EL AFORISTA

Emilio Rivano

Prefacio

Hace años se instaló una pareja bajo mi edificio en Providencia. Son ―estacionadores de autos‖ o ―cuidadores de autos‖. Los cuidan de quién sabe qué. Estas calles tienen libre estacionamiento, pero ellos cobran a quienes se estacionan. Si no les pagas, te destruyen el auto. Si les pagas, otros pueden destruirlo igual o robarlo. Se sientan en una esquina todos los días, excepto los domingos. Es una pareja de pueblo normal. Traen su vianda, su agua y me imagino que la iglesia les prestará el retrete, acaso por un ―donativo‖. Cobran y de eso viven ellos y su familia. Les he calculado un sueldo aproximado del de un médico que se inicia en el servicio público. Antes había otro personaje haciendo lo propio en ese lugar. Pero era desordenado y si no le pagabas no pasaba mucho más que sus gesticulaciones e insultos dientes para dentro. Era más débil y borrachín. Estos otros llegaron un buen día y lo echaron a patadas. Al año del terremoto recorrí los pueblos costeros y los de tierra adentro que van desde Concepción hasta Pichilemu. Lo que abatió el temblor o la ola seguía derrumbado en esos pueblos. Nada se había reconstruido. La gente aun removía escombros con sus manos. Pasé a ver la tumba de mi abuela a Cauquenes. Estaba allí, pero el pabellón contiguo se vino al suelo. Los huesos quedaron tirados por el suelo. Una cuidadora me contaba que la Administración esperó tres días, por si llegaban parientes a recoger los restos de sus muertos y arreglar nuevas sepulturas. Luego de eso los huesos de ese pabellón se arrojaron a la fosa común.

Una amiga ayuda y cuida a los perros callejeros, y también a los gatos. Vive en un barrio bueno, entre Providencia, Las Condes y La Reina. Lleva años en esto. Mantiene en su departamento a cuatro perros recogidos y a dos gatos. Alimenta regularmente a unos diez perros en las calles de su barrio. Hay otras como ella, que ayudan y hasta refugian en sus casas a los perros. Son mujeres todas. Son muy pocas y se reconocen entre ellas. Estos son perros que la gente abandona. Las familias se aburren del animal y lo botan. Los tiran por las calles de todo Santiago, por las plazas, y también a las afueras de la ciudad. Cuando están recién abandonados, trotan exaltados, ebrios de libertad, pero nerviosos a la vez, como buscando. Luego viene la depresión. Hay una normativa que prohíbe alimentar a perros callejeros, de modo que mi amiga arriesga multa. La insultan los vecinos y la amenazan con la policía constantemente por esto. Hay gente que golpea a estos perros. Algunos son verdaderos sádicos. Los atraen con comida y luego los apalean. Otros amarran a las perras y las violan. Ya llevan tres décadas las alarmas en los automóviles. Al comienzo, la gente atendía el hecho y era una señal de status que tu auto se activara con esa secuencia estridente de sonidos alborotadores que producen estas alarmas. Ahora suenan a cada rato; siguen ensordeciendo a la gente, pero ya nadie les presta atención. Emiten contaminación auditiva. Nadie dice nada. Las personas de treinta años para abajo crecieron con ellas y con la fracción de irremediable locura que producen. Desde hace años, pasan un par de motos estruendosas por estas calles colmadas de autos estacionados a lo

largo de sus veredas con alarmas a punto. Las alarmas se activan con las vibraciones de las motos. Las cuadras van resonando de alarmas al pasar de las motos. Esto ocurre pasado la medianoche. Es un barrio bueno y tranquilo, se sabe. Hace ya más de dos décadas que el sector sur del centro de Santiago se soltó a los leones. Construyen edificios uno al lado de otro sin freno. El sueño del voyerista. Los edificios son de treinta a cuarenta pisos, sus departamentos, ínfimos, de materiales baratos. Las fallas afloran pronto. De los vecinos se escuchan las peleas, las duchas, los baños, las conversaciones, el televisor, la música, las camas. No hay parques, paseos, escuelas, juegos, canchas, fontanas, clínicas, cafés, cines, bibliotecas, bares, restaurantes. Nada que huela a urbanismo. Se han entregado decenas de cuadras a las inmobiliarias para que hacinen allí humanos sin criterios por sobre los del zoológico. Miles de miles de personas pagan a rentistas, inmobiliarias y financieras toda su vida por ser arrojadas al gueto. Hoy paso por una farmacia. La vendedora me atiende, pero un electricista se instala con una escalera a revisar las conexiones del techo, sin mirar siquiera el entorno en el que se planta. El estrecho pasillo queda bloqueado. Es la única salida hacia los medicamentos. ―Ahora no puedo salir a buscarle esto‖, me dice, con cara de fatalidad y resignación, y con un cierto ánimo de complicidad. ¿Quizás podríamos charlar un rato?, pensará. Una gota de razón se filtra por su ser y grita al otro lado del recinto a otro vendedor para que me atienda, allá donde no está bloqueado el acceso. Pero ese vendedor está ocupado con otro cliente. Debo esperar. Una señora se acerca:

¿qué número tiene? Cuidado, no le vayan a tomar su turno. A mí me pasó aquí mismo la otra vez y tuve que sacar un nuevo número… Menciono estas cosas porque a nuestros oídos chilenos suena como mencionar que la Cordillera de los Andes se yergue en el oriente y que el sol se levanta tras ella todas las mañanas. Y lo impresionante es justamente eso. Observaciones como las anteriores me mueven a escribir este librito. Son reflexiones sobre el aire, es decir, apuntes de aspectos relativamente invisibles de nuestra cotidianidad. Pero he escogido el formato aún más sintético del aforismo para presentar los contenidos, si bien, a veces, anoto el hecho del caso. El aforismo simplemente extrae de observaciones así lo que haya de general y llamativo en ellas y, para nuestros efectos, lo que sea representativo de la sociedad chilena, de su carácter, del espíritu social, cultural, humano en el lugar. Extrae esa esencia y la presenta en forma sintética, elíptica, entimemática. Tiene también la ventaja este formato de extrema brevedad de concordar con los hábitos lectores locales. Escribo estos aforismos durante estas apacibles primeras semanas del 2012, ya pasado yo el medio siglo sobre la Tierra y nuestra república, cuatro veces esa cuantía.

EL AFORISTA

Médulas y fragmentos chilenos recogidos en excavaciones del verano de 2012.

Para la mujer chilena, el marido es un hijo más. Para el hombre chileno, su mujer es la nana ideal. Por sus calcetines y sus zapatos, el lustrín conoce a un hombre. Especulemos sobre qué piensa el lustrín cuando escupe sobre los zapatos de su cliente. Por su manera de montarla, la mujer sabe todo lo que tiene que saber de un hombre. Los maridos se dividen entre quienes eligen sus propios zapatos, y a quienes calza su mujer. La mujer chilena es trabajadora, práctica y avispada. Goza los primeros cinco minutos de las conversaciones profundas de los hombres, para luego retirarse dichosa a su amada superficialidad. La mujer chilena es experta en hombres. El hombre chileno es experto en política y futbol. La mujer chilena adora su superficialidad. Los maridos se dividen entre quienes eligen sus propios zapatos, y a quienes calza su mujer. Los primeros son solteros. Los chilenos conocen el camino cristiano al Cielo, pero nunca lo toman.

Los perros callejeros distinguen perfectamente entre rotos y caballeros. No esperan nada de estos últimos. El caballero chileno es un roto impostor. Su mujer lo sabe. En Chile, todos son rotos. ―Roto de mierda‖ es un chileno a quien se le cayó la máscara. Puesta de vuelta, el hombre es un senador, un obispo, un presidente. El Mes de la Patria es una estación de licencia para ser más grosero de lo habitual. Chile tiene una cultura respetabilísima de alcoholismo. Los chilenos conocen el camino cristiano al Cielo, pero no lo toman. Viven en la convicción indomable de que, al final, igual podrán colarse. A medio siglo del evento, en Chile se conversa familiarmente sobre el Mundial del 62. Los trabajos de la mujer chilena postmoderna son nana y vendedora. Las nanas son el receptáculo de la experiencia social chilena. Cada nana es una Biblia de Chile. De vez en cuando la nana mira a la patrona y piensa: ¿y esta floja de mierda por qué no hace sus propias cosas?

Se le dice ―maestro‖ en Chile al albañil de todo oficio. Rara vez es un maestro. La gente del pueblo raso se encuentra con la gente de las clases acomodadas en múltiples ocasiones. Los encuentros más íntimos los protagonizan las nanas y los maestros. Ellas cocinan, limpian y cuidan a los niños. Ellos arreglan los desperfectos de la casa. La nana desconfía del maestro y lo acusa a su patrona. El esclavo que entra a servir en la casa patronal desprecia a los que siguen en la plantación. Hay para quienes la nana es tópico de conversación social: ―mi nana aquí‖, te dicen, ―mi nana acá‖. La persona de clase bien chilena suele ser persona de mala clase. El estudiante chileno comprende temprana y rápidamente que la escuela es una hipocresía y una farsa, y aprende lenta y metódicamente a transformarse en un hipócrita y un farsante. La madre chilena le enseña a su hijo a no afligirse por las materias, sólo por las notas. ―Estudia para sacarte buenas notas‖, le dice al pequeño infeliz. No le dice, ―Estudia para saber‖. Existe el dogma instalado de que el estudio conlleva ascendencia socioeconómica: si estudias, ganas más dinero. Pero, si en vez de estudiar por los 17 años mínimos de que se trata, se dedicara el individuo a ganar

dinero, ineludiblemente ganaría así más dinero que estudiando. La sociedad le dice al individuo: estudia para adquirir un estatus socioeconómico digno. No le dice: tu dignidad está garantizada. De hecho, no lo está. La educación chilena no educa. No entrega conocimiento al individuo. Entrega la siguiente garantía a la sociedad: Este individuo pasó la prueba; está endeudado y resiste mantenerse quieto por largo tiempo obedeciendo instrucciones absurdas. Año nuevo. Clase nueva. El profesor chileno contempla a sus cincuenta alumnos y suspira mirando el techo de la sala: Estos son los flojos, revoltosos e insensibles que me van a amargar este año. Le dicen al niño: estudia para que te vaya bien en la vida. Podrían adecuadamente decirle: pásalo mal para que te vaya bien en la vida. Hay comodísimas costumbres en Chile. Una de ellas es la de culpar al que te presta algo por el hecho de no devolvérselo. En Chile prestar es sinónimo de dar, lo que ha acarreado horrendos conflictos internacionales. Los chilenos conocen el camino cristiano al Cielo, pero no lo toman. Creen en el Perdonazo Final de Dios.

