Un Día Perfecto para el Pez Banana

J.D. Salinger

En el hotel había noventa y siete agentes de publicidad neoyorquinos. Como monopolizaban las líneas telefónicas de larga distancia, la chica del 507 tuvo que esperar su llamada desde el mediodía hasta las dos y media de la tarde. Pero no perdió el tiempo. En una revista femenina leyó un artículo titulado ¿El sexo es divertido o infernal?. Lavó su peine y su cepillo. Quitó una mancha de la falda de su traje beige. Corrió un poco el botón de la blusa de Saks. Se arrancó los dos pelos que acababan de salirle en el lunar. Cuando, por fin, la operadora la llamó, estaba sentada en el alféizar de la ventana y casi había terminado de pintarse las uñas de la mano izquierda. No era una chica a la que una llamada telefónica le produjera gran efecto. Se comportaba como si el teléfono hubiera estado sonando constantemente desde que alcanzó la pubertad. Mientras sonaba el teléfono, con el pincelito del esmalte se repasó una uña del dedo meñique, acentuando el borde de la lúnula. Tapó el frasco y, poniéndose de pie, abanicó en el aire su mano pintada, la izquierda. Con la mano seca, tomó del alféizar un cenicero repleto y lo llevó hasta la mesita de noche, donde estaba el teléfono. Se sentó en una de las dos camas gemelas ya hecha y—ya era la cuarta o quinta llamada—levantó el auricular del teléfono. —Diga—dijo, manteniendo extendidos los dedos de la mano izquierda lejos de la bata de seda blanca, que era lo único que llevaba puesto, junto con las chinelas: los anillos estaban en el cuarto de baño. —Su llamada a Nueva York, señora Glass—dijo la operadora. —Gracias—contestó la chica, e hizo sitio en la mesita de noche para el cenicero. A través del auricular llegó una voz de mujer: —¿Muriel? ¿Eres tú? La chica alejó un poco el auricular del oído. —Sí, mamá. ¿Cómo estás?—dijo. —He estado preocupadísima por ti. ¿Por qué no has llamado?¿Estás bien? —Traté de telefonear anoche y anteanoche. Los teléfonos aquí han... —¿Estás bien, Muriel? La chica separó un poco más el auricular de su oreja. —Estoy perfectamente. Hace mucho calor. Este es el día más caluroso que ha habido en Florida desde... —¿Por qué no has llamado antes? He estado tan preocupada... —Mamá, querida, no me grites. Te oigo perfectamente —dijo la chica—.

.. Simplemente me preguntó por él... mamá. en el coche y demás. —¿Cuándo llegasteis? —No sé. Así que no hay motivo para.. Muriel. no me preguntes siempre lo mismo.. Ahora tiene uno nuevo —¿Cuál? —Mamá. de madrugada. No pasamos de ochenta en todo el trayecto. —Mamá—interrumpió la chica—. y lo hizo. —Bueno. sólo para. ¿qué importancia tiene? —Muriel. cuando veníamos en el coche.. Cuando pienso cómo... Condujo perfectamente. Condujo bien. lo tengo yo.. —Le dije a tu padre que seguramente llamarías anoche. ¿papá ha hecho arreglar el coche? —Todavía no. Seymour le dijo a papá que pagaría él. Realmente.? —No. Está en el cuarto de Freddy. Vamos. acabo de decírtelo. Por favor. Pero no. Le pedí que se mantuviera cerca de la línea blanca del centro. Yo misma estaba asombrada. el miércoles. —¿Condujo él? Muriel. insisto en saberlo.. por favor. ¿estás bien..Anoche te llamé dos veces. Es horrible.. —Lo tienes tú. —Muy bien—dijo la chica. —Por supuesto. Hasta se esforzaba por no mirar los árboles. —¿Estás segura?—dijo la chica. se notaba. —¿Quién condujo? —Él—dijo la chica—. y entendió perfectamente.. —Mamá—interrumpió la chica—. —Estoy perfectamente.... Tu padre. Lo dejaste aquí y no había sitio en la. Nada de gracioso. Me llama Miss Buscona Espiritual 1948—dijo la chica. Por cierto. ¿Cómo se portó? Digo.. ¿Por qué? ¿Te lo ha pedido él? —No. —¿Sigue llamándote con ese horroroso. —No tiene nada de gracioso. Muriel? Dime la verdad. —Está bien.. es triste....... me diste tu palabra de que. Es que piden cuatrocientos dólares. ésa es la verdad. Me .. con una risita. Una vez justo después. —Mamá. está bien. escúchame. —¿No trató de hacer el tonto otra vez con los árboles? —Vuelvo a repetirte que condujo muy bien. ¿Te acuerdas de aquel libro que me mandó de Alemania? Unos poemas en alemán. ya veremos.. ¿Qué hice con él? Me he estado rompiendo la cabeza. él tenía que. y todo lo demás.. Es decir. Y no te asustes.

