Habla Moscú – Nicolás Arjak

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Habla Moscú – Nicolás Arjak

H A B L A MOSCÚ
LUIS DE CARALT EDITOR BARCELONA«Kultura» et L'INSTITUT LITTERAIRE MAISONS - LAFFITTE (S et O) Versión española de ANTONIO TOMAS TODOLI Primera edición: julio 1966 Luis DE CARALT, 1966 Impreso en España GRÁFICAS DIAMANTO - Berlín, 20 - Tel. 239 19 03 – Barcelona Digitalizado por Triplecruz (19 de agosto de 2011) ESTE LIBRO HA COSTADO VARIOS AÑOS DE PRISION Y EL DESTIERRO A SU AUTOR (condenado en el reciente proceso contra los escritores en MOSCU)

ÍNDICE
HABLA MOSCU ................................................................................................................... 3 EXPIACIÓN........................................................................................................................ 29 LAS MANOS ...................................................................................................................... 66 EL HOMBRE DEL MINAP .................................................................................................. 69 SOLAPAS INTERIORES ................................................................................................ 82

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HABLA MOSCU
Cuando rememoro los acontecimientos del pasado verano, me resulta en extremo difícil ordenar sistemáticamente los recuerdos, relacionarlos entre sí y describir todo cuanto he visto, oído y vivido en esa época. Sin embargo, el día en que "aquello" comenzó ha quedado impreso en mi memoria hasta en sus más nimios detalles. Nos hallábamos sentados en el jardín de una dacha 1 sita en los alrededores de Moscú. Habíamos acudido a ella con objeto de festejar el cumpleaños de Igor. Habíamos bebido en demasía la noche anterior. Armamos un tremendo alboroto y por fin nos acostamos, en la certeza de dormir hasta el mediodía. Pero no ocurrió así. La quietud de la campiña hizo que nos despertáramos alrededor de las siete, en vista de lo cual decidimos levantarnos. Nos comportamos de un modo absurdo: carreras en traje de baño por las alamedas, algunas piruetas en la barra fija (donde nadie fue capaz de ejecutar más de cinco figuras) y hasta Valodia Margulis se dio una ducha cerca de la cisterna, siendo notorio que jamás solía lavarse por las mañanas, por temor — así lo aseguraba — a llegar tarde al trabajo. Allí sentados, nos pusimos a discutir con calor acerca de la forma más conveniente de pasar el domingo. Como es natural, se habló de bañarse en el lago, de jugar a balón volea y de pasear en lancha. Un entusiasta llegó a proponer una caminata hasta la aldea cercana, para visitar la iglesia. —Se trata de una tsérkov
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muy bella y muy antigua — dijo —. No recuerdo de qué siglo...

Nos reímos de él. Nadie sentía deseos de caminar ocho kilómetros bajo un sol implacable. Todos los reunidos, hombres y mujeres de treinta a treinta y cinco años, vestíamos leve atuendo playero. Componíamos un cuadro singular. Por pura delicadeza, nos esforzábamos en no delatar nuestros mutuos sentimientos ante ciertos hallazgos tristes y ridículos: el pecho hundido y la panza incipiente en los hombres y las piernas velludas y talles sobradamente carnosos en las féminas. Nos conocíamos todos de antiguo. Nuestros trajes y corbatas nos eran asimismo familiares, pero nadie imaginaba cómo sería el otro sin sus prendas de vestir o con éstas reducidas a la mínima expresión. ¿Quién hubiese podido imaginar, por ejemplo, que Igor, siempre tan elegante y pulcro y de cuyo éxito entre sus colegas femeninos de la Academia nadie dudaba, tenía las piernas torcidas? Era divertido y molesto a la vez escrutarnos de ese modo, cual si contemplásemos ilustraciones pornográficas. Acomodados en nuestras sillas, que tenían un aspecto risible en medio del césped, y con las asentaderas firmemente adheridas al asiento, hablábamos de nuestros futuros éxitos deportivos. De pronto Lila apareció en la terraza. —¡Oídme, muchachos! — exclamó —. ¡No entiendo una palabra! —¿Y qué es lo que quieres entender? Anda, quédate con nosotros. —No entiendo nada — repitió ella, sonriendo con displicencia —. La radio... Han dicho por la radio que... No he entendido más que el final... De todos modos, repetirán la noticia dentro de diez minutos. —Se comunica — intervino Valodia, imitando la voz baja y cálida del locutor — la vigesimoprimera rebaja en el precio de las colleras y de los arneses... —Entremos — dijo entonces Lila —. Por favor... El grupo penetró en la casa con gran bullicio y se dirigió a la estancia donde un altavoz de plástico pendía de la pared. Lila respondía a nuestras insistentes preguntas lanzando profundos suspiros.
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En ruso, quinta (N. del T.) En ruso, iglesia (N. del T.)

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—Resopla como una locomotora — exclamó Valodia —. Bonito, ¿verdad? Una frase digna de Ilf y Pietrov. —Vamos, Lila — terció Igor —, la broma ha tocado a su fin. Ya sé que no te agrada fregar la vajilla a ti sólita, pero... Y en aquel instante la radio empezó a emitir. "Habla Moscú — se oyó por el altavoz —. Habla Moscú. Escucharán seguidamente el Decreto del Consejo Supremo de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, de 16 de julio de 1960. Paralelamente al incremento del nivel de vida..." Miré rápidamente a mis compañeros. Atentos e inmóviles, estaban pendientes de la voz profunda y melosa del locutor. Solamente Lila se movía como un fotógrafo presto a retratar un grupo de niños. Nos hacía señas para que nos aproximásemos al altavoz. "...y conforme a los deseos de la masa trabajadora..." —Por favor, Valodia — solicitó Soia —, alcánzame las cerillas. Alguien profirió un conminatorio "¡chitón!". Ella se encogió de hombros, apartó de sus labios el cigarrillo que no había llegado a encender y se dirigió a la ventana. "...la jornada del domingo, 10 de agosto de 1960, será declarada..." —¡Vaya, vaya! — exclamó Lila. "...«Día del Homicidio Público». En esa fecha, todo ciudadano de la Unión Soviética que haya cumplido dieciséis años tendrá derecho a matar a su antojo a no importa qué otro ciudadano, con excepción de las personas que se mencionan en la disposición primera del presente Decreto. Éste entrará en vigor el 10 de agosto de 1960, a las seis en punto, y expirará a las doce de la noche del mismo día. Disposición 1.a: Queda prohibido asesinar: a) A los menores de 16 años; b) A los militares y agentes de policía uniformados; c) A los empleados de transportes y comunicaciones que se hallen prestando servicio. Disposición 2.a: Los crímenes cometidos antes o después del período mencionado, al igual que todo homicidio perpetrado con ánimo de lucro o agravado con estupro, serán considerados como delitos comunes y serán, por tanto, sancionados de conformidad con las leyes penales ordinarias. Dado en el Kremlin, Moscú. El presidente del Presidium del Soviet Supre..." Después, el altavoz anunció: "Proseguiremos con nuestra emisión de música ligera. " Permanecimos como paralizados un buen ralo mirándonos con expresión estúpida. —Es raro — comenté —, muy extraño. No acabo de comprender el objeto de todo eso. —Ya nos lo explicarán — apuntó Soia —. Parece imposible. Supongo que los periódicos nos darán una información más completa. —¡Camaradas, eso es una provocación! — voceó Igor. Se movía como un energúmeno, de acá para allá, en busca de su camisa —. ¡No puede ser más que una provocación, una de esas emisiones piratas de "La Voz de América"! A la pata coja, se esforzaba por meter la pierna en los pantalones. —¡Oh, perdón! — murmuró. Y se fue a la terraza a terminar de abrocharse la prenda. Nadie sintió el menor deseo de sonreír. —¿"La Voz de América"? — repitió Valodia. pensativo —. No. Es imposible, técnicamente imposible. En este momento — miró su reloj — son las nueve y media y Moscú continúa su programa. Si "La Voz de América" emitiese en nuestra misma longitud de onda, oiríamos ambas estaciones al unísono...

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Volvimos a salir al jardín. En las terrazas de las quintas cercanas aparecían gentes a medio vestir, coagulándose en grupos reducidos, encogiéndose de hombros y gesticulando en desorden. Por fin, Soia prendió fuego a su pitillo. Tomó asiento en una grada, con los codos apoyados en las rodillas. Yo admiraba sus caderas, moldeadas por el bañador, y su pecho, descubierto hasta la mitad por un profundo escote. No obstante la ampulosidad de sus formas, Soia era una mujer muy hermosa. Mucho más bella que las otras. Como de costumbre, su apostura era serena, acaso un tanto amodorrada. A espaldas suyas se la nombraba con el remoquete de "señora Cachaza". Igor, con la vestimenta completa, parecía un misionero rodeado de polinesios. Al parecer, la categórica declaración de Valodia, según la cual la emisión radiofónica no podía haber sido obra de los bandidos de allende el Atlántico, le había devuelto su prudencia. Era obvio que Igor se arrepentía de haber declarado en forma rotunda que la noticia podía ser una provocación. Yo me decía para mis adentros que sus temores carecían de base, puesto que, a mi entender, no había delatores entre nosotros. —En el fondo, no veo el motivo que nos ha conducido a preocuparnos hasta ese extremo — manifestó Igor con cierto desenfado —. Soia está en lo cierto. Las aclaraciones seguirán, necesariamente. Y tú, Tolia, ¿qué opinas? —¡El diablo me lleve si lo sé! — murmuré —. Tenemos todavía un mes por delante antes de ese... ¿cómo lo han denominado?... ese día del... Me detuve de repente y de nuevo nos miramos con cierta inquietud. —No importa — dijo entonces Igor, meneando la cabeza —. A mi juicio, es algo relacionado con la política internacional. —Tal vez con las próximas elecciones presidenciales en los Estados Unidos de América. ¿No es eso lo que piensas, Igor? —¡Cállate, Lilka! ¡No digas más sandeces! —Creo que lo mejor será que vayamos al agua — dijo Soia, incorporándose —. Tolia, tráeme el gorro de baño... Era evidente que la extraña noticia la había turbado, puesto que de otro modo jamás hubiera osado tutearme en presencia de los demás. Creo que ninguno se percató de ello. En tanto que descendíamos camino de la ribera del lago, Valodia me alcanzó y, enlazando su brazo con el mío, me dijo, con un aire de tristeza en sus ojos de mirada bíblica: —¿Sabes, Tolia? Me pregunto si no se tratará de una medida antisemita... *** Escribo todo esto y a veces me pregunto para qué. Estas notas nunca podrían ser publicadas aquí y ni siquiera puedo mostrarlas ni leerlas a nadie. ¿Qué hacer? ¿Llevarlas clandestinamente al extranjero? En primer lugar, eso es algo prácticamente imposible. Además, lo que intento describir ha sido ya difundido por centenares de periódicos de otros países y las ondas lo han expandido día y noche durante mucho tiempo. No. El asunto está ya muy trillado. Por otro lado, no es demasiado correcto divulgar las propias obras en publicaciones antisoviéticas. Pero finjo lo que no siento. Sé muy bien por qué escribo esto. Necesito explicarme lo que ha ocurrido y, ante todo, comprender el influjo que ha operado en mí. Heme aquí sentado ante la mesa de trabajo. Tengo ahora treinta y cinco años. Mi aspecto externo no ha sufrido mutación. Tampoco mis preferencias han cambiado mucho; como antaño, gozo con la poesía, me agrada la bebida y adoro a las mujeres. A su vez, y por lo común, ellas me aman también. He luchado en el frente, he matado y por poco acaban conmigo. Si por azar una hembra roza con su mano la cicatriz que adorna mis caderas, la retira con presteza y exclama asustada: "¡Oh! ¿Qué es eso?" Yo le respondo: "Es el surco que dejó una bala explosiva." "¡Pobrecito! — dice la mujer —. ¿Te dolió mucho?" En general, soy como de costumbre. Mis amigos, los conocidos, y mis compañeros de trabajo pueden exclamar

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ajustándose a la verdad: "Sigues siendo el de siempre, querido amigo." Pero yo sé muy bien que esa jornada me ha llevado de los cabezones y me ha enfrentado conmigo mismo. Tengo la certeza de haberme visto impulsado a renovar el conocimiento de mi propia persona. Una palabra más todavía. Declaro que no soy escritor. Compuse algunos versos en mi mocedad y aún me siento capaz de hacerlo en alguna ocasión. Intenté después la crítica teatral y confié en que esos balbuceos me condujeran a la plenitud literaria. Sin embargo, no ha resultado ser así, mas, pese a todo, sigo escribiendo. No por considerarme un grafómano. Éstos (que me son familiares en razón de mi trabajo como asesor literario) creen en su talento, en tanto que yo advierto que carezco de ese don. O de poseerlo, lo es en muy escasa proporción. El escribir me apasiona. ¿Será tal vez el aspecto grato de mi situación? Sé de antemano que nadie va a leerme, así que puedo, sin temor, estampar en el papel todo aquello que me pase por la imaginación. Pongamos, por ejemplo, que tuviera el capricho de escribir: El piano de la negra África muestra sus dientes como una negra... Pues bien, así lo haría. Y nadie podría tildarme de afectado o de imperialista. Si se me ocurriese escribir que el gobierno sólo se compone de demagogos, impostores y puercos, también lo pondría sin vacilar. Puedo permitirme el lujo de declararme comunista ante mí mismo. A fuer de sincero, confío en que algún día dispondré de lectores, no actualmente, como es lógico, sino dentro de mucho, muchísimo tiempo, cuando ya no sea de este mundo. Lo diré de un modo más generalizado: "Un día lejano, después de largos años, un monje laborioso descifrará mi trabajo ferviente y anónimo..." Sólo el pensarlo me produce inmensa satisfacción. Una vez he puesto mi corazón al descubierto ante el posible lector, que yo mismo acabo de forjar en mi mente, puedo continuar el relato. *** Ese día ya no nos divertimos demasiado. Las chanzas se cortaron de improviso. El balón volea no tuvo éxito y el vodka tampoco tentaba a ninguno de nosotros, de modo que nos apresuramos a regresar a nuestras respectivas viviendas de la capital a una hora muy temprana. Al día siguiente acudí a mi puesto de trabajo. Creía saber de antemano que todos comentarían el Decreto, así como quién se extendería sobre el asunto y quién no añadiría una sola palabra. Sin embargo, con gran sorpresa, comprobé que casi todos guardaban silencio. Sólo dos o tres me preguntaron: "¿Qué opina de todo eso?" A lo cual repliqué en tono evasivo: "No sé... Ya veremos más adelante..." Y ahí se interrumpía la conversación. Al día siguiente, los Izvestia publicaron un extenso editorial intitulado: Ante la proximidad del "Día del Homicidio Público". Había muy pocas alusiones al Decreto en sí, pero el artículo abundaba en tópicos archiconocidos: El creciente bienestar... a pasos agigantados... únicamente en nuestro país... la auténtica democracia... por primera vez en nuestra historia... el plan visible... la prensa capitalista... Con respecto al Decreto, añadía el artículo que no estaba permitido causar daños a los bienes de uso común y, en consecuencia, no se podrían provocar incendios ni explosiones. Además, el Decreto no hacía referencia a los prisioneros. Magnífico. Leímos el artículo de cabo a rabo, pero no por ello se disiparon nuestras dudas. Mas sin saber la causa, todos parecieron recobrar la tranquilidad de ánimo. Es posible que el tono del editorial, escrito en el estilo solemne y pomposo de ordinario, contribuyese a sosegarles. No había nada de extraordinario... El "Día de la Artillería", el "Día de la Prensa Soviética", el "Día del Homicidio Público"... Los medios de transporte no sufrirían alteración y los agentes de la autoridad serían respetados; por lo tanto, el orden imperaría como de costumbre. Y la vida seguiría su curso normal. De esa forma cayó una semana y después algunas jornadas más. Fue entonces cuando comenzaron a suceder cosas muy difíciles de relatar. La gente se vio atacada de una especie de inquietud y efervescencia que la puso en un estado anímico tal que no puedo precisar con palabras.

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Todo el mundo se sentía excitado y afanoso. En el metro, en el cine, en la vía pública, se veía uno abordado de improviso por desconocidos que, en voz meliflua, hablaban de sus dolencias, de la pesca, de la calidad de las medias de nylón y, en fin, de cualquier tema. Si uno no les rechazaba bruscamente, le estrechaban la mano vigorosa y prolongadamente con mirada de profundo agradecimiento. Otros, en especial los jóvenes, se tornaron ruidosos e insolentes. Cada uno organizaba las bufonadas a su manera. Se cantaba por las calles, a voz en grito, con mayor frecuencia que antaño y hasta se recitaban poesías — también en tono estridente —, sobre todo las de Essienin. A propósito de versos, la revista Literatura y Vida publicó trozos escogidos de Bezimienski, Mizhalkov, Sofronov y otros, que guardaban relación con la noticia difundida. Por más que me esforcé, no pude hacerme con un ejemplar de dicha publicación. Fue una verdadera lástima. No obstante, me quedaron en la memoria unos pasajes de Sofronov: En las fábricas Rostelmash el cántico atronaba los talleres, en tanto que nuestro magno Partido mandaba eliminar a los trotskistas. Yo contaba apenas diecinueve años y no tenía la más leve experiencia. ¿Podía yo entonces juzgar a los hombres y medir la fuerza de sus golpes? Quizá yo cantaba más alto, pero sin firmeza ni audacia. Tuve piedad de uno y de otro, en vez de rematarles como debía. Nos contábamos graciosas anécdotas en cantidades astronómicas. Valodia Margulis corría de uno a otro, repitiéndolas a carcajada limpia. En una ocasión, después de referirme una copiosa serie de ellas, me contó que Igor, en una reunión celebrada en su Academia, había declarado que la jornada del 10 de agosto era fruto de la sabia política de nuestro Partido y que el susodicho Decreto probaba una vez más el estado avanzado de la iniciativa creadora de las masas y otras cosas por el estilo, en la forma acostumbrada. —Mira, Tolia — me dijo —. Ya sabía que Igor era un advenedizo y todo lo que gustes, pero, a pesar de eso, no le creía capaz de llegar tan lejos. —¿Eso te extraña? ¿Y por qué? — respondí —. Ha recibido la orden de hablar y ha soltado su discurso. Si fueses miembro del Partido, lo mismo que él, hubieras hecho otro tanto. —¿Yo? ¡Jamás! En primer lugar, porque no me alistaría en el Partido por todo el oro del mundo; y, en segundo término... —¡En segundo término, en segundo término...! ¡No lo digas tan alto, amigo! Tú no eres mejor que Igor. Cuando aquello de los médicos, ¿no recuerdas tu discurso en la escuela sobre la cuestión del nacionalismo?... Antes de terminar la frase, me arrepentía ya de mis palabras. El recuerdo era muy penoso para él. Jamás se había perdonado el haber creído, aunque sólo fuera por poco tiempo, lo que habían publicado los periódicos.

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—Será mejor que me cuentes cómo va lo tuyo con Nina — proseguí conciliador —. ¿Cuánto hace que no la has visto? Valodia se animó de inmediato. —Escucha, amigo mío, estoy locamente enamorado de ella y no puedo evitarlo. Ayer le telefoneé para decirle que ardo en deseos de verla y ella me respondió que... Y me contó con toda prolijidad la conversación que sostuvieron ambos. —Ya me entiendes, querido amigo. Tú me conoces bien. Sabes que no tengo nada de sentimental... Pues bien, hasta he estado a punto de llorar... Mientras escuchaba su relato, yo me preguntaba por qué la gente se crea problemas tan absurdos. Valodia es un hombre casado y con dos hijos. Es profesor de Literatura y está considerado como uno de los metodólogos más competentes de la región y además como persona de buen criterio. ¡Vaya con las historias amorosas! Pero cuando se tiene una mujer poco agraciada, se sienten deseos de acercarse a cualquier otra mejor dotada... ¡Adelante, pues, amigo, y buena suerte! Pero ¡al diablo esos transportes amorosos, esas pasiones desordenadas! ¡Fuera con esos Hamlets provincianos! Y expresiones como: "obligaciones morales", "desdoblamiento de la personalidad", "ella confía en mí"... Cierto que esta última frase puede referirse lo mismo a su esposa que a todas sus conquistas sucesivas. Por lo que a mí se refiere, lo considero desde un ángulo mucho más llano. Nada de diplomacia, engaños y compromisos, ya desde el principio. Ante todo, conviene ser absolutamente sincero. ¿Nos agradamos, eh? ¡Excelente! ¿Nos deseamos? ¡Perfecto! ¿A qué esperar? ¿Adulterio? ¡Qué le vamos a hacer! Si me caso, los problemas como el de Valodia ya no me atormentarán. Tomaré la delantera y diré: "Oye, soy casado y no tengo la menor intención de pedir el divorcio. Me gustas horrores. ¿Te conviene así? Por mí, encantado. ¿Cuándo y dónde nos vemos? ¿Que no te interesa? Pues lo siento, y hasta nunca. O puede que pienses de otro modo después de reflexionar..." Así es como hay que proceder; naturalmente, conservando un poco las formas. Mejor es de ese modo, creo, que invocar la falta de armonía espiritual con la media costilla y decir: "Cierto que respeto a mi mujer, pero..." Hasta la fecha, no he causado ningún daño a las mujeres, toda vez que jamás he permitido a una sola hacerse demasiadas ilusiones respecto a mí... Por espacio de media hora más, Valodia se extendió en consideraciones acerca de sus amoríos. Luego se dispuso a partir. Le acompañé hasta la puerta y le despedí. Pero, apenas hubo mediado un segundo, cuando llamó de nuevo e introdujo la cabeza entre el resquicio de la puerta musitándome al oído, para que mis vecinos no se enterasen: —Si ha de haber un pogromo judío el 10 de agosto, combatiré. Ya no estamos en Babi Yar 3 , ni en la fábrica de tractores. Y tiraré contra esos cerdos. ¡Mira! Se desabrochó la chaqueta y me señaló la culata de una pistola automática, que asomaba por el bolsillo inferior. La conservaba desde la guerra. —Te aseguro que les venderé cara mi vida... Luego que se hubo marchado definitivamente, me quedé inmóvil durante un buen rato en el centro de la estancia. ¿A quiénes se referiría Valodia? *** —¡Pero usted no quiere razonar con seriedad! Es muy sencillo; trate sólo de comprender... Armado de un estropajo, mi coinquilino procede a fregar los platos. Su camisa de amplia malla permite ver el vientre cubierto de vello gris, que tiende a huir del encierro de los pantalones para arrimarse al borde del fregadero. Habla en tono vehemente, por más que yo no le contradigo.

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Babi Yar, lugar donde los alemanes sacrificaron gran número de judíos. durante la guerra. 8

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—...no, no. Intente comprenderme. Si existe alguien a quien le agrade menos la vulgaridad de la prensa, ése soy yo. Pero los hechos son los hechos y conviene mirar las cosas de frente: no cabe la menor duda de que las masas son infinitamente más conscientes. En consecuencia, el Estado tiene perfecto derecho a llevar a cabo un experimento tan osado y a confiar al pueblo las diferentes funciones que hasta ahora él se había reservado. Compruébelo: hoy tenemos brigadas que cooperan con los agentes de la autoridad, patrullas de komsomols 4 y fuerzas populares que contribuyen al mantenimiento del orden. Todo eso son realidades, muy significativas por cierto. Admitamos que han cometido algunos errores, lapsus, como diría yo — a veces se ha hilado demasiado fino con los jóvenes y se ha rasurado el cráneo a algunas muchachas —, pero eso es algo inevitable. ¡Son los gastos ineludibles de la producción, caramba! ¡Hay que talar el bosque! Por eso, el Decreto no es sino la consecuencia lógica de un proceso en vías de desarrollo: el proceso de la democratización. Pero, ¿democratización de qué? Pues de los órganos del poder ejecutivo. El ideal consiste — entiéndame bien, se lo ruego — en la disolución progresiva del poder ejecutivo en el seno de las masas, hasta llegar a los bajos fondos, si me permite la expresión. Bueno, no precisamente los bajos fondos — creo que me he expresado mal —, ya que entre nosotros no existe tan execrable estamento. En fin, estoy seguro de que usted me comprende... Haga caso de un viejo jurista que ha vivido mucho: el pueblo ajustará las cuentas, ante todo, a los "gamberros", parásitos y demás escoria de la sociedad... Sí, sí. Recuerdo lo que dijo Tolstoi: "Quieren venir en tropel y derribarlo todo de una sola vez". Es así, Tolia. "En tropel", juntos todos, en masa... a la rusa, añado... Yo aguardaba impaciente a que se le escurriese de las manos el plato cubierto de agua jabonosa. En efecto, no tardó mucho tiempo en hacerlo pedazos. Su esposa salió majestuosamente de la habitación, atraída por el estrépito. Me miró con disgusto, bajó luego la vista al suelo para contemplar los fragmentos del plato y ordenó en tono glacial: —Vuelve al cuarto, Piotr. "¡Qué imbécil! — me dije —. Ya se nota que has salido demasiado pronto del campo de concentración..." En aquel instante, alguien llamó a la puerta y me dirigí a ella para franquearle la entrada. Era Soia. Fuimos directamente a mi habitación. Soia se quitó los zapatos con un suspiro de alivio. Es divertido contemplar a las mujeres cuando se despojan del calzado. Los pies cambian de forma y adquieren pronto un aspecto íntimo, familiar, ingenuo. —Se diría que calzas zapatos blancos — comenté, mientras señalaba con el índice los dedos de los pies, que no habían sido curtidos por el sol —. Quiero ver las otras partes donde tienes la piel blanca. —Mi deseo era hablar contigo — respondió Soia —. Pero no importa. Ya conversaremos luego... La estreché con fuerza entre mis brazos. —Cierra la puerta... Nos acostamos un tanto apartados uno del otro. No obstante el calor reinante, Soia tenía fresca la piel. Su cuerpo bronceado ofrecía tres franjas blancas: una que le cruzaba el pecho, otra las caderas y la tercera, mucho menor, los dedos de los pies. Echada a mi lado, lucía sin recato su espléndida belleza, como un atleta en el estadio. Yo estaba terriblemente enamorado de ella. En aquellos momentos, hubiera deseado guiñar el ojo, sin el más leve pudor, a un observador imaginario, acaso a un cómplice, como para decirle: "Fíjate bien, amigo, qué hermosa criatura me ha tocado en suerte". Sin apenas moverme, me sumí en un mar de reflexiones. Me dije que lo que existía entre esa mujer y yo se llamaba "vida", es decir, lucha, conquista, capitulación recíproca, aceptación o negativa apasionadas; consciencia fulgurante del yo y aniquilación completa de la personalidad, separación y fusión absolutas, todo un conjunto simultáneo de dualidades. En estos momentos, me
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En ruso, juventudes comunistas (N. del T.)

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era por completo indiferente saber que tenía marido y que yo no era el único en poseer ese cuerpo delicado, sumiso y siempre ávido de caricias. No me importaba saber que su hombre le prodigaba malos tratos, que mi hermana regresaría de sus vacaciones, que Soia ya no podría venir a verme y que de nuevo nos veríamos forzados a ocultar nuestros amores en portales y graneros, como gatos vagabundos. Como siempre, yo me sorprendería un tanto por la facilidad con que Soia se me entregaba cualesquiera que fuesen las circunstancias, aun las más impropias, cosa que siempre le agradecía infinitamente. Mas, en este momento, todo me daba lo mismo. Seguí sin moverme, en espera de lo que tuviese que decirme. Por fin, ella habló. —¿Sabes que se aproxima el "Día del Homicidio Público"? Lo pronunció en un tono indiferente y objetivo, como si hubiese dicho: "Pronto será Año Nuevo" o "el día primero de mayo". —¿Y bien? — interrogué —. ¿Qué relación puede tener eso con nosotros? —¿Es que no te importa tener que andar siempre a escondidas? — inquirió Soia —. Todo eso podría cambiar si... —No te comprendo — murmuré. Aunque, desde luego, la había entendido perfectamente. —Oye... eliminemos a Pavlik. "Pavlik" 5 . Ni siquiera dijo "mi marido", ni "Pavel", "sino "Pavlik". Sentía que mi garganta se secaba. —¡Estás loca, Soia! ¿Qué es lo que acabas de decir? La mujer volvió lentamente el rostro para mirarme. Su mejilla me rozaba el hombro. —No te sulfures, Tolia, te lo ruego. Reflexiona con calma. Sabes bien que nunca se nos presentará una oportunidad como ésta. He pensado en todo. Vendrás a casa y dirás que es tu deseo pasar el día con nosotros. Pavlik y yo hemos decidido no salir. Lo mataremos entre ambos. Después, te vendrás a vivir conmigo y más tarde nos casaremos. Desde luego, no te mezclaré en el asunto. Todo correrá de mi cuenta... Pero tengo miedo de estar sola y fallar el golpe. Ella continuó hablando, en tanto que yo la escuchaba en silencio. Cada palabra que fluía de sus labios me causaba una sensación de asfixia en la garganta. —Tolia, ¿por qué estás tan callado? Tosí ligeramente para aclarar la voz y exclamé: —¡Vete de aquí! Soia pareció no comprender. —¿Adonde quieres que me vaya? —¡Al diablo! Soia fijó su mirada en la mía por espacio de varios segundos. Después se levantó y procedió a vestirse. Se puso el sostén, la braga y la combinación. Vi cómo desaparecía poco a poco bajo la ropa interior. Luego se enfundó en su vestido, se calzó los zapatos y comenzó a peinarse. Al terminar, tomó su bolso de mano y abrió la puerta. Se volvió en el umbral y me lanzó en voz queda: —¡Cobarde!

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En ruso, diminutivo de Pablo (N. del T.)

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Y se fue. Instantes después, percibí el ruido de la puerta de entrada al cerrarse tras ella. Me incorporé, me puse alguna ropa encima y arreglé cuidadosamente el lecho. Acto seguido, me dediqué a barrer el cuarto, manejando la escoba con rapidez y concentrándome en cada uno de los movimientos. Ante todo, quería esforzarme en no pensar en nada. *** Y no obstante, era necesario hacerlo. Quizá fuera absurdo, pero lo que más me había dañado era la exclamación de Soia: "¡Cobarde!" Me consta que no lo soy. Tengo absoluta certeza de ello. Lo demostré en el frente de combate y en la postguerra, en que tuve más de una ocasión para patentizarlo. Pero Soia había llegado a la conclusión de que yo sentía temor. No. No era por miedo. Simplemente, la idea era descabellada. ¡Acabar con Pavlik como si fuera la cosa más natural del mundo! ¡Un hombre humilde, dulce, distraído y tolerante como Pavlik! Es verdad que estábamos engañándole y que, si llegaba a enterarse, iba a sufrir mucho. Habíamos bebido a expensas suyas y le habíamos puesto en ridículo, abiertamente y a sus espaldas. Todo eso era bien cierto, pero ¿matarle? ¿Por qué motivo? ¿Para qué? Si lo que ella deseaba era casarse conmigo, no tenía más que solicitar el divorcio. Eso significaba que para ella el crimen no suponía únicamente un medio de librarse de un esposo que ya no tenía nada de joven, cuyo talento era más bien mediocre y a quien ella había dejado de querer. Por fuerza el crimen tenía que tener para ella un significado incomprensible para mí. ¿Acaso le detestaba de tal modo que pensaba en vengarse? Naturalmente. Quería hacerle pagar el error de haberse enamorado de él a los diecinueve años, mientras que él todo cuanto sabía hacer era repetir: "La técnica en los límites de la fantasía", "La llave del apartamento debe de estar con la del dinero" y andar de continuo refiriendo anécdotas judías y armenias... En verdad que ella debía odiarle. Y si le detestaba, era lógico que estuviese dispuesta a matarle. Lo comprendo muy bien. El odio justifica el crimen. Por lo que a mí concierne, si odiara a alguien, tal vez podría... ¿Me atrevería? Sin duda que sí. ¿A quién odio, en realidad? ¿He aborrecido a alguien en el curso de mi existencia? Evidentemente, los años escolares no entran en el cómputo. Comenzaré a partir de la edad adulta. ¿En el Instituto? Allí detesté con toda mi alma a un profesor que me suspendió cuatro veces en la misma asignatura. ¡Que el diablo se lo lleve! ¡Hace ya tanto tiempo de eso! ¿A mis superiores de variados temperamentos y a cuyas órdenes he laborado? En verdad que casi todos ellos se portaron como auténticos bribones, que me encendían la sangre y que se hicieron acreedores a que les rompiera la cara. ¿A quién más? Al escritor K..., autor de novelas de tipo reaccionario. Sí. Recuerdo haber dicho que le mataría de buena gana si tuviera la certeza de no tener complicaciones. ¡Ese canalla merecería que le dieran una buena lección! Un escarmiento que le forzase a dejar la pluma... Pero ¿qué hacer con los amos y señores de nuestros destinos, con nuestros jefes y educadores, con esos fieles hijos del pueblo, que tienen el riñón bien cubierto, eternamente ocupados en conferencias y giras, que reciben innumerables telegramas encomiásticos firmados por los miembros del koljós 6 de la región de Riazán, los mineros de Krivoi Rog, el emperador de Etiopía, el Congreso de Pedagogos, el presidente de los Estados Unidos y el personal de las oficinas públicas? ¿Y con los entusiastas del deporte soviético, los escritores, los obreros de la industria textil, los daltonianos y los alienados? ¿Qué hacer con todos ellos? ¿Es preciso perdonar a escala masiva? ¿Y el año 1937? ¿Y las locuras de la postguerra, cuando el país entero, poseído por el demonio, se revolcaba en una tremenda crisis epiléptica y se devoraba entre sí? ¿Creían que bastaba con arrojar inmundicias en el mausoleo del "bigotudo" para estar en paz con todos? No, no y no. Merecen otra cosa muy distinta. ¿Recuerdas cómo se hacía? ¡Quita el seguro... y lánzala! ¡Al suelo, al suelo! Se oye la explosión. Ahora, un salto hacia adelante y, mientras corres, una ráfaga, otra y otra. ¿Los ves allá, destrozados por la explosión, cosidos a balazos? El suelo está viscoso. ¿Quién es ése? Se arrastra penosamente, dejando tras él la estela de sus entrañas en medio de los cascotes. ¡Ah! ¡Ése es el que acompañaba siempre al gran jefe en sus frecuentes viajes! Pero, ¿por qué está tan enjuto? ¿Por qué lleva esa chaqueta forrada de piel? ¿No lo he visto un día junto al borde de una fosa, arrojando en ella jirones de carne e intestinos, terrosos y ensangrentados? ¿Y

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En ruso, hacienda colectiva (N. del T.)

