, José de San Martín, hace la proclamación de
la Independencia del Perú. Primero en la Plaza Mayor de Lima, después en la
plazuela de La Merced y luego frente al Convento de los Descalzos. Según
testigos de la época, a la Plaza Mayor asistieron más de 16,000 personas.


San Martin (oleo pintado en 1824)

Pero la labor de San Martín no solo era de tipo militar, sino que a ello acompañaba
una labor masónica, así San Martín en esa misma época, organizo la logia
Lautaro, que era el enlace de los trabajos entre él y el Director Supremo Juan
Martín de Pueyrredón, también hermano de la orden en Argentina. Tal era la
importancia que San Martín concedía a la logia, que estableció en todas partes
adonde se dirigía y organizó las sociedades secretas en Mendoza, Córdoba, Santa
Fe, Chile y Perú. Todas ellas denominadas Lautaro y manteniendo entre sí activa
coordinación y cooperación, mientras se preparaban las fuerzas que irían sobre
el Perú, para destruir el foco más poderoso de la resistencia colonial y donde
también habría de fundar la Lautaro en Lima. Todas ellas con los mismos
principios y constitución que la Lautaro porteña, a la que habían de someterse
O’Higgins en Chile y el propio San Martín en Lima, como encargados del poder
ejecutivo de estos países.

No solo logias lautarinas fundó San Martín, también fundó la logia del Ejército
del Norte, donde Belgrano fue iniciado y que a su vez creó la Logia Argentina de
Tucumán, también la del Ejército de los Andes, con sus más dilectos compañeros
de armas.

Luego del histórico abrazo de Guayaquil con Simón Bolívar, con intervención de
la Logia Estrella de Guayaquil, inicia su retiro, despojándose San Martín del
mando supremo en Perú, para radicarse en Bruselas, donde se incorporó a la
Logia La Perfecta Amistad.

En honor de San Martín, esa logia mandó acuñar una medalla de plata cuyo
facsímil se encuentra en la masonería argentina. Además, el capítulo Rosacruz
"Los Amigos de Bruselas" hizo acuñar otra medalla, cuyo original se encuentra
en el Museo Mitre. Estas medallas tienen la particularidad de mostrar a San
Martín de perfil y son debidas a un distinguido masón, el artista europeo Henri
Simons.

Masones son sus amigos íntimos, masones son los principales oficiales de su ejército y
masones son sus compañeros de militancia política. Las máximas para su hija tienen el
tono de la retórica masónica; su testamento utiliza los términos clásicos de los masones
de su tiempo.

Antes de morir, el Gral. Don José de San Martin, redacto 12 máximas para
entregar a su hija, para que recorra el resto de su vida.

1° Humanizar el carácter y hacerlo sensible aun con los insectos que nos
perjudican. Stern ha dicho a una Mosca abriendo la ventana para que saliese:
Anda, pobre Animal, el Mundo es demasiado grande para nosotros dos.
2° Inspirarla amor a la verdad y odio a 1a mentira.
3° Inspirarla gran Confianza y Amistad pero uniendo el respeto.
4° Estimular en Mercedes la Caridad con los Pobres.
5° Respeto sobre la propiedad ajena.
6° Acostumbrarla a guardar un Secreto.
7° Inspirarla sentimientos de indulgencia hacia todas las Religiones.
8° Dulzura con los Criados, Pobres y Viejos.
9° Que hable poco y lo preciso.
10° Acostumbrarla a estar formal en la Mesa.
11° Amor al Aseo y desprecio al Lujo.
12° Inspirarla amor por la Patria y por la Libertad.

Como masón practico la proverbial reserva, el secreto con el que rodean sus actos
y la discreción de sus declaraciones, estas actitudes corresponden a la clásica
disciplina personal de los masones. Desconocer esta relación de San Martín es
una torpeza o algo peor. En todos los casos, ninguna de las consideraciones que
se hagan en esa línea alcanza a ocultar lo evidente. San Martín, como muchos
guerreros de la Independencia, fue masón. Para bien o para mal, pero es lo que
fue. Sus pares fueron Francisco de Miranda, Militar y Político; Gustavo Córdova
Valenzuela, Docente Universitario y Periodista; El Gral. Simón Bolívar, Masón y
Libertador; El Gran Mariscal de Ayacucho Antonio José de Sucre y Alcala, Triunfador
en la Batalla de Junín y Ayacucho; Bernardo O´Higgins Riquelme, Político y Militar y
muchos otros nombres más como los peruanos José de la Riva Agüero, Márquez
de Goyeneche, Márquez de San Miguel , José de Torre Tagle , Vizconde de San
Donal, Beringoaga , José Baquijano y Carrillo Conde de Vista Florida , José Matías
Vásquez de Acuña, Conde de la Vega del Ren, Mariano José de Arce, Martín
George Guisse, Hipólito Unánue, Francisco de Zela, León La Chica, Francisco
López Aldana, Miguel Tafur, José de la Mar, Francisco de Paula Quiroz,
Francisco Javier de Luna Pizarro, Toribio Rodríguez de Mendoza, Bartolomé de
las Heras, José Faustino Sánchez Carrión, Francisco Javier Mariátegui y Telleria,
Bernardo Monteagudo, Mariscal Juan Millar, Manuel Pérez de Tudela, José
Joaquín Olmedo y Cecilio Tagle.

Los masones que participan en la Independencia de los países de Sudamérica, constituyen
una pléyade a los que sumamos: José Gabriel Condorcanqui “Túpac Amaru”, Mateo
Pumacahua, Francisco de Zela, los hermanos Catari, Julián Apaza “Túpac Catari”,
Mariano Moreno, Santiago Nariño, Andrés Bello, Luís Méndez, José Miguel Carrera,
Tomas Guido y Manuel Belgrano, que bebieron del fuego idealista de Miranda y fue
sellada en la Batalla de Ayacucho. Estos héroes de mil batallas o combates, llevaban junto
a la espada, lanza o fusil, el Mandil, la Escuadra y el Compás.
(Herbert Oré Belsuzarri, El Origen de la Masonería, 2010, Lima Perú, Pág. 80
http://es.scribd.com/doc/55441603/La-Masoneria-en-el-Peru)

San Martín estuvo en contacto con la masonería inglesa. En esta versión, según
Lappas, afirma que Sir Charles Stuart participó con San Martín en la fundación
de la Logia de Caballeros Racionales Nro. 7 de Londres. En esa ciudad fue
recibido fraternalmente por prominentes masones quienes arreglaron los
pormenores de su viaje a Buenos Aires, donde tomó contacto con el Venerable
Maestro de la Gran Logia Independencia, el doctor Julián B. Álvarez, quien lo
introdujo en la sociedad porteña y lo ayudó en la fundación de la Logia Lautaro.



Se especulaba que San Martín estuvo al servicio de los ingleses, quienes una vez
derrotados militarmente por los españoles, en las dos invasiones inglesas al Río
de la Plata, los ingleses habrían alentado las aspiraciones independentistas de los
militares americanos, y se afirma que el gobierno inglés se valió de la masonería
para infundir ideas libertarias en los militares americanos. Esta versión es
expuesta por el argentino Fabián Onsari en su obra “La Logia Lautaro y la
Francmasonería.”

Finalmente debemos recordar que la tumba de San Martín en Francia tiene
abundante simbología masónica, suficiente diríamos como para zanjar cualquier
duda.


Los símbolos masónicos en la tumba de San Martín en Francia.

II.- SAN MARTIN MESTIZO Y PLEBEYO.

En los libros de Historia del Perú, de Argentina y otros países, oficialmente se
dice que San Martín nació en Yapeyú el 25 de febrero de 1778.

Pero en realidad la fecha no está probada. Bartolomé Mitre, que es masón
argentino, la impuso históricamente y posteriormente los historiadores
empezaron a indagar en los archivos y descubrieron que lo que se presentaba
como evidente no era así. El primer motivo de asombro se produjo cuando se
supo que la fe de bautismo no estaba o había desaparecido. Algunos aseguran
que las quemaron los portugueses cuando pasaron por Yapeyú a sangre y fuego
en 1817, otros sostienen que el acta no está porque nunca estuvo, porque José no
fue hijo de Gregoria Matorras y Juan San Martín.

¿Es importante hablar del tema? Pues claro, para la historia ningún tema está
prohibido y mucho menos aquellos que tengan que ver con la filiación de un
importante protagonista, sin dejar de mencionar que si era hijo de indios o
mestizos, o hijo de blancos, no altera en nada su rol histórico, en todo caso
engrandece la figura del Libertador.