dijo. dicen que es muy bueno. no seas inconsciente. —¿Sí?—dijo la chica. acabo de llegar. —En primer lugar.. Palabra. Lo cierto es que. mamá.. y no pienso meter todo en la maleta y volver a casa porque sí—dijo la chica—. ya sabes cómo es tu padre. nada menos. —Muriel.. . En definitiva.preguntó si lo había leído. Lo que hizo con esas fotos tan bonitas de las Bermudas. Espantoso.... —Por ahora no pienso volver. una posibilidad muy grande. Te lo juro. O aprendido el idioma. —Nunca lo he oído nombrar. —Le contó todo.. cruzando las piernas—. —Muriel. —Espantoso. Los árboles. dijo a tu padre que hay una posibilidad. mira. Por otra parte. encendió uno y volvió a sentarse en la cama—. —Mamá... —Tu padre habló con el doctor Sivetski. Por lo menos..?—dijo la chica. echando una bocanada de humo. Ese asunto de la ventana. anoche tu padre estuvo a punto de enviarte un telegrama para que volvieras inmediatamente a casa. Hace años que no me tomo vacaciones. —¡Pero está en alemán! —Sí.. —Aquí. . —De todos modos. dijo que era un verdadero crimen que el ejército lo hubiera dado de alta del hospital... El doctor Sivetski ha dicho que Seymour podía perder por completo la. mamita. —¿Te has quemado mucho? ¿No has usado ese bronceador que te puse en la maleta? Está. —¿Quién? ¿Cómo se llama? —No sé.. Así que tómalo con calma —Muriel. Es realmente triste. Las cosas horribles que le dijo a la abuela acerca de sus proyectos sobre la muerte.. por favor. eso me dijo.. ahora no podría viajar. Ya decía tu padre anoche. mamá—dijo la chica... escúchame. Me dijo que debería haber comprado una traducción o algo así. —Un segundo. Estoy tan quemada por el sol que ni me puedo mover. Dicen que es un psiquiatra muy bueno. Rieser o algo así. hay un psiquiatra —dijo la chica. —Te estoy escuchando.¿Mamá?—dijo. en el hotel. Estamos muy preocupados por ti. Se acercó hasta el alféizar en busca de cigarrillos.. te doy mi palabra. Ese detalle no tiene importancia—dijo la chica. ¡Todo! —¿Y. Dijo que casualmente los poemas habían sido escritos por el único gran poeta de este siglo. de que Seymour pierda por completo la razón.

—En fin. estábamos en el bar. no—dijo la chica—.. mamá. —Bueno. —¡Qué horror! —No me voy a morir. Necesita conocer más detalles.... mamá.. ¿qué dijo? —¡Oh. la mercería. Sabes... no dijo mucho. todas esas cosas. sí..... Yo estaba sentada anoche a su lado. le dijiste lo que trató de hacer con el sillón de la abuela? —No. ¡Con unas cadenas. después de jugar al bingo. —¿Qué dijo? ¿Dónde estaba Seymour cuando le hablaste? —En la Sala Océano.. Pero me quemé lo mismo.. mamá. Le subí un poco las hombreras. jugando al bingo. Ya te digo.. no mucho! ¡Él fue el primero en hablar.. La cuestión es que. mamá. y me preguntó si el que tocaba el piano en la otra sala era mi marido. en realidad.. —¿El verde? —Lo llevaba puesto. La mujer es espantosa.. No entré en detalles—dijo la chica—.. había tanto ruido que apenas podíamos hablar. Entonces yo le dije.. más o menos. —Ah. él y su mujer me invitaron a tomar una copa. toda. pero. Tienen que saber todo sobre la infancia de uno. —Dime. Ha tocado el piano las dos noches que hemos pasado aquí.? En realidad. Seguramente podré hablar con él de nuevo. —Pero ¿qué dijo él? El médico.. Y yo acepté.. —¡Qué horror! ¿Dónde te has quemado? —Me he quemado toda. ¿le.—Lo usé. pequeñísimo. Bueno. Se pasa todo el día en el bar. o algo así. y me preguntó si Seymour había estado enfermo o algo por el estilo. Había mucho barullo. —¿Por que te hizo esa pregunta? —No sé. ¿has hablado con ese psiquiatra? —Bueno.—dijo la chica. —Sí. ¿Y tu abrigo azul? —Bien.... raro. tocando el piano. Le dije que sí. ¿Te acuerdas de aquel vestido de noche tan horrible que vimos en el escaparate de Bonwit? Aquel vestido que tú dijiste que para llevarlo había que tener un pequeño. y yo qué sé—dijo la chica —.. —¿No dijo si había alguna posibilidad de que pudiera ponerse..! Se pasó el rato preguntándome si Seymour era pariente de esa Suzanne Glass que tiene una tienda en la avenida Madison.. ya sabes.. Tal vez porque lo vio tan pálido.. —¿Cómo es la ropa este año? ...? ¿De que pudiera hacerte algo.. sí.