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aquéllos? También los conozco. Pero entonces llevaban el lema Gott mit uns 7 en la hebilla de su cinto, gorra con la estrella roja, botas de media caña, polainas de paño... Jefes de policía, rusos, alemanes, georgianos, rumanos, judíos, húngaros... Un automóvil arrolla un cadáver, dos automóviles, cinco, cuarenta... Tú también quedarás ahí, aplastado como un sapo. ¡Todo esto ocurrió hace ya tanto tiempo...! Me levanté, fui hasta la ventana y sequé con la cortina el sudor que me cubría el rostro. Después, me dirigí a la cocina y me lavé un poco en el fregadero; luego me puse la chaqueta. Me resultaba imposible quedarme en casa por más tiempo. La calle estaba caldeada por el sol implacable de agosto. Veía pasar a las amas de casa con el cesto de la compra, chicos montados en bicicleta, a individuos de pronunciado abdomen que caminaban con lentitud a lo largo de las aceras y se detenían en cada quiosco de bebidas que hallaban a su paso para ingerir un botellín de agua mineral. Pasaba entonces por la confluencia de la avenida Arbat y la calle Smolensk. Allí me detuve. ¡Si pudiera visitar a alguien! Pero, ¿ a quién? Estábamos en pleno verano y casi todos disfrutaban ahora de sus vacaciones. Y los demás acudían a Srebrni Bor o a cualquier otro lugar donde se pudiera tomar un buen baño. Bien pensado, decidí que unas copas no me vendrían mal. Recordé que Sacha Chuprov habitaba cerca de la estación de Kiev. Era artista pintor y un excelente amigo. Aunque no estuviera en su casa, yo podría entrar en ella para reposar un rato, ya que dejaba siempre puesta la llave. Penetré en el supermercado de la esquina y vagué por las distintas secciones en busca de alguna bebida fuerte. Me detenía unos instantes en cada mostrador para observar la actividad de los vendedores. Todos presentaban un aspecto uniforme con su guardapolvo de trabajo, pero su comportamiento era distinto. En la tocinería, su actitud era seria y concentrada; en la frutería, altiva e indiferente; serviciales y encantadores en la pastelería y muy indisciplinados y bulliciosos en la sección de ultramarinos. Por fin, llegué a mi destino: el departamento destinado a la venta de bebidas alcohólicas, donde los dependientes tenían ur aire comprensivo y familiar. Me extasié en la contemplación de una enorme pirámide de botellas, colocadas sobre una plataforma giratoria. Aquello era un auténtico tesoro, que contenía las más diversas emociones, cada una prisionera en un frasco, con su precinto de lacre y su correspondiente etiqueta: "Coñac", "Vodka", "Gurjani". En realidad, esas botellas encerraban una la alegría, otra quizá la melancolía, otra la ciega ira, la confianza ilimitada, la susceptibilidad o la osadía. Todas esas emociones se librarán un día de su cárcel de vidrio para oír estúpidos parlamentos de despedida, o para concentrarse en manos que estrujan nerviosa la servilleta, en labios que reparten besos sin desearlo y en pulmones que hacen acopio del aliento necesario para entonar Las noches de Moscú. Y las emociones, aprisionadas en las mazmorras de cristal que centellean a la luz eléctrica, se dicen: "El tiempo trabaja a nuestro favor... ya llegará nuestro momento... entonces será la fiesta para nosotros..." Adquirí una botella de coñac (de Georgia, por no disponer de suficiente dinero) y un limón y salí del supermercado. Chuprov estaba en su morada. —¿Eres tú, amigo? — saludó con lúgubre acento —. Pasa, pasa... La pieza era espaciosa y muy bien iluminada, pero reinaba en ella un espantoso caos. Un cuaderno de apuntes tirado por el suelo, grandes rollos de papel por doquier: bajo la mesa, encima de ella, en el alféizar de las ventanas... Sacha yacía vestido sobre la cama en desorden, con los pies apoyados en la cabecera. —¿Qué tal van las cosas? — pregunté. —¡Canallas! — repuso —. Me he esforzado como un galeote... ¡y todo por una friolera...! —¿Qué hacías, pues? —¡Carteles, por supuesto!

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«Dios con nosotros» En alemán el original (N. del T.)

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Sacha no era en modo alguno un conformista y pasaba en ciertos medios liberales por un pintor de vanguardia. Pero resultaba muy difícil vender telas contaminadas por la nefasta influencia de Occidente. Además, el establecer contacto con gente foránea comportaba cierto riesgo y, por otra parte, había que vivir. Y por eso Sacha se dedicaba a pintar carteles: joven- citas embelesadas con los muros del Kremlin al fondo, mineros en traje de faena marchando con paso firme hacia un venturoso futuro y jóvenes ingenieros vestidos de azul, con la regla de cálculo asomando por el bolsillo del pecho y llevando bajo el brazo un ejemplar de la Historia del Partido. Sacha recibía buenas cantidades por su labor, pero con bastante irregularidad. —¿Han rechazado tus trabajos? — inquirí —. ¿Acaso no habías firmado el contrato? —Precisamente es que no tenía contrato. Imaginé que no tendrían mucho en qué elegir, así que quise aprovechar la ocasión y jugarme el todo por el todo. Ejecuté mi cometido con un espíritu totalmente nuevo, a mi modo, con entera libertad... ¿Te imaginas? Pero en cuanto lo presenté... —¡Un momento! ¿A qué ocasión te refieres? —¿Cómo puedes preguntarme eso? A fe mía que pareces estar en el limbo. Naturalmente, con motivo del "Día del Homicidio Público". Tienen necesidad de carteles, ¿no es así? Atiende bien y no me interrumpas. De modo que llevé mi cartel... Pero es preciso que sepas que el director artístico es un viejo de la antigua escuela, a quien ni siquiera le falta el gorro de dormir. "Se ha equivocado usted de dirección, Chuprov. Es posible que sus obras agraden a la revista Life, pero en modo alguno son convenientes para nosotros." Y de pronto se deshace en elogios, henchido el corazón de alegría. "Es un gran acontecimiento en la vida del país... El Partido nos prepara... Hay que extremar la vigilancia para aprehender las más grandes ideas... Es preciso inspiración, poder sugestivo... Tenga, mire usted eso..." Y me muestra un cartel compuesto por Artemiev y Krantz. Puedes creerme, amigo, que ni siquiera valía la efímera mirada que le dirigí. Y no lo digo porque ellos no hayan aceptado el mío y sí el de ellos; ya sabes lo que opino de ese trabajo. Es algo corriente, sólo para ganarse el mendrugo. Con todo, hay que tener un poquitín de conciencia. Cuando se emprende alguna obra, se debe de hacer con entusiasmo y seriedad. Pero ese par de babosos se han contentado con representar irnos personajes rígidos, como maniquíes, en los que es difícil ver el menor soplo de vida, y una grúa gigantesca al fondo... Y he aquí que ya se dan por satisfechos. ¡Hermoso cartel, te lo aseguro! En el fondo, me burlo del dinero. Ya sabes que gané bastante con mi Primero de Mayo. Lo que lamento — y tú ya me entiendes — es todo ese esfuerzo en vano y la idea original de mi proyecto. ¿Cuándo se darán cuenta de que hemos doblado ya la mitad del siglo xx y que el arte debe progresar siguiendo... ¿cómo lo diría yo?... un ritmo nuevo? Sacha pronunció la parrafada sin apenas respirar, con gran vehemencia, y terminó soltando un juramento. La colilla de su cigarrillo cayó sobre la almohada. —¿Podrías mostrarme tu cartel? — apunté con cierta timidez. —¿Por qué no? Ahí lo tienes, en el suelo. Aparté unos papeles que cubrían el entarimado y me apoderé del rollo que formaba el cartel. Lo desplegué. Al fondo había un sol inmenso, que no se sabía si estaba en su orto o en su ocaso. Un hombre y una mujer jóvenes, de trazo estilizado, aparecían juntos. La luz del astro rey los iluminaba por la espalda. Sombras rojas descendían en diagonal hacia la izquierda del cartel y se unían para formar un charco de sangre que se extendía hasta lamer los muros de una casa, realizada en el mismo estilo. A la derecha, figuraba un cadáver con las rodillas dobladas y los brazos en cruz, tendido en el suelo. —¿Qué te parece? — inquirió Sacha. Medité unos instantes y respondí;

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—Lo encuentro muy expresivo. No había nada que temer. Tenía la certeza de que Sacha jamás había leído a Huxley. —¿De veras? —Es cierto — proseguí —, aunque creo que el cadáver da una nota algo discordante. Parece salirse del conjunto. Sacha saltó del lecho y contempló su obra con los labios fruncidos. —¡Es posible que tengas razón! — exclamó al fin —. ¿Sabes por qué? Porque convendría que fuese algo más convencional. Tal vez es demasiado realista, ¿verdad? Nos servimos buenas raciones de coñac. Sacha comenzó a confiarme sus planes. Mientras le escuchaba, me decía que todo eso era culpa de Soia, que, de no haber sido por ella, jamás se me hubiese ocurrido pensar en ese maldito "Día del Homicidio". Eso no me importa nada... me importa un... ¡Que el diablo se la lleve! Soia no es sino una perra. Acaso convendría prevenir a Pavlik... Pero no. No vale la pena. Ahora que me he negado, ella tendrá miedo. ¡Perra asesina! Todo marchaba bien. Nos entendíamos a las mil maravillas y, ahora, no volvería a verla por nada del mundo. Por otra parte, estoy seguro de que ella no me permitiría ni rozarla siquiera. Pero ella es la culpable de que yo tenga que soportar las confidencias de ese beodo de Chuprov. ¡He ahí un hombre libre, un famoso pintor de vanguardia! Si en el futuro se nos anunciase el "Día del Pederasta", estoy seguro de que Chuprov se lanzaría a sus pinceles para describirnos la evolución del homosexualismo desde el año 1913 hasta nuestros días. Ahora bien, yo no siento el menor deseo de matar a ninguno de mis semejantes. ¡No quiero hacerlo! —¿Qué es lo que no quieres? — preguntó Sacha. Por lo visto, había exteriorizado en voz audible la última frase de mi pensamiento. —No quiero beber más. —Pues ya ves que en la botella no queda un solo trago. De todos modos, no comprendo por qué hemos de interrumpir esto precisamente ahora. ¿Qué te parece si voy a por otra botella? O mejor, ¿sabes lo que vamos a hacer? Te llevaré a casa de un amigo, algo maduro ya, pero que es un tipo extraordinario. Escribe versos. ¡Ea, vámonos! Espero que me lo agradecerás. Nunca habrás conocido a un elemento como ése. —De acuerdo, vamos. Me levanté, vacilante. —¡En marcha, Sacha! ¡Adelante, Alejandro Chuprov! ¡Vamos, artista genial! Ese viejo será un genio también y nos lo explicará todo, absolutamente todo. ¡El viejo puede aclararlo lodo, todo! —Sí. Ese viejo puede enseñarnos muchas cosas: es camarero. *** El tiempo que invertimos en adquirir una botella de vodka, encontrar un taxi y trasladarnos hasta las cercanías del mercado Danilovski fue suficiente para que recobrase la consciencia. "¿Adonde voy y para qué? — me preguntaba —. ¿Qué necesidad tengo de ir a ver a ese viejo? Y luego..." Luego era preciso rematar lo que quedase de la jornada dominguera. Después de todo, ¿por qué no hacerlo en compañía del viejo? Cuando uno ha terminado con su amante, cuando se ha tenido una agarrada con una mujer, todo importa bien poco... Sacha ordenó al taxista que se detuviera y abonó el importe de la carrera. —Espera un minuto. Voy a ver si puede recibirnos. Un instante... Tomé asiento en un banco y encendí un cigarrillo. Me molestaba la batahola que, a mis espaldas, armaban los tranvías que rodaban por la avenida. Jóvenes padres de familia empujaban los

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cochecitos bajo la arboleda; soldados bien enfundados en su uniforme paseaban del brazo con las muchachas. Conversaban con ellas con un aire comedido y serio, sin intentar arrimarse demasiado, puesto que aún había excesiva luz. Levanté la mirada hacia las alturas. Las casas nuevas, de una decena de plantas todas ellas, se alzaban a intervalos regulares a ambos lados de la avenida. Sus fachadas de tono claro, dotadas de ventanales inmaculados, contemplaban los árboles con aire complaciente, como para darles ánimo. Pero, acá y allá, en medio de ese optimismo de brillante desfile, erguíanse los viejos caserones construidos hacia el 1930. Eran moles imponentes, seguras de su superioridad, plantadas en diagonal con respecto a la avenida. Bien enraizadas, parecían no obstante querer salirse de sus sólidos fundamentos y avanzar hacia las nuevas edificaciones, al modo de las huestes germanas. Aparentaban estar convencidas de tener razón, siempre fieles a su ideal. Y si el constructor, desde su tumba, hubiese podido extender un brazo para darles una orden, toda esa masa ingente se hubiese puesto en movimiento hasta aplastar la muralla de cartón de las nuevas plantas, enterrando sus magníficos ascensores automáticos, los muebles de estilo nórdico, las ediciones de Hemingway en dos volúmenes y los extraños bolsillos de los pantalones al último grito. Chuprov pareció de pronto emerger de la tierra. —Vamos ya. El maestro se encuentra en su domicilio. Le seguí. Mi pecho se hallaba oprimido por las botellas que había yo forzado en los bolsillos interiores de la chaqueta. Un vejete de escasa estatura nos recibió en el umbral de un apartamento que resplandecía de puro limpio. Sus cejas se agitaban sin reposo. Vestía pantalón deportivo y una chaqueta de pijama pasada de moda, bordada como la capa de un húsar. Por el cuello asomaba una camisa negra, a la moda rusa, provista de blancos botones que hacían pensar en un acordeón. —Por favor, se lo ruego — musitó el hombre —. Permítame que me presente. Me llamo Arbatov, Gue- nadi Vassilievitch Arbatov. ¿Puedo preguntarle su gracia? ¿Y el nombre de pila de su padre? ¿Anatolio Nikolaievitch? Encantado, gracias. Tomen asiento, se lo ruego, y disculpen todo este desorden. Por el momento soy un hombre célibe, ya que mi esposa pasa unos días en el campo. La estancia era muy espaciosa y el mobiliario nuevo. La mesa, redonda y recia, estaba cubierta por un tapete usado, protegido por una cubierta de plástico transparente. Sobre un diván, que hacía las veces de cama, había gran número de almohadones, a cuál más diminuto. Parecían guisantes recién degranados. Una de las paredes quedaba totalmente oculta por una cortina gris. —Guenadi Vassilievicht, mi amigo Tolia quisiera conocer sus versos — solicitó Sacha —. ¿Sería usted tan amable de leérnoslos? —Siempre pareces tener prisa, Sachenka. Esa ansia, semejante precipitación... ¿Puedo preguntar el motivo de tanta prisa? Cada cosa a su tiempo. ¿Por qué acelerar el raudo vuelo del tiempo? Todo llega a su hora. De momento, tomaremos unos vasos de vodka con Anatolio Nikolaievitch, hablaremos de esto y de aquello y palparemos los extremos de nuestras antenas, como las hormigas. Los versos vendrán sin pensarlo, en el momento oportuno. "Poesía, placer de núes- tra entraña", como decía uno de mis viejos camaradas. ¿No me asiste la razón, Anatolio Nikolaievitch? —Puede usted llamarle Tolia. Es mucho más breve. —¡De ningún modo, respetable Sachenka! Su honorable amigo y yo nos vemos por primera vez y por tanto, acabamos de conocernos. Por mi parte, admito todo cuanto traen los nuevos tiempos y, como suele decirse, bien venidos sean, pero, en cuanto a eso de no respetar a nadie, a tenor de la moda actual, permítame que me niegue rotundamente. En cuanto a mí concierne, me han llamado Guenadi Vassilievitch desde que llegué a cumplir los quince. ¡Eso es lo que convendría ahora! Porque en este mundo pecador, es precisamente con el trato de las personas como la gente se educa, por así decirlo. ¿Qué opina usted, Anatolio Nikolaievitch? —Como guste — respondí —. Usted podría llamarme caldero... —...mientras no le ponga al fuego — atajó el anciano, terminando el refrán.

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En tanto que seguían hablando, se puso a preparar la mesa con una celeridad y precisión notables. En un instante la mesa se pobló de vasos, tenedores, platos, rábanos, pepinos, rebanadas de pan, salchichón. Las palabras también brotaban con rapidez, como si el discurso de bienvenida hubiera sido aprendido de memoria; frases amables, acogedoras, fuera de actualidad, como si hicieran juego con sus tenedores con mango de hueso. El viejo llenó los vasos y bebimos. —A propósito del caldero y el fuego, ha hecho usted una observación muy precisa, Anatolio Nikolaievitch. Entre nosotros se observa precisamente el fenómeno inverso: nadie se esfuerza en llamar caldero al vecino, pero todos intentan ponerle al fuego, sobre las mismas ascuas, bien caldeado... —Los hombres son como bestias — observó Chuprov, sombríamente. Sin duda le había venido a las mientes la temática de su cartel. —No, Sachenka — prosiguió el viejo —, permítame, permítame. No es preciso ofender a los animales. ¿Ha notado usted que la gente habla mucho más y mejor cuando reina entre ellos el regocijo? Entonces hablan de animales, de diminutos y encantadores ani- malitos. ¿Por qué, pregunto yo? Pues porque todo el mundo los encuentra simpáticos. La gente nunca se pone de acuerdo en cuanto se habla de otro tema, de libros, cuadros, estatuas, pongo por caso... Evidentemente, mucho menos aún cuando hablan de política. Pero no existen motivos para discutir... tratándose de animales. Hace unos meses leí un artículo ilustrado con fotografías, que versaba acerca de los jardines zoológicos de diferentes países. El autor del trabajo es el director del Parque Zoológico de nuestra capital. El contenido del artículo era como un bálsamo para el corazón. ¿Qué importa — podría usted decirme — el hecho de que un cachorro de tapir malayo haya visto la luz en Italia? Y no obstante, al leerlo, mi corazón se llena de júbilo. Y lo mismo ocurre en todas partes. Dentro de poco, los animales constituirán el único nexo, el único punto de contacto entre los seres humanos. Los animales, mis queridos amigos, no son simples irracionales, sino los guardianes y portadores del elemento espiritual. No pude evitar que mis ojos se apartasen del plato que tenía ante mí, sorprendido por las palabras de aquel hombre, tan distintas de las frases iniciales, esas "estatuas", "en el futuro", "tenga usted la bondad de observar que..." El hombre se percató de mi gesto y se interrumpió. Sacha no perdió tiempo en aprovechar el silencio. —¡Bebamos a la salud del tapir! ¿Ha dicho usted malayo? Entonces, ¡a la salud del tapir malayo! ¡Bravo! Vaciamos los vasos en repetidas ocasiones. El viejo se entonaba a ojos vistas, pero, cuanto más bebía, más difícil era su parlamento y más brillantes sus ideas. No tardó en abandonar los giros antes elegidos. Cruzó las piernas y se dedicó a mirarnos, ora a Sacha, ora a mí, en tanto que bajaba el tono de su voz para decir con rapidez y claridad: —Ignoramos cuánto se oculta en el alma ajena. Por ejemplo, hablando con la sinceridad con que lo hacemos en este momento, es lo mismo que desnudarnos del modo más absurdo y peligroso. Si ahora ustedes bajaran a la calle, literalmente desnudos, serían detenidos por los agentes de la autoridad, multados y reprendidos públicamente. Eso sería todo. Por el contrario, es algo inadmisible la franqueza de ponerse moralmente al desnudo, pues, no puedo saber qué palabras o cuál de mis pensamientos podría herirles en el punto más íntimo y doloroso, hasta tal extremo que usted tal vez no lograría arrancarse la espina más que al precio de mi vida. Y en tal caso, se abalanzarían sobre mí para matarme y para salvarse ustedes mismos. ¿Quién de nosotros puede medir la cantidad de odio que seríamos capaces de sentir? ¿Qué es lo que muchas veces origina nuestro odio? Una frase desafortunada, nuestro comportamiento en la mesa, la forma de nuestra nariz... A propósito — ahora encarándose conmigo —, ¿no es usted judío? —No, que yo sepa — respondí, palpándome el apéndice nasal —. ¿Es que lo parezco? —Pues... algo sí. Pero, justamente, he ahí a los cuerdos: los judíos. Viven siempre temerosos, mas no de Dios, sino de los hombres. Para ellos, cualquiera es un enemigo en potencia. Y no

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carecen de razón. Porque, ¿existe algún ser vivo más terrible que el hombre? Aniquila a los animales para saciar el hambre. Una bestia se mofa de todo eso que nosotros llamamos ambición, ansia de poder, posibilidad de una brillante carrera. Carecen de envidia. Nosotros, en cambio... ¿cómo sabemos quién desea nuestra muerte o a quién hemos ofendido gravemente sin querer? Es posible que hayamos ofendido a alguien por el mero hecho de existir... No lo sabemos, no sabemos nada... —Los animales luchan por sus hembras hasta la muerte — observó Sacha. Guenadi Vassilievitch enarcó las cejas. —Eso es algo muy diferente. En ello interviene el instinto de conservación de la especie. Las bestias son sencillas y plenas de sabiduría: no se enamoran. En cambio el ser humano... Es suficiente con que un hombre se enamore para que esté dispuesto a cometer todo género de felonías, cualquier delito. No en balde los antiguos decían: Femina mors animae, "La mujer es la muerte para el alma". Sin embargo, no se trata de eso solamente. Os pregunto a ambos, Sacha y Anatolio: ¿estáis seguros de no tener amigos capaces de asesinaros? En cuanto a mí, tengo la seguridad plena... ¡La Muerte...! Sois jóvenes todavía y es lógico que no penséis demasiado en ella, pero yo... yo soy bastante viejo. Por la noche, me acuesto en ese diván. Miradlo. La cabecera es de madera. Al volverme, doy en ella con el codo y me digo de pronto: "Así estaré dentro de mi ataúd, madera arriba y madera abajo, madera a la derecha y madera a la izquierda." Se detuvo para recobrar el aliento. La cabeza se le bamboleaba levemente. —Nada puede preverse — siguió —. Ni la prudencia, ni la soledad. Nada lo impedirá. Se enzarzarán en la disputa y meditarán, se afanarán... —¿A quiénes se refiere usted, Guenadi Vassilie- vitch? — demandó Sacha. —A todos esos chupatintas... precisamente — repuso el viejo con voz fatigada. Se levantó, vacilante, y descorrió la cortina gris. Los rayos del sol se desparramaron libremente por la superficie de la pared. Con ellos, una muchedumbre compacta de autores, encuadernados en colores chillones, surgió en la estancia cual una horda de tártaros, despedazando la serenidad y la calma engañosa de aquella apacible interioridad burguesa. Tras ellos, a la carga, llegaron chirriantes los carros pesados de los sistemas filosóficos, las cimitarras del autoanálisis, refulgentes como espejos convexos, los carros mastodónticos del pesimismo universal, las potrancas de la civilización, mostrando los dientes y arrojando espumarajos de rabia por los ollares, pisoteando y destruyendo todo cuanto encontraban a su paso, reduciendo a partículas a los buenos evangelistas, cuyas plegarias se remontan hacia las impertérritas alturas, para caer luego en forma de polvo nuclear... —Todo el mundo está presto a hacer el mal — suspiró Chuprov, escanciando lo que quedaba en la botella de vodka. Sacha y yo deambulamos por las calles desiertas. De vez en cuando, en algún cruce, se dibujaba la silueta de un agente. Los letreros luminosos de los grandes almacenes lanzaban su fuego cegador. Hasta se podía percibir el choque seco de nuestros tacones contra el empedrado de la acera. Ese martilleo, que de ordinario me causaba una sensación de placer, no me reportaba ahora ningún alivio. Faltaba exactamente una semana para llegar al "Día del Homicidio Público". *** Dejé de asistir a la oficina. Mandé llamar a la redacción de la revista en que trabajaba, alegando que me encontraba enfermo. Pasaba el tiempo acostado o vagando por mi cuarto. A veces me entretenía en trazar dibujos sobre el trozo de papel que había servido de envoltorio al salchichón que acababa de comprar. Valodia fue el único en venir a verme. Apenas hubo franqueado la puerta del apartamento cuando me dirigió una de esas estúpidas preguntas que tanto he odiado siempre: "¿Qué necesidad tenían de haber publicado semejante Decreto?" Se refería a "ellos", es decir, al Gobierno. Guardé silencio, pero él, feliz al observar que yo carecía de opinión al respecto, comenzó a explicarme el fondo de tan

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apasionante cuestión, diciendo que era inevitable y que reflejaba la propia esencia de la doctrina socialista. —¿Por qué? — inquirí. —No puede ser de otro modo, Tolia. Está dentro del orden natural de las cosas. Necesitan legalizar el asesinato, hacer de él un fenómeno normal. Precisamente por eso no dan ninguna explicación. Antaño lo hacían. Y hasta lo publicaban a bombo y platillo. —¿Qué dices? ¿Cuándo ocurrió eso? — pregunté, extrañado. —En la época de la Revolución. —Te equivocas, mi querido amigo. Eso no sucedió entonces, ni tampoco fue el motivo de la Revolución. —¡Bien! ¿Y qué me dices de 1937? —¿A qué te refieres? —Pues a que era la misma cosa. Se podía matar a placer, pero entonces se nos servía el guiso con una salsa a propósito, mientras que ahora no existe el condimento... Se mata, eso es todo. Además, los asesinos de entonces tenían todo un equipo a su disposición, un personal abundante. Ahora, en cambio... tienes que componértelas solo. Exactamente como en los mercados de autoservicio. —¡Basta ya, Valodia! Tus monólogos antisoviéticos distan mucho de ser espirituales. —¿Acaso no has sufrido vejaciones por parte de las autoridades soviéticas? ¿Te parece que es necesario defenderlas? —Pues sí. El verdadero poder soviético requiere que se le proteja. —Pero... ¿qué es lo que dices? ¿El auténtico poder soviético? ¿Ese donde no existen comunistas? ¿Como en el Don apacible de Cholojov? —¡Déjame en paz! —He aquí una respuesta ex-tre-ma-da-men-te convincente — prosiguió Valodia —. Pero tú... —¡He dicho que ya basta! — le grité. Permanecimos unos momentos en silencio y Valodia se retiró al fin, molesto al parecer. Me dejé caer en el lecho para dar rienda suelta a mis pensamientos con mayor comodidad. ¿Por qué motivo y con qué intención se había dado publicidad a este Decreto? He aquí algo que me dejaba absolutamente indiferente. No tiene sentido buscar una base científica a un asunto semejante y poner la Revolución en ridículo. Mi padre fue comisario durante la guerra civil, y tengo la seguridad de que sabía muy bien por qué luchaba. Sólo conservo de él un vago recuerdo... Lo arrestaron en 1936, de los primeros... Después del fallecimiento de mi madre, tuve ocasión de leer las cartas de mi progenitor. Y llegué a la consecuencia de que los de mi generación no teníamos derecho a divagar sobre dicha época. Podemos, y debemos, extraer nuestras propias conclusiones y resolver por nuestra cuenta. Mas eso es todo cuanto nos queda por hacer, eso es todo cuanto nos disponemos a ejecutar... Y ya es mucho. Demasiado, tal vez. Arbatov, el viejo de la avenida Danilovski, es el culpable de que me encuentre en este estado. No tengo deseos de matar, ni puedo hacerlo, pero muchos otros querrán y lo harán. Y yo, Anatolio Kartsev, puedo ser el blanco de su venganza. Lo mismo que hice el día de mi última entrevista con Soia, me dediqué a pasar revista a mis posibles enemigos. Éste tal no podría llevarla a cabo. El otro bien quisiera, mas le asustaría la idea. Aquél, armado, de un ladrillo o de un pedrusco, me esperaría en cualquier rincón oscuro. ¿Y el de más allá? No, no. Ése no me guarda rencor. ¿Estás seguro? Es posible que sea él, justamente, tu auténtico enemigo. No temo que puedan matarme los adversarios de antaño. Por el contrario, cualquier viandante, un borracho desconocido, el primer imbécil que

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acierte a pasar junto a mí puede dispararme un tiro a boca- jarro por el simple placer de gozar de las delicias de contemplar los postreros estertores de mi cuerpo y ver cómo se extingue mi vida sobre el asfalto. Sólo para ver cómo se aguza mi nariz, se ahuecan mis mejillas y se entreabren mis labios. Para ver cómo se extinguen mis ojos, mis manos, mis palabras, mis silencios, mis ocios, mis defectos, mis mujeres, mis detestables poesías... ¡Que el diablo se los lleve a todos! No voy a permitir que me asesinen. Quiero conservar la vida. ¡Me esconderé, convertiré mi cuarto en una fortaleza y no pondré los pies fuera de ella! ¡No quiero morir! ¡No quiero! Vivir no es vergonzoso. Un perro vivo vale más que... ¡Basta ya! No conviene perder la cabeza. Hay que mantenerse sereno. Un perro vivo vale más que... Haré acopio de provisiones la víspera y pasaré el domingo en casa. Me echaré en la cama y me pondré a leer cualquier cosa de Anatole France. Me agrada mucho Anatole France: La isla de los pingüinos, La rebelión de las estrellas... Quizá también Anatole France en zapatillas. Cuando tenía la oportunidad de pasar la noche en casa de Soia, ésta me hacía poner las zapatillas y el pijama de Pavlik. Era algo que la llenaba de gozo. Antes no alcanzaba a comprender el motivo. Ahora sí, lo entiendo. Ella imaginaba haber enviudado y contraído matrimonio conmigo poco después. Siento curiosidad por saber cómo se las compondría para matar a Pavlik. Por lo que a mí toca, pienso quedarme en mi cuarto el domingo entero. Creo que mis convecinos harán otro tanto. De acuerdo. Aunque tal vez los presuntos asesinos intenten forzar el acceso al apartamento. Será preciso reforzar la puerta. Sustraeré un barrote de hierro en el taller de al lado y la atrancaré. Y, si a pesar de mis precauciones consiguen franquear la entrada, los apalearé como a perros. Un perro vivo vale más que un perro muerto. No hace mucho, tuve la ocasión de visitar una exposición canina. Los lebreles me gustaron muchísimo... Sus cabezas, finas y largas como pistolas de asalto, me llamaron la atención. ¿Sería yo capaz de batirme en duelo? La bala de Puchkin dio en el botón del sobretodo de Anthés. Si el próximo domingo se me ocurre salir a la calle, me pondré la pitillera en el bolsillo interior de la chaqueta, en el lado izquierdo, junto al corazón. El corazón está a la izquierda, es el título de una novela de Leonardo Frank, por cierto que es bastante aburrida. Bruno Frank, en cambio, es muy distinto. Ha escrito un libro sobre Cervantes. ¿Cómo se comportaría don Quijote en el cercano 10 de agosto? Lo imagino montado en su Rocinante, recorriendo Moscú de uno a otro extremo, en defensa de los cuitados. Le veo llegando a la Plaza Roja, tocado con el yelmo, dispuesto a romper una lanza en favor de la dama de sus pensamientos: Rusia. No obstante, en 1960, el pobre caballero buscaría en balde por las calles de Moscú a un fiel servidor y amigo, al leal ucraniano que antaño entonaba un himno a la memoria de Granada 8 . Pero ya han sido borradas las pisadas de los nobles corceles de guerra. Hace tiempo que el empedrado ha sido sustituido por el asfalto y que han sido cegados los agujeros que había en el suelo para albergar las astas de los gloriosos estandartes de los regimientos. El pobre soñador de La Mancha no encontraría ya a nadie... a nadie. De eso estoy seguro. ¿Quién iría ahora en pos de Don Quijote? ¿Chuprov? ¿Valodia? ¿Igor? No. Si acaso se deciden a pelear, será tan sólo para defender su propia piel. Espera... Alguien dijo no hace mucho: "Debemos tomar por nuestra cuenta las decisiones." ¡Pero si fui yo quien lo hizo! Y después de eso, ¿puedo permitirme el lujo de juzgar al prójimo? ¿Por qué han de valer ellos menos que yo? ¿Por qué he de ser yo mejor que ellos? Salté de la cama y miré con repugnancia la almohada que conservaba la huella de mi cabeza. ¿Había sido yo mismo quien estuvo reposando ahí? ¿Era yo quien acaparaba vituallas y me aprestaba a la defensa a ultranza? ¿Fui yo quien tembló como el más bajo de los cobardes, por miedo a perder mi precioso pellejo? ¿Fui yo quien por poco se ensucia los calzoncillos de puro pánico? ¿Qué vales tú, muchacho, después de todo, con tu soberbio desdén y tus enfáticos reproches y tú repugnante egolatría? ¡Poncio Pilato vende su alma a diario! ¡Eso es lo que eres! En verdad que nadie puede responder más que de sí mismo. Sin embargo no puede responder de la criatura que pretenden hacer de él. Yo me responsabilizo de mi propia persona, pero no de ese extraño elemento egoísta, delator, reaccionario, de ese parásito en ciernes.

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Se alude a una canción muy popular en la URSS durante la guerra civil española.

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Muy bien. ¿Y qué es lo que debo hacer? Pasado mañana descenderé a la calle y vocearé: "¡Ciudadanos! ¡No os matéis! ¡Amaos los unos a los otros!" ¿Y bien? ¿Cuál será el resultado? ¿A quién ayudaré con ello? ¿A quién salvaré? No lo sé... ya no sé nada... Es posible que llegue la oportunidad en que tenga que salvarme a mí mismo, en el supuesto de que no sea demasiado tarde. *** El día 10 de agosto me levanté a las ocho de la mañana. Me rasuré, tomé el desayuno y me puse a leer. Durante todo ese tiempo, no conseguí librarme de la persistente idea de que debía descender a la calle. Había varias cosas que me inducían a ello: los altavoces que difundían música marcial, los gatos que paseaban majestuosamente por el centro de la calzada, muy satisfechos de ver tan poca gente, pero, de un modo especial, el hecho de que mis coinquilinos no utilizasen la cocina ni los servicios higiénicos, resolviendo sus necesidades vitales entre las cuatro paredes de su cuarto. Al filo de las once, procedí a vestirme, metí la pitillera en el bolsillo interior izquierdo de la chaqueta, tal como había decidido, y tomé el camino de la escalera. Descendí los escalones sin prisa y en silencio. En el rellano inmediato me topé con mi vecina del tercero, cosa que constituyó una gran sorpresa para ambos. ¡Ocurrió todo tan de improviso y con tanta rapidez! Ella lanzó un grito e hizo un regate. Las botellas que llevaba en el cesto de la compra rodaron con estrépito por los escalones, quebrándose en mil pedazos, con gran ruido. Los tarros de kéfir, rotos también, rezumaban su contenido a través de las mallas del cesto, inundando el rellano. La mujer dejó caer el cesto y tomó asiento en un escalón, gimiendo lastimeramente. Me precipité en su ayuda, mas ella renovó sus gritos e intentó apartar vivamente mis manos con las suyas, que se agitaban en un temblor convulsivo. —¡Tolia, Tolia! — suplicó —. ¡Ya sabe que yo... que yo le llevé en brazos cuando niño...! ¡Y su madre, Tolia! Tenía los ojos muy abiertos y me miraba como petrificada. —¡Pero Ana Filipovna! ¿Por qué pensar en eso ahora? ¡Cuidado con esos vidrios rotos! ¡Puede lastimarse...! —¡Tolia! — pudo balbucir al fin —. ¡Creí que... creí que...! ¡He salido a comprar algo, sobre todo kéfir para Anushka, mi pequeña...! ¡Oh, Tolia! Sina, que fue mi compañera de escuela, bajó la escalera a toda prisa, sin haber acertado todavía a abrocharse la bata. —¡Mamá! ¿Qué es lo que te han hecho? ¿Qué ha ocurrido? —No es nada, Sinotchka. Me he caído, eso es todo... —¡Ya te lo dije...! — suspiraba Sina. La interrumpí. —Llévate a tu madre, Sina. Yo iré a buscar el kéfir. Saqué del cesto los panecillos embebidos en el den-amado líquido y se los tendí a Sina. —¡Aguarda, Tolia! El dinero... Cuando el embrollo del kéfir se hubo resuelto y me hallé por fin en plena calle, la temperatura se había hecho sofocante. Flotaba esa calma pesada que presagia la tormenta. Me despojé de la chaqueta y la coloqué bajo el brazo, sin pensar en la pitillera que debiera haber sido mi salvación. Me sentía apenado por el recuerdo del rostro asustado de mi vecina; me había turbado. En mis oídos resonaba aún la súplica de sus labios: "¡Tolia! ¡Tolia! ¡Tolia!" Transitaba yo por la avenida Nikitski, tan concurrida, alegre y multicolor como de ordinario, semejante a un brioso corcel que ora iluminado por el sol ora bañado por la misma luz aunque tamizada por el follaje, trotara erguido y altanero. Se notaba, empero, la ausencia de los niños.