Para la mujer, el marido es un hijo más. Para el hombre, su mujer es la nana ideal. Partimos con un hombre sinvergüenza y una mujer incestuosa. Por favor entiendan de una vez por todos los extranjeros: Las dos de la tarde en Chile significa simplemente ―en algún momento después de las dos, preferentemente antes de las tres‖. Ya se escucha ―presidenta‖ por ―presidente‖. Hoy escuché a un colega decir ―estudianta‖. Si esto sigue así, pronto escucharemos ―habitantas‖, ―convivientas‖, ―caminantas‖, y, por qué no, ―seras vivientas del lugar‖, ―las aquí firmantas‖, ―estoy concienta de ello‖ y, más adelante, ―estoy sufrienda mucha‖ y ―caramba cómo ma han dolida tus palabras‖. Pregúntesele a un taxista, a un lustrín, a un vendedor, al florista, al cartero, al del kiosco… sobre cómo resolver los problemas del medioambiente en el planeta. Sin solución de continuidad, el hombre se transformará ante nuestros ojos en el geólogo, ecologista y político más avezado del mundo. El chileno opina sobre todo. Se considera experto en todo. No es un buen conversador, y su vocabulario es limitado, pero no hay materia sobre la cual no se pronuncie. Debemos bautizar esa obsesión por opinar sobre todo que aqueja al chileno. Propongo: (a) noemomanía, (b) agnosiofobia, (c) grupientitis, (d) chamullitis.

El extranjero calla ante el chileno fanfarrón por (a) no alentarlo y (b) cuidarse de un posible loco. El chileno interpreta ese silencio como signo claro de su superioridad y erudición y como prueba de que ha dado una clase magistral a un nuevo discípulo. Diez de cada doce chilenos confunde el aire con el vacío. En Chile nadie lee. Una frase y se cansan, se sacan los lentes y, con rostro absorto, miran hacia el horizonte pensando: ¡Caramba, qué inteligente soy! El chileno medio lee una línea al día. País ideal para el aforista. A veces desaparecen todos los niños de Santiago. Estarán, me imagino, en una gran cueva esperando al flautista. La dificultad comunicativa del extranjero alimenta en el chileno su convicción insondable de que los gringos son lerdos. En Chile no se trabaja para vivir, sino que se vive para trabajar; y no se come para vivir, sino que se vive para comer; y no se tiene sexo para (sobre) vivir, sino que se vive para tener sexo. Es un país excesivo: se excede en trabajo, en comida y en sexo. La encuesta preguntó a la población qué era lo peor con el olvido: ―No acordarse‖, respondió el ochenta y siete por ciento.

Después de la dictadura, lo peor con el olvido es el recuerdo. Después de la dictadura, lo peor con el recuerdo es el olvido. Los chilenos piensan que efectivamente Chile es un país excepcional. Un colega insistía que la mejor prueba del origen moro, es decir, español (y no indígena) de los chilenos es las toneladas de cera para depilarse que se venden en el país. Vea los bigotes de las mujeres árabes. Los indios son lampiños, me decía. He pensado seriamente que en Chile absolutamente nada es serio. Si la nana es una argentina rubia de ojos azules, no es una nana… Puede bañarse en la piscina con los pequeños… y casarse con el hermano del patrón y tener sobrinitos, ¿viste? El extranjero debe entender de entrada que Chile es un país racista, clasista, arribista, machista, antisemita, xenofóbico y homofóbico. Pero en cuanto a los vinos, no estamos nada de mal. Nos deleitamos constatando a diario que en La Moneda reverbera la misma farsantería, el mismo desorden, los mismos petulantes y los mismos atorrantes que en todos los otros ámbitos de Chile.

Un alcalde se refirió al ambiente de un liceo de niñas en toma en su comuna como un puterío. La acusación era literal. El cacareo nacional fue tal que tuvo que pedir disculpas a las pocas horas. El lucro con la mente de millones de jóvenes, pase, con el cuerpo de diez niñas, jamás. El empresario extranjero debe entender que su contrapartida chilena no está interesada en el progreso del lugar y el desarrollo de las personas. Ora más, ora menos sofisticado, el chileno es esencialmente un cleptómano. La muerte deja al chileno medio mudo. La muerte se sella entre los hombres con una borrachera. La muerte, como el nacimiento, es negocio principal del cura. Cuando alguien muere, los buitres que venden hoyos y cajones caen brutalmente encima de los indefensos deudos. Antes de los escándalos de pedofilia de los últimos años, los curas eran los árbitros indiscutidos de los asuntos sociales, políticos, culturales y hasta futbolísticos del país. Sotana negra al viento, se los veía en todas las pichangas con su dedillo al aire y su pito moral a punto. Pero ya no más. Ahora, para no tocar al crío, los curas bautizan con pistolas de agua.

La gente me pregunta: ¿Y? ¿Cómo se ve la cosa afuera? ¿Qué se ha dicho de Chile en el extranjero? Y la verdad es que de Chile no se dice nada. Uno cruza la Cordillera de los Andes y Chile desaparece del mapa. Llego a Chile y constato por enésima vez: Nuevamente llegué a Fuera-de-la Historia. ¡Qué delicia! Hay un verbo, ―cagarse al otro‖, que significa ―engañar al otro‖, ―aprovecharse indebidamente del otro‖, ―sacar provecho desmedido e injusto del otro‖, ―dejar al otro ―cagado‖, es decir, perjudicado, estafado, timado, arruinado, etc.‖. Lo curioso es que el verbo le agrega valor positivo a su sujeto: quien ―se caga a otro‖ es un sujeto admirable, una surte de ídolo. La gente de estos lares se jacta de haber engañado. La estafa en Chile es una suerte de Campeonato Nacional: cuanto más pillaje acumulas, más suben tu puntaje y prestigio, y más te acercas a disputar la Final (casi siempre entre ―empresarios‖ y ―políticos‖). Historieta gótica: Vienen papi y mami con una nueva proeza al hombro, una gran estafa que cuelga aun sangrienta, cual presa del caníbal. La captura es compartida con la prole, ávidos y muy hambrientos peques que destrozan y engullen a la víctima. Papi y mami sonríen satisfechos por la hazaña. Los cráneos de los sacrificados son trofeos que cuelgan sobre la cuna del recién nacido, a modo de sonaja.

El país es tan profundamente grosero que la cortesía es vista como estupidez. En estas tierras, quien no paga una deuda, triunfa. El sujeto estafado es culpable de estupidez. En otros lados, quien presta gana. Acá, quien presta, pierde. Cuando impera la razón hay armonía y bienestar. En Chile impera el instinto bruto: hay caos, infamia, descaro, atropello, injusticia. En ambiente de extrema inmoralidad crece el niño chileno. Si no se adapta, su vida peligra. Chile es un país cristiano en el que nadie tiene idea de quien fue Jesús. La dictadura gobernó de la mano de la Iglesia Católica. Los unos tenían el monopolio político, los otros el espiritual. Ambos formaron el nuevo monopolio económico del país. Salen las señoras de misa, con expresión de purificadas. Se aproxima el mendigo a pedir. Se alejan las señoras espantadas. El que le tira una moneda es un impío que no viene de misa. Comienza la misa. Se acerca al templo el mendigo. Cual felino al acecho, calcula su emboscada: Cuando salga el rebaño, ataco.

Los mendigos están a la salida del banco y de la iglesia. Saben que la iglesia es un banco místico de cuyo interior brotan feligreses con bolsas cargadas de espíritu. El delicioso contrato católico: págale a la Iglesia y haz lo que quieras allá afuera. ¿Y si los curas se botaran en huelga? Si los curas se botan en huelga, yo les saco el sombrero. No más bodas, ni bautizos, ni confesiones, ni misas, ni confirmaciones, ni primeras comuniones, ni procesiones, ni consagraciones, ni bendiciones, ni tedeums… Si los curas van al paro, se revoluciona este mundito chileno para siempre. Cambiemos la expresión ―el día que le paguen a los bomberos‖ por esta otra: ―el día que los curas se boten en huelga‖. El miedo en el pueblo produce superstición. Con el tiempo, el miedo se serena y la superstición deviene en religión. El trato que se le da a los muertos en el cementerio dice mucho sobre cómo la sociedad trata a los vivos. El Cielo es lo peor que le puede pasar al ser humano después de su muerte. Propongo que aterroricemos a nuestros niños con la siguiente amenaza: ―si no te portas bien, te vas al Cielo‖.

Es asunto que llama a la meditación profunda: Los pobres creen que en el Cielo van a ser ricos. Por su parte, los ricos creen que, llegados al Cielo, seguirán ricos. Con estas muy favorables creencias, los curas edifican sus discursos. El Infierno lo inventó el Cielo, y el Cielo lo inventó el Infierno. Le pegamos un nombre a un rostro, pero el papelito se despega a cada rato. Si no fuera por nuestra facultad de reconocer rostros, nos sería imposible distinguir a una persona de la próxima. Las mujeres quieren volver a los diecisiete, pero no al liceo. La mujer traiciona el secreto. Se revela. Todo el mundo debe saber. El secreto es objeto masculino. La mujer quebranta la confidencia. Deteriora así la dependencia masculina, y afirma la independencia femenina. Esa deliciosa pasividad de la mujer chilena: Dos mujeres conversan. De pronto, se les une un hombre. Ya pues, piensan ambas, haz algo, di algo, diviértenos. Hay dos tipos de mujer chilena: las que piensan que los hombres son tontos y las que piensan que son tontos inteligentes.

Veo un gentío, y mi mirada busca la diversión. Casi siempre la captura una mujer. Esta vida sería un aburrimiento sin las mujeres. Esquemas típicos de familia chilena: (a) la madre con sus hijos y el padre ausente, (b) la madre con sus hijos y el padre con otra pareja y con nuevos hijos, (c) el padre, la madre y sus hijos, (d) el padre con su amante y con su esposa y sus hijos, (e) el padre con su amante, la madre con el suyo, y los hijos. Chile es un país católico, es decir, hipócrita. Chile es un país católico, es decir, perspicaz. Chile es un país católico, es decir, erótico. Más que los vicios, la alienación y las perversidades que produce, el problema con el catolicismo chileno son sus virtudes. En mi opinión, ha sido un error estratégico fatal de la Iglesia Católica introducir el guitarreo en la misa. Otro error grave de la Iglesia Católica fue hacer la misa en castellano. El supuesto es que había algo que entender en la liturgia y que la gente no sabía latín. Pero no hay nada que entender en la ceremonia. Pretenderlo agrega confusión y resta solemnidad al rito.