Los dos pensamos. Podrías hacer un hermoso crucero... y se puso de pie—. a lo mejor te llamo otra vez mañana. —Dios mío. cuando una piensa en esas esposas alocadas que. —Mamá—dijo la chica—. Ni siquiera se quita el albornoz. te lo voy a preguntar una vez más.. en todas partes es igual. Pero preciosa.—Terrible. Te dije que era demasiado largo. Seymour puede llegar en cualquier momento. y volvió a cruzar las piernas—.. ya me entiendes. —Muriel. Escúchame. Pero nada más que eso. cargando su peso sobre la pierna derecha. gracias—dijo la chica. mamá.. ¿Por qué no lo obligas? —Lo conoces muy bien—dijo la chica. —Cuando pienso cómo estuviste esperando a ese muchacho durante toda la guerra. querida—dijo la chica. —¡Si no tiene ningún tatuaje! ¿O acaso se hizo tatuar cuando estaba en la guerra? —No. No. —¿Y no quieres volver a casa? —No. Mira. Hablas de él como si fuera un loco furioso. mamá—dijo la chica. Colguemos. mamá. Parece que hubieran venido en un camión.. necesita tomar sol.. esta llamada va a costar una for. ¿En serio. Tendrías que ver a los que se sientan al lado nuestro en el comedor. —Muriel. —¿En la playa? ¿Solo? ¿Se porta bien en la playa? —Mamá—dijo la chica—. ésa es la impresión que das. —¿Que no se quita el albornoz? ¿Por qué no? —No lo sé. y descruzó las piernas—. —Mamá. —Tu padre dijo anoche que estaría encantado de pagarte el viaje si quisieras irte sola a algún lado y pensarlo bien. o diga. Por enésima vez. mamá—dijo la chica—. Tal vez porque tiene la piel tan blanca.. va todo bien? —Sí. No pudimos conseguir la habitación que nos daban antes de la guerra—dijo la chica—.. ¿Y tu vestido de baile? —Demasiado largo.¿Me oyes? ... —Sí. Dice que no quiere tener un montón de imbéciles alrededor mirándole el tatuaje. hazme caso. —No. quiero decir. —No he dicho nada de eso. todo lo que hace es estar tendido en la arena. —¿Y tu habitación? —Está bien. Muriel.. algo raro. Este año la gente es espantosa. —Bueno.. —¿Dónde está? —En la playa. —Bueno. —Llámame en cuanto haga. Con lentejuelas por todos lados.