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Habla Moscú – Nicolás Arjak

Multitud de adolescentes descansaban en los bancos, con las mangas de las camisas arremangadas. De vez en cuando, escupían hacia el césped que crecía a sus espaldas. En medio de la amplia acera, alzado el mentón en actitud arrogante, un hombre de edad madura caminaba lentamente, acompañado por un enorme dogo que llevaba sin bozal. En la plaza Arbastki, vi que mucha gente corría en dirección al antiguo ferrocarril metropolitano. Enfrente se alzaba un cine, lo cual me impedía determinar el sitio adonde se dirigían. Atravesé corriendo el arroyo y me abrí paso entre el gentío. Había un hombre tendido en el suelo, con la cabeza apoyada en la pared. Su postura era idéntica a la que figuraba en el cartel pintado por Chuprov: brazos en cruz, una pierna algo separada de la otra y la rodilla doblada. Una mancha roja se agrandaba sobre su blanca camisa, de fabricación vietnamita. Yo también poseo una, que mi hermana me regaló la pasada primavera. El hombre yacía inmóvil. La luz del sol arrancaba destellos a la punta de sus zapatos de moda. No me percaté en seguida de que estaba muerto mas, al darme cuenta, un escalofrío me recorrió la espalda. No me preocupaba ni el asesinato ni la persona del muerto, sino la materialización casi natural de las predicciones de Chuprov. ¿Por qué el cadáver había quedado en la misma postura que había imaginado el artista? La cabeza, exageradamente reclinada hacia atrás, rozaba la pared, sobre la cual un cartel con un brioso bailarín en blanco y negro anunciaba una semana de arte y literatura. Al lado, se veía una nota del Museo Politécnico semi-arrancada, donde aún podía leerse: El aspirante a doctor en Ciencias Económicas, G. H. Horufeld, pronunciará una conferencia que tratará de la planificación y organización del trabajo en las fábricas... El resto había desaparecido. A mi alrededor, varias personas conversaban en voz baja. —Es un hombre joven. —¿Vive todavía? —¡De ningún modo! Está muerto. Lo he comprobado poniéndole junto a los labios el espejito que siempre llevo en el bolso. —¿Quién le ha matado? —Un tipo grandote, curtido — explicó una florista —. Se acercó a él y le disparó. Le gritó algo al difunto, éste se volvió y entonces el otro hizo fuego. —¿Quién dice que se volvió? —¡Caramba, señor! ¡El difunto, naturalmente! —¿No había cerca ningún guardia? Parece que lo hagan adrede... —La policía nunca está cerca cuando se tiene necesidad de ella. —Calma, amiguito. La policía no tiene nada que ver en este asunto. —Pero, ¿cómo? ¡Acaban de asesinar a un hombre! -¿Y qué? —¡Que el diablo te lleve, imbécil! Te digo que acaban de matar a un hombre. —No te pongas así, amiguito. No sabemos cuál es el más imbécil de los dos. ¿Es que no lees los periódicos? ¡Hoy está permitido asesinar! —No grites de ese modo, jovencito. Hay un cadáver junto a ti. Los periódicos son los periódicos, pero es preciso tener un poco de conciencia. —Se está colando, mi muy respetado señor. ¿Quiere usted decir que la conciencia y el Decreto oficial no son la misma cosa, verdad? Yo que usted no haría ese tipo de propaganda.

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—Y yo que tú, palomo, si estuviera en tu pellejo, me largaría de aquí antes de que mi bastón pudiera arrearte en mitad de tus costillas. —No hay cuidado, viejo. —Al menos, será conveniente matar a los soplones. —¿Es posible? Entonces, el primer gamberro que llegue, ¿puede asesinar a un hombre y no le ocurre lo más mínimo? —Es conveniente leer la prensa, amiguita. Ya se ha dicho: "El crimen está autorizado". No te preocupes. Todos aquellos que convenga liquidar... serán liquidados. Eso es todo. —¿A quién hay que matar? —Ya lo saben bien en las alturas. Seguro que no hubiesen publicado un Decreto de esta índole de no tener buenas razones para ello. —¡Con tal de que nadie se atreva a despojarle de las prendas! Sus zapatos... —Está prohibido el saqueo. Esto es un asunto de Estado... Me aparté de la multitud y me encaminé en otra dirección. Al cabo de un largo rato, durante el cual recorrí buena parte de la ciudad, me encontré sin saber cómo en la Plaza Roja. Me dirigí en derechura al mausoleo. El amplio rectángulo de la plaza se extendía ante mí. Sus tejados y cúpulas rebosaban de una humilde piedad, tan concentrada que casi parecía tangible. Las desnudas líneas de las tribunas, el cubo de tres plantas que formaba el mausoleo, el múrete que rompía en ángulos rectos, las candorosas almenas... Un conjunto que aprendí a conocer y a amar desde mi más tierna infancia, desde mis primeros balbuceos. Allí estaba aún, tan perenne como el enunciado de un teorema. La visión de ese cuadro golpeó rudamente en mi cerebro, en mi alma, en mi corazón. Los datos... Una idea... Es necesario demostrarla, presentarla en forma concreta. Por eso los geómetras, insensibles gracias a su ardor y celo, siguen proyectando. Y dibujan y dibujan... y no cesan de cubrir con sus proyectos el mar de espaldas que tienen ante sí. Y siguen dibujando sin ver nada. No quieren darse cuenta de que el papel está roto, de que su lápiz se ha trocado en estilete y de que éste trabaja sobre la piel y cincela en carne viva. ¡Deteneos! ¡No podéis seguir a ese precio! ¡Son seres humanos! ¿No os dais cuenta? Eso no era lo que él quería, él, el primero que fue a reposar entre los muros marmóreos. De súbito alguien me zancadilleó. Caí de bruces en tierra y, antes de que tuviera tiempo de incorporarme, un hombre se abalanzó sobre mí con toda su corpulencia. Sus manos atenazaron mi garganta. Hice un movimiento violento y pude zafarme de sus garras. Rodamos por el suelo, tratando ambos de quebrar nuestras respectivas cabezas contra el duro pavimento, buscando en vano un punto de apoyo en el asfalto, humedecido por el reciente riego. Con la velocidad del relámpago, vi desfilar ante mis ojos el cielo azul, las abigarradas cúpulas de San Basilio, el mármol rojo del mausoleo y las figuras de los dos centinelas armados que custodiaban inmóviles a los muertos. Así enzarzados, rodamos hasta los mismos pies de los guardianes. Fue entonces cuando, haciendo acopio de todas mis energías, logré asestar un tremendo rodillazo en el bajo vientre de mi adversario. Sus brazos perdieron vigor. Me levanté con presteza y, en mi aturdimiento, di un pisotón a uno de los centinelas. Mi agresor se puso asimismo en pie. Sin perder tiempo, le golpeé en la mandíbula una vez, dos, tres. Cayó de pronto y se arrastró durante un trecho. Intentó incorporarse, pero sus brazos no le obedecieron y cayó de nuevo, si bien esta vez con la espalda apoyada en el mausoleo. Dejó escapar un hilo de roja saliva y murmuró entre dientes: —¡Estoy listo! ¡Vete!

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Recogí la chaqueta, que había ido a parar al pie del muro, y, tratando de respirar con normalidad, le espeté: —¡Cerdo! —Es orden de la Patria... — me contestó. Al marcharme, eché una ojeada a los dos centinelas. Parecían tan impasibles como siempre, pero uno de ellos contemplaba la mancha que había impreso mi pie sobre su bien lustrada bota... Poco después, me hallaba nuevamente en mi casa. *** Nuestro grupo de íntimos, sin faltar uno solo, celebró el aniversario de Octubre. Tras una discusión harto prolongada, decidióse efectuar la reunión en el hogar de los Pavlik. Disponían de un apartamento independiente de dos piezas, un magnetófono con grabaciones de Vertinski y Lechtchencko y gran cantidad de cristalería. En resumen, las mujeres habían indicado que les parecía el lugar más idóneo. Nada más comunicarme el sitio elegido, decidí no asistir. Mas luego... luego me dije: "En el fondo, ¿por qué he de enojarme? Allí estarán todos mis amigos, la comida es magnífica y, si conozco ciertas intimidades de Soia... bueno, digamos que no sé nada de ella." A decir verdad, no estaba demasiado seguro de cuál sería la opinión de Soia, ni de si ella sentía o no deseos de volver a verme. Con tal motivo manifesté a Lila que ignoraba aún si estaría dispuesto a salir aquella tarde, pues tenía un humor de perros, y que lo mejor sería que Soia me telefonease la víspera. Entonces le daría mi respuesta definitiva. De este modo yo podría decidir fácilmente, según el resultado de la llamada. Naturalmente, Soia me llamó por teléfono. Me dio los buenos días como si nada hubiese ocurrido entre nosotros. Me preguntó por mi estado de salud, qué tal estaba de ánimos y si quería asistir a la fiesta del día siguiente. Ella lo decía todo, yo sólo respondía. Pude percibir su agitada respiración a través del hilo. —Te lo ruego, Tolia. Es absolutamente necesario que vengas. Confío en que lo harás. Si no, vas a estropearme la fiesta. —Escucha, Soia. Si voy, lo haré en compañía. —¿De quién? —No la conoces — respondí. Soia enmudeció unos momentos. Al fin, contestó: —Puedes venir con quien quieras, naturalmente. Ya sabes que acogeremos a cualquiera de tus amigos con mucho gusto. Y eso fue todo. Le había dicho: "No la conoces". Era cierto. Ni siquiera yo mismo sabía a quién me refería. Pasé mentalmente revista a todas mis colegas, a las solteras, como es lógico. Tenía muchas amigas, mas por desgracia, todas ellas verían en la invitación otro género de propuesta. Por otra parte, no sentía el menor deseo de buscarme una nueva amiga. ¿Sería acaso más conveniente acudir solo a la fiesta? Pero el demonio de la venganza me atosigaba: era preciso demostrarle a Soia que le tenía tanto apego como a mi primera camisa. Y entonces decidí telefonear a Svetlana. La muchacha trabajaba en nuestra revista en calidad de ilustradora. Tenía veintitrés años. Era una joven atractiva. Me constaba que yo no le resultaba del todo indiferente y que era lo bastante modesta como para no imaginarse Dios sabe qué. La invitación la complació sobremanera, pero adoptó un aire dubitativo y murmuró que no conocía a ninguna de las personas que yo le había nombrado como partícipes en la fiesta. En el fondo, no sabía si debía o no aceptar...

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—No importa, Svetlana — repliqué —. Son gente muy amable y simpática. De todos modos, no creo que pueda molestarle que beban una copa de más y, por lo tanto, se pongan a cantar ciertas canciones subidas de tono e incluso lancen algún que otro taco... ¡Basta de discusión, ea! Mañana, a las nueve, la espero en la esquina de Stoletchnikov, junto a la librería. Al efectuar nuestra entrada, hacía ya mucho tiempo que todos estaban sentados a la mesa. El contenido de las botellas había menguado en una tercera parte, los hombres se habían quitado ya las chaquetas y alguno de ellos ensayaba una tonadilla. No obstante, la mesa conservaba aún la magnífica apariencia del comienzo. Todavía no se había llegado al momento en que dejan las colillas en los platos y muchos se equivocan de vaso. Todos conversaban animadamente, sin apartar la mirada de Svetlana. —Os presento a Svetlana — dije —, y os ruego que procuréis que se sienta como en su propia casa. Y ahora, vengan esas botellas y dadnos también algo de comer. —Mi querida Svetlana — invitó Lila con su voz cantarína —. Ven con nosotros. Estos hombres parecen haber perdido la cabeza. No hacen más que comer y beber, sin ocuparse de nosotras. Pero ya sabremos pasarnos sin ellos, ¿no es cierto? —¡Oh, no! No podéis estar sin nosotros — rió Pavlik de buen grado —. Nosotros... —¡Que se justifiquen esos rezagados! — gritó Valodia alegremente. —Venga su vaso, Svetlana — pidió Igor, sirviéndole vino —. ¿O prefiere coñac? No me atrevo a ofrecerle vodka. —No, no, gracias — musitó Svetlana con forzada sonrisa. —¿Qué es de su vida, Tolia? No se deja ver demasiado. Mi pequeño Misha no cesa de preguntar: "¿Dónde está tío Tolia? ¿Cuándo vendrá?" Y Emma, la mujer de Valodia, apoyaba su amplio seno en el borde de la mesa y hacía un gracioso mohín con los labios. Sus grandes ojos parecían dos enormes naranjas. Como de costumbre, vestía ropas polícromas de pésimo gusto. —Bueno, ¿qué hay? — me dijo Soia, ofreciéndome un vaso de vodka. —¿Qué hay? — repetí yo. —¡A tu salud, rezagado! Pavlik, situado en el otro extremo de la mesa, se volcó materialmente sobre la misma, en su afán de brindar conmigo. —Empezaba a preguntarme si vendría. Porque Soia y yo... —Pavlik, que se te cae el vodka... —Perdón, cariño... Yo y Soia... —Pavlik, alcánzame la ensalada, ¿quieres? —Yo y Soia... ¡Bueno, que no hay manera de hablar! —Quería pedirte, simplemente, que me dieras algo de beber a mí también. La conversación amena y plácida fue subiendo de tono hasta dar paso a una endemoniada barahunda. Igor galanteaba descaradamente a Svetlana. Lila abandonó bruscamente su asiento para rodear con sus brazos el cuello de un joven larguirucho a quien se conocía por "Yuri, el geólogo", mientras que Valodia recitaba en voz alta los versos de un poeta de moda, por cierto muy mediocres y cuyo ritmo era tan poco armónico como los cordones sueltos de un par de zapatos. Una buena señora de nariz aguileña atacaba a Valodia, gritándole que su vate era trivial y que merecía un gran cero en talento.

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—¡Trivial! — chilló Valodia —. ¿Acaso no cuenta el valor cívico? ¡De no tener talento no sería tan criticado por la Komsomolskaia Pravdal Reinaba la mayor alegría en la reunión. Pavlik disponía el magnetófono. Emma ingería su ensalada y Yuri, el geólogo, no se cansaba de repetir: "Allá carecíamos de salsa mayonesa." En cuanto a mí, me bebí tres vasitos a pequeños sorbos. De repente, monté en cólera, sin razón aparente. —¡Prestadme atención, queridos amigos! — vociferé, intentando que mis palabras dominasen la algarabía —. ¡He de deciros que os quiero muchísimo a todos, que os aprecio terriblemente! —¡Oh, Tolia! —¡Tooolia! —¡Mi precioso Tolia! —Es absolutamente estúpido — proseguí — que nos veamos con tan poca frecuencia. ¿Cuándo nos hemos reunido por última vez? —¡Ya me acuerdo! — exclamó Lila —. La última vez que nos congregamos fue en el campo, en casa de Igor. ¡En la misma fecha en que se proclamó el "Día del Homicidio Público"! Súbitamente, todos los presentes guardaron silencio. Hasta el magnetófono se detuvo con un sordo gemido. Sólo Emma siguió con su charla: —...y en la escuela se organizaron comidas calientes... Se interrumpió de súbito, al percatarse del silencio colectivo. No se reemprendió la conversación. La quietud comenzaba a tornarse embarazosa. —Es verdad — dijo por fin Igor —. Hace ya tanto tiempo y han pasado tantas cosas después... El 10 de agosto... —Yo y Soia — intervino Pavlik —, yo y Soia nos quedamos tranquilamente en casa... Con nuestro televisor y el magnetófono.., Al día siguiente, en la oficina, todos me preguntaban... No hizo falta mucho más para que, de pronto, se les desatara la lengua a todos los concurrentes. —...a lo que yo contesté: "¡Ya se verá si no eres tú el primero a quien retuerza el pescuezo! ¡Carroña!" Bueno, ya me conoces. ¡Soy perfectamente capaz de haberle hecho ver las estrellas! —En Odesa, el populacho se apoderó del jefe de policía. Naturalmente, iba de uniforme. ¿Sabéis lo que hicieron con él? Lo disfrazaron con viejos oropeles y lo dejaron marchar. ¿Comprendéis? Lo pusieron en libertad. Luego lo atraparon de nuevo... y llevaron a cabo su hazaña. Hasta hubo un proceso. —¿Es cierto eso? —A los autores los condenaron por pillaje. —Y ahora veréis lo que pasó en Pieriedielkine 9 . Kotchetov contrató a unos tipos mal encarados, que reclutó en los suburbios de Moscú, y los convirtió en sus guardianes. Naturalmente, les dio de comer y de beber como se debe. Por su parte, algunos escritores contrataron los servicios de otros granujas para que les desembarazasen de Kotchetov. —¿Y qué ocurrió? —Se produjo una verdadera batalla campal. ¡Los bandidos peleaban entre sí! —Bien. Pero, en resumidas cuentas, ¿quién de ustedes sabe si verdaderamente ha habido muchas víctimas?
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Localidad en la que los escritores protegidos tienen su sede.

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—En la República Federal Socialista Soviética Rusa, no muchas. Algo así como ochocientas o novecientas personas... Pongamos mil. Me lo dijo un amigo que trabaja en la Oficina Central de Estadística. —¿Tan pocos? ¿Será posible? —Pues sí, eso parece. La radio ha publicado cifras idénticas... Las emisoras extranjeras, naturalmente. —En cambio, en las restantes repúblicas del país, ¡qué hecatombe! Los unos se precipitaron sobre los otros: los georgianos sobre los armenios, éstos contra los azerbaidianos... —¿Armenios contra azerbaidianos...? —Sí, en la región del Alto Karabaj, que pertenece a territorio armenio. —¿Y qué ocurrió en el Asia Central? ¿Se ha combatido también? —No. No ha habido luchas intestinas en Asia. Se han limitado a liquidar a los rusos exclusivamente. —¿Han leído ustedes la declaración del Comité Central? —¡Sí! —¡No, no la hemos leído! Pero cuenten, cuenten... —Comencemos por Ucrania. Allí se interpretó el Decreto como si hubiera sido publicado contra los directivos. Así que pusieron manos a la obra. Equipos de jóvenes, compuestos por militantes, confeccionaron listas de las personas designadas... Ahora bien, en tales casos siempre se producen indiscreciones, máxime conociéndose la existencia de dichas relaciones... Y los piquetes especiales nombrados al efecto dieron golpes en el vacío: todos los que figuraban en las listas habían desaparecido. De modo que fracasaron en su cometido. Allá arriba, en el Comité Central, les han reprochado el haber tergiversado el espíritu del "Día". Como resultado, catorce jefes locales y dos provinciales han sido destituidos. —¿De veras? —Totalmente auténtico. En los Países Bálticos no se ha matado a nadie. —¿Que no han matado a nadie? ¿Es posible? —Como lo oyes. —¡Pero eso es una demostración patente! —¡Y qué demostración! Han hecho caso omiso del Decreto. El Comité Central ha señalado que, en los Países Bálticos, el nivel medio de educación política de masas es extremadamente bajo. También allí han quitado de en medio a alguno de los dirigentes. —...corría por una calleja, dando voces y disparando ráfagas de metralleta hacia las ventanas. Le preguntaron dónde había encontrado el arma. Al parecer, el sujeto seguía un curso de resistencia de materiales en el Instituto Tecnológico de Aviación... —En cuanto a nosotros, cerramos la puerta, corrimos las cortinas y nos pusimos a jugar al ajedrez... —Yo le decía a mi esposo: "¡No salgas! ¡Piensa en los niños!" Pero él insistía: "¡Quiero salir!" Y rechinaba los dientes de furia... Hasta lloraba... Nos costó mucho esfuerzo convencerle... —...supongo que ya habéis leído en los Izvestia el artículo de... ¿cómo se llama?... Helena Kononienko. Trata del valor pedagógico del "Día" para la juventud. Incluso llega a relacionarlo con la difusión de las enseñanzas técnicas y con las tierras yermas... —En el Krokodil hay un chiste ilustrado que representa...

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—Yo y Soia sólo lamentábamos que ninguno de vosotros hubiera estado allí. Nos hubiéramos divertido tanto... Esto era ya definitivo. Nadie había hablado así hasta entonces, pero ahora, ese espíritu estaba presente en sus charlas, en sus risas nerviosas, en sus respuestas ampulosas y en las continuas alusiones al Gobierno. Desde el "Día del Homicidio Público" era la primera vez que oía a la gente comentar aquellos acontecimientos. Hasta el momento, cada vez que había abordado la cuestión, mis interlocutores me habían contemplado con un aire extraño y se habían apresurado a cambiar de tema. A veces me asaltaba una idea en extremo peregrina. ¿Habría yo soñado todo aquello? ¡Pero ahora todo había terminado! ¡Estábamos celebrando el 43 aniversario de la Gran Revolución Socialista de Octubre! Solamente cuatro de nosotros guardábamos silencio: Svetlana, Soia, Valodia y yo. La habitual marea de palabras, comadreos y noticias se elevaba sobre nuestras cabezas como un torbellino rasgado por brillante arco iris, salpicando de espuma los muros sin enlucir. —Por aquí todo ha estado muy tranquilo. Allá, en la taiga, ha sido muy diferente... Hoy te toca a ti, y mañana, tal vez, me toque a mí. —Nuestro vecino se suicidó al amanecer... Era un viejo menudo y reposado, que trabajaba de camarero en el restaurante "Praga". —Yo no pegué ojo en toda la noche. Tuve la impresión de que alguien quería forzar la entrada ... Me acordaba de la noche del 10 de agosto. Había salido de casa y caminaba por la calle Sadova. Las máquinas de la limpieza comenzaban su tarea, recorriendo la calle en toda su dimensión, haciendo funcionar sus escobas mecánicas y humedeciendo la calzada y las aceras. Esperé que Svetlana se volviera para mirarme y subrepticiamente le indiqué la puerta con la mirada. Salió de la estancia y yo la seguí pocos minutos después. La cocina era acogedora y tranquila. —¿Y bien, Svetlana? ¿Está satisfecha de la velada? —Hay algo que no acabo de comprender muy bien, Tolia. Todos se han mostrado muy amables, pero, después..., cuando se ha mencionado esa cuestión... ¿De qué se muestran tan satisfechos? —Se alegran de haber salido con vida. —Pero la verdad es que todos se escondieron. Estaban... — Svetlana vaciló, buscando la expresión exacta — ...atemorizados... —¿Atemorizados? — repetí, apoyando las manos en sus hombros —. ¡Svetlana! ¿Entiende usted todo esto? No. La muchacha no podía haberse dado cuenta cabal de lo que había acontecido. No era posible que comprendiese una palabra de ello y, no obstante, había dado la respuesta exacta a la pregunta que se habían formulado millones de personas confusas y desorientadas. Esta jovencita no podía figurarse que se había puesto al nivel de los estadistas, a la misma altura de los caudillos que rigen los destinos de las naciones, que se había situado en la misma cúspide donde se percibe de cerca el crujir de los documentos confidenciales, donde se multiplican los gabinetes sabiamente sumidos en una luz mortecina, bajo la cual deambulan los funcionarios deferentes y obsequiosos y donde se pronuncia el nombre del Estado con sagrada devoción. Parecía como si la muchacha hubiese enunciado aquella palabra únicamente para mí, pero, en realidad, iba dirigida a esas enormes edificaciones públicas, a las toneladas de periódicos que a diario se abaten sobre el país, al fragor de las reuniones masivas, al estrépito de las orugas de los carros de combate y a los tubos abocardados de las piezas de artillería que se preparan para desfilar con motivo de las grandes solemnidades. Estreché a la muchacha entre mis brazos y le hablé así:

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—Dejemos eso a un lado, Svetlana. Ardo en deseos de estar contigo en la intimidad. Hace mucho tiempo que quiero hacerlo... Y nos fuimos. Después acompañé a Svetlana hasta su morada y regresé a mis lares. Vagué durante un buen rato por calles y callejas que me sé de memoria y en las que podía orientarme con los ojos cerrados. Las pantallas de crinolina de las lámparas de pie dejaban filtrar una luz rosada a través de las cortinas de muselina. En los portales, las parejas se deseaban las buenas noches, separándose a regañadientes. La estatua de Timiriazev presentaba un aspecto meditabundo, como quien, sentado ante su mesa de trabajo, se apoya la sién sobre la mano. A lo lejos se oía una radio, el chirrido de unos frenos de automóvil y la risa de las gentes que, como yo, habían cenado fuera de sus domicilios. En sus hogares las personas lanzarían maldiciones, recitarían versos o susurrarían eternas promesas de amor. Habla Moscú. Camino por la espaciosa avenida, silenciosa y acogedora, me cercioro de que mi cuadernillo reposa en el bolsillo de costumbre y medito acerca de lo que he anotado en él. Y me digo que lo mismo podría haber hecho cualquier hombre de mi época y condición, que lo mismo podría haber escrito no importa qué persona amante de su país, de este país maldito y maravilloso. He juzgado a esta nación, a su pueblo y a mí mismo, siempre con mayor indulgencia y severidad de Ja necesaria. Sin embargo, ¿quién puede arrogarse el derecho de condenarme? En tanto que prosigo mi caminata me digo: "¿Es éste tu mundo, tu vida, y eres tú una célula, una partícula de ese conjunto?" No debes dejarte atemorizar. Acepta plenamente tus responsabilidades y, de ese modo, cumplirás con tu deber respecto a los demás. Me parece escuchar de continuo el consentimiento y la aprobación sorprendidas que me envían en silencio, como respuesta, las calles y las plazas, las alamedas, los árboles, los hogares adormilados, semejantes a bajeles de una flota gigantesca en ruta hacia lo desconocido. Habla Moscú.

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EXPIACIÓN
Yo os contemplo sin quererlo, Mas vuestra angustia salta a la vista Cuando habláis de vuestras bañeras De vuestras sirvientas o de Dios. ¡Oh, mis seres queridos! También yo, Lo mismo que vosotros, soy astuto. Y de pronto el miedo me domina Ante la imprevisible celada. ¡Entonces os venderé, amigos! Pues, ya en el anochecer, Me acordaré de pronto Del odio de la plebe hacia el artista. I LIA C HUR : "A mis camaradas intelectuales." Las canciones de presidiarios estaban a la orden del día. Poco a poco, lentamente, las estrofas surgidas en los confines oriental y septentrional del país se esparcían por la inmensidad de nuestra geografía, estallando de pronto en las cantinas de las estaciones de empalme de la red ferroviaria. Al igual que las patrullas de un ejército en marcha, algunas de ellas invadían primero las grandes urbes, acompañadas por el ritmo de los tranvías del extrarradio, hasta que, al fin, al amparo del artículo núm. 58 del Decreto amnistiador, llegaban hasta los más recónditos lugares. La intelligentsia no tardaba en aceptarlas. Y era cosa curiosa, en medio de una charla apacible sobre la Comedia Francesa, o de una discusión entre estudiantes de Filología relativa a las aliteraciones o asonancias de la literatura "maldita", se oían de improviso las coplas, en forma de imprecaciones melancólicas, de un presidiario sucumbiendo a la miseria. Las damas, con las mejillas arreboladas por el vodka bien helado, susurraban entonces con gran delectación: Mi comandante, mi buen comandante, Deja que entre en tu casa... Y si alguna de ellas sentía de pronto que una especie de escalofrío le recorría la espalda y se esforzaba en comprender un vocablo fuerte que hasta entonces no había figurado en su léxico, siempre había algún experto dispuesto a acudir en su ayuda y exclamar : —¡Vamos, alma cándida! ¡Eso es li-te-ra-tu-ra! De improviso todo aparecía perfectamente claro. Se creía oír el aullido demencial de los lobos, percibir el movimiento de las camisas en que se arracimaban los parásitos, las pústulas en carne viva producidas por las ropas acartonadas a causa del frío, las "raciones" que se abrían paso hasta las entrañas como una pelota de arcilla... Evidentemente, todo eso era literatura... No obstante, ciertas gentes bien vestidas, lavadas y saciadas, solían experimentar una secreta inquietud, un amago de supersticioso temor: "¡Dios mío! ¿Qué hago yo? ¿Por qué entono estas

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canciones? ¿Por qué he de atraer la desdicha? ¿No la divisas allá lejos, en ese lugar donde la vida transcurre a toque de campana, separada de los otros seres vivientes por una cortina de fría y pegajosa bruma, "a través de la tundra que recorre larga ruta", bajo las voces ásperas de los guardianes y los furiosos ladridos de los perros...? ¿Por qué esas palabras me parecen ingenuas y hasta provocan la sonrisa? Y lo que dicen no es chanza. Es la triste realidad. ¡Ah! ¡Adiós, Moscú! ¡Adiós a todo el mundo! Ellos tomarán las armas y sus bocas negras me apuntarán y acabarán con mi existencia... ¡Vaya! ¡Que el diablo se los lleve! No son más que simples ideas." En esos momentos, sacudo pensativo la cabeza (pues soy yo el que habla), tomo un trago y acaricio las rodillas de la esposa de otro, que tengo como vecina. Y la canción sigue y aumentan las sonrisas, mientras que los fantasmas amenazadores se deslizan fuera de la estancia, cruzando el vestíbulo para ganar la escalera. Aunque sólo para esperar en ella. *** En el bar del cine no expendían cerveza. El salón estaba ocupado y en él se celebraba un cursillo sobre materiales semiconductores. El encargado del cinematógrafo lo había decidido así por respeto a la ciencia. No había cerveza, pues. La encargada del bar, roja de ira (aquella decisión alteraba la ejecución del plan), me sirvió con desgana un emparedado guarnecido con una rodaja de salmón ahumado. En tanto que procedía a masticar trabajosamente, paseé la mirada por la sala. Pertenecía a un cine de tercera categoría, que las corrientes modernizantes habían respetado de momento. En las paredes, colgaban aún las efigies de los trabajadores de la élite. El conferenciante, un personaje de edad madura, murmuraba algo con voz monótona e indistinta ante un auditorio compuesto por una docena de asistentes, a los que, de vez en cuando, mostraba ciertos objetos que, vistos a distancia, me parecían hechos de material plástico. Después del trabajo, Irina tenía que asistir a una asamblea de su grupo profesional, motivada sin duda por la proximidad de las elecciones, de suerte que no podríamos vernos hasta las ocho. ¿Qué haría yo entretanto? La sesión daría comienzo dentro de media hora y se prolongaría por espacio de hora y media. Después, necesitaría por lo menos veinte minutos para trasladarme a pie hasta la estación de Kursk. De ese modo, podría matar el tiempo hasta la hora de la cita. A condición, claro está, de que no me topara con ningún conocido durante el trayecto. A decir verdad, esa posible tercera persona, si bien poco deseada, no sería del todo inútil. Su presencia me permitiría decir con aire inocente cosas que harían temblar los finos labios de Irina. En tales casos uno puede aventurarse en la cuerda floja de la conversación audaz, puesto que, a solas, tales finezas carecen de sentido. De una manera general, me era preciso reconocer que Irina se había vuelto bastante difícil últimamente. El acercamiento definitivo que habría marcado entre nosotros el comienzo de nuevas intimidades no se había producido aún y, en cuanto al resto, los motivos se habían agotado tiempo atrás: los recuerdos de la infancia, de la guerra, de la evacuación, las amistades comunes. Cuando ya no hay de qué hablar, lo mejor es hacerse el amor, pero, ¿dónde ocultarse para no ser vistos? En invierno, la temperatura resulta poco propicia, y, además, anochece tan de prisa que es necesario comportarse bien, quieras que no. Acomodado en mi asiento, dejé caer la mirada sobre la muchedumbre. Tuve que reconocer que la mayoría de las mujeres no tenían un andar demasiado grácil. ¿Sería tal vez porque trabajaban con exceso? Por el contrario, las aficionadas a la bohemia, sin excepción, caminaban con la ligereza de una barca deslizándose sobre las aguas y sólo se movían sus faldas al andar... Cual raudas nubes de un cielo tormentoso, suenan sus palabras, se repiten, se expanden, embaucan Mientras caminan, meciéndose cual barcas,...

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las zíngaras de altos y torcidos tacones. Es Mishka Lurié el que canta esto, acompañándose a la guitarra. ¡Qué bien lo hace! Lamento de veras no poder hacer otro tanto. ¿Y quién es el idiota que pretende inducirnos a creer que la guitarra es un instrumento de música burguesa? Contemplo con desgana los rostros que bullen a mi alrededor. Unos se distinguen por su colorido, otros por su tinte uniforme como el asfalto de la calle. De repente, mi atención se detuvo sobre la faz de un hombre. No porque ese hombre me mirase rectamente a los ojos. Fue algo distinto lo que provocó mi interés. Tal vez se debiese a su expresión tensa y doliente. Ignoro la causa, mas creí reconocer su semblante, de ojos pequeños, muy separados, rasgos sensibles y nerviosos, piel enfermiza y amarillenta. ¿Quién era ese hombre? Siempre me he vanagloriado de ser un excelente fisonomista, pero, por más que me esforzaba, me sentía incapaz de recordar a quién pertenecía aquella cara. Una cosa era cierta: se trataba de alguien a quien conocía de antiguo. Pues bien, iba a asegurarme sin demora. Me incorporé, sacudiendo de un revés las migas que se habían posado en mi chaqueta. Avancé hacia él con la sonrisa a flor de labios. De pronto, el desconocido ofreció el brazo a una dama que se hallaba sentada junto a él y ambos se encaminaron hacia el salón de fumadores. Al llegar a la puerta, volvió el rostro y me miró de nuevo con obstinación, como si quisiera impedir que me aproximase. Parecía decirme sin lugar a dudas: "Sí, no se trata de una coincidencia. Me retiro adrede para eludir tu aproximación y el tener que hablarte. Nos conocemos. Te he reconocido, pero no iré a tu encuentro. Es mejor así." El hombre giró la cabeza de nuevo, hizo pasar delante a su compañera y abandonó el salón. Permanecí en pie en medio de la sala, con la sonrisa dibujada en los labios. Me encogí de hombros y regresé a mi posición anterior. ¡Qué historia tan estúpida! Me sentía como a quien han tomado inquina, injusta y violentamente, sin causa lógica. Ese hombre se había portado como si yo fuese un enemigo. ¿Por qué? Yo no tengo enemigos. Jamás he dañado a nadie. Ni siquiera las mujeres a quienes he dejado han tenido nada que reprocharme, aunque muchas veces las agobiase la pena. Mientras que ese tipo... ¡Tanto peor! ¡El demonio lo lleve! Es posible que todo sea un sueño. Al salir del cine, vi nuevamente a la pareja. Descendía por la escalinata, en medio del gentío. La mujer — muy hermosa, por cierto — tenía un rostro de expresión altiva. Enmarcaba su cabeza una gruesa trenza, a despecho de la moda actual. Parecía expresar, sin el menor asomo de sonrisa: —La mediocridad de esa película raya en la perfección. Es una imbecilidad sin tacha, sin concesiones, de una estupidez tan arcaica que resulta una obra intachable dentro de su género. Verdaderamente, hacía mucho que el cine no me había complacido tanto... Su compañero murmuró algo ininteligible y se detuvo para encender un cigarrillo. El movimiento de las gentes me acercó a ellos y otra vez se cruzaron nuestras miradas. La mía era interrogadora y sorprendida al tropezar con la emitida por los ojos semicerrados del desconocido. ¿Era realmente un desconocido? ¡Ah! ¡Que se vaya al infierno! *** El ruido del pequeño ferrocarril metropolitano se perdió en lontananza. Caminábamos muy juntos, con las manos entrelazadas. Yo no veía más que su nariz, una parte de la mejilla y los labios entreabiertos, pero me imaginaba verla por entero, con sus esbeltas piernas, rápidas y graciosas como la jabalina que hiende el aire impulsada por el brazo del atleta. —Suéltame — suplicó ella —. No podemos andar de este modo. Hay mucha gente. —Me parece que sueñas — respondí —. No veo a nadie. —¿Cómo que no hay nadie? Y ese tipo tan recio, ¿es también un sueño? —¿Vamos a comprobarlo? ¡Perdón, ciudadano! ¿Es usted una ficción? —¿Cómo dice? — me espetó el gigante. —¡Vitia, has perdido la cabeza!