Si la misa siguiera en latín, yo, ateo radical, asistiría con frecuencia a ella. Sería como ir a la opera sin tener que pagar por la entrada. En el hemisferio norte, la iglesia te deja en paz. En Chile, La Iglesia Católica se te mete hasta en la sopa. Recién en la ley de culto de 1999 se articulan reglas que atentan contra el monopolio de la Iglesia Católica en Chile. Cuando el papa Juan Pablo II visitó Chile en 1987, el país entero cayó de rodillas. Bendijo a Pinochet y a su dictadura, y a quienes le pedían justicia dijo: ―el amor es más fuerte‖ y se fue. La religión tiene como función principal la de mantener identidad a través del cambio histórico. La Iglesia Católica no ha querido entender que esta identidad debe manifestarse principalmente en los rituales y otros patrones de conducta y manifestaciones hacia la divinidad. Porfía, y pretende que se congelen a su satisfacción los valores corrientes, las costumbres de la gente, los procedimientos sociales, las normas de convivencia, la cultura entera. En Chile, la Iglesia Católica aún goza de impunidad legal, financiera y fiscal. El grado de subdesarrollo chileno es observable en la dimensión y papel de la Iglesia Católica en los asuntos sociales, culturales, políticos, económicos, educacionales de la República. Constatamos que estamos lejos de las ondas civilizatorias actuales de la humanidad.

Primero fue Lutero y Europa del norte. Ahora, desde Norteamérica, las ondas ofensivas se suceden y la Iglesia Católica se recoge. Empujada a una humildad que siempre debió tener, su función en las zonas de impacto se ajusta cada vez más a la naturaleza solemne, monótona e iterativa de toda religión. Los mapuches quieren tierras, pero, sobre todo, quieren que se vayan los chilenos. Otras naciones asemejan naves piratas: Hay disputas, intrigas y crímenes al interior del barco, pero al momento de perseguir una presa, el navío se une y ataca como un solo animal. Ya se verá cómo se reparte el botín luego. Chile no es así. Cuando asoma la rapiña, se produce la batalla sangrienta por el timón, otros, a fuerza de cuchilladas y palos, bajan los botes salvavidas y reman hacia el pillaje. Otros saltan al agua y nadan navaja en boca rumbo al saqueo. Al final, la presa se ha ido lejos y nunca se enteró que había piratas en esas aguas. Hace mucho tiempo que Satanás no permite chilenos en el infierno. Chile está lleno de fanáticos dispuestos defender violentamente un partido político o de fútbol sin mediar asunto alguno de disputa. Los marcianos y los sismólogos han sostenido que los chilenos están a punto de caer al mar.

Todo progreso que hay en Chile viene de otras naciones. Chile no progresa. El mundo progresa y Chile se va a la cochiguagua. Nuestro valsecito del desarrollo es así: dos pasitos hacia adelante, un pasito al lado, dos pasitos atrás, dos pasitos hacia adelante, un pasito al otro lado, dos pasitos atrás… Las grandes naciones avanzan. Chile las sigue a distancia segura. En Chile progreso es sinónimo de copia. Chile es un país del tercer mundo con metro, edificios, aeropuerto y hasta un satélite del primer mundo. Las únicas técnicas en las que Chile innova son las del hurto. Todo en Chile es una copia. O bien es copia hecha en casa de algún original o es directamente importado. Seguramente es por licencia del himno patrio, que nos insta a vernos como ―una copia feliz del Edén‖. Las grandes naciones avanzan. Chile las sigue a distancia, insegura. Hay curas que violan niñitos. Otros violan niñitas. Y hay también hombres que violan perras. Con las vilezas menores, se hace la vista gorda, con las mayores, la vista se hace humo.

Hace un tiempo, de pronto nos enteramos todos por la prensa: La Sociedad Protectora de Animales de Chile tenía en su sede de Santiago un centro de tortura de perros. Los perros son una clase social más, las más maltratada del lugar. Está prohibido alimentar a perros callejeros en Chile. La idea debe ser que de ese modo no habrá perros callejeros. Ilusa estrategia: Hay cada vez más. Son miles de miles los perros callejeros abandonados a su suerte en Santiago. Algunos se han instalado ya hace años en la mismísima Moneda. Se echan en la Plaza de la Constitución, o junto a los Guardias del Palacio, o junto a la Entrada Principal. Van por todo el perímetro. Los carabineros no pueden matarlos, ni correrlos, porque la letra de la ley protege al animal, de modo que si los corren a palos, bayonetas o balazos, suenan las campanas del escándalo y las ventas de noticias vuelan felices a los cielos. De alguna manera, esos perros saben que es justamente allí, junto al mismísimo Infierno, donde se está más seguro. Entra el Presidente de la República al Palacio. Un grupo manifestante le ladra alegando: Pedimos las sobras. Dile al cocinero. Pedimos las sobras… Otros sólo miran, se rascan las pulgas y bostezan. Otros van a orinar a su árbol favorito, pensando: Dicen que es una presidencia perruna, pero nosotros no notamos diferencia alguna. Hay una Ley de Protección Animal, y está en contradicción con el derecho constitucional de protección

de las personas. La Ley sólo insta a las autoridades a educar a la población a una tenencia responsable de sus mascotas y faculta al control de la fertilidad de la población de gatos y perros callejeros. Por el lado del derecho constitucional, el Estado debería eliminar el riesgo para las personas que un perro suelto en las calles conlleva. Pero esto es Chile; acá las leyes se hacen para reírse y justificar los sueldos de los políticos y los burócratas. Los perros callejeros han caído en el limbo chileno. La calle de los perros es tierra de nadie. En Chile, la tierra de nadie es tierra de todos. Si te muerde un perro en la calle, estabas en tierra de nadie. Si te mata una jauría de perros, hay que ir a rescatar tu cuerpo de allá del fondo de Tierra de Nadie. ¿Te compraste una casa dices? Siento mucho defraudarte: Pagaste por un pedazo de algo en Tierra de Nadie. ¿Naciste en Chile? Pues estás en el limbo, con tu mejor amigo. El chileno presenta conductas universales en el ascensor, como la básica de mirar el techo, pero se caracteriza por apretar el botón repetidas veces: insiste normalmente dos, tres y hasta cuatro veces.

El chileno es un ser fanático, capaz de sostener efusivamente un credo, partido político, agrupación, doctrina, sin haber proyecto puntual o meta alguna de por medio. En materia de gustos, el chileno se disgusta. Me pregunto qué es más dañino para Chile, la maldad de su gente o su estupidez. Imaginémonos una solución radical al problema: Un Día Nacional del Baño. Todos los chilenos en la orilla del Pacífico, suena el pito, todos al mar… y cerramos las playitas los del invento y nos quedamos con flor de país. El celular le ha dado a la mujer chilena más poder que todas las luchas por la igualdad juntas. No hay cosa más cómica que cuando a uno le muestran el recién nacido de la familia con la frase ¿no es hermoso? Todo tipo de especulaciones e intimidaciones me asalta cuando me muestran al recién nacido de la familia y me dicen ¿no es verdad que es igualito a su padre? Me imagino que el precio de las sandías baja en la medida en que aumenta su tamaño. ¿Quién puede cargarlas? Esos cantores callejeros lo hacen tan mal, que suelto la moneda desde la más profunda lástima.

A veces se come uno un buen plato por ahí en Santiago, pero en general la cocina es sin arte. Hace mucho tiempo que Satanás no permite chilenos en el infierno. Siempre le roban los instrumentos de tortura y se lo pasan haciendo asados en sus fuegos. Los expertos en el libro usado en Chile son sobre todo expertos en su valor comercial. El libro usado en Chile se compra por saco. El libro usado en Chile transita largo y en vano en busca de alguien que lo reciba en su biblioteca. Si el libro usado en Chile escribiera, jamás escribiría un libro. Si el libro usado hablara, diría ―úsenme‖. Así como los perros callejeros, los libros usados en Chile son seres tirados a la calle. En otras culturas, el libro usado habla al público, se viste bien y se instala en buen aposento, con excelente vista y compañía, conversa con interlocutores ávidos todo el tiempo, y sale a recorrer escritorios sabios, sillones reflexivos y anaqueles de primera. En Chile, el libro usado permanece sordo y mudo, tullido debajo de altos de otros libros, polvo y papeles. Su enternecedor anhelo oculto es que se produzca una Teletón del Libro Usado. Formule Chile una ley sabia de protección del libro usado. Gane así toda mi admiración.

Los mejores locutores de fútbol chileno son argentinos. La mujer chilena ama las fallas de su marido. Funda un reino sobre cada una de ellas. El machismo en Chile es una suerte de fijación por la madre. Hay machismo en Chile, sin duda, sobre todo en las mujeres. Unas pocas naves se allegan a las escasas mangas del aeropuerto. Chile es la parada final. Hasta aquí llega la micro. Uno se queda o se devuelve… Seguir, imposible. Las escuelas chilenas son cárceles, las universidades son cárceles, los lugares de trabajo son cárceles… y las cárceles son otras cárceles donde meten a los que no se adaptaron a las anteriores. Luego de al menos doce años de ocho horas diarias de estudio la gran mayoría de los chilenos no tiene idea de cómo es que vuelan los aviones. Magia, piensa la mayoría. Es un cohete con asientos, suponen los más avezados. El Ministerio de Educación y todo el profesorado chileno deberían estar presos por fraude. Paso ayer frente a la Universidad San Sebastián, en Bellavista. Es un edificio gigante que se instaló sin miramientos en medio de un barrio tradicional, al cual ahora aplasta. Gigantes carteles multicolores de

propaganda cuelgan de sus paredes. Precios de matrículas, precios de aranceles, porcentajes de créditos de estudio, llamados a ocupar los últimos cupos, un sinfín de números llamativos y costos ―competitivos‖. Si mostrara una foto de esto en Europa o Estados Unidos y dijera que es una universidad, nadie me creería. Hay más universidades que académicos en Chile. Pienso seriamente que en todo Chile hay unos veinte a veinticinco académicos, no más. Lo increíble con las universidades chilenas es que la gente efectivamente cree que existen. Hay no más de veinticinco académicos en todo Chile. Ahora bien, como no hay academia alguna, se trata de veinticinco cosmonautas. El chileno interpreta la dificultad comunicativa del extranjero como signo de su lentitud intelectual y, cual comprobación newtoniana, interpreta su nativa facilidad para comprender el castellano local como prueba irrefutable de su propia agudeza y superioridad. En el rostro se ve el alma de la persona. Pero cuando el alma ha sido golpeada, maltratada y mutilada por la sociedad, lo que vemos en el rostro es la sociedad, más que el alma. Así observo la sociedad chilena en los rostros de la gente. En la era pre post-moderna, la moda era prisionera de la elegancia, la estética y la alcurnia. En la era postmoderna, la moda escapó de esa prisión y transita libre

por las carreteras de la vulgaridad, el feísmo, la burla y la chusma. El postmodernismo cae bastante bien en una sociedad esquizofrénica e hipócrita como Chile. Hace poco un canal de televisión editó y publicó una entrevista a una señora que hablaba sobre las nanas. En el fragmento televisado, la mujer aparecía como una repudiable clasista abanderada. Las redes sociales y la prensa estallaron y se le fueron encima a esta víctima. Tuvo que salir de su residencia y refugiarse angustiada y temerosa fuera de la ciudad. Dudo que haya ella simpatizado con los perseguidos y exiliados del mundo. Sin embargo, como millones de otros seres, ella había pasado de la noche a la mañana a formar parte de la escoria de la humanidad. Propongo la siguiente nueva expresión: no me edite el discurso iñor. A Jesús le editaron el discurso y lo mataron. Después de bien muerto Jesús, editaron la edición con la que lo habían matado y levantaron templos con esas nuevas ediciones de su discurso. La gente en Chile conoce ediciones varias de la edición de la edición del discurso de Jesús, o sea, la gente no tiene idea quien fue el hombre. Que quede claro: A Jesús lo mataron ―las redes sociales‖, o sea, ―los editores‖.

