EL PESA-NERVIOS (1925) - ANTONIN ARTAUD He sentido de verdad que rompíais la atmósfera a mi alrededor, que hacíais el vacío para

permitirme avanzar, para dar el lugar de un espacio imposible a lo que en mí estaba aún sólo en potencia, a toda una germinación virtual y que debía nacer atraída por el lugar que se le ofrecía. Me he colocado a menudo en ese estado de absurdo imposible, para tratar de hacer nacer en mí el pensamiento. Somos unos pocos en esta época empeñados en atentar contra las cosas, en crear en nosotros espacios para la vida, espacios que no estaban y no parecían tener que encontrar un sitio en el espacio. Siempre me sorprendió esa obstinación del espíritu en querer pensar en dimensiones y en espacios y en afirmarse en algunos estados arbitrarios de las cosas para pensar; en pensar en segmentos, en cristaloides, y que cada modo de ser quede solidificado en un comienzo, que el pensamiento no esté en comunicación presurosa y continua con las cosas, mas que esa fijación y ese hielo, esa suerte de puesta en monumento del alma, se produzca por así decirlo ANTES DEL PENSAMIENTO. Evidentemente, he aquí la buena condición para crear. Pero me sorprende aún mucho más esa infatigable, esa meteórica ilusión, que nos sugiere arquitecturas determinadas, circunscritas, pensadas, esos segmentos de alma cristalizados, como si fueran una enorme página plástica y en ósmosis con el resto de la realidad. Y la surrealidad es como un estrechamiento de la ósmosis, una especie de comunicación vuelta hacia atrás. Lejos de ver en ello una disminución del control, veo por el contrario un control mayor, el cual, en lugar de actuar, desconfía, un control que impide los encuentros de la realidad ordinaria y permite encuentros más sutiles y enrarecidos, encuentros atenuados hasta la soga que arde y que jamás se rompe. Imagino un alma trabajada y como sulfurado y fosforosa en virtud de esos encuentros, como si fuera el único estado aceptable de la realidad. Más es no sé qué lucidez innominada, desconocida la que me da de aquellos el tono y el grito y me los hace sentir a mí mismo. Los siento en virtud de una cierta totalidad insoluble, quiero decir sobre cuya sensación no cabe ninguna duda. Y, con respecto a esos encuentros turbulentos, estoy en un estado de conmoción mínima, desearía que uno se imaginara una nada detenida, una masa de espíritu sumida en algún sitio, vuelta virtualidad. A un actor se lo ve como a través de cristales. La inspiración escalonada. No se debe dejar pasar demasiado literatura. He apuntado solamente a la relojería del alma, sólo he transcripto el dolor de un ajuste malogrado. Soy un abismo completo. Aquellos que me creían capaz de un dolor

entero, de un hermoso dolor, de angustias plenas y carnosas, de angustias que son una mezcla de objetos, una trituración efervescente de fuerzas y no un punto suspendido -y sin embargo, con impulsos sacudidos, desgarradores, que proceden de una confrontación de mis fuerzas con esos abismos de un absoluto ofrecido, (de la confrontación de fuerzas de poderoso volumen) y sólo hay ya abismos voluminosos, la suspensión, el frío, -aquellos que me atribuyeron más vida, que me han imaginado en un grado menor de mi caída, que me han creído como sumergido en un ruido torturado, en una obscuridad violenta con la cual luchaba, están perdidos en las tinieblas del hombre. En el sueño, nervios en tensión, a lo largo de las piernas. El sueño provenía de un desplazamiento de creencia, al abrazo se aflojaba, el absurdo me caminaba sobre los pies. Es necesario que se comprenda que toda la inteligencia no es más que una amplia eventualidad, y se la puede perder no ya como el demente que está muerto, mas como el ser viviente que está en la vida y que siente sobre sí la atracción y el soplo (de la inteligencia, no de la vida). Las titilaciones de la inteligencia y ese brusco trastocamiento de las partes. Las palabras a mitad de camino de la inteligencia. Esa posibilidad de pensar hacia atrás y de zaherir de pronto su pensamiento. Ese diálogo en el pensamiento. La absorción, la ruptura de todo. Y de pronto ese hilo de agua sobre un volcán, la caída tenue y dilatada del espíritu. Volverse a encontrar en un estado de extrema conmoción, esclarecida por la irrealidad, con trozos de mundo real en un rincón de sí mismo. Pensar sin ruptura mínima, sin artificios de pensamiento, sin uno de esos súbitos escamoteos a los cuales mis médulas están acostumbradas como estaciones emisoras de corrientes. A veces mis médulas se divierten con esos juegos, se complacen en esos juegos, se complacen en esos raptos furtivos los cuales son presididos por la cabeza de mi pensamiento.