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—¡Disculpe, me equivoqué! Le había confundido con otro. Andenes, un vendedor ambulante de cerveza, una panadería. Una villa, una segunda villa, otra más, una peluquería, otra villa. Una a una desfilan ante nosotros. Siento bajo mis pies la arena compacta, mezclada con guijarros y escorias. ¡Con qué alada ligereza hollan el suelo nuestros pies, sosteniendo alegremente la carga de nuestros cuerpos! ¡Cuán próximas están nuestras mejillas! ¡Oh. poder de la ternura! ¡Qué bello espectáculo el de los pinos, acariciados por el sol! ¡Hermosa transparencia y sequedad la del aire que mece las frondas del bosque! ¡Oh, manos, llenas de tanta belleza! ¡Tú existes, Señor, pues tanta dicha no puede surgir de la nada! Sin una voluntad bondadosa e inteligente, esos brazos, esas rodillas, esos senos que enajenan, ¿habrían podido ver la luz del día? —No, por favor — murmuró Irina. *** Esta mañana, el mar parecía una sábana mal lavada y sin planchar. El bajel a motor arrumbó hacia Poniente, al encuentro del astro rey que aún no se había desperezado. El motor funcionaba a toda potencia y los pasajeros proferían gritos de espanto. Los niños batían palmas. Sin embargo, yo tenía la sensación de que todo transcurría en medio del silencio más impresionante. Lancé un grito con la esperanza de oír mi propia voz. Nadie volvió el rostro y ni siquiera el eco de mi alarido hirió mis tímpanos. Intenté penetrar en la mirada de mis compañeros de viaje, pero ninguno de ellos aparentaba percatarse de la ansiedad que se reflejaba en mis ojos, del mismo modo que tampoco habían captado el sonido de mi garganta. "¿Adonde iremos a parar — me dije — si no nos comprendemos? Hay que hacerse entender por medio del gesto, como los sordomudos." Me pasé los dedos por la nariz y el mentón. Cerré los ojos y moví los labios. Mas nadie parecía comprender que yo, simplemente, quería decirles: "¡Camaradas! ¿Por qué ninguno entiende nada?" Desesperado, tracé un gesto resignado con la diestra y me extasié en la contemplación del batir del oleaje, que chocaba dulcemente contra la popa de la embarcación. Ésta surcaba el líquido elemento a creciente velocidad. Los pasajeros conversaban con volubilidad, alzando el tono de la voz — lo adiviné por la expresión de los rostros —. De repente, las ondas dejaron de semejar luchadores para transformarse en púgiles. Un ribete de sol emergió del horizonte. "Vamos a hundirnos — pensé —. Iremos a parar al fondo si no nos comprendemos mutuamente." "¡Nos hundiremos", gritaba, en mi afán de superar mi propia sordera y la de mis compañeros. La membrana que taponaba mis oídos pareció estallar de súbito. Percibí mi grito y los otros lo oyeron también, aunque demasiado tarde: el púgil se había precipitado contra la nave, golpeándola de lleno en el plexo solar, partiéndola en dos. Luego le asestó un derechazo seguido de un tremendo gancho con la zurda, disgregándola en mil pedazos. Antes de desaparecer bajo la superficie, pude ver que la bola roja del sol se precipitaba sobre nosotros. ¡Qué inmensa dicha es despertar de una pesadilla cuando uno se cree muerto y perdido para siempre! Es como un lento retorno a la existencia, un distanciamiento de la neblina del vacío, que se aleja al volver la vida a nuestro cuerpo. Hace un instante apenas, sentía que iba dejando de existir, me creía invadido por la postrera y peor de las angustias, por el espanto del ser que no está preparado para afrontar la muerte. Me parecía estar muerto, y hete aquí que me he salvado. Sólo conservamos el recuerdo de los sueños agradables, rechazando los mortales tormentos de las crueles pesadillas y olvidando presto la advertencia... Encendí un pitillo y lancé una mirada a la esfera del reloj. ¡Vaya! ¡Eran ya las ocho de la noche! Durante el trabajo me había rondado el sueño, por lo que, al regresar a casa, me había acostado con la idea de descansar unos minutos, que se convirtieron en dos largas horas. Nada tenía de particular, pues el día anterior me había retirado al amanecer. Salté del diván y conecté la rasuradora eléctrica. Había adquirido el hábito de afeitarme al anochecer. Nadie sabe de antemano cómo se desenvolverán las cosas. Un día, por ejemplo, me tropecé con una pandilla de amigos, entre los que se hallaba una tal Tonia. La acompañé a su casa y, para resumir, me quedé un buen rato con ella. Me di cuenta de que iba sin afeitar y eso me produjo cierta desazón. Tonia me aseguró que, a decir verdad, experimentaba una atracción peculiar por los

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hombres barbados. De todas formas, seguí sintiéndome incómodo. Por otra parte, no todas las mujeres opinan como Tonia... Encontré a Mishka Lurié en la estación de metro Palacio de la Unión Soviética. Era la hora normal de los encuentros, cuando se veía normalmente a las parejas recorrer la valla que circundaba el solar. Uno no puede por menos de preguntarse por qué no se les ocurrirá levantar alguna edificación en él y si esas hoyas y montículos quedarán allí para siempre, como para recordar que en ese lugar estuvo emplazada la iglesia de Cristo Redentor, que fue volada con explosivos. ¿Cuántos años hace que existe esa valla, plagada de carteles? —Mishka, ¿cuándo destruyeron el templo? —¿Qué templo? Mishka acababa de referirme los últimos chismes del festival cinematográfico. Al parecer, en medio del desorden y de la confusión generales, Fellini había recibido el primer galardón con su película Ocho y media. Como si tocara a rebato, Mishka repetía: "¡Es una insensatez, un escándalo! ¡Nadie comprende una palabra!" Estaba visiblemente furioso a causa de mis frecuentes interrupciones. —Veamos. Fue en 1934 cuando la arrasaron. Escucha lo que ocurrió luego... Hacía veintinueve años que el templo había sido dinamitado. Y contrariamente a lo que reza el proverbio, el sagrado emplazamiento había permanecido desierto. Evidentemente, una iglesia es algo tan útil como la nieve caída el año anterior. Es simplemente un monumento. Nada más. Pero, con todo... Constituyó una grave ofensa a Dios y la explosión hirió gravemente a un hombre. Quedó sordo y hasta perdió el uso de la palabra... El pus fluye bajo los apositos y también brota de los ensayos sobre el humanismo. Cierto que los médicos afirman que "cuando el pus mana, es que la herida se halla en trance de sanar". Ya veremos. A fin de cuentas, ¿por qué me ocupo en tales cuestiones? No deseo tener más que los otros. Estoy en paz con todo el mundo. Cuento con una ocupación. No es que sea gran cosa, pero es decente y soportable. Tengo alojamiento, gozo de buena salud y dispongo de algún dinero... A decir verdad, mi situación no es muy brillante en cuanto al último extremo. Es bueno retorcerse en todos los sentidos, así no se cae en la tentación de vagar a fines de mes. Sobre todo, después de un par de años... —¡Alto! ¡Hemos llegado! Nos aproximamos a la nueva construcción. En su vecindad se alzaban unas casuchas informes, con sus columnas de madera, postigos labrados, cercadas de tapias recién pintadas. No faltaba el recio y menudo pilar de hierro fundido. —¡Mishka! ¿Qué hace ahí ese pilar? —¿Eso? En otros tiempos se ensogaban en ellos las monturas. No ignoraba nada ese bribón. ¿Quién podría saberlo, sino él? No en vano es un poco cronista. Acaricié el cálido metal y me fui en seguimiento de Mishka. Ya había visitado en otra ocasión el hogar de los Riazhantsev. Conocía bien a la dueña de la casa y a buena parte de los invitados. Por lo común, no se acudía a esa vivienda con el propósito exclusivo de beber y charlar. Casi siempre había un "héroe de la velada". A mí también me había correspondido el turno de representar ese papel, en ocasión de mi regreso de un viaje a Polonia. Se había convocado a mucha gente para "festejar mi vuelta". Hoy nos habíamos congregado para recibir a Brinski. Iba a hacernos conocer las primicias de unos versos suyos. Yo me pregunto qué valor pueden tener unas estrofas. El hecho de que no se publiquen nada significa. Pese a ello, es posible que su poesía ofrezca cierto interés. Sus versos no eran del todo malos. Brinski representaba muy bien su cometido, sin intentar forzar el cumplido y sin contemplar a la gente desde su pedestal. Gustosamente dejó de recitar cuando Mishka levantó su vaso por enésima vez y exclamó:

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—¡Vamos, camaradas! ¡Basta de poesías! ¿Y si cantásemos alguna cosilla? Tenía ya la guitarra entre las manos. —¡Mishka! ¡Las zíngaras! —¡Querido Mishka! ¡Maíriochka! —¡Mishka! ¡La botella arrojada al mar! —Voy a cantaros Las zíngaras — anunció al fin Mishka, afirmando las clavijas de su guitarra. Sin retorno ya, la antigua vida y las casas se esfuman. ¡Pobre corazón, querías escapar lo antes posible! Al paso de las zíngaras, de ondulantes caderas, marchando sobre sus tacones, altos y torcidos. Mishka tenía un aire tan concentrado al cantar que nos dio la sensación de que veía a las gitanas desfilar ante él por la estancia, caminando con su andar sinuoso sobre el suelo bien encerado, y que percibía el frufrú de sus amplias faldas de volantes almidonados al rozar con los libros alineados en las estanterías. ¿De dónde venís batiendo así las alas, pájaros sombríos? ¿De qué país os arrastra el viento? [ ¿Desde cuándo están aquí vuestros carromatos? ¿Cuándo habéis llegado a Moscú, que vuestros rostros [nos extrañan? Uno o dos de los concurrentes se mostraban dispuestos a unir su voz a la de Mishka, mas éste meneó la cabeza con gesto impaciente, como para significar: "¡No me estorbéis!" Las gitanas de polícromas faldas dicen: «¡Ven con nosotros hacia la libertad! Ven, si quieres ser nuestro hermano, mas es preciso olvidar por entero el pasado.» ¡Ah! ¡Olvidar el pasado! ¡No acordarse de todo cuanto fue o hubiera podido ser, unirse a su caravana, seguir en pos de esos hijos de la Naturaleza, que marchan al son de la música de Chaikovsky, recitan versos de Puschkin y las baladas de Letchenko! ¡Oh, dulce sueño! ¡Con qué júbilo no saldría a los caminos el intelectual ruso y sacudiría el polvo de sus botas de caña flexible! ¡Ah! ¡Stiocha, Grucha, Paracha! ¡No olvides que has de satisfacer el plazo de abono a las obras de Ehrenburg y que, dentro de tres días, debes pagar la mensualidad del refrigerador! Y otra vez tendrás que buscar a alguien que te preste algún dinero... ¡Adelante, Mishka, haz que suene tu guitarra, inflama nuestros corazones! Y respondo a las bohemias: «Quisiera de corazón tomar el camino de la libertad. Mas, ¡ay!, ¿cómo podría quebrar esas cadenas

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que me mantienen prisionero de por vida?» Mishka parecía gemir a la vez que los arpegios de su guitarra. El auditorio le sonreía, un tanto inseguro e incómodo. Cierto que sería muy agradable poder hacerlo, pero ¿de qué modo? ¿Con todos esos proforg, partorg, mostorg? 10 . ¡Ah, perra vida! Cual raudas nubes de un cielo tormentoso suenan sus palabras, se repiten, se expanden, embaucan Mientras ellas caminan, meciéndose cual barca... las zíngaras de altos y torcidos tacones. Mishka se detuvo limpiamente en este último acorde, como si de pronto se hubiera extinguido la llama de la vela. —¡Es maravilloso! — exclama Brinski —. ¿Son suyas la letra y la música? —Así es — replicó Mishka con un deje de descontento en la voz. Por un motivo ignorado, se sentía avergonzado de sus canciones, que no solía prodigar sino cuando tenía una copa de más en su cuerpo. —¡Queremos oír otra! — suplicaban las señoras —. ¡Mishka, por favor! ¡Cántanos Matriochkal La canción se refería a siete bellezas rusas, talladas en madera, que se podían colocar una dentro de la otra. Cada una de ellas era de distinto color y sonreía con encanto y seducción. "Ya ves, ya ves que no me comprendes — parecían decir —. Intenta ver lo que ocurre dentro de mi alma." Estoy aquí y allá, aquí y allá. Ámame, pues, abrázame. Pero quiere también a la que escondo. Mírame bien, acércate. Cuando Mishka se disponía a comenzar la segunda estrofa, sonó el timbre de la entrada. Acababan de llegar nuevos invitados. Eran tres y, en cuanto hicieron su aparición en la pieza, reconocí entre ellos a la pareja que había visto en el cine la noche anterior. —Pónganse cómodos, hagan el favor — dijo la anfitriona —. Les presento a mis amigos, Assia y Félix Chernov... ¡Félix Chernov! Reviví de pronto el tiempo pasado, junto al lago Saliguer: las tiendas a la orilla del río, el chapoteo de los remos sobre el espejo de las aguas, el bullicio tumultuoso y las tonadas soldadescas que coreábamos en la noche. En aquellos tiempos se cantaba de muy buena gana. Me acordaba también de Félix Chernov, el divertido estudiante de Zoología, de ojos diminutos, que causaba admiración entre las bobas estudiantes de primer curso con sus anécdotas sobre la poligamia en el reino animal. Su verbo era fluido. Tenía buenas dotes de comediante y era gran improvisador. En aquel entonces, yo le profesaba un gran afecto. También otros me habían sido simpáticos. Durante las dos semanas que pasamos a orillas del lago Saliguer, él había sido el héroe predilecto de todos. De regreso a Moscú, nos vimos en varias ocasiones, integrando el mismo grupo de amigos. Al poco tiempo fui destinado a otra localidad y hube de pasar muchos años fuera de la capital, olvidando los nombres de los camaradas de aquella época...

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Diversos funcionarios del Partido Comunista ruso. (N. del T )

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El tercer personaje que había llegado con los Cher- nov era el escritor Vladimir Siemionovitch Igolnikov, a quien yo conocía muy bien. No podía decirse que nos uniera gran amistad, pero era indudable que nos profesábamos mutua simpatía. Tenía yo en casa un volumen de sus obras, con una dedicatoria del autor. El trío se quedó inmóvil en el umbral de la estancia. Luego, Chernov inició un movimiento, como si quisiera estrechar la mano a cada uno de los presentes. Fue entonces cuando me vio. Esbozó un saludo que incluía a todos y tomó asiento en una silla que estaba vacante. Su mujer e Igolnikov le imitaron. —Creo que les hemos interrumpido — profirió Igolnikov —. Discúlpenos, Mishka, se lo ruego, y prosiga. —De todos modos, he perdido el hilo de la canción — respondió el interpelado, en tono poco gracioso —. Sugiero que nos detengamos un poco y bebamos algo en compañía de los recién llegados. Todos agotaron sus respectivos vasos. Igolnikov alzó tristemente la voz: —¡He aquí mi sino! Basta con que aparezca en cualquier parte, para que cesen las conversaciones de matiz intelectual y todo cuanto haga referencia al arte y a la ciencia se disperse como una bandada de cucarachas... —¡Qué suerte tiene, Valodia! — dije —. Es usted un hombre dichoso. Y todos parecen satisfechos. ¡Ah, las conversaciones intelectuales! ¡No son tan fáciles como parecen! —Vitia, usted es un artista, y los artistas no precisan poseer intelecto. Hasta diría que constituye un obstáculo para ellos. Pero yo soy ingeniero de almas y mi profesión me lleva a auscultar esas almas. Después, merced a la información acumulada, he de abrasar sus corazones con encendida palabra. Ahora bien, ¿cómo quiere que capte las almas cuando todo lo que oigo decir es: "¡Cuídese de usted, amigo!", "Guárdese eso para su coleto" o "Basta ya. Continuemos"? —¡Vladimir Siemionovitch! Es más fácil atraer a un alma que lleve varios vasos dentro de su envoltura mortal. —Eso es cierto. Pero es preciso conservar la sangre fría o, de lo contrario... No es necesario que insista. Creo que está bien claro. —Usted tiene demasiados amigos. —Sí. Todo Moscú. Sólo después de mi muerte se apreciará en toda su amplitud la irreparabilidad del desastre. La Gaceta Literaria anunciará la desaparición de un miembro de su "Litfond", V. S. Igolnikov, y ocurrirá lo mismo que en el entierro de un gran personaje político o un profesor famoso. Con tal motivo, los buenos conocidos se criticarán recíprocamente. ¡Lástima! ¡Pensar que ya no podré presenciarlo! —Exagera usted, Vladimir Siemionovitch. —¿Puedo saber por qué motivo me nombra usted tan ceremoniosamente por mi nombre de pila completo, Mishka? Me agrada ser conocido. Soy joven todavía. ¿Sabe? Cuando alguien se dirige a otro por el nombre de pila esto comporta ciertas obligaciones. Y en nuestros días resulta muy enojoso y arriesgado tener demasiadas. Tal vez no lo sepan a ciencia cierta, mas todos lo barruntan por instinto. Quizá por eso no se usa excesivamente semejante fórmula de cortesía. Vea usted, por ejemplo, las obras de Turgueniev, o de Dostoievski. Un quídam se llama Arcadi Maka- rovitch y a una jovencita de diecisiete abriles se la nombra nada menos que por Zenaida Borisovna o Pie- trovna, cuando sería mucho más sencillo llamarla Sinotchka. Todos los aquí presentes nos aproximamos a la cuarentena y, sin embargo, sólo a mí se me llama Vladimir Siemionovitch. Supongo que será a causa de mi voluminoso abdomen...

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Igolnikov siguió hablando durante un buen rato en el mismo tono. Pero todo en la vida ha de tener su fin y terminamos por levantarnos de la mesa, no sin pesar, y nos dispersamos en pequeños grupos por las otras piezas. Elegí un momento en que Chernov se hallaba solo y le abordé. —No estoy seguro de que se acuerde usted de mí, pero creo que nos hemos visto en alguna parte. Si la memoria no me es infiel... —¡Cómo hubiera podido olvidarle! — sonrió Chernov —. Nos vimos en 1951. Estuvimos juntos de agosto a octubre. —¿Cómo puede acordarse de la fecha, así de pronto? —No he tenido que esforzarme demasiado. Está grabada para siempre en mi mente. Fue en octubre de 1951 cuando me arrestaron... —¿Es posible? Lo ignoraba. —¿De veras? — replicó Félix —. Teníamos muchos amigos comunes y... —Sí, pero precisamente entonces fui destinado a Voronezh. Me nombraron profesor en la Escuela de Bellas Artes... Nina, la dueña de la casa, se acercó a nosotros. —Ya veo que han trabado ustedes amistad. —Ya nos conocíamos de antiguo — intervino Félix, sonriendo de nuevo. —¡Bravo! ¡Eso es estupendo! Pero, cuidado, está prohibido el aislarse. Vengan. Mishka va a deleitarnos con otra de sus hermosas canciones. No obstante, en la otra sala nadie cantaba. Igolnikov tenía la palabra. En pie en medio del auditorio, con las piernas separadas y las manos en los bolsillos, atacaba con acento demoledor todo cuanto representaba autoridad. ¡Dios mío! ¿Quién no lo hubiera hecho con placer? Arrastraba por el fango a los científicos por involucrarse en política, a los escritores por no hacerlo, increpaba duramente a los estadistas, a los cineastas, a los especialistas en cibernética, a los escultores... —¡Están ciegos! — tronaba Igolnikov —. ¡No saben siquiera cuál es el camino que se ha de seguir! ¿Vale la pena describir lo que hacen los seres humanos? ¿O pintar esto? ¿O cincelar lo otro? ¡No! Es preciso poner de relieve lo que los hombres deberían hacer, manifestar todo aquello que debieran haber realizado y que no han llevado a cabo. Hay que hablar del sentimiento de culpabilidad que engendra el quietismo. Yo afirmo... — pronunció con lentitud, recalcando bien las palabras —, yo afirmo que no existe hoy en día un solo intelectual que no experimente un gran complejo de culpabilidad. Y eso porque no se ha hecho lo que se debía. —No lo entiendo — dije al fin, encarándome con Igolnikov —. Si una persona, yo mismo, pongamos por caso, no ha pecado, ¿por qué ha de atormentarse? —Ya veo que no comprende en absoluto, Vitia. En primer lugar, yo afirmo categóricamente que cada uno de nosotros ha perjudicado a alguien, al menos una vez en la vida... Usted, y ése, y yo, y todos los aquí presentes. Y en segundo término — y eso es lo esencial —, nuestra culpa radica en no haber puesto en práctica ciertas cosas. ¿No le persigue alguna vez el espectro de las cosas no realizadas? ¿No le inquietan durante la noche los actos en embrión, víctimas de falso alumbramiento, los fantasmas de las iniciativas que ha hecho abortar? —¡Es usted un ser detestable! — exclamó Nina. —Tranquilícese. No tengo intención de hablar de lo que se podría hacer, de algo que sería importante, muy importante para el bienestar de la gente. Pero no vale la pena. Resultaría demasiado patético. Tomemos a guisa de ejemplo algún caso sin importancia aparente: por ejemplo, jamás me perdonaré no haber escrito o visitado a su debido tiempo a personas como Pasternak o Sotchenko.

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¡Ah! Ya veo. Ustedes son unos snobs y tal cosa les horroriza. Bien. La cuestión no radica en eso. Nunca, ¿entienden?, nunca conseguiré explicarles con bastante claridad cuán dichoso me siento de haber tenido la suerte de ser coetáneo de ellos. Tomemos otro asunto: cuando los padres de mi amigo fueron detenidos, no tuve el valor de escribirle. No por desidia, desde luego. Simplemente, porque detesto las cartas. El género epistolar no me va. Me porté como un bruto, puesto que ni siquiera por un buen amigo fui capaz de hacer una excepción. Y, sin embargo, una misiva de mi puño y letra hubiese tenido profunda importancia en nuestra coexistencia ulterior... Y podría referirles otros muchos incidentes de parecida índole. —¡Vladimir Siemionovitch! ¿Lo que dice está en consonancia con lo que escribe? ¿Encaja lo uno con lo otro? —¡En absoluto! ¡De ningún modo! ¿Y por qué demonios ha de encajar? Perdón, señoras. La verdad es, que en mi ocupación — aquella por la que me pagan, se comprende —, en mi trabajo, digo, obedezco un principio. No, amigos, no es que me haya vendido. Es que he capitulado. Sin embargo, no sé qué será peor... —¿Cuál es ese principio? — preguntó Félix. —¿Qué? ¡Ah, sí, el principio! Pues "no hacer daño a nadie". Es también una de las prescripciones de la Medicina: "No hacer el mal a nadie". Un excelente mandamiento, un mandamiento formidable, este consejo de los discípulos de Esculapio. Pero, amigos míos, la Medicina ha hecho muchos progresos desde entonces, ¿no es cierto? Alta cirugía, rayos X, antibióticos... ¡Palabra! Y yo, hombre de letras, miro hacia atrás y pienso en Cincinato, san Agustín, Marco Aurelio..., y sabe Dios quién más. ¿Y en nuestros tiempos? ¿En nuestra era gloriosa? ¿En nuestra época podrida? ¡Eh, vosotros, los eruditos! ¿No lo sabéis? Agitó las manos cadenciosamente y prosiguió: —En nuestra época podrida, ¿en dónde puede uno refugiarse para huir de nuestra política nacional, de sus piruetas, de sus úlceras? Esto es de Leskov, mis dulces palomos. Igolnikov estaba ya un tanto ebrio. Félix Chernov le tomó del brazo. —Ya basta, Vladimir Siemionovitch. Vanidad de vanidades, tortura del espíritu. Eso es todo. Pero éste no es el momento adecuado. Deja ya... —¡Mi querido Félix! ¿Por qué quieres impedir que siga hablando? Eres un soldado, ¿no es así? Deberías comprender... —Pero, ¿qué dices? ¡Jamás formé parte del Ejército! —Eso no importa. Has sido deportado y los soldados siempre se han llevado bien con los presidiarios... Vamos a cantar las coplas del penal... Y, en efecto, nos dedicamos a entonar estrofas carcelarias. Entre tanto, terminamos con todas las botellas de vodka. Brinski comenzó a recitar sus versos. Las palabras, como proyectiles que corren más y más, se hunden en mi pobre corazón indefenso. ¿Quién se apiadará de su tormento? Y, bien, tú al menos guardas silencio. Ya en la calle, Félix llamó un taxi y tomó a su cargo el penoso deber de auxiliar a Igolnikov. Aproveché la oportunidad para cogerle del brazo:

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—Félix — le dije —, podríamos vernos un día de éstos, si quiere. Juntos recordaríamos tiempos pasados. Aquí tiene mi teléfono — Arranqué una hoja de mi agenda —. Por favor, llámeme el jueves próximo, por ejemplo, después de las seis... Félix tomó la nota que le tendí y respondió muy lentamente: —Víctor Volski, es usted increíblemente persuasivo. No hay más remedio que envidiarle por ello. De acuerdo. Le telefonearé. *** He considerado mi pasado a través de la imagen calidoscópica de los años transcurridos. Mi vida anterior se me aparecía en tonos alegres: verde, azul, rosa. Me fue necesario un cierto esfuerzo para encontrar el auténtico colorido de los acontecimientos e impresiones, de las personas y las circunstancias. Aun cuando lo conseguí, no pude recordar cuáles fueron mis reacciones ante los hechos. Rememoro la manifestación en la Puerta Strietienskaia, acto jubiloso en ocasión de la condena a muerte de los héroes de los años 1937 y 1938. La multitud avanzaba portando banderolas ornadas con motivos propagandísticos y grandes retratos de Yezhov. El recorrido seguía por la plaza de los Koljoses hasta la Lubianka. A propósito de esto, ¡cómo ha cambiado todo! Y ha sido de un modo inesperado. La Lubianka se llamaba a la sazón plaza Dzhershinski, en tanto que la plaza de los Koljoses no había sido rebautizada todavía. He olvidado su nombre primitivo. ¡La Lubianka! He aquí un nombre imposible de olvidar. Sea como fuere, pude ver la manifestación a placer. Y, al llegar a casa, comenté (ya era por entonces un jovencito muy cultivado): "Decidme, ¿es necesario reírse y escarnecer a las futuras víctimas del verdugo?" Mis palabras causaron el efecto de un rayo sobre el ánimo de mis padres. Y, sin embargo, no lo había manifestado con ninguna intención particular. Simplemente, me pareció la expresión más apropiada. ¿Cuál era el significado de dicha manifestación pública? En ella dominaba la negrura, pero yo conservo el recuerdo de una luz brillante, pues lucía un sol esplendoroso. ¿Por qué me empeñaba con tanta obstinación en imaginarme una gris jornada otoñal, o las cruces de un camposanto de aldea, o insistir en el recuerdo de la fecha en que yo, un mozalbete de dieciséis años, tuve el primer contacto íntimo con una mujer? Era inútil. Todo quedaba muy atrás, deslucido a fuerza de divagaciones librescas. Mas el tiempo, impertérrito, hace que la hierba verdee en inmutable ciclo y cubre de delicado rubor las mejillas de la descocada muchacha de veinticuatro primaveras. ¡Ah, qué colorido el de la época actual! Todo lo dispone y trastrueca... En aquellas jornadas junto al lago Saliguer todo era azul, verde y anaranjado, pero, desde mi reciente encuentro con Chernov, mis recuerdos se habían empañado con una pátina púrpura y negra, triste y amenazadora. ¿Qué quiso dar a entender con aquello de mi poder influyente? ¿A qué se debía tan extraña actitud? Al llegar el jueves, me apercibí bruscamente de que aguardaba con impaciencia que diesen las seis. Por fin me inquietaba seriamente por algo. Si me desprecia, si no siente el menor deseo de hablar conmigo, que lo diga con franqueza. Que se deje de jugar de ese modo. ¿De qué serviría, al fin y al cabo? Félix llamó a las seis y media en punto. Rechazó mi invitación de visitarme y tampoco me ofreció su casa. Convinimos en encontrarnos dentro de una hora en la plaza Arbat, frente a la estatua de Gogol. Los niños armaban gran alboroto al pie del monumento. Busqué a Félix con la mirada, pero no había acudido aún a la cita. Con gran pausa encendí un cigarrillo y di una vuelta en torno a la estatua. Me había detenido para leer la inscripción grabada en la peana, cuando oí una voz de mujer que decía: —Felka, de todos modos, sé cauteloso con él... —No temas — dijo la voz de Félix Chernov. Un instante más, y éste salió a mi encuentro, acompañado de su mujer. Era evidente que se habían referido a mi persona, pero ni uno ni otro

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parecían enojados. Al contrario, ambos me miraron como si hubiese debido ser yo quien se mostrara confuso. —Buenas tardes — saludé. —Salud — respondió Félix —. Déjanos un momento, Assia. En seguida estaré contigo. Assia se separó de nosotros. No me devolvió el saludo ni me dijo una palabra en señal de despedida. Ambos la seguimos con la mirada. Era en verdad una hermosa mujer y, por más que hace ya mucho tiempo que no he pintado a nadie, me agradaría pedirle que posase para mí. —¿Dónde podríamos sentarnos un rato? — inquirió Félix. Le miré sin despegar los labios. —Escuche — continuó —. He reflexionado y he llegado a la conclusión de que, en efecto, tenemos mucho que decirnos. Y en privado. De todos modos, es en su propio interés. —Se porta como un diplomático presto a lanzar un ultimátum. —Precisamente de eso se trata — atajó Félix, sin el menor asomo de sonrisa. Nos acodamos en un banco que encontramos libre. Cerca de nosotros, una niña regordeta, vestida con un delantal, se afanaba jugando con la arena. "¡Mira, Viura!", gritó a su aya, tirándole de la manga. La niña arrastraba mucho las erres. Durante unos minutos concentramos nuestra atención en la actividad de la pequeña. Los castillos de arena que construía terminaban por derrumbarse. Félix se pasó la mano por la frente y rompió el silencio. —Ya le dije que fui detenido en octubre de 1951, poco después de habernos conocido. Esa coincidencia no tiene en sí ninguna significación. "Después" no es lo mismo que "a causa de", según dice la lógica. Sin embargo, durante el juicio, fui acusado de propaganda antisoviética peligrosa y se dio lectura a buen número de comentarios míos. ¡Víctor! ¡Usted es el único que pudo haber facilitado datos tan precisos! Espere, espere... No me interrumpa. ¿No se precia de ser extraordinariamente dueño de su voluntad? Se lo explicaré todo, hasta los más mínimos detalles. Se me entregó el texto casi íntegro de la opinión formulada por mí acerca de la lógica de las manifestaciones y escritos de Stalin, así como de sus argumentos. Sin duda, lo recordará usted: "Eso no existe, puesto que no puede ser factible en ningún caso", etc., etc. Siempre dentro del mismo tenor. Ambos sabíamos lo que estaba en juego al hablar de aquel modo... Eso me recuerda la noche en que conversábamos sobre el tema; yo me había lanzado y hasta llegué a citar la Lógica de Asmu, haciendo gala de mi latín. Y creo recordar que usted decía, Víctor, que Stalin tenía la frente estrecha y las piernas cortas y que el único retrato veraz que existía de él era un dibujo de Andreiev, que se hallaba en el Museo Tetriakov, donde se le veía con la piel picada de viruelas y los ojos legañosos. Yo hubiera podido repetir todo eso ante el juez de instrucción y le habrían mandado a presidio, pues estas cosas no las perdonan nunca, ni siquiera a los delatores. No empiece a agitarse de ese modo. Tanto peor si sufre un poco con ello. Yo he padecido muchísimo más. Si no le "entregué" no fue por piedad. Entonces no sentía más que odio hacia usted... Pero, además, me disgustaba vengarme por medio de la MGB. "Aquella noche había con nosotros dos o tres personas más. Una de ellas fue detenida poco después y permaneció en los campos durante varios años. La segunda era un amigo íntimo de la infancia, que se halla al abrigo de toda sospecha. Por otra parte, ya no existe. La tercera persona presente en la reunión era una joven. ¿La recuerda? Era mi amiga, mi bien amada, mi mujer. Entonces ya vivíamos juntos, ¿sabe? Compartíamos el lecho, ¿entiende? Así que no podrá jamás, ni ahora ni nunca, negar o justificarse. "En efecto. Es usted la única persona a quien podría contarle todo esto que he vivido, para que comprenda que no es más que la centésima parte de todo el daño que me hizo. ¿No se da cuenta de que no hay nada que pueda justificar su conducta? Si acaso le hicieron caer en una trampa, o le tenían atemorizado, hubiera sido mejor haberse quitado la vida, abandonar este mundo con la conciencia tranquila, antes que llegar a convertirse... en lo que ha llegado a ser.

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"Víctor, ¡es usted un traidor! ¡Cuántas veces he pensado en ello! Allá, en la prisión, decidí matarle. Por venganza. Porque había usted destrozado mi vida, porque ingeríamos pescado en malas condiciones, porque dormíamos con los pies húmedos, porque el juez me escupió en pleno rostro, sin que yo pudiese limpiarme la saliva, porque Luda tuvo que casarse con otro, sin amarle, llorando en silencio, puesto que la acosaban por todas partes y era necesario que cuidara del hijo, nuestro hijo, nacido después de mi arresto. A Dios gracias, tropezó con una excelente persona y hoy le quiere y son felices. "¿Entiende, Víctor? Usted es una persona inteligente y está en situación de comprenderlo. No puedo pretender retorcer el pescuezo al régimen actual, pero, en cuanto a usted, podría matarle ahora mismo con estas manos, pues soy dos veces más fuerte. Aquí mismo, en este banco, ante la estatua de Gogol, podría estrangularle sin gran dificultad... "¿Por qué me mira de ese modo? ¿Tiene miedo? Se echa de ver su sobresalto al oír la palabra "delator", pero no teme que le mate. Se figura lo que pretendo. He meditado mucho, y no deseo que muera. ¿Sabe, Víctor? He cambiado mucho desde que me soltaron. Me repugna la sola idea de cometer un crimen. Además, tengo familia, amistades, un buen empleo y viajo con frecuencia. Todo esto es muy bello y no quisiera perderlo por todo el oro del mundo. No le mataré, pero es preciso que desaparezca. No tiene usted derecho a frecuentar la compañía de personas decentes, ni a tener amigos, ni a tratar con mujeres normales... ni a casarse, ¿entiende? Lo mejor será que se vaya a vivir al Extremo Oriente, o al Asia Central... Sepa que me propongo facilitar su desaparición. Le prevengo con toda lealtad, Víctor. Haré todo cuanto esté a mi alcance para que todos sepan qué tipo de persona es usted. Me da usted lástima. Tanta como sentía por mí tiempo atrás. Pero, ¿qué quiere usted? No puede ser de otro modo... "Es posible que se pregunte por qué no he intentado verle antes, ni por qué exijo que se vaya lejos... Esperaba que viniese a mi encuentro para darme una explicación, para hacerme comprender... Y me dije, palabra de honor, que si hubiera visto en usted el menor remordimiento, la más exigua señal de arrepentimiento, me mostraría dispuesto a perdonarle. Sin embargo, no ha sido así, Víctor. Usted se siente perfectamente tranquilo. Hace sus visitas, bebe en compañía de los amigos — de eso estoy seguro — y tiene su círculo de amistades femeninas. Y no tiene derecho a todo eso, Víctor. ¡No tiene ningún derecho! Si es aún capaz de conservar su sangre fría, eso prueba que no es más que un infame. Eso quiere decir que no era usted simplemente una marioneta de la era staliniana. Más de uno de esos "corderos" comienza a sentirse incómodo ahora. Le repito que si mantiene esa actitud insensible se debe a que no es usted más que un hombre indigno, un ser infame. "No, no es un insulto. Me limito a catalogarle. No olvide que soy zoólogo. Lo importante es que sepa que el mal y la cobardía son cosa innata en usted. Si fuera creyente, yo diría que el Anticristo habita en su interior. Han existido numerosas criaturas satánicas mucho antes de la aparición de Stalin, Hitler, Iván el Terrible y otros. Y a los hombres de este tipo conviene impedirles que causen daño. Lo mejor es acabar con ellos. Pero no estoy en situación de matarle, Víctor. Usted me entiende muy bien... No. No me interrumpa, se lo ruego. Sería inútil. He dicho todo cuanto tenía que decir y le he prevenido. Le aconsejo, por tanto, que se aleje. Es mejor perderse en la soledad que esperar a que los demás se preocupen de uno. Adiós, pues. Y espero que nunca volveremos a vernos. Le compadezco, Víctor. Se levantó, permaneciendo unos instantes plantado ante mí. Alargó una mano y la apoyó sobre mi hombro. Luego dio media vuelta y partió. Le seguí con la mirada y recuerdo que me dije: "Cree que es sólo dos veces más fuerte que yo. ¡Cuán equivocado está!" Encendí de nuevo el cigarrillo que se había apagado entre mis labios y regresé lentamente a casa. Al llegar al portal, me detuve y miré a mi alrededor. El rumor de la calle me circundaba, aunque parecía como si estuviera alejado de mi oído. Percibí que un músculo de la espalda se me agitaba estúpidamente. Me quedé un rato parado en la puerta, viendo desfilar los trole- buses y contemplando el reflejo de las casas en los cristales de los vehículos. Vi también pasar a unos ciclistas, fuertemente

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inclinados sobre los manillares de las máquinas. Al parecer, sólo ellos tienen derecho a vestir con excentricidad. Llevan gorros más bien femeninos y jerseys de las formas y colores más dispares, sin que por ello nadie les llame la atención. Unas niñas jugaban al cielo y al infierno, al amparo de la acera. —¡En nombre del Cielo! ¡Yo nunca he denunciado! ¡Jamás denuncié a nadie en mi vida! *** Tenían ante sí un tablero de ajedrez. Estaban encima de la ciudad o en la ciudad misma, no importa mucho. De todos modos, el vacío rodeaba a los jugadores y una atmósfera fría y azulada les separaba del resto del mundo. Como es normal, el Bien vestía ropaje blanco y el Mal, negro. Tan pronto como terminaban una partida, en seguida daban comienzo a otra. El Bien ponía dinamismo y ardor en sus jugadas. El Mal lo hacía sin prisa, calculando con detenimiento cada uno de sus movimientos. Ambos rivales tenían más o menos la misma potencia, pero el Bien se mostraba demasiado impaciente, lo que le llevaba a mover las piezas con precipitación. Tocaba varias a la par y pedía a menudo que se le permitiese anular la jugada para rectificarla. El Mal aceptaba siempre, porque no tenía preocupación alguna. Movía los peones, reforzaba su posición y lanzaba sus fuerzas al asalto. Los alfiles del Mal corrían como flechas por sus diagonales. Los caballos saltaban de modo fantástico, ejecutando cabriolas inusitadas. Las piezas tomadas al Bien caían con estruendo en el vacío. Normalmente, eran piezas del bando blanco que consentían en el sacrificio, contando con una rápida victoria. El Mal, por el contrario, administraba con prudencia las suyas. El tablero se despoblaba progresivamente. El fin se aproximaba y a poco se oía la frase «Jaque mate». Luego, se volvían a colocar las piezas en orden, listas para una nueva confrontación. «Juguemos otra partida, la última», suplicaba el Bien, después de haber sido derrotado. Y el Mal accedía siempre. Los peones volvían a avanzar. Se enrocaba, se trazaban planes estratégicos y las piezas protegían al rey en peligro... Y esos reyes casi impotentes representaban el símbolo de la victoria, pero de una victoria alcanzada por los demás. Cuando triunfaba, el Bien manifestaba ruidosamente su contento y reclamaba una nueva partida para reforzar su ventaja. El Mal consentía siempre y las partidas seguían sin interrupción. El cielo de azul, moteado de nubecillas blancas, envolvía a los jugadores. El Mal fumaba cigarrillos con filtro, el Bien comía caramelos. Ambos jugaban sin tregua, sabedores de que, en cualquier instante, podrían oír una voz poderosa que les ordenara: «¡Basta! ¡Pasen el tablero a los siguientes!» De modo que el Bien procuraba robustecer sus ganancias, mientras que, por su parte, el Mal seguía sin demostrar la menor prisa. *** Sentía deseos de estar solo, pero, como si lo hubieran hecho adrede, el grupo decidió comer en la fábrica. Uno de ellos corrió en busca de provisiones — emparedados y cerveza —, mientras los demás se instalaban en las mesas y se contaban sus andanzas del período de vacaciones. Me separé de ellos y fui a refugiarme en el taller donde se fabrican las planchas de estarcir. La nave estaba desierta. Todos habían ido a tomar su refrigerio a la cantina. Me tendí en un banco, con un legajo de papeles a guisa de almohada. Junto a la pared había una serie de carteles sin acabar. En cada uno de ellos figuraba un joven elegante anunciando que se puede viajar en avión de Moscú a Sochi en tres horas y media. Conocía bien ese trabajo, pues yo mismo había realizado el dibujo. La labor estaba ya terminada. Únicamente faltaba el rojo, color que se aplicaba en último lugar. Correspondía a los caracteres del texto, lo mismo que a las rayas de la corbata y a los labios. Tal como estaban ahora los dibujos, los personajes aparecían sin labios, sin boca. Semejaban querer decir algo, mas no podían, puesto que carecían de órganos para articular los sonidos. El sufrimiento se escondía en sus pupilas, como en las de un perro. Aun a sabiendas de que no tenían nada que decir, excepto la estúpida frase sobre el vuelo Moscú-Sochi, yo tenía la impresión de que sus rostros inexpresivos me suplicaban que les concediese una entrevista para tratar de un tema muy grave. —¿Tenéis alguna noticia para mí? — pregunté —. ¿Una información útil? Las figuras guardaron un silencio elocuente.