Jesús iba bien en su facebook, pero lo tenían cocinado ya por el twitter. Estados Unidos ha de ser el campeón mundial en la materia, pero Chile no lo hace nada de mal en editarle el discurso a Jesús. La televisión chilena torna tosco y grosero todo y a todos: académicos, congresistas, presidentes, cantantes, analistas, intelectuales, artistas, profesionales, periodistas, todos asemejan seres grotescos, chuscos ordinarios, payasos baratos gesticulando torpemente cual títeres en triste caja de zapatos con cables. ¡Caramba cuanto demoran en descubrir América los políticos, intelectuales, y todos los palabreros chilenos! ¡Y cómo vende ese interminable descubrimiento! En Chile, la gente famosa, no tiene fama. Es decir, no tienen nada que los haga famosos. En Chile la fama es sinónimo de popularidad. La popularidad se obtiene por medio del dinero y la payasada, sembradas en prados de estupidez. La fama es la sombra del logro. La fama es un fantasma insípido del genio. La reputación es el olor de otros que se adelanta al cuerpo propio.

Llego a un lugar, pero mi reputación había llegado ya antes que yo… Lo que no entiendo es dónde se ocultan las gigantescas plantaciones de laureles que debe haber en Chile. Los uniformados chilenos no pueden entender al civil. Ellos son gente puntual y responsable que opera diariamente equipamiento técnico bajo procedimientos definidos y en la colaboración eficaz de un equipo humano que conforma una unidad con tareas precisas. Para el uniformado, los civiles simplemente son gente que está de fiesta. Los taxistas se dividen entre los que son psicólogos y los que son pacientes de psicólogo. Uno entra al coche y se ve en papel de paciente o terapeuta según el caso. Chile prohíbe el cigarrillo en los espacios públicos cerrados. ¿Y qué me dicen de prohibir la labia de los taxistas? Dicen que el taxi es barato en Chile. ¡Cómo podría no serlo! Vale lo que es. Es una basura de servicio: en duro y estrecho asiento se va de salto en salto, de frenada en frenada, en medio de maniobras rápidas e improvisadas, con horrible radio de fondo, bocinazos, y con un fantoche filosofando y arreglando el mundo detrás del volante. El chileno no ama el conocimiento. Quiere saber de las cosas sólo para buscar el provecho que pueda sacar de eso. Si no hay ganancia, no hay interés.

Chile es un mundo sin profundidad. Todo es plano, todo es imagen, todo es disfrute pasajero. El chileno medio se ve en apuros si debe nombrar cinco ejemplos de árboles, de pájaros, y de insectos. Nombremos ―ignorancia enciclopédica‖ a esta ignorancia infinita que colma de hoyos la vereda cotidiana de Chile. Entro al taxi. Al poco andar, ya el sujeto me va contando su vida. ¿Su vida? Me cuenta una de las muchas construcciones de estos fanfarrones rodantes: Yo tengo cuatro taxis más. Este lo saco para entretenerme, para no aburrirme en la casa. Los he comprado todos al contado. No soy como esos pobres diablos endeudados. Yo soy a la antigua, ¿sabe? Eso lo aprendí de mi padre: Nunca te metas en deudas. Así dormirás tranquilo. Así también eduqué a mis hijas. Una tiene ya dos departamentos, uno en el centro y el otro, donde vive, en Las Condes. Un departamento de lujo. La otra acaba de egresar, pero también se compró ya su departamento. A mí me trabajan los taxis. Mire, yo pago por cada licencia veinticinco millones. Imagínese. Las licencias nomás… Una de la tarde, y de las casas emana ―olor a almuerzo‖. Voy con un amigo por una calle pasado el mediodía. Me mira como extasiado. Se detiene: ―Oye, qué rico, mira, olor a almuerzo‖. No sabe el chileno lo raro que es ese olor a almuerzo que sale de las casas y que él percibe como parte del paisaje.

Propongo la siguiente entrada para el Diccionario de la Lengua: ―olor a almuerzo: dícese de los olores que emanan de las casas chilenas a la hora del almuerzo, especialmente el olor a fritura de carnes al ajo, a pescado frito, al cocimiento de granos y a la cacerola de carnes y verduras‖. La mujer chilena es dulce y graciosa. El hombre, un plomo. Hay chilenos que creen que Bernardo O’Higgins es famoso en el mundo entero. Debo confesar que una risa incontrolable me ataca cada vez que regreso al territorio nacional. También es cierto que el taxi es una muy útil escupidera rodante. Nos subimos y comenzamos a expeler nuestros fastidios, nuestras neurosis, nuestras hipocondrías. Luego decimos ―aquí‖, pagamos, y nos bajamos del retrete móvil, más aliviados. Reconozco que es un deleite estar en Chile. Es, lejos, la farsa más cómica que conozco. Los actores son buenísimos, las escenas, comiquísimas, el escenario, fiel a su arte, siempre al borde del colapso, y el nivel de excesos, desorden, groserías, equivocaciones, estafas, engaños, perfidias, astucias, picardías, picanterías, desproporciones, infamias, vilipendios, insidias, es simplemente astronómico. El objeto ―carta‖ funciona así en todo el mundo: Estás en Buenos Aires y escribes una carta a una amiga. Luego la pones en un sobre, la llevas al correo, la entregas y

pagas. El correo te cobra por el costo total del envío. La carta es transportada a ese domicilio. Tu amiga abre la puerta, va a recibir tu carta y… ¡momento!, el cartero no suelta la carta. Le está pidiendo más dinero a tu amiga. ¿Qué ha ocurrido? Ocurre que tu amiga ¡vive en Chile! Lo que no entiendo es por qué no le cambiamos el nombre a Chile de una vez por todas y le ponemos O’Higgins. Quiero que no haya confusión al respecto: yo amo a mi país, lo que detesto es la sociedad chilena. La mujer chilena siempre fue post-moderna: cree en todo y en nada. Ella es ―light‖. Me dicen que salió especialmente para Chile una Barbie Ejecutiva. Lleva taco alto y traje de dos piezas, lentes de sol, una carpeta bajo el brazo a toda venta (seguros, cuentas bancarias, tarjetas de crédito, Isapres, AFP, matuteo), fuma, trae un bolso con anti angustiantes, antidepresivos, píldoras anticonceptivas, hormonas, maquillaje, un pito, un celu y el número de la casa, del marido y del amante. Trae también el kit una muñequita con un oficinista joven en opaco traje Falabella (hay versión en gris y en castaño oscuro) y un motel ad hoc en el que se descubre un cuarto, su cama y un velador con un plato de pollo a las brasas con papas fritas encima. Fui académico por largo años en Chile. A mitad de camino caí en la cuenta de que en Chile no hay academia. Con esa divertida luz, inicié mi salida de esa caverna.

Es comiquísimo cuando alguien dice ―el único problema es que…‖. Lo que sigue es invariablemente todo el problema del caso, es decir, la imposibilidad misma de cualquier solución. Una bandada de alarmas cayó en picada sobre Santiago hace treinta años y no ha soltado ni dejado de carcomer a su víctima desde entonces. El hombre busca naturalmente aquello que disminuye al máximo su miseria aumentando al máximo su felicidad. En Chile, aquello es beber y comer y comer. Lo que no se considera es el costo en miseria que tiene la búsqueda misma de la felicidad. Con la ocasional excepción de los que agarran parte atendible de la plusvalía, los chilenos odian su trabajo. Piénsese en el costo en miseria que tiene la persecución de la felicidad a través de engullir y engullir. Es un arte superior el de sentir y vivir felicidad en el momento mismo. A su manera oblicua y artificial, el alcohol logra a veces acercarse a ello. En Chile, de cada diez adultos unos ocho son alcohólicos. De esos ocho, unos cuatro lo serán por alejarse de la miseria. Los otros, por acercarse a la felicidad. El sentimiento de amor es una de las felicidades plenas de la vida, acaso la más plena. Como todos saben, es imposible comprar o fabricar este sentimiento… ¿Cómo todos saben? La industria de la fabricación y búsqueda

del amor es sin duda la más grande de la humanidad: cremas, maquillajes, perfumes, peinados, lentes, corbatas, zapatos, cinturones, medicamentos, operaciones estéticas, investigación química, ropa interior, vestimenta, exhibiciones, recintos de embellecimiento, lugares de encuentro de los sexos, literatura, cine, telenovelas, propaganda, música… Un universo infinito de productos y de actividad en torno a la ilusión de fabricar y de adquirir ese sentimiento imposible de producir y de adquirir que es el amor. Por fuerza natural, la felicidad que deviene de la satisfacción de los deseos es más asequible cuanto menos sean estos deseos. Sociedades de alto consumo como Chile aumentan en forma infinita los deseos en la población. Se elimina, así, la posibilidad de alcanzar la felicidad. Donde los términos de la felicidad se definen desde otras culturas y otras sociedades, ¿puedes decir que allí hay una cultura? La ansiedad consiste en buscar satisfacer nuevos deseos incesantemente. La búsqueda de la felicidad es motivo principal y común. El encuentro de la felicidad es lo que se desconoce. En Chile, la búsqueda de la felicidad es la búsqueda de la comida… y comer y beber y buscar comida y comer y beber… ¿Quieres ser feliz? Reduce a un mínimo tus deseos.

