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Yo, Cecilia Oficial

Yo, Cecilia Oficial

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Cecilia es una chica de 17 años que ve sus sueños hechos realidad cuando Nicolás, el chico que más le gusta en la vida, se interesa en ella después de una noche de "estudio".
Todo parece perfecto hasta que descubre que esta metida en un embrollo gigante: ¡está embarazada de otro chico!
¿Qué hará Nico cuando se entere que Cecilia no era virgen después de todo? Risas, llantos y depresión cómica se juntan para darle vida a mi primera historia original.


Una historia de Alejandra Govea Hernández. (Lo digo solo para mencionar mi nombre, no creo que alguien se la robe)
Cecilia es una chica de 17 años que ve sus sueños hechos realidad cuando Nicolás, el chico que más le gusta en la vida, se interesa en ella después de una noche de "estudio".
Todo parece perfecto hasta que descubre que esta metida en un embrollo gigante: ¡está embarazada de otro chico!
¿Qué hará Nico cuando se entere que Cecilia no era virgen después de todo? Risas, llantos y depresión cómica se juntan para darle vida a mi primera historia original.


Una historia de Alejandra Govea Hernández. (Lo digo solo para mencionar mi nombre, no creo que alguien se la robe)

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07/28/2013

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51

Un fin de semana aburrido en la casa de los Rivera después, me
encuentro en la biblioteca de la escuela, haciendo lo impensable: estudio para
un examen. Claro que mientras lo hago, platico con Andy y David los
pormenores de mi visita a la casa de Jorgito:

—Y entonces, cuando estábamos a punto de perder en el Maratón,
Jorgito preguntó: "Si la capital de Brasil es Brasilia, ¿la de Rusia es Rusilia?—les
cuento, imitando la voz sosa de Jorgito—. A Caroli casi le da un infarto.
Además, mi papá y yo no dejábamos de reírnos por su torpeza ante la mirada
atónita de sus papás y mi mamá, que nos amenazó de muerte con una sola
mirada.

Comenzamos a reírnos, pero la señora Archundia, la bibliotecaria, nos
silencia detrás de sus gruesos lentes de fondo de botella. Amargada, pienso
cuando David me interrumpe. Él ni siquiera me ha puesto atención.

—Situaciones como las de Jorge pasan cuando las personas no estudian
y se quedan a reírse todo el día como retrasadas en la biblioteca en lugar de
estudiar para el examen de biología—es obvio que habla de Andy y de mi, pero
vamos, yo no soy retrasada, sino dispersa—. Mejor hagan algo de provecho y
vayan a buscar el libro que nos encargó el maestro Cazares. Creo que de allí
tomará muchas preguntas.

Mi amiga y yo nos miramos fastidiadas, pero en realidad, buscar el libro
es mejor que hacer el acordeón para el examen. Nos levantamos para ir en
busca del libro sagrado de las preguntas. Yo soy como Frodo y Andy es mi
fiel Sam. Cada una toma uno de los pasillos que tienen libros de Ciencias
Naturales, porque nuestra biblioteca es tan grande que podemos perdernos si
vamos solas. Yo busco libro por libro, eso de los índices y la organización nunca
ha sido lo mío. A pesar de eso, tengo suerte y en la segunda fila encuentro al
fin lo que David me había pedido. Lo tomo contenta y grito a medio pasillo.

—¡Enana, lo tengo!— y luego hago el paso oficial de la victoria, ya saben,
una combinación entre baile de los 70's y 80's.

Por supuesto que soy observada por todos los alumnos del lugar con
una mezcla de lástima y admiración por hacer semejante estupidez en un lugar
público.

—Sí, definitivamente lo tienes Ceci—dice Nico detrás de mí.

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—Hola— le digo contenta sin despegar los ojos del libro—. ¿También
estás estudiando para enfrentar a la Santa Inquisición de Cázares?

—Nop, casualmente no necesito estudiar mucho. Todo lo tengo en la
mente— contesta despreocupado.

—Sí, claro. Eres un bastardo inteligente.