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—Sé muy bien que no tenéis en vuestras cabezas más que el asunto del vuelo en tres horas y media. "¿Quién sabe?", respondieron sin palabras. —Y si tenéis otras ideas, es seguro que serán tan fútiles y corrientes como aquélla. "Concédenos el don de la palabra — argüyeron y lo sabrás." —¿Acaso vale la pena? — inquirí —. Una conversación semejante no puede reportarme gran provecho. "Desde luego — replicaron —, pero eso no importa. La gente tiene derecho a hablar." Me miraron reprobadoramente. Me incorporé y eché una ojeada a mi alrededor. En el alféizar de la ventana descubrí una barrita de rojo para los labios. La tomé y pinté los labios de una de las figuras. —¿Y bien? — le dije. El joven se pasó la lengua por los labios para humedecerlos y habló: —Lo esencial es que tú sabes muy bien que eres inocente. —Conforme, yo lo sé. Pero, ¿me hará eso la vida más fácil? —¿Y quién dice que la vida ha de ser siempre fácil? La has llevado cómodamente durante treinta y siete años. Te has aprovechado ya de ella lo bastante. —Pero no podré vivir entre los hombres... —¡Tanto peor! Sufre, pues. —No tengo el menor deseo de sufrir. —Me das lástima — me respondió el hombre del cartel con voz parecida a la de Félix Chernov. Con la ayuda de un trapo, le quité el color de los labios y me acerqué a otro cartel. Éste se condujo de una forma muy concreta. —Deberías ir en busca de Félix y hablarle con toda seriedad. Es preciso que encuentres argumentos convincentes. Recuérdale que más vale perdonar a un culpable que condenar a un inocente. —¿Es que no oíste el tono en que me habló? — exclamé con desesperación. —No importa. Eres un ser humano, lo mismo que él. Homo sapiens el uno y el otro. Y la inteligencia humana... Valiéndome del trapo, le forcé a guardar silencio. El tercero manifestó: —Víctor, es preciso que te doblegues ante e! destino. Por lo tanto, harás exactamente lo que te ha ordenado Chernov. —¿Por qué? — protesté. —Porque eres culpable. Lo sabes muy bien. —No estoy muy seguro. Yo no he denunciado a nadie. —No me refiero a las denuncias. De todos modos, sigues siendo culpable. Medita y lo comprenderás. Eres culpable de... En ese preciso instante oí el golpear de la puerta del fondo. Apenas me había dado tiempo a quitar el habla al personaje del cartel, cuando el equipo de dibujantes invadió el taller. "¡Vitia, Víctor,

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Víctor Lvo- vitch! — gritaron a voz en cuello —. ¡Querido e insustituible Víctor Lvovitch!" Todos eran bastante más jóvenes que yo, estudiantes de ambos sexos que embadurnaban telas durante las vacaciones veraniegas, pero yo me llevaba muy bien con ellos. Solíamos beber juntos, dar paseos por las afueras de la ciudad y jugar al ping-pong. Reinaba gran libertad en nuestro trato mutuo. De hecho, yo había mostrado mis obras a tres de ellos, con el ruego de que no dijeran una sola palabra a los demás. Como es natural, no habían sido discretos y, ahora, sentía a menudo sus miradas cargadas de respeto posarse en mí. La "pandilla" estaba muy orgullosa de conocerme y de hallarse en tan buenos términos conmigo. Quizás exageraban a veces, como suele ocurrir a los jóvenes, pero yo les dejaba a sus anchas... puesto que también a mí me divertía. Hablamos de pintura abstracta y de poesía de "izquierda", llegando a la conclusión de que el buen arte abstracto es siempre bueno y de que el malo nada vale nunca. Después de esto, les dije: —¡Vamos, muchachos, a ganar dinero! — y les dejé. Mi labor no hacía grandes progresos. Estaba harto de aquellos diabólicos carteles. A medida que movía el lápiz, me dominaba más y más la torpeza, y hube de recurrir con frecuencia a la goma de borrar. A veces, pensaba que lo ocurrido no había sido más que una pesadilla. ¿Qué derecho le asistía a Chernov para erigirse en rector de mi vida? ¡Como si fuera Dios Todopoderoso! Se me echa encima, me imparte unas cuantas órdenes y desaparece. No. Es posible que no tenga la osadía de poner en práctica su amenaza. En ese caso, yo podría explicar lo sucedido a mis amigos y conocidos. También a Trina. Es preciso que ella lo sepa también. No he vuelto a verla desde el día en que fuimos de paseo por las afueras de la ciudad. Su madre había enfermado e Irina permaneció a su cuidado, dejando por consiguiente de acudir a sus ocupaciones habituales. Oportunamente envió un certificado médico a su centro de trabajo. Una vez que haya terminado mi labor, la telefonearé. Posiblemente podrá disponer de algún momento libre para mí. "Delator." Eso es lo que él dice de mí a los demás. ¡Como si yo desconociera el valor que tiene la libertad! Gracias a Dios, he aprendido muchísimas cosas y he oído hablar de otras muy hermosas. Y también estuve en trance de ser detenido. Por otra parte, el Ejército y la cárcel son hermanos gemelos. Igolnikov está en lo cierto: los soldados y los presidiarios se entienden siempre a la perfección. Y si es así, ¿cómo no has intentado hacer que Chernov entienda tus razones? Pruébalo, trata de dirigirte a él en el tono que él entiende, exprésate de modo que sea difícil rebatir tus argumentos... Podría hablarle de I R primera vez que tuve la sensación de lo que significaba la privación de la libertad. Y podría describirle la persona que me ayudó a comprenderlo. Fue en el frente, en Ucrania, cuando, después de haber sido herido, me trasladaron de la compañía de ametralladoras en que había estado hasta entonces a un batallón de Transmisiones. Durante las marchas iba muy cargado con el voluminoso equipo: los carretes pesaban ocho kilos, el aparato telefónico portátil, cuatro; el artefacto de campaña para el tendido de las líneas, un kilo y medio; la pistola automática, más la munición, cuatro y medio. Quedaban el plato, la cantimplora, las tenazas y toda una serie de pequeñeces... En total, unos treinta kilos de peso. Si todo esto hubiera podido incluirse en un solo bulto bien atado, no hubiera resultado tan penoso de transportar. Mas no era así. El correaje que me cruzaba el pecho me ahogaba y el cuello áspero y húmedo del capote me rozaba la nuca, produciéndome una erosión bastante penosa e incómoda. Y el fango, por añadidura. Elástico como el caucho, cedía bajo nuestro peso como las arenas movedizas, nos retenía los pies y nos arrebataba las botas. De vez en cuando, tenía la fortuna de poder seguir las pistas dejadas por el paso de los carros blindados. No me consolaba pensar que los alemanes se hallaban en peores condiciones todavía. Presa de coraje, luchaba por liberar mis piernas del tremendo lodazal, procurando caminar por los restos destrozados de las matas que bordeaban la ruta. Al llegar a un lugar seco, me sentaba y, sin la menor prisa, me armaba de un pedazo de madera, de un guijarro o, simplemente, con los dedos, y quitaba el barro adherido a las botas y a las polainas de paño. Mientras procedía a esta tarea, lanzaba maquinalmente, si bien con desgana, fuertes imprecaciones. Sólo más tarde, cuando el cansancio menguaba (en realidad, jamás desaparece por completo en la guerra, pues ésta es, ante todo, fatiga continua), sólo más tarde, comenzaba a fijarme en cuanto me

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rodeaba como nunca lo había hecho en la época anterior al conflicto. Veía el camino de un gris terroso, tumefacto a causa de la masa esponjosa de barro que lo cubría, aplanada a trechos por las cadenas de los tanques, cuya huella presentaba trazas de grasa allí donde habían estado en contacto con algún trozo de metal; la mancha pálida de una gorra perdida; una cocina de campaña sin cubierta, llena hasta los topes por el agua sucia de la lluvia; los colores alegres de un cable apresado al enemigo, esos hilos rojos y amarillos que serpenteaban a cosa de diez metros del camino. Las jóvenes campesinas tejían collares con el hilo bicolor, en sustitución de los aderezos confeccionados con cuentecillas de vidrio. Si se observa atentamente y con serenidad, todo parece revestirse de una existencia peculiar, cada objeto aparenta aproximarse espontáneamente a nuestros ojos, anunciando ruidosamente su colorido, su forma y cuanto hay en él de esencial. Pero no se podía permanecer tranquilo por mucho tiempo... En uno de aquellos altos divisé en el suelo, a unos tres metros de la carretera, un magnífico álbum, envuelto en una cubierta de celofana. Lo contemplé por un momento, en actitud dubitativa... Para cogerlo, tendría que dar varios pasos por el ingente barrizal. Tal vez tuviera algunas páginas en blanco. Hice un esfuerzo y me dirigí en su busca. Cuando lo tuve en mis manos, lo hojeé comenzando por el final. Todas las hojas habían sido utilizadas. En la última había una inscripción trazada en oblicuo que ocupaba con sus grandes caracteres casi la página entera. Era una palabra grosera. "Mis hermanos eslavos — me dije sonriendo — han estampado aquí una Resolución." La palabrota había sido escrita con bolígrafo, posiblemente con la carga a punto de agotarse, a juzgar por el trazo profundo que había dejado en el papel. Mi primer impulso fue arrojar el álbum al fango, pero lo pensé mejor y, por fin, lo guardé bajo las correas que sujetaban mi impedimenta y me dispuse a reemprender la penosa marcha. Por la noche, al final de la etapa, abrí el álbum y aproximé a él la llama de un cabo de vela, sujeto al fondo de una cazoleta. Encontré varios dibujos que representaban a motoristas alemanes en carrera nocturna por los caminos enlodados, con el haz luminoso de los faros hendiendo la lluvia. Pasé unas hojas y vi un croquis de un grupo de soldados lanzándose al asalto. Corrían con las armas en la mano y los brazos extendidos. Bajo la tierra, los muertos marchaban en dirección contraria. Una figura de Cristo en uniforme de sargento ascendía con el madero a cuestas hacia el Gólgota, cuyas laderas estaban surcadas por trincheras en todos sentidos. Más adelante, descubrí el retrato de un hombre con la boca fruncida por la fatiga y luciendo una cicatriz en la frente. Al pie había una leyenda en alemán que decía: Febrero de 1943. Sigo con vida. En la página siguiente aparecía un hombre con el mismo rostro, de espaldas a la pared, a punto de ser pasado por las armas, y las palabras: Ejecución de un desertor. Al lado, una nueva versión de la misma escena, mas esta vez no eran los alemanes, sino los nuestros, quienes fusilaban al artista. Otro dibujo representaba a éste acunado como un infante en brazos de la Virgen María, arrodillada ante un oficial. Luego otro autorretrato: el artista que acariciaba una mano femenina, seccionada, uno de cuyos dedos lucía una sortija. Artilleros que dirigían sus piezas contra los ángeles, que descendían en paracaídas; un soldado al pie de un cadalso, de donde pendía el cadáver de un hombre en camisa. En la parte superior había la siguiente leyenda: Yo también quise ser libre. Todos los dibujos estaban hechos a lápiz. Solamente el autorretrato de 1943 había sido ejecutado a pluma. Estuve mucho tiempo volviendo las hojas del álbum, hasta que alguien me gritó que apagase la luz. Me acosté en la oscuridad, pero en ella seguía viendo los dibujos del alemán. Por fin me quedé dormido. Conservé el álbum hasta el día en que fui licenciado de las fuerzas armadas. Entonces, el ayudante del comisario acabó por quitármelo. No. Yo no compartía la actitud de ese Fritz o Hans imaginario ante la guerra. Combatí porque era necesario combatir, no por el simple hecho de haber sido movilizado. Aquella guerra había sido mi guerra. Nunca me arrepentí de haber luchado. No obstante, mientras hojeaba el álbum, pensando en muchas otras cosas que poco tenían que ver con la guerra, comprendí que el alemán no temía a la muerte, sino que su temor radicaba en el hecho de haber sido atrapado por la garganta, privado de libertad y constreñido a la obediencia. ¡Quién sabe! Tal vez fue precisamente ese alemán, mi hermano en el arte, quien me incitó a reflexionar acerca de la libertad y de su ausencia. Tal vez fue en aquella ocasión cuando me dije que era más fácil morir

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que vivir encarcelado. Tal vez fue a partir de entonces cuando me torné más prudente en el hablar, con objeto de no comprometer mi libertad. ¿La libertad? Sí, la libertad. Con ella podía pintar, beber vino, bañarme en el mar, acariciar a las mujeres... —¡Víctor! ¿Has terminado el boceto? Yo era una botella en alta mar, igual que en la canción de Mishka: La onda marina se riza brillante. Flota dulcemente la botella, cuyo fúlgido cuerpo bañan las aguas. «¡Pulpos, no la toquéis!», clama la onda. Ruge la galerna, ulula el viento, llevando el mensaje a lo lejos. Se hace la sombra y los ojos se velan. ¿Qué navio avistará al fin la botella? —¡Víctor! —¿Qué hay? —¿Has terminado el boceto? —Estará listo en unos instantes. ¿Y si todo ocurre como en la canción de Mishka? Son estrofas tristes, a cuyo son emiten hondos suspiros los comensales que acaban de consumir una opípara cena... Es la triste nota de la humana impotencia y de la cortesía indiferente del mundo... Los bajeles llamados por doquier acuden todos en gran procesión. Tu mensaje boga a su encuentro; retiradlo del mar sin tardanza. Ya llegó la carta a sus manos, rompen el sobre de vidrio. Mas el pobre marino, allá en las rocas, ¿habrá de esperar dos siglos a que llegue el socorro? —¡Vamos, muchachos, ha sonado la hora de dejar el trabajo! Ya es tiempo de regresar a casa. ¡Vitia, al diablo el boceto! Ya lo acabarás mañana. ¿Zarpamos? —Id vosotros. Me quedaré un rato. —Como gustes. ¡Salud! —¡Hasta la vista! Cuando todos se hubieron ausentado, recogí mis lápices, puse los papeles en orden dentro de mi caí- tera y me dispuse a emprender el camino hacia mi casa. Al pasar ante el taller donde se fabricaban las planchas de estarcir aminoré el paso. Abrí la puerta y eché un vistazo al interior. La "pandilla" se había ido ya. Mis interlocutores de antes seguían alineados en la pared y me sonreían, con sus labios recién pintados. Me dirigí a ellos para reemprender la conversación en el mismo punto en que se había interrumpido antes. —¿Y bien, amigo? ¿En qué he faltado?

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"Usen el transporte aéreo — respondió —. El trayecto Moscú-Sochi se realiza en tres horas y media." —¡No te hagas el imbécil! — dije —. Tienes una expresión mucho más inteligente que tus hermanos. ¿Qué querías decirme? "Usen el transporte aéreo..." —¡Oye! ¡No eres más que un canalla! ¡Habla! "...el trayecto Moscú-Sochi..." —¡Que el diablo te lleve! "...se realiza en tres horas y media." Cerré la puerta de golpe. *** Irina tenía un nombre musical y fluido: se llamaba Ievleva. Siempre que le telefoneaba, me daba la impresión de cantar al decir: I R I N A I E V L E V A . . . Y sentía un escalofrío cada vez que oía el "Dígame" inquisidor. —¡Irina! — pronuncié —. ¿Qué estás haciendo? —¡Vitia! — exclamó —. ¡Soy libre! Mamá ha decidido que estaría mejor en casa de su hermana y esta misma mañana acabo de dejarla allí. Así que soy absolutamente libre. ¿Te extraña que salte de alegría junto al teléfono? —En absoluto — repliqué —. Ya te imagino. Estás apoyada en la punta de los pies y haces entrechocar los talones, mientras que con la mano izquierda te sujetas el borde del camisón. —¡Vitia, Vitia! ¡Has perdido la puntería! No llevo camisón. En realidad, no llevo nada encima... Bueno, casi nada... —¿De veras? En tal caso, inmediatamente voy para allá. —Estimado señor, prometo no hacerle esperar. Estaré lista para salir en cuanto llegue. —¿Adonde iremos? —A cualquier parte. Vamos, Vitia, ven cuanto antes. Tomé un taxi. El conductor era un sujeto joven y avispado. Nos saltamos audazmente un semáforo en rojo. Desde su garita de cristal, el agente de tráfico nos hizo un gesto amenazador. —¡Quédate ahí en tu jaula de cristal hasta que te canses! — gruñó el taxista. Rodamos en silencio durante un rato. Luego el hombre me pidió un cigarrillo y empezó a charlar: —En este momento regresaba de un servicio a Naro- Fominks. Llevé hasta allá a un tipo que es ingeniero. Cuando ajustamos el importe, le pregunté si iba solo y me contestó que así era. "Sí, solo." Y desde luego era verdad. Iba él solo... pero el vehículo estaba completo. Se calló, esperando a que yo hiciese algún comentario. —¿Cómo así? —¡Oh, no es difícil adivinarlo! Me llenó el coche de provisiones. "Oiga, amigo — le dije —, ¿ha comprado todo lo que había en los almacenes de Moscú?" A lo cual respondió: "Muchacho, hay que comer, ¿no? Tengo una familia muy numerosa. En nuestra casa de Naro-Fominsk decimos siempre: «Bebe vodka, ve al cine y come con música»." Yo no pude evitar la carcajada.

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—Le llevo a su casa — continuó el taxista —, le ayudo a descargar sus mercancías y me dijo: "Vamos a ver qué tal marcha la cosa." Es cierto que había recorrido muchos almacenes, pero... ni la más pequeña patata... ¿Es ahí? ¿Delante de esa puerta grande? Gracias. ¡Mis respetos! *** Llegué rápidamente al segundo piso y llame. —¿Eres tú, Vitia? —El mismo. —Espera un poco ahí fuera hasta que acabe de arreglarme. —Irka, ábreme. Tengo miedo. Me parece oír el aullido de los lobos... —Está bien, pasa. Pero no mires... Penetré en el vestíbulo con los ojos cerrados. Irina prorrumpió en una sonora carcajada, mientras me cogía de la mano para conducirme hasta su aposento. —¡Irka! ¿Cómo te atreves a andar por ahí con tan indecente atuendo? —No hay nadie en casa. Hasta la vecina acaba de salir. Por fin abrí los ojos. Irina llevaba una vieja bata de baño, atada descuidadamente al talle con el cinturón de la gabardina. Sus labios se abrieron en dulce sonrisa. —Eres muy elegante — dijo ella —. Siempre de punta en blanco, hasta para ir al trabajo. Viene a ver a su amada con su camisita azul... Una de las mangas de la bata tenía un gran desgarrón. Estampé un beso en el brazo desnudo. —¡Vitia, Vitia! — suspiró Irina —. ¡Vitia, Vitia...! No fuimos a ninguna parte. Poco antes de anochecer, bajé a comprar una botella de vino y algo de comer. Comimos y bebimos sentados en el lecho. Irina se hallaba ligeramente alegre. Sus cabellos estaban en desorden y mantenía su cuerpo muy pegado al mío. —Vitia, Vitia — repetía —. Víctor, el vencedor... ¡Qué tonta he sido al esperar tanto tiempo! Ahora ya no te dejaré partir, ¿comprendes? Nuestros alientos se confundieron de nuevo. Veía de cerca sus pupilas y su boca parecía negra. Bogábamos por un mar proceloso. Las olas pasaban por encima de nuestras cabezas y perdíamos el ímpetu a causa de los embates del temporal. Nos sentíamos transportados hacia lo alto, hasta la luz cegadora del sol, para caer después en el fondo tenebroso del frenesí. Sin apenas alcanzar a respirar, casi no nos quedaban fuerzas ni para susurrar nuestros respectivos nombres... *** Me levanté con sigilo, cuidando de no despertar a Irina. Me senté al borde de la cama y encendí un cigarrillo. Sentía en mí una ternura infinita, como jamás había experimentado hasta entonces. Irina dormía con las rodillas plegadas contra el vientre y las palmas de las manos vueltas. La contemplé pensando que me era por completo indiferente que fuese hermosa e inteligente. Nuestra unión era total, y eso era lo único que importaba. La quiero. Y la querría lo mismo ahora aunque tuviese las piernas torcidas y la dentadura mal conformada, o careciese de amenidad en la conversación. "Eres mi mujer", pensé, apretando convulsivamente las mandíbulas para no estallar en sollozos.

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Nunca había sentido nada semejante. Jamás me había reprochado a mí mismo la existencia libertina que llevaba y nunca me había parecido sacrilego pensar en otras mujeres en presencia de Irina. Me portaba del mismo modo que decenas de otros hombres que conocía. Al igual que ellos, procuraba intimar con el mayor número de mujeres posible y pensaba y hablaba de ellas en forma idéntica a la suya. Es posible que nuestra conducta fuese trivial. ¿Trivial? No, no era eso exactamente. No obstante, siempre constituía una investigación voluptuosa en sí misma. ¿De quién es la culpa si buscamos nuestra afirmación en las tinieblas prohibidas y vergonzosas y si las palabras que pronunciamos superan y envilecen el deseo justificado que tenemos de poseer la belleza? ¡Irina, Irina! Eres mi mujer. ¡Te busqué durante tanto tiempo... y por fin te he encontrado...! "Usted no tiene derecho a casarse." Me incorporé. "Usted no tiene derecho a intimar con mujeres dignas." ¡Mientes! ¡Tengo perfecto derecho! Soy una persona honesta. Soy activo, y poseo talento. Busca, busca por todas partes. Trata de encontrar a los verdaderos canallas. Escudriña con atención y no te precipites sobre las apariencias que te salen al paso. Busca. Sí, hay auténticos espías entre nosotros. Están en todas partes. En los tranvías, en el metro, en las salas de concierto. Leen a Solzhenitsin, se jubilan, cultivan su jardín, forman parte de los "tribunales cívicos" y escriben artículos científicos. Si quieres ajustar cuentas con alguien, djrígete a ellos. "Ajusta tus cuentas", me repite la voz de Chernov. Bien. Puesto que eres honesto, según dices, tú también debes hacerlo. Rehusas aceptar las responsabilidades que te corresponden. Quieres que sean los demás quienes limpien de barro sus cosas, mientras tú haces gala de tener la conciencia sin mácula, como un par de zapatos bien lustrados. Y en lugar de darle unas monedas, dirás al limpiabotas: '"¡Estoy de acuerdo con usted!" Y te sentirás muy ulano por tener el valor de opinar. "No, hay que hacer algo." ¿Hacer algo? ¿Y tú, Félix Chernov, qué has hecho? ¿Cuál ha sido el motivo de que hayas ido a prisión? ¿Tú, y el noventa y nueve por ciento de todos aquellos a quienes se les ha aplicado el artículo número 58? Habéis sido condenados por nada. Y usted, usted tampoco ha hecho nada. Ni buenas ni malas acciones. Nada. Siento tanta lástima por usted que hasta lloraría sangre en lugar de lágrimas. No tiene motivos para creerse muy superior a mí... Nada tiene más que yo. Si soy culpable, es de no haber hecho nada. Si es que eso puede considerarse como una falta... Si es que eso es una falta... *** Por fin, no le hablé a Irina del asunto Chernov. No veía motivo para enturbiar con naderías nuestras primeras horas, nuestros primeros días. Transcurrió una semana durante la cual, una vez terminado el trabajo, me trasladaba directamente a su casa. A veces, Irina me esperaba en la puerta del estudio. Paseábamos pausadamente por las calles de Moscú, a lo largo del paseo que se extiende junto al río, contemplando los pingüinos de los carteles luminosos anunciadores de helados. Nos consagrábamos por entero el uno al otro. Yo le decía que Pirosmanichvili era un genio e Irina me aseguraba lo mismo de Shostakovitch. Todo era maravilloso. *** Me disponía a afilar el juego de lápices, sentado ante mi mesa de trabajo, cuando recibí aviso de que había una llamada telefónica para mí. Era Irina quien estaba al aparato. Me comunicó que su madre había regresado a casa y que, por tanto, no podría ya seguir recibiéndome en ella. —Vente, pues, a la mía — sugerí. —Vitia, es conveniente que hoy me quede en casa con mamá. Piensa que es el primer día después de este tiempo... —Ya empezamos con historias — interrumpí malhumorado —. ¿Eres mi mujer, sí o no?

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—¡Ten calma, cariño! En primer lugar no soy tu mujer... ¿Cómo? ¡No te excites...! Bueno, pongamos que ya lo soy. Y en segundo lugar, la casa está revuelta y descuidada por mi culpa. Hay que ordenarla, lavar algunas cosas... Nos veremos mañana. Besos... Irina colgó. Un compañero de trabajo, que no se había movido de mi lado, sonreía irónicamente. —¿Conque te has casado, eh? ¿Y la fiesta? ¡Cómo cuidas tus monedas! Le di unos golpecitos amistosos en el hombro. —No lloriquees, hombre. Ya habrá algo cor. que remojar el gaznate y llenar el buche. Al terminar mi tarea, me pregunté qué podría hacer. En el transcurso de aquella semana me había acostumbrado a ver a Irina a diario y ahora me sentía literalmente perdido .. Ya estaba. Iría a visitar a Mishka Lurié. Mishka no vivía lejos de mi casa. Tenía su domicilio en la plaza Trubnoi. La puerta del apartamento se abrió y una vecina apareció tras ella. Llamé a la habitación de Mishka y nadie respondió. Por último decidí entrar. Mishka, su mujer y Nina Riantseva estaban sentados a la mesa. Desde el vestíbulo me había llegado el rumor de una disputa. Apenas hube entrado, cuando noté que Mishka estaba furioso, en tanto que Nina se ponía roja como una amapola. La esposa de Mishka se mordió los labios. —¿Qué tal, amigos? — dije —. ¿Cuál era el motivo de la discusión? —¿Qué tal estás? — saludó Mishka en tono lúgubre. —¿Se puede saber qué ocurre aquí? Nadie dijo una sola palabra. Nina se levantó. —Ya es hora de irme. —Ninotchka, te acompaño — exclamó la mujer de Mishka. —Hasta más ver — dijo Nina. Y ambas mujeres salieron de la casa. —¿Qué pasa, Mishka? — inquirí —. ¿Se encuentra alguien en apuros? —Sí. —¿Quién? —Tú. En seguida intuí a qué se refería. —¡Ah, ya! — comenté —. Chernov. Siento no haberte prevenido. Vamos, cuéntame. Lástima que no se me haya ocurrido venir a verte antes, pero tenía tanto que hacer. —¿Y qué te tenía tan ocupado? —El amor. —En una situación como ésta, creo que harías mejor pensando en otras cosas que en tus aventuras galantes. —No, Mishka. Esta vez no se trata de un simple capricho pasajero. Me caso. —¿Con quién? —Con Irina Ievleva. —Muy bien — comentó Mishka, sonriente —. Bien, bien... —Bueno, amigo. Cuéntame lo que pasa. —¿Qué pasa? ¿Qué pasa? Pues que ese Félix ha ido a ver a Nina y le ha dicho que tú eras un borrego, que le habías denunciado y que tenía pruebas irrefutables de ello.

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—¿Y qué? ¿Ha presentado tales pruebas? —Sí. —¿Y tú, Mishka? ¿Qué opinas, qué piensas de mí? Mishka volvió el rostro y fijó su atención en la pared de enfrente, donde pendía una reproducción de Las bailarinas, de Degas. —Mishka, ¿por qué no respondes? ¿También tu me tomas por un canalla? ¡Vamos, Mishka! Hace un sinfín de años que nos conocemos. Hemos ido a la escuela juntos... —Mira, Víctor — dijo por último Mishka —. Es preciso que vayas a ver a Chernov. Tienes que aclarar todo esto de una vez para siempre. Ambos sois personas razonables. Él debería de comprender que más vale no hablar, no acusar, a menos de estar bien seguro. Si quieres, estoy dispuesto a acompañarte. —Aguarda, Mishka. Dime, ¿qué piensas tú? Mishka guardó silencio unos instantes. —Víctor, te creo — respondió con lentitud —. Te creo... —Ibas a decir pero... — le acusé. Mishka no contestó. —¡Mishka! — grité. —¿Es que no lo comprendes por ti mismo? — respondió de mal talante. Dejé mi asiento. —¡Qué le vamos a hacer! Gracias, de todos modos. El restaurante "Uzbekistán" estaba abarrotado de público y el rumor imperante recordaba el de una estación de metro a la hora de mayor afluencia. Los camareros corrían entre las mesas, agitando las servilletas y tratando de contentar a los más impacientes. Tuve que sentarme a una mesa donde había ya una joven un tanto ebria, que intentaba conversar conmigo en inglés, pese a que todo cuanto sabía de este idioma no pasaba de speak you english? y I am a girl. Su acompañante, un sujeto latoso que llevaba un emblema universitario en la solapa, le decía de cuando en cuando: "Luda, no molestes". Y tan pronto como ella callaba un breve instante, él se inclinaba sobre la mesa y con los puños de la camisa casi rozando la ensaladera, se esforzaba en convencerme. —El periódico americano más objetivo es el New York Herald Tribune. Le aconsejo que lea el New York Herald. Tribune. Sus opiniones son muy pertinentes... —¿Y usted? ¿Quién es usted? ¿Un vendedor de periódicos? — pregunté, rechazando la mano húmeda que pugnaba por posarse en mi brazo. Mas el importuno no era fácil de convencer. —No. Soy Vachetchkin Siemion Aleksieievitch, encargado de curso. ¿Cómo se llama usted? —¡Fra Diávolo! —¡Vaya! ¡Esto sí que es bueno! Le repito, lea usted... Se interrumpió y me miró de un modo amable. La muchacha volvió a gritar: —Speak you english? —¡Espera, Luda! Se lo explicaré, ciudadano. Hemos estado jugando al póquer y he perdido ocho rublos, ¿sabe? ¿Juega usted al póquer? ¡Al póquer! ¡Valiente hijo de perra! Espera a que te encuentre un día por la calle y ya te demostraré si juego o no al póquer.

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Incliné la jarra del vino sobre mi vaso, pero lo que quedaba en ella no bastó para llenar ni la mitad. El encargado de curso, tomando la suya, me invitó, obsequioso: —Permítame servirle un poco del nuestro. —I am girl... —¡Silencio, Luda! Usted me es simpático, ¡ji, ji!... ¡Fra Diávolo...! —Está bien. Écheme un poco de vino. Llamé a la camarera y ordené una doble ración de vodka. Ella se inclinó solícita hacia mí, con la expresión de una madre inquieta. —¿No será demasiado? No se enoje, pero ya ha bebido mucho. —Eso no importa, señorita, no importa. Ya ve que aún me comporto con corrección. Sin embargo, no me sentía bien en absoluto. No es que estuviese ebrio, pero a veces me daba la impresión de que el amplio comedor se desvanecía envuelto en la bruma. Parecía que un martillo invisible me golpeara el cráneo y tenía la garganta espantosamente seca. —¡Oiga, Vachetchkin! ¡Usted es profesor, qué demonios! Quisiera preguntarle algo, pero antes diga a esa joven que deje de una vez su english o la enviaré a paseo en buen ruso y me quedaré tan fresco — terminé, en tono irritado. Me aseguraba a mí mismo que estaba en mis cabales, que era dueño de mis palabras, pero lo cierto era que me mentía a sabiendas. —¡Atiende, Luda! ¡Le escucho, querido amigo! ¡Me llamo Vachetchkin...! —Speak you... — chilló Luda una vez más. Luego se calló. —Escuche, Vachetchkin. A propósito, ¡vaya nombre ridículo! Vachetchkin... Está bien, está bien, no se enoje... ¡Ah, ya llega el vodka! Gracias, déjelo aquí. Imagínese por un momento que le acusan de algo sucio, innoble, y usted no está en condiciones de probar que no es culpable. Se siente impotente ante la calumnia. ¿Me escucha? Pues eso... Bien, mi querido encargado de curso, ¿qué haría en ese caso? ¿Cómo se sentiría? —Yo... Gracias, muchas gracias. ¡A su salud! ¡Hum! Sí. De ser acusado de algo, de algo que... que yo no hubiese cometido, conservaría la calma, puesto que tendría la certeza de ser inocente, ¿no le parece? —¡Muy bien dicho! ¡Bravo, señor encargado de curso! Oiga, ¿cuánto tiempo lleva el trayecto en avión de Moscú a Sochi? —¿Cómo? ¿Hasta Sochi? Pues creo que unas tres horas, tres horas y media... —¡Perfecto, Vachetchkin! Esta vez también has dado la respuesta exacta. En ese preciso instante, Luda se sintió indispuesta. Se levantó. Su mirada se posó en nosotros con expresión trágica y vacía. Vachetchkin se precipitó hacia la mujer y le rodeó el talle con un brazo. Mientras la conducía, ladeó el rostro para pedirme: —¡Aguarde! ¡No se vaya! ¡Es necesario que acabemos esta conversación! —¿Está ocupado ese asiento? — me preguntó alguien. En nuestra mesa quedaba todavía un lugar vacante, que nadie había podido ocupar hasta entonces, porque Luda había colocado el bolso en la silla desocupada. Al abandonar el comedor, Vachetchkin no se lo había llevado. —Sí, hay un puesto libre.