¿Quieres ser feliz? Atrapa a ―ahora‖. El alcohol dilata la percepción, de modo que el sujeto logra percibir una parte de su felicidad cotidiana de vivir. El chileno es excesivamente supersticioso. Cree, por ejemplo, en la farmacia. Todas mis colegas consultaban y creían en el tarot. En las sesiones resolvían problemas íntimos, amor no correspondido, la atracción de un ser deseado, el alejamiento de un ser indeseado, cura contra mala salud, mala suerte en el trabajo o negocios, depresiones, fracasos de todo tipo, impotencia sexual, envidias ajenas, malas vibras, males extraños… Raspa sólo un poco la superficie de la piel chilena y aparecerá… ¡el ocultismo! Mis colegas hombres, algunos de los cuales no creían en el tarot (pero sí en el Gran Arquitecto o en alguna variante de Jehová), creían en el cafecito de las once de la mañana, en la visita al banco del mediodía, en el almuerzo en casa, en la siesta y en el Ministerio de Educación. La mujer chilena es el ser más arribista que conozco. El hombre chileno es subyugado por el arribismo de la mujer. Es el arma más poderosa que ella tiene en la lucha de los sexos. El arribismo chileno mantiene una sociedad de clases con pocas perspectivas de superarse.

El arribismo es un instrumento bélico femenino bastante más sofisticado que el pene. La sociedad de clases es un invento de la mujer (para protegerse y dominar al hombre). (Disculpa, Marx, a este discípulo hereje.) Será, sin duda, por el barroco, El Quijote y otros animales del bestiario local. El hecho es que el espeto del leguleyo, el enunciado del parlamentario, el principio constitucional, la frase hecha del político, toda esa basura verbal tiene tal peso en las molleras de estas tierras que los sentimientos vegetan ciegos y turbados bajo aplastante opresión de la letra. El barroco en el lugar es una manifestación del extrañamiento: mientras más barroco su lenguaje y maneras, más desvinculados están los chilenos entre sí. Los hay que ni siquiera mantienen un diálogo interno: van ―derecho‖ por el torrente de la vida sin acudir a la herramienta de ―opción en la diversidad infinita‖, que nos caracteriza como especie, es, a saber, el libre albedrío. Los hay que mantienen un diálogo con el cálculo, la ventaja, la pequeñez de espíritu. Estas dos mentalidades pastan a lo largo y ancho del lugar. Hay una desconfianza generalizada hacia los sentimientos naturales nobles. La compasión, la curiosidad y deseo de conocimiento y verdad, el amor, la amistad, la lealtad, la honestidad, la bondad y generosidad, el placer por la naturaleza, la plenitud de lo

bello, todo se ve aplastado, subyugado por el cálculo, la ventaja, la pequeñez de espíritu. Así como están los asuntos humanos en este país, a veces me pregunto si la misa o la omisión es la ofensa mayor. Me subo a un taxi y el taxista… ¡es un desaprovechado entrenador de categoría mundial! Me explica detalladamente cómo hay que mejorar la Selección Nacional, por qué la Católica necesita un nuevo entrenador y cuál es la filosofía válida que un entrenador debe mantener ante sus jugadores. ―Los jugadores son como los hijos del entrenador‖, me instruye con el principio motor de su teoría. Es un hombre de unos setenta años, de rostro malgastado. Se aferra firme al volante con ambas manos. Usa bigote a medio cortar, pero no a lo Hitler, sino con la parte superior, hacia la nariz, rapada. Lleva lentes gruesos. Me pregunto cómo otorgarán las licencias profesionales de taxista. Antes de bajarme, saca un pedazo de papel viejo y barato, con su foto y un timbre sobre unas letras ilegibles. ¿Ve? Esta es mi credencial de entrenador. Propongo que cambiemos el nombre de ―taxista‖ por el de ―cuentero motorizado‖. Propongo que el otorgamiento de la licencia a un taxista se produzca luego de su paso obligado y certificado por Talleres o Institutos Literarios de Oralidad con Mención en Mito y Cuento Urbano. Voy con unas amigas extranjeras al zoológico. Abajo, en Pio Nono, un sujeto con una llama vestida de colores

andinos llamativos ofrece fotos a turistas y a niños que monten sobre el animal. Mis amigas intentan tomarle una foto a cierta distancia, pero el tipo las ha visto y cubre apresuradamente al animal con su torso. Es comiquísimo verlo abrazado al animal, tapándolo, mientras exige indignado que le paguemos por las fotos. Comentamos entre nosotros que ahora sí las imágenes que tomamos cobraron interés, con ese personaje escondiendo a su atesorado camélido andino. De vuelta del zoológico, el tipo no nos ha olvidado. Esta vez jugamos a escondernos como espías, detrás de postes y árboles, para tomar fotos desde allí. Ya no reacciona con alboroto. Simplemente nos da la espalda. Si tu negocio es las miradas de la gente, asegúrate una vitrina con cortinas o métete en una jaula y cobra entrada. La pantera del zoológico tenía un tajo enorme en la cola. Tajo abierto. Se paseaba y me miraba como diciendo: ¿usted podría llamar al veterinario? Llevamos varios meses sin aspirinas… Dos jirafas se comían la malla de plástico que separa el par de ambientes en el que habitan. Es una malla verde y sus fibras son delgadas y duras como el ramaje alto de la sabana de África austral. Me mira una de ellas y me dice: ya sé que es comida chatarra y…, es cierto, tengo un leve desorden alimenticio. Una tortuga tenía su caparazón hundida y manchada. Es el alimento, me explicaban mis amigas. Las otras deambulaban deprimidas por el descuidado cubículo. No había un guardia, un cuidador, un asistente, nadie a quien decirle: Estas tortugas están muriéndose.

Águilas, cóndores, halcones, lechuzas, encerrados todos en una misma jaula, sin poder extender sus alas. Saltaban de un lugar a otro, como emplumados y deformes conejos. Debe ser un error de la burocracia, me decía el búho. Esta es una jaula para monos. ¿Podría usted dar aviso, para que nos cambien? A través del león, conocemos al chileno al otro lado de la jaula. Cada jaula del zoológico expone algún rasgo de animalidad chilena. El zoológico de Chile demuestra ampliamente el tipo de animal que es el chileno. Propongo al Ministerio de Educación expediciones periódicas al zoológico para nuestros niños y jóvenes, bajo el lema de ―conocer nuestros rasgos animales‖: Aquí tenemos al elefante, niños. ¿Ven su depresión, cómo la hembra se aparta del macho y se arrincona contra el muro, allá a la distancia, mientras él parece sufrir de demencia senil, plantado en el patio mirando a ninguna parte, como si se le hubiera olvidado si es elefante o arbusto? Vean esa bandada de cisnes negros hacinados en ese charco. No se van de aquí volando porque les han cortado las alas. Miren el tigre, como da vueltas y vueltas a su celda. Vean ese chimpancé solo en la punta de ese palo, buscando trepar al cielo. El oso polar a treinta y tres grados Celsius. Los lobos marinos en una piscina del porte de una tina de baño. Depresión, olvido, abandono, hacinamiento, mutilación, crueldad, ignorancia,

insensatez. Niños, sigamos reconociendo rasgos del animal chileno en este nuestro gran Zoológico Nacional. ¿Quieres fotografiar monos? Da vuelta la cámara. ¿Podría Sartre haber descrito un infiernito mejor que Chile? Poco importa a la mujer chilena el contenido de tu prestigio, hombre. Que lo tengas es lo que cuenta. ¿Sigue la mujer igual de primitiva que cuando partió la empresa humana? El lenguaje es un reflejo del estado social. Hace ya sobre dos décadas que el lenguaje vulgar de Chile comienza a aflorar por todas las esferas públicas. No es bello, precisamente, pero es ―la democracia‖. La abundancia, el exceso de garabatos, vilipendios, groserías, barbarismos, insolencias, insultos, indecencias, obscenidades en el lenguaje común son reflejo fiel de la brutalidad de la sociedad chilena actual. Cuando observo el trato que se les da a los bebés y a los niños en Chile me sorprende que aprendan a comunicarse. También me sorprende el bajo número de matricidios y parricidios. Hay básicamente dos escuelas chilenas en lo que al trato hacia los infantes respecta: una los trata como extranjeros, la otra como adultos. Para la primera, los bebés no entienden el idioma. Hay que hablarles lento y

repetir mil veces lo mismo. Para la otra, los bebés están distraídos, no se concentran en lo que se les dice, o bien tienen malas intenciones y son manipuladores. Ambas escuelas coinciden en irritarse y amenazar o reírse y ridiculizar al bebé cuando éste no entiende. En Chile, no hay conocimiento de lo que es un niño. La encuesta preguntó a la población qué era lo peor con el olvido: ―No acordarse‖, respondió el ochenta y siete por ciento. El otro trece por ciento manifestó no acordarse. La chilena es dulce y risueña, el chileno, desabrido y quejoso. Cómo llegaron ambos a ocupar la misma tierra, sólo Dios lo sabe. Al parecer, se entienden. De a poco desaparece esa cultura nuestra en torno al acogimiento en casa del pariente que queda solo. La madre cuida a sus hijos. Luego sus hijos procrean antes de ser independientes. Ahí están esas mismas madres criando a los hijos de sus hijos. En mi familia, sin ir más lejos, dos tías no sólo han criado a sus hijos y nietos, sino a sus bisnietos también. Es una explotación sin nombre. Nombres para este aprovechamiento de la mamá en la cultura chilena: (a) Explotación del matriarcado, (b) Una vez mamá, siempre mamá, (c) Madre hay una sola, pero hijos, nietos y bisnietos, muchos, (d) Las discípulas de la Virgen, (e) Bernarda O’Higgins, Madre de la Patria, digo, Matria.