Quiero aclarar, que Nico y yo entramos en una etapa de insultos sexys.
También entramos en la etapa de mirarnos lascivamente a espaldas de los
demás y a mandarnos recados impuros entre clase y clase. Aunque, eso sí, él no
deja de ser tierno conmigo.

—Ahora que si tú necesitas asesorías, yo puedo ayudarte a estudiar—
toma mi mano y me acerca a él.

—Hey, Andy anda por aquí, tienes que tener cuidado—susurro
alarmada, pero no lo suelto.

¡Qué astuta, ¿no?! Debo concentrarme, no quiero que mis manos

comiencen a sudar.

—Ya tuve cuidado. ¿Recuerdas que me dijiste que a Andy le gustaba
Iker?— me dice señalando al otro lado de la sala de lectura.

A pesar de que hace meses que no llevo lentes, alcanzo a ver la figurita
de mi amiga recargada en un estante de libros, platicando con Iker y
lisonjeándose un mechón de cabello. Comienzo a reírme porque sé que en el
fondo ella debe de estar muy contenta y las mariposas deben de estar
invadiendo su cuerpo, como lo han hecho con el mío teniendo a Nico tan cerca.

—No te confíes, ella se distrae fácilmente. En una de esas nos ve platicar
tomados de la mano y saca todas las conjeturas del mundo.

Parece que hablo un idioma diferente, porque él parece ignorar lo que le
digo, y no suelta mi mano. Yo me pongo nerviosa y comienzo a sentir un delirio
de persecución, le tengo miedo a que Rebecca aparezca y me arme un lio.
Aunque, no tendría que hacerlo. Ella y Nicolás terminaron hace un tiempo.

—Pensé que no saldrías con Jorge el fin de semana. El domingo los vi en
el supermercado—dice rápido.

¿Esos son celos? Tendré que averiguarlo.

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—Lo que pasó fue que nuestras familias tenían una parrillada, pero al
tonto de su papá se le olvidó el carbón así que me obligaron a acompañarlo
para comprarlo a la tienda. Eso es todo.

¡Qué estúpida!, yo no tengo por qué darle explicaciones. Él no me las da,
así que yo no debo hacerlo, pero, para ser sincera, a partir de nuestra inclusión
en el mundo del romance, yo no le he visto en actitudes románticas con otras
chicas. Somos como exclusivos o algo así. Al menos lo somos en secreto.

—Menos mal que eso fue todo—él suspira—. Comenzaba a ponerme

celoso.

Ah, entonces si eran celos. Mi cuerpo comienza a elevar su temperatura.
Mi proceso de homeóstasis comienza su carrera biológica para regular las
funciones de mi cuerpo. Mi ventrículo izquierdo bombea la sangre y mis
alveolos pulmonares están a punto de hacer explosión. Basta, estudiar biología
afecta demasiado mi cerebro, aunque viéndolo bien, sacaré buenas
calificaciones.

—No tendrías porqué, porque en primer lugar tú y yo no somos nada—

le digo con algo de tristeza.

—No somos nada, porque no quieres.

—Sí, claro. Ahora yo tengo la culpa—ruedo los ojos en desaprobación—.
En fin, tengo que estudiar bastante, así que debo regresar a mi mesa.

Camino, pero Nico me jala sutilmente.

—Pero antes de irte, dame un beso—me dice suplicante.

No me lo esperaba, en serio. Aunque después de todo, debo besar bien,
¿no? Pero obviamente no voy a ceder tan fácil...esta vez.

—No voy a hacerlo, menos aquí con tanto libro, gente y con la señora
Archundia viéndonos del otro lado de su escritorio.

—Ya lo hemos hecho antes, Ceci. Ella también es fácil de distraer—
arquea una ceja y su voz es envolvente, como la de un demonio besucón e
intuitivo—. Solo dame uno pequeño, de amigos—me hace la señal con los
dedos y si, es una muy pequeña.

Y como un beso no le hace daño a nadie...

—Maldición. Está bien.

