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Hay algo que yo no le conté nunca a nadie

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09/03/2013

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Mi duelo habría sido mucho peor si no hubiese tenido esa charla final, que no fue ni en pedo la última vez

que le dirigí la palabra, porque en realidad, todos los que perdimos a alguien tenemos el mismo veneno: ¿por qué no hablé de algo importante esa última vez? Yo no hablé nada trascendente con mi viejo esa última vez que le dirigí la palabra, porque al tipo, en su delirio de morfina y languidecencia, lo único que se le ocurrió preguntarme en una voz que nunca le había escuchado, una voz desinflada, flaca, desairada, una voz que si la escuchaba en cualquier otro contexto la confundía con el estertor de un famélico o de un animal muriéndose al costado de la ruta, fue si se podía apagar la luz intermitente roja que le molestaba, una luz que por supuesto no existía y que me obligó a decir desde lo más profundo de lo imaginario y conteniendo las lágrimas, que sí, que ahora mismo se la apagaba. Le mentí esa vez, como hice otras siete mil veces, como cuando me agarró fumando porro y me interrogó sobre mis hábitos, como cuando me preguntó si me estaba cogiendo a esa chica que no me pude coger, porque mi viejo preguntaba mucho, porque yo le importaba y no lo digo con sorna, porque, por dios, yo sé que a mi papá yo le importaba y lo sé en concreto, lo sé por cosas que me dijo, por consejos que me dio y lo sé aun a pesar de que, en general, en la vida, me haya puesto muchos más palos en la rueda que tirado centros a la olla. Pero esa vez no fue igual, mentirle esa vez no se sintió ni natural, ni lógico, ni redentor ni nada de eso, fue el ticket-comprobante de que se nos iba, de que por más que lo atáramos al más acá, el tipo iba apagarse pronto y que encima ya ni de eso se podía hablar, porque estábamos en la etapa en que charlar en serio no era una opción. Necesito hacer un poco más de memoria, rascar un poco más atrás para ir a esa otra charla que tuvimos, la última conversación seria, esa en la que los dos estábamos plenamente conscientes de lo que valían las palabras, que decir una cosa no era decir otra, y digo habría en hipotético porque pienso en los otros, en los que quieran curiosear en sus propias vidas, porque en lo que a mí respecta, yo tengo esa conversación soldada a millones de grados de calor en la cabeza, como una cosa imposible de despegar y ahora me toca tratar de enunciarla lo mejor y más legible que se pueda para hacerla tan pero tan visible que no desencaje en el armado total de un montón de charlas que tuve con él, pero también de un montón de las charlas importantes del mundo, de las de las parejas de años que deciden separarse, de las que hicieron que sociedades se rompieran, que amistades tambalearan, que niños no se engendraran y que momentos que podrían haber sido totalmente olvidables se hicieran indelebles en la mente. Porque la cabeza elige, si no, nos acordaríamos todas las cosas que hicimos, todo lo que dijimos, todo lo que nos equivocamos y no aguantaríamos ni un segundo, no podríamos absorber nada, explotaríamos de insuficiencia emocional porque a las cosas, --la cabeza sabe, por eso elige-- hay que dejarlas decantar, u olvidárselas directamente. Hay días en que sospecho que en realidad no nos olvidamos de nada, que en realidad lo que pasa es que todo lo guardamos pero sólo nos dan acceso a algunas cosas, a poquísimas cosas, y a todas las demás no. Por eso algunas cosas vuelven de la nada como si hubieran estado sepultadas y alguien las hubiera exhumado para comprobar algo, para buscar entre el olor a podrido que confunde, indicios de otra cosa: restos de la época en que eso no estaba así, de la época en que todo era vital y móvil. Por eso evoco a mi viejo en momentos al azar, porque quiero acordarme de cosas que no me acuerdo,