El General José de San Martín.

Los prejuicios de ser hijo “natural” ya no importan ahora, tampoco importan si
es rubio, de ojos azules o nacido en un hogar aristocrático. El valor de los
hombres se mide por sus actos y millones de peruanos, argentinos y chilenos, a
San Martín lo respetamos y admiramos por lo que hizo, no por el lugar donde
nació o si era hijo de blancos o de indios.

Un acta de bautismo publicada en 1921, de la cual nunca apareció el original,
posiblemente porque era una invención para salvar aquella laguna documental,
incurrió en varios errores, al mencionar a su padre como coronel y gobernador
de Misiones y a su madre como Francisca de Matorras, Bartolomé Mitre se atuvo
a la misma para dictaminar que el Libertador había nacido el 25 de febrero de
1778 y por lo tanto era el cuarto hijo del capitán San Martín con Gregoria
Matorras

Dos amigos de San Martín, el encargado de negocios chileno Francisco J. Rosales
y el abogado y periodista francés Adolfo Gerard, hicieron constar en el acta de
defunción que tenia setenta y dos años, cinco meses y veintitrés días.

Oficialmente se sabe que José Francisco de San Martín es el hijo menor del
matrimonio formado por Juan de San Martín y Gregoria Matorras. Las dudas que
se tengan sobre su filiación no alteran el hecho cierto de que fue criado por ellos,
que después de haber nacido en Yapeyú, o en algunos de las poblaciones vecinas,
se trasladó con sus padres a Buenos Aires y luego marchó de la mano de ellos a
España en la fragata Santa Balbina. Si entonces tenía seis años o siete o cuatro, no
afecta esta hipótesis central acerca de quiénes fueron los responsables de su
crianza.

Juan de San Martín, su padre, nació en España, en la localidad de Cervatos de la
Cueza, el 3 de febrero de 1728, fecha sugestiva porque ochenta y cinco años
después, el hijo habrá de librar el combate de San Lorenzo. Gregoria Matorras
nació el 12 de marzo de 1738 en Paredes de Nava, un pueblito vecino al de quien
luego sería su esposo. Se dice que la pareja se formó en España, pero no se casaron
allí sino en Buenos Aires. El matrimonio se celebró en Buenos Aires en 1770 y se
asegura que se hizo por poder, porque don Juan no estaba en Buenos Aires sino
en uno de sus habituales destinos militares. El matrimonio va a vivir al principio
en el departamento oriental de Calera de las Vacas y a fines de 1774 don Juan es
designado teniente gobernador del pueblo de Yapeyú donde se instala con su
esposa y sus tres hijos. En Yapeyú nacerán Justo Rufino y José Francisco.

No le va a ir bien a don Juan los pagos de su carrera militar, signada por las
postergaciones y las sanciones. En los tiempos de Carlos III y el Virrey Vertiz eran
importantes los contactos y las recomendaciones y don Juan carecía de ambos
beneficios porque no pertenecía a la nobleza, ni siquiera a la nobleza provinciana.
Por estas razones el matrimonio para principios de los años ochenta
decide regresar a España. El cargo que desempeñaba don Juan en Yapeyú lo
pierde porque no supo organizar adecuadamente la defensa de estas poblaciones
que en otros tiempos pertenecieron a los jesuitas y que después de su expulsión
son amenazadas por los bandeirantes paulistas que avanzan sobre estos
territorios con ánimo de conquista y decididos a capturar indios para someterlos
a la esclavitud.

Ineficaz o desprovisto de recursos, lo cierto es que don San Martín es sancionado
y regresa con su mujer y sus cinco hijos a Buenos Aires donde vivirán dos años.
Tampoco les va bien en la ciudad levantada frente al río, si bien compra una casa,
en su correspondencia se queja de las ingratitudes de los funcionarios y los bajos
sueldos. Palabras más palabras menos, el 6 de diciembre de 1783 los San Martín
retornan a España. Nuestro héroe para esa fecha es un niño y poco importa saber
si tiene seis, cinco o tres años.

¿San Martín nació en la Argentina? Desde el punto de vista histórico no puede
hacerse esa afirmación, ya que para esa fecha la Argentina aún no existía. Pero
San Martín no sólo no es argentino en el sentido histórico de la palabra, sino que
además no lo es en el sentido cultural porque se cría en un hogar español que
nunca renunció a esa condición y que, a juzgar por sus decisiones, tampoco
quisieron saber nada con vivir en estas tierras americanas.

Para 1810 San Martín es un español en el sentido pleno de la palabra. Nace en
tierras que pertenecen a España, se cría en un hogar español, estudia en colegios
españoles e inicia su carrera militar en ejércitos españoles. Habla como un
español. El tono de la voz de San Martín no es americano, es español. Como se
diría entonces, y se dice ahora, San Martín es un “gallego” y, sin embargo, nada
de ello le impide ser el libertador, el padre de la patria.

¿Qué cosa no se sabe? En primer lugar, su fecha de nacimiento. San Martín
cuando se casa en 1812 dice que tiene 31 años. Si vamos a creer esta afirmación,
nació en 1781. Su foja de servicios militares de 1803 le otorga veinte años, por lo
que habría nacido en 1783. En el pasaporte de 1824 dice tener 47 años, por lo que
habría nacido en 1777. En una carta que envía en 1848 al Mariscal Ramón Castilla
dice tener 71 años y cuando viaja a España con su padres en diciembre de 1783 lo
anotan con seis años. Por lo que la hipótesis de que nació el 25 de febrero de 1777
parece ser la más probable. Años más, años menos, San Martín fue el que fue.

Un historiador militar español puntualiza que las Ordenanzas del Ejercito
instituidas por Carlos III en 1768 establecían el mínimo de doce años para el
ingreso de los cadetes, y da ejemplos de que el requisito se observaba
rigurosamente; por lo cual San Martín tendría que haber nacido antes de julio de
1779. En realidad, esto no hace más que reforzar la presunción de que sus datos
personales fueron manipulados para adecuarlos a las exigencias reglamentarias.
Al embarcarse para España la familia San Martín y Matorras, en noviembre de
1783, en la fragata Santa Balbina registraron que José Francisco tenía seis años, de
lo que podría deducirse que nació en 1777; pero las edades de los niños
seguramente fueron declaradas en forma aproximada, sin verificación
documental, pues a Juan Fermín le adjudican diez años, que recién iba a cumplir
en febrero del año siguiente. En vista de la exigua certeza que aportan los
documentos, solo es posible afirmar que José Francisco de San Martín había
nacido alrededor de 1778.

Otro tema que ha causado molestias a algunos y curiosidad en otros es que si
efectivamente fue hijo de Juan y Gregoria. También en este caso la ausencia del
acta de bautismo despierta sospechas. Lo que se dice es que don Juan pudo haber
cometido alguna picardía con una india o que la pícara fue Gregoria. Al respecto
no existe ninguna prueba, salvo generalidades al estilo, “si el padre era bajo,
rubio y de ojos azules y la madre de tez blanca, ¿por qué el hijo es alto y
morocho?”

La otra hipótesis postula que José es hijo de Diego de Alvear, el padre de Carlos
de Alvear. Para esos años don Diego andaba por Misiones haciendo de las suyas
y de ello se infiere que tuvo un hijo con una india y lo entregó a don Juan para
que lo adopte. La única prueba que avala esta afirmación es un documento
firmado en Rosario el 22 de enero de 1871 por Joaquina Alvear Quintanilla, nieta
de don Diego. Los que conocieron a doña Joaquina, aseguran que su credibilidad
era la de un jugador. Pero los amigos del indigenismo aprueban con entusiasmo
esta hipótesis porque probaría que el Libertador es indio o por lo menos mestizo.
Algunas cartas de San Martín a favor de los indios corroboran esta tesis, las cuales
se refuerzan por su aspecto físico: morocho, ojos oscuros y rasgos aindiados.
Indio o blanco, mestizo o español, lo que está fuera de discusión es que San
Martín se forjó así mismo para su propio orgullo y para honra de todos los
argentinos, chilenos y peruanos.


Manuscrito de Joaquina Alvear Quintanilla de Arrotea, que revela que San Martín es hijo de
don Diego de Alvear.