En la iglesia de mi barrio –antigua, tradicional y exclusiva–, hay los viernes y los sábados normalmente dos matrimonios por tarde. Ambos son para gente adinerada. Lo curioso es que la primera ceremonia es para gente menos adinerada que la segunda. Si fuera el uso de un baño público sería al revés, medito. No había entrado más allá de un par de veces, pero siempre pensé que el forrado interior de la iglesia de mi barrio era de mármol. Entro luego del terremoto y… ¡es todo de yeso imitación mármol! Cuando el piso tiembla se cae el maquillaje. Propongo ―raspar el yeso‖, ya saben para qué: ―no me raspe el yeso, iñor‖. Con el terremoto del 2010 a la iglesia se le cayeron la cruz de la cúpula, sobre el crucero, el ángel de la guarda entre las torres de los pies, trozos de la cornisa y otros ornamentos de la entrada y el interior. Hace ya dos años de esto y todo sigue igual: un templo descascarado, parchado, desteñido, sin cruz en la cúpula y sin ángel. Retoques más, retoques menos, todo sigue aún como si el terremoto hubiera ocurrido ayer. De pronto, el cura transforma los patios del templo a lo largo de las naves en… ¡estacionamiento público! Los terremotos en Chile son tajos de cuchilla: quedan ahí toda la vida.

Como el cuerpo de un pendenciero, se puede estudiar la historia de Chile a través de las heridas abiertas de sus terremotos. Estaba en San Francisco para el terremoto del 89. Hubo daño mayor. Hoy no queda huella de ello. Se levantaron sistemas urbanos más modernos y más seguros, nuevos barrios, mejoró la calidad de vida. Los terremotos en California, más que la tierra, abren oportunidades y desarrollo. En Chile, caen todos de rodillas a rezar, hacemos una teletón, y el que se jode se jode. Voy a Ciudad de México, voy a Lima y me sorprende que, estando Santiago tan mal, esté mejor que estas otras. Alimento seguro para el político local. Nocivo aliño. El tema pan ya está resuelto y el tema circo va viento en popa. El político actual recibe de todos los chilenos todo tipo de desprecios e insultos. También de todos ellos recibe conformemente su buen sueldo. A la salida del banco, luego de cobrar su cheque, ante el micrófono y las cámaras, declara: La política está muy desprestigiada. Es un deber de todos los chilenos recuperar nuestro espíritu ciudadano. ―Dorar la píldora‖, ―acaramelado‖, ―revestido‖, ―recubierto‖, ―con Andina‖, ―saborizado‖, ―endulzado‖, ―aromatizado‖, ―coloreado‖, ―lubricado‖, son términos que refieren estrategias de persuasión e ingestión o absorción. Comparten el elemento del encubrimiento y el engaño.

Otros similares son: ―maquillado‖, ―atenuado‖, ―editado‖, ―retocado‖, ―condimentado‖, ―enchulado‖, ―aliñado‖, ―dorado‖, ―enchapado‖, ―adornado‖, ―perfumado‖, ―pintado‖, ―exuberante‖, ―emperifollado‖, ―disimulado‖, ―suavizado‖, ―arreglado‖, ―acicalado‖. Es astronómica la producción del encubrimiento. El mercado explota todas las dimensiones del disfraz. La cultura chilena es de disfraz, por antonomasia. Chile, dicen, es una economía emergente. Significa que gasta cada vez más energía y recursos en consumir productos del disfraz humano. Llano, natural, puro, crudo, desnudo, duro, seco, sencillo, moderado, franco, espontaneo, abierto, raso, humilde, auténtico, modesto, sobrio… son términos que apuntan a lo claro, lo neto, lo desenmascarado, lo descubierto, lo desmaquillado. Hay también un mercado en torno a esto… Es un mercado cuya presencia y dimensión separa al Primer Mundo de ―las economías emergentes‖. La mentira es la modalidad comunicativa chilena por excelencia. Las mujeres la efectúan gozosas en sus teñidos, maquillaje y vestuario, los hombres, en sus principios, sus historias, sus palabras. El hombre miente al hablar, la mujer, al andar. En las entradas del Congreso, de La Moneda, de los Ministerios, en las tapas de los libros escolares, como epígrafe en la Constitución Política de Chile, letrilla en los emblemas patrios, propongo que se lea ―No Raspar el Yeso‖.

Lema en el aeropuerto internacional: Bienvenido a Chile. No raspe el yeso. Para los textos de lógica, bajo el capítulo de ―Implicación‖, cámbiese ―si llueven, todos se mojan‖ por ―si no raspa el yeso, le va a ir bien‖. Me asalta: La mujer sigue igual de salvaje que en la prehistoria humana…, lo cual, innegablemente, tiene su encanto. La familia es el lugar de los sacrilegios. Un reconfortante rasgo de irreverencia atraviesa el alma chilena. Perdón cristiano en Chile no hay. Hay indulgencia, indiferencia, disimulo, impunidad. Hacer el bien para captar la aprobación de los otros, no es hacer el bien. Eso es provecho, bien propio. El bien se hace porque, aunque suele arruinarte y matarte hacerlo, es muerte superior y de tu propia elección. El bien trae su premio en el hecho mismo. No hay nada más. ¿Hay alguien que haga el bien por estas tierras? Quizás algún extranjero. Es sabido por todo buen chileno que la mujer chilena ganó el Campeonato Mundial de Belleza, que la bandera chilena salió segunda en lo suyo, que la letra de la

Canción Nacional fue elegida la mejor poesía del mundo y su música, la segunda, y que Chile está protegido de una guerra atómica por la Cordillera de los Andes y por el Océano Pacífico. Sabemos, también, que un chileno ganó el campeonato mundial de ladrones (aunque nunca le dieron la copa porque se la había robado el argentino). Propongo cambiar el nombre de la asignatura de Historia y Geografía por el de Mitografía. El chileno por fin ha entendido que es su propio bolsillo y patrimonio que paga por los sueldos y beneficios de los políticos y de los burócratas. Al constatar que estos sujetos no retribuyen con efectividad, competencia, honestidad y responsabilidad, el chileno se hace pagar de otra forma: los insulta, los ridiculiza, los humilla, los desprecia, los escupe. Así es el trueque social del momento. El cheque del político emite un escupo cada vez que lo abre. En Chile no hay aristocracia. Lo que hay es cleptocracia. Una amiga lee estos aforismos y me comenta: ¡ahora sí que vas a hacer amigos! Uno tiene que pedir disculpas por escribir. El tren es una excelente solución de transporte en Chile. El país tiene la forma de una línea de tren, recta y simple. ¡Pero, no! Se desarrollan los buses, los autos, los camiones, las carreteras, los peajes, las bencineras, los aviones. El tren muere.

Hay una fibra gruesa y obtusa, una férrea red que ata el espíritu chileno e impide el desenvolvimiento de una sutileza social. Anoche, a las doce de la noche del sábado 4 de febrero, se dieron a conocer los resultados de ciertos concursos estatales para proyectos culturales. Una amiga presentó dos proyectos. Me escribe y me dice desilusionada: perdí 2 a 0. Como ella, casi todos los participantes perdieron el juego. Le comento que la próxima vez presente un proyecto que trate sobre los problemas que genera perder uno de estos proyectos, es decir, los problemas que crea el concursito este. Lo peor con un concurso cultural son las explicaciones, tanto para los que ganan como para los que pierden. Sería más decoroso otorgar, rechazar y callar. Propongo que a cada concursante de estos concursos culturales se le envíe un sobre de vuelta con tres boletos de la lotería. Fui evaluador de proyectos nacionales de investigación por largos años. Habré evaluado unos treinta de esos proyectos. Sólo aprobé uno en todo ese tiempo. ¡Estaban tan errados y mal hechos esos proyectos! En Chile no se investiga. Se solicitan fondos de investigación para generar dinero. Es tal la dependencia de las instancias académicas y de investigación con las instancias de poder, que cabe

concebir a las primeras como esferas de influencia política. ¿Usted investiga? Y ¿para qué partido político, religión o agrupación lo hace? Y esta universidad, ¿qué es? ¿Negocio masón, católico, jesuita, opus dei, salesiano, comunista, ultra derechista, militar, de un consorcio, de alguna financiera, de un holding…? ¿Qué boliche es? La universidad es una empresa que compra fuerza de producción de los estudiantes, les exprime jugo de plusvalía por seis años y luego les entrega un cartón. Vuelve el cité a Santiago, esta vez, en la forma de miles de enormes moles de hacinamiento pegadas una junto a otra para la edificación de la gran nueva clase media chilena. Dogmas urbanísticos de Chile: Queremos una familia voyerista, una familia pegada al cable, colectivizada en redes sociales, conectada a todos los tubos de extracción de jugo. Diseño de familia ideal chilena: Barbie-No-te-Muevas. Los arquitectos, los sociólogos, los diseñadores, los urbanistas han sido expulsados de la República. Metros cuadrados más, metros cuadrados menos, la forma moderna de vida en Santiago es el conventillo.

Prendo la tele y… ahí está, nuevamente, alguien con cara muy seria, ¡descubriendo la Cordillera de los Andes! No conozco nada más idiota y feo que la tele chilena. La farándula es una suerte de bacinica nacional: todos la ponen sobre la mesa y escupen en ella. No hay pornografía más vil que la farándula. Función principal de la farándula: hacer que la gente no piense. Funciones laborales del farandulero: manosear, patear y escupir al otro y dejarse manosear, patear y escupir por el público. Propongo una Superintendencia de Contaminación Televisiva: Cada canal puede arrojar un máximo de dos horas de basura al día sobre la población. ¿Qué simpleza digo? Esa superintendencia ya existe, sólo que no tiene ese nombre, sino el de algún servicio de cable que, por dinero, acopla al chileno a circuitos más internacionales de diversión y provee ―la superintendencia‖. En Chile, la democracia se paga, se vende, se arrienda. Hace poco, en pleno enero, el Gobierno decidió reemplazar la palabra ―dictadura‖ por ―régimen militar‖. Se armó un alboroto, como era de esperar. El Ministro de Educación salió a defender el cambio, pero no pudo con la batahola. La comisión volvió a la mesa de trabajo con

nuevas instructivas. A los pocos días apareció con la solución: los textos dirían ―dictadura o régimen militar‖. Nada de mal, en verdad. De hecho, ¡ha quedado todo mucho mejor! Más expuesto aún el fenómeno. Más marcado. Más crítico. De igual modo tendríamos que poner ―Hospital Regional o Calvario o Centro Infeccioso‖, ―Escuela Pública o de Embrutecimiento o Penitenciaría‖, ―Policía de Investigaciones o de Incógnitas‖, ―Editorial o Pegapapeles‖, ―Avión Caza chileno o norteamericano‖, ―farmacia o estafa‖, ―Congreso o Lobby‖, etcétera, etcétera. Cuando entra la ―o‖, no hay quien la pare. La ―o‖ es la madre de la duda. La ―o‖ es el padre de la crítica. La ―o‖ es la abuelita de la razón. Temo que este cambio terminológico del Ministerio no dure mucho. Los políticos de todos los bandos advertirán que promueve el pensamiento en la población, su peor enemigo. ¿Una ―o‖? ¡A la hoguera! Mediados de febrero. Muere un amigo. Era matemático. También pintaba. Como muchos, intentaba ahogar su soledad y frustración. No más soledad. No más frustración. El ser humano nace con un deseo de superación. La medida en que una sociedad alienta ese deseo la define.

