LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

Para nosotros mis queridos hermanos, este día en que estamos celebrando un aniversario más de la Resurrección del Señor, es uno de los días más grandes. Día en el cual, celebramos EL TRIUNFO DE ESE CRISTO BENDITO que vino a la tierra, a unos hombres que habían de ser incrédulos, a unos hombres acostumbrados a pedir pruebas de cosas –diríamos nosotrosaún del todo evidentes. Yo creo, que cuanto hizo el Señor durante su vida y fue conocido por la mayor parte de ese pueblo, a quien anunció primero el mensaje, eso era suficiente para llevar a ese pueblo al convencimiento de que Aquel hombre para ellos, que había venido en medio de tantas señales extraordinarias y que al mismo tiempo, había demostrado un poder que ninguno, absolutamente ninguno de los profetas antiguos del pueblo de Israel lo había demostrado. Y sobre todo, al escuchar la enseñanza de ese Bendito Señor que no hablaba como los escribas y fariseos, y como no hablaba como ninguno de los profetas antiguos, que se referían siempre a la autoridad de la ley promulgada por el legislador Moisés, que se referían a los profetas y alegaban la autoridad de los profetas en su predicación. Pues al escuchar esa enseñanza, enseñanza que era bajo todo punto, distinta y perfecta. Enseñanza que descubría a ese pueblo, los misterios de Dios que habían permanecido ocultos desde la eternidad. Yo creo que eso era más que suficiente para que esos hombres creyeran que Aquel que estaba en medio de ellos, era realmente el Mesías, pero no sucedió así. Recordemos que los mismos discípulos suyos, dudaron hasta el fin de la vida del Señor, acerca de la misión que ese Señor venía a desempeñar. Sí Pedro que tiene rasgos tan propios de él, que revelan una fe que –digamos- podía ser a toda prueba. Sí él confiesa en nombre de sus discípulos a Cristo que era el Mesías, ese discípulo también tiene la debilidad de negarle y negarle acompañando la blasfemia y acompañando el juramento a esa negación. Vemos también que dos de sus discípulos, camino de Emaús. Van desde Jerusalén cavilando sobre la promesa que había hecho Aquel que en vida estaba con ellos, de resucitar de entre los muertos. Y ellos decían que en verdad, Él había anunciado la Resurrección, y que unas mujeres que se habían acercado al sepulcro, habían manifestado que había resucitado. Pero ellos no estaban dispuestos a creer. Hasta que, el mismo Señor les abre los ojos y les hace un recuento de lo que habían escrito los profetas acerca del Mesías y allí se caen las vendas de los ojos de esos hombres incrédulos. Hermanos, es que el Señor viene a hombres escépticos, viene a hombres incrédulos, viene a hombres faltos de fe, viene a hombres que tienen como (no entiendo) –

digamos- negar las cosas más evidentes. Por eso quiere ese Bendito Señor, dar la máxima prueba de la misión que el Padre le encomendó: resucitando de entre los muertos. Acabamos de escuchar la narración que hace un testigo ocular: Pedro y Juan. Juan narra en el Santo Evangelio, hechos comprobados por él, hechos presenciados por él, relativos a todo cuanto hizo el Señor. Los demás evangelistas también narran esos mismos hechos, pero esos hechos reciben la comprobación plena, la comprobación final cuando el Señor resucita de entre los muertos. No solamente, ellos se contentan con hacer un recuento de las profecías que hizo el Señor, de los anuncios que realizó Él acerca de Su Resurrección, sino que como acabamos de escuchar en los Hechos de los Apóstoles, Pedro confiesa que conversó con Él, que comió con Él, que estuvo con Él en Galilea cerca del Mar de Tiberiades y que ese Señor era el mismo con Quien estuvieron, antes que el Sanedrín le condenara a muerte. El apóstol Pablo mis queridos hermanos, él también recibió una comprobación plena de la presencia de ese Cristo resucitado cuando, mientras iba en persecución de los cristianos es derribado en el camino de Damasco y allí conversa con ese Señor. Y ese hombre que respiraba odio, que respiraba instintos criminales contra los cristianos, se convierte en vaso de lección para llevar el nombre de Cristo a sus hermanos. No hay mis queridos hermanos, un hecho más claramente comprobado en la historia de los Evangelios, que éste hecho de la Resurrección. Por esto uno de los más grandes racionalistas de nuestros tiempos –diríamos- Ernesto Renant, decía esto: el centro mismo del cristianismo, el corazón de la fe de los cristianos es la Resurrección de Cristo, Resurrección que no se la puede negar. Y el apóstol Pablo, daba también tal importancia al hecho de la Resurrección que decía anunciando el mensaje del Señor: Sí Cristo no resucitó de entre los muertos, vana es nuestra fe, inútil es nuestra predicación. Pero mis queridos hermanos ¿qué significa para nosotros personalmente este hecho de la Resurrección? Para nosotros significa primero, la comprobación plena de que cuanto realizó el Señor, de que todo lo que Él enseñó está confirmado con el sello de la verdad. Segundo, entre los hechos que Él anunció y que hizo que entendieran bien aquellos que anunció Su mensaje, entre estos hechos está que Él es verdaderamente Dios, y está demostrando entonces que sí cumplió Su palabra, aquello que afirmó es también verdadero. Él dio poder a sus apóstoles de perdonar y de retener los pecados, aquellos que los teólogos reconocen como el poder de las llaves. Él dio también a sus apóstoles el poder de realizar ese acto que para nosotros está todavía –digámoslo así- envuelto en el velo del misterio, aquello que los teólogos llaman la Transubstanciación, es decir –en palabras más sencillas- la presencia de ese mismo Cristo en el pan y en el vino consagrados. Él celebra la Sagrada Eucaristía, y da también el poder de celebrar la Sagrada Eucaristía a sus apóstoles. Y no solamente a ellos sino a la Iglesia como tal. Iglesia es el Papa, Iglesia son los Obispos, Iglesia es todo el pueblo cristiano. Iglesia sois vosotros. Porque no hay