Doña María Joaquina de Alvear y Sáenz de Quintanilla (1823-1889), hija de Carlos
de Alvear, escribió sus memorias en Rosario de Santa Fe, en una colección de
anotaciones, cartas y recortes periodísticos pegados cuidadosamente en las
páginas encuadernadas de un libro de comercio. El propósito de la mujer era
transmitir a sus descendientes las semblanzas de los integrantes de la familia.
Así, en una "cronología de mis antepasados", consigna la filiación de José de San
Martín como hijo de don Diego de Alvear, "habido de una indígena correntina".
Más adelante Joaquina reitera el parentesco, al evocar la única oportunidad en
que visitó a su tío, en Europa: "Y examinándolo bien encontré todo grande en él,
grande su cabeza, grande su nariz, grande su figura y todo me parecía tan grande
en él cual era grande el nombre que dejaba escrito en una página de oro en el
libro de nuestra historia y ya no vi más en él que una gloria que se desvanecía
para no morir jamás. Este fue el general José de San Martín natural de Corrientes,
su cuna fue el pueblo de Misiones e hijo natural del capitán de Fragata y General
español Señor Don Diego de Alvear Ponce de León (mi abuelo)". Los recuerdos
son del 23 de enero de 1877.

En 1812, San Martín fue recibido con desconfianza por la sociedad porteña de
Argentina. A diferencia del galante y mundano Carlos de Alvear, no tenía
fortuna ni alcurnia. San Martín era moreno, el pelo lacio y renegrido. Corrían
rumores sobre su condición de mestizo y la madre de Remedios de Escalada se
opuso a que casaran con su hija ese oscuro plebeyo.

El aspecto físico de José Francisco, de acuerdo con expresiones coincidentes de
las personas que lo conocieron, difería netamente del de sus presuntos padres.
Juan de San Martín, como surge de su foja de reclutamiento, era rubio, de ojos
garzos (azulados), de muy corta estatura (cinco pies y una pulgada, en medida
castellana, equivalentes a 1,43 m) y Gregoria Matorras era blanca y noble; ambos
cristianos viejos de probada pureza de sangre, sin mezcla de infieles, moros ni
judíos, según justificara el cuarto de sus hijos, Justo Rufino, para ser admitido
como guardia de corps en España. Juan Bautista Alberdi, tras entrevistar en Paris
a don José de San Martín al fin del verano de 1843, escribió que era un poco más
alto que los hombres de mediana estatura y que "yo le creía un indio, como tantas
veces me lo habían pintado".

Recién llegado, San Martín pidió que le mandaran a Buenos Aires 300 mozos
guaraníes de las Misiones para formar su plantel de Granaderos. La Logia
Lautaro, que fundó junto a Carlos de Alvear, se movió en las sombras,
enfrentando al grupo rivadaviano. Pero luego Alvear se entendió con Rivadavia
y, en pugna con el artiguismo, llegó a solicitar la protección británica. La Logia
entró en crisis: San Martín insistía en liberar el continente, más allá de los
intereses del círculo de hacendados y comerciantes.

En 1816, en un famoso parlamento con los caciques pehuenches, San Martín
expuso el plan de cruzar la cordillera y llegar a Chile para terminar con los godos
"que les han robado a ustedes la tierra de sus antepasados", les solicitó ayuda y
permiso para pasar por sus dominios y declaró: "Yo también soy indio". Luego
rehusó defender al gobierno porteño de la insurrección federal y marchó al frente
de su Ejército rebelde hacia el Perú, con el respaldo chileno. En las vísperas, envió
a los indígenas peruanos un manifiesto en quechua. Fue recibido en Lima como
si fuera el hijo del Sol, anunciado por las antiguas profecías de redención. Soñó
con coronarse como un nuevo Inca, pero se quedó sin fuerzas y dejó su lugar a
Bolívar. No quiso intervenir en la guerra de unitarios y federales y radicó en
Europa. En 1828 intentó volver al Río de la Plata, pero lo disuadieron las
renovadas furias partidistas.

La relación de San Martín con los pehuenches es descrita de la siguiente manera:
Ni bien se instala en Mendoza, cultiva estrechas relaciones con los Pehuenches,
(habitantes milenarios de los faldeos cordilleranos del sur de Mendoza) y a
comienzos de 1816, desde El Plumerillo, los invita a un Parlamento para
reafirmar y renovar los vínculos existentes.

El objetivo de San Martín era el de mantener la alianza con los Pehuenches, para
asegurarse el tránsito eventual de sus tropas por ese territorio y obtener ayuda
en caso de una invasión española por el sur de Chile.


El Cruce de los Andes

En el comienzo de la primavera de 1816, en el Fuerte San Carlos, a unos 150
km. al sur de Mendoza se realiza el Parlamento. Anteceden a San Martín,
que llega con 200 Granaderos y un Cuerpo de milicianos, decenas de mulas
cargadas de presentes y regalos para ofrecer a los Pehuenches en prenda de
amistad: pieles, dulces, telas, aguardiente, monturas, bordados, vestidos y toda
clase de víveres. Las tribus Pehuenches concurren masivamente tocando sus
instrumentos musicales. Los guerreros de lanza, en actitud de combate, llegaban
pintados y montados a caballos. Detrás seguían los ancianos, las mujeres y los
niños. Cada tribu que ingresaba, era precedida y escoltada por un grupo de
Granaderos a Caballo, a la vez que era saludada con salvas de cañones desde el
Fuerte, en señal de bienvenida. Los Pehuenches a su vez realizaban simulacros
guerreros, haciendo gala de su destreza con los caballos.

Iniciado el Parlamento en la Plaza de Armas del Fuerte, el espacio central quedó
ocupado por los Caciques y Capitanejos por un lado y el Gral. San Martín y el
Comandante de Fronteras por el otro. El intérprete, luego de referirse a la
amistad de San Martín y a los regalos obsequiados, pidió a las tribus Pehuenches
que permitiesen el paso del ejército patriota por su territorio, con el fin de hacer
guerra a los españoles chilenos…

Luego de un prolongado silencio, Ñecuñan, el pehuenche más anciano habló a
los Caciques, preguntándoles si estaban de acuerdo con el pedido de San Martín.
Todos los Caciques hablaron extensamente, sin interrumpirse y con mucha
tranquilidad. Concluida la ronda, Ñecuñán, tomó nuevamente la palabra, y
dirigiéndose a San Martín le dijo que todos los Caciques, menos tres, estaban de
acuerdo en aceptar la propuesta. Acto seguido todos los Caciques abrazaron a
San Martín, y uno de ellos, fue a avisar al resto de las tribus que la propuesta de
San Martín había sido aceptada.

A continuación, en un gesto de confianza hacia San Martín, entregaron sus
caballos y sus armas a los milicianos, dando inicio a los festejos que se
prolongaron varios días. De regreso al Plumerillo, San Martín escribe a Guido:
"… Concluí con toda felicidad mi gran Parlamento con los indios del sur:
auxiliarán al ejército no sólo con ganados, sino que están comprometidos a tomar
una parte activa contra el enemigo…” Los hechos posteriores demostraron que
el pacto fue respetado, y muchos Pehuenches colaboraron activamente, algunos
también como baqueanos en el Cruce de la Cordillera.

José de San Martín en La Campaña Libertadora dijo: “La guerra la tenemos que
hacer del modo que podamos. Si no tenemos dinero, carne y un pedazo de tabaco
no nos han de faltar. Cuando se acaben los vestuarios nos vestiremos con las
bayetitas que trabajan nuestras mujeres, y sino andaremos en pelotas como
nuestros paisanos los indios. Seamos libres, que los demás no importan”.


La Batalla de Maipú.

A San Martín lo engrandece el haber reconocido siempre el valor de sus tropas
negras, indígenas y mestizas en las batallas de Chacabuco, Maipú, Cancha
Rayada y en la Campaña del Alto Perú.

Juan Bautista Alberdi, que lo entrevistó en París en 1843, trazó de él un retrato
notable: "Yo lo creía un indio, como tantas veces me lo habían pintado; y no es
más que un hombre de color moreno...". Además, "no obstante su larga residencia
en España, su acento es el mismo de nuestros hombres de América".

Durante el siglo XX una caudalosa bibliografía enfocó las vinculaciones de San
Martín con la política británica y francesa y con la masonería, planteando la
cuestión de sus motivaciones. Si fue tan corta su vivencia de América, si tenía de
ella una borrosa imagen, si había servido dos décadas al rey, es difícil creer en su
patriotismo como pasión determinante. Resulta verosímil por tanto la hipótesis
de que era agente masón de los proyectos británicos o franceses. Hoy es posible
otra explicación: Era un mestizo y sufría en carne propia la injusticia del sistema
colonial.

