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Los Que Pasaban - Tomo II - Libro Dot

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Los que pasaban

Paul Groussac

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Los que pasaban NICOLAS AVELLANEDA (13)

Paul Groussac

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El mismo doctor Avellaneda, en él estudio que dedicó a mi superficial Ensayo sobre Tucumán1, se ha dignado aludir con más benevolencia en la intención que exactitud en los detalles, a las primeras páginas mías, borrajeadas en cuasi castellano, que le habían inspirado curiosidad de conocer a su autor. Fue una mañana de febrero -de ese terrible verano del 71, cuyas peripecias tengo referidas en mi, páginas sobre José Manuel Estrada-, cuando el rector Cosson, durante el almuerzo que casi diariamente nos reunía en él espacioso y a la sazón vacío refectorio del Colegio nacional, me transmitió ese deseo del superior, ofreciéndose para intermediario, a lo que, naturalmente, accedí gustoso. La tarde siguiente, pues; fuimos juntos al Ministerio de Instrucción Pública (esto esa, esencialmente, mucho más que de Justicia o Culto), el cual ocupaba el mismo sitio qué hoy el despacho presidencial, no existiendo todavía la mitad del edificio que mira al sur, y se construyó para Casa de correos. Introducidos al punto en el amplio despacho, quedamos unos minutos esperando que el ministro, de pie, hubiera expedido por tanda a una docena de solicitantes -conocidamente provincianos los más, por el pelaje y la tonada. Pude así observar de cerca los rasgos exteriores y el desempeño administrativo del que, con una simple sugestión, a la cual ni él ni yo atribuimos entonces mayor importancia, iba a influir directamente en mi destino. Avellaneda contaba a la sazón treinta y tres años. Su baja estatura y endeblez física eran proverbiales entre estos porteños que, por lo regular, blasonan de gentil postura y gallardía: de ahí los motes populares de "chingolo", "taquito", etc., con que sus mismos amigos, y sin intención denigrante, le designaban. Pero todo lo que él aparentaba de cansancio o falta de vigor en su delgada persona y andar inseguro -casi de puntillas, por lo exagerado de los tacones- lo compensaba la vivaz y expresiva fisonomía, embellecida, a pesar de la cetrina palidez crio11a y la profusa barba de corte asirio (más tarde felizmente cercenada), por la noble frente pensadora, que ensanchaba un principio de calvicie, raleando la negra y ensortijada cabellera: sobre todo, por el brillo y extraordinaria agudez de la mirada que irradiaban aquellos ojos tucumanos, como relámpagos rajando la nube oscura. La voz, de timbre un tanto agudo en la conversación, no carecía, al esforzarse, de alcance ni vibración oratoria. La elocución, notablemente precisa y fácil, expresaba el pensamiento con propiedad y eficacia perfecta; si bien algo la deslucía obre todo para oyentes noveles- una pronunciación cadenciosa que, adquirida al principio como amaneramiento facticio, había rematado en achaque natural. Vestía con un esmero algo más visible de lo que exige la verdadera elegancia. Y de esos rasgos complejos pero nada vulgares -en que al examen del personaje agregábase el efecto de ciertas réplicas suyas, que a ratos, se destacaban, precisas e incisivas del sotto-voce pedigüeño-- se desprendía para mí una impresión extraña, mezcla de respeto y simpatía flotante que, decididamente, "cuajó" para siempre al oírle cerrar, como ahora diré, la audiencia del último solicitante que me precedía. Era éste un buen señor, politicastro santafesino o cordobés, por lo que colegí, y cuya instancia final rechazó netamente el
Avellanada, Escritos y discursos, I, páginas 127160. Esta colección forma doce tomos en &' mayor y emprende todo lo que, con cualquier carácter u ocasión, escribió el autor, desde las memorias y mensajes, que tienen su lugar propio en las colecciones oficiales, hasta los "pensamientos" de álbum y efusiones más íntimas. A esta edición se hará siempre referencia en los presentes apuntes.
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ministro con acento cortante como navaja y estas palabras perentorias, las únicas que textuales me quedaron -acaso en razón de lo insólito que era para mí el apodo- de tanto conciliábulo sorprendido a jirones: "Eso no; dígale al Payo que no debe pedirme una injusticia. ¿Uh?". (Este cloqueo nasal en fin de frase era otro de sus tics.) Despachado sin más ceremonia el emisario del "Payo", tocóme el turno. Noté desde luego su sorpresa al verme tan joven y saber que su "autor" no había cumplido veintitrés años. Claro está que me demostró benevolencia e interés, puesto que para eso me llamaba. ¡Dichoso país y años dichosos aquellos en que todo un ministro nacional y candidato a la presidencia se desprendía del teje maneje político para atender a un pobre muchacho extranjero, recién salido del literario cascarón! Después de un revoloteo por la moderna literatura francesa -Chateaubriand2, Villemain3, Sainte Beuve4 (que él pronunciaba "Santebébe"), etc. me preguntó, como había hecho Estrada: "Y usted, ¿qué piensa hacer?"... Al oír que yo preparaba mi vuelta a la patria, tuvo la amabilidad de escandalizarse: "¡Cómo!, dejar un literato la Argentina sin haber divisado sus bellezas, conocido el interior, la provincia de Tucumán...". Y el —admirable improvisador se arrojó a una descripción exuberante de la montaña y la selva, sin que faltara aquello del "jardín de la República", dejándome embelesado cual si escuchara recitar en voz alta un capítulo de Atala. Insistió empeñosamente para que consagrara siquiera algunos meses a esa contemplación de la naturaleza subtropical, ofreciéndome, para allanar toda dificultad financiera -además, por supuesto, de los gastos de viaje- dos cátedras poco absorbentes en aquel colegio nacional, al lado del más talentoso y menos pedante de los rectores... Agradecíle sinceramente el empeño, pidiendo un par de días para contestar y me despedí, primero del ministro, y 'luego, en la puerta, de mi estimable introductor, para correr desalado a tomar un coche de plaza. .. Al cabo de tantos años transcurridos, ¿confesaré públicamente la bochornosa verdad? Mientras mi elocuente interlocutor desarrollaba a mi vista la exuberancia tucumana, yo, apenas atento a su discurso, seguía la marcha de un reloj de pared, calculando con ansiosa irreverencia que si la ducha elocuente se prolongaba diez minutos más; me exponía a perder cierta primera cita en la Recoleta, la cual, por el momento, me importaba mucho más que el jardín de la República, can todos sus montes y quebradas. ¡Ah!, ¡con qué facilidad la dichosa juventud se
Son estos los escritores y críticos de mayor influencia entre los intelectuales y literatos argentinos de la época. Frarcoís Auguste, vizconde de Chateaubriand (1768-1848) realizó, al comienzo del siglo pasado, una peculiar síntesis entre los ideales románticos y un cristianismo revitalizado y humanizado. Su obra El genio del cristianismo (1802) tuvo una difusión asombrosa en su época. A ella perteneció originariamente otra obra famosa de Chateaubriand, Atala (1801), una suerte de versión cristiana de los amores de Pablo y Virginia,.También fue muy apreciada Los mártires (1809), Políte6iiente, Chateaubriand aparece asociado con el sector más…conservador del romanticismo, pues fue ministro de Francia durante .la; Restauración Abel Fráncois Villemain (1790-1867) fue un crítico literario muy célebre en la época de la Restauración y de la monarquía de julio. Su fama de entonces, que le valió ser designado académico muy joven, le sobrevivió muy poco. 4 Charles Agustín Sainte-Beuve (1804-1869') se afilió, a diferencia de los anteriores, a los grupos más, progresistas del romanticismo, Perteneció al círculo de Víctor Hugo; luego recibió fuertes influencias del socialista utópico Pierre Leroux y finalmente de Lamennais. Alcanzó la fama como poeta pero, sobre todo, corno crítico, a través de sus "retratos" en la Revue des Deux Mondes, y de sus "Causeries du lundi" publicadas en diversos diarios a partir de 1850. Su estilo era agudo y ágil, pecando a veces de superficial: mezclaba la biografía anecdótica, y la crítica, procurando dibujar, a través de las obras literarias que analizaba, a los hombres y a su tiempo. Fue indudablemente el principal modelo de muchos de los escritores argentinos de la época...
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desquita de no ser nada en presencia de los grandes de la tierra, y cómo son éstos, en realidad, quienes deben envidiarles aquella incuria alegre y despreocupada escasez!.. . Con todo, no dejé, al día siguiente, de tratar el punto con mi viejo amigo Cosson, quien, antiguo y entusiasta visitador de Tucumán, con Amédée Jacques, se inclinó decididamente a que aprovechara la coyuntura. En suma, bien mirado el asunto, no podía considerarse a mi edad, como perdido un año más así empleado. Cedí, pues, a instancias que en el fondo se avenían con mi humor aventurero; y a los tres días salía el nombramiento que iba a torcer para siempre el curso de mi existencia. Por el carácter de estas páginas verá el lector si he perdonado al que de buen intento, contribuyó a dicho cambio de rumbo. Aplacé; pues, por un año (según creía), mi regreso a Francia, preparándome para el viaje a las provincias; si bien lo demoró algunos meses -dándome en vano el tiempo de la reflexión- la mencionada epidemia de fiebre amarilla, que cortó las comunicaciones de Buenos Aires con él resto de la república. En el intervalo, como viviera, o poco menos, en el Colegio nacional, aproveché mis ocios aprendiendo en revistas y diarios, pero sobre todo en conversaciones con Estrada, Goyena, Cosson y el mismo doctor Avellaneda (que se dignó recibirme algunas veces) algo de estas cosas contemporáneas, sin sospechar que ello iba a servirme luego para librar batallas políticas en pro de mi alto interlocutor de marras. Así fue cómo empecé a conocer, por referencias y lecturas, al ciudadano eminente cuya órbita, tan distante como se hallara aún de su apogeo, venía de quince años atrás, derramando en la prensa, el foro, la universidad, la legislatura y el gobierno de Buenos Aires, destellos precursores del surco de luz que las palabras y obras del jefe de estado trazarían hondamente en la historia argentina. Pero no podría, sin repetirme, volver sobre este lapso preparatorio de su mayor actuación pública, que tengo esbozado en varios artículos o noticias biográficas, y ha sido, además, recientemente estudiado, con todo acierto y »actitud simpática, por el doctor Garro en su excelente prólogo a las obras. Básteme reproducir a mi vez -ya que ha merecido la aprobación del concienzudo prologuista-, la frase con que resumía, en La Biblioteca, aquella áspera ascensión de Avellaneda hacia la notoriedad, en este medio hostil e impregnado entonces de estrecha prevención localista, bajo su brillante barniz de fatuidad metropolitana: "Así, el joven provinciano, pobre, ignorado, sin más apoyo que su talento virtual y su voluntad de acero -flexible y elástica-, emprendió la conquista de la gran aldea, a la sazón divorciada de la Confederación, más que por accidentes políticos, por contrastes económicos y sociales." Ruda hubo de ser la lucha y honda –la herida, para que, veinte años después, -la recordara aún en una carta que me dirigió a propósito de cierta campaña dirigida contra mí 5. En mayo de dicho 71, provisto de cartas recomendaticias para medio Tucumán, tomaba el vapor para el Rosario, -luego el tren del Central argentino hasta Córdoba, y allí, por fin, la pesada mensajería que en diez días cortos, por entre sierras y llanos, bosques y arenales, iba a depositarme sano y salvo en el "jardín de la República". ¡Debían tornarse años los proyectados ocho o diez meses de residencia, pues contando intervalos y recesos, hasta principios del 83 no había de desarraigarme definitivamente del tal jardín 2

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Publicada en el tamo XI, página 499, de escritos y discursos

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No habría utilidad en perfilar por centésima vez --dado que cupiera en una página- la silueta histórico-legendaria del general Mitre, tal cuál sus panegiristas compiten en presentarla al fervor popular. No parece, por otra parte, que haya -llegado la hora de someterla al examen crítica para medir la elevación exacta de la noble figura, deducido el alto de su pedestal; mucho menos para fijar los rasgos propios, mezcla de cualidades y defectos, de grandeza y pequeñez, que constituyeron su idiosincrasia y, sea cual fuere la superioridad de su espíritu y carácter, la reducen a la condición y proporción humanas. ¿Llegará esa hora alguna vez? ¿A la edad del culto fetichista, sucederá la de la admiración consciente y razonada por ciertas fases realmente admirables del conjunto, sin extenderla a otras que lo son menos? Por ahora no la diviso (cierto que ya no se dilata mucho mi horizonte delantero); ni -tomando ejemplos que el tiempo debiera sustraer a las influencias, históricamente deletéreas, del afecto o del interés-concibo en la América del Sur la aparición remota de historiadores "nacionales" que, talento aparte., escriban de San Martín o Bolívar con la misma libertad que Lanfrey y Taine, sin ser lapidados, escribieron de Napoleón. Y sentadas estas reflexiones de carácter general, no me cuesta declarar que, en cuanto a mí respecta, me parecerían menos aplicables al caso presente que a cualquier otro, siendo así que en vida del general Mitre no consideré que fuera irreverencia señalar respetuosamente, junto a las altas vistas del hombre de Estado y méritos innegables del historiador, algunas deficiencias del literato y errores del político. Por lo demás, aun disimulados los lugares y sólo puestos de resalto los aspectos favorables del modelo, no deja de tener precio el elogio, siempre que no venga a contrapelo y, por ejemplo, no alabe la plenitud de formas en quien podía presumir de esbelto. Entiendo que algo de esa gracia encontraron buenos jueces caseros en cierto "medallón" que publiqué en La Biblioteca. A él, pues, remito al lector, teniéndolo todavía por bastante parecido en su general benevolencia, y sin que ello sea obstáculo para caracterizar más adelante la desastrada campaña de Mitre, que tengo, en todo sentido, por el mayor desacierto de su vida pública6. Al bosquejar aquí la actuación del general Mitre en la contienda presidencial del 74, apenas necesito advertir que su personalidad, tan considerable y prestigiosa como fuera ya, distaba mucho de revestir a la sazón el carácter de veneración casi intangible con que las nuevas generaciones argentinas la han cono-, sido y consagrado. Su caudal literario, desde luego, no alcanzaba por mucho lo que sería después. Lo componían esencialmente una primera edición de la Historia de Belgrano, muy inferior a lo qué vino a ser la obra en las posteriores; y de un tomo de Rimas juveniles al gusto de la época, que era, en poesía, él romanticismo visto al través de Echeverría. De mayor significado hubiera sido la producción oratoria, a existir ya la colección de Arengas, que no se imprimió hasta 1875. Pero esta misma aparece formada en su casi totalidad de discursos oficiales o parlamentarios, muchos de ellos de interés circunstancial, y sin otra importancia que la de señalar, .a modo de jalones, los trechos de una carrera de estadista. Esta, en efecto, era la que por entonces constituía a Mitre como personaje representativo en su país. "Hizo historia antes de escribirla" --Prius quam .scriberet, fecit historiam-, como decía una de las tres divisas que compuse por honroso encargo de los suyos. A la edad de cincuenta años -apenas la madurez para quien debía salvar sin decadencia los ochenta- había triunfado en comicios y parlamentos, mandado ejércitos y librado batallas
Fuera de muchas notas sueltas, diseminadas en mis ensayos históricos, he escrito sobre Mitre, además del "medallón" de La Biblioteca, a que se alude en el texto, y en la misma revista, dos o tres breves juicios críticos a propósito de producciones suyas -amén de la polémica sobre la "Defensa", reproducida en apéndice de mi Santiago de Liniers.
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decisivas -una de las cuales, victoria siquiera más política que militar, sirvió de base y cimiento a la reorganización del Estado argentino. Transferido después, por unanimidad de votos, del gobierno de Buenos Aires a la presidencia inaugural de la República, había emprendido contra el caudillismo urbano y la barbarie montaraz, ya con la fuerza, ya con la doctrina, una lucha tenaz e incesante. Vino luego a complicarla una penosa guerra exterior: mezcla al principio de ventajas y reveses pero de cuyas peripecias con la victoria final debía resultar, refundida al calor de las batallas la consagración histórica de la nacionalidad argentina. Esta vez, al fin sería unión indisoluble, como fundada no en una simple Carta preceptiva y rasgadiza al modo de la de Rivadavia, sino en la práctica y hábito creciente del orden institucional, todavía imperfecto, pero tan prontamente robustecido que, a los pocos años, había de experimentar su solidez en daño propio su mismo fundador. Cierto es que por aquel tiempo, muy distante aún de la futura apoteosis, la personalidad de Mitre contaba muchos detractores: baste recordar que, durante una década de luchas civiles, engendradoras de animosidades e injusticias, tuvo enfrente a un partido opositor si no más numeroso, más ardiente que el suyo. Pero, entre sus mismos adversarios -fuera de los sableadores profesionales, que afectaban tener a Mitre por un literato aficionado a las armas, u hombres de letras que le tomaban por un artillero de asueto en el Parnaso-, muy pocos desconocían la grandeza de su carácter y el prestigio personal de que gozaba ante las gentes. Virtud de seducción era ésta, tan real y persistente, que debía permitir a su poseedor sacar su fama incólume de fracasos inauditos, y para otros mortales, rebotando, por decirlo así, bajo la derrota campal y la condena del consejo de guerra, para levantarse más alta que nunca sobre el pavés de la ovación popular. Durante una de nuestras últimas charlas en esta Biblioteca nacional --después de un largo entredicho al que él mismo puso fin, contra el parecer de algunos aduladores caseros-, recuerdo que, habiéndole preguntado con una familiaridad casi indiscreta (por cierto que la conversación con él se componía, sobre todo, de preguntas mías y respuestas suyas), "¿a qué podía atribuirse su gran prestigio?", me contestó con lentitud reflexiva: "A que nunca he querido ser caudillo". Evidentemente: nunca fue caudillo, siquiera porteño. Y acaso no tuviera en ello gran mérito quien de años atrás se sentía semidiós, y, al estilo romano, "consagrado" por su pueblo, que le tenía dedicado un monumento en él Panteón de las glorias patrias. ¡Caudillo porteños Eso era Adolfo Alsina!, en todo el lleno de la expresión que, bien entendida, casi bastarla a definirle. Alto, musculoso, de facciones enérgicas y modales sueltos, el hijo algo desbaratado del pulcro don Valentín (uno de mis predecesores en la Biblioteca, a quien alcancé a conocer de presidente del Senado nacional) a, tan poco se parecía a su padre en lo moral como en lo físico dejada aparte, se entiende, la característica de talento y caballerosidad que en ambos resplandecía. Toda la substancia virtuosa que en el proscripto de Rosas fuera honradez y clara razón, tal vez algo pasiva, resultaba en él descendiente -acaso por herencia materna de Antonia Maza, hija y hermana espartana de víctimas ilustres- intrepidez varonil y arrojo impulsivo, no desprovisto, por cierto, dé oportunista habilidad. Aunque criado entre las inquietudes y estrecheces del destierro paterno, en ese mismo heroico Montevideo, cordial a los proscriptos, donde Mitre (mayor que él unos ocho años) pasó su aprovechada] juventud, Alsina cursó allí excelentes estudios secundarios y jurídicos que, vuelto a su Buenos Aires natal después de Caseros, le permitieron el mismo año graduarse de doctor en derecho en esta Facultad. Pero, más que el bufete, le atraían las armas y los comicios. Después de Cepeda, donde mandaba un batallón de guardias nacionales, fue uno de los diputados de Buenos Aires rechazados por el congreso del Paraná. También para él la victoria de Pavón, donde mandaba 6

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una brigada, abrió un horizonte político más vasto a su legítima ambición. Elegido diputado al Congreso, tomó parte principal, durante las memorables sesiones del 62, en el citado debate sobre la federalización de la provincia, encabezando la -resistencia al proyecto del gobierno, aprobado en el Senado. El fue quien decidió su rechazo con un discurso memorable, del cual dije alguna vez que "sobre ser el mejor de su vida parlamentaria, es sin duda el más luminoso y elocuente de esa discusión en que intervinieron Rawson, Elizalde, Gorostiaga, Mármol y otros oradores' de valía". Hoy quizá me inclinaría a concretar el juicio diciendo que, con ser la arenga de Alsina la más vehemente de todas, resultó eficaz en proporción de su vehemencia. Y en cuanto al fondo mismo de la-cuestión, lo que ocurre pensar, prima facie, es Que la federalización dé toda la provincia de Buenos Aires con su capital --que juntas representaban en población, riqueza e influencia más que el resto de la República-, hería de muerte la flamante Constitución, substituyendo al sistema federal de la letra el unitario de la realidad. Por lo pronto, entre las aclaraciones de una barra levantisca y ebria de intransigencia localista, fue como se produjo la escisión del partido liberal, formando el núcleo del disidente los legisladores que rodeaban a Adolfo Alsina y le proclamaron allí mismo -puede decirse en el campo de batalla- jefe nato y perpetuo del grupo que en adelante debía llevar su nombre con preferencia a cualquier otro. El fogoso orador parlamentario, así convertido en "tribuno de la plebe" (en el sentido romano), supo desarrollar, en su doble acción de propaganda en los clubes y de estrategia en los comicios, tal poder personal de irradiación simpática, unida a una sin igual energía, que a los muy pocos años de existencia el partido alsinista o autonomista ya disputaba el terreno electoral a su primer ocupante nacionalista o sea mitrista. Como todos los grandes caudillos populares, Alsina aunaba en su actuación la iniciativa resuelta e impulsora que impone a los partidarios, con la llaneza cordial que les atrae y encadena. En sus quince años de jefatura política supo mostrarse el más autoritario y eficaz, al par que el menos formalista y solemne de los conductores de hombres: el más indómito ante la resistencia irracional, a la vez que el más dócil casi siempre a la razón persuasiva. Acaso, para las nuevas generaciones que no conocieron al personaje ni están muy al tanto de sus actos e índole, pudiera resumirse grosso modo la figura y aun la figuración de Alsina diciendo que en ellas se amalgamaban por mitad, las más modernas y familiares de Pellegrini y Alem, quienes, por otra parte, a la sombra de aquél y en favor de su triunfante candidatura a la gobernación de Buenos Aires, hicieron juntos sus primeras armas. 3 He, recordado en varias ocasiones y escritos míos7 las gratas sensaciones que a mi llegada, por julio de 1871, recibí de las gentes y cosas tucumanas. La dulzura del invierno subtropical, la caricia del sol en un ambiente perfumado de azahar y aroma, la amable llaneza de las relaciones sociales, las excursiones a los ingenios azucareros, con su elaboración todavía primitiva; las funciones teatrales en una galería del colegio; por alumnos y profesores; la "misa de gobierno", los domingos, con la retreta en la plaza, y las tertulias caseras organizadas in sítu y sin más preámbulos: ese conjunto de sencillez decente creaba un ambiente moral tan
Entre otras de mis páginas relativas a Tucumán, me permito intencionar las siguientes (además, por supuesto, de mi Memoria histórica y descriptiva y artículos de periódicos): un capitulo en la Memoria de Granill; varios capítulos de la novela Fruto vedado; el ~ ensayo sobre El Congreso de Tucumán, etc.
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agradable como el físico. Al modo que éste apenas se enturbiaba, en la estación invernal, con alguna neblina momentánea, tampoco aquél se maleaba por la inevitable chismografía, que es la trampa lugareña en que inevitablemente cae al principio el forastero criado en ciudad grande. A la llegada dejáronme lelo tantas visitas de personajes graves (principiando por el gobernador, doctor Uladislao Frías) a quienes venía yo recomendado; luego sucediéronse las entradas de cholitas portadoras de bandejas -dulces, naranjas, flores, etc—, con su correspondiente estribillo: "que velay le manda la señora a su merced, y que dispense... ". Ingenuos mensajes recitados con voz de cantante y brazos en cruz, y que no dejaban de amenizar los ojos de azabache y la simpa (trenza, en quechua) oscilando sobre la cintura de la mensajera. Aquel Tucumán de 1871 formaba un conjunto patriarcal, en que no era nota disonante mi rector, don José Posse: hombre de talento y real instinto literario; gran amigo de Sarmiento desde Chile, y que vivía -.enemistado por tanda con media población, zahiriendo hoy, por aburrirse de ellos, a los mismos que acariciaba ayer. De estas fases lunarias -o lunáticas- no se salvaron los candidatos presidenciales, pues se adhirió sucesivamente a los tres. Habíame recibido con especial agasajo, honrando la recomendación que desde Buenos Aires le hizo de mí don Ezequiel Paz: duré más de un año mi privanza, hecha más íntima por simpatías caseras, además de nuestro común avellanedismo periodístico. Ello no impidió que, a fines del 73, habiendo él entrado en su fase mitrista, solicitase y obtuviese de Sarmiento mi-separación. Avellaneda, ya fuera del ministerio, me pidió la soportara callado sin alborotar el cotarro, no formulando nada desdoroso mi destitución pasajera, sólo motivada, según reza la Memoria ministerial de dicho año, "en actos de altivez rayanos en insubordinación" (la anterior contenía mi elogio). Algunos años después volví al favor del atrabiliario don Pepe; pero ya entonces la cosa tenía menos gracia, siendo ya; como inspector general de colegios, su superior jerárquico. Acabo de aludir a mis campañas periodísticas en Tucumán. Fue la primera tomar a mi cargo, desde diciembre del 71, y por ofrecimiento del nuevo gobernador don Federico Helguera, la dirección y redacción del periódico oficial -el único, por otra parte, existente en la provincia-, al que bauticé La Unión, no recuerdo si bajo la impresión de la reciente elección, casi unánime, o en previsión de la vida fugaz que esperaba a mí hoja de col. La Unión, en efecto, sólo vivió algunos meses; pero bastóle el trecho cortísimo para realizar la hazaña de ganar contra el gobierno una elección de diputado al Congreso. Hasta febrero del 72 no había otro candidato a la diputación que el doctor Frías, gobernador saliente, y conocidamente persona grata al nuevo. Pero éste =uno de los caracteres- más rectos y- virtuosos que he conocido-, al asumir el mando, había declarado que el gobierno no coartaría en lo más mínimo la libertad del sufragio. Mi diario ensalzó la importancia de la declaración y la absoluta sinceridad del magistrado que la formulaba. Y como en esos días llegara, a Tucumán, por asuntos de familia, el joven doctor Delfín Gallo, le proclamamos candidato de la; juventud, escudadas en la prometida prescindencia del gobierno, y con tanta razón que le ganamos la partida. Tan imprevista y nueva fue la victoria, que en las "esferas oficiales" causó escándalo, como un pistoletazo en una iglesia; el ministro Sixto Terán, primo de Gallo, tuvo que abandonar la cartera, y el casi imberbe periodista, su harto fogosa Unión. A esta calaverada debió Delfín Gallo su primera entrada en el parlamento, que pronto había de honrar con su fácil elocuencia y su intachable civismo. Hacia el mismo tiempo, la inauguración de la Exposición de Córdoba por el presidente Sarmiento, al que acompañaba su ministro Avellaneda, motivó, con la presencia allí de muchos "conspicuos" de tierra adentro, la primera organización de los trabajos políticos en pro de esta candidatura. Por entonces, no se fue más allá de los preliminares, que se limitaron a preparar la 8