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—Es más que suficiente. ¿Sabe usted? No me agra da sentarme en dos sillas me he contentado con una y deseo lo mismo en lo que a usted concierne.

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. Toda mi vida

El hombre estaba completamente bebido. Frisaba en la cincuentena. Presentaba cierto aire taciturno, sin embargo respiraba benevolencia. Tenía el cabello rubio, algo gris en las sienes. Al inclinarse para lomar asiento, observé su incipiente calvicie. —¡Bien! — exclamó, frotándose las manos —. ¿Qué pedimos? Señorita, tráigame una jarrita de vino, una ensalada, un lechoncito y un par de botellines de agua mineral. Eso es todo. Joven, pido su venia para servirme del cenicero. Bien, gracias, colega. —No somos colegas — gruñí —. Yo soy artista pintor. —También yo soy artista — terció el hombre —. Un artista en su género. No, bromeaba tan sólo. Pero he conocido a buen número de artistas. He tratado con ellos a menudo. He pasado muchas noches charlando con ellos. —¿De verdad? ¿Es usted historiador de arte, o crítico? ¿0 es el ministro de Cultura? —¡Vaya, vaya! ¡Qué brío, qué juventud! Mas no importa. Ya se le pasará... —Bebamos de lo mío, porque de aquí a que nos sirvan... —Bebamos, jovencito, bebamos. Ya haremos cuentas luego. A tu salud. Decía yo a los artistas: "¿Quiénes sois vosotros? ¿Artistas? ¡Me dais lástima! ¡Los hombres como voso... tros! ¡Sentaos ahí!" Y ahora estoy retirado. Eso es todo. —No alcanzo a comprender cómo estaba en relación con artistas. —Y no solamente con artistas, sino con profesores y académicos y químicos. Yo, sentado aquí y ellos allí abajo... ¡Mis pobres pajarillos! ¡Eh! ¿Por qué pestañeas de ese modo? ¿Deseas saber quién soy? ¡A tus órdenes! Era comandante. Actué con tal graduación en los Servicios de Seguridad. ¡Veintisiete años, ni un día menos! Y ahora me han jubilado. De pronto, bajó mucho la voz. —Ya no te necesitamos — me dijeron —. Ya no estás a la altura de los tiempos actuales. No tienes suficiente cultura. En mi lugar han puesto a un intelectual, a un jovencito... Pero no digas una palabra. Te hablo como a uno de los míos... -¿Qué? —...como a un hermano, un hermano menor. Y te digo que llegará un día en que vendrán a suplicarme: "Mi comandante, venga en nuestra ayuda." ¿Crees que toda esa farsa durará mucho? ¿Esos manejos, los casos Evtuchenko, los administradores y todas esas perrerías...? ¡Cállate! ¡Silencio! ¡Aprieta los dientes, no desesperes! ¿Crees que estás solo? ¿Te imaginas que con la pensión que me han asignado puedo remojarme el gaznate todos los días? ¡No, no es verdad! Cuando paseo por la calle Kusnetskaia salen a mi encuentro. Vienen, se van. No se saluda militarmente a una persona cuando viste de paisano, pero me rinden honores con la mirada. Hacen bien, pues nada pueden conseguir sin mí. Vendrán a suplicarme. Y yo me lavaré, me afeitaré y saldré a recibirles. Ya verás lo que somos capaces de hacer juntos. ¡Chitón! Son débiles, ¿entiendes? "Tengo escrúpulos de conciencia — dicen — y mis informes no eran exactos." Pero, ¿cómo puedes saber lo que es exacto y lo que no lo es? ¡Tú has cumplido con tu deber para con la Patria y el Partido! Respecto a... Por otra parte, yo nunca hablo de ÉL Ya se encargan de hacerlo. Eso es todo. Fidedigna o no, hay que facilitar información. A nosotros corresponde analizarla y decidir. Pareces un buen chico, pero eres demasiado joven. Además, tienes aspecto de soñador . Deja ya de pensar y no le atormentes. Tus informes eran buenos... Digo, no los tuyos, me he equivocado. Pero

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Expresión equivalente a llevar doble juego, o servir a dos amos.

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creo que también podrías colaborar. Eres un hombre cabal y verídico. ¿Has luchado en el frente? ¿Dónde? ¿Fue cercada tu unidad? ¿Estuviste en poder del enemigo? Calló de pronto y me miró en actitud recelosa. —Ten mucho cuidado — dijo en tono quedo y amenazador —. Acabas de firmar un acuerdo. Eso es todo. En una de las mesas vecinas, quedó un asiento libre. El comandante se levantó y pasó a ocuparlo. Allí le sirvieron las bebidas y viandas que había ordenado. No obstante, continuaba amenazándome con el dedo y murmurando entre dientes: "¡Ah, eso es así!" De manera que las cosas son así. Precisamente así y no de otro modo. Por momentos, el comandante iba adquiriendo una enorme talla. Me pareció que su figura se agigantaba, enfundada en su uniforme gris, cuajado de condecoraciones, hasta llenar el comedor. De modo que así son las cosas, ¿eh? ¡Pues bien, no! ¡Ciertamente que no! Las cosas no sucederán como tú quieres, comandante, carroña maldita, esbirro de la KGB. No será como tú quieres. Yo reventaré, pero hará todo lo posible para que no ocurra como vosotros queréis. No recuerdo el momento en que Brinski se me acercó. Creo que me hizo señas desde el fondo del salón, pero, al no levantarme, él vino a mi encuentro. Se me había terminado el vodka y me dirigí al comandante exigiéndole el pago de lo que se bebió en mi mesa. Brinski repetía, inquieto: —Deja eso. Olvídalo. Ven a oír mis versos. —Ahora voy — contesté —. Un momento. Me fui a los lavabos y metí la cabeza bajo el grifo. El empleado que los atendía se me acercó. —Joven, ¿desea estar en forma en menos de quince minutos? —Bien. Haga que vuelva a la lucidez para el resto de mi vida. —Para toda la vida no va a ser posible — respondió el hombre, con acento de gran convicción —. Deme tres rublos. Se los di. El empleado me condujo tras una mampara e hizo que me sentara, a la vez que ponía en mi mano un tubo con pastillas de vitamina Bt. —Tómelas — dijo —. Pero, cuidado, no vaya a dormirse. Engullí las grageas del tubo y estuve a punto de ahogarme, pues me empeñé en tragarlas de una vez. Tenía mis dudas sobre la eficacia de la cura. Sin embargo, al cabo de unos veinte minutos me sentí con fuerzas para regresar al comedor. Las piernas me temblaban, pero había recobrado el ánimo por completo. Brinski seguía esperando. —Escucha — suplicó —. Y ustedes también — añadió, dirigiéndose a Vachetchkin y Luda, que acababan de regresar a la mesa. El rostro de Brinski parecía de piedra. Se oprimió las mejillas con las manos y empezó a recitar: Transcurrirán los siglos, soberbios y serenos, Antes de que podamos verlo y conocerlo todo. Entonces el cielo desplegará sus velas Y los arcángeles harán que suenen sus trompetas. Y gritará el pueblo: ¡No puede ser! ¡Es pronto todavía!

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Y rogará d pueblo: ¡Esperemos! ¡Aún no! ¡No tan deprisa Vacilantes, las gentes, buscarán nuevo jefe. Otro falso profeta que les marque la vía. Después le seguirán, ciegos, ofuscados Pendientes de que el jefe arrugue o no la frente. Otra vez lucharán entre sí los hermanos, La guerra entre el bien y el mal no puede cesar. El negro corcel, con cascos relucientes, Golpeará el granito que le espera siempre. Temblará la tierra hasta sus más hondas entrañas, Y, afligida, tornará a la era glacial. No disputéis, ¡oh locos!, por el poder y las doctrinas. ¿No veis que así la vida carece de sentido? Sólo puede tenerlo en un equilibrio del bien y el mal, Cuando la luz entabla la lucha con la sombra. —¡Un poeta! — exclamó Vachetchkin —. ¡Un auténtico poeta! Concédame un autógrafo, se lo ruego. Soy el encargado de curso Vachetchkin. Al día siguiente, hallé en mi bolsillo un papel con los versos de Brinski. Ignoro en absoluto cómo pudieron llegar allí. Quizás arrebaté la hoja a Vachetchkin... Es posible, puesto que acabé de nuevo borracho perdido. En la noche, amigo, saldré de mi casa para sumergirme en el abismo donde el ruido de los trenes que pasan raudos se ensarta como las cuentas de un collar, las estaciones, donde abundan orgullosos los mármoles y bronces inútiles, en las que se apretuja una masa hastiada y melancólica. Cruzaré bajo tierra la ciudad. Arriba, nacimientos y muertes, ternura y lujuria, todo el abigarramiento insólito de la existencia. Saldré de nuevo a la superficie, sintiendo en los hombros toda esta carga. Llamaré a tu puerta, dejaré en el umbral tan pesado fardo y diré: «¿Qué debo hacer?» Tus labios se abrirán en triste y artera sonrisa, como si conocieras bien los periplos y riesgos de mi camino, las victorias y las derrotas que lo han jalonado. Citarás muchas veces a pensadores detestables y tus dedos esbeltos trazarán en el aire monstruos apocalípticos. Y me dirás: «Espera el porvenir.» No creeré en tus palabras, amigo mío, ni dejaré que mi alma se aventure por el hielo o las llamas de tus profecías. Te pregunto: "¿Qué debo hacer ahora, hoy?" Sacaré a mi héroe del montón de ruinas que lo sepulta, Víctor, lo tenderé sobre la mesa cubierta de ceniza de cigarrillos y te preguntaré: «¿De qué modo puedo ayudarle?» Tú guardarás silencio. Nos miraremos con tristeza y lo veremos retorcerse y temblar sobre la mesa encerada y sucia, junto a unos mendrugos de pan, con su cuerpo próximo al borde de la mesa, desde donde resulta tan fácil caer. Lo contemplaremos como se hace con los simios del Jardín Zoológico, emocionados y consternados a la vez ante su asombrosa semejanza con nosotros. Y tú inquirirás: «¿Has puesto mucho de ti en él?» «No sé — replicaré yo —, no lo sé. Sí. He puesto mucho, sin duda.»

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Agotaremos el vino que sobró de la francachela de la víspera, en tanto nos contamos chismes <e historietas varias. Emprenderé luego la marcha y tú me seguirás con la mirada... Vagaré por las calles, escrutando el rostro de los viandantes y curioseando por las ventanas iluminadas de las plantas bajas. Llegaré a la calleja donde moras, mujer, amiga mía, y entraré en tu casa. Juntos recogeremos los fragmentos del pretérito, de nuestro pretérito,, y haremos una pila con ellos. Luego encenderemos fuego y nos calentaremos las gélidas manos. No te preguntaré qué deseas hacer, por temor a leer en tus ojos que quieres huir, alejarte de las reflexiones, del peligro, de mí. Te envuelves en la melodía, en las flores, en el amor que sientes por el hijo. ¿Qué consejos podrías darme, cómo nos salvarías tú, a mí y a mi pobre Víctor? De vuelta a mi casa, me acogerá en el portal una compasión muda y silenciosa. Posaré los labios en tibias y clavículas y resucitaré lentamente, disponiéndome a vivir otros días con sus noches. Y nadie me preguntará: "¿Cuánto hay de ti en ese personaje?" Pues es aquí, justamente aquí, y sólo aquí, donde se conoce la respuesta. Me enfrentaré solo con mi héroe, que reposa ebrio e inconsciente, y le diré: No puedo ayudarte, Víctor. Estás condenado... *** Me dirigí al trabajo. Tenía el cerebro torno, agotado, roto. Hubiera sido más sensato abstenerme de acudir a mis ocupaciones, al menos en veinticuatro horas. Gozábamos de cierta libertad a este respecto, mas no era ése el motivo que me obligó a presentarme al estudio, sino el hecho de que deseaba saber a toda costa lo que se decía de mi. En realidad, prefería que la cosa fuera ya del dominio público, para calmar de una vez la ansiedad que me tenía en vilo. Como de costumbre, en el taller reinaba la calma más absoluta. Mis colegas me miraban y sonreían. La ropa que llevaba puesta estaba visiblemente arrugada, pues me había acostado sin desnudarme. También les producía risa el verme beber agua cada diez minutos. Teníamos un encargo urgente a la vista: unos carteles para la Unión Periodística. Como siempre ocurría en casos parecidos, nuestra falta de organización se manifestaba en todo su esplendor. Nos era imposible distribuirnos el trabajo; se extraviaban los textos y no lográbamos coordinar la tarea. Alguien comenzó de pronto a gritar que no aguantaría un día más en esa casa de locos. ¡Una casa de locos! ¡Si supieran lo que es una casa de locos! Siempre tan pulcra, tan ordenada, con su televisor y su periódico mural. Para ser exacto, nunca estuve en el pabellón donde recluyen a los enfermos peligrosos, pero en alguna ocasión visité a los dementes pacíficos. Todos tenían un aire concentrado y presuroso. En una palabra, aquello recordaba más bien una sala de la Biblioteca Lenin que una clínica mental. La única diferencia estriba en que, en la primera, las puertas se abren con llave triangular, parecida a la que se usa para abrir los departamentos de los vagones de ferrocarril. Un rincón idílico y acogedor, refugio del pensamiento liberado de las preocupaciones cotidianas Estaba sin tabaco y, como era el único fumador en mi departamento, me acerqué al taller de estarcido para pedir unos cigarrillos. La puerta estaba entornada, y por ella llegaban los ruidos y voces del interior. —¡Sinka, no hagas tanto ruido! —¡Oye, tú, dame ese trapo! —¡He aprendido un nuevo verso, muchachos! —¡Leva! ¿Cuándo piensas afeitarte? —Weiss dice que des el punto de vista crítico... — ¡Calláos, vosotros! ¡Lenotchka, vengan esos versos! Sólo hablan de política, Se ponen afónicos de tanto perorar. La muchacha, arrasados los ojos en lágrimas, Les escucha, transida de pena.

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Atiborrados de doctrinas diversas Alo cesan nunca de parlotear allá dentro. Durante ese tiempo, la nieve Adorna los vergeles. Si están secos los corazones humanos, Las estrellas no podrán ser de oro. ¡Primavera! ¡Haz que el termómetro suba! ¡Funde la nieve! ¡No te duermas! —Es suave, Lenotchka, muy suave. —¡Qué composición tan ingenua! —Bien. Confieso que a mí me agrada. —Y a mí también. —A decir verdad, ¿a quién te refieres? ¿Quién es ése que no cesa de querellarse y de hablar? —Creo que todos leemos los periódicos. ¿No es cierto, Lenotchka? —¡Qué balumba, amigos! ¡Se diría que es un cofre de doscientos kilos! No hables más de ello, por favor. Cuando yo entré, todos guardaron silencio. Sus miradas convergieron sobre mí, unas confusas, otras curiosas e insolentes. —Se me han terminado los cigarrillos — dije. El silencio persistía. Nadie hizo el menor movimiento. Por fin, el que había dicho lo del "cofre" dejó caer un paquete sobre la mesa que había ante mí. Tomé un cigarrillo, di las gracias y abandoné el taller, cerrando la puerta con suavidad. Apenas hube salido, estalló una viva discusión en el interior de la sala que acababa de abandonar. No había tenido tiempo de andar media docena de pasos, cuando Lenotchka me alcanzó. Se plantó ante mí, temerosa aunque decidida, y de un tirón, como si saltara al agua desde el trampolín, me espetó: —Te suplicamos, Víctor Lvovitch, que te abstengas de venir a la sección como no sea por cuestiones relacionadas con el trabajo. La contemplé en silencio. Ella juntó súbitamente las manos y murmuró: —¿Cómo ha podido hacerlo? ¿Cómo pudo...? Usted, un hombre tan... ¿Qué es lo que ha hecho? "¡Ah, Sonia Marmeladova!
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" Estallé en una carcajada.

—Cálmese Lenotchka, se lo ruego. No me dedico a matar mujeres. Pero ya me apresuraba hacia la salida. Al llegar a la calle, me precipité hacia la primera cabina telefónica que encontré. —¿Nina? Quisiera hablar con Nina Vassilievna Riazhentsov. ¿Nina? Habla Víctor Volski. Atiende un instante, por favor. Necesito la dirección de Félix Chernov. ¿Qué dices? Quiero detenerlo antes de que sea demasiado tarde. ¿Qué? No, no es ninguna amenaza... Bien, ya te lo contaré más tarde. Por el momento, te pido su dirección. ¿Cómo dices? El número de la casa es el... ¿el 45? ¿Y el de su apartamento? ¿Sí? ¡Nina, no seas estúpida! ¡Dios mío! ¿Qué te importa que sea o no un canalla? Empujaba a los caminantes, sin parar mientes en los automóviles y los semáforos. «Borracho — gritaban a mi paso —. ¡Imbécil!" Yo avanzaba como una ola rugiente, igual que una marejada que gana poco a poco en intensidad. En mi interior bullían maldiciones y plegarias. No obstante toda esa furia se esfumó sin dejar huella al llegar al hogar, pequeño y confortable, de los Chernov.

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Alusión a Crimen y castigo, de Dostoievski.

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La hermosa Assia me comunicó con expresión de disgusto: —Félix acaba de irse. De todos modos, ya contábamos con que más pronto o más tarde acabaría usted por presentarse aquí. Félix me encargó que le dijese que ha de hacer usted lo que ordenó. No tiene la menor intención de mudar de parecer. Por mi parte, estimo que tiene razón y que su decisión es justa. La gente de su calaña debe mantenerse alejada de nuestras vidas. Hasta me sorprende que pueda ser amado por una mujer, a menos de que se trate de una cualquiera. Avancé un paso hacia ella. Si Assia hubiese retrocedido, creo que la habría golpeado. Pero la esposa de Chernov no se movió, ni tampoco dejó de mirarme fijamente, con gesto de repugnancia. *** De vuelta a casa, me dejé caer en el diván: "¡Tiene razón y su decisión es justa!" ¡No! ¡No es justa! Yo no he pecado. ¡Soy inocente! Es decir... Sí, he pecado. Nunca estuve en prisión. Tendría que haber sido encarcelado, mas no por causa de una bagatela, como Félix Chernov. Tendría que haber hecho algo más grande, algo que mereciese la cárcel, los campos de trabajo, la penitenciaría o un tiro en la nuca. El teléfono empezó a repiquetear. —Sí, soy yo... ¿Qué? ¿Que nunca nos hemos...? ¡Repítalo! ¿Que jamás nos hemos visto? Bien. Lo tendré en cuenta. ¡Dios mío! Soy culpable, pero culpable de no haber hecho nada. He pecado de indiferencia, de morosidad. ¡Exactamente igual que los demás! Pero sólo yo he de pagar por ello. Otra vez el teléfono. —¡Sí, sí, naturalmente! De acuerdo. No tema, no iré. ¡Adiós! Está bien, pues. ¡Que el diablo os lleve a todos! Me habéis derrotado. Vosotros sois los honestos, los justos, los héroes modelo 1963. ¿Adonde podría dirigirme para escapar de vosotros? Conforme, me iré lejos, desapareceré. No me llevaré conmigo más que a la persona a quien tengo mayor afecto. Al menos creo que podréis concederle eso al vencido, que podréis dejarle la vida salva... Nos marcharíamos los dos juntos y nos afincaríamos en cualquier parte, con tal de que Irina pudiese dedicarse a la música y yo a mis garrapatos. Para toda la vida. Nos bastaríamos por completo el uno al otro... —Sí, soy yo, el mismo. Entiendo, entiendo... ¡Váya- se al cuerno! Me estableceré lejos de todo esto, junto a ella, y todos vosotros podéis quedaros tranquilos. Sed honestos, Justos, dichosos o perversos... De nuevo el teléfono... El teléfono... El teléfono... ¡Irina! ¿Por qué no llamas tú? ¡Háblame! ¡Dios mío, llámame tú al menos! *** La puerta se abrió de pronto. Igolnikov entró sin llamar. Yo me recosté sobre el codo. —¿Puedo pasar, Vitia? —No, Valodia. Nadie puede entrar en mi casa. Ni usted, ni nadie. Soy un proscrito, soy alguien fuera de las reglas de la convivencia. He dejado de existir para vosotros de una vez para siempre.

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—¡Cállese, Vitia! No creo una palabra de ese asunto, ¿entiende?¿Está usted en situación de creer que yo no creo, que creo en usted...? Perdón, no sé lo que me digo. Cállese de una vez. No puedo soportar oírle hablar de ello. —Escuche, Valodia. En realidad, no me sirven de nada sus paños calientes. Jamás había venido usted a verme. ¿Qué es lo que le trae ahora? ¿Ha venido a consolarme, a exhortarme? —¡Eso nunca! — respondió vivamente Igolnikov —. ¡Menudo soy! ¡Como para consolar a nadie! He venido a charlar un poco, eso es todo... ¡Ah! Y además, prefiero ser sincero. Por el momento, usted no se halla muy en forma. Y yo le aprecio, eso le consta. Bien... ¿Me voy o me quedo? —Quédese. —¿Lo dice en serio? Pues si quiere que me quede habrá de recibirme como conviene. Tendrá que decirme: "Querido amigo, está usted en su casa." —Bien. Está usted en su casa. —No parece muy entusiasmado... En fin, poco importa. Que Dios le juzgue. Mientras, jugaré al anfitrión yo solo. ¿Dónde está el sacacorchos? Deme un cuchillo y partiré el salchichón. ¿Dónde guarda los platos? ¿Y los vasos? ¡Ah, aquí están! Bebimos un vasito de vodka cada uno. —Mi querido Vitia, voy a revelarle un gran secreto. Todo eso no son más que memeces. No haga demasiado caso. Llegará el día en que se pondrá el asunto en claro y todo se arreglará. Al fin y al cabo, no ha ocurrido nada terrible. Simplemente, le han acusado de ser un traidor. ¿Y bien? Sabemos que no es cierto. Tuve un altercado con Chernov respecto a usted. ¡No se preocupe! Lo importante es que la gente no le presta a usted demasiada atención. —¿Cómo que "no me prestan atención"? Todos se han creído la historia y han empezado a volverme la espalda. —Pues, por ejemplo, yo no le he concedido el menor crédito. La mujer que le quiere tampoco cree lo que anda en boca de la gente y no le ha abandonado. Sí, mi amiguito, lo sé todo. Lo sé y le felicito de todo corazón. Irina es una mujer admirable. En otro tiempo me unió una gran amistad con su hermano, pero murió en el frente, en 1944. Era un gran pianista. Por otra parte, ya sabe que en la familia existe gran afición a la música. —Oiga, Valodia... Espere... ¿Lo sabe ella? —Sí. Y no se exalte de ese modo. Atiéndame bien: ayer por la noche estuve en casa de Oksana Iampolska, creo que no la conoce. Trabaja en una editorial como correctora. Es una mujercita muy despierta. Había allí bastante gente. De pronto, advertí la presencia de Irina. Descubrí que existe entre ellas una buena amistad o tal vez cierto parentesco. Bueno, quizá los parientes fueran sus maridos. Me sentí muy complacido y le pedí que me hablase de su madre. La velada no tuvo nada de particular, pero hete aquí que, observando a Irina con atención, me pareció notar que le ocurría algo. "¿Qué te pasa, pequeña? ¿Algún contratiempo?" "Nada — repuso ella —. Es que rehusé una cita para esta tarde y, de pronto, ha cambiado la situación. Y cuando le llamé al teléfono, él no estaba en casa." Yo me reí. "Siempre lo mismo. ¡Fíjate en la cantidad de tipazos que tienes delante! Y yo creo que todavía cuento." Ella se echó a reír a su vez: "Oye, Valodia, tengo la intención de casarme. Creo que tengo derecho a intentarlo otra vez, ¿no?" Nos acercábamos a la mesa para celebrarlo con unas copas, cuando percibimos el nombre de usted. Como yo me sentía de muy buen humor, me limité a exclamar, por pura gracia: "¿Quién se ocupa tanto del célebre pintamonas?" Y de pronto, en medio de una locura colectiva, comenzaron a referirnos todas esas estupideces. Confieso que me sorprendí de tal manera que, por unos instantes, perdí el uso de la palabra. Pero Irina se irguió y les replicó cumplidamente... No importa cómo lo dijo. Lo que cuenta es que les dio una soberbia lección. Después, yo añadí también algo por mi parte. Y, a continuación, con la frente bien alta, abandonamos la reunión, con gran disgusto de la dueña de la casa, que vio salir en nosotros a la Música y a la Literatura. Acompañé a Irina a su domicilio y corrí a casa de los Chernov. Y allí... no me anduve por

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las ramas... Me alegro de haberle encontrado en casa. Esos liberales de gran corazón no lograron comunicarse con usted. ¿Dónde se había metido? —Estuve toda la semana con ella. —Mi querido Vitia, me consta que Irina está de su parte. Así que puede usted reírse de todos los demás. Cuando la mujer amada nos abandona, entonces sí que todo va mal. Eso fue lo que me ocurrió a mí en época, ya lejana. Créame, Vitia, que llegué hasta orar al buen Dios. "¿Qué ocurre, Señor? — le decía —. ¡Señor, ven en mi auxilio!" Y eso que soy ateo, pagano, un mastodonte, miembro de la Unión de Escritores Soviéticos, a la que el diablo confunda. Pero era como si alguien me hubiese saltado a la garganta. En una ocasión me puse a aullar como un lobo. ¡Oh, los celos! ¡El cruel tormento de los celos! Siempre que pensaba en el tipo al que ella quería, me acometía el odio y el asco. Todo me parecía innoble en él: Su voz, su aspecto, su modo de ser. Ahora me doy cuenta de que es un hombre como los demás, bastante inteligente, que posee buenos sentimientos y es honrado y laborioso. ¡Pero entonces! Sólo el verle me sacaba de mis casillas. Sin embargo, lo peor era imaginarlo junto a ella... con aquellas manazas cubiertas de vello. No podía evitar sentir náuseas cada vez que le miraba, como si fuese a mí, y no a ella, a quien abrazara. ¡Oh, Vitia, Vitia! ¡Qué tormento, qué desdicha me causaba semejante situación! Dejó de hablar y procedió a llenar de nuevo los vasos, que vaciamos sin demora. —Valodia — dije —, tiene usted razón. Voy a llamarla... —No vale la pena. Ya lo haré yo mismo luego... Decía que las vi de todos colores... Mi intención fue abandonar Moscú. A la sazón trabajaba yo en un periódico. Hablé con mi jefe y le dije: "Déjeme partir." ",-Le ocurre algo?" "Sí. Quiero ir en busca de Dios." A lo cual él respondió: "Busca en ti mismo el reino de Dios, y la sociedad te ayudará." El tiempo no pasó en vano y conseguí curarme... Bueno... ¿Y por qué le cuento todo esto? se preguntará. Pues porque usted, mi querido Vitia, no tiene derecho a lamentarse. Su armazón es muy sólido y no se desintegrará con facilidad... —Mi buen y apreciado Valodia — atajé —, vamos a tomar otro vasito. Valodia, es usted un tipo realmente extraordinario. —No es por naturaleza. Es el ambiente el que nos hace. Nosotros, los rusos, carecemos de voluntad porque nos resignamos con excesiva facilidad a nuestra suerte, porque todo cuanto ha habido y hay a nuestro alrededor es un espejismo, una quimera. Todo es incierto, aleatorio. Y somos malos por idéntica razón. Como todos los alcohólicos, Igolnikov se excitaba con facilidad. —Los americanos, los suecos — me refiero a las personas normales —, son buenos o malos sin motivo. Ellos conciben la justicia a su manera concreta y utilitaria. No dispersan sus emociones a los cuatro vientos. Se manejan bien y aprovechan el tiempo, mientras que nosotros, imbéciles, nos jactamos de arrojar a la basura no sólo los minutos, los días o los años, sino toda nuestra vida, épocas enteras de ella. Nos consta que somos unos perfectos idiotas, pero, al menos, nos sentimos orgullosos de ello. ¡Hay que ver, si no, cómo enseñamos los dientes cuando los extranjeros se apiadan de nuestra suerte! Uno de mis amigos compuso una cuarteta al respecto, en ocasión de que un francés intentaba convencerle de que nosotros, los rusos, éramos muy desgraciados. Hela aquí: Tú, francés, déjanos tranquilos, pues no puedes comprender el alma nuestra. Nosotros, la víctima y el verdugo, somos aquí inseparables. "No. No sabríamos vivir al otro lado. Y no porque no pudiéramos ganarnos bien el sustento, nada de eso. Yo poseo una veintena de oficios y usted aunque sólo tiene uno, es universal. No. Se trata de algo muy diferente. ¿Acaso podríamos en el extranjero llamar a las once de la noche a la puerta de un hombre, un hombre con quien no nos uniese demasiada amistad, y contarle nuestras intimidades,

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como yo acabo de hacer en este momento? ¡Jamás! La cordialidad sincera, Vitia, es un valor que no tiene curso legal en el extranjero. Mientras que aquí, en Rusia, aunque vivamos con la m... hasta el cuello, no nos privamos de tener nuestras charlas íntimas. Lo mismo que los avestruces, nos ocultamos en nuestra propia importancia... Y a propósito de avestruces; usted que es artista, dígame, Vitia, ¿a qué se asemejan las avestruces? —No se me ocurre — repuse. —Pues a las bailarinas. Esas estúpidas aves adoptan figuras muy semejantes a las del ballet clásico. Hasta sus colas son similares a los toneletes... Bien, ¿de qué estábamos hablando? ¡Ah, sí! Habíamos comenzado a echar pestes de Rusia. Al fin y al cabo, es lo que hemos hecho siempre, desde el mismo origen de nuestra historia, desde el propio príncipe Vladimiro, nuestro pequeño "rey Sol". Esos alcornoques que se tienen por periodistas pretenden que aquellos que se expresan como lo hacemos nosotros en este momento muerden la mano que los nutre. ¡Cretinos! ¡No comprenden que se trata de su propia mano! Quiero afeitarme — soltó Igolnikov inopinadamente. Le entregué la afeitadora eléctrica. —El rasurarse viene a ser algo así como renunciar un poquito cada día a la barbarie. Pedro el Grande, el larguirucho "holandés" 13 , lo había comprendido muy bien. Constituía un medio más eficaz de domeñar a los boyardos que la soga del verdugo... Yo apenas prestaba atención a sus palabras. Tenía tan grandes deseos de ver a Irina que decidí telefonear. Marqué el número con cierto nerviosismo. —Lo siento, pero no está en casa — dijo la voz de su madre —. No, no sé... De acuerdo, transmitiré el mensaje... Hasta la vista. ¿Dónde estás, Irina? Habitas en la misma ciudad, en el mismo país y en el mismo planeta que yo. ¿Por qué no das señales de vida? No es necesario que corras a ver a todo el mundo en defensa de mi reputación. Ven a mí. Ven, Ira. Echaremos a ese grandullón, amable y pesado, y nos quedaremos los dos solos. ¡Ven, Ira! *** Irina vino a verme. Pero no lo hizo sino al cabo de un par de días, durante los cuales recibí gran número de llamadas telefónicas y de misivas que me desgarraron el corazón. Vivía rodeado de verdugos. Las personas con quienes antaño hablaba, bebía, iba al cine, me querellaba y hacía las paces, me esperaban ahora con la estaca en la mano. Tales estacas imaginarias revestían formas diversas: silencio, desprecio cortés, interés prudente, indiferencia... Creí conocerme a fondo. Y yo embarrancaba y me anegaba en el mar de ese pretendido conocimiento, como en medio de una espesa niebla. La encontré en casa a mi regreso. —Tus vecinos me han permitido la entrada. —¡Irina! ¿Qué te trae por aquí? —¡Vitia! He venido a decirte que no creo una palabra de cuanto dicen. —¡Cariño mío! —¡Espera! ¡No creo una palabra, pero no puedo seguir como hasta ahora. Desde hace tres días, no hago más que discutir con la gente en defensa tuya. No he tenido ni un solo momento para mí. Siempre había alguien que venía a verme o me llamaba por teléfono, tanto en casa como en la oficina. ¡Es increíble el número de personas que estaban al corriente de nuestras relaciones! ¡Víctor, Vitia! ¡He luchado con toda mi energía! Pedro el Grande había estado en Holanda en su juventud, donde aprendió el arte y la técnica de la navegación. (N. del T.)
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Y la muchacha rompió a llorar. —Soy débil, Vitia, hasta malvada si quieres. Pero esto es para siempre, Vitia, para toda la vida. Es como una mancha. Sí, lo sé, cariño. No es leal dejarte solo con tu pena, pero ya no me quedan fuerzas. Tenía el rostro demacrado, los labios plegados en un rictus amargo y grandes ojeras. Mas éstas no eran las mismas que yo acariciaba por las mañanas, cuando despertaba junto a ella. —Pégame, arrójame de tu lado, di algo... —¿Para qué, Irina? Después de todo, tienes razón. —¿Cuándo acabará todo esto, Vitia? —No tan pronto. De momento soy un apestado y todo sacrificio sería inútil. Sí, seguro. Es posible que más tarde, cuando haya transcurrido mucho tiempo... Vete. No puedes salvarme. Mentía. Sí que podía salvarme. Desde el umbral, me dirigió una sonrisa llena de patetismo y vergüenza. E Irina se fue. ¡Viva la intelligentsia liberal! ¡Vivan los inflexibles defensores de la moral! ¡Viva nuestra juventud ávida de conocimientos! Amigos míos, tenéis razón. Félix, tienes razón, y tú, Mishka, y tú también, Nina, y vosotros, los jóvenes artistas de mi taller. Irina, tú la tienes también. Y yo... Todo está en orden. Somos dos Víctor Volski. Uno de nosotros está aquí, en esta habitación, y escucha el veredicto que se pronuncia en su contra. El otro está en casa de los Lurié, o de los Riazhantsov, y habla con horror del otro Víctor, que es la escoria de la sociedad, el traidor. Tú, Volski número uno, ponte en su lugar y trata de encontrar una excusa cualquiera que justifique al delator que eres. No existe paliativo para los delatores. No tienen justificación. Estás marcado, Volski número uno. El Volski número dos ha emitido ya su juicio. Y tú, Volski número dos, como juez, estás asimismo cunde- nado. Ya podemos fundirnos y saldar nuestra cuenta y la de los demás. La cuenta de nuestra indolencia, la cuenta de nuestro laissez faire. ¿Me comprendéis vosotros, fervientes admiradores de Hemingway, de Picasso, de Prokofiev? No pagaré por el delito que habéis inventado, sino por el que he cometido en realidad, por mi delito y por el vuestro. ¡El vuestrol ¡El vuestro! Está bien, oídme, pues. Sabéis que no trato de inmiscuirme en vuestros asuntos. Solamente analizo... Es triste, ciertamente es muy triste, pero, ¿qué puedo hacer yo? Conviene ser ordenado, como dicen los... ¿cómo se llaman?... ¡ah, sí!... los alemanes. Y, por otra parte, ¿qué ha sucedido en realidad? Sí... sí... sí... ¿Quién es culpable, a fin de cuentas? No, no se trata de eso. Evidentemente todo el mundo es culpable y, en consecuencia, él también lo es. Pero yo os pregunto, de hecho ¿quién ha cometido esa falta, esa estúpida y minúscula falta que se le imputa?... ¡Hum!... En ese caso, ya veis, si pudiera saldarse la cuestión sin recurrir a la vía oficial, se tendría que hacer pagar también al otro, al que ha estado en prisión... Explicadlo como queráis. Las gentes comprenderán. Saben bien que entre las víctimas había también a veces provocadores... ¡Ahí ¿Eso estaba previsto? ¿Veis cómo todo se dispone a la perfección? Eso no hace sino confirmar el principio que yo he aplicado siempre: No intervengas en los asuntos ajenos... Yo lo hice, desde el momento en que me he permitido dar consejos y, por lo que veo, resulta completamente inútil... ¿Cómo? ¿También aquél que ha muerto? ¿Fue un suicidio? ¡Magnífico! No hay más que hablar... ¿Dónde está actualmente? ¿Entre nosotros? ¡Hum!... ¿Qué? No, no. Es de todo punto imposible... Entiendan: todo eso sigue su curso normal... Y, al fin, él es culpable de todos modos, si no de ese delito, de otro cualquiera... ¿Que tiene talento?... Eso carece de importancia... Cierto que es triste... Muy, muy, muy triste... Me decido a vestirme. Me pongo el pantalón bien planchado, me abrocho los botones de los puños, me anudo la corbata tal y como dicta la moda del día. Mi porte es elegante. Me dirijo al concierto que dan en la Sala Chaikovsky. Ya es tiempo de que empiece a interesarme por la música. Se trata de un concierto — ¡vaya cola ante la taquilla! — en el que interviene una célebre cantante — ¿a quién le sobra una localidad? —, una negra norteamericana. ¿Quién me ha proporcionado mi