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Me acerco a su boca y le doy un pequeño beso en la comisura de sus
labios, pero él me retiene un segundo de más. Vale, eso fue como una chispa
de fuego en el pajar de mis hormonas; comienzo a arder. El beso no dura nada,
ni un suspiro, pero eso basta para que una voz detrás de nosotros se aclare en
un tosido incómodo. Me separo de inmediato.

—Entonces así es se hace el R.C.P. De hecho David y yo fuimos a un
curso de primeros auxilios hace mucho, ¿no, amigo?—le digo a David que
permanece enfrente de nosotros con su mirada rígida.

Él ha visto el beso.

—Perfecto Guindi, se lo haré saber a mi instructor—dice Nico alejándose
de los dos, hasta ese momento me suelta de la mano.

—Genial, solo recuerda que no debes hacer mucha presión en el
esófago. Puede explotarte como una bolsa de palomitas.

Nico se despide o mejor dicho, emprende la fuga dejándome con David
que me mira rígido, como cuando tiene hambre.

—Cecilia, voy a preguntarlo solo una vez— mi amigo me habla fuerte—:
¿qué hacías besando a Nicolás?

—¡No lo estaba besando! Era obvio que él y yo departíamos
conocimientos sobre…—David se cruza de brazos. Es el más inteligente que
conozco y no se va a tragar mi mentira—Está bien, lo estaba besando, pero por
el amor de Dios, ¡no se lo digas a nadie! Fue solo un besito—le imploro.

—¿Desde cuándo lo hacen? Yo tenía entendido que salías con Joa…

—Cállate, ni lo menciones—en un acto maduro, me tapo los oídos—.
Con él no tengo nada que ver.

Un escalofrío recorrió mi cuerpo al momento en que David mencionó su
nombre. Pensar en sus caricias y en su aliento sobre mi cuello no ha sido para
nada agradable. Todo lo contrario a mis varios deslices con Nico.

—Entonces, estas saliendo con Nicolás—David afirma, pero...

—No salimos exactamente. Más bien es algo complicado—yo lo

desmiento.

—No es complicado, Cecilia. Si le gustas, debería hacerte su novia o algo

así— dice con justa razón.

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Olvidé decirlo antes: David es moralista hasta la coronilla. Está en contra
del sexo antes del matrimonio, las apuestas, el aborto y si, justo como
los Jonas Brothers, lleva un anillo de santidad.

—Lo sé, es decir, no es cierto. Lo que tú sugieres es algo muy romántico
y tradicional. Ser "no novios" es un válido estilo de vida trato de defender mi
punto—. Además, ahora que has visto todo, necesito discreción absoluta, así
que solicito mi derecho a la tumba.

David abre los ojos de par en par y no es para menos: el Derecho a la
Tumba es un recurso que se debe de utilizar solo en ocasiones
extremadamente importantes en las cuales, es aceptable que entre los
miembros de nuestra manada haya secretos. Solo lo he utilizado una vez con
Andy: ella no le ha dicho nada a David de mi encuentro amoroso del tercer tipo
con su amigo Joaquín. Y honestamente, no sé si ellos lo han ocupado para
ocultarme algo.

—¿Tan importante es que guarde el secreto?

—Lo es, así que por favor, no le digas a nadie lo que viste. Mucho menos
a Andy, ya sabes el aprecio criminal que le tiene a…

—"Lolita"—contestamos al unísono.

Rebecca tampoco le agrada a David. A él le chocan las tipas superficiales

que lo hacen menos.

—Entonces, ¿estamos?

—Estamos—me contesta David, chocándome la mano.

Emprendemos el camino de nuevo al escritorio, en donde yace Andy con
cara de idiota. Creo que es por el efecto Iker y su falsa sonrisa de medio lado.
Justo antes de llegar, David me detiene un poco, me toma de los hombros y
hace que mi mirada se cruce con la suya. Es un momento amigo, padre/ amiga,
hija.

—Cecilia, yo prometo guardarte el secreto, pero tú trata de no cagarla

¿vale?