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opinión en la prensa diaria. Como Buenos Aires y las demás provincias, tuvo Tucumán sus hojas efímeras que, nacidas para la lucha, desaparecieron con ella. Alcanzó mejor destino La Razón, periódico trisemanal (después diario), de P. Alurralde y L. Quinteros, que logró arraigarse. Aunque decididamente avellanedista, no proclamó a su candidato sino el año siguiente, después de instalados los comités. Por cierto que La Razón me contó entre sus asiduos colaboradores político-literarios. Borroneaba el papel, entonces, con la misma facilidad y ardor que gastaban mis amigos en pegar cada tarde la hebra en la vereda del boticario Massini; y, ¡cuánta efusión de naturaleza y arte, cuánta ingenua confidencia y fresca imaginativa allí desperdiciadas! Pero no quiero ser injusto, dirigiendo a mis lectores de marras reproches que no merecen. Es la verdad que entonces -y acaso después- escribía ante todo para mí, tan despreocupado de mis oyentes profanos, como el pájaro cantor de los bípedos que van por el camino. . Llenaba, pues, La Razón con mis ensayos y devaneos, en prosa y verso; pero no asumí la dirección del diario hasta mi salida del Colegio nacional, el año 74; vale decir, durante los meses de agitación revolucionaria y luego conflagración armada, que fueron él triste epílogo de la campaña electoral. La campaña presidencial había asumido su carácter de mayor actividad y violencia desde el año 73. En Tucumán, como en todas partes, los tres partidos organizaron sus comités de propaganda, si bien los partidarios de Mitre y Alsina apenas constituían un elenco urbana y meramente decorativo. Exceptuando algunos centenares de descontentos, que ponían divisa nacional a sus rencillas de campanario, la decisión del "pueblo" por Avellaneda, de gobierno abajo, era unánime. Que la influencia oficial hubiese contribuido a fijar, o por lo menos a mantener invariable esta orientación del voto popular, contra las embestidas de los adversarios, no era materia discutible. Lo absurdo consistía en exagerar esta adhesión de las autoridades al sentimiento visible, palpable, espontáneo de la provincia, entera, equiparándola con la imposición oprobiosa que sufrían otras del interior. Tal ocurría, v. gr., en la vecina Santiago, sometida al mitrismo por orden de sus amos -aquellos Taboada, que era de rito entonces apellidar "los caciques del Bracho", y quienes; un año después, habían dé ver desmoronarse como castillo de naipes su en apariencia formidable cacicazgo. En lo que a mí respecta, no creo engañarme, a tal distancia, atribuyendo lo más de mi "avellanedismo" a una creencia sincera en la excelencia, no sólo del candidato en sí, sino también de la candidatura como solución nacional. Puede que este metal fino de mi opinión sólo representase las tres quintas partes de la masa total, dividiéndose las dos partes restantes entre la simpatía personal debida al buen recibimiento, y, por fin (¡tenía yo 25 años!) cierta influencia "falderesca"... Creo que, así y todo, formábase del conjunto una buena ley de convicción político. Sea como fuere, fui avellanedista a las derechas, allegando al servicio de la causa mi modesto valimento de escritor y mi escasa influencia de funcionario (me habían nombrado jefe del Departamento de escuelas), aunque no a imitación del gran paisano mío, Du Guesclin, de quien se dijo en España que "sin ser rey ni roque, ayudaba a su señor".8 Publiqué en la mentada Razón (usando por única vez en mi vida literaria un gastado seudónimo) una serie de artículos sobre las tres candidaturas, los cuales, reproducidos en los diarios del partido y reimpresos en folleto9 a que repartían los comités, circularon profusamente periodo el país. Acabo de hojear el folleto, improvisado hace cuarenta y cinco
Se alude al duelo fratricida entre Pedro el Cruel y Enrique de Transtamaram, en el cual, según las crónicas a Nicolás Avellaneda, por Junius, Tucumán, imprenta de La Razón, 1873, Existe un ejemplar de este folleto en la Biblioteca nacional, acaso el único salvado del naufragio.
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años10, puede decirse que a tiento, por un mozuelo forastero, tan ignorante del asunto como de la lengua en que lo acometía. Ahora bien: prefiriendo parecer inmodesto a ser hipócrita, diré que me sorprende en esa fruslería, aun más que mi audacia juvenil, todo lo que de adivinanza suele haber en la vocación literaria. ¡Cuán poco se aprende con los años en materia de estilo y cómo sabe de instinto el oficio quien ha nacido escritor! Fuera de uno que otro galicismo o tropezón gramatical, que ahora evitaría, no sé de veras si lograría bosquejar algo equivalente, por el brioso desenfado y la eficacia, a ese retrato de Avellaneda, candidato a la presidencia, escritor, orador, ministro, rebosante de talento generoso y noble ambición. Sea como fuere, y a pesar de su índole sobradamente francesa, el folleto llenó su objeto de propaganda, demostrándomelo, más que su difusión entre los que lo aplaudían, las protestas y denuestos de los diarios opositores a quienes mi literatura disgustaba. Lo que hoy parecería más asombroso, es que no hubo, siquiera en Tucumán, quien me negara el derecho de tener vela en ese entierro. Gracias de la juventud. 4 Siento la necesidad de advertir caritativamente al sufrido lector que, sin inconveniente para su información avellanedista, puede pasar de largo este capítulo españolas, Du Guesclin habría intervenido deslealmente. La historia moderna no confirma esa tradición que dio lugar al dicho proverbial. Mucho temo, en efecto, que vuelto al teatro provincial de mis mocedades y cediendo a la manía vejancona de revolver recuerdos, abuse un tanto del carácter personal que quise dar a estas cuasi memorias, para hablar demasiado de lo mío, bajo el pretexto de que no vi, al pronto, de la revolución del 74 sino lo que se alcanzaba desde el postigo de una imprenta tucumana. Elegidos diputados al Congreso mis compañeros de tareas, Pedro Alurralde y Lídoro Quinteros, recayó en mis hombros todo el peso -.a la verdad no atlántico- de La Razón. Era por entonces su administrador el joven y distinguido escritor español, don Fernando López Benedito, que años después fue aquí director del Correo Español; arregladas sus cuentas, solía refocilarse en una sección amena ("Charla" por mal nombre); y con decir que a la sazón padecía de noviazgo incurable, se entiende que no holgaría la péñola amatoria. Volviendo a mí, poco ha vinieron a mis manos -remitidos por un amigo tucumano algunos números sueltos de La Razón, correspondientes a mi "época". Los del período revolucionario son especialmente divertidos. Véome allí, entre el fragor de las armas y los espeluznantes noticiones que nos llegaban de "abajo" -frecuentemente forjados por telegrafistas cimarrones escondidos en los montes de Santiago-, frangollando en cada número (bajo mis iniciales o con un seudónimo transparente) cinco o seis columnas de prosa, sin contar algún intermezzo en verso, de las cuales una buena mitad era literatura legítima. Formaba la otra mitad, huelga decirlo -fuera del comentario a hechos locales-, la obligada fulminación editorial contra los rebeldes (a quienes en mis adentros no quería el menor mal), acompañada casi siempre, como lenitivo, de alguna nota a mi grey escolar. Prescindiendo de la hojarasca política o educativa, confieso ingenuamente que algo me han interesado y sorprendido las páginas literarias que a tal distancia me suenan hoy como de otro (¿acaso no es así?). Cuentos, impresiones de naturaleza,
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En 1919.

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crítica. "fantasías" (como decimos en Francia), ensayos poéticos... ¿Qué no he ensayado, en mi media lengua española, y siempre con acento sincero: - pues, lográralo bien o mal, algo quería decir a esos cuatro centenares de cañeros y tenderos, fumadores en chala, que formaban mi público, y después de la siesta y el mate ritual, sólo apetecían, como materia ilustrativa, la cháchara vespertina en un banco de la plaza? Pero, quien creyese que la ausencia o la pobreza mental del auditorio fuera parte a desanimarme, mostrarla saber bien poco de trovadores ingenuos, los cuales parecidos al Passant, de Coppée, y más aún a los alados cantores de la floresta, nunca mejor gorgojean sus trinos que en medio a la noche silenciosa o la soledad. Para dar término a este párrafo de autoalabanza (¿habrá realmente inmodestia en compararse uno a sí mismo y cotejar su yo de hoy con el de ayer? me permito pensar que ciertas páginas juveniles recién "descubiertas" por mí en ese periódico de aldea, y seguramente improvisadas calamo currente, igualan, si no superan las menos débiles que escribí después, durante ese quinto decenio superior de la vida, después del cual se empieza a descender. Así, verbigracia, un fragmento he encontrado en el número del domingo 14 de junio de 1874 (me faltan los números del principio y de la conclusión), sobre la Parisina de Byron, tan apasionado y "byroniano" como el poema mismo; y acaso, superior, en mi sentir, por lo intenso del pensamiento y espontáneo del estilo, a lo que de mi posterior cosecha haya alcanzado más indulgente favor. Puede que más tarde me posesionase mejor del instrumento verbal, hasta adquirir en él una suerte de habilidad, que algunos han llamado "maestría". Pero esto no suplía el raudal generoso de la juventud: del cantor de antaño, a quien tal vez sólo faltara un público, no quedaba ya sino un profesor de canto. .. Tolere el lector este melancólico suspiro del anciano ante su propia sombra adolescente: ese poéte mort jeune á qui rhomrne survit, como murmuró deliciosamente Sainte-Beuve en una línea de prosa que resultó ser su mejor verso 11 Aquel año, los meses del poco riguroso invierno tucumano revistieron animación y todo es relativobrillo excepcionales, debidos sin duda al estado de sobreexcitada nerviosidad que era repercusión de las gravísimas circunstancias: nunca más frecuentes y agitadas las fiestas que cuando la sociedad febril, según la expresión consagrada, "baila sobre un volcán". Del programa de vida subtropical -que concreté alguna vez en el lema: siestas y fiestas- no parecía ya subsistir sino la segunda parte, y ésta no ya únicamente en su modesto sentido de "día feriado". Mucho habían contribuido a este revuelo mundano dos elementos extremos -y muy diversos, por cierto- incorporados al pacífico vecindario: era el uno, la llegada del regimiento 12° de caballería, traído del Chaco a dos efectos tuitivos que los sucesos próximos podían exigir; el otro -para mí, al menos— era la presencia en Tucumán de la joven esposa de-1 gobernador, don Belisario López, digno sucesor de don Federico Helguera. La he perfilado en mi novela Fruto vedado (que tanto mío contiene), haciéndola "peruana", para velar su personalidad cuando vivían aún casi todos los que son hoy yerta ceniza. Yo mismo, allí presente a medias, bajo un disfraz romancesco que hoy me sabe a insulsez "octavio-feuilletista", apenas pude indicar el encanto único de aquel ser exquisito. Era chilena, de estirpe inglesa y apellido ilustrado en las letras y la política por deudos suyos. Tendría a la sazón unos veinticinco años; y por supuesto que, llevándole su marido otros tantos, no había asomo de familia en esa apacible unión, casi tan paternal por un lado como filial por el otro. Era un leal y hondo afecto, hecho de confianza y mutuo agradecimiento, que mantenía un templado calor de rescoldo -sin llama ni centella- entre dos corazones fieles. No
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Son conocidas las estrofas que, a propósito de este pasaje, se cambiaron entre Musset y Saint-Beuve. La frase se encuentra en un artículo sobre Millevoye (Portraits littéraires, I).

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era bella; alta, delgada y de talle flexible como el bejuco de sus montes araucanos, su figura exterior dejaba apenas traslucir formas carnales; un velo de lánguida fatiga amortiguaba la tersura de sus finas facciones; pero bastaba el expresivo resplandor de los ojos oscuros para iluminar y avivar su mórbida palidez. Como muchas mujeres enfermizas, tenía una cabellera magnífica, sedosa, de color castaño con reflejos dorados cuya masa parecía doblegar con su peso el delicado cuello; en su casa, solía soltarla en una trenza enorme que llegaría a la rodilla; y cuando se sentaba a leer, su gatita blanca acudía a jugar con el perfumado cabo, que rozaba la alfombra. Un don supremo de elegancia en el vestir, en el andar, en el más sencillo ademán. Sus manos, según la calificación que daba el pintor Bastien-Lepage a las de Marie Bashkirtseff: "si no eran de un diseño muy puro, había una belleza en la manera cómo se posaban en las cosas". Establecida en Tucumán por sólo los dos años que durara el gobierno de su marido, recibía pocas visitas amigas, a no ser de su numerosa parentela. Fuera de un grupo selecto, aquella burguesía se desviaba de ella: los hombres por cortedad, las mujeres por envidia. Pero a sus fiestas caseras, que en la temporada menudearon bastante, concurría naturalmente lo mejor de la sociedad, sin perjuicio de retirarse algunos convidados, murmurando soezmente contra "los humos de la chilena, como si su marido, con gobierno y todo, no estuviera medio fundido, etc.". Era una encantadora criatura: un valiente corazón desdeñoso de la prudencia e hipocresía de aldea, incapaz de fingir cariño falso u ocultar el verdadero. Y así, sin reparar en algún corrillo maldiciente que tal vez a su espalda movían las lenguas viperinas pasaba serena, con la gracia lejana y ausente de esas santas medievales que aparecen en -las vidrieras góticas, pisando sin verlos reptiles inmundos y respirando una flor... Nos conocimos en una estancia de su marido (Santa Ana, que es hoy ingenio de Hileret), durante una visita a la campaña que él, como gobernador, y yo, como jefe de escuelas, hacíamos en grata compañía. Nos quisimos fraternalmente -como veis-, sin habernos nunca encontrado solos cinco minutos. Y para caracterizar nuestro afecto, basta decir que todos aquellos meses estuvo entera y abiertamente de parte mía, en cierta empresa que adivináis, con' una decisión imprudente que le causó graves disgustos. Veinte años después, ella viuda y yo padre de familia, nos volvimos a encontrar en Chile, habiendo conservado intactas bajo las canas las antiguas simpatías juveniles. Del fundo en que veraneaba solía venir a su casa de Santiago sólo para que almorzáramos juntos. Se ofendió por un capitulo de mi libro Del Plata al Niágara. Hoy, pasado un cuarto de siglo, rompo el silencio para decir que todos los resentimientos causados allá por mis siempre sinceras -si acaso exageradas- impresiones de viaje, ninguno me fue tan doloroso como el de la noble amiga que tan sin razón se encontró herida en su patriotismo y se alejó de mí sin haber querido nunca (así me lo ha dicho al menos) reconocer su injusticia 17. [...] Al recorrer los números de La Razón, a que antes aludía, compruebo con satisfacción que, en mis reprobaciones más vehementes del malhadado levantamiento, siempre consideré al "profeta" aparte de sus "anabaptistas", no encontrándose en mis artículos de la época un solo pasaje que hoy mismo no pudiera suscribir. Firmada la paz de diciembre, también allá la celebramos estrepitosamente. Terminaré este capítulo como lo empecé, con una última nota personal y risueña. Para solemnizar las fiestas de la pacificación, el director italiano de nuestra banda de música sintió la arrebatada inspiración de componer un himno triunfal -a la Paz naturalmente- que sería cantado por la juventud de ambos sexos. Accedí sin vacilación al pedido del maestro Bugni, y en un pestañeo le frangollé una oda manzoniana, de esdrújulos alternados, que principiaba así: 12

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¡Atrás la guerra bárbara, La lucha fratricida! ... Y, al final de cada vociferada estrofa, alzábase un coro de angelitos dirigiendo -piú mosso- a un árbol invisible y simbólico esta inocente plegaria: De la argentina patria, Sobre el suelo feraz Alza tu copa espléndida, ¡Olivo de la Paz! ... ¡Ingenuos entusiasmos de la hora, que la hora siguiente disiparía! ... No bien desafinada mi cantata, me ponía en viaje para Buenos Aires, con el firme propósito de establecerme aquí hasta el regreso al redil. A los pocos' meses sentí que me retentaba un mal curado achaque provincial; y, sordo en adelante a los ofrecimientos del presidente Avellaneda, que me recibió y siguió tratando con inalterable benevolencia, heme vuelto al Tucumán de mi chifladura, con no sé qué título de comisionado nacional. Y de este reenganche que, con intervalos, duró siete años -el tiempo que Jacob sirvió por Raquel-, si fuera excesivo pretender que me resultaran dos bonitos grilletes en los pies, no lo es comprobar que salí con las alas rotas... ¡Adiós para siempre, carrera europea!
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Huelga volver sobre la tormenta civil con que se inauguraba la combatida presidencia de Avellaneda, siendo además muy sabido que había de concluir con otra más grave aún y más significativa. De su procelosa instalación, solo quiero recordar un rasgo sintomático, cuya influencia a mi ver, determinó la orientación de la política interna durante el período. Me refiero a la enérgica alocución que el doctor Alsina, como presidente del Senado, dirigió al electo, en el acto de prestar éste el juramento constitucional. La arenga toda respira uña resolución implacable y sombría que alcanza real belleza en su 'sobriedad concisa y lapidaria, tan adecuada a la hora solemne. Forman la peroración diez o doce períodos tan densos como e3 siguiente: "Ella (la Constitución) coloca en manos del Presidente todo cuanto necesita la República para salvarse a sí misma12. Recorred las leyes penales, traed a la mano la experiencia propia, y ellas os dirán cómo se castigara los traidores y se somete a los rebeldes". Razón aparte, aquello es artísticamente insuperable: oyese al leer el chirrido del hierro candente y humeante, marcando en la frente al grupo sedicioso. Adolfo Alsina no fue un alto espíritu ni un maestro de la palabra; pero, recordando a ese famoso singlespeech Hámilton, de la tribuna inglesa, bastaría este solo discurso -ademán viril y acto patriótico más que verbo elocuente-, para salvar su nombre del olvido e inscribirle entre los oradores políticos... Con todo, aquella admirable arenga, tan directa y eficaz como fulminación catilinaria, parecía menos feliz como actitud política en quien estaba ya designado para compartir las tareas del gobierno. No era sólo criticable la pasión excesiva que allí se exhibía, sino lo
Sin agregar ni quitar una palabra, me he permitido aquí una pequeña inversión que me parece expresar mejor el pensamiento, y acaso restablece el texto mal trascrito.
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impropio de su acento imperativo en presencia del jefe del estado, siendo así que, ya indiscreto en boca del presidente del Congreso, resultaba incorrecto como lenguaje del que para todos era ya ministro de la Guerra. Aunque la adhesión del partido alsinista no hubiera allegado un solo voto al cómputo de la mayoría electoral, nadie desconocía su importancia como factor gubernativo, sobre todo en Buenos Aires. Pero era natural que se exagerase el valor de este concurso, no sólo por los que lo prestaban, fundando en ello, sus absorbentes pretensiones, sino también por los adversarios, vencidos más no convencidos, y afanados en sembrar discordia entre los vencedores. Ocurría, pues, que, obedeciendo a móviles por cierto muy diversos, alsinistas y mitristas coincidían en presentar al presidente Avellaneda (diariamente los caricaturistas le exhibían en figura de chicuelo llevado de la mano por su Mentor) como un simulacro de gobernante casi nominal y sometido a la tutela de los primeros. Bien sabía el doctor Alsina que su antiguo ministro no era un maniquí; pero fue grave error suyo aparentar alguna vez que 1o creía, y sobre todo tolerar que lo propalaran sus secuaces. Estos no tardarían en experimentar los efectos de la sorda resistencia opuesta a sus atropellos por la moderación paciente, pero a su modo inflexible, del verdadero gobernante. Para quien haya estudiado a Avellaneda y conocido la tenacidad con que su talento de larga vista se aplicaba a un lejano propósito, no parece dudoso que el indulto de mayo del 75, concedido a los revolucionarios contra la intransigencia alsinista, fuera el primer paso hacia la conciliación de dos años después y la futura, si transitoria, participación de aquéllos en él gobierno. Suaviter in modo, fortiter in re: el estribillo escolástico (mejor se diría versículo sapiencial)13, que fue la divisa de lord Chesterfield, caracteriza cabalmente la acción política de Avellaneda durante su presidencia. Respecto de la primera parte del bordón, no es probable que hubiera jamás habitante del país para poner en duda la inclinación del entonces primer magistrado a los procedimientos lenitivos. Una falta de energía y resolución, una excesiva blandura contemplativa y docilidad a sugestiones extrañas: eso era precisamente lo que de antemano se aguardaba por algunos, se temía por otros y se creía o criticaba por los más. Siendo esa la opinión general, apenas se necesita añadir que de ella fluyó, como consecuencia inmediata, la ninguna fe del público en la segunda parte del axioma. ¿Cómo esperar que a tanta suavidad en la forma, correspondiese una verdadera fuerza en la ejecución? Así juzgaba el vulgo por las apariencias. Y tan vigoroso arraigo suelen adquirir con el tiempo los prejuicios, hasta volverse casi inextirpables, que, años después de realizados los más trascendentales actos históricos, no faltaban, entre los adversarios irreconciliables, quienes, sordos a las razones y ciegos a los hechos tangibles, persistieran en tener al presidente Avellaneda por una alta inteligencia dotada de expresión literaria y oratoria, pero deservida por su flaqueza de voluntad. Confío en que de la siguiente aunque breve exposición, relativa a las tres o cuatro cuestiones cardinales planteadas durante la atribulada presidencia, se desprenderá, para los lectores de juicio recto y buena fe, el convencimiento contrario: a saber, que no fue por iniciativa ministerial o parlamentaria, sino principalmente bajo la inspiración y el impulso del supuesto tímido estadista, cómo se resolvieron definitivamente algunos de los problemas más arduos e indispensables para la presente integración nacional. La composición del primer ministerio de Avellaneda reflejaba fielmente (si bien no con tanta claridad como para los que hoy juzgamos cómodamente las cosas a posteriori) el concepto que de la situación general, tenía formado el presidente, al par que el papel preponderante y
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Sapientia, VIII, I - Lord Chesterfield's letters to Stanhope, XLI. Fue también, con alguna variante de forma, la divisa del general de los jesuitas, Claudio Acquaviva.

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personal que en algunos ramos del gobierno se reservaba. Es sabido que, más tarde, los acontecimientos impusieron modificaciones de carácter político más que administrativo. Por lo pronto, la designación de don Simón de Iriondo para la cartera del Interior, de don Luces González14 para la de Hacienda y de don Onésimo Leguizamón para la de Instrucción pública, formando gabinete de mayoría "provinciana", imprimíale a éste un carácter francamentenacional, enfrente de los porteños don Bernardo de Irigoyen15 y don Adolfo Alsina --respectivamente en Relaciones exteriores y Guerra y Marina-, cuyo volumen personal compensaba su minoría numérica. Apenas es necesario advertir que la presencia del enérgico doctor Alsina en el ministerio de la Guerra, el más avenido con su índole y la jefatura del llamado "partido de acción", importaba desde luego, para Buenos Aires y el litoral, una garantía de orden interno contra las intrigas y conjuras renacientes del bando adverso. Pero, además y por encima de esta función estérilmente política, Alsina abrió al ejército argentino todo un programa de actividad fecunda, con el ensanche progresivo de la frontera del sudoeste y la conquista parcial del territorio pampeano. Tal fue la obra benéfica que se emprendió, apenas conseguida la pacificación de la República, y que, llevada a cabo en los dos años siguientes, significó una primera solución provisional y precaria del secular problema fronterizo. Fueron necedad e injusticia aminorar la parte primordial que tuvo en el éxito de la expedición el ministro que personalmente 'la dirigía. No menos absurdo sería desconocer la importancia relativa de- una campaña que, internando bastante más hacia el desierto la faja divisoria de la barbarie, incorporó a la ocupación agrícola -sea cual fuere la utilidad defensiva de aquel foso cavado a lo largo de la nueva línea- 18 una zona de 3.000 leguas cuadradas, iniciando planteles de futuras poblaciones rurales, que pronto nos tornarían familiares los nombres bárbaros de Carhué, Puan, Guaminí, Trenque Lauquen y veinte sitios más de antiguas tolderías. Pero, al reconocerlo, también agregará la historia imparcial que el mismo ministro Alsina se mostró opositor decidido y, naturalmente, decisivo, al plan del general don Julio Roca, quien, desde 1875, insistía en su idea radical de llevar la frontera al río Negro y, para realizarla, tuvo que esperar la desaparición prematura y lamentada de su predecesor. Ahora bien: si de la ejecución, iniciada por Alsina el año 76 y completada por Roca el 79, quisiéramos (prescindiendo de la infructuosa batida de Rosas) remontarnos a su principio generador, lo encontraríamos no solamente presente por el espíritu en los Estudios de Avellaneda sobre las Leyes de tierras públicas (su trabajo de mayor aliento), sino netamente formulado en los mensajes y proyectos sobre la materia, que como ministro de gobierno presentara a la legislatura de Buenos Aires. En cuanto a su concurso personal en la preparación y adopción legislativa de las "vías y medios" conducentes a la campaña de 1879, paréceme tan evidente que huelga otra demostración. Con sólida razón, pues, podía él mismo, en una carta al doctor Irigoyen16 escrita en 1880, después del repartimiento de la Patagonia, referirse a esos proyectos de 1867, y decir, haciéndose justicia sin excesiva jactancia, que unos y otros "son los mojones del camino recorrido por nuestro país en el dominio de su propio territorio" II.
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Don Santiago Cortínez desempeñó el cargo algunos meses con carácter interino. Primitivamente, había sido nombrado don Félix Frías, que no aceptó, substituyéndole temporalmente don Pedro A. Pardo. 16 Reproducida al principio del tomo VI de Escritos y discursos. Al final del mismo tomo puede leerse una nota interesante, encontrada, nos dice el distinguido editor, doctor Garro, entre los papeles de Pedro Goyena, y de cuyos datos se desprende que el plan primitivo de la expedición fue pensamiento del general Paunero, así como contribuyeron eficazmente a su acertada realización los discursos del senador don Juan Llerena.