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localidad? Al despertar, la hallé sobre la mesa. Estoy seguro de no haberla comprado yo. ¿Quién la trajo? La puerta estaba cerrada. Mas. ¡qué importa! Me chanceo... Después de todo, voy a asistir al concierto. Camarada cobrador, ¿cuánto vale el billete hasta la plaza Maiakovski? Está bien. ¿Qué? ¿No tiene cambio? No importa. Deme un billete hasta la plaza de Kiev. Daré un breve paseo. Es bueno para la salud. ¿Qué? ¿Que soy un farsante? ¿Y por qué he de sentirme triste? ¿Quién me ha enviado la localidad para el concierto? Tal vez la compré y ahora no lo recuerdo, o puede que me la dieran en la panadería, a guisa de moneda. ¡Hemos llegado, ya hemos llegado! ¡Vaya piernas bonitas! ¡Vaya! ¿Es que te figuras, perra, que deseo tus piernas? No, no hablo con usted. Hablo con el aire... ¡Qué bien se está aquí dentro! Hace calor y huele a polvos de arroz. Tengo la butaca número veintidós. ¿Cómo? ¿Que cuáles van a ser los próximos conciertos? Lo ignoro, señorita. Estoy aquí por casualidad. En realidad, no soy muy amante de la música. No, soy moscovita. ¿Y usted? ¿De Volsk? ¡Qué divertido! Yo me apellido Volski. ¿No ha oído hablar de mí? Ya llegará. ¿Y dónde se encuentra Volsk? ¿En la región de Saratov? ¡Qué lástima, no conozco el lugar! Pero no tengo la menor intención de visitarlo, ni aun en el caso de que usted quisiera invitarme. ¿Qué le voy a hacer si no me agrada la música? Sí, me encuentro aquí por casualidad, por pura casualidad... Alguien me envió una localidad. La hizo pasar a través de la puerta cerrada. De acuerdo, bromeo. Todos los cobradores de tranvía de Moscú dicen que soy el mayor farsante del mundo. ¿Lo adivina? No, no soy ingeniero, ni médico, ni profesor. Tengo un empleo en la barraca de tiro del Parque de la Cultura... No. No como instructor, sino como blanco. Hablo en serio. ¿No comprende usted? La gente — en especial los liberales — gustan de hacer gala de su puntería y, por lo tanto, me toman como blanco... Me pagan para ello. ¿Que soy muy poco serio? ¿Qué quiere usted? Actúo también de chivo. ¡Vamos! ¿Es que no sabe usted lo que es un chivo? ¿Ese animalito que tiene barba, un par de cuernos y que hace "be"? ¡No se asuste, señorita! ¿De qué tiene usted miedo? Yo me refería a que soy como el macho cabrío expiatorio... 14 . ¿Es ésta la célebre negra? Tiene la voz demasiado ronca, pero posiblemente haya de ser así. Bien, bien. No digo nada. Decías que eras libre para beber unos tragos de vino... Pero éste está emponzoñado. Asegurabas poder bañarte tranquilamente en el mar, pero también bajo el agua habían instalado aparatos registradores. Eras libre de pintar a tu antojo, pero volvías siempre a los presidiarios de Magadan o de Taichet. Eras libre de amar a las mujeres, pero eran las novias, las esposas o las viudas de los presos... ¿Libre? "La margarina contiene las mismas calorías que la mantequilla,' es tan fácil de digerir y resulta dos veces más económica". ¿Por qué me duele tanto la cabeza? ¿Me habré quedado dormido? ¿Qué pasa? ¿El entreacto? ¡No! ¡No habrá entreacto! ¡Camaradas! ¡Así, miradme bien! Hablaré desde aquí mismo, ya que me detendrían antes de llegar al escenario. ¡Camaradas! Las represiones no han concluido. No han sido suprimidas las penitenciarías ni los campos de trabajo. Los periódicos mienten. ¡Todo cuanto se dice en ellos no es más que una sarta de embustes! ¿Qué más da que nosotros estemos en la prisión o que la prisión esté en nosotros? ¡Todos somos prisioneros! El Gobierno no está preparado para ponernos en libertad. Es necesario emprender una operación enérgica. ¡Suprimid, arrancad esa cárcel que lleváis en vosotros mismos! Os preguntaréis: Alusión al macho cabrío enviado por los israelitas al desierto con ocasión de la fiesta de la Expiación y al que cargaban con los pecados del pueblo. Usualmente, se dice cabeza de turco. (N. del T.)
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¿es la Cheka, la NKVD, el KGB, o cualquiera que sea la denominación, la que nos encarcela? ¡No! ¡Somos nosotros mismos! El Estado somos nosotros. ¡No bebáis, ni améis, porque todas esas mujeres son viudas! ¡Esperad! ¿Adonde vais? Es inútil. De todas formas, nunca podréis escapar, pues jamás lograréis huir de vosotros mismos. ¡Un momento, camaradas! ¿Sabéis tal vez quién me ha regalado la localidad? Es muy importante para mí saber quién... ¿No lo sabéis? Pefo, ¿qué hacéis? Os vais a destrozar mutuamente para hallar la salida... ¡Oh, qué pueblo! ¿Quién me ha traído la localidad? ¿Por qué no respondéis a mi pregunta? ¡Carroñas, víboras! ¡Mis queridos hermanos! ¿Quién va a responderme? ¡Ah! Es cierto, para vosotros no soy más que un desecho de la sociedad... ¿Tú, que estás en el Cielo, me has enviado la localidad? *** He cumplido treinta y ocho años no hace mucho. Organizamos una velada para festejar este aniversario. Fue muy divertido. Cantamos, recitamos versos, hubo profusión de charadas y jugamos al "teléfono estropeado". Uno de los asistentes se vio atacado de tal espasmo a causa de la risa que hubo que administrarle valeriana. He comenzado a dibujar de nuevo. En especial, los títulos y los slogans me salen de maravilla. Trabajo a la acuarela y poseo, además, gran abundancia de lápices de color. Todos gustan de mi labor y me traen cuanto necesito. El día de mi cumpleaños recibí un estuche de lápices de color, regalo de Iván Aleksandrovitch. Tenía mucho trabajo aquel día, pero, de todos modos, acudió para felicitarme. Disponemos de un televisor. Ultimamente, nos han pasado la película El milagro ruso, que consta de dos partes. Uno de los asistentes se vio atacado de tal espasmo a causa de la risa que hubo que administrarle valeriana. ¿Me encuentro bien ahora? Sí, salvo que me duele mucho la cabeza y casi siempre tengo sueño. Hace unos días, Irina vino a visitarme. Estaba muy apenada y llorosa. Después llegó Iván Aleksandrovitch y la consoló. Es un hombre que sabe consolar muy bien a la gente. Más tarde, me dijo que Irina era muy bonita. Ya estamos en otoño y ha comenzado a refrescar. La calefacción es buena y no me preocupa la temperatura del exterior. Todos los días, si no llueve, salgo a dar un paseo. El jardín es muy hermoso y enorme, pero los colores son demasido chillones: abunda el amarillo y el rojo y eso me produce dolor de cabeza. Estamos a 28 de febrero de 1963. Mi nombre es Víctor Volski. He encontrado un objeto en el patio y lo he guardado en mis calzoncillos en la parte de atrás, donde tienen un cordón. En éste he atado el objeto que acabo de encontrar. A veces, cuando no me duele la cabeza y no llueve, siento deseos de salir de este lugar, de marcharme no importa dónde, lejos, muy lejos, donde no haya tanta gente. Todos son muy buenos e inteligentes aquí, pero estoy cansado, muy cansado de verles siempre a mi alrededor. ¡Me agradaría tanto poder quedarme al fin solo! Ahora que encontré el objeto podré llevar a cabo mi proyecto. Pero no quiero precipitarme. Esperaré la llegada del invierno. Aguardaré a que la nieve haya caído en abundancia o mejor, todavía, a que se desencadene una violenta tempestad de nieve. De ese modo no podrán encontrar mi rastro. Sí. Una noche, cuando los copos sean más espesos y el viento sople con más fuerza, abriré la puerta con la llave triangular que encontré en el patio y que llevo oculta en el pantalón. Dicho

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sea de paso, esa llave se parece a las que se emplean para abrir las puertas de los departamentos del tren. Una vez fuera, volveré a estar completamente solo.

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LAS MANOS
Tú, Serguei, eres un intelectual y un hombre correcto. Por eso callas, por eso no haces preguntas. Pero los chicos de por aquí, los de la fábrica, ésos van al grano: "¿De manera, Vasska 15 , que te has empapado hasta las pezuñas?" Se refieren a mis manos. ¿Crees que no me he dado cuenta de cómo te has apartado? Y, además, procuras evitar que tu mirada se detenga en mis manos. Hermano, lo comprendo bien. Míralas, míralas, ya no importa. No deseo una cosa semejante para ti. Por otra parte, seguro que no tendrás muchas ocasiones de ver algo parecido. Eso, amigo mío, no es consecuencia de la bebida. Por cierto que bebo muy poco y las pocas veces que lo hago es en buena compañía o en una ocasión especial, como en ésta. Tú y yo no podemos por menos que remojar este encuentro. Yo, hermano, me acuerdo de todo. De cómo supimos guardar el secreto de cómo hablabas en francés con aquel burgués y de cómo nos apoderamos de Yaroslav... ¿Te acuerdas? Hablabas en una reunión. Me tomaste de la mano—yo estaba a tu lado— y dijiste: "Con estas manos que aquí veis..." Anda, Sieroga 16 , lléname el vaso. Si no lo llevo directamente a la boca, me lo vertería todo encima de la corbata. No recuerdo ahora cómo se llama este temblor en lenguaje médico. Lo tengo anotado. Te lo mostraré luego... Pues he aquí cómo ocurrió. Fue un accidente. Para empezar por el principio, te diré que después de que fuimos desmovilizados en el glorioso 21 17 , volví directamente a la fábrica en que había trabajado en mis años mozos. Como es natural, en calidad de héroe de la Revolución, me colmaron de honores. Además, era miembro del Partido y trabajador consciente. Cierto que por entonces tuve que arreglar el cerebro de algunos que tenían necesidad de ello. Era la época en que todavía podían exteriorizarse comentarios como este: "Mirad. Han llevado tan bien la guerra y dirigido tan bien su economía que ahora no queda ya ni pan ni rábanos..." Puse fin a todas esas historias. Siempre estuve convencido de que convenía obrar con dureza. Sí. A mí no me la jugaban ésos, con su blandura menchevique, estilo miga de pan. Échame más vodka, amigo, no esperes a que haya agotado el que aún queda en el vaso. Trabajé en la fábrica un año apenas. En resumen, fui llamado ante el comité del distrito. "Aquí hay una hoja de movilización para ti, camarada Malinin — me dijeron —. El Partido te ha elegido para que entres a formar parte de nuestra gloriosa Comisión Extraordinaria 18 , creada para acabar con los contrarrevolucionarios. Te deseamos gran éxito en la pugna con la burguesía mundial. Y saluda respetuosamente de nuestra parte al camarada Dserzhinski 19 cuando lo veas." Bien. ¿Y qué hice yo? Soy un miembro del Partido, así que contesté: "A la orden. Acataré los deseos del Partido." Tomé el escrito y corrí a la fábrica para despedirme de los muchachos. Luego me fui, con la ilusión de desenmascarar a todos los contrarrevolucionarios que ponen en peligro a nuestro joven poder soviético. En mi nuevo destino vi al camarada Félix Edmundovitch Dserzhinski y le transmití el encargo del comité del distrito. Me estrechó la mano dándome las gracias y, a continuación — éramos unos treinta los allí reunidos, todos movilizados por el Partido —, nos dijo que no se puede construir una casa en un terreno pantanoso y que, por lo tanto, es preciso desecar primero el pantano. En el curso de la tarea, hay que exterminar toda clase de sabandijas, poniendo en el empeño una auténtica voluntad de hierro. "Será necesario — dijo — que todos pongamos manos a la labor..." Nos contó una anécdota que, en resumen, venía a decirnos lo mismo. Todo quedaba claro, perfectamente comprensible. Él era un hombre muy severo, que no sonreía jamás. Después procedieron a calificarnos. ¿Grado de instrucción? La mía, tú lo sabes, consiste en la alemana, la civil Diminutivo de Vassili (Basilio). Diminutivo de Serguei (Sergio). 17 1921, término de la Revolución. 18 La transcripción de las iniciales rusas de Comisión Extraordinaria es «Cheka», fonema que designa la conocida policía del régimen soviético. Mas tarde, se la denominó GPU. 19 Primer jefe de la Cheka.
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y la fábrica... Esa es toda mi instrucción... Bueno, también dos años en la escuela de los popes... Entonces me destinaron a la sección encargada de ejecutar las sentencias. Una faena que no puede decirse que sea difícil, pero que tampoco se puede tildar de fácil. Es un trabajo que acarrea funestas consecuencias para el corazón. En la guerra, ya lo sabes, es otra cosa: o acabas con el de enfrente, o él acaba contigo. Pero aquí es muy distinto... Cierto que acabé por acostumbrarme. Caminas por el patio, detrás de él, mientras te dices: "Es preciso, Vassili. ES PRECISO 21 . Si no lo haces ahora, él, ese veneno, acabará con la República Soviética." Me acostumbré pronto. Y bebía, sí, porque no era capaz de hacerlo sin beber. Nos daban alcohol en abundancia... En cuanto a eso de las raciones especiales de chocolate y panecillos blancos con que se dice que se nutría a los chequistas, no es más que pura invención burguesa. Nuestras raciones eran las normales del soldado: pan, mijo y vobla 22 . Pero es cierto que nos daban alcohol, ya que, sin beber, ¿entiendes?, no nos sería posible. Pues bien. Trabajé de ese modo unos siete meses. Y, entonces, se produjo el accidente. Habíamos recibido la orden de liquidar a un grupo de popes, acusados de actividades contrarrevolucionarias. Fomentaban disturbios entre sus feligreses a causa de Tikhon, al parecer, o algo por el estilo. O quizá fuera por hablar mal del socialismo en general..., no lo sé. En fin, eran enemigos. El jefe nos dio las órdenes: "Tú, Malinin, te encargarás de tres; tú. Vlasenko...; tú, Golovtchin...; y tú..." He olvidado cómo se llamaba el cuarto. Era un lituano, cuyo nombre sonaba de una forma muy rara a nuestros oídos. Él y Golovtchin fueron los primeros. Allí, ¿sabes?, el cuerpo de guardia ocupa el centro. A un lado está la pieza en que se encierra a los condenados y, al otro, la que da salida al patio. Los llevábamos uno por uno. Tan pronto como se había acabado con el primero, se le arrastraba fuera del campo visual y se iba a por el siguiente. Era indispensable ocultarlos, pues, de no ser así, al llegar el otro y ver el cadáver del anterior, comenzaba a debatirse y esto nos creaba complicaciones. Eso se comprende. Todo va mejor cuando callan. Bien. Golovtchin y el lituano habían acabado ya con los suyos y me tocaba a mí el turno. Antes había bebido bastante. No porque tuviera miedo o porque me sintiera en cierto modo ligado por un escrúpulo religioso. No. Yo soy miembro del Partido y, por tanto, un hombre duro... Los dioses, los ángeles, los arcángeles y todo eso me es indiferente. Y, no obstante, no me sentía bien. A Golovtchin le resultaba fácil. Él era judío, y ellos, según dicen, no tienen imágenes. No sé si eso será cierto, pero yo tuve que sentarme y beber, beber sin cesar, y la cabeza se me llenaba de tonterías... Me acordaba de cuando mi difunta madre me llevaba a la iglesia del pueblo y de que yo besaba la mano del pope, el padre Vassili, y éste, un viejecito muy amable, decía que yo era su homónimo... Sí... Bueno, entonces fui en busca del primero que me había tocado en suerte y me lo llevé. Al volver, encendí un cigarrillo, di unas cuantas chupadas y tomé al segundo. Volví y tuve necesidad de beber, pero, al hacerlo, noté que me invadían fuertes náuseas. "Un momento, muchachos", dije a mis camaradas. Dejé el fusil sobre la mesa y salí. "Has bebido demasiado — pensé —. Será mejor que te metas los dedos en la boca y te aligeres el estómago. Eso te aliviará. Después, te lavarás bien y te sentirás como nuevo." Hice todo lo necesario, pero no me sentí mejor. "Bien — me dije —, que se vaya al diablo. Voy a terminar mi trabajo y, luego, a la cama." Recogí el fusil y me fui en busca del tercero, joven aún, de gallarda apostura, un pope recio y bien parecido. Lo hago avanzar por el corredor y me fijo que se alza ligeramente la sotana para subir los peldaños. Siento un peso en el corazón y no logro comprender lo que ocurre. Salimos al patio. El pope levantó el rostro hacia el cielo. "Adelante, padrecito. No busques nada en el paisaje. Tú mismo te has preparado el paraíso a fuerza de plegarias." Tenía necesidad de hablar, quizá para mitigar la opresión que me embargaba. Nunca hasta entonces había dirigido la palabra a un condenado. Bien. Le dejé adelantarse tres pasos, como es costumbre, me eché el fusil al hombro y disparé. Ya sabes cómo retumba el fusil máuser. ¡Parece un cañón de verdad! Y el retroceso, que parece arrancarte el brazo de cuajo... Mas apenas mis ojos se posaron en él, cuando mi buen pope, recién fusilado, se vuelve y avanza hacia mí. Te aseguro que no todos reaccionan igual. Los hay que caen de espaldas
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Se refiere a al guerra contra Alemania (1914-1918) y la guerra civil (1917-1921). En mayúsculas en el original. 22 Cierto pez del mar Caspio.

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inmediatamente. Otros giran como una peonza antes de caer y otros andan unos pasos, vacilando como si estuviesen borrachos. Pero éste caminaba a mi encuentro con paso menudo. Parecía flotar envuelto en su sotana, como si yo no hubiese hecho fuego sobre él. "¿Qué te ocurre, padrecito? ¡Detente!" Y hago otro disparo, apuntando al pecho. Pero él se ha desabrochado la sotana y hecho trizas la camisa. Su pecho está cubierto de vello rizado. Mientras avanza grita a pleno pulmón: "¡Tira, Anticristo! ¡Mátame, mata a tu Cristo!" Pierdo la cabeza y vuelvo a hacer fuego. Y el pope sigue adelante. No hay rastro de heridas ni de sangre sobre él. Está orando: "¡Oh, Señor! ¡Has detenido las balas disparadas por manos pecadoras! ¡Por Ti acepto este calvario! ¡No se puede matar a un alma inmortal!" Y otras cosas que no recuerdo... Vacié el cargador, no sé cómo, pero hay algo de lo que estoy seguro: era imposible fallar el blanco, puesto que disparaba casi a bocajarro. Él seguía en pie ante mí, con los ojos inyectados en sangre como los de un lobo, desnudo el pecho y erguida la cabeza. De ella salió en mi dirección algo parecido a un rayo. Sólo más tarde comprendí que su figura me había privado de la visión durante unos instantes, no obstante no haberse puesto aún el sol. "¡Tus manos — gritaba —, tus manos están bañadas en sangre! ¡Contempla tus manos!" Arrojé el fusil y me dirigí al cuerpo de guardia a todo correr. Tropecé con alguien en la puerta. Mis camaradas me miraban como si estuviera loco, mientras reían para sus adentros. Cogí un fusil del armero y les conminé: "¡Conducidme ante Dserzhinski o acabo con vosotros!" Me arrebataron el arma y me llevaron adonde yo quería. Al llegar a su despacho, me desasí de mis camaradas y, temblando de pies a cabeza, logré balbucir: "¡Manda que me fusilen, Félix Edmundo vitch! ¡No puedo matar al pope!" No dije más. Me desmayé y ya no me acuerdo de nada más. Recobré el conocimiento en el hospital. Los médicos declararon: "Shock nervioso." Me cuidaron muy bien, es cierto. Todo era bueno allí: atenciones, limpieza, alimentación, aun teniendo en cuenta lo difícil que era conseguir esta última en aquellos tiempos. Me curaron, pero las manos, ya lo ves, siguen temblando. Sin duda es el efecto del shock que se centró en ellas. Como es lógico, me licenciaron de la Cheka. No quieren gente con manos como las mías. Ni tampoco, claro está, pude volver a manejar el torno en la fábrica. Me destinaron a la reserva. Después de todo, ¿qué importa? También puede uno ser útil en un puesto como éste. Naturalmente, los papeles de cierta importancia no puedo rellenarlos a causa del temblor de las manos. Tengo una auxiliar, una jovencita que, en verdad, se desenvuelve muy bien. Y así es como vivo, hermano. Para terminar, por lo que respecta al pope, me enteré al fin de la causa de todo. Desde luego, no se trataba de ningún milagro. Simplemente, mis camaradas, cuando salí a disipar mis náuseas, sacaron el cargador del fusil y lo sustituyeron por cartuchos sin bala. Todo fue una broma, por lo tanto. Bien. No les guardo rencor. Éramos todos jóvenes. No lo hicieron con mala intención. Sencillamente, les pasó esa idea por la cabeza. No les guardo ningún rencor. Sólo que, ya ves, mis manos ya no son buenas para nada...

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EL HOMBRE DEL MINAP
Ana Lvovna Kniazhitskaia y Viera Ivanovna Krantz, una vez se hubieron despojado de sus zapatos, se instalaron en un diván, ocultando las piernas bajo el cuerpo. Ambas jóvenes se sentían de excelente humor. Acababan de regresar de una cena. Se sirvieron una copita de coñac y encendieron un cigarrillo. El marido de Ana Lvovna se hallaba ausente, en viaje por asuntos del servicio, y ellas estaban solas en el apartamento. La atmósfera era especialmente propicia a la charla amistosa y a las confidencias. Sentadas en el diván, la entrevista tomó, efectivamente, un cariz de intimidad. Fue Viera Ivanovna quien inició la conversación. —No te molestes, Anita, pero me agradaría mucho preguntarte algo. —Te escucho — respondió perezosamente Ana Lvovna. —¿Has tenido alguna vez la intención de tener niños, sí o no? Discúlpame, pero vas a cumplir los veintiocho. Los años vuelan y eso se hace cada vez más difícil. ¿A qué esperas? Vuestra situación económica es desahogada y Jas condiciones en que vivís, ideales, ya que poseéis un apartamento para uso exclusivo vuestro. ¿Cuál es el problema, entonces? ¿Es que quieres ser... ¿cómo se dice?... un árbol sin frutos? ¿Has consultado a los especialistas? —¿De qué me servirían los médicos? Todo es por culpa de Leónidas. —¿Cómo? ¿Acaso no puede...? ¡Pobre amiga! —Pero, ¡qué estás diciendo! ¿Cómo que no puede? ¡Si en dos años he tenido que sufrir tres raspados...! —¿Por qué? —Por culpa de Leónidas. ¿Sabes? Quiere un varón. Desea perpetuar su nombre, ¿entiendes? Exige una garantía. ¿Y cómo quieres que yo pueda dársela? ¿Conoces a Olga, la prima de Leónidas? Pues Olga nos ha dicho que es preciso calcularlo muy bien. —¿Calcular qué? —Te lo explicaré. El organismo masculino se re nueva cada cuatro años y el nuestro cada tres. En resumen, el sexo está condicionado por el organismo que, en el momento dado, acaba de renovarse. Si es el hombre quien se halla en este período, entonces el niño nace varón, y, en el caso contrario, nace hembra. —¿Renovado? ¿Cuándo? —¡Pero Señor! ¿Cómo no lo comprendes? ¡Pues justamente en el momento preciso, en el de la concepción! De todos modos, no son más que tonterías. Hemos pasado revista a todos los niños que conocemos y eso no encaja. ¿Quieres un poco más de coñac? Tomaron otra copita y Viera Ivanovna volvió a la carga: —Eres tonta, Anita. Tú trae al mundo un bebé, varón o hembra, que después, por mucho que se empeñe, no podrá devolverlo... Ana Lvovna entornó sus bellos ojos vacunos y se deshizo en lágrimas. —No conoces a mi marido. Sólo se muestra amable cuando hay gente delante. Si le doy una hija, mi vida será un tormento. Y es capaz de abandonarme dejándome sola con la niña. ¡Qué quieres que le haga! Al fin y al cabo es un muchacho instruido. Ha seguido cursos superiores nocturnos. Y como tú has dicho, tiene un buen sueldo. Me sería difícil casarme por segunda vez. Según el censo, el número de mujeres rebasa en un treinta por ciento al de los hombres.

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Viera Ivanovna no podía polemizar acerca de los datos del censo de la población de la Unión Soviética. Se contentó con llenar nuevamente la copa de la bella afligida y servirse otra para sí. Sentía pena por su amiga, a la par que el coñac iba produciendo sus efectos. Quería acudir en ayuda de la desconsolada. Perc ello suponía revelar un peligroso secreto. Viera Ivanovna se quedó mirando fijamente a su sollozante compañera, preguntándose si en realidad ésta era tan desgraciada como parecía. "Si la ayudo —se decía— pondré en sus manos mi honor y mi felicidad familiar." Mas el secreto, tan bien guardado hasta entonces, pugnaba por escapar de sus labios como un pez rojo de la mano que lo retiene. —Anita — dijo al fin, sin poder contenerse por más tiempo —. Prométeme que no se lo dirás a nadie. Júralo por lo más sagrado para ti. Ana Lvovna buscaba en vano algo que le fuese muy sagrado, pero nada se le ocurrió salvo la V.L.K.S.M. 23 (por cierto, hacía poco que la había abandonado por haber cumplido la edad límite). Y entonces respondió: —¡Te lo juro! *** En el momento de despedirse, Viera Ivanovna le dijo: —Entonces, quedamos de acuerdo. Tú me avisas en seguida de la llegada de Leónidas y yo, entre tanto, preparo el terreno... Leónidas Nikolaievitch regresó al fin de su viaje oficial. Un feliz encuentro en la estación, una cena íntima en un buen restaurante y, después, una noche agitada y feliz. A la mañana siguiente, después de haber acompañado a su marido a la oficina, Ana Lvovna corrió a llamar a su amiga. —Soy yo, Viera. Leónidas ha vuelto. Sí, ayer. Sí, sí. Tres veces. Sí. Sin nada. ¿Sí? ¿Ya? ¿A las dos? ¡Oh, tengo miedo! Iré. No, no, seguro que iré. ¿Qué debo hacer? Es preciso que me arregle... ¡Oh, Vierotchka! ¡Cómo no te avergüenzas! Hablemos en serio, por favor. ¿Con botones? Sí. el beige tiene botones. ¿Sabes a cuál me refiero? Ese del escote redondo. Hasta ahora. Ana Lvovna se detuvo unos instantes ante la puerta de su amiga. Abrió el bolso y se empolvó el rostro. Después hizo sonar el timbre. La puerta se abrió inmediatamente y Viera Ivanovna, tomando a su amiga del brazo, la condujo al comedor. Sentado a la mesa, dispuesta para tres personas, había un hombre joven, que se apoyaba con negligencia en el respaldo de la silla, mientras jugueteaba con la tapa del azucarero y fumaba un cigarrillo con filtro. —Permítanme que les presente — dijo Viera Ivanovna —. Valodia Saleski. Ésta es Anita. Les había hablado antes al uno del otro, de modo que ya se conocen. —Pero lo que tengo ante mis ojos sobrepasa todo cuanto esperaba — comentó Valodia en tono indiferente. —Ana, Valodia, coman, se lo ruego. Valodia, sírvanos vino. No le queda otro remedio. Es el único hombre presente y debe trabajar un poco. —Siempre estoy presto a trabajar en defensa de la patria — respondió Valodia en el mismo tono que emplearía un locutor radiofónico, al tiempo que llenaba de vino los vasos. —¿También a atacar? — inquirió Viera Ivanovna con malevolencia. —Siempre estoy presto — insinuó Valodia, sin secundar el tono insinuante de su anfitriona, sino limitándose a responder a la pregunta que ella le había formulado.

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Unión de Juventudes Comunistas-Leninistas de la URSS.

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Valodia comía sin apresurarse. Separaba metódicamente la piel del salchichón y cortaba los pedazos de jamón que sobresalían del emparedado. Con los trochos de las dos clases de embutido recubrió una nueva rebanada de pan hasta que pareció un mosaico de productos porcinos. La conversación giraba en torno a la revista americana Ice Review. Tan pronto como hubo desaparecido de la mesa cuanto comestible había en ella, Viera Ivanovna consultó su reloj y exclamó en un tono muy poco natural: —¡Oh! Me había olvidado de que tengo ensayo a las cuatro. Mis queridos amigos, pueden quedarse todo el tiempo que deseen y les ruego que se hagan mutua compañía. Anita, muestra el apartamento a Valodia. Viera Ivanovna no tardó en ausentarse. La cerradura de la puerta sonó como el disparo que señala la iniciación de una carrera. Valodia se levantó, como si hubiese estado aguardando la señal. —¿Conoce usted la casa de Viera? — adelantó Anita con timidez. —Sí. El dormitorio está al fondo — respondió el hombre. Le pasó un brazo por la espalda y la empujó hacia la puerta con suavidad. Luego le hizo dar media vuelta a Ana Lvovna y comenzó a desabrocharle el vestido. Sus esfuerzos galantes se limitaron a estas maniobras. Después se despojó de la americana, buscando con la mirada una percha donde colgarla. Al no descubrir ninguna, la dejó en el respaldo de una silla. Luego se quitó los pantalones y miró distraídamente a Ana Lvovna. —¿Y bien? Ana Lvovna comenzó a desnudarse, obediente, como en el consultorio del tocólogo. En cuanto se hubo acostado, cerró los ojos y murmuró a Valodia, que se había inclinado sobre ella: —Un chico... —Ya sé — respondió Valodia —. Viera me lo ha dicho. *** Viera Ivanovna había conocido a Valodia en una playa de Crimea. La gente que se reunía allí tenía un carácter alegre e indolente. En ese ambiente, nacían y morían un número increíble de amistades íntimas. Se hacía el amor con auténtico celo, sin administrar las fuerzas, consagrando a tan agradable tarea todo el entusiasmo que el servicio al Estado no había logrado disminuir. Todo el mundo parecía tener prisa, como si se aproximara el fin del planeta al término de las vacaciones. Los guasones decían: "¡Qué importa! La bomba atómica puede estallar de un momento a otro..." Los otros se ocupaban de sus amoríos sin tratar de buscar justificación en la situación mundial. Entre bromas y veras, llegó el día en que Viera Ivanovna habló a Valodia de su familia. Una especie de fatalidad conduce a los amantes, una vez que ya se ha alcanzado un cierto grado de intimidad, a contarse los secretos de sus respectivos maridos y esposas. Ignoro si se trata de una tradición que se transmite por desconocidas vías de las sucesivas generaciones de veraneantes, o si es un deseo natural del organismo. Sea lo que fuere, Viera describió a Valodia, con todo lujo de pormenores, las costumbres íntimas de Siemion Moisievitch. Alabó sus buenas cualidades y su solicitud para con la familia ("¿Sabes, Valodia? Los judíos están hechos para la vida familiar") y repetía con ternura las gracias de su hijo de cuatro años. Por fin, le confesó: —Nos agradaría mucho tener otro hijo, pero tanto Siemion como yo desearíamos que fuera una niña... —Si yo estuviera casado contigo, te fabricaría lo que desearas, a petición. ¿Quieres una niña? ¡Pues adelante! Viera Ivanovna se echó a reír.