una podía darse cuenta cuando se acercaba a mirarlo—dijo la mujer sentada en la hamaca contigua a la de la señora Carpenter—. Era una preciosidad. . —Muy bien—dijo. Mamaíta va a ir al hotel a tomar un martini con la señora Hubbel. no le tengo miedo a Seymour. alejándose del agua hacia la arena blanda. Ahora vete a jugar. Sybil echó a correr inmediatamente por el borde firme de la playa hacia el Pabellón de los Pescadores. —¿Vas a ir al agua? —Te esperaba—dijo el joven—. por favor. hola. Ojalá supiera cómo lo anudó. llevándose instintivamente la mano derecha a las solapas del albornoz. que estaba alojada en el hotel con su madre—. Besos a papá—y colgó. —Bueno. Se volvió boca abajo. Llevaba un traje de baño de color amarillo canario. Se detuvo al llegar junto a un hombre joven que estaba echado de espaldas. de dos piezas. —¿Qué hay de nuevo? ¿Qué programa tenemos? —Mi papá llega mañana en un avión—dijo Sybil. —¿Vas a ir al agua. La señora Carpenter suspiró. ¿Qué hay de nuevo? —¿Qué?—dijo Sybil. tirándole arena con el pie. —Estáte quieta. delicados como alas. mirando el océano. Te traeré la aceituna. —¿Viste más vidrio?—dijo Sybil.. Se detuvo únicamente para hundir un pie en un castillo de arena inundado y derruido. Cuando estuvo libre. —No era más que un simple pañuelo de seda. Caminó cerca de medio kilómetro y de pronto echó a correr oblicuamente.. Tapó el frasco de bronceador—. te lo prometo. La señora Carpenter untaba la espalda de Sybil con bronceador. ver más vidrio?—dijo. dejando caer una toalla enrollada como una salchicha que tenía sobre los ojos. —Ver más vidrio (1)—dijo Sybil Carpenter. ¿Has visto más vidrio? —Cariño. —Muriel. repartiéndolo sobre sus omóplatos. cariño. Estáte quieta. no sigas repitiendo eso. El joven se sobresaltó. por favor. Adiós. Sybil. mamá—dijo la chica—. y miró de reojo a Sybil. —¡Ah!. Vas a volver loca a mamaíta. Sybil. debía de ser precioso—asintió la señora Carpenter.—Mamá. una de las cuales en realidad no necesitaría hasta dentro de nueve o diez años. —Por lo que dice.. cariño. Sybil estaba precariamente sentada sobre una enorme y tensa pelota de playa.. quiero que me lo prometas. y en seguida dejó atrás la zona reservada a los clientes del hotel.

Da gusto verte. —Lo estoy considerando seriamente. Horas. Es amarillo. Tiñiéndose el pelo de color visón. Y tú te habías perdido de vista totalmente y vino Sharon Lipschutz y se sentó a mi lado. encogió los brazos y apoyó la mejilla en el antebrazo derecho. —Bueno —dijo—. . Sybil hundió los dedos en el flotador de goma que el joven usaba a veces como almohadón. —¿En serio? Acércate un poco más. ¿Cuál es tu signo? —Sharon Lipschutz dijo que la dejaste sentarse a tu lado en el taburete del piano—dijo Sybil. —Es amarillo—dijo—. Le soltó los tobillos. ya era hora de que tu papi llegara. estás muy guapa. Tú sabes cómo son estas cosas. Sybil—dijo—. O en su habitación. Sybil. tocando. Sybil—dijo—. Lo estoy pensando muy en serio. —¿Dónde está la señora?—dijo Sybil. haciendo muñecos para los niños pobres. —Ah. Se puso boca abajo. Llevas un bañador muy bonito. Yo estaba sentado ahí. cerró los dos puños. Bueno. En la peluquería. Sybil se agachó y empezó a cavar en la arena. Es difícil saberlo. Sybil lo miró asombrada y después contempló su prominente barriga. niña—dijo el joven. Sybil. sacudiéndose la arena del pelo ralo—. Lo he estado esperando horas. No era posible. Yo soy capricornio. no. Sybil. —¿La señora?—el joven hizo un movimiento. —Es verdad. Necesita más aire del que estoy dispuesto a admitir—retiró los puños y dejó que el mentón descansara en la arena—. es un bañador azul. Puede estar en miles de lugares. —¿Sharon Lipschutz dijo eso? Sybil asintió enérgicamente. —Necesita aire—dijo. No podía echarla de un empujón. —Pregúntame algo más. Qué tonto soy. Pero ¿sabes lo que hice? —¿Qué? —Me imaginé que eras tú. Si hay algo que me gusta. Sybil dio un paso adelante.—No me tires arena a la cara. apoyó uno encima del otro y acomodó el mentón sobre el de arriba. —Tienes toda la razón del mundo. cogiendo con una mano el tobillo de Sybil—. Cuéntame algo de ti—estiró los brazos hacia delante y tomó en sus manos los dos tobillos de Sybil—. ¿no es cierto? —Sí que podías. —¿Vas a ir al agua?—dijo Sybil.