Iglesia, no se concibe Iglesia como sociedad sin miembros, Iglesia formamos todos nosotros. Da ese poder el Señor a su Iglesia, y cuantos bienes tiene Él, y cuantos bienes trae del Padre los comunica a su Iglesia. Nosotros somos pues, herederos de cuanto Él realiza. Y esa herencia nos ha pasado a nosotros, como pasará también a todas las generaciones que habrá después de nosotros. Con el hecho de Su Resurrección está comprobando una vez más, que todos aquellos poderes que dio a Su iglesia, son poderes reales y verdaderos. Por eso mis queridos hermanos, la Iglesia canta este Aleluya, canto de alegría, palabra de alegría, palabra de esperanza, palabra de glorificación a Dios. Por eso nosotros cantamos ese Aleluya, no frente a una tumba, a un sepulcro en el cual hay un poco de restos que ha dejado los despojos de la muerte, como sucede con los hombres que mueren. ¡NO! Ese Aleluya mis queridos hermanos, cantamos nosotros frente a un sepulcro abierto por el poder de Cristo, que resucitó. Nosotros hemos tenido la bendición de estar precisamente en la Gran Basílica del Santo Sepulcro, que contiene el Calvario, y a pocos pasos también el Sepulcro del Señor. Pero de ese sepulcro no quedó, sino esa losa funeraria y el sepulcro vacío. Y quedó también aquello que es todavía –en estos momentos- objeto del examen minucioso de los incrédulos modernos: la Sábana Santa, como testimonio de que allí en ese sepulcro se realizó un VERDADERO MILAGRO, el milagro de la RESURRECCIÓN. Porque no saben los hombres de ciencia –con todos los adelantos de la ciencia de hoy- ¿cómo se realizó, cómo se plasmó esa figura de una persona que había muerto y que presenta todas las señales del padecimiento? Y llegan a la conclusión de que aquellas sombras o aquello que parece como pintura es producto de radiaciones luminosas -¡van hasta allí!pero desconocen por completo otra ciencia complementaria que pudiera hacer luz sobre eso. Pero en todo caso está demostrando, ¡que allí en el sepulcro se operó algo extraordinario y que los evangelistas llaman pues, la RESURRECCIÓN! Hermanos, acerquémonos frecuentemente al Santo Evangelio y meditemos en los distintos pasajes de la palabra de Dios. Para nosotros esa es la vida, para nosotros ese es el camino, para nosotros eso es la luz que nos lleva a Dios. Pero luz que nos lleva a Dios, desde el momento en que nosotros estamos descubriendo a Dios debajo de los velos de esa Palabra. Por eso es necesario pasar nuestra vista en las páginas del Evangelio, pero tratando que nuestro corazón se sintonice con la Verdad que contiene esas páginas del Evangelio.
Padre CÉSAR A. DÁVILA G. Fundador de AEA Baños, 15 abril de 1979