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—Y si quieres, un par de gemelos — prosiguió Va- lodia con la obstinación de un borracho (ambos habían libado copiosamente el buen vino de Masandra) —. Si quieres un terceto, ahí lo tienes: dos niños y una niña, o dos niñas y un niño... —¿Puedes fabricarme también un hermafrodita? —Hablo en serio. Herido en su vanidad, Valodia dio un brinco y se irguió desnudo en el lecho. Viera Ivanovna le veía ahora de abajo arriba. —No mires ahí abajo, sino aquí — exclamó Valodia golpeándose la frente. —Está bien. Acuéstate de una vez. ¿Qué te ha hecho salir disparado como si fueras un cohete? Al día siguiente, al ir a la playa juntos, Viera Ivanovna se echó a reír de improviso. —Valodia, ¿te acuerdas de lo que me dijiste ayer, cuando estabas ebrio? Valodia se volvió para mirarla, molesto al parecer. —No lo dije por estar bebido — rezongó. —¿Es posible? —Así es... Valodia arrancó un pedazo de corteza de un alcornoque, lo olisqueó maquinalmente y dijo: —En realidad, puedo... es decir... engendro lo que quiero... Todo había ocurrido hacía ya tres años. Poco después, ambos regresaron a Moscú. Viera Ivanovna se encontró de nuevo en brazos de su marido, pero no olvidó a Valodia, que a veces acudía a visitarla durante las horas en que Siemion Moisievitch se encontraba en su oficina. Hoy, los Krantz son padres de una preciosa niña de dos años. Pero Viera Ivanovna no se había contentado con eso. No se podía desperdiciar el admirable don de Valodia esperando al lejano día — oculto todavía en las brumas del tiempo — en que él contrajera matrimonio. "Muchas familias sufren — pensaba Viera Ivanovna —, muchas parejas serían dichosas si Valodia consintiera en intervenir en sus asuntos. Debo ayudarles." "Y, además, es obligación de toda buena ciudadana", exclamaba en voz alta, como si arguyese con un interlocutor imaginario. Desde su época de "pionera", conservaba una marcada inclinación hacia los problemas sociológicos. Al realizar sus proyectos, sentíase un tanto émula de Juana de Arco cuando ésta ejercía su influencia sobre el mal político que había sido Carlos VII. Por lo tanto, se dedicó a convencer a Valodia de que no era justo que dejara latentes sus aptitudes, pues, al fin y al cabo, el país no lo había nutrido y educado por nada. Valodia tenía sus dudas, pero Viera Ivanovna le explicó que él, Valodia Saleski, estaba destinado a cumplir la profecía de Mitchurin: "No podemos esperar la limosna que nos dé la naturaleza." Y cuando ella exclamó, mientras se ajustaba los tirantes de la combinación: "¡Valodia! ¿No eres un komsomol'?" , él acabó por ceder. Los Kniazhitski eran la séptima pareja con la cual Viera y Valodia habían cumplido su deber cívico. *** Cuando Viera Ivanovna regresó a su casa, Valodia ya no estaba en ella. Ana Lvovna retiraba el servicio de la mesa. Sólo la expresión pensativa y concentrada de su rostro demostraba que medía el alcance de lo que acababa de suceder. Viera Ivanovna, animada de ardiente simpatía, empezó a interrogarla. Luego de haber escuchado el informe detallado de su amiga, Viera la besó en la mejilla, con la misma emoción con que besaría a su hijo, alumno del undécimo curso, al anunciarle éste la obtención de una buena nota en caligrafía. A decir verdad, le agradó saber que Valodia no había

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prodigado a su amiga caricias complementarias, que, si bien carecen de gran importancia, no por ello resultan menos agradables. —¿Para cuándo habéis concertado la próxima cita? —No hemos hablado de ello — respondió Ana Lvovna, turbada. —¡Cómo! ¿No habéis fijado otra entrevista? Te aseguro, Anita, que a veces te portas como una chiquilla. ¡Hay que repetir! —¿Por qué? —¿Cómo que por qué? Para tener la seguridad... —Sí — dijo Ana Lvovna pensativa —. En efecto. Cuando nuestros vecinos llevaron a su perra para que la montaran, lo hicieron por dos veces... —Tratándose de perros se dice "cubrir" — interrumpió Viera Ivanovna en tono doctoral —. Pero no se trata de eso. Confiesa, Anita, que eres un tanto expeditiva. —No te enfades, Vierotchka. Yo... yo... ¿cómo te lo diría?... es la primera vez que engaño a mi marido. —Siempre hay una primera vez. No obstante, tú no le engañas. —¿No? Entonces, ¿qué ha sido esto? —Veamos cómo puedo explicártelo... Pongamos, por ejemplo, que tu refrigerador no funciona. Supongo que, para repararlo, no se te ocurrirá llamar a Leónidas, sino a un técnico. ¿A quién compraste los muebles? Al ebanista. Él los ha construido, si bien, luego, sois ambos, tú y Leónidas, quienes los utilizáis. ¿Me comprendes ahora? Han sido fabricados por un especialista. Valodia también lo es. Efectivamente, Ana Lvovna no hubiese confiado a su marido la reparación del frigorífico. Ni tampoco había sido su esposo quien había construido las vitrinas de la cocina, sino un especialista. Ana Lvovna se quedó más tranquila. Después de haber reprendido a su amiga, Viera Ivanovna telefoneó a Valodia. La cita fue concertada para el miércoles próximo. Sin embargo, el día anterior se declaró una epidemia de tosferina en la escuela de niñas. Viera Ivanovna tenía a su hija en casa, lo cual obligó a Ana Lvovna a recibir a Valodia en su propio domicilio. Era un acto imprudente, pero, ¿qué podía hacerse? En los podridos países capitalistas, los amantes pueden reunirse en un hotel cualquiera. Entran y dicen: "Buenos días... ¡hum!..., señor jefe de recepción. Me llamo Thomas... o Alfred Hopkins... y ésta es mi legítima esposa, Mrs. Hopkins. Que nos llamen dentro de tres horas." Nadie les pide ningún documento de identidad. Suben a la habitación con toda tranquilidad y, de vez en cuando, interrumpen su tarea para tomarse un buen coñac. Los que disponen de suficiente dinero pueden incluso alquilar un apartamento. Nuestros hoteles, en cambio, no admiten sino a los viajeros y, si son de distinto sexo, los obligan a identificarse, para comprobar que efectivamente son cónyuges. En cuanto a los apartamentos, a Dios gracias si hay los suficientes para albergar las relaciones matrimoniales... Por tanto, es necesario hallar una solución. Os aconsejo buscar un terreno neutral, pues no es prudente hacerlo en el propio hogar. Tampoco es aconsejable ir a casa de él. Es imposible. Si el marido o la mujer, según el caso, llegan de improviso, es absurdo pensar que van a creer vuestra inocente excusa de que os disponíais a discutir juntos el programa del Partido Comunista de la Unión Soviética... El miércoles, Leónidas Nikolaievitch Kniazhitski recordó de pronto en la oficina que había dejado olvidados en el cajón de su escritorio doméstico unos rarísimos ejemplares de cajas de cerillas que pensaba regalar a su superior. Tras numerosos años de servicio en el escalafón, Leónidas Nikolaievitch había sido ascendido en fecha reciente a un importante cargo eco- nómicoadministrativo

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y consideraba importante establecer rápidamente relaciones personales con su nuevo jefe. Se aproximaba la hora del almuerzo y Leónidas Nikolaievitch decidió acercarse hasta su casa para tomar un tentempié y regresar a la oficina con el obsequio destinado al jefe. Establecido el plan, se dispuso a llevarlo a la práctica. Al llegar al tercer piso, Leónidas Nikolaievitch abrió con su llave la puerta de acceso a su apartamento, que cerró suavemente tras de sí, avanzando de puntillas por el corredor. " ¡Vaya susto que le voy a dar a mi mujer!", pensó, riendo para sus adentros. En efecto, le dio un susto terrible. Al girar la manilla de la puerta del dormitorio, Ana Lvovna dejó escapar un grito histérico. —¿Quién es? —¡Anita, soy yo! Y para tranquilizar a su mujer, Leónidas Nikolaievitch abrió de par en par la puerta de la alcoba... No sé lo que sintió Leónidas Nicolaievitch al encontrar a su legítima esposa en semejante trance, sobre el cual, como dicen los periódicos, "huelga todo comentario". A Dios gracias, nunca me he encontrado en parecida situación. Por el contrario, sé muy bien lo que sentiría Valodia Saleski, aun cuando fuera inocente. ¡Brrr...! No son recuerdos que uno reviva con placer. Sólo un minuto antes de la sorpresa, no se tiene más que un deseo. Después, en cambio... ¡Señor! ¿Cuántos no nos asaltan en tan crítico instante? Uno quisiera vestirse con la máxima presteza y justificarse: "¡Soy inocente! ¡Ha sido la ciudadana, vuestra esposa, quien lo ha dispuesto todo!" Y se siente tentado a saltar por la ventana, pero se piensa en el golpe seco que da el ascensor cada vez que pasa por una planta y en el ramillete escondido en la cartera, para disimularlo a la curiosidad del portero. Y en el curso de la escena, uno no cesa de repetirse: "Con tal de que no me dé en el rostro. Eso dejaría señales." Leónidas Nikolaievitch se quedó de pie ante el lecho conyugal, descompuesto en todos los sentidos, sin articular palabra. Su cólera iba en aumento y el color de su rostro adquiría un tinte carmesí. Cuando llegó al tono de las obras completas de V. I. Lenin, en su cuarta edición (no la tercera), Leónidas Nikolaievitch dio un paso adelante y ordenó: —¡Su documentación! Poniéndose los pantalones, Valodia alargó la mano hacia la chaqueta, que pendía del respaldo de una silla. *** En los treinta años de existencia del MINAP, jamás el salón de actos había congregado tanto público como aquel día. Allí estaban no sólo los estudiantes, sino también los funcionarios del raikom 24 del komsomol y del raikom del Partido, los corresponsales de la prensa juvenil y los amigos de estudiantes y profesores. No obstante haberse procurado buen número de sillas de otros salones, muchos habían tenido que sentarse en los peldaños o en las ventanas y otros permanecían de pie en los pasillos y en los huecos de las puertas. Todo el mundo hablaba. La falta de información fidedigna inflamaba las mentes. El comunicado, escrita con lápiz y en letras de molde sobre un pedazo de papel vegetal, rezaba lacónicamente: El 26 de marzo a las cinco de la tarde, tendrá lugar un asunto personal de un miembro del komsomol, V. Saleski, estudiante de cuarto curso. Al principio nadie sabía de qué se trataba, pero, sin saber cómo, la noticia se había propalado: "Valodia ha sido atrapado con una mujer casada." Irreflexivos como de costumbre, los estudiantes varones habían decidido poner obstáculos a la reunión, con el fin de fastidiar a las autoridades, en tanto que las muchachas, profundamente heridas en sus sentimientos, habían resuelto juzgar a Valodia de conformidad con las severas normas morales de los komsomols. Los profesores de cierta edad, muy animados, tosiendo con solemnidad, se confiaban mutuamente recuerdos de su juventud. Cuando por fin se vio entrar en la sala a un periodista a quien todo Moscú conocía como experto en cuestiones amorosas y de amistad entre los komso- mols; cuando por fin aparecieron en el
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Comité de Distrito. (N. del T.)

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estrado las figuras adiposas de los jefes del raikom; cuando por fin hizo su entrada en la sala el director del Instituto, el académico Ogloieaov, ganador de numerosos premios y doctor en diversas materias, los allí presentes comprendieron que se trataba de algo excepcional. ¡Qué silencio en los últimos minutos anteriores a la apertura de la sesión! Era la calma precursora de la tempestad. Las nubes de tormenta, ataviadas con traje oscuro y corbatas de tonos claros, toman asiento. La voz abaritonada del trueno retumba sordamente, en torno a la mesa. Y la sala entera enmudece. Unos instantes más, y un par de anteojos arrojan un reflejo diabólico. Los estudiantes se prosternan ante los respaldos de los asientos que tienen delante, como la hierba de los campos se doblega al viento. Y pronto las primeras gotas de saliva se desprenden de los discursos de los oradores. Valodia estaba sentado en primera fila, ante el estrado. A pesar de la considerable afluencia de público, las dos sillas vecinas a la suya se hallaban vacías... Y al fin empezó el espectáculo. "¡Camaradas! La sección del komsomol de nuestro Instituto ha recibido una queja formulada por un funcionario de los servicios oficiales de Moscú, el cama- rada Kniazhitski. Me permito someterla a vuestro conocimiento. Dice así: Distinguidos camaradas miembros de la Organización del komsomol. Me dirijo a ustedes para que realicen una encuesta acerca del comportamiento antisocial del estudiante Vladimir Alber- tovitch Saleski, nacido en 1935. El miércoles, 17 de marzo último, a las 13.30, hora de Moscú, en mi domi cilio privado, sorprendí al referido Vladimir Alberto vitch Saleski que, con el consentimiento de mi esposa, Ana Lvovna Kniazhitskaia, vulneraba su fidelidad con yugal. En calidad de miembro del Partido desde 1949, no puedo permanecer indiferente ante la conducta del ciudadano Saleski, ya que, a dicha hora, debiera haberse encontrado en el curso de Economía Política Socialista, según reza el horario colocado en el tablón de avisos del Instituto. En lugar de asistir a clase, Saleski se dedicaba a destruir una familia soviética. Estaba casi desnudo, vistiendo solamente una camiseta. Pero eso no es todo, camaradas komsomols del Instituto de Moscú. Cuando pregunté a mi esposa el motivo de su conducta, ella respondió que lo hacía en interés de la familia, puesto que Saleski es un especialista en engendrar seres del sexo masculino. He aquí una superchería indigna de un estudiante soviético y, más aún, miembro del komsomol. He consultado a un experto doctor, que lleva dieciocho años de práctica, y éste afirma que Saleski no puede saberlo por adelantado. Mi esposa, que pronto dejará de serlo, ha confesado que el ciudadano Saleski ha violado por dos veces su fidelidad matrimonial. La primera vez ocurrió en el apartamento de su amiga, V. I. Krantz, cuyo marido se ocupa en asuntos de abastecimientos... Por cierto, que se aprovecha bien de nuestro tocino ruso. Estimo que no hay lugar para hombres como V. A. Saleski ni en un Instituto ni en el seno de la sociedad soviética, la cual, como declara el programa del Partido, se dirige hacia el comunismo. Firmado L. N. Kniazhitski. P.S.: Ruego comuniquen su decisión a la dirección que figura al pie." En la sala se organizó un alboroto indescriptible. Apenas llevaba leída la mitad del documento, cuando el lector tuvo necesidad de elevar la voz y hacia el final, gritaba ya francamente. El secretario del komsomol golpeaba en vano el jarro de agua con su vaso, en tanto agitaba los brazos en dirección al techo. El auditorio acogió con broncas, silbidos y grandes muestras de hilaridad la declaración del marido ultrajado, cosa que, lógicamente, no estaba prevista en el orden del día. Pero todas las cosas tienen su fin. En la compacta muralla de la multitud acabaron por abrirse algunas brechas, al igual que los puentes levadizos las abren en las fortalezas. A través de ellas, se dejó oír la voz de barítono de Ogloiedov, el viejo e insigne académico. —¡Me avergüenzo de vosotros! — tronó el sabio, una vez que el auditorio guardó nuevamente compostura y silencio —. Con gran estupefacción y horror, he podido ver cómo vosotros, estudiantes soviéticos, los jóvenes que un día viviréis la era comunista, habéis respondido con una risotada nihilista al lamento de un alma desesperada. Ha sido ultrajado un hombre, un hombre que es nuestro camarada en la lucha por un porvenir mejor. Ha sido humillado el hombre y el ciudadano. ¿Cómo podríamos calcular la amargura que invade su alma? ¿Cómo podríamos medir el daño causado a la sociedad por la destrucción de esta familia? ¡Amigos míos! Quizá la declaración del camarada Kniazhitski no pueda considerarse como una pieza maestra de la literatura. Tal vez peque ligeramente

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contra las reglas inmutables de nuestra gramática... Ahora bien, él, un sencillo ciudadano soviético, hace un llamamiento a vuestros sentimientos cívicos, a vuestra moral soviética... ¡y la razón le acompaña! Nosotros, antes que nadie, somos los primeros responsables del hecho de que alguien cuyas concepciones ideológicas no son las nuestras se haya infiltrado en nuestras filas. Recordad las palabras de Maiakovski: "Hasta el presente, los amantes de nuestras esposas son todavía muy numerosos." ¡Pensad a qué artimañas recurren esos donjuanes modernos para lograr éxitos fáciles! Este mismo, por ejemplo, pretende poder determinar el sexo del niño que va a nacer. ¡Lo que la ciencia soviética, sin duda la primera del mundo, no ha logrado conseguir hasta la fecha, se imagina haberlo conseguido un estudiante, Vladimir Saleski! Es vergonzoso, es vergonzoso, camarada Saleski. Pero sus bromas idealistas no nos engañarán, como han engañado a la víctima de su lujuria. ¡Estoy convencido de que nuestra sociedad, nuestra sana y joven comunidad, castigará severamente al impostor que ha llenado de oprobio los muros de nuestro MINAP. Ogloiedov puso punto final a su alocución y se sentó. Un coro de voces se elevó nuevamente en la sala, pero esta vez sin la jubilosa animación anterior. Sin duda, el comportamiento de Saleski, miembro del komsomol, les parecía execrable. —¡Atención! ¡El komsorg
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del cuarto curso tiene la palabra!

—¡Camaradas! Seré breve — clamó el komsorg —. ¡Fijaos en él! ¡Fijaos en Vladimir Saleski! ¿Cuál es el retrato moral de ese... perdón, por aplicarle esta palabra sagrada... komsomol? El mismo que su aspecto exterior. Un bigotito, camisa de nylón, pantalones estrechos... ¿Qué oculta tras esos estrechos pantalones? —Exactamente la misma cosa que los demás — respondió Valodia, sombrío. —¡No es verdad, no es verdad, camarada Saleski! Nosotros no somos unos vulgares libertinos y no nos escondemos tras nuestros pantalones. ¡No tenemos nada que ocultar a la sociedad! —¡Puede que tú no tengas nada que ocultar! — gritó alguien desde el fondo de la sala. Todos acogieron la salida con auténtica algazara. —¡Les ruego que se abstengan de hacer observaciones demagógicas! ¡No me fuercen a decir lo que no debo decir! — replicó el komsorg, rojo de ira —. ¿Quién de ustedes no estuvo presente en la discusión sobre la novela de Kozheinikov, Salud, Baluiev? Saleski. Y ¿quién fue el que, el día 8 de marzo, hallándose en estado de embriaguez, llamó darling a la joven profesora de inglés? Saleski. ¿Quién le ha dado permiso para llamar darling a una joven? ¿Se ha creído que está en Chicago? ¿Dónde se encontraba usted, cama- rada Saleski, cuando todos los estudiantes de cuarto curso se presentaron como un solo hombre para cumplir con los trabajos voluntarios? —Estaba en cama, enfermo. —Pero no lo bastante débil para visitar los nidos ajenos ¿verdad? ¡Propongo la expulsión del camarada Saleski de las filas del komsomol! ¡Que la marca infamante de nuestra reprobación lo aleje para siempre de nuestra entidad! ¡Pediremos a las altas jerarquías del Instituto que se pronuncien sobre la conveniencia de conservar al estudiante Saleski entre los educandos de este Centro! He concluido. —¡Pido la palabra! Una joven sentada en una de las filas delanteras se levantó: era la aspirante Ninotchka Armianova. Dirigió al presidente la mirada de sus ojillos miopes, parpadeó y sonrió: —Me agradaría hacer unas preguntas al estudiante Saleski. Díganos, Saleski, ¿qué fue lo que le impulsó a emitir tan extraña declaración, desprovista de toda base científica? Me refiero a lo de predecir el sexo del futuro ser. La cuestión me interesa únicamente desde el punto de vista psicológico. Es imposible que se haya tomado usted esa fábula en serio.
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Responsable de la organización base de las Juventudes Comunistas. (N. del T.)

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—No se trata de una fábula — respondió Valodia, mirando a todos de soslayo. Innumerables pares de ojos permanecían fijos en él, centelleantes como los cristales de un calidoscopio, reflejando todos los matices de la burla, la piedad, la mezquindad y la estupefacción. "Cerdos — pensaba Valodia —. ¿Qué haré? ¿Qué puedo hacer? Seguro que me acosarán hasta lograr que no pueda inscribirme en ninguna otra parte." —No se trata de una fábula — repitió Valodia —. No soy un donjuán y, en cuanto a los pantalones estrechos, ahora los lleva todo el mundo. —No todos — interrumpió el komsorg —, no todos... No le dejaron continuar. —¡No fastidies! —¡Ya has dicho lo que tenías que decir, eso basta! —¡Saleski, prosigue! —¡Silencio, por favor! — gritaba el secretario —. Hable, Saleski, pero no se aparte del tema. Por lo que respecta a los pantalones, ya nos informaremos por la prensa... —No soy ningún donjuán — continuó Valodia —. Pero, si las mujeres acuden a mí, no puedo contrariarlas. En la sala reinaba ahora absoluto silencio, como si se estuviera dando una clase. —Camaradas, cierto que poseo un atributo singular, pero no me valgo de él para imponerme. Son las mujeres quienes me llaman, dándome su número de teléfono. ¡Tengo pruebas! — gritó de pronto —. Averiguad la certeza de mi aserto, si es que dudáis de mi palabra. — Sacó una libreta del bolsillo —. Viera Ivanovna Krantz, K-6-32-11; Larisa Mijailovna Savtchenko, D-7-1J-81; Támara Gueorguievna Liesielidse, J- 2-27-18, extensión 2-0-2; Lia Ernestovna Havkina... Ratner, Vassili Sierguievitch... Preguntad a Olga Jaritonovna... ¡Llamad vosotros mismos... y comprobaréis que no tengo nada de donjuán! Me lo piden... y yo las atiendo. No me hago de rogar... Un niño o una niña, a mí me da lo mismo... Se volvió a leer la declaración de Kniazhitski. El director del Instituto atronaba el ambiente con su voz de bajo y el komsorg se desgañitaba, encendido en virtuosa cólera. Valodia se defendía con ardor. Mientras tanto, el partorg 26 Dmitri Pietrovitch Bronin guardaba silencio, limitándose a tomar alguna nota de vez en cuando. Todo cuanto se decía no era nuevo para él, puesto que había celebrado una entrevista previa con Kniazhitski y la pobre y desesperada Ana Lvovna. Tampoco había dejado de visitar a Viera Ivanovna Krantz. Desde que había comenzado aquel enojoso asunto, Bronin se sentía extrañamente indeciso e inquieto. ¿Qué era aconsejable hacer? Hasta el presente, su instinto no le había fallado jamás, pero en este caso le parecía estar jugando a las "siete y media". Tenía ya seis puntos. ¿Pediría otra carta? De salir una figura o un as, todo marcharía bien. Pero, ¿y si era otra la carta? Supongamos que saliese un dos. Entonces éste diría a Bronin: "Te has pasado. Y sólo por medio punto. Esta vez has jugado muy mal, camarada." Se esforzaba en anotar los principales argumentos de su discurso, pero las ideas se embrollaban en su cerebro. "La sociedad soviética tiende, por todos los medios a su alcance, a consolidar los lazos familiares. (Dicho sea de paso, esa Kniazhitskaia está colosal.) La conducta del komsomol Saleski constituye un reto flagrante a nuestros principios morales... (Pero, ¿cómo diablos se las arreglará?)... y constituye un pretexto estúpido para debilitar la vigilancia de las jóvenes. (No estaría mal obligarle a revelar sus "trucos".) La moral no es, entre nosotros, una palabra desprovista de sentido. (En el fondo, es cierto. Si el niño no es varón, si no hubiera más que hembras...) El asunto Saleski puede acarrear consecuencias trascendentales, mucho más serias de
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Secretario de una organización base del Partido. (N. del T.)

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lo que parecen a simple vista. Sí. Divulgando sus enervantes divagaciones acerca de sus dotes sobrenaturales, pone en entredicho la autoridad de la ciencia y consigue, a fin de cuentas, operar una verdadera trasmutación ideológica. ¡Lo tiene bien organizado ese tunante! Las pobres mujeres le alimentan, le dan de beber y hasta es posible que le entreguen algún dinero. Estoy seguro de que Saleski lo hace por interés material, pues los tipos como él no hacen nada gratis. (¡Y pensar que yo tuve que dar 50 rublos a esa p...!) No hay lugar para gente de su calaña en un Instituto soviético... (Pero ¿cómo se las compondrá?) ¡Gigoló, parásito...! ¡A la picota! (¡Vaya, vaya! Yo hubiera enfocado esta historia de un modo muy distinto...)" De pronto, Bronin detuvo el curso de su pensamiento. Se quedó con la boca abierta, como fulminado polla idea genial que acababa de ocurrírsele. Cuidando de no llamar la atención, abandonó su puesto en la mesa del estrado y, andando de puntillas, se encaminó hacia la salida. Antes de desaparecer por la puerta, volvió el rostro y miró inquieto a los demás miembros del comité... ¿No habría tenido alguno la misma idea? Una vez seguro de que nadie había notado su ausencia, echó a correr por el pasillo hasta llegar a su oficina, donde se encerró bajo llave. Descolgó el auricular y marcó un número. —¿El camarada Volkov? Sí, por favor... No, he de hablarle personalmente. Sí, es algo urgente... Soy Bronin, partorg del MINAP... M.I.N.A.P., Instituto Moscovita de Profanación Científica... Sí, es muy urgente... Sí, él me conoce... Gracias. Al cabo de diez minutos, Bronin regresó a la sala. Se percató de que había llegado muy a tiempo. El pomposo imbécil de cabellos blancos acababa de endosar al auditorio un curso de historia del Partido y, gesticulando con energía, comenzaba a decir: —¡Camarada Saleski! Si se obstina usted en afirmar que... ¿cómo lo diríamos?... siente tan extraña vocación, haga el favor de explicar a la comunidad de qué se trata. ¡Le ruego que se ponga en pie, camarada Saleski! Valodia obedeció. Sin embargo, no tuvo tiempo para despegar los labios, porque Bronin se levantó y declaró con energía: —Me opongo categóricamente. Le ruego que me excuse, honorable Valeriano Vikiantevitch, pero me parece inadmisible que nuestro digno tribunal se preste a divulgar semejantes supersticiones. (¡Ea! ¡Tendrás que tragarte eso, vejestorio!) Nosotros los hombres de ciencia, no nos interesamos por las míticas suposiciones de Saleski. No conseguirá hacerse pasar por inocente y seguir mancillando el honor de las trabajadoras soviéticas. Puso fin al discurso de forma inesperada. —Propongo que se aplace la sesión. Y usted, Saleski, venga a mi despacho. A continuación, inclinándose hacia el representante del raikom, que le miraba consternado, murmuró: —Es preciso suspender todo esto... Acabo de hablar con el camarada Volkov... Veinte minutos más tarde, un Zim negro se detenía a la entrada del Instituto. Bronin y Saleski se acomodaron en el interior del vehículo. El Zim se hundió ligeramente sobre sus ruedas traseras, saltó suavemente hacia adelante y partió a todo gas, proyectando un suitidor de nieve contra las botas de los agentes. *** —Bien, camarada. Oigamos en primer lugar lo que tiene que decirnos la Medicina. El profesor, un hombre alto y delgado, cuyo cráneo alopécico aparecía tostado por el sol, tosió ligeramente para aclararse la voz y comenzó a hablar visiblemente intimidado.

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—Mis colegas me han encargado, camaradas, que les revele los resultados del minucioso examen médico a que hemos sometido a... ¡ejem!... Perdón, no nos han confiado el nombre del paciente... Es decir, nos han aconsejado que no nos interesemos por su identidad. —Llámele "el hombre del MINAP". —Gracias... Pues bien, ese hombre que hemos examinado... el hombre del MINAP, goza, a nuestro juicio, de perfecta salud. El corazón, los pulmones, el aparato digestivo y el sistema nervioso no pueden hallarse en mejor estado. En una palabra, se trata de una persona cuya salud es envidiable. En cuanto a la manifestación de ciertas particularidades, a nuestro entender, son susceptibles de originarse como consecuencia de las propias relaciones sexuales, ya que, al parecer nos encontramos ante una de esas enfermedades psíquicas relacionadas con la sexualidad... —Camarada profesor, díganos, simplemente, por favor, si la ciencia admite la posibilidad de un fenómeno parecido. —La ciencia afirma que, en el momento del acto sexual, ninguna de las partes puede influir para determinar el sexo del futuro ser, ni siquiera para preverlo. Por lo que respecta a los medios de los cuales se sirve el hombre del MINAP para conseguirlo son, a mi juicio... —Un momento, camarada profesor. Le ruego que examine estos documentos... —¿Dónde están mis lentes? ¡Ah! ¡Aquí están! Veamos. Acta del interrogatorio de... ¿Decía usted algo...? —Nada, nada. Lea, por favor. —...Una niña, conforme al acuerdo tomado. . Adjunta copia del acta de nacimiento... Como él dijo, he dado a luz a un niño... Copia del acta de nacimiento... Dos niñas y un niño, justo lo suficiente para tener derecho a una vivienda... Copia del acta de nacimiento... Copia de la orden de asignación de vivienda... Siendo incapaz de engendrar, he dado mi consentimiento para que... casi en mi presencia, más bien que clandestinamente... Copia... —¿Qué tiene que decir de todo esto, camarada profesor? —¡Disculpen, pero no comprendo nada...! Esos documentos... —Tranquilícese, profesor. La legalidad soviética no ha sido violada. Camarada Volkov, ¿quién ha sido el encargado de preparar la documentación? —El teniente coronel Sasane y el comandante Pso- jorov, Pavel Petrovich. —Deles nuestras más expresivas gracias. —A sus órdenes, Pavel Petrovitch. —Así que, camarada profesor, ahí tiene los hechos. Ahora bien, seguimos sin tener la explicación científica de los mismos. —Hay más cosas en el cielo y en la tierra, Horacio, de las que jamás hayáis soñado en vuestra filosofía. —¿Eh? ¿Quién es Horacio? —¡Perdón! Es una cita de Shakespeare. —Bien. Ahora explíquenos cómo lo hace. —Un segundo. Bien, he aquí... El enfermo... quiero decir, el hombre del MINAP, pretende que durante las cópulas, además de tener éstas el objetivo concreto que ya conocen, pone toda su voluntad en representarse la imagen de... la imagen de... —¿Y bien?

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—La imagen de... perdón... de Carlos Marx. Repito sus palabras: "del fundador del socialismo científico, Carlos Marx". —¿Y para tener una niña? —Pues evoca la imagen de Clara Setkin. Si el resultado que se pide son dos niños varones, ello equivale a una doble visión de la imagen de Carlos Marx; tres niños varones, tres imágenes de Carlos Marx..., etcétera. Hemos procedido a una serie de experiencias con el fin de estudiar la memoria visual del paciente y hemos llegado a resultados verdaderamente extraordinarios. Después de observar durante dos o tres minutos el rostro de una persona que le era totalmente desconocida, el hombre del MINAP nos lo ha descrito con la mayor precisión. Si nos atenemos a la hipótesis operativa de que puede realmente influir en el sexo del futuro ser, entonces habremos de centrar nuestra atención en el problema siguiente: ¿Cómo consigue él pensar en esos momentos en algo tan secundario como Carlos Marx? Bueno, entiéndame bien, quiero decir secundario respecto a la situación que nos ocupa. En tal momento es difícil distraerse, hacer volar el pensamiento fuera de, pongámoslo así, fuera del objeto deseado..., ¿no creen? —¡Hum! Es difícil, en efecto... ¿Qué dice él? ¿Cómo ha descubierto dicha posibilidad? —Vean ustedes. Él lo refiere del modo siguiente. Cuando era todavía muy pequeño, preguntó a sus padres cómo nacían los niños — es ésa una cuestión que los hijos plantean a los padres con bastante frecuencia —. Le respondieron que si se piensa obstinadamente en un niño, pues es un niño quien viene al mundo, y que, si se piensa en una niña, pues es ésta la que nace. Después, el muchacho leyó ciertas informaciones científicas al respecto, contenidas en obras de vulgarización. En fin, cuando tuvo por primera vez "relaciones mutuas", como él las denomina, se acordó de aquello que le habían dicho en su infancia... e intentó llevarlo a la práctica, con el propósito de divertirse. Y como quiera que es difícil imaginarse un niño de forma abstracta, él evocó la imagen concreta de Carlos Marx, con su barba, su pechera almidonada, sus quevedos y demás atributos. —¿Y cómo ha podido comprobar tal cosa? —Gracias a los abortos. A los tres meses, las características sexuales del feto son claramente perceptibles. El hombre del MINAP declara que, hasta el presente, jamás le ha fallado dicho procedimiento, excepto en una sola ocasión, en que, al pretender evocar a Clara Setkin, apareció de improviso en su mente la imagen del escritor Fiodor Gladkov... Naturalmente, nos mostramos escépticos ante sus declaraciones, pero no sabíamos que existían pruebas documentales... —Sí, camarada profesor. En conjunto, puede decirse que el asunto está bien claro. Gracias. Ya no le retenemos por más tiempo. Trabaje, estudie y, si tiene necesidad de algo, haga el favor de avisarnos. Camarada Volkov, acompañe al profesor... Éste se dirigió a la puerta erguido y rígido. Cuando ésta se cerró tras él, profirió un "¡Uf!" en señal de alivio. —Bien, camaradas. Es necesario sacar consecuencias prácticas de esta situación. Hemos de considerar este asunto lápiz en mano, como buenos administradores que somos. Ante todo, se trata de saber si es capaz de transmitir sus habilidades a otra persona. En caso afirmativo, podemos proceder de inmediato a la planificación de los nacimientos. Así podremos establecer un programa preciso concerniente a la producción de vestido, calzado, sostenes y bicicletas para señora. De aquí a dieciocho o veinte años, dispondremos de tantas mujeres como hombres, de modo que cada cual encontrará lo que necesite. Entonces los solteros serán juzgados por un tribunal. He aquí mi opinión, camaradas. Si estoy en un error, repréndanme, corríjanme. Hable, Ivan Pietrovitch. Y usted, Vassili Semenitch. ¿Tengo o no razón? —Dice bien, Pavel Pietrovitch. ¡Qué maravillosas perspectivas de desarrollo! Pero, ¿y si nadie más que él es capaz de hacerlo? —Si tiene usted miedo de los lobos, es mejor que no vaya al bosque. Bueno... Ya pensaremos en algo, ya lo consultaremos. Un hombre jamás se encontrará perdido entre nosotros. Le conseguiremos

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un puesto y sabremos utilizarle. Sacaremos partido de ese hombre, si no en gran escala, al menos dentro de un círculo restringido. Nosotros, personalmente, estamos muy ocupados y, además, no somos ya muy jóvenes... Si en estas condiciones tenemos hijos, las consecuencias políticas serán colosales. Todo el mundo verá en"ello una prueba irrefutable de nuestra fuerza, de nuestra energía. ¡Sí, sí!... Y él es uno de los nuestros, un soviético, un komsomol... Hay que alimentarlo mejor. Necesita más carne. Camarada Volkov, ocúpese de este asunto. —A sus órdenes, Pavel Pietrovitch. —Y tú, Trofin Denisovitch, ¿por qué no dices nada? ¿Cómo enfocarás el caso desde el punto de vista filosófico? ¿No existe idealismo dentro de ti? Quiero decir, en tus métodos... —Eso jamás, Pavel Pietrovitch. La dialéctica es siempre la misma: la base influye en la superestructura. Es decir, las condiciones de existencia socialista influyen en su conciencia, mientras que la superestructura, es decir, la conciencia, influye en la base, es decir, en la fecundación, en los procesos materiales y biológicos. No importa quién, pero el propio Carlos Marx... —Así, pues, camaradas, confiaremos la ejecución de este plan a... *** Y, de este modo, Valodia Saleski se convirtió en "el hombre del MINAP". Mas, ¡ay!, los ambiciosos planes económicos no pudieron ser realizados. El talento de Valodia constituía un fenómeno de excepción, algo comparable al talento de un Paganini. Allá en las "altas esferas" se habían imaginado que en los periódicos aparecerían titulares del siguiente tenor: Proyecto de modificación del plan de desarrollo económico septenal, adaptado en base de los importantes descubrimientos de la ciencia soviética. O: Por primera vez en la historia de la humanidad. O también: El hombre soviético dirige el proceso biológico. O bien, para terminar: Nuevo triunfo de la filosofía marxista. Fue necesario renunciar a esos sueños de gloria. Por otra parte, los genetistas opinaban que las cualidades del hombre del MINAP tal vez se transmitiesen por herencia ¡Qué le vamos a hacer! ¡Ya veremos...! Mientras tanto, Valodia habita en una villa en los alrededores de Moscú. Come, duerme, practica el deporte y goza de la televisión, todo bajo vigilancia médica. De vez en cuando, un automóvil lo transporta a cumplir con su obligación. Al principio Valodia sentía curiosidad por saber a casa de quién le llevaban. Muchas veces formuló la pregunta, hasta que, un día, uno de los agentes de seguridad le dijo: —Muchacho, cumple tu faena y quédate tranquilo. ¿Para qué quieres saber nombres? Si nace algo, tú no debes enterarte. Y si quieres saber demasiado, un buen día te dirán: "¡Estás muy bien informado, amigo! ¡Ven, vamos a confesarte!" Por el momento, te cuidan mejor que a un semental. Comes y bebes cuanto quieres y gozas de tranquilidad. Valodia no se lo hizo repetir dos veces. Su vida es muy tranquila, pero se aburre un poco. Y, sobre todo, se preocupa por lo que podría ocurrirle si llegara a perder su don excepcional. No ha concluido sus estudios en el Instituto y, en la actualidad, ¡es tan difícil salir adelante sin el correspondiente diploma de estudios superiores...!

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Habla Moscú – Nicolás Arjak

SOLAPAS INTERIORES
En este volumen presentamos la obra de uno de los autores más discutidos de la hora actual; se trata de un libro que comprende cuatro relatos escritos en la prosa más escandalosa de los últimos años. El proceso que se ha seguido en Moscú contra los dos escritores soviéticos, André Siniavski y Yuri Daniel, ha resonado en todos los ámbitos y ha hecho que se rasgaran las vestiduras más diversas entre sí. En este tomo ofrecemos los escritos de Nicolás Arjak, seudónimo tras el que se escondió el ¡oven escritor Yuri Daniel, condenado el 14 de febrero de 1966 a una larga pena de prisión. Compareció ante el tribunal de Moscú con su amigo, el escritor Siniavski, acusados de «hostilidad al pueblo, al Estado y al partido comunista soviético», según palabras del ministerio fiscal. El proceso se desarrolló a puerta cerrada y les fue negada la defensa a los escritores. Los escritores más prestigiosos del mundo se manifestaron en contra de esta actividad inquisitorial en la Unión Soviética. Algunos de los nombres más significativos que alzaron su voz de protesta fueron: Andre Bretón, Jean Cassou, Marguerite Duras, Francois Mauriac, Arthur Miller, Graham Greene, Julián Huxley, Diego Fabbri, Alberto Moravia, Ignazio Silone, Gunther Grass,... No es superfluo destacar que muchos de estos «mandarines» están adscritos a la izquierda y que, incluso, algunos de ellos poseen el carnet de miembros del partido comunista. El proceso de los dos escritores soviéticos coincidió con la oleada de discusiones que se había levantado en el mundo socialista tendente a reactualizar el viejo concepto de literatura realista. La obra que el lector tiene ahora en sus manos posee un valor testimonial de primera importancia. Con él puede formarse una idea de las corrientes que tratan de abrirse camino en la producción literaria del mundo socialista, a pesar de la persecución de que son objeto por parte de los dueños del poder.

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