Que algo tenga vida, o esté vivo o sea vivo es extrañísimo. Pero lo que es incomprensible es que haya algo. Discuten hoy 16 de febrero limitar en sesenta y nueve años la edad máxima para conducir profesionalmente a pasajeros y transportes de carga. Sale el Ministro del Trabajo a alegar que el Gobierno se opone y alega que ―la protección al trabajo‖, ―la no discriminación‖, son ―derechos esenciales‖ y que el Gobierno ―promueve la integración del adulto mayor‖ y busca evitar ―cualquier limitación arbitraria... de la libertad de todas las personas… de escoger libremente… trabajar como conductores‖. No menciona este político el hecho que esos adultos no pueden sobrevivir con las jubilaciones que tienen. Y que es eso, y no otra cosa, lo que hace que tengan que salir a trabajar. Si lo dijera, podría ahorrarse toda esa cháchara grandilocuente, estaríamos más cerca de la verdad, y se visualizaría la necesidad de mejorar esas jubilaciones en nuestro país. Chile no soporta verse en el espejo. ¡Cuán fea será su imagen! Si no soportas espejos, ¿cómo piensas mejorar tu rostro? ¿Te maquillas para no verte en el espejo? La crítica es el espejo de la sociedad. Propongo que el Estado, en un intento creativo y desesperado por mejorar la imagen de Chile, contrate aforistas.

Estos días de mediados de febrero comienzan a aparecer los primeros resultados de dos años de investigación judicial para establecer responsabilidades por no producirse, como debía, alerta y alarma de tsunami luego del terremoto 8.8 del 23 de febrero de 2010. Que la falta es grave es un hecho. Son cerca de doscientos los muertos por la ola; acaso algunos de ellos estarían vivos, de no mediar este error de los expertos a cargo. Los civiles le echan la culpa a los militares y viceversa. Dentro de cada bando también se echan la culpa los distintos funcionarios. Que la alarma no se haya dado es para todos quienes padecimos el terremoto un enigma insondable: en todo Chile central cayeron edificios, casas, postes, se derrumbaron puentes y torres, se abrieron carreteras, se destrozaron e incendiaron instalaciones, se partió la tierra, nada quedaba en pie, todo volaba por doquier y caía a un suelo encabritado; tampoco uno podía sostenerse en pie. ¿Qué más se requiere para alertar a la población de posible tsunami en las zonas costeras? Es una medida de sentido común. Toda esa tecnología y recursos para la defensa del territorio nacional no defienden a nadie del territorio nacional. Por favor, no hagan olitas, pide Almirante de la Armada. Expertos en olas acusan mala onda. Después del tsunami, todos son surfistas. Estamos trabajando para que esto nunca más suceda, declara el político mientras se come su huevo a la copa

con su jugo de naranja y su café matinal y observa satisfecho a sus hijos chapoteando y haciendo olitas en la piscina, al tiempo que vuelve la página del matutino. Propongo la siguiente estatua frente a todas las instituciones de la República de Chile: una ola gigantesca detrás de un burócrata y un político que miran obstinados un papel que dice: No hay ola. La moral es el control de las pasiones y los instintos, pero no por el control en sí de las pasiones, sino para realizar un bien superior. El poder es como el dinero, puede acumularse, puede controlarse. Los políticos juegan el Juego del Apoderamiento de Poder. El éxito relativo del político en el Juego del Poder se mide en el número de cargos públicos –principalmente ―cargos políticos‖, pero en Chile, ―fiscales‖, ―estatales‖, ―municipales‖, también– que sostengan él y su equipo. Imagina un país en el que la administración del Estado – sus cargos, el funcionamiento de los servicios públicos y otras instituciones– es independiente de la dirección política del país. Has llegado a Europa del norte. El supuesto moral (permiso colectivo, contrato social) del juego es que el político juega el Juego del Poder para realizar un servicio a la comunidad. El apoderamiento de poder, suponemos, es instrumental a la construcción de un bien común superior.

El político chileno no cumple su pacto. Una vez hecho del poder, una vez pagada la obra por anticipado (a la manera ―democrática‖ vigente), elude el trabajo asignado, usa los recursos en componer su propia imagen, y vende su inacción e influencia pública al mejor postor. El político chileno no controla su pasión por el poder ni sus instintos egoístas. No realiza el bien superior. No sirve. Un esclavo de sus pasiones no se guía a sí mismo, menos a otros. Hay personas que ven en nuestras elecciones un circo, y otras que confían en que, esta vez, el político por quien votan sí cumplirá con el trabajo asignado. Hay también unos cuantos que pagan para que el Juego nunca cambie su corrupta naturaleza. La democracia chilena es una pieza teatral en la que ―el maestro‖ nunca repara la falla de la casa (que siempre se inunda) y se arranca con el pago anticipado, a distancia segura de la nana, que lo persigue escoba en mano, gritando: ¡Ladrón! ¡Devuelve la plata, ladrón! La patrona llora en medio del charco, desconsolada por la estafa y el desastre. Chile es una dama calva como ella sola, que se peina y se peina frente al espejo. Esa costumbre que se filtra de aplaudir al muerto en su féretro cuando va hacia la carroza, una vez terminada la misa fúnebre. Es como si se le dijese, ―bien hecho,

muchacho‖, ―buena contribución‖, ―buena actuación‖, ―buen partido‖, ―bien jugado‖. Me llama recién una persona que ha hecho el aseo de mi departamento un par de veces. Me pide que la llame de vuelta porque no tiene minutos en su celular. Procedo. Está en Cartagena, veraneando, con un hijo y un nieto de un año, pero se encuentra con que su tarjeta no tiene dinero para pagar el arriendo de su cabaña, porque no le han depositado una plata que suponía. Me pide ayuda. Que si puedo depositarle. Que me lo paga el lunes próximo sin falta. A ella la he visto sólo dos veces. Es una mujer de unos cuarenta años y es la nana de una conocida de una amiga. Si esto me ocurre en Estados Unidos o en Suecia, mis otros dos hogares, no vacilaría en hacerlo. El descaro es poco visto allá. Pero aquí estoy, en mi Chilito, meditando: ¿es ésta una estafa más, de las tantas que he padecido acá? Y, si no es una estafa ¿me transformo en un idiota ante sus ojos, al tiempo que en un ―ángel de persona‖ un ―pan de Dios‖? Y si esto último ocurre, ¿qué me espera en el futuro con ella? Lo chueco, turbio, sucio y bajo de la sociedad impone su forma en nuestro pensamiento. Cuando la ruindad de la sociedad se impone en nuestros sentimientos, la sociedad está perdida. Me subo al Metro. Siete de la tarde. Va repleto, pese a ser febrero, el mes menos intenso en la capital. Nos miramos y pensamos: ¿Cómo pueden seguir subiendo personas en cada parada? ¿Es que no hay decencia? ¡Pero si aquí estamos nosotros y no cabe nadie más! ¡Basta!... Somos los veteranos, los que venimos de la

parada Tobalaba. Yo me bajo sólo en tres paradas más allá, pero ya me siento un miembro titular del pequeño espacio ese en el tren: Ay, pensé, cuántas veces el alma, así ejerce en el ánimo humano, y desplaza a los pobres diablos colgando del carro. El Metro es una buena instantánea del chileno enjaulado. La superficie santiaguina baja al Metro y muestra su pose moderna. Es un zombi obediente. El chileno pasa por el Metro como por un examen médico del que sale espantadísimo. ¿Quieres ver un animal que no existe? Baja al Metro. Dos asuntos ocupan el letargo nacional estos días: el conflicto y demostraciones de protesta popular en Aysén y la feria farandulera que es el Festival de Viña. Se complementan perfectamente ambos: sin el uno no hay el otro. Son dos caras del mismo prodigio. Aysén, el pan, Viña, el circo. Nuestros gobiernos manifiestan conductas travestis. Constantemente intentan hacer del pan, circo, y del circo, pan. La Teletón ejecuta el milagro de la transubstanciación: convierte el pan en circo, y el circo en pan. Dios mira a la Teletón desde las nubes y piensa: ese truco es mío, o me pagan derecho de autor o les planto otro terremoto.

Uno tras otro se han sucedido los escándalos económicos estos últimos años: Transnacionales farmacéuticas que, en vez de competir entre ellas por los clientes y, así, mantener la oferta de productos a ras de costo, como supone el sistema, se coluden y suben coordina, arbitraria y groseramente los precios, robando billones y billones por largos años a la población. Multitiendas que entregan créditos sin respaldo a millares de clientes y estrujan por todos lados y al máximo esa inflación. Inmobiliarias y financieras que venden viviendas que al poco andar se deterioran, dejando a miles de personas endeudadas de por vida, pagando por cubículos inservibles. Al destaparse la olla, el Fisco, el Gobierno, la Justicia, ―intervienen‖ con discursos exaltados contra estas gigantescas estafas, y multas menores por estacionar en zona indebida. Los grandes infractores en Chile son simplemente clientes del aparato estatal. Si quieres ser legal y respetado en Chile, estafa en grande. Los curas y las mujeres tienen varios pactos; uno de ellos es la entrega de los niños para su concientización y otra programación ideológica a cambio de la vigilancia inflexible y efectiva de la Iglesia al matrimonio. Pienso que la importancia de este pacto es tal, que la Iglesia Católica apenas sobreviviría sin él. La mujer es la principal clienta de la Iglesia.