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Como si un golpe del destino mostrara sancionar la lógica profunda de los cambios gubernativos ocurridos, completándolos en la forma más dolorosa e inesperada, a los dos meses de aquellos sucesos, el 29 de diciembre, sucumbía el doctor don Adolfo Alsina, joven aún (no había cumplido 49 años), pero agotada su rica naturaleza por los desgastes de una vida que fue excesiva en la lucha como en la pasión. Celebradas las exequias del gran caudillo porteño, menos solemnes por las pompas oficiales que por la explosión del sentimiento popular, nadie extrañó que fuera llamado a sucederle el joven prestigioso general que, siendo colaborador natural de Alsina, como jefe de la frontera más importante, después de la del sur de Buenos Aires, había pasado por émulo suyo o, por lo menos, opositor al concepto restricto de la expedición al desierto. El 4 de enero de 1878 se dictaba el decreto nombrando al general don Julio A. Roca ministro de estado en él departamento de Guerra y Marina. Era un nuevo capítulo de la historia argentina que aquí se abría. Pero, antes de resumir a mi modo lo que para Avellaneda y su final de presidencia significó este nombramiento, me será permitido -ya que en materia de licencias literarias tengo, como suele decirse, echada la capa al toro- agregar unos pocos toques familiares al retrato oficial y harto conocido del personaje. Dichos "toques", por otra parte, pertenecen los más a cierto esbozo que de él tracé hace un cuarto de siglo17, dejándome llevar del humor caricaturesco hasta comprometer el parecido. Y no me cuesta confesar que a esto me mueve, a la vez que un sentimiento de reparación hacia una memoria ilustre, el deseo de no dejar subsistente una "primera versión donde, por apartarme de la "justeza" falté a la justicia. He aquí, pues, correctas corrigendis, el refocilado y abreviado croquis de mi primera entrevista con el flamante vencedor de Santa Rosa. Era a fines del año 75, en el hotel de Villa Mercedes (San Luis), comandancia de frontera, entonces, y punto intermedio entre Río Cuarto, donde residía el general Roca, y Leubucó, donde el coronel Mansilla tuvo con el cacique Mariano Rosas su inolvidable parlamento. De camino para Cuyo -en `gira" de inspección escolar-, estuve allí tres días esperando la silla de posta de San Luis. Un villorrio a medio edificar con un horizonte de caldenes dominado, hacia el norte, por una vaga serranía. Paseaba solo, comía solo, dormía..., naturalmente. El mesonero, saboyano corrido, acechaba mi aparición en el desierto comedor Tiara arrimarse a mi mesa y contarme invariablemente el asesinato del general Ivanowski18... El tercer día, al dirigirme al comedor para el almuerzo, me estremeció una infernal batahola de vajilla rota. A la luz de un relámpago, se me pintó en la imaginación recién herida por los.
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En el folleto de propaganda electoral sobre la primera candidatura presidencial del doctor Roque Sáenz Peña. Apareció, en su primera forma, en tres artículos de La Prensa. En 1910 el comité quiso reimprimirlo, y aproveché la ocasión para expurgarlo en vida de los dos personajes interesados. 18 No dejaría, para algunos, de mitigarse el dolor de tan sensible pérdida, al leer en Zinny (Gobernadores, 11, pág. 422) que el supuesto polaco Teófilo Ivanowski era un enganchado alemán llamado Federico Reich.

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Hanqueles de Mansilla... Pero, no podía ser, y entré valientemente. Dos oficiales ocupaban la mesa central; gané mi rincón, algo intimidado. Esa mañana, la diversión de los dos guerreros (el uno es hoy general, el otro coronel19) consistía en estrellar contra la pared vecina cuanto plato y fuentes acababan de servirles. No soy enemigo de una inocente alegría, pero confieso que esas gracias de campamento me parecieron un tanto..., ranquelinas. Los oficiales reían., el mozo reía, y me levantaba, acaso para no reírme también, cuando, miró un general, ¡que también se rió Restablecida la calma relativa, el jefe hizo una pregunta en voz baja al mesonero... La campaña presidencial no había dejado de traerme una pequeña notoriedad,' sobre todo entre los avellanedistas de tierra.: adentro. El general Roca se acercó, a saludarme, ofreciéndome un cigarro que resultó 'excelente: ¡ya veis que no tengo motivo para quererle mal! De estatura mediana, rubio, buen mozo, su aspecto atraía, a pesar: de la mirada algo suspicaz. En suma, un conjunto nada vulgar, en que se atenuaba lo cauteloso del entrecejo con lo simpático `de la sonrisa. Conversamos un largo rato, pasando de las cosas tucumanas que, naturalmente, sabía al dedillo, a la situación nacional, donde se mantuvo en estudiada vaguedad, Hablaba sobriamente, sin esfuerzo ni rebuscamiento, como militar de buena cuna y no falto de lectura, diciendo por momentos cosas fuertes con voz suave. Agregándose a la bondad de su habano lo llano del trato y -no hay que olvidarlo- la proximidad de Santa Rosa (en cuya posta dormiría pocas noches después), confieso que mi interlocutor me dejó una impresión muy favorable. Y al hablar así, espero no parecerme del todo a la marquesa de Sevigné, que ponderaba la grandeza de Luís XIV después que éste la hubo sacado a bailar. ¿A qué factores exteriores o personales, preguntábame entonces, debió este otro "Taciturno" su extraordinaria fortuna? Fuera absurdo, y hasta ofensivo para los argentinos, admitir que por dos veces (pues la reincidencia, a veinte años de intervalo, es por demás significativa) confiaran a un hombre vulgar la dirección de sus destinos. Roca no fue un genio militar ni civil, pero tampoco, según el término que se usa con demasiada soltura, una "mediocridad". Por sobre esa ponderada astucia vulpina y maquiavélica20 -que acaso y sobre todo fuera perspicacia y previsión hubo de poseer, entre otras dotes raras del jefe de estado, el acierto en la valuación de los hombres y en el aprovechamiento de la hora oportuna, que es la facultad maestra del político. Lo coloqué, alguna vez, entre los "apoderados del Destino", dando a entender que pareció dirigir los sucesos históricos cuando sólo los' representaba. Faltóme observar que el Hado no confía su poder a ciegas, y que el hecho de obtener la representación de vastos intereses humanos constituye por sí solo una presunción de aptitud y suficiencia. Por otra parte, fuera del- campo científico o artístico, se hace muy, difícil aquilatar él "aporte" individual, aislándolo de su medio-En política, sobre todo, los resultados generales suelen aparecer independientes de cualquier factor particular. También en el monomio político (corno dijera con fruición el más noble adversario del nuevo régimen) el coeficiente multiplica el valor de la cantidad personal, así como exponente puede haber que lo eleve a potencia. Forma el primero la suma de adhesiones ideas o sentimientos colectivos que el caudillo parece personificar; el segundo corresponde al imponderable concurso de las circunstancias. Ahora bien: al candidato presidencial aquí esbozado, allegáronle coeficiente político las aspiraciones,
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Hoy, que el uno ha muerto y el otro vive lejos del "mundanal ruido" en una estancia de Río Cuarto, puedo decir, sin que el pecado venial deslustre su memoria, que se trataba de Fotheringham y el ya inseparable Gramajo.

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Machiavélli, Il Principe, capítulo XVIII: "Bisogna adunque essere volpe, etc.". Bacon, en su De Augmentís, libro VIII, capítulo 2, cita repetidamente a Maquiavelo, agregándole máximas no poco maquiavélicas. 17

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y también las recelosas susceptibilidades, hoy felizmente extintas del particularismo provincial, al par que las ambiciones o apetitos -éstos, por cierto, no extintos- de una nueva capa social (más tarde substituida por la inferior) que, sedienta de poder y avezada a la dependencia, lograba merced al alto amparo emerger de su oscuridad. En cuanto a lo que llamé su "exponente", rara vez se vio igual concurso de circunstancias aparejadas para la exaltación de un destino. General a los treinta años por esa victoria de Santa Rosa, cuya decisiva importancia política sí no militar le destacó brillantemente entre todos estos jefes del ejército argentino, hemos visto cómo la súbita desaparición del gran caudillo autonomista le designó para el ministerio de Guerra, al par que le obstruía el camino hacia la cumbre presidencial. La feliz expedición al desierto, con sus inmediatas y lejanas consecuencias, dio brillo incomparable a su candidatura -cuyo éxito, por otra parte, parecía tan asegurado en los comicios como, llegado el caso, en el Congreso--. La advera -puramente localista y gubernativa, pues el doctor Tejedor nunca contó de firme sino con Buenos Aires-, parecía inventada para prestar a la propia una acentuación nacional, atenuando por la comparación hasta los visos oficiales que la otra pudiera tener. Elegido presidente por gran mayoría, en vísperas del sangriento conflicto provocado por su triunfo, recogió los frutos de la victoria sobre la rebelión, ocupando sin más disturbios el sillón presidencial que se colocaba por vez primera en la capital definitiva de la República... No me toca -por lo menos en este capítulo de mis recuerdos- decir lo que me parece que: fue, en su mezcla humana de bueno y de malo, la primera presidencia del general Roca; es presumible que del balance resultaría un saldo a su favor, para que en 1898, después de doce años transcurridos, los mismos pasajeros de la nave argentina, en momentos de emprender otro viaje sexenal, se volviesen de nuevo hacia el piloto del 80.

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La hégira del gobierno a Belg-rano y su destartalada instalación de fortuna en salas municipales y casas particulares, prestan a los cuatro últimos meses de esa presidencia, ya tan inquieta y trabajada, una tinta de tristeza que no debe exagerarse. Desde luego, nunca se notaron allí en la actitud de Avellaneda -y ella consta de testimonios irrecusables- las vacilaciones y zozobras que no se cansaban de describir los diarios opositores. Tuvo aquél, desde la primera hora del alzamiento, la visión clara de su desarrollo y terminación, ocurriéndole señalar a sus colaboradores, con sorprendente perspicacia, durante las pláticas de aquellas largas veladas de invierno, las etapas probables de la lucha y la doble evolución gubernativa y constitucional que había de coronarla. En cuanto a su serenidad personal, nunca se alteró durante las horas de crisis, ni éstas fueron parte a desviarle un punto de su resolución. En ningún momento -y esto se confirma por un relato de Miguel Cané- admitió el presidente la idea de refugiarse en un buque de la armada. La supuesta pusilanimidad de Avellaneda fue invención interesada de sus enemigos, a que, para el vulgo, propenso a medir la energía del carácter por la musculatura, prestaba asidero su flaqueza física. Por lo demás, nunca llegó la situación belgranense, moral ni materialmente, a los extremos de congoja o penuria que alguna vez se nos pintara en las provincias. La vida era sencilla, modesta, tan distante del lujo corno de la escasez, pero muy soportable y con sus horas de esparcimiento. Gracias a la alegría juvenil de los principales actores, la "Chacarita de los colegiales" parecía 18

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a ratos recobrar su primitivo destino. Muchos de los altos funcionarios vivían allí con sus familiares, organizándose tertulias caseras en que se solía insertar, sin interrumpirlas, algún oficio urgente al dueño de casa o llamada al telégrafo. ¡Cuántas veces, años después, Pellegrini, del Valle, Cané -éste, improvisado director general de correos- y algún otro evocaron en mi presencia aquellos días ya lejanos, siempre irisados por la ilusión, y más cuando representan a la vez el pasado y la juventud! Recordaban, sobre todo, a una encantadora ministrita, blanca y sabrosa como la carne de sus chirimoyas salteñas, y que bien lo sé yo también- encerraba un ritmo de gracia en el menor ademán, hasta en su tonada provinciana... Ha muerto la encantadora; han muerto los encanta dos; y si alguno sobrevive, será para suspirar una vez más la queja milenaria de las generaciones, que dice lo breve de las únicas horas dignas de ser vividas y que a nadie consuela ni desanima de envejecer. El 12 de octubre, al entregar el mando a1_ general Roca que le sucedía, no dejó Avellaneda, en la corta alocución de estilo casi obligatoriamente vaga y descolorida, de insinuar una nota personal, que pronunciaba, entre la inevitable melancolía de las jornadas fenecientes, este juicio verídico, si harto modesto e incompleto, del obrero sobre su propia obra: "Los tiempos han sido tormentosos; y bajo su ruda influencia he podido a veces preguntarme si había debido ambicionar o aceptar el gobierno. Pero no me he arrepentido nunca de haberlo ejercido con equidad constante y con benevolencia; casi infatigable." Aunque si bajaba del poder, no era ciertamente para confundirse en la muchedumbre, paréceme que ha llegado el momento, durante el breve lapso en que Avellaneda disfrutó la vida privada, desnudo de toda engañosa insignia oficial, para esbozar su interesante fisonomía de literato y pensador, a cuyas características me consta que él mismo daba más precio que a sus éxitos de orador oficial o estadista.

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Conocí poco a Nicolás Avellaneda como orador. Sólo le escuché tres veces, y en dos de ellas leía, condición que reduce las cualidades oratorias a la voz y a la dicción, refundiéndose las otras en las del escritor. El primer discurso -y único pronunciado sin papel- que casualmente le oí (sin tener, es el caso de decirlo, "vela en el entierro"), fue el breve epicedio, en prosa cantante como verso, que deshojó en la Recoleta ante los restos del capitán Sarmiento ("Dominguito", como quiso su ilustre padre adoptivo que le dijera la posteridad), caído en Curupaití. La ceremonia tuvo lugar en octubre de 1866, y, con decir que yo contaba entonces seis meses de América, pasados cuatro de ellos en una estancia de Areco, colegirá el lector lo preparado que estaba para apreciar esa lírica elocuencia. Apenas entendí él arranque: "¡Sombra de Varela, levántate! La ola de sangre que os arrebató", etc. Recuerdo que a la sazón vivía yo engolfado en el estudio de las conjugaciones espeñolas, y quedé mucho tiempo perplejo ante esa ecuación de tu y vos, que no traía mi gramática por Salvá ... Más tarde, encontré otros ejemplos de Avellaneda, y, como menos bozal ya, di en la cuenta de que era aquello simple licencia criolla de mi orador21. Oíale, quince años después, su discurso de apertura, como presidente de la Exposición continental; y por cierto que ya entendía mejor su castellano: parecióme aquello un dechado de estilo oficial, pomposo y sonoro, sin una nota propia, como
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Esta confusión (al igual que muchos otros criollismos) no es sino arcaísmo español de uso rústico. En las Églogas de Juan del Encina, se encuentra frecuentemente: "¿Tú, quién sos", etc.

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cuadrada a la circunstancia. En cuanto a las condiciones vocales, eran, más reforzadas y vibrantes, las que ya señalé en la elocuencia familiar. Entre ambas arengas se inserta para mí la inaugural, del parque Tres de Febrero, en noviembre del 75, y que, por varios de sus rasgos característicos, merece párrafo aparte. Así en 'lo bueno como en lo malo, podría este discurso tomarse :como el tipo de las declamaciones literarias, que Avellaneda: cultivó siempre can especial deleite- y prefería a sus mejores oraciones políticas Todo concurría al esplendor de la fiesta: el día primaveral, el sitio pintoresco e histórico, ayer sombrío hoy tan ameno: la elegante concurrencia femenina, las bandas atronando los aires y las banderas flotando en los follajes, y el orador brioso, relativamente fuerte, presidente joven de la República recién pacificada, seguro de sí e impaciente por derramar sobre la entusiasta concurrencia su retórica triunfal, más sonora que las músicas y más vistosa que los trofeos. La pieza oratoria (que acabo de releer, era digna del teatro y se le adaptaba a la perfección. El presidente -empezaré por lo malo- teniendo que plantar allí un arbusto conmemorativo, había hecho elección natural -para no decir artificial- de la magnolia; planta chateaubrianesca que fue siempre la de sus amores y vuelve como un leit motiv en sus páginas descriptivas. Así pudo entrar en materia celebrando "la magnolia americana del bosque primitivo con su blanca flor salvaje que pueblos numerosas de la América enredaban en el suelto cabello de sus jóvenes mujeres como símbolo de pureza. . . ". ¿Verdad que os sentís algo empalagados por ese primer período, en que cada sustantivo lleva adherido su infalible adjetivo -cuando no dos-- .a modo de apéndice caudal? Y tal sigue toda' la pieza, hasta la prosopopeya final, imitación prolongada del grito famoso de Chactas, el cual, aunque relativamente más sencillo, ¡fue siempre tildado de declamatorio por la crítica francesa! Es así como el número y la armonía, que distinguen la prosa de Avellaneda, solían enviciar su oratoria con esa adjetivación parásita de la frase y el excesivo esmero del ritmo cantante y monótono. Veremos luego que ese "academismo" amanerado no era sino el reverso de su talento, y que también sabía el secreto del verbo potente y viril que desdeña arrullar al auditorio prefiriendo obligarle a pensar e impelerle a la acción. Según el dicho proverbial de Fígaro, el literato Avellaneda, puesto en presencia de las bellas damas, congregadas bajo el follaje que tamizaba en caricia nuestro tibio sol de noviembre, no incurría en falta grave dejándose cantar "lo que no valía la pena ser dicho". El mal pudiera estar en que el presidente de la República, en plena crisis y bajo el fuego de una oposición despiadada, multiplicara las ocasiones de "cantar", asemejando demasiado su presidencia política a la de unos juegos florales. Pero no se llegaba a tanto; y el orador, cuando allí mismo hacíase cargo de no sé qué críticas dirigidas a sus frecuentes inauguraciones, podía felizmente decirles que 'se curaba en salud; si bien, en su cita de réplica ("Tomáis por una noche profunda vuestra sombra que pasa llena de vanidad") atribuía a la "gran voz de Dante Alighieri" un sollozo conmovedor de Musset22. Avellaneda, esencialmente improvisador (no le permitían más sus tareas gubernativas), solfa
A. de Musset. Letire á Lamartine: "Ft j'ai pris... pour une nuit profonde - mon ombre qui passait pleine de vanité." La cita tiene historia. Meses pagados, el fino intelectual don Mariano de Vedia, corsultábame acerca de una afirmación del eminente escritor y orador uruguayo don Carlos M. Ramírez, quien, en un discurso parlamentario, mencionó "esa imagen dantesca parafraseada por Musset". No me parece que la imagen, de contorno tan moderno en su conclusión. pueda provenir de Dante. En todo caso, no se halla en la Divina commedia. Y si estuviera --lo que no creo- en otro escrito del gran poeta medieval, él habría hecho poesía moderna sin saberlo. Lo que dicha imagen podría traer a la memoria de un crítico, sería aquel pasaje. extrañamente bello, de Platón (Repub., lib. VII, principio), que ha sugerido a Bacon sus idola specus y en que el filósofo griego nos muestra a los hombres encadenados en la caverna mirando las sombras proyectadas en la pared. Pero, ¿quién no se inclinará a creer a Musset capaz de crear cien imágenes, antes que leer una sala vez la República de Pletóu?
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hacer uso momentáneo del primer pasaje leído que le viniera a la mente, sin indicar siempre la procedencia, y cuando lo hacía orno aquí- le ocurría equivocar la fuente. [...] Al inaugurarse la presidencia histórica del general Mitre, que fue, después de Pavón (no nos cansemos de repetirlo), la plasmadora de la nacionalidad argentina, la ciudad de Buenos Aires, exponente urbano del país recién organizado, poco se diferenciaba material y demográficamente de sus congéneres hispanoamericanas. Si en su población total (150.000 h.?), la proporción extranjera era mayor (salvo quizá en Montevideo) que en las otras capitales sudamericanas; aún no se había alterado notablemente -vale decir "extranjerizado"- el "criollismo" fundamental de su clase dirigente. En sus gustos y gastos, en sus aspiraciones y diversiones, el grupo superior se conservaba generalmente apegado a la tradición. Sin embargo, como dijo el otro, "el mundo había marchado". Los diez años -de revueltas y mutuos atropellos locales que, desde la caída de Rosas, traquetearan estas inquietas provincias entre el caciquismo y la anarquía, no habían dejado de ser a su modo fecundos. El último balance decenal señalaba, en suma, un progreso sociológico realizado, el cual no sólo recuperaba el camino desandado durante la tiranía sino que situaba al país muy adelante del programa rivadaviano. El lector que, sin vagar o sin fuerzas para profundizar el estudio, quisiera formarse por sí mismo una opinión, dándose una vista aproximativa del asunto, no tendría sino recorrer un diario del tiempo de Mitre y compararlo, no digo con la innoble Gaceta Mercantil, sino, v. gr., con el Correo Político de Manuel Moreno (1827-1828), o, mejor aún, el Lucero de Angelis (1829-1833), que son respectivamente los mejores de su_ época. Es diverso medio, diversa sociábilidad, lo que en unos y otros se refleja fielmente. El periódico popular -lo diré de paso- atesora para la historia un valor documental incomparable, por lo mismo que su testimonio múltiple es espontáneo e inconsciente; y con ello no me refiero a los artículos de redacción, sino a las noticias, crónicas, avisos administrativos o comerciales, etc. A este respecto, y para la época aludida, ninguna lectura -o mejor dicho ninguna "hojeada"- más interesante e instructiva que la de El Nacional, opositor a Mitre, o la de la Nación Argentina (madre, como es sabido, de La Nación actual), creada expresamente, en 1862, para defenderle23 Bien sé que esta laboriosa tarea no está al alcance de todos mis lectores; por eso mismo la tengo hecha en obsequio suyo; y, no permitiéndome más la índole de este trabajo, resumo en pocas líneas y desde el punto literario, la impresión general que de este recorrido (ayudándome tal vez otros experimentos) me ha quedado y viene a cuento. En aquel entonces, la actitud del intelecto argentino, así en el arte y la ciencia como en las aplicaciones prácticas, era francamente discipular. (¿Habrá mucha diferencia con la presente, no siendo que hoy se disimula o disfraza lo que entonces se confesaba ingenuamente?) En literatura -para ceñirme a mi tema- reinaba la imitación del romanticismo europeo, de segunda o tercera mano, según proviniera de España, o de los mismos modelos, principalmente franceses, que poetas y prosistas peninsulares -de Rivas, Espronceda y Larra a García Gutiérrez, Zorrilla y Castelar- obsecuentemente seguían. No era, empero, la función más importante de aquel influjo el fomentar aquí la mediana producción doméstica, aunque ésta comprendiera todo lo que va de los Consuelos lamartinianos de Echeverría al byronismo criollo de Lázaro de Ricardo Gutiérrez (publicado primero en folletín de La Nación) y, en prosa, vinie23

La competencia de los diarios se manifestó desde el principio en un detalle que, siendo casual, resultaba chistoso y simbólico: La Nación Argentina se inició el 12 de setiembre de 1862, publicando en folletín La hermosa Gabriela, de Maquet. El mismo día, El Nacional renovaba su folletín, empezando a publicar... ¡La hermosa Gabriela!

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ra más acá del brioso Facundo y de la pintarrajeada Amalia. Su acción difundida y realmente fecunda era la que ejercía en los cerebros argentinos, estimulando el pensamiento, -educando el gusto rudimental, y, además de adiestrar a unos pocos en el arte de escribir, orientando a todos hacia un ideal de civilización muy otro que el de la colonia o la metrópoli. Ahora bien: creo que en la Argentina, más que en otra alguna de las antiguas colonias españolas, vino a producirse una marcada separación de los espíritus entre algunos que -generalmente recluidos en los claustros o academias forenses permanecían adictos á la tutela mental hispánica, y los más que, con repudiarla, pretendían completar -a trueque de escribir quizá perversamente el castellanola obra de la emancipación política. Por eso, en lugar de conseguir temprano glorias académicas, a lo Bello y Baralt, ella se vio reducida alguna vez (felix culpa!) a criar algún centauro pampeano como Sarmiento. Acaso, respecto de Avellaneda, la estructura sonora y regularmente castiza de su prosa pudiera extraviar al observador superficial. En realidad, no hubo jamás escritor sudamericano más distante, por no decir ignorante, de toda disciplina castellana; y, para estar convencido de ello, aun sin haberle tratado personalmente, basta haber leído algunas de sus buenas páginas. Avellaneda fue pura y exclusivamente alumno de la musa francesa. No sabía otra lengua extranjera. Algo se le alcanzaba del latín jurídico -primo hermano del latín de botica- y solía salpicar sus discursos con tres o cuatro citas de Virgilio y Horacio, siempre las mismas, a guisa de comodín. En cambio, su comprensión del francés literario ---que pronunciaba deplorablemente- era bastante completa, sin llegar, como v. gr. en un Cané, a la percepción del más fino matiz parisiense. Si sus autores de cabecera no eran numerosos, poseía esos pocos admirablemente: non multa sed multum. Es lo mejor: no hay peor régimen alimenticio para la memoria que el de un bibliotecario -el mío, por ejemplo- que hojea, por obligación o curiosidad, diez obras nuevas al día sin leer ninguna. Avellaneda había leído y releído infatigablemente a los más célebres poetas, historiadores, novelistas, oradores y críticos franceses del siglo XIX; creo que poco había remontado a los verdaderos clásicos. Su gran poeta era Musset, antes que Hugo y Lamartine24; su crítico preferido, Sainte-Beuve, que colocaba -y con razón- muy arriba de Villemain, Nisard y el mismo Taine. Pero su dios literario y objeto de su culto invariable y fervoroso fue siempre Chateaubriand. En esa prosa sonora, deslumbrante, mágica, del creador de Atala y René -modelo seductor que nadie pudo estudiar sin admiración ni remedar sin peligro-, es donde hallaríamos los secretos, y también los defectos, de color y de ritmo que él genio original del maestro había transmitido -hasta donde son transmisibles- al innegable talento del discípulo. Acaso la única faz de Chateaubriand (a la verdad poco notable) que al escritor argentino faltaba por entero -y nunca logró asimilarsefue la ironía francesa (muy distinta del humour británico): la finta de la esgrima dialéctica, rápida y ligera -alguna vez moral- de que ningún espíritu gálico carece en absoluto, pues se respira en la atmósfera, hasta aparecer retozando a ratos en las Memorias de ultratumba. Y por eso, no ha sido sin alguna estupefacción que oía, el año pasado, a un estimable universitario, disertar académicamente sobre la "ironía", como supuesta e imaginaria característica de Avellaneda, ¡que nadie, y menos él, nunca sospechara! Tan absoluto es el contrasentido que, por momentos, me asaltaba la duda de que ello pudiera ser otra "ironía" del ingenioso disertante. Y, para colmo de trocatinta, se pretendía descubrirla en un
A. de Musset, Souvenir. "mes yeux ont contemplé des objets plus funébres", etc. La traducción del fragmento se halla inserto, como original, en los Escritas y discursos, tomo III, página 143, donde García la tomó para ponerla en su amena conferencia (Anales de la Facultad de derecho, t. III, 3• serie, año 1918, página 501). La literatura es gran señora que suele mostrarse "irónica" con los aficionados.
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fragmento en prosa, por cierto nada irónico, como que resultaba tratarse de las estrofas más desgarradoras del Souvenir, traducidas por Avellaneda y halladas entre sus papeles, ¡las que se atribuyen graciosamente (quiero decir, de gracia) al traductora!