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invocar recuerdos que parece que no están, y para empezar, no se me ocurre otra cosa que evocar los que sí tengo, aunque sea una charla en especifico que me da ganas de llorar ni bien la traigo a la cabeza, aunque ya no llore, aunque en ese momento la bronca, el descontento y la incredulidad no me hayan dejado llorar, pero que sí, no lo puedo negar, es una charla que me oscurece, porque encima implica que guarde un secreto, que me trague la impotencia horrorosa de no poder decirle a sus amigos, a su hermana, incluso a mi madre, la explicación de por qué Antonio se murió tan rápido, de por qué esa enfermedad caminó a esa velocidad imposible, cómo es que se apagó tan de pronto ese tipo tan vigoroso. Porque yo sí sé. Porque a mí me lo dijo. Era muy de madrugada. Yo dormitaba en una silla de madera con el tapizado de chenille todo roído y percudido por los miles de otros acompañantes de pacientes que habían circulado por ahí, sentados en esa misma silla, mirando al enfermo reponerse en la cama de enfrente, apoyando la cabeza en la pared molidos por todas esas horas de espalda encorvada. Y yo también estaba molido, pero además de todo, tenía la mirada de mi viejo clavada, escrutándome, indignado, diciendo: no podemos estar así. ¿Qué? No podemos estar así. Me voy. Quiero irme a casa. Pero, no…no podés. Inmediatamente se puso a gritarle a las enfermeras para que llamaran a su médico, a algún médico, mientras yo lo miraba incrédulo pero para nada asombrado de su actitud, porque de última, ese fondito de vigor y locura me daba esperanzas, me hacía pensar que todavía tan hecho mierda no estaba y que quizás, si le ponía esa misma energía a sobrevivir, superara la enfermedad y podría llegar a la quimio, a los rayos y a la lucha concreta. Pero era sordera. El tipo estaba pidiendo un médico para que le diera el alta, para irse a su casa, para cesar los tratamientos y no para empezarlos; se quería escapar porque no soportaba más ver a su hijo cuidándolo, no soportaba más verse así, tirado, atado, encarcelado por su propio cuerpo. Yo ya estoy para irme, doctor. Lo decía con la firmeza y la seguridad de las cosas que son indudables, del conocimiento a fondo. Hablaba con la autoridad esa de quien conoce su cuerpo como nadie y sabe que en su casa va a estar mejor, que la salud ya había tomado su rumbo y que él no tenía nada que hacer ahí, aunque era evidente que no estaba para irse, porque los exámenes de sangre no daban bien, porque no había regularizado los niveles de insulina y porque en las repeticiones de las biopsias todo se veía mucho más venenoso de lo que habíamos pensando en un principio. El médico lo miraba incrédulo, girando la cabeza hacia mí de a ratos, como para saber si yo avalaba ese disparate o si me negaba o si no iba a hacer nada. Y lo único que tuve fue un poco de vergüenza, porque me parecía imposible la escena hasta ahí, porque por un lado, yo, que ya había tenido charlas con sus médicos, charlas para nada alentadoras que indicaban que lo más probable es que el tipo nunca más saliera de esa habitación, coincidía plenamente en que se tenía que quedar y pelearla, aunque fuera solamente para reafirmar la confianza en las instituciones de Occidente, en la ciencia, en la medicina, porque de última, eso era lo poco que me estaba legando

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fehacientemente, la única herencia que trascendía lo material que me dejaba, la tranquilidad esa de saber que hay un armado más grande que nosotros ahí afuera y que es parte de nuestro acervo, de la tradición que elegimos y que eso funciona, que nos podemos apoyar en ellas cada tanto porque para eso las hicieron los hombres libres como él y yo. Y sin embargo el tipo se quería ir porque ya no confiaba. La ambivalencia del mensaje me pesaba tanto que lo único que pude hacer fue un gesto con la cabeza indicándole al medico que me acompañara afuera, para explicarle de alguna forma, todavía no sabía cuál, que el tipo iba elegido irse y eso era lo mejor para todos, aunque yo mismo no lo creyera. Pero me quedaba una cosa: preguntarle, preguntarle cosas sinceramente. Hablar para poder enterarme. Casi sin dilaciones supe que yo me debía una charla con él, supe que había un fondo que no había tocado, que había algo más que yo no sabía, todo en una secuencia lógica que no exigía peticiones de principio éticas ni nada de eso, porque yo no creía haber merecido enterarme de nada. Pero si había una posibilidad remota de entender, no podía darme el lujo de no preguntar. Después de firmar todos los papeles que hicieron falta, después de charlar desganado con el medico sobre las implicancias de tener a este tipo en este estado en nuestra casa, cuando logré asegurarle que no había otra forma de hacer las cosas, quedé suelto para hacer eso que se me hacía ineludible, encerrarme en la pieza con él para averiguar, para desentrañar de una vez por todas lo que estaba pasando, para entender, que es lo que queremos todos al final, saber para qué estamos haciendo lo que hacemos, qué sentido tiene todo. Y entonces, le pregunté: ¿Qué te pasa? ¿por qué te querés ir? Fue como un trance. Se me quedó mirando fijo, fuerte, erguido, sólido es su fragilidad de enfermo, casi como enojado, mirándome a los ojos para que entendiera, sabiendo él también que a mí no me iba a poder despachar sin explicaciones, que a mí, que estaba acá cuidándolo, que era lo más parecido a él que iba a quedar en el mundo, me iba a tener que explicar. Y empezó a hablar, iracundo pero pausado, como para no tener que repetir: Hay algo que yo no le conté nunca a nadie, ni a tu madre. Vos no te vas a acordar, pero hace diez años entré a trabajar en la cámara nacional de apelaciones, entré a llenar un cargo por un tiempo, habrán sido nueve meses o un año, vos ya habías empezado el secundario. Para entrar ahí me pidieron un preocupacional, una cosa de rutina a la que yo no quería ir porque sabía que me iban a romper las pelotas con el pucho y con la morfi, pero que era indispensable para que pudiera entrar. El examen y el informe no los revisaba nadie, era una cosa de rutina burocrática que había quedado incrustada y a la que nadie le daba pelota excepto para tildarte el ítem en la ficha de contratación. Y entonces tuve que ir a charlar con un médico pelotudo que me dijo que fumaba demasiado como si me estuviera notificando algo novedoso, como si fuera una cosa erudita que los hombres de a pie no podíamos inferir nosotros solos. Pero entre los exámenes había una radiografía de tórax. El tipo había empezado con la cantinela sin siquiera mirar la radiografía y por un rato tuve la esperanza de que ni la tocara, de que se sintiera satisfecho aleccionándome un rato sobre los peligros de tener esos hábitos a mi edad. Pero la terminó sacando y cuando al final la puso a contraluz le cambió el tono