Solamente una sola palabra me faltaría a veces, un simple vocablo sin importancia, para ser grande, para hablar con el tono de los profetas, un vocablo testimonio, un vocablo preciso, un vocablo sutil, un vocablo bien macerado en mis médulas, procedente de mí mismo, el cual se mantendría en la punta extrema de mi ser, Y el cual, para todo el mundo, nada sería. Soy testigo, soy el único testigo de mí mismo. De esa corteza de palabras, esas imperceptibles transformaciones de mi pensamiento en voz baja, de esa pequeña parte de mi pensamiento en voz baja, de esa pequeña parte de mi pensamiento que yo pretendo estaba ya formulada y que aborta, Soy el único juez capacitado para estimar su alcance. Una especie de disminución constante del nivel normal de la realidad. Bajo esta costra de hueso y de piel que es mi cabeza hay una constancia de angustias, no como un punto moral, como las raciocinaciones de una naturaleza imbécilmente puntillosa, o habitada por un fermento de inquietudes en el sentido de la altura, más como una (decantación) en el interior, como el desposeimiento de mi sustancia vital, como la pérdida física y esencial (quiero decir pérdida por parte de la esencia) de un sentido. Una impotencia para cristalizar inconscientemente el punto quebrado del automatismo cualquiera sea su grado. Lo difícil es encontrar bien su lugar y restablecer la comunicación consigo mismo. El tono está en una cierta focalización de las cosas, en el ensamble de toda esa pedrería mental alrededor de un punto que es precisamente el que hay que hallar. Y he aquí lo que yo pienso del pensamiento: Soy testigo, soy el único testigo de mí mismo. De esa corteza de palabras, esas imperceptibles transformaciones de mi pensamiento en voz baja, de esa pequeña parte de mi pensamiento en voz baja, de esa pequeña parte de mi pensamiento que yo pretendo estaba ya formulada y que aborta, Soy el único juez capacitado para estimar su alcance.

Una especie de disminución constante del nivel normal de la realidad. Bajo esta costra de hueso y de piel que es mi cabeza hay una constancia de angustias, no como un punto moral, como las raciocinaciones de una naturaleza imbécilmente puntillosa, o habitada por un fermento de inquietudes en el sentido de la altura, más como una (decantación) en el interior, como el desposeimiento de mi sustancia vital, como la pérdida física y esencial (quiero decir pérdida por parte de la esencia) de un sentido. Una impotencia para cristalizar inconscientemente el punto quebrado del automatismo cualquiera sea su grado. Lo difícil es encontrar bien su lugar y restablecer la comunicación consigo mismo. El tono está en una cierta focalización de las cosas, en el ensamble de toda esa pedrería mental alrededor de un punto que es precisamente el que hay que hallar. Y he aquí lo que yo pienso del pensamiento: CIERTAMENTE LA INSPIRACIÓN EXISTE. Y hay un punto fosforoso donde toda la realidad se recupera, pero cambiada, transformada -¿y en virtud de qué?-, un punto de mágico empleo de las cosas. Y creo en aerolitos mentales, en cosmogonías individuales. Sabéis lo que es la sensibilidad suspendida, esa especie de vitalidad aterradora y escindida en dos, ese punto de cohesión necesaria en pos del cual el ser no se yergue más, ese lugar amenazador, ese lugar contundente. Queridos amigos: Lo que vosotros habéis tomado por mis obras sólo eran los desechos de mí mismo, esos rasgones del alma que el hombre normal no acoge. Que mi mal desde entonces haya retrocedido o avanzado, para mí no está ahí el asunto, está en el dolor y la sideración persistente de mi espíritu.

