SÁBADO 31 DE MARZO DEL 2012

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POSDATA
LESLIE SEARLES

le ha tocado vivir esa ambivalencia?

Juan Andrés Gómez
Actor y poeta. También llamado por las calles de Miraflores: el ‘Charles Chaplin peruano’

Tengo 29 años. Estudié en el colegio Juan de la Bodega y Quadra, y después seguí la carrera de Pedagogía Teatral en la Escuela Nacional de Arte Dramático de Lima. Desde hace casi cinco años interpreto al personaje de Charlotte. Otros personajes que admiro son Michael Jackson y Bruce Lee, ellos, junto con Chaplin, son los tres íconos universales. Antes de estudiar en la ENAD era alumno libre en la escuela de Literatura de la Facultad de Letras de San Marcos. Soy hincha de la selección. Mi virtud es la perseverancia. Mi principal defecto es el excesivo perfeccionismo.

“Desde que soy Chaplin me han contratado hasta para animar velorios”
PEDRO CANELO

— ¿ A qué edad viste la primera película de Charles Chaplin?

Juan Andrés Gómez ha hecho de sus días un largometraje de cine mudo. Cuando interpreta al personaje “Charlotte” de Charles Chaplin no habla. Solo se comunica con elocuentes gestos. Así ha pasado cinco años. Su centro de operaciones es el Parque Kennedy de Miraflores. Allí, en medio del ruido y la superpoblación, Gómez se ha convertido en un homenaje en blanco y negro al más oportuno silencio.

E

n el 2007 comenzó su transformación en Charlotte hasta ser considerado hoy, el ‘Chaplin peruano’. —¿ Siempre te has mantenido en silencio mientras interpretas a este personaje? Sí, al comienzo fue difícil pero ahora ya es algo casi automático. El momento clave de la transformación es cuando me pongo el bigote de Chaplin. Es como si me pusiera una cinta adhesiva en la boca.

Ya estaba bastante grande, creo que fue “El Pibe”. Después vi “El Conde”. “El Vagabundo”. Solo he visto tres largometrajes. De adolescente solo había visto los cortos de Chaplin. Pero cuando estudiaba actuación me tocó interpretar a Charlotte, fueron tres meses para alcanzar la mejor transformación. Allí sí comencé a ver películas, me compré libros, vestimenta. Fue parte de un ejercicio teatral, yo estudié en la Escuela Nacional de Arte Dramático y allí entendí lo importante de los gestos para comunicar la esencia de un personaje. —¿ Y lograste captar rápido al personaje de Charlotte? Yo al comienzo no me parecía a Charlotte. Mira mi álbum de fotos de hace cuatro años. Nada que ver, yo me he ido pareciendo con el paso del tiempo. Primero tuve que descifrar los gestos y esa forma de caminar tan especial. Eso fue lo más importante. Captar esa ambivalencia de lo triste y lo cómico. —¿Y a Juan Andrés Gómez también

El momento clave de la transformación es cuando me pongo el bigote de Chaplin. Es como si me pusiera una cinta adhesiva en la boca”

La esposa de un cineasta fallecido me contrató para el velorio. Primero lloré exageradamente al pie del ataúd y después le di el pésame a los presentes”