9 Y ya que he aludido a mis relaciones persónales con él durante su presidencia, creo que algunas palabras más al respecto podrán servir de toques complementarios a su noble y melacólica fisonomía. Aunque no establecido todavía en Buenos Aires, durante la presidencia de Avellaneda, repetí en aquellos años mis viajes, con estadas más o menos largas en la capital. Por cierto que, desde el primero, a fines del 74, hasta el último, en las postrimerías de su gobierno, frecuentes entrevistas me permitieron estrechar con él mis relaciones, pasando del respeto afectuoso a una confianza cordial. Nunca sentí alzarse entre su condescendencia y mi asombradiza altivez el tabique invisible de la etiqueta; y acaso no se pensara en recordarme las distancias que la edad y la situación respectiva ponían entre nosotros, porque nunca las olvidé. No me gustaban tanto las breves visitas el despacho presidencial, donde tenía libre acceso y bien lo sabía el secretario Marcos Zorrilla- como los recibimientos de noche -que he descrito en mi Fruto vedado-- en aquella casa colonial, hoy en ruinas de la calle Moreno. Pero tenían mi preferencia, allí mismo, las sabrosas pláticas matutinas, paseándose en su rica biblioteca (cuya sección literaria tuvo intención de donarme cuando su ida a Europa), abriendo de vez en cuando uno de esos incómodos cuanto lujosos armarios incrustados de marfil. La conversación de Avellaneda -si bien harto "socrática" e interrogativa- era por extremo interesante: viva, genial, profusa en imágenes brillantes y rasgos espontáneos; no exenta, en fin, del humorismo suelto y natural que falta en su estilo escrito o grandilocuencia oratoria. Comí algunas veces en su mesa de familia, presidida por la porteña ejemplar, de inteligencia y virtud proverbiales, a cuya influencia prudente y entrañable cariño -con algo de maternal- tanto debió su talentoso y enervado compañero. Allí veíale practicar su deplorable régimen alimenticio: no bien comidos algunos bocados del primer manjar sustancioso, solía levantarse y hacerse servir un plato de dulce que saboreaba de pie, girando en torno de la mesa sin interrumpir él diálogo. Varias veces, siendo presidente, aceptó mi invitación para comer juntos, sin otros convidados, en el salón común del Café de París. Por mi amigo Ebelot, redactor ordinario de la legación francesa, supe que el entonces ministro, conde Amelot de Chaillou, testigo una noche del tete-á-tete, habíase dignado señalar en un informe oficial el rasgo democrático. Así, a pesar de un dicho malicioso de Goyena sobre que nuestro ilustre amigo gustaba de conversar con nosotros, como de chupar una naranja jugosa, creo en verdad y válgame él candor--¡ me engaño- que Avellaneda me quiso un poco 23. [...] Sin atribuir a ninguno de nuestros jefes de estado las proporciones heroicas de caudillos providenciales, vaciados en el molde '-carlyliano"25, también aquí debe reconocerse el efecto de una "lógica inmanente" --disfrazada de sufragio universal- en el hecho de que la nación argentina, al iniciar después de Caseros y la siguiente década expiatoria su magna empresa de
25 Thomas Carlyle (1795-1881), autor de una biografía de Cromwell, hizo célebre la teoría del héroe histórico, capaz de expresar y realizar las aspiraciones de su pueblo,

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reconstrucción constitucional, viera sucederse consecutivamente en la presidencia de la República tres hombres superiores, dotados por cierto -y cual convenía- de índole y cultura diversas, pero igualmente poseídos de altruismo patriótico y civilizador. No necesito volver sobre tantos esbozos del general Mitre y de Sarmiento como aquí o en otros escritos tengo ensayados; me bastará, respecto del primero, definir el carácter diferencial de su obra propia, cotejándola con la de Avellaneda bajo su doble faz gubernativa e intelectual, y mostrando -en brevísimo resumen, se entiende- ya la armonía procedente de la voluntad, ya el contraste debido a las circunstancias, de cada gran obrero con su obra. Mitre, por sus antecedentes y gustos, fue sustancialmente un militar amante de las letras, y que, arrastrado fatalmente a la política por la corriente de la época y el impulso de una legítima ambición, quedó fiel al "culto de las musas", como él diría; si bien optó, con buen acuerdo y mejor éxito, por transferir a Clío -la de la Historia- los homenajes que de él, no sé si Polimnia o Erato -o ambas a dos— habían antes recibido. Mitología aparte, quedarán en su pedestal granítico, desafiando las injurias del tiempo, los monumentos levantados por Mitre a dos heraldos armados de la independencia sudamericana, sin que ciertos defectos de forma o errores de detalle empezcan a la solidez del conjunto, fundado en el estudio y el empleo racional del documento, que en su tiempo fue aquí una innovación, precursora del método presente de escribir historia. Por lo demás, es éste su título menor. "Hizo historia antes de escribirla"; y esa historia, que fue la reorganización nacional, constituirá su gloria inmarcesible ante la posteridad, habiendo merecido que de él se diga también, con toda sinceridad y justicia: "A medida que crezca su patria, el nombre de Mitre crecerá" 26. Proceso muy distinto se observa en la luminosa carrera de Sarmiento. Este fue un escritor genial extraviado en la política, según ya lo tengo escrito, y con repetición, siéndome por ahora suficiente reproducir una frase mía, tomada entre las muchas que al autor del Facundo he dedicado: "Su gloria no está en su gobierno, sino en su prolongada irradiación intelectual; su presidencia fue transitiva: continuaba la de Mitre y anunciaba la de Avellaneda"27. Con ser aquella presidencia la tercera de las constitucionales, no se falta a la justicia repitiendo, que, con sus grandes actos realizados -como ser el orden nacional irrevocablemente consolidado, la crisis económica conjurada, el desierto conquistado, y, por fin, la capital definitivamente establecida en Buenos Aires-, la administración de Avellaneda continuó y completó la obra inaugural del vencedor de Pavón, habiéndose dicho que la presidencia de Sarmiento puede considerarse como transitoria entre una y otra. Pero, a diferencia de la primera, la de Avellaneda ofrece en conjunto un aspecto melancólico. Reprimida y pensativa, como envuelta en un velo de tristeza, reflejo de su nacimiento "cesáreo", tuvo que sostenerse en el trabajo y en la abstinencia. Y si es cierto que asimismo resolvió problemas tan vitales como la de Mitre, contra viento político y marea financiera, no lo es menos que vivió sometida a perpetua ración de hambre, sin más brillo externo que los destellos de una elocuencia consular (la cual, por cierto, no revestía siempre la imperatoria brevitas del gran romano), para nosotros muy eficaz y bella, pero ¡tan fría para las muchedumbres cuando deja caer las advertencias
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Habiéndome pedido mis amigos Emilio Mitre y Guillermo Udaondo una leyenda para la medalla conmemorativa del general, procuré recordar algo de mi olvidado latín, enviándoles para corresponder a tanta honra, las tres siguientes: In gloria tua, gloriamur. - Prius quam seriberet fecit historiam. - Pariter cum patria nomen erescet. Para el objeto, fue elegida la primera, reservándose, si bien recuerdo, la segunda para el monumento. 27 El viaje intelectual, página 20. El capítulo sobre Sarmiento fue primitivamente un artículo del Sud América, escrito el día mismo en que llegó la noticia de su muerte y publicado el siguiente. '

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austeras del deber! Ahora bien: con todas sus diferencias exteriores, ambas presidencias ofrecen semejanzas profundas La misma hostilidad instintiva de sus elementos, durante esa segunda jornada de la evolución argentina, se me antoja un indicio de íntima similitud. (¿Quién sabe si en la relación vagamente entrevista de las leyes morales con las físicas, la repulsión de los fluidos eléctricos del mismo nombre no corresponde a una emulación? ... ) He oído disputar alguna vez si, en Avellaneda, el estadista y orador político aventajaba o viceversa- al escritor. Para contestar razonablemente sería necesario distinguir, respecto del segundo, entre las obras y las aptitudes, o, como en la escuela se decía, entre la potencialidad y el acto. El público, y menos la posteridad, no puede ser juez de la potencia virtual sino de la realizada. En tesis general, y juzgadas las cosas a bulto -es el caso de decirlo- no es dudoso que, supuesta una calidad literaria poco diferente, nunca una colección de artículos o discursos equivaldrá. para. el común de los lectores, a una historia, un poema, una novela. En el sentido "artístico" si bien algo abusivo del vocablo, el acto de crear implica el alumbramiento de un todo orgánico, no de fragmentos sueltos. A este respecto (para no salir de la literatura presidencial) la situación de Avellaneda parece inferior a la de un Mitre o de un Sarmiento: basta decir -y con esto se establece inmediatamente la distinción-- que para todos, Mitre y Sarmiento son, respectivamente; los autores de la Historia de Be1grano y de Civilización y barbarie, no de sus innumerables discursos o artículos. Avellaneda no deja una "obra" literaria acabada y concreta, sino sus materiales dispersos: tal es el primer criterio con que se forma ese consenso universal, llamado gloria, fama, nombradía. Pero, luego habrá de oírse a la crítica sensata y justiciera, la que, sin desconocer lo fundado del juicio anterior, examina y analiza aquellos materiales para valorar su naturaleza y estructura. No puedo sino conjeturar el fallo de esa crítica concienzuda y competente, puesto que, según apunté más arriba, apenas se anuncia su venida. Pero me ocurre que su conclusión, ceñida a lo principal y condensada en una página, no se apartaría notablemente de lo que tengo enunciado y vuelto a resumir. Avellaneda poseyó, innatas o adquiridas, algunas de las prendas externas más raras y valiosas del escritor. Tenía la expresión brillante, el hallazgo de la imagen, la sonoridad musical, la línea armoniosa de la frase: "el secreto -como se dijo de su maestro Chateaubriandde las palabras potentes". Su gusto no acabó de afinarse, combatida la influencia de sus excelentes modelos franceses por la de la raza y tradición hispano colonial que fomentaba el medio ambiente, Estaba ya formado cuando ocupó la escena la generación que floreció en el período de 1875 a 1890, y cuyos príncipes, Miguel Cané por la gracia elegante y Lucio López por la agudeza punzante e irónica, se esterilizaron a medio fructificar. Con todo, el escritor a quien procuro definir suplía lo flotante del dibujo con lo espléndido del colorido, y aun, como ya lo mostré, llegaba a la sobriedad fuerte y sencilla lo propio que su oratoria cuando, urgido por la hora o el asunto, no tenía tiempo para buscar metáforas y redundancias. Si carecía de la originalidad imaginativa que crea la obra maestra de arte puro, puede afirmarse que con su clarísima perspicacia y excelencias de estilo, hubiera llegado a ser, disponiendo del vagar indispensable para el estudio y las elaboraciones de largo aliento, un notable historiador americano, como era Ya y queda para todos, uno de sus más eximios ensayistas. De su talento como tal existen, según dije, muestras preciosas. Hoy, para desgracia nuestra y en detrimento suyo, hay que rebuscarlas por entre una masa de papel impreso cuyo interés por lo general no sobrevive a su pasada actualidad, la cual nos enseña a otro Avellaneda, que, después de hacer, como se le reprochaba, mucha política con su literatura, hiciera hoy demasiado literatura con su política. Quien, le repito, de la edición completa en doce tomos, extrajera un volumen de 500 páginas, sabrosas, exquisitas, definidas, prestaría un incomparable servicio, no sólo a la fama 25

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del eminente literato, sino también a la memoria de este gran argentino, tan —aplaudido, tan discutido, ¡tan calumniado!

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-A pesar de tener desde años atrás varios amigos comunes, no formé relación con Carlos Pellegrini hasta principios del 84. Lo relativamente tardío de, este primer encuentro se explica por mi residencia, casi ininterrumpida, en las provincias durante la década anterior. Pasé el año 83 en Europa (como el mismo Pellegrini), y a mi regreso, siendo llamado a. la dirección de la segunda enseñanza, me establecí en Buenos Aires, donde, a los pocos meses, se produjo la inevitable conjunción. El acontecimiento (pues lo fue, sin duda, para mí) ocurrió en un gran banquete que se dio al viajero, festejando su "feliz retorno a la patria". Nunca he averiguado a qué, ni a quién, debí el ser incluido entre los "amigos del doctor Pellegrini", cuyas facciones apenas conocía. Pero, recibida la invitación, no quise regatear mi oscuro homenaje al valiente colaborador de Avellaneda en la evolución histórica. Por lo demás, tan ajeno estaba yo de cualquier combinazione que, al día siguiente cíe adherirme al "feliz retorno", me exhibía sin rebozo en El Diario (opositor), con una exuberante bienvenida a De Amicis, que llenaba toda la primera página. Es así cómo, en la noche del 3 de abril de 1884, me encontré banqueteando inocentemente en el salón del Coliseo, con otros ciento setenta y tantos comensales, algo menos inocentes que yo. Mi asistencia, por otra parte, no me pesó entonces ni después. La concurrencia, según lo atestiguaron las crónicas, era "tan brillante como selecta, no faltando los ribetes pintorescos de toda fiesta a escote, principalmente política. Fuera del estado mayor de burgraves oficiales --el vicepresidente Madero, el intendente Alvear, el jefe de policía, el general Levalle, la insenparable pareja de Corderos y algunos entorchados más-, que en la cabecera rodeaban al protagonista, en las dos mesas laterales dominaba la retozona juventud. Yo conocía a muy pocos de los presentes: por suerte, me encontré colocado entre caras amigas: Lucio López, Marcelino Ugarte, Bernardo Solveyra ... Al pasar cerca de mí, Delfín Gallo no pudo menos que deslizarme con su sonrisa afectuosa: "¡En qué berenjenal se ha metido! -¡Bah!, contéstele en el mismo tono: con oírles callado...". Junto con el champaña, y no menos efervescente, se destacó la copiosa oratoria. El presidente de la _ comisión, que lo era don Ataliva Roca, había dado la palabra al doctor Roque
28 Carlos Pellegrini, hijo del ingeniero saboyano Carlos Enrique Pellegrini, nació en Buenos Aires en 1846. Interrumpió sus estudios de abogacía para participar en la guerra con Paraguay, concluyéndolos en 1869, con una tesis sobre derecho electoral. Desde tiempo antes militaba en el alsinismo porteño: en 1872 ingresó en la Legislatura provincial y en 1874 pasó al Congreso Nacional, donde permaneció hasta 1879, cuando fue designado ministro de Guerra y Marina por el presidente Avellaneda. En 1881 fue electo senador y poco después fundó, con Miguel Cané, el Jockey Club. En 1886 integró la fórmula presidencial con Juárez Celman, de quien se distanció. sucediéndolo en 1890; luego de la renuncia de aquél. Como presidente, le tocó afrontar la liquidación de la crisis del 90. Poco después, durante la turbulenta presidencia de Luiz Saenz Peña, colaboró oficiosamente ara resolver las situaciones más difíciles. Cabeza del Partido Autonomista Nacional, junto con el general Roca, particip5 directa o indirectamente en la conducción política del país hasta 1901, cuando se distanció de Roca. Poco después organizó con otros opositores destacados un movimiento político que obtuvo un resonante triunfo electoral en la capital en 1906. Ese año murió, en momentos en que se abrían perspectivas para la reforma electoral que propiciaba.

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Sáenz Peña, designado para "ofrecer el banquete". Irguióse el orador, buen mozo, elegante, un tanto solemne, radiante de seducción y engreimiento juvenil, cubriendo cierta infatuación de la apostura con lo simpático de la sonrisa. Cuando estaba a punto de despegar los labios, le atajó una salva de aplausos, que celebraba de antemano lo que no había comenzado a decir. ¡Toda su vida! No se necesita agregar que la expectativa no quedó defraudada. Esa grandilocuencia sonora y sentenciosa prometía en verdad algo más que un Don Juan de la política fácil; percibíase, debajo de la frase llamativa, el eco vibrante de una convicción. En el acierto como en el error, en efecto, nunca dejó de ser sincero. Lo fue siempre: así en aquellas horas de ofuscación, en que creyó ver la salud de la patria donde estaba su ruina; como cuando, un cuarto de siglo después, pronunciaba una glorificación sin eco nacional, en que su generosidad imponía silencio a su criterio. La tesis de aquella noche, después de las efusiones cordiales - al amigo presente, trataba el lugar común del patriotismo, partiendo de esta premisa inatacable, y harto significativa en el valiente defensor de Arica: que en la honradez administrativa y demás virtudes cívicas de Chile residía el secreto de su grandeza, y la razón de sus victorias sobre el Perú, enervado por la inmoralidad de los gobiernos... Confieso que, al ver llegar las aplicaciones inevitables, algo me alarmé. Pero perdí luego toda inquietud, notando que del grupo de los amigos y beneficiarios de la presente "situación" nacional, era de donde salían los más "nutridos" (¡admirable adjetivo!) y ruidosos aplausos. Evidentemente, mi candor se había engañado: ¡era el partido nacional quien representaba al virtuoso y desinteresado Chile; tocando al oficial de la provincia el ingrato papel del Perú! . ... Mientras el orador, entre palmadas y vítores, seguía devanando sus bien sabidos períodos, sin concederse un granum salis irónico que pudiera debilitar su alcance: casi enfrente de mí, a poco espacio, el héroe de la fiesta, el cuerpo echado atrás, fruncido el entrecejo, las fuertes manos huesudas apoyadas en la mesa, escuchaba impasible, a guisa di león quando si posa. Tenía a la sazón 37 años, pisando la alta meseta de la vida en que la juventud declinante se junta con la fuerte madurez. Aun sentado y dejando sólo visible el busto, imponía su atlética contextura, toda aprovechada en armazón y músculos, sin adiposo desperdicio. Al pronto, atraía la atención la frente vasta y precozmente arrugada, coronada por el cabello lacio., de un castaño con visos rubios, y que nunca debía encanecer. Los ojos obscuros, un tanto hundidos bajo el arco superciliar muy prominente, vibraban la recta mirada serena v franca. La nariz, algo chata y de alas dilatadas, acentuaba el aspecto leonino de la faz, tan marcado que nadie dejara de señalarlo. El espeso bigote que ocultaba los labios; la corta y resanada barba imperativa, las fuertes mandíbulas y pómulos salientes, completaban armónicamente el carácter del rostro heroico. Las facciones de varonil belleza, expresivas todas de voluntad, energía, valor, parecían modeladas bajo el pulgar de un escultor genial, que procediera por planos vigorosos, sin una blanda redondez. Y por un contraste inexplicado, la impresión final que dejaba aquel conjunto ceñudo y formidable, era la de la fuerza generosa, dominada por una bondad ingénita. Por cierto que, nacido de madre inglesa y padre francés, representaba desde luego una magnífica combinación de las dos razas superiores. Pero los factores atávicos no penetran hasta el misterio de la idiosincrasia individual; mucho menos, tratándose de grandes hombres, originales por esencia. Cada uno de estos seres excepcionales se exhibe como ejemplar único y, por decirlo así, hecho a mano. No se diría sino que, después de vaciarlos en el molde 27

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familial, el Demiurgo los hubiese recogido en estado de materia todavía plástica, para retocarlos según su intento y designio, imprimiéndoles el sello de la predestinación... Otros habían hablado después de Sáenz Peña, repitiendo sus declaraciones partidarias y exagerando sus violencias, cuando se levantó Pellegrini y tomó la palabra_ Sólo le había oído una vez, en el Senado de 1881, combatiendo la "federalización" de Misiones; y no me había satisfecho del todo, acaso por lo improcedente de la tesis sustentada. Aquella noche el orador del Coliseo me pareció notablemente superior al de tres años antes. Los defectos se habían aminorado hasta no quedar sino los rasgos característicos de la fuerte personalidad. El áspero vozarrón de marras, con sus quebraduras en falsete, se había extendido y como empastado, adquiriendo emisión más homogénea y flexible. En la alocución, ya natural, no retumbaba ese énfasis declamatorio y afectada vehemencia de la antigua escuela, que entonces privaban, convirtiendo la tribuna en púlpito gerundiano. Y sin duda que el repentista, un tanto brusco y arriesgado, que Pellegrini nunca dejaría de ser, no se parecía el modulador de cavatinas retóricas que en la América española sigue encarnando la elocuencia. Ya desde entonces, por un instinto superior, orientado hacia la creciente influencia europea que fue disciplinando su gusto algo inseguro, ponía visiblemente sus preferencias en el rasgo sobrio y la fuerte sencillez de los maestros clásicos, a los cuales debía aproximarse más y más sin alcanzarlos nunca. Con todo, en otra región especulativa estaba su dominio. Lo que de veras poseía en grado eminente, además del temple moral adaptado a cualquier evento, era el concepto inmediato de la situación, la facultad de percibir y plantear prácticamente el problema del día, con la visión fulgurante de la solución posible .y casi siempre acertada. De este don superior, unido, cuando es completo, al correlativo de la ejecución, surgirán más adelante muchos ejemplos, puesto que de tales in promptu está jalonada su carrera. Por cierto que nada de esto cabía en la alocución familiar con que agradeció aquella noche el obsequio de sus amigos. No podía, sin embargo, dejar de formular un breve programa de dirección y enseñanza, para esa juventud que se estrechaba ardorosa en torno suyo. Esas palabras, si no eran tal vez las que esperaba su auditorio, fueron las únicas dignas de un hombre de estado: sin una alusión a la contienda presidencial que se anunciaba, proclamó una vez más su adhesión absoluta al orden nacional, única base sólida en que fundarse pudiera la grandeza de la patria. Y ese lema casi trivial cobraba en sus labios alto significado, pues contenía el programa pasado y futuro de toda una vida de lucha, consagrada a arrancar la cizaña localista del campo político, y sobre todo a extirpar del organismo el renaciente sarcoma de la anarquía. Saludadas con estruendosa ovación las palabras del jefe -tan levantadas como inútiles, continuó la zambra oratoria con sus monótonos estribillos de urnas y comicios, instituciones y elecciones. De mano en mano, la antorcha del puritanismo político fue a parar en Larsen del Castaño, donde se apagó. Los moscones de mi mesa no habían esperado tal extremo para hostigarme, no admitiendo que un ente capaz de borronear algunas carillas no lo fuese también para decir en público: esta boca es mía. Todas mis resistencias fueron vanas y hube de marchar al sacrificio. Tomado de la mesa para no caer, alcancé, con voz mortecina, que me parecía de otro, a balbucir algunas frases... ¡Extraño efecto del automatismo mental o del instinto de conservación! Vi al otro día en un periódico29 que, bien o mal dichas, mis palabras habían sido lo que correctamente debían ser: una declaración de prescindencia en la política de bandería, y un testimonio sincero de admiración y aplauso al ministro de Avellaneda.
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la Tribuna Nacional del 5 de abril.

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Estaba respirando en mi asiento, con la sensación deliciosa de quien sale de casa del dentista, cuando Julián Martínez, gran zurcidor de amistades, vino a pegarme el infalible abrazo fraternal, con este agregado: "Dice el Gringo que quiere conocerlo". Al ver que me acercaba, Pellegrini se adelantó algunos pasos, y como me inclinara con alguna ceremonia, recibí un violento zarpazo en la espalda y me sentí aplastado contra el pecho del gigante. Quedé imantado por toda la vida. Así nació una amistad inalterable, que no conoció una sola nube durante un cuarto de siglo, resistiendo sin variación las grandezas y los descalabros, hasta la lúgubre noche de invierno en que vi expirar al hombre que más he querido en esta tierra a.