Heme aquí de regreso en M..., donde he recobrado la sensación de embotamietno y de vértigo, esa necesidad brusca y disparatada de dormir, esa pérdida súbita de mis fuerzas con un sentimiento de gran dolor, de embrutecimiento instantáneo. He aquí uno en cuyo espíritu ningún sitio se endurece y no siente de pronto su alma a la izquierda, del lado del corazón. He aquí uno para quien la vida es un punto y para quien el alma no tiene trozos, ni el espíritu comienzos. Soy imbécil, por supresión del pensamiento, por malformaciones de pensamiento, estoy vacante por estupefacción de mi lengua. Mal-formaciones, mal-agromeración de un cierto número de esos corpúsculos vítreos, de los cuales tú haces un uso tan desconsiderado. Un uso que no conoces, al cual nunca has asistido. Todos los términos que elijo para pensar son para mí TÉRMINOS en el sentido propio de la palabra, verdaderas terminaciones, confines de mis mentales, de todos los estados a los que he sometido mi pensamiento. Estoy LOCALIZADO verdaderamente por mis términos, y si digo que estoy localizado por mis términos, es porque no los reconozco como válidos en mi pensamiento. Estoy verdaderamente paralizado por mis términos, por una serie de terminaciones. Y por FUERA que esté mi pensamiento en estos momentos, tengo que hacerlo pasar por esos términos, tan contradictorios para él, tan paralelos, tan equívocos como puedan ser, so pena de dejar de pensar en esos momentos. Si uno pudiese gustar al menos de su nada, si uno pudiese descansar bien en su nada y esa nada no fuese una cierta clase de ser pero tampoco la muerte completa. Es tan duro no existir más, no ser más en alguna cosa. El verdadero dolor es sentir su pensamiento trasladarse en uno mismo. Pero el pensamiento como un punto ciertamente no es un sufrimiento. Estoy en el punto en que la vida ya no me concierne, pero con todos los apetitos y la titilación insistente del ser en mí. Sólo tengo una ocupación: rehacerme. Me falta una concordancia de las palabras con el minuto de mis estados. "Pero si es normal, pero si a todo el mundo le faltan palabras, es usted demasiado difícil consigo mismo, no parecería al escucharle, usted se expresa perfectamente en francés, pero da usted demasiada importancia a las palabras." Sois unos cretinos, desde el inteligente hasta el obtuso, desde el sagaz hasta el torpe, sois unos cretinos, quiero decir que sois unos perros, quiero decir que ladráis hacia fuera, que os empeñáis en no comprender. Me conozco y eso me basta, y eso debe bastar, me conozco porque asisto a mí mismo, asisto a Antonin Artaud.

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Te conoces, pero te vemos, bien vemos lo que haces. Si pero vosotros no veis mi pensamiento.

En cada una de las etapas de mi mecánica pensante, hay pozos, suspensiones, no quiero decir, entendedme bien, en el tiempo, quiero decir en un cierto tipo de espacio (yo me entiendo); no quiero decir un pensamiento en longitud, un pensamiento en duración de pensamientos, quiero decir UN pensamiento, uno solo, y un pensamiento EN INTERIOR, mas no quiero decir un pensamiento de Pascal, un pensamiento de filósofo, quiero decir la fijación desfigurada, la esclerosis de un cierto estado. ¡Y capta! Me considero en mi minucia. Pongo el dedo en el punto preciso de la fisura, del deslizamiento inconfeso. Pues el espíritu es más reptiliano que vosotros mismo. Señores, se escapa como las serpientes, se escapa hasta atentar contra nuestras lenguas, quiero decir hasta dejarlas en suspenso. Soy aquel que ha sentido mejor el desconcierto estupefaciente de su lengua en sus relaciones con el pensamiento. Soy aquel que mejor ha localizado el punto de sus más íntimos, de sus más insospechables deslizamientos. Me pierdo en mi pensamiento verdaderamente, tal como se sueña, tal como se entra súbitamente en su pensamiento. Soy aquel que conoce los recovecos de la pérdida. Toda la escritura es suciedad. Las personas que salen de la vaguedad para tratar de determinar lo que sea de lo que ocurre en su pensamiento son unas puercas. Toda la gente literaria es puerca y la de esta época especialmente. Todos aquellos que tienen mojones en el espíritu, quiero decir en un cierto lado de la cabeza, en lugares bien localizados de su cerebro; todos aquellos que son dueños de su lengua, todos aquellos para quienes existen alturas en el alma y corrientes en el pensamiento, aquellos que son espíritu de la época y que han clasificado esas corrientes de pensamiento: pienso en sus tareas precisas, y en ese chirrido de autómata que entrega a todos los vientos su espíritu; - son unos puercos. Aquellos para quienes ciertas palabras tienen un sentido y ciertas maneras de ser, aquellos que hacen cumplidos tan bien, aquellos para quienes hay clases de pensamientos y discuten sobre un grado cualquiera de sus ridículas clasificaciones, los que creen aún en "términos", aquellos que agitan ideologías que se han instalado en la época, aquellos cuyas mujeres hablan tan bien e igualmente esas mujeres que hablan tan bien y que hablan de las corrientes de la época, aquellos que aún creen en una orientación del espíritu, aquellos que siguen sendas, que agitan nombres, que hacen gritar las páginas de los libros,