Partiendo de esa versión y de los indicios expuestos en el libro “Jinetes
Rebeldes” del argentino Hugo Chumbita, se obtuvo la confirmación a través de
testimonios concordantes de tres ramas de descendientes de Carlos de Alvear:
los Christophersen, los Santamarina y los Verger. Los mismos datos son
corroborados por las memorias manuscritas de Joaquina, que obran en poder de
Diego Herrera Vegas.

"Esto no se puede decir", le advirtió Pedro Christophersen III a su hija Magdalena
cuando le contó el secreto preservado durante generaciones. La abuela de Pedro
III era doña Carmen de Alvear, nieta de Carlos y prima hermana del presidente
de la república Marcelo de Alvear. Magdalena conserva un añoso ejemplar de un
libro de Sabina de Alvear y Ward, que le sirvió para completar aquel relato.

Pero entonces quién era el General español Señor Don Diego de Alvear Ponce de
León, para ello nos remitimos a lo escrito por Hugo Chumbita: El futuro brigadier
de la armada española don Diego de Alvear y Ponce de León (1749-1830), nacido
en Montilla (Córdoba), con ascendientes nobles en Burgos, arribó al Río de la
Plata en 1774. Tomó parte en acciones contra los portugueses y luego contra los
ingleses. En 1778 dirigió una división encargada de ejecutar el tratado de límites
sobre los ríos Paraná y Uruguay. Entonces, en algún lugar de las misiones
jesuíticas, el marino se relacionó con una joven guaraní, que engendró un niño.
Alvear lo encomendó al teniente gobernador de la reducción de Yapeyú, el
capitán Juan de San Martín, y a su esposa Gregoria Matorras, de 40 años, que ya
tenía cuatro hijos. Ellos se avinieron a criarlo como propio y el niño fue José
Francisco de San Martín.

En 1780, Juan de San Martín tuvo que irse de Yapeyú tras un conflicto con los
guaraníes. Tres años después todos viajaron a España y la familia Alvear cuenta
que Diego de Alvear se mantuvo en contacto con ellos y costeó los gastos para
que Francisco José siguiera la carrera militar.

En 1781, Diego de Alvear se casó con María Josefa Balbastro. Se radicaron en las
Misiones y tuvieron nueve hijos, uno de ellos Carlos, nacido en 1789. En 1804, la
familia embarcó hacia España. Pero antes de llegar, en un combate con navíos
ingleses murieron la esposa, siete hijos, un sobrino y cinco esclavos. Don Diego
perdió la mayoría de sus bienes. Prisioneros, Alvear y su hijo Carlos fueron
llevados a Londres. Allí, Carlos pudo estudiar y a Diego lo indemnizaron.
Además, se casó con una joven inglesa, Luisa Ward, con quien tuvo más hijos.

En 1806 regresaron a España, don Diego ocupó nuevos destinos militares y,
según los Alvear, ayudó y mantuvo un trato afectuoso con su hijo José Francisco.
Carlos supo que aquél era su medio hermano y fueron grandes camaradas. Al
producirse la Revolución de Mayo, concibieron juntos el regreso, aprovechando
las importantes relaciones de su padre en Londres y en Buenos Aires.

San Martín y quienes conocían su filiación guardaron siempre reserva. Para
ingresar a la milicia en España era necesario acreditar que era hijo legítimo y
todos quedaron obligados a mantener esa versión. En cierto sentido, él vino a
América a buscar a su madre. Habló muy poco de sí mismo, y cuando lo hizo
omitió referirse a su origen.

José de San Martín padeció su "destino americano": no saber quién era, el
extrañamiento, la ausencia materna, la conciencia de ser hijo de la violencia de
los dominadores sobre los pueblos nativos. Se alzó desafiando al mundo de su
padre. Transformó su humillación en rebeldía política. La persona, la memoria y
la significación de San Martín no son patrimonio de una familia, ni siquiera de
un país. Es una figura americana y universal.
SU TESTAMENTO
1° Dejo por mi absoluta heredera de mis bienes, habidos y por haber a mi única
hija Mercedes de San Martín actualmente casada con Mariano Balcarce.
2° Es mi expresa voluntad el que mi hija suministre a mi hermana María Emilia,
una pensión de mil francos anuales, y a su fallecimiento, se continúe pagando a
su hija Petronila, una de 250 hasta su muerte, sin que para asegurar este don que
hago a mi hermana y sobrina, sea necesaria otra hipoteca que la confianza que
me asiste que mi hija y sus herederos cumplirán religiosamente ésta voluntad.
3° El sable que me ha acompañado en toda la guerra de la Independencia de
América del Sur, le será entregado a general de la República Argentina don Juan
Manuel de Rosas, como una prueba de satisfacción, que como argentino he
tenido al ver la firmeza con la que ha sostenido el honor de la República contra
las injustas pretensiones de los extranjeros que tratan de humillarlas.
4° Prohíbo el que se me hagan ningún género de funeral, y desde el lugar que
falleciere se me conducirá directamente, al cementerio sin ningún
acompañamiento, pero sí desearía, que mi corazón sea depositado en el de
Buenos Aires.
5° Declaro no deber y haber jamás debido nada a nadie.
6° Aunque es verdad que todos mis anhelos no han tenido otro objetivo que el
del bien de mi hija amada, debo confesar, que la honrada conducta de ésta, y el
constante cariño y esmero que siempre me ha manifestado, han recompensado
con usura, todos mis esmeros haciendo mi vejez feliz. Yo le ruego continúe con
el mismo cuidado y contra acción la educación de sus hijas (a las que abrazo con
todo mi corazón) si es que su vez quiere tener la feliz suerte que alguna vez tuve
yo; igual encargo hago a su esposo, cuya honradez y hombría de bien no ha
desmentido la opinión que había formado de él, lo que me garantiza continuara
siendo la felicidad de mi hija y nietas.
7° Todo otro testamento o disposición anterior al presente queda nulo y sin
ningún valor.
Hecho en París a veintitrés de enero de mil ochocientos cuarenta y cuatro,
y escrito todo de mi puño y letra.

Mausoleo donde descansan sus restos en Argentina.

III. LA MONARQUÍA QUE PROPUSO SAN MARTIN.

Antes ya se mencionó que San Martín, propuso en el Perú una monarquía, y eso
ocurrió en un escenario que se debe por lo menos ligeramente conocer. Una vez
que las fuerzas expedicionarias desembarcaron en el Perú el 7 de setiembre de
1820 en Pisco y se establecieron en Huara, iniciaron negociaciones con el Virrey
Pezuela que produjeron las conferencias de Miraflores que se dieron entre el 30
de setiembre y el 1 de octubre de 1820. En ellas, el tema de la futura organización
del país no estuvo ausente. Los negociadores nombrados por San Martín, Tomás
Guido y Juan García del Río, propusieron la idea de crear “en estos países una
monarquía constitucional e independiente que tuviese a su cabeza un príncipe de la
familia real de España”, propuesta que fue rechazada por el Virrey Pezuela quien
señaló que un tema de tal trascendencia como ese debía ser analizado por el
gobierno superior español.

La fidelidad de Pezuela al absolutismo provocó su desprestigio, especialmente
debido a que la mayor parte de los oficiales a sus órdenes eran liberales. El 29 de
enero de 1821, los jefes liberales, dirigidos por el general José de La Serna, lo
derrocaron por medio del llamado Pronunciamiento de Aznapuquio. Pezuela se
embarcó inmediatamente hacia España y La Serna fue confirmado Virrey del
Perú por la corona española.

¿Qué propuso San Martín a Pezuela primero y a La Serna después? Los
delegados de San Martín: Tomas Guido, Juan García del Río y José Ignacio de la
Rosa; y los delegados del virrey: Manuel de Llano y Nájara, José María Galdeano
y Mendoza y Manuel Abreu, se reunieron el 4 de mayo de 1821. Los delegados
patriotas fueron instruidos para que se abstuviesen de llegar a algún acuerdo en
tanto que no fuese reconocida la independencia de las Provincias Unidas de Río
de la Plata, Chile y Perú. Como ya había ocurrido en las anteriores conferencias
de Miraflores, los españoles se mantuvieron inflexibles en cuanto al hecho de no
reconocer la independencia, lo que hacía que ambas partes mantuvieran
posiciones insalvables. Se decidió solo un armisticio de 20 días y se programó
una entrevista personal entre los jefes adversarios, es decir entre La Serna y San
Martín. Esta reunión se dio en Punchauca el 2 de junio de 1821.