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de la voz porque vio algo. Me dijo que tenía que ir con la placa a ver a mi médico, que tenía que hacerme revisar urgente. Lo único que pude ver fue una mancha, una mancha borrosa en mi pulmón derecho, como una nube, pero concentrada en un punto especifico. Y nada más. Pero yo sabía lo que era: yo sabía que era la papa. Lo supe al instante, incluso, te voy a decir, creo que siempre supe que iba a tenerla, que me iba a agarrar en algún momento. Pero me hice el boludo, llegué a casa, besé a tu madre en la frente y guardé la placa para siempre en el segundo cajón del chifonier, donde todavía podés ir a buscarla si querés. Diez años le robé a esta enfermedad, diez años sin un síntoma estuve, diez años libre, sin que nadie me jodiera, sin chequeos, sin tratamientos, sin químicos, diez años de vida plena, le saqué diez años a una enfermedad que te mata en seis meses ¿y vos pretendés que yo ahora me quedé acá, haciéndole caso a estos pendejos recién salidos de la facultad? ¿qué te pasa a vos? ¿por qué me querés dejar acá? ¿por qué no me dejás irme a mi casa? Los ojos salidos para afuera, como huevos duros, la fuerza con la que me miraba, me indicaron que ese era un momento especial en nuestras vidas y que sin decirme nada, yo tenía que entender que nunca más iba a poder reproducirle esta conversación a nadie y mucho menos a las personas involucradas, esas que iban a sufrir más si se enteraban. Y a la vez que se me inflaba el pecho por la confianza tácita depositada en mi persona, me subía una indignación nueva, inédita: la confirmación de que el tipo nunca había pensado que a mí también se me partía el pecho de sufrimiento por escucharlo decirme que pudo evitarnos todo esto y no lo hizo, que el tipo no entendía que darme ese lugar privilegiado, el de la información intima que nadie más tiene, era también confirmarme su traición, la premeditación que tuvo para escondernos sus debilidades sin haber pensando ni un segundo qué íbamos a hacer cuando él no estuviera, que dejarnos solos no era una trampa desdichada del destino, sino algo que él mismo eligió. Pero era yo el que no lo dejaba irse a su casa, era yo el que lo puteaba desairadamente en una habitación de hospital, el que repetía “irresponsable” cada tres palabras, era yo el que lo estaba cagando y no él, él que no había hecho nada malo, él que había decidido por su vida y nada más. Y yo no lloraba porque toda mi concentración estaba puesta en morderme los labios lo más fuerte que pudiera, en lastimarme a mí mismo, para no lastimarlo a él, para no lastimar a nadie más, porque hasta ahí no se podía entender, no había espacio para pensar, había espacio para indignarse, putear y nada más. Pero digamos que le ganó, digamos que tuvo diez años de olvido, diez años de crecimiento del patrimonio, de juntar plata para hacer los baños y la cocina a nuevo de su casa georgiana en el barrio inglés de caballito, de poder pagarme el colegio privado británico, de verme egresado dándole las gracias a mi rector en un inglés que él ni soñó, diez años sin que le dijeran qué hacer, diez años de potencia. ¿Para qué? ¿para mentir? ¿para no usarlos? Porque el tipo no dejó un backup. No dejó todo acomodado para cuando él no estuviera, porque, después de todo, de eso se trataba la mentira: de negarla, de negar tan profundo la enfermedad al punto de que en realidad no existiera más allá de la evidencia de los rayos x, de una radiografía envuelta en papel madera en un cajón de un mueble de algarrobo, cajonear la enfermedad a punto tal que nadie supiera y así sacarle diez, quince, veinte años, con la esperanza de que muriera camuflada atrás de otra cosa, un accidente de auto o un robo a mano

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armada. Y así, mantener la mentira implicaba no preparar nada más, no dejar el terreno listo para eso, no informar, ni discutir la posibilidad concreta de que no estuviera, sino, más aún, garantizar por todos los medios que él iba a seguir estando, reafirmar su patriarcado para decirle a la enfermedad que él no le iba a dar entidad y que eso se podía. Se encerró solito en un problema lógico. Y lo peor no es que se afirmo ahí, en el encierro, lo peor no es que no nos dijo, que se lo guardo para sí, que confió en él solito, lo peor es que encima me enseñó durante muchos años que eso era bueno.

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