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Yo, Cecilia Oficial

Yo, Cecilia Oficial

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Cecilia es una chica de 17 años que ve sus sueños hechos realidad cuando Nicolás, el chico que más le gusta en la vida, se interesa en ella después de una noche de "estudio".
Todo parece perfecto hasta que descubre que esta metida en un embrollo gigante: ¡está embarazada de otro chico!
¿Qué hará Nico cuando se entere que Cecilia no era virgen después de todo? Risas, llantos y depresión cómica se juntan para darle vida a mi primera historia original.


Una historia de Alejandra Govea Hernández. (Lo digo solo para mencionar mi nombre, no creo que alguien se la robe)
Cecilia es una chica de 17 años que ve sus sueños hechos realidad cuando Nicolás, el chico que más le gusta en la vida, se interesa en ella después de una noche de "estudio".
Todo parece perfecto hasta que descubre que esta metida en un embrollo gigante: ¡está embarazada de otro chico!
¿Qué hará Nico cuando se entere que Cecilia no era virgen después de todo? Risas, llantos y depresión cómica se juntan para darle vida a mi primera historia original.


Una historia de Alejandra Govea Hernández. (Lo digo solo para mencionar mi nombre, no creo que alguien se la robe)

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Siempre había tomado a mi mamá de exagerada cuando hablaba de
nosotros, sus hijos. En serio, ya saben, diciendo en cada uno de nuestros
cumpleaños que somos lo mejor que le ha pasado en su vida y por supuesto,
contándonos todo lo que sintió desde la primera vez que supo que estaba
embarazada. Al menos yo he escuchado hasta los detalles del parto y el estado
en que se encontraba la placenta en donde vivía antes de nacer. Asco, lo sé.

Yo nunca he entendido eso del amor instantáneo por un hijo. He visto
miles de programas en donde las madres, al ver por primera vez a los hijos,
comienzan a llorar y a sollozar que los aman más que nada. Es algo fuera de mi
comprensión, sobre todo porque ni siquiera creo en el amor a primera vista.
Bueno, excepto la primera vez que vi a Brad Pitt en Entrevista con el Vampiro,
pero eso es potencialmente diferente. Este es el día en que probablemente eso
cambie, según mi mamá, ya que es mi primera consulta obstétrica. Debo de
decir que de tétrica tiene mucho, ya que nunca he ido al ginecólogo. Nada más

de imaginarme a un tipo viendo y escarbando mi "tesoro”, me pone muy

nerviosa. Me da mucha vergüenza. No es como si fuera muy pudorosa que
digamos, pero al menos necesitaría saber su nombre si el tipo o tipa me va a
espiar allá abajo.

Caroli hizo un excelente trabajo informándome acerca del doctor que va
a atenderme, pues resulta que quien lo hará es un tipo guapo que le encanta.
Es su residente en las prácticas en el hospital público en el que trabaja. Si, aquel
que dice parece modelo de tinte para las canas—no sé porqué mi hermana
tiene una obsesión con tipos mayores—. Nunca había visto a Caroli tan feliz,
risueña y de buen humor como este día. Al menos no desde que asesinaron a la
mamá de Bambi.

Al principio de la consulta, Roberto—así se llama mi futuro cuñado—,
me pregunta cosas que no quiero que mi mamá escuche:

—¿Desde cuándo eres sexualmente activa?

—Desde el veinticuatro de enero, ¿no, Cecilia?—contesta mi mamá por

mí, muy profesionalmente.

Típico, siempre pasa eso cuando voy a consulta en su compañía. Mi
mamá se crispa al decir la fecha, ya que prácticamente apenas descubre que le
mentí para salirme a tener sexo con Joaquín. Yo solía decirle que iba a todos
lados con Andy y con David, pero en realidad eran puras mentiras piadosas. ¿Mi
favorita? “Mañana tengo examen. Debo estudiar como loca”

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Es por eso que me sentí culpable y en un ataque de locura, se me ocurrió
confesarle a mi familia el nombre del verdadero padre. Mi mamá estuvo
aliviada de que no fuera ningún finlandés, y al menos saber se nombre le hizo
sentirse un poquitín mejor. En alguien tenía que fijar su odio, ¿no?

Como sea, luego de las preguntas indiscretas, procedemos al tan
secretamente anhelado ultrasonido. Es algo que me tiene emocionada, pero a
la vez, hace que me haga pis encima del miedo. Al fin sabré que esto no es un
sueño o al menos que no se trata de un bebé de comida. Roberto prende el
famoso ecógrafo, y pasa otro instrumento raro en mi vientre, revolviéndolo y
haciéndome cosquillas. No puedo evitar reír como loca, aunque el gel pegajoso
que embarró me hace sentir incómoda.

—Niña, por Dios, ¡compórtate!—dice mi mamá, pellizcándome mientras
esboza una sonrisa, como en los viejos tiempos.

Cuando mi estupidez me permite poner atención, veo que la pantalla
negra se va aclarando poco a poco. Bueno, al menos eso es lo que dice
Roberto ya que según él, el bebé también se estaba moviendo mucho. Si,
seguro también estaba riendo, creo.