La Serna y San Martín en Punchauca.

En la entrevista entre La Serna y San Martín. Acompañaban al virrey, el general
José de la Mar y los brigadieres José de Canterac y Juan Antonio Monet. Por su
parte, San Martín estaba acompañado por el general Gregorio de las
Heras, Mariano Necochea y Diego Paroissiens. Según testigos presenciales, San
Martín, no bien reconoció a La Serna, lo abrazó cordialmente, diciéndole: “Venga
acá, mi viejo General; están cumplidos mis deseos, porque uno y otro podemos hacer la
felicidad de este país”. En esta reunión dialogaron los masones españoles y los
masones expedicionarios que son: La Serna, José de la Mar, José de Canterac, San
Martín, Mariano Necochea y otros.

Mucho se ha especulado sobre la respuesta. Basándose en la interpretación de
distintas fuentes, diferentes historiadores concuerdan que San Martín buscaba la
implantación de una monarquía, pero no absolutista; sería una monarquía
constitucional, donde además de una Constitución Política donde figuren todos
los derechos y deberes de los ciudadanos, exista un Congreso, cuyos
representantes sean elegidos para legislar en beneficio del pueblo, evitando así la
concentración de poderes en el gobernante, el cual sería escogido por el mismo
San Martín entre algún príncipe español de la casa de Borbón.. Esta monarquía
agruparía además en un solo gran reino a los países que había independizado y
al resto de Hispanoamérica, desde México hasta El extremo sur de Argentina y
Chile.

Por otro lado, mientras San Martín se encuentre en Europa buscando al candidato
ideal para ser el nuevo Rey de Hispanoamérica, el virreinato peruano quedaría
bajo el mando de un Consejo de Regencia encabezado por el virrey La Serna, que
formaría un Triunvirato junto a dos delegados, uno realista y otro patriota. Las
decisiones serían tomadas en conjunto por los tres; de quienes dependería
además el ejército libertador.

Tales planteamientos no tuvieron éxito, pues no solo el virrey los rechazó, sino
también los gobiernos de los países que ansiaba unir y que no vieron con buenos
ojos renunciar a la independencia que con tanto esfuerzo habían conseguido para
unirse en un solo país, gobernado además por un rey. ¿Habían luchado tanto
contra la monarquía para aceptar ahora una aunque sea independiente de
España?

¿Se podría considerar esta proposición como la expresión del deseo de San
Martín? Porque, en el manifiesto que San Martín dirigiera después de estas
negociaciones, señalaba claramente que “el día que el Perú pronuncie libremente su
voluntad sobre la forma de las instituciones que deben regirlo, cualesquiera que ellas sean,
cesarán de hecho mis funciones”. Esta expresión, no puede ser más clara: los peruanos
serían quienes optarían por su sistema político, independientemente de los deseos de San
Martín. Esto guarda concordancia con la propaganda que posteriormente se
utilizó para expresar la conveniencia del establecimiento de una monarquía
constitucional: pudiendo, tras haber asumido como Protector del Perú, haber
impuesto una monarquía, optó por abrir el paso a mecanismos que legitimarían
ese sistema.

Sin contrariar lo anterior, y con la finalidad de “preparar los elementos de la
reforma universal” que se avecindaba, el 12 de febrero de 1821 San Martín rubricó
un Reglamento Provisional que fijaba las bases elementales de la organización de
los territorios ya dominados por las armas revolucionarias. En la parte
explicativa del texto aclaraba que la finalidad de la guerra era “la mejora” de las
instituciones, objetivo que debía lograrse sin precipitación, pero sin que esto
implicara que se dejaran “intactos los abusos” del sistema monárquico español.
Las circunstancias y la “gran ley de la necesidad” lo impulsaban a iniciar la obra
“que el tiempo consolidará más adelante”.

Si había algo claro, a juzgar por los testimonios expuestos, era que se dejaría sin
existencia a la monarquía española. Agreguemos dos antecedentes más. El
primero es una proclama que O’Higgins dirigió a los peruanos, y que fue llevada
por la misma fuerza expedicionaria. En ella el Director Supremo decía: “seréis
libres e independientes, constituiréis vuestros gobiernos y vuestras leyes por la única y
espontánea voluntad de vuestros representantes, ninguna influencia militar o civil,
directa o indirectamente tendrán estos hermanos en vuestras decisiones”. El segundo
proviene de las memorias de Juan Isidro Quesada, un militar trasandino que
formó parte de las tropas que entraron en Lima una vez que la ciudad fue
evacuada por los realistas. Cuenta Quesada que el 10 de julio su regimiento
acudió a saludar a San Martín, quien les dijo: “he hecho bajar al batallón Nº 8 a la
capital para que la juventud delicada que tengo en mi presencia forme la opinión de este
país, que se halla tan impregnada de viejas costumbres de aristocracia y por medio de
ustedes, principiar a hacer olvidar éstas y fomentar las de nuestro sistema demócrata”.

San Martín ya había expresado a Basil Hall su prescindencia en cuanto al sistema
que el Perú debía adoptar. Según el testimonio de Hall, en una entrevista
sostenida con el general, éste habría expresado que “en los últimos diez años […]
he estado ocupado constantemente contra los españoles, o mejor dicho, a favor de este país,
porque yo no estoy contra nadie que no sea hostil a la causa de la independencia. Todo mi
deseo es que este país se maneje por sí mismo, y solamente por sí mismo. En cuanto a la
manera en que ha de gobernarse no me concierne en absoluto. Me propongo únicamente
dar al pueblo los medios de declararse independiente y de establecer una forma de gobierno
adecuada; y verificado esto consideraré haber hecho bastante y me alejaré”.

Hall agrega parte de un bando de San Martín publicado alrededor del 20 de julio
del mismo año 1821 en el que se puede leer: “todo pueblo civilizado está en estado de
ser libre; pero el grado de libertad [de] que un país goce debe estar en proporción exacta al
grado de civilización; si el primero excede al último, no hay poder para salvarlo de la
anarquía; y si sucede lo contrario, que el grado de civilización vaya más allá del monto de
libertad que el pueblo posea la opresión es la consecuencia”. Si bien este último párrafo
introduce un nuevo elemento en las consideraciones de San Martín, el equilibrio
entre libertad y civilización, o si se prefiere “cultura cívica”, de ningún modo
viene a alterar la esencia de lo ya planteado, pues sólo se trata de la expresión de
un principio fundamental que en ningún caso dice relación con una opción por
tal o cual sistema político.

Así las cosas, hasta julio de 1821 para San Martín resultaba claro, al menos según
los textos que hemos visto, que los peruanos eran los llamados a definir la forma
que adoptarían para su gobierno, lo que incluso no se alteraría al momento de
asumir como Protector del Perú el 3 de agosto siguiente, si atendemos al tenor
literal del correspondiente decreto. En él señaló que al haber asumido la tarea de
liberar al Perú sólo había buscado el adelantamiento de la causa americana y la
felicidad de los peruanos y que el mando político y militar había recaído en sus
manos por imperio de las circunstancias. Sin embargo, decía, se debían fijar
objetivos secuenciales, primero terminar con la presencia del enemigo y, luego,
asegurar la libertad política: “la experiencia de diez años de revolución en Venezuela,
Cundinamarca, Chile y Provincias Unidas del Río de la Plata, me han hecho conocer los
males que ha ocasionado la convocación intempestiva de congresos, cuando aún subsistían
enemigos de aquellos países: el primer paso es asegurar la independencia, después se
pensará en establecer la libertad sólidamente”. A ello agregaba que bien podría haber
seguido otro curso de acción, disponiendo que electores nombrados por los
ciudadanos ya liberados designasen a quien debía gobernar “hasta que se
reuniesen los representantes de la nación peruana; pero como por una parte la
simultánea y repetida invitación de gran número de personas de elevado carácter
y decidida influencia en esta capital para que presidiese la Administración del
Estado me asegura un nombramiento popular; y por otra había ya obtenido el
asentimiento de los pueblos que estaban bajo la protección del Ejército
Libertador, he juzgado más decoroso y conveniente el seguir esta conducta franca
y leal, que deba tranquilizar a los ciudadanos celosos de su libertad”. El nuevo
gobierno debía ser vigoroso para preservar al Perú de los males que “pudieran
producir la guerra, la licencia y la anarquía”, lo que, aunque no se manifiesta en
el texto, podría ser provocado por los cambios que se estaban generando. En el
mismo decreto se aclaraba que el mando recaería en San Martín hasta que se
reuniese el futuro congreso peruano, y el artículo 7º señalaba textualmente: “el
actual decreto sólo tendrá fuerza y vigor hasta tanto que se reúnan los representantes de
la nación peruana, y determinen sobre su forma y modo de gobierno”.