Baja la entrega de niños a la Iglesia a medida que suben los escándalos de pedofilia. Suben estos escándalos en la medida en que hay más información, la gente valora más a sus hijos y se valora más a sí misma. El pacto se debilita. Este escándalo de la Iglesia es, lejos, la mayor infracción contra clientes en la historia. En Chile, aún no ha habido multa alguna, ni siquiera por mal estacionamiento. Las mujeres y los curas tienen este aliado en común: la ceremonia. Se refugian en ella, cada cual en su esfera ceremoniosa. Fuera de la ceremonia, ambos quedarían al descubierto y parecerían seres patéticos y ridículos. Hay dos tipos de estatuas en Chile: las que son copias – ora más ora menos grotescas— de épocas europeas y de Grecia o Roma clásicas (O’Higgins coronado Napoleón, Caupolicán-Hércules), y otras, que son simplemente basura, contaminación ambiental. ¿Para qué pagar por un horrible armado de cemento y fierro, si el árbol y el prado ya eran bellos? Propongo que, en materia de estatuaria, las entidades encargadas traspasen los fondos a Parques y Jardines. ¡Ese gusto ofuscado por lo feo que aplasta a Chile! Se conmemoran hoy los dos años del terremoto. Difícil transformar ese pan en circo. El gobierno de turno hace lo mejor que puede. Montajes post modernos, pero chilenos, o sea, pre-Brezhnev, inundan la pantalla. La gente adora el feísmo. Algunos se entusiasman de veras con la

presencia y anuncios de los políticos. Asoman banderas, gente riendo, entregas de casas, agradecimientos, familias diciendo ―nos han devuelto nuestra dignidad‖. A ver si entendí bien: Todos los impuestos que pagamos (en productos, en servicios, en renta, en transacciones, en propiedades, para no hablar de nuestros recursos naturales), con excepción de políticos y burócratas, ¿no aseguran a nadie de nada en este país? Chile es como Suecia en cobrar, y como Haití en pagar. Debe explorarse la vena masoquista del chileno. 28 de febrero. Vuelven de a poco los santiaguinos a su ciudad. Vienen de la playa, del sur, y de quién sabe dónde. Nuevamente las aceras centrales se colman de personas, veleros diestros de la transeúntica. La vereda santiaguina es única. Carga para un lado y para el otro. No transita en orden alguno que pueda programarse. Aun así, hay método en la locura. Los vientos y mareas culturales de esta regata son de duro acceso. Yo nací aquí, y en el centro de la tormenta me eduqué. Sé qué es una embestida cierta, otra blufera, una marea, una corriente favorable, un curso de colisión, un intento de abordaje, una tormenta, un remolino divertido, un huracán, un viento en popa, un viento en contra, un roquerío, un encallamiento… La vereda santiaguina es ―río revuelto‖. Cuando se es joven, no se navega, se patina.

El pordiosero se echa descaradamente en pleno flujo de transeúntes: Si de cada mil, uno da, ya tengo puchero. Milagrosamente, la estampida no pisotea al mendigo en el suelo. Consejos generales de navegación: La regla general es avanzar evitando el choque, pero no necesariamente el roce. Cede cada dos embestidas y no cedas en las dos siguientes; cuando viene el choque frontal, sólo ladea tu cuerpo, no te detengas y sigue río abajo; si notas que la gente no ladea su cuerpo ante ti (como tú sí lo haces), es hora de energizar tu nave e iniciar topones leves por babor y estribor, manteniendo centrada la quilla, la proa arriba y el curso estable; el río te devolverá tu dignidad náutica. Las mujeres merecen observación especial: Si el río las trae muy engreídas y anchas de cubierta, baja el grado de cortesía y permite los leves topones laterales que te imponen. Tu peso y volumen son mayores y el navío femenino no está diseñado para choques. No te detengas a escuchar sus insultos. Ellas saben perfectamente cuándo sobrepasan su espacio de crucero. Río abajo, me agradecerás el consejo. Los hombres, igualmente, hermana, merecen atención particular. Míralos a los ojos: si devuelven la mirada, son capitanes con licencia y respetarán tu tránsito porque les encantaría irse a la cama contigo o ven en ti a su madre; de otro modo, si no son caballeros/seductores que quieren abordarte, pero no en la vereda, usa tus codos. Por reglamento marítimo, todos los machos están impedidos de hacerlo. Tus codos son tu mejor

herramienta en la navegación. No abuses de ellos; no son espolones para embestir, sino para que el otro navío se cuide de ellos. Observa a tus hermanas mayores. Ellas ya son maestras en el arte y podrás seguir su ejemplo. Pieza de ballet ―La Hora Punta‖. Primer acto (trutruca): multitud de mustios seres se mueven torpe y caóticamente en aglomerada vereda tropezándose todos con todos sin lograr avanzar. Segundo acto (flauta traversa): multitud de esbeltas y luminosas figuras se deslizan graciosamente en distintas direcciones avanzando por bella alameda. Tercer acto (piano): el escenario se divide en dos; a un lado se reproduce el primer acto, al otro, el segundo. Fin. Pieza teatral en un acto: a un lado del escenario, un personaje bajo un árbol recibe repetidas veces la caída de una manzana sobre su cabeza; al otro lado, otro personaje sale repetidas veces desnudo de una tina gritando ―Eureka‖; en el centro del escenario, un tercer personaje ―para‖ repetidas veces huevos rompiéndolos sobre la superficie de una mesa. Telón. Espero hoy a una amiga en Paseo Ahumada. Veo ascender del infernal hoyo del Metro a los personajes: La ejecutiva de banco, la vendedora de Isapre, el oficinista de terno y corbata, el junior, el profe de vacaciones, la lola, el lolo, el punga, la comadre, la mamá en busca de ―los útiles escolares‖, la vieja chica, el jubilado fiscal, la mina que viene a pinchar, el trabajador de la construcción, la mesera, el ocioso, el que viene a los cafés con piernas…, un chorro humano que desaparece en el río mayor del Paseo. Se vislumbran don Chuma, el Che Copete, la Yayita, don Cuasimodo, Garganta de

Lata, el Condorito, doña Tremebunda, el Pepe Cortisona, y… ¡mierda! ¡El Washington se está meando en mi poste! La vereda céntrica santiaguina caracteriza a esta sociedad perfectamente. No hay rasgo chileno que no se exprese en su interior. Si desconoces la fauna chilena, su selva será indescifrable. ¿Estudiante de antropología? He aquí mi prueba de exanimación final para ti: Descifra social y culturalmente tres metros cuadrados del Paseo Ahumada. Hoy aparecen políticos de gobierno por la pantalla sonrientes junto a la noticia de que, en el futuro, podrá la gente cotejar si un medicamento es de igual valor clínico que otro por declaración oficial de equivalencia. De esta manera, nos cuenta el Ministro de Salud, las personas podrán escoger una marca genérica por sobre otra de prestigio comercial. ―La gente pagará así un décimo de lo que pagaba antes‖, nos dice. El rebaño brama alegre pensando en que en el nuevo corral la esquila será menos dolorosa. Nadie denuncia: ―¿Están ustedes, burócratas y políticos de la salud, diciendo que han dejado que nos roben diez veces el costo de mercado de medicinas vitales por años de años?‖ Tampoco extraña que la gente haga sahumerios. ¡Con estos precios de los medicamentos! ¿Le duele la cabeza? Consulte el tarot. ¿Infección? Tome rosa mosqueta.

¿Problemas digestivos? ¡Infusión de romero, pues hombre! ¿Crisis de pánico? ¡Manzanilla, mujer, manzanilla! ¿Lo amputaron? A rezar, a rezar… ¿No cree en la medicina mapuche? Pues pague, pague. Se habla del salario mínimo, pero nadie habla del salario máximo. Hoy aparece un mall gigantesco sobre una colina de Castro, en Chiloé. Las tradicionales pequeñas casas de madera se destiñen y desaparecen bajo esta fortaleza o catedral (elija la metáfora) del comercio. El cacareo no se deja esperar. Ataca el área turística, los ambientalistas y ecologistas, la izquierda festiva, la directora del colegio de arquitectos, la gente ―alternativa‖ en la radio, la prensa, la tele, ―la gallada‖. Amaro, periodista ―de centro‖ en noticiero de corriente principal, proclama luego del spot: No es que estemos en contra de hacer un mal en Chiloé, sino la forma en que se hace. Se defienden los políticos locales: que la gente lo quería, que esto no es política del municipio, que estas son leyes centrales, que todo corresponde a Obras Públicas… La Unión Soviética cayó por estas cosas. ¿Chiloé? ¡Por favor! Cuando azotan las fuerzas naturales frente a tu casa, dime, ¿tú sales a enfrentarlas, tú sales a detenerlas?

Cuando pasa la naturaleza, todo el poder humano cede. La tensión permanente que existe entre la Iglesia Católica, por un lado, y las fuerzas comerciales del capitalismo, por el otro, puede reducirse a la oposición entre una empresa fructificando del instinto por la identidad a través del tiempo, y otras cosechando de los deseos espontáneos y cambiantes de la naturaleza humana. La primera está en función de la deidad, las segundas, de la vanidad. El punto de referencia de la primera casi no se mueve, relativo a los puntos de referencia de las segundas, que se mueven todo el tiempo. Ciertamente, Washington ha logrado con certeros cañones averiar seriamente la nave Católica, pero esa nave no se hunde a cañonazos, eso lo ha demostrado en circunstancias muchísimo más precarias. Quizás haya algo de complejo freudiano con Washington: ¡Ese maldito Imperio Romano que sigue vivo! Padre de imperios. Y ahora se ha hecho intocable, sagrado, y no necesita ni siquiera una flecha para sostenerse y crecer. Sigue fuerte en la educación chilena el prurito de inculcarle al niño sentimientos a través de discursos. ¡Cuánta habladuría y tiempo no se gasta en ese vano intento! Mis colegas del lado educativo, pedagógico, metodológico, formativo, allá por mediados de los noventa, en Concepción, alegaban en un foro que los jóvenes, los niños, los infantes, debían ―trabajar más‖. Esto era para que se educaran más, para que fueran

personas profesionalmente exitosas y para que Chile fuera un mejor país. Cuando intervine y dije que los niños necesitaban tranquilidad, tiempo libre para el juego, y ser felices, la moderadora saltó proclamando que ―el coloquio se tornaba filosófico y muy interesante‖ pero que se había acabado el tiempo. En mi periplo por la caverna académica chilena me vi muchas veces con ese ―muy interesante, realmente muy interesante, pero se nos acaba el tiempo…‖, y con un ―el profesor plantea asuntos que merecen una reflexión más extensa…‖, para no hablar del ―es, sin duda, un tópico para un próximo coloquio…‖. Los ejércitos de educadores, políticos y burócratas de la educación, académicos, expertos e intelectuales, combaten el desarrollo de las facultades del niño. Lo que proponen en su lugar es siempre ―el desarrollo de las facultades del niño‖. Está instalado el dogma que la educación debe hacer madurar a los niños. ¡Habrase visto idiotez más grande! Milagro detectado en Chile: El Ministerio de Agricultura hace madurar los duraznos. ¡Cuán bella es la primavera! Decidme, ¿por qué adelantar el verano? Un ideal que viene de un sentimiento tiene futuro, un sentimiento que viene de un ideal, ninguno. Amo a Chile y a su gente. Detesto la sociedad chilena y sus agentes.

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Y bien, allí lo tienes. Es traje simple. Transforma el hecho en breve letra. Serás un aforista en pocos días.