—Muy bien señoritas, al parecer todo está en orden—comenta él, y
luego, señala un punto en la pantalla—. Ahora, si se fijan en donde está mi
dedo, podrán ver al protagonista de la tarde: el bebé de Ceci.

Yo comienzo a buscar el cuerpecito entre los espectros negros de la
pantalla, pero no veo nada de nada. No creo que esa imagen sea de mis
propias entrañas, más bien parece el radar de un barco busca-ballenas.

—Doctor, creo que este bebé no tiene cabeza, ¿es normal?

Roberto estalla en risas, Caroli hace lo mismo para seguirle la corriente,
pero sé que en el fondo quiere matarme por decir lo primero que se me vino a
la mente.

—No, "hermanita"—señala Caroli el monitor—. Éste es el feto.

¿Lo ven? ¡Es un feto! Aunque lo que me señala es un punto, más parecido
a una nuez que a un bebé. No le encuentro mucha fascinación al asunto hasta
que me doy cuenta de que su corazón late desbocado. Si, justo como el mío
cuando veo o abrazo a Nico. Lo compruebo más aún cuando prenden el sonido
del aparato, un tum tum constante hace eco en la habitación y entonces,
comienzo a creer en el amor a primera vista. Ya no hay duda, ese renacuajo
negro e hiperactivo es mío y ya lo adoro más que a nada ni nadie.

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—Es...súper—es lo único que me ocurre decir.

Algo explota dentro de mí, y no es algo que haya explotado antes. Todo
parece real al ver la cosita que se mueve cada vez más rápido, como si
estuviera bailando o queriendo llamar la atención. El hecho de saber que ese
pequeño bailarín va a ser mi hijo, es lo mejor que me ha pasado en mi mugrosa
vida. ¿Saben lo que eso significa? Que voy a poder influir en alguien
completamente y alienarlo a mi manera. Enseñarle todo lo que yo siempre
quise saber y aunque se escuche muy gay, quiero llenarlo de amor por todos
lados para que al verme, se sienta seguro. Que sienta cuando esté conmigo
que está en casa, donde quiera que nos encontremos. Al paso que va mi vida,
ese niño y yo vamos a ser felices juntos, caminando hacia el horizonte al
atardecer. Solo él/ella y yo.

—Ceci, ¿no estás emocionada?— pregunta mi mamá que está a punto de

llorar.

Yo ya lo estoy haciendo, así que no puedo burlarme de ella. Además,
creo estar soñando despierta otra vez.

—Por supuesto. Más que en toda mi vida—le contesto, sonando muy
madura por primera vez en muchos días.

Una enfermera imprime una foto para mí y antes de que se me olvide, le
pregunto al doctor lo que Andy quiere saber desde que descubrimos que
estaba embarazada:

—¿Es niño o niña?

—¿En verdad quieres saberlo? La sorpresa es más linda cuando te
enteras del sexo hasta que el bebé nace—dice mi mama.

Ella qué va a saber. En sus tiempos no había aparatos tan avanzados y la
sorpresa del sexo del bebé era más involuntaria que algo que planearas.
Prueba de eso era mi hermano Christian, que tuvo que usar ropa rosada en su
primera semana de vida porque mi mamá juraba y perjuraba que iba a tener su
tercera hija.

—Me gustaría saber el sexo. La sorpresa es para los tibios del siglo
pasado—me limpio el gel del vientre.

Caroli me hace caras, he manchado su blusa nueva. ¡Ups!, lo siento, tenía
que verme decente para su novio doctor.

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—Aún no es posible determinarlo, solo tienes ocho semanas y los
órganos sexuales aún no son perceptibles. Esperemos que en tu próxima visita
te pueda tener buenas noticias.

Ok, aún el bebé no se cocina adecuadamente lo que está bien, se toma
su tiempo para estar lindo. Yo también tardo horas arreglándome, así que no
hay resentimientos. Quedaremos en que el bebé no es rosa ni azul, sino
amarillo. Amarillo como un Simpson. Debo esperar unas cuantas semanas lo
cual no me molesta porque mientras tanto, puedo organizar una apuesta con
Andy y David sobre el sexo del bebé. Genial, seré rica porque ellos son súper
malos adivinando.

Después de que Caroli coquetea un rato con el doctor y éste último me
receta vitaminas prenatales, vamos directo a casa. Mi mamá está tan contenta
porque nosotros parecemos felices: Caroli se consiguió una cita con Roberto y
yo, tengo una foto que me prueba que tengo que madurar y como un reloj con
su fastidioso tic-toc me dice que cuanto antes, Nico tiene que saber la verdad.
La observo a conciencia e internamente me pregunto qué pensaría él si
hipotéticamente este fuera su bebé e hipotéticamente fuera deseado. Mi
corazón revolotea de felicidad solo de imaginar aquel universo alternativo en
donde Nico llora conmigo al escuchar el corazón de nuestro
pequeño Homero Simpson.

La culpabilidad vuelve a lanzarme punzadas en el pecho, así que lo
decido: me doy una semana para decirle la verdad a Nico. Me prometo que
antes de que ese tiempo acabe, Nico sabrá todo de alguna u otra manera. A
pesar de cualquier consecuencia.

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