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El 5 de mayo de dicho año 84 -al mes exactamente del convite de marras-, salía el primer número de Sud América, "diario de la tarde, político y literario". Formaban la` redacción política, según rezaba con visible satisfacción el encabezamiento: Carlos Pellegrini, Delfín Gallo y Roque Sáenz Peña; la literaria estaba a cargo de Lucio V. López y el que esto escribe, quien, además, asumía la dirección. Cualquiera de nosotros, por supuesto, escribía sobre lo que le venía al caletre, pues nuestra confianza mutua y cordialidad de relaciones eran absolutas. Pero, sin especializarse, cada cual de ordinario acudía a su querencia. Regularmente, Pellegrini trataba el tema político del día, y Gallo las cuestiones de interés general. Lucio López poco cultivaba el artículo de fondo, reemplazándolo con una crónica chispeante o un par de sueltos que se clavaban como banderillas en la carne del prójimo; se sabe que también tuvo el diario las primicias de su Gran aldea. Por cierto que el solo nombre de Sáenz Peña, en el membrete, significaba ya un valioso contingente social; además, solía agregarle, de tarde en tarde, alguna bien intencionada variación sobre tema local o sudamericano, (deben señalarse entre sus temas favoritos, los consagrados a la guerra del Pacífico particularmente al coronel peruano Bolognesi, cuyo heroísmo -con mucha razón-no se cansaba de celebrar). Por mi parte, casi me encerré el principio: en las materias de enseñanza y literatura. Allí publiqué muchos cuentos o fantasías, y también una novela, Fruto vedado. Poco a poco, raleando la colaboración, hube de meter en todo mi cucharada; desde luego, en la cuestión religiosa, que comenzó siendo una cuestión escolar. En el ensayo sobre Goyena, he referido las peripecias de aquel alzamiento sectario -tal vez en vísperas de renacer por la imprevisión o indolencia de los que dejan que la pululación parasítica invada el organismo argentino. Y, ¡quiera Dios (como suele decirse) que el inevitable conflicto se mantenga en las regiones del parlamento y de la prensa! Sud América se había fundado con un programa negativo, o sea de simple antagonismo al gobierno de la provincia, reservándose al principio la actitud del diario en la inminente cuestión presidencial. Así se explica cómo pudieron figurar, entre una mayoría de accionistas partidarios de Juárez, no pocos amigos notorios de Irigoyen. Esta misma divergencia existía en la redacción sin causar, durante el primer año, el menor estorbo en la marcha del diario, la cual seguía próspera, por entre polémicas y lances personales que se sucedían por tanda, no dejando de tocar sino a Delfín Gallo, quien, como dice Cervantes, "por ser gordo era pacífico". 29

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Aludí antes a lo intermitente de la colaboración: el verano, en efecto, causó la dispersión de nuestros redactores mundanos, con excepción de Pellegrini, que no dejó de concurrir un solo día. A las 10 de la mañana se aparecía la enhiesta silueta, cruzando el patio de aquel caserón de la calle Bolívar (hoy remate de Bollini); entraba seriote y taciturno, y, encontrándome en pleno borrajear, sobre la mesa cubierta de diarios y papelería, se limitaba, por toda efusión, a soltar un sonoro ¡Joven! y se sentaba también a escribir, la espalda vuelta a la ventana. Terminada la tarea, después de las doce, salíamos con el primer ronquido de la rotativa (la segunda que Marinoni armó en el país), algunas veces a almorzar juntos en el Club del Progreso, separándonos después en la esquina de Perú y Victoria, él con rumbo a su estudio de la calle Rivadavia, yo al ministerio o a la Biblioteca, cuya dirección tomé en enero de 1885. Entonces, en ese puntual y penoso cumplimiento del deber aceptado, mientras otros compañeros andaban en fiestas y paseos, fue cuando empecé a conocer y admirar al hombre de conciencia y voluntad que sabía lo que quería y, manteniendo así en perpetuo training sus enérgicas facultades, podía en cualquier circunstancia exigir de ellas el esfuerzo máximo. A principios de dicho año acentuése el malestar de la hacienda pública, que de meses antes, y en pleno régimen de conversión, se había manifestado por una depreciación sensible del billete bancario. Todos los arbitrios sucesivamente ensayados -curso legal, movilización del metálico depositado, cambio de ministerio, cargo en las tarifas aduaneras, reducción de los gastos fiscales, etc.- habían resultado por igual ineficaces. El cambio continuaba su inquietante ascensión: a 30, a 40 puntos. Los pesimistas anunciaban 50 para el negro porvenir, ¡lo que hacía estremecer nuestras almas todavía inocentes! El gobierno del general Roca resolvió entonces intentar la realización del empréstito exterior que, después de un adelanto por las casas de Baring y Morgen, había quedado en suspenso, reinando en Londres y París algún escepticismo respecto de nuestro crédito -en parte deducido de hechos exactos, en parte atribuible a una propaganda nociva cuyo origen no era europeo. Para llevar a cabo esa negociación laboriosa y de éxito muy incierto fue comisionado Pellegrini, ya director del Banco Nacional, quien se embarcó el 17 de marzo en el mismo vapor que Aristóbulo Del Valle. Entre tanto, la candidatura oficial de Juárez Celman venia ganando terreno en las provincias hasta tornarse incontrastable. Aunque la impulsión, sin duda alguna, partiera en todas ellas de la respectiva camarilla local, no había sido necesario, para amasar la opinión, acudir a excesos ni atropellos. No tratándose ya, en el mercado político, de convicciones sino de conveniencias, la masa electoral del interior, que pudiera vacilar entre dos alicientes, habíase corrido por ley natural al de superior atracción, que necesariamente tenia que serlo el que, con razón o sin ella, izaba pendón gubernativo. Esta consideración fue decisiva; pues, evidentemente, en achaque de sufragio, basta que la mayoría tenga fe en el éxito para determinarlo. En una conversación amistosa que tuve con Pellegrini, la víspera de su partida, le había dejado entrever mi probable separación de Sud América; me hizo el honor de no intentar disuadirme. El caso previsto ocurrió, con efecto, un par de meses después, sin que se alterasen en lo mínimo mis relaciones personales con los que allí quedaban. Al paso que se acentuaba la lucha política, tenía ésta que repercutir en el diario, demostrando la imposibilidad de encerrarnos en un simple programa de oposición platense. Bajo la presión exterior, unos y otros nos apartábamos con frecuencia de la actitud neutral hasta entonces observada. A ciertas manifestaciones juaristas, deslizadas sin mi anuencia en el diario, contesté, haciendo use, de un derecho igual, con una cuasi-proclamación de la candidatura de D. Bernardo de Irigoyen. Para 30

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detener la "bolsa de gatos" en formación, convinimos en promover una reunión de accionistas. El resultado no era dudoso; neutralizados mis votos por los contrarios de mi socio como accionista Julián Martínez, se pronunció una fuerte mayoría por la candidatura Juárez. Intervino un arreglo correcto, y salimos del brazo Gallo y yo, junto con otros disidentes, que también consideraban más seguros los destinos del país en manos del Dr. Irigoyen que en las de su competidor. Me sucedió Sáenz Peña, colocándose el penacho de "Jefe de la redacción", después de cuyo esfuerzo tomó un descanso. La "jefatura" vivió un mes, recogiendo luego la simple dirección Carlos Rosetti, que tampoco duró. Huelga agregar que, con nuestra salida y la proclamación en Buenos Aires del candidato "presidencial" (en ambos sentidos del adjetivo) entraron en montón los colaboradores meritorios, convirtiéndose el periódico en cartel de comités locales. En la comisión de la Capital, de que era presidente el doctor Roque Sáenz Peña aparecía como "presidente honorario" el doctor Carlos Pellegrini: el océano cruzado había sido su Rubicón. A su regreso de Europa, en septiembre, tomó la cartera de Guerra y Marina, que le había sido ofrecida por telégrafo, y que desempeñó durante el año final de la presidencia Roca. De su negociación "financiera", -lo que debe decirse y lo reconoció el Congreso al aceptar las bases del empréstito realizado ad referendum, es que las condiciones obtenidas por el comisionado representaban, en las actuales circunstancia, el límite de lo humana o usureramente concesible. Apenas es necesario añadir que la prensa opositora se ensañó, así en la operación como en el intermediario, decuplicando en sus cálculos alegres -o tristes- los gastos reales de la comisión. Es sabido que la polémica partidaria introduce en la discusión las prácticas de la guerra a cuchillo: trátase por cualesquiera medios de hacer el mayor daño al enemigo. Por lo demás, no era ésta la primera ni la última vez que Pellegrini pudiera aplicarse a sí mismo la amarga sentencia de Hamlet: "¡Ni siendo tan puro como la nieve, escaparás a la calumnia!". En marzo del año siguiente, el partido nacional traía el nombre de Pellegrini al de Juárez Celman en la fórmula presidencial, y harto sabemos cómo triunfó por gran mayoría en la Capital y diez provincias, obteniendo el doctor Irigoyen los votos de Tucumán, y don Manuel Ocampo los de Buenos Aires. El nuevo Gobierno se inauguró pacíficamente el 12 de octubre de 1886 30 5 Por más que Pellegrini conociera a su país y, durante esos ocho o nueve meses de ausencia, no hubiese perdido una hora la comunicación con sus hombres y cosas, el primer contacto de la realidad lo dejó espantado. Experimentaba en lo moral la sensación del que, habiéndose evadido de un espeso fumadero y respirado unos minutos el aire fresco de la calle, vuelve a penetrar en la atmósfera sofocante y el tumulto ensordecedor. "Esta es tierra de locos", repetía al principio, hasta connaturalizarse de nuevo con la locura ambiente. A la verdad, la afección epidémica era siempre una misma, sólo que su período de "estado", como dicen los médicos, había llegado al paroxismo.
30 Groussac juzga el período presidencial de Juárez Celman, a quien considera incapaz de compararse con presidentes como Mitre o Avellaneda, y critica la complacencia de Pellegrini al aceptar la vicepresidencia. A principios de 1889 -ejerciendo interinamente fa primera magistratura tuvo un enfrentamiento con Juárez, que lo decidió a realizar, un nuevo viaje a Europa, del que retornó a principios de 1890.

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Por parte del público, el delirio especulativo no había hecho sino recrudecer, bajo el pululamiento de flamantes establecimientos financieros o ensanchamiento de, los antiguos, que, por esas aceras, abrían sus puertas de par en par a cualquier transeúnte. El antro del vértigo que vino a ser la Bolsa, en aquel tiempo, es necesario, para saberlo (y ¿qué filósofo soñador, qué anacoreta logró substraerse del todo a la atracción fascinadora?), haber seguido alguna vez las filas compactas que desde las 11 del día convergían al templo de Mammón, y asistido a la "rueda" bullidora y vocinglera en que los agiotistas a millares, de patente o intrusos, sudorientos, azogados, congestionados, barajaban a grito herido y con oscilaciones mareadoras los efectos públicos de todo tamaño y color, desde las acciones del Banco Nacional, que empezaran valiendo oro, hasta ciertas cédulas u obligaciones platenses, que acabaren no valiendo el papel. Pero el agio del metálico era siempre el gran fermento de la especulación, en cuyo juego de diferencias y "pases" quedaba mensualmente el tendal de quebrados y molidos. Y ¿qué mucho? si la ciudad entera era una bolsa, donde a todas horas, en los tranvías, en los bares, en los pasillos de los teatros, en los patios de remates, continuaban las operaciones, traspasándose las boletas de fincas urbanas o rústicas, casas en construcción, estancias despobladas o campos nunca vistos, que compradores y vendedores sólo conocían por los planos levantados a vuelo de ave rapaz... En esa "crisis de progreso", como por un chiste siniestro (probablemente renovado de Leroy-Beaulieu) la apellidó su editor responsable, la principal contribución del gobierno consistía en fomentar, por todas partes y en todas formas, los abusos del crédito, con la enfeudación de los bancos oficiales a la política, dispensadora de los descuentos y préstamos hipotecarios; con las incesantes emisiones, autorizadas o clandestinas, de papel moneda, y la multiplicación de los llamados "bancos garantidos" (que ab initio carecieron de garantía real); providencias todas enderezadas a depreciar más y más el medio circulante y consolidar desastrosamente el régimen de la inconversión. Sobre ese fondo de imprevisión y desorden pululaban las concesiones ilícitas, los contratos ruinosos para el Estado, y con adehalas o "coimas" proporcionales para los intermediarios; las comisiones y dádivas ocultas, a más de la distribución arbitraria de los empleos; toda la erupción morbosa que, brotada del organismo nacional averiado, concurría a extender y agravar el mismo mal de que era efecto. En suma, aquel cuadro de excesos y abusos, que Pellegrini volvía a contemplar, no difería del que meses antes había dejado, sino por la mayor intensidad de sus tintas sombrías. Presentaba; sin embargo, un elemento nuevo, de cuyo significado y alcance futuro se dio cuenta inmediata la aguda mirada del recién llegado: "Esa Unión cívica de la juventud, oíle decir a los pocos días, es can llamado al desorden y la indisciplina, factores formidables e indestructibles en nuestra historia: nos dará que hacer..." Comprendí que no se refería solamente al gobierno actual. Harto conocida es la evolución de ese curioso engendro político, que ha vivido veinte años sin más doctrina que la revolución como programa, con la conspiración como instrumento eficaz para cumplirlo. Sabido es que nació de un violento artículo asestado al exitismo servil de la juventud juarísta; la protesta, excesiva, era justa en el fondo y digna de una forma algo menos vulgar. Pero, ¿hay cosa más natural que ser la vulgaridad la salsa más sabrosa al paladar del vulgo? Había logrado tan extraordinaria resonancia esa campaña del 20 de agosto, merced al gran diario que la propagó, a las fulminaciones del oficialismo y, sobre todo, a la receptividad propicia de la opinión, que, el 1° de septiembre, la "Juventud independiente" realizaba en el Jardín Florida un mitin popular, al que se adherían apresuradamente todos los políticos en disponibilidad. Terminadas las innumerables salvas oratorias, se aclamó un vago 32

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programa, cuya cláusula esencial comprendía la organización de comités correspondientes en la Capital y provincias: la Unión cívica estaba constituida. Tal era el esquema de la situación a la llegada de Pellegrini. Durante los meses siguientes se desarrollaron paralelamente los factores varios que acabamos de indicar.. Entrando la crisis en su estado de mayor tensión. -sentíanse crujidos siniestros en la techumbre del edificio gubernativo, cuyas paredes empezaban a rayar algunas grietas precursoras. Se restringían los créditos; los capitales asustadizos ganaban sus guaridas; a la suba incesante del cambio -que se dirigía aceleradamente al 300- correspondía el encarecimiento proporcional de la vida. Paralizados los negocios, las primeras suspensiones de pagos no eran sino el anuncio de las quiebras innumerables que iban a precipitarse y cubrir de ruinas todo el país. La inmigración se detenía, iniciándose el: movimiento de reflujo. Como era de, esperarse, y por repercusión inestable, la situación- política se amoldaba a la comercial. En los primeros días de abril, al rumor y .agitación de los preparativos para otro mitin más imponente de la Unión cívica, anunciado para el domingo 13, el gabinete entregaba su dimisión colectiva al presidente, para dejarle mayor libertad en el cambio de rumbo que por confesión propia se imponía. Durante este interregno ministerial, pues, y a la expectativa de las reformas anunciadas, fue cuando : se efectuó la tumultuosa reunión popular en el Frontón Buenos Aires, y de más está decir que la evocación del Jeu de Paume31 hizo el gasto de las crónicas. Sobre ese mar humano, cuyas olas se desbordaban en las calles adyacentes, derramaron los oradores ilustres u oscuros: algunos el aceite de sus consejos prudentes, otros sus inflamadas incitaciones, o simplemente sus huecos rimbombos, corriendo, por lo demás, todas las declamaciones la suerte común, y para muchas feliz, de no ser oídas hasta el día siguiente. Lo que claramente resultó de la función al aire libre, y de los nombres designados para la junta ejecutiva, fue la decidida orientación de la Unión cívica hacia los propósitos extremos y las soluciones violentas. Los llamamientos a la resistencia legal y a la lucha en los comicios, quedaron archivados en la arenga "nestoriana" del general Mitre, quien, sin duda en previsión del caos que asomaba, se embarcó para Europa algunas semanas después. Las fuerzas crecientes de la Unión cívica, sólo disciplinadas para el desorden, quedaron de hecho concentradas en manos de Leandro Alem, aclamado presidente de la junta, y de Aristóbulo Del Valle, aunque éste no figurase ostensiblemente en ella por su cargo de senador. Desde aquella hora, pues, se reveló a las claras su objetivo, al que no hizo variar un punto, la mejor composición del ministerio (Zavalía, R. Sáenz Peña, F. Uriburu, A. Alcorta, Levalle), ni tampoco la tardía confesión pública, con mea culpa candoroso y' colectivo, del mensaje presidencial. Por declaración del mismo Del Valle, la propaganda cívica no tendió en ningún momento a la inscripción de sus partidarios para el triunfo electoral, sino al engrosamiento de las bandas armadas para un programa de revolución. Pero fue principalmente en las filas del ejército, desmoralizado por las discordias civiles, donde cundieron las prédicas corruptoras, aquí más funestas y criminales, como que, atacando la disciplina y lealtad de la milicia, destruían el principio esencial de su existencia. En un momento de incoherencia Historia de la Unión cívica-, donde se han recopilado en montón las iniciativas laudables y los desatinos, las pocas palabras que merecían quedar, junto a las muchas que nunca debieron pronunciarse, se asiste a la obra de desorganización y anarquía, acometida por los mismos a quienes tocaba contrarrestarla. Son generales,
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Alude el célebre "Juramento del Frontón de Pelota", por el que los Diputados del Tercer Estado francés decide. Ton, en 1789, no separarse ni aceptar la disolución, impuesta por Luís XVI.

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legisladores, publicistas, altos "exponentes" sociales, los que citan para conciliábulos nocturnos a jefes militares, oficiales, hasta cadetes de Palermo, para inducirles a la sedición, pasando por sobre las ordenanzas y los juramentos a la bandera -tal vez, si fuere necesario, sobre los cuerpos de sus superiores o hermanos de armas. Ahora bien: tales aberraciones, que hoy mismo no nos escandalizan bastante, es necesario confesar que no hubo entonces entre nosotros, quien no las disculpara, aceptándolas como medios indispensables para lograr un fin plausible. Y quedará ante la historia, como el cargo más abrumador contra aquel malhadado gobierno, el hecho de haber llevado a tal grado los desaciertos y abusos que su caída apareciera deseable, aun al precio de una conspiración de cuartel y con maniobras tortuosas que la moral reprueba al par del sano patriotismo. No necesitó `felizmente volver a referir la deplorable intentona del 90. Lo hice una vez, a mi modo, al día siguiente de los sucesos y con un acento de vibrante simpatía que me sería difícil encontrar hoy.' Baste decir qué en la mañana del 26 de julio, al estallar la revolución, ésta contaba, a tener un plan de ataque racional, con elementos sobrados para realizarlo. Su núcleo militar "pesado", que comprendía (fuera de muchos jefes adheridos) la mitad de la guarnición (unas 1.500 plazas) con su oficialidad, :e reforzaba notablemente con el concurso de mies de ciudadanos, suficientemente militarizados para distribuirse-en cantones -muchos de ellos mandados por oficiales de línea-, y contener desde allí el avance de las fuerzas de policía. Contaba, sobre todo, con la adhesión ardiente del vecindario, factor importantísimo en los combates de calles, pues, además de engrosar los grupos combatientes, podía allegarles toda clase de recursos... Fue entonces, cuando el buen Dios, compadecido de este pueblo, a vista del "Gobierno revolucionario" que se le había encaramado y ya tiraba decretos como bombas explosivas, inspiró a la junta confiar a un prestigioso general, tan incapaz como valiente -que no es poco decirla dirección del movimiento estratégico, el cual consistió precisamente en la inmovilidad. De esta visible intervención de la Providencia resultó, a los dos días de furioso tiroteo, que hizo algunos centenares de víctimas (inclusos no pocos transeúntes inofensivos), rendirse las fuerzas revolucionarias, volviendo tranquilamente a sus casas los ciudadanos y a sus cuarteles los batallones. Terminó la función, sin cargo para nadie ni pérdida del grado para los oficiales, -cuyos quepis bien galoneados habían de volver muy pronto a fraternizar con las boinas cívicas, en otros alborotos mucho menos disculpables e igualmente impunes-. Eso fue la histórica revolución de Julio. Es sabido como el gobierno, aunque resucitado al tercer día y vencedor de la sedición -gracias a la presencia de Pellegrini y Levalle-, tuvo que ceder al peso de su. impopularidad. El 6 de agosto, el presidente Juárez presentó al Congreso la renuncia de su cargo, que fue aceptada sin discusión, entrando de facto el vicepresidente a desempeñar la presidencia de la República. La caída del régimen juarista y el ascenso del gobierno sucesor, personificado en nombres populares o respetados, fueron recibidos con manifestaciones de entusiasmo delirante, en que se confundían todas las clases sociales y ::nacionalidades. El pueblo, coloso pueril, aclamaba frenético al nuevo mandatario como si, con su solo advenimiento, quedaran resueltos de plano los gravísimos problemas del presidente y curados por ensalmo sus males más profundos. Por cierto que esta ilusión peligrosa, no la compartió el presidente Pellegrini un solo instante ni en grado alguno. Saboreó, sin duda, pues así lo quiere la flaqueza humana, la emoción intensa de sentirse mecido en los brazos del monstruo amansado, pero sin `entregarse a su arrullo, ni olvidar cuán cercano tiene el zarpazo a la caricia. Recuerdo una palabra suya, que arrojó un rayo súbito de luz en la oscuridad que envuelve siempre para nuestra mirada el 34

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fondo de cualquier alma extraña. Al día siguiente de la instalación, Ezequiel Ramos Mejía nos reunió en una comida íntima -los convidados no pasaban de seisen el Círculo de Armas. A la salida, íbamos de dos en dos por la acera estrecha, camino de la casa de Napp, calle Florida, que era la modesta residencia presidencial. Al oírme hablar con Vicente Casares de La popularidad del nuevo gobierno y del factor poderoso que esta adhesión unánime significaba, Pellegrini, que iba delante de nosotros, se detuvo y, poniéndome la mano en el hombro, me contestó: "lo único que debo desear es que el edificio no se me venga encima mientras lo esté apuntalando; que si no, los entusiastas de hoy no encontrarían en él cascotes bastantes con que lapidarme". [...]. No sé si en este desfile de recuerdos podré llegar hasta el capítulo que, según mi designio, saldría dedicado a Leandro Alem, no a titulo de amigo, que a tanto no llegó (en el sentido francés o inglés al menos) nuestra relación intermitente, sino por ser el ejemplar último y más representativo de un tipo político hoy substituido, y que ya resultó anticuado antes de terminarse la representación: el héroe de atrio, el caudillo de comité y parroquia, cuyo prestigio sobre las masas populares se fundaba, ante todo, en la ley de afinidad. Sin duda que algo más necesitó Alem para ascender a jefe de partido y figurar, en cierto modo, como personalidad nacional; pero nunca perdió los rasgos primitivos; y con una autoridad que crecía a medida del éxito, siguió gastando en más vasto escenario los mismos procedimientos y modales, apenas atenuados, que veinte años antes en el atrio de Balvanera. Conocíle por B. Solcevra, en mis tiempos de Sud América, y al principio el desapego fue recíproco. Con su recia enjutez y luto invariable, que recordaba un rasguño femenino entonces proverbial; su chistera al sesgo y botines de elástico; su barba de abanico cubriendo la hueca pechera32, su emplomado bastón, que remedaba un rebenque; con su empaque todo, por fin mezcla de tiesura valentona y quiebro arrabalesco, se me antojó al pronto un comisario de suburbio endomingado. Más tarde, pasando por alto él mi extranjerío y yo sus criolladas, llegamos de veras a simpatizar. Allá por agosto del 90, a las pocas semanas del gran batacazo, apareció una carta suya, pidiéndome públicamente la atestación de incidentes por mí presenciados en Santiago del Estero y que comprometían a terceros; contestéle derechamente no sin insinuarle lo inusitado del procedimiento. Siguiáse algún alboroto., pero de eso no pasó, y desde entonces creo que le caí en gracia. Por esos días, estando solo en la ciudad, solía yo almorzar en el Café de París o en Mercer. Con alguna frecuencia se aparecía allí Leandro Alem, y se acercaba a mi mesa para charlar un rato, entre un cigarrillo y un sorbo de coñac. Este trato familiar me le dio a conocer mejor. Así pude apreciar sus estimables prendas de carácter y esas corazonadas que explicaban su indiscutible prestigio, y no se traslucían siempre en sus actos juzgados a la distancia o con mala voluntad.. Alguna vez, en mis retozos del Courrier FraWais le apliqué 'el epitafio del oso Atta Troll, de Heine: Kein Talent, doch ein Charakter. Seguramente su frente cuadrada no encerraba una inteligencia superior, ni su negra y aguda mirada, menos penetrante que suspicaz, irradiaba la luz de la idea. Pero una energía indomable galvanizaba su desmedrada contextura y, a ratos, de sus facciones duras y macilentas, de su voz delgada y sin vibración habitual, de su ademán nervioso y trémulo de emoción, se desprendían efluvios de lealtad
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Su barba, que blanquea ya, no está manchada por ninguna claudicación", etc.!! Introducción por F. Ramos Mejía a la obra Origen, organización y tendencia de la Unión cínica. El culto fanático del ídolo inspira rasgos espontáneos que la más refocilada caricatura no discurriría. ¡Pero a tal estragamiento del gusto se ha llegado que ya pasa inadvertida la vis cómica de semejante estilo!

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caballeresca, de patriotismo generoso y utópico, tanto más conmovedores, cuando que emanaban de su fondo incurable de hastío personal y de desesperanza. Honda melancolía, como dice Virgilio, es la que se mama con la leche materna. Lo que envenena para siempre el alma infantil no es la pobreza o humildad de la cuna, que, para dorarla de dicha basta la madre; sino la conciencia despertada en el niño con la razón y progresiva a la par de ésta, de no ser como los demás y llevar en la frente inculpable un estigma de inmerecida reprobación. Acaso esa gota de amargura, cayendo hora tras hora en el alma del huérfano moral, destilada por la crueldad escolar, o más tarde por las preocupaciones sociales, más implacables aún, fue la que en él quemara en germen toda ilusión risueña. Así me explicaba yo la por instantes tenebrosa tristeza de su mirar; y disculpaba en parte -comprendiéndola- esa acritud corrosiva de su palabra, que prestaba a sus triunfos populares sobre los gozadores de la vida, una apariencia de desquite y represalia. Desviada de la política, la conversación de Alem ofrecía pocos recursos. Carecía de ilustración general; su lectura era escasa y fragmentaria, aun en historia o literatura americana. Fuera de su derecho profesional y del Talmud "constitucionalista", que no son, por cierto materia de sobremesa algo se le alcanzaba de los autores en boga, como Spencer y Renán33 a a quienes confundía un poco., unciendo al buey con el antílope. Así que, constante en mi doctrina de no pedir peras al olmo, dejaba que la plática se desviase al tema palpitante que él prefería -y yo también en boca suya-. Generalmente, servíale de introito la pregunta: "Y. ¿qué dice el Gringo?" A lo (pie yo solía contestar, entre burlas y veras: "laica que quiere gobernar... . Y él entraba a soltar la retahíla habitual (le protestas y quejas contra el presidente, que se aferraba a no llevar el paso a la Unión cívica. A la sazón, no les separaba todavía el abismo que las conspiraciones y las medidas represivas cavaron después. Procuré una entrevista, que no hizo sino definir la irremediable disidencia entre el oportunismo del hombre (le estado y la intransigencia del sectario, cuya pretensión no iba a menos que revolver de golpe y zumbido las catorce provincias, echando abajo a sus gobiernos, convictos o sospechosos de incívismo. A imitación de su modelo (que tampoco dijo lo que le achacaron), el Robespierre de Balvanera habría sacrificado las "colonias", o sea la República, en aras de su principio, el cual consistía esencialmente en la rebelión contra cualquier autoridad: la lucha de abajo, según la locución trivial que, al caer envuelto en su poncho de vicuña, el caudillo expirante había de legar a sus admiradores34