Según el tenor literal de los testimonios anteriores, el que San Martín hubiese
asumido como Protector en nada cambiaba las cosas, pues en realidad sólo se
estaba formalizando su permanencia y acción en el gobierno, agregándose un
título que de por sí es bastante decidor. Lo que realmente importaba era la
reafirmación de dos ideas fundamentales: los mismos peruanos decidirían su
organización política y, en segundo lugar, la fijación de una meta previa a ello, la
independencia. Una vez que se hubiesen logrado ambas, él abandonaría el poder,
dando cuenta su actuación a los representantes del pueblo.

Esta secuencia, tenía cierta lógica pues San Martín conocía el mal inherente a la
implantación precipitada de gobiernos libres representativos en Sudamérica; se
apercibía que antes de levantar cualquier durable edificio político debía
gradualmente rozar la preocupación y el error diseminados sobre la tierra y luego
cavar profundo en el suelo virgen para apoyar el cimiento. En este tiempo no
había ilustración ni capacidad bastante en la población para formar un gobierno
libre, ni aún aquel amor a la libertad sin el cual las instituciones libres son a veces
peores que inútiles, desde que, en sus efectos, tienden a no corresponder a la
esperanza, y así, por ineficacia práctica, contribuyen a relajar ante la opinión
pública los sanos principios en que reposan. Desgraciadamente también los
habitantes de Sudamérica tienden primero a equivocar el efecto de tales cambios
y concebir que la mera implantación de las instituciones libres en la forma
importa que sean inmediata y debidamente comprendidas y disfrutadas,
cualquiera que haya sido el estado social precedente”.

El 8 de octubre siguiente San Martín firmó un Estatuto Provisional en el que se
daban las bases para la organización transitoria del aparato estatal,
estableciéndose que ese texto regiría hasta que se declarase la independencia en
todo el territorio del Perú. Logrado ese objetivo, se procedería a la convocación
de un Congreso general que establecería una constitución permanente. Sin
embargo, aunque de modo transitorio, él asumía una gran cuota de poder:
“mientras existan enemigos en el país, y hasta que el pueblo forme las primeras
nociones del gobierno de sí mismo, yo administraré el poder directivo del Estado,
cuyas atribuciones, sin ser las mismas, son análogas a las del poder legislativo y
ejecutivo”, absteniéndose de mezclarse “jamás en el solemne ejercicio de las
funciones judiciarias, porque su independencia es la única y verdadera
salvaguardia de la libertad del pueblo”. Así, el ejercicio de dos de los tres poderes
del Estado estaba en sus manos.

Tanto el que San Martín hubiese asumido como “Protector” y también el
posterior dictado del Estatuto, generaron recelos e inquietud entre los sectores
liberales de la sociedad peruana. Si se examinan las disposiciones de éste, se
comprende fácilmente la existencia de esos temores. Al “protector” le
correspondía el ejercicio de la suprema potestad en los departamentos libres del
Perú, era generalísimo de las fuerzas de mar y tierra y tenía amplias atribuciones
en materias económicas. Por otra parte, se establecía un Consejo de Estado con
un carácter netamente asesor, y conformado por los tres Ministros de Estado, el
Presidente de la Alta Cámara de Justicia, el General en Jefe del Ejército Unido, el
jefe del Estado Mayor General del Perú, el Teniente General Conde de Valle
Oselle, el Deán eclesiástico, el Mariscal de Campo Marqués de Torre-Tagle, el
Conde de la Vega y el Conde de Torre-Velarde. Entre las libertades y derechos
de los ciudadanos el texto consagraba la igualdad en el ejercicio del derecho a
defender honor, libertad, seguridad, propiedad y la propia existencia y la
inviolabilidad del hogar. No se establecen algunas características esenciales a
todo régimen republicano, tales como la igualdad ante la ley y ante las cargas
tributarias.

Por otra parte, la creación de la Orden del Sol implicaba el establecimiento de una
nueva nobleza, republicana, pero igualmente hereditaria en lo relativo a las
prerrogativas que se concedían a los fundadores, aunque estas fuesen revocables.
El decreto respectivo decía: “Con la idea de hacer hereditario el amor a la gloria, se
establecen ciertas prerrogativas que son transmisibles a los próximos descendientes de los
fundadores de la orden del Sol. Yo he contemplado que aun después de derogar los
derechos hereditarios que traen su origen de la época de nuestra humillación, es justo
subrogarles otros que, lejos de herir la igualdad ante la ley, sirvan de estímulo a los que
se interesen en ella. Todo el que no sea digno del nombre de sus padres, tampoco lo será
de conservar estas prerrogativas”. Thomas Hardy escribió respecto de la ceremonia
de instalación de esta orden, realizada el 16 de diciembre de 1821, el siguiente
comentario: “La ceremonia fue excelentemente bien conducida y parece haber generado
general satisfacción. Cuatro ingleses, los coroneles Paroissien y Miller y capitanes Guise
y Forster han ganado el primer honor [miembros fundadores de la libertad peruana], pero
no aparece el nombre de Lord Cochrane. El Sr. Prevost, agente político americano,
también concurrió por invitación similar. No hubo nada en toda la actuación que
demostrara un espíritu republicano […] y es evidente que un gobierno monárquico es el
indicado para los hábitos y costumbres de estas gentes, de lo cual no dudo se aprovechará
el General san Martín”.

Ya en esta época, “la preocupación constante del gobierno de Lima era el
preparar la organización definitiva que debía darse al Perú” y que tanto para San
Martín como Monteagudo, García del Río y otros personajes, “sólo la forma
monárquica podía asegurar la estabilidad de las nuevas instituciones, y desarmar
la anarquía que había comenzado a aparecer con caracteres tan alarmantes en
estos países”, a lo que agrega que para ello sólo era necesario “uniformar la
opinión en el país”.

Poco tiempo después San Martín envió a Europa a García del Río y Parossien en
busca de un monarca, y a ellos entregó una carta que debían poner en manos de
O’Higgins a su paso por Chile:

“… Al fin (y por si acaso, o bien dejo de existir o dejar este empleo) he resuelto mandar a
García del Río y Paroissien a negociar no sólo el reconocimiento de la independencia de
este país, sino dejar puestas las bases del gobierno futuro que debe regir. Estos sujetos
marcharán a Inglaterra, y desde allí, según el aspecto que tomen los negocios, procederán
a la Península; a su paso por esa instruirán a V. verbalmente de mis deseos, si ellos
convienen con los de V. y los intereses de Chile, podrían ir dos diputados por ese Estado,
que unidos con los de éste, harían mucho mayor peso en la balanza política, e influirían
mucho más en la felicidad futura de ambos estados. Estoy persuadido de que mis miras
serán de la aprobación de V. porque creo estará V. convencido de la imposibilidad de erigir
estos países en repúblicas. Al fin yo no deseo otra cosa que el establecimiento del gobierno
que se forme sea análogo a las circunstancias del día, evitando por este medio los horrores
de la anarquía”.

