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Soy gaucho y entiendanló

Soy gaucho y entiendanló

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Published by: Eduardo B. M. Allegri on Apr 03, 2012
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“Soy gaucho y entiéndanlo…”

Por Miguel Domingo Aragón

Tanto indagar etimologías sobre la voz gaucho y se prescinde de un detalle esencial: si se trata de un sustantivo o un adjetivo. Si se está más o menos orientado a este respecto uno puede inclinarse por los presuntos antecesores del término según se hable, pongamos por caso, de un vagabundo guacho o de un gauderio vagabundo. La distinción es importante y el no saber hacerla lleva a confusiones que terminan en un callejón sin salida. Conviene establecer si uno da ese nombre al miembro de una clase social o a determinada cruza o casta étnica o al que tiene un oficio o carece de él. O si, por el contrario, se trata de una categoría moral (agresivo, ladrón) o intelectual (ignorante, ingenioso) o espiritual (supersticioso, crédulo, devoto). En el primer caso, si gaucho es sustantivo con un alcance preciso, podemos atribuirle virtudes y vicios según las épocas y los lugares y según los individuos. En el segundo caso, se deja al personaje sin opción reivindicatoria, pues lleva la condena en su propia definición. No podremos decir que, contra lo que se cree y repiten todos, hemos conocido un gaucho con un hogar bien constituido, que pudo labrarse una buena situación económica y mandar a sus hijos a la milicia y a la universidad, de donde salieron coroneles y doctores, porque se nos contestará que ese no es un gaucho: es un señor rural, como hubo muchos, con nobles ambiciones que supo llevar adelante. De modo que el nombre de gaucho sólo le cabría al que permaneciera sometido a los rasgos negativos que integran su definición. Un poco de culpa la tiene Sarmiento. A pesar de haber pintado –de mano maestra, por supuesto- un poblador rural que parecía un patriarca del Viejo Testamento, después, contradiciéndose, hace la oposición maniquea campo-ciudad, en la cual el primer término aparece definido con insultos. Pero no toda la culpa es de Sarmiento. Muchos no supieron distinguir en la clase de campesinos a los que se referían y creyeron que una misma caracterización, favorable o adversa, podía convenir igualmente a todos. De ahí que un testigo presencial nos hable de la especie según el individuo sobrio, digno, valiente, artista, filósofo, santo que conoció y otro testigo nos diga que es una raza de vagabundos, borrachos, jugadores, zafíos, sanguinarios, radicalmente incapaces para la convivencia y el orden. Hay que empezar, por lo tanto, por delimitar la cosa antes de disputar sobre el nombre. Y hay que distinguir tiempos y lugares. No es lo mismo la provincia de Buenos Aires en la época de Martín Fierro que la de Santiago del Estero descripta por el padre Barzana o la Salta de Ciro Anzoátegui. Hay caracteres comunes, determinados por la tradición a la que toda la sociedad pertenecía, y hay caracteres específicos, cuyas causas son las condiciones inmediatas, como la guerra, el comercio, los productos del suelo. En la zona de Litoral, por ejemplo, empieza a haber un tipo marginal (atención con el término marginal) en la vida campesina cuando las vaquerías, que eran operaciones de desjarretar vacunos al galope del caballo para sacarles el cuero y venderlo en el puerto, dieron ocupación

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fácil a muchachotes que no tenían otras y que necesitaban dinero por apuros de juerga. Lo desarreglado de la actividad los extraviaba en las costumbres y la falta de sujeción a la autoridad del gobierno o del patrón se prolongaba en cuanto a las normas, de donde resultaban salteadores o compinches de los indios en sus ataques a las estancias. En éstas, por otra parte, cualquiera, en virtud de reglas de hospitalidad que a nadie se le ocurría desconocer, cualquiera podía llegar y establecerse como visita en cualquier casa por todo el tiempo que quisiera. Así, quien por algún motivo más o menos justificado andaba de ocioso, se convertía en un arrimado o agregado, que ayudaba en las labores domésticas y también daba motivo de jarana, vicio, pendencia, con lo que se convertía en un elemento de desorden. A estos solían llamarles gauchos, con adjetivo que el ajetreo verbal fue convirtiendo en sustantivo. De ellos decía el abogado fiscal del virreinato en 1780: “La multitud de vagabundos, forajidos, gentes ociosas o haraganas, de que tanto abundan en la campaña son el origen de muchas muertes, robos y desórdenes”. Y más adelante: “La causa de todo es la multitud de haraganes, ociosos y vagos que hay en la campaña, empleados en jugar, robar y hacer muchos excesos por el abrigo que hallan en cualquier parte, donde no se les niega un pedazo de carne y no les falta un caballo en qué vagar”. El cabildo estaba a dos semanas de renovarse. El acta es del 14 de diciembre.

(*) Pseudónimo de Roque Raúl Aragón.
(Publicado en La Nueva Provincia, de Bahía Blanca, el 14 de diciembre de 1980)

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