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Al bajar de la presidencia, Pellegrini se instaló modestamente en la calle Maipú (casi enfrente de la casa donde vivió sus últimos años); y, por lo pronto, el gran calumniado halló honorables medios de vida, entrando a formar parte de la casa de remates que dirigía un deudo
Se trata de dos de los más célebres pensadores positivistas del momento. Herbert Spencer (1820-1903) generalizó el principio darwiniano de la evolución -por adaptación, diferenciación y selección de los más aptos- a todas las esferas de la actividad humana. José Ernesto Renan (1823-1892) fue el filólogo e historiador que revolucionó los estudios sobre el cristianismo. En su Vida de Jesús (1863) sostuvo su carácter humano 34 Estudia Groussac la gestión presidencial de PeUegrini y sus medidas para resolver la aguda crisis económica y política. Se ocupa del Acuerdo entre Mitre y Roca y su fracaso, y la gestación de la candidatura de Luis Sáenz Peña. Destaca el creciente desgaste de la figura de Pellegrini, criticado por casi todos al concluir su mandato en 1892.
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suyo. Allí fue a rodearle la opinión sensata, como marea ascendente llamada a levantarle hasta una situación nacional que muy pocos de sus contemporáneos han alcanzado. Como factores de su autoridad creciente, iban en él desarrollándose a la par las dotes "esterlinas" del estadista amplio y sagaz, del orador persuasivo, del escritor político lleno de eficacia, sin que la experiencia adquirida aflojara el ardimiento del patriota ni los bríos del hombre de acción. Aquellos cinco años del 93 al 97 fueron en verdad los de su apogeo: el período colmado de la vida, en que toda iniciativa alcanza su corona, cualquier camino conduce al éxito triunfal y, por cada empresa realizada, se añade a la fruición de la victoria el premio del aplauso público. Pasé viajando del Plata al Niágara- todo el año 93 y parte del siguiente; de suerte que sólo por los diarios y referencias posteriores conozco las incesantes agitaciones de, aquel lapso calamitoso. Pero ningún argentino, de los que entonces tenían edad de hombre, ha menester seguramente que se le traiga a la memoria esa interminable ristra de peripecias y disturbios, ¿quién no recuerda los tumbos y tropezones de un presidente senil que, al revés de Sixto V, no esperó sino su inauguración para arrastrarse con muletas, no sabiendo oponer a los elementos desencadenados más que su optimismo iluso y su voluble buena fe? ¿Cómo olvidar aquellas revoluciones, que estallaban como fuego graneado, de Buenos Aires a Jujuy; los ministerios de un mes; la sedición aceptada como programa de gobierno e instalada en la Casa Rosada; el estado de sitio en permanencia; siete provincias intervenidas , todo el país "convulsionado", como aquí se dice acertadamente, asemejando la anarquía sudamericana a una neurosis? Teníase por fin, como compendio del caos imperante, la crisis gubernativa incurable a los seis meses de inaugurada la primera magistratura, cuyo colapso, con pérdida del sentido, había de prolongarse casi un año después del desahucio. Tales eran las consecuencias de una mala designación: ¡error inexplicable en quien, no pecando de "grave", debiera no haber creído en la gravedad! Es muy conocido hasta de los ausentes- el concurso decisivo que, por deber de patriotismo, más que de solidaridad personal, prestó Pellegrini al presidente Sáenz Peña, mientras consideró ligada a la salvación del régimen la suerte del país. Siendo notorios sus principios de partidario a todo trance del orden legal, a nadie extrañó su actitud resuelta contra el radicalismo revolucionario, pero no hubo quien dejase ele admirar la certeza y vigor de los golpes que asestó (pues todos reconocieron la mano apenas oculta que desde fuera hacia las veces del gobierno impedido) a la hidra anárquica, hasta dejarla temporalmente fuera de combate. El mismo -en ese admirable y ya citado discurso de junio de 1906, que vino ti ser por íntimo presentimiento su testamento político- ha pintado con su manera sobria y precisa el cuadro lúgubre del país en aquel "año 93", que hasta por su numeración cronológica evoca escenas de "terror" y de guerra fratricida. Allí mismo, después de definir netamente la actitud del grupo gubernista y de la oposición ("un partido que buscaba la reacción institucional por medio de la revolución; otro, en el que tenía yo el honor de figurar, que perseguía los mismos fines por medio de la evolución pacífica"), declaraba Pellegrini que, consultado acerca ele la situación por el incansable consultador, había optado porque se ofreciese el poder al partido radical en la persona del doctor Del Valle, "cuya inteligencia, honestidad y sincero patriotismo eran indiscutibles". Constituyóse, en efecto, el 5 de julio, un ministerio Del Valle (acompañaban a éste Lucio López, Virasoro, Demaría y Enrique Quintana), el cual, sucediendo al ministerio Cané, que sólo vivió ocho días -l'espace d'un matin- pudiera envanecerse con su longevidad de treinta y seis. Pellegrini, aprovechando lo que creía fuera una tregua, marchóse al balneario del Rosario de la Frontera. 37

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Han quedado justamente famosas aquellas "cinco semanas en globo" del doctor Del Valle, que parecieron cortas a este público meridional, insaciable de exhibiciones oratorias, sobre todo cuando fuera el exhibidor, como en este caso, un maestro de la elocuencia tribunicia: el más sonoro y vibrante, el más idóneo para conmover el alma popular. Ministro de puertas y ventanas abiertas, deliciosamente entregado a las ovaciones callejeras, puede decirse que, durante su breve paso por el poder, inauguró el gobierno verbal, dictando más arengas que decretos y administrando desde el balcón. Jefe civil del gabinete, se había reservado ¡síntoma significativo! la cartera de la Guerra -civil, naturalmente- siendo su programa declarado (y aceptado al pronto por el inefable presidente) el vuelco mano militar¡ de las situaciones provinciales. Empezó por la del Buenos Aires, que más a la mano le venía, y con el éxito triunfal que es inútil recordar. "Bien cortado, decía la vieja Catalina de Médicis, ahora falta coser". Pero, en momentos de empezar la costura, se presentó otro sastre, que conocía mejor el paño: Pellegrini, haciendo justicia a la eficacia revolucionaria de su íntimo amigo y constante adversario político, se había puesto apresuradamente en viaje de regreso. Sabido es cómo el tren en que venía fue detenido una hora en Heredo, por una partida revolucionaria que consultó al doctor Hipólito Irigoyen, presidente del comité radical de la provincia, quien se honró contestando que se dejara el paso libre al doctor Pellegrini. Esto ocurría el 6 de agosto, el día mismo en que se conoció la renuncia del gobernador J. Costa. El 12, el gabinete Del Valle presentaba también su renuncia colectiva, después de una borrascosa discusión con el jefe de estado "visiblemente conmovido". Sentíase la acción eficaz de Pellegrini, a quien había bastado una semana para volcar el ánimo del presidente y del Congreso en favor de la intervención en Buenos Aires y otras provincias que ayer rechazaran. Así quedaron desbaratados los planes del ministerio y del partido radical; resultado que, hablando con lisura, quizás arguya menos por lo sólido del brazo amasador que por lo blando del amasijo. Aunque la firme actitud del doctor Manuel Quintana, que sucedió a Del Valle, apoyada en el estado de sitio y las intervenciones armadas, conjuraba virtualmente los mayores peligros de la situación, tenía que cumplirse en parte, siquiera rematarse en un fracaso, el plan de conflagración general a que se habían anticipado los estallidos de Buenos Aires, Santa Fe y San Luís. A esas hogueras en pleno ardimiento se agregaron casi simultáneamente, en la segunda quincena de septiembre, las de Tucumán, Corrientes y Catamarca, fuera de las perturbaciones inminentes en las provincias limítrofes. El síntoma más grave era sentir vacilante el instrumento de represión: la sublevación del regimiento II° en Tucumán y del acorazado Atoles, así como el audaz levantamiento dé dos torpederos en el Tigre, parecían, más que erupciones esporádicas, indicios de una contaminación general en el ejército y la armada. . . Felizmente, aquel espectáculo vergonzoso, que importaba la abdicación de tantas glorias pasadas, produjo una sana reacción del honor militar y del patriotismo. Jefes y tropas, en su inmensa mayoría, quedaron agrupados en torno de su bandera; los amotinados fueron sometidos y prontamente recuperados por la fuerza los barcos rebeldes, con aprehensión del principal instigador, que fue sometido a consejo de berra. Por fin, el 2 de octubre, el general Roca anunciaba en Rosario, ayer cuartel general de la revolución, la captura del doctor Leandro Alem, que se encontraba allí, ¡ejerciendo su senaduría! La pacificación material, si no política, del país, se completó en pocos días. Durante aquella victoriosa campaña de defensa constitucional contra los embates regresivos de la indisciplina de cuartel y de la barbarie montonera, la figura de Pellegrini no cesó de ocupar el primer término, ya en los consejos de gobierno, ya en el teatro de la acción. 38

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No se ha borrado del recuerdo popular su arriesgada expedición a Tucumán, por entre poblaciones hostiles que habían destruido la vía férrea, y levantado a sus órdenes la división de Bosch, que ambos jefes, civil y militar, sentían corroída por el virus sedicioso y dispuesta a sublevarse, al modo de un arma oxidada que se teme haga explosión en la primer descarga. Superados los obstáculos y sometidos los rebeldes, Pellegrini volvió sobre Santa Fe con la mayor parte de sus fuerzas, que se incorporaron en el Rosario al ejército del general Roca. Con esta cruzada pacificadora se engrandeció más aún su personalidad. En tanto que su nobleza cordial y generosa le granjeaba el afecto de cuantos se acercaron a él, su decisión perspicaz y serena energía completaban su silueta política, irguiéndose desde entonces, ante el país entero, como el firme adalid de la par interna y del orden legal 35.

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No es dudoso que en el desapego por el poder, que Pellegrini manifestara entonces, entraba por mucho el desfallecimiento visible de sus fuerzas físicas. Con todo, una mañana que estábamos solos en su escritorio, como me mostrara disconforme con su abstención, tuvo este desahogo: "Para una gran presidencia, hace falta un gran congreso". Y una vez saltado el tapón, se derramó el contenido. Era su aspiración de muchos años propender ala depuración del cuerpo legislativo, base del gobierno democrático; pero este desiderátum del patriotismo él no lo creía asequible por el solo sufragio libre, mientras careciese de libertad moral, o sea de discernimiento, el pueblo llamado a ejercitarlo. Lo que importaba y urgía, pues, antes de emancipar la masa electoral, era educarla y formar su criterio. Faltando esta condición previa, la libertad, puesta al servicio de la ignorancia, equivalía a un arma de fuego en manos de un niño: en lugar de la anarquía contra la lev se tendría la anarquía según la ley. Lo más que por ahora podría intentarse, consistía en aplicar benéfica v moderadamente el antiguo régimen tutelar, propendiendo a la buena selección de los gobiernos provinciales, para que esto, a su vez usasen de su legítima influencia en favor de tos candidatos al Congreso, más capaces y dignos. Para componer el edificio constitucional, sin hacer tabla rasa de lo existente, no había más que reemplazar sucesivamente cada piedra deteriorada por otra sana hasta lograr en muchos años la renovación de la vetusta fábrica. Tal era, según Pellegrini, el método aconsejado por el juicioso oportunismo, que encierra toda la política. Y bien -le dije-, precisamente porque no es materia de leyes ni decretos, sino de acción personal... -Sí ----me contestó-, pero la acción personal se apoya en la energía física. Hablaremos de ello cuando hayan vuelto las fuerzas... Desde fines de dicho año, había ido en aumento el malestar de Pellegrini, caracterizado por la depresión nerviosa, la pérdida del apetito con el debilitamiento consiguiente del organismo y demás manifestaciones neurasténicas del surmenage. Quedó resuelto un viaje a Europa -tanto más indicado cuanto que en Buenos Aires, con neurastenia y todo, proseguía el enfermo su tejemaneje político. Se embarcó el 11 de marzo de 1898, en el Cordillére, dejando

Las páginas siguientes consignan la actuación de Pellegrini como senador durante la presidencia de José Evaristo Uriburu (1895-98). Tuvo allí importante participación en la discusión de los problemas financieros y en los atinentes al litigio con Chile, cuando sostuvo lo absurdo de la guerra que amenazaba. Finalmente, organizó la candidatura presidencial de su amigo, el general Roca.

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bien resuelto el problema provincial con la elección -obra suya-- del doctor Bernardo de Irigoyen para gobernador de Buenos Aires. Hice el mismo viaje, dos meses después. A mi arribo a París, por julio, encontré a Pellegrini en el hotel Ritz, y aparentemente en el mismo estado. A principios de agosto, se trasladó a la Maison d'liydrotherapie del doctor Accolas, en Neuilly. No bien instalado, sufrió un ataque violento que puso en peligro su vida, persistiendo la gravedad en grado tan extremo, que pasó más de treinta horas en completa inmovilidad, sobre un colchón tendido en una mesa. Esa mañana ele verano teníamos cita Cané y yo pare dar un paseo al Bosque ,y almorzar por aquellas delicias. Estuve a las 10 en la calle Alfred de Vigny donde vivía (pared por medio, precisamente, con el doctor Hayem); al abrirme, el ayuda de cámara me descargó este pistoletazo en el pecho: "M. Pellegrini est agonisant". Al punto entró Cané, y quedamos varios segundos mirándonos con los brazos al aire, sin una palabra. Subimos en su charrette y llegamos a Neuilly. Silencio mortuorio en el cuarto del enfermo, donde sólo penetran los médicos, Hayem, Dupré, más tarde Lancereaux, traído por uno de nosotros. En el cuarto contiguo, donde estamos y se encuentran ya cinco o seis íntimos -Vicente Casares, Ezequiel Ramos Mexía, Rufino Varela, etc—, se repiten en voz baja algunos términos oídos a un practicante y que entendemos a medias: epistaxis, arteriosclerosis, anemia bulbar... Se teme de un momento a otro una complicación imprevista, otra hemorragia o síncope quizá fatal. Las horas se arrastran tétricas; poco a poco, el recibimiento, la antesala, la escalera, se han llenado de argentinos, sinceramente consternados: hay que evacuarlos en el jardín, en ese antiguo parque de Luís Felipe, por entre cuyos olmos seculares se deslizan melancólicas siluetas de pensionistas, azorados por la ruidosa invasión... ¿Qué tuvo Pellegrini? Ninguno de aquellos ilustres profesores nos hizo confidencias, las cuales, por otra parte, hubieran sido contradictorias, pues Hayem y Lancereaux no se entendieron. Este, gruñón, hirsuto, salió una vez de la consulta, refunfuñando: 'Ta neurasthénie, je ne sais pas ce que c'est!..." Alguien dijo que la astenia se originaba en una insuficiencia bulbar, sin lesión. Así se explicaría lo relativamente breve de la crisis. La semana siguiente, en efecto, el enfermo se levantaba, y a poco bajaba al jardín. Larga fue, sin embargo, la reacción física, y acaso siempre precaria, quedando suspendida de un hilo la espada invisible: no así la reacción moral, que pronto recuperó su imperio en esa naturaleza heroica. Al mes del ataque, tuvo el capricho de inaugurar, con una comida de amigos íntimos, la nueva sucursal de Paillard, en los Campos Elíseos. Y en el blanco salón iluminado, al cual formaban oscuro marco los follajes de otoño que dos o tres voces femeninas parecía que poblaran de gorjeos, estos ágapes de la convalecencia se envolvían en velo de intensa y casi fúnebre melancolía. Cada cual desempeñaba su papel a conciencia: entre el pálido anfitrión y las damas fingidamente alegres, cruzábanse las chanzas de otro tiempo; pero caían súbitos silencios que todo el chisporroteo de Cané no alcanzaba a disimular. Y la fiel compañera, con su faz de Dolorosa (pues el sufrimiento que aniñaba temporalmente al hombre "maternizaba" a la mujer) lograba sonreír desde enfrente a su Gringo, mientras palpaba envuelta en su pañuelo la ampollita con nitrito de amilo, que había de romper en caso urgente u. . .

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Once more upon the waters! Pero este viaje sería el último. Infatigable en su afán de observación v estudios comparativos, que pudiesen aplicarse a su país, pasó de Europa a 40

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Estados Unidos a fines del 904. Después de veinte años, volvió a recorrer la enorme república, recordando lo pasado a vista de lo presente, y comparando aquella "democracia triunfante" con sus remedos o parodias de Sud América. Conservo una postal jocoseria que me enderezó de Chicago, como eco a una frase de mi libro Del Plata al Niágara, que le está dedicado. Sus impresiones se encuentran consignadas en seis cartas interesantes que salieron a luz en La Nación. Se embarcó de retorno en el vapor Aragón, que también traía la "tropa" de su viejo amigo Coquelin y llegó a Buenos Aires el 6 de agosto de 1905. Si algún resabio pudiera quedarle de las pasadas injusticias, bastaría para desvanecerlo el imponente recibimiento que festejó su desembarco y recordaba el triunfal de seis años antes. Junto a los grupos de amigos personales y políticos, atronaba los aires, con sus aclamaciones, la juventud universitaria, deseosa de borrar lejanos extravíos. Esta misma, a los pocos días, completaba la reparación, ofreciendo a Pellegrini un banquete, que fue ocasión para una de esas efusiones paternales que el contacto juvenil solía inspirarle. Fue su gran amargura, por entonces, la muerte súbita de Cané (5 de septiembre), de la que también encuentro un eco melancólico en mi libro de apuntes. Pellegrini no quiso hablar ante el sepulcro del amigo fraternal; ni volvió a tomar la palabra en público hasta la conferencia que dio en el Prince George's Hall, sobre los "Británicos en la Argentina". Y a este propósito, recuerdo un rasgo suyo que le caracteriza. Una tarde de noviembre entraba en mi despacho de la Biblioteca, en procura, me dijo, de algunos datos complementarios sobre la histeria de la colonia inglesa en el país: "Muy bien, le contesté: voy a prepararle- eso para la semana..." Me interrumpió: "¡Oh!, ¡qué embromar!, ¡si la conferencia es para esta noche!". Se llevó los apuntes que nos vinieron a la mano y habló con éxito extraordinario, haciendo de chairman Emilio Mitre. Por natural afinidad, habían estrechado sus innatas simpatías aquellos dos seres superiores. Ante la tumba del General Mitre, el despedirle, como él decía, "en los dinteles de la inmortalidad", Pellegrini había depositado un homenaje conmovido y conmovedor. Algunas semanas después, la lista de coalición, que esos dos nombres encabezaban, triunfaba por gran mayoría contra cierto oficialismo, en las elecciones para diputados de la Capital. Al día siguiente. '12) de marzo, ocurría el fallecimiento del presidente Quintana, después de una larga enfermedad, sin producir la menor conmoción en el país, estando el sucesor en ejercicio del poder desde el 25 de enero, y sabiéndose, además, que el nuevo gobernante contaba con el apoyo simpático de los dos grupos coligados. Aquel año, que fue el de los grandes funerales, pasé la semana santa con Pellegrini y tres o cuatro convidados más, en el castillo de don Ernesto Tornquist, en la Sierra de la Ventana. En la estación de Bahía Blanca invadió el andén un numeroso grupo local, a quien el ilustre viajero arengó desde la plataforma del vagón. Celebrando el desarrollo presente de la nueva ciudad y anunciando el futuro, tuvo fina frase extraña que nos impresionó: "Ese porvenir por cercano que estuviere, yo no lo veré...". Parecióme notar una ligera alteración en su acento, y sentí en mi frente el leve soplo helado de que nos habla Job... Durante aquellas horas de incesante contacto, en efecto, volví a encontrar al convaleciente de París abatido y melancólico, muy diferente del Pellegrini elocuente o jovial que todavía "representaba" en el escenario del parlamento o del club. Allí mismo, Sin embargo, bajo el estímulo entonador del delicioso abril montañés, solía recobrar su buen humor chacotero, y por momentos el ademán amuchachado de otros años. Pasamos, a la verdad, días encantadores en aquella residencia señorial s, cuya hospitalidad perfecta ofrecía todo el confort moderno, en el ambiente de expansiva cordialidad que mantenía el dueño de casa: 41

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curiosa combinación germano-argentina (le áspero financista y hombre de mundo liberal; banquero con gustos de artista; entusiasta, nervioso, infatigable a pesar de su arruinada salud; terrible organizador de programas pedestres, de los que volvíamos rendidos- y despejados, desplomándonos en los rocking chaira, mientras él se sentaba al piano y tocaba un preludio de Bach... Por supuesto que las excursiones de Pellegrini, cuando no limitadas al parque vecino, eran siempre en coche. Aun así le ocurría volver cansado y dando cabezadas. Esta tendencia a quedar dormido por unos minutos varias veces al día, faltando un excitante exterior, era antigua en él: el escultor Coutan, entre otros, me la había señalado. En los días a que me refiero, parecióme que aquello tomaba carácter morboso y degeneraba en una como "narcolepsia" (que yo conocía bien, por haberla sufrido pasajeramente), la que suele ser sintomática de afecciones nerviosas o cardíacas. Una vez, al abrir los ojos, me dijo sonriendo: "Tengo el ala quebrada. . . `. Pero luego se sacudía con una pirueta y nos contaba anécdotas hasta organizarse el querido tresillo. En mayo se incorporó a la Cámara de diputados, donde el 11 de junio pronunció el patético discurso ya mencionado, sobre la ley de amnistía, y que hoy nos -parece contener en sus recomendaciones solemnes el presentimiento de la suprema despedida, el Nuc dirnittis anunciador de la próxima separación. Cuatro días después, el 15, experimentó un malestar general que se creyó fuese influenza. A poco, aparecía una erisipela a la cara. La inflamación siguió su curso, sin que el período de erupción ofreciese accidentes alarmantes, si bien la albuminuria alcanzaba proporciones enormes. Con la descamación y el descenso de la temperatura pareció que la enfermedad se encaminaba a la curación. A fines del mes, los diarios anunciaron el próximo restablecimiento, hablándose ya de la estación de invierno (Paraguay o Santa Catharina) donde Pellegrini terminaría su convalecencia. En los primeros días de julio, sin embargo, reapareció la fiebre, entrando los médicos a preocuparse con las complicaciones que el terreno desgraciadamente preparado hacia temer. Sin atribuir excesiva importancia a un principio de congestión pulmonar, los facultativos comprobaron, los días siguientes, graves desórdenes nefríticos y circulatorios. El 10 de julio se declaró una hemorragia, seguida de muchas otras; y desde entonces todas las lesiones antiguas y nuevas de un organismo averiado se congregaron para el pronóstico funesto. Y era tal, sin embargo, la resistencia primitiva de esa complexión hercúlea, que el combate vital se prolongó por varios días. El 15, perdimos toda esperanza, desde el anochecer aparecieron los síntomas supremos. A la una y media de la mañana, sintiéndome indispuesto, me retiré por entre la muchedumbre apiñada desde la escalera hasta la esquina de Tucumán. Al llegar a mi casa, la sirena de La Prensa, rasgando siniestramente el silencio nocturno, me confirmó el previsto desenlace. Fuera intolerable vulgaridad, prolongar este ya muy largo ensayo, insistiendo en la honda impresión causada por la muerte de Pellegrini, o en las manifestaciones del duelo público y honores oficiales tributados a su memoria. Por algo más significativo, sin duda, deben tenerse los mil y mil impulsos de las simpatías individuales, que en homenaje a tan alta ,memoria se congregaron a la voz de sus amigos, y se lían condensado: en el gran colegio creado bajo su dedicación; en el admirable mausoleo de Mercié que ayer se inauguraba, como homenaje del Jockey Club a su primer presidente; por fin, en el bello monumento obra del escultor Coutan, erigido en el sitio que Pellegrini, tan moderno y amigo de todas las elegancias, hubiera elegido con preferencia a cualquier otro punto de la ciudad natal. Pero la ofrenda que más apreciara su gran corazón, es la del corazón mismo: este inmortal recuerdo de él, que conservamos todos los que le hemos querido, y, cual planta sagrada, seguimos cultivando en el hortus conclusus de la vida interior: esta sinceridad del sentimiento que, al encontrarnos juntos 42

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algunos de los que él amaba, nos lleva irresistiblemente a evocar su sombra familiar, como quien rinde culto al valor cívico, a la grandeza de alma, a la bondad. Murió antes de cumplir los 60 años. Aunque sus amigos íntimos presintiéramos desde años antes que ya poco había de vivir, arete esa desaparición relativamente prematura y la escasez presente de almas y espíritus superiores, en esta Argentina hoy desierta de héroes, ;cuántas veces exclamamos involuntariamente: "¡Ah, si estuviera Pellegrini!. . .". Deploremos su pérdida, pero no le compadezcamos. A pesar del mal interno que le abatía quiso, como el Romano morir de pie consumiendo en aquella ya citada oración patriótica sus últimas energías. Ha caído entero sin conocer la decadencia, y dejándonos la ilusión de un ascenso interrumpido. Por esto mismo, el porvenir acrecentará más y más su airosa figura, aunque esfumando quizá los nítidos contornos con que la vemos hoy. La invencible leyenda, como yedra vivaz, invadirá el zócalo de la estatua. Acaso las generaciones. de otros centenarios argentinos, que . estudiarán nuestros tiempos cual hacemos nosotros los de Mendoza o Garay, al contemplar el monumento de Pellegrini, en que aparece montando una proa de navío, vacilen un tanto en la interpretación. Puede que unos exegetas descubran allí al hábil y denodado "piloto de tormenta" que guió la nave del Estado por entre los escollos del mar bravío mientras otros descifren al caudillo innovador, vástago europeo brotado en tierra argentina, que tantas veces cruzara el océano, tras el anhelo de dotar a su patria con nuevos trasplantes de civilización y riqueza. Y sin duda estarán en lo cierto-unos y otros, resultando una vez más no ser las tradiciones legendarias sino símbolos de la varia y complexa realidad.