—¿Que eche a quién? —A Sharon Lipschutz. Sybil negó con la cabeza. Se adelantó unos pasos. entonces? —No sé—dijo Sybil. El traje de baño era azul eléctrico. Tenía los hombros blancos y estrechos. Connecticut? Sybil lo miró: —Ahí es donde vivo—dijo con impaciencia—. Sybil—dijo—. por casualidad. Luego la tiró. —Whirly Wood. y desanudó el cinturón de su albornoz.—Vayamos al agua—dijo. échala de un empujón —dijo Sybil. ¡Siempre ese nombre! Mezcla de recuerdos y deseos. y echó nuevamente a andar. —¿Un qué? —Un pez banana—dijo. Se lo quitó. con la mano izquierda. tomó la de Sybil. la tendió sobre la arena y puso encima el albornoz plegado. —Whirly Wood. Los dos echaron a andar hacia el mar. —Bueno—replicó el joven—. Desenrolló la toalla que se había puesto sobre los ojos. Intentaremos pescar un pez banana. —Claro que lo sabes. —La próxima vez. Connecticut—dijo el joven—. no está cerca de Whirly Wood. ¿Eso. Da la casualidad que acabé de leerlo anoche.—De repente se puso de pie y miró el mar—. Creo que puedo hacerlo. —Me imagino que ya habrás visto unos cuantos peces banana—dijo el joven. Connecticut. se cogió el pie izquierdo con la mano izquierda y dio dos o tres saltos. —¿En serio que no? Pero. Sharon Lipschutz sabe dónde vive. Se agachó. Vivo en Whirly Wood. Tienes que saberlo. sacando la barriga. Sybil soltó el pie: —¿Has leído El negrito Sambo?—dijo. —Ah. primero a lo largo y después en tres dobleces. ¿Qué te pareció? . Recogió una concha y la observó con estudiado interés. Plegó el albornoz. —No puedes imaginarte cómo lo aclara todo eso —dijo él. y sólo tiene tres años y medio. recogió el flotador y se lo puso bajo el brazo derecho. ¿dónde vives. Sharon Lipschutz —dijo él—.—Se inclinó y volvió a tomar la mano de Sybil—. —Es gracioso que me preguntes eso—dijo él—. ya sé lo que podemos hacer. Sybil se detuvo y de un tirón soltó su mano de la de él. Connecticut—dijo. Luego.

. Sujétame. Siguió empuiando el flotador. ¿sabes? He oído hablar de peces banana que han entrado nadando en pozos de bananas y llegaron a comer setenta y ocho bananas—empujó al flotador y a su pasajera treinta centímetros más hacia el horizonte—. a ese bulldog enano de la señora canadiense. . jamás. pero hay algunas niñas que se divierten mucho pinchándolo con los palitos de los globos. Ocúpate sólo de ver si aparece un pez banana. El agua le llegaba al pecho. —¿Te gusta Sharon Lipschutz?—preguntó Sybil. —¿Nunca usas gorro de baño ni nada de eso?—preguntó él. —Mucho. —¡Nada más que seis! —dijo el joven—. Lo que más me gusta de ella es que nunca hace cosas feas a los perritos en la sala del hotel. Por eso la quiero tanto. ¿A ti no? Sybil asintió con la cabeza: —¿Te gustan las aceitunas?—preguntó. —Sí. Claro. No. Sybil.—¿Te acuerdas de los tigres que corrían todos alrededor de ese árbol? —Creí que nunca iban a parar. te lo explicaré. Sybil no dijo nada. —¿Si me gusta qué? —La cera. Por ejemplo. Jamás vi tantos tigres. Muy curiosas. —No veo ninguno—dijo Sybil. Hoy es un día perfecto para los peces banana. Pero.. Yo sé lo que estoy haciendo—dijo el joven —. Espera a que estemos un poquito más adentro. espera un segundo. ¿Y dices ¿nada más? —¿Te gusta la cera?—preguntó Sybil. Nunca es mala ni grosera. Entonces el joven la levantó y la puso boca abajo en el flotador. Entran en un pozo que está lleno de bananas. Sí. Sybil? Ella negó con la cabeza. Cuando entran. se portan como cerdos. —No me sueltes—dijo Sybil—. parecen peces como todos los demás. Nunca voy a ningún lado sin ellas. Sus costumbres son muy curiosas. —Bueno. ¿Sabes lo que hacen. Te resultará difícil creerlo. ¡Diablos. —Llevan una vida triste—dijo—. —¿Las aceitunas?. Sí me gusta. —No eran más que seis—dijo Sybil. por favor. ¿quieres? —Señorita Carpenter. Avanzaron hasta que el agua llegó a la cintura de Sybil. —Ah. una vez dentro. —Me gusta masticar velas—dijo ella por último. Las aceitunas y la cera. qué fría está!—Dejó caer el flotador en el agua—. —Es muy posible. Pero Sharon. ¿y a quién no?—dijo el joven mojándose los pies—.