esos son los puercos peores.

¡Sois arbitrario, joven! No, pienso en críticos barbudos. Y ya os lo he dicho: nada de obras, ninguna lengua, ninguna palabra, nada de espíritu, nada. Nada, sólo un hermoso Pesa-Nervios. Una especie de estación incomprensible y bien erguida en el centro de todo en el espíritu. Y no esperéis que os nombre ese todo, en cuántas partes se divide, que os diga su peso, que engrane, que me ponga a discutir sobre ese todo y que, discutiendo, me pierda y me ponga así sin saberlo a PENSAR y que se aclare, que viva, que se vista de multitud de palabras todas bien impregnadas de sentido, todas diversas, y capaces de aclarar bien todas las actitudes, todos los matices de un pensamiento muy sensible y penetrante. Ah esos estados que jamás se nombran, esas eminentes situaciones del alma, ah esos intervalos del espíritu, ah esos minúsculos frustrados que son el pan cotidiano de mis horas, ah ese pueblo rumoroso de datos - son siempre las mismas palabras queme sirven y ciertamente no parezco moverme mucho en mi pensamiento, mas me muevo más que vosotros en verdad, cabezas de asnos, puercos pertinentes, maestros del falso verbo, cambalacheros de retratos, folletinistas, rastreros, herbarios, entomólogos, llaga de mi lengua. Os lo he dicho ya: que yo no tenga más mi lengua, ésa no es una razón para que vosotros persistáis, para que os obstinéis con la lengua. Vamos, dentro de diez años seré comprendido por aquellos que harán hoy lo que vosotros hacéis. Entonces se conocerán mis geyseres, se verán mis hielos, se habrá aprendido a desnaturalizar mis venenos, se descubrirán los juegos de mi alma. Entonces todos mis cabellos estarán fundidos en cal, todas mis venas mentales, entonces se percibirá mi bestiario y mi mística se habrá convertido en un sombrero. Entonces se verán humear las juntas de las piedras y ramos arborescentes de ojos mentales se cristalizarán en glosarios, entonces se verán sogas, entonces se comprenderá la geometría sin espacios y se comprenderá también cómo he perdido el espíritu. Entonces se comprenderá porqué mi espíritu no está aquí, entonces se verán agotarse las lenguas, desecarse todos los espíritus, endurecerse todas las lenguas, las figuras humanas se aplastarán, se desinflará, como aspiradas por ventosas secantes, y esa

membrana lubricante continuará flotando en el aire, esa membrana lubricante y cáustica, esa membrana de dos espesores, de múltiples grados, de grietas infinitas, esa membrana melancólica y vítrea, pero también sensible, tan pertinente también, tan capaz de multiplicarse, de desdoblarse, de volverse con sus reverberos de grietas, de sentido, de estupefacientes, de irrigaciones penetrantes y nocivas, Entonces todo esto parecerá bien, y ya no tendré necesidad de hablar.