ROQUE SAENZ PEÑA 36

Algunos amigos del doctor Roque Sáenz Peña me expresaron, días pasados, el deseo de reimprimir las páginas que dediqué a su candidatura presidencial hace diez y siete años, en circunstancias bastante análogas a las presentes. He vuelto, con este motivo, a leer el folleto aludido -La luche: presidencial- ocurriéndome al pronto que, para quedar utilizable, necesitaría sufrir la propia operación que el cuchillo de Juanito37, el cual, como sabéis, quedaba siempre el mismo, aunque le mudaran sucesivamente el mango y la hoja. Lo primero que encontré de más fue la polémica personal, hoy inoportuna y caduca, y que acaso no fue nunca necesaria. En cambio, me parecieron viables los capítulos de historia y
Roque Sáenz Peña nació en Buenos Aires, en 1851. Entre 1874 y 1877. mientras completaba sus estudios de derecho, se desempeñó en las milicias porteñas que combatieron la sublevación. mitrista de 1874. En 1876 ingresó a la Legislatura porteña, en representación del autonomismo. Cuando estalló la Guerra del Pacífico fue a servir en el ejército peruano, y tuvo una destacadísima actuación en la defensa de Arica, que le valió una prisión en territorio chileno. En 1881 fue designado subsecretario de Relaciones Exteriores, comenzando así su prolongada carrera diplomática. En 1885 funde, con Pellegrini, Groussac y otros, el periódico oficialista Sud América. En 1887 participó en el Congreso Sudamericano de Derecho Internacional y en 1889 en el Primer Congreso Panamericano, celebrado en Wáshington, donde se hizo célebre una frase suya: "América para la humanidad". En 1890 fue efímero ministro de Juárez Celman y en 1891 hubo de ser candidato a presidente, siendo desplazado por su padre, Luís Sáenz Peña. Allí decidió retirarse a la vida privada, volviendo a la actividad pública sólo en 1906, cuando fundó con Pellegrini una coalición política antirroquista. Siendo presidente Figueroa Alcorta --quien lo apoyaría para acceder luego a la presidencia volvió a la vida diplomática, retornando al país en 1909, en vísperas de su elección. Su acción presidencial, abreviada por una enfermedad que lo obligó a continuas licencias, estuvo signada por la sanción de la ley electoral, cuya completa aplicación no pudo, sin embargo, llegar a ver, pues murió en 1914.
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En francés, le couleau de Janot es dicho proverbial (sacado de una farsa popular de Dorvigny) cuyo sentido se desprende del tex

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filosofía electoral, completándolos con unos cuantos datos y perfiles recientes. Pero la reseña biográfica del candidato, entonces proporcionada a su carrera relativamente breve, resultaría hoy harto insuficiente, faltando casi entero el período significativo de la madurez. Los años, que para otros corrieron estériles, le han sido ocasiones de triunfos cívicos al par que de enseñanza. Para él las manos próvidas del tiempo han rebasado en promesas cumplidas. Y ahora, la vida de Sáenz Peña se desarrolla a la vista como un rico tapiz, en que se suceden las escenas patéticas y nobles, entre la doble orla nunca empeñada de la lealtad y el patriotismo. No cabría, pues, el cuadro actual, ya dilatado con nuevos e importantes episodios, en el marco de antaño. Sin embargo, paréceme --si no es otra ilusión paterna- que una impresión general de verdad se desprende del conjunto, por entre la variación inevitable de algunos pormenores. A pesar de lo dicho, puede, que sea justificable el impulso que ha llevado a estos amigos, buenos jueces en oportunismo político, a preferir el boceto de marras (prescindiendo, por cierto, de la mediana ejecución) al que pudiera surgir todo entero de la flamante actualidad. El solo hecho de subsistir, después de casi veinte años, el parecido fundamental de la situación, y haber quedado todavía valederas -las razones que, a no suscitarse el obstáculo intangible, auguraban el triunfo de esa-. primera candidatura confiere hoy a la segunda un ascendiente moral y una como legitimidad histórica tan evidentes que fuera vano discutirlas. Por su parte, el viejo compañero de las horas pasadas, buenas ó malas, y que lo será de las venideras si sé las depara el destino, no hubiera renunciado sin esfuerzo a completar la obra de probidad y justicia qué ya desempeñó confiadamente; cuando se presentaba más incierto que hoy el éxito de la jornada. Y heme aquí, haciendo un corto paréntesis a mis ocupaciones agobiadoras, para atestiguar otra vez ante el país la bondad de la solución, a que visiblemente se inclina por enorme mayoría. Según- lo tengo dicho más arriba, conservaré del bosquejo primitivo todo lo conservable, sin dejar de usar también (como que, al fin, son cosas propias) de otros escritos míos relativos a Sáenz Peña. Y ello, no porque me fuera difícil Encontrar forma diversa, y acaso mejor, para la expresión de ciertos rasgos que, necesariamente, tienen que volver a salir a luz; sino, lo repito, porque las palabras que han- sufrido sin desvirtuarse la acción del tiempo cobran con esta prueba decisiva no sé qué autoridad y eficacia singulares para el mismo que las profirió. Por lo demás, han de sobrar, en esta llamada reimpresión, los pasajes inéditos, sugeridos por lo distinto de las circunstancias. No necesitará el lector que con signos tipográficos se le señalen las páginas o párrafos suplidos: creo que bastante resaltarán por sí solos los que no pudieron escribirse en aquellos años de crisis y zozobra y. por el contrario, repercuten ecos de bonanza y preludios triunfales de la próxima etapa secular.

1 EL CANDIDATO

Roque Sáenz Peña nació en Buenos Aires, de antigua familia porteña, el 19 de marzo dé 1851. Después de cursar estudios preparatorios en la Universidad, se matriculó, en febrero de 1870, en la Facultad de derecho. Estaba terminando; sus estudios jurídicos cuando los interrumpió la revolución mitrista del 74. Se alistó inmediatamente, con otros compañeros de aulas, en las filas del gobierno; fue nombrado capitán del primer batallón del 2° regimiento de guardias nacionales, mandado por Julián Martínez -y cuyo cuartel, según entiendo, se 44

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encontraba en la calle México, en el propio sitio donde escribo estas líneas38. Este cuerpo formó parte de la división del coronel Luís M. Campos, que se organizó en Mercedes y marchó luego a Iras Flores para operar contra el general Rivas. Terminada la campaña, Sáenz Peña recibió los despachos de teniente coronel de guardias nacionales. Se graduó de doctor en derecho el año siguiente (a esta misma promoción pertenece el doctor don Juan N. Terrero, hoy obispo de La Plata), bajo el rectorado del doctor Vicente F. López, con una tesis sobre la Condición jurídica del expósito: clara, precisa, metódica, y que, por un caso de discreción39 muy raro en la edad de todas las exuberancias, condensa lo esencial del asunto en catorce páginas. Abrió su estudio de abogado; y durante tres años ejerció la profesión con éxito creciente, patrocinando, entre otras causas importantes la ley de educación, y produciendo con este motivo una defensa brillante y sólida que le mereció entusiastas aplausos de Sarmiento. Habré de volver luego sobre esta faz interesante de su personalidad. Entre tanto, había sido elegido (1876) diputado la legislatura de Buenos Aires. A poco de incorporarse a la cámara se hizo notar, más que por la frecuencia de sus intervenciones en los debates, por el carácter marcadamente utilitario de algunos proyectos por él elaborados, así como por la sólida información y hábil dialéctica que revelaba al sostenerlos. Su ecuanimidad y ese don ele simpatía, que irradia la generosidad unida a la fuerza, le llevaron a la presidencia de la cámara, al inaugurarse el: período de 1877, casi por el voto unánime de sus colegas, siendo así que para la elección de las demás autoridades fue muy disputada la estricta mayoría40. Eran aquellos días paroxismales cuya calina aparente sólo significaba una tregua fugaz entre dos tempestades. El estremecimiento de las discordias civiles vibraba aún en los labios de los oradores, enardeciendo las discusiones más inocuas: ¿Qué sería curando éstas atañían a 'las prácticas ele: torales' El primer día en que Sáenz Peña ocupó la presidencia debía considerarse la renuncia altiva, y casi afrentosa para la cámara., que el diputado Ricardo Lavalle arrojaba al rostro de la mayoría, acusándole de complicidad en elecciones fraudulentas. Pop antiparlamentario que fuese, el "gesto" enérgico no desagradaba in petto al joven presidente., quien había de repetirlo un año después: salió del paso y evitó el escándalo, procediendo a la votación de la renuncia sin discutirla. Por rara coincidencia --que había de reproducirse más tarde en forma más apremiante y solemne-, en esos mismos años era presidente del Senado provincial el doctor Luis Sáenz Peña. Con todo, esas funciones honrosas pero algo pasivas de la silla curul, más se avenían con la gravedad doctrinal del padre que con los pruritos oratorios del hijo y por eso le ocurría con alguna frecuencia, durante aquellas sesiones de 1877, dejar el sillón y bajar a la arena para sostener o atacar el proyecto del día. Sólo recordaré, como ejemplo, su notable impugnación a un discurso del diputado Luis V. Varela, sobre conmutación de penas, porque este conflicto de doctrinas (que más fuera quizá un contraste de caracteres) tuvo su repercusión un año después, contribuyendo a provocar otra salida ruidosa, a lo Ricardo Lavalle. El 26 de abril de 1878, en las sesiones preparatorias del período, cal presidente Sáenz Peña creyó que debía aplicar una pena reglamentaria al diputado Varela: consultada la cámara, se pronunció por la negativa. Sáenz Peña se retiró en el acto y mandó al día siguiente una renuncia de buena tinta, que concluía así:
Pertenecían también a la oficialidad del mismo batallón: Enrique Rodríguez, Santiago Bengolea, Lucio V. López, Ricardo Pérez, Luis Sáenz Peña, Manuel Láinez. José María Rojas, etc.
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Y también de tendencia al menor esfuerzo, que iba a ser la norma de su vida Sobre 35 votos emitidos, Sáenz Peña reunió 28. Bengolea y Paz fueron elegidos vicepresidentes por 19 votos.

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No debo, sin embargo, analizar esos actos (de la sesión anterior) porque el reglamento me prohíbe protestar en este recinto contra las decisiones de las mayorías, Pero si me está vedado protestar de tales actos; me será permitido repudiar toda solidaridad con el poder público que los sanciona a. Tal era ya su actitud a los veintiséis años. Y tal había de quedar, invariable y como estereotipada en su intransigencia caballeresca -sin un minuto de vacilación ante el problema del deber-. durante los treinta años cumplidos que median entre aquel. doble estreno militar y cívico, exhibiendo el garbo feliz de la juventud, y el voto elocuente del pueblo de Mayo. que, en hora presagiosa y como digno coronamiento de una vida ejemplar, llama hoy del extranjero a Sáenz Peña para confiarle sus destinos. Sigamos con la reseña biográfica. El año siguiente del incidente narrado, Roque Sáenz Peña se ausentaba ele su ciudad natal. Una crisis de su alma apasionada le arrojó al Pacífico, donde acababa de estallar el, conflicto entre Chile, el Perú y Bolivia41; como remedio heroico a su amargura, abríase allí; según el verso de Tennysora "la flor ardiente de la guerra, teñido en sangre el corazón". El Perú acogió con señalado favor al joven voluntario, hijo de una gran familia de la metrópoli argentina y bien digno de representar tanto por su origen como por sus prendas personales, las vivas y declaradas simpatías de los pueblos del Plata en la contienda. Alistado Sáenz Peña en las filas peruanas, el gobierno le reconoció en su grado de teniente coronel, nombrándole comandante del batallón Iquique. Asistió a la batalla desastrosa de Dolores, el 19 de noviembre de 1879 y, una semana después, a la victoria de Tarapacá, tan mal aprovechada por el general vencedor. Por fin, tomó parte brillante en esa admirable defensa de Arica, heroica locura que con las arrojadas correrías del contralmirante Grau, queda como el timbre glorioso y el lauro inmarcesible de los vencidos. A pesar de su aspecto formidable y de las obras avanzadas que, por el norte y el sur, la protegían débilmente, la plaza, defendida por menos de 2.000 peruanos y atacada por fuerzas chilenas triples, no había de sostenerse largo tiempo. Tomados los fuertes, la resistencia pareció tan imposible, que el general Baquedano mandó parlamentario para intimar rendición al jefe de la plaza; es conocida la respuesta del coronel Bolognesi, y también la manera cómo él y sus compañeros cumplieron su palabra de "resistir hasta quemar el último cartucho". Sáenz Peña, que después de cubrir inútilmente los parapetos exteriores, había recibido orden de replegarse y tentar la subida del Morro, logró su intento con su diezmado batallón. Ya dominada la plaza por la artillería enemiga, desmontadas las baterías, ineficaces las minas, cuando no mortíferas para los mismos peruanos, el combate se trocó en espantosa e inútil carnicería. Y sin embargo se peleaba todavía con el furor sombrío de la desesperación. Junto a Sáenz Peña, herido, habían caído muertos los coroneles Bolognesi y Moore; un poco más allá los coroneles Ugarte, Bustamante, Zavala. Todos los jefes y oficiales estaban fuera de combate sin que le ocurriera a nadie arriar la bandera, que fue arrancada por el vencedor. Una hora después del asalto, todo había concluido: Et le combat cessa faute de combattants. . . Sáenz. Peña ha pintado en el diario Sud América el trágico episodio; muchos años más tarde volvió a referirlo en Lima, con el acento trémulo de la solemne evocación, delante del
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Le acompañaron, retirándose también de la cámara, los diputados Lucio V. López, Santiago Bengolea, Julio Crámer, y crea que algún otro. 46

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monumento de Bolognesi. Ningún relato suyo ni extraño ha producido en mí una impresión comparable a la del breve parte que dictó la tarde misma de la batalla, dando cuenta de ella al jefe del detall, y que termina así: "Habían caído a nuestro lado los señores coroneles Bolognesi, Moore, etcétera, quedando el que filma como comandante general de la 8' división. En este carácter, que me da la fatalidad por un encadenamiento de desgracias terribles, elevo a V. S. el presente parte. . . ". Leí esas líneas sencillas y patéticas en el libro de Paz Soldán -que sólo vale algo por los documentos una tarde de otoño, en que contemplaba, desde el vapor chileno fondeado, el Morro fúnebre, "cuya masa prismática, al parecer inaccesible, se destacaba claramente en el crepúsculo gris", y repito que jamás página literaria alguna me ha causado una emoción tan intensa... Herido y ya prisionero, Sáenz Peña fue arrancado a la soldadesca chilena, que le iba a ultimar, por el comandante Suffer, quien logró que se tratara con humanidad al vencido, hasta que fue despachado a Chile e internado en San Bernardo, cerca de Santiago, donde quedó preso tres meses. He sabido allá que, llamado a comparecer ante el ministro de la Guerra, prefirió prolongar su cautiverio antes que empeñar su palabra en condiciones que lastimaban su patriotismo ^ [...) Portador de esa ejecutoria y foja de servicios al país (cuyo contenido, por cierto, hemos abreviado) es como vuelve Sáenz Peña al seno de su pueblo, que parece llamarle a la suprema magistratura. Es digno de ella por sus talentos, sus virtudes y, sobre todo, su carácter. ¡El carácter!; tal es, en efecto, el rasgo dominante y central de su fisonomía. No es necesario demostrar que pasee inteligencia vigorosa y clara el autor de Derecho político americano; pero es y será siempre, como allí bien se revela, una inteligencia regida por el convencimiento y subordinada a un propósito moral. Sus horizontes no son estrechos, porque es elevado su punto de observación; pero sí delimitados y precisos, sin las esfumadas perspectivas que atraen y detienen nuestras miradas soñadoras. Es un talento práctico más que especulativo, apoyado en una información bien adecuada y circunscrita, en la cual decididamente la comprensión y la lógica predominan sobre las tendencias imaginativas. Aún en sus horas más felices, en tus arranques de mayor elevación y amplitud, la belleza de pensamiento es más arquitectónica que pictural: debajo de los festones y follaje de adorno aparente, -sé entrevé siempre la eficacia del elemento geométrico, pero éste es entonces la línea recta del cristal y del rayo de luz. Las dotes notables de jurisconsulto que, como hemos visto, reveló Sáenz Peña en el ejercicio de su profesión, son en gran parte las propias del político y del estadista: ese sentido seguro y rápido de las cuestiones bien formuladas, esa intuición sagaz e instintiva de los problemas y sus soluciones, que le han permitido colocarse sin esfuerzo visible y con aptitud nativa al nivel de sus varíadas funciones. Cierto positivismo mental, que forma contraste o complemento con su temperamento moral marcadamente idealista, ha mantenido con preferencia sus adquisiciones en el dominio de las ciencias políticas y sociales, preservándole del dilettantismo y de la superficialidad asimiladora que han esterilizado tantas inteligencias argentinas. Le oiréis, por ejemplo, declinar toda competencia literaria; pero, llegada la hora oportuna, revelará que no ignora todo lo que no exhibe; y en una página vibrante, en una carta eficaz, en una arenga levantada y sonora -siquiera un tanto solemne o teatral- dejará ver que también posee el don del estilo, el os magna sonaturum del orador, y el secreto de la emoción reprimida, por latente, debajo del acento viril. 47

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Ese raro y feliz conjunto de facultades intelectuales y morales, que se equilibran mutuamente, le ha conquistado desde el principio una indiscutida autoridad ante propios y extraños, y; rasgo más significativo entre los más distinguidos representantes de su generación. Todos ellos, por supuesto, gastan con él la cordial confianza que cuadra entre compañeros de la juventud. Pero también hay respeto en la universal simpatía que inspira: el respeto que involuntariamente se tributa a la integridad del carácter, a la franqueza y lealtad nunca desmentidas, a la hidalguía proverbial, y que no enfrían por cierto el entrañable afecto que todo Buenos Aires le profesa. Tiene la fuerza reposada y si el vigor domina en su apostura tranquila y su cabeza varonil, entre la mirada leal y la barba maciza de los enérgicos suele vagar una sonrisa de niño. Por fin, y me parece que éste último rasgo completa su fisonomía: ese perito y árbitro siempre escuchado en asuntos de honor, ese valiente, no ha tenido un solo duelo. Holgaría demostrar que las altas prendas personales son tan deseables en un jefe de Estado, y mayormente en esta renovación histórica, cromo la experiencia política y la práctica administrativa, que, por otra parte, este jurista de porte caballeresco y estirpe consular posee como muy pocos, según resulta del cursos honorum que dejo enumerado. Universitario, soldado, legislador de Buenos Aires, ministro, diplomático, diputado y senador, árbitro internacional: ha ocupado dignamente todos los cargos públicos, mostrándose el funcionario siempre adecuado a la función. Después de pasear por el mundo los colores patrios, haciendo respetar y amar en su persona el nombre argentino, viene ahora a recibir la investidura popular, que precede y anuncia la constitucional. Por grande que sea la honra que le espera, no parece desproporcionada a sus virtudes cívicas: tiene la estatura de un presidente de Centenario.

2 LA CANDIDATURA

Después de dejar perfilado al candidato, examinaremos los rasgos salientes de la candidatura... La candidatura presidencial del doctor Roque Sáenz Peña hallábase todavía, hace muy pocos meses, en el período de gestación; sólo una minoría de ciudadanos había percibido su palpitar profundo en las entrañas del país. De ahí el que esta falta de manifestaciones exteriores pudiera a la distancia engañar a los observadores más advertidos. El mismo interesado (os prevengo que en las páginas siguientes, me expresaré sin rodeos hipócritas y con absoluta despreocupación de alborotar el cotarro) no admitía la realidad de su achaque electoral, atribuyendo los anuncios particulares que le llegaban a ilusiones o celo optimista de sus amigos. Contribuía a mantener en él esta incertidumbre el único concepto que de una candidatura viable y aceptable se hubiera formado, cual es, una ancha base popular de opinión, espontánea y consciente. Faltando este requisito (y diríase que entonces efectivamente faltara), el doctor Sáenz Peña se negaba a reconocer un llamamiento nacional en las simpatías latentes o manifiestas de numerosos partidarios, más o menos allegados muchos de ellos a los círculos gubernistas. El mismo pedestal de su partido le parecía un sustentáculo insuficiente, no tanto para el triunfo, cuanto para la autoridad y el prestigio de un verdadero gobierno. .. 48

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Así pensaba -en alta voz- el doctor Sáenz Peña, y no habrá un hombre decente para dudar de la sinceridad de sus declaraciones. Sin embargo, helo ya en camino y en vísperas de llegar a su país con el título aceptado y todos los atributos inequívocos de un candidato a la presidencia. ¿Qué ha ocurrido en tan corto intervalo? Un suceso muy sencillo y normal para quien estaba al cabo de la situación. Se ha producido el alumbramiento; y en condiciones tales, que han bastado pocas semanas para que la candidatura recién nacida recorriera triunfante los ámbitos de la República: aclamada en la Capital y las provincias; aunando dondequiera adhesiones y voluntades, atrayendo simpatías, sacudiendo apatías, juntando fuerzas nuevas al andar, como la Fama de Virgilio, y, finalmente, imponiéndose a la opinión con el carácter lógico e indiscutible de un hecho definitivo. A su hora, en el momento preciso, la solución patriótica del problema ha salido del consenso nacional como se desprende del árbol una fruta madura. El último y más importante capítulo de acusación, que a la candidatura del doctor Sáenz Peña se haya dirigido, consiste en su llamado "oficialismo". Hasta ahora no se deriva sino de la opinión manifiestamente favorable de los círculos gubernistas de algunas provincias, con las influencias naturales que tal opinión ha de significar en el partido local que cada círculo representa. Voy a ser tan explícito en la discusión de este cargo como en la del anterior. Seguramente, no respetaré, a nombre de no sé qué "pudibundería" hipócrita, las mentiras convencionales que cubren con sus hojas de vid el sancta sanctorum de las instituciones. No hemos rasgado dolorosamente el velo de otras supersticiones adheridas al corazón, para venir ahora a reverenciar las que sólo aprovechan el charlatanismo y perpetúan la ignorancia popular. Serla, por el contrario, mi ambición formular algunas ideas generales, inducidas de datos concretos, que pudieran completar las que en otros estudios de historia constitucional tengo enunciadas. Desde que tengo uso de razón -quiero decir, desde mi llegada a la República Argentina-, he sido testigo de siete elecciones presidenciales. Puedo agregar: testigo abonado, puesto que, con excepción de la que sucedió a la presidencia del general Mitre -en cuyo tiempo yo no entendía el castellano ni, mucho menos, poseía esta media lengua que me basta ahora para hacerme entender- las he visto casi todas de cerca, siendo más o menos periodista, y las puedo juzgar. Todas ellas, con base más ancha o más estrecha en la opinión, con circunstancias muy diversas y condiciones seguramente muy distintas en los candidatos, han deseado, han procurado, han conseguido el apoyo oficial, ya del presidente o de sus ministros, ya de los gobernadores de provincia, ya, por fin, de unos y otros a la vez. Me apresuro a agregar que la sola influencia gubernativa sería impotente para crear ex nihilo una candidatura viable y conseguir su triunfo. Este ha sido y será siempre el resultado de un compuesto binario, y en proporciones variables, de opinión espontánea y de sugestión superior: algo así como un óxido de oficialismo. "Ayúdate para que el cielo te ayude", tal debe ser la eterna divisa de las candidaturas. Apenas se necesita, en esta reseña de la génesis presidencial, mencionar las tres últimas administraciones, por ser muy sabido que ninguna de ellas surgió de una campaña electoral propiamente dicha. EL doctor Manuel Quintana fue designado por una "convención de notables", arbitrariamente constituida; la segunda presidencia del general Roca tuvo su origen en una convención del partido nacional, y se debió a la influencia entonces decisiva del doctor Pellegrini; por fin, dejamos dicho cómo la designación inopinada del doctor Luis Sáenz Peña fue el resultado de un convenio privado entre los dos o tres apoderados de la opinión. Como se ve, estas tres elaboraciones presidenciales sólo se diferencian en el sucedáneo 49

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discurrido para substituir al "eterno ausente", como llamó José de Maistre al mito popular. Y huelga agregar que, una vez acordados los candidatos, se confeccionaban por qui de droit las listas de electores encargados de cumplir religiosamente el precepto constitucional. La elección del doctor Juárez Celman señala la última de las pasadas campañas presidenciales, o la primera en el orden contrario, pues seguiremos invirtiendo la cronología para estudiar la proporción de oficialismo a ellas incorporado. Incurriría en un acto de candor apenas disculpable quien trajera un aparato de Marsh para extraer el arsénico oficial de la candidatura Juárez. Aquí, no es con un crisol, sino con un hacha, como debiera procederse en el análisis. Parece a primera vista que, cuando más, podría servir el delicado instrumento para determinar la dosis infinitesimal de opinión popular. Sería un error: el doctor Juárez tenía opinión -la que resultaba del "unicato" roquista, que se confundía entonces con el partido nacional. Cierto es que respondían a esta candidatura las "situaciones" provinciales -con excepci4n de las de Buenos Aires y Tucumán, cuya oposición era decorativa-; pero el núcleo partidista existía realmente y, por lo tanto, la opinión. La primera candidatura del general Roca había entrañado, sin duda posible, una dosis más apreciable de espontaneidad popular. He señalado anteriormente las causas externas, y en parte justificadas, de su innegable prestigio. La penetrante mirada de Avellaneda descubrió en el joven coronel tucumano un instrumento eficaz de su política nacional. Le tomó de la mano y, después de presentarle al partido de que era jefe -y al que pertenecían los gobernadores de todas las provincias, con marcada exclusión de Buenos Aires y Corrientes- le puso en evidencia. Sería inexacto decir que el candidato no dio de sí42. Pero con él estuvieron el viento y la marea. Para colmo de fortuna, tuvo por adversario al gobernador Tejedor, resultando de un rojo oficial tan hiriente la única candidatura rival, que, a su lado, el discreto encarnado de Roca parecía un rosa pálido. Y con recordar que la campaña al desierto coincidía con la presidencial, fácilmente se explica, según lo tengo hecho, cómo el triunfo político tenía que ser la consecuencia del militar. A medida que remontando por desgracia hacia el pasado, se acentúa el valimento propio del candidato, es natural que disminuya proporcionalmente la importancia de la intervención oficial; con todo, nunca desaparece por completo. La marcada y notoria simpatía del presidente Sarmiento por su ministro y candidato Avellaneda se tradujo en un concurso electoral que éste mismo, siendo presidente, pudo recordarle en una ocasión solemne (reunión de notables del 16 de febrero de 1880)43, usando de legítima represalia. Este concurso era ante todo moral, pero no menos eficiente; y por cierto que no lo negarían los revolucionarios del año 74, que tanto lo exageraron para justificar su actitud violenta. Por fin, la misma candidatura de Sarmiento, que fue en cierta parte la explosión espontánea del sentimiento provinciano -acaso despertado por una carta del comandante Mansilla desde el campamento de TuyúCué-, no debió su triunfo sino a la franca adhesión del gobernador Alsina, quien, declinando de sus propias miras, llevó a su adversario los votos compactos de Buenos Aires. A faltarle este pico "oficial", la elección iba al Congreso, donde era más que dudoso el resultado. ¿Habría observado el Congreso la mera "conveniencia política que aconseja optar por el candidato de mayoría relativa, siendo así -que en Estados Unidos no fue respetado cuando la elección de John Quincy Adams?".
Respecto de todo este proceso, en este mismo volumen, el ensayo sobre Avellaneda. En esa reunión, Sarmiento, también candidato in petto, recalcaba pesadamente en las candidaturas oficiales (Roca) "que traen tales disturbios". Avellaneda le interrumpió con esa voz aguda y penetrante como estilo de acero: "No repita vulgaridades, don Domingo: lo mismo se dijo de usted cuando mi candidatura."
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Tal es, brevemente resumida, nuestra historia electoral desde que rige la Constitución. Y aquí tropiezo con una leyenda que también es fuerza desvanecer. Si existe un clisé corriente y socorrido en la oratoria de parroquias, es el relativo a la prescindencia absoluta del general Mitre en la contienda de su propia sucesión. Es el ejemplo eterno que la prensa opositora exhibe -cada seis años, para humillación y escarmiento de las pecaminosas candidaturas oficiales. Ahora bien: ello encierra, por lo menos, una exageración que conviene discutir. Dada mi tesis, para probar que la candidatura del doctor Elizalde fue también oficial, me bastaría recordar que sus 32 votos presidenciales pertenecían a Santiago, Catamarca y Tucumán; vale decir a don Manuel Taboada, candidato de La Nación Argentina para la vicepresidencia, y que mandaba en dichas provincias como en su chacra de Peruchillo. Pero debo ir más allá y demostrar, no en son de reproche, sino como una confirmación a fortiori de mi presente aserto, que el mismo presidente Mitre, después de la muerte de Paz y cuando tuvo que abandonar el campo de batalla por el de la lucha electoral, propendió con toda su influencia al triunfo -que resultó imposible- de su ministro de Relaciones Exteriores. . Es histórica la disidencia del vicepresidente Paz con sus dos ministros Costa y Elizalde. Comprometidos éstos por los virulentos ataques de La Nación Argentina contra el primero, renunciaron y fueron reemplazados por los doctores Ugarte y Uriburu. Acentuóse la campaña presidencial, hallándose en presencia las cuatro candidaturas de Sarmiento, Urquiza, Alsina y Elizalde, todas ellas con sus correspondientes lastres oficiales, que fuera ocioso enumerar. Las simpatías del gobierno delegado, por la de Sarmiento, no eran dudosas; y así lo manifestaban con franqueza sus dos miembros preponderantes, Paz y Ugarte... Una mañana (19 de diciembre de 1867) apareció en La Nación', Argentina la famosa carta del general Mitre, fechada; en Tuyú-Cué y dirigida al doctor José M. Gutiérrez -lo que se llamó con el énfasis del tiempo, su "testamento político," y en el cual el autor, con habilidad. suma y después de echar, una peluca a su amigo por sus polémicas, declaraba que, como miembro del partido liberal, no podía recomendar sino las candidaturas de Elizalde o de Sarmiento;- al propio tiempo que estigmatizaba las otras por "inmorales". No hay que pintar la sensación profunda. ¿Era sincero el general Mitre al aceptar a Sarmiento? Creo que nadie está autorizado para ponerlo en dudá. Resuelto a terminar su presidencia al frente del ejército del Paraguay, no podía pensar en mover política electoral a tal distancia. Pero la muerte de Paz (enero de 1868) aceleró su regreso a Buenos Aires. Los ministros "pacistas" dimitieron al día siguiente. Y entonces, contra la opinión pública y con evidente declinación de sus propósitos anteriores, el general Mitre repuso al candidato Elizalde y a su amigo Eduardo Costa en sus respectivos ministerios, encargando, además, a éste del Interior, y mandándole como comisionado a Santa Fe con fines abiertamente electorales. ¡Se argumenta con la derrota de Elizalde para demostrar que no fue candidato oficial! Los tiempos eran otros; y la influencia del gobierno nacional harto distinta de lo que fue más tarde. Aquéllos eran los años de los caudillos provinciales, de las bárbaras luchas de aldea y de las montoneras; en que cualquier Varela, Saá o Elizondo trastornaba con un puñado de gauchos el Norte o Cuyo, y -La Rioja alcanzaba a tener seis gobernadores en un solo año en que cada provincia desenredaba su madeja con absoluta independencia del poder central, siempre que tuviera un verdadero señor a su cabeza; en que los Taboada desobedecían abierta e impunemente al vicepresidente Paz -casi lo mismo hicieron con Sarmiento- y el gobernador Urquiza dirigía al gobierno una nota de reprobación por su actitud en la cuestión "capital", la que era contestada muy atentamente por el ministro Rawson... ¡Oh, sí, eran diferentes las épocas! Y muy ajenos a estas historias nos mostraríamos al creer que pudiera entonces la 51

