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Cuándo se jodió Tarija

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¿Cuándo se jodió Tarija?

Sergio Lea Plaza Mientras Tarija empezaba a soñar tras descubrir ingentes reservas de gas, en las calles de Cochabamba miles de vecinos montaban barricadas y se batían con las fuerzas del orden durante la denominada “Guerra del Agua”, en el año 2000. Fue el inicio de una crisis nacional, que desembocó unos años después en el levantamiento popular de El Alto que, con alrededor de 80 muertos de por medio, forzó la salida de Sánchez de Lozada, marcando con ello (supuestamente) el fin del ciclo neoliberal y de democracia pactada instaurado en 1985, dando pie así a la emergencia de un nuevo proceso de transformaciones del Estado. En ese lapso el país vivió tensiones, contradicciones, confrontación, ingobernabilidad y desagregación social. Pero Tarija andaba en otro tren, empezaba a proyectar su futuro con los nuevos ingresos que le generaría la explotación del gas. Para aquella época, pasar de percibir de 3 a 80 millones de dólares al año, significaba algo increíble, casi como un milagro, para una región que se sentía abandonada. Era la oportunidad de oro que no podía desperdiciar. Esa promesa convertida en un potente discurso, al resonar en todos los hogares generó una hiper expectativa, que se constituyó en el hilo que mantuvo cohesionado al tejido social regional. La gente tenía esperanza, creía que llegaba el momento de avanzar sin detenerse a mirar el pasado. Se realizó un proceso de concertación para definir cómo invertir los recursos, luego se eligió a un gobierno departamental y el discurso, anclado a la bandera de la autonomía, produjo una suerte de burbuja que, a pesar de la feroz lucha política que se dio y de los errores que cometieron quienes ostentaban el poder regional, evitó que la crisis nacional se materialice en su territorio. Pero tarde o temprano lo haría. El derrocamiento del primer gobernador electo (2010) fue el detonante, la crisis emergió y se generalizó, no sólo en las instituciones públicas y expresiones políticas, sino en el conjunto de la sociedad. Es fácil percatarse de las tensiones, contradicciones, sinsentidos, absurdos y conflictos hoy presentes en todo nivel. El premio se lo lleva una gobernación intervenida por el MAS, que sin legitimidad, con niveles increíbles de inoperancia y con sus demonios internos desatados, maneja el mayor presupuesto de toda la historia, cerca de 500 millones de dólares anuales, pero sin ningún rumbo, marcada más bien por el desgobierno. La ilegitimidad sumada a la falta de inversión de esos recursos ha disparado por todo lado la idea de que existe recesión, de que la plata no llega de ninguna forma a los bolsillos del ciudadano. Y todo ello ha contribuido a que la hiper expectativa se vaya convirtiendo en frustración. Pero el origen de la crisis en Tarija aunque se articula con ellos precede a todos esos acontecimientos. Tiene que ver con un proceso de aceleradas transformaciones que empezó a vivir la región probablemente en los años 80 con su creciente incorporación al mundo globalizado. El modelo económico global requiere que la sociedad se organice de una forma, en torno al mercado, para producir y consumir al máximo. Esa exigencia entró en colisión con el modo de vida particular del tarijeño, que, aunque incomprendido, encierra una visión diferente que tiene

que ver con el mismísimo concepto de libertad; y aquí no nos referimos a supuestas identidades que, como se cree erróneamente, se mantienen invariables en el tiempo. No es sólo porque, debido a su escasa población, Tarija no se ha convertido en un mercado capaz de organizar totalmente la vida de la gente. A diferencia del habitante de otras regiones “pujantes”, el tarijeño (del campo y la ciudad) no es un emprendedor en el sentido capitalista, más bien prefiere vivir tranquilo, cantando, riendo y tomando vino. Y eso no es un defecto, por el contrario resulta una virtud, con implicaciones filosóficas importantes, si consideramos sociedades donde las personas ya son casi como máquinas. Pero el problema radica en que esta forma de ser quedó contenida, como si le hubieran colocado una camisa de fuerza, mientras otra, absolutamente individualista, consumista y cuyo eje gira exclusivamente en torno a la idea de acumular dinero para lograr éxito, se fue abriendo paso por todo lado. Entender que en esa tensión está también el origen de la crisis tarijeña, puede resultar clave para encarar los desafíos de la nueva Tarija. Es tiempo que quienes gobiernan tanto a nivel nacional como local, superen la antinomia desarrollista entre moderno y tradicional y comprendan que los procesos de desarrollo deben entrar en sintonía con las visiones y forma de ser de los pueblos y no a la inversa.

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