Sí, pero me pasó siendo Chaplin cuando me contrataron para animar un velorio hace año y medio. Me llamó la esposa de un cineasta que había fallecido y me pusieron cerca del féretro para primero escenificar un llanto exagerado, con mi pañuelo exagerado, limpiaba el cajón y después para dar el pésame. Desperté mucha risa, fue tragicómico y exagerado. Tal cual es Chaplin. —¿ Y esa casulla sacerdotal que tienes en el primer piso de tu casa? ¿Fuiste sacerdote en el pasado o es de algún familiar? La compré en las Malvinas hace un par de años. Me sirve para hacer misas simbólicas. Es decir, me han contratado también para hacer matrimonios en broma. A la hora de la fiesta, después de la boda oficial, me hacen casar a los novios de nuevo pero de manera chistosa. —¿ Cuánto cuesta ser Charlotte? Serán unos 400 soles. El sombrero vale 100, los zapatos que mandé hacer valen 200, la camisa la compré a 10 soles, el pantalón lo mandé a hacer y me costó más de 50 soles. Es un pantalón de talla 45, me lo pongo con tirantes y forma pliegues al estilo Chaplin. El bastón me lo regaló mi papá que es fisioterapeuta. —¿Qué opina él de tu personaje? Al comienza le parecía una locura porque no me parecía mucho. Hoy es mi principal fanático. Quien no pudo verme disfrazado de Chaplin fue mi madre. Ella falleció cuando yo tenía 10 años. —¿ Estuviste mucho tiempo sin trabajar cuando el ex alcalde Manuel Masías te dejó fuera de Miraflores? No, yo seguía trabajando, yo nunca dejé de ir al Parque Keneddy. Yo quería que la gente viera esa escena en la que me echaban fuera. Era casi como un cortometraje de Chaplin. —¿ Por qué elegiste ese parque? Porque allí iba antes para declamar mis poesías. Antes de estudiar actuación asistía como alumno libre a la escuela de Literatura de la San Marcos. He escrito más 200 poemas hasta ahora. —¿ Te molesta que inviten a Giuliana Llamoja a los recitales de poesía? No me he encontrado aún con ella, pero no me molesta si algunos colegas la defienden ahora. Mi poeta favorito es Francois Villon, el de “La balada de los ahorcados”. Él había asesinado gente, era un poeta maldito, pero su obra es genial. Yo no mezclaría esas cosas. —¿ Eres demasiado sensible? Sí, como todo artista. Y también puedo decir que tengo mucha bondad, como Charlotte. —¿Cuándo fue la última vez que lloraste? El día que me robaron toda mi vestimenta de Chaplin. Lloré desconsoladamente, como un niño. —¿ Tienes miedo a quedarte solo, como Chaplin en sus películas? No, tengo pareja, así que no creo que me pase. —¿ Qué ocurrirá cuando pasen los años y ya no te parezcas tanto a Charlotte? Pues haré de Calvero, el personaje de Chaplin en “Candilejas” [risas].

ENRIQUE PLANAS

LOS OJOS DEL MONSTRUO
“Levanto la vista y es difícil mantener los ojos abiertos. El muchacho encara al público de la peor de las formas: de frente”

P

or la tarde, de regreso a casa. En el atestado autobús, un hombre se desliza demasiado rápido entre los cuerpos como para apreciar su perfil. Con igual velocidad entrega a cada pasajero unos papeles recortados color celeste. Pequeñas fotocopias en las que se aprecia, a la izquierda, el antes: el rostro de un joven de aproximadamente 25 años, que nos mira con la pose neutra de toda foto carnet. A la derecha, un terrible después: el mismo joven, de aproximadamente 26 años, desfigurado a causa de un accidente según dice el texto impreso al pie de la imagen. Necesita ayuda para costearse una cirugía plástica y obtener un rostro nuevo. Levanto la vista y es difícil mantener los ojos abiertos. El muchacho encara al público de la peor de las formas: de frente. Pensaría que una visión así produciría pánico, pero quizás el susto ha sido tan bien repartido al interior del bus que su apariencia no hace huir a los pasajeros en estampida, como sucede en las películas de monstruos. Habla muy mal y pocos llegan a comprender las palabras que tritura un maxilar extraño, casi independiente de su cabeza. Pero entenderlo no es necesario: su letanía suena igual a tantas súplicas recitadas, a tantas plegarias no atendidas. Difícil definir el origen de nuestra compasión: por su rostro derretido como un queso, o por su ingenua ilusión. Qué doctor podría retirar la máscara que hoy lleva para cambiársela por la cubierta que nos hemos acostumbrado a considerar humana. Rostros de hombres más o menos felices, o infelices, dependiendo cómo veamos el vaso, si medio lleno o medio vacío, satisfechos de nuestra vida ausente de desafíos. Y, sin embargo, cuando se acerca la criatura, nuestro equilibrio natural se altera. Tememos que, al acercarse, el muchacho pueda brincar sobre sus víctimas y las devore a dentelladas si no cumplimos con financiar solidariamente su deseo por ser como el resto de nosotros. La criatura está frente a nosotros. Se entiende que si no le das dinero, por lo menos hay que devolverle el papelito. Y mirarlo, por piedad. En ese acto, por un instante recordamos el mayor de nuestros miedos: que nuestro rostro se descomponga irreversiblemente. He buscado en mis bolsillos y algunas monedas acompañan el papel color celeste que regresa a sus manos, como devolviéndole el registro de un rostro que no volverá. Y también como sucede en las películas de monstruos, al fondo de su máscara dos ojos que podríamos creer familiares, agradecen. Y yo, cabizbajo nuevamente, atento a mis zapatos, me siento culpable por aquel acto de falsa caridad. En realidad, no es más que nuestra forma colectiva de decirle aléjate, no nos contamines con tu horror.

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