por Dios!—dijo el joven—. —¡No. como dos engreídos.después de eso engordan tanto que ya no pueden salir. —¡Eh!—dijo la propietaria del pie. Tomó los tobillos de Sybil con ambas manos y empujó hacia delante. por la arena caliente. El flotador levantó la proa por encima de la ola. El agua empapó los cabellos rubios de Sybil. Se mueren. En el primer nivel de la planta baja del hotel—que los bañistas debían usar según instrucciones de la gerencia— entró con él en el ascensor una mujer con la nariz cubierta de pomada. De pronto. —¿Por qué?—preguntó Sybil. ¿Ya te has divertido bastante? —¡No! —Lo siento—dijo. —¿Un qué. —Adiós —dijo Sybil. ¿Tenía alguna banana en la boca? —Sí—dijo Sybil—. y comentó: —Acabo de ver uno. La mataremos con la indiferencia—dijo el joven—. amor mío? —Un pez banana. Seis. se apartó de los ojos un mechón de pelo pegado. —Contraen fiebre platanífera. ¿te refieres a después de comer tantas bananas que no pueden salir del pozo? —Sí—dijo Sybil. y salió corriendo hacia el hotel. —Mira. volviéndose. lamento decírtelo. —¿Cómo dice?—dijo la mujer. trabajosamente. —¿Cómo. —Veo que me está mirando los pies—dijo él. Cuando el flotador estuvo nuevamente inmóvil. Sybil. cuando el ascensor se puso en marcha. —No le haremos caso. El joven se puso el albornoz. ¿Y qué pasa despues con ellos? —¿Qué pasa con quiénes? —Con los peces banana. —No vayamos tan lejos—dijo Sybil—. —Ahí viene una ola—dijo Sybil nerviosa. —Bueno. Recogió el flotador mojado y resbaladizo y se lo acomodó bajo el brazo. No pasan por la puerta. blanda. . El resto del carnino lo llevó bajo el brazo. húmedo. hasta el hotel. y empujó el flotador hacia la playa hasta que Sybil descendió. Una enfermedad terrible. Caminó solo. pero sus gritos eran de puro placer. cruzó bien las solapas y metió la toalla en el bolsillo. eh? Ahora volvamos. el joven tomó uno de los mojados pies de Sybil que colgaban por el borde del flotador y le besó la planta.

—Si quiere mirarme los pies. Después fue hasta una de las maletas. —Déjeme salir. por favor—dijo rápidamente la mujer a la ascensorista. Sacó la llave de la habitación del bolsillo de su albornoz. —Perdone. dígalo—dijo el joven—.angelfire. apuntó con la pistola y se disparó un tiro en la sien derecha. Cuando se abrieron las puertas. La habitación olía a maletas nuevas de piel de ternera y a quitaesmalte de uñas. por favor. la abrió y extrajo una automática de debajo de un montón de calzoncillos y camisetas.com/la2/pnascimento/universales. pero casualmente estaba mirando el suelo —dijo la muier. caminó por el pasillo y abrió la puerta del 507.65. no trate de hacerlo con tanto disimulo. Sacó el cargador. maldita sea. Después se sentó en la cama desocupada. miró a la chica. Pero. Echó una ojeada a la chica que dormía en una de las camas gemelas. y se volvió hacia las puertas del ascensor.—Dije que veo que me está mirando los pies. Quitó el seguro. una Ortgies calibre 7. http://www. Bajó en el quinto piso. Quinto piso.html . la mujer salió sin mirar hacia atrás. —Tengo los pies completamente normales y no veo por qué demonios tienen que mirármelos—dijo el joven—. lo examinó y volvió a colocarlo.