San Martín, que hasta entonces (y esto es fácil determinarlo por los testimonios
ya entregados), no había adoptado una resolución en cuanto al tema de la
organización política del Perú, ahora creía imposible establecer una república, y
enviaba dos diputados a buscar un príncipe europeo para que gobernase al Perú,
y probablemente también Chile, y ello sin consultar la opinión del pueblo
peruano, como tantas veces había afirmado con anterioridad. Para Bartolomé
Mitre el Estatuto Provisional era solo un embrión democrático, “dentro de cuyos
vagos lineamientos podía dibujarse así una república como una monarquía
liberal. Tal es el pensamiento oculto que entrañaba el estatuto al no proclamar
francamente la república como forma definitiva de gobierno, dejando al porvenir
la solución del problema bajo la invocación de la soberanía nacional”,
advirtiendo, además, que algunas de las disposiciones adoptadas por San Martín
tendían a la conformación de una sociedad que no difería en mucho de la que un
poco tiempo antes había apoyado a la monarquía española. En este sentido
incluye el establecimiento del Consejo de Estado, al que califica de “corporación
jerárquica y aristocrática”, la subsistencia de los títulos nobiliarios y el
establecimiento de la Orden del Sol. Completa Mitre su cuadro descriptivo con
el siguiente comentario:

“Estas invenciones, al parecer de mero aparato, incluso las que revestían carácter
gubernativo, respondían a un plan: eran semillas estériles de una aristocracia,
atributos de una monarquía quimérica, que se esparcían en la sociabilidad
peruana […] Hasta el mismo San Martín, no obstante su sencillez espartana,
acusó en su representación externa esta influencia enfermiza. Su retrato
reemplazó al de Fernando VII en el salón de gobierno. Para presentarse ante la
multitud con no menos pompa que los antiguos virreyes, y deslumbrar a la
nobleza peruana, que la consideraba poderosa en la opinión, se dejaba arrastrar
en una carroza de gala tirada por seis caballos, rodeado por una guardia regia, y
su severo uniforme de granadero a caballo se recamó profusamente de palmas
de oro. Empero, nada indica que el delirio de las grandezas se hubiese apoderado
de su cabeza. En medio de este fausto de oropeles conservó su modestia y su
ecuanimidad. Si buscaba la monarquía constitucional, era sin ambición personal,
anteponiendo, como lo decía, a sus convicciones republicanas lo que consideraba
relativamente mejor para coronar la independencia con un gobierno estable, que
conciliase el orden con la libertad y corrigiese la anarquía”.

Mitre indica que para San Martín únicamente a través del establecimiento de una
monarquía constitucional se lograría la independencia y un orden regular. Sea
que el ambiente y las tradiciones peruanas, más aristocráticas y de mayor arraigo
que en Buenos Aires o Santiago, hayan influido en el carácter del libertador
haciéndole pensar que para evitar la anarquía el sistema de gobierno más
adecuado era la monarquía constitucional, también es claro que en su posición el
pensamiento de Bernardo de Monteagudo jugó un papel determinante.
Monteagudo no solo coincidía en esto último con San Martín, sino que había
iniciado una campaña pública tendiente a favorecer la opción por la monarquía
constitucional. Pilares fundamentales de ella fueron la prensa y la Sociedad
Patriótica de Lima.

El 10 de enero de 1822 el General San Martín, y su Ministro de Estado Bernardo
de Monteagudo, firmaron el decreto que dio vida a la Sociedad Patriótica de
Lima, institución que se creaba, al menos oficialmente, con la finalidad de
promover el desarrollo de las luces en el Perú.

Según sus creadores, este establecimiento se creaba considerando la importancia
de la ilustración pública, cuya propagación era una obligación ineludible de los
gobiernos. Se marcaba así una profunda diferencia con el régimen monarquista
que acababa de ser expulsado, el que al actuar en un sentido contrario había
observado una conducta criminal hacia la humanidad. El mismo decreto
fundacional decía: “La ignorancia general en que el gobierno español ha mantenido a la
América ha sido un tremendo acto de tiranía, que exige todo el poder actual que tiene la
filosofía del mundo, para obligar a los americanos a no ver con ojos de furor a los que han
sido autores y cómplices de un delito, que ataca los intereses de toda la familia humana”.
Interesante es destacar que este argumento de la ignorancia política también
aparece en la presa chilena de la Patria Vieja, e incluso en la Gaceta del Gobierno,
publicada durante la restauración de la monarquía. En la primera se destacaba la
idea de que se había mantenido al pueblo en la ignorancia para facilitar su
dominación, y en la segunda que era esa falta de conocimientos lo que había
facilitado la propagación de las ideas de revolución.

El objetivo declarado de la Sociedad era “discutir todas las cuestiones que tengan un
influjo directo o indirecto sobre el bien público, sea en materias políticas, económicas o
científicas, sin otra restricción que la de no atacar las leyes fundamentales del país, o el
honor de algún ciudadano”. En otras palabras, vendría a ser una suerte de cenáculo
donde se discutiría sobre determinadas materias que “puedan influir en la mejora
de nuestras instituciones”, y que se reuniría bajo “la especial protección del
gobierno”. ¿Significaba esto último que el gobierno influiría en las discusiones de
la Sociedad? Los mismos artículos del decreto dan una respuesta afirmativa. Así,
el tercero de ellos determina que “El Presidente nato de la Sociedad Patriótica de Lima
será el Ministro de Estado”, mientras que el siguiente disponía que, además, la
Sociedad contaría con un vicepresidente, cuatro censores, un secretario, un
contador y un tesorero, los que serían elegidos “a pluralidad de votos por la
misma sociedad, y estarán aprobados por el Presidente de ella”, agregando que
sus funciones serían determinadas en un Reglamento que sería redactado por el
Presidente, el vicepresidente, los censores y el Secretario.

Entre los miembros fundadores destacan los tres ministros de San Martín, es
decir, Bernardo de Monteagudo (Estado), Tomás Guido (Guerra) e Hipólito
Unanue (Hacienda), a quienes se unían el conde de Valle-Oselle, el de Casa
Saavedra, Pedro Manuel Escobar, Antonio Álvarez del Villar, José Gregorio
Palacios, el conde del Villar de Fuente, Diego Altaga, el Conde de Torre-Velarde,
José Boqui, Dionsio Vizcarra, José de la Riva Agüero, Matías Maestro, José
Morales y Ugalde, José Cavero y Salazar, Manuel Pérez de Tudela, Mariano
Saravia, Mariano Alejo de Álvarez, Francisco Valdivieso, Fernando López
Aldana, Toribio Rodríguez Mendoza, Javier de Luna Pizarro, José Salía, José
Ignacio Moreno, José Gregorio Paredes, Miguel Tafur, Mariano Arce, Pedro José
Méndez Lachica, Joaquín Paredes, Mariano Aguirre, Ignacio Antonio de Alcázar,
José Arriz, Salvador Castro, Juan Berindoaga, Francisco Moreira Matute, Félix
Devoti, Francisco Mariátegui y Eduardo Carrasco.

El 22 de febrero se realizó la primera reunión en la que se decidió editar un
periódico, El Sol del Perú, y se fijaron las materias sobre las que versarían las
lucubraciones y discusiones de los miembros, las que a propuesta de
Monteagudo serían tres: “Cuál es la forma de gobierno más adaptado al estado peruano,
según su extensión, población, costumbres y grado que ocupa en la escala de la
civilización”, “Ensayo sobre las causas que han retardado en Lima la revolución,
comprobadas por los sucesos posteriores” y “Ensayo sobre la necesidad de mantener el
orden público para terminar la guerra y perpetuar la paz”.

La elección de esos temas por la Sociedad, o más bien dicho por Monteagudo, no
parece hecha al azar, pues desde su permanencia en Buenos Aires, primero, y en
Santiago, después, éste venía insistiendo en la necesidad de observar un
procedimiento cauteloso para la instalación de nuevos gobiernos y para el
reconocimiento de las libertades de los ciudadanos, lo que de no observarse
podría derivar en una situación caracterizada por la anarquía. Por ello urgía a
lograr la consolidación de la independencia y luego dar forma más o menos
definitiva a los nuevos gobiernos.

La Sociedad Patriótica de Buenos Aires tenía, entonces, las mismas finalidades
que la que posteriormente crearía en Lima, al menos en el plano formal.

Para Monteagudo las reglas a seguir debían acomodarse a las circunstancias, y
estas eran claras: el voto de los pueblos ya se había pronunciado por la
independencia, la que se debía declarar y publicar. En cuanto al gobierno, éste
debía recaer en “un dictador que responda de nuestra libertad, obrando con la
plenitud del poder que exijan las circunstancias y sin más restricción que la que
convenga al principal interés”.

A su juicio era altamente conveniente distinguir dos situaciones. Una cosa era
proclamar la independencia, otra distinta dictar una Constitución que la
sostuviera. Para lo primero ya existía y constaba el voto favorable de los pueblos,
pero no para lo segundo. Por lo tanto no se podía establecer aún una carta
fundamental: “para eso es necesaria la concurrencia de todos por delegados
suficientemente instruidos de la voluntad particular de cada uno [de los pueblos]
y el solo conato de usurparles esta prerrogativa sería un crimen”. La
concentración del poder en un solo ciudadano era necesaria para lograr
definitivamente la independencia y, por lo tanto, el dictador que fuese nombrado
no tendría “otro término a sus facultades que la independencia de la patria”.
Agregaba Monteagudo que bien sabía que este tipo de gobierno podría acercarse
al despotismo, pero manifestaba su creencia en la natural bondad del ser
humano: “a nadie se le ocultará que las más de las veces el hombre es bueno,
porque no puede ser malo aunque podría suceder que pusiésemos nuestro
destino en manos de un ambicioso”, pero esto sería evitado por el pueblo por su
temor a verse oprimido por la tiranía.