Solo asiento con la cabeza. ¿Cagarla yo? Vaya, como si me conociera
algo. Soy a prueba de errores. Mi mente maligna comienza a carcajearse de
repente. La verdad es que mi aventura con Nico es casi como el crimen
perfecto.

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Retomando el estudio, mientras repaso una a una las hojas del
desgastado libro decido que seguiré en el juego lo más que se pueda. Solo los
perdedores renuncian y yo definitivamente, no soy una.

—La semana próxima será un caos. Los exámenes acabarán con mi
vida—David comenzaba a hiperventilar—. Primero tenemos el de física el
catorce de este mes, luego el de informática y el de biología para el quince. Sin
contar claro, la estúpida exposición de arte. La verdad, yo no sé quién carajos
dijo que el arte fuera una materia escolar.

—Cállate, dices eso de la clase porque eres malísimo haciendo cosas con
las manos—le contesta Andy.

—Admítelo. Eres más malo que el colesterol. La clase de arte es la más
fácil de todas. Incluso ya tengo preparada esa exposición con Nico.

Habíamos decidido el tema en una de nuestras "citas de estudio": la
percepción del amor en el arte. ¡Somos unos genios!

—Pero la exposición es hasta el día dieciocho, ¿no?—contesta Andy

Mientras hablamos de fechas, los números me retumban en la cabeza,
como una especie de señal. Recuerdo que estamos en febrero y en esa fecha
no hay nada especial. Ni cumpleaños, ni aniversarios, ni fiestas o la visita de
alguien a casa. Mientras ellos comienzan a discutir por alguna estupidez, saco
el celular para checar el calendario. No quiero olvidar nada: hace dos años
olvidé el cumpleaños de mi hermana y me lo echó en cara más de seis meses.
Veo que no hay ninguna notificación de nada, así que olvido el calendario por
un segundo. Aún así, siento algo en el pecho, como cuando quieres decir algo,
pero no sabes la respuesta y ésta, te atormenta hasta que la recuerdas. Lo
ignoro y prosigo con el texto del libro de biología, tratando de no escuchar
cuando David tontea a Andy. "La reproducción celular" es el título que leo pero
no logro relacionarlo con nada en ese instante sino hasta que nos vamos de la
biblioteca.

Dejo la pila de libros en el estante, pero uno, el más pesado, se me cae

en un pie.

—Mierda—digo en voz alta porque el dedo en donde el libro cayó, me

duele demasiado.

Recojo el libro que yace abierto en un tema escabroso. Las letras de
mediano tamaño indican solo una leyenda: Sexualidad. Una alerta suena en mi
cabeza en aquel momento, me dice que siga hojeando. Una de las páginas
indica algo familiar para mí, el coito—lo sé, se escucha feo, pero así se llama—.

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Conforme paso las hojas con dibujos malos sobre los penes, me detengo
en una importante, la del embarazo. Embarazo. Falta de menstruación. Abro
los ojos de par en par cuando veo que efectivamente, este mes no he tenido la
visita de alguien importante. Comienzo a hacer cálculos, lo que nunca hago
porque me chocan los números, pero esto es de vida o muerte. Así, a la ligera,
me doy cuenta de que hace casi un mes desde que fui a esa fiesta y lo hice con
Joaquín.

—Más de un mes desde mi última regla—susurro en voz baja.

Mierda, mierda, mierda. Esto huele a ¿pañales sucios? Andy me llama
desde la puerta para que me apresure, pero su voz suena lenta. Casi no puedo
escucharla porque mi mente hace cuenta de los días desde que no me baja:
cuarenta y tres días para ser exactos.

Siendo así, no tengo tiempo para nada, más que para querer llorar. Llego
corriendo al lado de mi amiga y la abrazo. Estoy cagándome del susto.

—¿Qué pasó?—me toma Andy del rostro—. ¿Te encontraste a Jorgito y
trató de besarte? Dime si fue así para ir a partirle la cara.

—No, Andy…— hago la pausa más dramática de mi vida—creo que
quizás estoy embarazada—le digo, comenzando a llorar ante su mirada
atónita.

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