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influencia oficial del presidente arrancar a Sarmiento los votos de Cuyo, a Urquiza los del litoral, o al gobernador Alsina los de Buenos Aires, que completaron la escasa mayoría. ¿Qué quise demostrar con esta ligera revista retrospectiva? ¿La falibilidad del general Mitre, como la de todos sus sucesores? De ningún modo. He querido, al contrario, probar que nuestro concepto teórico de la institución electoral es una ilusión que la práctica desmiente, y agrego que la desmiente necesaria y legítimamente. Para justificar su actitud de hombre de partido, el general Mitre aludía, en su carta histórica, a - la del presidente Washington en análogas circunstancias. Pudo prolongar mucho más el ejemplo de la "gran república", y nombrar, en cada lucha sucesiva, desde Adams hasta Roosevelt, al candidato que gozara de las preferencias oficiales. Es una ley natural en los gobiernos de partidos; y mal podría exigirse la prescindencia absoluta, ni siquiera , la parcialidad disimulada, allí donde existe la reelección y el presidente en ejercicio comienza por ser su propio candidato. Para que se regularice ese desequilibrio, es suficiente, pero indispensable, que funcionen partidos históricos y nacionales, y que sean sólo dos... como en Inglaterra y Estados Unidos44. Entonces el equilibrio se restablece: si el gobierno partidario (partisan government) dispone de los resortes oficiales en favor de su candidato, ello está compensado por el debilitamiento que produce en cualquier partido el largo ejercicio del poder; y ocurre que el uno y el otro se reemplazan en períodos alternativos. Organícense en la República dos partidos de principios, sólidos y compactos -como pudieran serlo el autonomista y el nacionalista, ya que no el unitario y el federal- y habrá llegado la hora de reunir convenciones electorales que tracen planes de campaña política y disciplinen fuerzas efectivas y permanentes. Entonces, probablemente, no pensaremos en recordar a los mandatarios, con grandes aspavientos, sus pretendidos deberes de abstinencia electoral, que la constitución no ha previsto. Lo que a todos garantiza la constitución, es el derecho de opinión, de reunión y voto, de propaganda en todas sus formas lícitas: las "libertades necesarias" (le Thiers. Y estos preceptos, al par que autorizan la acción legal de los partidos políticos envuelven para los gobernantes el deber único de no contrariar por la violencia o el fraude, el libre ejercicio de esa acción legal. Cuando un presidente o un gobernador disuelve una reunión de ciudadanos amparados por la ley, o combate con medios arbitrarios la legítima propaganda de la oposición, comete un atentado. Cuando un presidente o un gobernador -elevado al poder por un partido que subsiste siempre y entre cuyos jefes principales sigue figurando, después como antes de su elección- apoya las preferencias de su grupo político y manifiesta las propias por tal o cual candidato, ejerce el más legitimo y natural de los derechos cívicos; ejercicio, por otra parte, tan irresistible, lo sabemos todos y lo tenemos demostrado, cuando su acción no aparece abierta y franca, se la percibe clandestina y vergonzante; de tal suerte que, lo único que con esta hipocresía de las costumbres se ha ganado, es insinuar una mentira más en la sacrosanta "práctica de nuestras instituciones". Estoy muy lejos de pensar que el gobierno de los partidas sea el mejor de los gobiernos posibles. Debo agregar de paso que, en este estudio de actualidad, me mantengo en lo relativo: creo que todo lo que digo es verdad, pero no digo toda la verdad. En el fondo soy mucho más radical, y doy de barato todas las panaceas democráticas y republicanas; pero debo aceptar aquí
Recientemente, en la última elección presidencial en los Estados Unidos, una escisión del partido republicano le ha quitado el triunfo, atribuyéndolo al demócrata y a su candidato Wilson, con cuya subida al poder se ha cambiado la orientación de la política mundial.
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lo existente. Por otra parte, vengo sospechando que, arrastrados por nuestra tendencia imitativa, estamos por implantar ahora, con fe robusta e ingenua, todos esos andamios costosos de caucus y convenciones, cuando más se lucha en su país de origen por su completa eliminación. No es nueva la crítica de sus abusos: Seaman la formulaba hace sesenta años con innegable autoridad. Lo que es reciente, es oír deplorar allí, por jefes de partidos, el falseamiento creciente del sufragio popular que hoy, más que nunca, queda entregado a las maniobras de los empresarios de elecciones. Baste decir que, durante la última campaña presidencial de Taft-Bryan, se calculó en diez millones de dólares lo absorbido por los dos únicos comités nacionales, excluyendo los gastos de los comités de estado. He oído a Henry George demostrar hace quince años en un congreso de Chicago, la superioridad política y moral del sistema parlamentario francés, con su elección del presidente por el Congreso y que termina en algunas horas, sin peligros ni agitaciones, una crisis presidencial. Pero, si ha de subsistir nuestra forma federal americana, lo repito, es indispensable propender a la organización de dos partidos nacionales, fuertes y disciplinados, capaces no sólo de ganar alternativamente las elecciones y sucederse en el poder, sino de aceptar la` derrota sin acudir a la revolución o disfrutar la victoria sin recurrir al despotismo. Los temores de una pretendida perpetuación del partido gubernista, no revelan sino nuestra inexperiencia de las instituciones republicanas y nuestra falta de verdadera tradición liberal. Solamente en este sentido tengo por cierta la palabra cruel de José de Maistre, viejo niño terrible del absolutismo cuyas paradojas contienen más médula pensante que un armario de casuistas constitucionales: "cada nación tiene el gobierno que merece". Merezcan los partidos argentinos el gobierno libre, y lo conseguirán. Los Estados Unidos no padecen esos pueriles temores: a pesar de luchar contra una maquinaria oficial mucho más poderosa y compleja que la nuestra, confían en sus propias fuerzas y en la historia. Bien saben que, a pesar de haber pretendido todos sus presidentes la reelección y haber puesto abiertamente todos los medios oficiales en servicio de sus pretensiones, entre los veintiséis que hasta Roosevelt completan la lista, sólo nueve la han alcanzado45, y muchos de ellos merced a las condiciones anormales del país. En cuanto el, fair play de los partidos, la situación y los derechos del gubernista se consideran allá tan idénticos a los del opositor, que los gobernadores y hasta el presidente de la República ejercitan públicamente, y por medio de la prensa, su propaganda partidista. No es siempre en los tratados doctrinales o en los comentarios constitucionales donde se puede estudiar la práctica o el valor real de las instituciones, sino en las manifestaciones espontáneas, y no calculadas para la resonancia exterior, de la vida política. Durante la penúltima campaña presidencial en los Estados Unidos, la nación asistió sin inmutarse al espectáculo -para nosotros extraordinario y que tendríamos por la abominación de la desolación- del presidente Roosevelt, que desplegaba personalmente por el territorio, en la prensa, en la calle, en los clubes, su infatigable y ruidosa propaganda en favor de su ministro de la Guerra Taft, que triunfó. Hasta llegó a sostener, bajo su firma, una polémica violenta con el candidato demócrata, William J. Bryan46. Con tales ejemplos a la vista -suministrados por el maestro y modelo de nuestras instituciones- pueden aquilatarse en su justo valor las declamaciones e indignaciones de la
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Cleveland no fue reelegido, siendo así que, entre sus dos presidencias, medió la de Harrison (1889-1893). En la nota anterior se acaba de explicar la reelección de Wilson 46 Más significativa aún ha sido, en las elecciones generales de 1918, la actitud partidista del presidente Wilson, quien ha dirigido proclamas al pueblo yanqui pidiéndole que votara por la lista presidencial. Sabido es que con todo ello, el partido demócrata fue derrotado.

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prensa opositora, ante la actitud, visiblemente favorable a la candidatura Sáenz Peña, del presidente de la República y de algunos gobernadores de provincia. Ningún hombre sensato extrañará que el presidente de la República no quiera desinteresarse del problema vital que hoy preocupa a todos los argentinos, a todos los habitantes del país; ni que se junte al- interés patriótico que dicho problema inspira el deseo plausible de verlo resuelto pacífica y derechamente. Sintiendo y pensando como ciudadano ¿quién podrá denegarle el derecho de buscar como tal la solución? ¿Quién no reconocerá que el hecho de hallarse constituido en mayor dignidad y disponer de mayor influencia, no amengua su derecho y sí acrecienta su responsabilidad imponiéndole el deber de ahondar más que otro en el problema? Ahora bien: después de resolverlo según su razón y conciencia, él ejerce un derecho y cumple un deber, propendiendo a la realización que juzga buena, no sólo como ciudadano y partidario, sino como presidente de la República, dentro de los límites que la Constitución y las leyes del país le trazan. Sólo puede y debe sentirse que no haya el presidente de la República creído oportuno proclamar en alta voz estas verdades ante los representantes de la Nación, con ocasión de su último mensaje, recomendando, sin reticencias ni ambages, la candidatura del doctor Roque Sáenz Peña, como la mejor solución del problema presidencial: no sólo por la excelencia del candidato, sino porque, en razón de sus extensas y hondas simpatías en el pueblo argentino, significa el mínimum de esfuerzos y agitaciones para la República. Las corrientes de la opinión que, como los grandes ríos, acrecientan sus ondas al andar, también obedecen, como aquéllos, a la ley de la gravedad que mueve su curso en la pendiente. Estos caminos que andan no nos conducen, como dice Pascal, adonde queremos ir sino adonde los lleva su impulso. Puede el timonel orientar el barco hacia una u otra orilla; pero fuera absurdo admitir que el timón crea fuerza motriz capaz de vencer las naturales y remontar el río contra el viento y corriente. [...] Dejando aparte ficciones y conjeturas, me pregunto ingenuamente: ¿qué iniciativas o mejoras generales, en el orden político, social y económico, parecen presentarse, con el doble carácter de hacederas y urgentes, para el gobierno que el año venidero se inaugurará bajo los auspicios fortalecedores de la gloria pasada, de la prosperidad presente y de la grandeza futura? Temo que la expresión de mis votos parezca harto humilde y pedestre, en estas horas de megalomanía proyectista. Mi "programa" consistirá sobre todo en no tenerlo, reduciéndose modestamente a mejorar lo existente y dejar que cada día sugiriera su propio afán. Nos sobran, nos agobian los estatutos y reglamentos que, a semejanza de las antiguas cédulas españolas, se obedecen y no se cumplen47. Lograr que fuera en parte verdad tanta belleza, importaría el plan de reformas más vasto y fecundo que un gobierno robusto y sano pudiera acometer. Entre los doce trabajos de Hércules, siempre consideré la limpieza de los establos de Augias como el más asombroso y meritorio. . . Procuro hallar un término general qué caracterice el malestar observable en el cuerpo político argentino, y no encuentro otro más exacto que el de distrofia Paréceme, en efecto, que adolecemos de mala asimilación nutritiva. La afección, felizmente, es muy curable, y sólo parecida por sus síntomas externos y engañosos al grave marasmo en que languidecen las naciones envejecidas. Entre las causas varias que pueden concurrir a este menoscabo, algunas escapan a nuestra acción inmediata; pero una, por lo menos, nos es accesible; y si acaso
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Véase en el Post scriptum, con que he epilogado el presente ensayo, hasta qué grado la realidad cumplió o defraudó nuestras esperanzas.

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ocurriera ser ésta la más activa, tendríamos medio andado el camino de la curación. Para mí, la causa aludida reside en la mala elección de los hombres dirigentes; y siendo la proposición exacta, huelga agregar que el remedio buscado estaría sencillamente en la buena elección. Los sabios pensarán que es éste un remedio de borne femme; esté persuadido mi noble amigo Sáenz Peña de que es también un remedio de "buen hombre" y de buen gobernante. ¡Hombres y no principios! Tal era el grito de los prácticos en su reacción contra el exceso de teorías. Todo se concilia con tener hombres de principios: es decir, con entregar la dirección de los diversos mecanismos sociales a los que poseen competencia para conocer sus deberes y conciencia para cumplirlos; estos jefes dotados del doble requisito son raros, pero no inhallables. Es obra personal del supremo mandatario discernir a los que deben ser sus principales P inmediatos colaboradores, y, una vez encontrados estos right men, colocarlos en sus right places, no averiguando si son güelfos o gibelinos, sino únicamente si están dispuestos a propender con todas sus fuerzas intelectuales y morales al bien común. Acertada esta elección superior, cada uno de los ministros autónomos y responsables se encargaría de aplicar en su departamento, de arriba abajo, el mismo principio inviolable de la idoneidad. Despreciamos las frases y los disfraces: un presidente ilustrado y firme dispone de una influencia casi omnipotente en la práctica real de las instituciones. Calcúlese, para tomar un solo ejemplo, lo que resultaría si se aplicara esa influencia decisiva en conseguir que cada provincia tuviese un buen gobernador, en el sentido completo de las palabras. Las consecuencias serían incalculables: en pocos años, todo el organismo político y administrativo aparecería transformado hasta el mismo Congreso, cuya designación procede por una buena parte, malgrado el formulismo constitucional, de la voluntad gubernativa. Creo que bastaría dicho principio de la idoneidad para mejorar notablemente su composición. En todo caso, contribuiría a completar y acelerar la obra, la acción moderadora del Ejecutivo y un ejemplo más activo y frecuente de sus atribuciones colegislativas48. En suma, y para concluir, el gran principio que en las líneas anteriores se ha recomendado no es sino la ley de la selección natural, que preside a la evolución de los organismos y determina su mejoramiento. Salvo para funciones excepcionales, en que puede parecer útil la importación de especialistas extranjeros, bastaría que dicha selección se practicara con escrúpulo entre los elementos existentes. Sería, lo repito, incalculable la acción de estos hombres-coeficientes, cuya presencia delante de cada grupo multiplicaría a la larga su valor colectivo. Al hablar de patriotismo, suelen evocarse imágenes heroicas, a lo Decio, cuando se debería concretar la idea a sus dimensiones y formas reales. Un patriota es sencillamente un hombre que considera y trata los intereses de la República como hace con los propios. Las grandes compañías industriales y sociedades comerciales nunca carecen de directores y gerentes idóneos, ¿por qué razón habrían de faltar para el organismo nacional, que es la Sociedad por excelencia? 163 POST SCRIPTUM

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Durante la discusión anual del presupuesto es cuando llega a su paroxismo el delirio de las larguezas. Actualmente, el presupuesto nacional representa una cuota individual (18 pesos oro por cabeza) dupla de la de los Estados Unidos, donde es' sólo dé 9 pesos. Acaso la adopción del presupuesto bienal, que allá rige, contribuirla a contener el desborde.

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El 21 de julio de 1910, el Congreso, reunido en asamblea, procedía al escrutinio de la elección para presidente de la República, resultando elegido el doctor Roque Sáenz Peña por unanimidad de sufragios, en los quince colegios, de la Capital y provincias49. A este consenso extraordinario del cuerpo electoral correspondía el no menos unánime de la opinión pública, manifiesto en la prensa nacional y extranjera. En presencia de una designación colectiva tan elocuente e inequívocamente expresada, cualquier veleidad de oposición o siquiera de abstención pareciera insensatez. Ante el ungido del pueblo, pues, partidos y comités adversos inclinaban sus banderas; el hosanna era universal. No hay duda que esa entusiasta adhesión del país entero constituía un apoyo imponderable para el gobernante., Tampoco es dudoso que significaba un compromiso: con tanto confiar en "el que debía venir", la ilusión popular le imponía como programa todo lo que ella esperaba, además de lo que él había prometido. Eran sin embargo tan reales los títulos del nuevo mandatario y tan legítimo su prestigio, que podía arrostrar sereno las exigencias de la situación, bastándole mantenerse a la altura de sus propios antecedentes para salir airoso de la empresa. [...) Son harto conocidas las consecuencias inmediatas de la reforma electoral. La absoluta libertad del sufragio como su relativa pureza50, garantidas en la teoría por la ley y en la práctica por la insospechable lealtad del presidente, se aplicaron por vez primera en las elecciones de diputados nacionales del 7 de abril de 1912, con resultados generalmente desconcertadores para los "oficialismos". En la capital, sobre todo, el triunfo popular, repartido entre los partidos radical y socialista (con la mayoría para aquél), abría brecha tan ancha y profunda en la muralla caciquista (como dirían los españoles) que debió atribuirse el descalabro, menos al vigor del asalto que a la flaqueza de la vetusta fábrica. Sea como fuere, y descartado el socialismo -en el presente, al menos como factor considerable en la política nacional, la brusca y decisiva reaparición en la escena -y esta vez en plena luz- del partido radical, después de persistir veinte años en mostrarse tan activo conspirador como abstencionista legendario de los comicios, contenía una advertencia y una lección severa para "los viejos partidos vencidos". Tan así, que el diputado Federico Pinedo, en su notable informe sobre las elecciones de abril, no pudo dejar de señalarlas con el dedo certero del adversario perspicaz, caracterizando como un acontecimieto histórico ese triunfo presagioso de un partido, hasta ayer sólo revolucionario y hoy en marcha hacia el gobierno legal. La advertencia fue desoída y la lección olvidada - a l par de tantas otras- y los vencidos de un día resultaron ser los vencidos de varios años, realizándose los anuncios y cumpliéndose lo que tal vez fuera necesario e inevitable. Los que creyeron ver en esa iniciativa del presidente, perseguida con fe y tesón hasta dejarla consumada; t a n sólo una maniobra política para ahorrarse agitaciones, desarmando a un partido de violencia, calumnian a Sáenz Peña. Su alma siempre bien templada, a u n en medio de los desfallecimientos físicos, era incapaz de procurar su tranquilidad personal desviando al país de su recto y marcado destino. El designio que tuvo y persiguió con un afán en él
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Hubo un solo voto en contra, el del señor Pedro Pérez, de Corrientes, que favoreció al doctor Adolfo Contte. Todas las precauciones a veces, por excesivas, rayanas en ridículo- de la ley y sus decretos reglamentarios, no pueden referirse sino al acto material que principia y termina en los comicios. Pero cuando llega a esa altura, el elector está de antemano "curado" por su comité. El solo hecho de votar el vulgum pecus electoral una lista impresa, a cuya formación no ha concurrido, importa la abdicación, siquiera en su mayor parte, de la deliberación individual. ¡Y pensar que esa honradez en el mecanismo exterior representa el sianmum de nuestra aspiración realizable en materia de sufragio universa

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insólito, hasta realizarlo, se dirigía al bien público, no al suyo propio. Considerando el sufragio universal -aparte, por cierto, de la sinceridad del voto, que se sobrentiende- como la base del gobierno representativo, ejercido por los partidos, era de lógica elemental sacar al radicalismo intransigente de su malsana abstención, abriéndole con toda lealtad el campo de la contienda legal en comicios honrados y libres. Así se procedió derecha y abiertamente. No iban más allá, en ese orden de atenciones, los propósitos y los deberes del jefe de estado. Nadie puede saber si, conseguido su objeto y dado que la suerte le permitiera presenciar la continuación del experimento, no se habría alarmado ante algunas consecuencias ya divi- . sables de su absoluta reforma. Menos aún es dable conjeturar si en el caso de completar felizmente su presidencia, habría Sáenz Peña procurado o conseguido, por mera acción de presencia y sin apartarse un punto de la corrección constitucional, mantener la suficiente y eficiente cohesión en los grupos conservadores, gastados por treinta años de oficialismo, y cuya egoísta desavenencia, acaso incurable y fatal, iba a entregar el triunfo decisivo a sus adversarios. Algo de esa inquietud paréceme percibir en el mensaje de 1913, el último suyo, y que sólo él no sospechaba -pues la triste realidad aparecía a todos los oyentes- que- seria su despedida y testamento político. Para los buenos entendedores, el documento, junto a sus triviales declaraciones sobre la prosperidad general, desprendía en su primera parte (la única personalmente redactada por el enfermo), secreta y honda melancolía, al esbozar con mano mal segura (y con sus, más que nunca, recargados colorines en plural) las perspectivas que abrían a la república las elecciones recientes. Se revelaba la evidencia de la situación en diez pasajes tan expresivos como el siguiente: "Si las fuerzas conservadoras del país no aciertan a constituirse con vigores que les den la mayoría, será porque no deben prevalecer; pero nunca podrán exigir que el gobierno les solucione el problema por el desconocimiento de derechos que son inatacables o por el confiscamiento de la libertad". Para las "fuerzas conservadoras" la fórmula de abdicación era inequívoca. Pero, más afligente que el pronóstico mismo aparecía, para los que le habíamos querido, el estado personal del pronosticador. La decadencia estaba patente: y nunca más cierto el dicho famoso de Bufón, cuyo sentido ha reforzado el público al aguzar su forma51. En ningún tiempo fue Sáenz Peña un literato ni un pensador; y como tal no está presentado siquiera en el panegírico que precede; pero, durante los períodos de juventud y de robusta madurez, su concepto claro de las cosas y su firme razón solían expresarse en una forma eficaz y, aunque ya enfática y teatral, no tan recargada con profusión de penachos y florones. Con la edad, y agregándose a la ausencia de hábitos estudiosos el debilitamiento orgánico, el estilo acabó de volcarse hacia el mal gusto a que siempre se inclinara; y, a medida que la planta fructificaba menos, se iba más y más en florescencia estéril y vicioso follaje. Para mi gusto francés -y sin pretender que haga ley absoluta en materia castellana- las últimas producciones de mi amigo (desde el congreso de La Haya, en que intenté vanamente verter alguna a mi lengua) llegaron a hacérseme tan francamente ilegibles que, no pudiendo ocultarlo del todo, vino a resultar algún enfriamiento en nuestra amistad. Por lo demás, parecido efecto producen los años, con su decaimiento físico, normal o mórbido, en todos nosotros, grandes o chicos. Es ley humana que sea casi siempre al tiempo en que las fuerzas empiezan a faltarnos cuando logramos pisar la cumbre. Los honores públicos nos llegan con
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En el penúltimo párrafo de su discurso de recepción en la Academia, Buffon, después de mostrar el carácter impersonal de los conocimientos y descubrimientos científicos, resume así su pensamiento: "Ces chores sont hors de Phomme: le style es¡ t homme méme". La posteridad dice con más concisión y fuerza: "Le style, dest Phomme", encerrando en el concepto del estilo toda la psicología del escritor.

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frecuencia como el consuelo o el disfraz de la decrepitud; y el bastón de mariscal, que reciben los jefes militares, suele representar el melancólico atributo de la invalidez. Roque Sáenz Peña murió el 9 de agosto de 1914. Sin duda fue profundo y sincero el sentimiento del pueblo argentino ante la desaparición de uno de sus más nobles hijos. Pero, sobre no ser ella sino el desenlace previsto de un largo proceso mórbido, la hora en que se producía por entre los más imponentes acontecimientos mundiales, tenía que debilitar la impresión de cualquier suceso doméstico y de efectos limitados a los ámbitos de la República. Sáenz Peña, tan feliz en el transcurso de su carrera, no lo había sido en la fecha del trance final. Y vuelve a la memoria la melancólica reflexión de Macbeth, al recibir casi impasible la fúnebre noticia: "Hubiera debido morir en otro momento, más conveniente para que pudiéramos llorarle". Recuerdo que aquella tarde, en el hall de la casa mortuoria, la agitación que reinaba en los grupos no tenía otra causa que el anuncio de la invasión de Bélgica y el primer contraste de las fuerzas aliadas... Con todo, el duelo nacional fue unánime. Aunque de meses antes no representara el magistrado ahora fallecido sino la sombra de una gran figura, se presentía tan real y hondo el vacío de su ausencia que una vaga inquietud se cernía sobre las almas argentinas: si el presente ya ofrecía zozobras, ¿qué repercusión del conflicto europeo no podía presagiarse en un próximo porvenir recayendo los destinos nacionales en manos inhábiles o quizá dirigidas por un juicio extraviado? Con el que se iba, sabíase al menos que la nación Argentina nunca se apartaría de su camino histórico, ni él consentiría en que descendiera del puesto eminente que sus gloriosas tradiciones y sus progresos recientes le habían señalado en el grupo continental...

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