Para Monteagudo existía un objetivo fundamental: concluir la guerra contra los
realistas. A él debían consagrarse todos los esfuerzos, y el establecimiento
prematuro de la libertad política, según la experiencia lo había demostrado, sólo
había redundado en beneficio del enemigo.

En la edición de Los Andes Libres del 3 de noviembre siguiente, Monteagudo
insistió en la necesidad de vencer en la guerra para luego definir la forma de
gobierno. Esto último había sido “la manzana de oro, arrojada por la discordia
para animar las disensiones: ¡ojalá que la decisión inoportuna de este negocio no
nos traiga tan malos efectos, como los que experimentaron los troyanos, cuando
el pastor del monte Ida decidió la contienda entre las diosas […] Habría bastado
conocer a fondo lo que importa esta idea solemne de Constitución Política, para no
pensar en su forma, mientras no exista el sujeto que debe recibirla”.

Los gobiernos que se habían conformado no podían, a su juicio, tener más
obligaciones que las que se derivaban del objetivo de su institución: “salvar al país,
dirigir la guerra contra los españoles, y ponernos en aptitud de constituir un estado
monárquico o republicano, según dicte la experiencia”.

Las ideas de Monteagudo ya habían sido comprendidas por el recién organizado
gobierno del Perú, del cual él formaba parte. El general San Martín no dictó una
Constitución, sino que un Reglamento (12 de febrero 1821) y luego promulgaría
un Estatuto Provisional (8 de octubre). En el preámbulo de ambos textos se
insistía en la idea de la provisionalidad de ellos, mientras se creaban las bases
sólidas sobre las que en el futuro se asentaría una constitución definitiva, lo que
las circunstancias actuales obligaban a diferir hasta tanto no se consolidara la
independencia completa del territorio peruano.

La influencia de Monteagudo en la Sociedad Patriótica fue total. Para comprobar
esto basta con señalar que el periódico de ella, es decir, El Sol del Perú, se publicó
hasta el día 27 de junio de 1822, es decir, 2 días después de su alejamiento –
involuntario, por cierto— de su cargo ministerial. Otra prueba de ello es factible
hallarla en la existencia de dos ediciones que están signadas con el número 4, una
del 4 de abril de 1822 y la segunda del día 12 siguiente. ¿Qué ocurrió? Nada más
simple que la censura de la primera de ellas por parte del influyente ministro del
Protector, pues contrariamente a las ideas que él sostenía, en sus páginas se había
dado cabida a la Memoria que a la Sociedad había presentado Manuel Pérez de
Tudela el 8 de marzo pasado, en la que propiciaba el establecimiento de un
gobierno republicano en el Perú.

Durante el periódo que duró el Protectorado de José de San Martín en Lima, hubo
un sistemático esfuerzo por instalar un gobierno monárquico en el Perú, bajo la
figura de un príncipe europeo. Frente a tal despliegue, se formó un frente liberal-
republicano, encabezado por José Faustino Sánchez Carrión, distinguido masón,
conocido como el “Solitario de Sayán”, quien, desde unas cartas firmadas con ese
seudónimo, se opuso firmemente a los planes del Libertador argentino y sus más
cercanos colaboradores. Para Sánchez Carrión, la monarquía era contraria a la
dignidad del hombre: no formaba ciudadanos sino súbditos, es decir, personas
cuyo destino está a merced de la voluntad de un solo hombre, el Rey. Sólo el
sistema republicano podía garantizar el imperio de la ley y la libertad del
individuo. Reconocía que la república era un riesgo, pero había que asumirlo.


José Faustino Sánchez Carrión.

Faustino se encontraba en Sayan cuando San Martín proclamó la independencia
y fundó la Sociedad Patriótica, que tenía como objetivo promover la monarquía
como la salida más eficaz a las condiciones de la población del país. Fue en ese
contexto que escribió una serie de cartas en las que argumentó su rechazo a tal
proyecto. En una de sus misivas afirmó: “Un trono en el Perú sería acaso más
despótico que en Asia, y asentada la paz se disputarían los mandatarios la palma de la
tiranía”. Su diferencia con los monárquicos es que mientras éstos pensaban que
el tipo de gobierno debía adaptarse a las circunstancias, el “Solitario de Sayán”
sostenía que debía orientarse en cambio a neutralizarlas y combatirlas. En otras
palabras, el viejo debate entre la concepción de la política como “resultado” de
una sociedad o como “instrumento” de transformación de la misma. Asimismo,
ironizaba del principio que los países de gran territorio se gobernaban mejor con
reyes: “¿tan grandes son los reyes que necesitan tanto espacio?” Según este tribuno
republicano, en un territorio extenso el monarca apenas se enteraba de los que
pasaba en el interior y el poder efectivo, en realidad, lo tenía un enjambre de
burócratas intermedios. También rebatió el criterio de los monárquicos en el
sentido de que la mayoría de peruanos carecía de ilustración para un gobierno
liberal-republicano: “Qué desgraciados somos los peruanos! Después de pocos, malos y
tontos”. Respondió diciendo que “nadie se engaña en negocio propio” y que la
religión y la cultura de la ilustración atemperaban la ignorancia. Finalmente, su
radical alegato colocaba como referencia lo que ocurría, en esos años, en la
América meridional: si ya la Gran Colombia, el Río de la Plata o Chile parecían
encaminarse al sistema republicano, ¿para qué desatar recelos en los vecinos? "No
infundamos desconfianza, y vaya a creerse, que procuramos atentar con el tiempo su
independencia; antes sí, manifestemos, que en todo somos perfectamente iguales, y que
habiendo levantado el grito contra un rey, aún la memoria de este nombre nos autoriza.
Verdaderamente, que con sólo pensarlo, ya oyen de nuevo los peruanos el ronco son de las
cadenas que acaban de romper".

Su férrea oposición le valió un odio profundo de Bernardo de Monteagudo, el
ministro monárquico de San Martín. Pero el “Solitario de Sayán”, en realidad, no
estaba solo. Sus ideas eran también compartidas por Toribio Rodríguez de
Mendoza, Francisco Javier de Luna Pizarro, Manuel Pérez de Tudela y Mariano
José de Arce, entre otros. Ellos también desplegaron toda una retórica en favor
de la república y sus ideas quedaron expuestas en el periódico La Abeja
Republicana; también fue colaborador de El Correo Mercantil y El Tribuno de la
República Peruana.

Sánchez Carrión formó parte, como diputado por Trujillo, del primer congreso
peruano y fue uno de los inspiradores de la Constitución liberal de 1823. Como
constituyente, se opuso a la designación de la Junta Gubernativa porque
confundía los poderes públicos y propuso que se comprometiera a Bolívar la
continuación de la guerra contra los realistas, en vista de los reveses militares y
el caos político. Por ello, en junio de 1823, viajó con el poeta José Joaquín Olmedo
a Guayaquil a invitar a Bolívar a venir al Perú. Bolívar le confió, en marzo de
1824, la Secretaría General de los Negocios de la República Peruana y, en tal
virtud, fue su acompañante en la triunfal marcha hacia Lima. En ese contexto,
tuvo el privilegio de cursar las invitaciones a los países americanos para la
celebración del Congreso de Panamá. En una carta a Sucre, Bolívar lo describió
así: “El señor Carrión tiene talento, probidad y un patriotismo sin límites”. Por
todo ello, se ganó su confianza y lo nombró en el consejo de gobierno, junto a
Hipólito Unanue y José de la Mar, y ministro de Gobierno y Relaciones
Exteriores, en 1825, cuando se retiró del Perú.

En su defensa se ha dicho que no se equivocó, pues tras su partida y especialmente, tras
la partida de Bolívar unos años después, los caudillos militares desataron un gran caos
político en casi toda Hispanoamérica, para satisfacer sus ansias de poder. Caos que en el
caso peruano duró todo el siglo XIX, con ciertas repercusiones en el siglo XX.

Como fuera, los hombres grandes son siempre materia de ataques y defensas,
pero lo que nadie puede negar es la importancia que tuvieron.





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